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Rosas, golpes, pasión y muerte:

El orden de los factores no altera el resultado de una mala educación amorosa.

AHhm! Juan Alberto Negroni
AHhm!
Juan Alberto Negroni

Por Francesca Gargallo

Muchas mujeres que han recibido maltratos graves en sus domicilios, cuando se atreven a analizarlos, dan cuenta de cómo, después de una paliza, el victimario (marido, amante o novio) vuelve a seducirlas para mantenerlas presas en una relación pasional que incluye tanto los golpes, los insultos y las amenazas de muerte, como las rosas, los mariachis y las declaraciones de amor.

En la actualidad, la educación afectiva es, aunque parezca improbable, peor que la educación primaria y secundaria. No hay tiempo y no se invierten recursos en aprender a querer y quererse de manera responsable, respetuosa y constructiva. La carrera, las ganas de coger, las prisas por crecer, la angustia frente a un futuro incierto, la necesidad de imponerse en el ámbito laboral hacen que hombres y mujeres, a pesar de los cambios obvios experimentados en las últimas décadas en sus condiciones laborales, educativas y de movimiento, repitan lo aprendido de padres y madres dominantes, abandonadores o violentos. Progenitores que pensaban que unas nalgadas en el momento justo enderezarían las vidas de sus hijas e hijos, justificando con ello sus abusos.

El resultado es que hoy las mujeres y los hombres no saben enamorar ni enamorarse sin ceder su propia autonomía o imponer su autoritarismo. “Me vas a querer así como soy” es una frase común en los noviazgos hetero, bi y homosexuales, y en todos los casos implica que quien la pronuncia no está dispuesta o dispuesto a amoldar sus tiempos, sus intereses, sus saberes, sus necesidades y sus atenciones para que la relación con una o varias personas (aunque por lo general los noviazgos son de pareja, no deben olvidarse las triejas y los demás grupos amorosos-sexuales) sea creativa, propositiva y, sobre todo, feliz.

Pero a malquerer se aprende: nadie malquiere de forma natural. En ese aprendizaje se consolidan los modelos de género: las mujeres malquieren soportando y los hombres malquieren imponiendo un maltrato que arranca del reclamo y llega al asesinato en nombre del amor.

Desde la literatura, el teatro, el canto y otras formas de educación del comportamiento social durante siglos se ha venido enseñando que la seducción va aparejada de la violencia contra las mujeres. Shakespeare ha sido para las occidentales de la modernidad mucho más dañino que decenios de concursos de belleza y publicidades sexistas. Su obra La fierecilla domada es una propuesta de seducción matrimonial, una enseñanza para la convivencia doméstica, una imposición de patrones culturales de dominación para que el matrimonio tenga un jefe masculino incuestionable. Muchos de sus hermosísimos sonetos contienen ideas de qué es y qué debe ser el amor. Sus versos supuestamente amorosos enseñan pautas de una etiqueta (una pequeña, común, cotidiana ética) amorosa de la dominación, volviéndola hegemónica, casi absoluta. Shakespeare nunca duda de la inteligencia de las mujeres, por eso impone literariamente que esté al servicio de la empresa amorosa, que es siempre y únicamente la de conquistar a un hombre (y sólo a uno). Las mujeres no deben, bajo ningún pretexto, invertir sus saberes en nada más que en aplanarle el camino a un hombre para que las pueda poseer.

¿Y quién es tan atrevido como para decir que Shakespeare, sobre cuya obra se han vertido ríos de tinta, es en realidad un misógino asqueroso, funcional a un sistema de enseñanza dominante, reverenciado en Occidente porque sostiene una cultura de la violencia? Sólo las feministas, porque hasta hoy han sido las analistas más críticas de las conductas sociales y los mecanismos de enseñanza-aprendizaje dominantes.

Shakespeare no solo es el organizador de las ordenanzas amorosas de la modernidad occidental, es también un perpetuador y fijador de paradigmas antisemitas, racistas (el moro de Venecia no es asesino porque es moro sino porque es celoso, sin embargo no es casual que sea un moro quien no pueda racionalmente dominar sus celos), colonialistas y clasistas. Por supuesto, todos esos rasgos se insertan en la enseñanza del malquerer dominante.

Doblegadas por un subrogado del amor que implica el chantaje sexual, afectivo, económico y la amenaza física, las mujeres han aprendido desde pequeñas que amar es dejarse dominar y que para ello deben primero ser seducidas. Los “me pega porque me quiere”, de no tan remota memoria, son una consecuencia lógica del deber ser seducidas.

Sin lugar a dudas, en 40 años el feminismo ha cundido en la conciencia pública y muchas mujeres obvian hoy las relaciones de pareja como opción para su proyecto de vida afectiva. No obstante, muy pocas pueden decir que tras haberse enamorado no han sufrido algún tipo de violencia (amén de haber sufrido violencia callejera misógina anónima: piropos ofensivos, agresiones, violaciones y feminicidios comprueban que una violencia no excluye la otra). Desde las niñas de secundaria ofendidas por muchachitos que en el recreo construyen su machismo en el juego del rechazo público a las niñas que les gustan, hasta las universitarias que esperan que les llame el compañero con el que acaban de pasar una intensa y rica noche de sexo, la mayoría de las mujeres piensa que no ser requerida implica no ser amada. En ello intervienen los tabús hacia la acción de requerir por parte de las mujeres. Y también otras formas de violencia: a muchas mujeres en alguna ocasión sus novios, amantes o maridos les han castigado el deseo y el goce sexual tachándolas de exigentes, voraces o insaciables. Es decir, han transformado su poca performatividad sexual (o, paradójicamente, el deseo y el gusto que su buena performatividad despierta) en una excusa para la ofensa. “Hoy no tengo ganas” no ofende, mientras “eres insaciable” implica una condena moral mediante el rechazo de la expresión sexual femenina. Los hombres que se sentirían rebajados por admitir que no tienen ganas, se sienten con derecho a limitar las ganas de una mujer.

Ahora bien, si ya sabemos eso ¿por qué, en 40 años, las feministas no hemos podido acabar con la violencia misógina en las relaciones amorosas (ni siquiera cuando son lésbicas)? La filósofa argentina Ana María Bach, en su reciente libro Las voces de la experiencia. El viraje de la filosofía feminista (Biblos, Buenos Aires, 2010), propone entre otras cosas, dirigir la mirada a la voz universal del sujeto de la modernidad (sujeto implícitamente activo y masculino) desde el conjunto de las experiencias de las mujeres. Estas experiencias nos revelan que, al cambiar, producen nuevos conocimientos y que éstos informan las acciones sociales de las mujeres. Es decir, nuestras experiencias conforman nuestra subjetividad continuamente, de manera que nosotras somos las promotoras del cambio en el patriarcado y podemos valorar nuestras acciones al reconocer nuestras propias experiencias.

Ahora bien, al haber escogido el ámbito público para el accionar feminista a finales de la década de 1980, las feministas dejamos de experimentar nuevas formas de relaciones afectivas, de analizarlas y de producir conocimientos sobre ellas. Atrapadas en la denuncia pública de la violencia misógina, reproducimos el esquema del amor como construcción patriarcal, sin experimentar otra relación de pareja que la que denunciamos. En el caso de las relaciones heterosexuales, los hombres no visualizan qué interés tendrían en experimentar un cambio en las formas de relación afectiva; en el caso de las relaciones lésbicas, las mujeres no analizan sus experiencias para salir del patrón de pasión-sufrimiento-violencia-seducción aprendido de las relaciones heterosexuales hegemónicas.

Parecería que no hay escapatoria a las ofensas en la intimidad, a la violencia intrafamiliar, a los abusos de poder, la discriminación laboral y las comparaciones degradantes entre mujeres. Las experiencias de liberación de las mujeres han puesto sobre aviso al sistema económico patriarcal que recaba parte de sus ganancias en la repetición de patrones de seducción-dominio-gasto masculino y subordinación-gasto para la invitación a la seducción femenina. Para ello, éste ha invertido en la reproducción de modelos femeninos dependientes para reforzar la educación de apropiación de los hombres. La divulgación por todos los medios de estereotipos de belleza femenina racistas y clasistas imposibles o difícilmente alcanzables (mujeres blancas, flacas pero alimentadas, altas y ajenas al mundo social) constituye un bombardeo constante del porqué los hombres tienen el derecho a perpetuar sus modelos de seducción.

De ahí que nueve de cada diez mujeres que se atreven a compartir el relato de sus experiencias de violencia, aun las más extremas, dan cuenta de periodos de seducción que se interponen entre dos sucesos violentos. El muchacho que desaparece de manera injustificada de la vida de una adolescente y tres meses después le envía un ramo de flores o llega a su puerta con un libro de poemas para decirle que nunca la ha olvidado, actúa exactamente como el marido que golpea con una plancha a su esposa para luego llevarla llorando al hospital pidiéndole al doctor que la salve porque no puede vivir sin ella.

