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La herida que no sana. Sexo y trauma/ Esther Regina Neira C

Reboot. Ollinca Torres. @ollincatorres. Descripción de imagen: ilustración en tonos violetas de una mujer joven, de ojos grandes y una argolla en la nariz. Se encuentra detrás de una planta de bambú. Al fondo, se vislumbra el cielo estrellado.

Por Esther Regina Neira Castro [1]

“El cuerpo de la mujer es el bastidor o soporte en que se escribe la derrota moral del enemigo (…)
los agredidos son cuerpos frágiles, no son cuerpos guerreros”

Rita Segato[2]

[A las que no se sienten como cuerpos guerreros.
A quienes el deseo les reabre la herida]

Verbalizar el trauma sexual es una de las mayores batallas a la que siempre nos hemos enfrentado las mujeres. El silencio sólo ayuda a sobrellevarlo y, aunque intentamos hacerlo invisible, nuestro cuerpo ya está marcado. Adentro contenemos el impulso de romperlo, de gritar lo que nos hicieron, pero ninguna imaginamos que tras ese muro se esconden un sinfín de consecuencias que debemos afrontar a lo largo de nuestras vidas en el terreno de las relaciones interpersonales. Aquí rompo el silencio sobre una de ellas: la incomprensión.

Quizás penséis que cualquier persona apoyaría a alguien cercano que sufriera este tipo de violencia a lo largo de su vida, pero no es así; lamentablemente es más común que suceda lo contrario. Me explico.

Se tarda mucho tiempo en lograr decir en voz alta lo que pasó. Pasan meses, años, y siempre sucede con el detonante de la conciencia, esa voz que diga “pasó y fue real”. Asumirlo es un paso verdaderamente difícil y, cuando esto sucede, emprendemos la tarea de recordar; la amnesia parcial, el no visibilizar ciertos detalles, no saber qué fue real y qué no, cómo sucedieron las cosas, se convierte en una labor que conlleva enfrentarse a la peor parte de una misma. La culpabilidad y la vergüenza nos persiguen continuamente, las pesadillas recurrentes, la ansiedad, los pensamientos intrusivos, o estar siquiera cerca del sexo opuesto hace de ello un verdadero infierno. Con una sensación de asco que parece habérsenos pegado a la piel, la rabia y la tristeza se apoderan de nuestro cuerpo, sintiéndolo siempre sucio. Así, nos volvemos expertas en detectar la violencia; cualquier cosa nos hace recordar lo que nos hicieron.

Y diré algo más, el pronóstico nunca es optimista; no es una fase, no se pasa, no termina. Se vive de manera intermitente. Sin saber muy bien cómo sucede, llega un momento en el que nos empoderamos y decidimos contárselo a alguien. El interlocutor, que en la mayoría de las ocasiones – al menos en mi experiencia – no ha vivido nada parecido, lo más probable es que no sepa cómo reaccionar. A lo largo de los años he podido observar las reacciones de amigos y parejas ante la narración de los acontecimientos. Y lo que suelo encontrarme en la mayoría de las reacciones es la falta de comprensión. Ese afecto tan básico de las personas como lo es la empatía decidirá en cuestión de segundos si tendremos un buen día o si por el contrario volveremos a caer en el hoyo.

Porque no lo entienden, y probablemente nunca lo hagan. Es un tema incómodo y además inesperado. No es una conversación para tomarse unas cervezas en una terraza, aunque atraviese constantemente nuestra cotidianidad. No es un tema del que cualquier persona esperaría ser testigo; nadie piensa que cualquier amigx o pareja le hablará de que en algún momento sufrió abusos sexuales o violación.

Siempre nos dicen que debemos hablar. Y la mayoría de las veces nos encontramos con las mismas respuestas, “pero, ¿por qué no denunciaste en su momento?”, “no sé qué decirte”, “y, ¿quién fue?” seguidos de consejos improvisados o de intentos de lo que creen que es empatizar comentando qué es lo que habrían hecho ellos en nuestro caso. El vacío que sentimos con estas reacciones no queda ahí, pues peor es enfrentarse a la incomprensión de tu pareja, y qué decir cuando se trata del plano sexual.

Una siempre espera hallar entendimiento en la relación con su pareja, y más con estos temas que en la intimidad se hacen más visibles. Pero al menos en mi experiencia, eso nunca ha sucedido. Desde negar el tema, hacer como que se olvida y omitirlo el resto de la relación, a adoptar un papel de víctima. Y es que cómo les ofende su masculinidad. Cierto es que a nadie le enseñan a reaccionar ante una situación así, en la que tu pareja vive en una posición de vulnerabilidad tan constante, pero tampoco nos enseñan a nosotras a lidiar con la violencia permanente. Hace falta más educación emocional y sexual, sin duda.

En mi caso, puedo decir que he perdido amigos y parejas por este tipo de cosas, y tengo mis razones. Con el tiempo me he vuelto experta en recibir comentarios del estilo “ya deja de hablar de eso” por parte de algún que otro amigo. Pero lo peor de todo, es enfrentarse a la violencia por omisión, como es el hacer que no pasa nada a sentimientos o reacciones que podamos tener, en concreto la falta de deseo que a veces se vuelve constante, o el no sentirnos cómodas con ciertas prácticas. Recordemos que todo nos evoca a un recuerdo. Algunos simplemente optan por levantarse e irse, abandonando la situación.

También me he encontrado con la incredulidad y negación por parte de la pareja sexo-afectiva sobre mis vivencias, con frases del tipo “ya, pero no fue violación, porque la fantasía de una mujer es, finalmente, ser violada”; o cuando he tenido que marcar distancia ante la insistencia continuada por mantener relaciones, obtuve dos días de silencio intencionado para terminar participando de toda una escena de chantaje emocional disfrazado de la frase “ya no me siento cómodo al tocarte, siento que te incomodará y dirás que soy un violador”.

Por no hablar de cómo les hiere nuestra falta de ganas o que les hables de lo que te gusta y de lo que no: algunos sienten al estar tan afectada emocionalmente ni siquiera se esfuerzan por hacerte llegar al orgasmo, atribuyéndolo a una cuestión psicológica que nosotras debemos “reparar”. Nos perciben como frígidas o anormales, incapaces de volver a sentir placer, o a veces incluso como si fuéramos un reto demasiado difícil. Lo que está claro es que negar e ignorar la circunstancia les parece más llevadero.

Y diré algo más para terminar de hacer arder mi pasado sexo-afectivo: todos ellos se declaraban en su día y se declaran hoy abiertamente feministas. Y con todos me refiero a todas mis exparejas, tanto aquellas culpables de mis traumas sexuales, como aquellas que los perpetúan con sus actitudes y comentarios.

Al decir que verbalizar el trauma sexual es una batalla, no me refiero únicamente a nombrar los hechos. Me refiero a lidiar cotidianamente, día tras día, con los hechos y la dificultad de transmitirlos tanto verbal como físicamente. La vulnerabilidad atraviesa nuestros cuerpos dañados y los vuelve frágiles. No soportamos el acercamiento y el contacto se convierte una y otra vez en el recuerdo de aquello que siempre deseamos olvidar o, mejor dicho, deseamos no haber vivido jamás.

La pareja sexo-afectiva puede cruzar la delgada línea que separa el deseo y el consentimiento en cualquier instante; la insistencia es un ejemplo de ello. La necesidad de complacer con la que nos educan es inherente a nuestro sexo, atraviesa múltiples planos, y la responsabilidad que cargan sobre nuestras espaldas desde siempre se vuelve el doble de pesada cuando convivimos con el trauma. La otra persona vive su sexualidad libremente, algo que nosotras ya no conocemos. Pues si bien no siempre queremos el contacto, la insistencia nos hace rechazarlo todavía más. El sentimiento del abuso, de ser utilizadas, cosificadas, de convertirse en un objeto hipersexualizado para el otro, se apodera de nosotras. Y a pesar de que exista un deseo sexual, nada tiene que ver con las ganas de satisfacerlo.

El protagonismo que el sexo acapara en las relaciones hace que este pierda espontaneidad, deseo, placer, y por tanto valor. Llega a convertirse en un recurso para satisfacer demandas corporales rutinarias, un medio para cumplir un fin que la otra persona ha encontrado en ti, su pareja. La sexualidad se vuelve entonces un trámite, un mal trago necesario para conseguir una falsa estabilidad emocional. Porque el sexo cotidiano parece haberse vuelto síntoma de una relación sana, y lo que se sale de eso, es porque algo no va bien.

Y es que la pareja, sin educación o capacidad emocional suficiente como para afrontar la marca del trauma que nos atraviesa, no entiende nuestra corporalidad herida. Con el tiempo he llegado a comprender que muchas personas terminan por ceder o sacrificarse “por el bien” de la relación, para que él no se vaya y nos abandone. Es entonces cuando vuelve el sentimiento de culpa al no tener una sexualidad “normal” que jamás volverá. El contacto puede llegar a producirnos asco, repulsión, náuseas, y el sentimiento es el mismo: es obligatorio porque es lo normal, y si nos negamos es porque algo malo sucede con nosotras.

Mi cuerpo se siente dañado, como algo intocable, tan frágil que podría romperse al mínimo contacto. Una suerte de dolor fantasma recorre nuestros genitales, pensándolos como la huella de una herida permanente; se contrae, se cierra, el miedo lo ocupa y el placer no fluye. Una misma termina negando su propia sexualidad, y omitimos el deseo como queriendo borrarlo ante la confianza puesta en que estaremos mejor sin él. Incluso tratamos de prescindir del auto placer, acogiéndonos al celibato como camino, o hasta cediendo ante la idea de frigidez que se nos atribuye en ocasiones. Prefieres no quererlo nunca, el sexo se reduce a una práctica innecesaria, ya no nos interesa o se convierte en algo que únicamente trae consecuencias y vivencias negativas.

Este texto es un intento por acercarme una vez más a la idea del no estamos solas, no es un caso aislado y es posible romper los tabúes sexuales. Es un llamamiento a plantearnos el papel de nuestras parejas y nuestros amigos en este tipo de situaciones, a preguntarse cómo responden ellos y qué es lo que hacen para no perpetuar este tipo de prácticas. Y, sobre todo, el papel que tienen dentro del feminismo y cómo cambian al convertirse en nuestras parejas; las actitudes que defienden en público y las que demuestran en el plano más íntimo. En este sentido lanzo una pregunta para lxs lectorxs, ¿cuántos de nuestros amigos, conocidos, compañeros, familiares, habrán actuado así con las mujeres con las que se relacionan?

En todo el proceso de reconocernos en nuestros cuerpos golpeados por la violencia sexual encontramos mucha soledad. Las víctimas de violaciones y abusos necesitamos poder hablar abiertamente, no sólo de lo que sucedió, sino de cómo lo estamos llevando. La herida hace mella en nuestras relaciones personales y en nosotras mismas. No somos cuerpos guerreros, no romanticemos el dolor. Somos cuerpos rotos, furiosos, tristes; cuerpos atravesados por una herida que no sana.

