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Maldonada*, la leona

Por Nerina Vallejo

*Still del video «La Madonada», de Mara Carrión y Carla di Lorenzo:  https://goo.gl/asZsqF

Esa mañana caminaba desnuda con las costillas pegadas a la piel por el Buenos Aires de Mendoza plagado de muerte por la conquista. Había huido del lado de mis supuestos “compatriotas” en busca de comida, cansada de tanta violencia, muerte y viruela.

     Pocas ilusiones me quedaban de sobrevivir entre esos dos mundos que luchaban por el mismo suelo: Uno que ya no era más el mío por no identificarme con la sanguinaria muerte, violaciones y maldad que proclamaba, y otro, que por ser tan desconocido y diferente resultaba inaccesible para una mujer como yo. Era una don nadie en una tierra en disputa por ser de alguien.

     Abatida por el hambre y cansada de caminar decidí dejar de resistirme y entregarme a los brazos de la muerte, harta de sentirme desposeída de mí, perdida en un mundo enfermo donde me habían arrebatado el cuerpo más de mil veces, aquellos sucios y cobardes marineros, ladrones y asesinos…

     Moribunda quise sentir el calor de las piedras. Fue entonces cuando caí a las puertas de una cueva. Cerré los ojos y me dejé ir con una calidez inventada.

     De pronto, algo me devolvió a la oscuridad y frialdad de la cueva: Un rugido que hacía eco desde el fondo, algo que conmocionó mi alma y la atrajo de nuevo al estado de alerta. No todo había acabado para mí, todavía.

     Abrí los ojos despacio para darle una última oportunidad a mi vida y allí estaba ella.
Me miró fijamente y en sus ojos vi lo que miserablemente el mundo me había arrebatado.
Era fuerte, salvaje, desafiante y no tenía miedo. Nos miramos y ambas vimos nuestras cicatrices en el alma. Quizá las dos estábamos perdidas en aquel lugar, quizá no pertenecíamos a ningún suelo, a ninguna causa por la que luchar más que la de nuestros propios huesos… Oh, ¡Mis huesos! que la hicieron compadecerse para después darme calor junto a su pecho.

Pasados unos días pude levantarme. Salí de la cueva con la mirada distinta y con la cabeza erguida. Fui en busca de comida por aquella nada que me rodeaba sin expectativas pero con un andar diferente.

     Mientras caminaba escuché pasos y, repentinamente, alguien se abalanzó sobre mí por la espalda. Era un indio e iba acompañado de dos más. Me ataron y me llevaron a su poblado.

     Cuando llegué todos me miraban, aunque con menos maldad en los ojos que los de mis propios “hermanos”. Me tuvieron prisionera, me alimentaron y aunque nunca me sentí parte de la tribu, me hice más fuerte.

     A medida de que los días pasaban me acordaba más de mi salvadora, aquella que me hizo pertenecer a su tribu de la cual verdaderamente me sentí parte, la que me dio un abrigo en vez de golpes, me alimentó con sus senos en vez de ponerme cadenas.

     Una tarde me senté en una roca y me distraje con la paz del agua. De pronto, el reflejo empezó a borrarse y escuché gritos de hombres en español, el golpe de las armas y las botas chocando contra el suelo. Corrí lo que más pude hasta que me ardieron las piernas pero no bastó para escapar de ellos, sucios violadores, apestosas ratas cobardes. Volvieron a poner sus manos sobre mí pero esta vez no tuve miedo, sino que toda mi ira salió como un rugido violento y se convirtió en puñetazos, escupidas, patadas e insultos.

     Me golpearon en la cabeza y me ataron. Me llevaron al poblado para entregarme a Francisco Ruiz Galán quien me condenó por algo que los varones asesinos hacían todo el tiempo: tener contacto con los “nativos”.

     El “piadoso” enviado de su católica majestad ordenó que me desnudasen y me atasen a un árbol a orillas del arroyo Maldonado para que me devoraran las fieras.

     Otra vez estaba herida, violentada y humillada… pero no me dolió. Tampoco tuve miedo de que las fieras vinieran ya que nada peor podía pasarle a mi cuerpo, ni ser devorado por éstas lo lastimaría, sus mordiscos jamás llegarían a ser tan crueles como lo fueron aquellos hombres conmigo, con los indígenas, con la vida.

     Esperando sin miedo mi muerte cerré los ojos y dormí, deseando que ese sueño se convirtiera en el calor que me faltaba, en el que me había dado la leona que una vez también fui.

En el medio de la misma noche, bajo el cantar de los grillos y los sonidos de animales que desconozco, escuché unos pasos que no eran ni de indios ni de españoles. Abrí los ojos y ahí estaban los suyos penetrando la densidad y espesor de la noche con toda su luz.
Se echó a mis pies y me protegió toda la noche.

     A la mañana siguiente desperté en el medio del bosque acostada en la hierba. Confundida bajé la mirada buscando mis pies, que de pronto, eran patas, a mis manos que tenían garras y corriendo hacia la orilla del río busqué mi alma que sentía tampoco ser mía. Me asomé y reconocí sus enormes y salvajes ojos. Allí estaba, tan salvaje, la eterna mirada de la leona.

*Basada en la leyenda contada por Ruy Díaz de Guzmán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Tomar la cámara, intervenir el género: piensos desde el Taller de Cine Feminista

por Cuerpos parlantes

 

Hace unos días nos encontrábamos en uno de los edificios gubernamentales del estado de Jalisco, en cuya bóveda pudimos apreciar un mural que representa en manos de quién ha estado la cultura, la política, el arte, la guerra, la religión, la literatura, la ciencia y la educación. Hombres vestidos hasta el cuello con propiedad para dictar su palabra sobre estos ámbitos, con gesto duro en el rostro, manifestando su firmeza  para el logro de sus empresas (excepto los cuerpos racializados,  que aparecen desnudos y encadenados). Flotando sobre ellos, cuerpos femeninos desnudos, exuberantes,  como premio y representación de las gloriosas proezas de esos célebres varones. Al igual que el cine, la televisión y la publicidad, este tipo de obras pictóricas está pensado para la mirada masculina, vigilante del orden social, binario y jerárquico, en el sentido de que su efecto es recordar a cada género la misión a la que está llamado, quién es el vencedor y cuál es su conquista. Este tipo de representaciones, además, se encuentra en los libros de educación básica en México proporcionados por la Secretaría de la Educación Pública, y siguen cumpliendo la función de reproducir las relaciones tradicionales entre los géneros, a través de ilustraciones en las que las mujeres ocupan lugares secundarios o subalternos.

     Sin embargo, hay otra forma histórica de representar a las mujeres en los medios audiovisuales y narrativos que tiene su raíz a finales de la Edad Media europea, entre los siglos XIII y XVI, período en el que nueve millones de mujeres fueron quemadas, torturadas y asesinadas bajo la acusación de ser brujas, esto es, mujeres con saberes al servicio de curar enfermedades, del control de la natalidad y del cuidado de lo común. Como ha explicado con detalle Silvia Federici (2004), la cacería de brujas fue la primera persecución multimedia en la que todos los medios culturales de la época medieval -la pintura, el teatro, la literatura y los relatos de los juglares- fueron utilizados para estigmatizar a estas mujeres pues suponían una afrenta al naciente sistema capitalista, que a la fecha requiere de controlar los cuerpos de las mujeres para las funciones reproductivas. Una de las primeras tareas de la imprenta fue alertar a la gente del peligro de las brujas con la impresión de panfletos donde se publicaban los juicios más famosos y los detalles más atroces de las torturas. El filme Häxan. La brujería a través de los tiempos de 1922, mezcla de documental y ficción, reproduce de forma un tanto ridícula -vista desde nuestros días quizá- los mitos construidos en torno a las brujas en la época medieval.

