Hace unos 6 años empecé a trabajar como docente de artes plásticas en escuelas primarias públicas ubicadas en zonas donde las violencias físicas, económicas, alimenticias, sexuales, sistemáticas son muy altas. Yo tenía poca experiencia como maestrx, día 1 y esa fue la primera conversación.
La institución-escuela es una de las primeras en normalizar el género (y tantas cosas más) y hay poco, o nada, de rango para que muchas preguntas hechas por niñxs sean respondidas.
Pensar en la educación como un conjunto de saberes y herramientas que puedan vincularse a un existir cotidiano, colectivo, empático, creativo y transformador me parece fundamental, aunque es díficil indicidir en contextos violentos. Pero re-pensar las prácticas docentes como contranarrativas tiene sus fisuras desde donde poder accionar, pedagogías cyborg, subvertir las herramientas hacia un lenguaje político, contar nuevamente las historias, versiones que inviertan y que desplacen los dualismos y jerarquías, reescribirlas y poder generar un espacio abierto a las dudas, a las posibilidades, a las respuestas, a los destellos de otras formas de existir y ser escuchadxs.
Minifragmentos recuperados de momentos entre 2015 y 2019.
1
Hoy hicimos un ejercicio sobre identidad, ¿quién serían ellxs por un día?, autonombrarse y
decidir cómo quieren ser llamadxs.
Noté que una niña muy callada levantó la mano para participar, me preguntó si también
podían ser trans, lxs niñxs reaccionaron de distintas maneras, la mayoria negativas. Ella es
hermana de una jóven trans y sus procesos escolares habían sido difíciles. Ese día guié la
clase hacia temas de expresión de género y ella aportó explicando a sus compañerxs cómo
ella entendía lo trans y la discriminación.
La clase fue bien, me sentí muy contenta al ver su sonrisa, a mi parecer, sintiéndose en un
lugar seguro y en confianza de poder hablar de esto.
Quizá ella no lo sabrá, pero me reconozco en ella y me hace feliz verla sonreir.
2
-Papá, digo mamá, digo maestro, digo maestra.
– Si, dime.
-Mi mamá ya se dejó el pelo azul como usted.
-¿Y qué te parece?
-Me gusta mucho, le dije que parece super sayayin fase 8.
3
Hola, soy la maestra de artes plásticas y sus hijxs nos van a platicar por qué no existe el
«color carne» o el «color piel».
Inicios de antiracismo-curso 1 para niñxs de primaria.
*Día de clase abierta con mamás y papás.
4
-Maestra ¿por qué siempre se viste de negro y cómo es su piel en los brazos, por qué nunca trae manga corta?
– (tatuajes).
5
La clase pasada, con los grupos de edades mas pequeñas, vimos una animación muy corta sobre -comida no bombas- y hablamos (lo poco que se pudo porque son muy traviesxs y no se concentran mucho) de por qué preferíamos tener frutas y verduras para comer y compartir en vez de bombas y guerra, después nos pusimos a dibujar algunas frutas con crayolas y acuarelas para usar en un mural. Poco a poquito vamos logrando nuevos aprendizajes, compartimos saberes y otras formas de organizarnos y vivir el feo mundo.
6
-¿Usted es hombre?
-¿Por qué lo piensas?
-Los hombres usan el pelo corto
-Las mujeres también, ¿conocen a alguna mujer con cabello corto?
-Mi tía -Mi vecina -Mi abuelita
-Ah pues si ¿verdad? 🙂
7
Hoy me puse un saco ligero de manga abajito del codo (siempre llevo manga larga, pero hace mucho calor, casi siempre es ropa negra, llego sudando en bici, además de estar encerrada en un salón con muchos morritxs), lo llevo así para que la gente adulta no haga tantas preguntas. Lxs chavitxs empezaron a preguntar por los tatuajes, y les dije: son dibujos, como los que hacemos en la clase, a mi me gustan los dibujos y los colores. Hubo un silencio por unos tres segundos y un niño dijo: ¡pues claro que a ti te gustan, por eso eres la maestra de artes!. Y entonces no volví a taparme los brazos.
8
-Maestra, ¿y todos vamos a usar falda para la obra? ¿También los niños? -Puedes elegir tu vestuario. – Si! Me gusta usar falda.
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Miroslav Tovar (cdmx, 1989). Maestría en Arte y Entorno por la Academia de San Carlos/UNAM. Interesadx en el trabajo corporal como espacio político de re-conocimiento para generar comunidades desde intervenciones transfeministas. Sus líneas de trabajo son: narrativas disrruptivas, pedagogías alternativas y autodefensa/colectividades.
https://cuerpoerror.wordpress.com/
Con este texto comparto una experiencia docente en la Licenciatura en Pedagogía de la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), una institución pública de educación superior creada en 1978 con la finalidad de formar profesionales de la educación en licenciatura y posgrado, para atender las necesidades del sistema educativo nacional y de la sociedad mexicana en general, bajo el lema “Educar para transformar”. Actualmente cuenta con 70 unidades en todo el país, una de ellas en la ciudad de Morelia, Michoacán.
En ella, la licenciatura en Pedagogía contempla materias optativas en los últimos semestres, con la finalidad de acercar al estudiantado a determinados campos de formación. Con varios y varias colegas, decidimos diseñar un conjunto de materias optativas sobre educación inclusiva, con el propósito de contar con herramientas conceptuales necesarias para realizar proyectos educativos con este enfoque. En este contexto propuse la materia de perspectiva de género, con la finalidad de revisar aportaciones de esta categoría para fomentar la educación inclusiva, a partir de la corporalidad como un aspecto central en la producción y difusión del conocimiento.
Las aportaciones de esta asignatura van más allá de la simple categorización sexual. Se trata de comprender la clasificación de las personas en función de su corporalidad para crear jerarquías naturalizadas. De ahí la organización de contenidos en cuatro bloques:
La perspectiva de género presenta un panorama general sobre la categoría género y su aplicación en el conocimiento científico.
Teoría queer y teoría crip analiza la relación entre la corporalidad y el poder, a partir de las teorías queer, crip y la interseccionalidad.
Cuerpo y tecnología se enfoca en las tecnologías del cuerpo y del género, desde el paradigma posthumanista, para incorporar sus propuestas en la educación inclusiva.
El programa finaliza con un bloque sobre arte corporal, con la finalidad de explorar sus posibilidades educativas, a partir de la desnaturalización y repolitización del cuerpo.
El curso fue pensado en la modalidad presencial, sin embargo tuvo que desarrollarse de manera virtual debido a la contingencia sanitaria del 2020, por lo que subí los contenidos y actividades de cada bloque a una plataforma digital educativa. Al final, solicité un video donde expresaran lo que más les había interesado del curso, como actividad grupal y de retroalimentación.
El resultado fue interesante porque la mayoría mencionó la teoría queer como el tema que más les había gustado. Entre los motivos que dieron están los siguientes:
Critica y cuestiona la heteronormatividad.
Ofrece nuevas interpretaciones sobre la identidad, la sexualidad y la belleza.
Intenta romper esquemas de género y sexo.
Ayuda a ampliar nuestro paradigma sobre el movimiento LGBT+.
Habla sobre la influencia que existe entre la cultura y la sociedad para que se construya el género y la sexualidad de cada persona.
Tiene una mirada crítica y cuestiona la realidad.
Es importante que los educadores la conozcamos.
Los otros temas citados en el video fueron la teoría crip, porque hace énfasis en la crítica de la normalización de los cuerpos con personas con discapacidad; la perspectiva de género, porque sirve para mejorar la vida de las personas; el arte corporal, como una estrategia para la educación inclusiva e intercultural; cuerpo y tecnología, por la manera en que hoy en día se incorporan las tecnologías al cuerpo humano y la creatividad que estas conllevan; el capacitismo, porque explica la creencia errónea de que algunas capacidades son mejores que otras y el posthumanismo, porque nos enseña a ver la vida de una manera distinta.
Además de identificar que la teoría queer fue el tema más ‘taquillero’, esta actividad sirvió para recibir una retroalimentación del curso en general. La educación es un proceso comunicativo, cuando recibimos una respuesta del grupo se genera un diálogo, es muy satisfactorio saber que la preparación y el desarrollo del curso tiene resultados. Sobre todo cuando se trata de cambiar lo presencial por lo virtual a última hora.
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Semblanza del autor:
Fernando Zarco Hernández: Doctor y maestro en psicología social, licenciado en psicología e ingeniero en sistemas computacionales. Actualmente es profesor universitario, cansado del capitalismo académico. Busca repolitizar el cuerpo mediante la investigación sobre sexualidad, drogas y tecnologías. https://fernandozarco.wordpress.com/
La cuarentena eterna en la que vivimos desde marzo de 2020 obligó a trasladar a plataformas digitales lo que antes fuera una rica interacción en los salones de clases, museos, cafeterías o cualquier otro lugar en el que nos reuniéramos para compartir y aprender. Aunque cotidianamente se asocia el estudio con la juventud, como seres sociales, nuestra posibilidad de ampliar fronteras físicas y mentales no se limita a los ciclos escolares establecidos por los sistemas educativos, ya que todo el tiempo estamos aprendiendo sea por el contacto que tenemos con otras personas, las cosas que vemos, leemos, conversamos o practicamos.
Sin embargo, el encierro prolongado interrumpió de forma indefinida muchas de las actividades que nos mantenían alerta y ocupadxs, entre éstas las clases formales. Una de las poblaciones con las que trabajo como docente y de la que más me he nutrido en estos meses de clausura son los adultos mayores. Personas de entre 55 y 80 años que todavía tienen la curiosidad despierta y ocupan su tiempo aprendiendo lengua italiana y arte. No preciso decir que, si bien la Covid 19 ha hecho cundir el pánico de forma global, en específico, entre los más ancianos se volvió una amenaza latente, por lo que conforme el tiempo pasaba el miedo y la frustración crecía entre lxs estudiantes.
