Ampliando fronteras. Repensando la construcción binaria de la sexualidad humana

Ulises Pineda

Entendiendo la estructura

Durante una largo –larguísimo- periodo en la historia de occidente, parecía que había una triangulación unívoca en la sexualidad del ser humano. Si eras mujer tenías que ser femenina y heterosexual; si eras hombre, tu camino era la heterosexualidad y el comportamiento masculino; pero estos conceptos que pareciera dan cuenta de lo natural y de lo normal han sido envestidos por otras formas de relacionarnos con nuestros pares y para con nosotros mismos. Entonces, nos vamos dando cuenta de que el ser mujer no implica ser heterosexual ni femenina, y que un hombre no tiene que ser masculino ni heterosexual, porque estas combinaciones mujer-heterosexual-masculina, mujer-femenina-homosexual, hombre-masculino-homosexual, hombre-femenino-heterosexual, entre otras, han ido cuestionando esto que se nos muestra o impone como normal y/o natural. Lo masculino y lo femenino no son exclusivos de un sexo u otro, son características del ser humano.

Pero es justamente en este punto de lo normal y lo natural donde hay que poner atención, cuestionar esas reglas, ideas o conceptos que se nos presentan como ya dados, y que tendríamos que –según ciertas miradas- seguir al pie de la letra. Es entonces cuando nos preguntamos sobre el papel que jugamos en la sociedad y la forma en la que queremos –o no- llevar nuestra vida, muchas veces partiendo de una heteronormatividad que no nos da herramientas para pensar de otra forma nuestra identidad.

La heteronormatividad en palabras de Beatriz Gimeno (2004) es un término que “oculta de manera casi perfecta el armazón ideológico sobre el que se construye; cuanto menos evidentes sean los andamios sobre lo que se levanta cualquier construcción ideológica más natural nos parece y, por tanto, más difícil nos resulta enfrentarnos a ella. El objetivo de esta construcción ideológica tiene como fin mantener un sistema de sometimiento de las mujeres, las lesbianas, los gays, las razas no blancas, las clases sociales, etc., es precisamente, parecer natural.”

Nos parece natural y/o normal el matrimonio, la monogamia, la rigidez identitaria al asumirnos como heterosexuales, homosexuales o bisexuales; el que los hombres deban de ser el sustento de la casa, así como la parte fuerte y elemental de la familia o la pareja, que las mujeres hagan las labores domésticas, que sean el lado emocional y comprensivo de la relación, o que su realización máxima sea el de ser madres; pero, ¿es esto cierto? ¿hasta donde realmente funcionan todas estas categorías y formas de relacionarnos para con los demás que han colonizado todas las esferas de nuestra vida? Lo natural o normal no existe, y estas categorías devienen en norma, concepto acunado por Judith Butler (2004) “Una norma no es lo mismo que una regla, y tampoco lo mismo que una ley. Una norma opera dentro de las prácticas sociales como el estándar implícito de la normalización(…)Las normas pueden ser explícitas; sin embargo, cuando funcionan como el principio normalizador de la práctica social a menudo permanecen implícitas y son difíciles de leer(…)

Estas normas intervienen en todas las prácticas sociales y culturales de nuestra vida, pero también, al darnos cuenta de lo que nos atraviesa como individuos estaríamos teniendo una agencia que es la que nos permitirá visibilizar estas normasestructurantes de nuestra vida social, ya que a partir de la cultura y la estructura es como podemos explicar y encontrar respuestas a esta normalización de nuestras ideas, nuestros cuerpos, sexualidades, identidades.

No somos únicamente una esfera de nuestra vida. Por ejemplo, la biología nos resuelve ciertos cuestionamientos, pero tampoco determina nuestra relación para con los demás, ni la forma en la que abordamos nuestra vida o el devenir de nuestra identidad como seres humanos. Es entonces cuando hay otros campos como el amor, lo social, las prácticas sexuales, lo psicológico y lo político que se muestran como otros constituyentes de nuestra identidad, reafirmando poco a poco las diferencias que hemos ido constituyendo en nuestra historia, siendo un elemento esencial la reivindicación de la diferencia como eje de una equidad en lo que también a derechos humanos y ciudadanos concierne.

Estamos de acuerdo en que es la esfera política y legal la que debería de garantizar esos derechos, pero nosotros también tenemos responsabilidades en la vida cotidiana, que es donde también se establecen jerarquías, prejuicios, paradigmas y estructuras que llevamos al trabajo, a la escuela; vamos, que somos testigos de cómo se van constituyendo ciertas prácticas de respeto, de amor, de igualdad, equidad, pero también prácticas de intolerancia, de odio, de desigualdad y discriminación. Es por eso que –de nuevo- hay que poner atención en lo que se nos presenta como natural y/o normal.

Debemos tener una postura frente a lo que nos concierne como personas y ciudadanos, que la sexualidad es un acto político, esto entendido no como lo partidista, sino como esas prácticas que se llevan a cabo desde la cotidianidad y que tienen que ver con la forma en la que nos posicionamos en el mundo. Pareciera que en México, esencialmente habiéndose aprobado los matrimonios entre personas del mismo sexo, se resuelve una serie de deficiencias en el ámbito jurídico, pero no es así, la lucha por darle una continuidad a nuestros derechos es larga, pues en todo el país aún no se pueden garantizar los derechos y beneficios del cónyuge, no nos garantizan la eliminación de los actos discriminatorios en todas las esferas de lo social, y el negar nuestra condición como seres humanos diferentes y distintos nos lleva a estancarnos en un discurso pobre, un discurso mentiroso, excluyente y que no nos hace pensar en la amplitud de la sexualidad humana, en la potenciación de nuestras identidades, y mucho menos, en la autorrealización amorosa, amistosa y sexual con nosotros mismos y para con los demás.

Nos acercaríamos a más realidades cuando pensemos en la pluralidad de mundos, construyendo relaciones sexo-afectivas basadas en equidad, comprensión y respeto, donde la violencia tenga la menos cabida posible y el Otro no nos parezca ajeno, amenazador.

Desestabilizando el esquema binario

Javier Flores en el libro Homofobia. El laberinto de la ignorancia, cuestiona la forma en la que se han construido determinadas identidades, la manera en la que concebimos nuestro cuerpo y nuestras prácticas sexuales; a su vez, propone plantear otras categorías que pudieran explicar de forma más convincente la amplia gama de combinaciones sexuales que se producen en los seres humanos, para abarcar tanto los datos surgidos de la investigación biomédica, como los provenientes de las áreas sociales y psicológicas.

Flores nos acerca a las evidencias de que no hay hombres absolutos ni mujeres absolutas, esto, hablándonos desde la biología, ya que creemos que los órganos sexuales visibles o externos son lo que más importa y se le da una relevancia que los sobrevalora frente a otras características físicas; empero que, una parte es lo que podemos apreciar a simple vista y que no constituye determinantemente lo que es un hombre y una mujer, y por otra, la construcción de un género que deviene a lo largo de nuestra vida. No podemos negar la biología o la genética, pero eso no nos determina.

Los estudios de los que nos habla Steinach, por ejemplo, se abordan desde una sexualidad humana más amplia, que biológicamente no somos tan diferentes como nos lo han planteado y que los órganos sexuales externos no determinan lo que significa ser un hombre o una mujer, mucho menos, una orientación sexual o una identidad de género, y lo más importante es que podemos ver rasgos de lo femenino y masculino en ambos sexos, por un lado como construcciones culturales, pero también como un abordaje desde la biología o la genética.

Un ejemplo reduccionista, es la reasignación de sexo a través de la intervención quirúrgica, misma que tiene varias fisuras y sesgos, la principal, es que en años más tarde después de haber intervenido quirúrgicamente, estas personas comenzaron a identificarse con su sexo-género contrario al asignado. En la última investigación de John/Joan, Diamond y Sigmunds, observaron que más de la mitad de los casos estudiados de infantes intersexuales, estas personas transitaron a varones a pesar de haber sido criados y sometidos a cirugías de asignación del sexo femenino. Esto prueba y reafirma que la concepción de la sexualidad humana no únicamente es binaria, sino también sesgada, esto implica que se le niegue a las personas –sobre todo intersexuales- una amplia gama y rica de posibilidades de realización personal.

La idea de una sexualidad continuada requiere pensar los fenómenos de la realidad fuera de la lógica de la dicotomía: orden o desorden, real o verdadero, hombre o mujer, normal o anormal/ambiguo. Por el contrario, debe estudiarse la complejidad que se establece en los procesos, tomando “proceso” aquí, como una serie de hechos que llevan a otra serie de acontecimientos, y así sucesivamente. Es como si no existiera ni comienzo, ni fin y sí un continuum. Bajo esta mirada, el objetivo consiste en desarrollar la habilidad para pensar fuera de la simplicidad y el reduccionismo que genera la lógica binaria.

Este continuum también se relaciona con la concepción de identidad que tiene Butler, misma a la que se refiere como un proceso inacabado, movible y con distintas tensiones a lo largo de nuestra vida, donde, si bien nos podemos identificar en una determinada orientación sexual o identidad de género, ésta, muchísimas veces no es tan rígida, es por eso que en determinados momentos de nuestra vida nos sentimos atraídas o atraídos por personas de nuestro mismo sexo, o del sexo opuesto. Ya nos había advertido Simone de Beauvoir hace unas décadas: “La heterosexualidad es igual de limitada que la homosexualidad”.

