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Mata a tus ídolos. Anecdotario

Kutri ( vulva ancestral ). Natalia Cabezas. Fotografía por Francisca Jimeno

Por Natalia Cabezas

Hoy tuve una decepción muy grande, me enteré de la muestra de la artista textil, Sheila Hickis que estaba en el Museo de Arte Precolombino.

Por coincidencias de la vida, pasé por afuera y ella estaba comiendo, me invitó a ver su muestra, luego salí a conversar con ella y le mostré mi trabajo.

Su trabajo era bonito, con fibras vegetales y naturales muy finas, lo que más me llamó la atención es que ella viniera a Latinoamérica a aprender los conocimientos sobre telares, algo muy común en los europeos y gente del «primer mundo» (mundo oscuro, diría yo), que vienen a extraer conocimiento de Abya Yala, cuando le mostré mi trabajo y le conté de él, me dijo que mi trabajo era horrible, que daba miedo; se lo mostraba a sus acompañantes como burlándose, que era de psiquiátrico… me preguntó si tenía padres.

La señora me hizo sentir muy mal, hasta las lágrimas, le iba a regalar un tejido mío pero pensé que no se lo merecía y se lo quité de sus manos. Qué pena me dio.

Su trabajo muy bonito, realizado con técnicas que aprendió acá, pero su persona me dejó mucho para pensar en cómo no quiero ser de anciana cuando sea una artista textil reconocida mundialmente.

Mata a tus ídolos, me hizo llorar la señora esa.

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Natalia Cabezas. Instagram @tejidassubversivas      FB tejidos subversivos

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Escuchando telas / Cordelia Rizzo

Por Cordelia Rizzo

Gif animado: Embroidered-Zoetrope de Elliot Schultz

Las palabras no siempre salvan. Pueden llegar a asfixiar rincones que necesitan aire. Constriñen las formas de nuestros afectos, y también excluyen elementos importantes programáticamente. Las palabras no tienen la capacidad infalible de ponernos en relación. Hay que poseer cierta jerarquía social para nuestras palabras comuniquen y nos relacionen efectivamente. Escribo este ensayo para explicar una faceta de mi relación con los textiles frente a lo que percibo que es un fracaso de la discursividad.

De niña, mientras más complejos y precisos fueron mis enunciados, menos relación con el mundo social tuve. Echando una mirada hacia el abismamiento de infancia, entiendo mejor las rutas afectivas paralelas que nos ingeniamos de pequeñas. Para entrar al mundo afectivo de mi madre y mi abuela había que jalar un hilo de estambre, y otro, y otro. Hasta que entendí que la comunicación con ellas iba a ser diferente. Las palabras, sin importar la calidad o cantidad, no lograrían que el afecto circulara.

César Vallejo tiene un poema que cuestiona “¡Y si después de tantas palabras / no sobrevive la palabra!”. Vallejo sabía que la capacidad de los sabios para nombrar los horrores estaba rozando sus límites. Sus esfuerzos poéticos-políticos alcanzaron a testimoniar el horror de la capacidad destructiva de la Guerra Civil Española. Aunque generaron solidaridad internacional, no pararon las atrocidades, “Se dirá que tenemos / en uno de los ojos mucha pena / y también en el otro, mucha pena / y en los dos, cuando miran, mucha pena… / Entonces… ¡Claro!… Entonces… ¡ni palabra!”

Con la clausura del poema pienso en la diferencia de escuchar la descripción de las heridas estructurales del país por el poeta Javier Sicilia en 2011 y escucharlo en 2020 tras la conclusión de los cuatro días de caminata el lunes 27 de enero. Las palabras están ahí, son su recurso, pero tiemblan. El cambio de las cualidades aurales de su voz tersa -de entrenada lectura en voz alta- en el noticiero de Carmen Aristegui el lunes 27 de enero fácilmente pueden enmarcarse como fracasos de las agendas políticas del Movimiento. Pero voy a suspender esta inercia a evaluar. Veo en la vacilación del poeta, del hombre de palabras, una apertura para generar otras capacidades y acciones.

Sigo el silencio activo que prescribe el poema de Vallejo, y va mi atención hacia lo más próximo. ¿Qué escuchan las manos? ¿escuchan cuando tocan? Hay fases de cicatrización de quemaduras en la piel que se sienten como capas de organza. La costra que se forma en la sangre de un raspón podría recordarnos la textura de una lana virgen. A lxs bebés hay que cuidarles la piel, porque es el conducto principal de sus primeras memorias. Por lo tanto sus primeras prendas deben ser de algodón. Una herida que me cosieron hace 20 años conserva trazos de suturas. Estoy escuchando/tocando a mi cuerpo en varios tiempos. Me inspira la poesía de la artista trans Lía García (La Novia Sirena), “No necesito un cuarto propio cuando sé que soy la herida propia… me habito y me cobijo ahí / R E S I S T O / Soy de las que habla hacia dentro / Bien adentro.” (Instagram @cucaracha_debarrio)

Como los modos de performar de Lía García, las telas guardan recuerdos afectivos que condensan experiencias de placer, y también son receptáculos de memorias ásperas. Aunque estén cortadas y ensambladas, los géneros de las telas en principio fueron superficies llenas de posibilidad. Imaginemos a Lía vestida de quinceañera en una estación del Metro de la Ciudad de México cargando metros de organza y tul azul cobalto en la falda en la performance Próxima estación, mis XXy años. Esa tela acumulada en el faldón le da a Lía parte de las capacidades que necesita para tocar y dejarse tocar.

Tengo ocho años de participar en iniciativas de arte textil de protesta, vía Bordando por la Paz principalmente. Investigo la producción de textiles con intencionalidad política para una tesis doctoral. Mi pregunta de investigación está entre lo que Lía García afirma en su artivismo sobre habitar la herida como un espacio creativo y una relación a la insuficiencia de las palabras de voces que tuvieron autoridad moral y académica en éste México reciente que identifico/denuncio.

Sobra decir que vivo suspirando por las capas de belleza que me muestran los procesos textiles. Tejido, bordado o confección de colchas, cada soporte tiene sus capacidades expresivas únicas. Pero me frustra escuchar la simplificación del trabajo textil. Percibo que la curiosidad académica se detiene en el momento de entrar en contacto literal con un tipo de trabajo que ‘feminiza’. Es como un tabú agarrar la tela, el hilo y la aguja y preguntarles cosas. Pareciera que nos pusieran en la ruta cuesta abajo hacia estadios ‘menos iluminados’ de la humanidad. Ponernos en contacto físico con la reverberación de lo primitivo en la técnica de coser nos contagia ese ‘pensamiento salvaje’. Yo acepto el pensamiento mágico de ese tabú, aunque venga de un mandato colonial. Devengo primitiva. La exploración de esta ruta puede ser un túnel profundo al que podemos entrar a reconocer economías de explotación, placeres táctiles y la singularidad de los espacios de práctica de arte textil.

Regresando a la organza de la falda del vestido de Lía García, el faldón es un clamor del espacio para existir en el renacer de la vida que se desea vivir. La falda ampona instala a Lía en el ahora de aperturamiento afectivo, donde dejarse tocar es también una forma de decir al mismo tiempo que cuestiona lo que normativamente se dice sobre ella. La tela es parte de su voz y a la vez la protege.

Para entrar mejor al panorama de la ternura de La Novia Sirena, Cynthia Delgado Huitrón abunda sobre la cualidad táctil de las intervenciones de Lía García, “Entonces, el tacto, es al mismo tiempo un medio y un órgano sensorial, y siempre es ya trans-: un sentido que busca algo que está más allá.” (Delgado Huitrón 167) Coincido con Delgado Huitrón, y quisiera que lejos de que las telas con las que nos encontramos sean un límite, sean más bien un posible punto de tránsito hacia la muerte-renacer que es parte de los procesos vitales, como lo postula Lía García.

Es un decir que García postula, pues su trabajo fluye. Ahondar en la herida, como una vía hacia el amor no es una ruta exclusiva de La Novia Sirena. En Vulnicura, Björk describe el final de su matrimonio con Mathew Barney utilizando varias metáforas textiles y aludiendo al tacto como un archivo afectivo. Habla sobre cómo habitar la herida del rompimiento le provee de información y capacidades sobre cómo hacer las pases con la pérdida de la relación. Diferencia entre las heridas de las partes del matrimonio que se ha disuelto, “We carry the same wound / But have different cures / Similar injuries / But opposite remedies.” (Cargamos la misma herida /pero tenemos diferentes curas /heridas similares /pero remedios opuestos y luego lo que empieza a sanarla es la “Danza de los Átomos”.

La organza y el tul del vestido de Lía García, el disco de Björk y los estambres de mi madre y mi abuela, son portales a mundos que ‘la academia’ y distintas vertientes de educaciones formales nos han enseñado a menospreciar. Pero mientras más tiempo paso con ellos y otras telas, siento que mejor escucho la voz de los poetas. Por ejemplo la voz del poeta Javier Sicilia tuvo la capacidad de sonar como nuestras palpitaciones. Pero ahora su voz es parte de una polifonía de procesos. Como los pañuelos bordados para la iniciativa de Bordando por la Paz, simultáneamente en este país hay trabajos muy avanzados y unos que apenas comienzan a tocar la tela para salir del pasmo.