La posibilidad de vernos pronto para seguir nuestros cursos era prácticamente nula y eso motivó a que la comunicación que había continuado vía chat se replanteara para dar cabida a formas más organizadas de concluir con el programa propuesto a inicios de 2020. La entereza de mis viejitxs no cesó a pesar de que ya tenía noticia de algunos contagios -de los cuales, por fortuna, salieron avante. La primera estrategia que empleamos para retomar nuestras clases a distancia se basó en breves videos en los que yo aparecía, apoyada de algunas imágenes, explicando los puntos más destacados de alguna corriente del arte moderno europeo o las bases gramaticales de algún tema del italiano, compartía el enlace del audiovisual con ellxs y ¡listo! Pudieron volver a verme y eso incentivó sus participaciones en el chat.
A falta de libros o materiales impresos para trabajar les pedía que recurrieran al internet, que bajaran aplicaciones, que grabaran sus respuestas en audio o se tomaran fotografías. Aunque para el promedio de lxs jóvenes con acceso a estas tecnologías esto es cosa fácil, si tenemos un adulto mayor en la familia, bien sabemos que para ellxs los teléfonos, tabletas o computadoras, son regularmente enemigos capaces de provocar un corto circuito nacional, de ahí el miedo que les provocan las teclas, botones y las ventanas emergentes. Si bien todxs tenían ya un celular y usaban mensajería por chat, la serie de innovaciones que aparecieron para multiplicar los recursos comunicativos, eran algo ajeno a su interés, pero con cada tarea entregada notaba cómo su seguridad crecía.
Fue por eso que, al adquirir algo de experiencia en plataformas de interacción sincrónica me propuse articular cursos para ellxs usando esa modalidad, y nuestro chat permanecería sólo como un soporte para compartir información, recordatorios o tareas. Alrededor de mayo del año pasado iniciamos con esta nueva aventura digital, para mí especialmente grata por todo lo que he aprendido.
Al tener experiencia docente con jóvenes de la UNAM sabía que las clases sincrónicas representan varias dificultades, desde el acceso a los equipos hasta la conexión de internet. Existen variables ajenas a lxs estudiantes que en ocasiones impiden que las sesiones sean accesibles. Con esta antesala me esperaba una respuesta similar, pero cuál fue mi sorpresa al comprobar que para mis viejitxs aprender a usar estas plataformas fue un acceso afectivo y no sólo escolar. Poder ver y escuchar a sus compañerxs constituía una manera de sentirse acompañadxs, de escapar de casa por un momento.
Si en las primeras sesiones la pelea con los micrófonos era constante, semana a semana hubo un mejor dominio de las características de la plataforma, en ocasiones, facilitado por el apoyo de hijos y nietos que llegaban a aparecer en cámara indicando a sus familiares cómo resolver un imprevisto. Las sesiones se sucedieron durante todo el año con ánimo y buen índice de asistencia lo que indicaba que aún con las dificultades, prácticamente, el 100% de mis estudiantes se familiarizó con las aplicaciones y participó con animosidad. Asomarme a sus hogares desde la computadora me dejaba verles preparadxs para su clase, bien vestidxs y atentxs. Su interés en cada sesión vía remota me inyectaba energía para preparar los próximos contenidos y perfilarlos hacia sus intereses, siempre con el propósito de despertar otras inquietudes que nos mantuvieran ávidxs de saber.
De mis viejitxs aprendí que nunca es tarde para ampliar nuestros marcos mentales y ajustarnos a las necesidades que se presenten, que a pesar de las dificultades tecnológicas, de salud física o mental, la actitud que demostremos ante las circunstancias dice mucho de nuestra capacidad de resiliencia, ésta es una estrategia personal para sortear dificultades, pero también tiene nexos con nuestro entorno, con la sociedad a la que pertenecemos, por lo que entrar en contacto nuevamente, aunque fuera mediante los portales de internet, nos fortaleció e hizo más empáticos al reconocer que todxs estábamos viviendo situaciones extraordinarias, preocupantes y de incertidumbre.
Aunque soy su profesora, en retrospectiva, pienso que ellxs me enseñaron más a mí, porque nunca se rindieron y a pesar de estar lejos construimos un vínculo de cariño basado en su respuesta confiada a mis ideas. Cada dinámica se enriquecía con sus experiencias, de éstas rescato la entereza con la que seguimos cultivando saberes en este arranque de 2021.
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Semblanza de la autora:
Ana Laura Torres Hernández estudia el Doctorado en Artes (INBAL) y es maestra en Historia del Arte (Estudios Curatoriales) por la UNAM, cursó la licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Como curadora participó en la exposición: La ciudad está allá afuera. Demolición, Ocupación, Utopía, exhibida en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco del 26 de noviembre 2016 al 2 de abril 2017 y en el Museo de Arte de Sinaloa de mayo a agosto de 2017. En la UNAM es profesora de la asignatura “Patrimonio, museos y divulgación del arte”, en el Colegio de Historia, FFyL, así como del “Seminario de Arte Moderno” y “Métodos de análisis de la obra de arte” en la Facultad de Artes y Diseño. También imparte cursos independientes de Lengua y cultura italiana e Historia del Arte, dirigidos para adultos mayores.
Una niña negra bien cimarrona corta el café desde antes que comiencen los octubres hasta que se terminan los marzos.
Cada tarde al terminar la corta la niña negra bien cimarrona anda por los potreros arriando los terneros que mete en el corral para en la mañana siguiente ordeñar las vacas y sacar algo de leche para la comida del desayuno.
Una niña negra bien cimarrona revisa el cerco de las gallinas, siempre alerta de que ninguna se salga o se la comerá el tacuazín.
Una niña negra bien cimarrona se pone un saco de café en el lomo y se echa a andar subiendo el cerro en medio de la lluvia o del ferviente calor del sol.
Una niña negra bien cimarrona corta café en la montaña mientras le duele el vientre y trata de esconder su primera menstruación colocando entre sus piernas un pequeño pañuelo mal doblado pretendiendo parar la hemorragia y así no levantar sospechas.
Una niña negra bien cimarrona corre en medio del cafetal con los perros que matan serpientes.
Una niña negra bien cimarrona se sube a lo alto de una roca sin forma que está en el río y observa otra roca sin forma de la cual se podría formar una piedra de moler, la niña negra bien cimarrona sube la roca en su espalda y empieza las andadas en los caminos estrechos y empinados de la montaña que recorre junto a su hermano hasta llegar a casa y mostrarle a mamá la posibilidad de una nueva piedra de moler.
Aunque a la niña negra bien cimarrona cada mañana la tortura la piedra de moler porque tiene que pasar la masa gueste para hacer las tortillas antes de irse a estudiar, los brazos de la niña negra bien cimarrona están cansados.
La niña negra bien cimarrona se tiene que levantar a las 4:00 de la mañana para moler el maíz en el molino, atizar la hornilla, pasar la masa por la piedra de moler, hacer las tortillas y a las 5:15 am irse a bañar para luego irse a estudiar a un colegio que queda a 2 horas caminando a veces corriendo, la niña negra bien cimarrona, pobre y adoptada tiene que estudiar, aunque desea morir, la niña negra bien cimarrona esta triste y cansada.
La niña negra bien cimarrona intento envenenarse, pero su hermano le pidió por favor que no lo abandone porque si la niña negra bien cimarrona muere el hermano tendrá que resistir solo y ya no podrán reír y ser felices de vez en cuando, ya no podrán jugar a escondidas de mamá para que no la manden a lavar los trastes argumentando que la niña negra bien cimarrona nunca hace nada.
Pero la niña negra bien cimarrona lo hace todo, siempre lo hace todo.
La niña negra bien cimarrona se desarma en las formas más dolorosas que le habitan.
Me estoy conociendo a la misma vez que me reinventó yo soy la niña negra bien cimarrona, que ahora no responde a una identidad binaria heterocisnormativa en la que durante muchos años me obligaron habitar, el ser mujer. Me estoy colocando en los espacios que antes habitaba desde el dolor que carcomía mi espalda encorvada que azotaba mi madre adoptiva. Los primeros azotes que recibió mi pequeño y solitario cuerpo negro acimarronado que no quería habitar ningún género, estas manos que pertenecen a mi cuerpo azotado recogían las culebras del basurero pensando que eran lombrices como las que habitan el interior de mi estómago, el interior de esta tierra tierra cubierta de raíces, hojas, ramas podridas , chinches, gallinas ciegas, hormigas, ciempiés, alacranes y muchos otros tantos seres celestiales ancestrales que habitan la gran montaña donde creció una niña negra bien cimarrona, pobre y adoptada que limpiaba el piso todos los días pero que también cocinaba el nixtamal que lavaba por las noches para hacer las tortillas en la madrugada del día siguiente.
Este cuerpo negro bien cimarrón, bien maricón, lesbianx, disidente, no binario corre entre las montañas, las sierras, el rio y el mar, observa la luna deja que el sol le queme la piel para sentirse vivx, los cuerpos maricones revolucionamos como los huracanes, nuestra fuerza es la rabia.
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Soy Leafrox, lesbianx, no-binarie, y disidente sexual, soy una persona negra, afroindígena, cimarrona y adoptade. Soy Poeta/Escritore y actualmente estoy creando una serie de dibujos experimentales. Escribo desde mi barrio en medio de la pandemia de covid-19 y de una narcodictadura desde Honduras, Centroamérica. Tengo 23 años.
