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La herida que no sana. Sexo y trauma/ Esther Regina Neira C

Reboot. Ollinca Torres. @ollincatorres. Descripción de imagen: ilustración en tonos violetas de una mujer joven, de ojos grandes y una argolla en la nariz. Se encuentra detrás de una planta de bambú. Al fondo, se vislumbra el cielo estrellado.

Por Esther Regina Neira Castro [1]

“El cuerpo de la mujer es el bastidor o soporte en que se escribe la derrota moral del enemigo (…)
los agredidos son cuerpos frágiles, no son cuerpos guerreros”

Rita Segato[2]

[A las que no se sienten como cuerpos guerreros.
A quienes el deseo les reabre la herida]

Verbalizar el trauma sexual es una de las mayores batallas a la que siempre nos hemos enfrentado las mujeres. El silencio sólo ayuda a sobrellevarlo y, aunque intentamos hacerlo invisible, nuestro cuerpo ya está marcado. Adentro contenemos el impulso de romperlo, de gritar lo que nos hicieron, pero ninguna imaginamos que tras ese muro se esconden un sinfín de consecuencias que debemos afrontar a lo largo de nuestras vidas en el terreno de las relaciones interpersonales. Aquí rompo el silencio sobre una de ellas: la incomprensión.

Quizás penséis que cualquier persona apoyaría a alguien cercano que sufriera este tipo de violencia a lo largo de su vida, pero no es así; lamentablemente es más común que suceda lo contrario. Me explico.

Se tarda mucho tiempo en lograr decir en voz alta lo que pasó. Pasan meses, años, y siempre sucede con el detonante de la conciencia, esa voz que diga “pasó y fue real”. Asumirlo es un paso verdaderamente difícil y, cuando esto sucede, emprendemos la tarea de recordar; la amnesia parcial, el no visibilizar ciertos detalles, no saber qué fue real y qué no, cómo sucedieron las cosas, se convierte en una labor que conlleva enfrentarse a la peor parte de una misma. La culpabilidad y la vergüenza nos persiguen continuamente, las pesadillas recurrentes, la ansiedad, los pensamientos intrusivos, o estar siquiera cerca del sexo opuesto hace de ello un verdadero infierno. Con una sensación de asco que parece habérsenos pegado a la piel, la rabia y la tristeza se apoderan de nuestro cuerpo, sintiéndolo siempre sucio. Así, nos volvemos expertas en detectar la violencia; cualquier cosa nos hace recordar lo que nos hicieron.

Y diré algo más, el pronóstico nunca es optimista; no es una fase, no se pasa, no termina. Se vive de manera intermitente. Sin saber muy bien cómo sucede, llega un momento en el que nos empoderamos y decidimos contárselo a alguien. El interlocutor, que en la mayoría de las ocasiones – al menos en mi experiencia – no ha vivido nada parecido, lo más probable es que no sepa cómo reaccionar. A lo largo de los años he podido observar las reacciones de amigos y parejas ante la narración de los acontecimientos. Y lo que suelo encontrarme en la mayoría de las reacciones es la falta de comprensión. Ese afecto tan básico de las personas como lo es la empatía decidirá en cuestión de segundos si tendremos un buen día o si por el contrario volveremos a caer en el hoyo.

Porque no lo entienden, y probablemente nunca lo hagan. Es un tema incómodo y además inesperado. No es una conversación para tomarse unas cervezas en una terraza, aunque atraviese constantemente nuestra cotidianidad. No es un tema del que cualquier persona esperaría ser testigo; nadie piensa que cualquier amigx o pareja le hablará de que en algún momento sufrió abusos sexuales o violación.

Siempre nos dicen que debemos hablar. Y la mayoría de las veces nos encontramos con las mismas respuestas, “pero, ¿por qué no denunciaste en su momento?”, “no sé qué decirte”, “y, ¿quién fue?” seguidos de consejos improvisados o de intentos de lo que creen que es empatizar comentando qué es lo que habrían hecho ellos en nuestro caso. El vacío que sentimos con estas reacciones no queda ahí, pues peor es enfrentarse a la incomprensión de tu pareja, y qué decir cuando se trata del plano sexual.