     La importancia de pensar las representaciones que configuran nuestra cultura audiovisual de cinco siglos a la fecha radica en los efectos sociales y subjetivos que ésta tiene en nuestras relaciones, en nuestra identidad, en la posición que ocupamos en el mundo. Tomando como herramienta el psicoanálisis, la teórica feminista de la imagen Laura Mulvey (1974) analizó cómo se estructuran las formas de hacer y de ver cine de acuerdo a un orden sexual jerárquico y patriarcal, que induce a experimentar básicamente dos tipos de placeres: el de la escopofilia (el sometimiento de los otros a una mirada controladora y curiosa) y el narcisismo (la identificación con aquellos que salen en la pantalla). Esto significa que los discursos audiovisuales no nos influyen por simple imitación y repetición de lo que vemos aparecer en pantalla, sino que abren campos de significados ampliamente compartidos (el consumo masivo) que nos dan la posibilidad de pertenecer a una colectividad en la medida en la que deseamos y emulamos a sus protagonistas, los estilos de vida que proponen, y que nos permiten apropiarnos de ellos mediante la mirada.

Al día de hoy prevalece una cultura audiovisual en la que el lugar central en las imágenes y los relatos que consumimos es ocupado por la representación de la masculinidad hegemónica cuando se trata de personajes activos, heroicos, solventes, determinados, mientras que las figuras femeninas, los cuerpos racializados y cualquiera que represente la otredad respecto al sujeto varón blanco ocupan papeles secundarios, de apoyo y de antagonismo. Las representaciones de las mujeres cobran notoriedad cuando se trata de cuerpos-objeto de la mirada masculina, y cuyos personajes no tienen más proyecto que seguir las aventuras del hombre protagonista o ser parte del botín por sus actos valerosos.

Los efectos de estas representaciones -producidos por vía de la identificación como decíamos antes- son un continuo de violencia simbólica llevada a todos los espacios sociales de la vida cotidiana. Si las mujeres son representadas como “objetos de posesión que pueden ser comprados y vendidos, que pueden ser violados y abusados, que suelen sentir placer obedeciendo y sometiéndose, y que están ahí para satisfacer los deseos de cualquier varón que tenga algo de dinero” como señala Coral Herrera (2015), no es extraño que la violencia contra las mujeres esté a la orden del día en la casa, en el trabajo y en la calle y que, con más frecuencia de la que esta sociedad está dispuesta a aceptar, culmine en feminicidio.

Los medios audiovisuales son, como expresa Teresa de Lauretis (1989), tecnologías de género, en tanto que la violencia simbólica que representan estructura el sistema binario de género. “Hombre” y “mujer” corresponden a los dos polos de una relación desigual de poder que les define como tales: activo-pasiva, héroe-princesa rescatada, etc. “Hombre” y “mujer” son en realidad representaciones que vemos en esos medios y que luego actuamos (representamos también) de forma más o menos consistente en los espacios de nuestra vida cotidiana; actuaciones que a su vez contribuyen a construir las representaciones que consumimos en los medios audiovisuales para cerrar un círculo que constriñe nuestros cuerpos en el marco de unas normas que se hacen pasar por “la naturaleza”. Por eso pensar los medios audiovisuales como tecnologías de género no solamente nos permite analizar el modo en que los géneros son construidos por sus representaciones simbólicas, sino que nos abre la posibilidad de intervenir la construcción de esas representaciones y, por tanto, las propias relaciones de género.

Esa es la apuesta del cine feminista: apropiarse de las herramientas audiovisuales como tecnologías de género, escribir historias desde puntos de vista inéditos y tomar la cámara para filmarlas. Historias donde las mujeres y las personas que rompen con identidades normativas toman el control de sus cuerpos, sus deseos y sus vidas. Historias que hablan de las alianzas entre mujeres, donde el amor romántico y heterosexual no sean el fin último ni el centro del relato, que promuevan otras afectividades y otros cuerpos. Alianzas que no están solamente frente a la cámara, también detrás de ella.

En las reflexiones y el trabajo realizados particularmente en el Taller de Cine Feminista de Cuerpos parlantes, las miradas sobre los cuerpos como espacios de apropiación para el placer y la acción política han transitado paulatinamente hacia los entornos que esos cuerpos habitan en la ciudad: la calle y el barrio. Las amenazas que se ciernen sobre estos espacios, como el acoso sexual callejero y el despojo urbano, impactan directamente sobre las posibilidades vitales de nuestros cuerpos. En el cine comercial abundan las representaciones de violencia, que van de los conflictos bélicos hasta la violencia doméstica; en las calles vuelan automóviles por los aires y las pandillas se enfrentan a muerte, pero poco vemos en las pantallas de esa violencia cotidiana para tantas mujeres que es el acoso sexual callejero, el cual define en buena medida la histórica división sexual del trabajo y de la vida entre espacio doméstico privado y espacio público, que nos confina a las mujeres a las funciones reproductivas limitando nuestra acción política.

La apuesta del cine feminista no es solamente por representar esas violencias, sino también por documentar, visibilizar y construir referentes para combatirlas. Los grandes directores del cine mundial son especialistas en estetizar el sufrimiento femenino sin trascender la victimización. Se hace urgente entonces dar cuenta de que el combate a las violencias ha de articularse de forma colectiva -contrario a la tradición de los héroes masculinos que solos todo lo pueden- visibilizando, por ejemplo, las historias sobre la defensa de los barrios, los territorios y de los bienes comunes contra el despojo que suelen ser enarboladas por mujeres, heroínas cuyos logros no van a la pantalla grande.

Un trabajo ejemplar de recuperación y documentación del arte hecho mujeres desde una perspectiva feminista es el realizado por Ingrid Guardiola y Marta Sureda (2014) con el título La dimensión poco conocida: pioneras del cine que tuvimos oportunidad de ver durante la segunda edición del Taller de Cine Feminista, y que consta de cuatro episodios dedicados a guionistas, directoras, montadoras y actrices respectivamente.  Queremos destacar el capítulo dedicado a las montadoras, encargadas de ensamblar y dar sentido al discurso no solamente de grandes películas, sino de buena parte de la obra de las carreras de muchos renombrados directores, ejemplo de cómo el trabajo femenino que sostiene a la industria es invisibilizado y poco reconocido a pesar de su relevancia.

La labor del montaje en el cine es muy importante porque consiste en interpretar los gestos visuales que darán forma y ritmo a la narración a partir del trabajo en bruto del director. Jean-Luc Godard decía que dirigir es una mirada, editar es un latido del corazón. De hecho, en las salas de montaje de muchos de los más destacados directores del cine clásico y contemporáneo, siempre hubo una mujer “cocinando” la película. Lyudmila Feiginova fue responsable de la edición de todas las películas de Andrei Tarkovski, director de culto. Juliane Lorenz montó todas las de Fassbinder y Halina Prugar trabajó durante veinte años para Adrzej Wajda. Rose Smith editó muchas películas de D.W. Griffith y en varias de ellas no fue acreditada, como en la referencial Tolerancia de 1916. Lo mismo le hizo Roberto Rossellini a Jolanda Benvenuti, quien editó la primera película de aquél Roma ciudad abierta y no apareció en los créditos. En el cine de Hollywood Thelma Soonmaker ha editado buena parte del trabajo de Martin Scorsese y Sally Menke del de Quentin Tarantino. La cineasta y académica Hito Steyerl se preguntaba “¿por qué el film de Dziga Vertov El hombre de la cámara, no se llamó La mujer en la sala de montaje?” en relación a la magnífica labor de montaje Elizaveta Svilova en las películas de éste. Todo el mundo sabe el nombre del director, pero nadie de la editora. Por cierto, Agnés Guillemot fue montadora de buena parte de la obra de Godard, murió en 2005 y a la fecha google no encuentra una sola imagen suya.

