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Erotización y exploración del placer como acto político-amoroso/Bubilina Moreno

Una mirada desde la experiencia

Fotografía a color muestra en primer plano el seno de una persona de tez blanca (al parecer, quien tomó la foto), sobre quien yace una mujer de tez más oscura, de quien se vislumbra parcialmente su rostro con los ojos cerrados. Hay una sensación de confianza y descanso. Se alcanza a ver el brazo de la segunda persona. Lleva un piercing redondo y plano en la nariz. En tercer plano se confunde el tono de las pieles, en esa zona ambas igual de blancas. Al fondo, una sábana a rayas blancas con gris envuelve parte de la pierna de la segunda persona.

Por Bubulina Moreno
*Imagen Geo Vidiella y Bubulina Moreno

No iniciaré este artículo mencionando el derecho que tengo a ejercer mi sexualidad, porque esta hace parte de mi naturaleza humana; así le cueste aceptarlo a una sociedad patriarcal y de doble moral como en la que vivimos. Mi vida sexual no puede seguirse viendo como un mito o tabú.

Hace un par de años me di cuenta que también me atraían las mujeres y fue todo un proceso de reflexión, deconstrucción y nuevo autoconocimiento. Para una mujer con discapacidad física, como yo, que requiere de determinados apoyos para actividades de la vida diaria no era fácil reconocer que portaba otra etiqueta tan excluyente como la de la discapacidad ¿además de tener discapacidad también bisexual?…

Mi acercamiento con los hombres en el campo sexo-afectivo ha sido complejo y frustrante; querían tener una relación conmigo a escondidas porque “amaban” más a sus novias o esposas (claramente yo no era para mostrar), huían cuando se daban cuenta de que yo les gustaba (el miedo) hacía que desaparecieran, y en otros momentos vivencié abuso por parte de exnovios los cuales buscaron generarme dependencia emocional (¡acéptelo Natalia, nadie más se va a fijar en usted, solo yo! …) acoso y abuso sexual (un ex se aparecía en mi casa sin avisar y la única vez que durmió en mi cama me violó). El fetichismo, el ocultamiento, el miedo y la generación de dependencia era lo que mi cuerpo les producía. Aprendí de todo esto que quien llegue a mi vida debe asumir lo que soy y si no puede hacerlo es mejor tomar distancia, hay situaciones que no deben ser negociables.

Fotografía a color en primer plano muestra parte del torso desnudo y el pezón izquierdo de la mujer de tez más oscura. Sobre su seno está la mano extendida de la persona de tez blanca con un guante negro y la mano de la primera mujer (muñeca doblada, dedos pequeños y delgados) también con un guante negro.

En cuanto a las mujeres; debo decir que por identificase como lesbianas no son menos prejuiciosas frente a cuerpos “raros” como el mío. Varias de ellas me manifestaron que si bien les gustaba sentían miedo de mi cuerpo, pese a que yo intentaba disminuir ese miedo expresándoles que lo podíamos enfrentar juntas, prefirieron alejarse; y en otras mujeres, la mirada paternalista no se hizo esperar, me veían como objeto de asistencia o como si no pudiera hacerme cargo de mis emociones.

En esta búsqueda de la exploración del placer varias veces me sentí en verdadero riesgo y quería minimizarlo. Pensé en intentarlo por medio de la asistencia sexual, pero en Colombia no conocía ni conozco a alguien que la brinde; una vez se dio que un amigo se quedó en casa y nos pusimos a hablar del tema, yo tenía un dildo-vibrador y se lo mostré, él lo prendió y me preguntó que si lo quería usar; su complicidad y afecto permitieron que yo me desinhibiera y me diera un momento para SENTIR, les amigues pueden ser parte importante de estas búsquedas y exploraciones.

En uno de mis viajes a México conocí a una mujer que me seguía por redes sociales, pero con quien habíamos intercambiado pocos mensajes; esa vez ella demostró su interés en saber de mí y conocerme, pero como soy despistada no sabía que su interés podía ir más allá. Nuestros diálogos continuaron a distancia y el deseo de vernos fue más intenso, nos gustamos, nos enamoramos y decidimos acompañarnos en el camino.

Con ella he podido tener la posibilidad de comprender con mayor claridad las sensaciones que siente mi cuerpo cuando tenemos sexo. Cada vez entiendo más lo que me pone cachonda y lo que no, y también mis formas de dar placer. Me excita mucho sentir el peso de su cuerpo sobre mí, sus besos en mi espalda y cintura, cuando acaricia mi pubis con sus dedos; a ella, abrazarla por la espalda y besarle el cuello la calienta, como besar sus caderas o jugar con sus pezones; con ella comprendí lo que es (venirse). Las dos estamos aprendiendo de nuestros cuerpos entre risas, miradas, afectos y cuidado.

Mi cuerpo “raro” el cual fue deserotizado en mi infancia y adolescencia cada vez que era visto desnudo por los médicos que me atendían, y la reivindicación de este mismo cuerpo en la exploración del placer como acto político-amoroso, son hechos que me han llevado a una lucha donde he sido por décadas despojada de humanidad; la exploración del deseo y el placer son actos políticos que me fortalecen, liberan y reconcilian conmigo misma.

Fotografía a color, muestra un fragmento de dos personas recostadas. En primer plano, un fragmento del pecho izquierdo que muestra el pezón de una persona de tez blanca sobre la cual yace la otra, de quien se alcanza a ver su nariz y boca, una parte de su pecho y su mano. Al fondo, la piel blanca de una pierna y unas sábanas blanco con gris azulado.

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Natalia (Bubulina) Moreno Rodríguez. Bogotá, Colombia. Comunicadora Social de la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y activista de derechos humanos.

 

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Amar, querer, desear, cuidar, sentir(nos)… CON LOCURA/ Marta Plaza

Imagen por @ereislas. Carboncillo sobre papel. Varias piernas entrelazadas en lo que parece ser una cama, envueltas en una sábana blanca.

Por Marta Plaza

Hace algo menos de un año participé junto a una de mis compañeras de InsPIRADAS, (colectivo madrileño de mujeres feministas locas, psiquiatrizadas o que convivimos con experiencias inusuales y/o sufrimiento psíquico de cierta intensidad) en una sesión de un curso sobre Amores Subversivos que tuvo lugar en la también madrileña librería Traficantes de Sueños. Aquella sesión la llamamos Amar(nos) y cuidar(nos) con locura. Puede escucharse online aquí, y también es posible acceder aquí al audio del resto de sesiones de este curso de Amores Subversivos.

También en el mes de marzo del pasado año, escribía esto tras una noche compartida durmiendo con dos amigos/amores/vecinos/vínculos/compañeros, una noche que me removía justo la carencia de lo que no hay, por encima de la abundancia de lo mucho que hay en ese vínculo de múltiples caras que nos une. Estas fueron las palabras que encontré entonces y con las que respondía a un reto de escritura a la vez que me podía contar un poco de lo que (no) sucedió aquella noche:

“Cuando tras aquellos días
de tanta intensidad
por fin dormimos juntos,
no pude conciliar el sueño
en toda la noche.
Mi corazón
desbordado de emociones
me mantuvo despierta
con su latido ensordecedor.
Fue el único participante,
a la vez ganador y perdedor,
de una carrera insomne,
acelerada
y a todo volumen”.

Empiezo desde estas dos vivencias de un año atrás porque creo que hablan bien de dónde y cómo estaba entonces y de cómo mi pensamiento está en continua evolución, y con él el discurso y las prácticas que voy ejerciendo. Esta evolución es algo que me (¿nos?) caracteriza; y no creo que tenga que ver con mi locura, mi discapacidad ni mis diagnósticos, sino con mi trabajo mirándome dentro y poniendo palabras a mis sensaciones, deseos, sentimientos… Y también aceptando que normalmente mi discurso va por delante de lo que consigo hacer con mi práctica, y que no pasa nada porque sea así mientras tampoco lo olvide, y sea consciente de que mi discurso marca hacia dónde quiero ir (no lo ya alcanzado), como esa utopía que nos ayuda a seguir caminando hacia ella.