Las experiencias de estas mujeres (y el reconocer en ellas una parte de nuestras propias experiencias) son las que pueden informarnos de la urgencia del cambio de nuestra educación afectiva. No se trata de renunciar a la actividad sexual y al afecto (renuncia que gozosamente han asumido muchas de mis amigas, sobre todo las mayores de 50 años) para no tener que renunciar a la propia libertad de movimiento, expresión y reflexión; más bien se trata de ocuparnos de una educación afectiva que no implique que las mujeres se vean forzadas a una actitud determinada por la voluntad de otra persona. Esto es, una educación a experiencias afectivas respetuosas, que produzcan nuevos conocimientos acerca de las relaciones interpersonales, en particular las íntimas.

Referencia: Francesca GARGALLO, “Rosas, golpes, pasión y muerte: el orden de los factores no altera el resultado de una mala educación amorosa”, en Todas, suplemento de Milenio, Ciudad de México, 19 de julio de 2010, http://impreso.milenio.com/node/8802228

Escritora, caminante, madre de Helena, partícipe de redes de amigas y amigos, Francesca Gargallo es una feminista autónoma que desde el encuentro con mujeres en diálogo ha intentado una acción para la buena vida para las mujeres en diversos lugares del mundo. Licenciada en Filosofía por la Universidad de Roma La Sapienza y maestra y doctora en Estudios Latinoamericanos por la Universidad Nacional Autónoma de México, se ocupa de historia de las ideas feministas y busca entender los elementos propios de cada cultura en la construcción del feminismo, entendido como una acción política del entre mujeres y las reacciones que despierta en la academia, el mundo político, la vida cotidiana. Enamorada de la plástica, busca entre las artistas una expresión del placer y la fuerza del ser mujeres; narradora, encuentra en sus personajes la posibilidad de proponer otros puntos de vista sobre la realidad que no sean misóginos; viajera, le da valor a los pasos de las mujeres y el encuentro sobre un mundo que les pertenece. Entre sus novelas destacan: Estar en el mundo; Marcha seca; La decisión del capitán, entre otras. Su libro de cuentos Verano con lluvia ha sido leído por feministas de varios países y ha recibo una buena crítica. Entre sus libros de investigación: Garífuna, Garínagu, Caribe (sobre la historia del pueblo garífuna); Ideas Feministas Latinoamericanas (una historia de las ideas feministas en América latina); Saharaui, el pueblo del sol (reflexión sobre la historia del pueblo saharaui desde hace treinta años en el exilio en Argelia). En la actualidad está dialogando con algunas mujeres intelectuales de los pueblos y nacionalidades originarios de Nuestra América para escribir una historia de las ideas de los feminismos indígenas, desde una epistemología feminista no blanca ni blanquizada.

http://francescagargallo.wordpress.com/

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Sin besos porque me enamoro

Antoine Fräppa "El beso"
Antoine Fräppa
«El beso»

Por Cristopher Garnica

 

Para la mayoría de los niños los besos son asquerosos. Tienen razón, es un intercambio desagradable besar a la abuela con bigotes, por un dulce o una buena comida. De púbero hay que besar a cambio de una bofetada, lo que es terrible y doloroso. Otro tanto sucede con los besos que se intercambian por orgasmos…

Conocí una chica que besaba horrible. Chocaba con sus dientes, el sabor de su labial me quedaba impregnado hasta la nariz, y al mirarme al espejo, veía un rastro blancuzco en la barba: su saliva seca; el jugo de nuestra baba seca, no lo sé. No voy a escribir los detalles grotescos de sus besos. Pero agregaré que no tenía senos grandes, nalgas exuberantes, ni una belleza que hiciera torcerle el cuello a más de uno.

Sin embargo, tenía un gran sentido del humor, era inteligente y afectiva. Me atrapaba en charlas exquisitas, con lo que llegué a admirarla por sus logros, y ese futuro prometedor del que presumía poco o nada. Era humilde pero dadivosa: compró boletos para conciertos, el teatro, el cine, y muy seguido me esperaba en un cuarto de hotel, con paredes-espejo, sobre una cama en forma de corazón, sabanas de satín rojo y sillones en formas extrañas que parecen súper limpios, pero dudo que lo estén…

No obstante, la compañía de Fulanita era genial. Me hacía sentir afortunado y tenía acceso gratuito a cosas exuberantes o ridículas. Aunque intentamos llegar a un beso ideal, de esos con los que Cupido se vuelve un angelito voyerista, sólo llegamos a besarnos sin sentir repugnancia el uno del otro. Tal vez, para sorpresa de mi soberbia, el problema no eran sus besos, sino los míos. No obstante, al menos un par de meses, ella pagó por mi compañía, hasta que el sin besos porque me enamoro se convirtió en mi escudo.

Al repetir la frase comprendí, en mi experiencia breve de pirujo, que el cliché es también una declaración de principios. Había que evitar sus besos y marcar un distanciamiento sentimental pero sin herirla, puesto que su compañía me era agradable y me beneficiaba, no así sus besos. Lo que trataba de decirle a Fulanita, era no me beses porque te enamoras. Las prostitutas saben bien de todo esto. Su negocio es la compañía, sin lazos sentimentales ni cargas emocionales. Cuando eres mercancía, tienes que saber bien las reglas y especificar los términos y condiciones. De ahí, que la frase es útil y la primer regla del comercio sexual.

Además, ¿qué carajos haría una prostituta con el amor de un cliente? Vincent Van Gogh, se enamoró de una prostituta. Ella rechazó su amor, pues tal vez sus besos eran infames, y adolorido por el rechazo, se cortó la oreja. Luego, se la regaló a la prostituta. Si la prostituta le hubiera dicho: sin orejas porque me enamoro, su acción estaría justificada, pero no fue así, lo que nos demuestra, que las prostitutas no quieren amor, ni mucho menos, expresiones de radical melancolía artística. Por eso Bukowski, sabedor del tema, le dijo en un poema: Van Gogh, las putas quieren dinero, no orejas.

Esta experiencia nos remite a lo refinado de la frase, y sobre todo al truco de marketing, al que sucumbió el pintor. Cuando a Fulanita yo le negaba besos, ella intentaba besarme más e incluso forzarme. En caso de conseguir un beso, más me besaba. Ella satisfacía sus deseos, conseguía lo prohibido y se prendía más, pero el costo era recibir el impertérrito sin besos porque me enamoro. Lo que me hacía sentir considerado, superior, y además, fingía que su amor era elevado, comparado a mis besos débiles…

Negándole besos a Fulanita podía controlar su persona. Si yo decía cuándo, dónde, cómo y para qué besarla, ella me compraba cosas y se mostraba bondadosa, con el fin de que mis sentimientos se reflejaran con besos y caricias. (Porque no es lo mismo que te besen al chile, a que te besen el chile). Por eso las prostitutas logran conseguir mucho de sus clientes, y un beso, es como la croqueta de recompensa para el perro adiestrado.

Los besos de agradecimiento, las croquetas, son una inversión. Agregan calidad y humanidad al servicio y se gozan los beneficios. Uno (como las prostitutas) no está exento de vivir circunstancias intensas, dejarse llevar por las pasiones de afecto, sensualidad, entrega… pues a pesar de los besos chafas, hay que estar dispuesto a las experiencias de intercambio cultural.  Pero no puedes fantasear al respecto, —como lo hizo Van Gogh— o terminarás dando una parte de tu cuerpo, en lugar de satisfacerte por la que pagas.

Después de un tiempo de ser  pirujo, llegó la ruptura. Fue una despedida breve pero emotiva, donde no se cansó de preguntarme ¿por qué?, hasta que me mandó al diablo. Lo cual fue mucho mejor que recibir una de sus orejas, o monedas por un último beso.

Lo cierto es que sobrevaloramos el amor y los besos que esperamos del otro. En todo momento, deseamos que Cupido se vuelva un testigo voyerista, pero sólo confirma la expectativa de nuestras fantasías, antes bien, las destruye por completo. Pude ser honesto con Fulanita, hablar el problema e intentar solucionarlo, pues sus besos eran desagradables, pero adoraba estar con ella. En cambio Fulanita esperaba dar cosas a cambio de besos, y yo esperaba recibir cosas sin dar besos. En el caso de Van Gogh, pues bueno, es un pendejo…

Quizá porque no se dio cuenta, que la mayor parte de las veces hay que practicar, encontrar lo delicioso del asunto, fomentarlo y luego todo mejora. Así funcionan las empresas del amor, con todo y las limitantes de que a pocos les llegará la experiencia y a otros, jamás les llegará. En serio, ¿cuántas fantasías, y orejas simbólicas hemos entregado, esperando ser correspondidos? ¿Cuántos besos hemos repartido, esperando ser recompensados mínimo con una muestra de afecto? ¿A cuántas prostitutas(os) has besado y cuántos besos de prostitutas(os) has dado?