El Taller de Cine Feminista de Cuerpos parlantes lleva dos ediciones en las cuales hemos convivido, aprendido y llevado a cabo nuestras historias con veinte compañer*s. En la primera edición (junio de 2014) se realizaron tres cortometrajes que se pueden ver aquí: http://wp.me/p3GStH-3Q

Referencias

De Lauretis, Teresa (1989) “La tecnología del género”

Federici, Silvia (2004) Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de sueños, 2010.  Disponible en http://www.traficantes.net/libros/caliban-y-la-bruja

Guardiola, Ingrid y Sureda, Marta (2014). La dimensión poco conocida: pioneras del cine. Disponible en http://www.pioneresdelcinema.cat

Herrera, Coral (2015) “Los hombres y la violencia de género” Disponible en http://haikita.blogspot.mx/2015/08/por-que-los-hombres-matan-las-mujeres.html

Mulvey, Laura (1974) “Placer visual y cine narrativo” Disponible en: http://www.estudiosonline.net/est_mod/mulvey2.pdf

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Cuerpos parlantes es un espacio para el encuentro, la puesta en común y el aprendizaje colectivo en torno a los feminismos y aquellas formas de conocimiento que incrementen nuestro potencial de organización.

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Mi madre me dijo

por Pola RG
por Pola RG

por Pola RG

Amo a mi madre. Mi madre que huyó con su novio cuando tenia dieciséis años en un arrebato, furiosa contra las reglas que le estaban imponiendo sin tomar en cuenta ni sus deseos, ni su voluntad; que no le daban razones y que sólo le gritaban. Se largó y era una forma de rebelarse y recuperar autonomía tomando sus propias decisiones. A pesar de eso, les dejó dinero y una nota que nunca encontraron. Cuando se fue, sus plan era irse con su novio y estudiar en donde llegaran, pero si él no regresaba o lo veía poco comprometido lo botaba para irse hacia Villa Hermosa con sus primas a estudiar y trabajar con ellas en su estudio, o estudiar y ser enfermera, pero estudiar.

     Mi madre que se quedó en casa de mis abuelos paternos cuando se enteró que estaba embarazada, que se casó con mi papá hasta que tuvo dieciocho porque no tenía contacto con su familia desde que se fue y no podía conseguir el permiso para casarse. No estudió, mi abuelo paterno no la dejaba salir de la casa porque era muy joven y muy guapa, no fuera a enamorar a los vecinos y entonces qué cuentas le daba mi abuelo a mi padre. Mi mamá no asomó la cabeza fuera de esa casa hasta que mi hermana mayor empezó a ir al kínder.

      Mi mamá que vivió con mis abuelos y mis tíos y mis tías, y eventualmente sus hijas y sus hijos. Todos juntos en esa casa, bajo el cuidado del gran patriarca, macho y fuerte que desde su horno de fundición decía y decidía quién era y quién no era de la familia. Mi hermana me cuenta esto y me dice que fue feliz, mi mamá me cuenta esto y me dice que sí y que no, que más de una vez se peleó con mi abuelo, que siempre se mantenía al margen cuando no le incumbía pero que no la pasó tan mal, que mis tíos eran divertidos y que mi abuela era adorable.

     Mi hermana me cuenta que mi mamá iba a abandonarlas (a ella y a otra hermana) en el orfanato para dejar a mi papá y regresarse con su familia, también me dice que mi mamá se veía con un hombre en el parque a escondidas de todos; mi mamá me dice que no, que siempre estaba encerrada en la casa y que solo salía a llevar a mis hermanas a la escuela, que ella extrañaba mucho a mi papá que se aparecía cada quince días y que era el héroe de mis hermanas porque obviamente no estaba ahí para regañarlas.

     Mi mamá que al final buscó a su familia y así como se había ido con mi papá decidió regresarse con su familia, y que si mi papá quería ahí le dejaba a sus hijos (porque ya había más) a ver si así ya los iba a ver mas seguido. Mi mamá que al final se fue con todos sus hijos y con su marido, a ver que pasaba ahora sí que ya era adulta y tenían que mantener una familia ellos dos solos.

     Mi mamá me cuenta que ahí por los ochentas cuando sus siete hijos e hijas ya eran adolescentes quería tener otro bebé, pero que cuando se embarazó el doctor le dijo que estaba loca, que ya estaba muy vieja y que seguramente ese producto que tenía adentro iba a nacer muerto o peor (porque para el doctor era peor que yo naciera diferente a que mi mamá tuviera un feto muerto), que seguramente se muere ella y entonces mi papá se quedaba sin mujer y con un chingo de hijos (más la recién nacida que podría haber sido «diferente» y ¡uta que horror!), sin pensarlo le dio un pase para hacerse un legrado aunque ya tenía más de tres meses. Mi mamá se enojó, ignoró al doctor e hizo lo que quiso. Después de unos meses le llevo a su bebé que no estaba muerta y no había nacido con nada “mediblemente diferente” al consultorio para restregarle que se había equivocado, que le pidiera una disculpa a ella y a su bebé que estaba ahí seguramente haciéndose caca.

      Y yo digo que en su lugar por la misma razón por la que mi mamá se fue, yo habría tenido no uno sino todos los amantes que hubiera querido, que mi cuerpo es mío y que la opinión de los demás vale para nada. Que yo sí hubiera dejado a las hijas que no hubiera querido tener y que además no estaban ayudándome a educar, que yo sí hubiera salido a tomar clases porque al final ese señor que dice ser mi marido viene cada quince días y que no es quién para decidir por mí. Que hubiera abortado desde la primera que no fue esperada, y a los que estaban naciendo mientras no había seguridad ni independencia y hasta la última aunque si la hubiera querido si es que mi vida corría peligro.

     Le digo todo esto a mi mamá, espero que no se enoje ni se ofenda pero me dice que sí, que ella tomó sus decisiones y tuvo su vida, que yo de seguro tomaría otras, que la cosa es que si ella decidió así, yo pueda decidir lo contrario, así que yo sinceramente amo a esa señora que es mi madre.

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Sencillamente, he abortado

por Charlee Chamuko

por Júlia Araújo

 La historia no es nueva. Muchas de nosotras –chicas blancas, heterosexuales, brasileñas, con ciertos privilegios económicos y acceso a una educación formal– seguramente conozcamos casos parecidos. Es cierto que tantos otros casos son distintos, más dramáticos y en situaciones de mayor exclusión, abandono y riesgos. Sin embargo, hay una problemática común: la falta de garantías a derechos sexuales y reproductivos y la criminalización del aborto. Y es porque he entendido que lo personal es político. Porque he reconocido –junto a tantxs amigxs, compañerxs de lucha y de reflexión– que mi cuerpo es un campo de batalla altamente politizado y que los relatos son, también, potentes instrumentos de lucha. Por eso, comparto aquí mi historia.

     Estaba en el primer año de la universidad y aún no había cumplido los 18 años. Hormonas a flor de piel y una relación sexo-afectiva heterosexual de poco más de un año. El sexo sin protección ya se había convertido en una constante: la base, más que la confianza mutua, era aquél deseo arrebatador típico de la juventud. Hasta que un día, no me vino la regla.

     Sin estar segura aún de nada, fuimos al centro de la ciudad. Compramos unas bebidas de hierbas medicinales abortivas. Días después, empecé a sangrar, como una menstruación de poca intensidad, y pensé que estaba todo resuelto. Pero el sangrado duró más que lo habitual y empezaron las náuseas. Fue cuando nos dimos cuenta de que, realmente, estaba y seguía embarazada. Más o menos en el primer mes de gestación.