[1] Esther Regina Neira Castro es historiadora, actualmente en proceso de finalizar su formación como antropóloga. Sus líneas de investigación son la partería tradicional, antropología del cuerpo y formación de la persona.

[2] “Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres” Revista sociedade e Estado, vol. 29, n.2 mayo-agosto 2014 pp. 341-371

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Esther Regina Neira Castro. Natural de A Coruña (Galicia, España), es graduada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid con cuatro estancias internacionales en Hungría (Károli Gáspár Református Egyetem, Budapest), Argentina (Universidad de Buenos Aires), Estados Unidos (Loyola University Chicago) y México (UAEM). Actualmente es maestrante del posgrado en Antropología Social por la Universidad Iberoamericana de la Ciudad de México. Sus líneas de investigación sobre las que versa su tesis de maestría son la coexistencia de la biomedicina y la medicina tradicional en el ámbito de la partería, formación de la persona, cuerpo y mujeres en posición de liderazgo en el contexto de la Mixteca Alta del estado de Oaxaca (México) donde ha hecho investigación de trabajo de campo.

Correo electrónico de contacto: esthenei@ucm.es

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Amar, querer, desear, cuidar, sentir(nos)… CON LOCURA/ Marta Plaza

Imagen por @ereislas. Carboncillo sobre papel. Varias piernas entrelazadas en lo que parece ser una cama, envueltas en una sábana blanca.

Por Marta Plaza

Hace algo menos de un año participé junto a una de mis compañeras de InsPIRADAS, (colectivo madrileño de mujeres feministas locas, psiquiatrizadas o que convivimos con experiencias inusuales y/o sufrimiento psíquico de cierta intensidad) en una sesión de un curso sobre Amores Subversivos que tuvo lugar en la también madrileña librería Traficantes de Sueños. Aquella sesión la llamamos Amar(nos) y cuidar(nos) con locura. Puede escucharse online aquí, y también es posible acceder aquí al audio del resto de sesiones de este curso de Amores Subversivos.

También en el mes de marzo del pasado año, escribía esto tras una noche compartida durmiendo con dos amigos/amores/vecinos/vínculos/compañeros, una noche que me removía justo la carencia de lo que no hay, por encima de la abundancia de lo mucho que hay en ese vínculo de múltiples caras que nos une. Estas fueron las palabras que encontré entonces y con las que respondía a un reto de escritura a la vez que me podía contar un poco de lo que (no) sucedió aquella noche:

“Cuando tras aquellos días
de tanta intensidad
por fin dormimos juntos,
no pude conciliar el sueño
en toda la noche.
Mi corazón
desbordado de emociones
me mantuvo despierta
con su latido ensordecedor.
Fue el único participante,
a la vez ganador y perdedor,
de una carrera insomne,
acelerada
y a todo volumen”.

Empiezo desde estas dos vivencias de un año atrás porque creo que hablan bien de dónde y cómo estaba entonces y de cómo mi pensamiento está en continua evolución, y con él el discurso y las prácticas que voy ejerciendo. Esta evolución es algo que me (¿nos?) caracteriza; y no creo que tenga que ver con mi locura, mi discapacidad ni mis diagnósticos, sino con mi trabajo mirándome dentro y poniendo palabras a mis sensaciones, deseos, sentimientos… Y también aceptando que normalmente mi discurso va por delante de lo que consigo hacer con mi práctica, y que no pasa nada porque sea así mientras tampoco lo olvide, y sea consciente de que mi discurso marca hacia dónde quiero ir (no lo ya alcanzado), como esa utopía que nos ayuda a seguir caminando hacia ella.

Como mujer psiquiatrizada, como loca, soy una persona que a menudo ha visto utilizado su diagnóstico, su locura, para desproverme de voz, legitimidad, credibilidad. También para que otras personas a las que su profesión y formación en salud mental hacían supuestas “expertas” en mí, mi cuerpo, mente y necesidades… pudieran tomar decisiones por mí, sobre mí. A menudo, en mi vivencia, CONTRA mí. Mis diagnósticos, síntomas, locuras… han sido también consignadas oficialmente en un certificado de discapacidad (la que hoy se denomina discapacidad psicosocial y va asociada a esos problemas de salud mental que nuestra sociedad cuerdista no incluye en su funcionamiento normativo ni en sus exigencias de productividad capitalista y de felicidad 24/7).

Como psiquiatrizada, como mujer loca, he tenido profesionales que me han indicado en consulta que tenía que tener más relaciones sexuales con mi pareja aunque no me apetecieran (entre otras cosas por los efectos secundarios de la medicación impuesta que me habían pautado). Que yo bien podría hacer un poder, hacer un esfuerzo para acostarnos juntos, que él (mi pareja) tendría sus necesidades (y en el subtexto obvio, estas primaban por encima de las mías). Otros escenarios, como bajar o retirar esa medicación que tenía esos efectos secundarios; o el escenario de no tener relaciones sexuales una temporada y que aún así mi chico quisiera estar conmigo (o el de que fuera preferible dejar esa relación si hubiera supuesto incluir relaciones sexuales sin que mi deseo o ausencia del mismo tuviera ninguna importancia)… no parecían contemplarse desde esas miradas con bata blanca. En aquel momento ese rol para mí aún era un referente, aún no había encontrado cómo defenderme de su discurso (él/ellos sabían mejor que yo lo que me vendría bien, al fin y al cabo, yo no pensaba lógico, no me sentía lúcida, tenía tanto dolor dentro que cómo acertar así). Me costó tiempo ver que esta desautorización continua de mis palabras, de mi vivencia, de mi deseo o no-deseo, era una más de las enormes violencias que ejerce el sistema psiquiátrico con el beneplácito de la sociedad, las instituciones, casi siempre las familias y con demasiada frecuencia también nuestros entornos afectivos, vínculos y familias elegidas, si no han hecho también un proceso de mirar con ojo crítico el psistema y sus tentáculos, dogmas, agresiones. Me costó demasiado tiempo (cuántas veces resuena en mi cabeza que llegué tarde a mi propia autodefensa) ese proceso de andar un camino que por suerte no tuve que hacer sola (sola no puedes, con tu gente sí). Llegar a ver nítido que las violencias del patriarcado juegan en alianza con las del sistema psiquiátrico (y las del capitalista, claro), todos pilares sosteniéndose entre sí y a la vez sosteniendo este mundo hostil que nos daña y excluye.

Algunos avances en la búsqueda de mí misma, como loca, como psiquiatrizada, como mujer, también han ido en paralelo a otras formas de entender la sexualidad, las relaciones, los amores y vínculos. En mi proceso relacionado con mi salud mental, me resultó útil desprenderme de la etiqueta de “enfermedad mental” (aquí hay gente que me lleva delantera y tampoco utiliza entonces la de salud mental, como opuesta a ese concepto en el que no creemos, y aunque la idea “salud mental” a mí aún me sirve… quién sabe más adelante). También fue un avance desprenderme bastante de las etiquetas diagnósticas recibidas en mi vida. Me hace bien saber mis fortalezas, mis dificultades, qué me sienta bien, para qué necesito ayuda y cómo pedirla… pero nada de eso es lo que se viene trabajando en la psicoeducación de este sistema psiquiátrico donde identificarte lo más posible con la etiqueta diagnóstica asignada (adquirir la sacrosanta “conciencia de enfermedad”) es un paso irrenunciable. Desde el activismo loco se batalla a menudo contra ese ser etiquetados que vivimos tantos de nosotros, con etiquetas que pretenden definitorias y definitivas, crónicas, de por vida. Una de las pancartas del primer Día del Orgullo Loco en mi ciudad lo decía en clave de humor (qué bien el humor que siempre nos salva): tenemos más etiquetas que las tiendas de ropa.

En paralelo a este desprendimiento de etiquetas diagnósticas, me empezaron a sobrar un poco o empecé a mezclar las etiquetas para los distintos vínculos. Estas etiquetas con las que social y emocionalmente categorizamos a nuestros vínculos, con lo que ya no son amigos/amores/vecinos/compañeros/familia, todo a la vez y mezclado; sino que parece que debamos elegir entre ellas, y además asumir las distintas jerarquías, expectativas e intensidades que son propias de cada una de las categorías. La etiqueta “amiga” no es la misma que la etiqueta “pareja”, que es distinta de la etiqueta “familia”, a su vez distinta de la de “colega del curro”, que es distinta de la de “vecina”, también distinta de la de “compañera de activismo o militancia”, distintas todas de la de “amante”. Y según cambias de etiqueta, cambias los cuidados esperados, el compromiso ofrecido, las actividades compartidas, las actividades compartidas, lo que se debe y no hacer. Todo según lo marcado socialmente por nosesabequién, desde luego externo a nuestras ideas y corazones, aunque tanto nos acabe permeando también y asentándosenos dentro.

A mí me empezó a pasar que igual que las etiquetas diagnósticas me habían dejado de servir tiempo atrás, cada vez tengo por dentro más mezcladas las etiquetas que llevan mis distintos vínculos. Les pienso (os pienso, si lo estáis leyendo algune) cada vez más con palabras como esa, la de vínculos; también pienso y me doy permiso para usar cada vez más la palabra amores y sentirla y decirla así. Cierto que desde mi proceso personal de en principio retirada y actualmente solo bajada de psicofármacos (tras más de 20 años con muchísima sobremedicación psiquiátrica), volví a sentir con una intensidad grandísima que apenas recordaba. Y siento que estoy muy enamorada de mi chico, con quien comparto casa, risas, recuerdos, cama, cuidados, redes, futuros utópicos pero en marcha por construir, complicidades, pieles, sudores, bailes y gemidos, y un plan de vida compartido (y más cosas, seguro). Pero este amor tangible, cierto, palpable, intensísimo, no hace que en mi intensidad gigante o en este dejarme llevar sin etiquetarlo todo y sin demasiados juicios, no me sienta también enamorada de otras compañeras con quien comparto ganas de construir mundos nuevos y de nuevo, más cosas también, seguro. La propia red que me sostiene y en la que nos sostenemos juntes es una red preciosa y amorosísima en la que la base son los afectos y los cuidados, y si me sale “amores” cuando pienso en una palabra que las nombra, me gusta decírmela así y poder decírsela así a ellas, a ellos.

