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«TodXs somos VIH+» por IN-SID(I)OSAS

 

Diamanda Galas tatuó en los nudillos de su puño izquierdo la frase: «We are all HIV+» (Todxs somos VIH+), en 1986; luego de la muerte de su hermano a causa del virus1. Esta acción de asumir el virus y de intentar hacerlo colectivo, me resulta realmente potente. 

Me expreso desde mi carnalidad sodomita cis-género, kuir y virulenta. Fornicamos entre maricas cis-género a pelo; nos sumergimos en múltiples prácticas sexuales penetrativas (transgresoras y peligrosas). Sin embargo, la hipocresía y el punitivismo hacia otras de nuestra especie, suelen estar bajo la máscara de muchxs. El camino que va desde mi diagnóstico hasta mi devenir virus, ha venido acompañado de la violencia que se ejerce desde el sistema farmacopornográfico, que deja morir a lxs más marginadxs parias sexuales. 

La llegada del PrEp y su higienización de lxs cuerpxs con fines de productividad capitalista ha sido crucial2. Se sigue perpetuando la idea de los “cuerpos enfermos y los no enfermos”. Sin embargo, no se cuestiona esa codependencia asimilada y agradecida a dicho sistema. También quiero hacer un énfasis en esa violencia dentro de nuestras colectividades, que va desde señalar a lx seropositivx, la divulgación de un diagnóstico, el rechazo, la estigmatización, etc. 

Por eso, si todxs fuimos responsables de manchar el monumento o quemar el edificio gubernamental; TODXS SOMOS VIH+. Debemos colectivizar y poner en común  el diagnóstico y DEVENIR VIRUS, por lo menos de manera metafórica. Esto para confundir al cis-tema, para aterrorizarle y para acuerpar a nuestrxs compañerxs infecciosas, sin importar cual sea el virus.


Referencias

1 http://diamandagalas.com/writings/prayers-for-the-infidel/

2 https://paroledequeer.blogspot.com/2015/06/condones-quimicos-paul-b-preciado.html

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IN-SID(I)OSAS

Colectiva emergente de Marikas virulentas de Abya Yala.

Instagram: @INSIDIOSASS

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La revolución del culo

por Daniela Solís Rangel – Sora. 

 

Odio mi culo, odio que no sea jugoso, odio que no sea grande, odio que sea huesudo, odio que mis hip dips sean tan marcados, odio que sea plano. 

Recuerdo cuando estaba en la adolescencia y anhelaba ver redondear mis caderas y tener un culo hermoso, realmente lo deseaba, no sólo en esa etapa, hasta la fecha sigo añorando que el reflejo que tengo cambie a uno más carnoso. 

Me acuerdo que cuando tenía trece años estaba viendo un documental donde te explicaban la transición corporal que se experimenta de la pubertad a la adultez (claro que las especificaciones eran señaladas desde el binarismo de género y la hegemonía). 

A las mujeres les crece el pecho y se les redondean el abdomen y las caderas

Me da gracia recordar aquellas palabras como si fueran la regla, lo ansié y lo esperé durante años. Mi sorpresa fue que jamás vi mi cuerpo con esas características, mis caderas no son redondas y mi culo es el menos colosal que he visto. 

Un afearse frente al espejo, siempre atado a las ansiedades y las comparaciones con lo normativo, con aquel prototipo establecido como bello. Lo alejada que me comencé a sentir de la silueta femenina. Me obsesionè. 

La obsesión comparativa es monstruosa, te carcome mirando incisivamente cada detalle de esa parte que detestas, lo mucho que te falta o lo mucho que te sobra, es un demonio que te susurra al oído con odio venenoso lo alejada que estás de pertenecer al deseo, te vuelve hostil, perdiendo toda línea de cordialidad con tu propio cuerpo. 

¿Cómo se recupera la bondad con una misma después de llevar años tratándote tan abusivamente?

Mi relación con mi culo es la más tormentosa que he tenido, los años que llevo detestando verlo, lo poco deseable que me he sentido por cómo se mira y lo mucho que me he acortado el placer que me da. Es gracioso que esta parte de mi cuerpo sea una de las que más me brinda disfrute, porque me encanta sentir tacto, apretones, humedad sobre ellos, considero que esta es su revolución para que lo note, para que lo goce. 

Pero lo que más me invade es que mi cuerpo y culo pequeño no son deseables, mi placer lo he transitado desde mi apariencia y perspectiva física y, como no me gusta lo que miro acorto esta experiencia, la vuelvo banal y me deslindo para que ojos ajenos me digan si me desean o no, si merezco placer o no. 

Pienso en lo doloroso que ha sido vivir mi placer desde este lugar, a partir de la enajenación de mis formas, no me reconozco porque no habito la pertenencia de este cuerpo, me siento forastera ante la dicha de sus sentires y experiencias. ¿Qué significa mi placer?, no sé, no entiendo, que alguien me cuente. 

Tal vez para encontrar indicios debería escuchar a quien llevo tiempo ignorando. 

Me imagino a mi culo gritando: «¡Queremos placer, merecemos placer!». Estoy segura que cerraría calles y haría un plantón para hacerse escuchar, realizando su propia revolución ante esta sociedad culera que me ha hecho rechazarle, encararía a la gente con la que me he compartido y le ha despreciado. Estoy segura que si dependiera él se sentaría en sus jetas y les diría: «¡A ver!, dime que no lo estás disfrutando». 