     Recuerdo bien el día que les hablé a mis amigas de la situación: después de un largo trayecto de mi casa a la universidad, de haber bajado del autobús corriendo y, por no haber logrado llegar al baño a tiempo, vomité en la acera frente al edificio donde estudiaba. Aquel mismo día teníamos clase con una profesora que era un referente de mente crítica para nosotras. Por su profesión –no su trabajo como profesora– y activismo, ella ya había visto y acompañado varios casos de embarazos y abortos. Recuerdo que la clase estaba sentada en círculo para un debate y que vi cuando una de mis amigas le pasó a la profesora un papelillo doblado. Recuerdo lo nerviosa que estaba y del tanto que me sudaban las manos. Después de la clase, tranquilamente, ella se me acercó y me preguntó cómo estaba. Mi respuesta fue en lágrimas. Ella, entonces, me tranquilizó. Me preguntó de cuánto tiempo estaba y me dijo que lo arreglaríamos todo. Recuerdo sus últimas palabras en aquella conversación: que yo tendría mucho tiempo aún para decidir si quería vivir un embarazo. Ella se encargó de comprar las pastillas, de administrarlas y de orientarme. Le estoy muy agradecida y siento mucho cariño y admiración por aquella mujer. Pero el caso no había terminado.

     Pasados unos cuantos días, tuve una hemorragia. No en cualquier lugar. Fue dentro de un teatro, con parte de mi familia –que no sabía de nada de lo que me había pasado–  presente. Me levanté de la silla y vi que la sangre escurría por mis piernas. Me quedé sin acción, sin saber qué hacer, llamando a mi madre. Los de seguridad estaban desalojando el teatro: había otra función a continuación. Uno de ellos me pidió que saliera rápido. Con la voz temblorosa, le contesté que estaba sangrando. A lo que él, como quien no me había escuchado, me contestó: por favor, salga de inmediato.

     En los días que se siguieron, volví a hacer una prueba de embarazo y fui a una consulta médica, acompañada de mi abuela. La consulta era en un hospital de maternidad para casos ginecológicos y obstétricos. Tuve que entrar sola, pues no permitían acompañantes. Me hicieron algunas preguntas, entre ellas, si yo había tomado algún medicamento para abortar. Yo sentía miedo y, de cierta forma, vergüenza por todo. Negué. Insistieron. Me preguntaron si yo estaba segura. Continué negando. Ya no recuerdo si era médico o médica, pero recuerdo perfectamente el tono acusatorio de sus palabras y la mirada inquisitiva. Me llevaron a otra sala, para que me hicieran una ecografía intra-vaginal e, inmediatamente después, me dijeron que me tenían que hacer un legrado. Les dije que tenía una pariente fuera y que necesitaba, al menos, avisarle. No me dejaron salir y, desde un pasillo abarrotado de personas y con los médicos apresurándome, le grité a mi abuela que me iban a hacer un legrado en aquél exacto momento. La pobre señora, que ya llevaba un largo rato esperando, se quedó sola, con cara de preocupación y de quien no estaba entendiendo nada.

     A partir de entonces, y ya pasados unos días, mi ginecóloga me recetó pastillas anticonceptivas como si fueran caramelos. Durante los meses siguientes, mi libido se redujo significativamente. Entonces, para mí, todo era una consecuencia de lo que yo había vivido, una especie de auto-punición por haber abortado. Y no descarto que tuviera algo de esa relación. Pero el caso es que sólo volví a sentir mis deseos sexuales en toda su plenitud 7 años después, cuando decidí abandonar las pastillas.

     Sí, fue difícil para mí superar aquel episodio. Pero no en el sentido de trauma, que es como se construyen muchos argumentos que he escuchado en torno al aborto. Fue difícil porque yo –como tantas otras–, pese a tener una madre y un padre con posturas considerablemente progresistas, no recibí una educación sexo-afectiva plural y menos desde una perspectiva de la autonomía. No fui informada de que no había nada de malo en decidir realizar un aborto. Recibí una educación de fuerte base judía-cristiana, que me ha inculcado un sentimiento de culpa pernicioso. Y, principalmente, crecí –como tantas otras– siendo constantemente recordada de que mi cuerpo y mi condición de mujer biológica me otorgaba vulnerabilidad y de que la maternidad es sagrada. Sin embargo, aún así, a los ojos de mucha gente, cualquier trauma que pudiera haber surgido estaría, invariablemente, ligado al mero acto de realizar una interrupción voluntaria del embarazo.

     Es cierto que mi experiencia no se compara con las de tantas otras mujeres que terminan no teniendo las mismas condiciones, materiales y sociales, y que ponen sus vidas en riesgo por falta de una atención médica adecuada, legal y gratuita. Eso, por no hablar de las condiciones que llevan a esos embarazos. Mi experiencia, a pesar del peso y de lo violenta que pudo haber sido para mí, fue, también, liberadora y principal detonadora de un sentir feminista que hacía mucho ya estaba latente. Una experiencia que, dado el tiempo que he tenido para reflexionar sobre ella, tal vez, hubiera podido ser contada en una narrativa más creativa, o, tal vez, mejor estructurada. Sin embargo, lo que os cuento es visceral. He tardado 12 años en escribir sobre ello sin cualquier resquicio de dudas en hacerlo. Para poder decir, sencillamente, con determinación: he abortado y me siento bien con mi decisión.

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Júlia Araújo: Feminista. Activista sonora con Enredadas Mujeres, en Radio Malva, por las ondas y por el mundo. Sospechosa de participar en conjuros y brujerías varias con Colectiva Transtorna. Aprendiz indisciplinada de poeta. Infiltrada en la academia, donde intenta transitar y traficar prácticas activistas entre muros y calles con el amparo del Colectivo de Estudios de Género Transformacción. Parte de su disfraz consiste en (des)aprender como doctoranda de Estudios de Género en la Universidad de Valencia, con previo entrenamiento en un cúmulo de maestrías por la misma universidad, una de Género y Políticas de Igualdad y otra en Cooperación al Desarrollo, y una licenciatura en Comunicación Social con especialidad en Relaciones Públicas en la Universidad Federal de Alagoas (Brasil).

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Por un aborto seguro, libre, legal y sobre todo, accesible

ilustración por Gelen Jeleton
ilustración por Gelen Jeleton

Por Ana Hernández

La historia que se narra a continuación está basada en hechos reales. Los nombres serán omitidos para proteger la identidad de las personas y A.C.

     Tengo que sintetizar lo más que pueda esta historia y espero poder hacerlo. Cuento con 7 semanas de embarazo, y el aborto es mi entrada, no mi salida. Mi entrada a la expropiación de mi propia cuerpa. Mi entrada a la liberación de mí misma. Mi entrada a la redención de no ser madre. Mi entrada a mi paraíso y mi propio infierno. Mi entrada a reivindicarme y abortarme también, sobre todo este miedo que me embarga y carcome.

     Llevo días sin poder comer, debido a que las náuseas se han incrementado y con ello, el vómito. Duermo la mayor parte del día y noche, me quedo sin energías. Lloro, lloro mucho, sufro. No por arrepentimiento, no entiendo qué me pone así de sentimental y trato de arrancarlo.

     El aborto y yo nos conocemos de antes, si es cuestión de contar cuántas veces, son 3. No quiero adentrarme a los anteriores, pero definitivamente este es distinto. En cuanto supe que estaba embarazada, usé la misoprostol, como las veces anteriores. Pero esta vez no funcionó. No tuve sangrado, no expulsé el saco embrionario, nada.

