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ilustración Rini Templeton

Cuerpos que importan: la lucha feminista en pandemia

por Victoria Grinstein

Resulta imposible separar las luchas que se vienen llevando adelante desde los movimientos feministas de la situación actual de pandemia. El coronavirus ha logrado exponer las enormes desigualdades de clase y el alto grado de precarización en que se encuentras las mujeres y disidencias en Argentina. Desde hace años venimos denunciando las violencias a las que estamos expuestas en tanto debemos continuar con nuestras tareas productivas y reproductivas.

Hoy resulta indispensable pensar la situación actual de crisis sanitaria en clave de género, poniendo de manifiesto el rol fundamental de las mujeres en el sostenimiento de los hogares, en el marco del desarrollo de un sistema capitalista cada vez más opresor. Desde la economía feminista se construye una perspectiva para hacer frente a la crisis proponiendo una salida que nos incluya a todxs.

Desde el espacio donde vengo trabajando, me toca pensar las juventudes. Íntimamente comprometidas en la ola feminista de los últimos años, las mujeres y disidencias jóvenes han copado la escena con su glitter y su increíble entusiasmo de querer cambiarlo todo. Esa potencia feminista de la que habla Gago (2019) se ve encarnizada en los cuerpos de todas las que salimos a la calle para protegernos, defendernos y reivindicar otros modos de vivir.

Se vuelve necesario gritar “niñas, no madres” cuando ciertos sectores de la sociedad, representados por los medios hegemónicos de comunicación, buscan aferrarse al ideal de la mujer madre, cuidadora y sumisa, aunque estas tengan a penas 12 o 13 años. Las que tienen que cuidar a sus hermanxs, las que no pueden ir a la escuela porque tienen que quedarse en su casa ayudando a su mamá, las que no consiguen empleo por estar embarazadas, las mismas que salieron de Ciudad Juárez en busca de una vida mejor.

Todas ellas, todas nosotras nos merecemos una sociedad que no nos confine dentro de nuestros hogares, que no nos condene a una trayectoria laboral precarizada o nos mate en manos de un femicida. Es necesario pensar salidas posibles para nuestras jóvenes, aquellas que más padecen la crisis y deben poner el cuerpo en sus casas y en sus barrios.

Hace décadas atrás, las feministas ya alzaban sus voces para denunciar las relaciones de violencia a las que estaban sometidas las mujeres. En los 70, las feministas marxistas instalaban el debate en torno al trabajo reproductivo y su función dentro del capitalismo. Ellas piensan la reproducción social como condición necesaria para la explotación de las mujeres y su desvalorización frente a los hombres.

Federici (2018) considera al trabajo doméstico como la base de las desigualdades de género. Históricamente, las mujeres al quedar relegadas al espacio privado del hogar se vuelven dependientes del salario masculino, en lo que define como patriarcado del salario. Al tener el poder del salario, el hombre desarrolla un poder disciplinar y violento sobre las mujeres. Este modo de organización familiar no solo jerarquiza a los hombres por sobre las mujeres, sino que permite un desarrollo exponencial del capitalismo, lo cual demuestra la complicidad entre ambos sistemas.

Esto se puede constatar con las estadísticas que se encuentran en nuestro país. Según el Equipo Latinoamericano de Justicia y Género (ELA), en base a la última Encuesta Anual de Hogares Urbanos (EAUH) del INDEC, la tasa de participación de las mujeres, es decir las que realizan trabajo doméstico, llega casi al 90%, contra el 58% de los hombres que declara hacerlo. A su vez, las mujeres que realizan trabajo no remunerado dedican una cantidad significativamente mayor de tiempo a esas tareas que los hombres que participan de las labores domésticas. Otro dato que arroja la encuesta es que las mujeres de hogares de menores ingresos son las que más tiempo destinan al trabajo no remunerado, enfrentando mayores demandas de cuidado y accediendo a empleos peores remunerados.[1]

Mies (2019) también forma parte del movimiento de mujeres en los 70’ y de la “Campaña salario para el trabajo doméstico”. Esta campaña busca poner sobre la mesa la necesidad de pensar las violencias machistas en clave económica y la relación existente entre capitalismo y patriarcado. Considera que es necesario lograr un entendimiento materialista e histórico de la división sexual del trabajo para comprender las desigualdades sociales entre hombres y mujeres.

De acuerdo con estas feministas, se vuelve evidente la necesidad de sublevarnos contra la naturalización de las tareas domésticas y luchar por el reconocimiento salarial del trabajo doméstico (Federici, 2018), sobre todo en un contexto de aislamiento donde las tareas se hacen cada vez más pesadas. Mientras ocupamos cada vez más horas en limpiar, cocinar y sostener a nuestras familias, es necesario gritar más fuerte “que eso que llaman amor es trabajo no pago”. Exponer la raíz de la opresión de las mujeres permite visibilizar los mecanismos con los que el capitalismo se ha sostenido a lo largo de la historia y su vinculación con la violencia hacia las mujeres.

En momentos de enorme incertidumbre donde vemos como se profundizan las desigualdades, sostenemos la premisa de Susy Shock, “no queremos ser más esta humanidad”. Pero ¿cómo construir una sociedad más justa e inclusiva cuando nuestras compañeras villeras se mueren por falta de agua? ¿De qué modo nos organizamos los feminismos para hacer frente a esta nueva crisis mundial que golpea como siempre con más crudeza a los sectores más vulnerables? ¿Cómo peleamos contra las cada vez más precarias condiciones de existencia que nos ofrece el neoliberalismo?

Lorey (2016) nos propone pensar a la precariedad no como una situación pasajera o eventual, como podría pensarse en este contexto de pandemia, sino como un nuevo modo de regulación de nuestras vidas. A partir de la imposición del sistema neoliberal y con el fin de las coberturas sociales de los Estados de Bienestar, se instaura lo que ella denomina un Estado de Inseguridad donde se reproduce y normaliza lo precario como condición social.

Esta normalidad no solo se manifiesta en las condiciones de explotación laboral o en la vulneración de nuestros derechos, sino también a partir de la inseguridad traducida en una amenaza. En este sentido, la precarización de la vida no solo produce subjetividades sino también un estado de inseguridad constante que se busca revertir a través del aumento del aparato punitivo y represivo. Las nuevas formas de gobierno están marcadas por esta definición de “defensa contra una amenaza”.

Este análisis resulta muy pertinente al pensar la realidad actual. Nos vemos enfrentados a una enfermedad que genera incertidumbre y un estado de paranoia constante. El temor al otrx se vuelve algo común, en tanto aumentan la cantidad de denuncias entre vecinxs y de discursos en defensa de la policía.

Frente a esta situación, Lorey nos plantea la posibilidad de pensar en alternativas a los estados inducidos de miedo e inseguridad como forma de gobierno. Ante este aumento del “sálvese quien pueda” y de discursos liberales e individualistas, recuperar las formas de organización colectiva aparece como contrapartida. Ella nos propone pensar la precariedad como activismo político. En contra de estos discursos punitivos y sus promesas de seguridad, podemos pensar en la necesidad de otros modos de acción política. Pensar la precariedad como un devenir común que nos conduzca a nuevas formas de organización y comunidad.

Butler (2006) también reflexiona en torno a las condiciones de precariedad de la vida como modo de relacionarnos con lxs otrxs. Piensa en una precariedad jerarquizadora la cual opera de forma diferencial sobre los cuerpos. Se produce un reparto desigual de las condiciones de vida y de su protección.  La estigmatización ha generado un acceso desigual y una atención médica deficitaria que ha provocado un aumento de los fallecimientos en zonas con mayor población afroamericana.

Al comienzo de la pandemia en los medios de comunicación decían que este virus “no distinguía entre ricos y pobres” y que “cualquier persona está expuesta al contagio”. Hoy podemos afirmar que el virus no es inocente, es el claro reflejo de las políticas neoliberales y de su impacto diferenciado sobre los cuerpos. No afecta de la misma forma a todxs: impacta sobre los cuerpos pobres, racializados y feminizados.

Frente a este escenario desesperante, podemos retomar los aportes de Gago (2018) en torno a lo comunitario. Ante el avance del neoliberalismo y a la normalización de las condiciones de explotación, nos propone pensar nuestras luchas desde la organización comunitaria: “la noción de lo comunitario como teoría del cambio, donde la cuestión reproductiva de los cuidados toma un papel político clave en tanto se evidencia como recurso a la vez de los momentos de crisis y resistencia abierta pero también como engranaje de unas flexibles formas productivas que lo ponen en juego, evidenciando ser un campo en disputa.”

            En tiempos donde abunda la incertidumbre y afloran las violencias, esas redes de mujeres que venimos construyendo se hacen fundamentales. En los últimos años hemos aprendido que entre todas nos cuidamos mejor. Frente un sistema opresor, buscamos las formas de construir trayectorias marcadas por el deseo, que rompan las cadenas de la heteronorma patriarcal. Pensarnos desde lo comunitario, rompe con la idea de familia nuclear y de mujeres privatizadas, al mismo tiempo que atenta contra los modos de producción capitalista.

Desde los comedores en los barrios, pasando por la organización de alumnxs para defender la ESI, hasta los grupos de WhatsApp de socorristas, nuestros lazos colectivos han sostenido y reivindicado la lucha por el reconocimiento del trabajo reproductivo que hacen las mujeres. Las tareas que se vuelven más pesadas en tiempos de pandemia hacen aún más notoria la necesidad de poner sobre la mesa la importancia de los trabajos no remunerados que hacen las mujeres y como esto crea la base de una relación desigual frente a los hombres.

Es en ese sentido, seguimos tejiendo redes y espacios colectivos, aunque sea en este contexto de virtualidad, para repudiar la violencia machista y su impacto sobre nuestros cuerpos. Continuamos desafiando los límites que nos han impuesto, contraatacando desde la cocina como dice Federici, organizándonos a pesar de la dificultad de estar juntas. Como afirma Gago (2019) “invención común contra la expropiación, disfrute colectivo contra la privatización y ampliación de lo que deseamos como posible aquí y ahora.”

A pesar de la tristeza de no poder encontrarnos hoy en las calles, hoy más que nunca, gritamos bien fuerte: “Vivas y desendeudadas nos queremos!”

[1] Rodriguez Enriquez, C. El trabajo de cuidado no remunerado en Argentina: un análisis desde la evidencia del Módulo de Trabajo no Remunerado.

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Victoria Grinstein, soy argentina, transfeminista, socióloga, estudiante de la Maestría en Estudio y Políticas de Género de la UNTREF.

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Respetttrans: La Casa de “Mami” Grecia

por Alejandra Rojero

Vivo en Ciudad Juárez, Chihuahua, ciudad fronteriza, ciudad de paso, donde desde 2018, se ha observado un incremento en el flujo de personas migrantes internacionales que llegan a la localidad con el objetivo de solicitar asilo en Estados Unidos. Tras la llegada de miles de personas, la sociedad civil se organizó para brindar apoyo humanitario. En Ciudad Juárez se establecieron nuevos albergues, la mayoría de ellos gestionados por grupos religiosos de la iglesia católica y evangélica, en los cuales la comunidad LGBTTTIQ no tenía cabida. En este contexto nació Casa Grecia Respetttrans Chihuahua, un albergue que abre sus puertas a todas las personas, pero que de manera especial, protege a las mujeres trans.

En este artículo se transcriben fragmentos de una entrevista que se realizó a Grecia Herrera, mujer trans, activista, enfermera, fundadora y directora del albergue Respetttrans Chihuahua, mujer incansable que lucha cada día porque a las chicas que habitan su casa no les falte nada. El texto se titula “La casa de ‘Mami’ Grecia”, porque así es como las mujeres migrantes se dirigen a ella y esto es porque en realidad, en Grecia encontraron a una madre y en su albergue, un verdadero hogar con todo lo que esto implica: techo, alimento, vestido y mucho amor.

Grecia Herrera en el albergue Respetttrans

Grecia llegó a Ciudad Juárez a los 13 años, en la década de los noventa, como ella dice su activismo empezó a temprana edad: “mi lucha no inicia diferente a la de cualquier otra niña, fui rechazada por mis compañeros de escuela por mi apariencia física porque era más femenina y no era acorde a mi nombre masculino, entonces me fui a la calle y fue muy complicado, ahí empezó mi activismo, luchando contra la vida y contra la adversidad”.

Añadió que los primeros años en Ciudad Juárez fueron muy duros, por ese entonces no se conocía ni siquiera la palabra “transgénero”, a estas personas simplemente se les decía que eran “hombres vestidos de mujer” y sufrían múltiples agresiones por parte de la policía, “si veían a una chica con aretes, con poquito labial o con zapatos de mujer era de arrestarte 36 horas, era mucho muy cruel la vida en ese tiempo para una mujer trans”.

Desgraciadamente en la actualidad, la vida para las mujeres trans no es muy diferente, algunas de las chicas migrantes que habitan el albergue han comentado en repetidas ocasiones que son insultadas cuando salen a la calle o que son agredidas por los policías y la comunidad en general, por eso es que el trabajo que hace Respetttrans, de brindar un espacio seguro y libre de discriminación para ellas es de un valor incalculable.

Como se refirió antes, Respetttrans inició en 2018, cuando comenzaron a llegar miles de migrantes a Ciudad Juárez: “el 19 de noviembre, me abordan unas mujeres trans migrantes que estaban en situación de calle y es a las primeras que les tiendo la mano”, “con ahorros míos voy y rento una casita pequeña y pienso que las nueve chicas que encontré van a estar bien ahí, no teníamos absolutamente nada más que unas colchonetas y unas cobijas, más nada”, “poco a poco nos fuimos haciendo de muebles, recogíamos los muebles que la gente echaba para afuera, fue la manera como fuimos armando nuestra casita”.

En la primera casa que habitó Respetttrans se llegaron a albergar hasta a 36 chicas, pero el espacio era reducido por lo que Grecia comenzó a buscar un lugar más grande: “fue muy complicado, duramos prácticamente dos meses recorriendo las calles, encontrábamos casas más cómodas pero pues lamentablemente los dueños de las propiedades cuando les decíamos que era para personas migrantes renegaban un poquito y cuando les decíamos que era comunidad LGTB nos decían que no”, “en una de las ocasiones encontramos un edificio rosa en ruinas, de hecho, acababa de haber un acto de violencia muy grande en esa propiedad, logramos conseguir a los dueños de ese lugar que estaba en abandono y nos rentaron, sacamos la basura y trabajamos en acondicionarlo con nuestros medios, pero prácticamente no tenía techo”, “era horrible la situación que vivíamos ahí, pero duramos un año y medio en esa casa, llegamos a tener hasta 120 chicas trans migrantes”.

Pronto las condiciones del albergue obligaron a las habitantes a buscar otro sitio donde establecerse, de esta manera, encontraron un edificio más grande, a unos cuantos metros de la frontera entre México y Estados Unidos, y aunque este también se encuentra muy descuidado, han podido arreglarlo poco a poco con recursos propios y donativos de organizaciones internacionales.

A lo largo de dos años de trabajo, Grecia y las chicas del albergue han vivido momentos de mucha alegría, especialmente cuando alguna de las mujeres consigue su asilo en Estados Unidos, sin embargo, también “ha habido momentos muy tristes por dos hermanas que murieron en detención en Estados Unidos y una caminando en Tapachula que venía con dirección a Ciudad Juárez, y bueno las mujeres trans que murieron en las caravanas o fueron desaparecidas”, “a veces recibía llamadas de familiares que preguntaban que si estaban aquí y pues no. Nos dábamos a la tarea de buscarlas por medio de organizaciones y albergues para migrantes y no pudimos dar con estas chicas y hasta la fecha seguimos en espera de saber qué pasó con ellas”.