Como otra de las patas de este proceso múltiple y caleidoscópico en continua evolución, también el concepto mismo de sexualidad se me mueve, muta y cambia dentro. Estoy viviéndolo como un camino lento, porque aquí aún noto bastante peso social que me hace menos fluidos los pasos. Pero de alguna manera, mi proceso para encontrarme (también en mi cuerpo y en mi piel; esta misma piel que rasgué en momentos de gran angustia, este cuerpo que sentí cárcel tantos años) avanza también deshaciendo mi idea previa de sexualidad, en este caso difuminando sus fronteras, ampliándolas. Quizá empezó como defensa ante ese supuestamente inadecuado “ser poco sexual” que me devolvían en consulta, ese tener pocas relaciones según baremos ajenos en los que seguimos buscando nuestro reflejo (¿seré normal o en esto tampoco? ¿y acaso quiero serlo? ¿por qué debería?) Pero hace ya un tiempito en que siento que empiezo a navegar un espacio que me gusta, en el que me encuentro cómoda, y en el que estoy ampliando mi concepto de sexualidad a las situaciones de intimidad compartidas con otras personas de confianza, especialmente si implican desnudeces pero no solo, y en las que siento/sentimos además placer físico.

Una tarde en el sofá en la que mientras vemos una película tres de estos vínculos/amores a los que les corresponderían distintas etiquetas relacionales formalmente, y en la que mientras seguimos la peli estamos todas haciéndonos cosquillitas suaves suaves en los brazos o piernas, en un tren de cuidados placenteros desde una confianza no fácil de tener con cualquiera y en la que todo el mundo es acariciado y acaricia…

Una noche en la que nos dormimos cuatro en una cama gigante, abrazados unos a otros, acariciándonos el pelo, oliéndonos, sintiendo la calidez de los cuerpos…

Una sobremesa en la que mi chico y yo, desnudos en la cama de nuestro cuarto, nos acariciamos y cosquilleamos sin pretender llegar obligatoriamente a orgasmos, penetraciones, pero qué bien esas caricias, ya acaben después en clímax para mí, para él, para ambos; o en que él vaya entrecerrando sus ojitos sonrientes y se quede dormido mientras yo le leo cuentos sin dejar de acariciar su pelo en mi regazo.

Un momento de baile, otro de susurrarnos en el oído, otro de masajes con más o menos ropa, otro de colchonear en un viaje y sentir la excitación en el corazón acelerado y la humedad entre las piernas, y que sea perfecto así, que se quedé así y ahí, sin más (¡ni menos!), y que sigamos recordándolo en conversaciones posteriores y el verbo colchonear quede instaurado tan tan bonito y le busquemos en el calendario grupal fechas para repetir.

Hablar de tríos que nunca acaban produciéndose, pero poder verbalizar que en ti habita un deseo sexual por algunas personas que no lo comparten así, o no ese mismo, pero con las que sí hay un cariño y amor y cuidados gigantes. Que ese hablar poniendo sobre la mesa esa parte no correspondida no sea un tabú a silenciar ni una carga ni un muro que se levante entre medias, que hasta pueda ser risas a sumar a las complicidades que sí hay.

Poder compartir estos sentires con mi gente más cercana y que no haya burlas ni juicios ni paternalismos, ni ofensas ni miedos ni traiciones. Poder disfrutar de la abundancia de tantos quereres, de tantos cariños, mimos, caricias, risas, bailes, pieles, orgasmos, cuerpos, cosquillas, olores… Ser consciente de que alguna vez, como aquella noche tras la que escribí el relato cortito que os compartía en el inicio del texto, también me podré quedar un poco atrapada en mi sensación de carencia. Que desde la abundancia de todo lo que sí compartimos, en ese momento lo que me pese sea lo poquito no compartido contigo, o con ellos, o con ellas. Mirando más hacia ese otro concepto de sexualidad que se utiliza socialmente y del que yo digo querer desprenderme pero a veces se me clava su ausencia una noche de marzo.

También me sigue pasando que a veces me encuentre ubicando en el calendario esa noche que sí tuvimos sexo como socialmente se suele entender, con sus orgasmos, con su todo… (el todo del que otros hablan, no mi ni nuestro todo) para entrar a baremar de nuevo. Y ya no hace falta que me lo digan en consulta, me basto para juzgarme conmigo misma y con el peso social y las frases de sábado sabadete como número mínimo de encuentros sexuales necesarios para una sexualidad óptima (¿para quién?) Y desde ahí sí me duelo y entro a pensar si soy o no buena pareja, si tiene nuestra relación la chispa adecuada, si lo que tenemos es suficiente (de nuevo, ¿PARA QUIÉN?, ya gritaría). Cada vez me pasa menos, pero es verdad que de esto cuesta despegarse, y aquí sí me aplasta aún ese peso social, hasta dentro de grupos de amigas, en viñetas feministas, en cada todopresente meme sobre Satisfyers -que yo no quiero ni probar-. Ahí me vuelve un poco el peso y señalamiento de no ser normal, tía-a-ti-te-pasa-algo-será-un-trauma-por-qué-no-pruebas.

Así que aquí estamos yo y mis contradicciones: abandonando la expresión enfermedad mental hace ya años pero sí utilizando la de salud mental; deshaciéndome de etiquetas relacionales mientras sigo usando “mi chico” para mi chico; ampliando sexualidades pero también viendo si en estándares ajenos alcanzamos los números adecuados; disfrutando de las intimidades, complicidades y nuevas excitaciones que construimos, pero pocas veces compartiendo esta visión así públicamente; recreándome en la abundancia de cosas bonitas compartidas con mis vínculos/amigues/amores/vecines/compañeras… y a la vez alguna noche pesándome la carencia concreta de una piel o un susurro aquí o allá.

Y en este proceso con sus contradicciones, voy también encontrándome yo, encontrándome a gusto conmigo y con mis vínculos (y qué paz me da esto). Y, por qué no, va también gustándome mi manera de amar y amarnos con locura, de querer y querernos con locura, desear y desearnos con locura, cuidar y cuidarnos con locura, de sentir y sentirnos con locura, y gozar y gozarnos con locura.

Marta Plaza (@Gacela1980 en Twitter)

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Marta Plaza (Madrid, 1980). Activista loca y de lo que me llene, pensando y practicando sobre cuidados colectivos, tejer redes y crear comunidad como única forma de poder sobrevivir en este mundo hostil. He escrito en la revista Pikara Magazine y soy autora del capítulo “Pacientes psiquiátricas que (por fin) perdimos la paciencia” en el libro “Feminismos. Miradas desde la diversidad”. Para el capitalismo soy improductiva, inactiva e incapaz, pero todo bien.

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Diarios de una sorda/Enory García

Sexualidad #1 Quiero oír también

Por Enory García

 

 

Descripción de imagen:

Cómic en tinta sobre papel bond blanco en seis cuadros formados en tres columnas.

Primer cuadro: Un hombre y una mujer jóvenes se besan desnudos. Él se encuentra del lado izquierdo, ella del lado derecho.

Segundo cuadro: Acercamiento a una lámpara, la cual es apagada. Click.

Tercer cuadro: Un cuadro negro con onomatopeyas de gemidos de hombre del lado izquierdo. Un signo de interrogación rosa del lado derecho.

Cuarto cuadro: Se ve de nuevo el acercamiento de la lámpara, una mano prende la luz de la misma.

Quinto cuadro: Se ven de nuevo los dos jóvenes, él parece ligeramente desconcertado, ella, apenada, se pone su aparato auditivo.

Sexto cuadro: De fondo una cama revuelta. Se escuchan gemidos de los dos.

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Enory García. Tengo discapacidad auditiva, soy Diseñadora de la Comunicación Gráfica, egresada de la Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco de 2015 a 2019. Empecé a  ejercer en el área de Ilustración, comenzando a trabajar en ilustraciones tradicionales para cuentos infantiles usando técnicas de acrílico, acuarela, trabajé con Mónica Castillo Olivares en su libro “Lobita”. En 2019 empiezo a crecer como ilustradora, creando mi propia página de Facebook como “Diario de una Sorda” y creando tiras cómicas que se comunican a través de las manos llamado lengua de señas, dirigido para todo público que tenga interés por la Lengua de Señas Mexicanas, así como la inclusión, el conocimiento de la cultura sorda y la no discriminación para la gente con discapacidad auditiva.

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Foto[Zine] pornomaternal-tullido/ Diana Olalde y Vino Tirano

Imagen: Fotografía de la portada y el origami del Foto[Zine] pornomaternal-tullido* «Historia de un delito con música de fondo», hecho por Diana Olalde y Vino Tirano.

Por Diana Olalde y Vino Tirano

*Pueden pedir el Foto[Zine]
escribiendo al correo: rompecabezasmx@gmail.com

Cartas a la editorial

Ciudad de México, a 10 de mayo del 2020.

Queridas editoras de Hysteria!:

Les hacemos llegar nuestro escrito con el deseo de que lo tomen en cuenta para el número especial de su revista “Desbordando el deseo: sexo y carnalidades fuera de la norma”. Somos conscientes de que la convocatoria cerró hace unos días, mas hemos tenido semanas agitadas y movidas en medio del periodo excepcional que vivimos como causa de la pandemia. Sumado a lo anterior, se nos vino encima una temporada de festejos consecutivos que ocasionaron que aprovecháramos el contexto de encierro obligatorio y nos diéramos un encerrón para celebrar la vida por medio del sexo, la charla y el apapacho.

              El encerrón ha sido un maratón de sexo, conversaciones sobre las experiencias con las fragilidades de nuestros cuerpos, de los cuidados que se encuentran en los intersticios de la práctica carnal, de los cambios (tanto coroporales como identitarios) y tiempos, y en cómo todo esto nos atraviesa, determina y reconstruye constantemente. Los momentos de calma en esta montaña rusa de extasis y diálogos, los hemos aprovechado para recargar energía con algunos alimentos, marihuana, cerveza, café, pastelillos y una que otra lengüita de gato.

              El refugio desde el cual les escribimos, que tiene un mecanismo similar a El castillo vagabundo donde cada una de las puertas abre la posibilidad de visitar diferentes mundos, se ha convertido en un lugar de estudio e investigación que nos permite delinear y darle forma al proyecto pornográfico que estamos desarrollando. Parte del trabajo que hemos realizado en estos días, que queremos compartirles a las lectoras de Hysteria, se encuentra en la serie de ideas que exponemos a continuación:

  • Nuestro encuentro en el sexo (en la carnalidad y humedad) abrió posibilidades para explorar diversos temas, como la fragilidad, los cuidados, la maternidad, la discapacidad, entre otros, que nos atraviesan y definen.
  • Las experiencias con las pérdidas, los vacíos y la muerte, así como los acompañamientos en estos procesos.
  • Cada uno de nuestros encuentros sexuales, así como los laboratorios pornográficos que hemos realizado, son puntos de fuga para explorar, conocer y crear en torno al cuerpo en su cercanía con otros cuerpos, pero en particular con el de nosotras cuando estamos trenzadas, cachondas y disfrutando del sexo.
  • El sexo como espacio y práctica que nos permite sanar conjuntamente.
  • La presencia de Eros y Thanatos en cada acto sexual. El orgasmo nos permite experimentar una muerte (una pérdida) seguida de un renacer. En cada orgasmo le exprimimos algo renovable a la vida, es una energía que compartimos con quien(es) estemos en la acción sexual.

