Fotografía a color muestra en primer plano el seno de una persona de tez blanca (al parecer, quien tomó la foto), sobre quien yace una mujer de tez más oscura, de quien se vislumbra parcialmente su rostro con los ojos cerrados. Hay una sensación de confianza y descanso. Se alcanza a ver el brazo de la segunda persona. Lleva un piercing redondo y plano en la nariz. En tercer plano se confunde el tono de las pieles, en esa zona ambas igual de blancas. Al fondo, una sábana a rayas blancas con gris envuelve parte de la pierna de la segunda persona.
Por Bubulina Moreno
*Imagen Geo Vidiella y Bubulina Moreno
No iniciaré este artículo mencionando el derecho que tengo a ejercer mi sexualidad, porque esta hace parte de mi naturaleza humana; así le cueste aceptarlo a una sociedad patriarcal y de doble moral como en la que vivimos. Mi vida sexual no puede seguirse viendo como un mito o tabú.
Hace un par de años me di cuenta que también me atraían las mujeres y fue todo un proceso de reflexión, deconstrucción y nuevo autoconocimiento. Para una mujer con discapacidad física, como yo, que requiere de determinados apoyos para actividades de la vida diaria no era fácil reconocer que portaba otra etiqueta tan excluyente como la de la discapacidad ¿además de tener discapacidad también bisexual?…
Mi acercamiento con los hombres en el campo sexo-afectivo ha sido complejo y frustrante; querían tener una relación conmigo a escondidas porque “amaban” más a sus novias o esposas (claramente yo no era para mostrar), huían cuando se daban cuenta de que yo les gustaba (el miedo) hacía que desaparecieran, y en otros momentos vivencié abuso por parte de exnovios los cuales buscaron generarme dependencia emocional (¡acéptelo Natalia, nadie más se va a fijar en usted, solo yo! …) acoso y abuso sexual (un ex se aparecía en mi casa sin avisar y la única vez que durmió en mi cama me violó). El fetichismo, el ocultamiento, el miedo y la generación de dependencia era lo que mi cuerpo les producía. Aprendí de todo esto que quien llegue a mi vida debe asumir lo que soy y si no puede hacerlo es mejor tomar distancia, hay situaciones que no deben ser negociables.
Fotografía a color en primer plano muestra parte del torso desnudo y el pezón izquierdo de la mujer de tez más oscura. Sobre su seno está la mano extendida de la persona de tez blanca con un guante negro y la mano de la primera mujer (muñeca doblada, dedos pequeños y delgados) también con un guante negro.
En cuanto a las mujeres; debo decir que por identificase como lesbianas no son menos prejuiciosas frente a cuerpos “raros” como el mío. Varias de ellas me manifestaron que si bien les gustaba sentían miedo de mi cuerpo, pese a que yo intentaba disminuir ese miedo expresándoles que lo podíamos enfrentar juntas, prefirieron alejarse; y en otras mujeres, la mirada paternalista no se hizo esperar, me veían como objeto de asistencia o como si no pudiera hacerme cargo de mis emociones.
En esta búsqueda de la exploración del placer varias veces me sentí en verdadero riesgo y quería minimizarlo. Pensé en intentarlo por medio de la asistencia sexual, pero en Colombia no conocía ni conozco a alguien que la brinde; una vez se dio que un amigo se quedó en casa y nos pusimos a hablar del tema, yo tenía un dildo-vibrador y se lo mostré, él lo prendió y me preguntó que si lo quería usar; su complicidad y afecto permitieron que yo me desinhibiera y me diera un momento para SENTIR, les amigues pueden ser parte importante de estas búsquedas y exploraciones.
En uno de mis viajes a México conocí a una mujer que me seguía por redes sociales, pero con quien habíamos intercambiado pocos mensajes; esa vez ella demostró su interés en saber de mí y conocerme, pero como soy despistada no sabía que su interés podía ir más allá. Nuestros diálogos continuaron a distancia y el deseo de vernos fue más intenso, nos gustamos, nos enamoramos y decidimos acompañarnos en el camino.
Con ella he podido tener la posibilidad de comprender con mayor claridad las sensaciones que siente mi cuerpo cuando tenemos sexo. Cada vez entiendo más lo que me pone cachonda y lo que no, y también mis formas de dar placer. Me excita mucho sentir el peso de su cuerpo sobre mí, sus besos en mi espalda y cintura, cuando acaricia mi pubis con sus dedos; a ella, abrazarla por la espalda y besarle el cuello la calienta, como besar sus caderas o jugar con sus pezones; con ella comprendí lo que es (venirse). Las dos estamos aprendiendo de nuestros cuerpos entre risas, miradas, afectos y cuidado.
Mi cuerpo “raro” el cual fue deserotizado en mi infancia y adolescencia cada vez que era visto desnudo por los médicos que me atendían, y la reivindicación de este mismo cuerpo en la exploración del placer como acto político-amoroso, son hechos que me han llevado a una lucha donde he sido por décadas despojada de humanidad; la exploración del deseo y el placer son actos políticos que me fortalecen, liberan y reconcilian conmigo misma.
Fotografía a color, muestra un fragmento de dos personas recostadas. En primer plano, un fragmento del pecho izquierdo que muestra el pezón de una persona de tez blanca sobre la cual yace la otra, de quien se alcanza a ver su nariz y boca, una parte de su pecho y su mano. Al fondo, la piel blanca de una pierna y unas sábanas blanco con gris azulado.
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Natalia (Bubulina) Moreno Rodríguez. Bogotá, Colombia. Comunicadora Social de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y activista de derechos humanos.
Reboot. Ollinca Torres. @ollincatorres. Descripción de imagen: ilustración en tonos violetas de una mujer joven, de ojos grandes y una argolla en la nariz. Se encuentra detrás de una planta de bambú. Al fondo, se vislumbra el cielo estrellado.
“El cuerpo de la mujer es el bastidor o soporte en que se escribe la derrota moral del enemigo (…) los agredidos son cuerpos frágiles, no son cuerpos guerreros”
[A las que no se sienten como cuerpos guerreros.
A quienes el deseo les reabre la herida]
Verbalizar el trauma sexual es una de las mayores batallas a la que siempre nos hemos enfrentado las mujeres. El silencio sólo ayuda a sobrellevarlo y, aunque intentamos hacerlo invisible, nuestro cuerpo ya está marcado. Adentro contenemos el impulso de romperlo, de gritar lo que nos hicieron, pero ninguna imaginamos que tras ese muro se esconden un sinfín de consecuencias que debemos afrontar a lo largo de nuestras vidas en el terreno de las relaciones interpersonales. Aquí rompo el silencio sobre una de ellas: la incomprensión.
Quizás penséis que cualquier persona apoyaría a alguien cercano que sufriera este tipo de violencia a lo largo de su vida, pero no es así; lamentablemente es más común que suceda lo contrario. Me explico.
Se tarda mucho tiempo en lograr decir en voz alta lo que pasó. Pasan meses, años, y siempre sucede con el detonante de la conciencia, esa voz que diga “pasó y fue real”. Asumirlo es un paso verdaderamente difícil y, cuando esto sucede, emprendemos la tarea de recordar; la amnesia parcial, el no visibilizar ciertos detalles, no saber qué fue real y qué no, cómo sucedieron las cosas, se convierte en una labor que conlleva enfrentarse a la peor parte de una misma. La culpabilidad y la vergüenza nos persiguen continuamente, las pesadillas recurrentes, la ansiedad, los pensamientos intrusivos, o estar siquiera cerca del sexo opuesto hace de ello un verdadero infierno. Con una sensación de asco que parece habérsenos pegado a la piel, la rabia y la tristeza se apoderan de nuestro cuerpo, sintiéndolo siempre sucio. Así, nos volvemos expertas en detectar la violencia; cualquier cosa nos hace recordar lo que nos hicieron.
Y diré algo más, el pronóstico nunca es optimista; no es una fase, no se pasa, no termina. Se vive de manera intermitente. Sin saber muy bien cómo sucede, llega un momento en el que nos empoderamos y decidimos contárselo a alguien. El interlocutor, que en la mayoría de las ocasiones – al menos en mi experiencia – no ha vivido nada parecido, lo más probable es que no sepa cómo reaccionar. A lo largo de los años he podido observar las reacciones de amigos y parejas ante la narración de los acontecimientos. Y lo que suelo encontrarme en la mayoría de las reacciones es la falta de comprensión. Ese afecto tan básico de las personas como lo es la empatía decidirá en cuestión de segundos si tendremos un buen día o si por el contrario volveremos a caer en el hoyo.
Porque no lo entienden, y probablemente nunca lo hagan. Es un tema incómodo y además inesperado. No es una conversación para tomarse unas cervezas en una terraza, aunque atraviese constantemente nuestra cotidianidad. No es un tema del que cualquier persona esperaría ser testigo; nadie piensa que cualquier amigx o pareja le hablará de que en algún momento sufrió abusos sexuales o violación.
Siempre nos dicen que debemos hablar. Y la mayoría de las veces nos encontramos con las mismas respuestas, “pero, ¿por qué no denunciaste en su momento?”, “no sé qué decirte”, “y, ¿quién fue?” seguidos de consejos improvisados o de intentos de lo que creen que es empatizar comentando qué es lo que habrían hecho ellos en nuestro caso. El vacío que sentimos con estas reacciones no queda ahí, pues peor es enfrentarse a la incomprensión de tu pareja, y qué decir cuando se trata del plano sexual.
Una siempre espera hallar entendimiento en la relación con su pareja, y más con estos temas que en la intimidad se hacen más visibles. Pero al menos en mi experiencia, eso nunca ha sucedido. Desde negar el tema, hacer como que se olvida y omitirlo el resto de la relación, a adoptar un papel de víctima. Y es que cómo les ofende su masculinidad. Cierto es que a nadie le enseñan a reaccionar ante una situación así, en la que tu pareja vive en una posición de vulnerabilidad tan constante, pero tampoco nos enseñan a nosotras a lidiar con la violencia permanente. Hace falta más educación emocional y sexual, sin duda.
En mi caso, puedo decir que he perdido amigos y parejas por este tipo de cosas, y tengo mis razones. Con el tiempo me he vuelto experta en recibir comentarios del estilo “ya deja de hablar de eso” por parte de algún que otro amigo. Pero lo peor de todo, es enfrentarse a la violencia por omisión, como es el hacer que no pasa nada a sentimientos o reacciones que podamos tener, en concreto la falta de deseo que a veces se vuelve constante, o el no sentirnos cómodas con ciertas prácticas. Recordemos que todo nos evoca a un recuerdo. Algunos simplemente optan por levantarse e irse, abandonando la situación.
También me he encontrado con la incredulidad y negación por parte de la pareja sexo-afectiva sobre mis vivencias, con frases del tipo “ya, pero no fue violación, porque la fantasía de una mujer es, finalmente, ser violada”; o cuando he tenido que marcar distancia ante la insistencia continuada por mantener relaciones, obtuve dos días de silencio intencionado para terminar participando de toda una escena de chantaje emocional disfrazado de la frase “ya no me siento cómodo al tocarte, siento que te incomodará y dirás que soy un violador”.