En conclusión, yo me volvería cauta de las palabras. No en términos de que sean verdades o mentiras, sino porque lo que las quemaduras de tercer grado, las telas y los ritmos de la composición de un disco nos pueden enseñar es a aprender a escuchar distinto. Es clave, ahí donde es posible, pausar nuestras reacciones. Productivamente podemos sentir la frecuencia desde la que habla un padre huérfano de un hijo al inicio, a la mitad del camino y frente al uso de su dolor como alguien que consciente de su poder hace política. La frecuencia, y la tonalidad, también son parte de la voz. Una parte que nos interpela ahí donde intuimos y desde donde construimos lo que para nosotrxs es verdad.

Cito a Sicilia no porque él deba cargar en sus hombros a un movimiento de víctimas, tampoco porque sea mi única referencia de voz. Pero sigo creyendo que las cualidades de su voz, no tanto el contenido de su mensaje, nos congregaron a pensar en las ‘heridas comunes’. En lo táctil nos encontramos de frente con una multiplicidad de hilos. Si cada trozo es una voz, hay una multitud de voces. Si nos atreviéramos a tocar la fibra textil y la fibra humana, su opacidad tal vez nos daría claridad sobre el respeto a los ‘remedios opuestos’ a ‘heridas similares’ que Björk batalla en aceptar en su disco autobiográfico.

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Cordelia Rizzo.  (México D.F. 1982) Es académica y activista. Después de varios años trabajando en ámbitos de derechos humanos, actualmente cursa un doctorado en Estudios del Performance. Su investigación ahonda en lo que Bordando por la Paz y otras formas de protesta textil generan en proyectos de accionar político de sujetxs que buscan reaccionar ante el horror de la violencia organizada.

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Desde el margen. Mujeres construyendo entre telas / Judith Medea

Por Judith Medea

A Cristina Burneo Salazar
Coser una premisa como comienzo: desde el margen también se piensa.Narrar la ciencia desde la mirada de las subjetividades que la hacemos. Dar lugar a la historia, al trazo de cada cuerpo en su acrobacia por nombrarse y no solo cuerpo que se nombra.

Esto me dijo ella en sus líneas, he encontrado en ellas un remanso para escribir desde este margen.

 

Mujeres que se construyen cuerpos entre telas

Prácticas profesionales. Para mí rebasaba eso. Versaba sobre costureras y las afecciones físicas que trae consigo la vida laboral. En un principio me interesaba la relación de las condiciones físicas de los talleres, el trabajo y la salud. Investigación revestida de mis padecimientos. Invisibilidad, trabajo no remunerado, enfermedad, trabajo a domicilio, maquila, ausencia de derechos en el trabajo. Buscaba contribuir a la ciencia, estaba en realidad buscándome. Proyectos y dudas se sincronizaron con mi cuerpo. La mano enferma, la madre enferma, la niña pegada a la máquina esperando que su madre dejara de coser. La pregunta por la ciencia era la pregunta por la raíz de mis afecciones, por mi amor a la costura y la aguja tejedora de hilos metida en cada afección, en tanto trastorno como afecto.

La formación de costureras en la industria textil es en algunos casos en  el ámbito de la maquila y los verbos que conlleva su nombre: explotar, repetir, enfermar. Pero no se trata solo de las condiciones físicas de trabajo, precarias en un contexto donde la vida en sí lo es también, la ergonomía no parece estar al servicio de este sector de la comunidad porque como en muchos casos, se trata de conocimiento que no permea las prácticas y es generado por trabajos de investigación que están más al servicio de la academia que de los sujetos que dan cuerpo, vida e historia a los proyectos.

Esta investigación dio apertura a un campo de saberes múltiples, no solo sobre la iluminación adecuada de los talleres, o las alturas ideales para la antropometría de la mujer mexicana, sino algo más complejo, el significado del trabajo en la mujer, de la vida activa, lo remunerado y lo no remunerado, la explotación sistemática contra las trabajadoras, contra las mujeres, el sistema actual de la moda, la reproducción de la desigualdad en varios niveles a partir del desarrollo de la industria, las políticas de flexibilidad laboral, las jornadas multiplicadas sin que signifique multiplicación de recursos. El cuerpo enfermo, el cuerpo ignorado incluso por la misma ciencia, que se sirve de su cualidad “anormal” para fundamentar sus presupuestos teóricos y económicos. El cuerpo de las mujeres y la economía de la industria textil segmentada en distritos industriales, con el cargo de la salud a las trabajadoras a cambio de diez pesos por cada blusa, es decir, trabajadoras que creen laborar por su cuenta pero trabajan por cuenta ajena aun pagando sus espacios de trabajo y los impuestos que no son bajos, a cambio de una actividad económica  en su mayoría precaria y sumergida, en donde el dueño de la mercancía evade responsabilidades económicas y sociales obteniendo mayor plusvalía por sus productos.

Cartografía del dolor

La relación entre trabajo de costura en la maquila a domicilio o en fábrica, trae consigo enfermedad y violencia. Situaciones ignoradas tanto por los empresarios, como por el estado, el daño y la responsabilidad sobre ello trasladada a las trabajadoras.

Problemas en distintos órganos del cuerpo esparcidos en el mapa cartográfico; en Argentina se encontraron afecciones pulmonares por la pelusa inhalada, un tipo de tuberculosis tratada como riesgo de trabajo. En Cuba enfermedades  en el aparto genitourinario por permanecer largas jornadas sentadas y  en sillas inapropiadas, así como por la falta de tiempo para ir a orinar, problemas  oculares a nivel de visión y objetos extraños  que entran en ojos; en México, problemas sociales en el caso de las que trabajan en su casa, como violencia a manos de la misma familia por no cuidar bien la casa aun estando ahí todo el día, problemas en la espalda por la altura inadecuada de sillas y mesas, en España problemas tendinosos por repetición de movimientos. El estado de California en Estados Unidos incorporó un manual para costureras sobre el cuidado de la salud a partir de las condiciones físicas del trabajo, instando a las trabajadoras a exigir que esas condiciones se implementen, solo que la variante de ser migrante indocumentado deja fuera a muchas de las trabajadoras de la industria.

La reproducción de los modelos de producción que mantienen nuestras enfermedades activas, las políticas del changarro, las empresas pepetoñianas y el espejismo del progreso. Casas habitación con talleres al centro, al lado de la cocina, con la cuna debajo de la mesa, la máquina en el cuarto de la niña, la lavadora al lado, poca iluminación, sillas inadecuadas, pero la promesa de que, si te endeudas con el estado y además contribuyes a cubrir su responsabilidad sobre el trabajo y la salud, progresarás al crear fuentes de empleo, para en realidad tener la expectativa de sobrevivir, a condición de que busques ser parte de la cadena productiva de una gran empresa.

Por el lado del trabajo a domicilio, hay leyes que regulan y tipifican el trabajo, como trabajo con existencia de un patrón y las prestaciones que implica trabajar, pero es una ley que no se aplica, que no se conoce por las costureras y los empresarios poderosos omiten, un vacío como tantos en la ley. Economía informal o sumergida aunadas al trabajo invisible más investigaciones que no dan cuenta del sujeto, como activo, dan lugar a un saber no saberse de nosotras. En muchos países el trabajo de costurera es parte de sistemas de esclavitud relacionados con ser mujer y migrante. Padecemos un sistema laboral que nos explota y eso incide en la constitución de nuestros cuerpos, una cartografía del dolor, acontecimiento en el cuerpo atravesado por las prácticas laborales, con todo lo que teje de hilos invisibles el trabajo de las mujeres.

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Judith Medea. 1982. 
Nació en Guadalajara Jalisco, México y creció entre telas. Medea es uno de los nombres de Judith. Se ha nutrido de filamentos y muerte. Su pasión por la costura y el dolor devana del cordón umbilical. Cose y escribe mientras se nombra. Envuelve, repara, anuda, teje, versa, muda de tela. Ha participado en antologías de distintos cortes literarios. Actualmente vive en Tijuana. Trabaja en Cosescribe y Nudo.
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Bordar es resistir. Reflexiones feministas entre la aguja y el hilo / Galia González Rosas

Texto e imagen: Galia Isabel González Rosas

Cómo habitar un mundo que busca borrar las multiplicidades y volvernos a todas el mismo imponiendo la norma del hombre entre nuestra lengua y lo que alcanza a decir, entre nuestros ojos y lo que alcanzan a ver, entre nuestra piel y lo que alcanza a sentir, entre nuestros oídos y lo que alcanzamos a escuchar y a entender. Cómo construir mundos fuera de aquella norma, que den cuenta de nuestros devenires múltiples, de los deseos de nuestra piel y de nuestra forma de construir realidad. Las mujeres y las corporalidades fuera de la norma del hombre blanco y heterosexual1, hemos alzado resistencias y las hemos heredado a través de narraciones y lenguajes corporeizados que escapan a las formas de contar las cosas de aquel mundo de todos iguales.

