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Lonjas. Meneo autoetnográfico/ Magda Aranda

Imagen de Geo Vidiella. Muestra el fragmento del cuerpo de una persona de tez blanca con lunares. Se distinguen tres voluptuosidades, sobre estas, gotas de agua. El fondo es abstracto, un halo gris en movimiento.

Por María Magdalena Aranda Delgado

En mi memoria sexual más temprana estoy bailando frente al espejo, hacía calor y estaba recién bañada, embelesada miraba el reflejo del meneo de mi cuerpo. Me hacía gracia la sensación de temblor de mis carnes. Mi primer recuerdo relacionado al sexo es de goce y libertad, difícilmente había podido regresar sin culpa o vergüenza a esa fascinación. Soy gorda vitalicia y con este cuerpo estigmatizado voy examinando el mundo e intento subvertirlo. Entre tientos este cuerpo asumió durante un tiempo, que para fines sociales prácticos, paradójicamente era estorboso e impalpable.

Antes del bombardeo social para odiar mi gordura, no recuerdo que ésta me perturbara. Aún ahora puedo olvidar el acoso, pero luego me topo con miradas desaprobatorias, el chiste en la publicidad, la cultura de la dieta, el sexismo y misoginia. Termino acordándome que se me desprecia.

El estigma, expone Goffman (2010) es un atributo profundamente desacreditador, que necesita de lenguaje de relaciones y cuyo rasgo central de la situación vital para quien lo ostenta es la no aceptación. La configuración del mío, está vinculado a los estereotipos de género y clase. A los seis en pleno recreo escolar su tentáculo me alcanzó. Jugaba con mis compañeritos y al niño que perdió le impusieron de castigo me besara, se echaron a reír. El chico se aprontó a simular una arcada. La confusión entre sonrojo y su despreció entorpecieron por segundos a mi instinto más salvaje que se rehusaba a ser burlado: ¿no son los besos algo lindo? Suspiré altanera devolviéndole la mueca y huí. Callada pero insatisfecha, me enfoqué a buscar reconocimiento en los espacios que me eran comunes. Crecí en una colonia popular de una ciudad pequeña del interior del territorio mexicano, de familia tradicional y con rigurosa educación católica, temprano advertí que sacar buenas calificaciones y aprender rápido las oraciones en el catecismo, me confería de alguna clase de preferencia paternal y distinción social. Debía sobrevivir.

Mis flirteos adolescentes fueron platónicos y los remedos de poesía los desfogaron. Ya en la universidad asimilé otros credos, los aprendí para explicarme que la jerarquización inferior de mi sexo es efecto del sistema social; para comprender mí pertenencia a la clase trabajadora y esa desazón cansina por no tener los conocimientos acumulados y aspiraciones de consumo de las clases medias y altas. Para entender por qué, aun sintiendo deseo, en su construcción sociocultural, las personas gordas seguimos inadvertidas o fetichizadas. Llevo muchos años disimulando las potencias sexuales de mi cuerpo gordo. Apóstata quiero atinar: Déjenme excitarme tranquila. Porque la aspiración por  recuperar ese placer primero ha estado ahí, subrepticiamente haciéndome guiños, quiero deshilarlo, que desborde copioso, como es.

Mi placer es mío, ya sé. Pero de ahí a concretar su expropiación es otra cosa. A decir verdad, no fue hasta que leí Tienes derecho a permanecer gorda de Virgie Tovar  (2018) en el pasaje donde explica el jigglecize (sacudimiento), un juego que se inventó para disfrute de las gordas y que apela a ese “algo muy viejo y juguetón dentro de nosotras, como la sensación de algo muy antiguo que se desata” (p. 96), es que revaloricé mi primera memoria.

Reivindicar el placer requiere una complejidad que trasciende a su enunciación, al menos yo he necesitado tesón, cabeza y admitir renuncias. Crecí sin tener prácticas sexuales de referencia, no veía gordas deseando y satisfechas, pero abundaban las representaciones mañosas de las que anhelaban, envidiaban o se conformaban. Y aborrecía pensarme en esas categorías. Me recuerdo adolescente enardecida por alguna escena vista en la televisión, por las compañeras de la secundaria que se escondían cachondas detrás del taller de electricidad para darse rienda suelta, o por la presencia del profe activista social; excitada, pero contenida. Frenando las reacciones físicas, sosteniéndolas rígidas hasta doler, me acostumbré a esa sensación porque no sabía cómo dejarla ser.   

En mis fantasías nadie me cargaba en vilo, tampoco yo corría sonriendo por la playa perseguida para que me robaran un beso, ni nadie se enamoraba de mí con sólo mirarme. Pronto comprendí que mi cuerpo no estaba capacitado para las argucias del amor hetero romántico. Ojalá hubiera leído más temprano a la Despentes (2007) para no sentirme tan sola en el baile de las incogibles y cuando rechacé al mandato de entrar en la faja de chica buena.

La férrea educación religiosa, el estigma social de la gordura y sus consecuencias facilitaron que mi deseo se tornara en ser deseada. Pasé por peligrosas dietas; el feminicidio asistido –diría Virgie Tovar (Op. cit. p.16)- y leía textos intelectomachines para acceder a ese mundo que creía el único posible. Como muchas personas gordas esa trampa me llevó a perseguir el ideal corporal imperante y exagerar mis aptitudes académicas en aras de vivir experiencias sexuales que terminaron siendo inconvenientes y agresivas.