Por no hablar de cómo les hiere nuestra falta de ganas o que les hables de lo que te gusta y de lo que no: algunos sienten al estar tan afectada emocionalmente ni siquiera se esfuerzan por hacerte llegar al orgasmo, atribuyéndolo a una cuestión psicológica que nosotras debemos “reparar”. Nos perciben como frígidas o anormales, incapaces de volver a sentir placer, o a veces incluso como si fuéramos un reto demasiado difícil. Lo que está claro es que negar e ignorar la circunstancia les parece más llevadero.
Y diré algo más para terminar de hacer arder mi pasado sexo-afectivo: todos ellos se declaraban en su día y se declaran hoy abiertamente feministas. Y con todos me refiero a todas mis exparejas, tanto aquellas culpables de mis traumas sexuales, como aquellas que los perpetúan con sus actitudes y comentarios.
Al decir que verbalizar el trauma sexual es una batalla, no me refiero únicamente a nombrar los hechos. Me refiero a lidiar cotidianamente, día tras día, con los hechos y la dificultad de transmitirlos tanto verbal como físicamente. La vulnerabilidad atraviesa nuestros cuerpos dañados y los vuelve frágiles. No soportamos el acercamiento y el contacto se convierte una y otra vez en el recuerdo de aquello que siempre deseamos olvidar o, mejor dicho, deseamos no haber vivido jamás.
La pareja sexo-afectiva puede cruzar la delgada línea que separa el deseo y el consentimiento en cualquier instante; la insistencia es un ejemplo de ello. La necesidad de complacer con la que nos educan es inherente a nuestro sexo, atraviesa múltiples planos, y la responsabilidad que cargan sobre nuestras espaldas desde siempre se vuelve el doble de pesada cuando convivimos con el trauma. La otra persona vive su sexualidad libremente, algo que nosotras ya no conocemos. Pues si bien no siempre queremos el contacto, la insistencia nos hace rechazarlo todavía más. El sentimiento del abuso, de ser utilizadas, cosificadas, de convertirse en un objeto hipersexualizado para el otro, se apodera de nosotras. Y a pesar de que exista un deseo sexual, nada tiene que ver con las ganas de satisfacerlo.
El protagonismo que el sexo acapara en las relaciones hace que este pierda espontaneidad, deseo, placer, y por tanto valor. Llega a convertirse en un recurso para satisfacer demandas corporales rutinarias, un medio para cumplir un fin que la otra persona ha encontrado en ti, su pareja. La sexualidad se vuelve entonces un trámite, un mal trago necesario para conseguir una falsa estabilidad emocional. Porque el sexo cotidiano parece haberse vuelto síntoma de una relación sana, y lo que se sale de eso, es porque algo no va bien.
Y es que la pareja, sin educación o capacidad emocional suficiente como para afrontar la marca del trauma que nos atraviesa, no entiende nuestra corporalidad herida. Con el tiempo he llegado a comprender que muchas personas terminan por ceder o sacrificarse “por el bien” de la relación, para que él no se vaya y nos abandone. Es entonces cuando vuelve el sentimiento de culpa al no tener una sexualidad “normal” que jamás volverá. El contacto puede llegar a producirnos asco, repulsión, náuseas, y el sentimiento es el mismo: es obligatorio porque es lo normal, y si nos negamos es porque algo malo sucede con nosotras.
Mi cuerpo se siente dañado, como algo intocable, tan frágil que podría romperse al mínimo contacto. Una suerte de dolor fantasma recorre nuestros genitales, pensándolos como la huella de una herida permanente; se contrae, se cierra, el miedo lo ocupa y el placer no fluye. Una misma termina negando su propia sexualidad, y omitimos el deseo como queriendo borrarlo ante la confianza puesta en que estaremos mejor sin él. Incluso tratamos de prescindir del auto placer, acogiéndonos al celibato como camino, o hasta cediendo ante la idea de frigidez que se nos atribuye en ocasiones. Prefieres no quererlo nunca, el sexo se reduce a una práctica innecesaria, ya no nos interesa o se convierte en algo que únicamente trae consecuencias y vivencias negativas.
Este texto es un intento por acercarme una vez más a la idea del noestamossolas, no es un caso aislado y es posible romper los tabúes sexuales. Es un llamamiento a plantearnos el papel de nuestras parejas y nuestros amigos en este tipo de situaciones, a preguntarse cómo responden ellos y qué es lo que hacen para no perpetuar este tipo de prácticas. Y, sobre todo, el papel que tienen dentro del feminismo y cómo cambian al convertirse en nuestras parejas; las actitudes que defienden en público y las que demuestran en el plano más íntimo. En este sentido lanzo una pregunta para lxs lectorxs, ¿cuántos de nuestros amigos, conocidos, compañeros, familiares, habrán actuado así con las mujeres con las que se relacionan?
En todo el proceso de reconocernos en nuestros cuerpos golpeados por la violencia sexual encontramos mucha soledad. Las víctimas de violaciones y abusos necesitamos poder hablar abiertamente, no sólo de lo que sucedió, sino de cómo lo estamos llevando. La herida hace mella en nuestras relaciones personales y en nosotras mismas. No somos cuerpos guerreros, no romanticemos el dolor. Somos cuerpos rotos, furiosos, tristes; cuerpos atravesados por una herida que no sana.
[1] Esther Regina Neira Castro es historiadora, actualmente en proceso de finalizar su formación como antropóloga. Sus líneas de investigación son la partería tradicional, antropología del cuerpo y formación de la persona.
[2] “Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres” Revista sociedade e Estado, vol. 29, n.2 mayo-agosto 2014 pp. 341-371
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Esther Regina Neira Castro. Natural de A Coruña (Galicia, España), es graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid con cuatro estancias internacionales en Hungría (Károli Gáspár Református Egyetem, Budapest), Argentina (Universidad de Buenos Aires), Estados Unidos (Loyola University Chicago) y México (UAEM). Actualmente es maestrante del posgrado en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Sus líneas de investigación sobre las que versa su tesis de maestría son la coexistencia de la biomedicina y la medicina tradicional en el ámbito de la partería, formación de la persona, cuerpo y mujeres en posición de liderazgo en el contexto de la Mixteca Alta del estado de Oaxaca (México) donde ha hecho investigación de trabajo de campo.
Imagen por @ereislas. Carboncillo sobre papel. Varias piernas entrelazadas en lo que parece ser una cama, envueltas en una sábana blanca.
Por Marta Plaza
Hace algo menos de un año participé junto a una de mis compañeras de InsPIRADAS, (colectivo madrileño de mujeres feministas locas, psiquiatrizadas o que convivimos con experiencias inusuales y/o sufrimiento psíquico de cierta intensidad) en una sesión de un curso sobre Amores Subversivos que tuvo lugar en la también madrileña librería Traficantes de Sueños. Aquella sesión la llamamos Amar(nos) y cuidar(nos) con locura. Puede escucharse online aquí, y también es posible acceder aquí al audio del resto de sesiones de este curso de Amores Subversivos.
También en el mes de marzo del pasado año, escribía esto tras una noche compartida durmiendo con dos amigos/amores/vecinos/vínculos/compañeros, una noche que me removía justo la carencia de lo que no hay, por encima de la abundancia de lo mucho que hay en ese vínculo de múltiples caras que nos une. Estas fueron las palabras que encontré entonces y con las que respondía a un reto de escritura a la vez que me podía contar un poco de lo que (no) sucedió aquella noche:
“Cuando tras aquellos días de tanta intensidad por fin dormimos juntos, no pude conciliar el sueño en toda la noche. Mi corazón desbordado de emociones me mantuvo despierta con su latido ensordecedor. Fue el único participante, a la vez ganador y perdedor, de una carrera insomne, acelerada y a todo volumen”.
Empiezo desde estas dos vivencias de un año atrás porque creo que hablan bien de dónde y cómo estaba entonces y de cómo mi pensamiento está en continua evolución, y con él el discurso y las prácticas que voy ejerciendo. Esta evolución es algo que me (¿nos?) caracteriza; y no creo que tenga que ver con mi locura, mi discapacidad ni mis diagnósticos, sino con mi trabajo mirándome dentro y poniendo palabras a mis sensaciones, deseos, sentimientos… Y también aceptando que normalmente mi discurso va por delante de lo que consigo hacer con mi práctica, y que no pasa nada porque sea así mientras tampoco lo olvide, y sea consciente de que mi discurso marca hacia dónde quiero ir (no lo ya alcanzado), como esa utopía que nos ayuda a seguir caminando hacia ella.
Como mujer psiquiatrizada, como loca, soy una persona que a menudo ha visto utilizado su diagnóstico, su locura, para desproverme de voz, legitimidad, credibilidad. También para que otras personas a las que su profesión y formación en salud mental hacían supuestas “expertas” en mí, mi cuerpo, mente y necesidades… pudieran tomar decisiones por mí, sobre mí. A menudo, en mi vivencia, CONTRA mí. Mis diagnósticos, síntomas, locuras… han sido también consignadas oficialmente en un certificado de discapacidad (la que hoy se denomina discapacidad psicosocial y va asociada a esos problemas de salud mental que nuestra sociedad cuerdista no incluye en su funcionamiento normativo ni en sus exigencias de productividad capitalista y de felicidad 24/7).
Como psiquiatrizada, como mujer loca, he tenido profesionales que me han indicado en consulta que tenía que tener más relaciones sexuales con mi pareja aunque no me apetecieran (entre otras cosas por los efectos secundarios de la medicación impuesta que me habían pautado). Que yo bien podría hacer un poder, hacer un esfuerzo para acostarnos juntos, que él (mi pareja) tendría sus necesidades (y en el subtexto obvio, estas primaban por encima de las mías). Otros escenarios, como bajar o retirar esa medicación que tenía esos efectos secundarios; o el escenario de no tener relaciones sexuales una temporada y que aún así mi chico quisiera estar conmigo (o el de que fuera preferible dejar esa relación si hubiera supuesto incluir relaciones sexuales sin que mi deseo o ausencia del mismo tuviera ninguna importancia)… no parecían contemplarse desde esas miradas con bata blanca. En aquel momento ese rol para mí aún era un referente, aún no había encontrado cómo defenderme de su discurso (él/ellos sabían mejor que yo lo que me vendría bien, al fin y al cabo, yo no pensaba lógico, no me sentía lúcida, tenía tanto dolor dentro que cómo acertar así). Me costó tiempo ver que esta desautorización continua de mis palabras, de mi vivencia, de mi deseo o no-deseo, era una más de las enormes violencias que ejerce el sistema psiquiátrico con el beneplácito de la sociedad, las instituciones, casi siempre las familias y con demasiada frecuencia también nuestros entornos afectivos, vínculos y familias elegidas, si no han hecho también un proceso de mirar con ojo crítico el psistema y sus tentáculos, dogmas, agresiones. Me costó demasiado tiempo (cuántas veces resuena en mi cabeza que llegué tarde a mi propia autodefensa) ese proceso de andar un camino que por suerte no tuve que hacer sola (sola no puedes, con tu gente sí). Llegar a ver nítido que las violencias del patriarcado juegan en alianza con las del sistema psiquiátrico (y las del capitalista, claro), todos pilares sosteniéndose entre sí y a la vez sosteniendo este mundo hostil que nos daña y excluye.