Si el discurso médico es importante en general para la condición humana, en la identidad transexual e intersexual se agudiza y toma preponderancia, no tanto como una solución ante estas identidades no hegemónicas, sino, como una herramienta más para regular, violentar y normalizar los cuerpos. Sigue habiendo un gran esfuerzo en negar voz o agencia a quienes tendrían por antonomasia las decisiones no sobre lo que son, sino, sobre quienes son, pero sobre todo, se le sigue negando voz a la infancia, a quienes desde temprana edad se les veda de cualquier decisión sobre ellxs mismxs, y esto representa no sólo un sesgo metodológico para el encasillamiento como niñas, niños, pubertos, jóvenes, adolescentes, etc., sino también, por las contradicciones, paradojas, ironías y disensos que se generan en las personas ante un proceso post quirúrgico.

Las categorías y conceptos con las que referimos al mundo, son también con las que nos pensamos a nosotros mismos y a nuestras relaciones para con los demás. Es preciso ampliar la idea no solamente de hombre o mujer, sino también, en la forma de construir parejas, de entablar prácticas sexuales, de reconocer afectos y motivos, esto, desde los límites también de cualquier violencia; no quiero decir que nos solucione todo, pero considerar alternativas puede que sea un paso a consolidar individual y colectivamente prácticas menos instauradas en un poder instrumental y normativo.

No estamos exentos de categorizar o encasillar identidades, pero si reconocemos que somos objeto y sujetos de violencia, de amor, de estudio y autorrealización, comenzaremos a pensar nuestras prácticas como un camino paralelo entre la vida íntima y social, sus repercusiones en nuestros círculos más cercanos y con los que erróneamente consideramos como ajenos; insisto, esto como un primer paso para la apertura y consideración sobre otras identidades o cuerpos, así como la socialización y prácticas sexo-afectivas.

 

Bibliografía

  • Butler, J. (2004) Undoing Gender. United States: Routledge NY
  • Muñoz, J. (2010) Homofobia: laberinto de la ignorancia. México: CEIICH-UNAM/CCH. Colección: Debate y reflexión.

Sitios WEB                          

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ulisesPineda

Ulises Pineda. Egresado de la UAM Xochimilco en Comunicación Social, pasante de maestría en Comunicación por la UNAM. Últimamente, ha cursado el diplomado “Representaciones Culturales de las Sexualidades” por la Universidad Autónoma de Barcelona y el curso: “Teoría de la Imagen”, impartido por Iván Ruiz en el Centro de la Imagen.

Cursó el “Programa de formación de Promotores de los Derechos Humanos de las personas de la Disidencia Sexogenérica” por ASILEGAL (Asistencia legal por los Derechos Humanos) en México Distrito Federal.

 

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Putos Locos

Por María Guadalupe Quezada Martínez

«Habrá de un lado la comunidad de sanos y del otro la de los enfermos”.

-TIQQUN

 

 

No son pocas las veces que, al pararme en la puerta de entrada de la clínica psiquiátrica, escucho los gritos que desde dentro se producen… ¿cómo no gritar los horrores del manicomio?, ¿cómo no gritarlos a cada momento que se pasa ahí aún y en contra de la pretendida estabilidad que procura ofrecer esa y todas las instituciones de “salud mental”? Trabajo como voluntaria con lxs usuarixs en una de estas clínicas y el otro día, en la misma puerta que atravieso una o dos veces por semana me encontré con un pequeño rayón, casi imperceptible a pesar de la blanca pintura que cubre dicha puerta, escrito con tinta azul y formas temblorosas en sus letras pero con el mensaje bien firme: encontré la frase que ha dado nombre a este escrito “Putos Locos” Sólo así, sin más a su alrededor que permitiese identificar razones de tal posicionamiento y rápidamente me di cuenta que ese mensaje único y aislado en realidad tenía muy poco de aislamiento.

El letrero que los vecinos del lugar plasmaron en la puerta deja entrever la identificación comunal de la locura con figuras disidentes como los y las putxs, lo cual denota un proceso social de aceptación/rechazo en función del acoplamiento a las regulaciones, enmiendas y contratos. Pero no son sólo lxs locxs y no son sólo lxs putxs, cualquier forma del cuerpo o la mente que implique un punto de fuga debe ser -y será- condenado. “El orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones”, expresó Foucault[1] (1964) Y para que se justifique la desaparición social de lxs locxs tras muros, rejas y puertas con candado se requiere entonces la intervención y codificación psíquica de éstos desórdenes, validando primero la clasificación como enfermedad y segundo, la peligrosidad de dicha condición.

Sí, los espacios hablan, en esta ocasión una puerta. Es particularmente llamativo ese acto, el no atreverse a entrar para expresarlo, el escribirlo justo en el limbo entre el lugar para el sano -el afuera- y el lugar para el enfermo. Y sí, lo primero que experimenté cuando me topé de frente con aquél pequeño pero efectivo letrerito fue furia –furia que no desparece pero reconduzco–, y en un arranque no reflexivo lo primero que escapó de mi boca fue un “¡puto el sistema psiquiátrico!”; sólo para después darme cuenta que nombrarles putxs a ellos, era un elogio que no merecían, que para ser nombrado como putx uno se lo tiene que ganar a base de fuerza disidente.

Cruzar ese límite, no una puerta física (aunque en este caso sí) es abandonarse a toda posibilidad de razón moderna, esa razón intolerante a la diferencia. Entrar a un manicomio significa entrar a un mundo de sin-razón. No, no me mal entiendan, no estoy hablando de la sin-razón de la locura, sino de los modos organizativos imperantes y dominantes que allí operan. Al principio de este escrito me permití retomar una cita de la publicación francesa Tiquun que ahora quiero completar:

«Habrá de un lado la comunidad de “sanos” y del otro la de los “enfermos”. Prestando atención al Nietzsche más dudoso, la primera huirá de la segunda como de la peste. La vida de los sanos estará constelada por los plazos de un ineludible calendario de prevención, pero los sanos serán los sumisos, los pacientes eternos que llevarán una vida de enfermos para no serlo. Los enfermos, por su parte, serán “los que lo habrán querido”.»

Porque existe un espacio para cuerdos y uno para no-cuerdos[2], espacios de segregación fundamentados por la siempre imperante lógica separatista y clasificatoria de la ciencia. Hace no mucho leí un artículo[3] de esos que gustan nombrarse a sí mismos como científicos en donde declaraban haber encontrado el gen que explicaría la locura, curiosamente el lugar de encuentro es un espacio que en biología se denomina locus. Comencé a indagar al respecto y lo primero que me pregunté es ¿Qué es un gen? Pues bien, sin ánimos de proclamarme como experta en biología y mucho menos en etimología, me topé con que en griego, gen tiene que ver con generación y como verbo con devenir. En latín se encuentran algunas acepciones que apuntan hacia engendrar o nacer. Sí, todas ellas apuntan a un algo común y que deseo puntualizar bien. Si ellxs dicen haber encontrado el gen de la locura, entonces bien, engendremos disidencia, devengamos putxs y locxs, o en su combinatoria, nazcamos putos locos. Atravesemos esa puerta, dejemos a la locura ser locura, y que de este lado de la reja o de aquél, da igual, entendamos que el derecho a la diferencia se defiende, se lucha y se conquista.

[1] “Historia de la Locura en la época clásica. Vol. I”

[2] Recomiendo ampliamente revisar al respecto la experiencia de los años setenta de David Rosenhan, mejor conocida como “estar sano en lugares insanos”

[3] http://www.elmundo.es/salud/2014/07/22/53ccee5622601d2f548b4582.html

Las sensaciones del ano. Cuando lo anormal se hace sensible

Por Benjamín Martínez Castañeda

 

Santiago de Chile, lunes 13 de octubre de 2014. Son las 10 am, ya es tarde, me he perdido el desayuno otra vez; me es muy difícil acostumbrarme a las dos horas adelantadas aquí en Chile, ¿qué importa?, no tengo que ir a trabajar, ni tengo una cita pendiente. Lo de anoche no fue nada, ni el Venezolano, ni el Peruano pudieron con todo esto, me he quedado caliente, mira que jurarse activos…ni ellos se la creyeron. ¿Cómo será la vida godinesca en Chile? Abro la ventana de la habitación del hotel, y sólo veo pasar los buses y mucha gente empaquetada, así le dicen en Chile a los que visten tacuche; no es muy diferente a lo que posiblemente se puede apreciar en México. Sigo dando vueltas en la cama y mi cuerpo reclama adrenalina.

Tomo mi iPad y abro Scruff, ¿Qué? ¡Oso activo a menos de 100 metros! Se parece mucho al recepcionista del hotel, ¿será? Le escribo y no contesta, quizás me identifica como el chico de la habitación 310, aquel que anoche se despachó a dos hueones seguiditos. Sigo en busca de sexo, y nada, siempre es lo mismo: soy activo pero ando en busca de alguien que me culée. Sorry mano, ya somos dos en lo mismo, ¿te va uno a uno? Siempre contestan que no. ¿Por qué les da pena decir que son pasivos o come ñongas?, no tiene nada de malo. En la televisión comienza “El Chavo del 8”, pero qué horror, le cambio porque ni en mi país veo esa mierda.

Decidido a meterme a duchar, suena mi iPad, me han mandado un woof por Scruff, casi resbalo en el piso, tomo mi iPad y es un señor, envía un mensaje diciendo: Soy activo y busco culo aguantador. Pienso sobre qué tan aguantador podría ser yo, no lo sé. Le invito a que me visite en mi hotel, con el riesgo de quedar toda madreada como La Fabiruchis; me dice que no puede salir de su casa porque anda en silla de ruedas. Me da las indicaciones para llegar a su lugar, y sólo son 4 cuadras pasando el hotel donde estoy; al llegar, un hombre como de 50 años, 1.78 cm y erguido en dos pies me recibe en la puerta. Me quedé paralizado por un segundo, me toma del brazo y me dice: calma, no te lo dije al principio, pero…no tengo una pierna y uso prótesis y muletas; lleva mi mano a su pierna y siento lo duro de la extensión. Me da la opción de irme, pues el creyó que me incomodaba con su condición física.