En estos momentos nos encontramos preparando la atmósfera adecuada para generar los laboratorios pornográficos que darán origen al segundo número de “Historia de un delito con música de fondo” Foto[Zine] pornomaternal-tullido. Seguimos con la misma consigna con la cual hicimos el primer número (Acá):

¡Fuimos a un hotel a coger!
Sí, los tullidos cogen.
Sí, las madres cogen.
Afectamos nuestros cuerpos al coger.
Deseamos afectar a otros cuerpos.
Lo imprimimos y queremos que sepan de nosotros.
Y claro, habrá mucha música de fondo.

            Con afectuoso cariño, se despiden de ustedes,

Diana Olalde y Vino Tirano.

P. D. No pretendemos construir una verdad absoluta en torno a la sexualidad, tampoco aspiramos a que nuestra propuesta sea del todo inclusiva en el formato que utilizamos: el fanzine. Somos conscientes de sus límites pero también de su potencial al ser un dispositivo de comunicación con una tradición contrahegémonica. Nuestra propuesta parte de lo lúdico, queremos divertirnos y compartir por medio del porno nuestras experiencias encarnadas en el sexo y con ello cuestionar las estructuras normativas con las que se impone una forma de pensar y practicar la sexualidad.

Laboratorios pornográficos 1 y 2. Selección de fotografías

Imagen: Historia de un delito I. Descripción: En la imagen se ve la parte superior de una cama en la que sobresale una cabecera con líneas verticales de diferentes grosores y tonalidades; las almohadas y las sabanas reflejan pliegues diferentes y aluden a que algo sucedió en ellas. Encima de éstas se encuentra descansando Tirano, se aprecia su cuerpo tatuado y desnudo, reposa su mano izquierda en su abdomen, sus dedos apuntan hacia su sexo peludo que envuelve a su verga flácida y brillosa y recae sobre su escroto. Las líneas de la cabecera son una metáfora de la forma de su cuerpo y él está en paralelo a ellas; de su cabeza sobresale una mata negra de cabellos largos que se despliegan en diferentes direcciones hacia su hombro izquierdo. La posición en la que se encuentra remite a la imagen de una serpiente de dos cabezas.
Imagen: Historia de un delito II. Descripción:  En blanco un baño, con su grifo metálico, un dispensador de jabón y un gran espejo rectangular que al fondo, a la derecha, exhibe un gran número 2 pintado en la pared y cubierto en parte por un juego erótico tubular. Toti, desnuda y en movimiento, desvía la mirada del espejo. Tirano asoma ligeramente, sobresale su mano que empuña un celular con el que observa sus senos grandes, caídos por la lactancia, en los que aprecia sus aureolas dilatadas; su abdomen menstruante e inflamado tiene una cicatriz horizontal que corona su pubis. Un espejo circular con brazo articulado a la pared mira a una ventana exterior.

“Historia de un delito con música de fondo”

Foto[Zine] pornomaternal-tullido

Audio descripción realizada por Octavio Garay para la performance-presentación del fanzine en agosto del 2019 (Acá):

“Un halo de luz, que me dicen que es blanco, corta por la mitad en la parte superior de la fotografía. Este halo baja formando un semicírculo hacia la derecha. Es un espejo. El reflejo muestra la imagen de dos cuerpos desnudos en segundo plano. El primer cuerpo, que está a la derecha de la foto, abraza un tubo vertical que nace de un asiento circular acojinado; su cuerpo desnudo está hincado con dirección asimétrica, su cabeza hacia la derecha, hombros a la izquierda y cadera hacia la derecha. Su mirada amorosa se dirige hacia un dispositivo móvil que es el que plasma la imagen. Apreciamos su cabello claro a la altura de los hombros, porta anteojos; se logra ver parte de su busto y de su pubis. En un plano intermedio aparece otro cuerpo desnudo de pie, cortado por el espejo y el haz de luz. También es un reflejo. Su cabeza partida por la mitad deja colgar su larga cabellera oscura y quebrada que se confunde con su tupida barba y bigote. Es un cuerpo decorado con tatuajes de diversos motivos con formas circulares arriba del pezón y onduladas en el antebrazo que se muestra abierto. Su muñeca, dividida por una pulsera, es el pivote de una torción de la mano. Solo alcanzamos a percibir la mirada que lanza a través de un ojo; su expresión es difícil de descifrar: es hierática. En el primer plano aparece de espaldas un cuerpo que origina uno de los reflejos. En la parte superior de la fotografía, cae como cascada la larga cabellera que muere a la altura de los omóplatos del lado derecho y a la altura de la espalda baja del lado izquierdo. Se perciben extremidades delgadas y sus nalgas que ladean el cuerpo hacia la izquierda de la foto. La iluminación en tonos rosados y tenues crea un ambiente de complicidad, intimidad y pasión”.

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Diana Olalde. Es artista de arte acción desde el 2001, a partir de ese año ha participado en festivales nacionales e internacionales de performance y video. Ha exhibido su trabajo en espacios académicos, independientes, museos, galerías y un par de cines porno. En 2015 comenzó una investigación sobre maternidad y vainilla (Serie de aire: desprenderse de la tierra al cielo) y en el 2018 su cuerpo maternante encontró empatía con el cuerpo en discapacidad por considerar a ambos cuerpos disidentes.

Vino Tirano. Nació en un cuerpo discapacitado. Es lector desde los doce, a los catorce se tatuó por primera vez y se puso su primera borrachera. Le gusta el ocio: lee, toma, de vez en cuando escribe, sale con sus amigos y genera complicidades con Diana. Cuando no está leyendo o borracho investiga temas sobre discapacidad en Latinoamérica. Desde 2006 desarrolla un proyecto de escritura que parte de su relación con la literatura, la enfermedad y la discapacidad; tres de sus ensayos se han publicación en revistas académicas.

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Obvio, fue una pesadilla/ Edgar Lacolz

Imagen por @ereislas. Dibujo a tinta de unos jabalíes en la calle. A la izquierda una bicicleta, al fondo una banqueta y una coladera.

Por Edgar Lacolz

Obvio, fue una pesadilla. Y desde entonces, no hago más que preguntarme qué es el placer. Había dos tipos. El Servio, como de unos cuarenta años, todo barbudo y canoso. Aunque era delgado, tenía una panza cervecera —la recuerdo bien—. El otro, era su achichincle, como de unos treintaitantos años. Era blanco ceniciento. Con pelo claro. Unas manos regordetas con dedos pequeños y fuertes —los recuerdo bien—. Le decían la Rubia y estaba enamorado del Servio. Creo que le excitaba mencionarlo mientras me montaba. Había una jovencita. Por los tratos, diría que era la esposa o la hermana del Servio —quizás ambas cosas—. Tenía una trenza enorme. A veces, la traía en medio de sus pequeños pechos. A veces atrás, cubriéndole toda la columna. Yo diría que se llamaba Pamela, pero la Rubia la molestaba diciéndole Pamelachú. Repetía una y otra vez la palabra y la jovencita lo ignoraba fastidiada. Creo que todos estábamos fastidiados.

            Las paredes eran de adobe. Había unos orificios que llegaban hasta la cintura y los tapeaban con unos pedazos de madera. Tenían que entrar en cuclillas. No había electricidad. Había una vela en un rincón. Una bacinica en otro rincón. Y unos trapos tirados, en otro rincón, que hacían de cama. Allí se dormía, se comía, se cagaba y se cogía. Todo el tiempo que estuve allí, parecía de noche. Nunca amaneció. Nunca vi luz solar. Todas las noches —es decir, todo el tiempo— se escuchaban gemidos, sollozos, gritos ahogados. Yo mismo llegué a hacerlos y por eso entendía qué ocurría en los otros cuartos.

A veces, en mis sueños, logro caminar. A veces, como en la realidad, estoy tullido. En esta ocasión, me recuerdo arrastrándome directo por el suelo de tierra, queriendo zafarme del peso de la Rubia sobre mi espalda mientras me mordía en el cuello y me apretaba los labios con sus regordetas manos.

El primero que me culeó fue el Servio.

Luego la Rubia.

Luego el Servio.

Y luego la Rubia.

Y así.

            Por los ruidos y las voces, entiendo que entraban otros hombres y se cogían a los otros encerrados. El día que hui, alcancé a asomarme en tres cuartos. Me encontré a tres jovencitos: todos —como yo— flacos y desnudos, uno en estado vegetal, uno amputado de brazos y piernas, el tercero parecía tener síndrome de Down. Había otros cuatro orificios tapeados. Ocho en total. Era un congal de tullidos. Me recuerdo inyectado de adrenalina, deslizando las tablas y con entusiasmo y miedo decirles que me siguieran, que podíamos escapar. Con dos de ellos vi su cara de aunque-quisiera-cómo-le-haría. El desmembrado, incluso, me invitó a que mejor pasara y con la lengua se humedeció los labios.

            Pamela nos alimentaba. Nunca respondía a mis preguntas. Me recuerdo con los ojos hinchados de tanto llorar. Me recuerdo pegándole a la pared. Me recuerdo que me daban patadas por asomarme de más entre las tablas. Me recuerdo rabiando debajo del Servio o del Rubio.

            Una vez, al inclinarse para darme la comida, mi mano rozó la trenza de Pamela. Y fue placentero. Desde entonces, intentaba rozar su trenza al poner o llevarse el plato. No me hablaba, no me dirigía la mirada, pero con el paso del tiempo me dejaba tocarle la trenza. Dentro de todo el infierno, yo también tenía mi pequeño placer. Ahora que lo pienso, a lo mejor Pamela era sorda. Un mal día el Servio me vio. Me quebró la mano a pisotones y luego se desabrochó el cinturón.

            Tanto dormido como despierto, veo que todos somos como animales en busca de placer. Y mientras lo buscamos, o encontramos o generamos dolor. Nos movemos entre animales domesticados o bestias. No sé cuánto tiempo pasó. Pero hubo un día en el cual supe que era el momento ideal para escabullirme. Todo se encontraba tan silencioso. Antes de seguir arrastrándome por el pasillo, recuerdo voltear y ver a Pamela acomodando las tapias de mi cuarto, como si nada, sin alertarse. Después, salí. Y en chinga, comencé a teclear: Obvio, fue una pesadilla

            …

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Edgar Lacolz. (Torreón, Coahuila) estudió la licenciatura en filosofía en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es miembro del Colectivo Discreantes y cofundador del proyecto Zoonoros. Actualmente, radica en la Ciudad de México.