Algunos avances en la búsqueda de mí misma, como loca, como psiquiatrizada, como mujer, también han ido en paralelo a otras formas de entender la sexualidad, las relaciones, los amores y vínculos. En mi proceso relacionado con mi salud mental, me resultó útil desprenderme de la etiqueta de “enfermedad mental” (aquí hay gente que me lleva delantera y tampoco utiliza entonces la de salud mental, como opuesta a ese concepto en el que no creemos, y aunque la idea “salud mental” a mí aún me sirve… quién sabe más adelante). También fue un avance desprenderme bastante de las etiquetas diagnósticas recibidas en mi vida. Me hace bien saber mis fortalezas, mis dificultades, qué me sienta bien, para qué necesito ayuda y cómo pedirla… pero nada de eso es lo que se viene trabajando en la psicoeducación de este sistema psiquiátrico donde identificarte lo más posible con la etiqueta diagnóstica asignada (adquirir la sacrosanta “conciencia de enfermedad”) es un paso irrenunciable. Desde el activismo loco se batalla a menudo contra ese ser etiquetados que vivimos tantos de nosotros, con etiquetas que pretenden definitorias y definitivas, crónicas, de por vida. Una de las pancartas del primer Día del Orgullo Loco en mi ciudad lo decía en clave de humor (qué bien el humor que siempre nos salva): tenemos más etiquetas que las tiendas de ropa.
En paralelo a este desprendimiento de etiquetas diagnósticas, me empezaron a sobrar un poco o empecé a mezclar las etiquetas para los distintos vínculos. Estas etiquetas con las que social y emocionalmente categorizamos a nuestros vínculos, con lo que ya no son amigos/amores/vecinos/compañeros/familia, todo a la vez y mezclado; sino que parece que debamos elegir entre ellas, y además asumir las distintas jerarquías, expectativas e intensidades que son propias de cada una de las categorías. La etiqueta “amiga” no es la misma que la etiqueta “pareja”, que es distinta de la etiqueta “familia”, a su vez distinta de la de “colega del curro”, que es distinta de la de “vecina”, también distinta de la de “compañera de activismo o militancia”, distintas todas de la de “amante”. Y según cambias de etiqueta, cambias los cuidados esperados, el compromiso ofrecido, las actividades compartidas, las actividades compartidas, lo que se debe y no hacer. Todo según lo marcado socialmente por nosesabequién, desde luego externo a nuestras ideas y corazones, aunque tanto nos acabe permeando también y asentándosenos dentro.
A mí me empezó a pasar que igual que las etiquetas diagnósticas me habían dejado de servir tiempo atrás, cada vez tengo por dentro más mezcladas las etiquetas que llevan mis distintos vínculos. Les pienso (os pienso, si lo estáis leyendo algune) cada vez más con palabras como esa, la de vínculos; también pienso y me doy permiso para usar cada vez más la palabra amores y sentirla y decirla así. Cierto que desde mi proceso personal de en principio retirada y actualmente solo bajada de psicofármacos (tras más de 20 años con muchísima sobremedicación psiquiátrica), volví a sentir con una intensidad grandísima que apenas recordaba. Y siento que estoy muy enamorada de mi chico, con quien comparto casa, risas, recuerdos, cama, cuidados, redes, futuros utópicos pero en marcha por construir, complicidades, pieles, sudores, bailes y gemidos, y un plan de vida compartido (y más cosas, seguro). Pero este amor tangible, cierto, palpable, intensísimo, no hace que en mi intensidad gigante o en este dejarme llevar sin etiquetarlo todo y sin demasiados juicios, no me sienta también enamorada de otras compañeras con quien comparto ganas de construir mundos nuevos y de nuevo, más cosas también, seguro. La propia red que me sostiene y en la que nos sostenemos juntes es una red preciosa y amorosísima en la que la base son los afectos y los cuidados, y si me sale “amores” cuando pienso en una palabra que las nombra, me gusta decírmela así y poder decírsela así a ellas, a ellos.
Como otra de las patas de este proceso múltiple y caleidoscópico en continua evolución, también el concepto mismo de sexualidad se me mueve, muta y cambia dentro. Estoy viviéndolo como un camino lento, porque aquí aún noto bastante peso social que me hace menos fluidos los pasos. Pero de alguna manera, mi proceso para encontrarme (también en mi cuerpo y en mi piel; esta misma piel que rasgué en momentos de gran angustia, este cuerpo que sentí cárcel tantos años) avanza también deshaciendo mi idea previa de sexualidad, en este caso difuminando sus fronteras, ampliándolas. Quizá empezó como defensa ante ese supuestamente inadecuado “ser poco sexual” que me devolvían en consulta, ese tener pocas relaciones según baremos ajenos en los que seguimos buscando nuestro reflejo (¿seré normal o en esto tampoco? ¿y acaso quiero serlo? ¿por qué debería?) Pero hace ya un tiempito en que siento que empiezo a navegar un espacio que me gusta, en el que me encuentro cómoda, y en el que estoy ampliando mi concepto de sexualidad a las situaciones de intimidad compartidas con otras personas de confianza, especialmente si implican desnudeces pero no solo, y en las que siento/sentimos además placer físico.
Una tarde en el sofá en la que mientras vemos una película tres de estos vínculos/amores a los que les corresponderían distintas etiquetas relacionales formalmente, y en la que mientras seguimos la peli estamos todas haciéndonos cosquillitas suaves suaves en los brazos o piernas, en un tren de cuidados placenteros desde una confianza no fácil de tener con cualquiera y en la que todo el mundo es acariciado y acaricia…
Una noche en la que nos dormimos cuatro en una cama gigante, abrazados unos a otros, acariciándonos el pelo, oliéndonos, sintiendo la calidez de los cuerpos…
Una sobremesa en la que mi chico y yo, desnudos en la cama de nuestro cuarto, nos acariciamos y cosquilleamos sin pretender llegar obligatoriamente a orgasmos, penetraciones, pero qué bien esas caricias, ya acaben después en clímax para mí, para él, para ambos; o en que él vaya entrecerrando sus ojitos sonrientes y se quede dormido mientras yo le leo cuentos sin dejar de acariciar su pelo en mi regazo.
Un momento de baile, otro de susurrarnos en el oído, otro de masajes con más o menos ropa, otro de colchonear en un viaje y sentir la excitación en el corazón acelerado y la humedad entre las piernas, y que sea perfecto así, que se quedé así y ahí, sin más (¡ni menos!), y que sigamos recordándolo en conversaciones posteriores y el verbo colchonear quede instaurado tan tan bonito y le busquemos en el calendario grupal fechas para repetir.
Hablar de tríos que nunca acaban produciéndose, pero poder verbalizar que en ti habita un deseo sexual por algunas personas que no lo comparten así, o no ese mismo, pero con las que sí hay un cariño y amor y cuidados gigantes. Que ese hablar poniendo sobre la mesa esa parte no correspondida no sea un tabú a silenciar ni una carga ni un muro que se levante entre medias, que hasta pueda ser risas a sumar a las complicidades que sí hay.
Poder compartir estos sentires con mi gente más cercana y que no haya burlas ni juicios ni paternalismos, ni ofensas ni miedos ni traiciones. Poder disfrutar de la abundancia de tantos quereres, de tantos cariños, mimos, caricias, risas, bailes, pieles, orgasmos, cuerpos, cosquillas, olores… Ser consciente de que alguna vez, como aquella noche tras la que escribí el relato cortito que os compartía en el inicio del texto, también me podré quedar un poco atrapada en mi sensación de carencia. Que desde la abundancia de todo lo que sí compartimos, en ese momento lo que me pese sea lo poquito no compartido contigo, o con ellos, o con ellas. Mirando más hacia ese otro concepto de sexualidad que se utiliza socialmente y del que yo digo querer desprenderme pero a veces se me clava su ausencia una noche de marzo.
También me sigue pasando que a veces me encuentre ubicando en el calendario esa noche que sí tuvimos sexo como socialmente se suele entender, con sus orgasmos, con su todo… (el todo del que otros hablan, no mi ni nuestro todo) para entrar a baremar de nuevo. Y ya no hace falta que me lo digan en consulta, me basto para juzgarme conmigo misma y con el peso social y las frases de sábado sabadete como número mínimo de encuentros sexuales necesarios para una sexualidad óptima (¿para quién?) Y desde ahí sí me duelo y entro a pensar si soy o no buena pareja, si tiene nuestra relación la chispa adecuada, si lo que tenemos es suficiente (de nuevo, ¿PARA QUIÉN?, ya gritaría). Cada vez me pasa menos, pero es verdad que de esto cuesta despegarse, y aquí sí me aplasta aún ese peso social, hasta dentro de grupos de amigas, en viñetas feministas, en cada todopresente meme sobre Satisfyers -que yo no quiero ni probar-. Ahí me vuelve un poco el peso y señalamiento de no ser normal, tía-a-ti-te-pasa-algo-será-un-trauma-por-qué-no-pruebas.
Así que aquí estamos yo y mis contradicciones: abandonando la expresión enfermedad mental hace ya años pero sí utilizando la de salud mental; deshaciéndome de etiquetas relacionales mientras sigo usando “mi chico” para mi chico; ampliando sexualidades pero también viendo si en estándares ajenos alcanzamos los números adecuados; disfrutando de las intimidades, complicidades y nuevas excitaciones que construimos, pero pocas veces compartiendo esta visión así públicamente; recreándome en la abundancia de cosas bonitas compartidas con mis vínculos/amigues/amores/vecines/compañeras… y a la vez alguna noche pesándome la carencia concreta de una piel o un susurro aquí o allá.
Y en este proceso con sus contradicciones, voy también encontrándome yo, encontrándome a gusto conmigo y con mis vínculos (y qué paz me da esto). Y, por qué no, va también gustándome mi manera de amar y amarnos con locura, de querer y querernos con locura, desear y desearnos con locura, cuidar y cuidarnos con locura, de sentir y sentirnos con locura, y gozar y gozarnos con locura.
Marta Plaza (@Gacela1980 en Twitter)
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Marta Plaza (Madrid, 1980). Activista loca y de lo que me llene, pensando y practicando sobre cuidados colectivos, tejer redes y crear comunidad como única forma de poder sobrevivir en este mundo hostil. He escrito en la revista Pikara Magazine y soy autora del capítulo “Pacientes psiquiátricas que (por fin) perdimos la paciencia” en el libro “Feminismos. Miradas desde la diversidad”. Para el capitalismo soy improductiva, inactiva e incapaz, pero todo bien.