Finalmente, Grecia señaló que desde que está la pandemia de COVID-19, el albergue ha sufrido de múltiples carencias ya que no cuentan con un apoyo fijo y son muchos los gastos que se generan entre renta, alimentación y reparaciones del edificio. A pesar de ello, la directora del albergue indicó que seguirá luchando porque “un día Casa Grecia deje de tener todas estas limitaciones, para brindar un mejor servicio a la comunidad” y “para crear un mundo mejor para todas”.

Hoy mami Grecia, tiene a decenas de hijas en su casa y ha tenido a más de 700 desde que inició el albergue en 2018, estas hijas que no le nacieron del vientre, pero le vinieron de múltiples latitudes: Honduras, El Salvador, Guatemala, Cuba, etc. Al igual que una madre, Grecia procura que sus hijas sean felices, por eso algunas veces con lágrimas en el rostro, las despide mientras cruzan la frontera para buscar su sueño: llegar a los Estados Unidos.

Referencias:

Rojero, A. (2020, 10 de septiembre), comunicación personal con Grecia Herrera.

Información sobre la autora:

Alejandra Rojero es maestra en Acción Pública y Desarrollo Social por El Colegio de la Frontera Norte, sus temas de investigación son migración, salud y derechos humanos.

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MANIFIESTO FEMINISTA SEXO-DISIDENTE

por la Internacional de Zorritas, colectiva anti-patriarcal y anti-capitalista

I

Concebimos este manifiesto como una forma de posicionarnos políticamente frente a los crecientes discursos transfóbicos en diversos espacios sociales, particularmente en aquellos que se nombran feministas. Creemos que estos discursos están lejos de contribuir a la constitución de formas de organización que nos permitan avanzar en la lucha contra el patriarcado-capifascista, racista, capacitista y cis-heterosexista actual. En el corazón de los mismos se encuentran discursos de odio que impiden la construcción de alianzas entre movimientos cuyas reivindicaciones no sólo no son excluyentes sino que su unión es fundamental para alcanzar nuestro objetivo: emancipación y vida digna.

Invocamos el espíritu de quienes consideran que sin todas nosotras, sin todas las mujeres -incluidas las mujeres trans- en toda nuestra similitud y diferencia (de clase, de color -negras, latinas, morenas, mestizas, indígenas, etcétera- de geografías, de capacidades) no hay lucha y no hay feminismo. Los saberes que aquí compartimos son fruto de nuestras experiencias de vida y acompañamiento sororo, desde la ternura radical y la digna rabia. A quienes se sientan interpeladAs e interpeladXs y deseen transitar y multifurcar los senderos que aquí hemos trazado, les saludamos cariñosamente y esperamos seguir tejiendo la lucha en colectiva.

II

Asumimos en primer lugar que ser feminista es reconocer que a lo largo de la historia, y aún hoy, han existido diversas y constantes formas de opresión y violencia contra las mujeres. Dichas violencias y opresiones tienen un carácter sistemático y estructural, se fundamentan en una jerarquía que posiciona a los hombres y a los ideales de masculinidad por sobre las mujeres y los ideales de feminidad y pretende ser naturalizada según una norma cis-heterosexista, la cual toma como paradigma el imperativo de la reproducción de la especie en cada individuo que la conforma. Estas violencias y opresiones se manifiestan día a día en expresiones concretas, de forma simbólica, cultural, fantasmática, mediática, etc. y perviven en las representaciones del imaginario social, consciente e inconsciente, con el que experienciamos nuestro mundo.

Asimismo, ser feminista es reconocer todos los privilegios políticos que poseen los hombres, dentro de este patriarcado-capifascista: un privilegio ontológico, en tanto este mundo está hecho por y para los hombres: sus experiencias, sus vivencias, sus deseos y sus cuerpos; un privilegio epistémico, en tanto sus saberes, criterios y validaciones son considerados paradigma de objetividad e intersubjetividad; un privilegio económico: en tanto ellos son los dueños de los medios de producción, de la riqueza y del tiempo en el capitalismo neoliberal y transnacional que impone día con día una perspectiva mercantilista de todo lo que existe; un privilegio social, porque son ellos el modelo indiscutible del sujeto político, de derechos, de ciudadanía, de ocio, de honores y de bienestar.

Ser feminista es tener siempre presente que los hombres y las mujeres no son y nunca han sido iguales. Porque si bien las consignas igualitaristas han servido estratégicamente a lo largo de la historia política de occidente, éstas siempre estarán limitadas a una lógica racista, capacitista, capitalista y colonial: el feminismo no se reduce, ni puede reducirse, a lo que se nombra como “feminismo liberal”, es decir a la realización del objetivo de la igualdad de algunAs -y algunXs – con los hombres, a costa de otrAs y otrXs. Lo que buscamos es que nuestras vidas sean tratadas como dignas de ser vividas: por ejemplo, a nivel material exigimos una renta básica universal justamente distribuida -por el momento y tan solo mientras derrocamos el capitalismo-. Por tal motivo, rechazamos el discurso igualitarista del feminismo liberal y reivindicamos el carácter político de la diferencia sexual: una diferencia históricamente constituida, material, pero de ningún modo absoluta, binaria o cis-heterosexista.

Aunado a esto, consideramos que ser feminista es reconocer el carácter necesario de un pensamiento interseccional: el patriarcado-capifascista al que nos enfrentamos, además de ser sexista, misógino y machista, es inherentemente racista, capacitista, cis-heterosexista; y si bien es posible hacer distinciones analíticas para resaltar en ciertos contextos alguna de estas características, en la realidad todos estos violentos sistemas políticos de organización social están implicados y se sostienen en conjunto. El carácter holístico de este mundo patriarcal-capifascista también desenmascara las supuestas simplificaciones y la univocidad del pensamiento dicotómico entre señorío y servidumbre: en tanto dinámico y complejo, todOs, todAs y todXs participamos en estas violencias, sin obviar que son los hombres los que mayoritariamente las han ejercido -y las siguen ejerciendo -mientras que son las mujeres quienes se han llevado -y aún hoy se llevan- la peor parte. Y quienes más se benefician son ese 1% constituido por hombres blancos, cis- heterosexuales, dueños de los medios de producción a nivel mundial.

Empero, y dado el carácter contingente de todo sistema social, asumimos que ser feminista significa no solo reconocer el carácter injusto de este mundo patriarcal, sino negarse a aceptarlo y trabajar -desde nuestras trincheras y del modo en que nos sea posible- en la construcción de otro mundo: un mundo más digno.

III

Asumimos también que ser mujer, hombre o ninguna de estas categorías es el efecto de un continuo constituirse -y haber sido constituido- materialmente de manera consciente o inconsciente, según un sexo-género determinado dentro de redes de relaciones de poder en sociedades específicas.

Por ello, negamos cualquier forma de esencialismo: no existe un modelo paradigmático y atemporal sobre lo que es ser mujer, hombre o cualquier otra categoría y nadie debería seguir modelos inencarnables que nos dicten lo que deberíamos ser. Así, afirmamos que las identidades políticas, el deseo y el reconocimiento de nuestro propio sexo-género es enteramente producto de nuestras propias, particulares y plurales historias de vida dentro de un vasto y complejo entramado social -dotado de sentido por lo anteriormente acontecido, pero siempre abierto al porvenir-. De esta manera, podemos dar cuenta de que las mujeres trans -dentro de su infinita pluralidad -tienen una historicidad diversa a la de otras mujeres, pero del mismo modo y en el mismo sentido que asumimos que las mujeres obreras, o las mujeres racializadas, -también dentro de su infinita pluralidad -lo tienen respecto a las mujeres blancas de clase media.

Por otra parte, nos posicionamos en contra de toda forma de reduccionismo de sexo-género: consideramos teóricamente improductivas y políticamente perjudiciales las asunciones de cualquier postura que reduzca un determinado sexo-género a cierta anatomía o asignación social específica. Ser mujer, hombre o ninguna de estas categorías es algo más complejo y elaborado. Asimismo, rechazamos la división dicotómica, casi ontológica, entre sexo y género, puesto que creemos firmemente que ambas categorías, en tanto dispositivos de control y dominación dentro de este patriarcado-capifascista, están implicadas y ambas se entrelazan para constituir las vidas que vivimos y las violencias que sufrimos.

Por ello, nos posicionamos en contra del género, pues éste no es una opción libre y segura que podamos o no elegir, sino un dispositivo de constitución y reproducción de la violencia de este patriarcado-capifascista, racista, capacitista y cis-heterosexista. Pero también nos posicionamos contra el sexo. Éste no es -ni ha sido nunca- naturalmente dado, sino que es un dispositivo de control social que refuerza el género haciéndose pasar por su fundamento sagrado o intocable. Prueba de ello es que el sexo ha sido históricamente constituido de manera correspondentista (cuerpo, deseo y posición social deben coincidir), binarista (solo existen dos sexos: hombre y mujer) y determinista (es imposible ir contra estas determinaciones). De esta manera, asumimos y exigimos distinguir el sexo-género tanto de la genitalidad de los cuerpos humanos (necesarios para la reproducción de la especie) como de sus expresiones corporales visibles (incluidas las hormonales y la información genotípica y fenotípica de cada quien).

Nos posicionamos en contra del género y en contra el sexo para no reificarlos, pero reconocemos la necesidad de no trivializarlos: el sexo-género existe, tiene una materialidad empíricamente constatable y es la causa de los múltiples efectos políticos que sostienen el entramado social de este patriarcado-capifascista violento. Repudiamos enérgicamente aquellas penosas posiciones utilizadas para humillar o criminalizar a las mujeres trans y/o a las mujeres racializadas, en virtud de que su modo de ser supuestamente refuerza el género  al reproducir estereotipos o ejercer violencias patriarcales-, ya que todAs y todXs lo hacemos en mayor o menor medida. Asimismo, mostramos nuestra perplejidad al descubrir que normalmente quienes asumen estas posiciones abogan por un reduccionismo, biologicista o culturalista, reforzando también el género a través del sexo.

IV

En cuanto a la socialización del sexo-género en el marco del sistema patriarcal- capitalista,  racista, capacitista y cis-heterosexista, afirmamos que ésta consiste en la imposición violenta de determinadas normas que pretenden regular y controlar nuestras vidas y nuestros cuerpos bajo la amenaza de que, de no someternos a su ley enfrentaremos consecuencias eventualmente fatales -como el feminicidio y los crímenes de odio-. Así, el incorporar, reproducir y comportarse según estas normas violentas condiciona injusta y arbitrariamente nuestra existencia día con día. Reconocemos también que estas normas no tienen ningún fundamento real, y que todo su peso se basa en la autoridad y los intereses políticos y económicos de una minoría.

Sin embargo, a pesar de que estamos en la violenta obligación de repetir las normas de sexo-género, encontramos siempre la posibilidad de un espacio de negociación y/o confrontación con su ley. Es históricamente constatable que la rebeldía, la digna rabia y las luchas tanto feministas como sexo-disidentes han logrado con un inmenso esfuerzo, reivindicar algunos aspectos de las vidas de algunas mujeres y sexo-disidentes y con ello han contribuido -aunque sea un poco- a la erradicación de este patriarcado-capifascista. Afirmamos además que estos logros nunca han sido producto de esfuerzos individuales, sino que siempre son el resultado de luchas políticas comunitarias y alianzas entre distintas subjetividades socialmente organizadas.

Sostenemos firmemente que es posible la abolición de la violencia patriarcal, y la deconstrucción de aquel pedazo de patriarcado-capifascista que hemos incorporado de manera coercitiva. Pero reconocemos que para que esto ocurra es necesario asumir y trabajar constantemente las propias violencias, y no ser cómplices de las violencias ajenas. Asimismo, enfatizamos enérgicamente que la distribución diferenciada de nuestras posiciones sociales en este sistema patriarcal implica asumir que no partimos del mismo punto, que no tenemos los mismos compromisos ni luchamos por erradicar las mismas violencias. Por tanto, nuestras estrategias de lucha son, han sido y serán, siempre distintas. En especial, repudiamos la voluntad de aquellos hombres -y algunas mujeres blancas y de clase media – que le dicen a una mujer cómo ser feminista.

También afirmamos que no es posible exigir un cambio radical instantáneo: nos posicionamos en contra de todos esos fascismos y policías internas que pretenden dictarle a nuestros cuerpos y a nuestras historias qué hacer. Si bien trabajamos para la erradicación de este patriarcado-capifascista, racista, capacitista y cis-heterosexista -y por la construcción de un otro mundo más digno y vivible para todAs y todXs- reconocemos que hay elementos del deseo que no son ni libres ni voluntarios -como nos hace creer constantemente el capitalismo neoliberal- y por lo tanto ni exigimos a nadie ni nos exigimos a nosotrAs ni nosotrXs mismA/Xs un ideal de lucha que ningún cuerpo puede encarnar.

Creemos, por tanto, en que nuestra resistencia radica en la plasticidad de nuestro cuerpo y nuestra psique (entendida ésta como el espacio de disputa política entre lo que somos y lo que nos obligan a ser). Por tal motivo, reconocemos dos momentos concretos en que nuestra rebeldía se manifiesta por primera vez, para continuar emergiendo constantemente: primero, el momento de la fijación e identificación inconsciente con determinado sexo-género socialmente impuesto (desde la más tierna infancia); y segundo, el momento de la autoconsciencia del propio sexo-género, con la posterior voluntad de querer transformarlo para reapropiarnos de nuestro cuerpo y de nuestras vidas, en tanto dignas de vivirse.

Del párrafo anterior, enfatizamos la distinción entre la asignación sexo-genérica cultural al nacer, y la identificación psíquica -inconsciente e involuntaria- que opera en nuestros cuerpos, y que tiene como efecto la digna rebeldía de la constitución de las disidencias sexuales (hombres y mujeres lesbianas, jotas, bisexuales, trans, intersex, y quienes son no-binaries, cuir o de género-no conforme). Es por ello que estamos en contra de la idea de que las disidencias sexuales sean un “mero sentimiento”. Si alguien expresa sentirse de determinado sexo-género, sus sentimientos no son triviales, simples o inválidos. Sospechamos que quienes son de esta opinión asumen una lógica patriarcal- capitalista neoliberal, racista, colonial y falocéntrica acerca del papel de los sentimientos y de las subjetividades en el mundo. No nos sorprende entonces encontrar que muchos de los discursos transfóbicos -como las declaraciones de Laura Lecuona y Joanne K. Rowling– y de discursos misóginos -como la afirmación de la influencer Ofelia Pastrana de que “si tanto es que sufres tú por ser mujer, puedes ir y ser hombre”- coinciden en su lógica interna. Repudiamos cualquiera de estos dos discursos.

Asimismo, aunque sostenemos que ser mujer no es una cuestión volitiva, afirmamos que esto no es en modo alguno una condición que lleve a un destino fatal. Desde el momento de la autoconsciencia -incluso inconscientemente desde mucho antes-, los cuerpos de las mujeres expresan su infinita rebeldía, digna rabia y voluntad de reapropiarse dignamente de sus vidas. Ser feminista implica asumir un compromiso político acorde a este deseo, significa reivindicar como mujer un propio espacio para la agencia.