@elcrisgg

http://divinageliofobia.blogspot.mx/

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Amor

Por: Oscar Vez Título: La noción del cuerpo en el apostol San Pablo
Por: Oscar Vez
Título: La noción del cuerpo en el apóstol San Pablo

Por Reylita

Amor, ven, juguemos el juego de los dos, el juego de los labios, de la piel, de las manos. Me haré cargo de tu existencia, de tu cuerpo.

Con un dado rojo y un dado azul para recorrer tus secretos, absorber tus olores…

 

Primer tiro: Dado rojo dice que use labios, lengua y dientes. Dado azul, sobre tu pecho y abdomen. 20 segundos solamente.

 

Acerco mis labios a tu ombligo, un sello que suena muy bajo, erizando tu piel. Diez segundos. Empalmo mi cara a tu vientre, pegada a tu carne, aspiro, te huelo. Paseo la humedad tibia de mi lengua en mi camino a tu pecho. La punta de mi lengua dejando rastros curvos de transparente saliva. Se estremece tu cuerpo. Chupar la piel de tu pecho, lamer sus tetillas. Morder, morderte, hasta que digas basta y me obligues a regresar a tu vientre donde descubriré los costados de tu abdomen. Y  marcaré con mis dientes los límites de tu cuerpo, cadenas hundidas e la promesa de tu carne.

 

Segundo tiro: Tus manos resbalando, acariciando, apretando dice el dado rojo sobre mis piernas, muslos, rodillas, pantorrillas y pies. Por 30 segundos tuyos serán.

Tendida en la cama con las piernas juntas. Viertes en tus manos aceite y las frotas. Recorres con tus palmas desde mis pies. Rodeando mis muslos, dibujando circunferencias, resbalando, extendiendo tus manos hasta mis pies, restregando tus brazos en mi carne. Separas mis piernas y aprietas mi piel, que de tus manos escapa, a queriendo entrar en mi carne. Rodeando una pierna, recorres suavemente y aprietas dando vueltas a mi cuerpo. Tu brazo que resbala completo entre mis muslos, adelante y atrás, el ardor de tu piel quemando mi piel.

 

Un turno para ti y veinte segundos que el dado azul nos regala para que mi cara y cabeza froten tu espalda, tus nalgas como indica el dado rojo y diez segundos más.

Tú recostado, la extensión de tu espalda, la delicia de tus glúteos. Queriendo morder, dudo ante la consigna de solo restregar mi cara, me acerco al hundimiento de tu cadera, empalmo mi cara y respiro tu piel.

Barro mi rostro para llegar a tus hombros, barro de regreso hasta llegar a sus nalgas, hundo mi cara en tu carne, suavidad que recibe la ansiedad de mi rostro…No besar, no morder, solo recorrer con mi cara, se contiene el deseo y suplicante yo por encajar mis dientes, tu sonrisa que niega, que se divierte con mi ansiedad…control, contener el deseo, mientras el tiempo se acaba sigo recorriéndote y tú cuidandote de no ser mordido sorpresivamente.

 

Un tiro más, dado rojo dado azul, en mis nalgas y m i espalda. Palmear, rasguñar, pellizcar…quince segundos, ¡¡nada más!!

El tiempo apremia, amor. Con amabas manos en mis hombros, bajas surcando la carne de mi espalda, dejando líneas ardientes como colas de cometa. Araña más, araña mis nalgas, apretando hasta pellizcar y subes marcando con pellizcos mis costados, mis hombros. Y con ambas manos palmeas aun tiempo mis nalgas, la sorpresa emite un grito y arañas mis nalgas antes de otra palmada doble, el tiempo termino otra vez.

 

Tirando el dado rojo, un premio para mí, donde me masturbaré con tu cadera, dice el dado azul, cincuenta segundos.

Jugando el juego que descubrimos alguna vez ya olvidada. Tendido tú de costado, me monto en tu cadera amor, restregando mi vagina hacia adelante y hacia atrás, frotando mi clítoris, tal vez pueda llegar, frotar y frotar, dejar mi cabeza caer hacia atrás,  moviendo mi cadera de manera circular. Me sostienes con tus manos, al compás de mi movimiento, encontrando el éxtasis sobre ti. Mi vagina bañando de mi tu cadera, empujo, empujo y mis muslos se tensan, el escalofrío que recorre de mi a cabeza a mis pies. Mis ojos en blanco, el latigueo de mi pelvis, el ritmo , cadencia, montada en ti, con gemidos que suplican tu nombre y seguir, seguir tratando de enterrar tu cuerpo entero en mi, con desesperación me muevo. Me ayudas en esta agonía, sobando mi clítoris con sus dedos, me llevas al éxtasis, de mi vagina, de mi humedad, exudando.

 

Al diablo el juego, gritas, mientras te levantas recostándome y abriendo mis piernas y metes tus dedos sobando dentro y no dejas de empujar, girando, golpeteo incesante, mi cuerpo retorciéndose, escalofríos interminables…

 

 

Arma tu dado erótico: 

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El hombre perfecto

Eldi Dundee Fetish boys 2008/2011, etching, 1/20
Eldi Dundee
Fetish boys 2008/2011, etching, 1/20

 

Alan Palma

El hombre perfecto, la cita perfecta, el amigo perfecto, los pantalones perfectos, el peinado perfecto, la calificación perfecta, las nalgas perfectas, el pene perfecto etcétera.

    Tal vez cambie la palabra, pero en nuestra sociedad se busca la perfección, en todo, en las cosas y en las personas, pero ¿en realidad la buscamos? o ¿buscamos algo que se nos ha dicho cómo tiene que ser, pero que al final sabemos no vamos a encontrar?

    En la cotidianidad la palabra perfecto hace una referencia directa al canon establecido lo mejor de lo mejor, y aunque la realidad diste mucho de ser perfecta, los medios masivos de información se encargan de hacernos creer que la perfección, como ellos la presentan, es asequible y real. Pero ¿qué es lo perfecto? La misma definición de la palabra queda algo ambigua, nos permite establecer esos límites de lo menos defectuoso o lo más cercano a la excelencia; entonces al final del día ¿buscamos lo perfecto para nosotros? o ¿buscamos lo perfecto para la aprobación social?

    En el mundo gay, de los antros, de la fiesta, del desvelo, del precopeo, del status, hay una gran influencia de los medios hacia la búsqueda del status quo de la perfección homosexual, por lo que muchos hombres gay buscan ser y estar con el hombre perfecto para obtener la aprobación social.

    La sociedad en que vivimos es sumamente consumista; sin embargo, en los círculos gay afines al Capitalismo Rosa esto se acentúa aún más, pues los gays somos híper consumistas: debemos tener los mejores zapatos, la mejor playera, el mejor pantalón, o tener todo el vestuario salido de la tienda Z o B, el Iphone no puede faltar o el nuevo celular más caro, y es ahí donde entra cierto canon del hombre gay perfecto.

    El hombre gay perfecto debe tener primero, los atributos de los cánones estéticos que marca la moda, músculos bien marcados, altos, guapos; después la vestimenta, como ya lo mencionamos, y por supuesto un buen puesto ejecutivo en alguna empresa donde gane de los 20 mil pesos para arriba; en los medios así los muestran, por lo que el ideal de la pareja gay es ver a dos hombres igualitos viviendo juntos.

    Obviamente la realidad es distinta, aunque estoy seguro que muchos chavos homosexuales desearían esto, pero dada la improbabilidad de toparse con un chavo pudiente, caucásico, en forma, y gay, en México, muchos nos bajamos de la nubecita, aterrizamos, nos desengañamos y buscamos al hombre perfecto para nosotros.

    El hombre perfecto cambiará dependiendo el gusto de cada quien y es ahí donde llegamos a un universo hermoso de diversidad, en donde nos podemos conformar con lo que nos toca o podemos encontrar lo que andábamos buscando. Está por ejemplo, el llamado Oso, aquél hombre barbón, gordito y bien peludo de todos lados; o el leather, el transexual, el otaku, la jotita (sin ser peyorativos), el hipster, el chacal, el macho, el botudo, el nerd, el alto, el güero, el moreno, el X, en fin, existen tantos gustos y subjetividades como personas existimos en este mundo.

