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Si me caigo, me levanto y sigo

Por Penny Lane

 Soy la noviera de mi grupo de amigos, siempre les cuento que conocí a alguien, encantador y diferente, quien termina haciendo una jalada peor al anterior. Y así he vivido, en la fugacidad y en lo efímero. A veces entre lágrimas, muchas veces entre sonrisas y sólo una vez entre golpes.

En diciembre del año pasado comencé a sentirme extraña: me mareaba fácilmente, todo me daba asco y los vestidos me apretaban tremendamente los senos. Me imaginé qué pasaba. El problema es que de por sí yo soy irregular, todo ese año me bajaba un mes si y un mes no. Cuando en noviembre no hubo menstruación no me saqué de onda, fue el malestar de diciembre que me alertó.

En el instante en que me cayó el veinte de que podría estar embarazada, le llamé a mi mejor amiga. Le conté todo y le dije había hecho cita en un lugar donde hacen ultrasonidos y te dan atención psicológica y orientación. Al día siguiente me acompañó, pues decidí no contarle nada al individuo ya que siempre he creído que una carga sus cosas sola y muy fácil alguien más puede lavarse las manos e irse.

Pasé al consultorio, me hicieron el ultrasonido y tenía casi dos meses. Seguido de eso me pasaron un video que duró una eternidad. Miles de testimonios de chavas. Unas, se arrepentían de haber abortado y otras, que luego de ser violadas decidieron no abortar. Me pareció un asqueroso lavado de cerebro con sangre innecesaria, peor que una película de Tarantino.

Terminó el martirio del video y regresó la chica que me atendía a «aclarar mis dudas». Me preguntó si lo tendría o que si quería irme a casa a pensar o qué. Le pregunté que qué método me tocaba para las semanas que llevaba y ella, sacada de onda de mi firmeza me dijo que medicamentos. ¿De verdad quieres abortar? Me dijo. ¡Claro! Le respondí. Tengo 22 años, estoy acabando mi carrera, no tengo empleo y por ende nada que ofrecerle a un nuevo ser humano y más importante que todo: no quiero ser mamá ahorita y me rehuso a caer en el estándar social de cumplir con un cometido biológico. Me rehuso por completo. No seré madre pronto.

Me salí del consultorio, y entre lágrimas le dije a mi amiga: «tenemos que conseguir lana para que aborte». Checamos precios y conseguimos la lana de un día a otro. Tres mil pesos más las treinta mil toallas que usé… ¡La mejor decisión de mi vida! Fue un infierno, a decir verdad, el dolor,  conseguir el dinero, sangrar por días y días. Fue un infierno, pero me doy cuenta de que hice lo correcto, sé que hacerlo fue lo mejor, para mí y para todos.

Y tengo que decir que no estoy peleada con los hijos o la crianza, es más algún día quisiera ser madre yo misma, pero cuando yo quiera no cuando se de y me amuele «por cagarla». No me arrepiento, jamás tuve una lucha moral sobre si tenerlo o no. Jamás dudé. Ahora cada día cargo con ello, no me define, pero sí me motiva a ser mejor cada día en todos los aspectos, y cuando pueda, cuando quiera, cuando realmente pueda, seré madre. Y seré la mejor.

Mi vida ha dado un giro de 360 grados desde que «interrumpí legalmente mi embarazo» y me encuentro completamente bien, y feliz. Estoy acabando la escuela, tengo proyectos por delante que un hijo sólo hubiera detenido, tengo un futuro planeado y un sin fin de ganas de cumplirlo. Sobre todo, mi compañero es ahora el ideal, lo que siempre quise: un imperfecto que aceptara mi imperfección, que me viera por lo que soy y por lo que siempre he sido. Encontré a alguien de quien no depende mi felicidad pero que seguro la incrementa, que a pesar de mi historia no me juzga, sino me comprende y me valora. Encontré a mi persona.

Estaría en un lugar completamente distinto si no hubiera abortado. Y no estaría aquí si mis amigos no me hubieran apoyado hace 3 años que viví una relación destructiva y violenta. No estaría viva y el día que aborté decidí no arrepentirme nunca, opté por vivir primero yo, armarme de una buena vida, para cuando decida decida ser madre, vivir a su lado.

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Flores para mamá

Por Alejandra Buenrostro

Hoy es su cumpleaños, voy camino a casa y, durante el trayecto, los recuerdos abruman mi mente. Ella es esbelta, garbosa, de rostro pequeño, pero enérgico. Frente amplia que su cabello blanco y rizado interrumpe, tiene ojos chiquitos como capulines que contrastan con su piel blanca; nariz recta, larga, y una boca amplia de labios vaporosos que emanan un raudal de palabras, es algo que la caracteriza.

    Recuerdo a mi madre limpiando la casa todo el tiempo; acostumbraba lavar la estufa de petróleo a jicarazos y pulir los pisos de madera a rodilla. Cuando, mis hermanos y yo, despertábamos todo lucía impecable y hasta la comida preparada. Por las tardes, después de darnos de comer, salía al patio con las vecinas para ponerse al día con los chismes de la vecindad.

    En los cumpleaños de mamá el festejo era el mismo: flores en la mesa con regalos que le hacíamos. Siempre ponía la misma cara de sorpresa y agradecía el detalle. Las flores le fascinaban, consideraba que eran la mejor forma de expresión de amor por su infinita belleza. Los domingos compraba muchos dulces: de anís, mantequilla y cereza como premio a quien ganara en la matatena o lotería; aunque invariablemente terminaba comiéndolos porque siempre hacía trampa.

    Era extremadamente limpia por lo que cualquier cosa fuera de su lugar, o algo muy sucio, le ponía de muy mal humor. Yo me metía en serios problemas con ella cuando me hacía pipí en la cama. Esas mañanas eran de insultos, golpes y me obligaba a lavar mis cobijas. Pero hubo un día que, cansada de que me orinara, se limitó subir las sábanas y cobijas a la azotea las colgó en el tendedero con un letrero: Delfino se orinó, con letras grandes para que a nadie se le dificultara la lectura. Aún así dejé de orinarme hasta los 15 años.

    Cuando las circunstancias la hicieron trabajar fuera de casa, siempre volvía histérica y se desahogaba con nosotros a golpes y gritos. Estaba sola y lo resentía, supongo, estaba asustaba y cansada. Lo creí porque al poco tiempo se fue. Se enamoró de un hombre y un día se marchó sin decir más.

    Mi madre, a pesar de la distancia, se acercó y trató de apoyarnos en lo que podía. Nos platicaba que trabajaba en unos laboratorios. Poco tiempo después me enteré que salió de ahí y comenzó a trabajar en un cabaret. Le iba bien y el apoyo económico que nos brindaba era importante, pero necesitábamos algo más que dinero. Su ausencia fue definitiva, pasaron 10 años para que volviera, pero ya no existía la posibilidad de reconciliar las vidas perdidas de todos nosotros. Los años que pudimos haber compartido con ella a pesar de sus regaños.

    Ahora llego a casa y ahí está, es mamá. Le traigo las flores que en antaño le regalábamos. La diferencia es que ahora las considera un regalo infructuoso, dice que es algo que pronto desaparecerá, que de hecho ya está muerto. Yo creo que es justo lo que quiero decirle, que es el amor claro y colorido que un día le tuve, pero que el tiempo y la distancia se encargó de matar.

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Historia verdadera de la inmaculada concepción de Diego y Santiago

Por Criseida Santos Guevara (Las Dos Mamis)

A la fecha, muchas personas me preguntan cómo se embarazó Ana. Y yo me quedo pensando y mirando fijamente una caja de Merapur que todavía conservo en mi escritorio y recuerdo.