Una siempre espera hallar entendimiento en la relación con su pareja, y más con estos temas que en la intimidad se hacen más visibles. Pero al menos en mi experiencia, eso nunca ha sucedido. Desde negar el tema, hacer como que se olvida y omitirlo el resto de la relación, a adoptar un papel de víctima. Y es que cómo les ofende su masculinidad. Cierto es que a nadie le enseñan a reaccionar ante una situación así, en la que tu pareja vive en una posición de vulnerabilidad tan constante, pero tampoco nos enseñan a nosotras a lidiar con la violencia permanente. Hace falta más educación emocional y sexual, sin duda.

En mi caso, puedo decir que he perdido amigos y parejas por este tipo de cosas, y tengo mis razones. Con el tiempo me he vuelto experta en recibir comentarios del estilo “ya deja de hablar de eso” por parte de algún que otro amigo. Pero lo peor de todo, es enfrentarse a la violencia por omisión, como es el hacer que no pasa nada a sentimientos o reacciones que podamos tener, en concreto la falta de deseo que a veces se vuelve constante, o el no sentirnos cómodas con ciertas prácticas. Recordemos que todo nos evoca a un recuerdo. Algunos simplemente optan por levantarse e irse, abandonando la situación.

También me he encontrado con la incredulidad y negación por parte de la pareja sexo-afectiva sobre mis vivencias, con frases del tipo “ya, pero no fue violación, porque la fantasía de una mujer es, finalmente, ser violada”; o cuando he tenido que marcar distancia ante la insistencia continuada por mantener relaciones, obtuve dos días de silencio intencionado para terminar participando de toda una escena de chantaje emocional disfrazado de la frase “ya no me siento cómodo al tocarte, siento que te incomodará y dirás que soy un violador”.

Por no hablar de cómo les hiere nuestra falta de ganas o que les hables de lo que te gusta y de lo que no: algunos sienten al estar tan afectada emocionalmente ni siquiera se esfuerzan por hacerte llegar al orgasmo, atribuyéndolo a una cuestión psicológica que nosotras debemos “reparar”. Nos perciben como frígidas o anormales, incapaces de volver a sentir placer, o a veces incluso como si fuéramos un reto demasiado difícil. Lo que está claro es que negar e ignorar la circunstancia les parece más llevadero.

Y diré algo más para terminar de hacer arder mi pasado sexo-afectivo: todos ellos se declaraban en su día y se declaran hoy abiertamente feministas. Y con todos me refiero a todas mis exparejas, tanto aquellas culpables de mis traumas sexuales, como aquellas que los perpetúan con sus actitudes y comentarios.

Al decir que verbalizar el trauma sexual es una batalla, no me refiero únicamente a nombrar los hechos. Me refiero a lidiar cotidianamente, día tras día, con los hechos y la dificultad de transmitirlos tanto verbal como físicamente. La vulnerabilidad atraviesa nuestros cuerpos dañados y los vuelve frágiles. No soportamos el acercamiento y el contacto se convierte una y otra vez en el recuerdo de aquello que siempre deseamos olvidar o, mejor dicho, deseamos no haber vivido jamás.

La pareja sexo-afectiva puede cruzar la delgada línea que separa el deseo y el consentimiento en cualquier instante; la insistencia es un ejemplo de ello. La necesidad de complacer con la que nos educan es inherente a nuestro sexo, atraviesa múltiples planos, y la responsabilidad que cargan sobre nuestras espaldas desde siempre se vuelve el doble de pesada cuando convivimos con el trauma. La otra persona vive su sexualidad libremente, algo que nosotras ya no conocemos. Pues si bien no siempre queremos el contacto, la insistencia nos hace rechazarlo todavía más. El sentimiento del abuso, de ser utilizadas, cosificadas, de convertirse en un objeto hipersexualizado para el otro, se apodera de nosotras. Y a pesar de que exista un deseo sexual, nada tiene que ver con las ganas de satisfacerlo.