Escribo para mí, escribo para que mi gente negra, indígena, racializada, pobre, diversa, gorde y con discapacidades se identifique con mis palabras y que juntxs/es venzamos el miedo a través de la escritura o de cualquier forma de crear y/o hacer arte que vaya más allá de la academia y de la hegemonía occidental, porque nuestras realidades no son académicas, no son formales ni normales, no son blancas, no son heterosexuales ni de clase, no son cisnormativas. Escribo y TRANScribo esta rabia universal y ancestral como forma de retribuirles a mis ancestrxs su lucha por una tierra libre y en armonía con nuestras energías. Estoy creando y escribiendo para que otros mundos y otras formas de vida nos sean posibles.
Hablo desde esta marginalidad que habito junto con otrxs cuerpxs empobrecidxs por un sistema racista, capitalista, patriarcal, colonialista y neoliberal. Escribo desde aquí para no dejarme morir en esta agonía diaria de mantenernos con vida, escribo porque quiero dejar mis letras, palabras y creaciones como prueba infalible de mi existencia maricona, desvergonzada y a mucha honra rebelde, descarada y enrabiada.
No soy de este mundo, solo soy un viajere mas y si pronto me voy estaré feliz de haber escrito mucho de lo que soy, de lo que somos. Mi corazón, mi cuerpo y mi existencia es migratoria desde antes de haber nacido en este plano que me duele, que nos duele tanto.
Imagen por ive.chula: dibujo de un camisón con un cargador por cinturón. El dibujo es en línea blanca sobre fondo rojo.
Por Celeste Aída
He oído decir que en otros países, en cuanto los hijos cumplen la mayoría de edad se espera que agarren sus cositas y se salgan de la casa. ¿Quién lo espera con más ansias, los jóvenes listos para lanzarse a la adultez, o los padres satisfechos por haber cumplido cabalmente con la crianza y manutención de sus crías? No lo sé. Lo que sí sé, es que para bien o para mal en México a menudo no es así. Menos cuando una pertenece al sexo femenino, y menos aún, cuando se cuenta con una discapacidad visual, como es el caso de quien por aquí escribe. Les ruego no me pregunten mi edad. Basta con decir que rebaso por mucho los 18 años, y por lo tanto no es de sorprender que tenga, o haya tenido pareja, novio, encuentros casuales y periodos de abstinencia íntima, voluntaria o circunstancial.
¿Cómo se las arregla una mujer (ceguera o no), para sostener dichas relaciones cuando aún vive con sus padres?. Simple, en cualquier lugar menos en su casa. Y si se trata de pasar la noche bajo techo ajeno, hay que ponerse creativa con las excusas, y sobre todo, nunca guardar las antenitas para que no te cachen en la mentira. Lo que a continuación narro, data de mi última relación estable con un chico. ¿Qué clase de chico? De esos sonrientes y perfumados que suelen agradar a las abuelas.
Román mi novio, me llevó a casa de mi abuela para leer. Con toda puntualidad, tocamos a su puerta y al llegar intercambiamos saludos corteses, pues Román y ella apenas se conocen.
– “¿No me vas a dar un beso? – “Si, abue”. Quizá un poco apenada, saludé a mi abuela de la manera acostumbrada, tras lo cual Román se despide con la misma cortesía con la que llegó, diciendo que volverá por mí un par de horas más tarde. Hasta aquí, todo en orden.
Cuelgo mi chamarra y mi mochila negra en el perchero ansiosa por entrar al baño, pero entonces caigo en cuenta que mi celular está sin batería y el cargador se quedó en el carro, precisamente en la maletita roja que contiene lo que necesité la noche anterior para pasarla en casa de Román. Así que le marco para que vuelva.
– «Se va a tardar», dice mi abuela, mientras ambas esperamos en la entrada. – «Tiene que dar vuelta para no meterse en sentido contrario por esta calle.»
Mi vejiga amenaza con estallar, pero quiero estar en la entrada cuando llegue Román para extraer rápidamente mi cargador, pues me preocupa que mi abuela vea la maletita, y sospeche que he pasado la noche con un hombre.
No aguanto más y entro al baño. Pero casi de inmediato me arrepiento, pues desde adentro oigo las voces de Román y de mi abuela intercambiando frase tras frase. No entiendo lo que dicen, pero el tono fluído de su conversación denota interés, y ya se han tomado más tiempo del que requeriría la simple entrega de una maleta. Evidentemente soy una esclava de la maldita tecnología, incapaz de sobrevivir sin mi celular durante dos horas un domingo en la tarde.
Casi puedo oír su conversación: – «Aquí está la bolsa de Margarita. No sé dónde guardó lo que busca. A ver… camisón, cepillo de dientes…» (Tal vez entonces mi galán se de cuenta de su error pero ya será tarde) – «Ponla en el sillón», dirá mi abuela. – «Mejor esperemos a que salga». (Y una vez yo allí) – «Veo que no estabas en el cumpleaños de una amiga como nos dijiste a todos. – «Sí, estuve con ella primero y luego…», pero sonará sospechoso. Poco convincente. Estoy segura que Román no habrá pensado en buscar él mismo el cargador, ni en dárselo en la mano a mi abuela, cosa que nos ahorraría todo este embrollo. Si tan solo no hubiera yo entrado al baño en ese momento…
Salgo dispuesta a enfrentar la situación, que debe ser peor de lo que creí, pues mi abuela y Román ya no conversan, sino que están en silencio. – «Nunca había visto fotos tuyas de niña», dice Román. -«Si,», responde mi abuela. -«Esa foto se la tomaron en unas vacaciones. ¿Cuántos años tenías entonces?” – «12.», respondí. – «Te ves hermosa», agrega mi chico. – «Me siento algo pederasta al decirlo.» (¡Vaya, Solo falta que mencione que hemos estado leyendo al marqués de Sade! Dicho sea de paso, la voz de Román es bastante sensual).
– «Bueno. ¿Vamos al carro por tu cargador?». Al oír esto el corazón se me llena de alivio, lo acompaño a paso veloz.
Pero al llegar al carro resulta que el cargador no está. No está en ningún rincón de mi maletita roja. Me disculpo con Román dándole muchos besos. Él no parece nervioso ni ofuscado en absoluto, al contrario, me sorprende con un beso en la boca justo en la puerta delante de mi abuela. Ya no tiene muy buena vista (pienso). Ojalá no se haya dado cuenta.
Mi abuela y yo subimos las escaleras hasta su cuarto y nos acomodamos sobre su cama repartiéndonos una multitud de cojines. Ella se pone los lentes, y abre la novela histórica que hemos estado leyendo: El Muchacho Persa, de Mary Renault.
– “¡No creas que se me escapó el beso que te dio ese niño antes de irse!”. Exclama mi abuela en tono… ¿cómplice? ¿acusatorio?. El silencio que sigue lo lleno diciendo: – “Si Abue. ¿Cómo se te hace? ¿Está guapo?”. – “Si, si. Muy guapito.”. Con esto pone fin a la conversación, se aclara la garganta y da inicio a la lectura:
– “Por un beso yo haría mucho más que eso. Mataré a este hombre por ti. Ya es hora. Concédeme tu autorización.”
– “¿Eso harías?, me preguntó, más pensativo que ansioso.
– “Pues claro que sí. Cada vez que vas a la guerra tus amigos matan a tus enemigos. Jamás he matado a nadie por ti. Permíteme hacerlo ahora.”
– “Gracias, Bagoas.”¹
Quiero suponer que existen otras personas de mi edad que gustan de hacer resonar sus voces para deleite y compañía de sus padres o abuelos ancianos. En la sala de su casa o quizá en algún asilo donde el disfrute sea grupal. En mi caso es al revés; mi abuela me lee desde que tengo memoria, con su entonación melodiosa y pausada que es un bálsamo para el alma. Pero hoy apenas la escucho, más bien me dejo acariciar por su voz y mientras tanto, con la mano navego las profundidades de mi mochila negra, para toparme con la figura esbelta y enredada del cargador furtivo, quien por fin se digna hacer su aparición. Con el cable ondulando entre mis dedos me transporto a la antigua Macedonia mientras pienso en Román. Es un muchacho divino. Tan discreto y educado. Me lo imagino sirviendo vino en la corte de Alejandro Magno.
¹ Cita: “El Muchacho Persa” de Mary Renault. pág. 206. Traducción de María Antonia Menini. 2da edición en Debolsillo.
[divider] Celeste Aída. Lectora ferviente desde niña. Amante y exploradora de las artes en especial la literatura, el cine y la música. Cuando contaba con 10 años de edad formó parte del equipo creativo de un programa de radio infantil. Posteriormente se ha desempeñado como cuentacuentos en un museo interactivo, cantante, maestra de canto, maestra de idiomas y guía en una exhibición inmersiva que tuvo como propósito la sensibilización sensorial y concientización ante la diferencia de todos los concurrentes.
Erika Bulle sentada en una especie de escenario realiza un performance, al fondo una proyección de una cabeza humana iluminada con el texto: «La ciencia ha evolucionado ayudando a los pacientes a rehabilitarse con logros sorprendentes».
Fotografía de Josué Barrera.
Performance: Corpore Vulnere
Festival Extra!
XTeresa, CDMX, 2019
Los mitos prehispánicos aztecas hablan sobre la existencia del nahual, el gemelo del alma que todos tenemos y que llega en el momento de nuestro nacimiento, este nahual toma la forma del primer animal que pasa por la puerta del lugar donde se está llevando a cabo el alumbramiento.
Nací en la calle de Dante, en Polanco en una pequeña clínica con el nombre del mismo escritor “Clínica Dante”, la posibilidad de que pasara un animal por la puerta era casi nula, sin embargo varios años después regresé a buscar la clínica para ver su ubicación exacta.
