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¿Qué se siente acompañar a una persona que transiciona?

¿Qué se siente acompañar a una persona que transiciona?

Este texto surge de correspondencia con una amiga, en la que intento responder cómo he vivido la transición de mi esposa. Todo lo que aquí digo es producto de mi experiencia, que no necesariamente se parece a otras.

Te confieso que tu correo anterior generó un temblor casi imperceptible desde fuera pero movió todo de lugar adentro. Las preguntas que me haces sobre la transición de L., si bien son las mismas que otros amigos me han hecho, me generaron una sensación inquieta. Pasé por días tristes, sintiéndome un poco perdida, hasta que encontré de nuevo mis Nortes. Mis Nortes son pensadoras y escritoras como Adrienne Maree Brown, Audre Lorde, bell hooks, Gloria Anzaldúa, Lorena Cabnal, la Cusicanqui, por mencionar algunas. Ellas hablan del amor como una potencia que se revela en la transformación, del placer propio como poder y como camino de acción. Hablan también de la sanación como acto político enraizado en lo ancestral; y consideran que lo indeterminado o queer es poderoso. Todas estas ideas resuenan dentro de mí: me considero una persona libre, sobre todo en mis afectos y en mis placeres. Pero, a veces, también mi libertad y yo nos asustamos. Es difícil acompañar una transición, si bien el camino es hermoso.

Obra de Liliana Ang

Hay días y días.

Hasta ahora, hemos gozado de un proceso muy privado, y eso nos ha tenido muy protegidas. Hemos podido criar concentradas en nosotras, manteniendo pocos espacios de contacto con el mundo. Estos tres años han sido una buena cantidad de tiempo para entender la transformación, sanar lo que duele y acompañar este proceso, que es lo que me toca.

Hay días en que es desgastante sentir las emociones que genera un proceso así: su duda o miedo, mezclados con mi inseguridad o mi rabia. Creo que una parte de transicionar es sanar. En el movimiento de la transición se descubren heridas emocionales, causadas por no haber podido ser quien se es desde el principio. A su alrededor han crecido como maleza la culpa, el miedo, la soledad, la desesperanza. El movimiento lo descubre todo: las heridas tienen que airearse, recibir el sol, limpiarse con agua. Imagino que cuando se transiciona joven duele menos que hacerlo a los 37 años. Creo que por esto, entre otras cosas, es tan importante crear un ambiente tranquilo y de apoyo para las infancias y adolescencias trans.

Cuando se acompaña una transición a veces hay que limpiar heridas. La relación, elástica como un puente que une dos personas, recibe el peso de los cuidados. Los cuidados pesan en el cuerpo y en las relaciones.

Hay días en que es muy difícil; algo se desajusta y no entiendo qué. Hay días en que me doy cuenta que sus gestos están cambiando y tardo en reconocerle. Ella va cambiando físicamente, por momentos muy rápido o lento, en otros parece estancarse. En este movimiento permanente hay cosas que me gustaban y que desaparecen; algunas que no me gustaban desaparecen también y nuevas emergen. Surgen torpemente como todo lo que nace, a veces con muchos aspavientos, otras veces naturales. En ocasiones, aquello que emergió desaparece después. A estos ritmos naturales me he acostumbrado.

La despedida de las cosas que me gustaban fue dura. Por ejemplo, cuando dejó de ser «varonil» me costó mucho. Yo creo que siempre extrañaré su barba y una especie de timidez varonil que poseía y que me cautivó cuando le conocí. Estos cambios no se dieron de un día para otro. Un día me di cuenta de que hacía tiempo que ya no era como yo pensaba. Simplemente estuve triste un tiempo largo; poco a poco pasó el sentimiento. Luego ya estaba enamorada de otros aspectos de ella, cosas nuevas. A veces tengo la sensación de haberme enamorado de otra persona, aunque sean la misma. No expresan la timidez de la misma manera, aunque ambxs son tímidxs. En sus gestos, en sus formas de vestir y de hablar son diferentes. Ella se ve libre ahora, y veo claramente que antes no lo parecía.

No sirve de mucho hacer esta comparación entre una y otro, porque normalmente la transición se siente más como un fluir de olas. Una serie de transformaciones pequeñas; cosas que aparecen y desaparecen siguiendo un ritmo propio, natural.