O me imagino otro escenario, uno más personal. Me espera con un cartel al fondo que dice Intervención. 

— Tenemos que hablar. 

Yo lo miro con duda y desconfianza, no estoy lista para escucharle. Se le nota enojado. — Tienes que agarrar el pedo mija, ya estoy hartooo de tu desprecio e indiferencia, tú piensas que porque no me miro como: “¡un buen culooo, un sabroso culooo, un graaan culoooo!», no merezco gozar. Y discúlpame, pero no hay peor pendeja que la que se cree todo lo que le dice la hegemonía colonial y patriarcal—. Y ahora que le escucho pienso que mi culo es muy listo. Tanto desprecio lo volvió neurótico y agresivo, no es para menos. 

Este culo al que sólo lo he mirado para criticar, ¿me está pidiendo compasión o que me ponga perra en contra de este sistema que nos ha hecho considerar que la belleza sólo existe en aquellas formas que son consumibles? 

Porque pienso, ¿para quién quiero que este culo sea agradable de ver?, ¿de verdad se trata de mí?, ¿este culo no redondo se revela ante la belleza hegemónica para defender su lugar? 

¡Sí!, existimos culos feos, ¿y qué? 

La forma de mi culo es una venganza ante el canon de belleza patriarcal que me ha hecho creer que sólo existe una forma de ser deseable, mi culo no se consume, ni se considerará gustoso de saborear para aquellas personas que están nubladas por la hegemonía de la belleza. Lo feo como resistencia a lo perfecto, mi culo como resistencia a la violencia estética. 

No pretendo quererlo, no por ahora, pero sí comenzar a mostrarlo y experimentarlo más para incomodar mi propia percepción de belleza, para dejar de esconder esa parte de mí que creo imperfecta, quiero dejar de acortar el placer que me hace sentir, quiero dejarme jugar con este culo enojado por tanto rechazo, quiero dejar que se mueva, que golpetee caderas ajenas con goce, que sea manoseado de una forma rica, que sea lamido y mordido, quiero gritar de placer por tanto deleite que llega a sentir. Y tal vez, sólo tal vez, pueda ir comprendiendo que la belleza que tiene no radica en sus formas.

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Daniela Solís Rangel. Veinteañera en crisis que estudió periodismo. Escribo sobre la cotidianidad, la sensibilidad y el hallazgo.
Instagram: @s.o______r.a

 

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Todavía me cuesta sentir placer

por Valentina Velázquez de León

Todavía me cuesta sentir placer, en todo. En el sexo, en la comida, en el convivir, en el ir y venir. Me atraviesa como una daga el deber ser, el tener qué. Hace unos meses, antes de decidir terminar una relación de tres años, una amiga me dijo “el deber ser, no debería estar en los afectos”. Esa frase, entre otras cuantas, contribuyó a que yo por fin tomara la decisión de salir de un lugar en el que yo no quería estar desde hace mucho. En otra ocasión, estando con amigues, tomé la decisión de irme de ahí, creyendo que yo ya no quería permanecer en ese lugar, y al llegar a casa y encontrarla sola, pensé “debí haberme quedado más tiempo”, dándome cuenta que otra vez, mi deseo se encontraba atravesado por el deber ser, el tener qué. El deber ser una buena hija y llegar a casa a buena hora para no preocupar a mis padres, el tener que regresar temprano y avisar para no generarle un ataque de ansiedad a mi madre. ¿Cómo se vería mi vida, si todo este tiempo no hubiera sido penetrada por estos discursos?

En la prepa, yo encapsulaba al placer únicamente en el aspecto sexual, aunque en retrospectiva, veo que nunca sentí placer en ello, más bien, sentía violencia. En el movimiento, en lxs cuerpxs, en las palabras, en la experiencia en sí misma. Una manera de desahogar todo lo que me pasaba, mas jamás de disfrutar. Dar lx cuerpx por buscar atención.

Encuentro placer en y por sentirme acompañada, reconocida, validada.

Acompañada, reconocida, validada. Acompañada, reconocida, validada. Quiero ser suficiente. “¿Cuándo sabrás que es suficiente?” Hasta que desaparezca. Acompañada, reconocida, validada. Acompañada, reconocida, validada. Nadie me enseñó que ya soy suficiente, que ya estoy completa. Si somos seres sociales que buscan legitimación dentro de su entorno, ¿cómo hago para encontrar un balance entre la validación externa y la interna? Acompañada, reconocida, validada.

Nadie me enseñó a sentir placer hasta muy recientemente. “Dale despacio, suavecito”, cocinar rico, y sabe más rico porque comemos juntxs y nos comemos después, salir a caminar y hacer la compra de la semana, dibujar juntxs. El arte de la convivencia, de la colectividad, de una compañía que si bien involucra al deseo, también involucra el afecto, responsable y puntual.