El protagonismo que el sexo acapara en las relaciones hace que este pierda espontaneidad, deseo, placer, y por tanto valor. Llega a convertirse en un recurso para satisfacer demandas corporales rutinarias, un medio para cumplir un fin que la otra persona ha encontrado en ti, su pareja. La sexualidad se vuelve entonces un trámite, un mal trago necesario para conseguir una falsa estabilidad emocional. Porque el sexo cotidiano parece haberse vuelto síntoma de una relación sana, y lo que se sale de eso, es porque algo no va bien.

Y es que la pareja, sin educación o capacidad emocional suficiente como para afrontar la marca del trauma que nos atraviesa, no entiende nuestra corporalidad herida. Con el tiempo he llegado a comprender que muchas personas terminan por ceder o sacrificarse “por el bien” de la relación, para que él no se vaya y nos abandone. Es entonces cuando vuelve el sentimiento de culpa al no tener una sexualidad “normal” que jamás volverá. El contacto puede llegar a producirnos asco, repulsión, náuseas, y el sentimiento es el mismo: es obligatorio porque es lo normal, y si nos negamos es porque algo malo sucede con nosotras.

Mi cuerpo se siente dañado, como algo intocable, tan frágil que podría romperse al mínimo contacto. Una suerte de dolor fantasma recorre nuestros genitales, pensándolos como la huella de una herida permanente; se contrae, se cierra, el miedo lo ocupa y el placer no fluye. Una misma termina negando su propia sexualidad, y omitimos el deseo como queriendo borrarlo ante la confianza puesta en que estaremos mejor sin él. Incluso tratamos de prescindir del auto placer, acogiéndonos al celibato como camino, o hasta cediendo ante la idea de frigidez que se nos atribuye en ocasiones. Prefieres no quererlo nunca, el sexo se reduce a una práctica innecesaria, ya no nos interesa o se convierte en algo que únicamente trae consecuencias y vivencias negativas.

Este texto es un intento por acercarme una vez más a la idea del no estamos solas, no es un caso aislado y es posible romper los tabúes sexuales. Es un llamamiento a plantearnos el papel de nuestras parejas y nuestros amigos en este tipo de situaciones, a preguntarse cómo responden ellos y qué es lo que hacen para no perpetuar este tipo de prácticas. Y, sobre todo, el papel que tienen dentro del feminismo y cómo cambian al convertirse en nuestras parejas; las actitudes que defienden en público y las que demuestran en el plano más íntimo. En este sentido lanzo una pregunta para lxs lectorxs, ¿cuántos de nuestros amigos, conocidos, compañeros, familiares, habrán actuado así con las mujeres con las que se relacionan?

En todo el proceso de reconocernos en nuestros cuerpos golpeados por la violencia sexual encontramos mucha soledad. Las víctimas de violaciones y abusos necesitamos poder hablar abiertamente, no sólo de lo que sucedió, sino de cómo lo estamos llevando. La herida hace mella en nuestras relaciones personales y en nosotras mismas. No somos cuerpos guerreros, no romanticemos el dolor. Somos cuerpos rotos, furiosos, tristes; cuerpos atravesados por una herida que no sana.

[1] Esther Regina Neira Castro es historiadora, actualmente en proceso de finalizar su formación como antropóloga. Sus líneas de investigación son la partería tradicional, antropología del cuerpo y formación de la persona.

[2] “Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres” Revista sociedade e Estado, vol. 29, n.2 mayo-agosto 2014 pp. 341-371

Esther Regina Neira Castro. Natural de A Coruña (Galicia, España), es graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid con cuatro estancias internacionales en Hungría (Károli Gáspár Református Egyetem, Budapest), Argentina (Universidad de Buenos Aires), Estados Unidos (Loyola University Chicago) y México (UAEM). Actualmente es maestrante del posgrado en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Sus líneas de investigación sobre las que versa su tesis de maestría son la coexistencia de la biomedicina y la medicina tradicional en el ámbito de la partería, formación de la persona, cuerpo y mujeres en posición de liderazgo en el contexto de la Mixteca Alta del estado de Oaxaca (México) donde ha hecho investigación de trabajo de campo.

Correo electrónico de contacto: esthenei@ucm.es

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