Obra de Liliana Ang

Acompañar una transición se parece al acto de maternar, en tanto se cuida a alguien y una se implica en todos los niveles. Como dice Alejandra Eme Vázquez, cuidar es poner el cuerpo. Si lo hago por periodos largos es fácil perder el sentido de quién soy: qué necesidades tengo, qué me causa placer o cuándo necesito descanso. Aún cuando lo sé, a veces no tengo el tiempo o los recursos para atenderme, no encuentro apoyo o me causa culpa cuidarme. Caminar junto a una transición no es maternar, pero implica tanto que temo perderme a mí misma en el camino. No quiero sentirme atada a la relación, vacía de mí, acompañando una revolución transformativa tan potente.

La manera que encontramos para evitarlo fue abrir la relación. En medio del oleaje, aseguro mi libertad entendiéndola como autonomía sobre mi cuerpo y mi persona. Encontré esta forma para alejar a los fantasmas que imponen un hasta que la muerte nos separe. Permanecemos juntas por decisión, porque la compañía de la otra nos da felicidad; no por costumbre ni obligación. Prefiero habitar un no saber en la oscuridad que huele a verdad. Hasta ahora, esta forma de libertad nos ha funcionado. La ejercemos responsablemente, apoyándonos en la comunicación y como ejercicio de honestidad constante.

Pero ante tanto cambio es natural que surja la pregunta que enuncias: ¿qué nos hace ser nosotrxs mismxs? En las sensaciones que me despierta esa pregunta se reúnen mis experiencias de los últimos años: la maternidad, la transición de mi pareja y un cambio de país. Siempre he confiado en la comicidad y brevedad de La Agrado. Yo matizo sus palabras diciendo que uno sabe cuando se acerca a quien uno verdaderamente es. El cuerpo lo dice. Me gusta mirar fotos de personas antes y después de transicionar. En las segundas, suelo encontrar una seguridad de la existencia que se expresa claramente en el cuerpo. El brillo en la mirada y la anchura de la sonrisa no se fingen. Sé que la transición de mi pareja la acerca a quien ella es. También sé que antes de y durante el proceso, ella sigue siendo. Ahora es más ella, es distinta y la misma a la vez. Su camino de libertad nos ha enseñado mucho.

Obra de Liliana Ang

Yo acompaño el caminar de mi pareja mientras atravieso mi propio proceso: todo lo que implica re-conocerla. Por cierto que esto es complicado de abordar: es la primera vez que lo pongo en palabras de forma cuidadosa y exhaustiva. El puente, el peso, el dolor de la herida y el proceso íntimo de reconocerla implica una serie de malabares emocionales de dificultad avanzada. Los años que pasé en terapia (antes de conocerla), el amor que nos tenemos y nuestro compromiso con el trabajo interior son valiosas herramientas, así como fuentes de paciencia. Pero puedo decirte que el acompañamiento no es fácil, en el proceso enfrentamos demonios internos, inseguridades y dolores vivos, en un mundo que ya de por sí exige mucho equilibrio para hacerle frente cotidianamente.

En el plano sexual, hasta ahora no ha habido mucho cambio. Sé que algunas personas trans enfrentan disforia si performan sexualmente como antes, pero no ha sido el caso de mi pareja. (Lo cual no implica que no ocurrirá.) Hasta ahora seguimos disfrutando su pene, pero no lo considero imprescindible. Siempre he sido una persona libre en lo sexual y la voz autorizada para decidir sobre mi placer. Hemos atravesado ajustes y etapas, eso sí. Porque la atracción sí cuenta, y mucho. En el océano del cambio hay días y días para el deseo: existen periodos de sequía, luego llegan las lluvias y hasta inundaciones.

También me preguntas si yo ya sentía atracción por mujeres desde antes y la pregunta me puso a temblar ante la dificultad de articular mis evasivos gustos. Desde que tengo memoria, habito un territorio incierto. He renunciado a etiquetarme, pero soy consciente de la ambigüedad. Hasta ahora, no me había interesado tener una relación de pareja con ninguna mujer. He tenido encuentros, pero en el plano de lo real siempre me gustaron los hombres. Esto también es complicado: me atraen las masculinidades no heteronormadas, disidentes, divergentes.

En todo caso, creo que cuando renuncias a las etiquetas, todo se vuelve un caldo orgánico con cosas que emergen y se sumergen de manera natural, viva. Y eso, para mí, se siente cómodo; o al menos ahí he aprendido a estar y a ser.

Las imágenes que acompañan este texto son parte de una herramienta de autonoconocimiento en forma de baraja de 50 cartas en torno a las transformaciones, la libertad y las relaciones. Esta especie de tarot amoroso fue desarrollada por la autora. Algunas de las frases que aparecen en las cartas provienen de reflexiones de la artista y activista trans Lía Sirena.

 

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