Sigo explorando y haciéndome consciente de las cosas que me dan placer. Me doy cuenta que a veces, todavía vivo mi vida con violencia, cuando voy con prisa, cuando baso mis decisiones en lo que les demás esperen de mí, cuando trabajo todo el día y no descanso, porque en mi mente, trabajar todo el día es lo que me hará alcanzar un ideal de suficiencia. Sé que esto es mentira, pero debo negociar constantemente conmigo misma para darme placer. Tomarme el tiempo para hornear, para procurar mis vínculos, buscar y encontrar espacios que me provean de descanso. Querer. Mi placer es, localizar situaciones, lugares y actividades, en las que con toda seguridad yo pueda afirmar, “sí quiero”.

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Semblanza: Valentina Velázquez de León (CDMX, 2000) es una artista visual y escritora, quien actualmente cursa la licenciatura de artes visuales de la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Desde las disciplinas del vídeo, el textil y la re-significación escultórica, ha participado en exposiciones colectivas a nivel nacional e internacional, las cuales incluyen “Ciudad basura”, en colaboración con el colectivo “Lo que trajo el camión de la basura” y el estudio de animación “Casiopea” para el Centro Cultural España en México, Ciudad de México, México (2022); “Irracionales”, segunda edición, en colaboración con el colectivo de Irracionales, LcExpos y ElExpendio, Monterrey, México (2022); “Nuestro Derecho a la Ventana», por parte de la plataforma Microacontecimientos en Medellín, Colombia (2021); entre otras, además de su exposición individual “Espacios Necios”, en ElExpendio, Monterrey, México (2022). También ha asistido curatorial y museográficamente en la galería de El Rule Comunidad de Saberes, espacio por parte de la Secretaría de Cultura en la Ciudad de México, México, y por otro lado participado en colaboraciones de carácter divulgativo o editorial en la creación y difusión de autopublicaciones con editoriales independientes o instituciones. Sus investigaciones y prácticas se centran en una reflexión y exploración del habitar el cuerpx, el ser y el sentir, partiendo del (re)conocimiento del espacio como un conjunto de experiencias reales y virtuales sensibles, para así proponer otras maneras de hallarnos nosotrxs mismxs en el espacio-tiempo.

https://www.instagram.com/killvalen/

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Idas y venidas de un placer en constante construcción

foto por Malicia
foto por Malicia Sabina

por Malicia Sabina

Crecí en los desiertos del norte de México, entre arena, un sol que perfora la piel y una familia que a la menor provocación hace reuniones con carne asada. A mis 4 años los susurros de las mojas ya me perseguían en los pasillos del colegio, en total 13 años de escuelas católicas, donde la santidad y el sacrificio eran parte del cotidiano, era mal visto comer de más, reír a carcajadas, tener una postura relajada, pensar en la sexualidad más allá de la procreación y el matrimonio hetero.

Procuraba portarme bien, sociable, pero bajo perfil. Hasta que fue insoportable, pasé de ser la niña que se callaba la inconformidad a la adolescente de mecha corta que tenía pleito con quien le dijera cómo se tenía que vestir, sentar, comer, caminar, reír, respirar, existir. Tal actitud fue una guerra declarada con las monjas. Entre las misas, algunas materias reprobadas y regaños silencié él afuera y empecé a descubrirme. Tenía sesiones de masturbación con un dildo compuesto de varios marcadores unidos por una liga, descubrí que la penetración vaginal por sí sola no me hacía sentir mucho en cambio estimular mi clítoris lo hacía todo, esto sin haberlo visto antes o saber su nombre porque la clase de educación sexual fue de un par de horas en las que nos hablaron de la menstruación como algo a esconder, de la importancia de la virginidad antes del matrimonio y un video de un feto ingeniero.

Rápidamente mi atención fue a lo sexual, me di cuenta de que no era «frígida», mi deseo estaba en otro lugar, no en el mismo de mis amigas quienes desde la primaria hablan de los niños o artistas que les atraían, a mí nunca me gustaron los hombres, mi niña se resignó a que el deseo no era para mí porque estaba descompuesta pero NO ahí estaba mi yo adolescente descubriendo el gozo en la masturbación y que quien le atraía era la hermana de su amiga. Busqué desesperada otros referentes más allá de los que me brindaban la tierra de la carne asada y los personajes bíblicos, encontrando páginas web de porno donde aquellos blancos tonos de piel, cuerpos llenos de silicona y dinámicas re-heteras me eran muy ajenos, pero eran preferibles al matrimonio católico.