Crédito de la fotografía: «Esperpento al óleo» de Patricia G. Santiago.

FB: https://www.facebook.com/lacalaca.lacolzeana

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Visceralidad trans/ Freyja Palau

 

Anxiety. Fotografía de un espejo de tocador que reflejael rostro de una persona con los ojos ligeramente cerrados que parece que llora. El espejo se encuentra sobre una superficie negra.

Imagen y texto por Freyja Palau

Mira, lo de que expresarme para canalizar, entender o avanzar en la vida, ha sido algo que me ha caracterizado. Además todo ha sido de forma inconsciente. Crear es una necesidad, típico del “creador”, del “artista”. Así que por eso estoy escribiendo: algo que me encanta es expresarme con palabras. Es como un cara a cara conmigo misma y lo hago de forma visceral porque la que escribe es una trans reventada. Sé que lo soy, porque me sobreanalizo todo el tiempo, tanto que mis actividades diarias se ven reducidas debido a esto, y lo peor, es que me doy cuenta una vez que estoy enfangada hasta el cuello dentro del meollo. ¡Chica, qué pesada!. Además, el resto lo nota, y lo peor de todo, y de aquí parte este texto, el resto del mundo no son yo. Mis ideas están claras, o al menos cada día más. Pero la situación me muestra que, cuanto más claro tengo dichas ideas(debido a la intrínseca deconstrucción de la sociedad), más oscuro se ve. Llevamos unas tres semanas en cuarentena por el coronavirus. Tres semanas donde todo parece que penda de un hilo: padecer ansiedad, plantearse la vida, encontrarse con una misma, tener miedo, incertidumbre, desconfianza….etc. Tres semanas en las cuales siento mucha paz. ¿Por qué? Pues porque al fin veo que el resto del mundo heteronormativo, siente y vive cosas parecidas a las mías, y no solo eso, sino que lo exterioriza cual telenovela, cual Drama queen. Es lógico, son “neo” en esto de no tener rutinas y de carecer una vida física y mental “normales”. ¡Ay pobres! que ahora resulta que la rarita (trans) de turno siente paz. Paz la he sentido siempre, si alguna vez estuve en guerra fue por los demás, por los “neo no normies por covid 19”. Y sí, tengo que deciros que habéis hecho que yo esté en guerra constante conmigo misma, y eso es una movida muy tóxica. No lo uso como excusa, puesto que voy poniendo remedio a medida que avanza la vida y mi experiencia en ella. Pero es una realidad, salimos medio trastocadas y es nuestra responsabilidad como mujeres disidentes, poner remedio y estar en paz con el mundo que nos condena. En definitiva, es de masoca total, puesto que se reduce a mi dignidad como persona humana con identidad propia, contra el mundo, asi mismo. Somos, porque sabemos lo que no queremos ser, somos lo que nos han dicho que no estaba mal. Y así vivimos, sabiendo que somos lo que se espera, lo normal. Y eso si es lobby, eso si es convencer de falsa felicidad a la gente: hacerles creer que eso es lo que deben ser por gracia divina, gracia capitalista o gracia deshumanizadora, como una parte de la máquina social. Puede parecer que yo (y es, vaya) he sobrevivido a todo esto, pero en realidad, he sobrevivido a mí misma. Yo soy mi peor enemiga y mi obstáculo principal, porque lo terrenal tira hacia lo que me creí cuando yo estaba creciendo, pero lo intelectual vuela y ahí he querido siempre aferrarme. Aunque claro, lo intelectual se construye, deconstruye, evoluciona, analiza, corrige… etc. Y me dejo perder en todo esto, porque así vuelo yo también. Nena, que eso la gente no lo sabe porque lo “intelectual”, o, digamos, el mundo de las ideas, por no caer en elitismos, requiere de esfuerzo. Un esfuerzo, no por lo terrenal, sino para que eso cotidiano del día a día, produzca verdadera felicidad y conocimiento de causa, puesto que nos hemos aplicado, previamente, lo intelectual. ¡Y no veas el esfuerzo!

Pues chica, medalla de bronce en las olimpiadas intelectuales, soy una profesional, tantos años… en fin. ¿Y el resto qué? Claro, aquí entra el problemilla del que hablábamos principio. Al resto se lo han dado todo, en un mismo pack: lo terrenal y lo intelectual juntos, inseparables… es lo que hay y a apechugar con ello. Y si no…. pues a sentirse como las marginadas del sistema a.k.a las reventadas. Ea, reventada, sí, porque es incompatible combinar una existencia no hegemónica capacitada de proponer cambios, avanzar, “evolucionar” (el tema de la evolución a algo mejor, me flipa)…, con un mundo prefabricado conformista. Y lo peor es cuando ese mundo te exotiza, deshumanizando, tu existencia. Ahí es cuando, esa gente que parece que tiene algo de lucidez se te acerca creyéndose abierta y afirmando que apoya la causa, cuando en realidad lo están confundiendo con ese exotismo. Y ahí está el primer encontronazo inconsciente de alguien normie con falta de conocimiento para tratar el tema y para permitirnos avanzar como sociedad. Y Freyja: tú que has soltado eso, así reventada, “¿por qué lo dices?”(preguntas empíricas que pocos hacen a la gente que diverge del sistema) Es incongruente, injusto y extraño sentir apoyo a base de “qué guapa eres”, “todo un mujerón”, “qué sexy”, “pareces cis”, “cómo te admiro y respeto”….etc. Y yo, ni soy una niña pequeña, ni soy tonta, y no quiero tu validación física, ¡por dios! Y me preocupa la poca empatía por parte de los demás, cuando esa persona “admirada”, hace una crítica visceral. Y yo pienso: ¡Qué esperas, guapa, tú llevas tres semanas en cuarentena y yo 25 años en una cuarentena sola! Y ahí las reacciones son, “tranquilizate, siempre te quejas, qué prepotente, estás por encima del bien y del mal”. Y yo pienso: pues mira, al estar en los márgenes de tu sociedad, me puedo permitir el lujo de ser más descarada. Si no formo parte de tu mundo 100%, entonces estoy libre de tu falsa moral. Podría decir que tales críticas viscerales nacen de mi necesidad de canalizar lo injusto que es haberme pasado un cuarto de siglo de cuarentena, y de la falta de empatía cuando la cosa está turbia. Ahí se acaba prejuzgando a la trans, y la acabamos tratando como loca: “actúa como todas”, “qué peligro”…etc. Y los que la rodean, reaccionan apartándose de ella, juzgando. Y estas reacciones hacen entrever la poca convicción como sociedad, del porqué aceptamos la disidencia, y mostrando una vez más, la cantidad de prejuicios y la cosificación que vivimos. Y a la primera de cambio las reacciones que recibimos son un “¿ves?, te lo dije”.

No lo paso mal por ser trans, lo paso mal porque habéis creado un problema con el “ser trans”. Y como todos los problemas creados, hay prejuicios que tenemos arraigados en nuestros imaginarios. Y siempre es fácil caer. No me apoyes llamándome guapa. Apóyame responsabilizándote y cambiando lo aprendido. Ten en cuenta que si es la gente que no responde a tu sistema hegemónico y las minorías las que acaban cambiando la sociedad, es porque llega un momento en el que todo el mundo consigue ponerse las pilas como sociedad, y se alían a la lucha. Además, os conviene y lo agradeceréis. Porque si yo puedo pasarlo mal, ¡imagina el miedo constante en el que vive esa persona que cree una persona racializada es inferior, que la disidente es rara y que el árabe es peligroso por su religión, distinta a la suya! ¡imagina el miedo de sentir que se le puede “pegar algo” o que es más valido como persona simplemente por obedecer y nunca ser lo que no se debe ser!. Es una felicidad falsa y resignada. Nos conviene para todas y todos. Para que tú, persona normie que me exotizas sin saber no te sientas nunca más atacada. Así, humanizarás al resto y podrás relacionarte con gente distinta a ti, entendiendo de verdad, sintiendo paz real ( paz con uno mismo, recuerda que el “fobo” tiene un problema de “fobia” consigo mismo, sea cual sea el motivo). Y sí, me revienta la parsimonia y la calma del mundo. Que como nos vamos a morir, pues tranquilitos nos ponemos la venda en los ojos, que la vida son dos días. Y sí alguien con verdades contadas de forma visceral, se pone a escupirlas y resulta que uno se da por aludido, prefiere no aceptarlo y fin. Y es que, su reacción puede ser “o me lo dices bien a lo “horario infantil” y con falsas sonrisas, o no entraré en razón, porque la rara eres tú y da gracias que quiera escucharte. Y tampoco te pases que lo de sentirme responsable o culpable de algo, no me va. Te acepto pero yo sigo igual, que eres tu quien quiere ser aceptada en mi mundo”.

Bebé, quiero derribar las murallas de tu mundo para que quepamos todas y todos, quiero un esfuerzo por parte de toda la sociedad. La abolición de la esclavitud de la gente negra, sin el apoyo de alguien aceptado en el sistema como Lincoln (hombre cis, blanco, hetero), no hubiesen podido hacerlo “tan fácilmente” (sin ser nada de eso fácil). Sin la compresión de la existencia de desigualdades en cuanto a géneros por parte del hombre, no hay cambio. ¿Donde están esos aliados? Y si alguien no es capaz de entender cuándo exotiza y prejuzga, y se aparta a la mínima de cambio, cuando se da por aludido o no quiere comprender de pasión impulsiva, también producto de una actitud punk,( porque chica, salir dos veces de un armario es muy punk); no habrá cambios ni sociales, ni en la trans “loca” ni en el normie que se hace caquita pero abraza la diferencia con miedo y exotismos. Tampoco me gustaría hablar de “aceptar por conseguir medallitas de moderno” a lo Paco León, eso también es deshumanización y además es oportunista, por no decir que no es lo mismo una travesti que una mujer trans. Quiero sentir que soy humana y vosotros queréis sentir paz con la diferencia en vuestras vidas. Porque quieras o no, la diferencia siempre ha estado. Y a lo que voy es a vuestra necesidad de invisibilizarla. He crecido con vuestra cultura, por eso me he descubierto sola y aún así, comprendo. Es hora de deconstruirse, aprendiendo de la diferencia, aprendiendo de nuestras vidas disidentes, responsabilizándonos, puesto que nosotros también existimos, somos personas y parte de esta sociedad.

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Freyja Palau. Nació en 1995 y se graduó en Bellas artes por la UB de Barcelona en 2017, donde su proyecto final de grado «Brujería y contracultura LBTGI» (calificado como «nuevo renacimiento»), fue el inicio de su carrera artística y activista. Como mujer trans ha dado conferencias en Gran Canarias, mostrando su trabajo artístico, una antología en su corta vida y como su trabajo le ayudó a descubrirse y deconstruir la realidad. También ha dado voz al colectivo trans en la película «Bronko» (2019), que ha sido premiada varias ocasiones en festivales internacionales, ganado Freyja, el premio a mejor actriz secundaria en el festival Maverick Movie Awards en los Angeles. Recientemente inauguró su primera exposición individual con mas de 80 obras de toda su joven carrera en Fraga (Huesca). Actualmente se encuentra trabajando con varios proyectos personales, entre ellos, su primer libro artístico.