Es la historia de un amor como no hay otro igual

Ana y yo nos conocimos a los dieciseis años míos y quince de ella. Yo iba en tercero de prepa y ella entró a primero. En realidad sólo nos llevamos seis meses. Yo nací en mayo y ella en octubre. Nuestra historia y amistad fue creciendo y madurando a través de experiencias y viajes que compartimos durante todos los años posteriores en la carrera. La conocí en las etapas más diversas. Cuando tenía frenos y usaba unos lentes enormes, cuando empezó a trabajar, cuando entró a Arquitectura y conoció a su primer novio en serio (había tenido otros, pero no tan en serio) y cuando a los 20 años decidió cambiarse a Artes, en una escuela diferente a la mía. La conocí cuando se moría por ir a vivir a New York, cuando pensaba no tener hijos y cuando volvió a quererlos en su vida.Por eso, el año en que empezamos a andar me dijo muy seria: “Nada más que tienes que tomar en cuenta que quiero tener hijos”. Me quedé con la boca abierta. Yo tenía 25 años y todavía no decidía un asunto como ese en mi vida. Yo vivía en Las Cruces, New Mexico y ni siquiera tenía claro si volvería a Monterrey. Ella, que ya vivía en la Ciudad de México, me dijo que no lo pensara tanto y me arriesgara, que me fuera a vivir con ella. Yo estaba empanicada. La serie de historias suburbanas y apócrifas del DF me tenían muy impresionada y tenía mis dudas en venir a vivir a un monstruo de ciudad. El caso es que el 16 de diciembre de 2003 tomé la decisión más importante de mi vida. Tomé un avión y me fui a vivir para siempre con Ana. Al principio no fue fácil. No encontré trabajo con la rapidez que me hubiera gustado, pero poco a poco me fui adaptando a ese cambio tan radical. Yo estaba tan enamorada de Ana que el 2 de enero de 2004 nos fuimos a “casar” a las Pirámides de Teotihuacan. Me dio un mes exacto para acoplarme a mi vida de mujer casada y retomó la plática que teníamos pendiente desde el año pasado. Me dijo que ella iba a tener hijos, que era una intención muy seria en su vida. Que le gustaría tenerlos y criarlos conmigo, pero que si no, ella iba a buscar la manera de embarazarse. Yo le dije que estaba bien, que nos dieramos un año. Si la relación funcionaba, entonces nos aventábamos el paquete. En el fondo de mi corazoncito siempre quise tener hijos, sólo que tenía un miedo profundo de repetir esquemas y patrones. Tenía miedo a ser como mi madre había sido conmigo y no quería arruinarle la vida a un ser inocente. El año pasó y en enero de 2005 le comentamos a nuestra terapeuta nuestras intenciones. Ella nos recomendó a un doctor y en febrero fuimos a preguntar cómo funcionaba el proceso.

Necesito dinero, pero mucho dinero
Nos sentamos un nueve de febrero de 2005 en el consultorio del doctor Barros y dijimos sin rodeos: “Queremos tener hijos”. El doctor nos miró y preguntó cuál era el procedimiento que queríamos seguir. Le explicamos que nuestra terapeuta nos había platicado de uno en el cual los óvulos míos podían fertilizarse junto a los de Ana, ver cuáles eran viables e implantarlos en el útero de ella. Nos dijo que sí era posible. Nos dio una lista de exámenes médicos y un presupuesto aproximado. Nos recomendó optimizar recursos, es decir, que sólo una se hiciera el tratamiento de ovulación y a la otra se le implantara, pero nosotras decidimos la democracia de la naturaleza. Quisimos entrarle las dos y dejamos en claro que Ana sería la portadora. A mí siempre me ha dado igual llevar un bebé o no en la panza, así que si Ana quería experimentar los achaques del embarazo, por mí estaba bien. Salimos del consultorio y nos fuimos a casa. Hicimos cuentas, abrimos una cuenta bancaria mancomunada con el único objetivo de ponerle dinero cada mes, lo más posible, hasta reunir la cantidad tentativa que nos había dicho el doctor.

Ay dolor, ya me volviste a dar
En diciembre de 2005 ya habíamos reunido la cantidad que el doctor nos había dicho. Fuimos a consultarlo y nos dijo que lo primero que debíamos hacer era empatar nuestros ciclos menstruales. Esto nos tomó un mes, así que en enero que ya por fin estabamos sincronizadas, nos recetó la primera dosis de medicamento. Eran inyecciones subcutáneas que ayudaban a producir folículos que a su vez se convertirían en óvulos. Había que aplicar el medicamento a la misma hora y como yo en ese momento daba clases a las 7:30 am, la hora que quedó fue las 6:00 am, incluyendo sábados y domingos. Este medicamento nos iba a acompañar hasta unos días antes de la punción. Y pensamos que así de fácil iba a ser todo. Un piquetito subcutáneo y ya. Pero al cabo de unos días, cuando vino la última regla para Ana, nos mandaron un examen hormonal y una serie de inyecciones intramusculares de otro medicamento. A partir de este momento íbamos cada dos días a monitorear los folículos. Al día, nos estábamos aplicando dos subcutáneas y una intramuscular. Al cabo de los días, la piel y las pompis se vuelven extremadamente sensibles. Mi tormento terminó el 15 de febrero. Ese día fuimos a la punción. Así es como se le dice al acto de extraer los óvulos. El 15 de febrero era miércoles y yo no tenía clases, así que fue fácil llegar al hospital Ángeles Lomas que está en Huixquilucan. Nos mandaron tan lejos porque allá es donde tienen el equipo. La cita fue a las 7:00 am, pero yo me debrayé tanto que salimos a las 5:00 am de mi casa y llegamos a las 6:00 am. Para colmo de males, como iba a ser una operación en quirófano, teníamos que estar en estricto ayuno, así que ni un café para mitigar el sueño ni el hambre podíamos tomar. Y el pinche frío que hacía que todavía Ana no puede perdonarme. El doctor llegó a las 7:30 am y nos pasó a una salita de espera. Nos dijo que nos aplicaramos una ampolleta y decidiéramos quién iba primero a la punción. Decidimos que yo fuera la primera. Me pusieron gorro, bata y zapatos esterilizados y me treparon en la plancha. Me colocaron el aparato que mide la presión automáticamente, me pusieron suero, oxígeno y casi a las 8:00 am, anestesia general. Lo que sucedió a continuación no lo recuerdo, pero dicen que es algo así: abren las piernas en una camilla tipo ginecólogo, todo está perfectamente esterilizado pero al aire libre; meten una jeringuilla en uno de los ovarios, en el que más folículos víables haya; los extraen; inmediatamente esos óvulos son depositados en un medio estéril, probablemente dentro de una cajita de Petri y ahí esperan a que se les pongan los espermas, mientras tanto, te cierran las piernitas, te ponen en la cama de recuperación y aunque parezca un procedimiento sencillo, duele muchísimo.
Lo siguiente que recuerdo fue un regaño de la enfermera por estarme jalando el oxígeno. Luego vino el doctor para ver cómo estaba y ahí empezó mi pachequez. Lo agarré a besos y empecé a contarle a las enfermeras que me había ido de luna de miel a Hawaii. De rato, trajeron a Ana a la sala de recuperación. Para ese entonces yo me había intentado parar pero un dolor muy fuerte, como un gran gran gran gran gran gran cólico me había dado, así que me habían puesto una analgésico en el suero y me habían dicho que volviera a acostarme. Como todavía estaba borrachina entre la anestesia y el analgésico, lo único que acerté en hacer cuando oí a Ana que lloraba al lado de mi cama fue a acariciar la cortina, según yo la estaba consolando. Como a las 9:30 am, pude abrir los ojos. El doctor vino a hablar conmigo, porque era la más conciente. Me dijo que recordara ponerle dos inyecciones más a Ana, ya que ella sería la portadora y debían prepararle el medio. Ya para ese entonces yo me sentía un poco abochornada por mi comportamiento previo. Me dijeron que me sentara, que estuviera así unos minutos. Si podía sostenerme, entonces era que ya se me estaba pasando la anestesia. Me ayudaron a bajar de la camilla y me dijeron que ya podía ir a vestirme. No fue fácil, nada fue fácil. Estábamos completamente perdidas y con mucha hambre. Tomamos un taxi afuera del hospital y le dijimos que nos llevara al World Trade Center. Cerré los ojos y lo siguiente que escuché fue: “Y aquí a dónde le doy?” Estábamos afuera del World Trade, habíamos hecho una hora de regreso y las dos veníamos perdidísimas en nuestro mundo. Nos bajamos en un Vip’s para desayunar algo, pero sentíamos una molestia generalizada. Sobre todo Ana, sentía mucho dolor en el vientre. Nos fuimos a la casa y nos tumbamos en la cama a dormir hasta las 6:00 pm.

