**Participante del Primer Concurso de Ensayo Por el Derecho a Decidir. Mención honorífica**

Sencillamente, he abortado

por Charlee Chamuko

por Júlia Araújo

 La historia no es nueva. Muchas de nosotras –chicas blancas, heterosexuales, brasileñas, con ciertos privilegios económicos y acceso a una educación formal– seguramente conozcamos casos parecidos. Es cierto que tantos otros casos son distintos, más dramáticos y en situaciones de mayor exclusión, abandono y riesgos. Sin embargo, hay una problemática común: la falta de garantías a derechos sexuales y reproductivos y la criminalización del aborto. Y es porque he entendido que lo personal es político. Porque he reconocido –junto a tantxs amigxs, compañerxs de lucha y de reflexión– que mi cuerpo es un campo de batalla altamente politizado y que los relatos son, también, potentes instrumentos de lucha. Por eso, comparto aquí mi historia.

     Estaba en el primer año de la universidad y aún no había cumplido los 18 años. Hormonas a flor de piel y una relación sexo-afectiva heterosexual de poco más de un año. El sexo sin protección ya se había convertido en una constante: la base, más que la confianza mutua, era aquél deseo arrebatador típico de la juventud. Hasta que un día, no me vino la regla.

     Sin estar segura aún de nada, fuimos al centro de la ciudad. Compramos unas bebidas de hierbas medicinales abortivas. Días después, empecé a sangrar, como una menstruación de poca intensidad, y pensé que estaba todo resuelto. Pero el sangrado duró más que lo habitual y empezaron las náuseas. Fue cuando nos dimos cuenta de que, realmente, estaba y seguía embarazada. Más o menos en el primer mes de gestación.

     Recuerdo bien el día que les hablé a mis amigas de la situación: después de un largo trayecto de mi casa a la universidad, de haber bajado del autobús corriendo y, por no haber logrado llegar al baño a tiempo, vomité en la acera frente al edificio donde estudiaba. Aquel mismo día teníamos clase con una profesora que era un referente de mente crítica para nosotras. Por su profesión –no su trabajo como profesora– y activismo, ella ya había visto y acompañado varios casos de embarazos y abortos. Recuerdo que la clase estaba sentada en círculo para un debate y que vi cuando una de mis amigas le pasó a la profesora un papelillo doblado. Recuerdo lo nerviosa que estaba y del tanto que me sudaban las manos. Después de la clase, tranquilamente, ella se me acercó y me preguntó cómo estaba. Mi respuesta fue en lágrimas. Ella, entonces, me tranquilizó. Me preguntó de cuánto tiempo estaba y me dijo que lo arreglaríamos todo. Recuerdo sus últimas palabras en aquella conversación: que yo tendría mucho tiempo aún para decidir si quería vivir un embarazo. Ella se encargó de comprar las pastillas, de administrarlas y de orientarme. Le estoy muy agradecida y siento mucho cariño y admiración por aquella mujer. Pero el caso no había terminado.

     Pasados unos cuantos días, tuve una hemorragia. No en cualquier lugar. Fue dentro de un teatro, con parte de mi familia –que no sabía de nada de lo que me había pasado–  presente. Me levanté de la silla y vi que la sangre escurría por mis piernas. Me quedé sin acción, sin saber qué hacer, llamando a mi madre. Los de seguridad estaban desalojando el teatro: había otra función a continuación. Uno de ellos me pidió que saliera rápido. Con la voz temblorosa, le contesté que estaba sangrando. A lo que él, como quien no me había escuchado, me contestó: por favor, salga de inmediato.