Página: https://www.freyjaautumn.net/

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Autorretrato de tullido confinado/ Xavier Duacastilla

Por Xavier Duacastilla

Descripción del video:

Autorretrato de tullido confinado, vídeo de una imagen, blanco y negro a todo color, banda sonora silenciosa, baile estático / estético / éxtasis, duración del baile: bucle eterno hasta el final del bloqueo.

Muestra una persona de mediana edad desnuda, recostada de lado con los ojos cerrados. Tiene las piernas recogidas, éstas muestran características de poliomielitis. Una de sus manos agarra la rodilla de la pierna izquierda, la otra mano agarra el tobillo de la pierna derecha. Lleva cabello casi a rape y un tatuaje de greca en el brazo derecho.

Texto del autor:

Pensaba en una danza que mostrase el encierro de personas con diversidad funcional, la vulnerabilidad, la soledad, etc y ¿qué mejor que el silencio, la inmovilidad, la falta de color y un cuerpo ?

Performer, autor, editor: Xavier Duacastilla

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Si, Tullido: «Los insultos funcionan como el dinero o como el prestigio: solo tienen valor mientras el grupo se lo otorgue, así que si el propio colectivo insultado pasa a autodenominarse con el término con el que se le intenta ofender, el insulto deja de funcionar.»
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#ActivismoTULLIDO
#CRIPPLEPUNK

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Xavier Duacastilla SolerBarcelona 1960. Afectado por la epidemia de la poliomielitis en junio de 1961. Desde 2009 en el mundo de la danza integrada participando en talleres de danza con la compañía Cando Co, Cía Jordi Corteés – Alta Realitat, Adam Benjamin, Stop Gap, Marisa Brugarolas, etc . Performer ballarín de danza integrada en “Liant la Troca” http://liantlatroca.comPerformer de danza integrada en l’Associaciació KIAKAHART, Arts en Moviment. Activista del movimiento Diversitat Funcional.

Colabora en el colectivo “Entorno en la Silla” co-creando objetos de diseño libre de apoyo para la movilidad para personas con discapacidad . https://entornoalasilla.wordpress.com/

Orador en Charla TEDx Madrid 2015 

2016 – 2018 Colaborardor como reportero de accesibilidad para el programa «Codi de Barris» de la cadena pública municipal Betevé(Barcelona Televisión)  https://beteve.cat/codi-de-barris/ 

Página personal: http://www.imperdiblesxavidua.com/

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Cuerpas Gordas: sexo, deseos y placeres revolucionarios/ Malu Jimenez

Fotografía a color de una mujer de tez blanca (María Luisa Jiménez, la autoradel texto), desnuda, sentada sobre un banco con cubierto por una tela azul. Está de frente, su cara se descubre detrás de una tela de encaje de flores azules. Tiene senos y abdomen prominente, los brazos a los costados y las manos dispuestas hacia atrás de las piernas. Lleva un par de tatuajes pequeños en ambos muslos y un tatuale grande en la pantorrilla izquierda. El piso y fondo son de color claro.

Por Malu Jimenez

Fotografías: @bealpriscila (Brasil)

El lugar de la sexualidad en la organización política del mundo esta en la reproducción. Ya que, los dispositivos de poder sobre los discursos de sexualidad y sus tecnologías necesariamente pasan por la normalización de las identidades sexuales y sus prácticas.

Cuerpas productivas, que son reproductoras, hacen parte del mantenimiento de un régimen político en el que la práctica sexual utiliza los cuerpos como instrumento para una sexopolítica en la construcción del poder.

Como Preciado explica en su texto Multitudes queer: notas para una política de «anormales».

La sexopolítica es una de las formas dominantes de la acción biopolítica en el capitalismo contemporáneo. Con ella el sexo (los órganos llamados «sexuales», las prácticas sexuales y también los códigos de la masculinidad y de la feminidad, las identidades sexuales normales y desviadas) forma parte de los cálculos del poder, haciendo de los discursos sobre el sexo y de las tecnologías de normalización de las identidades sexuales un agente de control sobre la vida.

Cuerpas que no hacen parte de la clasificación de lo que la sociedad capitalistica entiende como normativa, están, por lo tanto, fuera de la concepción de lo que es deseable o pueda sentir o dar placer, dentro de una reproducción de la naturalización de las cuerpas y prácticas sexuales consideradas «normales», «deseables» y que sientan y causan «placeres». Es decir, la cuerpa gorda está patologizada, ya que la comprensión social de ella es que: todas las mujeres gordas son enfermas, anormales, asexuales, etcétera.

Las cuerpas gordas pueden romper con la normalización heterocentrada, sin someterse al contrato social de reproducción colonizadora. Estas cuerpas están dentro de otra lógica/estructura en nuestra sociedad, ya que se consideran contraproducentes. Es suficiente observar varios discursos de poder biomédico, educativo, político, mediático, entre otros, que reverberan esta idea de que la mujer gorda no puede tener hijos, necesita perder peso para reproducir, encajar en una cuerpa magra porque necesita ser productiva y reproductiva.

Dicho esto, propongo pensar en las cuerpas gordas como Preciado nos propone en su manifiesto de la contrasexualidad, en que “la producción de formas de placer-saber alternativas a la sexualidad moderna”. Como sexualidades perversas que perturban el orden de este contrato heterocentrado del deseo.

Las gordas rompen con este canon sobre el placer y, como explica Preciado, entramos en una contrasexualidad, donde en la revolución de permitirse ser un cuerpo disidente, subalterno puede que se descubran por sí mismas, otras formas de placeres y deseos.

Es una propuesta para deconstruir lo que siempre se ha negado a estos cuerpos: el placer. A partir de esta comprensión, se puede construir una reconstrucción como acción política desafiando lo que aprendemos sobre sexo, pornografía, deseo y placer. Es una revolución con el propio cuerpo como deseable y que puede construir otra lógica en términos de deseo y placer gordes.

Ir más allá de la normalización de las identidades sexuales más allá de lo que el régimen político actual ha hecho con cuerpos “abyectos” como mi cuerpa gorda, es proponer una nueva forma de estar en el mundo. Después de esta discusión, la idea es una desobediencia política sexual de “anormales”, “indeseables”, “subordinados y disidentes”.

Revertiremos esta lógica, en la que es necesario una reconstrucción del placer, el desear ser de adentro hacia afuera, comenzando desde mi propia cuerpa, transformando la normalidad sistémica en una revolución política de las cuerpas gordas, donde elijo construir placer.

Esta propuesta cumple formas subalternas de supervivencia, dando un nuevo significado a nuestro lugar sexual en los regímenes de poder. Reinventar nuestro lugar en la sexualidad como un dispositivo fundamental en la constitución del orden en el mundo que odia las cuerpas gordas.

Para Consultar:

DE PERRA, Hija. Interpretaciones inmundas de cómo la Teoría Queer coloniza nuestro contexto sudaca, pobre aspiracional y tercermundista, perturbando con

nuevas construcciones genéricas a los humanos encantados con la heteronorma. Disponible en: https://www.bibliotecafragmentada.org/wp-content/uploads/2012/12/interpretaciones-de-la-teoria-queer.pdf

LOURO, Guacira Lopes, Um Corpo Estranho – Ensaios sobre sexualidade e teoria queer. Belo Horizonte: Autêntica Editora, 2004, 92 p.

JIMENEZ-JIMENEZ, Luisa, Maria. Lute como uma gorda: gordofobia, resistências e ativismos. 2020. Doutorado (Programa de Pós Graduação em Estudos de Cultura Contemporânea – ECCO) – Faculdade de Comunicação e Artes da Universidade Federal de Mato Grosso – UFMT. Cuiabá, MT, Brasil. Disponíble en: http://lutecomoumagorda.home.blog/tese-de-doutorado-lute-como-uma-gorda-gordofobias-resistencias-e-ativismos/

PRECIADO, Paul B (Beatriz). Multitudes queer. Nota para una política de los «anormales”. Revista de Filosofía. Núm. 19 (2005): Queer. Disponible en: https://revistas.unc.edu.ar/index.php/NOMBRES/article/view/2338

PRECIADO, Paul B (Beatriz). Manifiesto contrasexual. Disponible en: https://www.anagrama-ed.es/view/12296/a_424.pdf

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Malu Jimenez. Es brasileña, filosofa, feminista activista gorda, doctorado, en Estudios de Cultura Contemporânea en La Universidade de Mato Grosso investiga la gordofobia y las cuerpas gordas, fundadora del grupo de estudios transdisciplinares del cuerpo gordo en Brasil, idealizadora del proyecto “lute como uma gorda” (lucha como una gorda). Coordina las redes estudios del cuerpo gordo femenino en internet, hace parte del colectivo GORDAS XÔMANAS en Cuiabá, Mato Grosso, Brasil, escribe para Todas Fridas y hace el Programa en YouTube PESQUISA GORDA.

link a página personal:

https://www.facebook.com/malujjimenez

https://www.instagram.com/estudosdocorpogordo/?hl=pt-br

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Lonjas. Meneo autoetnográfico/ Magda Aranda

Imagen de Geo Vidiella. Muestra el fragmento del cuerpo de una persona de tez blanca con lunares. Se distinguen tres voluptuosidades, sobre estas, gotas de agua. El fondo es abstracto, un halo gris en movimiento.

Por María Magdalena Aranda Delgado

En mi memoria sexual más temprana estoy bailando frente al espejo, hacía calor y estaba recién bañada, embelesada miraba el reflejo del meneo de mi cuerpo. Me hacía gracia la sensación de temblor de mis carnes. Mi primer recuerdo relacionado al sexo es de goce y libertad, difícilmente había podido regresar sin culpa o vergüenza a esa fascinación. Soy gorda vitalicia y con este cuerpo estigmatizado voy examinando el mundo e intento subvertirlo. Entre tientos este cuerpo asumió durante un tiempo, que para fines sociales prácticos, paradójicamente era estorboso e impalpable.

Antes del bombardeo social para odiar mi gordura, no recuerdo que ésta me perturbara. Aún ahora puedo olvidar el acoso, pero luego me topo con miradas desaprobatorias, el chiste en la publicidad, la cultura de la dieta, el sexismo y misoginia. Termino acordándome que se me desprecia.