La idea de coger con un discapacitado me excitó muchísimo, pasamos a su recibidor y eso era un lugar lleno de reliquias de todas partes del mundo. Recibe una llamada, escucho que le da indicaciones contables a alguien, quizás sea su contador o alguien cercano… ¡Oh por Dior! ¡Se ha sacado la verga! Eso es muy grande y grueso, y aún no se le para, ¡Que miedo! La toma con la otra mano mientras atiende la llamada, juega con ella y la sacude viéndome a los ojo, inclina su cabeza indicándome que se la chupe. Trato de meter eso a mi boca y es muy difícil, no me cabe, al final encontramos el modo ya cuando eso estuvo erecto por completo, aún así era una verga saca flemas destapa gargantas. Terminó su llamada y me levanta para besarme en la boca, pasamos a su recámara y comienza a desvestirme, me aprieta las carnes, me da manazos, me lame las axilas, el cuello; él se desvistió, lo abrazo, lo beso y le acaricio su pierna de plástico, la toco, la beso, la huelo, la muerdo.

Mi cuero se eriza, los vellitos se levantan y se mueven como si un viento arrasador los quisiera arrancar de mi cuerpo; él me toma por los hombros, me vuelve a besar, me voltea y lentamente me empina dejándome sentir su gran verga entre mis nalgas. Lame mi trasero, con su lengua masajea mi ano…mmm ¡que rico! Lo dilata suavemente, me dice: ¡no puedo más!, se pone un condón y me la clava sin decir agua va. ¡Ahhhh! ¡No mames! La tenía como brazo de albañil, gorda y venosa, sentí que me sacaría los ojos, le pido que me la saque y se niega, fueron segundos muy intensos. Decidí hacer de mi dolor mi placer, me relajé, respiré hondo y pude sentir como su pene movía y masajeaba mi ano y recto; mi piel se puso de gallina nuevamente y me dieron unas ganas inmensas de mear, sentía un cosquilleo intenso en la panza, simplemente no podía saber de mí.

Recordé que un examante me dijo que no siempre el mejor sexo es el más limpio, así que decidí a dejarme llevar y si era necesario me mearía en el momento, pero la reacción fue diferente; comencé a sentir mi ano muy ardiente, cosquillas en todo el cuerpo, mis gemidos parecían sacados de cualquier comercial de Herbal essences. ¡Ah…ah…ah..! Estoy a punto de acabar, fue lo que él dijo; su pelvis y parte de su prótesis me golpeaban muy fuerte, sentí como se hinchaba cada vez más su verga. Un calor invadió mi recto, mientras apretaba con el ano su verga para terminar de exprimir su leche, sentía una gran bolsa de líquido hirviendo, era una sensación desconocida.

Cuando saca su verga de mi cuerpo, un torrente caliente salía de mi ano. Pensé que sería sangre porque estaba desgarrado, o en el mejor de los casos caca aguada, pero no. Era un líquido traslúcido y aceitoso, recordé que un doctor hablaba en T.V. de que tanto el recto como el intestino están recubiertos por una capa cerosa; quizás esa fue la forma en que mi ano eyaculó, en que mi ano dio todo de sí. Mi ano recibió placer. Después de ese día mi ano ha vuelto a ser el mismo de antes.

Benjamín Martínez Castañeda es productor visual mexicano, su investigación está encausada a la teoría queer y filosofía política.

 

Enlaces:

http://benjamin-walpurgis.tumblr.com/

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http://benjaminmartinezmvaf.blogspot.mx/

 

 

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Lxs revolcaditxs en la Calle de la Amargura

 Luisa, g. Tolentino

¿Qué desafíos tenemos en América Latina para definir lo Queer? En caso que pudiera ser definido. Y ¿Qué tanto podemos rastrear en lo Queer para imaginar formas Otras para nombrarnos? En consideraciones desde lo local.

Nótese que lo Queer lo lían con la identidad, cuando la intención es más cercana a un sentir-se identificadx.

El propósito de este deshilachado, es un ejercicio para hacer atraer las nociones que le dieron origen a lo queer como nombre. Así, ¿cómo pensar desde los significados de la noción a principios del siglo xx? Con la intención de imaginar desde lo inmediato. Imaginar con las relaciones que ha establecido mi propio cuerpo, no sólo en las acepciones de práctica sexual, sino que además, comencemos por creer que somos capaces de expresiones Otras.

Ya Diego L. Sanromán (2007), había aportado al Diccionario Crítico de Ciencias Sociales que “en el inglés británico de comienzos del siglo pasado, lo queer se decía de alguien que pasaba por apuros financieros, que se encontraba en la Queer Street (en la calle Queer o en la Amargura, si se prefiere).”[1] Entonces, queer también es andar quebrado, no sólo a la alusión del quiebre en la cadera mientras caminas, o el quiebre en la caída de la mano cuando hablas, sino un quebranto de dinero. Bolsillos rotos o echados hacia fuera. Al revés.

En este tono, es curioso que conozca físicamente dos calles de la amargura. Una en Xalapa[2], Veracruz, a la que actualmente se le conoce como calle Revolución. Así, tal pareciera que ha habido una rara intención por jugarnos chueco en un simbolismo. Pues la instrucción es salir por “el costado” de la catedral (algo así como Adán y Eva), cruzar y leer su placa. Así, cuando bajas y doblas a la derecha, te lleva al palacio municipal de la ciudad, y a la izquierda te lleva al in-mueble del gobierno estatal. Entonces, se puede entender que la Calle de la Amargura está triangulada entre los dos niveles de gobierno (municipal y estatal) y el otro poder que es un catolicismo resignado más no re-significado.

Por si fuera poco, también nos encontramos que a su altura, en la siguiente calle (Clavijero)[3], está el Cabaret, como el sitio de encuentro entre la diferencia multicolor.

 

Si además sumamos que el Parque Juárez (se encuentra al frente), tiene muchas atracciones ya entrada la noche, pues el “Mirador” mira desde la rendija y “El Esclavo” del ágora[4] se libera de las cadenas para ser preso de sus deseos.

En esta geografía tan local, Xalapa, ofrece que sentir la noche, ahí, es diferente a la de cualquier ciudad, pues los pesos de simbolismo se contonean y hacen aún más turgentes sus subidas y bajadas. Por otro lado, si pienso en su leyenda, me hace considerarla con otra sugerencia; la cual data en épocas de la Revolución: Se cuenta del noviazgo de una muchacha con un profesor, éste siempre se desviaba de su camino a la escuela para pasar a verla, así fueron varios meses en los que ya imaginaban sus vidas unidas en matrimonio. Inicia la revuelta por derrocar a Porfirio Díaz y el joven se alista, pero ya no regresa. Ella; apesadumbrada, vestida de novia y llevando entre sus manos un ramo de jazmines, caminaba por la calle preguntando por su amado. Los niños hacían mofa de ella, así que su madre la resguardó entre los muros, allí murió prematuramente de amargura[5]; de ahí el nombre de la calle. El afecto también se vincula, y ante el amor mal o no correspondido, se alega que se anda cacheteando, de hocico o de nalgas en la calle de la amargura.

La otra Calle de la Amargura; está justo en mi pueblo, Acultzingo[6], también en Veracruz; esta calle lleva al panteón municipal. Así cuando lxs deudxs llevan a sus familiares en hombros, es precisamente para hacer transitar una calle de amargura hasta llegar al depositario final de otra vida más. La forma que ofrece esta calle con el conjunto que le rodea, ofrece el parecido con un escalón, un acento en la Avenida Unión, pues ese escalón forma un descanso para mirar entorno y recontinuar con la ligera pendiente, ya sea hacia arriba o hacia abajo.

En ambas calles, es despedir a quien ya no regresará, a quien se fue, a la misma ausencia, o mejor aún, aquello que no está y que se ha quedado de otras maneras; y que quizás quede… “la mala presencia”, “lo que no nos gusta”, “lo que no corresponde”. “Alguien que entró y salió despacio del silencio”. [7]

Si trato de atraer todas estas ideas a lo queer, son eso, intentos. Hilos en posibles tramas. En el repaso de la geografía que han conjurado esas leyendas, o bien, son esas leyendas las que han conjurado a la geografía. De ahí que he intentado este ejercicio, un rastreo desde la noción para atraerlo a mí, entre próximo y cercano, aquello con lo que también mi cuerpo ha dialogado.

Aquí pongo un acento, entre lo aquello que no está, destaca que lo queer no sólo es para figurar las prácticas sexuales, sino que lo queer transfigura y reconfigura sin contornos. Es liminal y abisal. Fronteras y profundidades. La posibilidad de imaginar desde y con lo mío, me es posible hacer materia. En estos llamamientos, también atraigo otra noción, la cual está en lo revolcadito. Aquí, pronto entiendo que de un estar, es a un ser, y luego a un hacer.

Lo revolcadito, es una categoría muy particular que Doña Mary[8] atribuye. Ella califica de revolcaditxs a quienes no están tan prietitos y que “pasan” (haciendo un ademán con su mano derecha confirmando un más o menos y que acompaña con la mirada en un ahí se van).

En ese mismo lado, pongo al revolcadito con el revolcón. Sí, en la práctica del tener, del ser y también del hacer. El revolcón de cama como práctica.

