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cartografía de niñe esperando un autobus

imagen por Lolita-D’eon

por Marycarmen Lara-Villanueva

te encuentro en la parada de autobus de esta ciudad “multicultural”—nuestras miradas se cruzan y se trenzan en un si y un no. presto atención a tu cuerpo que no cabe en este espacio que nos asignaron. tu ropa es un ensamblaje de estrofas—tu sudadera negra con esa capucha que cubre tu cabeza, es teoría. los audífonos que adornan tus orejas me dicen que también tienes sueños inconcebibles y en una canción nos encontramos. la pedagogía del hip-hop haciendo conjuro y escucho a lo lejos a Kendrick Lamar. me quiero infiltrar en tu playlist, dejarme influenciar.

tu cuerpo y su teoría, desestabilizan la parada del autobús y con tu magia incendias todo. el esmalte en tus uñas hace juego con tus pulseras, que me recuerdan lo que se siente tratar de encajar en los discursos académicos en los que me enredo, me escondo, me pierdo. tu cuerpo y sus adornos son un marco teórico y ahí me sitúo. miro como encarnas la epistemología de la subversión y así empiezas una revolución: en tu playlist, en tus manos y en los sueños en los que nos encontramos. no cabes en este asiento, tampoco en el autobús, ni en la calle, ni en la ciudad que nunca ha sido amable contigo, ni con el esmalte de tus uñas —tampoco conmigo.

el tiempo linear es una herramienta colonial y en espera del autobús, tu y yo sabemos que hay mas tiempo que este tiempo. intentas buscar refugio, pero yo estoy aquí y no es necesario. tu madre y yo tenemos una alianza que—aún sin conocernos—nos rebaza. ella sabe que las políticas identitarias hegemónicas de la masculinidad tampoco te gobiernan y aunque teme, todos los días me pide que también te proteja, con la misma furia con la que resguardo a mis hijes.

en tus manos llevas un libro de ciencia, pero bien sabes que el racismo epistémico configura los conocimientos de tal forma que no estamos. en tu escuela te vas a encontrar con una estructura que te quiere borrar, pero tu trasciendes los libros de texto y las lecciones blanqueadas en las que aun tratan de incluirte, al mismo tiempo que pretenden arrebatártelo todo: mul-ti-cul-tu-ra-lis-mo. rebazas su currículo con tu presencia sin complejos, desestabilizas el orden de todas las instituciones que han tratado vanamente de desaparecerte. te escapas y en tu playlist, nos encontramos.

te quiero decir que te veo. te digo que hay mejores futuros. yo estoy aquí para sostenerte, mi niñe. trépame como a un árbol. yo ya estoy anclada y no tengo miedo, tu tampoco lo tengas. escálame como a un cedro, que nada nos detendrá. imaginemos sueños idealistas, seamos ilusxs, que lo que no se imagina no existe y ya nada nos detendrá!

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Sobre la autora:

Marycarmen Lara-Villanueva: organizadora comunitaria y estudiante de doctorado en el Instituto de Estudios en Educación de Ontario, en la Universidad de Toronto, donde investiga temas de racismo anti-Negro, teorías anti-coloniales y maternidades subversivas. Sus publicaciones incluyen artículos sobre la supremacía blanca en el sistema educativo euro-canadiense, así como políticas de la maternidad. Ha presentado su trabajo en conferencias académicas en Mexico, Canada, Francia y próximamente Ghana. Marycarmen también es madre de dos hijes, disfruta correr largas distancias y tomar café a solas.

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Cuerpas desnudas frente al lente. Reflexiones con amigas

imagen por Magalli Salazar

por Alejandra Bonilla González

Cuando Raquel me pidió que posara desnuda para ella acepté, primero, porque era mi amiga y necesitaba ayuda en su propuesta de sesión de desnudos feministas para un trabajo final de la escuela de fotografía, pero también porque me daba curiosidad experimentar el mostrarme sin ropa y posar frente a mis amigas, pues Alondra, la chica más divertida y confiable de mi universidad, haría la sesión conmigo. No me lo planteé como una situación erótica entre mujeres (¡que cuando así se quieren son tan placenteras!), más bien, significaba reconocer mi cuerpa como mi primer territorio y mostrarla libre, plena y verdadera frente a otras féminas, y más importante, frente a mí misma. Pero por obvio que sea, la situación ameritaba varios retos por los que yo no había atravesado.

Al llegar con mis amigas hablamos un poco y Raquel nos hizo algunas preguntas importantes para plantear su proyecto como desnudos feministas, y, entre tanta charla, una de las preguntas que mayormente recuerdo fue si nuestra cuerpa nos pertenecía o no. “¡Pues sí! ¡Claro que nos pertenece!”, contestamos Alondra y yo efusivas. Pero entonces, ¿qué pasaba cuando transgredían nuestra corporeidad, desde las opiniones misóginas de nuestros profesores hasta el feminicidio por nuestras parejas? Bajo estas circunstancias, ¿la cuerpa seguía siendo nuestra? ¡Por supuesto que sí! Lo diré y lo gritaré las veces que sean necesarias.

La cuerpa es nuestra y NO le pertenece a nadie más que a nosotras mismas, ni a nuestras parejas, ni a Dios, ni a mamá y papá, ni al tipo que nos manosea en la calle, ni a NADIE más. El problema cuando lo dudamos (y quiero aclarar que Raquel nunca lo dudó, sino que trataba de provocarnos con sus preguntas para escuchar nuestras respuestas) es que le sistema lleva generaciones completas haciéndonos sentir y creer que esto no es así, y más bien, nos obliga a pensar que nuestra cuerpa existe para crítica y disfrute ajeno. Por ejemplo, los medios nos bombardean con imágenes de mujeres jóvenes, esbeltas y bien arregladas todo el tiempo, además de mostrarlas como las favoritas de los hombres. ¿Y qué pasa con las mujeres que no cumplimos con esos cánones estéticos al pie de la letra? ¿O con las mujeres que no sean ser las favoritas de los hombres ni nada de ellos? En mi propia historia, recuerdo que hace años cuando era una adolescente, me puse de todo en las estrías de los senos para que desaparecieran, después gasté mensualidades completas en productos para el cabello, maquillaje y ropa que no necesitaba, pero siempre tenía una sensación de que no era suficiente, como si siempre me faltara algo. Pero no, a mí no me faltaba nada, mi cuerpa estaba y está completa. Ahora sé que hagas lo que hagas para el patriarcado nunca es suficiente, siempre hay algo que puedes hacer para “verte más hermosa” según sus parámetros de lo bello en una cuerpa de mujer. Aunque, de hecho, el sistema siempre busca que te sientas así y no sólo en lo estético: insuficiente.

Por otro lado, y mientras combates los demonios que el patriarcado te introdujo, un día sales a la calle sintiéndote bonita, feliz, libre y plena y es ahí cuando algún cobarde te mete la mano en la entrepierna mientras vas en el bus o bailas en el bar, te levanta la falta cuando sales del colegio o cuando vas a un encuentro erótico, te lanza algún piropo mientras sales a hacer ejercicio o caminas ebria por la banqueta, la situación da completamente igual. Y es ahí donde el Estado, los usos y costumbres culturales y la gente que te rodea te culpan a ti porque “algo debiste haber hecho para provocarlo”. Las compañeras chilenas con el grito tan sonado de “y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía, el violador eres tú”, hacen referencia al sistema violador donde se señala no solamente a quien perpetua el acto, sino también al sistema misógino que permite y fomenta que las transgresiones a nosotras ocurran a diario con evidente odio. La cuerpa nos pertenece, sin duda. Fue el patriarcado el que nos hizo dudar o sentir que esto no era así.

Después de esas reflexiones comenzamos la sesión. Y ahí, viendo la cuerpa desnuda de Alondra, me di cuenta que no solamente se trataba de mostrarme y reconocerme, sino también de reconocer una cuerpa ajena que se estaba mostrando libre frente a mí. Mientras nos tomaban las fotos y posábamos, como las mejores amigas que somos, manteníamos la conversación con Raquel sobre las luchas internas que hemos edificado en la reapropiación de nuestros cuerpos, y claro, también contábamos anécdotas, sentimientos, secretos e ideas sobre cómo esas luchas internas las estamos transformando en colectivas y día a día nos hacemos más fuertes dentro del territorio que son nuestras cuerpas. Amo a mis amigas profundamente y a todas las fuertes enseñanzas que a diario construimos y sembramos juntas, y claro, no es que siempre estemos felices y dispuestas a tomar un té y reír, es que a su lado también comparto y exploro el enojo que generamos, el miedo que sentimos, la tristeza que nos golpea, la agonía que mata y la rabia que quiere incendiarlo todo cuando tocan a una de nosotras. Con ellas me conozco y me reconozco en mi propio territorio corpóreo.

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Alejandra Bonilla González: Estudiante de Historia de la Faculta de Filosofía y Letras de la UNAM; bisexual, amiga, hija, nieta, pareja sentimental y, sobre todo, compañera de lucha de mis hermanas. Por otro lado, soy becaria CONACYT en el Instituto Mora, coorganizadora de varios congresos y coloquios sobre mujeres en la Historia en la UNAM, además de ponente en diversas universidades de la República Mexicana como la UNAM, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad Autónoma de Tlaxcala con trabajos sobre violencia, movimientos sociales y disidencias sexuales.

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El cuidado colectivo, la respuesta desde abajo: estrategias y autodefensa feminista en torno a la violencia de género en la Ciudad de México

Por Paola Flores

Mural realizado por la comunidad estudiantil de la Prepa 9, 4 de Octubre 2019. Foto: Jota Ele Muñoz vía Colectivo Crea Ciudad

Tu cuerpo se acostumbra a estar tenso. Aprende a estar a la defensiva.

La Ciudad de México, es la entidad con el más alto índice de mujeres violentadas en el espacio público a nivel nacional[1]. Se estima que seis de cada 10 mujeres han sido agredidas de distintas formas en la calle, parques o transporte público[2]. Entre las agresiones más frecuentes se encuentran frases ofensivas de carácter sexual (74%) y el tocamiento inapropiado (58%)[3]. Esta situación ubica a la capital del país como uno de los entornos con mayor prevalencia de agresiones contra las mujeres en los ámbitos comunitarios[4].

Feminicidios, agresiones sexuales, secuestros y acoso no son solo palabras que se escuchan en medios y redes sociales; son situaciones comunes que enfrentan las mujeres y que repercuten en cómo usan, disfrutan y se trasladan en la ciudad.

Como respuesta gubernamental se cuenta con programas para erradicar la violencia contra las mujeres en los espacios urbanos, específicamente el Programa Ciudad Segura y Amigable para Mujeres y Niñas, vigente desde 2015 en la CDMX. Sin embargo es evidente que las acciones no han sido efectivas; al contrario, las mujeres revelan que la percepción de vulnerabilidad a ser atacadas persiste, así como la búsqueda e implementación de alternativas para enfrentar la grave situación[5].

Lo anterior, ha desarrollado una relación compleja con el espacio público de la ciudad, una relación que involucra el miedo y la precaución constante y que ante ello, desde sus propias condiciones socio-espaciales; las mujeres han adaptado estrategias de cuidado individuales o en grupo que involucran actividades y prácticas, desplazamientos y formas de actuar.

De manera paralela, se observa la emergencia de organizaciones de mujeres que apuestan activamente por la autodefensa feminista, apuestan actuar desde una perspectiva que integre la concientización, la organización y el cuidado colectivo como formas de generar seguridad y protección entre mujeres.

El presente ensayo explora la manera en la que desde diversos contextos, las mujeres generan alternativas de protección y cuidado ante el escenario de poca efectividad que ofrecen las políticas gubernamentales. Se toman de referente las iniciativas cotidianas en los espacios próximos así como aquellas que han surgido y consolidado a partir del activismo y militancia[6].

 

Andar en la ciudad: ¿Cómo se siente el miedo en el cuerpo de las mujeres? 

“Es algo que siento casi todos los días y que he sentido a lo largo de toda mi vida. La sensación inicia en mi estómago, siento burbujas que se van haciendo cada vez más grandes y me sobrepasan”.

Vivir en un contexto amenazante que es cada vez más cruel, tiene ya consecuencias importantes en la vida cotidiana de las mujeres. La sensación de miedo, ante la amenaza o bien la violencia misma, deja secuelas en lo memoria corporal, impactando en su dimensión física y emocional y en efecto en su relación socio espacial. La sensación de angustia es un continuo, se alimenta de otras violencias y hace frente a las nuevas formas de ejercerla, los  mecanismos y modus operandi que no cesan de cambiar. La experiencia de las mujeres en el espacio público incorpora de principio un miedo manifestado en la incertidumbre de vivir algún episodio de violencia.

“Antes sabías qué horarios o lugares no visitar, ahora te sientes vulnerable en todos los espacios y transportes, piensas que la siguiente serás tú”.

No sólo se siente el miedo a transitar o usar un espacio determinado, también el miedo como resultado de la desigualdad en las relaciones de poder, que construye a la mujer como un territorio que puede ser ultrajado de manera impune (y muchas veces aceptada) en el espacio público. Lo anterior reproduce la sensación de ausencia de libertad, las reacciones físicas que causa “asfixian”, “paralizan y mantienen inmóvil”.

“El miedo invade mis piernas y se empiezan a debilitar, la voz no logra salir”.