La sala de parto se encontraba en el tercer piso de la clínica, aún puedo sentir el frío de los metales oprimiendo mi cabeza, aquella que no podía salir; aún puedo escuchar el ruido de mis huesos al romperse, primero mi cadera, después mi fémur y al final uno de mis pies, recuerdo el vórtice de los fórceps entregándome al abismo de la vida, y el casi beso de la muerte que me extendió su mano y me dejó como obsequio un derrame cerebral en mi cerebro izquierdo.
Con los años recuperé la órbita y la visión de mi ojo derecho, el equilibrio tardó un poco más, por lo que frecuentemente visitaba el suelo, aún suelo chocar con la gente al tambalearme cuando camino. La lluvia es ese extraño momento que viene anticipada a los dolores de mi cintura y pierna, aquella que vive reconstruida y es tres centímetros más corta que su par. Las sopas son de mis platillos favoritos, quizás por el reto que implica comerlas sin derramarlas antes de llegar a mi boca, un acto cotidiano se convierte en una gran tarea para algunas personas, generalmente termino de comer salpicada, me parece normal que la gente mire que mi ropa está sucia después de ganarle la batalla al tenedor o a la cuchara, las reglas de etiqueta nunca han sido lo mío.
Mis pulmones también fueron lentos, por lo que a los 19 años se tumorizaron, gran operación aquella. Nuevamente partida en dos, con una huella de 30 centímetros y dos costillas menos, hasta la fecha respiro con dificultad.
Aprender las matemáticas, con trabajos puedo sumar y ocupo mis dedos para mayor agilidad, la lectura se me facilita y también el entendimiento del arte, sin embargo puedo presumir de haber sido una de las niñas más dispersas de mi salón en la primaria y la secundaria, por lo que los maestros siempre se quejaban de que era muy “burra”, expresión amable para no decirme tonta, pero de tonta no tengo un pelo aunque me cueste contar el dinero en la tienda.
Llegué a la preparatoria y luego a la Universidad, alguna vez escuche por la noche a mi madre decir que sería difícil que saliera de la secundaria, eso me mantenía en terror, hasta ahora no sé que me hacía sentir peor, el notar que aprendía de una forma diferente o mi gran corporalidad que siempre estuvo presente.
En los afectos tampoco soy muy buena, me confundo con facilidad, quizás es el miedo de sentir el mismo dolor desde el cuerpo al corazón, quizás no me quiero fracturar más, pero soy reincidente y siempre acabo partida, esperando a ver que parte de mí habrá que reconstruir.
Entre aparatos y metales desinfectados al máximo y en un cuarto cerrado herméticamente de aquel hospital donde nací, se asomaba un pequeño rayo de luz, una pequeña ventana que dejaba ver los árboles altos de la zona de Chapultepec, mi nahual podría haber sido un pájaro que con su canto conmoviera a la muerte y que por ello me dejara vivir, sin embargo la posibilidad de que fuese una hormiga o una araña también es cercana.
Si tuviera que pensar en mi dualidad de acuerdo a mis características humanas, pensaría que un camino de hormigas cruzaba por la ventanita, lo que le ha dado el sentido del trabajo, de la recolección y de protección a mi vida.
yo sí creo en la dualidad del ser, nací bajo el signo de géminis, lo que a veces implica batirse a duelo entre el trabajo de las hormigas y el revoloteo libertario de los pájaros, ambos tienen algo en común y es la tendencia a crear nidos para permanecer cálidos y confortables en los momentos de frío.
Nací por la mañana por lo que estoy segura que las moscas aún no rondaban por el hospital, pero las arañas a esa hora ya comienzan a reconstruir su tejido que la mayoría de las veces se daña por el rocío de las noches.
A pesar de todas estas posibilidades, mi fecha de nacimiento es el 9 de junio de 1969, acompañada y regida por los números 6 y 9, el tonalli, el oráculo azteca me asigna como mi tonal acompañante al perro y al pedernal como mi nahual, quizás el espíritu del sacrificio en mi nacimiento era en realidad una ofrenda a la vida brindada por la mujer cuchillo.
Erika Bulle sentada en una especie de escenario realiza un performance, al fondo una proyección. Una joven a su izquierda parece ayudarla a hacer algo con unos frascos pequeños.
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Erika Bulle. (México) Performer y artivista gorda. Estudia Doctorado en artes y diseño en la FAD – UNAM, trayectoria como performer por 25 años, participando con colectivos como SEMEFO. Participación en los festivales internacionales, Buzzcut en Glasgow Escocia, Perfoartnet en Bogotá Colombia, Rapid Pulse en Chicago, Hommocult en Ciudad de México, Circuitoposporno Bogotá Colombia, etc. Forma y Sustancia en la Ciudad de Guatemala entre otros.
En el campo teórico cuenta con diversas ponencias y conferencias magistrales tanto en México como el extranjero.
Sus temáticas principales han sido la violencia y el uso del cuerpo disidente en la performance.
Marthié cubre la mitad de su rostro con una máscara de diablo, la cual se distingue por los cuernos negros y la lengua de fuera. Ella hace el gesto de sacar la lengua también. El fondo es rojo, igual que la máscara. Escribe Jhonatthan: Ella no es mi angelita, ni mi niña especial. Ella es mi diabla o como diría Nairobi ¡La puta ama!
Por Jhonatthan Maldonado Ramírez[1]
Fotografías por Abril Guzmán Cruz
**El uso de las fotografías y los vídeos han sido conversados con Marthié. Es decir, hay un consentimiento informado sobre la difusión de su imagen en el material audiovisual.**
Junto-a incluye una amplia gama de deseos; de identificación, de representación,de rechazo, de establecimiento de paralelismos, de diferenciación,de rivalidades, de ser proclive a, de apoyo, de sesgo, de imitación, de separación,de atracción, de agresión, de distorsión y otras relaciones. Eve Kosofsky Sedgwick, Tocar la fibra. Afecto, pedagogía, performatividad.
Preludio
Escribo las siguientes líneas en tiempos de pandemia; en la convivencia rutinaria con mi hija Marthié. Hace más de cien días que no asiste a la escuela, los mismos días que no se encuentra con sus compañerxs del colegio. Ella forma parte de una escuela que centra su interés en el aprendizaje de personas con discapacidad intelectual y psicosocial.
A pesar de estar en desacuerdo, la escuela optó por sesiones individuales (no grupales) en la modalidad virtual; por otra parte, las personas que cuidan de su mejor amiga y su “gran amor” me dejan en visto por WhatsApp o no me dan una fecha exacta para que Mar pueda reunirse on line con ellxs. Es brutal darse cuenta cómo el confinamiento #quédateEnCasa intensifica el distanciamiento físico, erótico y emocional en personas con determinadas discapacidades; quedando excluidas, segregadas y tuteladas en existencias off line.
Días de encierro que contagian de distintos sabores, aromas, objetos, conversaciones, roces y emociones la efervescente experiencia de estar junto-a Mar. A partir de esto, comparto un territorio viscoso de inquietudes sobre el acompañamiento sexo-afectivo, el cual puede ser, parafraseando a val flores (2020), un muro, una cárcel, un infierno, una quemazón descontrolada, pero también una huerta para sembrar nuevos porvenires.
Marthié
Vídeo 1. Descripción: en primer plano aparece Marthié, una mujer joven de 14 años con síndrome de Down; el fondo es una pared con un rostro dibujado: cara redonda, cabello liso, ojos rasgados, nariz y boca pequeñas; abajo del rostro dice MAR.
Jhona: ¿Cómo te llamas?
Mar: Marthié
Jhona: ¿Cuántos años tienes?
Mar: 14
Jhona: ¿Te gusta alguien?
Mar: Sí
Jhona: ¿Cómo se llama?
Mar: Rodrigo
Jhona: ¿Qué te gustaría hacer con Rodrigo?
Mar: Vamos al parque, a la alberca, vamos a chupar un helado y a la feria también.
Jhona: ¿Y qué más?
Mar: Te amo, te quiero.
Jhona: ¿A quién?
Mar: A Rodrigo [risas]
Ella es interrupción
Descripción: Imagen blanco y negro. Marthié mira fijamente a la cámara. Toma su cintura y coloca su pie izquierdo en la pared. Viste un vestido a cuadros. El fondo es una pared con un rostro dibujado: cara redonda, cabello liso, ojos rasgados, nariz y boca pequeñas; abajo del rostro dice MAR.
Marthié llegó a interrumpir mi vida, a cortar la serialización de mis prejuicios, a trastocar las convenciones de mi conversación y a lisiar el camino prometido. Ella pregunta, habla y reacciona; cuando le pido que ordene su cuarto, me pone los ojos en blanco y exclama “¡ya vas a comenzar!”; se queja, es grosera y malhumorada en ocasiones; es una persona con síndrome de Down y eso no determina su frecuencia emocional; tan encantadora y odiosa, ni lo uno, ni lo otro.
Si bien no habito directamente la marca de la discapacidad, es un hecho que la rodeo, la encuentro y la siento muy íntima[2]. Estar junto-a Mar ha permitido preguntarme sobre la experiencia cotidiana de la discapacidad como una forma de vida específica que requiere el cultivo de habilidades, sensibilidades y preocupaciones para florecer en compañía; aprendiendo a trenzar, enlazar, abrazar y cuidar sin oprimir: abriendo posibilidades de fuga y sublevación.