De y en estos modos, puedo apoyarme para pensar en idearios que me den sentido. Precisamente porque esos idearios están matizados a partir de referentes comunes.

Así, desde esos lugares e idearios, habiéndoles caminado, habiéndoles conocido, habiéndoles escuchado y sentido. Sólo puedo decirme como revolcaditx en la calle de la amargura.

[1] Diego L. Sanromán (2007) “Teoría Queer”: Entrada en el Diccionario Crítico de Ciencias Sociales (Coord.- Román Reyes), Tomo III. Editorial Plaza & Valdés (Madrid / México). ISBN: 978-84-96780-14-9; 84-96780-14-7.

http://colaboratorio1.wordpress.com/2007/10/06/queer-teoria/ Recuperado el viernes 12 de abril de 2013, a las 15:54 horas.

“Pero es también a lo largo del siglo XX cuando todos estos contenidos se organizan primariamente en torno al núcleo simbólico del sexo y el género, de los deseos y de los afectos.”

 

[2] https://www.google.com.mx/maps/@19.527408,-96.923127,3a,15.8y,254.54h,77.12t/data=!3m4!1e1!3m2!1suckRUnL7quvYiDlAEGh8Vw!2e0

 

[3] https://www.google.com.mx/maps/@19.5274234,-96.924518,3a,75y,81.18h,82.6t/data=!3m4!1e1!3m2!1sX4Xhz3aWC-L2Zws5iL04zA!2e0

 

[4] https://www.google.com.mx/maps/place/Teatro+-+Galeria+%C3%81gora+de+la+Ciudad/@19.526139,-96.924016,2a,90y,90t/data=!3m5!1e2!3m3!1s-cD-zdR0jIZ4%2FT-0GKJ24OHI%2FAAAAAAAAABw%2FysrDXj073ps!2e4!3e12!4m2!3m1!1s0x85db2dfed0a39829:0xac326678309d67f5!6m1!1e1

 

[5] http://www.xalapaveracruz.mx/la-calle-de-la-amargura-revolucion/

 

[6]https://www.google.com.mx/maps/place/C+de+La+Amargura,+Parque+Nacional+Ca%C3%B1%C3%B3n+del+R%C3%ADo+Blanco,+Acultzingo,+VER/@18.7230739,-97.3098985,3a,90y,162h,90t/data=!3m4!1e1!3m2!1sNn4gJvqmzkWcpCHDP-3AhQ!2e0!4m2!3m1!1s0x85c50902c17d5127:0x9a51ee706663c7d5!6m1!1e1

 

[7] Manifiesto gordx, de Constanza Álvarez. http://missogina.perrogordo.cl/manifiesto-gordx/

 

[8] Ella es una viejecita de Yolomécatl, Oaxaca y cuenta con 86 años de edad.

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ANO•RRR•MAL

por Alex Xavier Aceves Bernal
por Alex Xavier Aceves Bernal

por Diana J. Torres 

“normal es un programa de mi lavadora”

– playera vista en una fiesta queer

“no es saludable estar adaptadx

a una sociedad profundamente enferma”

– pintada vista en la puerta del wc de un bar punk –

            La anormalidad está tan de moda que casi que se ha vuelto normal ser anormal. Esta es una de las cosas más terribles que pueden suceder en una sociedad: cuando la disidencia es una estética, una farsa, una pose inserta en las lógicas habituales del capitalismo. Lxs anormales de toda la vida, como yo, estamos muy molestxs con esta mierda. Y hay que pararla antes de que sea demasiado tarde. La anormalidad es nuestro fuerte, ese lugar que hemos construido durante siglos para sobrevivir a las imposiciones de la mayoría, ese hogar del que tanto nos ha costado sentirnos finalmente orgullosxs. Y ahora una panda de impostorxs, de caballitos de Troya, nos lo quieren destruir desde dentro.

Otra de las cosas fatídicas que vienen sucediendo desde hace tiempo es que lxs monstruxs quieren de pronto ser normales, de hecho luchan por ser normales. El ejemplo más claro se da en el “movimiento” LGTB. Salir a la calle a manifestarse por el matrimonio igualitario, a pedir por favor al Estado que les dejen tener hijos, casa, carro, hipoteca, romanticismos variados, es asqueroso. Gentes que hace apenas 100 años hubieran sido condenadas a muerte por ese mismo Estado, ahora, auspiciadas bajo la pendejada de la “democracia” se dedican a mendigar lo que consideran que son “derechos legítimos”. ¿Dónde está su orgullo anormal? ¿Dónde la celebración de existir siendo como unx en realidad es en lugar de hacerlo queriendo parecerse a lo otro porque lo otro es aceptado y conlleva privilegios?

Yo ni soy normal ni quiero serlo. Nunca he querido serlo. Me ha valido vergas siempre lo que una panda (mayoritaria con creces) de descerebrados pensara que yo debía ser. Sí, desde mi privilegio de haber crecido con otrxs dos anormales reivindico mi identidad desviada porque en un mundo donde todo está tan cagado a todos los niveles, querer ser normal y estar adaptadx es una forma de acordar con toda la mierda que nos sucede.

Desde ahí me enuncio como lo que soy, una orgullosa monstrua únicamente interesada en relaciones con otrxs monstruxs. Esto puede sonar excluyente, de hecho lo es. Pero no tengo ni he tenido nunca ganas de alianzas con personas cuyo conformismo colabora a diario con la devastación de lo anormal, no me interesan sus hipotéticas luchas, no me interesan sus hipotéticas opresiones. Llamadme burguesa o feminazi o lo que queráis, pero siempre me ha parecido que, en el lugar que cohabitamos, cosas como por ejemplo la violencia machista son normales, los asesinatos son normales, la constante censura y castigo de toda disidencia es normal. Porque en un mundo tan profundamente podrido que pasen estas desgracias, estas abominaciones, es perfectamente lógico, se trata de enfermedades endémicas del sistema. ¿Cómo no va a golpear un hombre a una mujer, violarla, destazarla, humillarla, si desde que nació se le ha enseñado, educacional y culturalmente, que la mujer le pertenece? ¿Cómo no se van a matar las personas entre sí todo lo que les ha rodeado desde que tienen uso de razón es violencia y más violencia?

Nosotrxs lxs monstrxs somos errores ilegítimos e imprevistos del sistema,  y hasta que no nos pongamos en pie de guerra con nuestra anormalidad por bandera, absolutamente nada cambiará. De hecho es muy posible que nadie nos tenga en cuenta ni se nos una si lo hacemos porque renunciar a los privilegios que la normalidad otorga no es sencillo, sólo cuando se trata de una necesidad de supervivencia emocional renunciamos a ellos, cuando no nos queda más remedio. Esto es triste. Ser anormal, no por decisión sino por obligación.

Lo único que podemos hacer quizás es cultivar el orgullo y, desde nuestro pequeño fuerte, tratar de combatir las cuestiones que nos afectan de forma directa  y que ponen en riesgo nuestra existencia. Porque el problema con las personas que se plantan la anormalidad sobre los hombros como si fuera un traje es que su traje es mucho más ligero que el nuestro porque no carga con las opresiones.

Un ejemplo: para mí una persona que lleva una cresta no es nunca garantía de que será alguien aliado, podría ser un niñato clase media alta que se siente excitado con actos de rebeldía que no comprende porque no responden a su propia experiencia de vida, un fan de la estética de la disidencia que si algún día tiene un problema derivado de la misma, su papá vendrá con el varo para la fianza y sus influencias con las altas esferas para librarlo de todo mal.

La estética, la imagen externa que nos diferencia del rebaño y que nos hace ser anormales a los ojos de lxs demás, está siendo replicada por personas que son perfectamente normales en todos los sentidos: heterosexuales, gente que jamás ha sufrido una agresión, fresas, etc. ¿Hay un pedigrí anormal? Desde mi punto de vista sí y tenemos que dejar que nuestra intuición (mucho más desarrollada que la de la bandada de zombies) nos diga con quiénes podemos o no aliarnos.

Lo que hace que una persona despierte mi empatía es cualquier mínimo rasgo de inadaptación al sistema. Si voy por la calle en general todas las personas que me cruzo se me antojan zombies, mi cerebro ha aprendido a desarrollar filtros para ni siquiera verlas, no obstante, cualquier rasgo de anormalidad (a veces no es nada físico, es una mirada, un gesto) despierta mi interés, activa de nuevo mi mirada. Es lo que yo vendría a llamar la desesperada y constante búsqueda de aliadxs. Supongo que las personas normales nunca sienten esa desesperación. Ser heterosexual en un lugar donde en tu estrecha masa gris sólo hay heterosexuales, ser un hombre o una mujer así tal cual el sistema los ha diseñado, ser a la base normal, significa también estar rodeadx por una inmensa mayoría que es tu aliada, al menos en lo básico: acordar con el patriarcado, consciente o inconscientemente.

Pero nosotrxs, monstruxs, no vivimos nuestra vida así, nuestra disidencia no pasa por querer ser iguales a lxs demás, no pasa por querer la paz, ni la tolerancia, ni la aceptación. Pasa por querer la absoluta destrucción de todo aquello considerado normal, a modo de venganza transmilenaria, en el más puro sentido de la palabra Caos.

Porque fuimos lxs golpeadxs en la escuela que no quisieron o no pudieron cambiar para detener la tortura, porque cada vez que salimos a la calle las agresiones se suceden en mayor o menor grado de intensidad sin descanso, porque fuimos las personas que nuestra familia de sangre trató de silenciar, ocultar y domesticar, porque somos lxs que tuvieron que construirse un lugar en el mundo a base de batallas cotidianas, porque el rechazo es nuestro pan de cada día, porque hasta dentro de lo que consideramos nuestras luchas (anarquismo y feminismo) somos lxs parias y lxs incorrectxs.

