**Participante del Concurso de Ensayo "Derecho a Decidir" con Ddeser Jóvenes Querétaro**

Por un aborto seguro, libre, legal y sobre todo, accesible

ilustración por Gelen Jeleton

ilustración por Gelen Jeleton

Por Ana Hernández

La historia que se narra a continuación está basada en hechos reales. Los nombres serán omitidos para proteger la identidad de las personas y A.C.

     Tengo que sintetizar lo más que pueda esta historia y espero poder hacerlo. Cuento con 7 semanas de embarazo, y el aborto es mi entrada, no mi salida. Mi entrada a la expropiación de mi propia cuerpa. Mi entrada a la liberación de mí misma. Mi entrada a la redención de no ser madre. Mi entrada a mi paraíso y mi propio infierno. Mi entrada a reivindicarme y abortarme también, sobre todo este miedo que me embarga y carcome.

     Llevo días sin poder comer, debido a que las náuseas se han incrementado y con ello, el vómito. Duermo la mayor parte del día y noche, me quedo sin energías. Lloro, lloro mucho, sufro. No por arrepentimiento, no entiendo qué me pone así de sentimental y trato de arrancarlo.

     El aborto y yo nos conocemos de antes, si es cuestión de contar cuántas veces, son 3. No quiero adentrarme a los anteriores, pero definitivamente este es distinto. En cuanto supe que estaba embarazada, usé la misoprostol, como las veces anteriores. Pero esta vez no funcionó. No tuve sangrado, no expulsé el saco embrionario, nada.

     Busqué asesoría mediante amigas, algunas asociaciones, y es momento de que se pongan de acuerdo con la dosis de ingesta, nadie coincidía y yo no sabía qué hacer.

     “¿Hago otra toma? ¿Mañana mismo o espero una semana?” “Toma 4 misoprostol oral cada 4 horas…” “No, no, no, toma 4 cada 24 horas” “no, espera, no hagas eso, introdúcelas vaginalmente cuatro pastillas…”

     Me sentía perdida y confundida, así que decidí ir al gine (de todos modos tenía que ir). Ahí me hicieron un ultrasonido, me comentó que tengo 7 semanas de embarazo y que el producto no se encontraba vivo:

“Yo no me dedico a ‘eso’ pero viendo tu caso, viendo que el producto se encuentra muerto y está adherido a la pared uterina, te haremos un legrado…”

     ¡UN LEGRADO! Lo que he estado evitando todo este maldito tiempo. Me rompí a llorar. El doctor, él, piensa que lo hago porque me nació una especie de instinto maternal. Que me caiga un rayo el día en que eso suceda, puesto que nunca quiero ser madre. Es el costo, compañerxs, lo que me puso así. Un poco más de $10,000 me sale este procedimiento. Si esto no es para llorar, díganme entonces qué es.

     El acompañamiento en este proceso corre a cargo de mi propia madre, ustedes dirán si no es bastante irónico mi caso.

     ¿Fechas de todo esto? Está de más contarlo, creo yo. Sólo asuman algo, es verano, es agosto y mañana tendré mi primer legrado. Estoy que me cago de los nervios y miedo. Abortar es bonito, un legrado es agresivamente más bello, tal vez. Me anestesiarán toda, me rasparan para desprender el cigoto. Me liberarán de ellx.

     Y al fin, podré respirar.

     ¿Esta historia continuará? Sí… Mi lección la tengo aprendida. Y no malinterpreten, no digo “NO” al aborto. Pero he sido muy agresiva con mi cuerpa este año, necesitamos descansar, tal vez brindar compañía e información a mujeres que se caguen de miedo como yo al escuchar la palabra legrado. Y que mi historia sirva no para generar miedo, sino todo lo contrario: valor. Es mi oportunidad de ser valiente y no pienso desaprovecharla.

     ¿Esta historia continuará? Tal vez, si así usted le desea. Si quiere saber qué es lo que sucedió a la mañana siguiente, alrededor de las 10 am seré llevada a la clínica, en ayunas.

¡Qué rabia! HABLEMOS DEL ABORTO

Santa Virgen de las no vírgenes, líbranos de toparnos al gine pro-vida. Que al momento de decirnos cuántas semanas de embarazo tenemos y replicar con “no quiero ser madre” no te corra ni te llene de prejuicios, ni amenace con demandarte.

Que la ilegalidad no sea un impedimento. Que sea accesible para todas aquellas que desean interrumpir su embarazo. Que la información no cueste y que sea inmediata. Que las A.C se pongan de acuerdo con las ingestas de misoprostol. Que el miedo no nos invada. HABLEMOS DEL ABORTO.

Mi nombre es Ana Hernández. Soy originaria de Veracruz pero casi siempre siento que no pertenezco a ni un lado y así me guío. Estoy a vísperas de cumplir 26 años, estudiante de Sociología por la Universidad Veracruzana y misántropa. Feminista en constante cambio, pues todo cambia. También en proceso de deconstrucciones y devenires. Odio lxs machirules y las páginas de Facebook como “mujeres contra el feminismo”. Desconocida total, pasando desapercibida. No tengo colectivo ni A.C, ni nada.

“Ana, la madre de María, es la patrona de las mujeres a la hora del parto…” y yo soy su antítesis. Y mientras se me ocurre otra identidad, firmo con Ana.

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