Vergüenza, frustración, desconfianza y enojo, eso es lo que sienten las mujeres después de haber sido atacadas, por el acto mismo y por la confusión de no saber qué hacer o no tener capacidad de hacerlo. El sentimiento de pérdida de libertad e imposibilidad de actuar; empeora con los actos seguidos del episodio violento. El cuerpo es agredido en todas sus dimensiones posibles.

 

Las respuestas desde abajo

El cuerpo no sólo resiente sino que reacciona a un escenario hostil en el que hay que estar en constante alerta. En este sentido, la relación con el espacio público de la CDMX, se compone de experiencias, percepciones e imaginarios, muchas veces en función de la precaución y la defensa. Las mujeres planean sus actividades a partir de sumar elementos a favor de su protección, crean estrategias para sentirse seguras en los espacios públicos, con la finalidad de pasar “desapercibidas” y evitar ser atacadas.

La concientización de estas violencias, a partir de sus experiencias propias -corporales- tiene implicaciones importantes al tomar decisiones respecto a sus actividades cotidianas. Estas estrategias o iniciativas populares, pueden estar articuladas de la siguiente manera:

Espontáneas sin largo alcance

Generadas después de algún caso sonado de violencia, se difunden mayoritariamente en las redes sociales. Su fugacidad e improvisación no permite impactar de manera importante. Aunque tienen un objetivo preciso, pocas veces son efectivas. No perduran en el tiempo. Un ejemplo es la invitación realizada en redes sociales a llevar un listón morado en la muñeca para identificar que pueden acercarse a pedirte ayuda. Asimismo, varios comercios comenzaron a ofrecer teléfono, traslado, y lugar seguro en caso de alguna situación de acoso o violencia cerca de su establecimiento.

Estrategias populares cotidianas (personales o en grupo) que se consolidan y replican

Son aquellas que se socializan e implementan en círculos cercanos, utilizando diferentes formas de transmisión, generalmente con mujeres de la familia, escuela, trabajo, amistades o vecinas. Es decir, su efectividad se caracteriza implementarse en grupos cerrados, en el que existe un vínculo, lo que permite que sea casi de manera orgánica el avisar “ya llegué”.

Son estrategias que se “vuelven hábito” y que se han ido perfeccionando. Aquí entran las iniciativas relacionadas con las herramientas de autodefensa (específicamente anillos, cuchillos, llaveros, botones de pánico, spray) o bien la utilización de objetos que traen en su bolsa habitualmente, para protegerse (llaves, lápices, perfumes). “Caminando de noche, uso las lleves en la mano dispuesta a defenderme si lo requiero”. Su socialización se ha extendido a las redes sociales trascendiendo a otros ámbitos socio espaciales.

Pensar en cómo vestir, compartir rutas, formas de transitar, hacer viajes compartidos con otras mujeres, formar parte de grupos virtuales de comunicación, planear el horario de visita de algún lugar, entrenarse, cargar objetos punzocortantes, son algunas de las estrategias que se han consolidado entre las mujeres para hacer frente a la situación. A continuación se muestra cómo se integran estas estrategias en el desplazamiento cotidiano:

 

 

Si desmenuzamos estas “técnicas de cuidado”, podemos observar un proceso complejo. Parece que surgen de forma espontánea, por inercia o por instinto; sin embargo, cuando se socializan, cuando se comparten o se transmiten generacionalmente, cuando se entrenan, repiten, mejoran, pueden detonar procesos de agencia y apropiación colectiva conformándose en mecanismos de autodefensa femenina popular.

“Me interesa más saber qué pasa y en función de ello las precauciones. Estamos más activas y más proactivas”.

Estrategias llevadas a cabo por grupos o colectivos de autodefensa feminista

La autodefensa feminista es un proceso que permite tener herramientas para poder enfrentar episodios de violencia, “o salir de situaciones de riesgo”, integra diversas dimensiones, desde la práctica física, la atención de lo psicológico y emocional, cuestiones legales o protocolarias, etc. Más allá de la transmisión, entrenamiento y práctica de estas estrategias; lo importante son los procesos mismos. La autodefensa feminista, da la posibilidad de crear espacios colectivos de cuidado en el que convergen distintas prácticas de transformación social. Es indispensable entonces, valorar y aprender de las alternativas feministas gestadas desde abajo, sobre su capacidad para comprender el problema, organizarse y construir respuestas y formas de hacer propias.

“Organizar la rabia”

Debido al contexto actual, la popularidad de entrenarse para auto defenderse se ha extendido, pueden observarse gimnasios, cursos, clases particulares que hacen uso de herramientas de diversas disciplinas (box, artes marciales…) para actuar en caso necesario. Sin embargo, desde la perspectiva feminista, es una propuesta integral, no se queda en un mero entrenamiento físico. Es decir, la autodefensa feminista es una plataforma de alternativas para hacer frente situaciones de violencia que viven las mujeres a partir de procesos de concientización y cuidado en comunidad, hay una construcción sobre lo que significa cuidarse-cuidarnos, manifestada en sus procesos empíricos.

Para Cuadrilla Violeta, colectiva en la CDMX, el proceso pedagógico que conlleva la autodefensa feminista requiere técnicas individuales de reconocimiento corporal, de sus memorias, sus límites, capacidades y potencialidades, técnicas colectivas que aportan al fortalecimiento y creación de redes de apoyo y técnicas multidisciplinarias que permitan abarcar los elementos del amplio abanico de violencias al que estamos expuestas.

Es importante no perder de vista la carga política y transformadora de estos espacios. El cuidado deja de ser una responsabilidad meramente individual, creencia que nos impone el sistema neoliberal en el que estamos inmersos. El cuidado es colectivo, se hace con otras mujeres, construyendo en comunidad, procurando la protección pero también la sanación y la acción. En estos pequeños espacios se entretejen nuevas formas de relacionarnos como mujeres; son ejercicios de construcción de autonomías, una autonomía ligada a la seguridad, pero también a las formas de organización, gestión y construcción de conocimiento. En estos espacios se construyen formas propias de cuidarse. Son un referente en el acompañamiento y en la re significación del miedo. El miedo ya no paraliza. Se supera el objetivo de bien reaccionar ante una situación de riesgo, y se camina hacia la apropiación del cuerpo como el territorio más nuestro y por ende, el derecho a vivir libres de violencia en la ciudad, siempre en comunidad, siempre con sororidad.

[1] Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (INEGI, 2016).

[2] Palabras de la presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Nashieli Ramírez Hernández en la firma de convenio entre Poder Judicial, INMUJERES CDMX y la Organización Equis Justicia para las Mujeres, 27 de febrero 2018.

[3] Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (INEGI, 2016).

[4] La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia define violencia comunitaria como “los actos individuales o colectivos que transgreden derechos fundamentales de las mujeres y propician su denigración, discriminación, marginación y exclusión del ámbito público“. Como ejemplo se citan tocamientos, piropos, insinuaciones sexuales, comportamientos intimidatorios o agresivos y restricción de la participación de las mujeres en los procesos de su comunidad.

[5] Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública[5] un 82% dicen sentirse inseguras de vivir y transitar en la capital (INEGI, 2018).

[6] El ensayo forma parte de un proyecto colaborativo de investigación sobre la violencia de género en los espacios públicos de la CDMX.  Además de estar fuertemente apoyado en un trabajo etnográfico, se integran los hallazgos del proceso de Investigación Acción Participativa implementado con un grupo de mujeres de diversas realidades; así como las voces y experiencia de Diva Ortiz del Colectivo Cuadrilla Violeta y Mariana Ramírez de Polifeminismo.

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Paola Flores (Ciudad de México 1982). Feminista, doctoranda en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana. Aficionada a lo que sucede en las calles. Estudia sobre los movimientos urbanos, la participación, la autogestión, espacio público, los feminismos y la subjetividad. Cree de manera ferviente en la producción colectiva del conocimiento. Ha realizado ejercicios de investigación acción en países como México, Haití, Jordania y Honduras. Ha tenido la fortuna de colaborar en proyectos de educación popular en medios rurales y urbanos. Forma parte del Colectivo Crea Ciudad, espacio de investigación creativa sobre temas urbanos.

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De lo material a lo sagrado, por una ética del cuidado

Por Aitza Miroslava

Ilustración: Ailén Possamay

Quererse viva y libre en este sistema homicida es un deseo que se construye, que se tiene que renovar diariamente. Derrocar el sometimiento y la autodestrucción es tejer una nueva subjetividad a diario. Las mujeres sobrevivimos, pero nuestra aniquilación sigue dos frentes. El más brutal, el de nuestros cuerpos desaparecidos, mutilados, violados, asesinados o convertidos en mercancía en el mercado sexual y/o reproductivo. El otro, sutil y macabro, está encarnado en nuestro mundo emocional.

Nuestra crianza está pautada por las reglas dominantes del género y eso, más que una afirmación teórica, es una saturación de presencias y mandatos que nos habitarán toda la vida. Estas “presencias” tendrán un rostro específico de acuerdo a la geografía y circunstancia de nuestro nacimiento, ese que da lugar a nuestra etnicidad, corporalidad, clase, raza y orientación sexual.

Las personas que, estando y no, se encargan de la crianza juegan un papel fundamental en lo que será nuestra manera de vivir. Las violencias a las que nos enfrentamos a edades tempranas condicionarán las formas en las que nos relacionaremos con nosotras mismas. La crianza se inserta en una estructura sociocultural y material específica que posibilita estas violencias, pero para cada una de nosotras la crianza tiene rostros y nombres propios y entender las circunstancias no será suficiente para trascender lo que se ha encarnado.

Las sobrevivientes de las violencias sexuales, físicas y emocionales vividas en la infancia albergamos a los enemigos en el cuerpo y en nuestro mundo emocional. Aprendemos los artilugios de la autodestrucción y el autodesprecio. Cuando vamos alcanzando mayores márgenes de decisión vivimos las reverberaciones de esos odios inoculados y primigenios. Nuestra dominación se gesta así, como una estructura generacional.

Aprendimos que hay algo malo en nosotras, que no somos lo suficiente y que por ende, de por vida, tendremos que buscar en otrxs el amor, la protección, el reconocimiento y el cuidado que no recibimos mientras crecíamos. Aprendemos a olvidar nuestra voz y a que sean las voces de otrxs las que guíen nuestros caminos y que dicten lo que haremos con nuestro tiempo de vida. Las tecnologías corporales propias de nuestra construcción como sujetas de opresión, son también tecnologías emocionales. Nuestra construcción del cuidado es una de estas tecnologías.

Solemos decir que ser mujer implica aprender a hacerse cargo del cuidado, pero pocas veces analizamos que el tipo que cuidado que aprendemos a ejercer, es aquel que parte del descuido y el borramiento personal. Aprendemos que el cuidado material tiene como “recompensa” una incondicionalidad emocional, nos preguntamos, por qué no me aman, si yo entrego todo. Aprendemos a dar para ver si así, recibimos lo que nos falta, aprendemos a relacionarnos desde el cuidado como sujetas subordinadas que hacen de éste un objeto de intercambio.

Los feminismos han puesto la mirada en la invisibilización del trabajo del cuidado y el papel que ha tenido esta lógica en el desarrollo del capitalismo. Es importante analizar que el “cuidado” también implica un ejercicio de poder que jerarquiza nuestras relaciones con lxs demás, pues quien cuida también manda.

Crecer en entornos violentos, nos enseña a cuidar sobre la base de nuestro autodescuido y de nuestra despersonalización, pero también nos enseña a esperar amor, reconocimiento, lealtad y hasta obediencia a cambio de este cuidado que, convertido en sacrificio, termina sacralizando las violencias de las que formamos parte.

Ante este escenario, ¿cómo nos cuidamos? ¿de qué estaría hecha una ética del cuidado? ¿cómo cuidamos desde otros referentes? Lo que sigue es la ruta que he explorado, buscando abrazar la vida y resistiéndome a un sistema que me sueña aniquilada hasta por mi propia mano.

 

1. Los caminos de la autobiografía

Es una realidad que no todas tenemos acceso a la atención psicoterapéutica y que cuando tenemos esa fortuna socioeconómica es complicado encontrar alternativas donde una perspectiva feminista y social permitan trascender el énfasis individualizante de los procesos que enfrentamos.

Lo que sí tenemos todas es la posibilidad de contarnos, de hacer para nosotras mismas la reconstrucción de nuestros pasos, de nuestra vida y procesos. La práctica autobiográfica escrita, oral o expresada por cualquier otro medio, que por supuesto incluye las exploraciones artísticas, es un pasaje fundamental para vivirnos y revivirnos.

Es de suma importancia reconocer las historias que nos contamos a nosotras mismas sobre los que han sido nuestros pasos. Identificar que estos relatos pueden ser múltiples de acuerdo a lo que estemos privilegiando en un momento en particular, identificar cuáles son las historias en que se anclan con mayor facilidad nuestro dolores y deseos de autodestrucción.

Necesitamos buscar cuáles son las otras posibilidades de relatarnos a nosotras mismas. Reconocer cuáles son las presencias y los relatos que nos habitan cuando el autodesprecio y la tristeza nos roban el aliento y la fuerza para aprender a interpelarlos con las otras presencias que también nos habitan.

Hacer recuentos autobiográficos periódicos e incluso en momentos de emergencia emocional nos permiten sentir que hay otras historias presentes que nos abrazan a la vida pero que no fluyen con facilidad. En ese caminar, por ejemplo, podemos ver la diferencia entre el relato de víctima y el de sobreviviente. Si practicamos el ejercicio autobiográfico encontraremos que como ese habrá cien ejemplos más de las diferencias de hacer y decirnos desde un relato particular sobre nosotras mismas.

