Al hilo de las palabras (u kansa ji chui*)

Por Maga Salazar

No fui niña ni mujer joven de hilos y costura. Pero el tiempo y la observación profunda de mi necesidad de conexión conmigo me dirigió a una nueva vida, o energía, que con el paso del tiempo me acercó hacia otras mujeres que bordan, cosen o tejen. Todas, al contacto con los materiales, nos fuimos enamorando de la materia que se transforma en nuestras manos y pensamientos, de esa que nos habla de su huida de la madeja, que va libremente y apasionada para encontrarnos reflejadas en una forma nueva. La “labor” te encuentra. Labor le dicen algunas bellas mujeres a su proyecto de bordado. Yo bordo, y desde que lo hago, me reconecté con mis ancestras, aunque no sabría exactamente cómo explicarlo.


En el siglo pasado era una obligación de género saber “bordar, zurcir, tejer, coser” (como en la ronda infantil). Actualmente bordar no es una actividad excluyente hacia los hombres, pero sí muy introspectiva, de quietud activa. Se puede meditar mientras se trabaja en esto, se puede sanar, incluso, pero no es fácil. Lleva tiempo, quizá el mismo que se tarda en aprender alguna técnica compleja y aplicarla a un proyecto delicado y demandante.
El bordar tiene muchas manifestaciones. Lo lamentable de todo es que se le considere un oficio artesanal tildado peyorativamente de femenino y, por ende, de carácter secundario, donde pocas personas pagan el precio justo de tan bellos objetos de tiempo y color. De esto deriva que algunas bordadoras lo hagan como medio de “apoyo económico”; otras bordadoras, en cambio, lo vivan desde la terapia, y por ello se rehúsan a vender si quiera alguno de ellos, también hay quienes atesoran herencias bordadas en colchas, ropones, manteles, o zapatos, y las usen como guías o manuales para conservar diferentes técnicas; o, están aquellas que bordan como denuncia y protesta en contra de la extrema violencia de género, como sucede en la acción social colectiva de “Bordamos feminicidios” aquí en la ciudad de México, con eco y participación internacional. Mal indicio.

Conocí y participé en ese proyecto hacia 2012, invitada por Minerva Valenzuela. En ese momento yo habría sufrido una ruptura amorosa donde hubo violencia. Me encontraba frágil. Creo que por eso conecté enseguida con la propuesta y bordé, nunca antes lo había hecho. Bordar me enseñó la fuerza que se necesita para externar un dolor tan intenso: en este caso, contar en primera persona la historia de una mujer cuya vida fuera interrumpida, ya sea por algún conocido o por su pareja sentimental, en ocasiones quedó sin identificar al feminicida. Historias de mujeres de todas las edades y condiciones de vida. Bordar sus voces sobre un aparente delicado pedazo de tela, en realidad fue bordar sobre un pañuelo estandarte.

En mi vida han pasado muchas cosas en torno al bordado como fuente de reconciliación. Lo que me recuerda el atender las señales de mi salud visual y no comprometerla, pues desde hace siete años que empecé a bordar no he parado de hacerlo. A veces con labores gigantes, como en el proyecto de bordado colaborativo* que activara junto a mi amiga Silvia Noh. Vivimos una muy alejada de la otra, así que cada casi dos años nos reencontramos, al hacerlo compartimos charla y sonrisas. Nos “chuleamos” mutuamente las cosas bonitas que bordamos y nos explicamos cómo las aprendimos a hacer, o hablamos sobre cómo va la vida y algo sobre nuestros planes y alegrías diarias.


U kansa ji chui = al hilo de las palabras es el nombre en lengua maya que asignamos a aquel proyecto que estará entre nosotras, y entre las demás mujeres que bordan y se comparten, entre las personas que sueñan y bordan al mismo tiempo, entre aquellas personas que descubren quienes son, lo que saben y lo que sienten frente a la tela, los hilos y las agujas, en todas sus formas y dimensiones, entre quienes se reparan con el tiempo. Al hilo de las palabras es todo lo que hay entre las personas que resistimos también bordando.

*Parte del proyecto Popol Nah: un espacio comunitario para activar talleres e intercambios de saber en la comunidad maya tzotzil de San Lorenzo, Municipio Lázaro Cárdenas, Quintana Roo (Idea original y espacio físico Nash Salazar, madrina de u kansa ji chui, Sussana Nagy).

 

 

 

 

 

 

Magalli Salazar. Artista visual y educadora. Cd. de México. Me gusta trabajar con niñxs, jóvenes y adultxs, especialmente con mujeres en actividades sobre arte y creatividad, diversidad humana, discapacidad y derechos, autoconocimiento a través del arte, memoria e identidad social. También me interesa el cine, el bordado, la fotografía, el huerto casero y lo oculto.
Publico notas en: artepublicomx.com
Emprendo en: efímera.arteentela (instagram)
Divago en: elparpadodeceluloide.wordpress.com

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