Como mujer psiquiatrizada, como loca, soy una persona que a menudo ha visto utilizado su diagnóstico, su locura, para desproverme de voz, legitimidad, credibilidad. También para que otras personas a las que su profesión y formación en salud mental hacían supuestas “expertas” en mí, mi cuerpo, mente y necesidades… pudieran tomar decisiones por mí, sobre mí. A menudo, en mi vivencia, CONTRA mí. Mis diagnósticos, síntomas, locuras… han sido también consignadas oficialmente en un certificado de discapacidad (la que hoy se denomina discapacidad psicosocial y va asociada a esos problemas de salud mental que nuestra sociedad cuerdista no incluye en su funcionamiento normativo ni en sus exigencias de productividad capitalista y de felicidad 24/7).

Como psiquiatrizada, como mujer loca, he tenido profesionales que me han indicado en consulta que tenía que tener más relaciones sexuales con mi pareja aunque no me apetecieran (entre otras cosas por los efectos secundarios de la medicación impuesta que me habían pautado). Que yo bien podría hacer un poder, hacer un esfuerzo para acostarnos juntos, que él (mi pareja) tendría sus necesidades (y en el subtexto obvio, estas primaban por encima de las mías). Otros escenarios, como bajar o retirar esa medicación que tenía esos efectos secundarios; o el escenario de no tener relaciones sexuales una temporada y que aún así mi chico quisiera estar conmigo (o el de que fuera preferible dejar esa relación si hubiera supuesto incluir relaciones sexuales sin que mi deseo o ausencia del mismo tuviera ninguna importancia)… no parecían contemplarse desde esas miradas con bata blanca. En aquel momento ese rol para mí aún era un referente, aún no había encontrado cómo defenderme de su discurso (él/ellos sabían mejor que yo lo que me vendría bien, al fin y al cabo, yo no pensaba lógico, no me sentía lúcida, tenía tanto dolor dentro que cómo acertar así). Me costó tiempo ver que esta desautorización continua de mis palabras, de mi vivencia, de mi deseo o no-deseo, era una más de las enormes violencias que ejerce el sistema psiquiátrico con el beneplácito de la sociedad, las instituciones, casi siempre las familias y con demasiada frecuencia también nuestros entornos afectivos, vínculos y familias elegidas, si no han hecho también un proceso de mirar con ojo crítico el psistema y sus tentáculos, dogmas, agresiones. Me costó demasiado tiempo (cuántas veces resuena en mi cabeza que llegué tarde a mi propia autodefensa) ese proceso de andar un camino que por suerte no tuve que hacer sola (sola no puedes, con tu gente sí). Llegar a ver nítido que las violencias del patriarcado juegan en alianza con las del sistema psiquiátrico (y las del capitalista, claro), todos pilares sosteniéndose entre sí y a la vez sosteniendo este mundo hostil que nos daña y excluye.

Algunos avances en la búsqueda de mí misma, como loca, como psiquiatrizada, como mujer, también han ido en paralelo a otras formas de entender la sexualidad, las relaciones, los amores y vínculos. En mi proceso relacionado con mi salud mental, me resultó útil desprenderme de la etiqueta de “enfermedad mental” (aquí hay gente que me lleva delantera y tampoco utiliza entonces la de salud mental, como opuesta a ese concepto en el que no creemos, y aunque la idea “salud mental” a mí aún me sirve… quién sabe más adelante). También fue un avance desprenderme bastante de las etiquetas diagnósticas recibidas en mi vida. Me hace bien saber mis fortalezas, mis dificultades, qué me sienta bien, para qué necesito ayuda y cómo pedirla… pero nada de eso es lo que se viene trabajando en la psicoeducación de este sistema psiquiátrico donde identificarte lo más posible con la etiqueta diagnóstica asignada (adquirir la sacrosanta “conciencia de enfermedad”) es un paso irrenunciable. Desde el activismo loco se batalla a menudo contra ese ser etiquetados que vivimos tantos de nosotros, con etiquetas que pretenden definitorias y definitivas, crónicas, de por vida. Una de las pancartas del primer Día del Orgullo Loco en mi ciudad lo decía en clave de humor (qué bien el humor que siempre nos salva): tenemos más etiquetas que las tiendas de ropa.

En paralelo a este desprendimiento de etiquetas diagnósticas, me empezaron a sobrar un poco o empecé a mezclar las etiquetas para los distintos vínculos. Estas etiquetas con las que social y emocionalmente categorizamos a nuestros vínculos, con lo que ya no son amigos/amores/vecinos/compañeros/familia, todo a la vez y mezclado; sino que parece que debamos elegir entre ellas, y además asumir las distintas jerarquías, expectativas e intensidades que son propias de cada una de las categorías. La etiqueta “amiga” no es la misma que la etiqueta “pareja”, que es distinta de la etiqueta “familia”, a su vez distinta de la de “colega del curro”, que es distinta de la de “vecina”, también distinta de la de “compañera de activismo o militancia”, distintas todas de la de “amante”. Y según cambias de etiqueta, cambias los cuidados esperados, el compromiso ofrecido, las actividades compartidas, las actividades compartidas, lo que se debe y no hacer. Todo según lo marcado socialmente por nosesabequién, desde luego externo a nuestras ideas y corazones, aunque tanto nos acabe permeando también y asentándosenos dentro.

A mí me empezó a pasar que igual que las etiquetas diagnósticas me habían dejado de servir tiempo atrás, cada vez tengo por dentro más mezcladas las etiquetas que llevan mis distintos vínculos. Les pienso (os pienso, si lo estáis leyendo algune) cada vez más con palabras como esa, la de vínculos; también pienso y me doy permiso para usar cada vez más la palabra amores y sentirla y decirla así. Cierto que desde mi proceso personal de en principio retirada y actualmente solo bajada de psicofármacos (tras más de 20 años con muchísima sobremedicación psiquiátrica), volví a sentir con una intensidad grandísima que apenas recordaba. Y siento que estoy muy enamorada de mi chico, con quien comparto casa, risas, recuerdos, cama, cuidados, redes, futuros utópicos pero en marcha por construir, complicidades, pieles, sudores, bailes y gemidos, y un plan de vida compartido (y más cosas, seguro). Pero este amor tangible, cierto, palpable, intensísimo, no hace que en mi intensidad gigante o en este dejarme llevar sin etiquetarlo todo y sin demasiados juicios, no me sienta también enamorada de otras compañeras con quien comparto ganas de construir mundos nuevos y de nuevo, más cosas también, seguro. La propia red que me sostiene y en la que nos sostenemos juntes es una red preciosa y amorosísima en la que la base son los afectos y los cuidados, y si me sale “amores” cuando pienso en una palabra que las nombra, me gusta decírmela así y poder decírsela así a ellas, a ellos.

Como otra de las patas de este proceso múltiple y caleidoscópico en continua evolución, también el concepto mismo de sexualidad se me mueve, muta y cambia dentro. Estoy viviéndolo como un camino lento, porque aquí aún noto bastante peso social que me hace menos fluidos los pasos. Pero de alguna manera, mi proceso para encontrarme (también en mi cuerpo y en mi piel; esta misma piel que rasgué en momentos de gran angustia, este cuerpo que sentí cárcel tantos años) avanza también deshaciendo mi idea previa de sexualidad, en este caso difuminando sus fronteras, ampliándolas. Quizá empezó como defensa ante ese supuestamente inadecuado “ser poco sexual” que me devolvían en consulta, ese tener pocas relaciones según baremos ajenos en los que seguimos buscando nuestro reflejo (¿seré normal o en esto tampoco? ¿y acaso quiero serlo? ¿por qué debería?) Pero hace ya un tiempito en que siento que empiezo a navegar un espacio que me gusta, en el que me encuentro cómoda, y en el que estoy ampliando mi concepto de sexualidad a las situaciones de intimidad compartidas con otras personas de confianza, especialmente si implican desnudeces pero no solo, y en las que siento/sentimos además placer físico.