  Hay algo que sucede cuando atravesamos la tela con la aguja y que resuena en nuestros cuerpos. Es un algo de la tela que interpela a muchas personas. Quizás sea el eco milenario en nuestra memoria corporal de un lenguaje que ha estado antes que la palabra escrita: el lenguaje de las agujas y los textiles. Antes de tener la posibilidad de construir reflexiones trascendentes a través de la escritura, las personas quizás filosofaban con textiles. Tejidos, anudaciones y remiendos, con los que se iban pensando las formas de habitar de nuestros cuerpos en el mundo y las formas de mirarse y relacionarse entre quienes existían. Textiles que mientras se construían, iban dando cuenta de formas de pensar la organización del mundo, al cuerpo y a lo que sucedía allí. No sabemos quiénes tejían, cosían y bordaban cuando no había palabra escrita, pero quienes han resguardado y transmitido los lenguajes milenarios de los textiles y nos los han transmitido a través de los afectos, son las mujeres.

Las mujeres cercanas afectivamente a nosotras son quienes nos enseñan a bordar. Cuando era niña, en San José de Pantoja, Guanajuato, mis tías, que cuidaban a los animales, cocinaban para toda la familia, sabían trabajar en el campo y que nos hacían gorditas de trigo con piloncillo para decirnos que nos querían, no pensaban nunca en «arte» pero me enseñaron a bordar las servilletas que mantenían calientes las tortillas. Aprendemos a bordar cerquita de las mujeres, las observamos, nuestros cuerpos reconocen los saberes de sus cuerpos, tratamos de imitarlas. Y aprendemos a través de los afectos y del cuerpo, no de la palabra o de aquello que han nombrado «razón».

En el discurso occidental, la verdad del mundo y la única forma de contarla, sucede a través de un salto fuera del cuerpo, imponiéndose en todas las corporalidades una misma forma de entender el mundo, la de aquel cuerpo que se ubica en la posición de poder y que puede existir sin ser nombrado o visto, y que en nuestras sociedades es un cuerpo masculino, blanco y heterosexual. Tal mundo en masculino, pretende organizar la existencia en dicotomías, antagónicas y jerárquicas, que comienzan con la oposición cuerpo/razón, y continúan con mujer/hombre, naturaleza/cultura, objeto/observador2. Desde allí se establecen las formas válidas para pensar, enunciar y construir. Es también quien posee la expresión de la razón, quien configurará lo que es bello y las prácticas artísticas y creativas3. Por ello, nuestra forma de mirar, pensar y producir arte, también está determinada por una norma que busca volvernos a todas el mismo. Eliminan nuestros devenires, silencian nuestras experiencias y nos anulan, nos anulamos unas a otras. Y pensamos en individual y los encuentros no pasan a través de los afectos porque el cuerpo está silenciado.

Pero nuestras tías, nuestras abuelas, nuestras madres o nuestras amigas, nos han enseñado a bordar. Y es a través de aquel otro lenguaje, textil y corporeizado, que hemos resguardado las potencias para configurar mundos donde quepamos todas, la colectividad, los afectos, la escucha. Bordar ha sido una forma de resistir frente al discurso que ha buscado anular a las corporalidades y a sus saberes. En la intención patriarcal de despojar a las mujeres de lenguajes artísticos (los considerados por las instituciones de arte que no permitieron que las mujeres fueran grandes artistas como lo sostuvo Linda Nochlin), y enmarcarlas en el ámbito doméstico, imponiéndoles el bordado o el tejido, las mujeres encontraron lenguajes para construir resistencias y defender las vidas de todas y su derecho a la palabra, a la poesía y a una vida digna.

El bordado accionado desde el feminismo, puede configurar críticas a las estructuras que mantienen a las mujeres y a las corporalidades no hegemónicas, junto con sus saberes, en lugares de subordinación. En 1909, las sufragistas estadounidenses hicieron una huelga de hambre en la prisión Holloway, y guardaron memoria de esto firmando un estandarte, bordando cada una su nombre en él4, construyendo un documento textil de denuncia y de posicionamiento político. No firmaron con pluma un documento de papel, sino que accionaron aquel saber corporeizado y milenario, y configuraron una exigencia de justicia con nuestro lenguaje de resistencia: el bordado.

Bordar desde los feminismos, nos permite anudar hilos y potencias para pensarnos desde otros lugares fuera de la norma del mundo en masculino. Bordar puede ser un lenguaje de resistencia y de libertad. Pero la libertad desde el bordado, que es una actividad donde se reconoce la implicación de unas personas con otras, no es una cualidad individual, sino que es una resistencia colectiva que lucha por la dignidad común5 (Marina Garcés, 2013, 153).

Bordar es un saber de nosotras

De nuestras abuelas, nuestras madres, nuestras tías, nuestras hermanas, nuestras amigas, nuestras maestras. Nosotras, las borradas por la palabra del hombre y por los discursos en masculino y en blanco del mundo-el único mundo que dicen que existe-, empuñamos la aguja y bordamos resistencias. Devenimos nosotras, mujeres, afrodescendientes, indígenas, trans, migrantes, porque bordar sucede con otras, porque nunca estamos solas. Bordar que es resistir, es anudar hilos, imaginar telarañas, sentir con otras. Es cuestionar si podemos, existiendo como hombres, escuchar cuando se narra en femenino.

Nosotras, las que no tienen permitido construir conocimiento ni configurar la realidad, las que debemos permanecer calladas, las que existimos sólo para ser miradas y consumidas como objetos para el placer, para la extravagancia, para la nota roja, para la violencia, usamos la aguja para bordar epistemologías que le den oportunidad de existencia a nuestros afectos, nuestros placeres, nuestras voces, nuestras palabras, nuestra dignidad y nuestros cuerpos vivos y libres.

Nosotras configuramos mundos con los hilos y las agujas que rasgan las estructuras de un sistema de muerte.

Las bordadoras feministas bordamos presente, pasado y futuro. Bordamos para recordar y recuperar lo que nos susurraron, las resistencias de las que estuvieron antes que nosotras y de las que nos acompañan. Bordamos para detenernos y escuchar, para sentir e intuir cómo configurar nuestros caminos y nuestros pasos, porque no existen, y usamos los hilos para sabernos perder sin extraviarnos de nosotras. Bordamos porque nuestras puntadas son infinitas, como el cariño, la tristeza y la alegría; y dibujamos con ellas caminos que también son infinitos y que entre sus agujeritos, que parecen pequeños y silenciosos, se escucha el grito fuerte de la esperanza.

Bordar es un conocimiento colectivo y rizomático, porque surge en cualquier lugar y en cualquier momento. Es opuesto a la linealidad del conocimiento masculino, a su validación institucional, a su individualidad y a su jerarquía. Para bordar necesitamos a otras y al mismo tiempo bordamos para otras: para mostrarles cómo o para regalarles una servilleta que mantenga calientitas las tortillas y las esperanzas. A bordar podemos aprender solas, con todas nosotras resonando en nuestras memorias corporales, o acompañadas. Podemos reconocernos en las puntadas de las otras. Las otras pueden reconocerse en nuestras puntadas. Si estamos juntas bordando y platicamos, nos conocemos de otras formas, nos escuchamos con los oídos pero también con el cuerpo entero donde resuenan nuestras voces, porque la mirada está ocupada en nuestras puntadas, y entonces nos escuchamos-sentimos-miramos de otras formas.

Bordar es dar paso a otras maneras de conocer y sentir mundos. Bordamos y configuramos realidades, recuperamos e ideamos resistencias.

Embrujamos las estructuras del sistema de muerte con nuestros hilos y nuestras agujas, desnormalizamos sus discursos, bordamos existencias para el gozo y la vida. Las agujas son herramientas milenarias, cada puntada que hacemos carga el conocimiento de las brujas que existieron, pensaron y configuraron realidades desde antes de la escritura.

Las bordadoras somos brujas milenarias.

  1.  Haraway, Donna, Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza (España: Ediciones Cátedra, 1991.
  2.  Elsa Muñiz, “Las prácticas corporales. De la instrumentalidad a la complejidad”, El cuerpo Estado de la cuestión (México: La Cifra-UAM, 2015).
  3.  Gargallo, Francesca, «Una metodología para detectar lo que de hegemónico ha recogido el feminismo.», en Investigación feminista epistemología metodología y representaciones sociales, coord. Blazquez Graf Norma, Flores Palacios Fátima, Ríos Everardo Maribel. (México, D.F.:UNAM, 2010).
  4.  “WSPU Holloway Baner”, abril 2017, Textile Research Centre TRC Needles. Consultado el 25 de enero de 2020  << https://trc-leiden.nl/trc-needles/individual-textiles-and-textile-types/commemorative-and-commissioned-textiles/wspu-holloway-banner>>
  5.  Garcés, Marina. Un mundo común. (Ediciones Bellaterra. 2013. EBook.)