Ha pasado el tiempo y quiero rescatar esa memoria primera, porque aun acallada, ha estado resistiendo fuerte. Intuitivamente me ha orillado a declinar relaciones que no me satisfacen. He tanteado diversas prácticas sexuales para preservarla, pero continúa siendo complejo, de mis escarceos amorosos la mayoría terminan sesgados por la heteropatriarcalidad, desiguales, violentos o capacitistas. Explicar que aspiro a producir prácticas sexuales alternas termina siendo engorroso para las posibles parejas. ¿Tanta teoría para quién? Termino acallada por hartazgo, con montones de preguntas que me agobia contestar. La persona más anarca termina excusando al matrimonio, la más revolucionaria se ofende porque rechazo ser madreamante; la lesbiana que de simpática se torna ofensiva porque no satisfice sus intenciones posesivas; el joven celoso que se toma como afrenta mi soberanía corporal, el adúltero escamado que me apunta guarra y libertina, el chico trans que juzga por mi apariencia femenina, le chique gorde que no le ponen las gordas. Me faltan experiencias y mi ansia se acomoda a lo no resuelto ni reflexionado por otras personas. Elaborado discurso para acabar aceptando que también éstas prácticas fallan al procurar la satisfacción de  alguien más que no soy yo. La resolución inmediata ha sido desembargar la vida solitaria que el contrato heterosexual prohíbe.

En redes sociales, veo algunas mujeres con las cuales comparto el estigma, defender que son deseadas, abanderan una sexualidad gorda consumible y que aspira a la valoración social. Resulta ineficaz exigir al patrón que públicamente acepte su consumo de gordas. Disto de reclamar que me desean, eso ya lo sé. Lo rancio del asunto es que usen ese deseo para agregar capas de opresión a las ya existentes. Ninguna persona gorda debería esforzarse por entrar en un sistema donde no es llamada a existir. Juego pensando en que una gorda que se precia genera un sistema propio, rompe con las violentas proyecciones de otras personas sobre su cuerpo, se fuga de lo establecido.

Aún continúa el bombardeo social para odiar mi gordura, ahora que lo comprendo ha disminuido su efecto en mí, por eso escribo, porque puedo hacerle frente. Pretendo recordar como gorda y a todas las personas gordas que la sexualidad que vale es la de una. Que si bien, creo que nuestras prácticas y comportamientos relacionados con nuestra sexualidad deben ser profundamente cuestionados y subvertidos, hay que volver una y otra vez a nosotras. Sí, desconfiar del deseo que hemos aprendido pero hurgar también en la memoria, encontrar esa conexión sexual placentera primera, si no tenemos, inventárnosla.

Me encantaría que cada gorda supiera que puede disfrutar del placer sin cuestionárselo; que merece que la traten con ternura, que la cuiden y acompañen. Que no es condición estricta sólo para ciertos cuerpos buscar conexiones afectivas. Que sin dudar sepa que alguien se masturba pensándola. Que manifieste, eso sí, abiertamente su inclinación por las personas gordas. Que aprenda rápido a advertir el deseo del otre por ellas y lo corresponda como le parezca sin miedos, prejuicios ni vacilaciones.

En la memoria corporal placentera está el indicio de lo posible, aguardando. Por el momento, me basta con recuperar lo que por el estigma edité. Descongelar la rigidez del cuerpo a la que nos confinó el prejuicio y la falta de referentes. Creo  impostergable volver a mi panza que aloja impresiones siendo besada con frenesí, sin que sea significativo quién lo hizo sino cómo lo hizo y la sensación de placer libertario que ahí emergió. Traer la primera vez que atisbé lascivia en quien me miró desnuda. Evocar continúo el preámbulo lujurioso de dos mujeres sobándose sus lonjas. El dolor de la primera mordida en el pliegue de mi ombligo. El ansia por la verga que asoma bajo una lorza prominente. Los ardores labiales por la salsita de molcajete. Los poemas de Gloria, Audre y Artemisa. La plenitud de las carcajadas con las amigas.

“El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las articulaciones recuerdan y hasta el dedo meñique recuerda. El recuerdo se aloja en las imágenes y en las sensaciones de las células. Como ocurre con una esponja empapada en agua, donde quiera que la carne se comprima, se estruje e incluso se roce ligeramente, el recuerdo puede surgir como un manantial.” (Pinkola, 2005, p. 281)

Un mmm que afine el meneo de mis lonjas jubilosas.

Referencias.

  • Despentes, V. (2007) Teoría King Kong. España: Editorial Melusina.
  • Ellis, C., Adams, T. y Bochner, A. (2010). Autoethnography: an overview. Forum: Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research, 12(1). Extraído de la página: http://www. qualitativeresearch.net/index.php/fqs/article/view/1589/3095.
  • Goffman, E. (2010). Estigma. La identidad deteriorada. 2ª. ed., 1ª. reimp. Buenos Aires: Amorrortu/editores.
  • Preciado, B. (2002). Manifiesto Contrasexual. España: Editorial Opera

Prima.

  • Pinkola Estés, C. (2005). Mujeres que corren con los lobos. España: Zeta Bolsillo.
  • Tovar, V. (2018). Tienes derecho a permanecer gorda. España: Editorial Melusina.

María Magdalena Aranda Delgado. Buscadora de saberes que le permitan profundizar, ampliar o desechar los que ya tiene.  Cercana a los feminismos, especialmente al gordx; por supuesto es y está gorda. También es profesora que activa políticamente en sus sesiones de historia, conversas sobre feminismos y socioantropología del cuerpo. Tallerea según se requiera. Ha colaborado con instituciones públicas y organizaciones de la sociedad civil. Actualmente cursa un posgrado donde indaga sobre la opresión por cuestiones de gordura.

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