     Busqué asesoría mediante amigas, algunas asociaciones, y es momento de que se pongan de acuerdo con la dosis de ingesta, nadie coincidía y yo no sabía qué hacer.

     “¿Hago otra toma? ¿Mañana mismo o espero una semana?” “Toma 4 misoprostol oral cada 4 horas…” “No, no, no, toma 4 cada 24 horas” “no, espera, no hagas eso, introdúcelas vaginalmente cuatro pastillas…”

     Me sentía perdida y confundida, así que decidí ir al gine (de todos modos tenía que ir). Ahí me hicieron un ultrasonido, me comentó que tengo 7 semanas de embarazo y que el producto no se encontraba vivo:

“Yo no me dedico a ‘eso’ pero viendo tu caso, viendo que el producto se encuentra muerto y está adherido a la pared uterina, te haremos un legrado…”

     ¡UN LEGRADO! Lo que he estado evitando todo este maldito tiempo. Me rompí a llorar. El doctor, él, piensa que lo hago porque me nació una especie de instinto maternal. Que me caiga un rayo el día en que eso suceda, puesto que nunca quiero ser madre. Es el costo, compañerxs, lo que me puso así. Un poco más de $10,000 me sale este procedimiento. Si esto no es para llorar, díganme entonces qué es.

     El acompañamiento en este proceso corre a cargo de mi propia madre, ustedes dirán si no es bastante irónico mi caso.

     ¿Fechas de todo esto? Está de más contarlo, creo yo. Sólo asuman algo, es verano, es agosto y mañana tendré mi primer legrado. Estoy que me cago de los nervios y miedo. Abortar es bonito, un legrado es agresivamente más bello, tal vez. Me anestesiarán toda, me rasparan para desprender el cigoto. Me liberarán de ellx.

     Y al fin, podré respirar.

     ¿Esta historia continuará? Sí… Mi lección la tengo aprendida. Y no malinterpreten, no digo “NO” al aborto. Pero he sido muy agresiva con mi cuerpa este año, necesitamos descansar, tal vez brindar compañía e información a mujeres que se caguen de miedo como yo al escuchar la palabra legrado. Y que mi historia sirva no para generar miedo, sino todo lo contrario: valor. Es mi oportunidad de ser valiente y no pienso desaprovecharla.

     ¿Esta historia continuará? Tal vez, si así usted le desea. Si quiere saber qué es lo que sucedió a la mañana siguiente, alrededor de las 10 am seré llevada a la clínica, en ayunas.

¡Qué rabia! HABLEMOS DEL ABORTO

Santa Virgen de las no vírgenes, líbranos de toparnos al gine pro-vida. Que al momento de decirnos cuántas semanas de embarazo tenemos y replicar con “no quiero ser madre” no te corra ni te llene de prejuicios, ni amenace con demandarte.

Que la ilegalidad no sea un impedimento. Que sea accesible para todas aquellas que desean interrumpir su embarazo. Que la información no cueste y que sea inmediata. Que las A.C se pongan de acuerdo con las ingestas de misoprostol. Que el miedo no nos invada. HABLEMOS DEL ABORTO.

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Mi nombre es Ana Hernández. Soy originaria de Veracruz pero casi siempre siento que no pertenezco a ni un lado y así me guío. Estoy a vísperas de cumplir 26 años, estudiante de Sociología por la Universidad Veracruzana y misántropa. Feminista en constante cambio, pues todo cambia. También en proceso de deconstrucciones y devenires. Odio lxs machirules y las páginas de Facebook como “mujeres contra el feminismo”. Desconocida total, pasando desapercibida. No tengo colectivo ni A.C, ni nada.

“Ana, la madre de María, es la patrona de las mujeres a la hora del parto…” y yo soy su antítesis. Y mientras se me ocurre otra identidad, firmo con Ana.

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Menstruación, bisexualidad y embarazo

por Helena R. Tripp

Yo nunca antes le había prestado atención a mi menstruación y cuando digo nunca eso es exactamente lo que quiero decir: nunca. Le hice tan nulo caso que la primera vez que me vino a los 9 años le dije a mi mamá: ya sangré; después subí a encerrarme a mi cuarto de juegos. Cuando, a las horas de haber dado mi comunicado, bajé por agua a la cocina, mi mamá me detuvo a mitad de la escalera que ya ascendía para seguir con la música a todo volumen y con mi baile, y me dijo: ¿te sientes bien? ¿no te duele nada? Con toda tranquilidad respondí que todo estaba bien y regresé a mi mundo.

    Tenerme a mi como hija no ha ser cosa fácil, estoy muy segura de ello, si yo misma no me entiendo, no entiendo de dónde provine; si para mí escapa a mi propia comprensión cómo es que yo terminé siendo yo; ¿cómo no ha de resultarle extraño a esa mujer preguntarse cómo es que de ella pude salir yo?

    La maternidad a mi criterio se le presenta como una cosa escalofriante, digna de ser temida y, por mero reconocimiento a su temeridad, es la única institución social a la cual mi sentido de respeto se niega a penetrar. Por eso cuando vislumbré la posibilidad de ser madre, me paralice por el ataque de angustia y pánico que me inundo de solo pensarlo.

    Soy una mujer de 24 años que por primera vez en su vida temió estar embarazada. El temor fue tan grande que por un momento, presa de la contrariedad, me juré a mi misma que sería la última vez que me encontraría en tal situación. Antes incluso de que la tranquilidad mental me llegara junto a la descarga de un torrente sanguíneo que anunciaba que ninguno de mis óvulos había sido fecundado, sabía que no iba a cumplir esa promesa. Me gustan los hombres, me gustó saber y sentir un pene dentro de mí. Los penes entran más dentro que los dedos de una mujer, incluso los dedos de los hombres entran más dentro de mí que los dedos de una mujer. Eso no quiere decir que me hayan dejado de gustar las mujeres, pues todavía no encuentro un placer que sustituya – ni creo nunca encontrarlo – la belleza que provoca la imagen de dos pechos desnudos, redondos y firmes.

    Creo que precisamente eso es la bisexualidad, la oportunidad de poder experimentar gusto, placer y satisfacción por el cuerpo del otro, sin importar si éste es el sinónimo o el antónimo del tuyo. Un cuerpo es un cuerpo y cuando se le ve con detenimiento es imposible no sentir algún grado de excitación por él.

    Mi bisexualidad fue descubierta hace poco más de un mes cuando me acosté por primera vez con un hombre. Aquí habría que hacer una separación entre la esencia y la existencia de mi bisexualidad. La existencia se remonta temporalmente a un mes, pero la esencia podría precederla. La duda que me hace escribir “podría” es fácilmente revocable si la respuesta a estas preguntas es sí: ¿cuenta como bisexualidad a ver visto repetidamente porno hetero para masturbarme? ¿haber leído compulsiva – y casi al grado de enamorarme de una de las autoras-, crónicas de cómo era la relación entre una mujer y un hombre? En verdad no sé si la respuesta afirmativa a estas preguntas termine de saldar la duda sobre mi bisexualidad, lo que si sé es lo siguiente:

    Si mi mente se había preparado para el lesbianismo por la experimentación con el cuerpo de una mujer; mi mente se había preparado para el cuerpo de un hombre por medio del arte y la literatura. Quizás por eso no hubo planes previos, dudas o la confesión de mi virginidad cuando él me propuso ir al otro cuarto a acabar lo que habíamos empezado en el sofá. Me tiró al suelo, me levantó las piernas y entro en mí. En una noche de dos botellas de whisky y proposiciones indecorosas dichas mutuamente en conversaciones triviales, tratando de ver si entre todas las personas que éramos esa noche, nos encontrábamos solos al final. Y lo hicimos. Me lo hizo. Se lo hice.