Fotografía a color de una mujer de tez blanca (María Luisa Jiménez, la autoradel texto), desnuda, sentada sobre un banco con cubierto por una tela azul. Está de frente, su cara se descubre detrás de una tela de encaje de flores azules. Tiene senos y abdomen prominente, los brazos a los costados y las manos dispuestas hacia atrás de las piernas. Lleva un par de tatuajes pequeños en ambos muslos y un tatuale grande en la pantorrilla izquierda. El piso y fondo son de color claro.
El lugar de la sexualidad en la organización política del mundo esta en la reproducción. Ya que, los dispositivos de poder sobre los discursos de sexualidad y sus tecnologías necesariamente pasan por la normalización de las identidades sexuales y sus prácticas.
Cuerpas productivas, que son reproductoras, hacen parte del mantenimiento de un régimen político en el que la práctica sexual utiliza los cuerpos como instrumento para una sexopolítica en la construcción del poder.
Como Preciado explica en su texto Multitudes queer: notas para una política de «anormales».
La sexopolítica es una de las formas dominantes de la acción biopolítica en el capitalismo contemporáneo. Con ella el sexo (los órganos llamados «sexuales», las prácticas sexuales y también los códigos de la masculinidad y de la feminidad, las identidades sexuales normales y desviadas) forma parte de los cálculos del poder, haciendo de los discursos sobre el sexo y de las tecnologías de normalización de las identidades sexuales un agente de control sobre la vida.
Cuerpas que no hacen parte de la clasificación de lo que la sociedad capitalistica entiende como normativa, están, por lo tanto, fuera de la concepción de lo que es deseable o pueda sentir o dar placer, dentro de una reproducción de la naturalización de las cuerpas y prácticas sexuales consideradas «normales», «deseables» y que sientan y causan «placeres». Es decir, la cuerpa gorda está patologizada, ya que la comprensión social de ella es que: todas las mujeres gordas son enfermas, anormales, asexuales, etcétera.
Las cuerpas gordas pueden romper con la normalización heterocentrada, sin someterse al contrato social de reproducción colonizadora. Estas cuerpas están dentro de otra lógica/estructura en nuestra sociedad, ya que se consideran contraproducentes. Es suficiente observar varios discursos de poder biomédico, educativo, político, mediático, entre otros, que reverberan esta idea de que la mujer gorda no puede tener hijos, necesita perder peso para reproducir, encajar en una cuerpa magra porque necesita ser productiva y reproductiva.
Dicho esto, propongo pensar en las cuerpas gordas como Preciado nos propone en su manifiesto de la contrasexualidad, en que “la producción de formas de placer-saber alternativas a la sexualidad moderna”. Como sexualidades perversas que perturban el orden de este contrato heterocentrado del deseo.
Las gordas rompen con este canon sobre el placer y, como explica Preciado, entramos en una contrasexualidad, donde en la revolución de permitirse ser un cuerpo disidente, subalterno puede que se descubran por sí mismas, otras formas de placeres y deseos.
Es una propuesta para deconstruir lo que siempre se ha negado a estos cuerpos: el placer. A partir de esta comprensión, se puede construir una reconstrucción como acción política desafiando lo que aprendemos sobre sexo, pornografía, deseo y placer. Es una revolución con el propio cuerpo como deseable y que puede construir otra lógica en términos de deseo y placer gordes.
Ir más allá de la normalización de las identidades sexuales más allá de lo que el régimen político actual ha hecho con cuerpos “abyectos” como mi cuerpa gorda, es proponer una nueva forma de estar en el mundo. Después de esta discusión, la idea es una desobediencia política sexual de “anormales”, “indeseables”, “subordinados y disidentes”.
Revertiremos esta lógica, en la que es necesario una reconstrucción del placer, el desear ser de adentro hacia afuera, comenzando desde mi propia cuerpa, transformando la normalidad sistémica en una revolución política de las cuerpas gordas, donde elijo construir placer.
Esta propuesta cumple formas subalternas de supervivencia, dando un nuevo significado a nuestro lugar sexual en los regímenes de poder. Reinventar nuestro lugar en la sexualidad como un dispositivo fundamental en la constitución del orden en el mundo que odia las cuerpas gordas.
Para Consultar:
DE PERRA, Hija. Interpretaciones inmundas de cómo la Teoría Queer coloniza nuestro contexto sudaca, pobre aspiracional y tercermundista, perturbando con
nuevas construcciones genéricas a los humanos encantados con la heteronorma. Disponible en: https://www.bibliotecafragmentada.org/wp-content/uploads/2012/12/interpretaciones-de-la-teoria-queer.pdf
LOURO, Guacira Lopes, Um Corpo Estranho – Ensaios sobre sexualidade e teoria queer. Belo Horizonte: Autêntica Editora, 2004, 92 p.
JIMENEZ-JIMENEZ, Luisa, Maria. Lute como uma gorda: gordofobia, resistências e ativismos. 2020. Doutorado (Programa de Pós Graduação em Estudos de Cultura Contemporânea – ECCO) – Faculdade de Comunicação e Artes da Universidade Federal de Mato Grosso – UFMT. Cuiabá, MT, Brasil. Disponíble en: http://lutecomoumagorda.home.blog/tese-de-doutorado-lute-como-uma-gorda-gordofobias-resistencias-e-ativismos/
PRECIADO, Paul B (Beatriz). Multitudes queer. Nota para una política de los «anormales”. Revista de Filosofía. Núm. 19 (2005): Queer. Disponible en: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/NOMBRES/article/view/2338
PRECIADO, Paul B (Beatriz). Manifiesto contrasexual. Disponible en: https://www.anagrama-ed.es/view/12296/a_424.pdf
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Malu Jimenez. Es brasileña, filosofa, feminista activista gorda, doctorado, en Estudios de Cultura Contemporânea en La Universidade de Mato Grosso investiga la gordofobia y las cuerpas gordas, fundadora del grupo de estudios transdisciplinares del cuerpo gordo en Brasil, idealizadora del proyecto “lute como uma gorda” (lucha como una gorda). Coordina las redes estudios del cuerpo gordo femenino en internet, hace parte del colectivo GORDAS XÔMANAS en Cuiabá, Mato Grosso, Brasil, escribe para Todas Fridas y hace el Programa en YouTube PESQUISA GORDA.
Imagen de Geo Vidiella. Muestra el fragmento del cuerpo de una persona de tez blanca con lunares. Se distinguen tres voluptuosidades, sobre estas, gotas de agua. El fondo es abstracto, un halo gris en movimiento.
Por María Magdalena Aranda Delgado
En mi memoria sexual más temprana estoy bailando frente al espejo, hacía calor y estaba recién bañada, embelesada miraba el reflejo del meneo de mi cuerpo. Me hacía gracia la sensación de temblor de mis carnes. Mi primer recuerdo relacionado al sexo es de goce y libertad, difícilmente había podido regresar sin culpa o vergüenza a esa fascinación. Soy gorda vitalicia y con este cuerpo estigmatizado voy examinando el mundo e intento subvertirlo. Entre tientos este cuerpo asumió durante un tiempo, que para fines sociales prácticos, paradójicamente era estorboso e impalpable.
Antes del bombardeo social para odiar mi gordura, no recuerdo que ésta me perturbara. Aún ahora puedo olvidar el acoso, pero luego me topo con miradas desaprobatorias, el chiste en la publicidad, la cultura de la dieta, el sexismo y misoginia. Termino acordándome que se me desprecia.
El estigma, expone Goffman (2010) es un atributo profundamente desacreditador, que necesita de lenguaje de relaciones y cuyo rasgo central de la situación vital para quien lo ostenta es la no aceptación. La configuración del mío, está vinculado a los estereotipos de género y clase. A los seis en pleno recreo escolar su tentáculo me alcanzó. Jugaba con mis compañeritos y al niño que perdió le impusieron de castigo me besara,se echaron a reír. El chico se aprontó a simular una arcada. La confusión entre sonrojo y su despreció entorpecieron por segundos a mi instinto más salvaje que se rehusaba a ser burlado: ¿no son los besos algo lindo? Suspiré altanera devolviéndole la mueca y huí. Callada pero insatisfecha, me enfoqué a buscar reconocimiento en los espacios que me eran comunes. Crecí en una colonia popular de una ciudad pequeña del interior del territorio mexicano, de familia tradicional y con rigurosa educación católica, temprano advertí que sacar buenas calificaciones y aprender rápido las oraciones en el catecismo, me confería de alguna clase de preferencia paternal y distinción social. Debía sobrevivir.
Mis flirteos adolescentes fueron platónicos y los remedos de poesía los desfogaron. Ya en la universidad asimilé otros credos, los aprendí para explicarme que la jerarquización inferior de mi sexo es efecto del sistema social; para comprender mí pertenencia a la clase trabajadora y esa desazón cansina por no tener los conocimientos acumulados y aspiraciones de consumo de las clases medias y altas. Para entender por qué, aun sintiendo deseo, en su construcción sociocultural, las personas gordas seguimos inadvertidas o fetichizadas. Llevo muchos años disimulando las potencias sexuales de mi cuerpo gordo. Apóstata quiero atinar: Déjenme excitarme tranquila. Porque la aspiración porrecuperar ese placer primero ha estado ahí, subrepticiamente haciéndome guiños, quiero deshilarlo, que desborde copioso, como es.
Mi placer es mío, ya sé. Pero de ahí a concretar su expropiación es otra cosa. A decir verdad, no fue hasta que leí Tienes derecho a permanecer gorda de Virgie Tovar(2018) en el pasaje donde explica el jigglecize (sacudimiento), un juego que se inventó para disfrute de las gordas y que apelaa ese “algo muy viejo y juguetón dentro de nosotras, como la sensación de algo muy antiguo que se desata” (p. 96), es que revaloricé mi primera memoria.
Reivindicar el placer requiere una complejidad que trasciende a su enunciación, al menos yo he necesitado tesón, cabeza y admitir renuncias. Crecí sin tener prácticas sexuales de referencia, no veía gordas deseando y satisfechas, pero abundaban las representaciones mañosas de las que anhelaban, envidiaban o se conformaban. Y aborrecía pensarme en esas categorías. Me recuerdo adolescente enardecida por alguna escena vista en la televisión, por las compañeras de la secundaria que se escondían cachondas detrás del taller de electricidad para darse rienda suelta, o por la presencia del profe activista social; excitada, pero contenida. Frenando las reacciones físicas, sosteniéndolas rígidas hasta doler, me acostumbré a esa sensación porque no sabía cómo dejarla ser.
En mis fantasías nadie me cargaba en vilo, tampoco yo corría sonriendo por la playa perseguida para que me robaran un beso, ni nadie se enamoraba de mí con sólo mirarme. Pronto comprendí que mi cuerpo no estaba capacitado para las argucias del amor hetero romántico. Ojalá hubiera leído más temprano a la Despentes (2007) para no sentirme tan sola en el baile de las incogiblesy cuando rechacé al mandato de entrar en la faja de chica buena.