El estigma, expone Goffman (2010) es un atributo profundamente desacreditador, que necesita de lenguaje de relaciones y cuyo rasgo central de la situación vital para quien lo ostenta es la no aceptación. La configuración del mío, está vinculado a los estereotipos de género y clase. A los seis en pleno recreo escolar su tentáculo me alcanzó. Jugaba con mis compañeritos y al niño que perdió le impusieron de castigo me besara, se echaron a reír. El chico se aprontó a simular una arcada. La confusión entre sonrojo y su despreció entorpecieron por segundos a mi instinto más salvaje que se rehusaba a ser burlado: ¿no son los besos algo lindo? Suspiré altanera devolviéndole la mueca y huí. Callada pero insatisfecha, me enfoqué a buscar reconocimiento en los espacios que me eran comunes. Crecí en una colonia popular de una ciudad pequeña del interior del territorio mexicano, de familia tradicional y con rigurosa educación católica, temprano advertí que sacar buenas calificaciones y aprender rápido las oraciones en el catecismo, me confería de alguna clase de preferencia paternal y distinción social. Debía sobrevivir.

Mis flirteos adolescentes fueron platónicos y los remedos de poesía los desfogaron. Ya en la universidad asimilé otros credos, los aprendí para explicarme que la jerarquización inferior de mi sexo es efecto del sistema social; para comprender mí pertenencia a la clase trabajadora y esa desazón cansina por no tener los conocimientos acumulados y aspiraciones de consumo de las clases medias y altas. Para entender por qué, aun sintiendo deseo, en su construcción sociocultural, las personas gordas seguimos inadvertidas o fetichizadas. Llevo muchos años disimulando las potencias sexuales de mi cuerpo gordo. Apóstata quiero atinar: Déjenme excitarme tranquila. Porque la aspiración por  recuperar ese placer primero ha estado ahí, subrepticiamente haciéndome guiños, quiero deshilarlo, que desborde copioso, como es.

Mi placer es mío, ya sé. Pero de ahí a concretar su expropiación es otra cosa. A decir verdad, no fue hasta que leí Tienes derecho a permanecer gorda de Virgie Tovar  (2018) en el pasaje donde explica el jigglecize (sacudimiento), un juego que se inventó para disfrute de las gordas y que apela a ese “algo muy viejo y juguetón dentro de nosotras, como la sensación de algo muy antiguo que se desata” (p. 96), es que revaloricé mi primera memoria.

Reivindicar el placer requiere una complejidad que trasciende a su enunciación, al menos yo he necesitado tesón, cabeza y admitir renuncias. Crecí sin tener prácticas sexuales de referencia, no veía gordas deseando y satisfechas, pero abundaban las representaciones mañosas de las que anhelaban, envidiaban o se conformaban. Y aborrecía pensarme en esas categorías. Me recuerdo adolescente enardecida por alguna escena vista en la televisión, por las compañeras de la secundaria que se escondían cachondas detrás del taller de electricidad para darse rienda suelta, o por la presencia del profe activista social; excitada, pero contenida. Frenando las reacciones físicas, sosteniéndolas rígidas hasta doler, me acostumbré a esa sensación porque no sabía cómo dejarla ser.   

En mis fantasías nadie me cargaba en vilo, tampoco yo corría sonriendo por la playa perseguida para que me robaran un beso, ni nadie se enamoraba de mí con sólo mirarme. Pronto comprendí que mi cuerpo no estaba capacitado para las argucias del amor hetero romántico. Ojalá hubiera leído más temprano a la Despentes (2007) para no sentirme tan sola en el baile de las incogibles y cuando rechacé al mandato de entrar en la faja de chica buena.

La férrea educación religiosa, el estigma social de la gordura y sus consecuencias facilitaron que mi deseo se tornara en ser deseada. Pasé por peligrosas dietas; el feminicidio asistido –diría Virgie Tovar (Op. cit. p.16)- y leía textos intelectomachines para acceder a ese mundo que creía el único posible. Como muchas personas gordas esa trampa me llevó a perseguir el ideal corporal imperante y exagerar mis aptitudes académicas en aras de vivir experiencias sexuales que terminaron siendo inconvenientes y agresivas.

Ha pasado el tiempo y quiero rescatar esa memoria primera, porque aun acallada, ha estado resistiendo fuerte. Intuitivamente me ha orillado a declinar relaciones que no me satisfacen. He tanteado diversas prácticas sexuales para preservarla, pero continúa siendo complejo, de mis escarceos amorosos la mayoría terminan sesgados por la heteropatriarcalidad, desiguales, violentos o capacitistas. Explicar que aspiro a producir prácticas sexuales alternas termina siendo engorroso para las posibles parejas. ¿Tanta teoría para quién? Termino acallada por hartazgo, con montones de preguntas que me agobia contestar. La persona más anarca termina excusando al matrimonio, la más revolucionaria se ofende porque rechazo ser madreamante; la lesbiana que de simpática se torna ofensiva porque no satisfice sus intenciones posesivas; el joven celoso que se toma como afrenta mi soberanía corporal, el adúltero escamado que me apunta guarra y libertina, el chico trans que juzga por mi apariencia femenina, le chique gorde que no le ponen las gordas. Me faltan experiencias y mi ansia se acomoda a lo no resuelto ni reflexionado por otras personas. Elaborado discurso para acabar aceptando que también éstas prácticas fallan al procurar la satisfacción de  alguien más que no soy yo. La resolución inmediata ha sido desembargar la vida solitaria que el contrato heterosexual prohíbe.

En redes sociales, veo algunas mujeres con las cuales comparto el estigma, defender que son deseadas, abanderan una sexualidad gorda consumible y que aspira a la valoración social. Resulta ineficaz exigir al patrón que públicamente acepte su consumo de gordas. Disto de reclamar que me desean, eso ya lo sé. Lo rancio del asunto es que usen ese deseo para agregar capas de opresión a las ya existentes. Ninguna persona gorda debería esforzarse por entrar en un sistema donde no es llamada a existir. Juego pensando en que una gorda que se precia genera un sistema propio, rompe con las violentas proyecciones de otras personas sobre su cuerpo, se fuga de lo establecido.

Aún continúa el bombardeo social para odiar mi gordura, ahora que lo comprendo ha disminuido su efecto en mí, por eso escribo, porque puedo hacerle frente. Pretendo recordar como gorda y a todas las personas gordas que la sexualidad que vale es la de una. Que si bien, creo que nuestras prácticas y comportamientos relacionados con nuestra sexualidad deben ser profundamente cuestionados y subvertidos, hay que volver una y otra vez a nosotras. Sí, desconfiar del deseo que hemos aprendido pero hurgar también en la memoria, encontrar esa conexión sexual placentera primera, si no tenemos, inventárnosla.

Me encantaría que cada gorda supiera que puede disfrutar del placer sin cuestionárselo; que merece que la traten con ternura, que la cuiden y acompañen. Que no es condición estricta sólo para ciertos cuerpos buscar conexiones afectivas. Que sin dudar sepa que alguien se masturba pensándola. Que manifieste, eso sí, abiertamente su inclinación por las personas gordas. Que aprenda rápido a advertir el deseo del otre por ellas y lo corresponda como le parezca sin miedos, prejuicios ni vacilaciones.

En la memoria corporal placentera está el indicio de lo posible, aguardando. Por el momento, me basta con recuperar lo que por el estigma edité. Descongelar la rigidez del cuerpo a la que nos confinó el prejuicio y la falta de referentes. Creo  impostergable volver a mi panza que aloja impresiones siendo besada con frenesí, sin que sea significativo quién lo hizo sino cómo lo hizo y la sensación de placer libertario que ahí emergió. Traer la primera vez que atisbé lascivia en quien me miró desnuda. Evocar continúo el preámbulo lujurioso de dos mujeres sobándose sus lonjas. El dolor de la primera mordida en el pliegue de mi ombligo. El ansia por la verga que asoma bajo una lorza prominente. Los ardores labiales por la salsita de molcajete. Los poemas de Gloria, Audre y Artemisa. La plenitud de las carcajadas con las amigas.

“El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las articulaciones recuerdan y hasta el dedo meñique recuerda. El recuerdo se aloja en las imágenes y en las sensaciones de las células. Como ocurre con una esponja empapada en agua, donde quiera que la carne se comprima, se estruje e incluso se roce ligeramente, el recuerdo puede surgir como un manantial.” (Pinkola, 2005, p. 281)

Un mmm que afine el meneo de mis lonjas jubilosas.

Referencias.

  • Despentes, V. (2007) Teoría King Kong. España: Editorial Melusina.
  • Ellis, C., Adams, T. y Bochner, A. (2010). Autoethnography: an overview. Forum: Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research, 12(1). Extraído de la página: http://www. qualitativeresearch.net/index.php/fqs/article/view/1589/3095.
  • Goffman, E. (2010). Estigma. La identidad deteriorada. 2ª. ed., 1ª. reimp. Buenos Aires: Amorrortu/editores.
  • Preciado, B. (2002). Manifiesto Contrasexual. España: Editorial Opera

Prima.

  • Pinkola Estés, C. (2005). Mujeres que corren con los lobos. España: Zeta Bolsillo.
  • Tovar, V. (2018). Tienes derecho a permanecer gorda. España: Editorial Melusina.

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María Magdalena Aranda Delgado. Buscadora de saberes que le permitan profundizar, ampliar o desechar los que ya tiene.  Cercana a los feminismos, especialmente al gordx; por supuesto es y está gorda. También es profesora que activa políticamente en sus sesiones de historia, conversas sobre feminismos y socioantropología del cuerpo. Tallerea según se requiera. Ha colaborado con instituciones públicas y organizaciones de la sociedad civil. Actualmente cursa un posgrado donde indaga sobre la opresión por cuestiones de gordura.

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Placer y dolor crónico. Habitar el infierno y encontrar tu paraíso/ Daniela Herrera

Dolor crónico. Le petite Riot (Daniela Herrera) Descripción de la imagen: Bordado sobre manta. El dibujo es la silueta de una mujer de cuerpo entero delineada con hilo negro, cabello negro. Sus manos se encuentran a la altura del pecho, como tocándose la zona del corazón. En todo su cuerpo hay incisiones con hilo rojo y debajo de sus pies un piso rojo, como de fuego o sangre. Abajo de ella está la firma: Petite Riot.

Por Daniela Herrera

“El dolor físico no tiene voz, pero cuando finalmente encuentra una voz,
comienza a contar una historia, y la historia que cuenta es sobre la inseparabilidad”
Elaine Scarry

En estas cuatro paredes los días no tienen nombre. Los minutos y las horas carecen de sentido, todo es un recuerdo; un antes y un después de aquel día en el que el dolor se apoderó de mi cuerpo y la enfermedad me condenó al exilio de una isla que sería mi cárcel, al mismo tiempo que mi único lugar seguro en este mundo: mi cama.