Ay, dolor, ya me volviste a dar II

En el momento de la punción, me sacaron 10 óvulos a mí y 12 a Ana. Los pusieron en una caja de Petri y pusieron la muestra de semen que habíamos comprado días atrás. La muestra era del mismo hombre. Lo escogimos con caracterísitcas similares a nuestros gustos, es decir, lo escogimos con gusto por la música, pelo café y alto. El sábado 18 de febrero volvimos al hospital de Huixquilucan para que hicieran la transferencia. El doctor nos había advertido que los óvulos iban a seguir un camino natural, es decir, iban a aceptar o no aceptar al espermatozoide, iban a desdoblarse en dos, cuatro, ocho y dieciseis células según el curso propio de cada uno. Iba a ocurrir tal cual hubiera ocurrido en nuestro cuerpo, de manera que no podíamos esperar 22 óvulos fecundados, a lo mucho 8. De esos 8, iban a escoger 3 que por la edad de Ana era lo máximo recomendado. Pero resulta que de los 22 óvulos únicamente 4 completaron la división hasta 16 células. El doctor le enseñó a Ana las fotos de cada óvulo. Eran dos míos (“dos hermosas y esplendorosas mórulas”, dijo Ana) y uno de ella (“una vil uva pasa arrugada”, dijo Ana). Le hicieron la transferencia mediante un cateter. Esta vez no hubo anestesia general y sólo Ana entró al quirófano, perfectamente conciente pero con ropa esterilizada y con los zapatos y gorro azules de peyón. Luego, pasó algo similiar a la punción: las piernas abiertas, las manos detenidas a los lados para que no fuera a intervenir. El doctor y un ayudante prendieron una cámara como de ultrasonido para monitorear lo que pasaba dentro de Ana, le pidieron que se relajara porque el cateter debía entrar en el primer intento y con facilidad para garantizar la supervivencia de los embriones que únicamente pueden permanecer con vida a temperatura ambiente aproximadamente treinta segundos. El mes antes ya habían hecho una prueba previa de transferencia para saber si cabía o no el cateter porque tiene que perforar el útero. Entonces Ana se relajó, le introdujeron el cateter despacio mientras ella veía en el monitor cómo entraba y por dónde iba pasando. Cuando llegaron al útero, depositaron los embriones en una de las paredes. Los doctores pusieron cara de “tú viste dónde quedó la bolita”, pero inmediatamente el doctor le dijo a Ana que se relajara y esperara dos horas en esa posición. Nuevamente estuvo en la sala de recuperación y le mandaron reposo ABSOLUTO durante dos semanas. A partir de ese día y durante un mes, tuve que aplicarle dos ampolletas diarias de progesterona para que los embriones se fijaran en el útero. Fueron días de extrema ansiedad, porque no hay manera de saber si pegó o no, sino hasta que pasa el mes y la gonadotropina coriónica humana se hace evidente y se puede efectuar un examen para determinar si hay o no embarazo.

We are the world… we are the children
Apenas el resultado fue positivo, fuimos al primer ultrasonido. Se veía muy evidente que había un embrión y atrás de él se veía una manchita. El doctor nos dijo que era uno. Nos dio cita para el próximo mes y nos mandó a casa llenas de tantas emociones encontradas. Primero de felicidad por estar embarazadas, pero de tristeza porque los otros no habían pegado. La sorpresa fue en el segundo eco, que nos dijo: “Anita, Cris, pues estaba yo equivocado… son dos”. Nos pusimos muy felices. Pero nos advirtió que el mamífero humano no está diseñado para tener dos bebés y que en cualquier momento uno se podía salir o dejar de gestar. No obstante, las especulaciones empezaron. ¿Serían niños o niñas? Ana dijo:“son dos hombres y encima, van a ser libra”. El papá de Ana fue premonitorio: “el medio químico, el PH, seguro favorece la procreación de niños”. Otro amigo dijo: “no te apures, sólo existe un 25% de probabilidad de que sean dos niños”. Pero como a todos los porcentajes mínimos le habíamos estado atinando, pues nos salieron dos hombres. Yo quería uno y uno, era el balance perfecto. Iban a ser Diego y Sofía. El doctor nos había dicho que el de arriba era seguro niño y el de abajo podía ser niña. Pero al cabo de los meses, Sofía resultó Sofío y tuvimos que buscar un nombre de niño. Ni modo de quitarle su nombre a Diego. Ana sugirió Santiago y a mí me gustó mucho. Desde entonces Diego y Santiago. Diego es el de arriba, mide y pesa más. Santiago es el de abajo, mide un centímetro menos y pesa unos gramos menos. Ya los reconocemos por su perfil.

Se acerca la hora cuchi cuchi
Diego y Santiago pueden nacer, a partir del 7 de septiembre, cuando se les dé la regalada gana. Ahora le estoy inyectando a Ana la sustancia que sirve para que los pulmones de los bebés maduren. Ana está por cumplir 30 semanas de embarazo. En caso de que los bebés nazcan en la 32 (semana en la que la mayoría de los gemelos nacen) van a poder adaptarse con mayor facilidad al ambiente gracias a las inyecciones. El doctor nos ha dado tres fechas, la más lejana es el 24 de octubre. La decisión de su nacimiento es completamente de ellos. No van a llegar a término porque pesan mucho, pero pueden llegar a la semana 38.

Estamos muy emocionadas. Ya tenemos la ropita con la que saldrán del hospital. Un montón de cobijas. Una dotación provisional de pañales de tela. La cuna está por llegar. Tienen una cantidad aceptable de ropa. En el momento que deseen pueden nacer, los estamos esperando y ya queremos conocerlos.

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*Publicado originalmente en el blog Las Dos Mamis, Activismo Virtual

Conóce más de Las Dos Mamis en su blog

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La Memoria también usa taco aguja (Elogio del Travesti)

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Por Héctor Acuña 

Intro

El contexto corre el telón: inicios de los años noventa, el país convulsionado por la guerra civil interna, las huestes de Sendero Luminoso y del MRTA por fin llegaron al punto central, asolando la Capital. Coches bomba, toque de queda, leva; la ciudadanía y el ejercicio de libertad en crisis. Y, sin embargo, H la vio por primera  vez en una fiesta under en Pueblo Libre (I saw her standing there cantaría Tiffany versionando a The Beatles) con una minifalda de cuero negro y el pelo mediano estilo carré – aquella imagen fue crucial para reactivar el travestismo incipiente que practicaba secretamente en su infancia.

Segundo Acto

Él/ella maquillándose meticulosamente, sentada en el asiento del copiloto ante un espejito de mano en el carro de la Duda Bermejo (a quien le debo un post aparte, ¡¡¡cómo no!!!) Su itinerario siempre era el mismo: llegar ya vestida o terminar de ataviarse en el carro de la Duda a una cuadra de la No Helden o de cualquier fiestucha new wave de fin de semana. Su entrance ocurría siempre pasada la medianoche. Era la norma. Celebrado, vilipendiado, ovacionado, sexualizado pero jamás ignorado.  Se llamaba Giuseppe Campuzano y para lograr tener su amistad – debo confesar – me costó mucho, muchísimo trabajo, pero lo logré. La terquedad y  decisión las heredé de él.