    Todos necesitamos amor, y aunque hay algunos que terminan comprando la idea del comercial, al final, después de tanto bombardeo y no poder conseguir lo que se les ha indicado, terminan echándose al que más criticaban o al que menos se imaginaban o, mejor dicho, después de unas dos chelas, terminan aceptando lo que en verdad les gusta, y si después de la cruda siguen sin aceptar que les fascinó, es muy fácil echarle la culpa al alcohol.

    En un mundo gay donde todo es tendente a la superficialidad y frivolidad, o te quedas solo o aceptas que el amor no puede ser construido por una serie de factores específicos y meramente físicos.

    Yo creo que el hombre perfecto existe para todos, y se encuentra cuando menos lo esperamos, definitivamente nos tiene que gustar físicamente, así sea el más feo dentro del canon estético establecido, pero nos tiene que gustar físicamente, y de ahí el siguiente paso, nos tiene que convencer todo lo demás que no tiene que ver con lo físico y material.

    Al final hay para todos y dicen que el que busca encuentra, solo que primero tenemos que saber bien que estamos buscando para poder encontrarlo.

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Los chicos no lloran, tienen que pelear. Sobre mi encuentro de vida con la colectiva la Lleca, homenaje

Por Lia García (La Novia Sirena)

 

El beso prohibido

Aquella noche
en la playa
los relámpagos
fueron fotografías
tomadas desde lejos
desde otro mundo,
desde otro tiempo.
Para dejar huella
y que nunca jamás
se olvide
toda la tormenta
que puede provocar
un solo beso,
un solo abrazo.

Anaís Abreu D’ Argence

 

La Lleca abre una puerta a muchos mundos posibles para quienes pertenecemos a ella. Desde hace más de 10 años Lorena Méndez y Fernando Fuentes, artistas feministas mexicanas, fundadoras de la Lleca, han hecho que los afectos y la sensibilización corporal radical se apropien del sistema penitenciario mexicano y de la vida misma de quienes hemos conformado esta colectiva de disidencia feminista, anarquista y con una propuesta contundente que ha permitido que aún en el encierro exista la libertad absoluta que se reflexiona y se construye de una manera completamente potente y política: la colectividad.

Lorena Méndez y Fernando Fuentes han trabajado desde una propuesta radical de performance y pedagogía en casi todas las cárceles de la Ciudad de México y en algunas de otros países de Latinoamérica. Creo que su metodología, para quienes hemos tenido la oportunidad de colaborar y pertenecer a este espacio afectivo ha sido una desobediencia feminista a las normas sociales que construyen los muros grises y desolados de las cárceles, ya que ellas con todo y su cuerpo que contiene el alma y el espíritu han permitido que suceda lo imposible: construir desde el amor en la cárcel (como llamó Quetzal Belmont el trabajo de la Lleca) disponible en:

http://www.bancomundial.org/es/news/feature/2017/01/05/construir-desde-el-amor-en-la-carcel

Mi primer acercamiento con la Lleca sucedió en el año de 2010, cuando me encontraba realizando mi servicio social en el Centro Femenil de Reinserción Social Tepepan. En aquel entonces, me encontraba formándome como pedagoga y por ende, estaba en el área educativa del centro. Básicamente me dedicaba a aplicar pruebas psicométricas a las internas que estaban recién llegadas al reclusorio para poder ubicarlas en algún nivel escolar de los que ofrecía el centro: desde primaria, hasta licenciatura. Otra parte importante de este diagnóstico consistía en presentarle a las internas los talleres de sensibilización y actividades diversas que ofrecía el Centro Educativo para que decidieran si querían ser partícipes de alguno y contribuir a su proceso de reinserción.

Recuerdo que en el reclusorio que todas llamábamos Tepepan, existía el área pedagógica, que era donde se realizaba este diagnóstico integral y por otro lado se encontraba el Centro Escolar que era donde estaban los salones para llevar a cabo las actividades educativas (formales y no formales), también, en ese pasillo se encontraba el área cultural que propiciaba el arte como medio de liberación por medio de los talleres que ofrecía. Recuerdo con mucho amor y ternura a una interna que casi todos los días se aparecía en los pasillos de esta área a la que yo pertenecía: Marcela.

A Marcela, que todos llamábamos Marcelita, le encantaba cocinar, de hecho, uno de sus trabajos dentro del centro era pertenecer al equipo de la cocina que hace día con día la comida para alimentar a las internas que así lo deseen, misma que llaman el rancho. Marcelita era una chica de cabellos chinos, con ojos grandes y una sonrisa que siempre nos daba la bienvenida a quienes nos cruzábamos por su camino, participaba en múltiples actividades culturales y escénicas y se encontraba estudiando la primaria. Ella, con todo y esa energía tan afectiva y llena de amor fue quien me presentó a la Lleca, no fue casualidad que una mujer con ese tinte afectivo por la vida me permitiera cruzarme con quien ahora es una de mis amigas más admiradas, amadas y con quién comparto mi vida cotidiana: Lorena Méndez.

Una tarde cualquiera, de esas en que me quedaba en el reclusorio para adelantar horas de mi servicio social me encontré con Marcelita en los pasillos, ella con esa sonrisa que dibujo en mi mente y me transporta a ella, me dijo con una particular alegría: ¡Hoy es el día, voy a hablar de lo deliciosos que están mis chiles rellenos! Yo le pregunté ¿Hiciste chiles rellenos? Y ella me dijo: Sí, en la Lleca. Cuando respondió aquella afirmación mi interés por saber a qué se estaba refiriendo comenzó a aparecer en forma de más y más preguntas y finalmente con sus respuestas me condujo a la presentación que iban a tener como final de un periodo de trabajo con la Lleca y que hoy se encuentra documentado en uno de los archivos de la colectiva,

Mujer, deber, poder y placer, es aquel espacio escénico que propusieron las internas del centro femenil en compañía de la colectiva y que en palabras de Lorena y Fernando fue:

“Una propuesta de deseducación corporal que abordó la temática de la invención de la sujeto mujer y del cuerpo femenino en nuestra sociedad. Nos planteábamos la identificación de patrones y el análisis de cómo se gestan, mientras que íbamos generando formas de resistencia a estos desde la exploración y auto-observación de las participantes. Con reflexiones y ejercicios corporales abrimos un espacio para conocer más sobre quienes somos y que deseamos ofrecer y ofrecernos” (2009, La Lleca, 200 reos dijeron).

La propuesta que montaron en el auditorio de la cárcel de Tepepan y que fue producida y protagonizada por las compañeras excede la normatividad del encierro y permite que las internas salgan por medio de su voz y la memoria de ese espacio confinado y que violenta las relaciones afectivas entre las personas. ¿Cómo era posible que Marcelita saboreara sus chiles rellenos en compañía de sus otras compañeras? Pues sí, en la Lleca lo imposible se hace posible por medio de la performance que es esa posibilidad de fuga, creación colectiva y pedagogía donde el cuerpo con todo y sus vulnerabilidades, deseos y temores es el protagonista de la acción que detonan las artistas fundadoras y sus colaboradoras que en cada encuentro proponen nuevas formas de aproximación con las personas que están resistiendo el encierro.

No importa si uno es interno y el otro externo. En la Lleca, todos somos iguales y el trabajo tiene el objetivo principal de hacer que nuestras historias se crucen y que juntxs salgamos de todos los encierros que la sociedad construye en nuestras mentes y nuestros cuerpos. Esta colectiva permite que la piel se extienda cuando nos tocamos y respondemos al sistema carcelario que tensiona todo acontecer humano desdibujándolo y fundando nuevas fronteras entre los cuerpos. La Lleca, al igual que las personas encerradas, es un espacio de resistencia, rebelde ante los aparatos ideológicos del estado de Althusser que moldean una forma reducida y limitada de ser humanos.

Marcelita pudo hacer posible su sueño de saborear sus chiles rellenos, Ardían pudo salir del encierro por medio de aquellas interesantes y pedagógicas performances que Lorena y Fernando han propiciado desde el año 2004; 200 reos dijeron, Matrimonio colectivo, 365 días de performance, Juego de niños, La Novia, Una rota para muchos descocidos y cumpleaños colectivo entre otras, han sido esas otras realidades que hoy son posibles y que nos invitan a pensar de otro modo la cárcel, la educación, la masculinidad y sobre todo la vida misma.

Después de haberme encontrado con la Lleca por medio de una mujer como Marcelita, pude tener mi primer contacto directo con Lorena y Fernando en un seminario llamado Pedagogías en espiral que sucedió en el año de 2011 en el MUAC y que coordinaron Marisa Belausteguigoitia, Rian Lozano y Helena López. Sin duda alguna la intervención de la Lleca en este recinto me permitió percatarme que la transgresión no solo sucede en el espacio carcelario, se fuga a los museos, a las calles y a las escuelas y en verdad, es efectivo porque te sana el alma.