V

Finalmente, manifestamos la voluntad de aclarar ciertos malos entendidos sobre la crítica en ciertos espacios sexo-disidentes al sujeto político del feminismo. Dicha crítica tuvo  -y sigue teniendo- como objetivo posicionar a la interseccionalidad como necesaria para la lucha política, es decir, para sostener que el sistema patriarcal- capifascista en el que vivimos, además de ser sexista, misógino y machista, es necesarimante racista, capacitista y cis-heterosexista.

El objetivo de dicha crítica nunca ha tenido la finalidad de incluir a los hombres como el sujeto político del feminismo. Este razonamiento proviene de los prejuicios transfóbicos y heterosexistas de quienes refuerzan el género a través de la categoría de sexo. Aunado al violento discurso de odio que ha posicionado la derecha con el nombre de “ideología de género”, existe hoy en día la idea de que cuestionar el sexo implica cometer un supuesto “borrado de mujeres”. Esto no solo es perjudicial para el feminismo y violento para las mujeres trans, sino que además es absurdo: no es posible que una clase minoritaria e históricamente oprimida sea capaz de borrar las reivindicaciones políticas de aproximadamente la mitad de la población mundial. Hacemos el llamado a erradicar estos discursos de odio.

Sostenemos, finalmente y tomando en cuenta todo lo anterior, que si las mujeres trans se asumen como mujeres es porque son mujeres. Y lo que busca el feminismo es la posibilidad de que las mujeres -en toda su inmensa pluralidad – se vivan como tales en dignidad. Sin la incorporación de las mujeres trans en el feminismo, no hay feminismo.

También afirmamos que los hombres de la disidencia sexual -incluidos los hombres trans comparten violencias simbólicas, fantasmáticas, históricas, etc. con las mujeres, al ser cuerpos socialmente feminizados. Por tanto, aunque no son mujeres y no son propiamente sujetos del feminismo, son aliados y aliadXs indispensables para esta lucha, y sus reivindicaciones contribuyen firmemente a erradicar este patriarcado-capifascista. De la misma forma, quienes se asumen no-binaries, queer o de género no-conforme también comparten violencias simbólicas con las mujeres y las demás disidencias sexuales, en tanto que sus cuerpos desafían las lógicas patriarcales-capitalistas del sexo-género: el binarismo, el correspondentismo y el biologicismo, además de rebelarse en contra de la feminización o masculinización constante, violenta y arbitraria de sus cuerpos.

NosotrAs y nosotrXs nos reivindicamos como feministas sexo-disidentes porque nos damos cuenta de que   históricamente han existido y existen diversas formas de violencia sistémica contra las mujeres y las disidencias sexuales, porque creemos que esto no debe seguir pasando y porque asumimos compromisos -dentro de nuestras posibilidades- para contribuir, en colectivo, a la constitución de otro mundo posible. NosotrAs y NosotrXs, feministas sexo-disidentes, les saludamos con infinita ternura y abrazamos solidariamente sus luchas por la dignidad y desde la digna rabia.

Larga vida al feminismo sexo-disidente.

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Autorxs

Miembrxs de la Internacional de Zorritas, colectiva anti-patriarcal y anti-capitalista

Página Oficial: https://internacionaldezorritas.wordpress.com/

Redes sociales: https://www.facebook.com/InternacionaldeZorritas

Laura J. Rosales AKA Rhoda.

Mujer. He asumido “el feminismo” como proyecto ético y político de vida desde el 2014. Actualmente desarrollo una tesis doctoral en la que trato de avanzar en el conocimiento de los procesos de trabajo en que están involucradas mujeres conductoras de Servicios Privados de Transporte en México, en el marco de los Estudios Filosóficos y Sociales de la Ciencia y de la Tecnología, y en diálogo con una tradición de pensamiento feminista-marxista. 

 Ferk Vélez

Sexo-disidente. Filósofx. Profesorx de Profesorx de Filosofía, Ciencias Sociales y Humanidades, especialmente en temas de sexo-género desde una mirada crítica, feminista, anti-capitalista y anti-colonial. Desde 2012 participo en diversas organizaciones y colectivas por los Derechos Humanos, en especial de los derechos LGBTIQ+. Autorx de la tesis  “Del sexo a la plasticidad del cuerpo: hacia una ontología crítica de la performatividad del género de Judith Butler”.

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imagen por Alex XAB

Una niña negra bien cimarrona

por Leafrox

Una niña negra bien cimarrona corta el café desde antes que comiencen los octubres hasta que se terminan los marzos.

Cada tarde al terminar la corta la niña negra bien cimarrona anda por los potreros arriando los terneros que mete en el corral para en la mañana siguiente ordeñar las vacas y sacar algo de leche para la comida del desayuno.

Una niña negra bien cimarrona revisa el cerco de las gallinas, siempre alerta de que ninguna se salga o se la comerá el tacuazín.

Una niña negra bien cimarrona se pone un saco de café en el lomo y se echa a andar subiendo el cerro en medio de la lluvia o del ferviente calor del sol.

Una niña negra bien cimarrona corta café en la montaña mientras le duele el vientre y trata de esconder su primera menstruación colocando entre sus piernas un pequeño pañuelo mal doblado pretendiendo parar la hemorragia y así no levantar sospechas.

Una niña negra bien cimarrona corre en medio del cafetal con los perros que matan serpientes.

Una niña negra bien cimarrona se sube a lo alto de una roca sin forma que está en el río y observa otra roca sin forma de la cual se podría formar una piedra de moler, la niña negra bien cimarrona sube la roca en su espalda y empieza las andadas en los caminos estrechos y empinados de la montaña que recorre junto a su hermano hasta llegar a casa y mostrarle a mamá la posibilidad de una nueva piedra de moler.

Aunque a la niña negra bien cimarrona cada mañana la tortura la piedra de moler porque tiene que pasar la masa gueste para hacer las tortillas antes de irse a estudiar, los brazos de la niña negra bien cimarrona están cansados.

La niña negra bien cimarrona se tiene que levantar a las 4:00 de la mañana para moler el maíz en el molino, atizar la hornilla, pasar la masa por la piedra de moler, hacer las tortillas y a las 5:15 am irse a bañar para luego irse a estudiar a un colegio que queda a 2 horas caminando a veces corriendo, la niña negra bien cimarrona, pobre y adoptada tiene que estudiar, aunque desea morir, la niña negra bien cimarrona esta triste y cansada.

La niña negra bien cimarrona intento envenenarse, pero su hermano le pidió por favor que no lo abandone porque si la niña negra bien cimarrona muere el hermano tendrá que resistir solo y ya no podrán reír y ser felices de vez en cuando, ya no podrán jugar a escondidas de mamá para que no la manden a lavar los trastes argumentando que la niña negra bien cimarrona nunca hace nada.

Pero la niña negra bien cimarrona lo hace todo, siempre lo hace todo.

La niña negra bien cimarrona se desarma en las formas más dolorosas que le habitan.

Me estoy conociendo a la misma vez que me reinventó yo soy la niña negra bien cimarrona, que ahora no responde a una identidad binaria heterocisnormativa en la que durante muchos años me obligaron habitar, el ser mujer. Me estoy colocando en los espacios que antes habitaba desde el dolor que carcomía mi espalda encorvada que azotaba mi madre adoptiva. Los primeros azotes que recibió mi pequeño y solitario cuerpo negro acimarronado que no quería habitar ningún género, estas manos que pertenecen a mi cuerpo azotado recogían las culebras del basurero pensando que eran lombrices como las que habitan el interior de mi estómago, el interior de esta tierra tierra cubierta de raíces, hojas, ramas podridas , chinches, gallinas ciegas, hormigas, ciempiés, alacranes y muchos otros tantos seres celestiales ancestrales que habitan la gran montaña donde creció una niña negra bien cimarrona, pobre y adoptada que limpiaba el piso todos los días pero que también cocinaba el nixtamal que lavaba por las noches para hacer las tortillas en la madrugada del día siguiente.

Este cuerpo negro bien cimarrón, bien maricón, lesbianx, disidente, no binario corre entre las montañas, las sierras, el rio y el mar, observa la luna deja que el sol le queme la piel para sentirse vivx, los cuerpos maricones revolucionamos como los huracanes, nuestra fuerza es la rabia.

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Soy Leafrox, lesbianx, no-binarie, y disidente sexual, soy una persona negra, afroindígena, cimarrona y adoptade. Soy Poeta/Escritore y actualmente estoy creando una serie de dibujos experimentales. Escribo desde mi barrio en medio de la pandemia de covid-19 y de una narcodictadura desde Honduras, Centroamérica. Tengo 23 años.

Escribo para mí, escribo para que mi gente negra, indígena, racializada, pobre, diversa, gorde y con discapacidades se identifique con mis palabras y que juntxs/es venzamos el miedo a través de la escritura o de cualquier forma de crear y/o hacer arte que vaya más allá de la academia y de la hegemonía occidental, porque nuestras realidades no son académicas, no son formales ni normales, no son blancas, no son heterosexuales ni de clase, no son cisnormativas. Escribo y TRANScribo esta rabia universal y ancestral como forma de retribuirles a mis ancestrxs su lucha por una tierra libre y en armonía con nuestras energías. Estoy creando y escribiendo para que otros mundos y otras formas de vida nos sean posibles.

Hablo desde esta marginalidad que habito junto con otrxs cuerpxs empobrecidxs por un sistema racista, capitalista, patriarcal, colonialista y neoliberal. Escribo desde aquí para no dejarme morir en esta agonía diaria de mantenernos con vida, escribo porque quiero dejar mis letras, palabras y creaciones como prueba infalible de mi existencia maricona, desvergonzada y a mucha honra rebelde, descarada y enrabiada.

No soy de este mundo, solo soy un viajere mas y si pronto me voy estaré feliz de haber escrito mucho de lo que soy, de lo que somos. Mi corazón, mi cuerpo y mi existencia es migratoria desde antes de haber nacido en este plano que me duele, que nos duele tanto.

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Cuir: pistas para la construcción de una historia transfeminista en América Latina

por Val Trujillo R. 

El interés por investigar sobre transfeminismo surge de mi necesidad de encontrar afinidades discursivas y prácticas a la hora de posicionarme dentro de los feminismos, pues no sentía una conformidad total y sí algunos vacíos con otros planteamientos propuestos por el movimiento más tradicional de mujeres presente en el contexto colombiano.

Aquella corriente transfeminista de la que había escuchado ciertos postulados y con la cual sentía más cercanía, a mi parecer, era más coherente a la hora de abordar una lucha por la igualdad y la justicia. Lo que voy a presentar a continuación, lo hago porque estoy segura de la importancia de la difusión de las diferentes caras que tiene el movimiento feminista, para dar a conocer que no es un movimiento singular, sino que está compuesto por diferentes teorías que no necesariamente están de acuerdo entre sí, podría decirse entonces que el transfeminismo es una línea de fuga que subvierte significados y cuestiona planteamientos socialmente impuestos.

Para hablar de transfeminismo, considero necesario iniciar la conversación a partir de mis experiencias situadas. Entiendo esta corriente del feminismo como un paso importante en el fortalecimiento personal de una serie de ideas y convicciones políticas que empezaron a gestarse desde mi rechazo crítico a determinadas categorías normativas que los estudios feministas, entre otros, han puesto en cuestión. Han pasado ya veintisiete años desde que se me asignó arbitrariamente la etiqueta social y biológica de ‘mujer’ y en la mayoría de estos, por ese condicionante de género, se han ejercido sobre mí una serie de violencias sistemáticas normalizadas y naturalizadas por la sociedad. La familia, la escuela, las amistades, las relaciones sexo-afectivas, el trabajo, la religión, el Estado, el cine, la literatura, el arte, la música, los medios, entre otros, se han encargado de perpetuar una discriminación que afecta a un grupo poblacional que no se enmarca en el reducido espectro de la masculinidad hegemónica.

Hace aproximadamente doscientos cincuenta años que las mujeres dieron inicio -según la historia oficial- a un cuestionamiento de las razones que justificaban su exclusión, un inicio que se suele asociar al momento en el que Olympe de Gouges escribe la Declaración de los derechos de la mujer y la ciudadana (1791) -dos años después de que se escribiera la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano en plena Revolución Francesa- y la casi inmediata publicación de Vindicación de los derechos de la mujer (1792) por parte de la inglesa Mary Wollstonecraft, donde argumentaba que las mujeres no son por naturaleza inferiores a los hombres, sino que se les ha designado de tal forma por no haber recibido la misma educación. Con estos dos escritos, lentamente se inicia la visibilización de las mujeres dentro de la sociedad de la que formaban parte. Esas y otras primeras manifestaciones de denuncia de la desigualdad entre hombres y mujeres han sido denominadas protofeminismo; de ahí en adelante las mujeres se han organizado y han dado lugar a una multiplicidad de feminismos y, según el contexto, se modifican las luchas y así mismo el lugar de enunciación.

En pleno 2020 sigo cuestionándome significativamente sobre “¿qué es ser mujer?”, y ha sido gracias a los feminismos que las piezas del rompecabezas se han juntado y generado respuestas, y por supuesto nuevas preguntas. ¿Soy una mujer? Al afirmarlo, estaría asumiendo un conjunto de rasgos identitarios creados a través de procesos violentos a lo largo de la historia, con los cuales no me siento cómoda asumiéndolos, pero ¿Soy entonces un hombre? Tampoco, pues en este caso la negación de una categoría no es la afirmación de otra que es considerada socialmente como opuesta. Desde esa constatación aparentemente simple, considero importante, bajo una postura transfeminista, el cuestionamiento del binarismo de género por medio del cual se ha construido un sistema de opresión conocido como heterocispatriarcado, conformado por la heterosexualidad obligatoria, la cisexualidad como privilegio normalizado que deja en un lugar subalterno a las personas trans, y el patriarcado como aquel sistema de dominación que oprime a las cuerpas que se salen de la lógica masculina colonial.

Ese proceso de cuestionamiento y reflexión personal, enriquecido de manera determinante por el pensamiento feminista, me lleva a evidenciar que el feminismo no es uno, sino muchos. El patriarcado no oprime de la misma forma a una mujer blanca, estadounidense, heterosexual, clase media y universitaria, que a una mujer indígena, colombiana, clase baja, heterosexual, sin formación educativa o cultural occidental; o que a una mujer trans, negra, bisexual, brasileña, clase media, con estudios secundarios. Es decir, las realidades identitarias no están atravesadas únicamente por el género, lo cual implica la necesidad de un feminismo interseccional si se quiere avanzar en una lucha por la igualdad.

Desnaturalizando el sexo y cuestionando los lugares de enunciación del feminismo

Cuando la filósofa estadounidense Judith Butler a finales de los años ochenta y principios de los noventa del siglo pasado escribe y publica El género en disputa. Feminismo y la subversión de la identidad (2007 [1990]), planteó una cuestión muy importante que desarticula los planteamientos teóricos de la época (incluso los de ahora) argumentando que el sexo, entendido como lo “natural”, no lo era, sino más bien, que al igual que el género era una construcción cultural.

Con lo anterior podría entenderse que no existe tal “naturaleza”, es decir, no existe ese cuerpo natural que se percibe en Occidente, pues todos los cuerpos tienen inscripciones narrativas de la cultura. La interpretación de los cuerpos a lo largo de la historia de la medicina, por ejemplo, ofrece constantes cambios, lo que añade a las inscripciones anteriores las del momento histórico, el lugar geográfico o el modelo social. Toda lectura del cuerpo es, en cierto modo, subjetiva, en el sentido de no única e imparcial, nuestra clasificación “natural” es en realidad una construcción cultural donde ciertos datos se toman como relevantes según intereses políticos y de poder.