Estar junto-aMar es un compromiso de seguir con el problema de cuidar, una provocación permanente y turbulenta donde las intermitentes limitaciones, el ritmo lento, la repetición de actividades que creímos aprendidas, la conversación agrietada y las ideas sueltas, revelan detalles y diferencias que importan; sé que la discapacidad intelectual es una categoría diagnóstica que sirve para clasificar, jerarquizar y menospreciar a ciertas corporalidades, sin embargo, para mí también es una experiencia relacional que demanda vínculos más creativos y sensibles al margen de nuestro arrogante capacitismo.
Acompañar (Esto no es un manual)
Las potencias de Mar son desorientaciones que desestabilizan las formas estandarizadas de hacer las cosas; ha hecho despertarme de otro modo, por otros caminos, lo que significa tomar conciencia de los detalles, las singularidades y los conflictos de transitar por senderos que no cuentan con los soportes afectivos, pedagógicos, temporales y materiales para ampliar el horizonte de lo posible.
Aun así, tratamos (ella, yo y tantas personas más) de albergar complicidades incómodas y vibraciones inauditas. Mi hija conversa conmigo sobre las personas que le agradan, las ganas de besar en los labios (después de soltar una pícara sonrisa), la intención de vivir sola “de grande” y las aspiraciones de ser madre o casarse algún día, suelo ponerme quisquilloso con esto último porque reconozco las restricciones heteronormativas en su narrativa sexo-afectiva, pero también me detengo a pensar en la atmósfera discafóbica que esparce una multiplicidad de estigmas estéticos, injusticias eróticas, sentencias legales y discriminaciones genéticas contra las relaciones reproductivas y las formaciones familiares en personas con síndrome de Down.
En este sentido, recupero una escena del documental Los Niños (2016) de la cineasta chilena Maite Alberdi; en particular, la conversación que pone en juego la disputa por los límites de la autonomía de Ana María frente a su madre.
Vídeo 2. Documental Los niños (2016), fecha de estreno 19 de noviembre de 2016, directora Maite Alberdi. Descripción: Ana María se encuentra sentada al lado de su mamá y está conversando ríspidamente sobre las intenciones que tiene de casarse y mudarse con Andrés, sin embargo, la mamá (aparece desenfocada su figura en todo momento) no lo permite.
Mamá: Cuando hablamos del futuro, ¿qué es lo que yo siempre te digo?
Ana: ¿Del futuro?
Mamá: Sí, del futuro.
Ana: Hacer cosas.
Mamá: Hacer cosas juntas.
Ana: Sí.
Mamá: Y vivir conmigo.
Ana: Ah no, eso sí que no.
Mamá: Pero ahí tenemos un problema.
Ana: No, no es ningún problema para mí. Quiero que me escuches…. No siempre tengo que estar contigo, primero. Dos, soy adulta y soy mayor que tú y mi compañero. Tres, yo soy adulta consciente, me lo enseñó la Paty.
Mamá: ¿Y qué quiere decir eso?
Ana: Significa que nosotros podemos hacer lo que queramos. Hacer las cosas solos. Por sí mismos. Y si una persona se quiere casar, tiene derecho a hacer lo que quiera.
Mamá: A mí no me importa lo que diga la Paty, la mamá soy yo. La Paty le puede dar muchas ideas, pero la mamá soy yo. Y la que pone las normas de una casa y de una familia las pone la mamá y el papá. Y en este caso yo soy mamá y papá.
Ana: Si yo me caso, el papá estaría contento. Él me dio permiso.
Mamá: ¿Cuándo le dio permiso? A ver cuénteme porque yo no estaba ahí.
Ana: No, tú no estabas. Cuando estaba vivo me dijo “Si tú te quieres casar con él, yo te dejo”. Me dio permiso.
Mamá: Bueno, pero qué tiene que ver…
Ana: Pregúntame, pregúntame. ¿Quién te pidió matrimonio?
Mamá: No sé.
Ana: El papá.
Mamá: ¿Y?
Ana: Tú le escribiste a tu mamá diciéndole “Me caso con Aurelio y punto” y tu mamá te dejó.
Mamá: Me dejó, pero yo no tenía síndrome de Down. Yo no era especial.
Ana: Yo no estoy hablando de eso.
Mamá: Tú eres especial po’ niña. Cuando yo te tuve a ti y te vi que eras especial, dije que te iba a cuidar toda mi vida.
Ana: Pero yo no quiero pololear, entiende de una vez por todas. Yo de verdad quiero mucho al Andrés, nunca nos vemos. Y también ha llorado igual que yo.
Mamá: Oye, pero dime una cosa, y si trazáramos en esto, que tú sigas pololeando con Andrés, que todas las semanas se vean, pero sin casarse.
Ana: No, yo quiero casarme igual.
La escena de Ana junto-a su mamá parece ser el bucle de jerarquía reiterativa (un GIF que he presenciado en más de una ocasión) en el acompañamiento sexo-afectivo a personas con síndrome de Down; dicho con otras palabras, estas solicitan, exigen, hablan y desean, aunque quienes las acompañamos nos negamos a escuchar, a tomar en serio sus palabras, a mover los prejuicios, a sacudir los miedos y a dejarnos sorprender.
La pregunta por el futuro nos arroja a respuestas encadenadas a un presente que privilegia la producción normativa de un sujeto sano, adulto, autosuficiente y reproductivo. Las lágrimas, el enojo y los reclamos de Ana se enfrentan a una cultura capacitista que está ansiosa por invadir y monopolizar la experiencia de la discapacidad. Escuchamos las palabras de la mamá y podríamos identificarnos en un acompañamiento sexo-afectivo en el que no hay alternativas.
Parece que el documental excede su encuadre y retrata el entorno discapacitante que sabe repetir sin vacilar: “las personas con síndrome de Down son infantes, inocentes, asexuales, indefensos, amorosos y eternamente dependientes”; por ejemplo, la conclusión anticipatoria “pero yo no tenía síndrome de Down” subraya la instrumentalización del diagnóstico como vehículo de estigmas, minusvalías y ventriloquias, las cuales son obstáculos para imaginar un futuro distinto: en el que Ana junto-a su madre aparezcan moviéndose a lugares inesperados.
La conversación entre ellas podría funcionar como el horizonte que agrieta, interrumpe y desmiente, en vez de reafirmar y actualizar el testimonio dominante. Como padre de una mujer joven con síndrome de Down, la escena que tiene Ana junto-a su madre se convierten para mí en una experiencia problemática, un verdadero problema y un giro de tuerca necesario.
De las muchas cosas que hago mal como cuidador de Marthié, es “permitir” (como diría mi abuela y mi madre) que ella me falte al respeto, levante la voz y desobedezca mis peticiones; sé que esto trae desencuentros que nos “sacan de onda” mutuamente. Nutrir la habilidad para decir NO, resulta nada sencillo e inarmónico. Marthié (en ocasiones) se niega a organizarse bajo los acuerdos y tareas en casa, los rechaza y en consecuencia debe sobrevivir sin celular algunos días.
No sé describir la sensación, ni poner en palabras adecuadas lo que siento, pero, descubrir cómo alguien supuestamente indefensa, pasiva e inocente, rechaza lo que no quiere hacer/seguir/obedecer es potente. Después de todo, las posibilidades de Mar están condicionadas por una experiencia histórica de subordinación, en la que hay una desposesión del NO.
No. N-O, sílaba, palabra, negación, rechazo, insurrección, contestación, desacuerdo. Varias de nuestras prácticas de cuidado no se pre-ocupan por cultivar habilidades de indocilidad para que las personas con síndrome de Down agarren a pedradas el molde del ángel amoroso.
“No, yo quiero casarme igual”, es lo que responde Ana cuando su madre niega el permiso para que se case. El NO es un acto de insubordinación a la voluntad del otro. Quizá haya personas que consideren absurdo escuchar las peticiones de sus hijas e hijos con síndrome de Down respecto a la decisión sobre su propio cuerpo y trayecto sexo-afectivo. Tal vez les parece inadmisible que puedan desear lo que desean el resto de las personas: salir de casa, parrandear, trabajar, encontrarse con alguien, conseguirse una pareja sexual, hacer planes, casarse, tener hijos, etc.
Vídeo 3. Descripción: conversación con Marthié. Ella está en el jardín central del Colegio Libre de Estudios Universitarios en Puebla.
Jhona: ¿Quieres vivir siempre conmigo?
Mar: No. No puedo vivir contigo.
Jhona: ¿Por qué?
Mar: Porque me andas quitando el celular, porque te pasas, porque me caes gordo.
Jhona: ¿Y con quién vas a vivir entonces?
Mar: En su casa de mi Rodrigo.
Jhona: En la casa de Rodrigo y ¿por qué con Rodrigo?
Mar: Porque él me quiere mucho. Por amor.
Jhona: ¿Pero te quieres ir a vivir con él a su casa? Y si su mamá o su papá no quieren.
Mar: No importa.
Estamos de acuerdo que nadie puede hacer enteramente lo que quiere, nos atraviesan estructuras socioculturales, políticas y económicas que delimitan nuestras posibles acciones; mi invitación es que nos dejemos irrumpir por las intenciones, los deseos y las preguntas de las personas con síndrome de Down, de tal forma que podamos distinguir las circunstancias singulares de las restricciones impuestas en el impulso de la autonomía sexual. No obstante, si bien es importante distinguir los límites entre un yo y un tú en esa autonomía sexual, podríamos cometer un error si la proclamamos desligada de ciertos apoyos sociales, jurídicos, pedagógicos, entre otros.
Estar junto-a nos involucra en vidas que no son nuestras; cuando escribo y siento ese “j u n t o – a” nombro un problema que no intento resolver. Intento sentir desde otras coordenadas la responsabilidad que asumo con Mar y entrenarme en pedagogías sexo-afectivas a favor de la justicia erótica, entendida como principio articulador entre el derecho al placer sexual y el derecho a la protección contra la violencia sexual (Canseco, 2017).
