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La Unidad. Autogeografía vertical en siete niveles

La Unidad. Autogeografía vertical en siete niveles

por Rigoberto Reyes Sánchez 

Planta Baja. Con estacionamiento.

Mi abuela-niña arrancaba rábanos justo aquí, chamaca bandida que robaba hortalizas y raíces en las últimas tierras ejidales de la Magdalena Mixhuca, lugar del parto, cruce de canales. En 1972 aquél paisaje quedó definitivamente sepultado por la construcción de la Unidad Habitacional en la que ahora vivo. Ocho edificios clonados, ciento noventa y dos departamentos de cincuenta y seis metros cuadrados cada uno. Unidad sin nombre, levantada en una avenida que, no sin ironía, ostenta el nombre de Francisco del Paso y Troncoso, un buscador de historias perdidas. De oídas sé que las primeras en habitar esta Unidad de estilo funcionalista fueron pequeñas familias de jóvenes burócratas de la banca estatal. Los departamentos más codiciados eran los de la Planta Baja; no había que subir escaleras y, según me contó el señor B-31, ofrecían una magnifica vista a los jardines de la Unidad. En realidad parece que nunca existieron tales jardines, más que un recuerdo era un sueño. La Unidad es un archipiélago de cemento anaranjado rodeado de autos.

Aquí un auto es más una prolongación de la vivienda que un transporte. Un Chevy rojo 2000 opera como una prótesis de la bodega insuficiente para la señora A-02. Un Dodge Attitude 2005 sustituye cabalmente las funciones de un bar de barrio, con sistema de sonido incluido, generalmente abre los martes a la media noche. El Chevrolet Aveo 2017 rojo sirve a  la agobiada doctora C-12 como oficina y dormitorio diurno. El desvencijado Chrysler LeBaron 1984 no es un auto, es un talismán incrustado en el cemento para que el pasado no se vaya del todo. No son meros símbolos de estatus, los autos con sus lugares de estacionamiento funcionan como extensiones móviles de la propiedad privada, territorios arrebatados al espacio exterior,  por eso los defienden con tubos, palos y cubetas repletas de cemento. En la Unidad, como en la tundra, la ley es “ devora o te devorarán” (Jack London). 

Primer piso. Tiempo compartido. 

Aún quien vive solo siempre comparte su espacio aunque no sea con otros humanos. Además de las mascotas comunes, plagas de chinches, cucarachas o ratas que azolan de vez en cuando la Unidad generando las más diversas reacciones; desde el pánico colectivo hasta la pasmosa indiferencia de quién ya dio la batalla por perdida. Lugar aparte ocupan las plantas pues, a pesar de que se trata de presencias cuyo lenguaje y movimiento apenas percibimos, son cuerpos que transforman hondamente el espacio que comparten con nosotros, lo vuelven o más denso, o más rugoso o más viscoso. A veces, incluso, cuajan el tiempo en el que nos movemos, de un modo sutil nos acompasan a su ritmo. Poblar de un “mundo vegetal” los apartamentos es una forma de ensanchar el espacio doméstico y de dotarlo de una intimidad orgánica y muda. En este sentido, las plantas son mucho más que un ornato, el filósofo Michael Marder propone que pensemos en ellas “como fines en sí mismos, agentes activos y autónomos” con los que compartimos la existencia.  

Inventario de plantas que viven en el edificio B: Euphorbia milii o Corona de Cristo que estira sus tallos espinosos desde un balcón para tocar la luz solar con sus puntas coronadas de flores rojas, Echeveria Elegans, suculenta de bordes violáceos  que ha emigrado de maceta en maceta asentándose en tierras inhóspitas, Calatea luisae y Goeppertia altissima,  frondosas plantas de sombra que descansan en las escaleras al cuidado de un grupo de ancianas. Hedrea o hiedra  agarrada de raíces que se hunden en el piso pero cuyos retoños se han desplegado por balcones y herrerías hasta trepar a la azotea, su enredado cuerpo alberga orugas, hormigas y abejas. Pequeños racimos de resistentes Aegopodium podagraria y Urtica dioica, infames “malas hierbas” que brotan aquí y allá de entre las grietas que ha dejado el cemento, persistente memoria de un campo que fue.  

Segundo piso. Se renta.

Esta es una ciudad que crece esclerotizando barrios y expulsando cuerpos. La estrategia económica de la especulación inmobiliaria posee una dimensión pedagógica: la permanencia es un privilegio de unos pocos, el resto deberá asumir la desposesión, alquilar como forma de vida líquida. Uber, Spotify, AirBnb, CoWorking, CoLiving, en inglés suena más sofisticada la precarización. Sin auto, sin música, sin lugar para vacacionar, ni trabajar, ni vivir. Humo que se aviva a golpe de rentas. 

En la Unidad la renta aún no se convierte en tiranía y, por lo general, los alquileres suelen surgir de arreglos entre vecinos a pagos módicos, aún así la amenaza crece en los alrededores; al sur han brotado enormes desarrollos verticales como Privalta, un monstruo inmobiliario de 18 pisos de altura, o el Hotel y Centro Comercial Via 515 cuya construcción provocó en 2018 hundimientos  denunciados por vecinos.

La especulación agita los alrededores y habrá que reaccionar.  Una iluminación del pasado: “La noche del 6 de marzo de 1922, las prostitutas del puerto de Veracruz popularmente conocidas como ‘las horizontales de Guerrero’, amenazaron con quemar en vía pública las sillas, las camas y los colchones sobre los que trabajaban, en señal de protesta por las elevadas rentas que debían a los propietarios de los patios de vecindad que les alquilaban las pocilgas donde vivían”. 

