Las fronteras de la monstruosidad: una lectura interdisciplinaria de la intersexualidad

Las fronteras de la monstruosidad: una lectura interdisciplinaria de la intersexualidad

Picnic---Omar-Gonzalez-Lopez---2013

Picnic—Omar-Gonzalez-Lopez—2013

Manuelita Diez

En Occidente ser hombre o ser mujer es tan evidente como el hecho de respirar. Cada uno de nosotros asume un género como natural. Tener un género es un incuestionable privilegio de nacimiento: en cuanto abandonamos el útero materno un doctor simplemente mira nuestros genitales y nos declara niño o niña. El problema para estas categorías, hombre y mujer, aparece con la presencia de micropenes, megaloclítoris, ausencia de vagina, hipospadias- anomalía congénita por la que el pene no se desarrolla de la manera usual- y otras manifestaciones de lo que se denomina Intersexualidad.

El término intersex se atribuye al investigador Richard Goldschmidt quien lo utilizó por primera vez a comienzos del siglo XX para referirse a ambigüedades anatómicas diversas. Se llama intersex, intersexual o intersexuado a quien posee una anatomía que difiere en mayor o menor grado de los estándares masculinos o femeninos. En la actualidad, el uso biomédico del término hace referencia a variaciones anatómicas sexuales patológicas consideradas ambiguas o engañosas (Dreger, 1998). Esta definición remite a una especie de fondo cultural común, en el que la mitología, los manuales, los rumores y las noticias se combinan para crear seres sexualmente ambiguos. Se trata de una definición que provoca efectos específicos: por un lado, la tranquilidad para quienes se saben hombre o mujer y por otro lado, el confinamiento de la intersexualidad en los límites estrechos de la medicina (Cabral, 2009).

La intersexualidad es el entre odiado, ridiculizado y discriminado sobre el que recaen burlas, morbo y vergüenza. Es aquello que excede a lo que consideramos normal en torno a las sexualidades y al género y que por ello debe ser disciplinado a través de dispositivos culturales, económicos, médicos, jurídicos, religiosos y políticos que se inscriben en los cuerpos para promover un orden heterosexual y reproductivo y para hegemonizar identidades, prácticas sexuales y deseos.

La “O”, una letra despótica: Binarismos y categorizaciones

 

En Rizoma, Deleuze plantea que el pensamiento occidental está dominado por la figura del árbol como principio de dicotomía. Clasificaciones de diversas índoles se organizan de un modo binario y jerárquico. Grandes oposiciones duales: propietarios y desposeídos, blancos y negros, adultos y niños, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales. Oposiciones que jerarquizan: las primeras arriba y las segundas abajo (Deleuze, 1997). Tanto en las categorías de sexo como en las de género, macho/hembra y hombre/mujer aparecen como exclusivas y excluyentes dentro de las lógicas de lo Uno. Una rama se bifurca en dos haciendo imposible todo tipo de inclusión entre ambas. Occidente ha instaurado el uso de la disyunción exclusiva en las categorías. Así ante el nacimiento de l*s intersex se plantea la siguiente pregunta ¿hombre “o” mujer? Nunca se plantea la posibilidad de un “y”. El conocimiento validado sobre el cuerpo humano y la sexualidad se construye a partir de una serie de dicotomías: varón/mujer, masculino/femenino, normal/anormal, natural/cultural. Históricamente, sobre todo desde los movimientos feministas, se ha cuestionado la categoría de género como natural; aunque se siguió presuponiendo al sexo como un elemento tributario de una anatomía no cuestionada independiente de las configuraciones socio-históricas. Sin embargo, en 1990, Butler plantea que el sexo, entendido como la base material o natural del género – concepto sociológico o cultural-, es el efecto de una concepción que se da dentro de un sistema social ya marcado por la normativa del género. En otras palabras, que la idea del sexo como algo natural se ha configurado dentro de la lógica del binarismo del género.