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Galia Isabel González Rosas (1990) es originaria de Salvatierra, Guanajuato. Estudió Estudios e historia de las artes, en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Está interesada en otras formas de conocimiento, desde el bordado y la investigación feminista, que posibiliten las construcciones de mundos donde todas tengamos derecho a la vida, a la palabra y a la poesía.  Ha realizado talleres de bordado en la Universidad de Guanajuato, campus Salvatierra; en la Sala Literaria Bellas Artes, en San Miguel de Allende; en Tres Cero Tres, por las 3as Jornadas artivistas contra las violencias machistas, de la colectiva Batafem, en la CDMX; entre otros.

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Instagram Galia hilos https://www.instagram.com/galiahilos/

galygoro@gmail.com

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La Unidad. Autogeografía vertical en siete niveles

por Rigoberto Reyes Sánchez 

Planta Baja. Con estacionamiento.

Mi abuela-niña arrancaba rábanos justo aquí, chamaca bandida que robaba hortalizas y raíces en las últimas tierras ejidales de la Magdalena Mixhuca, lugar del parto, cruce de canales. En 1972 aquél paisaje quedó definitivamente sepultado por la construcción de la Unidad Habitacional en la que ahora vivo. Ocho edificios clonados, ciento noventa y dos departamentos de cincuenta y seis metros cuadrados cada uno. Unidad sin nombre, levantada en una avenida que, no sin ironía, ostenta el nombre de Francisco del Paso y Troncoso, un buscador de historias perdidas. De oídas sé que las primeras en habitar esta Unidad de estilo funcionalista fueron pequeñas familias de jóvenes burócratas de la banca estatal. Los departamentos más codiciados eran los de la Planta Baja; no había que subir escaleras y, según me contó el señor B-31, ofrecían una magnifica vista a los jardines de la Unidad. En realidad parece que nunca existieron tales jardines, más que un recuerdo era un sueño. La Unidad es un archipiélago de cemento anaranjado rodeado de autos.

Aquí un auto es más una prolongación de la vivienda que un transporte. Un Chevy rojo 2000 opera como una prótesis de la bodega insuficiente para la señora A-02. Un Dodge Attitude 2005 sustituye cabalmente las funciones de un bar de barrio, con sistema de sonido incluido, generalmente abre los martes a la media noche. El Chevrolet Aveo 2017 rojo sirve a  la agobiada doctora C-12 como oficina y dormitorio diurno. El desvencijado Chrysler LeBaron 1984 no es un auto, es un talismán incrustado en el cemento para que el pasado no se vaya del todo. No son meros símbolos de estatus, los autos con sus lugares de estacionamiento funcionan como extensiones móviles de la propiedad privada, territorios arrebatados al espacio exterior,  por eso los defienden con tubos, palos y cubetas repletas de cemento. En la Unidad, como en la tundra, la ley es “ devora o te devorarán” (Jack London). 

Primer piso. Tiempo compartido. 

Aún quien vive solo siempre comparte su espacio aunque no sea con otros humanos. Además de las mascotas comunes, plagas de chinches, cucarachas o ratas que azolan de vez en cuando la Unidad generando las más diversas reacciones; desde el pánico colectivo hasta la pasmosa indiferencia de quién ya dio la batalla por perdida. Lugar aparte ocupan las plantas pues, a pesar de que se trata de presencias cuyo lenguaje y movimiento apenas percibimos, son cuerpos que transforman hondamente el espacio que comparten con nosotros, lo vuelven o más denso, o más rugoso o más viscoso. A veces, incluso, cuajan el tiempo en el que nos movemos, de un modo sutil nos acompasan a su ritmo. Poblar de un “mundo vegetal” los apartamentos es una forma de ensanchar el espacio doméstico y de dotarlo de una intimidad orgánica y muda. En este sentido, las plantas son mucho más que un ornato, el filósofo Michael Marder propone que pensemos en ellas “como fines en sí mismos, agentes activos y autónomos” con los que compartimos la existencia.  

Inventario de plantas que viven en el edificio B: Euphorbia milii o Corona de Cristo que estira sus tallos espinosos desde un balcón para tocar la luz solar con sus puntas coronadas de flores rojas, Echeveria Elegans, suculenta de bordes violáceos  que ha emigrado de maceta en maceta asentándose en tierras inhóspitas, Calatea luisae y Goeppertia altissima,  frondosas plantas de sombra que descansan en las escaleras al cuidado de un grupo de ancianas. Hedrea o hiedra  agarrada de raíces que se hunden en el piso pero cuyos retoños se han desplegado por balcones y herrerías hasta trepar a la azotea, su enredado cuerpo alberga orugas, hormigas y abejas. Pequeños racimos de resistentes Aegopodium podagraria y Urtica dioica, infames “malas hierbas” que brotan aquí y allá de entre las grietas que ha dejado el cemento, persistente memoria de un campo que fue.  

Segundo piso. Se renta.

Esta es una ciudad que crece esclerotizando barrios y expulsando cuerpos. La estrategia económica de la especulación inmobiliaria posee una dimensión pedagógica: la permanencia es un privilegio de unos pocos, el resto deberá asumir la desposesión, alquilar como forma de vida líquida. Uber, Spotify, AirBnb, CoWorking, CoLiving, en inglés suena más sofisticada la precarización. Sin auto, sin música, sin lugar para vacacionar, ni trabajar, ni vivir. Humo que se aviva a golpe de rentas. 

En la Unidad la renta aún no se convierte en tiranía y, por lo general, los alquileres suelen surgir de arreglos entre vecinos a pagos módicos, aún así la amenaza crece en los alrededores; al sur han brotado enormes desarrollos verticales como Privalta, un monstruo inmobiliario de 18 pisos de altura, o el Hotel y Centro Comercial Via 515 cuya construcción provocó en 2018 hundimientos  denunciados por vecinos.

La especulación agita los alrededores y habrá que reaccionar.  Una iluminación del pasado: “La noche del 6 de marzo de 1922, las prostitutas del puerto de Veracruz popularmente conocidas como ‘las horizontales de Guerrero’, amenazaron con quemar en vía pública las sillas, las camas y los colchones sobre los que trabajaban, en señal de protesta por las elevadas rentas que debían a los propietarios de los patios de vecindad que les alquilaban las pocilgas donde vivían”. 

Tercer piso. Vecindad. 

El miedo social otorga un nuevo esmalte a la arquitectura urbana. Muros, rejas, concertinas, hileras de botellas rotas, herrería en puertas y ventanas, cámaras de vigilancia, candados y cadenas, perros de ataque. El costo de esta seguridad es vivir encerrados en un panóptico con ojo de mosca. Sin embargo, a veces el miedo conjunta, agrupa, acuerpa, desestabiliza las fronteras que nos alejan del vecino. La forma por excelencia de reunión entre condóminos es la “Asamblea vecinal” que opera, ante todo, como un espacio de reconocimiento en el que el rostro del otro se nos revela con toda su cercanía, ambivalencia y afectación. El tema: ¿cómo cuidarnos de la inseguridad?, frente a las tentativas policiacas que suelen surgir tras estas  oleadas de temor, el señor B-31 recordó que la mejor forma de cuidar-nos es a través de la ayuda mutua (Kropotkin reverbera con el nombre descarapelado). Así se mantuvo a raya a la policía y  a sus encarnaciones civiles. 

Tras el barullo de la asamblea cae la noche y cada quién necesita volver, al menos  por un tiempo, a su fresca soledad, su claustro, su laberinto de cincuenta y seis metros cuadrados. Nietzsche tenía razón, “toda persona es una cárcel, y también un rincón” ,sin embargo recogerse no implica desatarse. 

Cuarto piso. Mirilla. 

Pero la privacidad es un privilegio. Las anchas ventanas luminosas permiten observar instantáneas de vidas ajenas, retazos de cuerpos e historias comunes que, aunque ocurren simultáneamente, no se tocan.  Secuencia de rectángulos brillantes en una pantalla de celular mirada con distracción o de reojo. El precio de ver es ser visto, no hay puerta con mirilla que resguarde al fisgón. Esta exposición inevitable sitúa a los cuerpos en una suerte de espacio gris cercano a la intemperie en el que el pudor se va diluyendo para dar paso a la mostración irremediable de la desnudez pálida de lo cotidiano.   

Quinto piso. Timbres. 

Yi-Fu Tuan  lo resumió en una elocuente imagen; ante lo aterrador del mundo exterior podemos cerrar los ojos pero no los oídos. El ruido nos hace sentir vulnerables pues quiebra la ilusión de distancia y protección que se pretende en el espacio privado. La experiencia urbana posee una importante dimensión sonora que está segmentada según las clases sociales, el proletariado regularmente habita los espacios “ruidosos” cercanos a fábricas, terminales aéreas, carreteras abarrotadas o centrales de abasto popular, además las vecindades y Unidades Habitacionales tienden a estar impregnadas de ruidos domésticos permanentes que reverberan en los cuerpos. 