            Queridxs anormales, luchemos contra las intrusiones, nuestro mundo no les pertenece!

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Diana J. Torres: eyaculadora precoz, terrorista lúbrica, tocapelotas pro, poeta de bragueta, prostituta fracasada //añada lo que le dé la gana//

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Twitter @pornoterrorista

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El hombre femenino

por Juan Paulo Péreztejada

*ilustración: Franca Ramos

Fui travesti. Me ponía tacones y me pintaba los labios. Con las sábanas, intentaba hacerme el mejor vestido posible cuando no se sabe corte y confección. Tenía cuatro años y no veía nada malo en eso. Era un juego. Si jugaba a ser doctor, a ser director de orquesta o a ser detective privado ¿por qué no podía jugar a ser una diva?

    Mi madre no lo vio tan normal. Creyó que mi comportamiento se debía a la ausencia de una figura paterna a quién imitar —yo que sé si tenía razón o se equivocaba. No me prohibió el juego, pero a la hora del baño, ella jugaba a que tenía una gran barba de jabón y se rasuraba. Me gustaba cómo se veía mi mamá con esa gran barba blanca. Me gustaba cómo me veía yo con esa gran barba blanca, así que empecé a jugar con el jabón en cada baño, como mi mamá me había mostrado, un juego que mantuve hasta la pubertad, cuando me empezó a brotar el vello facial.

    No creo que haya sido por esa sutil intervención materna que dejé de ser travesti. Simplemente, el juego me aburrió, como me aburrió jugar al doctor o al director de orquesta o al detective privado. Pero cada que me preguntan por qué no soy normal, recuerdo que fui travesti, y que nunca me pareció eso extraño.

    Nunca he podido entender en qué consiste su normalidad y en qué consiste mi rareza, ni me he podido percatar de qué es lo que hago para suscitar su extrañeza.

    No me comporto como hombre —aunque ya no sea travestí—. No sé cómo debe comportarse un hombre, pero sé que, en ocasiones, no me comporto como esperan que se comporte un hombre. En más de una ocasión alguien me ha dicho, sorprendido, que juraba que yo era gay. Si les pregunto por qué, suelen mencionar mis movimientos, mi forma de hablar y otros elementos que yo no puedo observar en mí. No soy extraño para ellos por tener gustos sexuales distintos a la mayoría, sino por no tenerlos y no actuar acorde a ello, acorde a como se supone que debe actuar un hombre.

    No me molesta, me divierte. Me entretiene confundir a la gente, ver su reacción al ver sus prejuicios confrontados. Aunque no siempre es tan divertido. Muchas personas —afortunadamente, he conocido pocas— suelen reaccionar violentamente ante el comportamiento que se sale de sus concepciones. Pueden expresarlo en el molesto sermón, señalándote cómo debería comportarse alguien de tu edad y género, pero también pueden expresarlo con menos sutileza.

    El hombre femino puede encontrarse en formas más peculiares. Un amigo me comentaba sobre una chica gamer que conoció en los foros de Macintosh y le llamó la atención porque daba las mejores respuestas a las preguntas de los usuarios. Para su desilusión, era lesbiana.

—Bueno, no estoy seguro de que sea lesbiana —me comenta.

—¿Bisexual? —le pregunto.

—No, le gustan exclusivamente las mujeres, pero no estoy seguro de llamarla “lesbiana».

Su amiga se había sometido a tratamientos hormonales desde hacía varias años atrás. Biológicamente, es un hombre heterosexual. Culturalmente, provoca paradojas lógicas definir… ¿lo, la?

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Juan Paulo Péreztejada, Veracruz, Ver. 1988. Formó parte del Programa de Jóvenes hacia la Investigación en Ciencias Sociales de la UNAM. Estudió lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se dedica a leer en voz alta y a redactar en silencio. Colabora y edita en De-veritas.com.

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Unicornio por Omar-Gonzalez-Lopez

El poder anormal

Unicornio por Omar-Gonzalez-Lopez
Unicornio por Omar-González-López

por V de Vayaina

Esto que sabemos

Tengo la palabra on the tip of the tongue. Pero no puedo reconocerla, mucho menos externarla. I lick my lips to get a better taste, a ver si puedo recordar de qué se trata. ¿Será en inglés? ¿Será en español? Cuando hablo conmigo misma, hablo en inglés, porque me siento otra hablándome a mí. Porca miseria! Me quejaba en italiano, no era yo, era la intensa que dejaba salir maldiciones de su boca, como un vómito cálido con aroma a café. “Per trovarsi è bisogno stare da sola”, me repetía los días que no sabía ni quien era. But I’m no more me, it’s us, y quién sabe.

For years, I thought that I was going mad, especially that night in the park, by myself and on LSD. “Mírate ―me dije en español, la lengua que más me toca― sentada con las piernas abiertas, los pantalones de mezclilla más rotos y fumando los mismos Marlboro rojos que fuma tu padre”. Me reía de mí misma, era una broma de señorita, listoncito rojo el pelo nada más para disimular que estaba hasta mi PUTA MADRE, y que era yo la que despedía el olor a hierba. “Oh, no. ¿Por qué los lobos andan tras de mí” Me seguía riendo, pero no podía evitar sentir el punzar de los tímpanos al ritmo de arpegios de ramas al viento: Something wrong is going to happen, sweetie.

Cerca de 10 policías entre hombres y mujeres me rodearon sin más y revisaron mis cosas. En el estado en el que me encontraba, me sorprende la naturalidad con la que encendí el cigarrillo y pregunte “¿todo bien, oficial?”. Afortunadamente la pañoletita roja en la cabeza hizo su labor, no despistó a lxs policías, pero si guardó bien la bachita del porro que me había estado fumando minutos antes. Pobres imbéciles, terminaron por irse.

Years later, I had the same sensation. I was in that party in the roof of an old building en la Condesa, full of wankers whose only wish was that their dark skin and su infancia en Ecatapec desapareciera from this earth forever. I was tired and drunk, waiting for the sun to shine to go home, or anywhere. But I didn’t. I walked into that room, and the rest, is a story we can guess. Why I didn’t listen to myself? is a mystery sin lugar en este escrito.

We whores have a gift, el poder de percibir el aliento del lobo detrás de tu oreja erizando tus vellos. We can sense what is about to happen and what has happened before. Cuándo somos bienvenidxs, y cuándo no. Podemos oler el miedo, la tensión de las almas intranquilas y reconocer las palabras vacías.

Gloria Anzaldúa nombra a este don como La facultad, y la define como “la capacidad de ver en la superficie de los fenómenos el significado de realidades más profundas, to see the deeper structure below the surface.” Esta facultad habita en todxs nosotrxs, pero lxs que realmente pueden leer el viento somos esta raza, lxs anormales. Dice Anzaldúa: “Those who are pushed out of the tribe for being different are likely to become more sensitized (when not brutalized into insensitivity). Those who do not feel psychologically or physically safe in the world are more apt to develop this sense. Those who are pounced on the most have it the strongest―the females, the homosexuals of all races, the darkskinned, the outcast, the persecuted, the marginalized, the foreign.[1]

En “Bordelands, La Frontera: The New Mestiza”, Andalzúa les regala risas a lxs seres que me habitan, cuando habla sobre mitos prehispánicos que dicen que para balancear la anormalidad de ciertos cuerpos, como aquellxs intersexuales, las deidades lxs recompensan con el don de poder ver el mundo con mayor profundidad. ¡Y cómo no van a comprehender mejor el mundo si han tenido la fortuna de ser todo al mismo tiempo! Occidente tiene un personaje similar, el buen Tiresias, el ciego de sexualidad transitoria, el anormal más clásico de la historia. Tiresias, ese que fue hombre, luego mujer y de nuevo hombre, ciego por castigo de Hera, o quizá de Atenea por espiarla mientras se bañaba. Ciego, TRANS y con la capacidad de adivinar el futuro, sin duda es un balance, al menos, al juicio caprichoso de lxs diosxs.

Nosotrxs somos monstruxs mestizxs, con la carne morena teniendo sexo por Skype. Traidores de lengua viperina que puede decirlo todo, de todas las maneras. Guardamos dentro la magia desprestigiada por occidente, pero también tenemos sus ideas para lanzarles un conjuro en su lengua. Recibimos la lección, pero volvemos a salir. Nunca vamos a entender, nos resistimos a entender, rechazamos entender, por eso el mundo nos teme, porque destruimos, pero también construimos. Somos mil dentro de una cabeza y dos mil fuera. Gozamos al darle caos a la inercia y no hay nada qué justificar. In bocca al lupo, quimeras.

[1] “Aquellxs expulsadxs de la tribu por ser diferentes son más propensos a volverse más sensibles (cuando no, forzados brutalmente hacia la insensibilidad). Aquellxs que no se sienten psicológica o físicamente a salvo en este mundo son más capaces de desarrollar este sentido. Aquellxs golpeadxs en lo más profundo, lo tienen más presente: las mujeres, las maricas de todas las razas, la gente de piel oscura, lxs parias, lxs perseguidxs, lxs margindxs, lxs extranjerxs.” Mi traducción cuirtz.

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Eliminar la diferencia por altruismo

Por Juan Paulo Péreztejada

*ilustración: Omar González López

No necesitamos cambiar nuestra cultura, nuestra vestimenta, nuestra lengua, nuestra forma de rezar, nuestra forma de trabajar y respetar la tierra. Además, no podremos dejar de ser indígenas para ser reconocidos como mexicanos. No nos pueden quitar lo que somos, si somos morenos no nos pueden convertirnos en blancos. Porque nuestros abuelos resistieron más de 500 años el desprecio, la humillación y la explotación. Y seguimos resistiendo. Ya nunca nos podrán humillar ni acabar.