La problemática que plantean l*s intersex es que sus genitales no entran en ninguna categoría de lo esperable para el sexo masculino o el femenino. Por ello desde el discurso médico se los considera ambiguos y en consecuencia anormales, planteando así la necesidad de una intervención para adaptar el cuerpo. De manera análoga, la Psiquiatría aborda como una patología la divergencia entre el sexo físico y el género que la persona experimenta y desde el discurso legal, el Estado exige una denominación genérica definida e inmutable.

Cuerpos que fallan/ mentes que mienten: La reconstrucción quirúrgica y el diagnóstico psiquiátrico

 

De acuerdo con la teoría de Laclau de la contingencia radical, todo orden social es histórico, socialmente construido y estructurado en sistemas de significación que actúan sobre lo social para hegemonizarlo. La construcción de un orden hegemónico se logra a través de la institución relativa de puntos nodales de significación en el espacio social. Entonces, si lo social es infinito, todo orden social es limitado. Siempre existe un exceso de sentido que es incapaz de dominar. Aquello no representado se constituye como un antagonismo, como un exterior constitutivo de ese orden social. El antagonismo por un lado es una amenaza para el orden social, pero al mismo tiempo es la condición misma de su propia conformación. Por lo tanto, el antagonismo demuestra el carácter dislocado de lo social. Es ante ello el orden social un intento limitado de sutura que se reproduce como tal en la medida en que logra ocultar el sistema de exclusiones en el que se funda. La tarea de regulación del orden social imperante y la delimitación de quienes son incluidos y quienes son excluidos es llevada a cabo a través de la política. El racismo de Estado desempeña un papel fundamental en la construcción del orden social, ya que se constituye como una respuesta de miedo y odio frente a las masas marginadas (Foucault, 2000). L*s intersexuales son parte de esas masas marginales, que aparecen excluidas del orden social pero que a su vez permiten su constitución. En el discurso médico, el exceso de sentido que se excluye del orden social y que se constituye como condición de posibilidad de este, es leído en clave de anormalidad. Los cuerpos no alineados son entendidos como síndromes. La medicina, al tratar el llamado sexo ambiguo, lo ubica como un capítulo de la teratología, es decir, del tratamiento de los fenómenos anatómicos monstruosos.

Es entonces cuando se produce un corte en el continuum de lo social: si una persona desea cambiar el tamaño y la forma de su nariz existe una plena disponibilidad a la cirugía, pero no se lo presiona a que ésta se realice. Pero a quien se define como intersex, se lo estigmatiza y se lo somete, necesariamente, a cirugías de normalización sostenidas en dos supuestos: por un lado, que el género sería un correlato del sexo; y por otro, que la heterosexualidad sería un universal.

De este modo, un sexo ambiguo debe ser normalizado para que la persona pueda tener en un futuro una identidad de género, y que a su vez, pueda ser funcional para el coito. La intervención consiste en construir vaginas penetrables y penes capaces de penetrar y presupone un único modo de existencia. Lejos de realizarse en términos de salud/enfermedad de un cuerpo, apunta a reforzar un saber que se supone como lo mejor para los cuerpos, lo que hará más felices y deseables a los sujetos. Las intervenciones se presentan más como una prevención psicológica que como una urgencia de vida ya que “la definición de un sexo u otro es una necesidad cultural” (Cabral, 2009, p 56), no una necesidad biológica. Además no se sostiene en una ética sino en una moral de salud que lleva, en ciertos casos, a los médicos a ocultar información.

Para la Medicina la apariencia genital externa es suficiente para hablar de intersexualidad, independientemente de que exista, o no, disfunción orgánica. La variabilidad genital, en este caso, se problematiza y así se transforma la diversidad sexual en estadios patológicos de ambigüedad genital producto de mutaciones en el desarrollo.