Tercer piso. Vecindad. 

El miedo social otorga un nuevo esmalte a la arquitectura urbana. Muros, rejas, concertinas, hileras de botellas rotas, herrería en puertas y ventanas, cámaras de vigilancia, candados y cadenas, perros de ataque. El costo de esta seguridad es vivir encerrados en un panóptico con ojo de mosca. Sin embargo, a veces el miedo conjunta, agrupa, acuerpa, desestabiliza las fronteras que nos alejan del vecino. La forma por excelencia de reunión entre condóminos es la “Asamblea vecinal” que opera, ante todo, como un espacio de reconocimiento en el que el rostro del otro se nos revela con toda su cercanía, ambivalencia y afectación. El tema: ¿cómo cuidarnos de la inseguridad?, frente a las tentativas policiacas que suelen surgir tras estas  oleadas de temor, el señor B-31 recordó que la mejor forma de cuidar-nos es a través de la ayuda mutua (Kropotkin reverbera con el nombre descarapelado). Así se mantuvo a raya a la policía y  a sus encarnaciones civiles. 

Tras el barullo de la asamblea cae la noche y cada quién necesita volver, al menos  por un tiempo, a su fresca soledad, su claustro, su laberinto de cincuenta y seis metros cuadrados. Nietzsche tenía razón, “toda persona es una cárcel, y también un rincón” ,sin embargo recogerse no implica desatarse. 

Cuarto piso. Mirilla. 

Pero la privacidad es un privilegio. Las anchas ventanas luminosas permiten observar instantáneas de vidas ajenas, retazos de cuerpos e historias comunes que, aunque ocurren simultáneamente, no se tocan.  Secuencia de rectángulos brillantes en una pantalla de celular mirada con distracción o de reojo. El precio de ver es ser visto, no hay puerta con mirilla que resguarde al fisgón. Esta exposición inevitable sitúa a los cuerpos en una suerte de espacio gris cercano a la intemperie en el que el pudor se va diluyendo para dar paso a la mostración irremediable de la desnudez pálida de lo cotidiano.   

Quinto piso. Timbres. 

Yi-Fu Tuan  lo resumió en una elocuente imagen; ante lo aterrador del mundo exterior podemos cerrar los ojos pero no los oídos. El ruido nos hace sentir vulnerables pues quiebra la ilusión de distancia y protección que se pretende en el espacio privado. La experiencia urbana posee una importante dimensión sonora que está segmentada según las clases sociales, el proletariado regularmente habita los espacios “ruidosos” cercanos a fábricas, terminales aéreas, carreteras abarrotadas o centrales de abasto popular, además las vecindades y Unidades Habitacionales tienden a estar impregnadas de ruidos domésticos permanentes que reverberan en los cuerpos. 

Martes de noviembre. Compendio de ruidos: Trailers cruzando un puente a la distancia, ¿balazos o cohetes a las tres de la mañana? ambulancia, patrulla, patrulla, patrulla. Rumor de una Salsa a lo lejos, alguien llora ¿o canta?. Largos y amargos bostezos, ¿alerta sísmica? no, alarma de auto. Seis de la mañana, puertas que se azotan, licuadoras, regaderas abiertas, pedos, carraspeos. “El gaaaaas”, casi es mediodía. Repicar insistente del timbre de al lado “¿no me vas a abrir?, la niña está enferma…”. Gemidos de un video porno. Reguetón, reguetón, reguetón, vibran las ventanas, el estribillo: “Ella tiene nalga y tetita, nalga y tetita”. El timbre agudo de un triángulo: el vendedor de obleas. “La basuuura”, “Tor-ti-llas”, “el paan”, pulmones vigorosos. Autos que entran, una discusión acalorada, el motor de una, dos, tres, cuatro motonetas. Un perro ladra. ¿Alerta sísmica? no, un noticiero televisivo. Decenas de aviones atravesaron el cielo.  Grillos, un perro aúlla. 

Cuarto de azotea con perro. 

Obra negra de Goya. Desterrado  a la frontera con el cielo, un perro se vuelve sombra en la azotea. Ya no aulla, llora. 

Rigoberto Reyes Sánchez Licenciado en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa (medalla al mérito), Maestro en Estudios Latinoamericanos por la UNAM (mención honorífica), con estancia de Investigación en el Magister de Análisis Sistémico Aplicado a la Sociedad de la Universidad de Chile. Candidato a Doctor en el Posgrado en Estudios Latinoamericanos de la UNAM con estancia de investigación en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos en Lima Perú. Miembro del núcleo central del Seminario de Estudios Avanzados sobre el Cuerpo con sede en el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH) de la UNAM. Sus temas de interés son el arte y en general las prácticas simbólicas en su relación con la violencia política. Además de publicar diversos artículos sobre estos temas ha co-coordinado los siguientes libros: “Violencia, desaparición forzada y migraciones en Nuestra América” (Ediciones EON-UNAM), “La Liga Comunista 23 de septiembre a 40 años de su fundación: historias, memoria y archivo” (PELA-UNAM-UATX) y “Cartografías del horror. Memoria y violencia política en América Latina” (Editorial Casa del Mago). Actualmente es el coordinador principal del Dossier “Herencias y exigencias: los usos de la memoria en los proyectos políticos de América Latina y El Caribe (1959-2010)” de la revista Pacarina del Sur.

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