     En los días que se siguieron, volví a hacer una prueba de embarazo y fui a una consulta médica, acompañada de mi abuela. La consulta era en un hospital de maternidad para casos ginecológicos y obstétricos. Tuve que entrar sola, pues no permitían acompañantes. Me hicieron algunas preguntas, entre ellas, si yo había tomado algún medicamento para abortar. Yo sentía miedo y, de cierta forma, vergüenza por todo. Negué. Insistieron. Me preguntaron si yo estaba segura. Continué negando. Ya no recuerdo si era médico o médica, pero recuerdo perfectamente el tono acusatorio de sus palabras y la mirada inquisitiva. Me llevaron a otra sala, para que me hicieran una ecografía intra-vaginal e, inmediatamente después, me dijeron que me tenían que hacer un legrado. Les dije que tenía una pariente fuera y que necesitaba, al menos, avisarle. No me dejaron salir y, desde un pasillo abarrotado de personas y con los médicos apresurándome, le grité a mi abuela que me iban a hacer un legrado en aquél exacto momento. La pobre señora, que ya llevaba un largo rato esperando, se quedó sola, con cara de preocupación y de quien no estaba entendiendo nada.

     A partir de entonces, y ya pasados unos días, mi ginecóloga me recetó pastillas anticonceptivas como si fueran caramelos. Durante los meses siguientes, mi libido se redujo significativamente. Entonces, para mí, todo era una consecuencia de lo que yo había vivido, una especie de auto-punición por haber abortado. Y no descarto que tuviera algo de esa relación. Pero el caso es que sólo volví a sentir mis deseos sexuales en toda su plenitud 7 años después, cuando decidí abandonar las pastillas.

     Sí, fue difícil para mí superar aquel episodio. Pero no en el sentido de trauma, que es como se construyen muchos argumentos que he escuchado en torno al aborto. Fue difícil porque yo –como tantas otras–, pese a tener una madre y un padre con posturas considerablemente progresistas, no recibí una educación sexo-afectiva plural y menos desde una perspectiva de la autonomía. No fui informada de que no había nada de malo en decidir realizar un aborto. Recibí una educación de fuerte base judía-cristiana, que me ha inculcado un sentimiento de culpa pernicioso. Y, principalmente, crecí –como tantas otras– siendo constantemente recordada de que mi cuerpo y mi condición de mujer biológica me otorgaba vulnerabilidad y de que la maternidad es sagrada. Sin embargo, aún así, a los ojos de mucha gente, cualquier trauma que pudiera haber surgido estaría, invariablemente, ligado al mero acto de realizar una interrupción voluntaria del embarazo.

     Es cierto que mi experiencia no se compara con las de tantas otras mujeres que terminan no teniendo las mismas condiciones, materiales y sociales, y que ponen sus vidas en riesgo por falta de una atención médica adecuada, legal y gratuita. Eso, por no hablar de las condiciones que llevan a esos embarazos. Mi experiencia, a pesar del peso y de lo violenta que pudo haber sido para mí, fue, también, liberadora y principal detonadora de un sentir feminista que hacía mucho ya estaba latente. Una experiencia que, dado el tiempo que he tenido para reflexionar sobre ella, tal vez, hubiera podido ser contada en una narrativa más creativa, o, tal vez, mejor estructurada. Sin embargo, lo que os cuento es visceral. He tardado 12 años en escribir sobre ello sin cualquier resquicio de dudas en hacerlo. Para poder decir, sencillamente, con determinación: he abortado y me siento bien con mi decisión.

Júlia Araújo: Feminista. Activista sonora con Enredadas Mujeres, en Radio Malva, por las ondas y por el mundo. Sospechosa de participar en conjuros y brujerías varias con Colectiva Transtorna. Aprendiz indisciplinada de poeta. Infiltrada en la academia, donde intenta transitar y traficar prácticas activistas entre muros y calles con el amparo del Colectivo de Estudios de Género Transformacción. Parte de su disfraz consiste en (des)aprender como doctoranda de Estudios de Género en la Universidad de Valencia, con previo entrenamiento en un cúmulo de maestrías por la misma universidad, una de Género y Políticas de Igualdad y otra en Cooperación al Desarrollo, y una licenciatura en Comunicación Social con especialidad en Relaciones Públicas en la Universidad Federal de Alagoas (Brasil).

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