Martes de noviembre. Compendio de ruidos: Trailers cruzando un puente a la distancia, ¿balazos o cohetes a las tres de la mañana? ambulancia, patrulla, patrulla, patrulla. Rumor de una Salsa a lo lejos, alguien llora ¿o canta?. Largos y amargos bostezos, ¿alerta sísmica? no, alarma de auto. Seis de la mañana, puertas que se azotan, licuadoras, regaderas abiertas, pedos, carraspeos. “El gaaaaas”, casi es mediodía. Repicar insistente del timbre de al lado “¿no me vas a abrir?, la niña está enferma…”. Gemidos de un video porno. Reguetón, reguetón, reguetón, vibran las ventanas, el estribillo: “Ella tiene nalga y tetita, nalga y tetita”. El timbre agudo de un triángulo: el vendedor de obleas. “La basuuura”, “Tor-ti-llas”, “el paan”, pulmones vigorosos. Autos que entran, una discusión acalorada, el motor de una, dos, tres, cuatro motonetas. Un perro ladra. ¿Alerta sísmica? no, un noticiero televisivo. Decenas de aviones atravesaron el cielo.  Grillos, un perro aúlla. 

Cuarto de azotea con perro. 

Obra negra de Goya. Desterrado  a la frontera con el cielo, un perro se vuelve sombra en la azotea. Ya no aulla, llora. 

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Rigoberto Reyes Sánchez Licenciado en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (medalla al mérito), Maestro en Estudios Latinoamericanos por la UNAM (mención honorífica), con estancia de Investigación en el Magister de Análisis Sistémico Aplicado a la Sociedad de la Universidad de Chile. Candidato a Doctor en el Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM con estancia de investigación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima Perú. Miembro del núcleo central del Seminario de Estudios Avanzados sobre el Cuerpo con sede en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM. Sus temas de interés son el arte y en general las prácticas simbólicas en su relación con la violencia política. Además de publicar diversos artículos sobre estos temas ha co-coordinado los siguientes libros: “Violencia, desaparición forzada y migraciones en Nuestra América” (Ediciones EON-UNAM), “La Liga Comunista 23 de septiembre a 40 años de su fundación: historias, memoria y archivo” (PELA-UNAM-UATX) y “Cartografías del horror. Memoria y violencia política en América Latina” (Editorial Casa del Mago). Actualmente es el coordinador principal del Dossier “Herencias y exigencias: los usos de la memoria en los proyectos políticos de América Latina y El Caribe (1959-2010)” de la revista Pacarina del Sur.

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Descubrir la ciudad a través del cuerpo

por Paola Flores 

Quería abarcarlo todo y aun con esa voluntad, me quedé en el intento

El pavimento quema. Es fácil ver espejismos en la ciudad, otorgan la sensación de estar perdido en el desierto. Voy sola por la banqueta. Los rayos del sol se resienten en cada poro de la piel. Mis hombros indefensos están ardiendo y no dejo de pensar en el bloqueador que dejé olvidado en la casa. La gente duerme en la sombra que encuentra, no hay valiente que camine por la calle a esta hora. El cuerpo no resiste los 40 grados a los que se eleva la temperatura. Los pies se hinchan, pesan, reclaman* (Yibuti, 2009).

Un día desperté y me encontré arriba de un árbol en medio del desierto. Estaba en un país llamado Yibuti; el lugar más impensable del mundo. Yibuti; nación ubicada en el cuerno de África, es un pequeño territorio estratégico, en el que conviven multiplicidad de etnias, nacionalidades, lenguas y religiones. No reparo en las razones por las cuales llegué ahí; más bien, quiero enfocarme en la traza que esa experiencia dejó en mi cuerpo y en la forma de acercarme a otras modos de ver y vivir la vida, y cómo éstos se manifiestan en el espacio.

Yo no hablaba árabe ni francés. No sabía nada sobre los somalí y los afar. En ese tiempo, yo era una ignorante de todo lo que pasaba en esa zona geográfica. Eran formas, lenguajes y prácticas con las que nunca había tenido contacto. No siento vergüenza y lo digo como es, porque fueron todas esas preguntas ordinarias, las que me orientaron a caminar sus calles, observar a su gente, diluirme en sus espacios y dar respuesta a mi cabeza repleta de inquietudes. Esta ignorancia previa me provocó un fuerte impulso de conocer de manera empírica lo que este mundo me ofrecía.

Quiero entenderlo todo, cansarme de verlo, olfatearlo hasta asquearme. Perderme en su gente, vivir en sus casas y comer su comida. Caminar como caminan, peinarme como se peinan, mirar como miran, sentir el sol como lo sienten. Quiero saber lo que piensan de esto o de lo otro. Ir a todos sus centros de culto, rezar como rezan, bailar como bailan, entender como entienden. (Yibuti, 2009).

Desde el enfoque de la geografía de las emociones, se busca comprender la emoción (aquella que se experimenta y aquella construida conceptualmente) en su articulación socio espacial. Para Alicia Lindón (2009), las emociones – fuertemente vinculadas a la experiencia sensorial y al cuerpo- tienen una implicación en la relación que se establece con el espacio. Considera que las acciones que realizamos no son independientes a lo que sentimos al utilizar y pertenecer a los lugares.

Asimismo, Paula Soto, menciona que la ciudad no es solamente el medio físico, sino que “integra emociones, sentimientos, recuerdos, sueños, miedos y deseos de los sujetos como como ejes de la experiencia espacial individual y colectiva” (Soto 2011: 21).

¿Cómo comprender las interrelaciones entre el espacio, los sentidos y las emociones? Necesitaba establecer una relación con los rincones que visitaba Es así que tanto en el ámbito personal como profesional, me di a la tarea de concientizar y agudizar la exposición de mi cuerpo al espacio en la ciudad. Mi cuerpo se volvió el campo de recepción de información por excelencia y punto de arranque para comprender lo que pasaba a mí alrededor. Empecé a crear una estrategia en la que no sólo aprendiera a moverme en esos ambientes; sino que me permitiera, sobre todo; apropiarme, conocer, sumergirme a profundidad en ellos.

El cuerpo y lo que sentimos es una ventana que nos sitúa en la ciudad y nos invita a experimentarla de un modo específico. Es así que, identificar la experiencia sensorial se volvió una acción fundamental. Saber cómo leerme, lo que percibía en mi cuerpo ya partir de ahí, acercarme a una realidad que me era infinitamente ajena. Reconocerme y observar. La utilización práctica de los sentidos en el espacio, formó parte de mi proceso pedagógico para comprender lo que estaba viviendo.

Mi cuerpo es el campo donde se establece esta diversidad de experiencias. Es el sitio deliberadamente escogido para construir otras visiones. Es una noble posibilidad y un inagotable descubrimiento. Mi cuerpo, desde dentro se identifica para relacionarse afuera. En él constato mi existencia, la capacidad de adaptarme y sorprenderme, mi percepción se modifica; yo acepto, me dejo llevar a la vez que escondo los ojos que miraron otro mundo. (Yibuti, 2010).

Esta conciencia perceptiva y corporal implica una constante ruptura y replanteamiento de ideas, de lo que he aprendido, de lo que conozco, de lo que pienso. Es comprender desmenuzando lo que vivo, priorizando mis sensaciones y emociones. Procuro apartar las ideas preconcebidas y atribuidas al contexto en el que me encuentro. Veo con lupa el espacio en el que vivo e intento entender el territorio desde mi experiencia.

El avión ha hecho una escala en Sana (Yemen), antes de llegar a Yibuti. Estoy sola, cansada y aunque trato de ocultarlo, nerviosa. Hay demasiado bullicio y no entiendo los anuncios, no entiendo lo que pasa, ni lo que tratan de decirme. Trato de no desconcentrarme, observo sus gestos, trato de entender de qué va. Pido información, pero no me contestan. Con cada movimiento que realizo me gano una estampida de miradas desaprobatorias. Me siento como un venado indefenso antes de ser cazado. Opto por observar e imitar lo que las mujeres hacen y así pasar desapercibida.

Los hombres me miran insistentemente, siempre con su aire prepotente, con su ceño fruncido. Me empujan para pasar antes, no me dirigen la palabra, ni las gracias, ni las buenas tardes. Pienso que van solos, hasta que enseguida que bruscamente me rebasan, soy empujada de nuevo, esta vez por la mujer con niños en brazos que hace lo posible para alcanzarlo. Suben al avión e inmediatamente han provocado un desorden, se sientan en el lugar que les da la gana y a pesar de los reclamos, nadie soluciona. Lo único que quiero es sentarme, ponerme los audífonos y cerrar los ojos. Me toca el asiento en la ventana, estoy junto a puros hombres. Hablan y gesticulan fuertísimo. Ya van dos veces que tengo que esquivar los movimientos del joven sentado a lado mío. Sus amigos ocupan los asientos alrededor. Su ruidosa plática pinta para durar todo el viaje. Me siento demasiado pequeña (Yibuti, 2009).