Tercer Acto

H empieza un laborioso, largo y asombroso proceso  de aprendizaje redescubriendo una práctica considerada marginal y hasta peligrosa en aquellos tiempos de guerra. El viaje transgénero se iniciaba, ya no había posibilidad de retorno: el travestirse como acto subversivo per se, el usar el propio cuerpo como artefacto de combate, entablar la lucha social desde tu propia marginalidad corpo-sexual, la desfachatez como consigna, el glamour como arma homicida. No teníamos ni puta idea de lo queer y fuimos lo más queer que produjo esta ciudad. Éramos un puñado de mariKas contra subversivas enarbolando la bandera libertaria desde un narcisismo extremista y compulsivo.

Legado Trans

Giuseppe estudiaba filosofía, era adicto a la lectura, música, cine, moda y siempre estaba atento ante cualquier impostura o torcedura histórica o artística que gustaba contarme como si fuera el último chisme que dejó el fin de semana. Aprendí de ella cosas tan disímiles: desde desarrollar la agilidad mental, la agudeza estética, la tradición ancestral travesti y  algo de crítica filosófica de tocador, hasta trazar un buen delineado, pegarse correctamente las pestañas postizas y calzar con exactitud matemática un corsé y tacos aguja. Era mi modelo perverso a seguir y estoy profundamente agradecido por el lujo de tener su amistad.

Iniciamos nuestras correrías desenfrenadas y etéreas en una ciudad catástrofe, con nuestra conchudez como escudo y signo, visitas frecuentes al cine club a ver films de culto, lecturas camp obligatorias (Sarduy, Copi, Puig), colección de vestuario y accesorios cada vez más brutales, intervenciones en galerías de arte, un vampirismo sexual incontenible, experimentación con drogas, tertulias interminables sazonadas con alucinógenos, diseño de tours underground, contra-culturales y sexuales que tratábamos de cumplir a como diera lugar.

Outro

Muchxs podrán ufanarse de haberlo conocido o escribirse con él, de haber leído su maravilloso libro Museo Travesti del Perú o haber visitado sus exposiciones dentro y fuera del país,; pero H sí puede ufanarse de haber disfrutado de su amistad, respeto y cariño – a pesar de todos los inconvenientes, venenos y peleas de mariKas, H te extraña y atesora lo mejor y lo peor de una travesía trasvestista que iniciamos casi juntxs.

 

Publicado originalmente el  13 Septiembre 2013  en http://serabyecto.lamula.pe

 

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La sangre de las matrias. Mi experiencia en el taller de menstruación sensible

 

Ilustración por Rulo Ag
Ilustración por Rulo Ag

Por Viridiana Becerril

“La sangre de las matrias se derrama en las cosechas durante una danza, donde sus cuerpos brujiles cómplices con la luna opacan los augurios de guerra y destrucción”.

Sangre, cosechas, matria, guerra son algunas de las palabras de la cita mencionada que me parecen fundamentales para entender la fuerte dimensión histórica y política que se esconde todos los días en la normalización de la vida, con respecto a la sangre menstruante y nuestras experiencias.

La curiosidad respecto a ello surgió a partir de la invitación que le hice a mi compañera Iluna para que en la biblioteca comunitaria en la que colaboramos pudiera darnos un taller de menstruación sensible como ella lo llama, taller que forma parte de las actividades que respecto a desmitificar las construcciones de género estamos gestionando.

Y ahí estábamos un grupo conformado en su mayoría por mujeres queriendo hablar, aún con cierto temor y vergüenza de nuestros cuerpos. Las palabras que sonaban al principio son aquellas que hemos aprendido del patriarcado y sus instituciones quienes nos imponen una lucha y una insatisfacción eterna con nuestro cuerpo: “incomodidad, suciedad, silencio, mancha, enfermedad, gasto, dolor, molestia, un ya qué, etc”.

Así iniciamos el diálogo entre las que estábamos presentes, pero también un diálogo con nuestras generaciones pasadas, con nuestras madres, con nuestras abuelas, nuestras primas, amigas, hasta con la mujer que sale en los anuncios de toallas sanitarias pidiéndonos uno solo de nuestros días.

     Sucia e impura fueron dos de las palabras que más se escucharon de nuestras bocas, cuando a manera de provocación Iluna preguntó a qué nos remitía hablar de ello. La sangre menstrual como impura, como un desecho.

     Considero que lo que hay que empezar a desechar, es que esta idea ha sido siempre así y lo será por los siglos de los siglos, haciendo alusión al pensamiento que nos la ha transmitido, el patriarcado envuelto en religión, que nos susurra en su Levítico 16, “Cuando una mujer tenga flujo, si el flujo en su cuerpo es sangre, ella permanecerá en su impureza menstrual por siete días; y cualquiera que la toque quedará inmundo hasta el atardecer”.

     Y así este mandato se va reproduciendo en nuestro cotidiano “shhh solo tú debes saber que estas en tus días”, “no puedes ir al panteón porque estás impura”, “no puedes tener relaciones sexuales con tu pareja por que pueden contaminarse los dos”.

     La sangre de las mujeres como impura, que debe ser escondida frente a una sangre, la bélica, la única reconocida como muestra de triunfo de honor. ¡Vaya herencia! En tono a la idea de desmitificar como un primer ejercicio de crítica feminista me pregunto. ¿Pero qué se sabe de lo que algunas antropólogas como Rianne Eisler y Moreno Sarda señalan respecto al carácter sagrado y mágico de la sangre menstrual al vincularse esta con la sexualidad y como un fertilizante para la tierra? ¿Por qué no, más que rechazarla, esconderla o ponerla en manos de fármacos y médicos vinculamos la menstruación con un ciclo que puede propiciar el escucha y conocimiento de nuestro propio cuerpo?

     Esta pregunta es fundamental si recordamos que ya es histórica esta persecución de mujeres, en un tiempo acusadas de brujas por portar un saber específico en torno a la sexualidad y el cuerpo, representando un desafío y un cuestionamiento a la ciencia moderna androcéntrica.

     Rechazar el control y dominio de los cuerpos y de la naturaleza, por los otros y buscar formas de estar coexistiendo con ella y no explotándola, es una propuesta de la menstruación sensible, por ello nos lleva también a reflexionar sobre el uso desmedido de las toallas y tampones, consecuencia de la publicidad de quienes hacen de nuestros cuerpos un negocio enriquecedor y que en el mismo tono patriarcal y androcéntrico de la religión nos hace pensar que no existen otras opciones ¿qué sabemos de las copas menstruales que recogen nuestra sangre y que pueden durarnos años y que no contaminan el medio ambiente?

     Por último, me gustaría señalar que esta aproximación que se propició con el taller, de ser mas sensibles a nuestras menstruaciones y de conocer las formas de vincularnos con un conocimiento de nuestro cuerpo y sus potencialidades creativas para vivir lo que en ese cuerpo se dá, nos da pauta para descubrir o inventar nuevas formas de vincularnos con nuestro entorno, con la naturaleza.

     Incluso podemos hablar de movimientos ecofeministas como los de Vandana Shiva que señalan que la desvalorización y conquista de la mujer y la desvalorización y conquista de la naturaleza y la tierra son del mismo tipo, creando una opción política frente al capitalismo desde nuestros propios cuerpos.