La búsqueda de algo más fue por años, mi sol en tauro me dio la terquedad, cosa que agradezco porque sin ella no hubiera hecho lo que me da la gana dentro de un sistema que constantemente te dice que ser diferente está mal. La búsqueda tuvo frutos, Crash Pad Series, un proyecto de porno queer, mi primer referente de otros cuerpos, formas, identidades, placeres, fantaseaba con ser algunx de aquellxs performers. Vinieron otras cosas en la vida, elección de carrera universitaria donde no existía la carrera de puta ni de dominatrix. Por algunos años mi atención se fue al inmenso deseo de escapar del desierto, estudiar cine y vivir en sueño chilango. Una vez logrado lo anterior, porque tauro/terca, siendo estudiante de cine conocí el posporno en un festival feminista, me voló la cabeza, regresando tiré a la basura un guión en el que llevaba trabajando meses y en una hora escribí uno nuevo. El posporno me llevo a los activismos cuir, al transfeminismo, redes de amigxs lenchas, trans, discas, prietxs, negrxs, sudakas, a botar el deseo de trabajar en la industria de cine, a hacer cortos autogestivos, a la exploración con juguetes sexuales, al fisting, a tener una de las primeras sex shop con perspectiva feminista en el país , a crear dildos con formas galácticas, a ser dominatrix, puta cibernética y presencial , a hacer performance, a vencer mi fobia a las agujas, a los activismos gordos, discas y antirracistas. Fui invitada a múltiples proyectos, nombrada como activista del placer, como influencer por alguna gente, como celebridad queer por las terfas. A este punto me creía experta en sexualidad disidente porque había recorrido ya el camino que me alejaban de la heteronorma, porque conocía el cuerpo que habitaba y había sanado mi relación con él, mi trabajo me había constado llegar ahí. No había mucho nuevo para aportar a mi vivencia, pero sí para compartir.

Hasta que de manera inesperada hace 3 años tuve un accidente, fractura de costillas, cuidada por las siempre presentes amigas monstras en medio de una pandemia, después de mes y medio el accidente parecía algo anecdótico, pero al sanar se develó una inflamación en las sacroiliacas que acabó en algo crónico con lo que vivo día a día. Habité el dolor las 24 horas del día, siendo peor cuando estaba acostada, privándome del sueño supliendo el hambre por nauseas, manteniéndome alerta entre tristeza y enojo, desubicándome en el cuerpo que conocía, desconectándome de mi pelvis que era mi centro de fuerza, haciendo que cualquier contacto genital fuera doloroso, el deseo me abandonó.

Había creado mi vida entorno a la sexualidad: mi trabajo de foto, cine, performance, la sex shop, los dildos, el activismo, hasta la clase de yoga centrada en piso pélvico. A pesar del dolor, bruma de emociones y el constante sentir ajeno a mi propio cuerpo, había capitalismo afuera y tenía que seguir con los proyectos que pasé de tener una gran conexión a ser mera fuente de sobrevivencia, fuente económica para pagar rehabilitación, cajas de ketorolaco y taxis por montones ante la imposibilidad de moverme como antes. Seguí dando conversatorios, en los que lloraba al cerrar la sesión online y contantemente me sentí un fraude. Me tomó un año saber de qué parte específica de mi cuerpo provenía el dolor y un año más en que el dolor fuera algo más llevadero. Volví a espacios de activismo transfeminista llevada por proyectos a pesar de sentirme insegura de mis conocimientos y de cuestionar constantemente mi derecho a ocupar esos espacios, ahí se me movió el suelo nuevamente, me había aferrado tanto al dolor y a la imposibilidad que sólo escuchaba eso. En los Encuentros de Al Borde escuché a otrxs, marikas, trans, pansexuales de muchas partes de Latinoamérica con vivencias distintas a las mías pero que a la vez me reflejaba en algunos de sus sentires. Empecé a reconocer este nuevo cuerpo, a conocer sus ritmos, a cuidarlo, a volver el autocuidado algo cotidiano. A agradecer los esfuerzos que hacía, a apapacharlo, a conectar con el placer en masajes, la bolsa de agua caliente, música relajante, masajeadores de pies, aceites, humidificadores, sillas amplias, en las almohadas de memory foam, rutinas de movimiento, la comida, las tardes de hamaca. Me doy cuenta de que el camino no es lineal, porque ya lo sabía en teoría pero vivirlo es distinto, que el cuerpo y la vida está en constante tránsito y toca re-aprender, re-habitar, reconocer una y otra vez, que la escucha a otrxs ayuda en los procesos personales, que sin las amigas monstras y los espacios colectivos transfeministas no estaría aquí escribiendo esto, que el placer también tiene tránsitos y yo sigo reconociendo este
nuevo cuerpo, que en un año no será el mismo y esto me llevará a otros procesos y la búsqueda de otros placeres.

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Malicia Sabina originaria de Chihuahua, norte de México. Cinefotógrafa, activista transfeminista, educadora sexual. Enfoca su trabajo en la representación (foto, cine,
performance) de corporalidades e identidades disidentes. Es creadora de los proyecto Deseos Violeta, proyecto de tienda y talleres sobre sexualidad con perspectiva transfeminista y Lascivah, marca independiente de dildos hechos por mujeres y personas no binarix.
https://www.maliciasabina.com/
Redes: @Lascivah

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El amor sale por el estómago

imagen por Karl Frías

 

por Sofía Santaolalla González

No había nada que amara más que la comida, no le importaban los comentarios que recibiera porque también se los comía. Le encantaba comerse los comentarios.

Nunca le importó que le dijeran vaca cada vez que caminaba por las calles, ni que hicieran sonidos de puerco. Se tragaba las onomatopeyas.

Las personas la evitaban, excepto él. Su mejor amigo había llegado en el momento exacto a su vida y por eso lo apreciaba, juntos comían todo tipo de cosas: pasteles, papas fritas, helados, pastelitos, galletas; juntos eran felices. Al menos eso era lo que creyó hasta que un día aquel chico decidió hacer ejercicio y ser parte de aquel sistema que juraron destruir.