 

2. Estructura y tiempo histórico

El capitalismo individualiza y con eso logra aislar nuestro dolor. Identificamos la depresión y la ansiedad como problemas individuales, revisamos nuestras conductas e historias y pactamos identidad con esos diagnósticos. Trascender al cuadro clínico es importante en la medida en la que nos podemos situar en una estructura y tiempo histórico que enmarca nuestras posibilidad de acción. Nos permite romper la sensación de aislamiento y nos permite ubicar nuestras limitaciones, pero también nuestros alcances. No es posible estar adaptada a un sistema que nos busca aniquilar y el problema no es nuestra falta de fortaleza emocional, necesitamos reconocer esa amenaza estructural para reconfigurarnos como seres que comparten una lucha colectiva y cuya vida, tristezas y alegrías constituyen un milagro en nuestros tiempos y geografías.

Sentir que no es nuestro problema y que somos muchas en las mismas batallas es un aspecto fundamental para transitar la vida desde una consciencia estructural que nos facilite la existencia y nos permita decidir con más sabiduría lo que queremos hacer con nuestro tiempo de vida.

 

3. Sueño y ritual

Las mujeres hemos sido históricamente dominadas por las instituciones religiosas que secuestraron el ejercicio de la espiritualidad como dimensión fundamental para el quehacer humano. Este dominio es profundamente patriarcal y ha restringido nuestras posibilidades de conectar con esta dimensión y con las potencialidades que tienen los rituales en nuestras vidas. No es casual que desde nuestras geografías busquemos símbolos y maneras de reconectar con la tierra, el universo, la naturaleza y/o con cualquier otra sensación de comunión que nos otorgue otra perspectiva sobre lo que somos y sentimos.

Audre Lorde hablaba del erotismo como ese poder secuestrado y silenciado que podía permitirnos vivirnos en el mundo desde otro lugar que no fuera la opresión y el dolor. Gloria Anzaldúa dedicó su tiempo a explorar símbolo, ritualidad y palabra como medios para vivirse y amarse desde la frontera. ¿Cuáles son los rituales con los que nos abrazamos a la vida? ¿De qué color es tu intuición y tu potencia? La mía es azul y soy una mujer que sueña, silente, arbórea e inmensa.

Saberse, reconocer nuestra fuerza vital y los recursos con los que llegamos antes de que el mundo nos condicionara y acechara es un pasaje necesario para las mujeres, hay en esos reconocimientos esas semillas que abrazan la vida.

 

4. Ser en relación

Asumirnos en relación es una pauta necesaria. Colocarnos al inicio de la lista y concentrarnos en cómo nos relacionamos con nosotras mismas desde el pensar, sentir y hacer es crucial, pues la tecnología dominante del cuidado hace que nos perdamos en pensar e imaginar cómo “deberían” ser nuestras relaciones con la alteridad.

Invertir tiempo en revisar qué nos decimos y qué hacemos con nosotras en todos los momentos del día, nos permite identificar los patrones abusivos que saturan nuestra experiencia vital y nos puede mostrar caminos para revertirlos. Esto requiere tiempo y dedicación, pero es una pista fundamental para que nuestra manera de relacionarnos con todo y todxs lxs demás se modifique.

Para reventar la tecnología hegemónica del cuidado necesitamos olvidarnos de que alguien fuera de nuestras carnes nos necesita. Concentrarse en privilegiar nuestra propia vulnerabilidad y vida es el acto mágico que comunica desde otros referentes nuestra relación con lo otrx y con lxs otrxs.  Implica abandonar el hechizo de consumir y ser consumida que sostiene los modos de relación capitalistas, implica aprender a compartir la vida desde el autocuidado y no desde el descuido y olvido de nuestro latido.

 

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Aitza Miroslava. Hago antropología en salud. Hace unos años, junto con unas compañeras, iniciamos la Colectiva Investigación y Diálogo para la Autogestión Social (IDAS) que trabaja talleres y proyectos encaminados a visibilizar y erradicar las diferentes caras de la discriminación social, desde una mirada crítica y autoreflexiva. Buscamos hacer de la autogestión una opción política para conectarnos con las realidades sociales y las geografías en las que se ubican nuestros quehaceres y afectos cotidianos.

Páginas:

Blog: Investigación y Diálogo para la Autogestión Social

FB: Investigación y Diálogo para la Autogestión Social

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Sentipensar el cuidado ante la crisis socioambiental

Por Diana Lilia Trevilla Espinal

Ilustración: Rini Templeton

 

Nos encontramos en un momento crítico para la humanidad, que nos insta a crear alternativas para contrarrestar el conjunto de crisis que se han derivado de un modelo hegemónico que trastoca todas las esferas de la vida y que es visible tanto en el agotamiento de la energía, minerales, tierra y en los efectos del cambio climático, como en la precarización de la vida en la ciudad y en el campo. Dicho modelo se ha basado en la explotación de las personas y, particularmente de las vidas y cuerpos de las mujeres, en el despojo de los territorios y en la fragmentación de las tramas comunitarias, con el objetivo de asegurar la continuidad de la acumulación del capital, poniendo en riesgo la sostenibilidad de la vida.

La crisis socioambiental sobre nuestros cuerpos-territorios

Desde los movimientos y organizaciones de mujeres rurales, mestizas, urbanas e indígenas de Abya Yala se construyen los feminismos del Sur, situándonos desde nuestros pluriversales lugares de enunciación política, mirándonos, sintiéndonos, pensándonos desde nosotras para nosotras, con nosotras[1]. Nos afirmamos como sujetas económicas y políticas, que tenemos y generamos conocimientos a partir de las experiencias vividas, sentidas, dialogadas, tocadas, que estamos en una continua y permanente relación con el mundo[2], por ello resaltamos la importancia de sentipensar el cuidado desde lo común, lo colectivo y desde los cuerpos-territorios.

Hablamos desde el cuerpo-territorio, evidenciando que esta crisis la sentipensamos no solo desde el cuerpo individual, sino como cuerpo mediado por las relaciones de poder que existen en nuestros territorios diversos[3], que nos provocan dolor, que implica sentir la sobrecarga de trabajo en nuestras espaldas, enfrentarse a la precariedad y la contaminación, sentir nostalgia cuando tenemos que migrar para cuidar de alguien que no es de nuestra familia o comunidad, apretarnos el cinturón cuando suben los precios de los alimentos; pero también implica valorar y reconocer las múltiples formas que en colectivo generamos para fortalecer nuestras luchas y propuestas de transformación. Por ejemplo, a través de la creación de colectividades para el cuidado, de la resistencia para sembrar alimentos en el campo y en la ciudad, de la transmisión de conocimientos médicos ancestrales, de la articulación con las luchas por la defensa de la tierra, el agua, las semillas, con la lucha por la defensa de la reproducción social para construir otros mundos social y ambientalmente justos. Sentipensar el cuidado es relacionar lo que me pasa a mí y a las otras, en mi contexto y su relación con lo estructural. Además de nombrar el hecho de que el patriarcado ha delegado a las mujeres esta tarea, requiere nombrar la complicidad con el capitalismo neoliberal y con la colonización, que potencia las condiciones de precariedad, discriminación y despojo de nuestros cuerpos-territorios.

Si nosotras paramos, se para el mundo

Alrededor del mundo se habla de cuidados y de sus múltiples dimensiones. Algunas veces para evidenciar que actualmente en todos los países del mundo la carga global de trabajo, es decir remunerado y no remunerado que incluye el doméstico y de cuidados[4], recae en las mujeres como resultado de un régimen patriarcal que requiere de la división sexual del trabajo y la heteronormatividad. Esto implica que las mujeres destinen mucho más tiempo para el cuidado que los hombres, limitándolas, entre otras cosas, a participar en otros ámbitos de la vida política y social.

También se resalta que el ocultamiento y desvaloración del cuidado es condición para el mantenimiento del sistema económico patriarcal y capitalista, dado que cubre distintos aspectos que requieren una complejidad de relaciones, condiciones materiales, habilidades y procesos. El cuidado directo, por ejemplo, implica una dedicación cuerpo a cuerpo para que las personas puedan ser vestidas, bañadas, alimentadas, trasladadas, asistidas, etcétera. Mientras que, el cuidado indirecto implica realizar un conjunto de actividades para proporcionar y asegurar las bases materiales para el cuidado: aprovisionar, administrar, gestionar, planificar, entre otras[5].

Por otro lado, el cuidado y la reproducción social, se articulan con demandas a favor de colocar el tema en la agenda internacional con el objetivo de que los estados asignen recursos públicos y se implementen políticas públicas que garanticen la protección social en términos de infraestructura pública y servicios para el cuidado como salud, educación, alimentación; restablecimiento de derechos laborales; pensiones dignas; inversión estatal para promover el cambio cultural hacia una organización más justa que promueva el involucramiento de todos los géneros, generaciones y comunidades; reducción de las brechas salariales entre mujeres y hombres; impulso de medidas concretas como: los permisos de paternidad y maternidad, reducción de horarios laborales, horarios escolares flexibles; inversión para investigación sobre el aporte económico que representa el trabajo de cuidados para cada país, así como para evidenciar aspectos cualitativos ligados a las desigualdades; y más recientemente, la creación de sistemas nacionales de cuidados.

La garantía de la reproducción social está ligada al trabajo de cuidados que actualmente es realizado por mujeres y en los hogares principalmente. Cada vez más, crece la demanda para asegurar la reproducción social en otros hogares, provocando una cadena global de cuidados, en la que existen grandes contingentes de mujeres que migran de sur a norte, del campo a la ciudad, o de sociedades más empobrecidas que otras, para resolver dichas necesidades.

Alternativas colectivas para el cuidado y la buena vida

Si bien es cierto que las medias impulsadas para la conciliación laboral con la familiar son necesarias dado que, el neoliberalismo se ha encargado de desmantelar los sistemas de protección social. También es cierto, que muchas veces limitan las posibilidades de pensar en alternativas a largo plazo, desde otros posicionamientos epistémicos y políticos que apuntan no a mejorar el modelo dominante, sino a transformarlo. Por ello, es preciso sentipensar el cuidado yendo más allá, imaginando alternativas que pongan al centro la vida y no la acumulación del capital, romper con la visión patriarcal de la economía, con la supremacía de la monetarización y cuestionar todo el estilo de vida, las formas de producción y de organización social que nos han llevado a este colapso civilizatorio[6].

Más allá del feminismo liberal e institucional, desde el feminismo del sur, instamos a problematizar cómo estas medidas siguen siendo para un tipo de mujeres: blancas, urbanas, clase media y alta, a costa de la reproducción de opresiones sobre otras mujeres. Regularmente son/somos mujeres del sur global, quienes partimos de territorios despojados, contaminados, empobrecidos y/o en donde la ruptura del tejido social origina una situación de violencia en la que no estamos seguras ni nosotras ni, nuestras familias, de manera que tenemos que buscar opciones para garantizar la reproducción social, delegando el cuidado a otras mujeres que se quedan. La mayoría de las veces nos insertamos al trabajo doméstico y de cuidados en condiciones de precariedad laboral con bajos salarios y horarios prolongados, exponiéndonos a otros entornos violentos y/o discriminatorios pues también somos racializadas.

Hemos necesitado sentipensar-nos, problematizar-nos sobre cuáles son nuestras condiciones, posiciones y propuestas como mujeres trabajadoras, campesinas, indígenas, niñas, ancianas, empobrecidas, racializadas, migrantes, desplazadas, lesbianas, trans, para crear otras formas de vivir-nos. Abriendo caminos a la construcción de alternativas desde un enfoque capaz de desfamiliarizar y desprivatizar el cuidado, es decir, politizándolo y colectivizándolo.

A su vez, la genealogía de nuestros movimientos y de nuestras historias, nos ha ayudado a recordar y reconocer que somos parte de la naturaleza, que estamos conectadas con la tierra y el territorio, que ni la economía, ni la política, ni la organización del cuidado pueden existir sin el respeto a los ciclos naturales y sin justicia social. El modelo actual es insostenible e injusto, sobre nuestros cuerpos-territorios como mujeres del sur, sentimos el reflejo de las consecuencias irremediables que hacen cada vez más difícil mantener la vida. Las mujeres y las niñas ya sea en las zonas rurales o en las colonias marginadas de las urbes se ven obligadas a incrementar su trabajo, por ejemplo, haciendo mayores esfuerzos por conseguir agua potable, ocupando más horas en lavar a mano para ahorrar energía eléctrica, dedicando más horas al cuidado de familiares enfermos que ya no atiende el servicio de salud pública, atendiendo a las personas que se enferman como consecuencia de trabajos precarizados, explotadores o que los exponen a contaminación, como en los campos de agroindustria, las minas, etc.

Sentipensar el cuidado implica destacar que son las resistencias locales y comunitarias las que en su diversidad están generando cambios al modelo capitalista, colonial y patriarcal, desde una visión de integralidad en la que los seres humanos somos parte de un sistema natural finito. Las acciones colectivas a favor de la defensa del agua, de las semillas, del territorio, así como de la creación de redes de cuidado y afecto, son ejemplos del cuidado entendido como una red de vida. En ese sentido fortalecer lo común, es un eje prioritario para crear entornos de apoyo para diluir la carga del neoliberalismo y del individualismo, para gestionar los cuidados en colectivo y romper con el orden de dominio y explotación, por lo tanto, implica acciones desde un claro posicionamiento antipatriarcal, anticapitalista, antirracista y orientado hacia la dimensión colectiva y popular.

