Cuerpas desnudas frente al lente. Reflexiones con amigas

imagen por Magalli Salazar

por Alejandra Bonilla González

Cuando Raquel me pidió que posara desnuda para ella acepté, primero, porque era mi amiga y necesitaba ayuda en su propuesta de sesión de desnudos feministas para un trabajo final de la escuela de fotografía, pero también porque me daba curiosidad experimentar el mostrarme sin ropa y posar frente a mis amigas, pues Alondra, la chica más divertida y confiable de mi universidad, haría la sesión conmigo. No me lo planteé como una situación erótica entre mujeres (¡que cuando así se quieren son tan placenteras!), más bien, significaba reconocer mi cuerpa como mi primer territorio y mostrarla libre, plena y verdadera frente a otras féminas, y más importante, frente a mí misma. Pero por obvio que sea, la situación ameritaba varios retos por los que yo no había atravesado.

Al llegar con mis amigas hablamos un poco y Raquel nos hizo algunas preguntas importantes para plantear su proyecto como desnudos feministas, y, entre tanta charla, una de las preguntas que mayormente recuerdo fue si nuestra cuerpa nos pertenecía o no. “¡Pues sí! ¡Claro que nos pertenece!”, contestamos Alondra y yo efusivas. Pero entonces, ¿qué pasaba cuando transgredían nuestra corporeidad, desde las opiniones misóginas de nuestros profesores hasta el feminicidio por nuestras parejas? Bajo estas circunstancias, ¿la cuerpa seguía siendo nuestra? ¡Por supuesto que sí! Lo diré y lo gritaré las veces que sean necesarias.

La cuerpa es nuestra y NO le pertenece a nadie más que a nosotras mismas, ni a nuestras parejas, ni a Dios, ni a mamá y papá, ni al tipo que nos manosea en la calle, ni a NADIE más. El problema cuando lo dudamos (y quiero aclarar que Raquel nunca lo dudó, sino que trataba de provocarnos con sus preguntas para escuchar nuestras respuestas) es que le sistema lleva generaciones completas haciéndonos sentir y creer que esto no es así, y más bien, nos obliga a pensar que nuestra cuerpa existe para crítica y disfrute ajeno. Por ejemplo, los medios nos bombardean con imágenes de mujeres jóvenes, esbeltas y bien arregladas todo el tiempo, además de mostrarlas como las favoritas de los hombres. ¿Y qué pasa con las mujeres que no cumplimos con esos cánones estéticos al pie de la letra? ¿O con las mujeres que no sean ser las favoritas de los hombres ni nada de ellos? En mi propia historia, recuerdo que hace años cuando era una adolescente, me puse de todo en las estrías de los senos para que desaparecieran, después gasté mensualidades completas en productos para el cabello, maquillaje y ropa que no necesitaba, pero siempre tenía una sensación de que no era suficiente, como si siempre me faltara algo. Pero no, a mí no me faltaba nada, mi cuerpa estaba y está completa. Ahora sé que hagas lo que hagas para el patriarcado nunca es suficiente, siempre hay algo que puedes hacer para “verte más hermosa” según sus parámetros de lo bello en una cuerpa de mujer. Aunque, de hecho, el sistema siempre busca que te sientas así y no sólo en lo estético: insuficiente.

Por otro lado, y mientras combates los demonios que el patriarcado te introdujo, un día sales a la calle sintiéndote bonita, feliz, libre y plena y es ahí cuando algún cobarde te mete la mano en la entrepierna mientras vas en el bus o bailas en el bar, te levanta la falta cuando sales del colegio o cuando vas a un encuentro erótico, te lanza algún piropo mientras sales a hacer ejercicio o caminas ebria por la banqueta, la situación da completamente igual. Y es ahí donde el Estado, los usos y costumbres culturales y la gente que te rodea te culpan a ti porque “algo debiste haber hecho para provocarlo”. Las compañeras chilenas con el grito tan sonado de “y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía, el violador eres tú”, hacen referencia al sistema violador donde se señala no solamente a quien perpetua el acto, sino también al sistema misógino que permite y fomenta que las transgresiones a nosotras ocurran a diario con evidente odio. La cuerpa nos pertenece, sin duda. Fue el patriarcado el que nos hizo dudar o sentir que esto no era así.

Después de esas reflexiones comenzamos la sesión. Y ahí, viendo la cuerpa desnuda de Alondra, me di cuenta que no solamente se trataba de mostrarme y reconocerme, sino también de reconocer una cuerpa ajena que se estaba mostrando libre frente a mí. Mientras nos tomaban las fotos y posábamos, como las mejores amigas que somos, manteníamos la conversación con Raquel sobre las luchas internas que hemos edificado en la reapropiación de nuestros cuerpos, y claro, también contábamos anécdotas, sentimientos, secretos e ideas sobre cómo esas luchas internas las estamos transformando en colectivas y día a día nos hacemos más fuertes dentro del territorio que son nuestras cuerpas. Amo a mis amigas profundamente y a todas las fuertes enseñanzas que a diario construimos y sembramos juntas, y claro, no es que siempre estemos felices y dispuestas a tomar un té y reír, es que a su lado también comparto y exploro el enojo que generamos, el miedo que sentimos, la tristeza que nos golpea, la agonía que mata y la rabia que quiere incendiarlo todo cuando tocan a una de nosotras. Con ellas me conozco y me reconozco en mi propio territorio corpóreo.

Alejandra Bonilla González: Estudiante de Historia de la Faculta de Filosofía y Letras de la UNAM; bisexual, amiga, hija, nieta, pareja sentimental y, sobre todo, compañera de lucha de mis hermanas. Por otro lado, soy becaria CONACYT en el Instituto Mora, coorganizadora de varios congresos y coloquios sobre mujeres en la Historia en la UNAM, además de ponente en diversas universidades de la República Mexicana como la UNAM, la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y la Universidad Autónoma de Tlaxcala con trabajos sobre violencia, movimientos sociales y disidencias sexuales.

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