La Lleca llevo a cabo una sesión de trabajo en la cual nos contaron sobre sus intereses, metodologías y retos frente al sistema penitenciario mexicano realizando este tipo de trabajo que en palabras de Lorena, es incómodo y muy difícil de entender para el personal que conforma la burocracia carcelaria y que contiene a las personas: custodixs. Esa sesión pudimos ver los videos de algunas de las performances mencionadas anteriormente y realizamos una performance colectiva en la cual Lorena y Fernando nos invitaron a ponernos de pie, tomarnos de las manos y realizar el saludo con el cuerpo.

Tocamos nuestros cuerpos entre las participantes, y hacíamos que cada parte se saludara con la otra: mano con mano, pie con pie, nariz con nariz, oreja con oreja, cachete con cachete y hasta pompi con pompi. Ellxs nos compartieron que esta era la manera de comenzar a hacer Lleca en las cárceles, poniendo el cuerpo por delante de cualquier regla. Posteriormente, a modo de sorpresa y sin preguntar, nos vendaron los ojos a cada una de las participantes y nos pidieron que camináramos así, con la venda puesta sobre los ojos; se trataba de sentir el espacio con el cuerpo, y a las otras personas también, dialogar con nuestros miedos y prejuicios y dejarnos sentir con la piel.

De pronto, nos pidieron que nos detuviéramos y que nos acostáramos en el piso del aula que nos contenía. Una vez ahí, tendidos los cuerpos en el suelo, como cualquier día de sesión dentro de la cárcel, Lorena y Fernando, se aproximaron a nuestros cuerpos cada vez más para decirnos en secreto, una historia que contaba la vida de personas que estaban resistiendo el encierro, terminaban esta acción con un abrazo profundo y eso nos permitía contactar con esa persona que ellxs trajeron al espacio con su voz y su cuerpo.

La manera tan potente que tiene la Lleca de transgredir los espacios no solo carcelarios, por medio de la performance radical esta enraizada por una política feminista que han explorado a lo largo de los años de la mano de grandes autoras feministas como Megan Boler, Francessca Gargallo, Helen Cixous o Bell Hooks, esto ha delineado una ética de los afectos y los cuidados para poder entender el trabajo de la Lleca que interesantemente ha excedido el espacio central de trabajo de la colectiva y  se ha expandido a la cotidianidad de un mundo que posibilitan Lorena y Fernando.

Con esto me refiero a que la acción afectiva esta presente siempre; ya sea en la cárcel o fuera de ella. Actualmente Lorena Méndez es profesora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México y es muy interesante como ella ha trasladado el trabajo político de la Lleca a las aulas de la universidad. Lorena vuelve a resistir en la academia y propone una nueva forma de trabajar desde el cuerpo que dinamita las relaciones  maestro-alumno, enseñante-aprendiz, adulto-joven. Esta nueva forma permite tensionar las relaciones de poder que se dan en las instituciones y volver a fugarse cuando el cuerpo aparece.

Por otro lado Fernando Fuentes, continua trabajando con el tema de la masculinidad desde una propuesta corporal que vuelve a tomar la performance como posibilidad de transformación social que tensiona los cuerpos y la manera que tienen los hombres de comunicarse entre sí, Fuentes, con su propuesta, invita a los hombres con quienes trabaja a relacionarse de maneras más afectivas y a hacer conciencia del papel que han tenido los hombres en el mundo que violenta e invisibiliza a las mujeres.

Hacer Lleca, como dicen ellxs, es afectarnos también entre las amigas. Lorena y Fernando son amigas muy amadas con quienes he compartido momentos muy especiales y fuertes en la vida. Poco a poco después de aquel seminario nos fuimos conociendo, sintiendo y construyendo, nos enamoramos y finalmente resistimos juntas. Una de mis experiencias mas satisfactorias al pertenecer a la colectiva ha sido el poder cuestionarme a mi misma, conocer mis límites, temores, deseos y objetivos. Ahora puedo acercarme a la cárcel de otro modo y darme cuenta que ahí también existe la libertad y que es necesario desobedecer en ciertos contextos donde el cuerpo esta olvidado, desdibujado y es objeto de burla.

La Lleca fue mi primer contacto también con el tema de la masculinidad, pues en aquel entonces, asumiéndome como homosexual, Lorena me enseñó a dejar mis miedos atrás y a relacionarme con hombres heterosexuales de un modo afectivo: contándoles sobre mi historia personas y proponiendo metodologías corporales para hablar de este tema que es tan complejo en un mundo androcéntrico. Poco a poco pude desarrollar algunas performances con los hombres que pertenecían a la colectiva y que ya se encontraban sensibilizados al tema. Una vez en el reclusorio norte me acosté con Johnatan en el piso, nos tomamos de la mano y Lorena nos adhirió al suelo con cinta adhesiva mientras declamábamos un poema de denuncia a la masculinidad hegemónica en la cárcel que invisibiliza a los cuerpos feminizados. Esta es otra forma de exceder el imaginario del arte contemporáneo, pues el trabajo de la Lleca cuestiona la performance, los límites del arte como intocable e incluso la formación del artista que muchas veces, deja del lado el cuerpo como punto central de la creación y la propuesta de intervención.

Cada uno de los performances de la colectiva e incluso las acciones personales de Lorena que también ocurren en la cárcel, nos invitan a des-centralizar la performance y a acercarnos a una propuesta feminista de acción que tiene que ver con la escucha activa y la posibilidad de intervenir la masculinidad desde el afecto, la seducción y la vulnerabilidad. La artista nos cuenta que es a partir del trabajo con su propia feminidad que se acerca a los hombre y permite que su mirada patriarcal hacia el cuerpo femenino cambie y se acomode a nuevas formas de relacionarse.

La amistad que he podido construir con Lorena y Fernando es también un producto del trabajo que proponen, pues todo el tiempo están construyendo otras realidades y formas de comunicación entre las personas, eso es lo más interesante de la Lleca, que entra y sale de la cárcel para cuestionar, reflexionar y construir la colectividad afectiva. En un mundo inundado de violencia, estos espacios son necesarios y quizás son el camino para la sanación. Actualmente, con Lorena, Elisa, Vania, Valentine, blanca y Mónica hacemos Lleca en el reclusorio norte con un grupo maravilloso de mujeres trans* que resisten al encierro, mientras que Vania, Brenda e Iván, acuden con las compañeras de Santa Martha Acatitla. Para mí es un verdadero honor hacer un homenaje a la colectiva la Lleca, donde me he formado y he aprendido que el amor SI es una política de transformación.

Lo afectivo es lo efectivo y aquí se hace posible. Larga vida a la Lleca.

Les recomiendo leer información muy contundente y potente sobre el trabajo de la Lleca en la siguiente lista que he realizado para este artículo además de ver el video que se presenta en el mismo, disponibles en la web:

-Cómo hacemos lo que hacemos. La Lleca. Proyecto fonca

-El arte acción, la palabra y el afecto se apropian de la cárcel; la Lleca

Por Elia Espinosa.

-Arte activista/Arte Político. Reflexiones en torno al trabajo del colectivo la Lleca con adolescentes varones en situación de reclusión.

Por Cynthia Pech.

-Apuntes de una performancera en acción. Por Lorena Méndez Barrios.

-200 reos dijeron. Por la Lleca, proyecto fonca.

-Construir desde el amor en la cárcel. Por World Bank Group, Quetzal Belmont

-REC del preso en resistencia. Por la Lleca, proyecto Fonca.

-Manual de afectos, cuerpo y educación feminista. Por la Lleca, proyecto coinversiones fonca.

-De la Lleca al PUEG: Un recorrido a través de la prisión y la academia. Por Briseida Alicia Echaury Olmos para Pedagogías en espiral.

-Bitácora del 24 de Junio de 2010. Por Lorena Méndez para Arte y políticas de identidad vol. 3.

*Fotógrafa: Constanza Moctezuma. Archivos la Lleca.

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Lia García. Nació en el año de 1989. Es originaria del sur de la Ciudad de México donde actualmente reside. Es defensora de los derechos humanos de las personas trans* y aprendiza feminista.

Estudió Pedagogía y Artes Visuales en la Universidad Nacional Autónoma de México realizando la investigación Puede besar a la novia: la experiencia del cuerpo trans* como una pedagogía afectiva en la cual trabajó los cruces entre la pedagogía radical, el feminismo de los afectos y los cuidados así como los estudios de performance.