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De rémoras, parasitoides y huéspedes

He estado en varias discusiones con feministas prominentes en donde admitir la disonancia no parece significar nada más que imponer un acuerdo. Mientras hablábamos de política alrededor de una gran mesa redonda, la mayoría no permitía diferencias de opinión en forma o superficie. Cuando las verdaderas diferencias amenazaban con punzar la superficie de la plácida conversación, clamaban acuerdos y caían en insulsas generalizaciones de consenso. En ese contexto, la prerrogativa de la disonancia empezó a parecer como algo producido por el Ministerio de la Verdad de George Orwell.

Katie Roiphe

Por Adriana Raggi Lucio

Durante mi estancia en un congreso de género y fronteras, el pasado septiembre, me encontré con varias situaciones que merecen que me tome unos minutos para reseñarlas y analizarlas. No es que se trate de situaciones extraordinarias, es que se trata de situaciones que son el síntoma de un problema al que le he dedicado ya un tiempo de estudio e interés y que tiene que ver con el dogma, la intolerancia a lo diferente y la incapacidad de ponerse en los zapatos del otro, así como con la capacidad de juzgar al otro por lo que aparenta y no por lo que es.

En este congreso voy a marcar dos eventos interesantes:

1. En una mesa en la que se habló de género y sexualidad se presentaron varias ponencias interesantes, una giraba en torno a la   sobre-sexualización de las niñas, otra en torno a un estudio acerca de la percepción entre jóvenes universitarias de la conquista sexual y amorosa. Esta última ponencia plantea la interesante conclusión de que hoy en día las mujeres ya no se perciben como el objeto pasivo que será cazado por el hombre activo, sino que más bien perciben la conquista como un diálogo entre iguales.

2. La mesa en la que yo participé junto con Bruno Bresani, como Las Disidentes, era sobre masculinidades. Durante el desarrollo de la presentación la organizadora de la mesa comentó lo difícil que había sido lograr hacer una mesa sobre el tema que estábamos tratando debido a la reticencia de quienes organizaban el congreso. En la mesa se presentaron ponencias interesantes que hablaban desde las masculinidades disidentes hasta las paternidades.

     Esas dos situaciones tienen sus temas que se desplazan como unas rémoras junto a un tiburón, y que son importantes para mí como alguien a quien le interesan los estudios de género y le molestan las incoherencias de los discursos dominantes que tratan de imponer puntos de vista inamovibles. En el punto número uno que planteo arriba, lo destacable no son las ponencias en sí, sino la discusión posterior que se llevó a cabo por el público presente en la sesión de preguntas y respuestas. La audiencia estaba conformada por mujeres, todas las que participaron se declararon feministas que tenían un acercamiento a esta ideología ya sea como activistas o en la academia. Una de las generalidades que me causó molestia es la relación automática que hicieron todas acerca de la ropa que —desde el punto de vista de la ponencia presentada, sobresexualiza a las niñas y las mete en un sistema consumo— es la de hacer una relación de este tema con la trata de niñas, de forma automática y sin mediar ahí una serie de elementos que sostuvieran sus afirmaciones, pero las afirmaciones posteriores fueron sumamente escalofriantes:

      —¡Yo no le permito a mi hija utilizar playeras de tirantitos, las tiene estrictamente prohibidas!
      —¡Yo no sé que voy a hacer cuando mi hija entre a la universidad, ya que en tu ponencia afirmas que el 40% de las estudiantes             universitarias que entrevistaste no son vírgenes y son solteras, imagínate, cuando ella llegue a la universidad ya va a ser el 90%.       Le voy a tener que poner un cinturón de castidad!

    —¡En los setenta el feminismo luchó por la libertad sexual, se quemaron brasieres, pero ahora esta generación se está pasando de       liberal, ¡no podemos permitirlo!

La segunda situación, la mesa de masculinidades, tiene relación con la primera en el hecho de que ahí podemos ver la intolerancia hacia la disonancia de la que habla Katie Roiphe. El que se pretenda que una mesa sobre masculinidades no tenga cabida en un congreso de género, es olvidar lo que implica hacer estudios de género. Para mí se trata de estudiar, entender y cuestionar las construcciones sociales al rededor del sexo y del género, la forma en la que las vivimos y las implicaciones que se reflejan en las masculinidades y las feminidades a través de la violencia social que se deriva de la obligación de ser uno u otro y ninguno diferente.
Lo que se pudo ver en esa mesa, y en esa situación, es que las masculinidades sufren una violencia de la que no se quiere hablar, la que se ha vuelto políticamente incorrecto mencionar. Las paternidades, la guerra, las afirmaciones de lo masculino a través de lo negativo y lo violento, son elementos que hacen de este un lugar de límites y de violencia. Pero quienes hacen estudios de género prefieren callar, eligen no ver, optan por aplicar la ley del hielo a esta otra parte y ahí se vuelven sumamente violentas. No aceptan el disenso y pretenden crear su propio Ministerio de la Verdad.

Precisamente después de acudir a la mesa de masculinidades, comencé a buscar en las redes sociales cuestiones acerca de la violencia de género, pensando ver qué comentarios hablaban acerca de lo que en nuestra ponencia Las Disidentes denominamos la otra violencia de género, la violencia hacia los hombres, y me encontré con esto:

tuit

El Ministerio de la Verdad en pleno, quien escribió esto es una mujer que dice luchar contra la intolerancia, que se plantea a sí misma como una autoridad y que da lecciones de cómo debe la gente comportarse ante la violación o los chistes misóginos, y hace público un comentario de este tamaño: Ay, pobres hombres. Sufren. Se burla de quien seguramente se atrevió, osó, dar una opinión acerca de la violencia que sufren los hombres. Se burla públicamente y recurre al escarnio de las miradas disonantes, en su comentario —no importa a quién se lo haya hecho en específico— caben todas las intolerancias de las que Roiphe habla.

     Es entonces cuando los aquelarres y las manadas aparecen para plantear diferentes cuestiones y hay que poner atención a las conductas en grupo o como grupo. ¿Cómo funcionan grupos que utilizan un discurso hipócrita disfrazado de lucha social? ¿Cómo llegan a apoderarse de la verdad y a hacer su Ministerio? ¿Qué pretenden con esto? ¿El poder? ¿Cómo es qué se alimentan como parasitoides de los deseos de las nuevas generaciones que quieren cambiar las cosas? ¿Qué sucede con el huésped? Preguntas que no puedo contestar en un escrito tan corto, pero sobre las que llevo ya un periodo de mi vida trabajando y a las que aquí referiré algunas líneas.

     Cuando empecé a estudiar cuestiones de género me acerqué al PUEG, en donde tomé un diplomado y varios cursos de posgrado, y me di cuenta de que básicamente lo que estudiaba ahí era la teoría feminista no la de género (diferencia que muchas feministas niegan). Muchas veces en los cursos se llevaba a la mesa, de la nada y sin razón, el hecho de que los hombres cuando orinan no le atinan a la taza y ensucian el asiento. Este tema causaba siempre en mí un suspiro que respondía al aburrimiento y la desesperación, pensaba: ¡otra vez van a empezar con eso! Hace unos días en una reunión, en donde había una joven estudiante que coquetea con el feminismo, sacó a relucir exactamente el mismo tema. No me queda más que preguntarme ¿este es el mayor problema de género que sufren las mujeres o simplemente están intentando demostrar que los hombres son unos animales que no controlan su chorro de orina?

Otro de los asuntos a destacar es el de este discurso, que he escuchado repetidamente en los cursos de género:

     —En mi experiencia como mujer yo no he vivido ninguna de las discriminaciones que se describen en este curso.

     —El que tú no lo vivas no quiere decir que no exista y con que una mujer lo viva es un problema para ti y para todas que te tienes        que vivir como una afrenta.