Una tarde en el sofá en la que mientras vemos una película tres de estos vínculos/amores a los que les corresponderían distintas etiquetas relacionales formalmente, y en la que mientras seguimos la peli estamos todas haciéndonos cosquillitas suaves suaves en los brazos o piernas, en un tren de cuidados placenteros desde una confianza no fácil de tener con cualquiera y en la que todo el mundo es acariciado y acaricia…

Una noche en la que nos dormimos cuatro en una cama gigante, abrazados unos a otros, acariciándonos el pelo, oliéndonos, sintiendo la calidez de los cuerpos…

Una sobremesa en la que mi chico y yo, desnudos en la cama de nuestro cuarto, nos acariciamos y cosquilleamos sin pretender llegar obligatoriamente a orgasmos, penetraciones, pero qué bien esas caricias, ya acaben después en clímax para mí, para él, para ambos; o en que él vaya entrecerrando sus ojitos sonrientes y se quede dormido mientras yo le leo cuentos sin dejar de acariciar su pelo en mi regazo.

Un momento de baile, otro de susurrarnos en el oído, otro de masajes con más o menos ropa, otro de colchonear en un viaje y sentir la excitación en el corazón acelerado y la humedad entre las piernas, y que sea perfecto así, que se quedé así y ahí, sin más (¡ni menos!), y que sigamos recordándolo en conversaciones posteriores y el verbo colchonear quede instaurado tan tan bonito y le busquemos en el calendario grupal fechas para repetir.

Hablar de tríos que nunca acaban produciéndose, pero poder verbalizar que en ti habita un deseo sexual por algunas personas que no lo comparten así, o no ese mismo, pero con las que sí hay un cariño y amor y cuidados gigantes. Que ese hablar poniendo sobre la mesa esa parte no correspondida no sea un tabú a silenciar ni una carga ni un muro que se levante entre medias, que hasta pueda ser risas a sumar a las complicidades que sí hay.

Poder compartir estos sentires con mi gente más cercana y que no haya burlas ni juicios ni paternalismos, ni ofensas ni miedos ni traiciones. Poder disfrutar de la abundancia de tantos quereres, de tantos cariños, mimos, caricias, risas, bailes, pieles, orgasmos, cuerpos, cosquillas, olores… Ser consciente de que alguna vez, como aquella noche tras la que escribí el relato cortito que os compartía en el inicio del texto, también me podré quedar un poco atrapada en mi sensación de carencia. Que desde la abundancia de todo lo que sí compartimos, en ese momento lo que me pese sea lo poquito no compartido contigo, o con ellos, o con ellas. Mirando más hacia ese otro concepto de sexualidad que se utiliza socialmente y del que yo digo querer desprenderme pero a veces se me clava su ausencia una noche de marzo.

También me sigue pasando que a veces me encuentre ubicando en el calendario esa noche que sí tuvimos sexo como socialmente se suele entender, con sus orgasmos, con su todo… (el todo del que otros hablan, no mi ni nuestro todo) para entrar a baremar de nuevo. Y ya no hace falta que me lo digan en consulta, me basto para juzgarme conmigo misma y con el peso social y las frases de sábado sabadete como número mínimo de encuentros sexuales necesarios para una sexualidad óptima (¿para quién?) Y desde ahí sí me duelo y entro a pensar si soy o no buena pareja, si tiene nuestra relación la chispa adecuada, si lo que tenemos es suficiente (de nuevo, ¿PARA QUIÉN?, ya gritaría). Cada vez me pasa menos, pero es verdad que de esto cuesta despegarse, y aquí sí me aplasta aún ese peso social, hasta dentro de grupos de amigas, en viñetas feministas, en cada todopresente meme sobre Satisfyers -que yo no quiero ni probar-. Ahí me vuelve un poco el peso y señalamiento de no ser normal, tía-a-ti-te-pasa-algo-será-un-trauma-por-qué-no-pruebas.

Así que aquí estamos yo y mis contradicciones: abandonando la expresión enfermedad mental hace ya años pero sí utilizando la de salud mental; deshaciéndome de etiquetas relacionales mientras sigo usando “mi chico” para mi chico; ampliando sexualidades pero también viendo si en estándares ajenos alcanzamos los números adecuados; disfrutando de las intimidades, complicidades y nuevas excitaciones que construimos, pero pocas veces compartiendo esta visión así públicamente; recreándome en la abundancia de cosas bonitas compartidas con mis vínculos/amigues/amores/vecines/compañeras… y a la vez alguna noche pesándome la carencia concreta de una piel o un susurro aquí o allá.

Y en este proceso con sus contradicciones, voy también encontrándome yo, encontrándome a gusto conmigo y con mis vínculos (y qué paz me da esto). Y, por qué no, va también gustándome mi manera de amar y amarnos con locura, de querer y querernos con locura, desear y desearnos con locura, cuidar y cuidarnos con locura, de sentir y sentirnos con locura, y gozar y gozarnos con locura.

Marta Plaza (@Gacela1980 en Twitter)

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Marta Plaza (Madrid, 1980). Activista loca y de lo que me llene, pensando y practicando sobre cuidados colectivos, tejer redes y crear comunidad como única forma de poder sobrevivir en este mundo hostil. He escrito en la revista Pikara Magazine y soy autora del capítulo “Pacientes psiquiátricas que (por fin) perdimos la paciencia” en el libro “Feminismos. Miradas desde la diversidad”. Para el capitalismo soy improductiva, inactiva e incapaz, pero todo bien.

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Lonjas. Meneo autoetnográfico/ Magda Aranda

Imagen de Geo Vidiella. Muestra el fragmento del cuerpo de una persona de tez blanca con lunares. Se distinguen tres voluptuosidades, sobre estas, gotas de agua. El fondo es abstracto, un halo gris en movimiento.

Por María Magdalena Aranda Delgado

En mi memoria sexual más temprana estoy bailando frente al espejo, hacía calor y estaba recién bañada, embelesada miraba el reflejo del meneo de mi cuerpo. Me hacía gracia la sensación de temblor de mis carnes. Mi primer recuerdo relacionado al sexo es de goce y libertad, difícilmente había podido regresar sin culpa o vergüenza a esa fascinación. Soy gorda vitalicia y con este cuerpo estigmatizado voy examinando el mundo e intento subvertirlo. Entre tientos este cuerpo asumió durante un tiempo, que para fines sociales prácticos, paradójicamente era estorboso e impalpable.

Antes del bombardeo social para odiar mi gordura, no recuerdo que ésta me perturbara. Aún ahora puedo olvidar el acoso, pero luego me topo con miradas desaprobatorias, el chiste en la publicidad, la cultura de la dieta, el sexismo y misoginia. Termino acordándome que se me desprecia.

El estigma, expone Goffman (2010) es un atributo profundamente desacreditador, que necesita de lenguaje de relaciones y cuyo rasgo central de la situación vital para quien lo ostenta es la no aceptación. La configuración del mío, está vinculado a los estereotipos de género y clase. A los seis en pleno recreo escolar su tentáculo me alcanzó. Jugaba con mis compañeritos y al niño que perdió le impusieron de castigo me besara, se echaron a reír. El chico se aprontó a simular una arcada. La confusión entre sonrojo y su despreció entorpecieron por segundos a mi instinto más salvaje que se rehusaba a ser burlado: ¿no son los besos algo lindo? Suspiré altanera devolviéndole la mueca y huí. Callada pero insatisfecha, me enfoqué a buscar reconocimiento en los espacios que me eran comunes. Crecí en una colonia popular de una ciudad pequeña del interior del territorio mexicano, de familia tradicional y con rigurosa educación católica, temprano advertí que sacar buenas calificaciones y aprender rápido las oraciones en el catecismo, me confería de alguna clase de preferencia paternal y distinción social. Debía sobrevivir.