A su vez, Butler cuestiona la existencia de esta naturaleza por medio de los conceptos de identidad y sujetx; por un lado deja atrás la concepción de identidad como estable e inamovible, entendiéndola como algo inestable, que fluye y está en un constante tránsito; y por otro, prefiere plantear a lxs individuxs no como sujetxs (seres sujetados a) ritualizados bajo condiciones de prohibición y tabú, sino como individuxs con agencia, capaces de accionar, rebelarse y cuestionar la normatividad natural impuesta.

Sin embargo, como dice la filósofa, ensayista y performática mexicana Sayak Valencia, es importante aclarar que Butler no quiere decir que el sexo no exista, pues su intención más bien es resaltar que la materialidad del cuerpo está mediada por un imaginario social y cultural, a través de unos códigos ya pactados dentro de los discursos, prácticas y normas con raíz heteropatriarcal.

A partir de esta desencialización radical del sexo, Butler llega a cuestionar ese lugar de enunciación “mujer” del feminismo, pues cuando una “es” mujer, evidentemente no es todo lo que es, debido a que el género no siempre se constituye coherentemente en contextos históricos distintos, pues éste se entrecruza con modalidades raciales, de clase, étnicas, sexuales, regionales, etc. De esta manera no es posible separar el género de las intersecciones políticas y culturales que lo producen y sostienen, lo cual hace que la perspectiva feminista se deba replantear sus supuestos y entender que “las mujeres” más que una sujeta colectiva dado por hecho, es un significante político, tal y como lo dice Sayak.

Así, Butler fue abriendo una discusión dentro del movimiento feminista que amplió los horizontes de éste, y empezó a entenderse el género como un constructo cultural normativo, como un sistema de opresión que afecta directamente a otros grupos subalternizados, anormalizados, patologizados, invisibilizados y que el sistema quiere exterminados. Y puso sobre la mesa la cuestión de la violencia que produce esta categorización que ha hecho la cultura occidental entre penes (hombres) y vulvas (mujeres), al asignar una identidad fija e imposibilitar un agenciamiento de cada individux, imponiendo roles, vestuarios, funciones, discursos y prácticas a unos y otras.

Para los años en los que Butler está construyendo su reflexión, las décadas de los ochenta y noventa, en Estados Unidos empieza a despertarse un malestar con respecto a los procesos de institucionalización LGBT, al feminismo de Estado, a la patologización de la transexualidad, a la proliferación del SIDA, entre otras cuestiones; para contrarrestar este malestar, empiezan a organizarse personas que se apropian del insulto queer buscando gramáticas, lenguajes, instrumentos y estrategias capaces de desmontar los regímenes de normalización del cuerpo que se legitima con la modernidad, haciendo una crítica a aquellas élites que estaban liderando y abanderando las luchas sociales de ese momento.

Desde el ámbito teórico el concepto como tal de teoría queer vino ligado a una versión que acabó haciéndose oficial y a otra que ha sido invisibilizada, como lo cuenta Sayak Valencia en su artículo “Del queer al cuir: ostranénie geopolítica y epistémica desde el sur g-local”:

La versión oficial sitúa su uso teórico en 1991 cuando Teresa de Lauretis, publica su emblemático artículo “Queer Theory. Lesbian and Gay Sexualities.” en la revista Differences. Sin embargo, y quizá en la misma lógica blanca del capitalismo académico, que invisibiliza lo minoritario, no se considera como uso “teórico” el que le da Gloria Anzaldúa en su libro La Frontera/Borderland, publicado en 1987. (5)

Siguiendo esa versión oficial, De Lauretis, acuña el término teoría queer para referirse a los movimientos sociales, introduciéndolo por primera vez a la academia californiana y redimensionando los Women Studies, y los Gays and Lesbian Studies.

Sin embargo, para hablar de transfeminismo, fue necesaria una migración geopolítica desde Estados Unidos hasta el Estado Español, de lo que se estaba entendiendo como teoría queer.

Migración geopolítica del movimiento y la teoría queer: de Estados Unidos al Estado español

Teniendo en cuenta los cuarenta años de dictadura franquista que se vivieron en España el siglo pasado, el pensamiento feminista desde la academia y desde el activismo, sufrió una represión que evidencia el bache existente en esta época. Fue sólo hasta la década de los noventa que el grupo LSD y La Radical Gai1 introdujeron un debate activista y teórico con respecto a lo queer, dando a conocer a autoras como Monique Wittig, Judith Butler, Donna Haraway y Teresa De Lauretis, posibilitando la creación de redes con el exterior para desarrollar nuevas estrategias políticas.

Sin embargo, había necesidad de trasladar estos pensamientos a un contexto de habla hispánica. De esta manera, como lo cuenta Miriam Solá, “en un gesto de desplazamiento geopolítico, pero cercano a los postulados queer, el concepto transfeminista está siendo reivindicado por algunos colectivos trans-bollo-marica-feministas surgidos en los últimos años en el Estado español”, poniendo en evidencia la necesidad de una multiplicidad del sujetx feminista, ese que Butler cuestionaba a principios de los noventa2. A partir de este momento, cuando se traslada de Estados Unidos al Estado Español lo queer, se nombra en muchas ocasiones como transfeminismo, término que pretende situar al feminismo como un conjunto de prácticas y teorías en movimiento que evidencian la pluralidad de opresiones y situaciones, mostrando la complejidad de los nuevos retos a los que se debe enfrentar y la necesidad de una resistencia conjunta en torno al género y la sexualidad.

Es a partir de este momento que se generan una serie de cuestionamientos por parte de un feminismo más tradicional a toda esta corriente que empieza a surgir en los ochentas, al considerar que puede ser contraproducente la relativización de las identidades, pues puede llevar a un ocultamiento de la asimetría entre hombres y mujeres, invisibilizando las desigualdades estructurales por cuestión de género. Por tal razón la potencia de nombrar todo lo que propone el movimiento y la teoría queer como transfeminismo, se basa también en que sigue conteniendo la palabra feminismo y, como lo dice Miriam Solá, se sigue haciendo cargo de una experiencia y vínculos con el movimiento de mujeres y las luchas feministas que le preceden, permitiendo identificar y no olvidar las diferentes posiciones de poder de hombres y mujeres en la sociedad; conexiones que representan la especificidad de nuestra historia, que ha dado lugar a prácticas y discursos políticos que han creado el caldo de cultivo de lo que hoy nombramos como transfeminismo.

El transfeminismo posibilita también el cuestionamiento de constantes actuales como por ejemplo el uso de lo queer como categoría identitaria, lo cual ha llevado a incluir su inicial dentro de la sigla LGBTI, restándole a esta categoría una fuerza disidente que quiere alejarse de los movimientos gays y lésbicos ya coaptados por el capitalismo. Debido a que lo queer se trata de un movimiento post-identitario, tal y como lo explica Paul Preciado, esto no hace parte de un identidad más dentro del folklore multicultural, sino que es una posición de crítica atenta a los procesos de exclusión y de marginalización, no es un movimiento de homosexuales ni gays, sino de disidentes de género y sexuales que resisten a las normas impuestas por la heterosexualidad dominante, que se mantiene atento también a los procesos de normalización y exclusión que se generan dentro de la cultura gay, la marginalización de las lesbianas, lxs cuerpxs trans, lxs inmigrantes y trabajadorxs sexuales.

Por lo anterior, es importante poner atención a la hora de emplear términos como lo queer, pues llevarlos al ámbito de lo institucional (como lo es la sigla) hace que pierda su fuerza insurgente como movimiento. Debe tenerse en cuenta que esta palabra anglosajona es el origen, por así decirlo, de lo que se conoce como transfeminismo, y apela a una revolución o transformación profunda con unos intereses políticos, sexuales y corporales no normativos que sitúan a individualidades y colectividades marginadas en una posición de lucha contra un heteropatriarcado blanco, cis, neurotípico, documentado, clase media y masculinizado.

Lo cuir o el transfeminismo sudaca

Es de resaltar que el movimiento queer fue formado en un principio por devenires minoritarios del tercer mundo estadounidense, siendo estos el reflejo de lo que conocemos como multitudes de cuerpos que no encajan en las lógicas cisheteropatriarcales, racistas y clasistas presente en Estados Unidos, y que se originó como contestación frente a una combinación de factores económicos, políticos y sociales durante el gobierno de Ronald Reagan (1980 a 1988), quien aumentó impuestos que afectaban directa y severamente a las poblaciones pobres, racializadas, sexualmente minoritarias, migrantes y enfermas de SIDA, que en muchos casos encarnaban de manera interseccional todas las variables. Como lo cuenta Sayak Valencia, las consecuencias de estas políticas puestas en marcha por este proyecto conservador y neoliberalista (globalización), fueron las movilizaciones multitudinarias durante la década de los años ochenta. Multitudes encabezadas principalmente por feministas lesbianas chicanas, afroamericanas y asiático-americanas, junto a otro proletariado disidente sexual que habitaba ese tercer mundo estadounidense, quienes vieron la necesidad de reconfigurar las luchas de las décadas de los 70 y 80, cuestionando fuertemente el machismo y la homofobia existente al interior del Chicanismo o el Black Power.

Ello da cuenta entonces de una impronta latinoamericana dentro del movimiento queer que surge en ese contexto neoliberal estadounidense, rechazando las categorías dicotómicas opresoras como hombre/mujer, blanco/no blanco, heterosexual/homosexual e iniciando un proceso de resignificación de ese insultante y peyorativo queer, para reivindicarse dentro de lo raro, excluido, anormal, precario. Se generaron en ese marco alianzas que crearon agenciamientos inesperados, desarticularon el clamado derecho del cisheteropatriarcado blanco y dieron paso a una nueva forma de pensar la sexualidad, el género, la raza, la clase y los lugares de privilegio y opresión de cada individualidad.

Como una necesidad decolonial latinoamericana, surgen a finales del siglo XX y principios del XXI diferentes publicaciones al respecto, haciendo evidente un afán por generar conocimiento desde el sur y para el sur, y dando cuenta de que América Latina tiene un contexto social, étnico, político y cultural diferente del europeo y del estadounidense y por lo tanto las producciones teóricas de las ciencias sociales y humanas de estos lugares no resultaban necesariamente eficaces o suficientes para explicar o categorizar las realidades propias. De ahí que se incrementara el eco de los feminismos pos y decoloniales, el black feminist, los feminismos de color y tercermundistas, marcando una disidencia con respecto al feminismo blanco hegemónico, y cuestionando nuevamente esa sujeta universal femenina.

Por otro lado, es necesario tener en cuenta que, en Argentina, Néstor Perlongher, en la misma época que en Estados Unidos estallaba la insurgencia queer como movimiento político y más tarde académico, escribió una serie de ensayos entre 1980 y 1992, los cuales fueron publicados posteriormente por Osvaldo Baigorria y Christian Ferrer en un texto titulado Prosa Plebeya (2013), libro que compila sus escritos sobre las políticas del deseo y la cuestión homosexual, dando cuenta de una serie de inconformidades en el sur del continente americano, semejantes a las que estaban discutiéndose en Estados Unidos. En este mismo país, se publica además la revista Ramón 99 desde 2010 y las Ludditas Sexxxuales escribieron Ética amatoria del deseo libertario (2012) y Foucault para encapuchadas (2014), deconstruyendo las imposiciones relacionales, capitalistas, heterosexuales, patriarcales, corporales, de género y sexuales.

Al mismo tiempo, en Chile también se cuestionaban diferentes aspectos de las sexualidades, el género, la colonialidad, etc. En 2006 la Coordinadora Universitaria por la Disidencia Sexual (CUDS), haciendo uso del concepto mismo de disidencia sexual, convocó a individualidades desde el artivismo, el activismo y la academia, para reflexionar y visibilizar lo que se sale de la norma heterosexual y binaria. Su publicación Por un feminismo sin mujeres (2011), sirvió para que esta Coordinadora Universitaria dejara constancia de su pensamiento crítico con respecto a los debates acerca de lo queer en el contexto latinoamericano, tratándose temas coyunturales como la utilización de esta palabra en un contexto hispanohablante. Felipe Rivas, una de las personas que participó en la escritura de este libro con un texto titulado “Diga ‘queer’ con la lengua afuera: sobre las confusiones del debate latinamericano” afirma que el significado que se le da en América Latina a lo queer “ha venido a plantear una crítica a la estabilización de identidades esencialistas y naturalizadas del sexo, género y el deseo (…) Estas teorías se pueden reconocer a veces como queer, o como posfeministas, posgénero, posidentitarias, de Disidencia Sexual, etc.”, y por otro lado una posición de resistencia y localización estratégica frente a procesos de normalización de lo gay y lo lésbico dentro del discurso económico mercantil e institucional estatal.

De igual forma, las acciones directas y teóricas de lo queer fueron trascendiendo la geopolítica del norte, desde ese tercer mundo estadounidense hacia un sur tercermundista, decolonial, sudaca, “creando una coyuntura del desplazamiento geopolítico y epistémico de lo queer a lo cuir” como lo describe Valencia. Y es justo aquí donde se hace inevitable hacer una diferenciación con la resignificación que en el Estado español se le dio al término queer proponiéndose el concepto de transfeminismo, pues en América Latina se castellanizó la palabra y cuir se enmarcó como un término con su propia genealogía, pensando en la migración de los conceptos, como entes viajeros. Esta derivación no obedece a un entusiasmo ingenuo, más bien su intención es trazar puentes transnacionales de identificación y afinidad donde se reconozca una vulnerabilidad históricamente compartida.

Se entiende entonces que la resignificación que se le da a la palabra queer en América Latina, y todo lo que ésta conlleva (movimientos, multitudes, teoría), no dista mucho de lo que se conoce también como transfeminismo. Lo cuir o el transfeminismo sudaca, se entiende entonces como un movimiento en el cual se asume un discurso y unas prácticas no cisheteronormativas, que pretende tomar distancia de categorías binarias y coloniales.

Somos los jacobinos negros y maricas, las bolleras rojas, los desahuciados verdes, somos los trans sin papeles, los animales de laboratorio y de los mataderos, los trabajadores y trabajadoras informático-sexuales, putones diversos funcionales, somos los sin tierra, los migrantes, los autistas, los que sufrimos de déficit de atención, exceso de tirosina, falta de serotonina, somos los que tenemos demasiada grasa, los discapacitados, los viejos en situación precaria. Somos la diáspora rabiosa. Somos los reproductores fracasados de la tierra, los cuerpos imposibles de rentabilizar para la economía del conocimiento. (Preciado, 2013)

No se necesita permiso para existir

Es sabido que el movimiento feminista desde sus inicios ha tenido posturas que distan entre sí, lo que ha desembocado en el surgimiento de líneas de fuga y disidencias, implicando a su vez que haya voces oficiales que se crean con la potestad de definir lo que es y lo que no es feminista, quienes pueden o no serlo.