Marthié se mira al espejo. Sonríe a sí misma mientras se pinta los labios.
Hago un llamado a quienes estamos junto-a personas con síndrome de Down para tomar un posicionamiento prosexo[3]; a cuestionar nuestras propias preconcepciones morales, universales y excluyentes sobre el ejercicio de la sexualidad; a tumbar el modelo piramidal del sexo que estigmatiza, patologiza y criminaliza la diferencia; a potenciar los placeres del cuerpo; a incorporar el derecho al placer sexual en nuestro trabajo de cuidados, bajo la urgencia ética de generar atmósferas afectivas que sostengan las dimensiones políticas de la vida erótica.
Video #4. Descripción: Mar está conversando con Jhonatthan.
Jhona: Después de lo que estuvimos platicando. Esto de pensarnos en otros lugares, no solamente como mamá, o como esposa o como ligada a Rodrigo. Ahora qué vamos a trabajar para que puedas llegar a cumplir lo que quieres. ¿Qué cosas quieres?
Mar: Quiero ser bailarina, yo quiero vivir sola, quiero muchos amigos y muchas amigas.
Considero que no hay resolución acertada frente a las inquietudes que nos hablan y nos hacen hablar. Las experiencias problemáticas no dejarán de venir. Dirá Marina Garcés (2002) que el orden de la contingencia es aquél que debe cobijar no solo el devenir sino su incertidumbre, no solo el movimiento y el cambio sino la apertura hacia lo que no ha tenido lugar aún.
Trabajos citados
flores, val (2020) “El exilio de la piel”. En Escritos Heréticos, disponible en https://escritoshereticos.blogspot.com/?m=1&fbclid=IwAR2AMS5T_gXIHfjTZWfFyjAh-qR3LdE67nQSPxMU46rqkncKKO1Ss7Su7oo
Garcés, Marina (2002) En las prisiones de lo posible. Barcelona: Bellaterra.
Canseco, Alberto Beto (2017) Eroticidades precarias. La ontología corporal de Judith Butler. Córdoba: Asentamiento Fernseth.
Sedgwick, E. K. (2003). Touching feelings: affects, padagogy, performativity, Durham: Duke University Press.
[1] Dedico este escrito a quienes han estado junto-a nosotrxs, sosteniéndonos y acompañándonos. Janin, Vale, Victor, Juan, Rosy, Gloria y Avril. Lxs amamos.
[2] Agradezco esta sugerente reflexión a la profesora Yennifer Paola Villa Rojas.
[3]De acuerdo con val flores «Prosexo es una posición política crítica que integra las genealogías críticas de los feminismos, el activismo queer y de la disidencia sexual, y busca promover la creatividad sexual y erótica, manteniendo un horizonte abierto de posibilidades y deseabilidades que amplíe y multiplique los imaginarios disponibles y los repertorios de sus prácticas eróticas desde una concepción benigna del sexo y de su variabilidad inaudita, oponiéndose a la falsa ecuación de que el sexo siempre es equivalente a violencia, una concepción que atemoriza y des-empodera. Comprende las guerras capilares del sexo como formas de mantenimiento y ejercicio de un régimen de privilegios heterosexuales, racistas, patriarcales, capitalistas, cisexuales, nacionalistas, distribuyendo la vulnerabilidad económica, política, erótica y
cultural de manera mortíferamente desigual. Mantiene una sospecha activa sobre los modos de represión y vigilancia en los espacios públicos e íntimos acerca de los cuerpos, las sexualidades y los deseos, atentando contra la higienización moral de lo público y la profilaxis de la disidencia sexual». flores, val (2018) «El derecho al gemido. Notas para pensar la ESI desde una posición prosexo». Otras Voces en Educación, disponible en http://otrasvoceseneducacion.org/archivos/293977
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Jhonatthan Maldonado. Maestro en Antropología Social. Estudiante del Doctorado en Estudios Feministas, Universidad Autónoma Metropolitana Unidad Xochimilco. Miembro de la Red Temática de Estudios Transdisciplinarios del Cuerpo y las Corporalidades (cuerpoenred.com)
Descripción de la fotografía. Recreación de una radiografía de estudio-diagnóstico usada comúnmente en el modelo médico. El fondo es gris, casi llegando a negro, y las figuras que se muestran van desde los grises oscuros hasta el blanco. En los bordes izquierdo y derecho se encuentran dos marcas métricas (una en cada lado) compuestas por una línea vertical que divide toda la imagen y 14 líneas cortas perpendiculares a la vertical, como si de una regla para medir se tratara. Los números que indican las unidades de medida están conformados por cuatro dígitos encimados que no logran darse a entender. Las dos líneas métricas (la de la izquierda y derecha) sirven como márgenes laterales que dan protagonismo al resto de formas que simulan imágenes creadas por rayos X. En el fondo aparece un cráneo muy difuso, sólo se logra reconocer con facilidad la cavidad donde van los ojos. En el centro de la imagen (ligeramente a la derecha) aparecen, de manera mucho más clara y luminosa, los huesos de una mano (encimando al cráneo). Los dedos y la parte inferior de la mano son decorados por fragmentos de una tomografía del cerebro, incluidos letras y números que dan información sobre la misma. De la parte izquierda de la mano emergen partes de un fémur y una tibia. Tanto la mano, el fémur, la tibia, el cráneo y el cerebro son translúcidos. En medio de toda la imagen y hasta al frente (primer plano) están dos rectángulos muy oscuros y translúcidos que dejan ver parte de las radiografías encimadas. Estos dos rectángulos soportan el título: «Radiografías. Ensayos autobiográficos desde los márgenes» y: «Víctor H». La tipografía es similar a la de las máquinas de escribir. La propuesta visual se basa en jugar con lo encimado a través de lo translúcido y lo opaco, creando una radiografía imposible de leer o interpretar para el modelo médico.
Las relaciones afectivas y la sexualidad son espacios indispensables para el ser humano, ambas implican una conexión que nos permite construirnos por medio de los afectos, el amor, el cariño y las complicidades. En estos terrenos, la palabra da paso al diálogo corporal para transmitir emociones y sentires que podemos expresar solo a través del contacto físico: acariciar, abrazar, besar y coger, son acciones que desencadenan una serie de reacciones que nos hacen vibrar.
Tanto una como otra son determinadas por el contexto en que vivimos y termina por definirnos, por ello, se vuelven complicadas y difíciles de experimentar. Se impone una forma válida de relación afectiva que tiene como base distintas convenciones sociales sustentadas en los roles de género. Lo mismo sucede con la sexualidad, que se concibe desde prácticas heterosexuales normativas donde los genitales adquieren un papel protagónico. Ambas se imponen a través de las instituciones que nos forman (familia, escuela, religión y Estado) y los dispositivos de comunicación (literatura, cine, telenovelas, series y publicidad) que nos muestran estereotipos válidos para encarnar lo femenino, lo masculino, un tipo de relación afectiva y una forma de ejercer la sexualidad.
Habitar un cuerpo discapacitado, que no se apega a los atributos universales de virilidad (energía, fuerza, protección y seguridad) provocó que no encajara en los estereotipos válidos de la masculinidad hegemónica. Lo anterior generó conflictos internos que fueron determinantes para crearme un enramado de inseguridades y miedos que impidieron que disfrutara plenamente de algunas etapas de mi vida pero, en particular, de mi sexualidad.
Cuando pienso en mis primeras experiencias con la sexualidad siempre están presentes los jugueteos amorosos al lado de Luis. Lo lúdico, el deseo, el placer y la complicidad, definen esos primeros acercamientos con la sexualidad que tuve en la infancia. Tuvieron que pasar varios años para volver a disfrutarla plenamente. A continuación esa breve historia.
Jugando a los amores
Entre los tres y cuatro años descubrí mi sexualidad. Lo hice a través de juegos al lado de Luis, mi primo hermano con quien crecí, ambos éramos inseparables durante la infancia y profesábamos una carnalidad mutua ya que nacimos en diciembre del 80 pero con diferencia de dos días. En ese tiempo María de la Salud, nuestra abuela materna, cuidaba a la mayoría de sus nietas y nietos casi todo el día, como aún no íbamos a la escuela, los dos quedábamos bajo su resguardo desde la mañana. Nuestra abuela siempre estaba atenta a lo que hacíamos, sin embargo algunas ocasiones nos perdíamos para jugar. Cuando eso sucedía nos buscaba por toda la casa, a veces, en esas búsquedas, le ayudaban sus nietas y nietos más grandes cuando llegaban de la primaria o secundaria.
No sé bien cómo inició el juego, pero recuerdo claramente cuál era el escondite para jugarlo: el pedal de una máquina de coser Singer 66 que se cubría totalmente con una tela blanca cuando no se utilizaba; ésta se encontraba en la primera planta de la casa y estaba alejada de la cocina o del patio, lugares donde jugábamos por las mañanas. El hueco del pedal era el escondite que nos resguardaba para abrazarnos, acariciarnos y besarnos en la boca. Algunas veces metíamos con nosotros a un muñeco articulado, casi de nuestro tamaño, lo poníamos en medio de ambos y decíamos que era nuestro hijo. Así, amorosos y extasiados, pasábamos el tiempo hasta que escuchábamos algún ruido que nos ponía en alerta.
El escondite fue descubierto por Coco, mi hermano que me lleva diez años y por esa época iba a la secundaria, en una de esas búsquedas que ya eran costumbre. Estábamos tan entretenidos en los jugueteos amorosos que no escuchamos cuando se acercó a la Singer 66, se agachó, levantó la tela que la cubría y nos encontró acariciándonos el rostro y besándonos en la boca con los ojos cerrados. Al descubrirnos sonrió y preguntó: «¿Qué hacen?», cuando lo escuchamos abrimos los ojos, nos desabrazamos rápido, volteamos a verlo y sorprendidos respondimos tímidamente al unísono: «Jugando a los amores».