Sus comentarios comenzaron de poco: “no deberías comer tanto”, “deberías comenzar a ser más saludable”, “eso no tiene nada de nutrientes”. Sentía que era mejor taparse los oídos porque sus comentarios eran los que menos quería comer.

Entonces llegó el día en el que aquel que consideró su mejor amigo, dijo lo que era el peor insulto que había recibido en la vida, junto con más chicos, sus nuevos amigos, las risas comenzaron. Le dieron asco. No se tragaría nada de eso.

Nunca en la vida tuvo tantas ganas de vomitar como en ese momento y lo hizo, le vomitó en la cara todos los comentarios, las onomatopeyas, las cosas que comieron juntos y siguió hasta que se encontraba vomitando sus entrañas. Solo quedó una cascara vacía que se desparramó en el suelo, porque simplemente no tenía más razón para vivir sin él.

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Sofía Santaolalla González, licenciada en Diseño con área terminal en Gráfico por parte de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Nacida en Cuernavaca, Morelos el 6 de febrero de 1998.

Su trabajo consta principalmente de cuentos cortos en los cuales toma la temática creepy, gore y kawaii de la cultura japonesa descontextualizándola y aplicándola en sus vivencias en el México actual.

Link página personal: https://medium.com/@santaolallasofia

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Chequeo de rutina

ilustración por Lolita D´eon

por Rhye Rodríguez (Anne Feta Minaj)

 

Fue difícil abrazar cada pliegue 

atestiguar cómo crecía 

mas yo sin moverme 

con los sentimientos de arribabajo

dejé que siguiera su ritmo

de 47 a 97

jamás fui Ken ni Max Steel 

sólo un cuerpo rehabilitado

no quiero fajas mamá 

ya probé todas las gotas y pastillas

si algo he de bajar

es al suelo a perrear

gané la competencia contra mi primo

la única regla era engordar más en la pandemia

no te espantes

por fin acepto lo que el reflejo espera

si(í) me van amar 

(aun)que sea como esfera

si algún día cambio y vuelvo a como era

no me felicites

no me habré repuesto

estoy bien

como sea

bailaré rebotando

si mis piernas lo desean

capturé al monstruo que bajo mi cama habitaba

juntos comimos alegrías y penas

– en el fondo todo está bajo control

ya te lo dijo el doctor y la enfermera.

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Rhye Rodríguez (Anne Feta Minaj), dragqueen y poeta, no binarie y neurodivergente. Estudiante de filosofía e historia de las ideas en la UACM de día y medium por las noches, escribe poesía autoconfesional y cuentos de terror para niños. Estudió creación literaria en la Escuela Mexicana de Escritores y en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Llegó a la final en la primer edición All Stars de La Carrera Drag De La CDMX.
TW @dragpoeta
FB Anne Feta Minaj
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(In)Visible

Dibujo «Cuerpo gordx sobre vacío» de Alex XAB

por Flor Azul

Me desaparecí por completo. El espejo sigue a mi lado. Espero que se rompa. Qué irónico que, mi cuerpo y mi sombra se engrandecieron, pero mi reflejo se achicó. Comencé esta pandemia con un cuerpo que yo ya sabía que no era normativo: era grande, gordo. Me lo habían dicho antes. Tienes que bajar de peso. Citas con nutriólogos. Pantalones que ya no me quedaban. Entradas a probadores que terminaban en no salir ni enseñar porque no había cerrado, era la talla más grande y ya no podía hacerse más. Qué horror. 

Pero llegó la pandemia. Y vino con la promesa de que iba a durar poco. Todo era falso. Pero había ahí una promesa de un periodo pequeño que prometía darnos tregua: transformarnos. ¿Cuántos kilos puedo bajar en 40 días? Si me esfuerzo, puedo salir renovada de esto. No recuerdo cuándo fue la primera vez que ese pensamiento apareció en mí. Parece haber estado dentro desde siempre. Supongo que llegó en algún momento, que de alguna forma se implantó en mí. Me gustaría creer que no fue por gusto propio.

Al inicio, sentí la pandemia como ese momento clave, esa pausa, que había estado buscando y necesitaba con tanta desesperación. Había mil y un pendientes en mi vida: trabajo, salud, amigues, relaciones… Pero lo único que me preocupaba a mí era cómo conseguir llegar a “mi peso ideal” para cuando la cuarentena terminara. Pero hoy, a dos años de eso, veo en retrospectiva cómo me diluí por completo. No recuerdo en qué momento se me escurrió de las manos. Pero sí puedo enumerar la lista de cosas que han pasado. 

Desde que tengo memoria, he vivido esto como una lucha secreta: no dejes que nadie se entere, que quieres bajar de peso y que no te sientes bien con tu cuerpo, demasiado superficial, pero tampoco vayas a no preocuparte. Como cuando tenía 7 años y hacía ejercicios en mi cuarto pero nadie tenía que verlo porque era demasiado pequeña para preocuparme por eso. Como cuando tenía 12 años y no me comía los sándwiches porque iba a subir de peso. Los escondía en mi mochila, pero me compraba un dulce en la cafetería por la ansiedad del hambre. Como cuando a los 15 una chica me pidió una playera, se la presté y respondió con un “Así es cómo se debería ver en un cuerpo delgado” y yo me limité a sonreír y darme media vuelta porque estaba acostumbrada a no incomodar y porque éramos amigas, ¿no? Como cuando tenía 19 años y comencé a caminar todos los días hasta que cumpliera una meta de pasos, sin importar qué, el chiste era cumplir. Porque, claro, tenía que hacer pequeñas acciones que nadie notara. 