La férrea educación religiosa, el estigma social de la gordura y sus consecuencias facilitaron que mi deseo se tornara en ser deseada. Pasé por peligrosas dietas; el feminicidio asistido –diría Virgie Tovar (Op. cit. p.16)- y leía textos intelectomachines para acceder a ese mundo que creía el único posible. Como muchas personas gordas esa trampa me llevó a perseguir el ideal corporal imperante y exagerar mis aptitudes académicas en aras de vivir experiencias sexuales que terminaron siendo inconvenientes y agresivas.
Ha pasado el tiempo y quiero rescatar esa memoria primera, porque aun acallada, ha estado resistiendo fuerte. Intuitivamente me ha orillado a declinar relaciones que no me satisfacen. He tanteado diversas prácticas sexuales para preservarla, pero continúa siendo complejo, de mis escarceos amorosos la mayoría terminan sesgados por la heteropatriarcalidad, desiguales, violentos o capacitistas. Explicar que aspiro a producir prácticas sexuales alternas termina siendo engorroso para las posibles parejas. ¿Tanta teoría para quién? Termino acallada por hartazgo, con montones de preguntas que me agobia contestar. La persona más anarca termina excusando al matrimonio, la más revolucionaria se ofende porque rechazo ser madreamante; la lesbiana que de simpática se torna ofensiva porque no satisfice sus intenciones posesivas; el joven celoso que se toma como afrenta mi soberanía corporal, el adúltero escamado que me apunta guarra y libertina, el chico trans que juzga por mi apariencia femenina, le chique gorde que no le ponen las gordas. Me faltan experiencias y mi ansia se acomoda a lo no resuelto ni reflexionado por otras personas. Elaborado discurso para acabar aceptando que también éstas prácticas fallan al procurar la satisfacción dealguien más que no soy yo. La resolución inmediata ha sido desembargar la vida solitaria que el contrato heterosexual prohíbe.
En redes sociales, veo algunas mujeres con las cuales comparto el estigma, defender que son deseadas, abanderan una sexualidad gorda consumible y que aspira a la valoración social. Resulta ineficaz exigir al patrón que públicamente acepte su consumo de gordas. Disto de reclamar que me desean, eso ya lo sé. Lo rancio del asunto es que usen ese deseo para agregar capas de opresión a las ya existentes. Ninguna persona gorda debería esforzarse por entrar en un sistema donde no es llamada a existir. Juego pensando en que una gorda que se precia genera un sistema propio, rompe con las violentas proyecciones de otras personas sobre su cuerpo, se fuga de lo establecido.
Aún continúa el bombardeo social para odiar mi gordura, ahora que lo comprendo ha disminuido su efecto en mí, por eso escribo, porque puedo hacerle frente. Pretendo recordar como gorda y a todas las personas gordas que la sexualidad que vale es la de una. Que si bien, creo que nuestras prácticas y comportamientos relacionados con nuestra sexualidad deben ser profundamente cuestionados y subvertidos, hay que volver una y otra vez a nosotras. Sí, desconfiar del deseo que hemos aprendido pero hurgar también en la memoria, encontrar esa conexión sexual placentera primera, si no tenemos, inventárnosla.
Me encantaría que cada gorda supiera que puede disfrutar del placer sin cuestionárselo; que merece que la traten con ternura, que la cuiden y acompañen. Que no es condición estricta sólo para ciertos cuerpos buscar conexiones afectivas. Que sin dudar sepa que alguien se masturba pensándola. Que manifieste, eso sí, abiertamente su inclinación por las personas gordas. Que aprenda rápido a advertir el deseo del otre por ellas y lo corresponda como le parezca sin miedos, prejuicios ni vacilaciones.
En la memoria corporal placentera está el indicio de lo posible, aguardando. Por el momento, me basta con recuperar lo que por el estigma edité. Descongelar la rigidez del cuerpo a la que nos confinó el prejuicio y la falta de referentes. Creoimpostergable volver a mi panza que aloja impresiones siendo besada con frenesí, sin que sea significativoquién lo hizo sino cómo lo hizo y la sensación de placer libertario que ahí emergió. Traer la primera vez que atisbé lascivia en quien me miró desnuda. Evocar continúo el preámbulo lujurioso de dos mujeres sobándose sus lonjas. El dolor de la primera mordida en el pliegue de mi ombligo. El ansia por la verga que asoma bajo una lorza prominente. Los ardores labiales por la salsita de molcajete. Los poemas de Gloria, Audre y Artemisa. La plenitud de las carcajadas con las amigas.
“El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las articulaciones recuerdan y hasta el dedo meñique recuerda. El recuerdo se aloja en las imágenes y en las sensaciones de las células. Como ocurre con una esponja empapada en agua, donde quiera que la carne se comprima, se estruje e incluso se roce ligeramente, el recuerdo puede surgir como un manantial.” (Pinkola, 2005, p. 281)
Un mmm que afine el meneo de mis lonjas jubilosas.
Referencias.
Despentes, V. (2007) Teoría King Kong. España: Editorial Melusina.
Ellis, C., Adams, T. y Bochner, A. (2010). Autoethnography: an overview. Forum: Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research, 12(1). Extraído de la página: http://www. qualitativeresearch.net/index.php/fqs/article/view/1589/3095.
Goffman, E. (2010). Estigma. La identidad deteriorada. 2ª. ed., 1ª. reimp. Buenos Aires: Amorrortu/editores.
Preciado, B. (2002). Manifiesto Contrasexual. España: Editorial Opera
Prima.
Pinkola Estés, C. (2005). Mujeres que corren con los lobos. España: Zeta Bolsillo.
Tovar, V. (2018). Tienes derecho a permanecer gorda. España: Editorial Melusina.
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María Magdalena Aranda Delgado. Buscadora de saberes que le permitan profundizar, ampliar o desechar los que ya tiene.Cercana a los feminismos, especialmente al gordx; por supuesto es y está gorda. También es profesora que activa políticamente en sus sesiones de historia, conversas sobre feminismos y socioantropología del cuerpo. Tallerea según se requiera. Ha colaborado con instituciones públicas y organizaciones de la sociedad civil. Actualmente cursa un posgrado donde indaga sobre la opresión por cuestiones de gordura.
“El mundo está hecho con la tela del cuerpo, está hecho de las cosas, es una extensión, las encarna…” Paul Valéry
En el texto La hermana, la extranjera, Audre Lorde resalta el goce de lo erótico, el cual consiste en la capacidad de sentir de manera satisfactoria y que está acompañada de sentimientos y afectos propios, compartidos y llenos de plenitud.
En este sentido, no pierdo la esperanza de que un día el goce sea el acompañante principal de nuestra vida y causante de romper con ritmos e imaginaciones pre-establecidos y automatismos incuestionados. Tampoco pierdo la esperanza de que en la sexualidad, el goce también vibre con la sonoridad, olores y sabores. No pretendo enarbolar estos sentidos antes mencionados, pues compas sordxs o con sensibilidad química exigirán otras sensaciones y percepciones.
Sin embargo, me gustaría atravesar la edificación del ocularcentrismo[1] como medio hegemónico para fantasear, imaginar y comunicarse en el ámbito erótico mediante otras derivas sensitivas.
Descoitándome
No solo ha sido liberarme de las cadenas del ocultamiento y falta de información sobre la sexualidad, sino también dejar de reproducirla en términos capacitistas, gordofóbicos y coitales. Crear otras líneas de fuga en torno a la sexualidad en general y, del erotismo y del afecto en particular tienen que ver con asumir formas de compartir(nos) fuera de pautas de opresión y vivir el goce sola y/o acompañada.
Vivo con discapacidad visual pero no solo esta experiencia corporal me llevó a explorar el goce a partir de notas sonoras, olfativas y gustativas; junto con ella también se encuentra el vivir con dolor crónico ocular y también lesiones debido a una Infección de Transmisión Sexual (ITS). Esta última, por cierto, reconocida porque yo luché por su diagnóstico, ya que infinidad de médicxs ginecológicos no pasaban de nombrarla como una simple candidiasis o porque ya venían mis días[2]. Como si yo no conociera mi cuerpo, como si yo no supiera que estaba sintiendo algo extraño que no era parte cotidiana de mi vulva y vagina (las conocía, y muy bien porque me encantaba explorarlas). Claro, si a las personas con discapacidad nos niegan la sexualidad, ¿cómo iba a ser posible una ITS? Pero sí, así como mi discapacidad, la encarno, es parte de mi presente y de mi futuro.
En muchas ocasiones, el coito e incluso el sexo oral y la masturbación se fueron desvaneciendo; no porque un condón no fuera suficiente para practicar esos ejercicios sexuales, sino más bien por las sensaciones de dolor y ardor por las lesiones genitales aún con un tratamiento o en periodos de crisis en el que dichas sensaciones se intensifican. O bien, los periodos en las crisis de dolor crónico ocular que llevan a reposar sin realizar ninguna actividad.
De modo que, si la experiencia de la discapacidad visual me había llevado a potenciar otros campos perceptivos y sensoriales, ¿por qué no potenciarlos en el ámbito del deseo y goce erótico si ahí estaba el resto de la piel? ¿Cómo encontrar goce en medio de una ruta de dolor ocular?
Dicha exploración sensorial va en dos vías, por una parte, la ambientación del entorno y, por otra parte, lo que produzco con mi mismo cuerpo, los cuales se fusionan para concretar un goce más amplio.
Paréntesis sonoros y táctiles
Nunca voy a olvidar las sensaciones que dejan los pasajes sonoros que algunas veces acompañan escenas eróticas y sexuales de películas o televisión. ¿Erótica y porno sonoro? No creo que sea un contenido que se realiza conscientemente ya que son los cuadros visuales el centro principal, pero mi memoria ha registrado aquellas historias auditivas, las cuales muchas de ellas fungieron como detonadoras de grandes aventuras conmigo misma o que hacen volar mi imaginación sexual de manera acompañada.
La Librería de Orgasmos, por ejemplo, es un proyecto que documenta la diversidad de orgasmos de mujeres y con expresiones auditivas reales que sin duda, abre la puerta a un porno sonoro conocido públicamente y que puede brindar derivas e historias diferentes a la ocularcentrista y promover una imaginación sexual sonora a cualquier persona. En este sentido, no solo serán palabras, susurros y orgasmos que salen de una boca llevadas por una voz, pues también la ambientación sonora que según el gusto de cada quien, desbordan el deseo y la erótica como una canción, el sonido del deslizamiento y caída de la ropa, el coro de los fluidos genitales, etc.
Tocar y ser tocada es una acción que pasa al mismo tiempo y con base en ello descubrí que uno de los mayores goces ha sido simplemente estar abrazada desnuda, junto a mi compañero. Pasar ratos sintiendo la temperatura de la piel, besos y caricias en medio de una plática y de paso, descubrimientos del cuerpo que van de la cabeza a pies. Son texturas, pliegues y contornos infinitos en el que se descubren sensaciones que gustan o disgustan.