    Fue cosa de una sola noche, fue uno más a mi lista con la diferencia de que su cuerpo era de un sexo distinto de quien lo precedía en mi historial. Él se vino afuera de mí, a los días sangré y pensé que todo estaba bien, hasta que al mes siguiente experimenté un retraso de 3 días, cuando la sangre debió bajar no bajo y yo me espanté. Las probabilidades eran pocas pero existían y yo tenía 24 años, no era una adolescente que no supiera lo que estaba haciendo, no, era peor que eso: era una adulta que había entrado a un mundo desconocido, en el cual efectivamente no tenía ni la más remota idea de lo que estaba haciendo. Lo que las mujeres aprenden a saber desde adolescentes, yo recién lo estaba descubriendo. Lo que mi alumna de 13 años que dejó de asistir a la escuela entendió al ver cómo su panza comenzaba a crecer y su sangre a escasear, yo no lo entendía, no lo entiendo y -a juzgar por lo que me dije a mí misma enfrente del espejo mientras ponía una mano en mi vientre: “por favor, no estés ahí, porque yo no puedo ser tu madre”- jamás entenderé cómo es posible que ante el hecho de saber que dentro de 9 meses darás vida no te acobardes y huyas.

    Cuando me asumía lesbiana, sabía en teoría que la mejor de las opciones ante el escenario de una maternidad prematura y no deseada, era el aborto. Pero ahora, en la práctica, con la latente posibilidad de estar engendrando vida golpeando mi tranquilidad mental, ya no estaba tan segura. El acto me parecía digno de una sangrienta barbarie, pensar en mí, abierta de piernas ante la mirada de un médico que examina primero y después expulsa me era insoportable. Emocionalmente incapaz de enfrentarme ante eso sólo me quedaba la otra opción: proseguir con el embarazo. El problema era lo que venía inmediatamente después de mi nuevamente abierta de piernas expulsando a una criatura indefensa, chillona, incapaz de hacer nada por sí misma, esperando impacientemente todos los cuidados que se necesitan para crecer con una psique preferentemente no muy dañada.

   La RAE define la palabra “estabilidad” como “cualidad de estable”, lo que quiere decir que aquello que tiene estabilidad es -cito textual- “lo que se mantiene sin peligro de cambiar, caer o desaparecer”. Traducido a los términos de mi vida, para acabar pronto, todo lo que yo no soy. De estar embarazada, el día de la concepción tenía en mi organismo una cantidad ridícula de alcohol, que según el más mínimo sentido común me descalificaba para llevar acabo de manera óptima la más ridícula de las tareas (que no fuera, obviamente, la de dejar que me abrieran y me alzaran las piernas). De estar embarazada, durante el primer mes de gestación había consumido no sé cuántas cajas de cigarros – pero la cantidad equivale a poder decir tranquilamente “muchas” – y 100 pesos de mota. Me daban el premio a la madre del año, sin duda.

 “Por favor, no estés ahí, no puedes estar ahí”, repetía sin cesar frente al espejo, frente a la computadora, en el baño y mientras miraba al techo a punto de comenzar a intentar dormirme. No podía concentrarme en ninguna otra cosa que no fuera que la sangre que me daría tranquilidad no bajaba. “No estés ahí” es lo que decía, ¿a quién le estaba hablando? ¿No es hablarle a alguien y decirle “no estés ahí” una forma de aceptar que de hecho sí esta ahí? ¿Hay alguien ahí? Por favor, no estés ahí.

   Y, entonces, la sangre, la bendita sangre llegó. Llegó justo cuando la paranoia ya estaba ganando la guerra que se libraba en mi mente, cuando estaba a tres segundos de descender a la locura, cuando la imaginación desmedida sobre que ninguna de las opciones que tomara sería la correcta, la adecuada o la más sensata estaba apoderándose de mi. Estaba ya en el momento clave de pensar que la poca sangre que había desprendido a los días de haber mantenido relaciones, era lo que se conoce como sangrado de implantación. El 30% de las mujeres embarazadas durante su primer mes sangran en pequeñas cantidades, es un sangrado rosado o café marrón que anuncia que adentro de su cuerpo se está desarrollando ya otro cuerpo. Creí con una firmeza inaudita en mí pertenecer a ese 30%; a ese nivel me encontraba.

    El primer día que la sangre llegó, llegó poca. Pero al siguiente día inundó todo, traspasó todas las barreras hasta llegar a la superficie para anunciarme: “tranquila, los óvulos tardaron en desprenderse, pero aquí estoy. Aquí estoy y hasta ahora siempre he estado aquí”.

    Recuerdo hace tiempo un día en el supermercado, tenía 10 u 11 años. Mi mamá me comentaba por una razón justificada, que ahora no recuerdo, que en los países del Oriente Medio debido a mi edad y al hecho de que comencé a sangrar tan joven, hombres mayores que yo ya me encontrarían atractiva e irían con ella a proponerle una transición sentimental y monetaria – yo a cambio de tantas cabezas de ganado – y ella tendría que sentirse orgullosa. A eso añadan que mis caderas son anchas, símbolo inequívoco para una cultura machista que soy una mujer fértil capaz de procrear buenos hijos varones que continúen la estirpe de su padre.

    Mi sangre, entonces, me pasó completamente desapercibida hasta este momento. Este momento donde me doy cuenta de todas sus implicaciones y la agradezco y le temo a partes iguales con la misma intensidad.

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Helena R. Tripp Egresada de la licenciatura de Filosofía y Ciencias Sociales. Autora frecuente en la Revista Miseria: http://miseria.com.mx/author/helena-r-tripp/

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Urofilia

Por Fabrizio Quemé

Mis deseos de probar la lluvia dorada surgieron en un par de relaciones de pareja. Dichas parejas se negaban a probar mi fantasía limitándose a tacharme de sucio y pervertido (de lo que ahora me enorgullezco). Años más tarde, sostuve una relación sexual con un chico que estaba dispuesto a probarlo todo. Durante 6 meses mantuvimos desde relaciones sexo genitales hasta el bondage y el sadomasoquismo.
En una ocasión estábamos en la ducha, me arrodillé y le pedí que me orinara. Accedió inmediatamente, su pene flácido se endureció al instante mientras descargaba su líquido caliente sobre mi pecho, mi abdomen y mis nalgas. Continuamos copulando en la ducha mientras la orina sobre mi cuerpo se impregna a su piel. Ahora también disfruto orinar sobre mi propio cuerpo, dejando que mi “perversión” fluya.

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fabFabrizio Quemé (1990). Guatemala. Anti-artista queer, todo terreno. Ha participado en diversos festivales y muestras de colectivas. Sus textos y fotografías han sido publicados en diversos medios impresos y digitales. Su trabajo es documentado a través del blog:
baladadeunlibertino.blogspot.com

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La dominación del semen, o la desviación de la intención y el límite del placer

"Paělido rosa VI" por Omar Matadamas
«Paělido rosa VI» por Omar Matadamas

por César “Trivium” De la Rosa

Mi deseo con estos párrafos es simplemente hablar de algo que me genera una sensación ambivalente, que en un primer plano explico como el placer y el deleite del cuerpo, posicionándolo transversal en lo psíquico y lo físico, y en otro plano como una ira al meditar sobre mi propia satisfacción sexual. Esto, pensando en algo que desde que recuerdo me ha causado una gran gama de pensamientos. Estoy hablando de la sensación del semen (tanto el mío como el de otros); lo que muchos llaman el clímax, mientras que yo lo nombro como el inicio. Al estar yo solo he podido identificar los cambios de temperatura, el cómo se impregna en mi cuerpo, el olor, el poder abrirme, amarme un tanto por llamarlo de alguna manera; al estar con otros, he podido visualizarlo, percibir el sabor, el olor, la textura ajena, y el cómo a veces este mismo aturde mis sentidos y llega a aquello que Lacan llamaría el vacío.