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Hombres cabales. Entrevista con Martín de la Cruz López Moya.

por Ivelin Meza

El estudio de las masculinidades en México es todavía un tema por demás ausente en la información cotidiana sobre género. En el Distrito Federal, por ejemplo, las políticas que promueven el respeto y la igualdad devienen, las más de las veces, en parches que fomentan la victimización y criminalización que dicen mejorar la convivencia social, pero perpetúan las divisiones. De ahí la importancia del trabajo de Martín de la Cruz López Moya, a quien busqué cuando supe la existencia de su libro “Hacerse hombres cabales: masculinidad entre tojolabales”.

Un intercambio de correos valió para que aceptara ser entrevistado vía internet, ya que reside en Chiapas. Sencillo y de voz agradable, tuvimos una charla breve y amena.

Esta investigación comenzó alrededor de 1997 a raíz de un programa de salud reproductiva tema en esos momentos de moda en la región tojolabal1. En este programa me percaté que el tener hijos era un acontecimiento de gran relevancia para las comunidades. A pesar ello, se me hizo peculiar que cuando había dificultades en la concepción, todo el conocimiento médico local se vertía hacia la tarea de restablecer la fecundidad de la mujer, asumiendo el problema como propio de ella y obviando la posibilidad de infertilidad en el varón. Pero, además, otra particularidad dentro de este contexto era el precio de los nacimientos: cuando nacía un niño, el coste de la partera era más elevado que cuando nacía una niña”.

En el contexto en que trabajó Martín de la Cruz -las comunidades de Las Cañadas, Las Margaritas y Comitán, en Chiapas-, el hombre cabal es definido por las representaciones de su cuerpo y pensamiento. Por un lado, el cuerpo debe estar completo y pleno en sus funciones: tener una dinámica heterosexual, ser capaz de procrear y ser consecuente en las prácticas de vida cotidiana, como el matrimonio: “Es una prescripción, un acuerdo social que un hombre debe casarse (buscar a la mujer, cortejarle y hacerla su esposa), lo cual no difiere en mucho en otros contextos culturales, urbanos y en otras sociedades”.

Por otro lado, su pensamiento debe ser cabal: “representar a su familia, mediar ante la sociedad (desde el médico y las autoridades hasta el cura, por lo cual tiene que hablar fluidamente español) y tener la capacidad de mando, pues es la autoridad”.

No obstante, hace énfasis en que ese hombre cabal, siempre está en construcción:“Nunca está determinado y por eso es preciso especificar que mi estudio sobre las masculinidades se construyó a partir del registro etnográfico y observación de campos de interacción, para evitar reproducirlo como estereotipo de las comunidades campesinas o tojolabales. Lo conveniente es mostrar que en ese campo de relaciones analizadas se construye un modelo de representación dominante de masculinidad porque es la que da contenido y forma a las relaciones cotidianas, pero no debe verse como la única. Hay marcos más amplios que delimitan la hombría o virilidad, inscritos en los propios ámbitos religiosos, en los medios de comunicación, la escuela, la iglesia, el trabajo, en los cuales negocian y se inscriben modelos dominantes de masculinidad más generales”.

Es precisamente por eso que el maestro Martín de la Cruz hace énfasis en la necesidad de que su trabajo sea visto desde el orden antropológico, ya que no busca decir verdades sino “aproximarse a un fenómeno, es interpretativo y de carácter etnográfico”. Pero además ve la masculinidad como un proceso relacional que se construye con el trato cotidiano, multidimensional ya que varios campos convergen para construir sus modelos, como el religioso, el económico, laboral, las relaciones de pareja, etcétera, histórico pues cambia de sociedad en sociedad, de generación en generación, de lugar en lugar, incluso en la trayectoria de vida de las personas, y situacional, pues se activan maneras de relacionarse de acuerdo a los contextos en que se encuentran.

En este sentido, la especificidad de la definición tojolabal, es meramente una forma de ubicar su investigación:“No hablo de indígenas sino de tojolabales pues los indígenas no son un todo homogéneo, tienen distintas calidades y modos de vida, diferentes costumbres, incluso dependiendo de sus inclinaciones religiosas o políticas. Los estudios de género deben hacerse respetando las particularidades para, por ejemplo, crear políticas públicas congruentes con las diversidades y contextos sin pretender definir un estereotipo dentro de la comunidad.

Es necesario ponderar la diversidad humana, superar la categoría del hombre o indígena o mujer, ya que es una expectativa social y exigencia incluso de las propias mujeres, quienes participan de las formas de dominación masculina. En las comunidades mismas, las suegras, abuelas, parteras tienen más jerarquía, asumen relaciones de poder que se construyen por exigencias sociales.

Hay un imaginario colectivo que construye modelos de representación de los cuales todos participamos, aunque las mujeres sean las más vulneradas. Por ejemplo, en cuanto a los tojolabales, hay situaciones que ponen en prueba al hombre cabal. El jokwanel (rapto) exige al hombre robarse a la mujer violentamente para hacerla su esposa. Sin embargo, muchas de las veces es un rapto negociado, simulado, a veces porque las formas tradicionales católicas de contraer matrimonio son lentas y costosas, o no hay forma de pagar una dote, por lo cual se actúa el acontecimiento. En este proceso, las mujeres cercanas pueden colaborar al rapto (amigas, hermanas, la madre), ya que es una imposición social de la comunidad aunque pueda resultar en algo precario y vergonzoso para el hombre si, por ejemplo, la mujer es más fuerte que él y se defiende”.

Y habla sobre la importancia de las masculinidades: “El tema de las masculinidades es relevante porque hay que tomar en cuenta que el género es una construcción cultural, independientemente de si se es hombre o mujer. Es un campo de conocimiento que se tiene que trabajar porque se da mucho por sentado, tanto desde el punto de vista de la investigación social, como del sentido común en las relaciones cotidianas. Muchas veces se consideran las diferencias como si fueran asuntos naturales, lo cual invisibiliza modos de vida en los cuales puede haber mucha violencia tanto para hombres como para mujeres.

Hace falta ver a las personas como personas, ponderar la condición humana, independientemente de que sean indígenas, hombre o mujeres, lo cual nos ayudaría a romper con estereotipos. No es lo mismo ver a alguien como indígena/mujer, que como persona, como seres humanos que sufren, gozan, ríen.

El ejemplo del libro sirve para cuestionar estas maneras dominantes que existen en cualquier contexto porque esto del hombre cabal se puede traspolar a otros lugares, no tanto con ese adjetivo pero sí como modelos dominantes del ser hombre. Existe una gran necesidad de trabajar en estos campos desde una posición menos desideologizada, por ejemplo, como dice Chandra Mohanti, el feminismo occidental ha querido ver a las mujeres del tercer mundo como un grupo homogéneo, cerrado y sin historia. Si nosotros seguimos con este esquema, solamente reproducimos un mismo discurso y creamos unos estereotipos de victimización.

Me parece que el estudio de las masculinidades debe desarrollarse tomando en cuenta la diversidad de las personas, concretamente, porque es bien fácil dirigir políticas desde esquemas muy generalizantes. Hay que analizar y ver que tanto la categoría de hombre como el de mujer siempre van a estar en proceso y que van a haber muchas maneras de ser. Hay que dejar de clasificarnos simplemente como hombres y mujeres pues es como reducirnos a esos grandes grupos e ignorar que cada persona es muy particular”.

Casi al terminar la charla, Martín de la Cruz me reitera la necesidad de que su trabajo se vea ajeno a los estereotipos con que a veces nos acercamos a los hablantes de lenguas indígenas, inclusive por la forma metodológica de su elaboración “replicable a cualquier sociedad”. Aclarado lo anterior, pregunto si tiene algún otro proyecto en puerta relacionado con los estudios de género.

Sí varios, aunque últimamente he tenido otros temas de trabajo. He migrado de las masculinidades a la antropología de la música, por lo que he estado viendo la conexión entre masculinidad, música y sexualidad: cómo se construye la subjetividad masculina y la sexualidad a partir de ciertos gustos musicales”.

Así que, mientras espero su próxima investigación, les recomiendo que lean la reseña de su libro, publicada aquí mismo.