Mis flirteos adolescentes fueron platónicos y los remedos de poesía los desfogaron. Ya en la universidad asimilé otros credos, los aprendí para explicarme que la jerarquización inferior de mi sexo es efecto del sistema social; para comprender mí pertenencia a la clase trabajadora y esa desazón cansina por no tener los conocimientos acumulados y aspiraciones de consumo de las clases medias y altas. Para entender por qué, aun sintiendo deseo, en su construcción sociocultural, las personas gordas seguimos inadvertidas o fetichizadas. Llevo muchos años disimulando las potencias sexuales de mi cuerpo gordo. Apóstata quiero atinar: Déjenme excitarme tranquila. Porque la aspiración por  recuperar ese placer primero ha estado ahí, subrepticiamente haciéndome guiños, quiero deshilarlo, que desborde copioso, como es.

Mi placer es mío, ya sé. Pero de ahí a concretar su expropiación es otra cosa. A decir verdad, no fue hasta que leí Tienes derecho a permanecer gorda de Virgie Tovar  (2018) en el pasaje donde explica el jigglecize (sacudimiento), un juego que se inventó para disfrute de las gordas y que apela a ese “algo muy viejo y juguetón dentro de nosotras, como la sensación de algo muy antiguo que se desata” (p. 96), es que revaloricé mi primera memoria.

Reivindicar el placer requiere una complejidad que trasciende a su enunciación, al menos yo he necesitado tesón, cabeza y admitir renuncias. Crecí sin tener prácticas sexuales de referencia, no veía gordas deseando y satisfechas, pero abundaban las representaciones mañosas de las que anhelaban, envidiaban o se conformaban. Y aborrecía pensarme en esas categorías. Me recuerdo adolescente enardecida por alguna escena vista en la televisión, por las compañeras de la secundaria que se escondían cachondas detrás del taller de electricidad para darse rienda suelta, o por la presencia del profe activista social; excitada, pero contenida. Frenando las reacciones físicas, sosteniéndolas rígidas hasta doler, me acostumbré a esa sensación porque no sabía cómo dejarla ser.   

En mis fantasías nadie me cargaba en vilo, tampoco yo corría sonriendo por la playa perseguida para que me robaran un beso, ni nadie se enamoraba de mí con sólo mirarme. Pronto comprendí que mi cuerpo no estaba capacitado para las argucias del amor hetero romántico. Ojalá hubiera leído más temprano a la Despentes (2007) para no sentirme tan sola en el baile de las incogibles y cuando rechacé al mandato de entrar en la faja de chica buena.

La férrea educación religiosa, el estigma social de la gordura y sus consecuencias facilitaron que mi deseo se tornara en ser deseada. Pasé por peligrosas dietas; el feminicidio asistido –diría Virgie Tovar (Op. cit. p.16)- y leía textos intelectomachines para acceder a ese mundo que creía el único posible. Como muchas personas gordas esa trampa me llevó a perseguir el ideal corporal imperante y exagerar mis aptitudes académicas en aras de vivir experiencias sexuales que terminaron siendo inconvenientes y agresivas.

Ha pasado el tiempo y quiero rescatar esa memoria primera, porque aun acallada, ha estado resistiendo fuerte. Intuitivamente me ha orillado a declinar relaciones que no me satisfacen. He tanteado diversas prácticas sexuales para preservarla, pero continúa siendo complejo, de mis escarceos amorosos la mayoría terminan sesgados por la heteropatriarcalidad, desiguales, violentos o capacitistas. Explicar que aspiro a producir prácticas sexuales alternas termina siendo engorroso para las posibles parejas. ¿Tanta teoría para quién? Termino acallada por hartazgo, con montones de preguntas que me agobia contestar. La persona más anarca termina excusando al matrimonio, la más revolucionaria se ofende porque rechazo ser madreamante; la lesbiana que de simpática se torna ofensiva porque no satisfice sus intenciones posesivas; el joven celoso que se toma como afrenta mi soberanía corporal, el adúltero escamado que me apunta guarra y libertina, el chico trans que juzga por mi apariencia femenina, le chique gorde que no le ponen las gordas. Me faltan experiencias y mi ansia se acomoda a lo no resuelto ni reflexionado por otras personas. Elaborado discurso para acabar aceptando que también éstas prácticas fallan al procurar la satisfacción de  alguien más que no soy yo. La resolución inmediata ha sido desembargar la vida solitaria que el contrato heterosexual prohíbe.

En redes sociales, veo algunas mujeres con las cuales comparto el estigma, defender que son deseadas, abanderan una sexualidad gorda consumible y que aspira a la valoración social. Resulta ineficaz exigir al patrón que públicamente acepte su consumo de gordas. Disto de reclamar que me desean, eso ya lo sé. Lo rancio del asunto es que usen ese deseo para agregar capas de opresión a las ya existentes. Ninguna persona gorda debería esforzarse por entrar en un sistema donde no es llamada a existir. Juego pensando en que una gorda que se precia genera un sistema propio, rompe con las violentas proyecciones de otras personas sobre su cuerpo, se fuga de lo establecido.

Aún continúa el bombardeo social para odiar mi gordura, ahora que lo comprendo ha disminuido su efecto en mí, por eso escribo, porque puedo hacerle frente. Pretendo recordar como gorda y a todas las personas gordas que la sexualidad que vale es la de una. Que si bien, creo que nuestras prácticas y comportamientos relacionados con nuestra sexualidad deben ser profundamente cuestionados y subvertidos, hay que volver una y otra vez a nosotras. Sí, desconfiar del deseo que hemos aprendido pero hurgar también en la memoria, encontrar esa conexión sexual placentera primera, si no tenemos, inventárnosla.

Me encantaría que cada gorda supiera que puede disfrutar del placer sin cuestionárselo; que merece que la traten con ternura, que la cuiden y acompañen. Que no es condición estricta sólo para ciertos cuerpos buscar conexiones afectivas. Que sin dudar sepa que alguien se masturba pensándola. Que manifieste, eso sí, abiertamente su inclinación por las personas gordas. Que aprenda rápido a advertir el deseo del otre por ellas y lo corresponda como le parezca sin miedos, prejuicios ni vacilaciones.

En la memoria corporal placentera está el indicio de lo posible, aguardando. Por el momento, me basta con recuperar lo que por el estigma edité. Descongelar la rigidez del cuerpo a la que nos confinó el prejuicio y la falta de referentes. Creo  impostergable volver a mi panza que aloja impresiones siendo besada con frenesí, sin que sea significativo quién lo hizo sino cómo lo hizo y la sensación de placer libertario que ahí emergió. Traer la primera vez que atisbé lascivia en quien me miró desnuda. Evocar continúo el preámbulo lujurioso de dos mujeres sobándose sus lonjas. El dolor de la primera mordida en el pliegue de mi ombligo. El ansia por la verga que asoma bajo una lorza prominente. Los ardores labiales por la salsita de molcajete. Los poemas de Gloria, Audre y Artemisa. La plenitud de las carcajadas con las amigas.

“El cuerpo recuerda, los huesos recuerdan, las articulaciones recuerdan y hasta el dedo meñique recuerda. El recuerdo se aloja en las imágenes y en las sensaciones de las células. Como ocurre con una esponja empapada en agua, donde quiera que la carne se comprima, se estruje e incluso se roce ligeramente, el recuerdo puede surgir como un manantial.” (Pinkola, 2005, p. 281)

Un mmm que afine el meneo de mis lonjas jubilosas.

Referencias.

  • Despentes, V. (2007) Teoría King Kong. España: Editorial Melusina.
  • Ellis, C., Adams, T. y Bochner, A. (2010). Autoethnography: an overview. Forum: Qualitative Sozialforschung / Forum: Qualitative Social Research, 12(1). Extraído de la página: http://www. qualitativeresearch.net/index.php/fqs/article/view/1589/3095.
  • Goffman, E. (2010). Estigma. La identidad deteriorada. 2ª. ed., 1ª. reimp. Buenos Aires: Amorrortu/editores.
  • Preciado, B. (2002). Manifiesto Contrasexual. España: Editorial Opera

Prima.

  • Pinkola Estés, C. (2005). Mujeres que corren con los lobos. España: Zeta Bolsillo.
  • Tovar, V. (2018). Tienes derecho a permanecer gorda. España: Editorial Melusina.