Asimismo, implica no romantizarlo, sino discutir en nuestros espacios y colectividades que el cuidado muchas veces se extiende más allá del espacio doméstico, que también se reproducen las inequidades en las organizaciones y comunidades, a través de roles feminizados o de delegación a las mujeres de los trabajos de gestión, motivación, logística, administración, abastecimiento y planificación, es decir, hay una división sexual del trabajo en las organizaciones de base[7], que, regularmente tampoco son valorados y se invisibilizan, debido a que las estructuras patriarcales se reproducen en distintos ámbitos[8].

Por ello, debemos pensar nuestras luchas vinculadas al cuidado, a la sostenibilidad de la vida, al reconocimiento de quienes defienden las condiciones materiales que se requieren para ello, la tierra, el agua, el aire, los alimentos, a sumarnos a cada lucha por poner fin a la violencia estructural contra los cuerpos-territorios de las mujeres.

En suma, sentipensar el cuidado más allá de un problema aparentemente individual, sino como una situación común que se experimenta particularmente en los cuerpos feminizados, que reclama atención y reconocimiento, empezando por conectar al cuerpo de cada una como primer territorio de defensa y, a reclamar la autonomía de cada territorio donde habitan estos cuerpos.

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Diana Lilia Trevilla Espinal. Militante ecofeminista.  Maestra en Ciencias y Desarrollo Rural por El Colegio de la Frontera Sur, licenciada en sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Consultora independiente, colaboradora en proyectos feministas como la Red de creadoras, investigadoras y activistas sociales, Red de cuidados en México y Alianza de Mujeres en Agroecología AMA-AWA. Actualmente realizando el Doctorado en Ciencias en Ecología y Desarrollo Sustentable con la investigación: La importancia del trabajo de cuidados para la agroecología. Contacto diana.trevilla@gmail.com,  https://recias.wordpress.com/

[1]Cruz, H. D. T. 2019, Colectivo Miradas Críticas al Territorio. https://territorioyfeminismos.org, https://www.youtube.com/watch?v=ttoX3oJnaIE&feature=youtu.be

[2]Marcos, S. 2014. “Feminismo en camino descolonial”, en Más allá del feminismo: caminos para andar Márgara Millán (Coordinadora) -1ª ed. – México, D. F.: Red de Feminismos Descoloniales, p.p. 15-34

[3]Cabnal, L. 2010. Acercamiento a la construcción de la propuesta de pensamiento epistémico de las mujeres indígenas feministas comunitarias de Abya Yala. https://porunavidavivible.files.wordpress.com/2012/09/feminismos-comunitario-lorena-cabnal.pdf

[4]Tanto a personas en situación de dependencia como infantes, adultxs mayores, personas con discapacidad y/o enfermedades temporales, crónico-degenerativas, etc. como a personas independientes.

[5]Duran, M. A. 2018. “Alternativas metodológicas en la investigación sobre el cuidado”, en ONU Mujeres. El trabajo de cuidados: una cuestión de derechos humanos y políticas públicas. CDMX, México. Pp. 24-42

[6]Pérez Orozco, A. 2014. El conflicto capital-vida.

[7]García, G. E. 2014. El feminismo campesino y popular de las mujeres de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo. En, Siliprandi E. y Zuluaga G.P. (Coords). 2014. Género, agroecología y soberanía alimentaria. Perspectivas ecofeministas. Icaria. Barcelona, (4):93-112

[8]Busconi, A. 2017. Agroecología y soberanía alimentaria: hacia el empoderamiento del trabajo de las mujeres en América Latina. Anuario en Relaciones Internacionales 2017 / (Publicación digital) ISSN: 1668-639X. Disponible en: http://www.iri.edu.ar/wp-content/uploads/2017/09/A2017medambArtBusconi.pdf

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El Desmantelamiento del discurso Hegemónico-heterocapitalista de los cuidados

Por Aquetzalli López

*Ilustración del libro Maleus Maleficarum (Alemania, 1487).

La teoría sólo sirve para darle un argumento narrativo a lo cotidiano, como en un principio fue problematizar lo cotidiano para teorizar el sentido de la vida.

En el recorrido del libro Calibán y la bruja de Silvia Federicci, focaliza un panorama histórico del desarrollo del capitalismo, desde una visión femenina, que logra el desmantelamiento a la desvalorización del rol femenino, tanto como género, raza y la división sexual del trabajo Heterocapitalista de los Cuidados, sobre todo para visibilizar los mecanismos ocultos de dominación y explotación que en un inicio la política sexual se  implementó desde la edad media, y para nada está lejos de la actualidad. Me parece muy interesante plantear el orden de violencia de los dispositivos de poder como la Iglesia y el Estado que han venido trabajando genealógicamente en conjunto, bajo intereses de desvalorización del cuerpo femenino para la acumulación del capital, como recurso natural explotable. Se convierte en una forma de regular la procreación y la sexualidad, es decir, la privatización del cuerpo femenino como forma de control del Estado y la Iglesia. Comienza a formarse de este modo el símbolo ideológico de la figura femenina, ultrajando el control de su propio cuerpo.

 “El trabajo no pagado de las mujeres en el hogar, fue el pilar sobre el cual
se construyó la explotación de los trabajadores asalariados” (Federicci, 2004)

Regular la procreación como forma de “reproducción social” se convierte al servicio de la acumulación capitalista, por ello se coloca dentro de lo privado, se invisibiliza, formando roles femeninos dentro del hogar como: esposas, madres, hijas, viudas y trabajadoras sexuales al servicio de los hombres. Termina por transformar la manera de percibir a las mujeres como un “bien común” entre hombres, sobre sus cuerpos y su trabajo. En la Génesis de la “degradación” de la mujer es obligatorio puntualizar que no siempre ha sido el sexo oprimido; (sin romantizar la época primitiva). En el colectivismo tribal se mantenían a la par de los hombres y su labor social estaba reconocido como tal, el proceso de destrucción del clan comunitario y la implementación de los siguientes regímenes sociales de iniciación del heterocapitalismo, con la sustitución por una sociedad clasista, racista, junto sus instituciones como la familia patriarcal (Familia nuclear-monogámica), la propiedad privada y el estado, genera una sociedad socioeconómica jerárquica-opresiva.

“La reproducción social es una condición de fondo indispensable para la posibilidad de la producción económica en una sociedad capitalista” (Fraser, 2015)

La contradicción del capitalismo recae en que las mujeres han estado siempre condicionadas por sus funciones reproductoras, ya que es una de las condiciones que posibilitan la acumulación del capital. Parte fundamental para la acumulación del capital es indispensable la división sexual del trabajo, con un trabajo no asalariado en actividades como procrear, el cuidado de los niños, ancianos, amigos, pareja y la administración de los hogares. Es decir, el trabajo doméstico genealógicamente se ha construido como una categoría “instintiva femenina“, naturalizando los cuidados con categorías simplista y biologicistas, cubriendo una atroz realidad de esclavitud y sometimiento sociocultural para las mujeres, deslindando al principal causante histórico, el heterocapitalismo; por lo que, al no ser siempre una actividad remunerada esta es pagada con “amor” y  virtud”.

“En dicho caso, la lógica de la producción económica se antepone a la de la reproducción social, desestabilizando los mismos procesos de los que depende el capital, y haciendo peligrar las capacidades sociales, tanto domésticas como públicas, necesarias para sostener la acumulación a largo plazo” (Fraser, 2015)

Al ser alejadas en un limitado acceso a la producción capitalista (lugar que en un inicio sólo ocupaban los hombres) tiende a desestabilizar los procesos mismos de reproducción social sobre los cuales se orienta, es decir, por un lado invisibiliza y hace uso desmedido de los cuidados como recurso natural explotable sobre toda la reproducción social, mientras que por otro lado hay una doble explotación con el argumento ciudadanista de la “liberación femenina” para tener acceso a la producción social, tomando el rol de trabajadora/obrera/explotada, pero no disociada del “rol femenino” heterocapitalista, dejándole sin seguridad social, reconocimiento y una retribución económica justa, manteniéndola en la precariedad salarial y social; sometida a su misma desvalorización, invisibilización y poca aceptabilidad. De esta manera se fundamenta la base del heterocapitalismo-extractivista, de tiempo, cuerpo y subjetividad.

“La prostitución ha sido siempre un mal muy extendido, si bien la humanidad no se preocupa demasiado por ella ya que ante los últimos sufrimientos y las angustias de sus víctimas sólo siente una perfecta indiferencia. La misma indiferencia que siempre ha sentido ante nuestro sistema industrial o la prostitución económica” (Goldman, 2017)

Muchas de la mujer en la actualidad se encuentran inmersas dentro de la precarización e invisbilización de los cuidados, entre ellos también es necesario politizar el trabajo sexual como elemento genealógicamente construidos para asistencia masculina y de acumulación del capitalismo, ya que existe un doble discurso que emana la discusión cuando se habla del “trabajo sexual” (dependerá bajo la interseccionalidad de cada una de ellas para comprender el lugar que ocupan dentro de estos espacios); el debate se sustenta en el abolición del trabajo sexual con argumentos simplistas y moralistas que recaen nuevamente en el juicio, señalando únicamente la sexualidad femenina, sin señalar el consumo de cuerpos femeninos por parte de los hombre;  más bien, considero que la cuestión consiste en desmantelar los aspectos socio-políticos-económicos-culturales que implicaron la existencia y la estigmatización del “trabajo sexual” dentro del aspecto ideológico capitalista/patriarcal; claro que sin antes cuestionar y aceptar que existen otras maneras de prostituir el cuerpo en el arduo ejercicio del capitalismo para una sociedad que está construida para desvalorizar, expropiar y explotar la fuerza de trabajo para poder vivirla y habitarla.

 ¿Si se pide abolir el trabajo sexual, porque no se pide abolir toda forma de explotación laboral degradante?

¿Cuál es la causa real de este comercio de mujeres? No solamente se comercia con la raza blanca, sino con la amarilla y las negras. La explotación. El Moloch sin misericordia del capitalismo que engorda a costa del trabajo mal pagado, que conduce, así, a millones de mujeres y jóvenes a la prostitución. Estas muchachas piensan, como la señora Warren: “¡Por que perder la vida trabajando por unos centavos a la semana en una trastienda, dieciocho horas al día?”] (Goldman, 2017)

Sin embargo, nada se dice de todas esas mujeres que dentro de lo admisible se encuentran esclavas del hogar, por cierta seguridad social ejercida por el marido a cambio de los favores sexuales, cuidar a sus hijos, administrar y mantener el hogar para asegurar el confort del hombre y socializar a las nuevas generaciones que le darán sustento al hereocapitalismo por medio de la producción social; al final un doble discurso moralista. Este aspecto económico surge como una forma de empoderamiento del hombre, de sumisión y dependencia económica por parte de las mujeres. Las mujeres que, por seguridad social y basadas en aspectos culturales tradicionales, se ven sometidas al trabajo no remunerado y poco valorizado de sus hogares, sometidas a los cuidados de la familia e invisibilizadas como reproductoras sociales, para la producción económica y de sostén del capitalismo. Con ello la prohibición del trabajo sexual trae graves consecuencias, tanto por el uso desmedido de las violencias ejercidas por las propias instituciones; como son los dispositivos de poder policiaco; tanto como los aspectos culturales y económicos dentro de la estructura social tradicional, concentrada en reprimir un trabajo que al final pretende una autonomía económica “capitalizando el cuerpo” (como se hace con cualquier otra forma de trabajo) así evitando emplearse en una oficina, de costurera, de limpia pisos, o del sometimiento del trabajo doméstico pagado y no pagado, donde se capitaliza y precariza el cuerpo de cualquier modo.

Es necesario pensar estratégicamente el sitio que a los cuerpos feminizados históricamente se les ha colocado en este sistema de muerte heterocapitalista, hacer uso estratégico del rol impuesto, para sacar beneficio, potenciar y procurar darle la vuelta las veces que sea posible, y eso siempre será un acto revolucionario.

“La caza de brujas ahondó las divisiones entre mujeres y hombres, inculco a los hombres el miedo y el poder de las mujeres y destruyó un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales cuya existencia era incompatible con la disciplina del trabajo capitalista” (Federicci, 2004)

La caza de brujas fue una iniciativa política para la acumulación originaria del capitalismo y el surgimiento del patriarcado. El uso estratégico fue mediante campañas misóginas, como elemento esencial para la transición al capitalismo y la destrucción de la vida comunal. Se desarrollaron relaciones jerárquicas entre mujeres y hombres junto con el desarrollo del proletario moderno (reproducción y producción social); además no solo se instauraba como modelo político, sino también en una estructura familiar-heteromonogamica que fabricaba todo un “sistema de valores” que le hace funcional para reproducir y producir al sistema.

Por lo tanto, la desacreditación de la figura simbólica femenina, tiene un peso genealógico, que se caracteriza por el homicidio (poco nombrado) que trajo la caza de brujas y que permitió aniquilar el poder sobre sí mismas tanto en lo privado como en lo púbico, se les expropio de la voluntad de sus cuerpas con el pecado original; varando y encerrándole en los privado y ahora también precarizándoles en lo público; se les acuso de pactar con el diablo; porque la fuerza no podía venir de otro lado, más que de una fuerza superior simbólica: haciéndoles creer que no les pertenecía esa fuerza y ni esa voluntad. Todo este charloteo para centralizar el poder no sólo en un sistema capitalista si no también en el falo, el heterocapitlismo. Se utilizaron prácticas violentas, entre masacres y juicios de valor como ejercicio de poder de dos sistemas de alianzas entre el Estado y la Iglesia, convirtiéndolo en un modelo político que se sigue rostrificando, nombrando y matizando en diferentes contextos socio-biopolíticos.