Instalada en el país africano, me interesaron particularmente las mujeres. Los movimientos de su cuerpo, sus gestos y astucias. Me volví aficionada a caminar por la ciudad y registrar la forma en la que se comportaban en el espacio público. En cualquier oportunidad me colaba en sus prácticas cotidianas, ya que para mí, no bastaba con permanecer impávida observándolas.

Cuando pasan cerca de mí, aquellas mujeres a quienes llamo las sultanas de Yibuti, cierro los ojo. Intento grabar la sensación del viento que su cadencia al caminar deja. (Yibuti, 2010).

Las pláticas invitaron superar los debates sobre diferencias absurdas. Las había observado tanto que podía predecir sus movimientos. Me gustaba estar ahí para realizarlos, esparcirme entre ellas, entenderlo desde mi cuerpo. Me compartieron un poco de lo que miran sus ojos, con lo que aprendí a combinar sus colores, y discernir las texturas adecuadas del vestido de fiesta, el de diario, el de domingo. Mis sentidos reaccionaron e incorporaron la inmensidad de formas, olores y tonalidades; mi piel olvidó las modas ya acostumbradas.

Escuché con atención lo que percibía mi cuerpo, lo que veía, lo que escuchaba u olía en lo cotidiano, en las calles, en las esquinas; Identifiqué las emociones que sentía en el espacio, al estar y desplazarme en él. Todo me abría la posibilidad de vincularme con Yibuti. Todo me daba respuestas y me planteaba nuevas preguntas.

Ya no me asusto cuando gritan cerca de mí. No me perturba sentir la densidad de su mano estrechando la mía. Ya no me angustio al ver tanto velo negro cubriendo su cuerpo; sólo huelo el cálido perfume que deja a su paso, lo escribo en mi memoria. Acepté la lentitud que las convierte en eternas, mi mirada ha musicalizado sus danzas. Aprendí a disfrutar la belleza sutil que se esconde tras esas telas tornasol (Yibuti, 2010).

Un recuerdo recurrente la calle Aux Mouches, en el centro. Imagino el escenario que se construye. Callejones infinitos, sucios, decadentes. La gente pasa, hay mucha. Avanzan lentamente. Recuerdo la sensación de cuando pisan mi sandalia torpemente. La calle está llena de infinitas telas de todos los colores posibles Las telas empiladas, según el color, el estampado, el uso. Veo la tienda que en la puerta tiene un poster con una niña orando a Alá, la niña es casi rubia. Las mujeres pasan. Su ingenio para combinar los estampados más impensables con el color más brillante nunca antes visto. Admiro el ritmo de la tela que se mueve marcando sus formas, el rápido gesto para acomodar el velo en sus hombros.

Me involucro con lo que tocan, con lo que respiran, con la manera como ven, sólo así entiendo mi cuerpo, solo así aprendo del otro cuerpo (Yibuti, 2010).

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* Una primera versión de este texto puede encontarse en el documento elaborado a partir del seminario El cuerpo y sus representaciones coordinado por Karen Cordero y organizado por el Cenidi Danza José Limón en 2009. Puede consultarse en:

https://mexicana.cultura.gob.mx/es/repositorio/detalle?id=_suri:INBA:TransObject:5bce83537a8a02074f8311fd

Bibliografìa

Lindon, A. (2009), “La construcción socioespacial de la ciudad: el sujeto cuerpo y el sujeto sentimiento” en Cuerpos emociones y sociedad, Córdoba, Núm. 1, Año 1, pp. 06-20.

Soto, P. (2011). “La ciudad pensada, la ciudad vivida, la ciudad imaginada. Reflexiones teóricas y empíricas”. La Ventana 34: 7-38

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Pesa más la rabia que el cemento

por Azul Taboada

  1. «Weeeeeey noooooo…»

Tiro por viaje toca leer a gente, ciudadanxs ampliamente conocedorxs de las Bellas Artes y ávidxs practicantes del civismo, quejarse de sus preciosísimos monumentos y edificios ultrajados durante equis marcha; no es cuento nuevo que la gente condene los daños a los baluartes nacionales. Tiro por viaje toca leer bromas como que el maldito monumento es opresor, e igual y directamente no lo es, pero definitivamente sí son una representación de las fuerzas estatales, patriarcales, y coloniales.

Y tiro por viaje nosotrxs seguimos acá, dando batalla sin pandearnos. Porque final de cuentas, lo que algunxs no alcanzan a ver es que lo verdaderamente significativo no es el monumento, sino absolutamente todo lo demás que sucede a su alrededor.

2. Entonces, primero lo primero: Los monumentos

Sería sumamente ingenuo sostener que los monumentos son solo unas “bellísimas” esculturas que adornan nuestra ciudad con señores a caballo, porque no lo son. Los monumentos existen entre lo político y lo escultórico.

Escultóricamente podemos ir diseccionando sus componentes formales:

  • Su dimensión rebasa la escala humana de manera deliberada, y no sólo eso, sino que además de ser gigantes se encuentran sobre un pedestal o columnas enormes que, literalmente, los hacen superiores a cualquiera de nosotrxs;
  • los materiales de los cuáles están hechos tienden a la tradición hegemónica escultórica: mármol, bronce, baños de oro, …
  • apelan a lo Universal, lo eterno, lo verdadero; éstos sostienen con sus columnas los símbolos de una nación, sus héroes, y valores.

Igual no es difícil deducir que los monumentos son instrumentos institucionales que tienen, como mínimo, la función de modelar los imaginarios histórico-identitarios y de reafirmar el poder estatal a un nivel simbólico dentro del marco de lo cotidiano. Nada es azaroso con los monumentos, namás que ya no lo sentimos.

3. Las “intervenciones”

Ahora sí, a lo que nos truje: “intervenir” monumentos (a falta de un término más exacto), es un acto que seguramente significa cosas diferentes para todxs las que lo hacemos, y mi intención no es ni dar una respuesta absoluta ni una justificación para nuestros actos, sino ir esbozando las implicaciones que eso tiene.

Cuando incidimos con una convicción política sobre un monumento, éste deja de ser una construcción en sí misma, cambia a ser el soporte de la intervención, es decir, que cambia el sentido original de ese monumento y le arrebatamos aunque sea por unos instantes- su poder simbólico.

A pesar de que el tamaño de las construcciones no se reduzca en el plano de lo real, ponernos cara a cara cambia el modo en que lo percibimos; las distancias entre el monumento y una persona ya no parecen tan gigantes. También se observa la contraposición de materiales; el bronce y el cemento contra la pintura en lata, la tela o la diamantina, y resultan más importantes aquellos materiales efímeros, “comunes”, por el simple hecho de que son más significativos. Sin embargo, yo propondría que lo más importante de intervenir monumentos está en aquello que no deja rastro físico alguno: el encuentro y la complicidad que se forman al llevar a cabo las intervenciones, la euforia y la sensación de disfrute colectivo.

4. Reclamar espacios

Llega a suceder que no es la manifestación la que se desborda, sino que es el desborde el que se manifiesta1, es decir, que el monumento contenido dentro de sí mismo, al intervenido comienza a englobar algo que lo rebasa, que no está formado de un material específico y que no tiene ni técnica ni forma concreta.

Sabemos perfectamente que una estructura no se tira a base de paliacates y spray en lata, pero sí se agrieta. Y esa grieta (simbólica y material2) dota de significado contextual tanto al monumento-soporte como al espacio en el que éste se encuentra: Entonces un cachito de espacio que pareciera ajeno y aséptico porque, claro, ya se han apresurado en limpiar todo para pretender que ahí nunca pasó nada- en realidad contiene varias capas mucho más relevantes para quienes lo podemos percibir; el recuerdo de una situación que nos es mil veces más cercana, y las complicidades que formamos, los gritos, nuestra rabia compartida, la emoción y el goce de estar todxs ahí reunidas, haciendo lo que nos dijeron que no debíamos hacer. Es un espacio que hemos reclamado.

5. Conclusiones: No pares, sigue sigue

Mi apuesta, al poner atención en los encuentros simbólicos que están sucediendo dentro del marco de las protestas políticas, está en ser más conscientes de las relaciones que abrimos tanto entre nosotrxs como con el espacio mismo. No hay que tomar a la ligera las miles de fuerzas que estamos creando, no es gratuita la reivindicación del anonimato, del momento y la potencia colectiva, de señalar las disputas y conflictos que existen en el espacio urbano.

Sigamos buscando otros modos de afectar a los espacios, de reclamarlos, porque así podemos implicarnos con esos territorios que aparecen en el encuentro.

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1 Parafraseando a las compañeras feministas que también reflexionan sobre las manifestaciones en la Ciudad de México (Anónimas, “No vamos a caer en sus provocaciones”. Artillería Inmanente https://artilleriainmanente.noblogs.org/post/2019/08/28/no/?paged=13 )

2 Un saludo a la bandita que salió a limpiar el Hemiciclo a Juárez con thiner y estopa.

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Azul Taboada. Ciudad Monstruo. 1997.