Por la tarde, María de la Salud contó a nuestros padres lo que hacíamos cuando estábamos perdidos. No hubo llamadas de atención ni regaños. El suceso terminó por convertirse en una anécdota jocosa conforme pasaron los años.
A pesar de que el escondite fue descubierto, seguimos utilizando la privacidad del pedal de la Singer 66 para jugar a los amores cuando estábamos fuera del radar de los adultos. El juego finalizó al entrar al Jardín de niños.
[1] «La balada del aprendiz», es el tercer ensayo de Radiografías. Ensayos autobiográficos desde los márgenes, proyecto que fue seleccionado por el Programa de Apoyo a la Producción e Investigación en Artes, Medios y Discapacidad 2019, convocado por el Centro Multimedia del CENART.
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Víctor H. Nació con distrofia muscular fascioescapulohumeral, una enfermedad degenerativa que lo discapacita progresivamente conforme avanza. Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es ensayista, latinoamericanista e investigador salvaje. En 2006 inició un proyecto de escritura autobiográfica que tiene como piedras angulares sus experiencias con la enfermedad y la discapacidad para abordar temas como la experiencia literaria, la amistad, la memoria, la identidad, la corporalidad, la masculinidad y la sexualidad. Actualmente afina los detalles de la que será su primera publicación.
Imagen semi abstracta, muestra una especie de collage con algunas imágenes superpuestas. Se distinguen: Al fondo unas pierna con medias, liguero y tacón negro, algo que parece un pezón y unas texturas con algo parecido a una prenda color rojo.
Texto e imagen: Anónima Divina
El sexo, mi sexualidad, mis deseos y mis placeres nunca fueron un tema tabú para mí. Tuve una infancia preciosa en la que aprendí a conocer mi cuerpo, a amarlo; aprendí que mi placer es mío, que no era algo para avergonzarse. Desde pequeña supe que existían diferentes orientaciones sexuales, incluso aprendí que existían diferentes identidades de género, diferentes expresiones. La relación que tenía con mi cuerpo y con la sexualidad era natural, en mi casa fue un tema tan natural de hablar como los deportes que me gustaban o les amigues que tenía. También me hablaron claramente sobre los abusos sexuales, el consentimiento, el deseo e incluso temas como el trabajo sexual. Fui una niña libre de ser quien quise ser, libre de jugar futbol, de jugar con muñecas, de vestirme como quisiera, de revolcarme en el barro o de no llevar pendientes. Aún con todo esto, las circunstancias de este mundo actual me llevaron a callar frente al abuso, a ocultar el trauma sexual que cargaba desde muy pequeña.
Con apenas 12 años aprendí a curar mis heridas sin que nadie pudiera enterarse, aprendí a ocultar mis dolores, aprendí a callar. El silencio fue mi refugio, el silencio ayudaba a sobrellevar aquello que era imposible de sostener para una apenas adolescente, el silencio lo hacía invisible, el silencio me hacía “normal”. Pasaron más de seis años hasta que fui capaz de expresarle a una persona todo lo que estaba viviendo porque el miedo a represalias era algo que me sobrepasaba, mi sentimiento de culpabilidad era algo que jamás ponía en duda, la vergüenza de saber que finalmente me habían convertido en una esclava y que yo (sí, yo) no hacía nada para evitarlo. Hablar, expresar esa realidad presente y pasada para mí era aceptar, asumir que sí pasa, asumir que es real, hablarlo significa recordar cosas que tu mente simplemente intenta borrar de manera desesperada, es intentar contar y rellenar vacíos en los recuerdos, hablar es abrir heridas que no están sanadas pero si están tapadas, hablar es dudar de la propia realidad, es volver a juzgarte, es volver a una oscuridad interior. Pero hablar y expresar era tan necesario para mí como respirar; necesitaba, como se necesita al aire, que alguien entendiera, que alguien comprendiera que lo que me sucedía era algo limitante, discapacitante. Es un limitante intermitente, pasa el tiempo y nunca se va, pero hay temporadas menos difíciles que otras, cualquier cosa puede desencadenar una crisis: pensamientos intrusivos, un olor, una imagen, una película, las pesadillas constantes y, en muchas ocasiones, el sexo. El abuso sexual cambia la sexualidad, la manera de relacionarte, la manera de comunicarte, cambia la manera de existir, de ver y estar en el mundo, cambia la manera de caminar por la calle, cambia la relación con tu propio cuerpo. El abuso sexual, en mi caso prolongado durante años, cambia absolutamente todo en la vida, jamás vuelves a ser tú y jamás vuelves a sentirte segura, es vivir en un constante estado de vulnerabilidad escondido dentro de una coraza de “normalidad”. En mi caso no toleraba mi cuerpo, me sentía siempre sucia, siempre indigna, durante años me hicieron sentir que no tenía capacidad de nada, que mi valor estaba exclusivamente en el placer sexual de quienes me violaban, realmente creía que mi cuerpo era algo asqueroso de lo que debía avergonzarme, que mi cuerpo solo servía para ser utilizado por otros, realmente creía que yo no era más que eso.
La primera persona a quien le hablé de esto fue mi primera pareja. Evidentemente no supo reaccionar, supongo que no es fácil reaccionar correctamente a una historia así. De repente sentí esa mirada de asombro, de sorpresa, de tristeza, compasión y desconfianza. Y las primeras preguntas: “¿Por qué no denunciaste?, ¿qué enfermedades tienes?, ¿por qué permites algo así?”. Son cosas que en un momento de tal vulnerabilidad pueden arrastrarte hasta la más profunda oscuridad de tu ser. De todas las reacciones posibles, la simple comprensión y la empatía son las grandes ausentes y las únicas necesarias. Las relaciones de pareja después de “la confesión” de mi propia realidad se tornan complicadas. Yo soy una mujer que aprendió que para sobrevivir debía complacer en todo a la persona que tenía enfrente, aprendí a comunicarme y valorarme en función del sexo con otres, del deseo que otres tenían sobre mí. Ésto me hizo ser alguien con un temor intrínseco al conflicto, a decir que no, a llevar la contraria o a defenderme de un ataque de cualquier tipo, me hizo ser alguien que siempre callaba cuando no estaba de acuerdo, alguien que siempre aceptaba cualquier cosa de cualquier persona.
También me desarrollé de una manera hipersexualizada, cualquier relación interpersonal la sexualizaba, si no sentían deseo por mí sentía que no podría ofrecer nada más, el sexo era la manera en que me sentía yo misma, en el sexo “consensuado” encontraba mi poder, la confianza en que eso sí lo haría bien, encontraba la aceptación, en el sexo encontraba que podía ser valorada, aceptada e incluso querida. Todo esto es absolutamente complicado en la realidad. Por un lado está el sentir que no vales nada, que estás sucia, que eres indigna; por el otro tienes esa necesidad de aceptación, de amor, de que otras personas te quieran. En otra parte más está el no saber tener relaciones fuera de lo sexual, sentir el sexo como la única oportunidad de “integración” social. Finalmente, el conflicto sexual interno: sentir asco cuando te tocan, sentirte un objeto, los recuerdos que llegan sin previo aviso al comienzo o a la mitad del acto sexual, las épocas en que tener sexo es la única forma de escapar y las épocas en que una sola caricia te hace vomitar, así como la necesidad de explicar y explicar cómo te sientes, porqué lo sientes, repetir una y otra vez los momentos y las torturas, y no poder parar.
Las personas, las parejas, las amigas -incluso las más feministas- no quieren tener ese tipo de conversaciones, no quieren tener las cicatrices físicas y emocionales cerca. En poco tiempo sólo eres una pesada que no quiere superar su propia realidad y que, además, no hace nada para terminarla. Las parejas quieren poder tener sexo sin preocuparse de que la otra persona esté pasando por un infierno en ese momento, les es demasiado complicado saber que una caricia puede transportar a una pesadilla a quien la recibe. Nadie quiere tener que aguantar largas épocas donde eres incapaz de expresar nada, que eres incapaz de un mínimo contacto físico y tampoco pueden entender que de repente necesites ese mismo contacto de maneras tan exageradas. Encontré finalmente y después de muchísimos años una persona que “me aguantó” mis cambios emocionales y sexuales, que tuvo la paciencia de esperar sin presionar durante semanas, que me despertaba en la mitad de la noche cuando yo temblaba por las pesadillas, que me dejó llorar sin preguntarme más de aquello que en el momento pude contar. Y aún así me pidió silencio porque no fue capaz de soportar mi realidad conmigo. La última vez que me atreví a contarle algo simplemente me dijo: “Yo me suicidaría antes que vivir así”. Y quizás es cierto. Más tarde se disculpó y yo realmente no la culpo a ella porque vivir con el abuso no es para nada sencillo. Finalmente, una se encuentra sola, rodeada de personas que “te quieren” pero incapaces de hablar o de acompañar. La opción más usual es la del silencio, ya lo saben, ya se habló y después simplemente quieren seguir con su vida normal, hacer como que nada sucede, obviar lo evidente: “para qué hablar más sobre el mismo tema”, “sigue adelante y olvida”.
Aún si todo el abuso ya no existiera me pregunto cómo olvidar, cómo hacer como si nada pasara. Para mí es imposible vivir sin tener presente mi realidad porque mi realidad está marcada en mi cuerpo, está marcada en mis emociones y en mi manera de existir, y ciertamente, nadie tiene que vivirlo como yo, pero creo que hace falta más comprensión, más educación emocional, más empatía, incluso más educación sexual. Escucho mucho frases como “hermana, no estás sola”, “hermana, aquí esta tu manada”, “si tocan a una, nos tocan a todas” o “es necesario hablar y visibilizar las violencias”.