La caza de brujas surge como constructo social de orden patriarcal, en que los cuerpos femeninos, tanto en lo reproductivo y sexual se ponen en disposición del estado como recursos económicos.  Se rompe con el orden comunal, desempoderando los espacios de convivencia de mujeres, y así es como se han construido la figura femenina, con una subjetividad hegemónica eurocéntrica-heterocapitalista como sustento de este sistema atroz, devorador de tiempo, espacio y cuerpas

Si la palabra “Bruja”, es un análogo a la palabra “Feminazi” que ha sido utilizada para desacreditar y romper con un imaginario popular desde abajo, es necesario que también comience una reapropiación del término, ya que, es un reflejo del proceso histórico y de transición de un régimen político a otro; la edad media es un proceso similar/vivencial que no podemos permitir dejarlo pasar desapercibido, ya que permitirá entender porque aún en un contexto de violencia  de género que rige la cotidianidad, nadie hace nada, cuando se vive una guerra declarada hacia las mujeres, sustentado por números estadísticos en feminicidios.

Necesitamos hacer de las narrativas de la vida cotidiana y de sentires algo político, construyendo espacios desde intereses particulares, aglutinando y descubriendo que también es y ha sido un hecho colectivo, fragmentado y atravesado a todas. Toca construir un tejido social en comunidad para un devenir político feminista, cuestionando la naturalización de las violencias, para desmantelar un hecho normalizado/naturalizado y legitimado para la desarticulación patriarcal, ya que el feminismo cumple con un desorden patriarcal que pone en duda un sistema heterocapitalista que mantuvo un dominio durante décadas hacia los cuerpos femeninos y que ahora se rebelan. Existe una deuda histórica que atraviesa las cuerpas, por lo que exigir no es, ni será la única medida que nos debemos; nos debemos recuperar, reapropiarnos y crear nuevos espacios de descanso, por lo que es necesario retomar y desinstitucionalizar los cuidados, pero ahora para orientarlos a la deuda histórica de reconciliación, de amistad, sororidad, hermandad, sobre nuestros mismos cuerpos violentados, aliando los cuidados para y hacia nosotras como un devenir político femenino.

“La protesta más anti-capitalista es cuidar a otros y cuidarse a uno mismo. Adoptar la práctica históricamente femenina y por tanto invisible, de cuidar, atender, nutrir. Tomarse en serio las vulnerabilidades y fragilidades y precariedades de cada uno, y apoyarlas, honrarlas, empoderarlas. Protegernos, promulgar y practicar comunidad. Una afinidad radical, una socialización interdependiente, políticas de cuidado” (Hedva, 2015).

“Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar.”

Bibliografía:

  • Federici, Silvia. 2004. Calibán y la bruja; Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños
  • Fraser, Nancy. 2015. Las contradicciones del capital y los cuidados. Madrid Traficantes de sueños
  • Goldman, Emma. 2017. La mujer más peligrosa del mundo. Textos feministas. La congregación [Anarquismo en pdf]
  • Hedva, Johanna. 2015. La teoría de la mujer enferma. EEUU. Wommen´s Center for Creative work at Human Resources

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Aquetzalli López López. Anarcofemenista, estudiante de sociologia en UAM-I. Durante dos años estuve en el el circulo de estudios Menos Foucautl, Mas Shakira y ahora formo parte de CIPEI Menos Foucautl, Mas Shakira
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Economía de los cuidados: hacer visible lo invisibilizado

Por Gabriela Rosas

Llevo un rato trabajando frente a la computadora, me levanto por agua, veo de reojo que las plantas también tienen sed, me desvío por una jarra, ellas no pueden cuidar de sí mismas, estando en casa necesitan quien haga el trabajo que la naturaleza haría fuera, así que debo suplirla y fingir que llueve. Ya está, la tierra esta húmeda y ellas podrán seguir creciendo, algunas hojas están por caer, las arranco, remuevo la tierra. Recuerdo que yo estaba haciendo otra cosa, me estoy retrasando y esto me ha distraído, sigo removiendo la tierra y retirando yerbas, me pregunto para que, por qué me preocupo, podría sacarlas al jardín y que la naturaleza se encargue, pero los humanos somos egoístas y queremos que nuestro entorno se vea bello, agradable, así que lo embellecemos; entonces me cuestiono, ¿esto también es parte de cuidar? El gusto por embellecer la casa con plantas y flores lo heredé de mi abuelita y de mi mamá, de ellas aprendí desde muy chica que cuidamos las plantas interiores para cuidar de nosotros mismos, porque nos gusta como adornan nuestro entorno, así que las queremos bellas para embellecer, cuido de ellas para cuidar de mí y de mis hijos, a ellos también les gustan.

Los niños no están, regresan en unos días, se fueron a pasar su semana de vacaciones con su padre, él casi siempre se niega, “no puedo, se me complica, mi trabajo, mi vida”, frecuentemente tengo que buscar la forma de arreglármelas para que cumpla con lo que acordamos en visitas y pensión, siempre insistiendo, presionando, exigiendo algo que debería hacer por gusto, esto es ridículo y me hace pensar en cómo para nosotras, cuidar es una obligación y para muchos de ellos es una opción. El 95% del cuidado que requieren mis hijos lo he provisto yo desde hace 10 años, al principio él cooperaba más, cambiaba pañales, iba por el mayor a la escuela, en fin, después crecieron y parece que perdió el interés; ahora aquí estoy, cuidando también de las plantas, no tengo porque hacerlo, pero lo hago, podría dejarlas que mueran, nadie me juzgaría por ello, pero las cuido…

Algo me hace estornudar, una, dos, tres, cuatro, cinco, “¡Ya, siete estornudos al hilo! No puede ser, no quiero enfermar ¿Quién cuidaría de mí? Pues yo misma, ¿quién más?” Suspiro, voy por el agua que no he tomado porque primero regué las plantas, las limpié y removí su tierra, como casi siempre, otros antes que yo. En terapia me repetirían “El día que pienses y hagas primero por ti antes que por cualquier otro, sabrás que has avanzado, no es ser egoísta, eso sería si solo pensaras en ti y en nada ni nadie más”. Para el padre de mis hijos, instarlo a cuidar de ellos estos días fue un acto egoísta de mi parte “solo piensas en ti, es todo, solo lo que a ti te acomoda”, usar la culpa para que yo cambie de opinión siempre fue su deporte favorito.

Su postura me parece contradictoria, incumple con el pago de la pensión y me dice que yo debería aportar más, siendo que quien cuida casi todo el tiempo soy yo y aporto además la gran parte de mis ingresos a la manutención de los niños, me da la impresión que para él mi trabajo con los ellos no tiene valor, pero cuando es él quien tiene que cuidar se exalta, dice que es suficiente con dedicarles unas horas a la semana. Por unos segundos permito que me afecte, recobro el centro y me digo que no es egoísta querer que su padre también les cuide, que viva el día a día de la crianza, el cansancio, la frustración; son 3 niños que discuten, lloran, pelean, se enojan, gritan, piden, necesitan, yo también merezco un descanso y su padre debe enfrentar este caos, además son vacaciones, ni siquiera tendrá que hacerse cargo, como no lo ha hecho en años, del ajetreo de los días de escuela.

Regreso a la computadora, continúo buscando estadísticas de empleo, ocupación, desocupación, ingreso… me detengo a pensar en mi abuelita quien siempre ha sido registrada como NO económicamente “ACTIVA”. Durante los 7 años que me dediqué exclusivamente al cuidado de mi familia y el hogar, yo también lo fui, mi mamá otro tanto más, también mi hermano y su esposa durante el tiempo que acompañaron el tratamiento de mi sobrino en el hospital y así podríamos pensar en cada persona que cuida: 37.6 millones de personas[1], mujeres en su mayoría (el 73%), jóvenes, mayores, casadas, solteras, rurales, urbanas, contamos en algún momento o toda la vida, como económicamente INACTIVAS, de éstas, casi 22 millones se dedican a tareas del hogar.

Entonces repaso mi mañana entera: mis hijos no han estado en casa desde hace unos días, aun así, lavé ropa que dejaron sucia, saqué la basura que se acumuló desde antes que se fueran, fui a hacer pagos de servicios que ellos usaron y usarán al regresar, escribí un correo a la directora de su escuela, ordené la despensa de alimentos que ellos comerán, seguí cuidando de ellos a lo lejos, ni que decir de la cantidad de trabajo que realizo cuando están en casa o el que realizaba cuando eran más pequeños. Vuelvo a pensar en ellas, en mi abuela que me cuenta cómo tallaba con un cepillo y arrodillada el piso de su primer departamento, me viene a la cabeza la imagen de mi mamá sentada frente a su máquina de coser haciendo el vestuario para alguno de nuestros festivales escolares, sin embargo, cada una en su momento, hemos sido registradas como NO económicamente ACTIVAS. Me detuve ahí, en ese pequeño detalle.

-Población No Económicamente Activa. Población de 15 y más años que no realizó actividades para la producción o elaboración de algún producto o para la prestación de algún servicio por ser estudiante, dedicarse a los quehaceres del hogar, ser jubilado o pensionado, estar incapacitado permanentemente para trabajar, entre otros. Personas que durante el periodo de referencia no realizaron ni tuvieron una actividad económica, ni buscaron desempeñar una.

-Actividad Económica: Conjunto de acciones que tienen por objeto la producción, distribución y consumo de bienes y servicios generados para satisfacer las necesidades materiales y sociales[2]

“Para satisfacer las necesidades”, proveer cuidados persigue justamente ese objetivo, satisfacer necesidades; quienes cuidamos de otras y otros estamos, de hecho, “produciendo bienes y servicios”. El lenguaje construye, lo que no se nombra no existe o lo que se nombra sesgadamente, se interpreta y aplica sesgadamente.

¿Qué sigue entonces? ¿Cómo pretendemos que la sociedad en su conjunto y, desde su unidad básica, la familia, se reconozca y valore los cuidados, si las estadísticas nacionales le asignan un nombre que da a entender que no tiene valor económico? Si quien se dedica a cuidar es una persona no económicamente activa, estamos implicando que no produce satisfactores, cuando en realidad, produce los satisfactores indispensables de toda economía, aquellos que sostienen la vida desde su nacimiento y hasta su muerte.

Quienes nos dedicamos a cuidar alimentamos, limpiamos, acompañamos, escuchamos, facilitamos, coordinamos, enseñamos, supervisamos, trasladamos, planeamos, es una larga lista de acciones a través de las cuales sostenemos la vida de otras y otros. Sin esas vidas, sin ese sostén, el resto de las actividades económicas no serían posibles y, sin embargo, los registros estadísticos no nos contabilizan dentro de la producción nacional (somos parte de una Cuenta Satélite) y además nos nombra y clasifica como INACTIVOS, como población que no aporta valor económico.

Desde hace ya un tiempo se trabaja en la valoración económica de los cuidados, incluso en asignarle un precio o en equilibrar el reparto de su provisión. Alrededor del mundo se han propuesto e implementado salarios rosas, salarios básicos universales, sistemas de cuidados, guarderías, becas, salas de lactancia, licencias de cuidados, ampliación de licencias de paternidad; el debate también se ha orientado a definir qué es cuidar, qué actividades abarca, cuáles son sus alcances. Los organismos públicos nacionales e internacionales han avanzado en la elaboración de cuentas satélites y, con el fin de contabilizar esta aportación, han intentado aproximar su valor clasificando las actividades más comunes que realiza quien cuida y, aunque evidentemente habrá aspectos que nunca será posible valorar, esto significa un gran avance. Aún falta.

Una de las múltiples luchas feministas ha sido el lenguaje inclusivo, el exigir ser nombradas en todos los ámbitos donde participamos, porque es una forma de hacernos visibles. El lenguaje inclusivo implica también el cómo conceptualizamos, las palabras que usamos y come estas se interpretan en la mente de quien lee o escucha. Podemos debatir que es cuidar, como lo contabilizamos, como aproximamos su valor, pero en el camino debemos tener muy claro que cuidar en ningún momento es INACTIVIDAD, en ningún sentido y menos en el económico.

No puede olvidarse que todo el trabajo doméstico que se realiza en los hogares complementa el trabajo de cuidado: cuidar no solo es alimentar al bebe con papillas, pues el trabajo previo forma parte del satisfactor final; lavar la ropa, limpiar, organizar, todo busca satisfacer las necesidades propias pero también de otros a quienes cuidamos En nuestro país, quienes cuidamos y realizamos trabajo del hogar, producimos el equivalente a 5.1 billones de pesos anuales[3], producimos y aportamos valor a la economía más que cualquier otra actividad económica, que nos sigan nombrando como no económicamente activas, es por decir lo menos, invisibilizar nuestro trabajo. Si algo no ha sido nunca mi abuela, con sus más de 80 años de trabajo de cuidados o mi madre con sus más de 60 años cuidando, es población no económicamente activa.

Seguiré debatiendo en mi cabeza, volveré a mi investigación, mis hijos regresarán y quizá nadie se entere que calmé la sed de las plantas antes que la mía, pero también continuaré ideando como cambiar las cosas, cómo lograr que se haga visible lo invisibilizado, para que no sigan igual…

[1]INEGI. Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo. Indicadores estratégicos. Consultado el 18 de Agosto del 2019, en https://www.inegi.org.mx/sistemas/olap/proyectos/bd/encuestas/hogares/enoe/2010_pe_ed15/pnea.asp?s=est&proy=enoe_pe_ed15_pnea&p=enoe_pe_ed15

[2]Glosario de Términos, INEGI.