A pesar de todos los esfuerzos que se han llevado a cabo desde el movimiento transfeminista, cuir, disidente sexual, en la búsqueda por equidad para quienes no se enmarcan dentro de las lógicas cisheteropatriarcales estáticas, es lamentable cómo se ha desatado una ola de ataques hacia dicho movimiento, en particular a la población trans, por parte de mujeres que se nombran desde el feminismo radical, con discursos violentos que deslegitiman, patologizan y censuran la existencia de cuerpxs que según sus lógicas no pueden pertenecer al movimiento feminista, dándole la mano y conversándose al oído con los movimientos de ultraderecha más conservadores y con los religiosos más rancios, otorgándole toda legitimidad al discurso colonial que no ve más allá de unos genitales. ¿No se han dado cuenta que con ese discurso siguen legitimando el mismo patriarcado para que siga oprimiendo los cuerpos feminizados?

Nadie puede negar nuestra existencia, no pedimos permiso para ser, estamos en lucha, somos transfeminsitas.

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1 En su trabajo fin de máster en estudios de género, Belén Macías cuenta que “el grupo LSD surge en febrero de 1993, en el contexto del barrio madrileño de Lavapiés, un contexto bastante politizado, reuniendo a componentes provenientes de grupos feministas, de lesbianas, y de la izquierda extraparlamentaria. (MoJose Belbel, Paul Preciado, Fefa Vila, Susana Blas, Cabello/Carceller, Carmela García.) Fue un proyecto multidisciplinar de hipervisibilización lesbiana pionero en el Estado español. Interrelacionaron discursos de la identidad con una serie de discursos anticapitalistas, antimilitaristas y antibelicistas” y “Las Radical Gai surge en 1991 en Madrid. No trabajan en Chueca, barrio en el que florece todo lo gay y donde el mercado rosa encuentra su mejor público, sino que surge en el Lavapiés, por ser el lugar de encuentro de las minorías. Se disolvieron en 1997”.

2 Hay dos versiones de cuándo se usa por primera vez la palabra transfeminismo en el Estado español. Por un lado, según Miriam Solá “aparece por primera vez en las Jornadas Feministas Estatales del año 2000 en Córdoba en dos ponencias: «El vestido nuevo de la emperatriz» del Grupo de Lesbianas Feministas de Barcelona y en «¿Mujer o trans? La inserción de las transexuales en el movimiento feminista» de Kim Pérez” Y por el otro, Belén Macías afirma: “El colectivo vasco Medeak, (…) propusieron el término transfeminismo y es el que últimamente más se viene utilizando en el activismo”, sin dar una fecha exacta de este suceso. Por lo tanto, tomaré como referencia la fecha proporcionada por Solá.

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Val Trujillo R. es transfeminista antiespecista, antropóloga de la Universidad de Antioquia, magíster en estudios de género y doctoranda en estudios interdisciplinares de género.

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Entrevista con Majo de Lara sobre identidad trans no binaria, feminismos, heridas y alianzas.

Entrevista por Georgina González

Majo de Lara es una persona trans no binaria. Hace unos años participó en acciones activistas en el espacio público de la Ciudad de México. Ahora su potencia política se sitúa en su actuar cotidiano, en la construcción de afectos, en el fomento de diálogos.

“Todavía tengo esperanza de encontrar un lugar habitable, amoroso, potente y reflexivo dentro del feminismo para mí, para mi cuerpo trans no binarie que ocupa la masculinidad y la feminidad con una historia y un contexto muy particular”. 

¿Cómo fue el primer diálogo entre tu identidad de género y los feminismos?

Desde la prepa empecé a cuestionar mi orientación sexual y a la par vino un cuestionamiento de si soy o no soy trans. Ese cuestionamiento no me lo pude resolver hasta mediados de la universidad y un seminario de Judith Butler me permitió medio entender que esto que experimentaba y vivía no era producto de mi cabeza sino que hay toda una serie de reflexiones y teorizaciones al respecto. 

Asumirme trans vino a la par de mis aproximaciones a la teoría y a la praxis feminista. Y un poco mi transición se vio pausada por ese acercamiento. Era un espacio donde yo me sentía cobijade, pero me sentía cobijade a partir de las experiencias de vivir en un cuerpo feminizado al que le asignaron la categoría mujer. Y a partir de esa intersección de experiencias compartidas fue que encontré cobijo donde ya me respondía ser no binarie. 

¿Qué importancia tuvo esa relación con los feminismos en tu transición?

Ha sido un viaje sin rumbo y sin fin, aunque suene trillado. A veces se siente como saltar al vacío y que aunque estés saltando al vacío sientes que es tu lugar. 

El decidir transicionar socialmente hacia donde estoy fue a la par y acompañade de una aproximación a textos y saberes feministas. Esa tacha explotó en el momento en el que el feminismo llegó y en ese sentido me siento super privilegiade porque creo que mi transición y mi construcción de identidad ha estado bañada de todas estas reflexiones, deconstrucciones y convicciones.

Pero sé que (a través del feminismo) no es la única manera de transicionar. Esa fue mi historia y a mí me ofreció un montón de herramientas que no solo obtienes a partir de esos círculos. 

O sea, las reflexiones feministas son necesarias pero ahora llego a un punto donde me cuestiono mucho acerca de, a qué llamamos feminismo. Aunque feminismos hay muchos y esa es la respuesta que siempre me regreso cada que cuestiono si lo que hago, pienso, y desde dónde vivo es feminista o no, me digo, pues es que hay muchos feminismos. 

Pero mi transición no habría sido la misma si no hubiera tenido los feminismos ahí y si no hubiera tenido redes feministas alrededor. De no haber sido así mi transición habría sido súper diferente y posiblemente encasillada más en lo binario y en encajar en ciertas normas sociales cooptadas por el sistema hegemónico heterosexual y cisgénero. Y tal vez también por la blanquitud. 

¿Con quiénes has tejido alianzas? 

En 2017 los conversatorios que armamos con la Colectiva Nadie sirvieron para socializar ciertas cuestiones identitarias y para eso nos ayudaron morras que siempre se identificaron como morras lesbianas. Esas alianzas eran súper chidas. Y el espíritu que rondaba en la colectiva, nuestro actuar, era en esas intersecciones donde además teníamos bien claro que partíamos de lugares bien distintos. 

Ahí entendí no nada más qué onda con el transfeminismo sino la intersección de varios feminismos; que puede existir y existe un diálogo entre diversos feminismos y entre cuerpos y experiencias que distan mucho entre sí. En ese momento mis esperanzas estaban más prendidas porque lo vivía. Vivía estos espacios seguros en los que podía estar con otros cuerpos que no compartían todas las experiencias conmigo, obviamente. Y habían afectos y cuidados. Y nos cuidábamos entre nosotres. 

¿En dónde están situadas hoy tus esperanzas y tus alianzas? ¿Cómo te sientes en relación a tus acercamientos con las redes feministas en contraste con la olas y discursos violentos que vienen de mujeres que se asumen feministas?

Por ahí del 2016 ya veíamos venir una ola fuerte de fascismo en México con la marcha del Frente Nacional por la Familia. Eso fue como un golpe en la cara de la realidad fascista que cohabitaba la ciudad. Viví con compas trans, maricas, lesbianas esa marcha, fue un día muy potente para los ánimos y muy potente para darnos cuenta de la urgencia de alianzas. 

Y ahora, a lo largo de estos cuatro años veo mutar y hacerse más complejo eso porque ya no nada más es el enemigo de allá afuera: ultraderechas, hombres cis fascsitas. Sino es ver cómo van mutando y colándose estos discursos que en realidad son añejos, son discusiones que se venían dando pero ahora cobran vida como zombies que están adentro y están a lado de nosotres. 

Y sé que las alianzas son posibles entre los feminismos. Por ejemplo, en 2017 en la marcha del 8M en las asambleas de organización con ciertos grupos feministas surgieron estas discusiones de si incluir o no a los cuerpos no binarios. Y lo recuerdo y eran discusiones muy genuinas que venían de temores muy profundos de la banda feminista de gente que violentara en los espacios que consideraban seguros y de lucha. Porque lo que implica para muchas, un macho es alguien que violenta, que no cuida, que destruye, que ejerce violencia sobre otros cuerpos. 

Y creo que los machos, no sé si se colaron o mutaron y… no quiero decir macho como tal pero, esa parte del concepto mutó para transformarse en algo que no es macho ya, sino es otra cosa… banda que excluye, banda que lucha para quitar derechos. 

¿Cómo te sientes con el feminismo hoy?

Después de vivir estas experiencias, de ver en primera persona cómo se han modificado los espacios y las alianzas, veo a mi feminismo lastimado, herido. No como víctima sino como parte de un proceso donde esto nos obliga a seguir reflexionando, construyendo y mutando. 

Me cuestiono dónde colocarlo. Sé que ese feminismo del que yo venía o donde yo practicaba ya no es. Las cosas han mutado tanto que, las respuestas que encontré hace siete años no son las respuestas que necesito ahorita para las problemáticas y los sentipensares en los que me encuentro hoy. Y siento que los feminismos todavía tienen que aportar a mi experiencia y reflexiones. Pero no solo eso, creo que los cuerpos que viven cosas similares a las mías también tienen mucho que aportar a los feminismos. 

¿Cómo crees que pueden ampliarse las reflexiones en los feminismos? 

Creo que diversificando las experiencias a partir de otras vidas y otras potencias. Nos encontramos en este momento histórico, donde si bien ya circulaban reflexiones en torno a los cuerpos trans, ahora están adoptando una visibilidad muy grande por múltiples razones. Tal vez porque las alianzas fueron orgánicas pero siento que tenían los ojos cerrados durante el proceso y que cuando los abrieron se dieron cuenta que estábamos ahí, las urgencias hicieron que, cuando miraran, estábamos ahí. 

Y las pequeñeces, que no son pequeñeces, al momento de hacer alianzas, no son esenciales, no tendrían que ocupar tanto espacio en la discusión.  

¿A qué te refieres con pequeñeces? 

A las experiencias desde las cuales tú consideras que puedes encontrar un lugar dentro de los feminismos y de repente te das cuenta que no. Pienso en los momento en los que dejé en segundo plano mi cuestión identitaria con temas relacionados al aborto. Estuve en acciones a lado de morras cis que, tal vez no les pasa por su cabeza la experiencia trans, y que yo la tengo presente pero no fue el eje rector para mi participación en ese espacio. 

Encontré una alianza ahí porque para mí el tema del aborto implica que estamos luchando por decidir sobre nuestros propios cuerpos que también comparto desde mi corporalidad con vulva y sistema reproductor, pero no es la única. La lucha de decidir sobre mi propio cuerpo atraviesa cosas que a ellas también, desde el acoso en las calles hasta la violencia del sistema médico, de la violencia obstétrica hasta la violencia desde la psiquiatría. Y ahí yo encuentro una grieta, una puerta para una alianza porque existe ese fin en común. 

Y creo que nosotres (les trans) lo tenemos claro en el sentido de que el punto es luchar contra el control sobre nuestros cuerpos del Estado, del patriarcado, de lo que sea sobre nuestros cuerpos. No me hace ningún ruido que estas otras luchas trans tengan cabida aquí (en el feminismo). 

Para mí ese no ruido, esa sintonía que proyecto en el actuar desde una alianza de mujeres cis con personas trans es evidente. Y creo que a mí y a otras personas nos resulta una terquedad o necedad intentar hacer de eso un tema fundamental en el actuar feminista. Pero para otras personas no lo es. Para las mujeres cis que han luchado por sus espacios, por visibilidad, entiendo que se sientan amenazadas por una experiencia ajena que viene a compartir los espacios con ellas y que para su forma de ver el mundo o el actuar político es una invasión a sus espacios, porque generalmente esa es la conclusión a la que llegan, «están invadiendo nuestros espacios». 

¿Por qué eso es esencial si contra lo que estamos luchando es más grande? En relación me parece una pequeñes, pero desde nuestras experiencias trans y sus experiencias cis, viene a llamar y a hacer eco de un montón de heridas. Y ahí es cuando se complejiza todo. Y hay quienes de ese dolor sacan acciones muy potentes, desde la rabia, las heridas, la tristeza. 

¿Cómo reparas tus heridas y con quiénes te encuentras para sanar?

Decidí tomar distancia porque el costo emocional es muy alto. Une se nombra feminista sobre todo desde la propia experiencia y es desde esas propias experiencias que nuestra emocionalidad está ahí y cuando surge algo que pone en cuestión o que ataca esas experiencias o esa pertenencia no sé si seguir nombrándome feminista, tampoco sé si sigo teniendo cabida en los feminismos. Trato de no aferrarme a eso porque resurgen heridas a partir de ciertos discursos trans excluyentes pero también tengo claro que mi feminismo no está ahí. 

Encuentro un lugar para sanar en lo más inmediato y lo más… cerca del corazón. Con la familia elegida compuesta por banda trans, marica, neurodivergente, racializada que obviamente incluye mujeres. También creando alianzas con personas que quieren modificar el sistema. Ahí he encontrado más potencia y cobijo. Mientras más mutantes sean mis alianzas más enriquecedor se vuelve el golpe hacia eso que queremos destruir. 

Sana el cariño, escucharnos, dejar de buscar cobijos dentro de la norma. Sana poder tener el oído receptivo a otras experiencias, cuerpos y heridas desde la empatía y el cariño. 

¿Qué crees que hace falta en términos de organización política a las personas trans? 

Hacer más visibles las alianzas que las diferencias. No porque las diferencias no estén ahí, no porque las diferencias no haya que cuestionarlas y no porque estas violencias no haya que combatirlas. 

Para los ánimos y el actuar político hace falta hacer visibles las alianzas entre mujeres cis y personas trans, y digo personas trans porque incluyo a mujeres, hombres y personas no binarias. Hacerlo puede fortalecer movimientos atravesados por los feminismos sin dejar de tener presente que hay discursos que sí son violentos, que sí hacen daño y no nada más los discursos sino ciertos actuares de exclusión u otros. 

No creo que necesitemos permisos para actuar y reflexionar pero sí una inclusión en el sentido de hacer explícita la alianza. No de «te incluyo porque esto es mío y te agrego» sino porque somos aliades. Hay que llenar más al feminismo de esto: no de inclusiones sino de alianzas. 

¿Vamos en camino o ya estamos en el momento de hacer visibles esas fortalezas?

Creo que vamos para allá, comienzo a ver espacios que explícitamente incluyen. El incluir explícitamente invita a personas que, de no ser explícitamente incluidas, posiblemente pensarían en una probable exclusión. Y eso deja una sensación de estoy pero no estoy.

Y hay diversas potencias en el feminismo y tengo claro que no todas me atraviesan, por lo tanto no puedo tomar la voz desde ahí pero puedo llamarme aliade. Es decir, yo soy una persona trans, mi urgencia está ahí pero no dejo de lado y no quiero dejar de escuchar, no quiero dejar de luchar o aliarme con cuerpos que viven otras opresiones porque es el mismo sistema el que nos oprime… o sea, una persona fascista no discrimina entre personas trans, maricas, cis, una persona con Síndrome de Down y una persona con diagnóstico de esquizofrenia, ese sistema se materializa en los cuerpos, entonces para esas personas fascistas somos la misma basura. 

¿Se puede imaginar una especie de feminismo para todes?

Creo que los feminismos para todes no están, vienen. No hemos llegado a ese punto. Pero a mí no me gustaría buscar un feminismo para todes porque lo homogeniza y la realidad material es todo excepto eso. Está bueno que haya muchos feminismos, está bueno que haya reflexiones situadas desde lugares distintos eso es muy enriquecedor. 