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María Magdalena Aranda Delgado. Buscadora de saberes que le permitan profundizar, ampliar o desechar los que ya tiene.  Cercana a los feminismos, especialmente al gordx; por supuesto es y está gorda. También es profesora que activa políticamente en sus sesiones de historia, conversas sobre feminismos y socioantropología del cuerpo. Tallerea según se requiera. Ha colaborado con instituciones públicas y organizaciones de la sociedad civil. Actualmente cursa un posgrado donde indaga sobre la opresión por cuestiones de gordura.

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METAMUTACOSER

Por Sara Raca

Soñé que yo era la tela y unas manos
asían algo de mí

Todo inicio es una orilla.

En el principio fue mamá quien me tuvo gran paciencia al compartir su sabiduría, porque soy una niña distraída e inquieta que ya adulta abrazará profundamente su legado de costurera:

Cada hebra que ensarta en la aguja / atisba una pequeña sincronía en el universo

Todo comenzó aquí: intentando escribir sobre textil. Sobre-desde-junto-con, esto, que me genera ansiedad, caos, vulnerabilidad, recuperación y deseo:

Y pensar que el enredo, la bola enrollada y el tejido / son el mismo hilo

Todo fue jugando y Karsten me dio la idea: “Hazlo con tus manos”. Entonces recordé 20 años después, que yo de alguna manera -más aleatoria que dirigida- sabia coser.

Todo al principio fueron bolsas con poesía como forma de autosostén.

Si quieres amar a una costurera, ayúdale a descoser sus errores:

Toda esa Pena que sentí un día de primaria cuando tuve que decir que mi madre era costurera, se rasgó la tarde que regresé a casa y mostré a mamá mis primeras bolsas, y nos sentamos a bordar juntas poemas y yo me sentí profundamente resarcida a ella, con un amor de fibra, de fuente, de in de finida y fina gratitud:

-Y ésta bolsa ¿de qué color la bordo?, pregunta mamá.
-Ah pues lee el poema, pa ver qué color queda; respondo.
-Léela tu, yo no le hallo a eso, no soy poeta.
-A ver ¿qué dice?, le digo y lo leemos juntas:

“La casa está vacía/ yo estoy adentro”

-Me voltea a ver con desconcierto y echamos a reír:

-¡Ay Sara, no te entiendo, qué color tiene el vacío, pura pérdida de tiempo!

 

Todo se desbordó cuando descubrí que había tejidos en todas partes, incluso si no les veo y Santa Lucía, patrona de costureras, escritores y todas las actividades que implican la vista, comenzó a aparecérse.

Todo cuando me donaron a La Favorite, since1890. Ahí me dio por darle nombre a cada máquina, como una forma de honrar las manos que habían pasado por ellas, pues todas me han sido donadas: la Nana Verde, Abuelita Over, Tica La Cantatica y Mi Huera Sunset:

Costureras que lloran sobre sus máquinas de coser
y las abrazan y besan y cuentan sus penas
pensando en sus madres y hermanas y tías y abuelas
que también fueron costureras
y sostuvieron familias, sueños, cuerpos / semillas y guerras
Naciones enteras
Y conjuraron la existencia a través de las telas
y la salud de la propia cuerpa

Todo explotó cuando me vine a vivir al DF  y en un bazar de fines de semana de la colonia Roma, me ponía a escribir sobre la vida en esas máquinas de coser:

“Se bordan poemas. Se zurcen heridas. Se tiñen perversiones disfrazadas de locura.

Se aprietan faldas. Se suturan pasiones. Se recortan recuerdos y pantalones, etc, etc.

Todos estamos rotos hasta que vamos con la costurera”

Todo se gestó retronutrida por a mi amiga Mayra Judith, quién también es psicóloga-costurera-poeta y recia. Apasionadas de la hebra nos anudamos y desanudamos hasta rasgarnos, en tejidos y marañas colaborativas al menos siete años y, seguramente, en otras vidas y planos.

Toda enloquecí cuando percibí que coser era escribir era dar forma arquitectura vestir que es decir, que texto es textura es contexto es textil, que mis manos son un médium y el tejido una forma primigenia de la existencia:

Útero de la escritura sin nombre

Todo agarro sabor cuando volteé a mirarme el cuerpo, espacio discursivo, sus revestimientos y la tela como capas de piel, donde enunciarse lo que entraña:

Todos venimos en una bolsa que toca y habla

y acumula sensaciones en palabras

Todo se rebeló cuando comprendí: hay a quienes beneficia que la memoria, cercanía y procesos textiles en la humanidad sean invisibilizados; todo para insignificar las luchas, corporizar las insatisfacciones, consumirnos como espectáculo, explotarnos como norma, violentarnos cotidianamente, hasta que la malla se rompe por lo más delicado:

¡QUE VIVAN LAS RE-EXISTENCIAS TEXTILERAS!

Todo se tensó en corto cuando me sugerían profesionalizar “mi marca”, producir más, poner una tienda en línea, pagar a otras costureras para que maquilaran mis diseños, ser emprendedora y generar mi microempresa.

A la mejor costurera se le va la hebra:

Todo se torció cuando la sudadera, el tapete, el forro del cojín, la blusa… no quedaban como La clienta solicitaba, porque echando-a-perder-se-aprendela-vida-como-experiencia… hice intentos, patrones que abandoné y hasta cursos de costura que salen más caros que lo que ganas; así que a mi forma y ritmo, decidí ser una costurera íntima, antiproductiva y malecha:.

Un solo alfiler puede sostener la mirada para luego / desujetarnos

Todo tomo resistencia cuando entendí que no solo por tradición o moda se echa a andar la tejedora y comencé a dar talleres mezclando hilos, palabras, ropa, historias, performances y poco a poco insurgía la claridad de que lo mío era el acecho de cuerpoéticas textileras:

Entre ser y no ser, yo decidí Co-Ser.

Todo asentó cuando comprendí que no hay pago posible para estas creaturas surgidas desde mi vientre de telas, que mi cuerpa pedía disfrutar más el proceso que la meta y así el textil me dio una red de amigas, cómplices, clientas y aliadas que abrazo con mis hilachas donde sea que anden:

Sigue hilando puentes, costurera, aunque no tengan forma de camino, aunque no veas puerto o destino, aunque no haya pago posible en parir hijos con cuerpos de tela. Errante es el hilo. Tú, mediadora.

Todo brotó con más rabia y fuerza cuando murió mamá. El ombligo me palpitaba como buscando su vínculo original. Desde entonces coser es honrarte gran Madre, amor total, energía vital. Y cada hilo, botón, aguja, cajoneras repletas de listones, encajes, madejas, mi infancia entera en tu habitación/taller, desfile entre cuerpos, conversaciones y telas, volición y motivos para ensoñar que lo esencial algún día sea visible a la existencia. Que el textil sea plataforma y conciencia para romper las penas, dar sentido al sinsentido, hilo negro y rueca.

La costurera es una maga

 por excelencia y con experiencia / en balcones fronterizos

Todo detona cuando la bastilla, los rebordes, el interior, la trama, lo oculto y la maraña, la antiestética de mis errores, cuentan su historia, que en el horror y lo negado hay tal belleza aún que descoser.

Si algo aprendí de la tela es a

des(a)nudarme.

Toda textura habla. Todo cuando hay sentir. Sentir que es saber. Saber qué deseo. Que toda costura es / un acto de profunda rebeldía y reparación vital.

Todo por sostener un vacío comienza:

Y ésta tela ¿qué color es?
Azul.
¿Cómo es el azul? volvió a preguntar.
Azul…
es como cuando hundes tus pies en la arena frente al mar
o como el sonido de los pájaros cuando despiertas.

“Dadme un bastón y recorreré el mundo”
(a las orillas de esta oscuridad)

Un puente suave y táctil para comunicarme:
Oro en las manos de los ciegos.
Oro, que arrastrando viene la paz.