[3]INEGI, Sistema de Cuentas Satélite, Cuenta Satélite de Trabajo No remunerado de los Hogares, 2017. Consultado en https://www.inegi.org.mx/temas/tnrh/default.html#Informacion_general

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Gabriela Rosas Salas. Es Lic. En Administración Turística por la Universidad Anáhuac del Norte, cursó la Maestría en Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Se ha desempeñado como docente en las áreas de Economía Turística, Turismo Sustentable, Microeconomía y Desarrollo Económico. Después de una pausa en su carrera profesional para dedicarse a la maternidad, retomó el estudio de la Economía desde la perspectiva Feminista con énfasis en el área de Economía de los Cuidados y su relación con el alcance de los objetivos del Desarrollo Sustentable. Es madre de 3 hijos, propietaria de «Creciendo Natural», microempresa dedicada a la producción de mermeladas y aderezos artesanales, bajo el principio de la economía solidaria, colabora como voluntaria en «Cihuatla, A.C.» y ha participado en diversos espacios para difundir la relevancia del Trabajo No Remunerado realizado por las mujeres y su relación con la violencia y desigualdad de género.

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Ilustración. A la izquierda una persona deprimida sentada en el suelo con las piernas flexionadas y abrazándolas. A la derecha un cofre del cual salen corazones hacia la persona en deprimida.

Caja de herramientas para acompañar a personas en crisis depresiva o colapso emocional I

Consejos desde la experiencia personal de estar en crisis

Por Ivelin Buenrostro

Con especial agradecimiento y amor al Partido Neurodivertido:
la Dom, KiKa, Selene, TriXia; a Mariana y Zaria por todas las
aportaciones hechas., y a Liz y Hegel por decir si era claro.

Esta caja de herramientas es una especie de “manual” desde mi propia experiencia como persona con un primer diagnóstico de depresión desde la adolescencia, y que ahora he ampliado al reconocerme dentro del espectro autista[1] y todo lo que ello conlleva. Así pues, no pretende ser una guía total, pues hay una serie de padecimientos o condiciones que no me afectan, por lo cual es necesario no tomarlo como única manera de apoyo hacia alguna persona que se encuentre en un cuadro depresivo o en crisis de ansiedad o alguna similar.

Lo he hecho porque me he encontrado con que hay cada vez más personas no sólo reconociendo sus condiciones mentales, o reconociéndose dentro de algún diagnóstico en torno a la salud mental, sino con que hay más personas dispuestas a acompañarnos o que externan su incapacidad de entender cómo apoyar. No obstante, el camino en ese acompañamiento es exhaustivo y difícil, tanto, que esas personas que nos acompañan suelen estar expuestas a su vez emocional y mentalmente debido a que no saben cómo apoyar o lidiar con nuestras crisis todo el tiempo. Necesitamos herramientas para que esas personas que nos cuidan o acompañan, se cuiden a su vez.

 

1. Sálvate tú I

Acompañar a una persona con algún “problema” psicológico o mental permanente o temporal, o alguna condición no neurotípica como el autismo, es siempre un “riesgo”. Sin embargo, siempre es “un riesgo” convivir con personas en general. Así que, seamos honestxs con nosotrxs mismos y seamos conscientes de qué tanto y hasta dónde podemos acompañar a alguien, sobre todo en un episodio o temporada de crisis. No obstante, si somos consideradxs con nuestro autocuidado, es mucho más fácil no arriesgarnos y saber cómo “no exponernos”. Digo “Sálvate tú”, no sólo porque es necesario tener consciencia del autocuidado, sino porque debemos ser conscientes que el acompañamiento no puede ser nunca una manera de pretender “salvar” a alguien. O “salvarnos” a través de alguien. Apoyar a alguien no tiene que ver con salvarle, sino con, justamente, acompañarle, hacerle saber que no está solx.

Para ello, he encontrado una herramienta muy sencilla, pero bastante honesta de lo que puede ser y se puede hacer en el acompañamiento: Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis. Se trata de un muy breve manual para reconocer diversas situaciones que pueden requerir acompañamiento, cómo hacerlo, cómo platicarlo con las demás personas del entorno cercano e, incluso, cómo cuidarnos si somos acompañantes. Esto es muy importante, porque al tener interiorizada la cultura del cuidado como una forma de sacrificio, quienes acompañan olvidan recurrentemente cuidarse. Esta guía es importante porque da pautas para ello, a la vez que da herramientas para detectar hasta dónde podemos dar cuidados, la honestidad y reconocimiento de hasta dónde podemos apoyar, entre otras cosas muy bellas. (Para descargar el libro, da clic en la imagen o en el título azul de arriba).

Imagen: Portada del libro "Saldremos de esta" de Javier Erro. Muestra el dibujo de unas personas arriba y abajo de una barda, ayudando a subir a otra.
Portada del libro «Saldremos de esta» de Javier Erro.

2. Sálvate tú II

 Muchas veces, tenemos tan asumido que las labores de cuidado se dan de manera natural, que olvidamos cuidarnos por cuidar. Si eres el principal apoyo de una persona con depresión, ansiedad o autismo, también necesitarás apoyo para sacar lo que puedas estar sintiendo. Lo ideal, por ejemplo, sería ir a terapia (bueno, eso sería ideal para todas las personas). Sin embargo, sabemos lo cara que suele ser, es un privilegio que muy pocas personas se pueden dar. Hay terapias a muy bajo costo, pero los trámites suelen ser complejos. Si por el momento te es imposible hacerlo, mínimamente amplía tu red de apoyo. ¿Quién de tu familia y amigos podría escucharte en una crisis propia? ¿Con quién puedes compartir los cuidados o el apoyo de esa persona a quien amas? ¿Puedes, por lo menos, desahogarte con alguien? ¿Cómo puedes crear estrategias para reconocer que puedes estar rebasadx, hartx, cansadx, sin que se te juzgue o se te haga sentir como el malo de la película?

Ojo. Si bien es importante que reconozcas tu cansancio o crisis propias, sé precavido en cómo las comunicas a la persona a la que acompañas. Generalmente no solemos tener el procesamiento emocional tan fortalecido como las personas neurotípicas o con óptima salud mental, y es importante que lo tengas en mente para que consideres que no siempre es prudente externar tu hartazgo a esa persona. Lo que para ti es fácil decir en tu derecho genuino de reconocer que estás cansadx, a la persona en crisis puede caerle como una bomba: ya carga con la culpa de no ser tan productiva como debiera, con saber que la estás pasando mal, como para que además le digas de forma brusca que en efecto la pasas mal. No se trata de que ocultes tus necesidades, sino de tener el tacto mínimos para decir las cosas. ¿Qué tal si en vez de decir: «estoy hartx, estoy agotadx, me cansa estar contigo, etc.», dices que necesitas salir a despejarte un poco? Sé que lo digo de forma muy sencilla, pero un comentario de desagrado puede incentivar crisis más duras porque muchas veces nos sentimos una carga. En algún momento a mi pareja yo le comentaba que no podía darle contención de lo que pasa conmigo. Y es verdad. No es que no reconozca su interés genuino de cuidarme, y que reconozca que se cansa al verme en crisis, pero tenemos suficientes problemas emocionales como para cargar uno más. Y no tiene que ver con que no nos importe quien nos acompaña. Por eso es necesario hacerse de herramientas externas, pues el disgusto que a ti te puede llevar 10 minutos externar y una hora olvidar, a la persona en crisis le puede llevar dos o tras días procesarlo. Es una realidad dura, pero cierta.

Las personas que deciden cuidar, suelen hacerlo sin pensarlo mucho, las más de las veces porque no les queda de otra. No obstante, aunque lo hagan con todo el amor del mundo, pueden llegar a sentirse hartas, fastidiadas, perdidas, sin saber qué hacer, devastadas, cansadas. Creo aquí es importante recordar el: no puedes salvar a esa persona, pero puedes acompañarla. Y tú, eres también una persona, no un robot de acero sin emociones. A veces querrás gritar o salir huyendo. Y para que eso no pase, y puedas seguir siendo la persona coherente que quieres, es preciso solicitar ayuda cuando lo requieras. Necesitamos ampliar la idea de cuidados, necesitamos ampliar las redes de apoyo. El cuidado debe ser lo más colectivo posible. Normalicemos el pedir ayuda.

3. Yo te creo

 Debido a que la necesidad de gozar de una salud mental no está socializada, no solemos preocuparnos por lo que pasen emocional y mentalmente ni nosotros ni nuestras personas cercanas, respondemos al “¿cómo estás?” un “’¡muy bien!” en automático y sin chistar. Pero no siempre estamos bien. Y si estamos en un cuadro de depresión, ansiedad, angustia, en un proceso de duelo, etc., muchas veces no diremos que algo nos tiene tristes o desesperados, que algo nos incomoda.

Por otro lado, cuando llegamos a decirlo, nos arriesgamos a comentarios del tipo: “todo va a estar bien” (cuya carga no es precisamente negativa), hasta el: “no exageres, hay gente en peores condiciones”, o “es que eres muy intensx”. Hay una cuestión básica en el acompañamiento a personas en crisis y es: su dolor es válido. Su dolor, sea lo que sea, sea por lo que sea, es válido. Y hay que hacerle saber eso. Y hay que reconocer eso. Recuerdo una persona muy querida diciéndome que mi estar en el hoyo era una condición de actitud ante la vida. Y es muy mierda que te digan eso: levantarte de la cama puede ser tan difícil como intentar levantarte con 200 kg encima. Los músculos no responden, la voluntad no responde. No es necesario que le recuerdes a la persona que hay gente en “peores condiciones”, pues esa persona todos los días es casi seguro que sienta el remordimiento y la impotencia de no llevar una vida productiva.

Si tu intención es acompañar a alguien, pero sientes que “exagera” en lo que le hace sentir mal, calla ese pensamiento o, de no poder, vete. Es mejor así. Porque algo que muchas veces no comprendemos es que el dolor emocional o el dolor causado por una condición mental no neurotípica también nos incapacita. En mis peores momentos de depresión, simplemente deseaba la muerte, sólo quieres suicidarte para que el dolor pare, para que dejes de sentir esa emoción horrible que, por muy pasajera, se te inserta en el alma, en la mente y en la voluntad. Puedes ser incapaz de levantarte de la cama por semanas por un dolor así, de ducharte, de comer. Y es que hay que entender que un dolor de ese tipo, si bien puede empezar por un desorden emocional, tiene consecuencias fisiológicas en nuestro cerebro. Puedes investigar acerca de los procesos fisiológicos vinculados al duelo o la depresión y verás que no “todo está en la mente”, en abstracto, así, como en una nube ajena. Hay procesos complejos en el cerebro y en todo nuestro organismo que necesitan más que fuerza de voluntad de la persona deprimida o con ansiedad; a veces requieren un poquito de ayuda química para empezar a regular de nuevo sus procesos y “volver a la vida”. Mientras eso pasa, y si tienes ánimo, tú puedes acompañar a esa persona.

 

4. Lo más básico puede ser un apoyo tremendo

 Una de las principales cuestiones para acompañar a las personas en crisis es ayudar a acercarle lo más básico para sobrevivir. En principio, acompañarle ya sea físicamente o de forma virtual, puede ser una gran ayuda. Recuerdo que en mis crisis más fuertes, uno de mis apoyos fue un amigo que me preguntaba todos los días cómo estaba. Yo estaba mal en general, pero de alguna manera agradecí que esa irrupción momentánea en mi vida, me recordara al mundo exterior y no me permitiera seguir cayendo en el hoyo profundo de la introspección y el ensimismamiento.

Con otra amistad tuve la confianza de pedir apoyo para salir a comer, pues la depresión y los ataques de pánico, no me permitían ni acercarme a la puerta. De alguna manera empecé a tener la conciencia de que, si no solicitaba ese apoyo, no comería en tres o cuatro días más. Mi amistad iba cuando le era posible, me hacía salir de la casa y me acompañaba a comer. Yo, apenada, le solicitaba que no me hiciera preguntas de ningún tipo, a lo cual accedía sin problema. Después, era yo la que acababa hablando de lo mal que me sentía, me regresaba a mi casa y listo. Tuve más personas lindas que me acompañaron, pero estas son el ejemplo puntual de que algo muy sencillo puede ser vital para fortalecernos.

Hay detalles muy pequeños que podemos hacer con esas personas que pasan por una crisis crónica, y es recordarles que no están solas a pesar de todo. Saber que alguien está ahí al pendiente, hace que no perdamos el contacto con “la realidad” todo el tiempo. Y eso es muchísmo.

Cuando tengas la idea de algo que pueda ayudar a la persona, es mejor que le preguntes si puedes o no puedes hacer lo que piensas. Por ejemplo, hay veces que al ver una persona en crisis y llorando, lo primero que queremos es abrazarle muy fuerte. Pero cuidado, eso puede ser contraproducente para determinada gente. Muchas veces es mejor preguntarle si puedes hacerlo, o simplemente decirle que estarás a su lado por si necesita algo. Es difícil entender que no siempre lo mejor es intentar dar palabras de consuelo sino simplemente estar ahí y no irse. Y, aunque no siempre la persona en crisis sabrá qué es lo que necesita, es probable que si le preguntas, pueda responderte, o le ayudes a activar ese mecanismo que permita que empiece a buscar en sí misma para poder responder. Es como ayudarle a entender sus propias emociones y necesidades.