El feminismo es necesario y tiene mucho que ofrecer pero no para todes, exigirle eso al feminismo es muy… o sea, tal vez estamos pretendiendo demasiado. Tal vez algunos feminismos muten para ser otra cosa enriquecida por reflexiones feministas. 

Dentro de mi cabeza situada en esta realidad y este tiempo no se me ocurre una construcción de conocimiento a la que no le sea pertinente un lente o un punto de partida feminista. Eso es algo bueno que le veo al feminismo, suma. Pero en el momento en el que deje de sumar se quedará corto y vendrá algo más, no sé qué, pero será algo más que también sea potente.

Mientras tanto creo que todavía necesitamos a los feminismos. Ojalá llegue un momento en la historia en el que dejemos de necesitarlos y dejemos de tener esta necesidad de llamarnos feministas porque la realidad misma entonces será feminista. Pero de aquí a que pase… una utopía. 

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Georgina González (México) Periodista, le interesa escuchar, escribir y contar historias sobre Derechos Humanos, temas LGBT+, género, luchas y resistencias sociales.

Estudió Comunicación en la UNAM y se especializó en Periodismo.

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Entrevista a Kani Lapuerta sobre transfeminismo, encuentros, desencuentros y alianzas

Entrevista por Georgina González

Kani Lapuerta viene de Madrid, España. Para cuando entró a la universidad comenzó a militar en Mantis, un colectivo madrileño feminista. Fue ahí que, de la mano de sus compañeras feministas, Kani comenzó a descubrir en los encuentros, en las conversaciones, en los libros, el cine, sus primeras referencias feministas y transfeministas. 

“Y yo siempre lo digo, fue gracias al feminismo que pude plantearme una transición de una manera mucho más consciente porque estaba atravesada por los feminismos. De otra forma habría sido una transición… no sé cómo llamarla… despolitizada de alguna manera”. 

¿Cómo fue el primer diálogo entre tu identidad de género y los feminismos?

Estuve seis años en el colectivo Manits y para mí fue una época de mucho crecimiento personal. De darme cuenta de un montón de cosas que, tal vez estaba viviendo, pero no era consciente (…) Fue un espacio en el que empecé con el transfeminismo, feminismo queer. Y fue ese un espacio seguro donde pude cuestionarme un montón de cosas. Y yo siempre lo digo, fue gracias al feminismo que pude plantearme una transición de una manera mucho más consciente. Me permitió justo eso y poder nombrarme en masculino pero siendo consiente de lo que implicaba. 

Todas mis compañeras fueron súper chidas conmigo y en ningún momento me sentí juzgado. En ningún momento sentí que el hecho de ser trans me estuviera expulsando de esos círculos. 

Para mí fue un espacio de contención y acompañamiento en mi transición. Después también no sólo estaba en ese colectivo, comencé a juntarme con más gente y comencé a hacer otras redes y a involucrarme en círculos transfeministas, queer y en las ondas de postporno. Ahí nació mi interés en temas de la representación y de cómo construir otros imaginarios del deseo en el que también aparecieran otros cuerpos que no estaban dentro del porno más convencional. Luego viajé a México a presentar un corto a la Muestra Marrana y me quedé.

¿Qué herramientas te brindó el feminismo para una transición politizada?

No fue algo tan consciente, fue un proceso desde lo que iba aprendiendo y compartiendo con mis compañeras. Tratar de hacer ese proceso y de construir una masculinidad un poco más crítica y distante a lo que había visto. Y en eso fue muy importante para mí conocer a otros chicos trans que también estaban en las ondas de los feminismos.

Las herramientas que me dio el feminismo fue poder tener una visión crítica de qué implica la masculinidad, la feminidad, qué implica no estar en ninguna de las dos o no estar mucho en ninguna de las dos y a nivel social cómo te relacionas desde ahí. 

A mí sí me salvó el feminismo, la verdad, sinceramente creo que sí y el poder plantearme mi transición fue porque tenía todo ese bagaje de la experiencia de compartir con otras compañeras y compañeras trans y compañeros trans. 

¿Cuál fue la importancia de encontrar referentes trans dentro de los espacios feministas?

Fue vital. Sobre todo por el miedo al rechazo, de que sientes que ya has construido estos círculos que son de seguridad, de contención, donde puedes compartir con personas y de repente el miedo de que ya no vayan a ser tus círculos por esta decisión (transicionar) pues estaba cabrón. 

Y me di cuenta que una cosa no quita la otra al juntarme y platicar de esto con los chicos que son muy amigos, que ya tienen como 50 años, y que ellos también habían estado en colectivos feministas de siempre y en un punto hicieron su transición pero no se alejaron de los feminismos. Y eso para mí fue un: sí se puede. Sí se puede estar aquí desde otro lugar también y para mí eso aportaba un montón porque era construir desde otro lugar pero siempre yendo a lo mismo. 

¿Al llegar a México cómo te vinculaste con los feminismos? ¿Con quiénes te encontraste?

Hay una diferencia grande porque el contexto es completamente diferente. Allá (en España) estábamos hablando de otras cosas muy diferentes y acá llego y la situación que hay es otra cosa. Aquí asesinan a 10 mujeres al día, entonces creo que la urgencia política es otra y la realidad es otra. Y eso me hizo reubicarme dentro de esto. No sólo como euroblanco sino como chico trans.

Lo que me sorprendió mucho aquí es que había muy poca gente trans dentro de los espacios feministas, eso me llamó mucho la atención porque allá… bueno ahora no sé cómo está la cosa porque creo que también está bastante odiosa, pero cuando estaba allá (en España) había un montón de personas trans dentro de los espacios feministas y nunca fue un pedo, ni un punto a cuestionar de no poder estar ahí. Las personas trans siempre éramos bienvenidas a esos espacios y pues también los estábamos construyendo de alguna manera. 

Aquí comencé a intentar acercarme a los espacios feministas, a los colectivos y demás y aquí fue donde empecé a sentir ese rechazo. Conocía a algunas personas y las personas me conocían pero los espacios eran más separatistas en el sentido de ‘solo para morras’. 

Al principio me enojaba un montón. Decía: por qué si yo también soy feminista y no sé qué. Pero llegó el momento donde dije: bueno, son procesos diferentes y por el momento no es mi espacio y tal vez no lo sea. Fue un aprendizaje de mucho tiempo, de años. De darme cuenta que sí, que tal vez ya no eran mis espacios y estaba bien y lo que tenía que hacer era construir otros o buscar construir con otras personas otros espacios.

¿De qué forma te afectó encontrarte en espacios feministas con poca participación y personas trans?

En un principio me afectó un montón porque para mí estos son mis espacios de seguridad y donde yo he crecido y me he relacionado. Pero también fue darme cuenta que el contexto y la realidad es diferente y en vez de estar topándome con la pared pues traté de ver por qué las personas trans tampoco están en esos espacios. 

Aprendí de personas trans que tienen un recorrido distinto al mío. Yo soy súper privilegiado porque me pude plantear mi transición con un montón de herramientas críticas que al final también sirven para estar un poco mejor en este mundo. 

Hace un año hubo una actividad que realizó la Red de Juventudes Trans a la que vino Blas Radi, un filósofo argentino. Y yo al principio estaba así, super peleonero y lo debatía todo pero al final lo que estaba diciendo fue muy fuerte porque habló de su experiencia en Argentina de que muchos chicos trans han sido mucho más violentados en espacios feministas que en cualquier otro espacio por el que han transitado. 

Eso fue como wow. Es verdad, sí hay mucha violencia y sí hay mucha transfobia y está muy difícil crear esas alianzas cuando de plano te están diciendo que ese no es tu espacio y que de plano están negando tu identidad. Como que no dan muchas ganas de seguir picando piedra. 

A esa actividad llegué con el pensamiento en la cabeza de lo necesario que es la alianza con los feminismos y posicionarnos. Y al final mi pensamiento fue que tal vez no. Eso me puso en la cara que no es tal que así la cosa en este momento.  Pero yo sigo en ese debate interno todo el tiempo. 

¿En cuanto a luchas de los feminismos dónde está puesta tu postura, cómo te entiendes políticamente?

Personalmente creo que sí tengo que estar ahí independientemente de que yo no vaya a abortar, no solo porque haya hombres trans que también aborten, que también. Y creo que eso es súper importante visibilizar sino porque independientemente de que no haya espacio para las personas trans en los feminismos vivimos en un sistema patriarcal. Y por mucho que ahora mismo haya esta separación no van a dejar de asesinar a 10 mujeres al día y evidentemente también hay que visibilizar los transfeminicidios y también hay que visibilizar la violencia que viven los chicos trans y las personas no binarias. Creo que una cosa no va sin la otra. 

Creo que no debería estar peleándome con una feminista cis para decirle «qué onda, nosotros también tenemos que estar ahí» … es absurdo y es que nos está jodiendo lo mismo.

Es muy triste y creo que también hay una desmemoria muy grande en cómo se han articulado los feminismos con la disidencia sexual históricamente porque, sin ir nada lejos, hay personas trans en las marchas contra los feminicidios, en fin. 

Creo que, independientemente de que a mí no me van a matar en la calle por ser mujer, no quita que me indigne y quiera poner el cuerpo para que eso deje de pasar. Pero creo que la reflexión ahora está justamente en ver dónde poner el cuerpo y de ver a las opresiones y las categorías de opresión no como un freno sino como una potencia para construir, articular y encontrarse. Y que no nos paralice. Ni siquiera cuando tú vives un privilegio sobre las otras personas. 

¿Desde dónde es importante para ti crear alianzas políticas?

Para mí es muy importante que la gente tengan una crítica feminista y anticapitalista. A mí me da igual si eres trans y eres policía, no voy a construir contigo. Necesito algo más. Obvio voy a estar, a poner el cuerpo y acompañar lo que haga falta pero necesito que haya afinidad en otros aspectos. 

Y creo que es ahí donde el transfeminismo es muy importante porque justo es transversalizar un montón de luchas que no es solo la lucha trans, sino es la lucha antirracista, anticapitalista, feminista, un montón de cosas que son clave y que no podemos perder esas líneas y ejes de acción. Para mí perder eso hace que quede un poco vacío el discurso y la lucha. 

Hoy las alianzas son fundamentales porque estamos cada vez más aislades y cada vez las luchas identitarias son más identitarias, y nos perdemos de todo. 

No tienes por qué tejer solo con la gente que piensa exactamente igual que tú, que caga como tú y que come lo mismo. Creo que hay momentos de encuentro y de separación y eso es súper valioso. Y saber que cuentas con la gente que no todo el rato está pegada a ti pero saber que puedes convocar y vamos…  igual que si me convocan estaré ahí para cualquier cosa. Para mí ahí está la política, ahí está lo interesante de tejer.

¿Son posibles las alianzas hoy con los feminismos y las feministas? 

No sé. Ahora en concreto me da mucha tristeza y mucho miedo que haya esta explosión de este discurso transfóbico dentro de algunos feminismos que no es que sean transexcluyentes, es que se están centrando en odiar a las personas trans y no veo para dónde más va su agenda política.  

Yo soy muy optimista y muy inocente, hace un par de años la gente me decía «es que las Terfs y esto y lo otro», y yo pensaba que eran tres chavas. Pero fue este año que me di cuenta que, no mames, sí va en serio, sí tienen poder, sí tienen muchos medios donde esparcir su mierda y es grave. Platicando con compas trans que sí les han amenazado de muerte desde estos colectivos, que sí les han dicho que si ponen un pie en ciertos espacios les matan; fue cuando me di cuenta que no son tres chavas, que no es ninguna broma y esto va en serio. 

¿Cómo reparar las heridas que han dejado estas olas de violencia?

Yo creo que justo viendo con qué personas concretas se puede hablar de esto sin que haya un juicio de ninguna parte. Y ha sido muy a pequeña escala las personas que veo que sí son aliadas y sí les preocupa, que sí quieren construir puentes y construir un diálogo y alianzas. 

No se dará con todas ni en todos los espacios. Necesitamos construir ese proceso en donde sí haya esa posibilidad de no perder alianzas que son fundamentales. La cosa es ser capaz de articularnos, encontrarnos y desencontrarnos. 

¿Cómo crees que las personas trans pudieran fortalecerse frente a las violencias?

Creo que es urgente contrarrestar eso de alguna manera y creo que hay que hacer muchas líneas de acción. Desde la autodefensa hasta tratar de crear alianzas con gente que sí esté sensibilizada y es fundamental posicionarlo y que se posicionen porque esta gente está ganando terreno y es importante hacerlo para decirles a todas las TERFS que en esos posibles espacios seguros no van a poder llegar con su mierda. 

No es mi lucha estar en las instituciones pero creo que sí es importante estar en todas partes. Y creo que es muy importante tener alianza, tener espacios de contención porque sí está cabrón, si afecta un montón, te pone triste y es importante tener estrategias de autocuidado para no enfrascarse pero claro que no lo podemos obviar. Y creo que es importante entrar a otros terrenos como la seguridad digital porque al final todo lo que vemos en redes también afecta un chingo. ¡Organicemos ese taller!

¿Se puede imaginar una especie de feminismo para todes?

Me caga esta idea de lo incluyente porque es como «te doy permiso para estar aquí». Para mí la propuesta está en el transfeminismo porque propone transversalizar un montón de cosas. 

No es algo de que alguien incluya a alguien sino es un espacio que se crea entre todes. Tampoco es un espacio fijo. Muchas veces estarás y otras no porque no es tu lugar y está bien pero no significa que estés excluido, excluida, excuide, sino que son articulaciones esporádicas que se dan y que en algunas te sentirás más llamade o no pero igualmente apoyas desde otro lugar. Creo que el transfeminismo hoy es muy necesario.

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Georgina González (México) Periodista, le interesa escuchar, escribir y contar historias sobre Derechos Humanos, temas LGBT+, género, luchas y resistencias sociales.

Estudió Comunicación en la UNAM y se especializó en Periodismo.

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El «borrado de mujeres» y la cuestión trans

por Leah Muñoz

En las últimas semanas hemos visto un aumento del discurso transfóbico en las redes sociales y medios de comunicación. Distintos grupos feministas de Facebook en Ciudad de México, pero también en otros estados y países, se han vuelto escenarios de confrontación en donde feministas radicales trans-excluyentes (TERF), o también llamadas críticas de género, han aumentado su ofensiva en contra de las personas trans. De igual forma, distintas voces de intelectuales, escritoras y periodistas, principalmente de España, se han sumado a esta ofensiva transfóbica.

Esto se ha traducido en ataques cibernéticos a páginas que representan la fuente de trabajo de mujeres trans, acoso transfóbico a mujeres en redes sociales por parte de páginas TERF, y en poner a discusión la presencia de mujeres trans en el movimiento de mujeres mujeres, y en oponerse al reconocimiento legal de la identidad en niños y adultos.

La idea que hoy se moviliza en esta ola de transfobia es la acusación de que las mujeres trans representamos la amenaza patriarcal de borrar a las mujeres. Hace unos días la ex-diputada del PSOE y activista feminista española Ángeles Álvarez escribió un texto en elDiario.es titulado “Contra el borrado de las mujeres” en donde señala que con las leyes de reconocimiento de la identidad de género se está borrando la realidad de las mujeres.

El argumento que esboza la autora de dicho artículo es el siguiente. Acusa de que las leyes de identidad de género y el feminismo queer ponen la existencia del sexo en cuestión como una categoría biológica y jurídica. Al cambiar la categoría de sexo por género, señala Álvarez, se estaría cayendo en un negacionismo del sexo biológico que atenta contra la participación y representación de las mujeres en los deportes, las leyes de paridad, el lenguaje, la maternidad y las estadísticas.