Anarkobruja transfeminista, entusiasta del ¡BUM! (de este perreo intenso) y pasante de la licenciatura en Artes Visuales, FAD, UNAM.

Ha participado en las exposiciones Periplo por el espacio: De lo privado a lo público (2019 Artspace, CdMx), hArto: Feria de arte necio (2018, Bogotá) y Sí, no sé (2017, CdMx).

@visceras_

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Territorios fuego, territorios mar.

fotografías por Mario Patiño

por Erika Bülle

noviembre de 2019

    Mi cuerpa, mi territorio, llena de fronteras liminares autoimpuestas, no es difícil entender porque existe la guerra entre cuerpxs, la defensa y la protección de la misma, de no sentirse vulnerada, de no sentirse abandonada, atesorar los instantes que parecen cómodos, que parecen seguros; espacios llenos de personas, pero solo pocas habitan una cuerpa como la mía, con estrías profundas y arrugas que aparecen a diario, manchas que recorren la piel y llegan al alma. Una cuerpa cubierta en su totalidad, ¿para qué dejarse ver? Solo el pensar sentir la mirada mórbida de las personas me hace suponer que allanan mi morada, el territorio que habito, que en más de una ocasión y de manera discreta se ve cuestionada por comentarios cargados de violencia, a lo que se le llama gordofobia. 

fotografía por Mario Patiño

Habito una cuerpa gorda, un territorio de más de 100 kilogramos que ha recorrido 50 años de otros y en otros territorios, protegiéndose de la inevitable herida del dolor de las palabras, del rechazo, la herida que como un gran paso decido hacer mía, sin embargo a veces caigo en la trampa, en el juego infausto del otro y lloro. Agujas lacerantes atraviesan mi cuerpa, la sensación de las argollas frías metálicas y brillantes me recuerdan que por mucho tiempo mi territorio ha portado el estigma de las medidas, el costo de las desmesuras, la soledad de los kilogramos. Miro la vida pasar escondida detrás de un escritorio, 10 horas sentada, hablando poco, sé que es el costo de tener esta cuerpa desbordada, tatuada, carente de los códigos hegemónicos de la buena presentación. Mi cuerpa es políticamente subversiva, mi mente lo es más, hay peligro al mirarme a los ojos, miradas que se confrontan unas a otras, que dan miedo o quizás asco, aún quiero ser optimista y pensar que solo es miedo. Observo la relación que mi cuerpa puede tener con otrxs, pero no hay ninguna otredad que desee estar conmigo, a decir verdad tampoco deseo su compañía.

    Salgo a Bogotá, sin expectativas, sin esperar nada, cambio de territorio, pero mi cuerpa sigue siendo la misma, la geografía me desgasta, la altura me dificulta la respiración, transito con dificultad, largas subidas que se deben caminar, el cansancio me abruma, me encuentro con otras corporalidades gordas, me amoldo, me estrujo, me siento protegida, por primera vez no me siento sola, nadie me presiona, nadie me apura, nadie me mira con morbo, nadie cuestiona mi peso, decido borrar aquellas fronteras autoimpuestas, decido sentirme querida, acompañada, acalorada.

    Me encuentro con otro cuerpx, otro territorio tan grande como el mío, delicado y joven, siento miedo, le vi llorar antes, me vio llorar antes.

    Cuerpxs desbordantes encontrándose por las noches, cuerpxs que se miran, que se tocan y que sienten, el miedo a los afectos, la construcción de un nuevo territorio partiendo del amor. Amor, esa palabra que se extingue poco a poco, que resulta ser el territorio de la periferia, de lo subalterno, lo que no se debe mencionar, lo que pone en riesgo cualquier tipo de encuentro, la nueva frontera ficticia, quién diría que la palabra amor se convertiría en un territorio de guerra al pasar de los años, lo indecible, lo prohibido, lo no imaginable, lo que nos margina y nos lleva a la soledad. ¿Es realmente el amor una construcción romántica falsa y dañina?, o es que no queremos enunciarlo por miedo a perder algo que de todas formas no tenemos, como la libertad, ya que las fronteras nos han quitado eso, ser libres.

    Los años me han ido suprimiendo lo que por instantes regresa. La humedad de mi cuerpo, el estremecimiento de mis músculos, las sensación de vivir y sentir aquellas partes de mi cuerpo que pensé estaban muertas, pero solo estaban dormidas, quizás aturdidas, quizás confundidas, me convierto en fuego y a la vez un territorio lleno de mares, que no son lágrimas, aquellos flujos que pensaba secos, aquellos mares que se volvieron desiertos regresaron escurriendo entre las piernas, entre los senos, atrás de mi cuello escucho su respiración. Al sonar de los cuerpos las fronteras se pierden para fundirse entre las carnes, entre los besos, caricias y deseos que se cimbran en un terremoto corporal, en un terremoto emocional, afectivo quizás.

   Todo se desborda, el cuidado, la ternura, la intimidad. Me hundo en un vórtice de memorias corporales, de cuestionamientos, sin querer las fronteras de mi gran territorio aparecen y se diluyen en un vaivén de miedos ocultos, de deseos reprimidos, de llantos internos, de risas escondidas, si tan solo tuviera 20 años menos. Las llamas me invaden, siento que el sudor moja la sábana, Eros y Thanatos se encuentran en la respiración, aquella que se corta a momentos, que me produce un ligero mareo, el vómito de mis emociones, dejar salir al demonio habitante constante de mi cuerpa, dominador de mi territorio.

    Cuerpxs gordxs, identidades no binarias, identidades que se encuentran, identidades que han decidido romper con todas las fronteras que nuestros territorios gordxs habían impuesto.

    Sin embargo en su momento regreso a la soledad de mis pensamientos, al habitar de los infiernos de mi cuerpa porque ese es el único lugar que debe habitar un cuerpx que cayó en el acto de la gula, ángeles caídos por los excesos de la comida, hay que poner nuevas fronteras, para enfrentar la confrontación de las miradas, presentir el terror que se tiene de habitar una cuerpa como la mía, de sentir la lástima que le tienen a una enferma, regresar al escritorio que es ese gran escudo donde nadie puede ver mi cuerpa, pasar a ser la persona simpática y amable que si tan solo cumpliera con las normas hegemónicas de la buena presentación…

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ERIKA BÜLLE.Ciudad de México.Artista Visual obteniendo el grado de Doctora en Artes y Diseño en el área de performance por la FAD – UNAM, con la tesis “112 Kilogramos, la performance como herramienta en el activismo gordo mexicano. Propuesta pedagógica y de producción del 2014 al 2017”, obteniendo la mención honorífica y el estímulo a la graduación oportuna.Contó con la distinción de la beca UNAM para realizar estudios de doctorado, así como dos apoyos UNAM de prácticas escolares para la realización de proyectos. Seleccionada en el festival Performatirum “The Badass bodies” 2019 Regina Canadá, la Bienal Tempting Failure 2018, Londres. Representante de Latinoamérica en el festival de performance, Buzzcut, Escocia, 2017. Bienal Forma y Sustancia en Guatemala 2017 y Costa Rica 2019. Seleccionada para representar a México en el festival de performance Rapid Pulse, Chicago, 2016 y en el festival de performance y video/performance Perfoartnet Colombia y el festival de performance y arte vivo Bem me cuir, Brasil entre otros.En México se ha presentado en distintos festivales y espacios como el Museo Rufino Tamayo, Museo de Arte Moderno, Museo de la Ciudad de México, XTeresa, MUAC, solo por mencionar algunos.Cuenta con 30 años de experiencia en la práctica de la performance. Ha colaborado con colectivos de prestigio internacional como La Pocha Nostra y SEMEFO.

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#Un Comentario Sobre Las Letras Blancas en CU

por Diego Olmos

Actualmente estoy haciendo mi tesis. Yo estudié Arte y Diseño en la UNAM. Siguiendo la temática de esta edición, estoy escribiendo desde lo académico sobre un territorio y espacio que se reclama en Las Islas desde 2017, las tipografías monumentales, las letras blancas, el monumento o cualquier nombre que le quieran poner, según tu inclinación estética o política, #HechoenCU. No sólo escribo sobre el #HechoenCU sino de sus homólogos Autonomía90, PAZ y AMISTAD, estructuras de lámina negra pintadas de blanco. Estas tipografías en el espacio público ya son frecuentes en nuestros recorridos no sólo en las universidades y en la ciudad, sino también ya las encontramos en los llamados “Pueblos Mágicos”. Estos colosos devienen de estas lógicas del branding que quieren presentar al espacio público urbano, rural y hasta universitario como una marca. Podemos pensar en muchos ejemplos y yo creo que en nuestros recorridos las vemos e incluso percibimos a personas tomándose una foto con ellas. Pero no sólo hablo de lo que representan, sino que hablo de las Letras Blncas intervenidas.

Las letras blancas dieron de que hablar después del 5 de mayo de 2017, ya que fueron rayadas después de una protesta feminista al marco del feminicidio de Lesvy Berlín dentro de la universidad. Esa misma noche estudiantes entusiastas y muy patrimonialistas con estopas y thinner se organizaron para limpiarlas, puesto que, lo que ellos entienden como patrimonio no debería sufrir esas transgresiones.