Me muevo en ambientes feministas rodeada de mujeres con conocimientos profundos sobre feminismo, rodeada de activistas de Derechos Humanos, mujeres que luchan en su día a día por erradicar las violencias, pero en la realidad sólo hablo con mi psicóloga; a la hora de la verdad no hay una sola de ellas con la que pueda hablar de lo que me sucede. Quizás al principio sí puedo, pero un poco porque el tema incomoda, aburre o simplemente no pueden soportar la verdad. Me dicen continuamente: “¿Por qué cuando conoces a alguien le tienes que contar tu vida?”. Pues bien, hay muchas respuestas a esa pregunta: primero, porque tengo la necesidad de hablar una y otra y otra vez, porque quisiera gritarlo y que todo el mundo sepa qué es lo que sucede, qué fue lo que me hicieron, qué es lo que me hacen, qué es lo que pasa, lo que pasó y cómo eso me destruye cada día. Segundo, porque no es algo evidente, porque me limita en muchos aspectos, porque si no lo digo yo, ellas no pueden saberlo. Tercero, porque es lo que soy o parte de lo que soy, pero es algo importante que además no solo me afecta a mí, le puede afectar a cualquier persona con la que mantenga cualquier tipo de relación personal, mucho más si hay un vínculo sexual, y yo casi siento la obligación de advertirle: “ojo, puede ser que cuando estemos follando me vuelva loca. No te preocupes, no es tu culpa, soy yo”. Éste es un camino largo y doloroso. La violencia sexual dificulta las relaciones personales y dificulta mucho las relaciones sexuales. Las personas que pasamos o hemos pasado por violencia sexual estamos marcadas y estigmatizadas, pero también estamos solas y necesitamos hablar, necesitamos hablar mucho y necesitamos encontrar comprensión y, sobre todo, paciencia por parte de les otres. Necesitamos hablar de lo que nos pasa, de lo que pasó, de cómo nos sentimos, de cómo lo llevamos, de cómo lo afrontamos; necesitamos compartir nuestros pequeños logros diarios, quizás las heridas emocionales nunca cicatricen del todo, estamos rotas, pero también nos superamos día a día sin que nadie se de cuenta del esfuerzo titánico que puede ser tan solo levantarse de la cama cada mañana. Así que amigas, amigues y aliados feministas, les digo: las palabras están bien, las frases hechas están bien, los “slogans” están bien, pero hace falta que comprendan que no todas las personas estamos enteras, que algunas tenemos limitantes, que hacen falta hechos, acompañamiento real, aguante, porque no es nuestra culpa, porque sobrevivir es una lucha diaria que no se puede ganar sola, porque necesitamos todo ese movimiento feminista en lo real, en el día a día, no solo en los discursos y en las pancartas del 8M, porque no es cierto que si tocan a una nos tocan a todas, pero sí puede ser cierto que si tocan a una, todas estemos para sostenerla.
Descripción de imagen: El bosque. Fotografía de Eréndira Islas.
Por Becca Sueños / Ivelin Buenrostro
No podía moverme. No podía moverme, no pude hablar, no pude quejarme, no pude decir no. No obstante, mi cerebro iba a mil por hora diciendo, pensando que eso no estaba bien, que no lo quería, que no era algo que yo hubiera decidido, que no era algo que yo tenía ánimo de hacer. Pero yo no decía “No”.
Recientemente se nos enseña a decir “no”. Y “No” es “no”. Pero poco se sigue sabiendo del “no responde nada” o “no se ve divertida”. Pareciera que el cuerpo se congela y no hay posibilidad de decir una sola palabra, de poner resistencia. Me pasa que justo cuando pienso en lo que está pasando me pongo estática, como que mi cuerpo deja de funcionar, sólo mi cerebro esta pensando, dejo de moverme y me encuentro abriendo mucho los ojos, como de sorpresa, de susto, no sé porque, bueno un poco, me pasan mil pensamientos por mi cabeza, imágenes, recuerdos, sensaciones… todo en un instante. O me descoloco por completo, solamente estoy medio sintiendo, o no sintiendo nada, estoy ahí como muerta. Quizá no era tan evidente que ya mi cuerpo no estaba participando en nada, quizás tenía que quitarme, pero no sabía bien cómo hacerlo, de alguna manera también al principio yo estaba besando.
No supe bien cómo parar, quizás deba ser más rígida, hablar más fuerte, pararme, alejarme y hablar muy fuerte para que se entienda mi negativa o simplemente no invitar a nadie más a dormir conmigo por que se puede entender distinto. No debo tomar nada, ni hablarle a alguien para salir, al menos no a hombres. Para mí en un momento era evidente que no quería, pero me quedé pasmada y no supe cómo reaccionar, quiero pensar que esta persona seguramente, si me hubiera escuchado decir “para” hubiera parado, estoy casi segura de que hubiera parado.
En fin. No, no es lindo para todas las personas despertar con cariñitos, porque puede haber personas como yo que se sienten invadidas, pero no sabemos cómo reaccionar, no podemos defendernos y no podemos decir que no queremos. No sé que es lo que pasa en mí, no sé por qué mi reacción es tan lenta, torpe y a veces no he hecho nada. Definitivo no me gusta ponerme en esa situación y me choca hablar de esto (no lo hago, porque me apena, me siento como inútil y además no me quiero poner en el papel de víctima, y siento que al contarlo sigue siendo así), me choca ponerme en el papel de víctima porque siento me quita la posibilidad de agencia, pero es en serio cuando digo que no puedo reaccionar, que la mayoría de las veces no reacciono y el cuerpo se queda congelado, y la voz en el cerebro todo el tiempo está pensando que no, eso no es lo que yo quería.
Y lo más que empiezo a entender es que no sólo cada experiencia es distinta, que habría que reconocer y conocer la historia de vida de cada una, que cada contexto es diferente, sino que cada cerebro es distinto, que existimos personas que podemos tender todo un aparato de defensa para apoyar a las demás personas pero somos incapaces de defendernos a nosotras mismas, y que esa no sólo es una reacción aprendida, sino que tiene que ver con cómo está conectado y funciona nuestro cerebro, neurodivergentes que nos llaman. Y no voy a especificar mi neurodiversidad, simplemente que he sido incapaz de defenderme tantas veces y que ahora lo digo porque sé que hay más que se juzgan y les juzgan porque no han podido pero han tenido exactamente los mismos pensamientos y sentimientos que describo ahora.
Nunca he sabido si quizás el haber vivido violencia sexual de niña y en casi toda la historia de vida ha influido mucho en esa forma de actuar, pero no me queda claro, hay mujeres que se sobreponen y pueden gritar y reaccionar y decir “NO”.
Escribir esto me apena y me acusa mucho conflicto, jamás escribo sobre esto, me genera ansiedad leerlo en mis páginas, me da horror el que alguna vez alguien me lea, sepa de las historias con los abuelos, el médico, el primo, el amigo y que yo no hice nada desde los 5 años hasta los 28 años y ahora a mis treinta y tantos… cada historia de vida es muy distinta, cada una de mis historias son distintas, mis sentires, mis no sentires, son distintos en cada momento. Sé que necesito dejarles atrás y poner un alto consistente. Eso necesito, dejar de ponerme en este papel de ya no poder hacer nada, mover mi cuerpo, forzarle a reaccionar, que el peso de la educación de “saluda y permite el abrazo y beso”, “no seas grosera, es tu familia”, “ahora te aguantas para qué andas dando falsas señales”, solo por decir algunas cosas, bueno quiero dejarlas atrás. Quiero que me responda el cerebro. Doy talleres, terapias, hago crianza, hablo de autoconocimiento, de poner límites, de defendernos, doy acompañamientos, consejos, hago materiales para entender que estas situaciones no son normales, pero no puedo reflejarlo conmigo. Como que es más fuerte que yo y me tiene harta, creo que me veo fuerte lo suficiente, la gente me ve a sí, me lo ha dicho. Dueña de mí, de todo lo mío y me siento así, solo a veces no sé qué pasa pero mi cerebro no logra hacer reaccionar a mi cuerpo y este no estimula respuesta.
Suelo ser una mujer fuerte, suelo ser independiente, aguerrida. Y ni toda esa fuerza de lucha, incluso de activismo, de apoyo hacia otras me alcanza para poder defenderme y decir que no, que eso me hace daño y no es lo que quiero. Lo seguiré intentando, ahora por lo menos lo dejo aquí, para que lo sepan, para que les acompañe a quienes están en situaciones similares, para que sepan que se tiene que seguir hablando de que no todos los cuerpos reaccionan a las agresiones por más que sepan que tendrían que estar golpeando, arañando, mordiendo… me empeño en poder defenderme un día, sé que lo puedo lograr, pero apelo también a que esta sociedad mierda debe entender que el consentimiento incluye el que sea evidente que la pareja sexual está feliz, asintiendo, reiterando que es lo que desea, y nos preguntemos todo el tiempo si de verdad nos estamos sintiendo bien. Yo, me quiero sentir bien, siempre.
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Becca Sueños. Co-trabaja en procesos de sanación individuales y colectivos, desde la Psicoterapia Gestalt, prácticas narrativas, con perspectiva feminista. Loca, amorosa incongruente, amante de los gatxs.
Ivelin Buenrostro. Trabaja desde la fotografía, el arte, el diseño y la educación por sensibilizar hacia formas más amables de entender y construir la cotidianidad. Sus trabajos se centran en temáticas de género, diversidad corporal, afectividades y la creación de redes de mujeres.