En el caso del deporte señala que las mujeres cisgénero estarían siendo borradas con un supuesto aumento de victorias profesionales de “varones identificados como mujeres” (sic). En el caso de las leyes de paridad menciona que cada vez más partidos políticos estarían eligiendo a menos mujeres por elegir a “géneros diferentes o no binarios”. El lenguaje inclusivo con el uso neutro en “e” estaría ocultando a las mujeres del lenguaje. El reconocimiento de “cuerpos gestantes”, para incluir a los hombres trans en la maternidad, estaría eliminando también a las mujeres de la maternidad. Al incluir en las estadísticas la categoría de género en vez de sexo se estaría borrando una realidad tangible al poner el subjetivismo del género. Y finalmente al permitir que niñas hagan transiciones de género para ser niños.

Para la autora todo lo anterior representa el borrado de mujeres que promueven las leyes de identidad de género, en específico las que quitan criterios de certificación de género psiquiátrica y endocrinológica. De hecho la autora ve con buenos ojos que en el Reino Unido y en España, a diferencia de Argentina y Ciudad de México, aún se mantienen leyes que solicitan criterios de certificación de género a quienes desean hacer una transición.

Para Álvarez, como para las feministas críticas de género, estas leyes, promovidas supuestamente por el feminismo queer, implican un negacionismo del sexo y una redefinición de los paradigmas básicos de la ciencia. De hecho Álvarez sostiene que el feminismo reconoce que el sexo es una realidad biológica y que el género es lo cultural. Lo primero es un hecho bruto de la naturaleza y lo segundo es contra lo que lucha el feminismo, de tal forma que hay que anular el género y dejar el sexo.

Por eso es que las feministas críticas de género, ante este supuesto borrado de mujeres, están por eliminar la categoría de género y por regresar la de sexo tanto en lo jurídico, administrativo, como en lo teórico. Al eliminar el género impiden también que haya reconocimiento legal de la identidad de género porque, consideran, el sexo como realidad biológica no puede ser autodeterminado.

Muchas cosas hay que decir al respecto. Lo primero que hay que señalar es que esta ola de transfobia a nivel internacional no puede entenderse sin poner como contexto que en distintos países se están impulsando leyes de reconocimiento de la identidad de género en adultos e infantes. Leyes que en muchos casos son muy avanzadas porque buscan darles a las infancias trans el derecho a ser reconocidas legalmente así como eliminar los criterios de certificación de género que patologizan, medicalizan y peritan la identidad de las personas trans.

Actualmente se espera en la Ciudad de México la aprobación de la ley de infancias trans, y en España y Reino Unido se están moviendo propuestas para quitar criterios de certificación de género en quienes quieran comenzar una transición. Esta ola de transfobia se entiende como una reacción a estos proyectos de ley.

Lo segundo que hay que decir es que esta ola de transfobia busca generar una polarización entre el movimiento de mujeres, por un lado, y el movimiento trans, por otro. El movimiento de mujeres ha sido un espacio aliado fundamental para el reconocimiento y defensa no sólo de las mujeres trans sino de las identidades trans en general en todo el mundo. En los últimos años colectivos y personas trans se han sumado a las movilizaciones de mujeres en contra de la violencia machista como el #24A en el 2016, el #8A por el derecho al aborto en el 2018, y los #8M. La acusación de que las leyes de identidad de género, la teoría queer, y la categoría de género borran a las mujeres es un intento de quebrar una alianza que lleva años gestándose.

Esta acusación del borrado de mujeres, además, se asienta en una serie de tergiversaciones sobre la historia de la teoría y filosofía feminista. La primera de estas tergiversaciones es señalar que la Teoría Queer introdujo la noción de género y que, al mismo tiempo, eliminó la de sexo.

Si bien la categoría de género fue acuñada por el psicólogo John Money en la década de los cincuenta del siglo pasado, su introducción en la teoría feminista se dio en la década de los setenta por la feminista radical Kate Millet. No obstante, la noción que tomó esta categoría en la teoría feminista suele ser rastreada y adjudicada al feminismo existencialista de Simone de Beauvoir con la conocida declaración de que “no se nace mujer, se llega a serlo”.

La Teoría Queer, con apuestas teóricas tan diversas como las de Judith Butler, Teresa de Lauretis, Paul Preciado, Eve Kosofsky Sedgwick, y Jack Halberstam, criticó el esencialismo en el que había caído la categoría de género en la teoría y el movimiento feminista.

De esta forma afirmar que la Teoría Queer introdujo la noción de género para eliminar la de sexo es falso. La categoría de género tiene una larga tradición y trabajo en la teoría feminista como categoría política y epistémicamente útil para explicar la realidad de las mujeres. La historiadora feminista Joan Scott señaló la utilidad de esta categoría para el análisis histórico de las mujeres. La emergencia de la categoría de género permitió evidenciar que determinados roles y comportamientos dados a las mujeres era consecuencia de la cultura y no de la biología.

Es por esto que decir que la categoría de género ha venido a borrar a las mujeres va contra la historia de la teoría y el movimiento feminista que, con la categoría de género, ha logrado evidenciar las múltiples realidades de las mujeres. Realidades que con la categoría de sexo quedaban naturalizadas y borradas en una realidad universalizante dada por la biología.

La crítica de los feminismos a la construcción social del género ha sido a su construcción asimétrica y jerarquizante, no necesariamente a la noción de género en sí misma. No obstante la pregunta de lo que significaría un mundo sin género, y si de hecho esto es deseable y cómo se llega ahí, sigue aún hoy siendo objeto de acalorados debates filosóficos y políticos de los cuales participan las abolicionistas de género.

La segunda de las tergiversaciones que se hace por parte de Álvarez y las feministas críticas de género es que el feminismo queer eliminó la categoría de sexo y promovió un denegacionismo del sexo y de la ciencia. Contrario a esto, la Teoría Queer tomó la categoría de sexo como central en sus análisis, y su punto de ruptura con tradiciones feministas anteriores estuvo en que para el feminismo queer no sólo el género era construido socialmente sino también el sexo.

Lo anterior generó múltiples debates en la filosofía feminista sobre qué era la construcción social del sexo y cómo podría ser entendido eso sin que se tradujera en su desmaterialización. Los trabajos de historiadoras y filósofas feministas de la ciencia como Donna Haraway , Londa Schiebinger, Anne Fausto Sterling, pero también de Paul Preciado, respaldaron la tesis de que el sexo era construido socialmente. Esta construcción era discursiva a partir de los sesgos culturales sexistas, binaristas y heteronormativos de los sujetos que participaban de la actividad científica. Pero también material al evidenciar los mecanismos mediante los cuales el propio cuerpo sexuado es modificado al estar sujeto a las influencias de la cultura como el ejercicio, la dieta, el estilo de vida y las tecnologías médicas.

Reconocer la construcción social del sexo permite comprender que la relación que una sociedad tiene con el cuerpo sexuado está mediada por sistemas culturales, jerarquías y tecnologías. Un ejemplo de construcción social del sexo lo encontramos en las tecnologías hormonales que permiten alterar los ritmos biológicos sexuales de tal forma que las mujeres puedan evitar embarazos. Eso es algo que no estaba antes y que emergió en un determinado momento de la historia de la tecnología y la ciencia y que cambió por completo la subjetividad y relación de las mujeres con su cuerpo.

Pero reconocer que el sexo es construido socialmente no significa que no sea real y que no tenga consecuencias sobre las vidas de las personas. Un ejemplo clásico de una construcción social con fuertes consecuencias sobre la vida de las personas es la del dinero. Esa construcción social rige hoy nuestras vidas en muchos sentidos, y el no tener dinero tiene consecuencias materiales tan fuertes como podría ser el morir de hambre.

El feminismo queer no niega la realidad material del sexo. Lo que niega es que el sexo sea universal, autoevidente, ahistórico, inmutable y sin ningún tipo de mediación. Cuando la Teoría Queer dice que el sexo está construido socialmente quiere hacer ver que las explicaciones científicas y sociales que se han dado del sexo están atravesadas por imaginarios de género jerarquizantes y binarios, así como por culturas materiales.

Es por esto que es falsa la acusación de que el feminismo queer busca borrar la realidad material del sexo y de los cuerpos sexuados . Álvarez y las feministas críticas de género pretenden resucitar una noción de sexo universalizante, autoevidente, ahistórica y despolitizada contra la que se opusieron las feministas en el siglo pasado. Esa que reduce el ser mujer a pura biología al negar el componente cultural de su construcción.

Este desplazamiento retórico a la categoría de sexo como categoría autoevidente, universalista y organizadora de la política feminista por parte de las feministas críticas de género debe entenderse como un desplazamiento que busca generar un candado al reconocimiento de las políticas e identidades trans. Un candado que se construye haciendo de la categoría de sexo una realidad biológica, inmutable, intransitable e incuestionable y colocando a las personas trans y a las leyes de reconocimiento legal de la identidad como presas de un subjetivismo de género que jamás podrá alcanzar la autodeterminación del sexo porque éste es una verdad inmodificable de la naturaleza.

Lo anterior es falso no sólo porque muchas personas trans logran modificar su cuerpo sexuado de múltiples maneras haciendo del sexo algo transitable y modificable sino también porque rastrear la realidad de las mujeres exclusivamente a la categoría de sexo busca promover, una vez más, un discurso que presupone una realidad única compartida entre las mujeres para excluir a las mujeres trans como ajenas a esa realidad. ¿Acaso no el feminismo negro le vino a recordar al feminismo blanco que las mujeres negras no tenían su misma realidad? Podemos decir lo mismo de las mujeres migrantes, las mujeres indígenas y las mujeres trans. Aunque las mujeres tengamos puntos en común en nuestras experiencias no compartimos todas la misma realidad.

Es una trampa transfóbica y reproductivista el desplazamiento de que la realidad que comparten todas las mujeres es la de la reproducción. Y aquí muchas filósofas feministas podrán molestarse porque si la categoría de mujer como sinónimo de hembra causa mucho conflicto es porque el ser mujer es una categoría social que no puede ser explicada por completo con las categorías de la biología. Incluso en el tema de la reproducción las filósofas feministas evitan reducirlo a la pura capacidad gestante, la reproducción también implica la crianza y en ese sentido ni siquiera la reproducción es vivida de la misma forma por todas las mujeres (e incluso hay mujeres trans participando de la crianza).

La eterna pelea entre transfeministas y feministas críticas de género es que para las segundas la única dimensión de poder sobre las mujeres es a causa de la capacidad reproductiva. Para el transfeminismo la reproducción no es la única dimensión de poder que viven las mujeres. Hay más, y no en todas las dimensiones de poder está de por medio la capacidad reproductiva. Nadie pregunta sobre tu capacidad reproductiva cuando te acosan en la calle o cuando te otorgan un menor salario por ser mujer. ¿Que hay un tema de opresión en la reproducción? Sí lo hay, y las mujeres trans no queremos borrar eso. Lo que decimos es que no es la única dimensión de opresión hacia las mujeres, hay otras en las cuales nosotras nos vemos afectadas como la misoginia que deriva en transmisoginia.

Como señala la filósofa feminista Rosi Braidotti vivimos en tiempos paradójicos y con contradicciones. Si bien la tecnocultura y los imaginarios sociales han hecho que las diferencias entre los géneros se estrechen con la moda andrógina y los cuerpos transgenerizados, la otra cara de nuestra sociedad capitalista es que han aumentado brutalmente las diferencias negativas entre los géneros. Diferencias económicas, con la feminización de la precarización y la pobreza, y diferencias en la violencia que viven los géneros. En México diario matan a 10 mujeres. Esta realidad no la podemos, y no la queremos, borrar las mujeres trans. En otras palabras, aunque en nuestras sociedades la diferencia sexual se haya vuelto transitable ésta no se ha disuelto.

Las personas trans podremos transitar pero no borramos ninguna realidad de violencia de género, ni económica, ni simbólica. Al contrario muchas mujeres trans queremos transformar esa realidad y nos oponemos a esa violencia simbólica, física y económica porque también nos afecta al volvernos mujeres.

Vale la pena agregar que este debate impulsado por intelectuales, escritoras y periodistas españolas no toma en consideración que ya hay países en donde ya se dio este avance de las leyes de identidad de género que allá genera tanto debate. Uno de esos países es precisamente México, que tiene ya nueve estados en los que puedes acceder al reconocimiento de la identidad mediante un trámite administrativo. Los temores de los que hablan las españolas no se han realizado. Eso se observa en el hecho de que las mujeres trans no estamos sobre representadas ni en estructuras de gobierno, ni en las academias, ni en las bellas artes. El único lugar donde las mujeres trans están sobrerepresentadas es en los crímenes de odio.

Si la preocupación es que el borramiento fuese a llevar a una sobrerrepresentación de mujeres trans y a una subrepresentación de mujeres cisgénero, esto es estadísticamente falso. En México no ha pasado.

Si hiciéramos una lista de los problemas que más afectan a las mujeres estarían temas como feminicidio, trata, acoso sexual escolar-laboral, doble jornada laboral, subrepresentación política, subrepresentación en la vida económica y académica. Todas estas inequidades no involucran al sujeto trans como una amenaza. No participamos de los mecanismos de opresión que generan esas inequidades, y sí está en nuestra mejor intención el eliminarlos.

Es curioso que de esta realidad no hablen las feministas críticas de género que nos acusan de borrar a las mujeres, y se enfoquen en sobredimensionar de forma escandalosa los contados casos de mujeres trans que han logrado abrirse un camino en los deportes o la política.

Finalmente hay que señalar que en todo este debate de las leyes de identidad de género hay un aspecto colonial. Las intelectuales españolas no se han dado cuenta que no son vanguardia. Hay países donde estas leyes se han aprobado y no pasó nada. El hecho de que la discusión en España y Reino Unido tenga ecos en América Latina muestra el legado colonial que está operando, y la incapacidad de estos sectores ilustrados españoles, al considerarse metrópolis, de querer aprender de lo que pasó en América Latina. La pretensión asimismo de hablar desde la universalidad esconde la historia colonial de la construcción de género en Latinoamérica que estuvo aunada al más grande holocausto de la historia de la humanidad.

Una minoría numérica como las personas trans jamás podremos borrar a una mayoría numérica como la de las mujeres cis. Y jamás ha sido esa la intención de las personas trans, como lo ha querido pintar el feminismo TERF, que desde Janice Raymond nos ve como “drones del patriarcado”. Lamentablemente borrarnos sí es el objetivo político de las feministas críticas de género. Y de paso, en su tarea de borrarnos al eliminar la categoría de género, y reducir todo a la de sexo, están borrando las múltiples realidades de mujeres en todo el mundo.

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Leah Muñoz: Estudiante de Biología, UNAM. Áreas de interés: Historia y Filosofía de la Ciencia. Historia y Filosofía de la Biología del Sexo.

@DanmunozDan

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¿Qué se siente acompañar a una persona que transiciona?

Este texto surge de correspondencia con una amiga, en la que intento responder cómo he vivido la transición de mi esposa. Todo lo que aquí digo es producto de mi experiencia, que no necesariamente se parece a otras.