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Sara Raca / Performer Poet. Guadalajara, Jalisco (1981). Desde 2006 inicia su búsqueda poética enfatizando el uso del cuerpo. Sus exploraciones integran lenguajes vocal, textil y dramático, proponiendo una poesía intermedial, personal y única. Ganadora de diversos Slams de Poesía MX, es una representante de palabra hablada en su país. Realiza presentaciones así como talleres y obra textil, cuenta con un poemario sonoro de nombre Tejidos del Aire / @sararaca

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Servilleta de más de cien años de vida, hecha por la señora Carmen Gallo, abuela de mi abuelo materno al que no conocí, mi tatarabuela pues. Puro punto de cruz en cuadrillé, chiquito y grandote.

En el borde / Pitaflorida

Servilleta de más de cien años de vida, hecha por la señora Carmen Gallo, abuela de mi abuelo materno al que no conocí, mi tatarabuela pues. Puro punto de cruz en cuadrillé, chiquito y grandote.
Servilleta de más de cien años de vida, hecha por la señora Carmen Gallo, abuela de mi abuelo materno al que no conocí, mi tatarabuela pues. Puro punto de cruz en cuadrillé, chiquito y grandote.

Por Pitaflorida

Hacerse con las manos, hacerse de las manos, manos, las manos de mamá. Las manos y la vida.

Antes de saber que podía incendiarme en mi cabeza, antes de dejarme arrasar por olas más grandes que cualquier voluntad y morir poquito sin querer, varias veces, aprendí a usar mi cuerpo, y en algún momento, después de mucho experimentar, aunque también después de mucho hacer siempre las mismas piruetas y las mismas arrastradas reptilianas en el piso, aprendí a usar mis manos, y son sin duda mi parte favorita de este cuerpo que soy.

Aprendí a bordar por instinto y por capricho, no era una reapropiación, no era un acto político, eran las ganas de hacer algo con todo lo que se acumulaba en el plexo solar y muy seguido no hallaba cómo salir sin convertirse en un desastre, cosa de la que no fui consciente hasta después, que empecé a pensar en lo que hacía; pronto descubrí, que, como actividad humana, el bordado me pertenece como le pertenece a la colectividad de mujeres que a lo largo de la historia se han visto resguardadas entre la aguja sutil que perfora segura la manta o el cuadrillé y el silencio o el ruido del chisme que muy a menudo acompaña al bordado.

Dicen que las manos frías indican anemia, pero para mí, y para muchas otras, significan horas y horas de labores con hilos y bastidor, para mí, también significan cariño, ternura y deseo. Hacerse con las manos, tocar, pasar largos ratos siguiendo el contorno del rostro o de la espalda de los seres queridos y de una misma, hacerse con las manos, cariño, ternura y deseo. Existir. Así con cada puntada avanzando lento en el tiempo, no dejando ver el resultado hasta –de verdad- el último momento, pasar largos ratos haciendo-me con las manos, existiendo, hasta este instante cobró un sentido político el bordado, hasta que supe que era el deseo instintivo y caprichoso el que me había acercado a él. Las ganas de ser y dejar rastro(s).

Creo profundamente en la magia, en la energía y en las intenciones con las que una anda en la vida, uno de los recuerdos mágicos más potentes que tengo es de cuando por el ojo del aguja salió una voz que me decía, «ten paciencia, los mundos nuevos tardan tiempo en crearse» y voy recordándolo todos los días, varias veces al día porque a veces, las ansías son muchas. Pero la magia de mis manos también es mucha, también hago hechizos con cada bordado terminado, y también tengo que ser paciente y precisa al dejar salir de a poco lo que llena el pecho, para no pincharnos, para no estropearlo.

Encontrarme en el borde de mis pensamientos y mis movimientos ha resultado sanador y mágico en todas las ocasiones, me ha hecho parte individual de esta bolita colectiva de mujeres que nos hemos dedicado a saber y conocernos a nosotras mismas y al mundo a través de las manos, del tejido, del bordado, de las redes de apoyo, del silencio, del cariño, la ternura y el deseo.

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Pitaflorida. Proyecto individual de intervención textil y bordado que se ha convertido en un medio de expresión,descubrimiento y acción. Con la aguja y el hilo está Alejandra Vera, que ha escrito, ha bailado, ha sido mamá, y espera continuar haciéndolo.

Instagram. @pitaflorida       Facebook. pitafloridabymalva

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Al hilo de las palabras (u kansa ji chui*)

Por Maga Salazar

No fui niña ni mujer joven de hilos y costura. Pero el tiempo y la observación profunda de mi necesidad de conexión conmigo me dirigió a una nueva vida, o energía, que con el paso del tiempo me acercó hacia otras mujeres que bordan, cosen o tejen. Todas, al contacto con los materiales, nos fuimos enamorando de la materia que se transforma en nuestras manos y pensamientos, de esa que nos habla de su huida de la madeja, que va libremente y apasionada para encontrarnos reflejadas en una forma nueva. La “labor” te encuentra. Labor le dicen algunas bellas mujeres a su proyecto de bordado. Yo bordo, y desde que lo hago, me reconecté con mis ancestras, aunque no sabría exactamente cómo explicarlo.


En el siglo pasado era una obligación de género saber “bordar, zurcir, tejer, coser” (como en la ronda infantil). Actualmente bordar no es una actividad excluyente hacia los hombres, pero sí muy introspectiva, de quietud activa. Se puede meditar mientras se trabaja en esto, se puede sanar, incluso, pero no es fácil. Lleva tiempo, quizá el mismo que se tarda en aprender alguna técnica compleja y aplicarla a un proyecto delicado y demandante.
El bordar tiene muchas manifestaciones. Lo lamentable de todo es que se le considere un oficio artesanal tildado peyorativamente de femenino y, por ende, de carácter secundario, donde pocas personas pagan el precio justo de tan bellos objetos de tiempo y color. De esto deriva que algunas bordadoras lo hagan como medio de “apoyo económico”; otras bordadoras, en cambio, lo vivan desde la terapia, y por ello se rehúsan a vender si quiera alguno de ellos, también hay quienes atesoran herencias bordadas en colchas, ropones, manteles, o zapatos, y las usen como guías o manuales para conservar diferentes técnicas; o, están aquellas que bordan como denuncia y protesta en contra de la extrema violencia de género, como sucede en la acción social colectiva de “Bordamos feminicidios” aquí en la ciudad de México, con eco y participación internacional. Mal indicio.

Conocí y participé en ese proyecto hacia 2012, invitada por Minerva Valenzuela. En ese momento yo habría sufrido una ruptura amorosa donde hubo violencia. Me encontraba frágil. Creo que por eso conecté enseguida con la propuesta y bordé, nunca antes lo había hecho. Bordar me enseñó la fuerza que se necesita para externar un dolor tan intenso: en este caso, contar en primera persona la historia de una mujer cuya vida fuera interrumpida, ya sea por algún conocido o por su pareja sentimental, en ocasiones quedó sin identificar al feminicida. Historias de mujeres de todas las edades y condiciones de vida. Bordar sus voces sobre un aparente delicado pedazo de tela, en realidad fue bordar sobre un pañuelo estandarte.

En mi vida han pasado muchas cosas en torno al bordado como fuente de reconciliación. Lo que me recuerda el atender las señales de mi salud visual y no comprometerla, pues desde hace siete años que empecé a bordar no he parado de hacerlo. A veces con labores gigantes, como en el proyecto de bordado colaborativo* que activara junto a mi amiga Silvia Noh. Vivimos una muy alejada de la otra, así que cada casi dos años nos reencontramos, al hacerlo compartimos charla y sonrisas. Nos “chuleamos” mutuamente las cosas bonitas que bordamos y nos explicamos cómo las aprendimos a hacer, o hablamos sobre cómo va la vida y algo sobre nuestros planes y alegrías diarias.


U kansa ji chui = al hilo de las palabras es el nombre en lengua maya que asignamos a aquel proyecto que estará entre nosotras, y entre las demás mujeres que bordan y se comparten, entre las personas que sueñan y bordan al mismo tiempo, entre aquellas personas que descubren quienes son, lo que saben y lo que sienten frente a la tela, los hilos y las agujas, en todas sus formas y dimensiones, entre quienes se reparan con el tiempo. Al hilo de las palabras es todo lo que hay entre las personas que resistimos también bordando.