Otra cuestión básica es revisar cuáles son las condiciones de la persona. Muchas crisis pueden disminuir notablemente con un vaso de agua (deshidratación) o con un poco de descanso. Y, si bien todo eso es relativo, no está de más indagar si la persona ha tenido las cosas más básicas de supervivencia a su alcance, o si por ejemplo ha tenido un cambio brusco en su rutina. Cuestiones tan básicas y en apariencia obvias (comer, orinar, beber agua) pueden ser muy difíciles de procurar o entender en personas que, por ejemplo, pasen por un cuadro depresivo fuerte. Eso también puede ayudar para personas con una crisis de ansiedad, procurar recordarle principios muy básicos de “automantenimiento”. Dejo acá una tablita que me encontré en internet, y creo que es una guía muy buena para incluso imprimirla y tenerla a la mano siempre. En ella hay cuestiones básicas para considerar en caso de que la persona esté a punto de tirar la toalla. Ojo: todo lo que comparto acá está a discusión, y no a todas las personas les funciona lo mismo. Sin embargo, lo que comparto puede ser el punto de partida para empezar a entender que todo, absolutamente todo puede ser de vital importancia. Y que podemos hacer las tablitas propias que se vayan adecuando a las necesidades de nuestra persona querida.

Imagen: Todo está saliendo mal y ya no puedo más. Algunas preguntas por si estás pensando en rendirte.

5. Lo más básico puede ser un apoyo tremendo II

Cuando hay una persona en crisis severa, puede llegar a un punto en que su voluntad se vea comprometida, con lo cual, su salud física y bienestar general está en riesgo. Cuestiones tan básicas como lavarse los dientes, asearse, comer, respirar profundo, levantarse de la cama, pueden ser tareas tremendamente difíciles de realizar. Incluso si está de pie, un momento de confusión mental puede hacer que las tareas cotidianas más sencillas no puedan ser realizadas con facilidad. Para apoyar en ello, hay cosas muy básicas en las que puedes apoyar:

 

  1. Acercarle un termo con agua a su cama, en general, tenerle a la mano agua para facilitar su hidratación.
  2. Llevarle alimentos de fácil consumo pero que sean duraderos, como ciertas frutas y semillas.
  3. Alentarlo a comer o, de ser posible, hacerle salir de su cama y de su casa, de forma amorosa, con mucho cuidado y preguntando por sus deseos.
  4. Apoyarle en alguna tarea. Hay personas que a su vez tienen el cuidado de otras personas y pueden estar en crisis (por ejemplo, una amiga que esté maternando y se sienta rebasada por las labores domésticas y de cuidados). Puedes apoyarla preguntando qué es lo que más le preocupa y ayudarla a realizar esa labor. Incluso algo tan simple como lavar trastes puede ser de gran apoyo. Otro ejemplo puede ser apoyándole en alguna cuestión laboral. Me acaba de pasar que, por ejemplo, era incapaz de hacer algo tan fácil como copiar y pegar un texto para publicarlo. Mi pareja me apoyó a hacerlo y con eso abrió un mundo de posibilidades para volver a comprender de qué manera realizarlo yo sola. Parece una estupidez, pero no lo es. Pequeños detalles que parecen insignificantes pueden ser vitales en estos momentos, y al no estar acostumbradxs a aceptar la propia vulnerabilidad muchas veces somos incapaces de pedir ayuda por vergüenza o, simplemente, porque la mente no da para reconocer qué necesitamos. Es por eso que es mejor preguntar a la persona qué podemos hacer por ella en vez de hacerlo sin más, pues decidir por ellas puede ser invasivo y hasta violento. Apelemos a preguntar para que tengan el ímpetu de reconocer qué requieren y qué es importante para ellxs. Eso puede ser fundamental incluso para ejercitar su autoconocimiento. Ser funcional puede ser un proceso muy complejo.
  5. No perder el contacto. Como comentaba arriba, muchas veces una simple llamada o mensaje preguntando ¿cómo estás? puede ser fundamental para que la persona siga teniendo vínculo con el mundo exterior. No perderla de vista puede ser muy benéfico, incluso si te contactas solamente por unos minutos.

Por ahora es todo. Pronto la segunda parte sobre acompañamiento en crisis de ansiedad y cómo fortalecer el entendimiento de lo que le sucede a una persona en un colapso emocional o sensorial.

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[1]  Condición del Espectro Autista (CEA) 1, considerarlo al leer esta caja de herramientas.

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imagen por Rini Templeton

El capitalismo patriarcal es una fuerza cargada de destrucción

imagen por Rini Templeton
imagen por Rini Templeton

por Isaura Leonardo

agosto de 2019

En el libro Nombrar el mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista, de María-Milagros Rivera Garretas aparece una cita tomada de Moderata Fonte en la que esta última piensa en voz alta sobre la fuerza física diferencial entre varones y mujeres. Si ellos son más fuertes, dice Moderata, bien podrían estar a nuestro servicio, y nosotras, débiles, podríamos usar esta carta para tirarnos al ocio como las “patronas” que somos. En realidad no me interesa discutir la fantasía de Moderata Fonte (nombre maravilloso donde los haya), más bien me puso de frente a una paradoja inquietante. Si en efecto la mayoría de los varones son superiores en fuerza física y las mujeres somos en mayoría más débiles, ¿por qué el trabajo de cuidados de casas y personas enfermas o dependientes (bebés, discapacitad*s) ha recaído en quien es más débil? Es decir, aquellas labores para las que los varones fueron socializados y desarrollados corporalmente en la superioridad de fuerzas hace miles de años, como la guerra o la cacería de grandes mamíferos, no son una actividad cotidiana (excepto si eres espartano o luchador de la AAA), mientras que cuidar de la casa, administrar los recursos y atender de las personas dependientes sucede todos los días. Cazar grandes o pequeños mamíferos, por lo demás, nos está costando el planeta. Alguna vez leí que la evolución cultural va un paso delante de la biológica y la histórica crianza de varones proveedores/cazadores recién comienza a empatarse en su aspecto más evolutivo, y por eso pareciera que este estereotipo y sus dicotomías ambiguas (debilidad/fuerza, proveer/criar) se resisten a dejarse transformar.

Quizá nuestra presente confusión generalizada tiene que ver con el replanteamiento de todos los paradigmas que conocíamos hasta ahora, provocados en parte por la revolución cultural que el feminismo y los movimientos de mujeres, así como el de l*s medioambientalistas, vienen empujando. Como víctimas que han sentido sus efectos, a las mujeres, l*s mediambientalistas y comunidades indígenas, por ejemplo, les resultan más transparentes las nocivas dinámicas del capitalismo patriarcal ecocida actual. Hemos llegado a un punto de retorno necesario a cuando los animales y los árboles y los ríos eran sujetos del mismo cuidado que las personas, algo que los mapuche no han olvidado: para vivir junto al cauce de un río hay que pedirle permiso, avisarle, no hay que estar demasiado cerca, el río está vivo y puede ser que las familias se crucen en su camino, eso sería peligroso; o a cuando las naciones del Norte de América vivían en cordial acuerdo de intercambio de cuidados con los bisontes, a quienes llaman la nación bisonte, Tatanka Oyate, y de quienes obtenían, en un sistema ecológicamente equilibrado de cacería, su piel, su leche, su carne. A cambio, cuidaban de su hábitat.

Para volver a la dicotomía que estableció las labores en un diferencial sexogenérico, cabría hacernos una pregunta: ¿qué implica la dualidad fuerza/debilidad hoy, aquí y ahora?, política, social, afectiva, económicamente. En la naturaleza fiera, las leonas, se sabe, van por la comida mientras los machos esperan. ¿Qué es ser débil? Según lo interpreta Rivera Garretas, la fantasía ociosa de Moderata Fonte (importante decir que ella existió en el siglo XVI) es una irónica manera de presentar a la debilidad, que sólo puede ser femenina, como un objeto arrojadizo, sin embargo, en la práctica se ha traducido como una ambigüedad que está cooptando en las entrañas del capitalismo a las mujeres, sobre todo a las de clases trabajadoras. Volver al mercado laboral ha significado que miles y miles de mujeres se repartan en dos o tres jornadas de trabajo, una de las cuales, la doméstica, no es remunerada, lo que ha derivado en un agotamiento excesivo y un descuido indolente de su salud física, mental y emocional. En el trabajo doméstico o en el informal las mujeres se parten en pedazos para rendir el día y generar los recursos suficientes (a veces ni eso) y al mismo tiempo sostener sus casas (criar hij*s, atender dependientes, limpiar, etc.). Este círculo vicioso ha provocado también que las mujeres exploten a las mujeres, y que incluso mujeres de clase media baja y baja esclavicen a otras todavía más precarias para que se encarguen de las labores agotadoras del hogar. Precisamos, pues, distribuir los cuidados, pero no solamente, precisamos romper con los modos de hacer del mercado capitalista patriarcal neoliberal ecocida, no permitir la explotación de mujeres por mujeres; de la tierra por las personas; de las personas por el mercado.

Esta trama es un proceso largo, lo que explica su arraigo, pues como nos cuenta Marvin Harris, en Vacas, cerdos, guerras y brujas, los varones decidieron hacer la guerra, cazar a las bestias grandes y proveer del alimento y el territorio al clan. Las mujeres, pues, debieron quedarse en “casa” administrando de estos recursos, cuidando de las crías y los animales, de la tierra. Ese proceso implicó el debilitamiento de las mujeres, ya que si los varones irían a la guerra o a la caza, debían comer mejor y más que las mujeres, ese fue el cálculo. Y así se hizo, lo que provocó una práctica recurrente del infanticidio femenino: las madres dejaban morir a las hijas, subalimentadas, subcuidadas siempre. Estos seres viviendo por debajo del pronóstico, serían las cuidadoras no sólo de los varones, sino de la tradición, de las plantas, de la memoria, apartadas de los privilegios de experiencia, existencia y “decibilidad” (para seguir con Rivera Garretas) que inventaron para sí, un conjunto de prácticas y dinámicas que conocemos como patriarcado.

En uno de los testimonios que recoge Svetlana Aléxievich en La guerra no tiene rostro de mujer, una excombatiente soviética (de la Segunda Guerra Mundial) cuenta cómo en medio de las devastadas tierras en la frontera con Alemania vieron un potrillo. L*s compañer*s la azuzaron, silenciosamente, para hacer lo inevitable, lo que haría un pelotón que no ha comido ni ha visto comida en semanas. Ella se encarga de matarlo y cocinarlo. Lo que más me interesa es el final de su relato, que ella sentencia diciendo que era el único animal vivo que había visto en la guerra. Pienso entonces en una frase de María-Milagros Rivera Garretas de nuevo: “…las autoras que se separan del régimen de mediación por ellos [varones] impuesto desnutren al patriarcado” [Nombrar el mundo en femenino, p. 33]. Desnutrir al patriarcado, no puedo pensar en una imagen más elocuente; no sacrificar a los potrillos, lo último vivo que ha dejado la devastación de la guerra, para alimentar su institución bélica. Lo sé, no he ido a la guerra, estoy pidiendo demasiado, pero quizá no me refiero a literalmente no alimentar a un pelotón ni en invertir la fórmula “primitva” del infanticidio femenino y dejar de alimentar a los varones-guerreros, sino a la posibilidad de encontrar un modo diferente de relacionarnos, uno no devorador ni autodevorador.

Si el ser humano además ha estado en guerra con la tierra, redistribuir los cuidados, reinventar las relaciones de reciprocidad y cuidado mutuo, reinterpretar la dicotomía fuerza/debilidad es un imperativo de nuestra época. No quedan animales grandes para cazar, apenas quedan potrillos en la planicie devastada por la guerra, las mujeres nos agotamos en la trampa capitalista de la doble o triple jornada. Agotan nuestras fuerzas, capitalizan nuestras debilidades.

Precisamos no acoplarnos al deseo capitalista de volvernos hiperproductivas a la vez que hipercuidadoras y  apartarnos del camino de la relación capitalista-patriarcal con el trabajo, la vida, los cuidados, los afectos y la forma de decir y narrar nuestras vidas.

Llegada a este punto me parece que sería mucho más interesante leer a una trabajadora del hogar que a mí, conocer sus rutinas, escuchar cómo cuenta su doble jornada, cómo metaboliza la cotidianidad de dos entornos familiares. A las enfermeras, a las profesoras de preescolar, a las cuidadoras de enferm*s. ¿Cómo cuidamos de las cuidadoras? Tal vez si nos organizamos, tod*s podamos tener acceso a la fantasía de Moderata Fonte, cada tanto, si alguien más, si muchos más cuidan de la manada. Y si de pronto, toda la manada renuncia a la hiperproducción… no sé, tal vez nos veríamos forzados a imaginar otro modo de relacionarnos, de existir, pues. A lo mejor no ya para nosotr*s, sino para l*s que vienen: hablar con la palabra de esos antepasad*s amig*s de los bisontes para que lo escuchen quienes estén por llegar.

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Isaura Leonardo (Ciudad de México, 1984). Estudió Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Es investigadora independiente y escribe sobre todo de genocidio, arte y lenguaje, testimonio de guerra y mujeres combatientes. Es enferma crónica y también dedica buena parte de su pensamiento y tiempo a la enfermedad, los cuidados, las políticas de salud y la industria farmacéutica.