Las sensaciones, es decir lo que nos permiten sentir los sentidos y, las percepciones o la experiencia que vivimos con las sensaciones, pareciera que son neutrales, pero no es así, ya que se encuentran mediados por una cultura y un contexto. De este modo, aprendemos que solo podemos tocar de forma manual, pero de piel y otras sensaciones es todo el cuerpo y el deseo. Independientemente de la diversidad corporal, existen partes de nuestro cuerpo que tocan y reciben sensaciones gozosas y esperando ser descubiertas.
Fusión de sabores y olores
Epistemológicamente, los sentidos del olfato y del gusto son expuestos en una jerarquía menor con respecto a la visión ocular que ocupa el rango mayor. Sara Ahmed, en el texto La política cultural de las emociones entiende a las sensaciones y emociones como performativas y como un pegamento, son impresiones en el cuerpo, son intensificaciones de este último y aumentan o disminuyen lo que puede hacer. “Las emociones moldean las superficies mismas de los cuerpos que toman forma a través de la repetición de acciones a lo largo del tiempo, así como a través de las orientaciones de acercamiento o alejamiento de los otros” (Ahmed, 2015, p. 24). Darle un lugar a las emociones y encarnarlas es parte de nuestra cotidianidad en general y, de manera particular, en la sexualidad.
Aunque en muchas ocasiones los olores y sabores son reconocidos como actores en nuestra corporalidad, identidad de género y en la erótica sexual, se olvida que están mediados por estructuras de poder capacitistas, coloniales, racistas, patriarcales y capitalistas. A partir de la reproducción de dichas estructuras también aprendemos cuáles son los aromas fétidos y fragantes, por ejemplo, asociándolos también al color de la piel, identidad de género, clase social, discapacidad, etc.
Descubrir, nombrar, descolonizar y erotizar sensaciones gustativas y olfativas son distintas escalas que muy probablemente no estén en la misma sintonía. Para mí su descolonización erótica afectiva está siendo parte de un proceso, pues percepciones coloniales que se imponen sobre las sensaciones es algo que muchas veces no me había cuestionado. ¿Quién dice que olores y sabores son limpios, sucios, buenos, malos? Perfumes y sabores procesados y de marcas comerciales para ocultar otras o usurpar a las naturales (o hechas artesanalmente y con responsabilidad) son parte de la colonialidad de los sentidos.
Cuestionar la ambientación hegemónica de la imaginación erótico-afectiva pero también considerar lo que el mismo cuerpo o cuerpos expresan a través de secreciones es ampliar y potenciar estímulos, sensaciones y goce.
Conocer mi aroma y sabor del cuerpo y de otros cuerpos como el sudor, la saliva, los fluidos genitales y anales es ampliar nuestra eroticidad.
Si bien muchas de las cosas narradas anteriormente se sitúan dentro de la erótica sexual, es importante dejar claro que lo erótico va más allá de ese ámbito. Al respecto, para Lorde (1984) lo erótico es una fuente de poder e información y es una sensación de satisfacción interior que no sólo atañe a lo que hacemos, sino también a la intensidad y plenitud que sentimos al actuar. De lo anterior, también es importante decir que ante lapsos y días con intenso dolor crónico ni pienso en un goce sexual, pero por supuesto, las sensaciones y afectos se desprenden a tener satisfacciones por estar acompañada, escuchar música, conversar, dormir, comer algo delicioso pero también, hay otras ocasiones en las que solo hay que sobrevivir y esperar a que una crisis de dolor pase: gozar mi mortalidad sostenida por lxs demás.
[1]Para Borea de la Portilla (2016) el ocularcentrismo se refiere a la cultura, prácticas y normalización de lo visual en el que estamos inmersas. Los ojos en la era de la imagen son los órganos sensoriales más valorados para orientarse en el mundo, para interactuar con los demás y la constitución de una identidad de cómo nos vemos a nosotros mismos. De esta manera, la vista es el sentido con el que más se ha identificado la capacidad de categorizar, simbolizar, significar y explicar; convirtiéndonos en espectadores.
[2] Después de cantidad de ginecólogxs y medicamento alópata, visité a unas parteras y su uso de la medicina tradicional en la ginecología. Ellas fueron las que dieron con el diagnóstico. Al respecto, poder explorar estas otras derivas autónomas y comunitarias en el ámbito médico también tienen que ver con el goce como parte de la vida, los cuidados, la sororidad, la escucha, etcétera, que en ningún consultorio alópata encontré.
Referencias:
Ahmed, S. (2015). La política cultural de las emociones. México:CIEG/UNAM.
Borea de la Portilla, A. (2016). “Nombrar con los ojos: una crítica al ocularcentrismo desde la fenomenología”. Pontificia Universidad Católica del Perú. Recuperado de: https://textos.pucp.edu.pe/pdf/4818.pdf
Lorde, A. (1984). La hermana, la extranjera: artículos y conferencias. Madrid: Editorial horas y horas.
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Diana Vih. Soy disca, y feminista contracapacitista. Me gusta mucho realizar reflexiones desde los estudios críticos en discapacidad y que dichas reflexiones también partan de una experiencia situada.
Soñé que yo era la tela y unas manos asían algo de mí
Todo inicio es una orilla.
En el principio fue mamá quien me tuvo gran paciencia al compartir su sabiduría, porque soy una niña distraída e inquieta que ya adulta abrazará profundamente su legado de costurera:
Cada hebra que ensarta en la aguja / atisba una pequeña sincronía en el universo
Todo comenzó aquí: intentando escribir sobre textil. Sobre-desde-junto-con, esto, que me genera ansiedad, caos, vulnerabilidad, recuperación y deseo:
Y pensar que el enredo, la bola enrollada y el tejido / son el mismo hilo
Todo fue jugando y Karsten me dio la idea: “Hazlo con tus manos”. Entonces recordé 20 años después, que yo de alguna manera -más aleatoria que dirigida- sabia coser.
Todo al principio fueron bolsas con poesía como forma de autosostén.
Si quieres amar a una costurera, ayúdale a descoser sus errores:
Toda esa Pena que sentí un día de primaria cuando tuve que decir que mi madre era costurera, se rasgó la tarde que regresé a casa y mostré a mamá mis primeras bolsas, y nos sentamos a bordar juntas poemas y yo me sentí profundamente resarcida a ella, con un amor de fibra, de fuente, de in de finida y fina gratitud:
-Y ésta bolsa ¿de qué color la bordo?, pregunta mamá.
-Ah pues lee el poema, pa ver qué color queda; respondo.
-Léela tu, yo no le hallo a eso, no soy poeta.
-A ver ¿qué dice?, le digo y lo leemos juntas:
“La casa está vacía/ yo estoy adentro”
-Me voltea a ver con desconcierto y echamos a reír:
-¡Ay Sara, no te entiendo, qué color tiene el vacío, pura pérdida de tiempo!
Todo se desbordó cuando descubrí que había tejidos en todas partes, incluso si no les veo y Santa Lucía, patrona de costureras, escritores y todas las actividades que implican la vista, comenzó a aparecérse.
Todo cuando me donaron a La Favorite, since1890. Ahí me dio por darle nombre a cada máquina, como una forma de honrar las manos que habían pasado por ellas, pues todas me han sido donadas: la Nana Verde, Abuelita Over, Tica La Cantatica y Mi Huera Sunset:
Costureras que lloran sobre sus máquinas de coser
y las abrazan y besan y cuentan sus penas
pensando en sus madres y hermanas y tías y abuelas
que también fueron costureras
y sostuvieron familias, sueños, cuerpos / semillas y guerras
Naciones enteras
Y conjuraron la existencia a través de las telas
y la salud de la propia cuerpa
Todo explotó cuando me vine a vivir al DF y en un bazar de fines de semana de la colonia Roma, me ponía a escribir sobre la vida en esas máquinas de coser:
“Se bordan poemas. Se zurcen heridas. Se tiñen perversiones disfrazadas de locura.
Se aprietan faldas. Se suturan pasiones. Se recortan recuerdos y pantalones, etc, etc.
Todos estamos rotos hasta que vamos con la costurera”
Todo se gestó retronutrida por a mi amiga Mayra Judith, quién también es psicóloga-costurera-poeta y recia. Apasionadas de la hebra nos anudamos y desanudamos hasta rasgarnos, en tejidos y marañas colaborativas al menos siete años y, seguramente, en otras vidas y planos.
Toda enloquecí cuando percibí que coser era escribir era dar forma arquitectura vestir que es decir, que texto es textura es contexto es textil, que mis manos son un médium y el tejido una forma primigenia de la existencia:
Útero de la escritura sin nombre
Todo agarro sabor cuando volteé a mirarme el cuerpo, espacio discursivo, sus revestimientos y la tela como capas de piel, donde enunciarse lo que entraña:
Todos venimos en una bolsa que toca y habla
y acumula sensaciones en palabras
Todo se rebeló cuando comprendí: hay a quienes beneficia que la memoria, cercanía y procesos textiles en la humanidad sean invisibilizados; todo para insignificar las luchas, corporizar las insatisfacciones, consumirnos como espectáculo, explotarnos como norma, violentarnos cotidianamente, hasta que la malla se rompe por lo más delicado:
¡QUE VIVAN LAS RE-EXISTENCIAS TEXTILERAS!
Todo se tensó en corto cuando me sugerían profesionalizar “mi marca”, producir más, poner una tienda en línea, pagar a otras costureras para que maquilaran mis diseños, ser emprendedora y generar mi microempresa.
A la mejor costurera se le va la hebra:
Todo se torció cuando la sudadera, el tapete, el forro del cojín, la blusa… no quedaban como La clienta solicitaba, porque echando-a-perder-se-aprendela-vida-como-experiencia… hice intentos, patrones que abandoné y hasta cursos de costura que salen más caros que lo que ganas; así que a mi forma y ritmo, decidí ser una costurera íntima, antiproductiva y malecha:.
Un solo alfiler puede sostener la mirada para luego / desujetarnos
Todo tomo resistencia cuando entendí que no solo por tradición o moda se echa a andar la tejedora y comencé a dar talleres mezclando hilos, palabras, ropa, historias, performances y poco a poco insurgía la claridad de que lo mío era el acecho de cuerpoéticas textileras:
Entre ser y no ser, yo decidí Co-Ser.
Todo asentó cuando comprendí que no hay pago posible para estas creaturas surgidas desde mi vientre de telas, que mi cuerpa pedía disfrutar más el proceso que la meta y así el textil me dio una red de amigas, cómplices, clientas y aliadas que abrazo con mis hilachas donde sea que anden:
Sigue hilando puentes, costurera, aunque no tengan forma de camino, aunque no veas puerto o destino, aunque no haya pago posible en parir hijos con cuerpos de tela. Errante es el hilo. Tú, mediadora.
