¡Basta! ¡Déjame jugar tranquila!

¡Basta! ¡Déjame jugar tranquila!

 Elektra

Fake gamer girl (chica gamer falsa) son las palabras con las cuales muchos jugadores hombres se refieren a muchas mujeres que también disfrutan jugar. Básicamente, las acusan de no ser reales y asumen que tienen un objetivo de vida androcéntrico: vivir para la atracción de la atención masculina fingiendo ser algo que no son.

Para referirnos al machismo en los videojuegos, y al machismo de los gamers también, es necesario cuestionarnos y reformular conceptos. ¿Qué es un verdadero gamer? ¿Qué lo hace verdadero? ¿Y, entonces, qué lo hace falso? ¿Quién definió cuál es de verdad y cuál es de mentira? ¿Para qué querría una mujer ser gamer impostora? ¿Por qué tantos gamers hombres piensan que la mayor aspiración que puede tener una mujer en su vida es atraer su atención? ¿Por qué, siquiera, creen que una mujer desea su atención? ¿Cómo llegaron a esa conclusión?

Internet no es más que un fiel reflejo de la realidad. Los (mal llamados) trolls que asumen que no pude existir una gamer mujer, no son monstruos que se esconden bajo puentes a vomitar insultos con sus teclados sino, en su mayoría, simplemente hombres. La periodista estadounidense Zerlina Maxwell se encargó de redefinirlos de manera puntual: “No les llamen trolls. Son pendejos”.

A pesar de parecer una simpleza, no lo es. Estamos acostumbrados a tratar a diario con ellos, pero llegamos al punto de deshumanizarlos y considerarlos bots o respuestas automáticas del sistema. No lo son. Son humanos tan reales como quien escribe esta nota y quien la está leyendo. Internet sólo evidencia la sociedad de la cual formamos parte. No es que antes no existieran, sino que ahora los conocemos y los vemos diariamente porque se exponen de manera impune.

La trolleada masiva de acoso y amenazas a Zoe Quinn (desarrolladora de videojuegos independientes) y Anita Sarkeesian (socióloga que produce una serie en su canal de YouTube de análisis crítico sobre el machismo en los videojuegos) bautizado por los usuarios anónimos de 4chan como “GamerGate” no era más que un desenlace imposible de evadir y absolutamente previsible. La respuesta de las empresas desarrolladoras fue de apoyo a las mujeres que, dicho sea de paso, superan a los hombres adolescentes en la demografía de los consumidores de videojuegos. ¿Era necesario que los machistas amenazaran y acosaran públicamente a feministas para que la industria reconociera la magnitud del monstruo que engendró?

Por supuesto, no está mal que repudien la amenaza y el acoso sufrido por las mujeres que integran su clientela y/o analizan sus productos, pero es cuestionable que no asuman su evidente responsabilidad al haberse encargado de retratar a las mujeres durante décadas como princesas cuya única característica es la belleza (además de ser indefensas e inútiles que deben ser rescatadas), personas cuya única salida laboral es la prostitución, desafíos a cumplir y premios a obtener e incluso como objetos coleccionables por los que se entregan tarjetas al tener sexo virtual con ellas.

“¡Las feminazis nos van a quitar nuestros videojuegos!”

Muchos de los que pronuncian la palabra feminazi desconocen completamente su origen y la integran a su vocabulario por repetición (lo cual es potenciado aún más en Internet). Rush Limbaugh, presentador radial estadounidense, fue el nefasto creador de este apodo en los ’90s para referirse a las feministas. La periodista Gloria Steinem le cuestionó su trivialización del Holocausto y mezcla de conceptos incoherentes entre sí pero, lejos de retractarse, Limbaugh mantuvo su postura y hasta la calificó de precisa, e incluso culpó a las feminazis de que los penes se encogieran un 10% en los últimos 50 años.

Lejos de los prejuicios y la ignorancia, un reciente estudio de la Universidad de Chicago confirmó que la búsqueda de justicia está relacionada con el uso de la razón y no con las emociones desbordadas, lo cual contradice a los discursos infundados y abiertamente machistas de agrupaciones como A Voice for Men (Una Voz para los Hombres) que intentan validar y normalizar la misoginia de la mano de una fantasía auto-victimizadora basada en que las feminazis son malignas y monstruosas brujas misándricas que odian a los hombres, son inestables y desequilibradas a nivel emocional, y además abortan compulsivamente y se bañan en sangre de bebés. Algunos se lo creyeron.

Para los hombres gamers, las feminazis son partícipes de múltiples conspiraciones internacionales para quitarles sus videojuegos. Imaginando que una secta maléfica quisiera quitárselos¿a dónde se los llevarían? ¿A otro planeta? ¿Piensan que las feminazis conspiran para quebrar la industria de sus videojuegos? ¿Y con qué fin? ¿Acaso alguien los proclamó dueños exclusivos de productos de venta libre y que son pagados por todos sus consumidores por igual?

O, quizás, cuando hablan del peligro de quienes quieren quitarles esos videojuegos suyos tan sólo se están refiriendo a que quieren continuar consumiendo productos que reducen a sus representaciones femeninas al nivel de ornamentos y eventuales premios. No conformes con eso, tampoco quieren que las mujeres se permitan el lujo de quejarse por ser representadas de maneras tan mediocres.