El confinamiento no es algo nuevo para muchas personas con enfermedades crónicas discapacitantes. Muchos llevamos años en aislamiento, saliendo poco, con la energía limitada o con el ánimo agotado de lidiar con la poca o nula accesibilidad del exterior. Vivimos a la espera de una tregua de ardores, espasmos y subluxaciones. Un momento sin esa sensación de arterias hirviendo que te impide seguir el hilo de las conversaciones. Para personas como yo, vivir con dolor crónico es el mayor y primer confinamiento. Nuestro cuerpo es un submundo con un idioma imposible de traducir y el cual está subscrito a otro mundo, el exterior, con quien entra en conflicto constante. Y es que, cuando escuchamos sobre el dolor de otra persona, lo que está ocurriendo en su cuerpo es algo lejano, perteneciente a una geografía invisible que no se manifiesta en el exterior de la superficie de la tierra, aunque esté ahí, a sólo unos centímetros de nosotros.

Las enfermedades crónicas discapacitantes y el dolor crónico son un descenso al infierno y a nadie le gusta escuchar esto. Muchas veces somos censurados al expresar nuestra realidad y se nos exige una tóxica actitud positiva, lo que nos lleva una vez más a la soledad de habitar un cuerpo que le resulta incómodo al mundo exterior, no sólo en apariencia. Aún en esta geografía, con sus páramos llenos de abrojos y malezas, hay caminos que te llevan a paisajes más habitables, donde el cuerpo no sólo significa una fuente de dolor. Cuando los encuentras, hay brillantes victorias que nos recuerdan que seguimos con vida, una vida limitada y en cama sí, pero una vida con su propia narrativa, sus encuentros y desencuentros; amores, placeres, piel y entonces quizá, el cielo.

Vivo con dolor, sensaciones extrañas y desagradables. Por 33 años fui vista por innumerables médicos quienes dictaron una sentencia sin derecho de réplica: “Todo está en tu cabeza”.  A los 31, mi cuerpo colapsó; a los 32 llegué a la silla de ruedas y, desde entonces, paso la mayor parte de mi tiempo en cama sorteando los síntomas, los brotes, las crisis. A los 34 las respuestas correctas llegaron: Charcot Marie Tooth 4, una enfermedad rara y en su tipo agresivo, producto de una mutación de genética con la que había nacido; dos enfermedades autoinmunes y la evocación de una vida que se esclarecía y se derrumbaba. Perdí el trabajo, abandoné mi carrera, mis hobbies y el mundo exterior debido al incesante dolor y la falta de tratamientos. Mi vida es un duelo constante. Mi sistema nervioso traduce todo en dolor, perdí peso, mi piel se volvió frágil y elástica, las cicatrices tardan en sanar; mis extremidades se han ido deformando lentamente y sin clemencia. Las férulas, las rodilleras, el collarín, el bastón, la andadera etc., hora son una extensión de mi ser. El uso de cada uno de ellos ha provocado lo mismo huracanes en mi alma que la tranquilidad de sentirme segura y protegida cuando estoy en condiciones de caminar.

A todo esto se suma la actitud de la sociedad hacia las personas discapacitadas. Somos ciudadanos de segunda clase al margen de la productividad que exige el modelo económico capitalista. Más que personas, nos ven como un dispendio de recursos. También, la vida en nuestros círculos de confianza se transforma cuando ir de fiesta o algún evento social se convierte en un lujo. No podemos planear, ni ser espontáneos, el dolor controla nuestra vida y se cuela en las rutinas más básicas. El amor y las relaciones sexoafectivas no son excluidas. Nuestros síntomas transforman las relaciones y, muchas veces, las hieren de muerte. Aquellos que vivimos con dolor crónico debilitante, constantemete nos sentimos ridículos ante el deseo de experimentar un momento idílico de placer. A veces nos es imposible concebirnos como personas merecedoras de placer y/o de tener relaciones amorosas serias y estables (monógama, abierta, poliamorosa o del tipo que sea) debido a todos los requerimientos y cuidados que nuestros cuerpos exigen. No es de extrañar que, Esther Cisneros, presidenta de la Fundación contra el Cáncer A. C. haya denunciado que un número importante de mujeres enfermas (crónicamente o no) son abandonadas por sus parejas. No importa el tipo de enfermedad, pero es una constante y claro que podemos reflexionar que esto es un reflejo de la educación patriarcal, en la que no se permite que un hombre atienda labores de primeros cuidados pero, también existen otros factores que potencian nuestra discapacidad y que no tienen que ver con nuestros cuerpos. La realidad es que mucha de nuestra discapacidad es resultado de la incapacidad que tiene el exterior para con nosotros. Esta realidad es encubierta al tratarnos como un “tema privado”. En el imaginario, el Sistema de Salud es el único encargado en resolver las necesidades y problemas más inmediatos del sector con discapacidad. A su vez, la institución médica aborda la sexualidad desde la reproducción y no en las necesidades de orientación física, mental y emocional para la búsqueda de relaciones sexuales sanas. Este imaginario colectivo permite inferir que “la sexualidad se relega u omite, ya que se asume que es lo que menos les interesa a las personas que sufren una condición discapacitante porque tienen otras preocupaciones más apremiantes. Esta postura revela un modelo estereotipado de sexualidad que tiene que ver con la concepción colectiva de cuerpos saludables, funcionales, exentos de enfermedades y discapacidades, incluso, estéticos” . Estos mensajes se vuelcan contra nosotros que carecemos de comparación con la norma dominante. Existe un miedo latente a que la marginación de esta normalidad nos ahuyente toda posibilidad de amor y placer.

Los desmayos, el dolor desmedido, los gritos, los llantos, la depresión, el maldito cómodo cuando no puedes ir al baño, son parte de mi “normal”, sobre todo en periodos de crisis. No hay día en el que no me pregunte si alguien en su sano juicio quisiera compartir vida conmigo y con mi inherente enfermedad. El precio de mi discapacidad ha sido alto. Aceptar que el amor recibido es exclusivo para mis cuidados, me llevó a sacrificar la relación amorosa que tenía. A las parejas también les alcanza el dolor y los duelos. Cuando la pareja es el cuidador, quien manipula tu cuerpo inconsciente, limpia el vómito, o procura que no te lastimes durante una convulsión, suprime la idea y el deseo de coger o romancear. Es más apremiante mantener a su pareja con vida. Lo urgente le quita tiempo a lo importante: a veces lo devora. Algo que tiene que quedar claro, es que las personas con condiciones discapacitantes no sólo compartimos el cuerpo y la cama con nuestro sufrimiento, también con sueños, alegrías, ilusiones, libido, los cuales nos han sido negados y acallados por un sin número de factores que no siempre tienen que ver con su mera y única responsabilidad del enfermo. El deseo sexual se convierte en un problema para cualquier cuerpo, con discapacidad o no, si cerramos su posibilidad y olvidamos que el deseo y la sexualidad se pueden desarrollar de muchas maneras.

Aceptar ser una persona con discapacidad es parte de mantener nuestra autonomía y nuestro derecho a decidir sobre nosotros. También lo es fomentar una estrecha conexión con nuestro cuerpo. Personas que llevamos años o toda la vida en enfermedad tenemos que conocer y saber exactamente cuándo estamos cansados, darnos cuenta de nuestros límites, así como saber cuándo estamos experimentando alguna emoción o sensación placentera como estar excitados. Todas son cosas que vienen con la práctica, la apertura, la aceptación y son regalos que muchos otros no tienen.

El dolor puede disminuir de maneras obvias nuestra capacidad de sentir deseo o mina nuestra energía para hacer el trabajo involucrado. La distracción es una herramienta importante como medida paliativa para tratar el dolor y si podemos llegar al placer sexual, éste puede ser una herramienta poderosa para aliviarlo. Es común que algunos de nosotros, al tener sexo o masturbarnos experimentemos una liberación de endorfinas maravillosa que nos hace llegar al paisaje deseado en que nuestro cuerpo finalmente es fuente de satisfacciones y placer. Las endorfinas son sustancias químicas similares a la morfina que el cuerpo produce en respuesta al dolor. Claro, esto no es una regla aplicable para todos los cuerpos discapacitados, las condiciones y contextos son muy diversos.

Para muchos, la discapacidad nos llevó a conocer mejor a nuestros cuerpos, obviamente no somos personas que podamos mantener ritmos maratónicos en la cama y hay posiciones que simplemente no estamos capacitados para realizar. No obstante, podemos llegar a reconocernos mejor, a entender síntomas y también a explorar nuevas maneras de excitarnos y hacer que nuestros deseos, fantasías coincidan con nuestra energía y niveles de dolor. A veces tenemos que escoger entre coger o salir a comer. Tenemos que descansar antes de llevar a cabo los deseados planes; encontrar posiciones y soportes que nos ayuden a proteger la espalda, la cadera o las rodillas, pero para esto también necesitamos compañeros que puedan procesar y aceptar la discapacidad, ser comprensivos, sensibles y conscientes de la gran vulnerabilidad a la que estamos expuestos. Nuestros cuerpos son frágiles y al tener un sistema inmune comprometido, una simple infección puede provocar una crisis, pero con los debidos cuidados podemos llegar a ser personas altamente sexuales, con relaciones sanas, excitantes y placenteras.

También, ante la necesidad de mantener relaciones de pareja o sexoafectivas es necesario abrir la comunicación estableciendo la realidad de nuestras condiciones. Muchos pasamos la mayor parte del tiempo en cama y en una cama puede pasar todo, salir a pasear, desayunar, una pelea, llorar y bailar, lo que se hace en una vida, para nosotros todo sucede en la cama y la persona que te acompañe debe estar abierta y dispuesta a entender esto y a poner mucha de su vida en la cama.

Tanto las personas con condiciones discapacitantes, como para nuestras parejas, tenemos por delante reajustar nuestra sexualidad, estilos de vida y la expectativa de cuerpos establecidos como norma. Aprender que la discapacidad puede afectar el sexo, pero esto no es algo malo. Nuestra diferencia nos obliga a ser creativos, osados y explorar nuevas posibilidades de placer. Lo peor que puede pasar es que, con la práctica, la cosas mejoren satisfaciendo a ambas partes.

Barbara Faye Waxman dice que, si las personas con discapacidad deseamos alcanzar nuestra libertad sexual, debemos infundir a la cultura sexual dominante la riqueza de nuestra propia experiencia. Celebrar nuestras diferencias con las personas sin discapacidad y ver que nuestras diferencias en apariencia y función (a veces las fuentes de nuestra degradación) también contienen las semillas de nuestra liberación sexual.

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Daniela Herrera Villarreal. es Comunicóloga social, Defensora de Derechos Humanos, feminista comprometida y activista en Derecho a la Salud y en la visibilización de las discapacidades por enfermedad crónica y condiciones mentales. En proceso de formación como antropóloga del Cuerpo Enfermo.

Instagram: @lepetitriot

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