Pero mi cuerpo nunca respondió. Parecía que en lugar de reducirse se expandía. 

Yo me desbordaba.

Pero también me achicaba. Por todas las cosas que dejé de hacer.

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El mundo comenzaba a hablar del VIH

por Por Jacqueline Campos

Tenía 7 años, cuando en 1983 el mundo comenzaba hablar del virus, pero en mi casa nadie habló de esto. En la televisión se escuchaba el Osito panda cantado por una chica rubia, que me recordaba a una princesa rubia de un país lejano llamada Diana de Gales cuya grandiosa boda miré con mi madre por la tele. Transcurrió mi primaria, acostándome a dormir sin saber ¿Cuál era el pecado de Oyuki? ¿Y por qué Rosa Salvaje se bañaba en un barril similar al del Chavo del ocho?… Mientras, en el mundo el virus se propagaba sin control, matando a víctimas humanas. Ellos sufrían los síntomas dolorosos de la enfermedad y la sentencia de muerte por falta de medicamentos efectivos; pero lo peor era que ellos “Los Infectados” (bebés, niños, jóvenes, adultos, hombres y mujeres) padecían el prejuicio y la discriminación de su comunidad; y en mi casa nadie hablaba de esto, yo lo ignoraba todo…

En la secundaria, me enamoré de la voz de Freddie Mercury, y fue entonces; que al profesor de biología le toco contarnos sobre el VIH. Escuchamos en silencio, luego algunos hicieron comentarios desagradables sobre las formas de contagio y los contagiados; el maestro no pudo con el tema y las inquietudes. Antes de terminar su clase sólo nos advirtió “No tengan relaciones sexuales”…Me parecía algo muy lejano y creía que los contagiados vivían en lugares extremadamente distantes como África, porque era el continente del que más se escuchaba sobre el SIDA en los noticieros mexicanos, parecía que no había VIH en México y en mi casa; seguían sin hablar del tema.

En la preparatoria lloré por el impacto de la muerte de mi amor platónico el vocalista de Queen, fue tan breve nuestro romance, apenas comenzaba a conocer de su música y el VIH lo mató; porque el VIH es un asesinó que no distingue entre clases sociales, color de piel, edad, género, raza, bondad o maldad humana…mi madre me escucho cantar mil veces Innuendo a todo volumen cuando atravesaba mi duelo en mi habitación, y sólo entonces se atrevió hablar del tema conmigo al preguntarme ¿Por qué estaba triste y actuando así? Y le dije que me parecía injusto que la gente estuviera muriendo a causa del SIDA sin ayuda médica que los salve, que era horrendo que los infectados cómo Freddie Mercury, tengan que esconder su enfermedad y sufrimiento para no ser menospreciados por la gente ignorante que los ataca y discrimina…y fue entonces, cuando recordé a la princesa que visitó y tocó a infectados ingleses. Ella los miró con compasión y algo que percibí, como empatía genuina por los enfermos de VIH.

Treinta años después de la muerte de mí amor platónico y de aquella catarsis con mi madre donde, por fin hablamos del SIDA; y a veintisiete años de la muerte de una verdadera princesa de corazones, hoy mi hijo de 11 años me pregunta ¿Qué es el SIDA? Y yo, tengo la oportunidad y la responsabilidad de formar en él, a una persona libre de prejuicios, que no discrimine y que practique la compasión y la empatía…Él de mí no escuchará, sólo la advertencia de, no tengas relaciones sexuales.

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Jacqueline Campos (Mérida, Yucatán, México 1976). Psicóloga, especializada en educación por la UADY. Radica en Baja California, se desarrolla como Psicoterapeuta, Colaboradora voluntaria de diversas organizaciones civiles que apoyan a grupos vulnerables. Escritora emergente. Productora y conductora de la Radio XEQIN/XHSQB en Baja California.

https://lacajadelasmilyunapalabras.blogspot.com/

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El virus en tus ojos

por Pablo Caisero

Esa amenaza que existe ha creado nuevas

complicidades, una nueva ternura, nuevas solidaridades.”

Hervé Guibert.

Efectivamente, veo el virus en tus ojos”. Con esta afirmación el doctor F dió por terminada la consulta. M y yo salimos del consultorio en silencio, pagamos lo correspondiente y nos metimos en el coche. En medio de la noche y ya en la seguridad del auto, soltamos la carcajada. Desde entonces M y yo, repetimos esa afirmación de vez en cuando para burlarnos de nuestra carga viral: veo el virus en tus ojos.

Años después me enteraría que el doctor F no era del todo confiable. Cierto o no, a M y a mí nos enseñó lo básico acerca de lo que clínicamente significa vivir con VIH: tratamiento antirretroviral, conteo de CD4, carga viral, SIDA y drogas -al doctor F le daba especial curiosidad mi vida sexual acompañada de drogas, no dudaba en preguntar todas sus dudas- ¡ah y, por supuesto, nos enseñó que, al virus, se le puede ver en los ojos!