     En este discurso deberían caber también todas las discriminaciones que viven hombres, mujeres, niños, LGBTTTI ¿por qué no? ¿Es qué el feminismo busca solamente la mejora de la calidad de vida de las mujeres y excluye a los demás? La respuesta que me daría una feminista es que no es así, que se busca la equidad, la igualdad de oportunidades (eso creía yo). Pero la respuesta en mi experiencia es que quienes dominan el movimiento feminista y quienes se presentan en protestas, reuniones y congresos sí lo actúan de esa forma. No solamente se trata de excluir a los hombres, también de reprimir la sexualidad de las jóvenes, imponer los cinturones de castidad, evitar hablar de las diferencias, evitar hablar de la sexualidad, repeler la mención de las masculinidades y acallar a la disidencia.

     Mi experiencia como alguien a quien han intentado controlar y hacer callar ha sido muy fuerte y dolorosa, yo creía firmemente en el movimiento feminista, hoy en día puedo verlo como algo lejano y demasiado liado en cuestiones del poder las  que a mí no me interesan. Por el contrario, mi trabajo en Las Disidentes o con mis alumnos de maestría y doctorado en la ENAP que trabajan cuestiones de género desde múltiples perfiles, conceptos y trasfondos culturales ha sido mucho más enriquecedor. La capacidad que tienen ellos de ver desde nuevos horizontes los conceptos de género y sexo es muy amplia y tiene un aroma fresco, no uno montado en lugares comunes y luchas de poder.

     Al mismo tiempo esta situación me ha dejado en una especie de limbo. Es un lugar en el que yo no me identifico con el feminismo, sino que me interesa mucho estudiar y analizar el género y todo lo que lo rodea. Pero soy identificada con el feminismo en diversos lugares, lo cual también provoca que en ocasiones se me hagan comentarios o se me impongan temas de trabajo que ya no me interesan o que en ocasiones tenga que acercarme a congresos como el que relato, los cuales se supondría tendrían que dar cabida a pensamientos diversos pero en realidad no lo hacen. A veces no encuentro un lugar de donde asirme, pero si hablamos de comparsas, ahí está Bruno Bresani en Las Disidentes que me da la mano y me cuestiona y ahí están las pocas amigas que me quedaron de mi vida en el feminismo, que son quienes me escuchan cuando me quejo y les gusta que les proponga nuevas palabras y formas. Por supuesto están los amigos de siempre y los nuevos, que son parte de mi nueva camarilla.

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BDSM y Amor

Ilustración Alex Xavier Aceves Bernal
Ilustración Alex Xavier Aceves Bernal

Por Jvana

Nuestra relación, desde su sexto año, ha mejorado a gran velocidad comparada con los años anteriores a una constante y hermosa velocidad. Se llenó de experiencias hermosas relacionadas con el amor y, desde luego, con el sexo. Él y yo habíamos jugado a varias cosas, siempre nos han gustado los personajes, los disfraces, la teatralidad. Descubrimos dentro de esos juegos que nos agradaba muchísimo pretender, en diferentes tiempos, que cada uno era el señor en la vida del otro, ordenarle, complacer nuestros deseos y mirar al mismo tiempo cómo los suyos se completaban. Cada uno por separado, pero casi al mismo tiempo descubrimos gracias a internet nuestro hoy tan querido mundo del BSDM. 

     En realidad no nos era completamente ajeno, y en mi caso, era familiar el hecho de que algunas personas fueran discriminadas debido a sus hábitos sexuales o sus gustos, pues desde muy temprana edad me vi también envuelta en ello, principalmente, en forma de homofobia. Leía cosas acerca de personas que gustaban de restringir al otro del movimiento, del placer, de la vista, personas que gustaban de la sensación de opresión, quienes querían ser castigados, castigar a los demás, premiarlos por sus buenas acciones y ser mimados y consentidos por una figura poderosa e imponente. Aunque nunca lo juzgué como malo, tampoco le di la importancia que cobró cuando después de jugar con mi muy amado, me di cuenta de que, sin saberlo, habíamos entrado a una habitación de bellezas y placeres con todo lo anterior. Supe que había mitos acerca de la salud mental de quienes tenían estas prácticas, que incluso dentro de aquellos que no estuvieran en la supuesta mayoría cisgénero y heterosexual, eran discriminados. Mi compañero y yo hemos tenido la suerte de procurarnos siempre un ambiente de respeto absoluto y comunicación abierta, así que fue cuestión de unos días hablarle de mis encuentros con el bondage/shibari. Me llamó la atención que tuviese raíces en un arte marcial, que procurara la serenidad y la paz de quienes lo practican, que aunque hubiera una evidente relación entre un dominante y un sumiso, ambos eran iguales, y no solo sus cuerpos, sino sus mentes cambiaban en cada sesión. Él había leído ya al respecto, así que pronto accedió a mis requerimientos: con escasísimos recursos y muchísimo entusiasmo cuidó de mí y me procuró toda la felicidad que pudo darme durante mi primer auto-amarre, hecho con un listón de 2cm. de grosor. No era una cuerda, no era sencillo, pero al menos, lo había intentado. Sentimos que nuestra relación había avanzado como nunca. Nos dio mucha fuerza el hecho de dejar nuestra seguridad y tranquilidad absolutamente en manos de otro. El bondage, así como el D/s, implican riesgos que no son necesariamente aquellos que se le asocian de primera instancia, del tipo de las muertes accidentales por un juego mal llevado a cabo. Aunque existe en efecto un riesgo, con la preparación apropiada y después de mucho estudio, el mayor peligro incide sobre todo en la salud mental: sentirse más vulnerable y solo que nunca es muy posible si la pareja no tiene el cuidado de mostrar siempre afecto y ternura; es posible hacer sentir al otro como el peor de los seres si estando inmovilizado, no se le presta la atención debida y no se le proporciona todo el amor de que se es capaz. Como en cualquier actividad que se realice en pareja, la confianza y la comunicación son obligatorias. Es importante no tratar el tema con pena, y documentarse apropiadamente al respecto, ser críticos con la información obtenida (especialmente del internet), y no intentar abarcar cosas demasiado difíciles sin haber experimentado primero las más sencillas.

     Después el sexo nos llevó de nuevo por bellas sendas, y unos meses después, le llamé por primera vez Amo. Pocas veces me he sentido tan unida a el, y tan feliz. Me mimó y procuré complacerlo tanto como pude, desobedecí y me castigó, y fui siempre su hermosa y pequeña princesa. Eventualmente, el control pasó también a mis manos ya que él había olvidado castigarme. Fui entonces su Ama y él mi precioso y dulce príncipe. Mi tamaño es, al menos, la mitad del suyo y dominarlo fue una experiencia muy intensa, ya que se volvió mucho más evidente que no se trata de un poder físico, sino mental. En ocasiones nos apoyábamos de las modestas cuerdas y los juguetes que construí con mis, también modestos, conocimientos. Un pequeño látigo hecho con materiales de manualidades, por decir algo.

    A veces no asumimos ningún rol y simplemente jugamos con ellos y apreciamos el bienestar que las cuerdas nos dan, semejante a la D/s, pero mucho más sutil y delicada. Es importante señalar que no siempre jugamos a esto ni es una parte de nuestras vidas que tome el control de todas las demás. Esta práctica, de hecho, es tan simple como decir que uno prefiere tener sexo en una posición o en otra, no es una cuestión que se deba hacer obligatoriamente y depende de cuestiones variables como el ánimo. Si la pareja o uno mismo no está teniendo el mejor día, quizá, entrar en una dinámica D/s presente aun más dificultades de las que ya se tenían, y entonces el estado de ánimo en lugar de mejorar empeora, y todo aquí se trata de sentirse bien y felices, por separado y en la pareja. Las personas de fuera se extrañan de todo esto y consideran que el bondage, la D/s, y en general, el BDSM, se asocian con la violencia y el abuso. Para nosotros, ha sido la forma más completa y valiosa de demostrar amor, una forma que en nosotros ha tomado formas incluso cursis, embelesadas y preciosistas. No se trata de fuerza, de placeres ni de sensaciones, se trata de amor.