1Etnia que habita en la zona centro oriental del estado Chiapas, México

[box type=»shadow» align=»aligncenter» ]Martín de la Cruz López Moya es sociólogo y maestro en antropología social por el Centro de Investigaciones y Estudios Superiores en Antropología Social, con estudios de doctorado en el área de Comunicación y Política de la Universidad Autónoma Metropolitana.
Desde el año dos mil se desempeña como investigador y profesor de posgrado en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas (CESMECA-UNICACH). Participa en el cuerpo académico “Sociedad y Cultura en Fronteras” en la Línea de Investigación “Globalización y Culturas Urbanas”. Cuenta con el reconocimiento como Investigador Científico Nivel II por el Sistema Estatal de Investigadores en Chiapas.
Entre sus publicaciones destaca el libro: “Hacerse hombres cabales. Masculinidad entre tojolabales”, editado por el CIESAS y la UNICACH y varios artículos y capítulos de libro donde aborda, desde una perspectiva antropológica, las expresiones de la música popular en Chiapas; publicados en revistas y libros arbitrados, de manera individual o en coautoría. Actualmente coordina el proyecto de investigación colectivo “Consumo Cultural e Imaginarios Urbanos en el Sur de México y Centroamérica”.
Contacto: martindelacruzl@yahoo.com.mx [/box]

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Oscar Mondragón, 2013

Sin pelos no hay paraíso

por Oscar Mondragón

—Me encanta que seas tan varonil, el vello de tu pecho… me gusta que no te lo recortas; ése es un hombre. —Me lo dijo mientras seguíamos acostados mirando el techo. Era ese momento de reflexión que a veces le sigue a una buena sesión de sexo; ¿En serio? ¿Así es un hombre? Me lo pregunté realmente, como muchas otras cosas que me he preguntado acerca de ser hombre, no es que antes no hubiera pensado al respecto, es más bien que escucharlo de su boca le daba un peso distinto.

Efectivamente soy un hombre peludo, lo he sido desde hace ya bastante tiempo. El vello de mis antebrazos ha estado ahí desde la primaria, una capa abundante de un vello muy delgado pero siempre obscuro; es a la familia de mi madre a quien parece que debo este rasgo, específicamente mi abuelo ostentaba unos antebrazos que durante mucho tiempo consideré los más velludos del mundo.

Justo durante la primaria y una década después mi impresión era que los hombres peludos eran más bien una rareza y hasta pensaba que enfrentaría rechazo por ser como soy. Recuerdo muy bien que dos señales definitivas fueron darme cuenta que ningún Ken y nadie en Salvados por la campana, Beverly Hills 90210 o Dawson’s Creek tenía vello en el pecho, por lo menos ninguno de los personajes principales. Al crecer y estrenar mi mirada en el mundo del porno descubrí con pesar la misma circunstancia, ahí incluso era peor ¡Estos tipos no tenían pelo ni en las bolas!

El vello de mi pecho, referenciado en las primeras líneas, comenzó a aparecer a los dieciséis años en la forma de una segunda aureola rodeando mis pezones y creciendo hacia el centro hasta cubrirlo finalmente alrededor de los veintiuno.

He aprendido a apreciarlo a través de los años y he pasado incluso a sentirme orgulloso de mi peluda anatomía, vino entonces otro momento de duda y cuestionamiento, ya que la imagen mainstream de lo masculino se ha visto interferida desde hace algunos años por personajes tan diversos como Ari Telch, el peludo galán de la telenovela Mirada de mujer y la figura del metrosexual años después. Así, puedo ver que ahora conviven varias imágenes de cómo luce un hombre de verdad, según un par de amigos esto ha llegado al extremo de transformarse en una velludocracia que privilegia nuevamente a los hombres velludos. Creo que esto tiene que ver más con que las barbas se han puesto de moda a últimas fechas.

El más preciado elemento piloso para mí siempre ha sido la barba. La barba representa un triunfo, es la culminación del paso por las edades y el símbolo de madurez por excelencia, sin embargo, hay otros aspectos más obscuros de ese fetiche con las barbas.

Desde la adolescencia el signo inconfundible del intelectual, el disidente, hippie o comunista, doctorante o crítico de arte, filósofo o activista, da lo mismo; el punto es que me dejé hundir en una mentira tan profunda que aún ahora me la creo: los hombres barbados son más interesantes. ¡Y vaya que se me ha decepcionado!

Pero qué hay de quienes no tienen, ni tendrán barba o vello corporal? Más de un amigo me ha hecho notar la polaridad de la situación, además de lo contundente del mandato de esa nueva velludocracia y he podido hacerme una opinión más clara respecto a la oposición peludos/lampiños.

Disfruto mucho ser peludo, pero me causa mucho conflicto que esa siga pareciendo una señal inegable de la masculinidad del macho alfa, sobre todo después de las confusiones y los cuestionamientos a los que me ha llevado mi encuentro con el feminismo. Es justo a través del feminismo que he logrado nombrar muchas de mis incomodidades en el ser hombre tradicional y la mayor parte tiene que ver con las imposiciones y las normas inflexibles. Para mí ser peludo es cómodo en cuanto a una característica propia sin que eso me obligue a ser necesariamente un hombre de verdad y el ser lampiño me parece muy bien en tanto que no sea el mandato de cierto modelo de lo masculino, lo atractivo o incluso lo limpio y me imagino que la percepción de por lo menos varios amigos coincide en este punto.

Nadie está obligado a ser de tal o cual forma para confirmar lo que se espera de su género (en caso de identificarse dentro de alguna de las acartonadas cajas de hombre o mujer) y yo seguiré sintiéndome a gusto con mi recubrimiento mientras no se me exija jugar ese papel que considero tan obsoleto: el del macho bigotón.

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De primeras veces

Por: Señorita Pimienta

Pensar en primeras veces puede ser muy ambiguo dado que cada experiencia ocurre en sí misma. He llegado a esta conclusión. Sin embargo, a los 10 y tantos años muchas cosas le pasan a uno por primera vez porque, en efecto, situaciones de la misma naturaleza se presentan a lo largo de la vida (en este caso, en el mejor de los casos).

Desde edades tempranas se ofrece información a los adolescentes y pubertos que necesitarán saber para su «primera vez», y de ahí en adelante. Condones, menstruación, embarazo, ovulación, erecciones, orgasmos, vaginas, pezones, penes, vulvas, pelos y anexos. Pero, ¿de qué está hecho el deseo? ¿Qué es lo que mueve a nuestro cuerpo hacia ese territorio tan desconocido que es el cuerpo del otro? Me pregunto acerca del otro, de los otros, de los hombres. ¿Es su pene lo que tanto nos fascina? ¿Sus erecciones son de tal naturaleza que nos enloquecen y atraen como la miel a las hormigas? Puede ser. Pero vayamos un paso antes. Con la ropa puesta (aunque ya con erecciones, si gustan).
La primera vez que vi un pene en vivo y en directo, tendría unos 16 años. Decidí tomar un taller de dibujo. En el póster que anunciaba el taller, aparecía una acuarela de un cuerpo femenino desnudo. Yo estaba al tanto de que dibujaría gente desnuda, una chica, quizá. Nada que no hubiera visto antes. Pero tomé mi lugar, saqué mis materiales y esperé. No había modelo a quién dibujar. Tras unos 5 minutos de espera apareció un hombre cuyo rostro no recuerdo. Me imagino que no lo recuerdo porque no era importante, ni imprescindible. Es más, ni siquiera necesitaba verlo, mucho menos recordarlo. Mi recuerdo empieza cuando levanté mi cabeza y de pronto, frente a mí, había un hombre desnudo. Era un hombre que pasaba de los veintitantos, eso sí lo recuerdo. Creo que eso me impresionó. Pero más allá de cualquier cosa, lo que recuerdo es la sangre subiendo a mi cara y a mi cabeza. Sentí muchísimo calor y un poco de miedo al ver su cuerpo moreno desnudo, de pie frente a mi caballete sin pudor alguno. Todo ese calor, todo ese bochorno y rubor no fueron provocados por más que por la sorpresa. Al cabo de 10 minutos el calor y el color de mi cara fueron disminuyendo y me encontré observando los bordes y volúmenes de su cuerpo sin pena alguna. Sí. A mis 16 años no había visto el pene de nadie, el cuerpo desnudo de ningún hombre.

En ese entonces, estaba en la preparatoria. Yo juraba estar enamorada de un chico con quien salía, aunque realmente lo que sentía por él  ahora no le pondría el mismo nombre, pero el tipo me fascinaba, me provocaba unas sensaciones abrumadoras sólo con mirarme como me miraba. Para ese entonces, ya habíamos compartido bastante saliva, abrazos, y ligeros toqueteos (y otros no tan ligeros) de la cintura para arriba. Nada más.
Nuestros amigos estaban planeando un viaje al rancho de uno de ellos. Íbamos pocas chicas, y algunos chicos. Iba él e iba yo. En la escena aparecemos él y yo en una hamaca, afuera de la casa. Mucho viento, mucho pasto, mucho cielo alrededor y poca luz, pues se estaba haciendo de noche; nuestros amigos algunos al lado y otros frente a  nosotros, platicando de cualquier cosa. Estábamos tapados desde los pies hasta los hombros y nuestros cuerpos tan cerca que casi estaba uno encima del otro. De pronto, su mano se acercó a mi muslo. Lo acarició repetidas veces hasta que sentí su mano entre mis piernas. Fue como si todos los sonidos y las luces que nos rodeaban se hubieran fundido en una sola cosa, sorda y borrosa. Empecé a temblar. Era un temblor que se concentraba en mis piernas, pero corría desde los dedos de mis pies hasta mis orejas De pronto caí en cuenta de que mi mano estaba recargada en su muslo. Decidí moverme hasta tocar lo que había más arriba. Estaba tocando eso que yo había sentido con mi pelvis cuando nos besábamos, esa tumescencia que de pronto crecía cuando estaba cerca de mi cuerpo. Me pareció sentirlo mucho más grande de lo que había imaginado. Y lo acaricié hasta que la sensación de calor, temblor, tensión y voluptuosidad fue tal que no supe qué más hacer y tuve que fingir que me estaba quedando dormida. Sí, como no.  Dormida.