*Parte del proyecto Popol Nah: un espacio comunitario para activar talleres e intercambios de saber en la comunidad maya tzotzil de San Lorenzo, Municipio Lázaro Cárdenas, Quintana Roo (Idea original y espacio físico Nash Salazar, madrina de u kansa ji chui, Sussana Nagy).

 

 

 

 

 

 

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Magalli Salazar. Artista visual y educadora. Cd. de México. Me gusta trabajar con niñxs, jóvenes y adultxs, especialmente con mujeres en actividades sobre arte y creatividad, diversidad humana, discapacidad y derechos, autoconocimiento a través del arte, memoria e identidad social. También me interesa el cine, el bordado, la fotografía, el huerto casero y lo oculto.
Publico notas en: artepublicomx.com
Emprendo en: efímera.arteentela (instagram)
Divago en: elparpadodeceluloide.wordpress.com

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Mata a tus ídolos. Anecdotario

Kutri ( vulva ancestral ). Natalia Cabezas. Fotografía por Francisca Jimeno

Por Natalia Cabezas

Hoy tuve una decepción muy grande, me enteré de la muestra de la artista textil, Sheila Hickis que estaba en el Museo de Arte Precolombino.

Por coincidencias de la vida, pasé por afuera y ella estaba comiendo, me invitó a ver su muestra, luego salí a conversar con ella y le mostré mi trabajo.

Su trabajo era bonito, con fibras vegetales y naturales muy finas, lo que más me llamó la atención es que ella viniera a Latinoamérica a aprender los conocimientos sobre telares, algo muy común en los europeos y gente del «primer mundo» (mundo oscuro, diría yo), que vienen a extraer conocimiento de Abya Yala, cuando le mostré mi trabajo y le conté de él, me dijo que mi trabajo era horrible, que daba miedo; se lo mostraba a sus acompañantes como burlándose, que era de psiquiátrico… me preguntó si tenía padres.

La señora me hizo sentir muy mal, hasta las lágrimas, le iba a regalar un tejido mío pero pensé que no se lo merecía y se lo quité de sus manos. Qué pena me dio.

Su trabajo muy bonito, realizado con técnicas que aprendió acá, pero su persona me dejó mucho para pensar en cómo no quiero ser de anciana cuando sea una artista textil reconocida mundialmente.

Mata a tus ídolos, me hizo llorar la señora esa.

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Natalia Cabezas. Instagram @tejidassubversivas      FB tejidos subversivos

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cartografía de niñe esperando un autobus

imagen por Lolita-D’eon

por Marycarmen Lara-Villanueva

te encuentro en la parada de autobus de esta ciudad “multicultural”—nuestras miradas se cruzan y se trenzan en un si y un no. presto atención a tu cuerpo que no cabe en este espacio que nos asignaron. tu ropa es un ensamblaje de estrofas—tu sudadera negra con esa capucha que cubre tu cabeza, es teoría. los audífonos que adornan tus orejas me dicen que también tienes sueños inconcebibles y en una canción nos encontramos. la pedagogía del hip-hop haciendo conjuro y escucho a lo lejos a Kendrick Lamar. me quiero infiltrar en tu playlist, dejarme influenciar.

tu cuerpo y su teoría, desestabilizan la parada del autobús y con tu magia incendias todo. el esmalte en tus uñas hace juego con tus pulseras, que me recuerdan lo que se siente tratar de encajar en los discursos académicos en los que me enredo, me escondo, me pierdo. tu cuerpo y sus adornos son un marco teórico y ahí me sitúo. miro como encarnas la epistemología de la subversión y así empiezas una revolución: en tu playlist, en tus manos y en los sueños en los que nos encontramos. no cabes en este asiento, tampoco en el autobús, ni en la calle, ni en la ciudad que nunca ha sido amable contigo, ni con el esmalte de tus uñas —tampoco conmigo.

el tiempo linear es una herramienta colonial y en espera del autobús, tu y yo sabemos que hay mas tiempo que este tiempo. intentas buscar refugio, pero yo estoy aquí y no es necesario. tu madre y yo tenemos una alianza que—aún sin conocernos—nos rebaza. ella sabe que las políticas identitarias hegemónicas de la masculinidad tampoco te gobiernan y aunque teme, todos los días me pide que también te proteja, con la misma furia con la que resguardo a mis hijes.

en tus manos llevas un libro de ciencia, pero bien sabes que el racismo epistémico configura los conocimientos de tal forma que no estamos. en tu escuela te vas a encontrar con una estructura que te quiere borrar, pero tu trasciendes los libros de texto y las lecciones blanqueadas en las que aun tratan de incluirte, al mismo tiempo que pretenden arrebatártelo todo: mul-ti-cul-tu-ra-lis-mo. rebazas su currículo con tu presencia sin complejos, desestabilizas el orden de todas las instituciones que han tratado vanamente de desaparecerte. te escapas y en tu playlist, nos encontramos.

te quiero decir que te veo. te digo que hay mejores futuros. yo estoy aquí para sostenerte, mi niñe. trépame como a un árbol. yo ya estoy anclada y no tengo miedo, tu tampoco lo tengas. escálame como a un cedro, que nada nos detendrá. imaginemos sueños idealistas, seamos ilusxs, que lo que no se imagina no existe y ya nada nos detendrá!

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Sobre la autora:

Marycarmen Lara-Villanueva: organizadora comunitaria y estudiante de doctorado en el Instituto de Estudios en Educación de Ontario, en la Universidad de Toronto, donde investiga temas de racismo anti-Negro, teorías anti-coloniales y maternidades subversivas. Sus publicaciones incluyen artículos sobre la supremacía blanca en el sistema educativo euro-canadiense, así como políticas de la maternidad. Ha presentado su trabajo en conferencias académicas en Mexico, Canada, Francia y próximamente Ghana. Marycarmen también es madre de dos hijes, disfruta correr largas distancias y tomar café a solas.

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Economía de los cuidados: hacer visible lo invisibilizado

Por Gabriela Rosas

Llevo un rato trabajando frente a la computadora, me levanto por agua, veo de reojo que las plantas también tienen sed, me desvío por una jarra, ellas no pueden cuidar de sí mismas, estando en casa necesitan quien haga el trabajo que la naturaleza haría fuera, así que debo suplirla y fingir que llueve. Ya está, la tierra esta húmeda y ellas podrán seguir creciendo, algunas hojas están por caer, las arranco, remuevo la tierra. Recuerdo que yo estaba haciendo otra cosa, me estoy retrasando y esto me ha distraído, sigo removiendo la tierra y retirando yerbas, me pregunto para que, por qué me preocupo, podría sacarlas al jardín y que la naturaleza se encargue, pero los humanos somos egoístas y queremos que nuestro entorno se vea bello, agradable, así que lo embellecemos; entonces me cuestiono, ¿esto también es parte de cuidar? El gusto por embellecer la casa con plantas y flores lo heredé de mi abuelita y de mi mamá, de ellas aprendí desde muy chica que cuidamos las plantas interiores para cuidar de nosotros mismos, porque nos gusta como adornan nuestro entorno, así que las queremos bellas para embellecer, cuido de ellas para cuidar de mí y de mis hijos, a ellos también les gustan.