-Comandanta Esther, 9 de agosto de 2003

S    e denuncia constantemente la discriminación como expresión del odio, desde sus formas menos violentas -el insulto en la calle, la prohibición de la entrada a negocios por exhibir ciertos genotipos, etc.- hasta sus formas más extremas -la limpieza étnica, el asesinato selectivo. Sin embargo, otra forma de discriminación suele pasar desapercibida: la discriminación que pretende ser una política altruista.

     Con este tipo de discriminación, no me refiero a la llamada “discriminación positiva” que impone cuotas para garantizar la participación equitativa de la población, sino a la discriminación que pretende eliminar el elemento que se identifica como factor de la discriminación y de esta forma ayuda a la población discriminada.

     El ejemplo más caricaturizado es la clínica psiquiátrica o el grupo de oración que ayudará, ya sea con el poder de la ciencia médica o de Dios, a curar la homosexualidad. La Asociación Norteamericana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) aceptó, después de muchos años, que la homosexualidad no era una enfermedad mental y que las terapias para revertirla ocasionan más problemas -depresión, intentos suicidas- que beneficios para quienes se someten a ellas. A pesar de estas evidencias, las terapias para corregir la homosexualidad aún existen (v.gr. Curar la homosexualidad: Terapia reparativa).

     Sin embargo, este tipo de discriminación altruista se ha presentado de formas más sutiles, vista como un proceso natural en la conformación de las nacionalidades, y como una forma de permitir que los grupos marginados formen parte de la sociedad mayor en igualdad de oportunidades. Estas ideas en ocasiones sobrepasaron los discursos con pretensiones filantrópicas y se volvieron política de Estado.

     El indigenismo mexicano nos ofrece los ejemplos más ilustrativos de este tipo de discriminación. Se suele comentar que, a diferencia del vecino del norte, al menos en México no se segregó a la población indígena encerrándola en reservas, lejos de la sociedad principal. Sin embargo, el altruismo de la política indígena mexicana es cuestionable.

     Es cierto, en México nunca se ha pretendido segregar al indio, pero esto no quiere decir que su contraparte practicada sea más humanitaria: que el indio renuncie a su ser indio.

     En 1940, por iniciativa de varios políticos y científicos sociales mexicanos, se convoca a un Congreso en la ciudad de Pátzcuaro, donde se discutiría la cuestión indígena del continente. De este congreso nace el Instituto Indigenista Interamericano (III) cuyo propósito era investigar y sugerir soluciones para la población originaria del continente.

     Es llamativo lo que ven como problema la mayoría de estos investigadores en la población originaria.: su alimentación es deficiente porque casi no comen carne, huevos y leche; su lengua les impide participar como ciudadanos, porque no se escribe ni se habla en las Instituciones Oficiales; su sistema de impartición de justicia está lejos de fundamentarse en el derecho positivo; las mujeres paren en postura vertical, y con ayuda de matronas con dudosa preparación médica; sus enfermedades las curan con hierbas cuyas propiedades y usos se transmiten de forma oral, y no con medicamentos probados en laboratorios; sus fiestas son un despilfarro de recursos; su arte es pobre, hecho solo con los materiales que tienen en la mano, es pura artesanía; sus casas casi no tienen ventanas y están hechas de adobe. En resumen: hacen las cosas diferentes, y las hacen mal.

     Planteado de esta manera el problema, la solución lógica fue la eliminación de esos elementos que los hace diferentes. Así, como política de Estado se planteó incorporar las costumbres occidentales a su forma de vida: aumentar su consumo de alimentos de origen animal, cambiar el curandero por el médico, la partera por la enfermera, la hierba por la pastilla, su lengua por el español, el adobe por el ladrillo.

    Esta fue la idea de muchos quienes pretendían defender a la población indígena de México tras la revolución, como Manuel Gamio, José Vasconcelos, Moisés Sáenz. Algunos más radicales que otros en sus postulados. Mientras en Estados Unidos los mandaban en reservas y los dejaban ser, en México se enviaban grupos de trabajo, como misioneros, con el propósito de enseñarles a hacer bien las cosas, a que ya no fueran diferentes.

     Moisés Sáenz, pedagogo, subsecretario de la SEP y primer director del III, en un discurso pronunciado para un público norteamericano, destaca cómo Estados Unidos, a pesar de ser un país formado por gente de todas las nacionalidades, de Nueva Inglaterra hasta California se observa las mismas costumbres y hábitos. Expresa toda su admiración a esa cultura homogeneizada en que cada individuo parece provenir del mismo molde. Claro, los indígenas y los afroamericanos aún son la excepción, pero al menos no se observa, como en México, regionalismos tan marcados.

    Esas personas, que parecieran creadas en masa por obra y gracia de Ford y su sistema de producción -para hacer referencia a Huxley- son el ideal a importar por varios de los indigenistas mexicanos. No es casual que tanto Sáenz y Gamio hayan estudiado en la Universidad de Columbia, y que una de las imágenes de Gamio en Forjando Patria, sea el crisol -traducción acertada para melting pot-. Lo diferente podrá ser llamativo, vistoso, folklórico, y podremos guardarlo como una bisutería, si se quiere, pero para conformar una nación, hay que homogeneizarnos lo más posible. Y si son los otros y no nosotros, mejor.

    Entre los años 70 y 80, este discurso empezó a ser cuestionado fuertemente, como comenzaron a cuestionarse todo tratamiento contra lo diferente. Se le tildó, incluso, de etnocida. Sin embargo, ya sea por torpeza o ignorancia, hay quienes lo continúan reproduciendo.

“No hables así”, “Quítate esas perforaciones y no te tatúes si quieres un trabajo”, “No vistas de esa manera si quieres que te respeten”.

Nos sugieren eliminar nuestras diferencias como un consejo altruista. Nos discriminan “por nuestro bien”, para que nos integremos a la sociedad mayoritaria.

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Juan Paulo Péreztejada. Veracruz, Ver. 1988. Formó parte del Programa de Jóvenes hacia la Investigación en Ciencias PauloOutSociales de la UNAM. Estudió lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se dedica a leer en voz alta y a redactar en silencio. Colabora y edita en De-veritas.com.

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¡Basta! ¡Déjame jugar tranquila!

 Elektra

Fake gamer girl (chica gamer falsa) son las palabras con las cuales muchos jugadores hombres se refieren a muchas mujeres que también disfrutan jugar. Básicamente, las acusan de no ser reales y asumen que tienen un objetivo de vida androcéntrico: vivir para la atracción de la atención masculina fingiendo ser algo que no son.

Para referirnos al machismo en los videojuegos, y al machismo de los gamers también, es necesario cuestionarnos y reformular conceptos. ¿Qué es un verdadero gamer? ¿Qué lo hace verdadero? ¿Y, entonces, qué lo hace falso? ¿Quién definió cuál es de verdad y cuál es de mentira? ¿Para qué querría una mujer ser gamer impostora? ¿Por qué tantos gamers hombres piensan que la mayor aspiración que puede tener una mujer en su vida es atraer su atención? ¿Por qué, siquiera, creen que una mujer desea su atención? ¿Cómo llegaron a esa conclusión?

Internet no es más que un fiel reflejo de la realidad. Los (mal llamados) trolls que asumen que no pude existir una gamer mujer, no son monstruos que se esconden bajo puentes a vomitar insultos con sus teclados sino, en su mayoría, simplemente hombres. La periodista estadounidense Zerlina Maxwell se encargó de redefinirlos de manera puntual: «No les llamen trolls. Son pendejos».

A pesar de parecer una simpleza, no lo es. Estamos acostumbrados a tratar a diario con ellos, pero llegamos al punto de deshumanizarlos y considerarlos bots o respuestas automáticas del sistema. No lo son. Son humanos tan reales como quien escribe esta nota y quien la está leyendo. Internet sólo evidencia la sociedad de la cual formamos parte. No es que antes no existieran, sino que ahora los conocemos y los vemos diariamente porque se exponen de manera impune.

La trolleada masiva de acoso y amenazas a Zoe Quinn (desarrolladora de videojuegos independientes) y Anita Sarkeesian (socióloga que produce una serie en su canal de YouTube de análisis crítico sobre el machismo en los videojuegos) bautizado por los usuarios anónimos de 4chan como «GamerGate» no era más que un desenlace imposible de evadir y absolutamente previsible. La respuesta de las empresas desarrolladoras fue de apoyo a las mujeres que, dicho sea de paso, superan a los hombres adolescentes en la demografía de los consumidores de videojuegos. ¿Era necesario que los machistas amenazaran y acosaran públicamente a feministas para que la industria reconociera la magnitud del monstruo que engendró?

Por supuesto, no está mal que repudien la amenaza y el acoso sufrido por las mujeres que integran su clientela y/o analizan sus productos, pero es cuestionable que no asuman su evidente responsabilidad al haberse encargado de retratar a las mujeres durante décadas como princesas cuya única característica es la belleza (además de ser indefensas e inútiles que deben ser rescatadas), personas cuya única salida laboral es la prostitución, desafíos a cumplir y premios a obtener e incluso como objetos coleccionables por los que se entregan tarjetas al tener sexo virtual con ellas.

«¡Las feminazis nos van a quitar nuestros videojuegos!»