Te confieso que tu correo anterior generó un temblor casi imperceptible desde fuera pero movió todo de lugar adentro. Las preguntas que me haces sobre la transición de L., si bien son las mismas que otros amigos me han hecho, me generaron una sensación inquieta. Pasé por días tristes, sintiéndome un poco perdida, hasta que encontré de nuevo mis Nortes. Mis Nortes son pensadoras y escritoras como Adrienne Maree Brown, Audre Lorde, bell hooks, Gloria Anzaldúa, Lorena Cabnal, la Cusicanqui, por mencionar algunas. Ellas hablan del amor como una potencia que se revela en la transformación, del placer propio como poder y como camino de acción. Hablan también de la sanación como acto político enraizado en lo ancestral; y consideran que lo indeterminado o queer es poderoso. Todas estas ideas resuenan dentro de mí: me considero una persona libre, sobre todo en mis afectos y en mis placeres. Pero, a veces, también mi libertad y yo nos asustamos. Es difícil acompañar una transición, si bien el camino es hermoso.

Obra de Liliana Ang

Hay días y días.

Hasta ahora, hemos gozado de un proceso muy privado, y eso nos ha tenido muy protegidas. Hemos podido criar concentradas en nosotras, manteniendo pocos espacios de contacto con el mundo. Estos tres años han sido una buena cantidad de tiempo para entender la transformación, sanar lo que duele y acompañar este proceso, que es lo que me toca.

Hay días en que es desgastante sentir las emociones que genera un proceso así: su duda o miedo, mezclados con mi inseguridad o mi rabia. Creo que una parte de transicionar es sanar. En el movimiento de la transición se descubren heridas emocionales, causadas por no haber podido ser quien se es desde el principio. A su alrededor han crecido como maleza la culpa, el miedo, la soledad, la desesperanza. El movimiento lo descubre todo: las heridas tienen que airearse, recibir el sol, limpiarse con agua. Imagino que cuando se transiciona joven duele menos que hacerlo a los 37 años. Creo que por esto, entre otras cosas, es tan importante crear un ambiente tranquilo y de apoyo para las infancias y adolescencias trans.

Cuando se acompaña una transición a veces hay que limpiar heridas. La relación, elástica como un puente que une dos personas, recibe el peso de los cuidados. Los cuidados pesan en el cuerpo y en las relaciones.

Hay días en que es muy difícil; algo se desajusta y no entiendo qué. Hay días en que me doy cuenta que sus gestos están cambiando y tardo en reconocerle. Ella va cambiando físicamente, por momentos muy rápido o lento, en otros parece estancarse. En este movimiento permanente hay cosas que me gustaban y que desaparecen; algunas que no me gustaban desaparecen también y nuevas emergen. Surgen torpemente como todo lo que nace, a veces con muchos aspavientos, otras veces naturales. En ocasiones, aquello que emergió desaparece después. A estos ritmos naturales me he acostumbrado.

La despedida de las cosas que me gustaban fue dura. Por ejemplo, cuando dejó de ser «varonil» me costó mucho. Yo creo que siempre extrañaré su barba y una especie de timidez varonil que poseía y que me cautivó cuando le conocí. Estos cambios no se dieron de un día para otro. Un día me di cuenta de que hacía tiempo que ya no era como yo pensaba. Simplemente estuve triste un tiempo largo; poco a poco pasó el sentimiento. Luego ya estaba enamorada de otros aspectos de ella, cosas nuevas. A veces tengo la sensación de haberme enamorado de otra persona, aunque sean la misma. No expresan la timidez de la misma manera, aunque ambxs son tímidxs. En sus gestos, en sus formas de vestir y de hablar son diferentes. Ella se ve libre ahora, y veo claramente que antes no lo parecía.

No sirve de mucho hacer esta comparación entre una y otro, porque normalmente la transición se siente más como un fluir de olas. Una serie de transformaciones pequeñas; cosas que aparecen y desaparecen siguiendo un ritmo propio, natural.

Obra de Liliana Ang

Acompañar una transición se parece al acto de maternar, en tanto se cuida a alguien y una se implica en todos los niveles. Como dice Alejandra Eme Vázquez, cuidar es poner el cuerpo. Si lo hago por periodos largos es fácil perder el sentido de quién soy: qué necesidades tengo, qué me causa placer o cuándo necesito descanso. Aún cuando lo sé, a veces no tengo el tiempo o los recursos para atenderme, no encuentro apoyo o me causa culpa cuidarme. Caminar junto a una transición no es maternar, pero implica tanto que temo perderme a mí misma en el camino. No quiero sentirme atada a la relación, vacía de mí, acompañando una revolución transformativa tan potente.

La manera que encontramos para evitarlo fue abrir la relación. En medio del oleaje, aseguro mi libertad entendiéndola como autonomía sobre mi cuerpo y mi persona. Encontré esta forma para alejar a los fantasmas que imponen un hasta que la muerte nos separe. Permanecemos juntas por decisión, porque la compañía de la otra nos da felicidad; no por costumbre ni obligación. Prefiero habitar un no saber en la oscuridad que huele a verdad. Hasta ahora, esta forma de libertad nos ha funcionado. La ejercemos responsablemente, apoyándonos en la comunicación y como ejercicio de honestidad constante.

Pero ante tanto cambio es natural que surja la pregunta que enuncias: ¿qué nos hace ser nosotrxs mismxs? En las sensaciones que me despierta esa pregunta se reúnen mis experiencias de los últimos años: la maternidad, la transición de mi pareja y un cambio de país. Siempre he confiado en la comicidad y brevedad de La Agrado. Yo matizo sus palabras diciendo que uno sabe cuando se acerca a quien uno verdaderamente es. El cuerpo lo dice. Me gusta mirar fotos de personas antes y después de transicionar. En las segundas, suelo encontrar una seguridad de la existencia que se expresa claramente en el cuerpo. El brillo en la mirada y la anchura de la sonrisa no se fingen. Sé que la transición de mi pareja la acerca a quien ella es. También sé que antes de y durante el proceso, ella sigue siendo. Ahora es más ella, es distinta y la misma a la vez. Su camino de libertad nos ha enseñado mucho.

Obra de Liliana Ang

Yo acompaño el caminar de mi pareja mientras atravieso mi propio proceso: todo lo que implica re-conocerla. Por cierto que esto es complicado de abordar: es la primera vez que lo pongo en palabras de forma cuidadosa y exhaustiva. El puente, el peso, el dolor de la herida y el proceso íntimo de reconocerla implica una serie de malabares emocionales de dificultad avanzada. Los años que pasé en terapia (antes de conocerla), el amor que nos tenemos y nuestro compromiso con el trabajo interior son valiosas herramientas, así como fuentes de paciencia. Pero puedo decirte que el acompañamiento no es fácil, en el proceso enfrentamos demonios internos, inseguridades y dolores vivos, en un mundo que ya de por sí exige mucho equilibrio para hacerle frente cotidianamente.

En el plano sexual, hasta ahora no ha habido mucho cambio. Sé que algunas personas trans enfrentan disforia si performan sexualmente como antes, pero no ha sido el caso de mi pareja. (Lo cual no implica que no ocurrirá.) Hasta ahora seguimos disfrutando su pene, pero no lo considero imprescindible. Siempre he sido una persona libre en lo sexual y la voz autorizada para decidir sobre mi placer. Hemos atravesado ajustes y etapas, eso sí. Porque la atracción sí cuenta, y mucho. En el océano del cambio hay días y días para el deseo: existen periodos de sequía, luego llegan las lluvias y hasta inundaciones.

También me preguntas si yo ya sentía atracción por mujeres desde antes y la pregunta me puso a temblar ante la dificultad de articular mis evasivos gustos. Desde que tengo memoria, habito un territorio incierto. He renunciado a etiquetarme, pero soy consciente de la ambigüedad. Hasta ahora, no me había interesado tener una relación de pareja con ninguna mujer. He tenido encuentros, pero en el plano de lo real siempre me gustaron los hombres. Esto también es complicado: me atraen las masculinidades no heteronormadas, disidentes, divergentes.

En todo caso, creo que cuando renuncias a las etiquetas, todo se vuelve un caldo orgánico con cosas que emergen y se sumergen de manera natural, viva. Y eso, para mí, se siente cómodo; o al menos ahí he aprendido a estar y a ser.

Las imágenes que acompañan este texto son parte de una herramienta de autonoconocimiento en forma de baraja de 50 cartas en torno a las transformaciones, la libertad y las relaciones. Esta especie de tarot amoroso fue desarrollada por la autora. Algunas de las frases que aparecen en las cartas provienen de reflexiones de la artista y activista trans Lía Sirena.

 

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Interseccionalidad y lucha revolucionaria anarca-queer

por Kiin Uk & Lyydia Lanigram

El anarquismo queer, como el anarcofeminismo y el eco-anarquismo, no es una “rama del anarquismo”. El anarquismo queer no divide el anarquismo en una nueva tendencia, sino que profundiza la tendencia original del anarquismo para el siglo XXI. El anarquismo queer es la evolución natural del anarquismo, teniendo frente a los ojos las enseñanzas del feminismo y el transfeminismo durante el siglo XX.

El anarquismo queer, en la medida que es queer y es anarquismo, busca la abolición del capitalismo, el Estado y el patriarcado. Desde el anarquismo queer es claro que la liberación humana sólo podría provenir de la lucha conjunta contra toda forma de opresión, hasta disolver toda jerarquía.

Por lo anterior, el anarquismo queer pone en su centro la interseccionalidad. El análisis interseccional permite comprender que la opresión tiene múltiples facetas, y que todas ellas se interrelacionan entre sí. Clase, raza, género, nacionalidad, estilo de vida, gustos, etc., son dimensiones objetivas que posicionan a los sujetos en distintas posiciones en el espacio social. La coordenada que cada persona ocupa moldea en general la “experiencia de opresión” que se tiene. Una lesbiana blanca de Beverly Hills, tiene una experiencia muy distinta que el hombre proletario de Haití, y ambos una muy distinta que la mujer latina trans inmigrante en un país europeo.

Tener conciencia de la interseccionalidad ha resultado tanto revelador como devastador, tanto para el feminismo como para el anarquismo. Revelador pues ha comprendido que las experiencias de las mujeres y las disidencias, así como de las personas de la clase trabajadora, son muy diversas, permitiendo perfilar de mejor modo las luchas contra las fuentes de la opresión. Devastador pues ha obligado a modificar severamente concepciones que estaban muy arraigadas tanto en el anarquismo, como en el feminismo.

La primera concepción que ha sido barrida por asumir la interseccionalidad radica en la prioridad de la lucha. Los anarquismos que están aún demasiado cómodos en el análisis materialista del siglo XIX y en el sindicalismo se habrán visto molestos de notar que la causa contra el capitalismo no tiene preeminencia sobre la contra el racismo o el patriarcado o cualquier otra. Sin duda también quienes sean exponentes de este anarquismo no querrán oír que hablamos de “experiencias de opresión”, cuando bastaría simplemente la constatación objetiva de la posición de clase. Por otro lado, el feminismo, sobre todo aquél inspirado en el lesbofeminismo, podría notar cierta incomodidad al notar que las mujeres y las disidencias pueden también oprimir a otras personas, en la medida que en los espacios de encuentro, incluso los “espacios seguros”, puede haber opresión, incluso opresión patriarcal. Durante demasiado tiempo el feminismo y el pensamiento queer adoptaron el separatismo como práctica, y la interseccionalidad cierra radicalmente esa vía. Los espacios seguros presuponen la homogeneidad de las experiencias de opresión, cuando la realidad precisamente es la contraria. Como nos recuerda J. Rogue, cuando se intenta universalizar una experiencia de opresión, normalmente esa versión termina siendo la de las figuras más hegemónicas dentro de los respectivos colectivos.

Ninguna lucha por sobre la otra, toda forma de opresión debe exterminarse hasta no dejar rastro. ¿Pero qué pasa con la organización política y con los colectivos? Aquí también la interseccionalidad hace tambalear las viejas nociones. La segunda concepción que debe erradicarse radica en la misma idea de que haya “sujetos políticos” de distintas luchas. El así llamado “feminismo radical” ha parasitado particularmente de esta idea para sugerir que “las mujeres (biológicas con vulva)” son “el sujeto político del feminismo” y que las personas trans, las disidencias, así como las personas racializadas y la clase trabajadora deben constituir sus propios movimientos, pues cada movimiento tiene un “sujeto político” distinto. Esto es falso desde el punto de vista teórico e inútil desde el punto de vista político. Precisamente la idea de que hay “sujetos políticos” de un movimiento presume que todos los sujetos oprimidos de un mismo grupo tienen la misma experiencia de opresión, como si la opresión patriarcal de un hombre gay europeo de clase alta fuese la misma que la de un hombre gay pobre en Arabia Saudita. Esta constatación no es materia de ideología, es sencillamente un hecho. Las intersecciones que atraviesan las facetas de la opresión son tan complejas y tan diversas que podría llegarse al absurdo de que necesitemos un movimiento para las “mujeres lesbianas negras de clase alta”, “las mujeres lesbianas negras de clase trabajadora”, “las mujeres lesbianas blancas de clase trabajadora”, etc., etc., etc. Pero incluso ignorando esta insensatez, quien articule su lucha recurriendo a los “sujetos políticos de la lucha”, estará permanentemente encontrando falso aliados y excluyendo reales camaradas de armas. Sencillamente carece de sentido que una mujer de ultraderecha sea más sujeto del feminismo que un hombre hétero-cis altamente comprometido con la lucha contra el patriarcado y que realiza activismo concreto en su territorio y su lugar de trabajo. Que se esbocen expresiones como “alienada” o “aliado feminista” son solo parches, meras soluciones ad hoc, para una concepción política insostenible que cae por su propio peso.

¿Cómo se articula la lucha revolucionaria desde el anarquismo queer? Pues desde el sentido común: habiendo comprendido que hay una profunda interrelación entre todas las formas de opresión, y teniendo claridad acerca de la necesidad de que todas ellas desaparezcan, el movimiento político revolucionario puede ser solamente uno. Resulta inútil dividir el movimiento en una constelación de movimientos cuando la causa común de todos ellos es, realmente, la misma. ¿Quiénes son sujetos políticos de este único movimiento revolucionario? No son quienes han caído aquí o allá por la suerte o el destino. Las posiciones objetivas en el espacio social no determinan filiaciones políticas o adscripción a un colectivo activista. Quienes componen este movimiento son, de hecho, todas aquellas personas que están dispuestas a luchar activamente contra toda forma de opresión: contra el patriarcado, contra el racismo, contra el capitalismo, contra el Estado y contra cualquiera jerarquía que oprima a la humanidad y le impida alcanzar su plenitud. No existe mejor manera de combatir el monstruo de la opresión que tiene múltiples cabezas que propinándole un efectivo estoque, en lugar de pequeños pinchazos de alfiler.

¡El feminismo será anarquista o no será! ¡El anarquismo será queer o no será! ¡La lucha continúa!

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Plataforma Anarcx-Queer es un espacio que surgió del encuentro de dos almas con espíritu libertario, ideas de rebeldía y motivaciones de lucha contra toda forma de opresión. El 23 de septiembre de 2020, las compañerxs Lyydia Adanigram y Kiin Uk lanzaron su primera publicación buscando encuentro, coordinación y difusión para Anarcx-feministas y Anarcx-Queers. Hoy, la Plataforma es proyecto y proceso, y cada persona o colectivo con espíritu libertario podrá recurrir a la plataforma para seguir construyendo el movimiento revolucionario.

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