Todo brotó con más rabia y fuerza cuando murió mamá. El ombligo me palpitaba como buscando su vínculo original. Desde entonces coser es honrarte gran Madre, amor total, energía vital. Y cada hilo, botón, aguja, cajoneras repletas de listones, encajes, madejas, mi infancia entera en tu habitación/taller, desfile entre cuerpos, conversaciones y telas, volición y motivos para ensoñar que lo esencial algún día sea visible a la existencia. Que el textil sea plataforma y conciencia para romper las penas, dar sentido al sinsentido, hilo negro y rueca.
La costurera es una maga
por excelencia y con experiencia / en balcones fronterizos
Todo detona cuando la bastilla, los rebordes, el interior, la trama, lo oculto y la maraña, la antiestética de mis errores, cuentan su historia, que en el horror y lo negado hay tal belleza aún que descoser.
Si algo aprendí de la tela es a
des(a)nudarme.
Toda textura habla. Todo cuando hay sentir. Sentir que es saber. Saber qué deseo. Que toda costura es / un acto de profunda rebeldía y reparación vital.
Todo por sostener un vacío comienza:
Y ésta tela ¿qué color es?
Azul.
¿Cómo es el azul? volvió a preguntar.
Azul…
es como cuando hundes tus pies en la arena frente al mar
o como el sonido de los pájaros cuando despiertas.
“Dadme un bastón y recorreré el mundo”
(a las orillas de esta oscuridad)
Un puente suave y táctil para comunicarme:
Oro en las manos de los ciegos.
Oro, que arrastrando viene la paz.
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Sara Raca / Performer Poet. Guadalajara, Jalisco (1981). Desde 2006 inicia su búsqueda poética enfatizando el uso del cuerpo. Sus exploraciones integran lenguajes vocal, textil y dramático, proponiendo una poesía intermedial, personal y única. Ganadora de diversos Slams de Poesía MX, es una representante de palabra hablada en su país. Realiza presentaciones así como talleres y obra textil, cuenta con un poemario sonoro de nombre Tejidos del Aire / @sararaca
En los últimos años ha ido creciendo un discurso bastante problemático en torno a la comercialización y el uso de textiles pertenecientes a comunidades indígenas en México. Mucha gente que se dedica a los textiles de manera comercial suele ir con la bandera de estar “visibilizando” las tradiciones “originarias” en México. Sin embargo, este fenómeno presenta varias contradicciones que, a mi parecer, lejos de condenar o celebrar sistemáticamente, debemos problematizar puesto que están sumamente relacionadas con el racismo y la experiencia de mujeres indígenas en países como México.
Me gustaría empezar compartiendo quién soy y desde dónde hablo, de esta manera se puede entender que las reflexiones aquí vertidas son fruto de una experiencia corporal muy particular que en ocasiones puedo compartir con otras mujeres y en otras no. Soy hija de migrantes yalaltecxs que llegaron a la Ciudad de México en busca de mejores oportunidades económicas. Mi madre y mi padre son originarios del pueblo zapoteco Villa Hidalgo Yalálag, una comunidad ubicada en la Sierra Norte de Oaxaca, a unas tres horas en auto de la capital de Oaxaca.
Ahora, afirmo que soy una mujer indígena con mucho cuidado ya que muchas veces se piensa que al afirmar esto estamos celebrando una especie de romantización de nuestra identidad y no un posicionamiento frente a nuestras experiencias concretas históricas, genealógicas, culturales y políticas. Es por eso que insisto en hablar de quién soy yo y desde dónde hablo porque así puedo explicitar mis movimientos geográficos, pero también mis posicionamientos políticos y epistémicos.
Siguiendo con esta idea me gusta más afirmar que pertenezco a la comunidad de Yalálag lo que pone sobre la mesa una idea que iré desarrollando a lo largo de este ensayo y es el hecho que hablar zapoteco y vestir los huipiles son parte de mis repertorios de pertenencia comunitaria y no tanto signos de mi identidad indígena.
Con esta migración que hago explícita y que comparto con muchas personas de mi generación, se han ido perdiendo principalmente estos dos repertorios que ya he adelantado, fruto del racismo que experimentamos desde muchas vertientes: el uso del zapoteco como lengua fundamental de comunicación comunitaria e intergeneracional y el uso de lhall xha o, en español, huipil de Yalálag.
El lhall xha es una prenda muy particular en México: se trata de una de las piezas textiles que componen la indumentaria femenina que usan las mujeres pertenecientes a la comunidad de Yalálag. Es “tradicionalmente” elaborado en telar de cintura, en algodón blanco y antiguamente era usado por debajo de las rodillas y extendido de tal forma que cubría el cuerpo a la altura de los codos. Sin embargo, su tamaño y forma han sido modificados en los úlimos años, de manera que cada vez con mayor frecuencia estos huipiles son más angostos. Digo que es una prenda particular puesto que es uno de los pocos huipiles que siguen conservando, a pesar de los cambios, su largo y su anchura que permiten que el cuerpo feminizado no sea “enfatizado”. Con esto me refiero a que no marca las “curvas” que supuestamente debería tener un cuerpo femenino: el talle acinturado para remarcar el volumen de los senos y las caderas.
La mujeres jóvenes pertenencientes a la comunidad, que estamos regadas en otras geografías distintas a la serrana, ya no usamos el huipil de manera cotidiana. A diferencia de muchas mujeres mayores que se han resistido a vestir de otra manera. De ellas hemos aprendido cómo vestirnos, cómo colocarnos el refajo y como amarrarnos el baidún para que el refajo se quede en su lugar. ¡Y vaya que es toda una experiencia corporal a la que no estamos acostumbradas!
Generalmente usamos esta prenda en ocasiones especiales, por varios motivos. Uno de ellos es que, como acabo de mencionar, vestir este huipil es toda una experiencia coporal que intenaré describir muy pobremente: la indumentaria completa, que al menos consta del refajo, el baidún y el huipil pesa y pesa mucho. Andar por las calles de una ciudad como la Ciudad de México es muy complicado, en un principio porque no estamos acostumbradas a portar estas prendas y en segundo lugar porque nos hacemos sumamente visibles como mujeres racializadas. Y esta experiencia de ser visibles como mujeres indígenas es sumamente fuerte por la manera en que somos miradas y tratadas en ciertos espacios (no en todos), es decir ser visible no es un valor positivo en sí mismo.
Aquí quiero poner sobre la mesa un tema que he introducido y que pocas veces se cuestiona ¿quién usa los huipiles “tradicionales” en México? Un huipil “tradicional”1 de mi comunidad puede costar unos ocho mil pesos mexicanos, incluso más, cuando incluye las características que se han nombrado como “autenticas” desde ciertos discursos un poco perversos de la comercialización de los huipiles.
Andar vistiendo diario un huipil “tradicional” en México, al menos uno de Yalálag, implica que uno tiene el acceso económico para vestir esas prendas en primera instancia. Con esto quiero recalcar que la circulación de estas prendas en las comunidades es particular: generalmente una usa (cuando no se tiene el propio) el huipil que te presta la tía, la prima, la mamá o en el mejor de los casos el que te heredan las abuelas cuando ya no les quedan o cuando fallecen, si es que no son enterradas con ellos. Anteriorimente existían personas que prestaban o rentaban las tiras bordadas que adornaban el huipil porque en realidad, es muy caro vestir un huipil “tradicional” que en la comunidad de Yalálag es llamado, más bien, “de fiesta” o “de gala”.
En los últimos años, han tomado fuerza campañas como #viernestradicional o #QuiénHizoMiRopa o #QuiénHizoTuRopa gestionadas desde ONG’s como Fashion Revolution en Ingalterra o Impacto en México. La campaña de #WhoMadeMyClothes apareció en el contexto de la muerte de miles de mujeres al colpasar el edificio Rana Plaza en Bangaldesh en donde operaban maquilas para marcas globales en condiciones de precarización extrema.
Si bien esta campaña ponía el acento en la distribución inequitativa de la riqueza generada por estas empresas, no señalaba de manera clara la explotación con resquicios coloniales que vivían comunidades de mujeres en condiciones geopolíticas muy distintas a las personas que consumían las prendas elaboradas por ellas. Había algo un poco sospechoso en la praxis real de esta campaña y el discurso de la “moda sostenible”. Porque al mismo tiempo que se alentaba a que las relaciones entre todxs los participantes en el proceso de la creación de las prendas fueran más “justas, seguras y transparentes” en la práctica tuvo otros devenires como el acceso a circuitos económicos más privilegiados como las Semanas de la Moda, etc.
Con esto me voy a seguir refiriendo al proceso que han tomado estas campañas en México específicamente, dejando de lado el contexto en el que nace esta campaña pues seguro tendrá otras especificidades. En México varias empresas se abanderan a sí mismas como proveedoras de moda mística, sustentable, orgánica, lenta y un sinfín de términos “mágicos” que exaltan “la cosmovisión”, “la cosmogonía”, la “sabiduría ancestral” de pueblos indígenas sin ser parte de ellos, con esto no estoy diciendo que una tenga que ser de la comunidad de donde porta una prenda, ni mucho menos. Tampoco es mi intención hacer un ataque personal a las personas que trabajan en estas empresas y campañas, mi intención es problematizar cómo estas campañas acompañan y legitiman procesos de extracción de imaginarios y materiales de las comunidades indígenas para que nortes globales usen estos y refuercen, así, lugares jerárquicos que tienen que ver también con la distribución inequitativa de la riqueza.
En estos discursos que acompañan la reventa de textiles en México muchas veces se juega con el uso de lo tradicional y la autenticidad para colocar a las comunidades indígenas en un ayer, en un pasado inamovible y a lxs diseñadorxs textiles en el ahora, en el progreso, en la moda sostenible que nos viene a “sacar de la pobreza” y a meter en el mundo de la moda global. También el uso de estrategias visuales para vender los textiles nos coloca en la folcklorización de nuestras identidades y a nuestras prendas como signos esencializantes que siguen ordenando nuestros cuerpos en jerarquías muy específicas y legitiman ese discurso a partir del “rescate” y “revalorización” que hacen a nuestras prendas.
Este discurso de la autenticidad, lo originario se traslada a nuestros cuerpos en donde se refuerzan identidades homogenizantes y mientras el gusto de una determinada élite económica con un cierto acceso a la educación está adquiriendo de manera casi museística textiles de todas las culturas en México (las más que se puedan) tenemos como contraparte la paradoja que miembrxs de las comunidades estamos siendo obligados a abandonar estos repertorios.
Así, se difunden un montón de fotografías con los hashtag antes mencionados en donde mujeres indígenas sostienen un cartel con la leyenda “yo hice tu ropa”, un mensaje que se empata con las mujeres blancas que acompañan esta publicidad modelando las prendas que mujeres indígenas realizan. Se les olvida que el cartel quizás debería versar más sobre el hecho de que esas mujeres hacen ropa para sí mismas y para su comunidad, es decir, si la frase dijera “Yo hice mi ropa” estaríamos teniendo otra discusión.