Muchos de los que pronuncian la palabra feminazi desconocen completamente su origen y la integran a su vocabulario por repetición (lo cual es potenciado aún más en Internet). Rush Limbaugh, presentador radial estadounidense, fue el nefasto creador de este apodo en los ’90s para referirse a las feministas. La periodista Gloria Steinem le cuestionó su trivialización del Holocausto y mezcla de conceptos incoherentes entre sí pero, lejos de retractarse, Limbaugh mantuvo su postura y hasta la calificó de precisa, e incluso culpó a las feminazis de que los penes se encogieran un 10% en los últimos 50 años.

Lejos de los prejuicios y la ignorancia, un reciente estudio de la Universidad de Chicago confirmó que la búsqueda de justicia está relacionada con el uso de la razón y no con las emociones desbordadas, lo cual contradice a los discursos infundados y abiertamente machistas de agrupaciones como A Voice for Men (Una Voz para los Hombres) que intentan validar y normalizar la misoginia de la mano de una fantasía auto-victimizadora basada en que las feminazis son malignas y monstruosas brujas misándricas que odian a los hombres, son inestables y desequilibradas a nivel emocional, y además abortan compulsivamente y se bañan en sangre de bebés. Algunos se lo creyeron.

Para los hombres gamers, las feminazis son partícipes de múltiples conspiraciones internacionales para quitarles sus videojuegos. Imaginando que una secta maléfica quisiera quitárselos¿a dónde se los llevarían? ¿A otro planeta? ¿Piensan que las feminazis conspiran para quebrar la industria de sus videojuegos? ¿Y con qué fin? ¿Acaso alguien los proclamó dueños exclusivos de productos de venta libre y que son pagados por todos sus consumidores por igual?

O, quizás, cuando hablan del peligro de quienes quieren quitarles esos videojuegos suyos tan sólo se están refiriendo a que quieren continuar consumiendo productos que reducen a sus representaciones femeninas al nivel de ornamentos y eventuales premios. No conformes con eso, tampoco quieren que las mujeres se permitan el lujo de quejarse por ser representadas de maneras tan mediocres.

 

Lo más lamentable es que no sólo subestiman a las mujeres sino que también a sí mismos al pensar que tener sexo con una mujer (o muchas) es lo máximo a lo que pueden aspirar en la vida. Ignoran por completo que el feminismo busca demostrarles que ellos también valen más que sus genitales, por más enamorados que estén con la idea simplista de reducirse sólo a eso y que el sexo con mujeres es sinónimo de éxito y hasta de ganar.

De alguna manera, puedo llegar a entender a las anti-feministas: creen que cuanto más maltraten a otras mujeres y las acusen de putas, ellas reducirán sus probabilidades de ser juzgadas de la misma manera y eventualmente también ser llamadas putas. Esto no es más que un autoengaño y mecanismo de defensa inefectivo ya que las reglas no son hechas ni ejecutadas por ellas y están predestinadas a perder por la simple ley de portación de genitales: a una mujer, tarde o temprano, alguien la llamará puta.

 

Para que el patriarcado continúe siendo funcional y retroalimentándose a sí mismo, es una regla básica e inquebrantable que las mujeres deben vivir con miedo a, especialmente, ser llamadas putas. En la lista le sigue gorda, una palabra que inspira terror en sí misma por el concepto que encierra: una gorda, para un patriarcado basado en el culto a la belleza, es lo más horrible que puede ser una mujer, algo que la despoja de todo rastro de humanidad y legitima que se le diga y haga cualquier cosa. ¿Cómo se atreve una mujer a no cumplir con las expectativas impuestas de los deseos masculinos condicionados por publicistas? ¿Para qué existe si no es para ser objeto de deseo y juicio masculino? La gordofobia es uno de los factores misóginos de mayor influencia sobre la imagen corporal femenina y, como tal, también está incluida en el machismo que las mujeres gamers padecen todos los días.

 

«¡Los videojuegos son arte! ¡Tómenlos en serio! Pero no cuando afecta mis intereses»

 

Gracias al constante desarrollo tecnológico, los videojuegos en general ya no son lineales ni simples. Muchos incluyen múltiples finales posibles, generalmente en base a las elecciones particulares que haga cada jugador, y mundos abiertos totalmente libres para satisfacer curiosidades. A esto se le suman bandas sonoras emocionantes, equipos de guionistas que crean y desarrollan personajes con los que podemos empatizar (o todo lo contrario), los actores que brindan su voz y su cuerpo para cada animación, y una elaboración argumental profunda que puede derivar en una mitología entera y la eventual publicación de libros. Ya no estamos hablando simplemente de gráficos agradables, sino de obras de arte complejas e integrales.

Como todo arte, contiene mensajes que a su vez provocan reacciones de todo tipo. Lo que diferencia a los videojuegos es que son obras interactivas y participativas. Aunque The Witcher 2: Assassins of Kings, ya no tenía representaciones femeninas coleccionables, el personaje principal mantuvo la posibilidad de gastar su escaso dinero en prostíbulos. Aunque las escenas cinemáticas podían saltearse, su inclusión forzada e irrelevante a nivel argumental me incomodó en la misma medida que las películas de Crepúsculo, donde el gran logro de la protagonista es casarse. Claro, los juegos de The Witcher están basados en una saga de libros del escritor polaco Andrzej Sapkowski que dista muchísimo de los de Stephenie Meyer pero, independientemente de los gustos y preferencias personales, ambas adaptaciones (a los videojuegos en un caso y al cine en el otro) son expresiones artísticas y, como tales, contienen mensajes que merecen ser analizados.

 

Como mujer, tengo derecho a sentirme ofendida por ser pésimamente representada (tal como en las telenovelas donde los personajes femeninos se obsesionan con sus contrapartes masculinas y son capaces de cualquier cosa para capturar su atención). También tengo derecho a que me moleste la inclusión de personajes femeninos secundarios que tienen como única finalidad morir y fundamentar el desarrollo argumental del protagonista masculino, tal como sucedió Ziio en Assassin’s Creed 3 (dos veces, porque en un contenido descargable la reviven y la matan nuevamente), Cristina en Assassin’s Creed Brotherhood, María en Assassin’s Creed Revelations y Mary Read/James Kidd en Assassin’s Creed Black Flag, franquicia sobre la cual uno de sus directores creativos (de la desarrolladora francesa Ubisoft) dijo que era demasiado trabajo animar un personaje femenino jugable para su última entrega.

Sólo queda ver si Élise, personaje femenino secundario que aparecerá en Assassin’s Creed Unity, también tendrá un destino similar al de sus predecesoras. Esta empresa fue la misma desarrolladora de Far Cry 3, un FPS (Disparador en Primera Persona) plagado de mensajes sobre lo que es ser un hombre de verdad que también incluía, a modo de remate, un posible final en el que el protagonista podía matar a todos sus amigos y tener sexo con una mujer (Citra) para después morir asesinado por ella misma.

 

Quizás, para mayor precisión, en casos como los de Far Cry 3 y The Witcher, se podría agregar un subgénero nuevo de videojuegos a la lista: porno digital interactivo para hombres cisgénero heterosexuales (o simplemente XXX).

 

Sobre todo esto, tenemos derecho a quejarnos y a exponer la misoginia como tal sin temer represalias, acosos, amenazas o acusaciones de ser conspiradoras nazis ni de ningún otro tipo. Como personas, independientemente de nuestra identidad sexual o gusto por los videojuegos, podemos hacer algo que no tiene nada que ver con la corrección política sino con la decencia. En palabras de Anita Sarkeesian: «Lo más radical que se puede hacer para apoyar a las mujeres acosadas en línea es creerles cuando hablan de sus experiencias».

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Las fronteras de la monstruosidad: una lectura interdisciplinaria de la intersexualidad

Picnic---Omar-Gonzalez-Lopez---2013
Picnic—Omar-Gonzalez-Lopez—2013

Manuelita Diez

En Occidente ser hombre o ser mujer es tan evidente como el hecho de respirar. Cada uno de nosotros asume un género como natural. Tener un género es un incuestionable privilegio de nacimiento: en cuanto abandonamos el útero materno un doctor simplemente mira nuestros genitales y nos declara niño o niña. El problema para estas categorías, hombre y mujer, aparece con la presencia de micropenes, megaloclítoris, ausencia de vagina, hipospadias- anomalía congénita por la que el pene no se desarrolla de la manera usual- y otras manifestaciones de lo que se denomina Intersexualidad.

El término intersex se atribuye al investigador Richard Goldschmidt quien lo utilizó por primera vez a comienzos del siglo XX para referirse a ambigüedades anatómicas diversas. Se llama intersex, intersexual o intersexuado a quien posee una anatomía que difiere en mayor o menor grado de los estándares masculinos o femeninos. En la actualidad, el uso biomédico del término hace referencia a variaciones anatómicas sexuales patológicas consideradas ambiguas o engañosas (Dreger, 1998). Esta definición remite a una especie de fondo cultural común, en el que la mitología, los manuales, los rumores y las noticias se combinan para crear seres sexualmente ambiguos. Se trata de una definición que provoca efectos específicos: por un lado, la tranquilidad para quienes se saben hombre o mujer y por otro lado, el confinamiento de la intersexualidad en los límites estrechos de la medicina (Cabral, 2009).

La intersexualidad es el entre odiado, ridiculizado y discriminado sobre el que recaen burlas, morbo y vergüenza. Es aquello que excede a lo que consideramos normal en torno a las sexualidades y al género y que por ello debe ser disciplinado a través de dispositivos culturales, económicos, médicos, jurídicos, religiosos y políticos que se inscriben en los cuerpos para promover un orden heterosexual y reproductivo y para hegemonizar identidades, prácticas sexuales y deseos.

