Obvio, fue una pesadilla/ Edgar Lacolz

Imagen por @ereislas. Dibujo a tinta de unos jabalíes en la calle. A la izquierda una bicicleta, al fondo una banqueta y una coladera.

Por Edgar Lacolz

Obvio, fue una pesadilla. Y desde entonces, no hago más que preguntarme qué es el placer. Había dos tipos. El Servio, como de unos cuarenta años, todo barbudo y canoso. Aunque era delgado, tenía una panza cervecera —la recuerdo bien—. El otro, era su achichincle, como de unos treintaitantos años. Era blanco ceniciento. Con pelo claro. Unas manos regordetas con dedos pequeños y fuertes —los recuerdo bien—. Le decían la Rubia y estaba enamorado del Servio. Creo que le excitaba mencionarlo mientras me montaba. Había una jovencita. Por los tratos, diría que era la esposa o la hermana del Servio —quizás ambas cosas—. Tenía una trenza enorme. A veces, la traía en medio de sus pequeños pechos. A veces atrás, cubriéndole toda la columna. Yo diría que se llamaba Pamela, pero la Rubia la molestaba diciéndole Pamelachú. Repetía una y otra vez la palabra y la jovencita lo ignoraba fastidiada. Creo que todos estábamos fastidiados.

            Las paredes eran de adobe. Había unos orificios que llegaban hasta la cintura y los tapeaban con unos pedazos de madera. Tenían que entrar en cuclillas. No había electricidad. Había una vela en un rincón. Una bacinica en otro rincón. Y unos trapos tirados, en otro rincón, que hacían de cama. Allí se dormía, se comía, se cagaba y se cogía. Todo el tiempo que estuve allí, parecía de noche. Nunca amaneció. Nunca vi luz solar. Todas las noches —es decir, todo el tiempo— se escuchaban gemidos, sollozos, gritos ahogados. Yo mismo llegué a hacerlos y por eso entendía qué ocurría en los otros cuartos.

A veces, en mis sueños, logro caminar. A veces, como en la realidad, estoy tullido. En esta ocasión, me recuerdo arrastrándome directo por el suelo de tierra, queriendo zafarme del peso de la Rubia sobre mi espalda mientras me mordía en el cuello y me apretaba los labios con sus regordetas manos.

El primero que me culeó fue el Servio.

Luego la Rubia.

Luego el Servio.

Y luego la Rubia.

Y así.

            Por los ruidos y las voces, entiendo que entraban otros hombres y se cogían a los otros encerrados. El día que hui, alcancé a asomarme en tres cuartos. Me encontré a tres jovencitos: todos —como yo— flacos y desnudos, uno en estado vegetal, uno amputado de brazos y piernas, el tercero parecía tener síndrome de Down. Había otros cuatro orificios tapeados. Ocho en total. Era un congal de tullidos. Me recuerdo inyectado de adrenalina, deslizando las tablas y con entusiasmo y miedo decirles que me siguieran, que podíamos escapar. Con dos de ellos vi su cara de aunque-quisiera-cómo-le-haría. El desmembrado, incluso, me invitó a que mejor pasara y con la lengua se humedeció los labios.

            Pamela nos alimentaba. Nunca respondía a mis preguntas. Me recuerdo con los ojos hinchados de tanto llorar. Me recuerdo pegándole a la pared. Me recuerdo que me daban patadas por asomarme de más entre las tablas. Me recuerdo rabiando debajo del Servio o del Rubio.

            Una vez, al inclinarse para darme la comida, mi mano rozó la trenza de Pamela. Y fue placentero. Desde entonces, intentaba rozar su trenza al poner o llevarse el plato. No me hablaba, no me dirigía la mirada, pero con el paso del tiempo me dejaba tocarle la trenza. Dentro de todo el infierno, yo también tenía mi pequeño placer. Ahora que lo pienso, a lo mejor Pamela era sorda. Un mal día el Servio me vio. Me quebró la mano a pisotones y luego se desabrochó el cinturón.

            Tanto dormido como despierto, veo que todos somos como animales en busca de placer. Y mientras lo buscamos, o encontramos o generamos dolor. Nos movemos entre animales domesticados o bestias. No sé cuánto tiempo pasó. Pero hubo un día en el cual supe que era el momento ideal para escabullirme. Todo se encontraba tan silencioso. Antes de seguir arrastrándome por el pasillo, recuerdo voltear y ver a Pamela acomodando las tapias de mi cuarto, como si nada, sin alertarse. Después, salí. Y en chinga, comencé a teclear: Obvio, fue una pesadilla

            …

Edgar Lacolz. (Torreón, Coahuila) estudió la licenciatura en filosofía en la Universidad Autónoma de Chihuahua. Es miembro del Colectivo Discreantes y cofundador del proyecto Zoonoros. Actualmente, radica en la Ciudad de México.

Crédito de la fotografía: «Esperpento al óleo» de Patricia G. Santiago.

FB: https://www.facebook.com/lacalaca.lacolzeana

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