Nunca he preguntado si esto último es posible. En realidad ahora tampoco me interesa saber si clínicamente ésto es posible. El saber comunitario -con sus complicidades, ternuras y solidaridades- me ha mostrado otras posibilidades, habilidades y capacidades para ver el virus en los ojos.

Pero esto lo aprendí diez años después de vivir con VIH. Un día, de pronto, yo había llegado a tocar una puerta para hacer voluntariado y al otro ya estaba sentado en un espacio dentro de la Clínica Condesa al que, junto con otros compañeros de trabajo, decidimos llamar Apoyo Comunitario. Ya hace cuatro años de eso y aún recuerdo la ansiedad que me daba hablar con otras personas acerca de mi condición o experiencia como seropositivo. Y es que, con diez años recorridos, para mí vivir con VIH no significaba nada más que ir cada determinado tiempo al IMSS para recoger medicamento, hacerme estudios de laboratorio y tomarme dos pastillas todas las noches. Y entonces, ¿por qué sentía ansiedad?

Aquí haré una pausa: Apoyo Comunitario es un espacio al que acuden las personas que tienen un reciente diagnóstico de VIH para recibir acompañamiento en el proceso de vinculación a los sistemas de salud, es un espacio que siempre tiene la puerta abierta y donde toda persona que llega es escuchada.

Sentía ansiedad porque con cada persona que llegaba, con cada historia que escuchaba, comenzaba a entender, diez años después, lo que significa vivir con VIH; ansiedad porque pensaba que debía tener las palabras correctas para decir lo adecuado en cada situación. Poco a poco comprendí que no “tenía” que decir nada adecuado, yo estaba ahí para escuchar, acompañar y sostener. Mi experiencia de diez años conviviendo con el vicho se manifestó como acontecimiento mirando a los ojos de esas otras personas que llegaban a Apoyo Comunitario y que resignificó mi vida; comencé a nombrarme joto y hablar de mi convivencia con el vicho.

Permanecí casi tres años escuchando historias en Apoyo Comunitario. Algunas veces, después de terminar con alguna persona me metía al baño de la Clínica para llorar en silencio, llorar de coraje, de impotencia, de dolor; muchas veces terminaba contento, satisfecho, cansado; otras, salía fastidiado, harto de la condición humana, de mi condición humana.

No sé exactamente a qué se refería el doctor F cuando aquella noche hace 14 años me dijo que veía el virus en mis ojos. Como dije, no me interesa conocer su interpretación. Para mí, ver el virus en los ojos de otra persona es escuchar su vida, sus incertidumbres y sus deseos, acompañar sus temores y sostenerle en sus tropiezos mientras aprenden a caminar en su experiencia de vivir con VIH. Espero que cuando las personas vean el virus en mis ojos, se sientan menos solas.

No sabía que podía hacer algo con diez años de experiencia. Normalmente este tipo de saberes como personas en situación de enfermedad crónica son menospreciados por la clínica. Afortunadamente esto está cambiando. Necesitamos organizarnos. Sin liderazgos, sin esperar a que surja “el/la/elle activista/e/o”; organizarnos en común, huir del protagonismo para cuidarnos colectivamente. Las solidaridades que el VIH creó y sigue creando son de todas, todos, todes; son nuestro orgullo y nuestra resistencia.

Hace mucho que no le digo a M que veo el virus en sus ojos, pero la última vez que lo vi, hace un par de meses, sé que él sí vio el virus en mis ojos.

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Pablo Caisero. Joto. Comunicólogo. Explorador de placeres. Hice estudios de maestría en Desarrollo Organizacional pero me arrepentí. Seguí explorando los placeres. Después hice estudios de maestría en Teoría Crítica y me encontré. Consumo drogas y amo las prácticas sexuales no normativas. Actualmente en el programa de Salud Sexual y en la co-coordinación del programa de Consumo de Sustancias en Inspira Cambio A.C. VIH+ desde hace 14 años. Casado con un puto chingón. Salimos al pan con nuestros dos perritos. 

IG y TW @caisero 

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Músicxs y profesorxs en constante formación ¿Entrenar para oír o escuchar para vivir profundamente?

por Ana Mora

Estudiar música en un país donde ésta es vista como pérdida de tiempo y un futuro asegurado de muerte por inanición, es sin duda una decisión de vida para reflexionar. Aunado a esto, el sistema de enseñanza musical en México aún sufre en gran parte de las instituciones, un apego al canon de la música occidental presente no solo en el repertorio, sino también en la forma de enseñar, búsqueda de virtuosismo, relaciones jerárquicas y violentas, lucha de egos entre profesorxs y una carente o nula representación de mujeres, grupos minoritarios y diversidad sexual en la historia de la música dentro de los programas de estudio. Con esto como antecedente de mi propia experiencia educativa y al encontrarme con varias profesorxs y artistxs que me han inspirado, así como el adentrarme a los diversos feminismos, me ha dado la oportunidad de reflexionar mi propia labor artística como pianista, pero también como docente.