La “O”, una letra despótica: Binarismos y categorizaciones

 

En Rizoma, Deleuze plantea que el pensamiento occidental está dominado por la figura del árbol como principio de dicotomía. Clasificaciones de diversas índoles se organizan de un modo binario y jerárquico. Grandes oposiciones duales: propietarios y desposeídos, blancos y negros, adultos y niños, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales. Oposiciones que jerarquizan: las primeras arriba y las segundas abajo (Deleuze, 1997). Tanto en las categorías de sexo como en las de género, macho/hembra y hombre/mujer aparecen como exclusivas y excluyentes dentro de las lógicas de lo Uno. Una rama se bifurca en dos haciendo imposible todo tipo de inclusión entre ambas. Occidente ha instaurado el uso de la disyunción exclusiva en las categorías. Así ante el nacimiento de l*s intersex se plantea la siguiente pregunta ¿hombre “o” mujer? Nunca se plantea la posibilidad de un “y”. El conocimiento validado sobre el cuerpo humano y la sexualidad se construye a partir de una serie de dicotomías: varón/mujer, masculino/femenino, normal/anormal, natural/cultural. Históricamente, sobre todo desde los movimientos feministas, se ha cuestionado la categoría de género como natural; aunque se siguió presuponiendo al sexo como un elemento tributario de una anatomía no cuestionada independiente de las configuraciones socio-históricas. Sin embargo, en 1990, Butler plantea que el sexo, entendido como la base material o natural del género – concepto sociológico o cultural-, es el efecto de una concepción que se da dentro de un sistema social ya marcado por la normativa del género. En otras palabras, que la idea del sexo como algo natural se ha configurado dentro de la lógica del binarismo del género.

La problemática que plantean l*s intersex es que sus genitales no entran en ninguna categoría de lo esperable para el sexo masculino o el femenino. Por ello desde el discurso médico se los considera ambiguos y en consecuencia anormales, planteando así la necesidad de una intervención para adaptar el cuerpo. De manera análoga, la Psiquiatría aborda como una patología la divergencia entre el sexo físico y el género que la persona experimenta y desde el discurso legal, el Estado exige una denominación genérica definida e inmutable.

Cuerpos que fallan/ mentes que mienten: La reconstrucción quirúrgica y el diagnóstico psiquiátrico

 

De acuerdo con la teoría de Laclau de la contingencia radical, todo orden social es histórico, socialmente construido y estructurado en sistemas de significación que actúan sobre lo social para hegemonizarlo. La construcción de un orden hegemónico se logra a través de la institución relativa de puntos nodales de significación en el espacio social. Entonces, si lo social es infinito, todo orden social es limitado. Siempre existe un exceso de sentido que es incapaz de dominar. Aquello no representado se constituye como un antagonismo, como un exterior constitutivo de ese orden social. El antagonismo por un lado es una amenaza para el orden social, pero al mismo tiempo es la condición misma de su propia conformación. Por lo tanto, el antagonismo demuestra el carácter dislocado de lo social. Es ante ello el orden social un intento limitado de sutura que se reproduce como tal en la medida en que logra ocultar el sistema de exclusiones en el que se funda. La tarea de regulación del orden social imperante y la delimitación de quienes son incluidos y quienes son excluidos es llevada a cabo a través de la política. El racismo de Estado desempeña un papel fundamental en la construcción del orden social, ya que se constituye como una respuesta de miedo y odio frente a las masas marginadas (Foucault, 2000). L*s intersexuales son parte de esas masas marginales, que aparecen excluidas del orden social pero que a su vez permiten su constitución. En el discurso médico, el exceso de sentido que se excluye del orden social y que se constituye como condición de posibilidad de este, es leído en clave de anormalidad. Los cuerpos no alineados son entendidos como síndromes. La medicina, al tratar el llamado sexo ambiguo, lo ubica como un capítulo de la teratología, es decir, del tratamiento de los fenómenos anatómicos monstruosos.

Es entonces cuando se produce un corte en el continuum de lo social: si una persona desea cambiar el tamaño y la forma de su nariz existe una plena disponibilidad a la cirugía, pero no se lo presiona a que ésta se realice. Pero a quien se define como intersex, se lo estigmatiza y se lo somete, necesariamente, a cirugías de normalización sostenidas en dos supuestos: por un lado, que el género sería un correlato del sexo; y por otro, que la heterosexualidad sería un universal.

De este modo, un sexo ambiguo debe ser normalizado para que la persona pueda tener en un futuro una identidad de género, y que a su vez, pueda ser funcional para el coito. La intervención consiste en construir vaginas penetrables y penes capaces de penetrar y presupone un único modo de existencia. Lejos de realizarse en términos de salud/enfermedad de un cuerpo, apunta a reforzar un saber que se supone como lo mejor para los cuerpos, lo que hará más felices y deseables a los sujetos. Las intervenciones se presentan más como una prevención psicológica que como una urgencia de vida ya que “la definición de un sexo u otro es una necesidad cultural” (Cabral, 2009, p 56), no una necesidad biológica. Además no se sostiene en una ética sino en una moral de salud que lleva, en ciertos casos, a los médicos a ocultar información.

Para la Medicina la apariencia genital externa es suficiente para hablar de intersexualidad, independientemente de que exista, o no, disfunción orgánica. La variabilidad genital, en este caso, se problematiza y así se transforma la diversidad sexual en estadios patológicos de ambigüedad genital producto de mutaciones en el desarrollo.

En la actualidad los protocolos que se siguen para decidir el sexo definitivo que se asignará a l*s recién nacidos intersexuales responden, en mayor o menor grado, a diferentes criterios: anatomía, cariotipo, tipo de gónadas, capacidad funcional, posibilidades de reconstrucción quirúrgica y decisión o expectativas de los padres. Sin embargo, en última instancia, la morfología genital es el indicador principal para decidir el sexo futuro del recién nacido. Así la pregunta “¿qué forma y tamaño deben tener los genitales externos de un recién nacido para que sean considerados clítoris o pene?” adquiere un valor fundamental. El tamaño que se considera normal para un pene, termina definiendo el sexo al que se asignará al niño. En este sentido, Suzanne Kessler, psicóloga social feminista, hace referencia al androcentrismo en el diagnóstico y tratamiento a intersexuales y plantea además hasta qué punto el hecho de que comiencen a estandarizarse estas medidas tiene un efecto contraproducente al constituirse como patrones de comparación.

La preocupación por nombrar lo que posteriormente será corregido tecnológicamente, así como cierta obsesión por la apariencia de los genitales externos, evidenciada en estos protocolos diagnósticos falométricos, refleja una asociación entre genitales externos e identidad sexual. Por lo tanto, desde el discurso de la Medicina es imposible conseguir una identidad sexual, que la misma institución médica considere como normal y saludable, si no se poseen genitales externos que respondan a los parámetros establecidos médicamente, y que correspondan al estereotipo cultural existente sobre la morfología y aspecto de los genitales externos. Así, la asignación de sexo es fundada en el significado sociocultural de un rasgo físico, el tamaño del pene, y en el presupuesto de complementariedad entre sexos, lo cual sostiene una sexualidad heterosexual y coitocéntrica. El tratamiento que la Medicina hace de l*s denominados intersex muestra cómo han cambiado las formas de castigo, pasando de una regulación del cuerpo más directa, cruenta y represiva a, en manos de la institución médica, una forma de castigo más sofisticada e indirecta (Foucault, 2000).

 

Disfraces obligatorios y palabras guionadas: Butler y la performatividad del género

 

En contraposición a los presupuestos que direccionan el actuar médico, Butler señala que los ideales de masculinidad y feminidad han sido configurados como presuntamente heterosexuales pero esto no es necesariamente así. Es un prejuicio histórico considerar que un hombre que desea a otros hombres tenderá a ser necesariamente afeminado, y lo mismo en el caso de las mujeres. Así Butler cuestiona, no sólo el binarismo en términos de sexo y la consecuente distinción de los géneros en dos, sino también la categoría de género como tal.

Si el género no existe más allá de su actuación, y de la propia reiteración y actuación de las normas, éstas están siempre sujetas a la resignificación y a la re-negociación, es decir, abiertas a la transformación social. Así, se ven constantemente amenazadas por el hecho de que su repetición implique un tipo de actuación que pervierta, debilite o ponga en cuestión esas mismas normas, subvirtiéndolas y transformándolas. Para Butler, esta inestabilidad constitutiva de las normas es una oportunidad política. Propone así retar la categoría de género, por constituirse como normativa y estabilizadora, hasta hacerla estallar y dejarla sin valor a través de experiencias subversivas y prácticas paródicas que re-signifiquen lo que es el cuerpo creando nuevos significados más allá de cualquier sistema binario (Butler, 2001).

            L*s intersex hacen temblar los cimientos del binarismo macho/hembra y fuerzan a re-pensar las categorías con las que contamos respecto al género. Obligan a re-plantear si la solución es la multiplicación de los géneros legales y si eso acabará con la diferencia sexual legalizada, y con ello con su naturalidad y privilegios, o si sólo multiplicará al infinito sus clasificaciones, reglas y jerarquías. Es en ese sentido en el que Butler propone hacer estallar la categoría de género, desvalorizándola a través de experiencias subversivas y prácticas paródicas invirtiendo así la forma en la que razonamos. Ya no se trataría de preguntar ¿cómo podría vivir una criatura sin definir su sexo? Sino ¿cómo vivimos suponiendo un sexo y género fijo e inmutable?

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Manuelita Diez (Buenos Aires, 1987). Lic. en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Maestranda en Psicología Social Comunitaria (UBA).

 

 

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