Ahí empezó el pleito, ahí fue la ruptura. La universidad se partió en tres grupos de estudiantes: los “condeno enérgicamente” los “lo quemaremos todo con todo y orgullo universitario” y los “no me importa”. Este debate ha sido importante en los últimos meses, puesto que piensa en el valor moral de las acciones y las cosas. Curiosamente #HechoenCU tiene un hashtag, porque la utilidad es subir la foto de la cosa o con la cosa a las redes sociales. Así mismo se suben las intervenciones y rayas obedeciendo a la génesis del monumento, llegar del espacio público al espacio virtual. En éste, múltiples conflictos entre usuarios han encontrado lugar: denunciando, compartiendo, reportando, burlándose e incluso hacer todo lo posible para que la documentación de la intervención ya no exista.

Si uno en un rato libre busca en Facebook #HechoenCU encontrará la constelación de imágenes que nos hablan de un momento coyuntural, la universidad idealizada desde el objeto contra la universidad politizada. Sobra decir que los estudiantes no van por la vida rayando cuando quieren, sino que todas estas injerencias se enmarcan en procesos de violencia, Lesvy, Los Porros y Aide, por mencionar algunos.

El coloso blanco se presta como un lienzo blanco de denuncia, ese objeto que quiere desviar la atención es usado para intervenirlo y sacar la lengua contra quienes niegan las violencias dentro de los centros y facultades de la UNAM. Más allá de plataforma, es un espacio de discordia que encuentra salidas estéticas dignas de estudio y replicación. Ya no sólo son grafittis aleatorios, ahora el monumento es utilizado como un banco o fondo de memoria en el que se invocan y convocan nombres de estudiantes, docentes y cualquier miembro de la comunidad víctima de la violencia e impunidad que se vive en este país.

Desde tapar la palabra Hecho con una manta que dice MUERTO para formar #MuertoenCU, llenar de crucifijos el perímetro de la escultura para representar un panteón o incluso desarmar y tirar al espejo de agua la palabra Autonomía, se nos presenta un panorama amplísimo de los lenguajes, vocabularios y gramáticas de la ausencia, de la presencia, del peligro y al mismo tiempo de la revuelta estudiantil contemporánea.

Yo he sido testigo desde los dos espacios, desde el virtual y desde el físico. Ambos espacios encuentran oportunidades de experiencias impactantes, desde ver la recepción de la publicación hasta contemplar cómo un monumento con una retórica establecida, a través de maniobras y estrategias, cambia de sentido impactantemente. El monumento y el espacio que lo contiene ya no tiene una simple función, las intervenciones nos muestran las fragilidades de los territorios.

Las palabras que revuelan mi cabeza después de ver y presenciar estas imágenes siempre son memoria, deseo, presencia, ausencia y violencia. Palabras que a todxs nos llegan, nos tocan las fibras. Espero que después de la violencia que nos aterra, que nos paraliza a salir, podamos organizarnos para resistir sin dejar absorbernos o romantizarnos y que formemos lenguajes y gramáticas que también nos permitan accionar desde la estética.

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Diego Olmos Mancera nacido en 1997 estudió la licenciatura en Arte y Diseño siendo parte de la última generación de la Facultad de Artes y Diseño Xochimilco. Su práctica artística y académica encuentra intereses con el espacio público, las redes sociales y la visibilidad política. Su formación estudiantil ha estado acompañada por procesos educativos, curatoriales y museológicos en diversas instituciones en las que destaca el MUAC. Ha sido asistente en la producción de piezas para artistas como Melanie Smith, Núria Güells y Guillermo Santamarina por mencionar algunos. Actualmente realiza su tesis que se enfoca a la nueva escultura y monumentalidad reflexionada desde la memoria y la cultura visual en Ciudad Universitaria en los últimos dos años y es un mimbro actual de la Red Iberoamericana de Pedagogías Empáticas como artista independiente

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Transicionar en mi andar, soy sexo-disidente y cuerpa.

Ilustración por Lolita D´eon

Por Tessa Galeana

Cuerpo-territorio, el que habitamos, que construimos, que modificamos cuando deseamos, cuando queremos, cuando podemos. Sin embargo, vamos andando, sin siquiera mirarlo, sentirlo, leerlo, escucharlo. Me veía como un mero espectador, fuera de este cuerpo que habito y que vivo, solía creer que una vasija era algo indiferente, insignificante, hasta que comprendí que mi vasija es mi contenedor, mi único espacio personal en el que puedo concretar mi ser, mi pensar, mi yo.

Aprendemos muy bien del autoengaño, a enmascararnos para formar parte de un todo y una nada, un vacío que nos van fomentando, nada parece tener sentido. Vivimos fuera de nosotras porque no somos nada en un sistema que nos mira como meros objetos. Maquillaje, zapatillas, peinado moderno, tinte realzador de brillo, fajas, medias, vestidos acorde a mi complexión, perseguir estereotipos para encajar en una sociedad patriarcal. Hicieron uso de mi cuerpo a su antojo, lo tomaron sin siquiera yo desearlo, ultrajaron mi esencia, me hicieron sentir que no valía la pena, que yo era una cualquiera. Pero ¿qué es ser una cualquiera? He aprendido a resignificar muchas palabras en mí andar, es una manera de tomar resistencia y rebeldía ante el sistema que me quiere como modelo robótico para aceptarme.

Cada día que pasaba estaba inmersa en complacer a los demás, mi cuerpo no me pertenecía en realidad, era ajena a mis formas, mis deseos. Miraba otros cuerpos y deseaba tenerlos, porque no podía ver lo que yo era, lo que tenía, intentaba perseguir modas, desde la voz hasta la punta de mis dedos de los pies, no era yo.

El exterior era más importante, siempre preocupada por las y los demás, dejé de tener autocuidado y no me enfoqué en mí. Hasta que mi proceso comenzó, entendí que lo personal es político, mi transición fue influenciada porque reconocí a otras personas como yo, descubrí que cuando nos relacionamos con personas que nos dejan el mismo sistema modelo capitalista, nos envolvemos a tal grado de que nos perdemos, nos fusionamos unas, unos con otras, otros.

El día que llegó mi hartazgo, se convirtió en mi momento de introspección, de interiorizar todo aquello que me estaban queriendo arrebatar, que no me era reconocible, ni siquiera era lo que yo deseaba. Tenía miedo de salir de esa burbuja en la que estaba envuelta, en ese molde al que me habían condicionado.

Ver el cuerpo como un territorio es la principal idea de poder politizar mi cuerpa ante un sistema que nos ve como números; se convirtió en mi territorio de defensa, porque lo habito, lo lleno, lo formo, transito en un mundo en el que necesito romper con estigmas, estereotipos, moldes obsoletos.

Soy un sexo disidente, aprendí a ser subversiva, a no encajar en la normalidad, desde mi ideología, hasta mí actuar, busqué por mucho tiempo algo que me hiciera identificar, hoy con comprensión lo logré, mi cuerpa es mi mayor anécdota, un rostro lastimado por productos capitalistas, los pies lacerados por la belleza patriarcal, una maternidad obligada que me pesa y que no me molesta mostrarme arrepentida.

Mi memoria física dice muchas cosas que dentro de mi cuerpa están, que no se van, que están para aprender, para resistir, para resilir, para compartir. No me interesa más formar parte de esa estructura en donde existe lo bonito y feo, lo bueno y lo malo, lo lento y lo rápido, lo inteligente y lo tonto.

Recorro mi existencia a través del entendimiento, politizarme me ha permitido reconocer memorias escondidas que no habían podido entenderse, me reconozco en otras mujeres, me acaricio cada día, puedo dejar de darme asco, dejar de anhelar algo que no puedo ni quiero ser. Entiendo a otras cuerpas, las respeto, porque cada una es única; la diversidad nos conjuga, nos permite estar en un engranaje enorme, en las periferias, en esas zonas donde pareciera que solo unas/os cuantas/os pueden ingresar, porque somos las feas, las irremediables, las inconcebibles, las ingratas, las malagradecidas, las que no queremos seguir lamiendo los pies al sistema, que no estamos dispuestas a continuar sonriendo para complacer, las que somos monstruas por no querer amar hombres, ni relacionarnos sexo-afectivamente con ellos, porque entre mujeres hemos encontrado amor libre, sin miedos, sin culpas.

Las memorias de mi cuerpa están, las resignifico y reivindico, porque así es como se puede vivir libre, sin modelos inalcanzables, siendo yo.

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Tessa Galeana

Periodista y escritora comprometida con lograr conciencia en la sociedad, erradicación de la discriminación, desmitificación de la maternidad, violencia hacia la mujer, roles de género y todo aquello que nos segmenta en esta sociedad patriarcal. Ha colaborado para revistas digitales como Citric Magazine y Fanzines Feministas. Actualmente, es encargada de crear contenido en redes sociales para LUNA, Escuela de Pensamiento Feminista.

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