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Primeras veces hay muchas, y con el tiempo son mejores

Por Adriana Raggi

La primera vez que leí un texto feminista sobre el desnudo, me convenció de que las imágenes de mujeres hechas por hombres, eran violentas y denigrantes. La primera vez que dudé de esta afirmación feminista sufrí una especie de shock –o se puede decir que a consecuencia de un shock personal– tuve la suerte de darme la oportunidad de cuestionar, el dogma feminista de la agresión automática de los hombres hacia las mujeres.

La primera vez que pinté un cuadro de desnudo de un hombre, creí estar cuestionando el concepto tradicional de desnudo. La primera vez que me di cuenta de que en realidad de lo que quería hablar era del placer y no del desnudo, fue cuando comencé a leer el Testo yonki de Beatriz Preciado. El primer capítulo me iluminó, me dijo: a mí me gusta el sexo, lo disfruto y no se trata de cuestionar el concepto de desnudo desde la teoría, sino de hablar del placer.

Al placer– no la primera vez que lo viví, eso no lo recuerdo, sino la primera vez que lo puse como un lugar de análisis, de encuentro de mi pensamiento, de desarrollo de ideas– me enfrenté de una forma intuitiva. ¿Disfrutar? Esa era la pregunta, ¿por qué tendría que desterrar de mi ser el disfrutar, para en su lugar, encontrar una lógica que me encasillara dentro de lo políticamente correcto? Es difícil buscar un punto de vista diferente de las cosas, cuando uno está muy encerrado en los ideales obligados.

La primera vez que me di cuenta, de que el buscar el placer en los ideales que me habían llevado a lo «políticamente correcto», no tenía sentido, perdí la orientación. Me quedé parada frente a una pared blanca que crecía hacia el infinito. Mi nariz pegada a la pared y con una gran incapacidad para voltear la vista.

Después de ver fijamente esa pared en blanco. Por horas y sin sentido. Giré mi mirada, después mi cuerpo y decidí que era la hora de tomar un nuevo camino. Por supuesto, eso no fue fácil. Pero, por primera vez, en mucho tiempo, me sentí independiente. Con esa independencia venía un gusto nuevo en mi boca, en mi cuerpo, en mis emociones y en mi piel. Busqué el placer de decir las cosas que antes, la corrección política, me lo impedía. Busqué el placer de ponerme los colores, los atuendos, las palabras, los goces que yo quisiera sin sentir culpa.

Por primera vez pude enfrentar mis dudas. Mis dudas vestidas en papel, en fotografía, en imagen. Me vestí y me disfracé de placer. Me enfrenté a mi propia imagen sin pensarla como una imagen de víctima. Y la utilicé para mostrarme a mí misma que el tema del placer, del goce, tiene muchas vertientes, muchas formas.

La primera vez que enfrenté mis dudas, después de la gran pared blanca, fue cuando las pude pronunciar en voz alta. Me paré enfrente de mi cómplice de pensamiento, y se las dije. Esa primera vez fue la más divertida. Nos reímos sin parar. Y pude ver que mis dudas se parecían mucho a sus dudas. Y compartimos nuestras preguntas, y nos carcajeamos de lo políticamente correcto. Del pensamiento que no deja espacio para el cambio, para las dudas, para el cariño entrañable entre amigos.

Así que después de la pared blanca he recorrido un camino de primeras veces, de encuentros y también de olvidos. Me acordaré siempre de quienes me dieron la espalda, me acordaré de ellas en el olvido. Porque cuando encuentras un nuevo camino, y te das cuenta de que no puedes clasificar o limitar tu pensamiento, siempre hay alguien que por primera vez te muestra su verdadera cara. Y te traiciona, te quiere obligar, te quiere ordenar. Entonces, por primera vez, la pones en el olvido y te volteas para poder ver el placer.

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¿Seguimos en el principio?

Por Alan Palma

El tema de la homosexualidad masculina está lleno de tabúes y mitos; aunque cada sociedad maneja este tema de distinta forma los países occidentales se abren cada vez más a la aceptación, tolerancia e incluso establecen leyes para minimizar la discriminación y la satanización que se ejerce sobre este sector de la población.

En lo personal, desde mi niñez hasta mi salida del clóset, tuve que lidiar internamente con los temas tabúes que imperaban en esos momentos (los 90´s), y cuando por fin di ese gran salto intenté, por los medios que tuve, tratar de eliminar esos conceptos e ideas erróneas que giraban en torno al tema.

Debido a que mis círculos más cercanos, amigos y familiares, eran de mentalidad bastante abierta, y por el avance que empezó a tener la sociedad en estos temas, empecé a creer que los tabúes más tontos o más absurdos, a mi parecer, se habían minimizado, o que solo existían en los pueblos más lejanos de la urbanidad y más cercanos al dogma religioso.

Entre los muchos prejuicios que existen, los que más llamaron mi atención fueron dos: que homosexual es sinónimo de afeminado y que el proceso de un homosexual es intentar una transformación a lo transexual o travesti. Mi preocupación hacia estos prejuicios en específico surgió a través de dos comentarios que surgieron en unas charlas, primero la novia de un primo:

—“Se supone que a los gays les gustan los hombres, entonces ¿cómo le hacen para coger si los hombres que les atraen son heterosexuales?”.

Luego una prima me comentó lo que le dijo su papá, sobre mi salida del clóset:

—“No es que no lo acepte; a mí lo que me da miedo es que se empiece a vestir de mujer y comportarse como tal”.

En ambos comentarios casi solté una carcajada, pensé: ¡qué cosa tan absurda!, inmediatamente comprendí que falta un largo camino por recorrer, y que mi consideración de las distinciones que hay entre la urbe y lo rural era muy tonta y muy alejada de la realidad.

Dentro de la homosexualidad masculina se encuentra marcado el estereotipo del homosexual afeminado; sin embargo, ser homosexual no significa que todos sean o tengan que ser afeminados; tampoco por el hecho que exista gente que no empata con el género que nació, o le guste actuar de forma contraria al rol del sexo que pertenece significa que todos los homosexuales busquen una transformación hacia el sexo opuesto.

Para romper este tipo de prejuicios decidí hacer un glosario de lo que significan las iniciales del movimiento L.G.B.T.T.T.I. que tanto se ven en las marchas y carnavales del orgullo gay; sé que algunos saben lo que significa, pero creo que no está de más un repaso y, tal vez, hasta resuelvan alguna duda. Son muy resumidas, por el espacio pero trataré de ser lo más correcto y claro posible:

L= Lésbico/Lesbiana: Mujer homosexual que es atraída sexualmente por otra mujer.

G= Gay: Hombre homosexual es atraído sexualmente hacia otro hombre (la palabra también refiere a la generalidad de la homosexualidad).

B= Bisexual: Mujer/Hombre que son atraídos sexualmente hacia personas de sumismo sexo, y también por las del sexo contrario a distintos niveles.

T= Travestí: Persona que gusta vestirse y actuar de forma contraria al canon estético del sexo al que pertenece; puede, o no, ser homosexual.

T= Transgénero: Persona que no se identifica con el sexo de nacimiento o que se encuentra en una situación de ambigüedad.

T= Transexual: Persona que al no identificarse con el sexo de nacimiento, tiene un proceso de transformación para lograr ser lo más parecido al sexo con el cual se identifica.

I= Intersexual: Persona con características sexuales físicas ambiguas, ya sean a nivel hormonal, genético o genital.

A pesar de los logros sociales y legislativos que se han alcanzado estos últimos años todavía hay mucha gente que le es ajeno al tema de la homosexualidad, ya sea por vivir en una comunidad muy cerrada, por pertenecer a un grupo que condena la homosexualidad, o por diversas razones; Creo que la sociedad todavía no alcanza la madurez en estos temas. Aunque en la capital de la República Mexicana ya se permita la adopción de niños por parte de parejas del mismo sexo, aún existen comunidades que lo siguen viendo como pecado. Por eso creo que la lucha por la aceptación de la mayoría de la población sobre estos temas, es apenas el principio de un largo recorrido que tenemos por caminar.

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