 

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Neoliberalismo y división sexual del trabajo

 

por Rocio Isela Cruz Trejo

Neoliberalismo como ideología y política económica

El Neoliberalismo es tanto una ideología como una política económica que se refiere esencialmente al desplazamiento del Estado como administrador de los bienes de la población que actúa en pos el interés común y como contrapeso (en su papel de representante de todos los ciudadanos) de los intereses  privados, y en cambio lo convierte en un intermediario y facilitador del capital privado y los intereses de las clases privilegiadas.

Este cambio en la visión del papel del estado y la preponderancia del mercado como actor y motor de la economía, es esencial para entender la forma en la que todo lo que nos rodea ahora sólo es comprensible en términos mercantiles como ganancia, oferta, demanda, consumo y en donde el éxito de las políticas y actividades sólo es válido en tanto es medible, comparable, cuantificable y capitalizable.

Christian Laval y Dardot definen el neoliberalismo como una racionalidad que organiza y estructura no sólo la acción de los gobernantes sino también la conducta de los gobernados (…) (un) conjunto de discursos, prácticas y dispositivos que determinan un nuevo modo de gobierno de los hombres según el principio universal de la competencia’ (Laval:2013:15).

A lo anterior agregan la importancia de la ‘competencia’ como el factor que permea todas las esferas sociales -desde lo individual/interpersonal hasta lo gubernamental-, y que convierte nuestros cuerpos y relaciones en productos mejorables, comercializables y que por ende requieren de la capacitación y mejora constante para no dejar de ser competitivos en el mercado.

La competencia vista de este modo, es el elemento que pese a que nos somete a diferencias sociales y económicas cada vez más profundas, da sentido y construye nuestra realidad de tal forma que nos es imposible no sólo imaginar una alternativa política y económica distinta al modelo neoliberal, sino que además nos hace asumirnos como únicos responsables de la situación económica y social en la que nos encontramos, ignorando de esta forma (y muy convenientemente), el poder estructurante y modelador de las estructuras políticas, económicas, sociales y patriarcales  que nos anteceden.

En esta lógica, sólo los individuos y las organizaciones ‘más aptas’, en constante cambio y con mejor ‘adaptabilidad’ lograrán prevalecer y sobrevivir; marginando y haciendo imposible la supervivencia de quienes estructuralmente se encuentran en la base de la pirámide social, o que pertenezcan a grupos socialmente considerados vulnerables. Herbert Spencer retomando el evolucionismo de Darwin nombró a esto ‘darwinismo social’, que es ‘la supepervivencia del más apto concebido como mecanismo de evolución social, y la creencia de que el concepto darwiniano de la selección natural puede ser utilizado para el manejo de la sociedad humana (…) La competencia ya no es considerada como en la economía ortodoxa clásica o neoclásica, una condición de la buena marcha de los intercambios de los mercados, es directamente la ley despiadada de la vida y el mecanismo del progreso por la eliminación de los más débiles (Laval:2013:47).

En este marco, el gran triunfo del neoliberalismo ha sido encarnar la competencia en nuestros cuerpos y volverse los lentes con los que miramos (y tasamos) el mundo. Cada cuerpo es ahora consumidor, mercancía y fuente constante de datos (big data) desde donde es posible producir y asegurar el consumo de más mercancías, y de esta forma la perpetuación del modelo neoliberal.

A los conceptos desarrollados hasta este punto hay que añadir la deuda y la culpa, ya que en el modelo neoliberal el individuo asume como propias las funciones y  responsabilidades que antes eran del estado como la salud, el cuidado, la vivienda y la educación y se culpa a sí mismo cuando no logra satisfacer estas necesidades.

Así mismo, el individuo adquiere deudas para poder solventar los gastos derivados de estas responsabilidades adquiridas, y se convence de que el trabajo y la capacitación constante son el único camino para poder generar el capital necesario para vivir; se culpa por no ser lo suficientemente competitivo como para acceder a mejores condiciones laborales y sociales y se somete a jornadas laborales extenuantes en detrimento de su salud y bienestar bajo la consigna de que éste es un estado transitorio y que en el futuro el bienestar que tanto anhela será una realidad. Un futuro que en el marco de la competencia se torna cada vez más incierto.

Isabell Lorey al respecto, traduce esta incertidumbre en precariedad y la define como: ‘Formas históricas específicas de inseguridad –que son inducidas política, económica, legal y socialmente-. Estas formas de inseguridad son mantenidas por modos de gobierno, relaciones consigo mismo y posicionamientos sociales’ (Lorey:2016:18).

La precarización permea nuestros afectos y relaciones y nos aísla en una ficción individualista que niega nuestra naturaleza colectiva y el potencial transformador de los vínculos sociales. Como apunta Virginia Cano, el neoliberalismo es rico en tecnologías de aislamiento y nos hacen sostener(nos) y reproducir(nos) como individuos aislados, y así como hace deseables los dispositivos de control, hace deseable el aislamiento al ofertarlo como una posibilidad de liberación (Cano:2018:32).

Paradójicamente,  son de hecho los vínculos, las redes y los afectos lo que posibilita en gran medida que seamos día con día parte activa del engranaje económico. Todo el trabajo de cuidar, mantener vínculos afectivos con los otros, generar lazos y fomentar la escucha de unos y otros, es lo que permite que la precariedad sea soportable, y aunque invisibilizado, ese trabajo de cuidados es la base que posibilita la reproducción y acumulación del capital.

En este punto es necesario subrayar que este trabajo de cuidados es -debido a la división sexual del trabajo- una labor realizada mayormente por mujeres, y que al conformarse de acciones asociadas culturalmente como ‘naturalmente femeninas’ es invisibilizado y carece de retribución. A pesar de esto, la necesidad de alimento, ropa limpia, atención a la crianza, afecto y todo lo comprendido dentro del espectro del ‘trabajo de cuidados’, no desaparece en la medida en que es ignorado; sin embargo ignorarlo -y en este punto recojo el pensamiento de Silvia Federici-, sí es un elemento crucial para entender la acumulación del capital, la reproducción del modelo económico, y la importancia de la opresión de las mujeres bajo el sistema patriarcal (Federici:2011:197).

Es claro que el neoliberalismo afecta a todas las clases y esferas sociales, sin embargo y muy a propósito del ejemplo anterior, es necesario subrayar que esto no quiere decir que afecte a todos los individuos indistintamente. Es importante puntualizar que hay sujetos que acumulan múltiples y variadas formas de opresión, y que existen profundas diferencias entre las formas en que se viven y encarnan los efectos del neoliberalismo y el patriarcado entre hombres y mujeres.

Mujeres / división sexual del trabajo / neoliberalismo

A partir de lo expuesto en el apartado anterior, podemos inferir la importancia que entraña la asignación de trabajos respondiendo a una característica física como lo es el sexo y sobre todo, la relevancia de la reproducción y sus actividades relacionadas como una tarea exclusiva de las mujeres. En este sentido Marcela Lagarde y de los Ríos resume lo siguiente: ‘La homologación de las actividades de la mujer con los hechos procreadores que le ocurren, como hechos naturales, (…) Así el trabajo de la mujer se constituye en mucho más que una característica sexual: es sexualidad femenina, queda subsumido y negado en la feminidad-naturaleza’ (Lagarde:2011:113-114).

De esta forma lo que inicialmente parecía un avance en la búsqueda de ‘autonomía’ y ‘libertad’ (conceptos también cooptados por el neoliberalismo), resultó en la profundización de su ya de por sí condición desigual de vida, y dio pie a lo que ahora se conoce como ‘la doble jornada laboral’. Esto es, derivado de que cultural y socialmente son las mujeres las encargadas de la crianza y el mantenimiento de los vínculos afectivos, las mujeres deben realizar el trabajo de cuidados (jornada de trabajo no pagada) y sumado a esto con su inserción en el mercado laboral, deben cubrir una jornada de trabajo fuera de casa con las responsabilidades propias que esto supone, lo que por lo general las empuja a aceptar trabajos que les permita hacer frente a su jornada no pagada -eventuales o de media jornada- y que al final del día terminan por profundizar sus condiciones de desigualdad.

Sobre esto y sobre la manera en que el modelo económico terminó por transformar la crítica en una herramienta para su reproducción, Alejandra Castillo apunta que ‘La crítica a la mantención de un orden masculino anclado al salario familiar termina por ser resignificada como un argumento neoliberal a favor de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, pero en términos de precarización, flexibilización, bajos sueldos y la obligatoriedad de mantener el espacio familiar con dos sueldos. Es más, parte del vigor del orden del capitalismo neoliberal pasa por la recepción positiva de las políticas de género’ (Castillo:2015).

Es importante señalar que sumado a lo anterior, las tareas y trabajos relacionados con lo femenino -o feminizados- (y que nuevamente son en muchos casos trabajo de cuidados), son los que tienen menor paga en el mercado laboral: enfermeras, trabajadoras sociales, trabajadoras del hogar, etc.; acentuado por el hecho de que las mujeres tienen mayores dificultades para acceder a la educación y a la profesionalización de sus tareas, y que aun en las tareas profesionalizadas son las relacionadas con lo femenino las que tienen menor reconocimiento tanto como clave para el ‘progreso humano’ como en su adecuada retribución o paga (tal es el caso de las ciencias sociales y humanas en comparación con la ciencias ‘duras’).

Finalmente aunque las mujeres -independientemente de las condiciones-, se han insertado masivamente en el mercado laboral, este cambio no ha supuesto lo mismo en relación con los hombres y su inserción al trabajo de cuidados, colocándonos en un escenario ficcional en el que aunque aparentemente las mujeres se encuentran en una situación de igualdad y representación sin precedentes, siguen contenidas en posiciones subordinadas y de precariedad.

Ante esto, Marta Lamas añade el hecho de que la segregación laboral promueve la sobre-representación de los hombres en los espacios políticos y económicos, y el que estos promulguen políticas y leyes que no tomen en cuenta las necesidades específicas de las mujeres, pintando un panorama presente y futuro del que se nutre el sistema neoliberal de crecimiento económico que no permite la generación de reformas estructurales estratégicas capaces de subvertir los problemas que este mismo sistema produce (Lamas:2014).

Así que aunque la experiencia histórica nos ha demostrado que la inserción de las mujeres en el ámbito laboral es indudablemente importantísima, no es el problema central. Es necesario replantear como diría Silvia Gil el mercado laboral empezando con una reducción de la jornada de trabajo y el derecho de cuidar y ser cuidado para todas las personas que sobre todo rompa con la obligatoriedad impuesta de manera exclusiva a las mujeres (Gil:2019). Así mismo una política que expulse la productividad como epicentro de nuestras vidas y en cambio se centre en la posibilidad de una vida digna para todos. Un modelo económico y social que no esté enfocado en la competencia, la acumulación y lo material y en cambio pugne por un bienestar compartido, que luche contra el ideal individualista del crecimiento única y exclusivamente personal. Una reformulación radical de lo que conocemos con miras a la conformación de un sistema en donde todos, en colectivo tengamos vidas dignas por igual.

Bibliografía

Cano, Virginia (2018) Solx no se nace, se llega a estarlo. Ego-liberalismo y auto-precarización afectiva en Los feminismos ante el neoliberalismo. Ediciones la cebra. Argentina.

Castillo, Alejandra (2015) ¿Feminismo neoliberal? (Parte I). El desconcierto.cl consultado en https://www.eldesconcierto.cl/2015/12/22/feminismo-neoliberal-parte-i/

Federici, Silvia (2011) Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Tinta limón ediciones, Buenos Aires.

Gil, Silvia (2019) Esta revuelta feminista tiene su origen en América del Sur en El periódico consultado en https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20190616/entrevista-feminista-silvia-gil-7499724?fbclid=IwAR16Ro1eggs-VICqu-fu9DAVt9VZhqzTsTeLhX3amNEzzvivHFqxXOEEWac

Lagarde y de los Ríos, Marcela (2011) Los cautiverios de las mujeres. Madresposas, monjas, putas, presas y locas. Siglo XXI, México.

Lamas, Marta (2014) Mujeres y política neoliberal en Revista proceso en línea. Consultado en: https://www.proceso.com.mx/381603/mujeres-y-politica-neoliberal-2

Laval, Christian (2013) La nueva razón del mundo. Editorial Gedisa, Barcelona. España.

Lorey, Isabell (2016) Estado de inseguridad. El gobernar la precariedad. Traficantes de sueños. Madrid

Lorey, Isabell (2018) Preservar la condición precaria, queerizar la deuda en Los feminismos ante el neoliberalismo. Ediciones la Cebra, Argentina.

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Rocio Isela Cruz Trejo

Doctorante en Ciencias Sociales y Humanidades, Maestra en Historia del Arte con especialidad en Arte Contemporáneo por la UNAM. Licenciada en Comunicación Social por la UAM; Relaciones Comerciales por el IPN y en Diseño Gráfico por la UNITEC.

Ponente en espacios como el ‘Foro de mujeres’ del Bicycle Film Festival (2015), la Muestra marrana (2015), el 1er. Congreso Internacional de género y espacio (2015) y el Coloquio Universitario de Análisis Cinematográfico (2016), así como invitada a espacios radiofónicos como ‘Bicictlán’ y ‘No al silencio’ ambas emisiones de ‘Reactor 105.7’ para hablar de temas de género y/o movilidad.

Como activista e investigadora, trabaja en proyectos sobre las formas en la que se construye el género a través de la imagen, así como las múltiples relaciones simbólicas entre el género, el cine, la televisión y la ciudad.

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