    Sin embargo hay algo que he podido visualizar principalmente con ciertas personas con las que he explorado mi vida sexual. Por ejemplo, al tener coito con militares (a los que en la actualidad aborrezco por distintos motivos), “hombres fuertes, necios, de mal carácter, machos los cabrones…” -síntesis de lo que he escuchado a varios conocidos-, todo iniciaba como un juego, un intercambio de miradas, un duelo de carácter, poco más que un reto. Pero al acabar la excitación del juego me di cuenta de que el coito era breve, poco o nada satisfactorio, sin embargo me quedaba la esperanza de que al soltar aquel dulce néctar blanquecino el sabor fuera dulce y vivaz. Que “lo valdría”, pues. Pero al terminar y ver ese rostro sobre su pene lo único que podía ver era una expresión de aparente gusto, que solo me evocaba un goce desagradable, algo que parecía más una imposición, y que posteriormente no solo vi en militares, si no en policías, conocidos, amigos, seres en el supuesto de lo querido, hombres “en pro de lo queer y del feminismo”, en donde lo común era que toda esa ideología quedaba muy de lado por el deseo expresado en “quiero venirme en tu cara, papi”. Esto que no solo era simbólico de la dominación, si no de la compensación, el poder implícito, y la necesidad de obtenerlo.

    Todo aquello que representaba ese fluir, ese paradigma llamado “placer en lo carnal” como lo nombraba un amigo, no hablaba más que de una falta, de un hecho simbólico e imaginario que limitaba la capacidad de experimentar del cuerpo, que no les permite sentir lo placentero del sudor al estar en contacto con otro cuerpo, el flujo de sus venas, inclusive las lágrimas caer sobre el rostro, aquellas que se asemejan a la sensación de la lluvia mientras se está recostado en el pasto.

Hoy puedo decir que he pasado por muchas personas que se quedan en la sola satisfacción de una lejana eyaculación sobre otro objetal. Pero gracias a ello he aprendido sobre el deleite de la otredad más allá de verlo como un objeto, de buscar un placer propio a través del placer del otro, y no solo disfrutar de aquel dulce líquido blanquecino, sino de todo un cuerpo fluido, no solo físico sino psíquico, que más allá de que el momento puede ser casual, con un sujeto aparentemente desconocido, en realidad puede resultar pleno, toda esa interacción de saliva, piel, sangre, deseo, y más de un solo clímax, el cual no tiene que ver con que ambos acabemos viniéndonos, sino de agotar la energía, de vivir ese cansancio en plenitud, no como una señal de goce cuando puede volverse un encuentro con el placer.

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cesarCésar “Trivium” De la Rosa. Estudié Psicología con especialidad clínica en el Instituto Politécnico Nacional, en donde pasé mucho tiempo en lo comités de lucha estudiantil, también incursionando en el “activismo” lgbt (del cual estoy un tanto decepcionado hasta el día de hoy). Me he formado alrededor del tema de la violencia incursionando en primera instancia en la violencia sexual y de género, actualmente me desempeño proporcionando atención psicológica en el área de niños, niñas y adolescentes de la Asociación por el desarrollo integral de personas violadas (ADIVAC A.C), además de la consulta psicológica privada, actualmente soy miembro del Colectivo Anarcoqueer y un prácticamente amateur de artes marciales mixtas

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Colectiva Las Mafaldas: patriarcado y capitalismo caerán juntos

Somos una colectiva feminista con perspectiva de género integrada por un grupo de nueve mujeres, jóvenes, estudiantes de diferentes licenciaturas pero sobre todo somos amigas, cómplices y compañeras de lucha. Nuestras experiencias vitales se articularon desde el ámbito universitario, en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, lugar en el que estudiamos.

    Nuestro proyecto propone la politización radical de nuestras existencias cotidianas. Radical, porque asumimos una postura feminista y anticapitalista que no se conforma con la emancipación de unas cuantas personas, sino que apuesta por la construcción de un nuevo orden social y de un mundo completamente distinto. Como lleva diciendo más de veinte años el EZLN: “El mundo que queremos es uno donde quepan muchos mundos”.

    Creemos que lo político no puede ni debe reducirse a los órganos estatales e institucionales, ni a los sujetos ligados a éstos, que reproducen sistemáticamente la violencia contra miles de personas diariamente. Por el contrario, asumimos como lo político todas las relaciones de poder que median entre uno y otro ser humano, tácitas o explícitas, las estrategias y discursos que legitiman y perpetúan la desigualdad y la violencia.

    Estamos convencidas de que como sujetas y colectividades politizadas podemos y debemos construir nuestras propias plataformas y medios para luchar. Porque vernos las caras también es un acto político.

    Surgimos al margen de las movilizaciones masivas que desataron el crimen de Estado cometido contra los 47 compañeros normalistas (43 desaparecidos, tres masacrados y uno en actual estado de coma) la terrible noche del 26 de septiembre del 2014 en Ayotzinapa, Guerrero.

    Aún cuando los motivos principales que nos movilizaron son los miles de feminicidios, desapariciones forzadas de mujeres y niñas y la violencia generalizada que enfrentamos cotidianamente por el simple hecho de ser mujeres, reivindicamos y nos solidarizamos con otras formas de luchas y resistencias antisistémicas.

    Afirmamos que no podemos jerarquizar luchas, que la rabia por cada injusticia cometida en nuestro país debe trastocar nuestra cotidianidad, que de alguna manera, desde las altas esferas del poder nos tratan de imponer con la sordera a nuestras exigencias.

Llevamos ocho meses de actividad continua trabajando con la comunidad universitaria, organizando círculos de discusión, talleres y cine debates con el propósito de visibilizar la problemática específica de la violencia de género y su relación con los feminicidios; buscando abrir canales de diálogo que nos ayuden a plantear alternativas.

    La conformación de nuestra colectiva nos ha permitido transformar la indignación personal en politización, pues además de analizar las problemáticas que como mujeres jóvenes enfrentamos en nuestra realidad social nos hemos dado cuenta de lo significativo que resulta tejer redes afectivas y de acompañamiento, que las risas y la amistad también son formas de resistencia.

Nuestras experiencias como colectiva nos han llevado a reflexionar y problematizar sobre los retos que implica el trabajo en comunidad pues estamos conscientes de que hemos sido construidas desde un individualismo exacerbado que nos impide imaginar otras formas de existir. Aunado a eso debemos admitir que la gestión de recursos materiales y humanos conlleva un grado de disciplina y responsabilidad con el que no todas estamos familiarizadas y eso también significa trabajo adicional.

    Ya que uno de nuestros principales objetivos es construir redes de apoyo y lucha combativa, crear colectividad precisamente, estamos en la mejor disposición de compaginar esfuerzos con otres. La única experiencia que hemos tenido en ese sentido fue con les compañeres del colectivo Perspectivas Críticas quienes nos apoyaron en la organización de un cine debate y el taller para crear consignas no sexistas (concretamente el llevado a cabo en la Facultad de Filosofía y Letras de Ciudad Universitaria).

    Por el momento no contamos con un manifiesto ni declaración ya que nuestra formación política apenas comienza y está en construcción y modificación constante. Los espacios en los que operamos suelen ser los que la universidad nos ofrece y en general cualquier lugar que se preste para una intervención política. Con ello pretendemos irrumpir en la cotidianidad y transformar los espacios, dotándolos de fuerza política y romper con las divisiones entre lo público y lo privado.