 

Lo más lamentable es que no sólo subestiman a las mujeres sino que también a sí mismos al pensar que tener sexo con una mujer (o muchas) es lo máximo a lo que pueden aspirar en la vida. Ignoran por completo que el feminismo busca demostrarles que ellos también valen más que sus genitales, por más enamorados que estén con la idea simplista de reducirse sólo a eso y que el sexo con mujeres es sinónimo de éxito y hasta de ganar.

De alguna manera, puedo llegar a entender a las anti-feministas: creen que cuanto más maltraten a otras mujeres y las acusen de putas, ellas reducirán sus probabilidades de ser juzgadas de la misma manera y eventualmente también ser llamadas putas. Esto no es más que un autoengaño y mecanismo de defensa inefectivo ya que las reglas no son hechas ni ejecutadas por ellas y están predestinadas a perder por la simple ley de portación de genitales: a una mujer, tarde o temprano, alguien la llamará puta.

 

Para que el patriarcado continúe siendo funcional y retroalimentándose a sí mismo, es una regla básica e inquebrantable que las mujeres deben vivir con miedo a, especialmente, ser llamadas putas. En la lista le sigue gorda, una palabra que inspira terror en sí misma por el concepto que encierra: una gorda, para un patriarcado basado en el culto a la belleza, es lo más horrible que puede ser una mujer, algo que la despoja de todo rastro de humanidad y legitima que se le diga y haga cualquier cosa. ¿Cómo se atreve una mujer a no cumplir con las expectativas impuestas de los deseos masculinos condicionados por publicistas? ¿Para qué existe si no es para ser objeto de deseo y juicio masculino? La gordofobia es uno de los factores misóginos de mayor influencia sobre la imagen corporal femenina y, como tal, también está incluida en el machismo que las mujeres gamers padecen todos los días.

 

“¡Los videojuegos son arte! ¡Tómenlos en serio! Pero no cuando afecta mis intereses”

 

Gracias al constante desarrollo tecnológico, los videojuegos en general ya no son lineales ni simples. Muchos incluyen múltiples finales posibles, generalmente en base a las elecciones particulares que haga cada jugador, y mundos abiertos totalmente libres para satisfacer curiosidades. A esto se le suman bandas sonoras emocionantes, equipos de guionistas que crean y desarrollan personajes con los que podemos empatizar (o todo lo contrario), los actores que brindan su voz y su cuerpo para cada animación, y una elaboración argumental profunda que puede derivar en una mitología entera y la eventual publicación de libros. Ya no estamos hablando simplemente de gráficos agradables, sino de obras de arte complejas e integrales.

Como todo arte, contiene mensajes que a su vez provocan reacciones de todo tipo. Lo que diferencia a los videojuegos es que son obras interactivas y participativas. Aunque The Witcher 2: Assassins of Kings, ya no tenía representaciones femeninas coleccionables, el personaje principal mantuvo la posibilidad de gastar su escaso dinero en prostíbulos. Aunque las escenas cinemáticas podían saltearse, su inclusión forzada e irrelevante a nivel argumental me incomodó en la misma medida que las películas de Crepúsculo, donde el gran logro de la protagonista es casarse. Claro, los juegos de The Witcher están basados en una saga de libros del escritor polaco Andrzej Sapkowski que dista muchísimo de los de Stephenie Meyer pero, independientemente de los gustos y preferencias personales, ambas adaptaciones (a los videojuegos en un caso y al cine en el otro) son expresiones artísticas y, como tales, contienen mensajes que merecen ser analizados.

 

Como mujer, tengo derecho a sentirme ofendida por ser pésimamente representada (tal como en las telenovelas donde los personajes femeninos se obsesionan con sus contrapartes masculinas y son capaces de cualquier cosa para capturar su atención). También tengo derecho a que me moleste la inclusión de personajes femeninos secundarios que tienen como única finalidad morir y fundamentar el desarrollo argumental del protagonista masculino, tal como sucedió Ziio en Assassin’s Creed 3 (dos veces, porque en un contenido descargable la reviven y la matan nuevamente), Cristina en Assassin’s Creed Brotherhood, María en Assassin’s Creed Revelations y Mary Read/James Kidd en Assassin’s Creed Black Flag, franquicia sobre la cual uno de sus directores creativos (de la desarrolladora francesa Ubisoft) dijo que era demasiado trabajo animar un personaje femenino jugable para su última entrega.

Sólo queda ver si Élise, personaje femenino secundario que aparecerá en Assassin’s Creed Unity, también tendrá un destino similar al de sus predecesoras. Esta empresa fue la misma desarrolladora de Far Cry 3, un FPS (Disparador en Primera Persona) plagado de mensajes sobre lo que es ser un hombre de verdad que también incluía, a modo de remate, un posible final en el que el protagonista podía matar a todos sus amigos y tener sexo con una mujer (Citra) para después morir asesinado por ella misma.

 

Quizás, para mayor precisión, en casos como los de Far Cry 3 y The Witcher, se podría agregar un subgénero nuevo de videojuegos a la lista: porno digital interactivo para hombres cisgénero heterosexuales (o simplemente XXX).

 

Sobre todo esto, tenemos derecho a quejarnos y a exponer la misoginia como tal sin temer represalias, acosos, amenazas o acusaciones de ser conspiradoras nazis ni de ningún otro tipo. Como personas, independientemente de nuestra identidad sexual o gusto por los videojuegos, podemos hacer algo que no tiene nada que ver con la corrección política sino con la decencia. En palabras de Anita Sarkeesian: “Lo más radical que se puede hacer para apoyar a las mujeres acosadas en línea es creerles cuando hablan de sus experiencias”.

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