Me percaté de todas estas prácticas que incluso comenzaba a seguir inconscientemente en mi primer año como profesora en la universidad donde trabajo. Comencé a utilizar otras formas de enseñar e investigar, a bailar para sentir los ritmos, a escuchar más a mis estudiantes, a descubrir a tantas compositoras y sus obras, a quitarme la idea del genio creador e intérprete, a tener otras perspectivas en la forma de creación y percepción del sonido desde otras disciplinas, es decir, un mundo sonoro totalmente nuevo al que había conocido desde que comencé a estudiar música a las 9 años en el conservatorio de la ciudad donde resido.

Tuve la oportunidad y el privilegio, debo reconocer, de poner en práctica en la ahora aula virtual, el uso de otras herramientas y experiencias resultado de diversos talleres donde trabajamos con el sonido y la escucha desde la cartografía (Auditum/ Alejandro Brianza), la narratividad ( Festival Sur Aural/ Laura Romero) y desde una perspectiva de género (Auditum/ Feli Cabrera- EfeCeLe), seminarios (Reescrituras tecnológicas, estéticas digitales, Investi-creación) e intercambio de reflexiones y proyectos en colectividad (Radio CASo- Minga, Híbridas y Quimeras, RedCla, por mencionar algunxs) que me acompañaron de manera personal y profesional en estos meses de confinamiento y de los cuales estoy agradecida.

Una de las figuras que más han influenciado en mi vida es Pauline Oliveros (1932-2016) , compositora lesbiana estadounidense , docente, investigadora, feminista y pionera de la música electrónica y electroacústica del siglo XX . Su filosofía de escucha profunda guió no solo sus creaciones musicales, sino toda su vida. Sus prácticas de consciencia al escuchar y de crear otros mundos sonoros ha resonado especialmente en este aislamiento y en mi forma de enseñar.

Escuchar ahora los sonidos de lo cotidiano, reconocer su la omnipresencia, percibir la dicotomía del silencio y del ruido dependiendo del contexto, los afectos derivados del espacio y las voces que escuchamos da cuenta de lo inmensidad de lo sonoro y lo limitado de los sistemas de enseñanza en particular en las clases de música que tratan de etiquetar estos sonidos dentro de categorías ya desde hace mucho tiempo sobrepasadas. Una de las actividades que propuse para mi grupo de estudiantes “entrenamiento auditivo” (nombre que habría que replantear) fue precisamente hacer esta escucha profunda y llevar una bitácora de los sonidos que escuchaban diariamente en sus hogares. Apropiarse de las herramientas que tenían a la mano como su celular y grabar estos sonidos-ruidos que formaban su paisaje sonoro.

Al final del proyecto hicieron un podcast que me ha sorprendido para bien. Lograron no solo escuchar y tener un conocimiento situado y consciente de su entorno, de los seres con los que habitan, sino también crear una memoria invaluable de este tiempo tan complejo que estamos atravesando. Por otra parte aplicaron sus conocimientos técnicos, afinaron su habilidad de escucha y afinación en los ejercicios y contenidos del curso. Crearon una obra que los hizo experimentar y reflexionar de forma crítica su sentir como estudiantes, como músicos y personas, que logró trascender de manera interdisciplinaria. Pero más importante aún, me hizo conectar de manera horizontal con mis estudiantes. Saber su sentir y necesidades en esta materia y profesión. Se creó un ambiente de confianza y afectividad muy necesaria en el estudio de la música que muchas veces no se logra en este afán de búsqueda de perfección. Estas experiencias sin duda quedarán en mi memoria por mucho tiempo y justo me interesa compartir que existen otras posibilidades dentro de la pedagogía musical y en cualquier área partiendo de algo tan básico, pero a la vez tan complejo como la escucha profunda. De igual manera, me ha hecho valorar aún más el poder ser profesora y de esta manera tener un poco de resonancia para quien decida escuchar. Así mismo, me motiva a seguir descubriendo y aprendiendo no solo de mis estudiantxs, sino de todxs quienes encuentro en el camino y estar en constante autocrítica Aprender a escucharnos y a escuchar a los demás resulta muy difícil hoy en día ante una marea de sonidos e imágenes en la que nos encontramos inmersos en especial como estudiantxs y profesorxs. Sin embargo , me parece que escuchar es el primer paso para ser seres mucho más empáticos al no pensar de manera individual, sino consciente de nuestro mundo y a la vez nos da la posibilidad de crear otras formas de ser y hacer más inclusivas en todos los sentidos a pesar de lo oscuros e incierto que pueda vislumbrarse, ya no en el futuro, sino nuestro presente.

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Ana Alfonsina Mora Flores Licenciada en música por la UDLAP. Maestra en piano por Brooklyn College, NY. Como pianista se ha presentado en escenarios de México, Estados Unidos y Canadá. Actualmente es profesora de piano en la Universidad de las Américas Puebla y doctoranda en Artes (DAVEI: Doctorado en Artes Visuales, Escénicas e Interdisciplina) por el Instituto Nacional de Bellas Artes en la Ciudad de México. Su trabajo de investigación está centrado en el ruido/ noise dentro de las prácticas sonoras experimentales en latinoamérica hechas por artistas que se identifican como mujeres, disidencias y minorías.
Página: https://www.facebook.com/anamorapiano

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