Porque nos queremos vivas y creemos en defender nuestras vidas luchando: ¡que el patriarcado y el capitalismo caigan juntos!

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Rosa prostiputx, revolución social

millaray y diego

Por Diego corrales

Criada en el mundo de la heterosexualidad obligatoria, situado y adoctrinada al binomio del color, se perdieron regalos placenteros en el rosado, lo rechacé con todas mis fuerzas, aunque siempre que jugábamos a los “power rangers” quería ser la kimberli, la rosada, y peleaba con mis primas por el glamoroso personaje. El rosado siempre de sábanas femeninas, telas de mujercita, mariquita, el rosado al igual que las muñecas en mi infancia se me tenía prohibido.

Con el tiempo, fiel a las lecciones de heteronorma de mis pares, el rosado no sólo era de mujeres sino también de maricones, de personas raras; mi adolescencia darks se vanagloriaba de la nulidad rosita, de esa masculinidad que se supone aparece cuando desaparece el rosado. Hoy escribo vestida completa de negro pero con mis maravillosos calcetines rosado, rosado fuerte y me propongo a comentar, relatar lo que por mi cuerpx calienta y excita, esa política bandida.

Desde las oportunidades que nos brinda el escape del machismo, nos esforzamos por sabotear las mentalidades heterosexuales, nos proponemos hacer estallar esa lógica binaria, queremos hacer fuerza TRANSformadora, despreciamos/desajustamos tu esencialismo biologicista. Que vengo a portarme mal, a decirle a esos curas pedófilos que el aborto es mi emergencia, soy libertaria porque mi cuerpo es pueblo y autonomía, región chilena amiga de la miseria, la disidencia sexual responde a la cultura patriarcal con destrozos de heteronormas, de asignaciones obligatorias al cuerpx y construcciones de roles genéricos (político-sexuales-económicos) estáticos y jerarquizados por el patán, EL, el soberano, el único, la soberbia ego de DIOS, la emperador, la ridícula del rey, y así otros.

Me apestan las huachas que puro quieren ser líderes, dirigentes, que sueñan con que su muerte será como un funeral revolucionario lleno de flores y multitudes llorando la pérdida del guía del espíritu de la patria, que se esfuerzan por dejar un legado que se insisten en aparecer después del busto de engels, puro ego, puro hocico vacilante, harta de las que quieren puro mandar y se creen con la verdad absoluta, como si no bastara con su avasalladora práctica, como si la gente y nosotras y todxs en realidad fuéramos siempre instrumentos de control, o por socialismo o por capitalismo, ese liberalismo cursi y para qué vamos a hablar del payaso de chile, esa social democracia centro izquierda centro derecha, ¡basta!

Queremos que el proyecto feminista, transfeminista, feminista monstruoso, disidente sexual y pornopolítico, sea un proyecto alejado de la masculinidad y autoridad estatal, no sólo de la institución sino también de las ideas y nociones que provienen de la fe en el estado, en los varones y el mando. La torta argentina valeria flores me seduce cuando dice:

No obstante, la política feminista ha quedado cautiva, en los últimos tiempos, de un circuito fagocitante que rechaza la radicalidad de experimentaciones relacionales, sensuales, extáticas, delirantes, al escribir y re-escribir el sujeto político de la acción, «las mujeres», bajo la ficción del binarismo de la diferencia sexual. De esta manera, se reduce la escritura a los significados predeterminados del repertorio feminista tradicional, A LOS TEMAS Y DIRECTRICES DE UN FEMINISMO MUJERIL, PRAGMÁTICO, Y REFORMISTA, QUE SE CONVIRTIÓ EN PRESA DE LA MAQUINARIA ESTATAL Y SU LENGUAJE TÉCNICO-ADMINISTRATIVO.

Las escrituras latinoamericas, el eurocentrismo, el lenguaje técnico-administrativo de las butifarra del estado, se nos está haciendo ajeno, con las amigxs del colectivo arroz quemado, nos hablamos entre localidades entre experiencias y posibilidades micropoliticas de acción directa. Este es el potencial del cual la disidencia sexual, lxs otrxs cuerpxs ya no sólo sean sujetos políticos sino también cuerpxs revolucionarixs, combatiendo la urgencia, la emergencia ante el capital-patriarcal-hetero-basura, sin embargo aún hay colas (homosexuales) cómplices de la violencia, colas que en sus familias, trabajos, y lugares de estudios callan su potencial (visibilizar) por conservar puestos, estatus, reconocimientos heterosexuales. Debemos ser colas, colas fuertonas como el cloro, patudas, hipermegasuper afeminadas gritonas, lokas revolucionarias y destruir la clandestinidad homosexual que nos arroja esa moralidad facha, de derechas, de izquierdas.

Desde la disidencia sexual y feminista libertaria mi activismo está entre los ojos de milla cuando nos conversamos la denuncia, el análisis, diagnóstico de esta región pinochetizada. Este modelo neoliberal fue implantado en dictadura a través de la violación de mujeres, de la tortura con animales, de vejaciones sexuales y psicológicas, de la persecución y desaparición de cuerpxs, de adoctrinamiento modo shock y la institución de la violencia como algo domestico y cotidiano. Ser de derecha(izquierdon) y legitimar la heterosexualidad obligatoria capitalista, heterocapitalismo, legitimar y aceptar lógicas mercantiles de las economías de mercado, las dominaciones y asignaciones sexuales adoctrinarias, estamos legitimando la tortura, las violaciones sexuales de miles de cuerpxs que sufrieron durante la dictadura militar de pinochet.

Esa igualdad e inclusión al sistema patriarcal es la excusa para dejar de lado, atrás, la lucha política del feminismo libertario, de las políticas transfeministas, lobas fugaces, travestis lesbianas anarcas, como inspiración emancipadora de ruptura y detonadora de mentes hetero, sin binomios, nuestrxs cuerpxs son un territorio de lucha y resistencia a la cultura patriarcal mercantil, que las divisiones y enemistades que nos impone el capital para con nuestros pueblos hermanxs, latinoamericanos sea humo, humo de barricadas y lucha, ante las masacres latinoamericas de estudiantes, de mujeres con la lluvia ácida de la violación en potosí, y nuestrxs propixs cuerpxs latinos masacrados por el capital yanqui. Quienes quieran encontrar a través de la política masculina una vía al socialismo desafiando la epistemología feminista sólo buscan en sus luchas la liberación del hombre, no la completa emancipación social e individual de lxs cuerpxs.

Entre mis compañerxs amigxs de lucha y vÍsera, nos empolvamos de rosado cada vez que pegamos un cartel en la calle, en los Lienzos en las palabras rosadas que murmuramos y gritamos, de ese rosado pink hueco que esconde a la travesti terrorista saboteadora del capital heterosexual, del mercado de lxs cuerpxs. Nuestro rosado se embandera con el negro y en diagonal , así marchamos morinegro y rosado chillón desbordando el feminismo hetero, el Rosado nos posibilita en la Lucha un tercer o quinto cuerpx, en la pompa colorada del rosado reivindicamos la homosexualidad subversiva, desobediente, feminista radical. El rosado libertario es nuestra pintura y letra que colectiviza las ideas e intenciones de transformar la realidad violenta llena de sufrimiento que el patriarcado impone.

 

¡Por un rosa  revolucionarix, por la emancipación  social e individual, feministxs libertarixs en acción, con el ano!

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diegocchicaDiego corrales: activista colectivx arroz quemado Valparaíso , feminista libertaria, amigo de las carcajadas y desordenada.

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