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Sin besos porque me enamoro

Antoine Fräppa "El beso"
Antoine Fräppa
«El beso»

Por Cristopher Garnica

 

Para la mayoría de los niños los besos son asquerosos. Tienen razón, es un intercambio desagradable besar a la abuela con bigotes, por un dulce o una buena comida. De púbero hay que besar a cambio de una bofetada, lo que es terrible y doloroso. Otro tanto sucede con los besos que se intercambian por orgasmos…

Conocí una chica que besaba horrible. Chocaba con sus dientes, el sabor de su labial me quedaba impregnado hasta la nariz, y al mirarme al espejo, veía un rastro blancuzco en la barba: su saliva seca; el jugo de nuestra baba seca, no lo sé. No voy a escribir los detalles grotescos de sus besos. Pero agregaré que no tenía senos grandes, nalgas exuberantes, ni una belleza que hiciera torcerle el cuello a más de uno.

Sin embargo, tenía un gran sentido del humor, era inteligente y afectiva. Me atrapaba en charlas exquisitas, con lo que llegué a admirarla por sus logros, y ese futuro prometedor del que presumía poco o nada. Era humilde pero dadivosa: compró boletos para conciertos, el teatro, el cine, y muy seguido me esperaba en un cuarto de hotel, con paredes-espejo, sobre una cama en forma de corazón, sabanas de satín rojo y sillones en formas extrañas que parecen súper limpios, pero dudo que lo estén…

No obstante, la compañía de Fulanita era genial. Me hacía sentir afortunado y tenía acceso gratuito a cosas exuberantes o ridículas. Aunque intentamos llegar a un beso ideal, de esos con los que Cupido se vuelve un angelito voyerista, sólo llegamos a besarnos sin sentir repugnancia el uno del otro. Tal vez, para sorpresa de mi soberbia, el problema no eran sus besos, sino los míos. No obstante, al menos un par de meses, ella pagó por mi compañía, hasta que el sin besos porque me enamoro se convirtió en mi escudo.

Al repetir la frase comprendí, en mi experiencia breve de pirujo, que el cliché es también una declaración de principios. Había que evitar sus besos y marcar un distanciamiento sentimental pero sin herirla, puesto que su compañía me era agradable y me beneficiaba, no así sus besos. Lo que trataba de decirle a Fulanita, era no me beses porque te enamoras. Las prostitutas saben bien de todo esto. Su negocio es la compañía, sin lazos sentimentales ni cargas emocionales. Cuando eres mercancía, tienes que saber bien las reglas y especificar los términos y condiciones. De ahí, que la frase es útil y la primer regla del comercio sexual.

Además, ¿qué carajos haría una prostituta con el amor de un cliente? Vincent Van Gogh, se enamoró de una prostituta. Ella rechazó su amor, pues tal vez sus besos eran infames, y adolorido por el rechazo, se cortó la oreja. Luego, se la regaló a la prostituta. Si la prostituta le hubiera dicho: sin orejas porque me enamoro, su acción estaría justificada, pero no fue así, lo que nos demuestra, que las prostitutas no quieren amor, ni mucho menos, expresiones de radical melancolía artística. Por eso Bukowski, sabedor del tema, le dijo en un poema: Van Gogh, las putas quieren dinero, no orejas.

Esta experiencia nos remite a lo refinado de la frase, y sobre todo al truco de marketing, al que sucumbió el pintor. Cuando a Fulanita yo le negaba besos, ella intentaba besarme más e incluso forzarme. En caso de conseguir un beso, más me besaba. Ella satisfacía sus deseos, conseguía lo prohibido y se prendía más, pero el costo era recibir el impertérrito sin besos porque me enamoro. Lo que me hacía sentir considerado, superior, y además, fingía que su amor era elevado, comparado a mis besos débiles…

Negándole besos a Fulanita podía controlar su persona. Si yo decía cuándo, dónde, cómo y para qué besarla, ella me compraba cosas y se mostraba bondadosa, con el fin de que mis sentimientos se reflejaran con besos y caricias. (Porque no es lo mismo que te besen al chile, a que te besen el chile). Por eso las prostitutas logran conseguir mucho de sus clientes, y un beso, es como la croqueta de recompensa para el perro adiestrado.

Los besos de agradecimiento, las croquetas, son una inversión. Agregan calidad y humanidad al servicio y se gozan los beneficios. Uno (como las prostitutas) no está exento de vivir circunstancias intensas, dejarse llevar por las pasiones de afecto, sensualidad, entrega… pues a pesar de los besos chafas, hay que estar dispuesto a las experiencias de intercambio cultural.  Pero no puedes fantasear al respecto, —como lo hizo Van Gogh— o terminarás dando una parte de tu cuerpo, en lugar de satisfacerte por la que pagas.

Después de un tiempo de ser  pirujo, llegó la ruptura. Fue una despedida breve pero emotiva, donde no se cansó de preguntarme ¿por qué?, hasta que me mandó al diablo. Lo cual fue mucho mejor que recibir una de sus orejas, o monedas por un último beso.

Lo cierto es que sobrevaloramos el amor y los besos que esperamos del otro. En todo momento, deseamos que Cupido se vuelva un testigo voyerista, pero sólo confirma la expectativa de nuestras fantasías, antes bien, las destruye por completo. Pude ser honesto con Fulanita, hablar el problema e intentar solucionarlo, pues sus besos eran desagradables, pero adoraba estar con ella. En cambio Fulanita esperaba dar cosas a cambio de besos, y yo esperaba recibir cosas sin dar besos. En el caso de Van Gogh, pues bueno, es un pendejo…

Quizá porque no se dio cuenta, que la mayor parte de las veces hay que practicar, encontrar lo delicioso del asunto, fomentarlo y luego todo mejora. Así funcionan las empresas del amor, con todo y las limitantes de que a pocos les llegará la experiencia y a otros, jamás les llegará. En serio, ¿cuántas fantasías, y orejas simbólicas hemos entregado, esperando ser correspondidos? ¿Cuántos besos hemos repartido, esperando ser recompensados mínimo con una muestra de afecto? ¿A cuántas prostitutas(os) has besado y cuántos besos de prostitutas(os) has dado?

@elcrisgg

http://divinageliofobia.blogspot.mx/

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Amor

Por: Oscar Vez Título: La noción del cuerpo en el apostol San Pablo
Por: Oscar Vez
Título: La noción del cuerpo en el apóstol San Pablo

Por Reylita

Amor, ven, juguemos el juego de los dos, el juego de los labios, de la piel, de las manos. Me haré cargo de tu existencia, de tu cuerpo.

Con un dado rojo y un dado azul para recorrer tus secretos, absorber tus olores…

 

Primer tiro: Dado rojo dice que use labios, lengua y dientes. Dado azul, sobre tu pecho y abdomen. 20 segundos solamente.

 

Acerco mis labios a tu ombligo, un sello que suena muy bajo, erizando tu piel. Diez segundos. Empalmo mi cara a tu vientre, pegada a tu carne, aspiro, te huelo. Paseo la humedad tibia de mi lengua en mi camino a tu pecho. La punta de mi lengua dejando rastros curvos de transparente saliva. Se estremece tu cuerpo. Chupar la piel de tu pecho, lamer sus tetillas. Morder, morderte, hasta que digas basta y me obligues a regresar a tu vientre donde descubriré los costados de tu abdomen. Y  marcaré con mis dientes los límites de tu cuerpo, cadenas hundidas e la promesa de tu carne.

 

Segundo tiro: Tus manos resbalando, acariciando, apretando dice el dado rojo sobre mis piernas, muslos, rodillas, pantorrillas y pies. Por 30 segundos tuyos serán.