También, se nos olvida que las comunidades indígenas han sostenido históricamente lo que Natalia Cabezas ha llamado como “la autonomía del vestir”. Nosotras no necesitamos preguntar quién hizo nuestra ropa porque muchas veces somos nosotras, nuestras amigas, nuestras madres, nuestras tías, nuestras abuelas o gente que se ha dedicado a hacerlo históricamente en nuestras comunidades y que son fácilmente identificables por la comunidad misma. Es más, en la comunidad de Yalálag, aunque ya no se siembra algodón o se produce hilo, se sabe quién provee las materias primas, quienes tejen, quienes bordan, quienes hacen los terminados, quienes hacen las trenzas y también quienes distribuyen las prendas.
Eso no nos excluye tampoco de reproducir prácticas de explotación y de acumulación de riquezas pero nos da pautas distintas para accionar en nuestra realidad cuando detectamos relaciones injustas. Puesto que sabemos la responsabilidad como miembrxs de la comunidad de crear bienes comunes materiales e inmateriales, o al menos, sabemos las consecuencias que puede tener a nivel comunitario e incluso intergeneracional generar malas prácticas con las personas que coexistimos.
En todo caso, sabemos también que vestir las prendas de nuestras comunidades es ante todo una lucha “cotidiana” en donde se negocían las formas de enunciación. Sabemos también que tejer, bordar y vestir tienen potenciales materiales, técnicos, pero también simbólicos y visuales de sostener la vida comunitaria.
Retomo la pregunta que me hizo Bertha Felipe, una tejedora yalalteca, cuando la busqué para platicar sobre su trabajo y su uso de los huipiles. La pregunta de Bertha que señalaba si era yo la que quería vestirse de yalalteca apuntaba que saber del huipil y usar el huipil es fundamental para resistir y reclamar modos de vida y memoria comunitaria que hemos olvidado. ¿Qué vestir? Es una pregunta que las mujeres indígenas nos hacemos para asegurarnos la sobrevivencia sin olvidar a nuestrxs antepasadxs.
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1Con tradicional hago referencia al término utilizado para referirse a los huipiles elaborados con telar de cintura, bordados a mano, a veces hechos con hilo hilado a mano y con tintes naturales.
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Ariadna Solis es hija de migrantes yalaltecos, actualmente investigadora independiente, estudió la licenciatura en Ciencias Políticas y la maestría en Historia del Arte por la UNAM. Es parte del colectivo Dill Yelnbán, Grupo de transmisión y difusión de la lengua zapoteca. Las líneas de investigación que trabaja están relacionadas con el estudio de
textiles, archivos y feminismos. Ha publicado en revistas como la Revista electrónica de Literatura comparada de la Universidad de Valencia y en la Revista Kaypunku de Estudios Interdisciplinarios de Arte y Cultura en el Perú y proximamente con un capítulo en el libro Mundos de Creación Visual de la Universidad Javeriana de Bogotá en colaboración con la Universidad Pablo Olavide de Sevilla.
Servilleta de más de cien años de vida, hecha por la señora Carmen Gallo, abuela de mi abuelo materno al que no conocí, mi tatarabuela pues. Puro punto de cruz en cuadrillé, chiquito y grandote.
Por Pitaflorida
Hacerse con las manos, hacerse de las manos, manos, las manos de mamá. Las manos y la vida.
Antes de saber que podía incendiarme en mi cabeza, antes de dejarme arrasar por olas más grandes que cualquier voluntad y morir poquito sin querer, varias veces, aprendí a usar mi cuerpo, y en algún momento, después de mucho experimentar, aunque también después de mucho hacer siempre las mismas piruetas y las mismas arrastradas reptilianas en el piso, aprendí a usar mis manos, y son sin duda mi parte favorita de este cuerpo que soy.
Aprendí a bordar por instinto y por capricho, no era una reapropiación, no era un acto político, eran las ganas de hacer algo con todo lo que se acumulaba en el plexo solar y muy seguido no hallaba cómo salir sin convertirse en un desastre, cosa de la que no fui consciente hasta después, que empecé a pensar en lo que hacía; pronto descubrí, que, como actividad humana, el bordado me pertenece como le pertenece a la colectividad de mujeres que a lo largo de la historia se han visto resguardadas entre la aguja sutil que perfora segura la manta o el cuadrillé y el silencio o el ruido del chisme que muy a menudo acompaña al bordado.
Dicen que las manos frías indican anemia, pero para mí, y para muchas otras, significan horas y horas de labores con hilos y bastidor, para mí, también significan cariño, ternura y deseo. Hacerse con las manos, tocar, pasar largos ratos siguiendo el contorno del rostro o de la espalda de los seres queridos y de una misma, hacerse con las manos, cariño, ternura y deseo. Existir. Así con cada puntada avanzando lento en el tiempo, no dejando ver el resultado hasta –de verdad- el último momento, pasar largos ratos haciendo-me con las manos, existiendo, hasta este instante cobró un sentido político el bordado, hasta que supe que era el deseo instintivo y caprichoso el que me había acercado a él. Las ganas de ser y dejar rastro(s).
Creo profundamente en la magia, en la energía y en las intenciones con las que una anda en la vida, uno de los recuerdos mágicos más potentes que tengo es de cuando por el ojo del aguja salió una voz que me decía, «ten paciencia, los mundos nuevos tardan tiempo en crearse» y voy recordándolo todos los días, varias veces al día porque a veces, las ansías son muchas. Pero la magia de mis manos también es mucha, también hago hechizos con cada bordado terminado, y también tengo que ser paciente y precisa al dejar salir de a poco lo que llena el pecho, para no pincharnos, para no estropearlo.
Encontrarme en el borde de mis pensamientos y mis movimientos ha resultado sanador y mágico en todas las ocasiones, me ha hecho parte individual de esta bolita colectiva de mujeres que nos hemos dedicado a saber y conocernos a nosotras mismas y al mundo a través de las manos, del tejido, del bordado, de las redes de apoyo, del silencio, del cariño, la ternura y el deseo.
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Pitaflorida. Proyecto individual de intervención textil y bordado que se ha convertido en un medio de expresión,descubrimiento y acción. Con la aguja y el hilo está Alejandra Vera, que ha escrito, ha bailado, ha sido mamá, y espera continuar haciéndolo.
No fui niña ni mujer joven de hilos y costura. Pero el tiempo y la observación profunda de mi necesidad de conexión conmigo me dirigió a una nueva vida, o energía, que con el paso del tiempo me acercó hacia otras mujeres que bordan, cosen o tejen. Todas, al contacto con los materiales, nos fuimos enamorando de la materia que se transforma en nuestras manos y pensamientos, de esa que nos habla de su huida de la madeja, que va libremente y apasionada para encontrarnos reflejadas en una forma nueva. La “labor” te encuentra. Labor le dicen algunas bellas mujeres a su proyecto de bordado. Yo bordo, y desde que lo hago, me reconecté con mis ancestras, aunque no sabría exactamente cómo explicarlo.
En el siglo pasado era una obligación de género saber “bordar, zurcir, tejer, coser” (como en la ronda infantil). Actualmente bordar no es una actividad excluyente hacia los hombres, pero sí muy introspectiva, de quietud activa. Se puede meditar mientras se trabaja en esto, se puede sanar, incluso, pero no es fácil. Lleva tiempo, quizá el mismo que se tarda en aprender alguna técnica compleja y aplicarla a un proyecto delicado y demandante.
El bordar tiene muchas manifestaciones. Lo lamentable de todo es que se le considere un oficio artesanal tildado peyorativamente de femenino y, por ende, de carácter secundario, donde pocas personas pagan el precio justo de tan bellos objetos de tiempo y color. De esto deriva que algunas bordadoras lo hagan como medio de “apoyo económico”; otras bordadoras, en cambio, lo vivan desde la terapia, y por ello se rehúsan a vender si quiera alguno de ellos, también hay quienes atesoran herencias bordadas en colchas, ropones, manteles, o zapatos, y las usen como guías o manuales para conservar diferentes técnicas; o, están aquellas que bordan como denuncia y protesta en contra de la extrema violencia de género, como sucede en la acción social colectiva de “Bordamos feminicidios” aquí en la ciudad de México, con eco y participación internacional. Mal indicio.
Conocí y participé en ese proyecto hacia 2012, invitada por Minerva Valenzuela. En ese momento yo habría sufrido una ruptura amorosa donde hubo violencia. Me encontraba frágil. Creo que por eso conecté enseguida con la propuesta y bordé, nunca antes lo había hecho. Bordar me enseñó la fuerza que se necesita para externar un dolor tan intenso: en este caso, contar en primera persona la historia de una mujer cuya vida fuera interrumpida, ya sea por algún conocido o por su pareja sentimental, en ocasiones quedó sin identificar al feminicida. Historias de mujeres de todas las edades y condiciones de vida. Bordar sus voces sobre un aparente delicado pedazo de tela, en realidad fue bordar sobre un pañuelo estandarte.
En mi vida han pasado muchas cosas en torno al bordado como fuente de reconciliación. Lo que me recuerda el atender las señales de mi salud visual y no comprometerla, pues desde hace siete años que empecé a bordar no he parado de hacerlo. A veces con labores gigantes, como en el proyecto de bordado colaborativo* que activara junto a mi amiga Silvia Noh. Vivimos una muy alejada de la otra, así que cada casi dos años nos reencontramos, al hacerlo compartimos charla y sonrisas. Nos “chuleamos” mutuamente las cosas bonitas que bordamos y nos explicamos cómo las aprendimos a hacer, o hablamos sobre cómo va la vida y algo sobre nuestros planes y alegrías diarias.
U kansa ji chui = al hilo de las palabras es el nombre en lengua maya que asignamos a aquel proyecto que estará entre nosotras, y entre las demás mujeres que bordan y se comparten, entre las personas que sueñan y bordan al mismo tiempo, entre aquellas personas que descubren quienes son, lo que saben y lo que sienten frente a la tela, los hilos y las agujas, en todas sus formas y dimensiones, entre quienes se reparan con el tiempo. Al hilo de las palabras es todo lo que hay entre las personas que resistimos también bordando.
*Parte del proyecto Popol Nah: un espacio comunitario para activar talleres e intercambios de saber en la comunidad maya tzotzil de San Lorenzo, Municipio Lázaro Cárdenas, Quintana Roo (Idea original y espacio físico Nash Salazar, madrina de u kansa ji chui, Sussana Nagy).
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Magalli Salazar. Artista visual y educadora. Cd. de México. Me gusta trabajar con niñxs, jóvenes y adultxs, especialmente con mujeres en actividades sobre arte y creatividad, diversidad humana, discapacidad y derechos, autoconocimiento a través del arte, memoria e identidad social. También me interesa el cine, el bordado, la fotografía, el huerto casero y lo oculto.
Publico notas en: artepublicomx.com
Emprendo en: efímera.arteentela (instagram)
Divago en: elparpadodeceluloide.wordpress.com