En la actualidad los protocolos que se siguen para decidir el sexo definitivo que se asignará a l*s recién nacidos intersexuales responden, en mayor o menor grado, a diferentes criterios: anatomía, cariotipo, tipo de gónadas, capacidad funcional, posibilidades de reconstrucción quirúrgica y decisión o expectativas de los padres. Sin embargo, en última instancia, la morfología genital es el indicador principal para decidir el sexo futuro del recién nacido. Así la pregunta “¿qué forma y tamaño deben tener los genitales externos de un recién nacido para que sean considerados clítoris o pene?” adquiere un valor fundamental. El tamaño que se considera normal para un pene, termina definiendo el sexo al que se asignará al niño. En este sentido, Suzanne Kessler, psicóloga social feminista, hace referencia al androcentrismo en el diagnóstico y tratamiento a intersexuales y plantea además hasta qué punto el hecho de que comiencen a estandarizarse estas medidas tiene un efecto contraproducente al constituirse como patrones de comparación.

La preocupación por nombrar lo que posteriormente será corregido tecnológicamente, así como cierta obsesión por la apariencia de los genitales externos, evidenciada en estos protocolos diagnósticos falométricos, refleja una asociación entre genitales externos e identidad sexual. Por lo tanto, desde el discurso de la Medicina es imposible conseguir una identidad sexual, que la misma institución médica considere como normal y saludable, si no se poseen genitales externos que respondan a los parámetros establecidos médicamente, y que correspondan al estereotipo cultural existente sobre la morfología y aspecto de los genitales externos. Así, la asignación de sexo es fundada en el significado sociocultural de un rasgo físico, el tamaño del pene, y en el presupuesto de complementariedad entre sexos, lo cual sostiene una sexualidad heterosexual y coitocéntrica. El tratamiento que la Medicina hace de l*s denominados intersex muestra cómo han cambiado las formas de castigo, pasando de una regulación del cuerpo más directa, cruenta y represiva a, en manos de la institución médica, una forma de castigo más sofisticada e indirecta (Foucault, 2000).

 

Disfraces obligatorios y palabras guionadas: Butler y la performatividad del género

 

En contraposición a los presupuestos que direccionan el actuar médico, Butler señala que los ideales de masculinidad y feminidad han sido configurados como presuntamente heterosexuales pero esto no es necesariamente así. Es un prejuicio histórico considerar que un hombre que desea a otros hombres tenderá a ser necesariamente afeminado, y lo mismo en el caso de las mujeres. Así Butler cuestiona, no sólo el binarismo en términos de sexo y la consecuente distinción de los géneros en dos, sino también la categoría de género como tal.

Si el género no existe más allá de su actuación, y de la propia reiteración y actuación de las normas, éstas están siempre sujetas a la resignificación y a la re-negociación, es decir, abiertas a la transformación social. Así, se ven constantemente amenazadas por el hecho de que su repetición implique un tipo de actuación que pervierta, debilite o ponga en cuestión esas mismas normas, subvirtiéndolas y transformándolas. Para Butler, esta inestabilidad constitutiva de las normas es una oportunidad política. Propone así retar la categoría de género, por constituirse como normativa y estabilizadora, hasta hacerla estallar y dejarla sin valor a través de experiencias subversivas y prácticas paródicas que re-signifiquen lo que es el cuerpo creando nuevos significados más allá de cualquier sistema binario (Butler, 2001).

            L*s intersex hacen temblar los cimientos del binarismo macho/hembra y fuerzan a re-pensar las categorías con las que contamos respecto al género. Obligan a re-plantear si la solución es la multiplicación de los géneros legales y si eso acabará con la diferencia sexual legalizada, y con ello con su naturalidad y privilegios, o si sólo multiplicará al infinito sus clasificaciones, reglas y jerarquías. Es en ese sentido en el que Butler propone hacer estallar la categoría de género, desvalorizándola a través de experiencias subversivas y prácticas paródicas invirtiendo así la forma en la que razonamos. Ya no se trataría de preguntar ¿cómo podría vivir una criatura sin definir su sexo? Sino ¿cómo vivimos suponiendo un sexo y género fijo e inmutable?

 

Manuelita Diez (Buenos Aires, 1987). Lic. en Psicología por la Universidad de Buenos Aires. Maestranda en Psicología Social Comunitaria (UBA).

 

 

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