Tendida en la cama con las piernas juntas. Viertes en tus manos aceite y las frotas. Recorres con tus palmas desde mis pies. Rodeando mis muslos, dibujando circunferencias, resbalando, extendiendo tus manos hasta mis pies, restregando tus brazos en mi carne. Separas mis piernas y aprietas mi piel, que de tus manos escapa, a queriendo entrar en mi carne. Rodeando una pierna, recorres suavemente y aprietas dando vueltas a mi cuerpo. Tu brazo que resbala completo entre mis muslos, adelante y atrás, el ardor de tu piel quemando mi piel.

 

Un turno para ti y veinte segundos que el dado azul nos regala para que mi cara y cabeza froten tu espalda, tus nalgas como indica el dado rojo y diez segundos más.

Tú recostado, la extensión de tu espalda, la delicia de tus glúteos. Queriendo morder, dudo ante la consigna de solo restregar mi cara, me acerco al hundimiento de tu cadera, empalmo mi cara y respiro tu piel.

Barro mi rostro para llegar a tus hombros, barro de regreso hasta llegar a sus nalgas, hundo mi cara en tu carne, suavidad que recibe la ansiedad de mi rostro…No besar, no morder, solo recorrer con mi cara, se contiene el deseo y suplicante yo por encajar mis dientes, tu sonrisa que niega, que se divierte con mi ansiedad…control, contener el deseo, mientras el tiempo se acaba sigo recorriéndote y tú cuidandote de no ser mordido sorpresivamente.

 

Un tiro más, dado rojo dado azul, en mis nalgas y m i espalda. Palmear, rasguñar, pellizcar…quince segundos, ¡¡nada más!!

El tiempo apremia, amor. Con amabas manos en mis hombros, bajas surcando la carne de mi espalda, dejando líneas ardientes como colas de cometa. Araña más, araña mis nalgas, apretando hasta pellizcar y subes marcando con pellizcos mis costados, mis hombros. Y con ambas manos palmeas aun tiempo mis nalgas, la sorpresa emite un grito y arañas mis nalgas antes de otra palmada doble, el tiempo termino otra vez.

 

Tirando el dado rojo, un premio para mí, donde me masturbaré con tu cadera, dice el dado azul, cincuenta segundos.

Jugando el juego que descubrimos alguna vez ya olvidada. Tendido tú de costado, me monto en tu cadera amor, restregando mi vagina hacia adelante y hacia atrás, frotando mi clítoris, tal vez pueda llegar, frotar y frotar, dejar mi cabeza caer hacia atrás,  moviendo mi cadera de manera circular. Me sostienes con tus manos, al compás de mi movimiento, encontrando el éxtasis sobre ti. Mi vagina bañando de mi tu cadera, empujo, empujo y mis muslos se tensan, el escalofrío que recorre de mi a cabeza a mis pies. Mis ojos en blanco, el latigueo de mi pelvis, el ritmo , cadencia, montada en ti, con gemidos que suplican tu nombre y seguir, seguir tratando de enterrar tu cuerpo entero en mi, con desesperación me muevo. Me ayudas en esta agonía, sobando mi clítoris con sus dedos, me llevas al éxtasis, de mi vagina, de mi humedad, exudando.

 

Al diablo el juego, gritas, mientras te levantas recostándome y abriendo mis piernas y metes tus dedos sobando dentro y no dejas de empujar, girando, golpeteo incesante, mi cuerpo retorciéndose, escalofríos interminables…

 

 

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El hombre perfecto

Eldi Dundee Fetish boys 2008/2011, etching, 1/20
Eldi Dundee
Fetish boys 2008/2011, etching, 1/20

 

Alan Palma

El hombre perfecto, la cita perfecta, el amigo perfecto, los pantalones perfectos, el peinado perfecto, la calificación perfecta, las nalgas perfectas, el pene perfecto etcétera.

    Tal vez cambie la palabra, pero en nuestra sociedad se busca la perfección, en todo, en las cosas y en las personas, pero ¿en realidad la buscamos? o ¿buscamos algo que se nos ha dicho cómo tiene que ser, pero que al final sabemos no vamos a encontrar?

    En la cotidianidad la palabra perfecto hace una referencia directa al canon establecido lo mejor de lo mejor, y aunque la realidad diste mucho de ser perfecta, los medios masivos de información se encargan de hacernos creer que la perfección, como ellos la presentan, es asequible y real. Pero ¿qué es lo perfecto? La misma definición de la palabra queda algo ambigua, nos permite establecer esos límites de lo menos defectuoso o lo más cercano a la excelencia; entonces al final del día ¿buscamos lo perfecto para nosotros? o ¿buscamos lo perfecto para la aprobación social?

    En el mundo gay, de los antros, de la fiesta, del desvelo, del precopeo, del status, hay una gran influencia de los medios hacia la búsqueda del status quo de la perfección homosexual, por lo que muchos hombres gay buscan ser y estar con el hombre perfecto para obtener la aprobación social.

    La sociedad en que vivimos es sumamente consumista; sin embargo, en los círculos gay afines al Capitalismo Rosa esto se acentúa aún más, pues los gays somos híper consumistas: debemos tener los mejores zapatos, la mejor playera, el mejor pantalón, o tener todo el vestuario salido de la tienda Z o B, el Iphone no puede faltar o el nuevo celular más caro, y es ahí donde entra cierto canon del hombre gay perfecto.

    El hombre gay perfecto debe tener primero, los atributos de los cánones estéticos que marca la moda, músculos bien marcados, altos, guapos; después la vestimenta, como ya lo mencionamos, y por supuesto un buen puesto ejecutivo en alguna empresa donde gane de los 20 mil pesos para arriba; en los medios así los muestran, por lo que el ideal de la pareja gay es ver a dos hombres igualitos viviendo juntos.

    Obviamente la realidad es distinta, aunque estoy seguro que muchos chavos homosexuales desearían esto, pero dada la improbabilidad de toparse con un chavo pudiente, caucásico, en forma, y gay, en México, muchos nos bajamos de la nubecita, aterrizamos, nos desengañamos y buscamos al hombre perfecto para nosotros.

    El hombre perfecto cambiará dependiendo el gusto de cada quien y es ahí donde llegamos a un universo hermoso de diversidad, en donde nos podemos conformar con lo que nos toca o podemos encontrar lo que andábamos buscando. Está por ejemplo, el llamado Oso, aquél hombre barbón, gordito y bien peludo de todos lados; o el leather, el transexual, el otaku, la jotita (sin ser peyorativos), el hipster, el chacal, el macho, el botudo, el nerd, el alto, el güero, el moreno, el X, en fin, existen tantos gustos y subjetividades como personas existimos en este mundo.

    Todos necesitamos amor, y aunque hay algunos que terminan comprando la idea del comercial, al final, después de tanto bombardeo y no poder conseguir lo que se les ha indicado, terminan echándose al que más criticaban o al que menos se imaginaban o, mejor dicho, después de unas dos chelas, terminan aceptando lo que en verdad les gusta, y si después de la cruda siguen sin aceptar que les fascinó, es muy fácil echarle la culpa al alcohol.

    En un mundo gay donde todo es tendente a la superficialidad y frivolidad, o te quedas solo o aceptas que el amor no puede ser construido por una serie de factores específicos y meramente físicos.

    Yo creo que el hombre perfecto existe para todos, y se encuentra cuando menos lo esperamos, definitivamente nos tiene que gustar físicamente, así sea el más feo dentro del canon estético establecido, pero nos tiene que gustar físicamente, y de ahí el siguiente paso, nos tiene que convencer todo lo demás que no tiene que ver con lo físico y material.

    Al final hay para todos y dicen que el que busca encuentra, solo que primero tenemos que saber bien que estamos buscando para poder encontrarlo.

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