Los niños no están, regresan en unos días, se fueron a pasar su semana de vacaciones con su padre, él casi siempre se niega, “no puedo, se me complica, mi trabajo, mi vida”, frecuentemente tengo que buscar la forma de arreglármelas para que cumpla con lo que acordamos en visitas y pensión, siempre insistiendo, presionando, exigiendo algo que debería hacer por gusto, esto es ridículo y me hace pensar en cómo para nosotras, cuidar es una obligación y para muchos de ellos es una opción. El 95% del cuidado que requieren mis hijos lo he provisto yo desde hace 10 años, al principio él cooperaba más, cambiaba pañales, iba por el mayor a la escuela, en fin, después crecieron y parece que perdió el interés; ahora aquí estoy, cuidando también de las plantas, no tengo porque hacerlo, pero lo hago, podría dejarlas que mueran, nadie me juzgaría por ello, pero las cuido…

Algo me hace estornudar, una, dos, tres, cuatro, cinco, “¡Ya, siete estornudos al hilo! No puede ser, no quiero enfermar ¿Quién cuidaría de mí? Pues yo misma, ¿quién más?” Suspiro, voy por el agua que no he tomado porque primero regué las plantas, las limpié y removí su tierra, como casi siempre, otros antes que yo. En terapia me repetirían “El día que pienses y hagas primero por ti antes que por cualquier otro, sabrás que has avanzado, no es ser egoísta, eso sería si solo pensaras en ti y en nada ni nadie más”. Para el padre de mis hijos, instarlo a cuidar de ellos estos días fue un acto egoísta de mi parte “solo piensas en ti, es todo, solo lo que a ti te acomoda”, usar la culpa para que yo cambie de opinión siempre fue su deporte favorito.

Su postura me parece contradictoria, incumple con el pago de la pensión y me dice que yo debería aportar más, siendo que quien cuida casi todo el tiempo soy yo y aporto además la gran parte de mis ingresos a la manutención de los niños, me da la impresión que para él mi trabajo con los ellos no tiene valor, pero cuando es él quien tiene que cuidar se exalta, dice que es suficiente con dedicarles unas horas a la semana. Por unos segundos permito que me afecte, recobro el centro y me digo que no es egoísta querer que su padre también les cuide, que viva el día a día de la crianza, el cansancio, la frustración; son 3 niños que discuten, lloran, pelean, se enojan, gritan, piden, necesitan, yo también merezco un descanso y su padre debe enfrentar este caos, además son vacaciones, ni siquiera tendrá que hacerse cargo, como no lo ha hecho en años, del ajetreo de los días de escuela.

Regreso a la computadora, continúo buscando estadísticas de empleo, ocupación, desocupación, ingreso… me detengo a pensar en mi abuelita quien siempre ha sido registrada como NO económicamente “ACTIVA”. Durante los 7 años que me dediqué exclusivamente al cuidado de mi familia y el hogar, yo también lo fui, mi mamá otro tanto más, también mi hermano y su esposa durante el tiempo que acompañaron el tratamiento de mi sobrino en el hospital y así podríamos pensar en cada persona que cuida: 37.6 millones de personas[1], mujeres en su mayoría (el 73%), jóvenes, mayores, casadas, solteras, rurales, urbanas, contamos en algún momento o toda la vida, como económicamente INACTIVAS, de éstas, casi 22 millones se dedican a tareas del hogar.

Entonces repaso mi mañana entera: mis hijos no han estado en casa desde hace unos días, aun así, lavé ropa que dejaron sucia, saqué la basura que se acumuló desde antes que se fueran, fui a hacer pagos de servicios que ellos usaron y usarán al regresar, escribí un correo a la directora de su escuela, ordené la despensa de alimentos que ellos comerán, seguí cuidando de ellos a lo lejos, ni que decir de la cantidad de trabajo que realizo cuando están en casa o el que realizaba cuando eran más pequeños. Vuelvo a pensar en ellas, en mi abuela que me cuenta cómo tallaba con un cepillo y arrodillada el piso de su primer departamento, me viene a la cabeza la imagen de mi mamá sentada frente a su máquina de coser haciendo el vestuario para alguno de nuestros festivales escolares, sin embargo, cada una en su momento, hemos sido registradas como NO económicamente ACTIVAS. Me detuve ahí, en ese pequeño detalle.

-Población No Económicamente Activa. Población de 15 y más años que no realizó actividades para la producción o elaboración de algún producto o para la prestación de algún servicio por ser estudiante, dedicarse a los quehaceres del hogar, ser jubilado o pensionado, estar incapacitado permanentemente para trabajar, entre otros. Personas que durante el periodo de referencia no realizaron ni tuvieron una actividad económica, ni buscaron desempeñar una.

-Actividad Económica: Conjunto de acciones que tienen por objeto la producción, distribución y consumo de bienes y servicios generados para satisfacer las necesidades materiales y sociales[2]

“Para satisfacer las necesidades”, proveer cuidados persigue justamente ese objetivo, satisfacer necesidades; quienes cuidamos de otras y otros estamos, de hecho, “produciendo bienes y servicios”. El lenguaje construye, lo que no se nombra no existe o lo que se nombra sesgadamente, se interpreta y aplica sesgadamente.

¿Qué sigue entonces? ¿Cómo pretendemos que la sociedad en su conjunto y, desde su unidad básica, la familia, se reconozca y valore los cuidados, si las estadísticas nacionales le asignan un nombre que da a entender que no tiene valor económico? Si quien se dedica a cuidar es una persona no económicamente activa, estamos implicando que no produce satisfactores, cuando en realidad, produce los satisfactores indispensables de toda economía, aquellos que sostienen la vida desde su nacimiento y hasta su muerte.

Quienes nos dedicamos a cuidar alimentamos, limpiamos, acompañamos, escuchamos, facilitamos, coordinamos, enseñamos, supervisamos, trasladamos, planeamos, es una larga lista de acciones a través de las cuales sostenemos la vida de otras y otros. Sin esas vidas, sin ese sostén, el resto de las actividades económicas no serían posibles y, sin embargo, los registros estadísticos no nos contabilizan dentro de la producción nacional (somos parte de una Cuenta Satélite) y además nos nombra y clasifica como INACTIVOS, como población que no aporta valor económico.

Desde hace ya un tiempo se trabaja en la valoración económica de los cuidados, incluso en asignarle un precio o en equilibrar el reparto de su provisión. Alrededor del mundo se han propuesto e implementado salarios rosas, salarios básicos universales, sistemas de cuidados, guarderías, becas, salas de lactancia, licencias de cuidados, ampliación de licencias de paternidad; el debate también se ha orientado a definir qué es cuidar, qué actividades abarca, cuáles son sus alcances. Los organismos públicos nacionales e internacionales han avanzado en la elaboración de cuentas satélites y, con el fin de contabilizar esta aportación, han intentado aproximar su valor clasificando las actividades más comunes que realiza quien cuida y, aunque evidentemente habrá aspectos que nunca será posible valorar, esto significa un gran avance. Aún falta.

Una de las múltiples luchas feministas ha sido el lenguaje inclusivo, el exigir ser nombradas en todos los ámbitos donde participamos, porque es una forma de hacernos visibles. El lenguaje inclusivo implica también el cómo conceptualizamos, las palabras que usamos y come estas se interpretan en la mente de quien lee o escucha. Podemos debatir que es cuidar, como lo contabilizamos, como aproximamos su valor, pero en el camino debemos tener muy claro que cuidar en ningún momento es INACTIVIDAD, en ningún sentido y menos en el económico.

No puede olvidarse que todo el trabajo doméstico que se realiza en los hogares complementa el trabajo de cuidado: cuidar no solo es alimentar al bebe con papillas, pues el trabajo previo forma parte del satisfactor final; lavar la ropa, limpiar, organizar, todo busca satisfacer las necesidades propias pero también de otros a quienes cuidamos En nuestro país, quienes cuidamos y realizamos trabajo del hogar, producimos el equivalente a 5.1 billones de pesos anuales[3], producimos y aportamos valor a la economía más que cualquier otra actividad económica, que nos sigan nombrando como no económicamente activas, es por decir lo menos, invisibilizar nuestro trabajo. Si algo no ha sido nunca mi abuela, con sus más de 80 años de trabajo de cuidados o mi madre con sus más de 60 años cuidando, es población no económicamente activa.

Seguiré debatiendo en mi cabeza, volveré a mi investigación, mis hijos regresarán y quizá nadie se entere que calmé la sed de las plantas antes que la mía, pero también continuaré ideando como cambiar las cosas, cómo lograr que se haga visible lo invisibilizado, para que no sigan igual…

[1]INEGI. Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo. Indicadores estratégicos. Consultado el 18 de Agosto del 2019, en https://www.inegi.org.mx/sistemas/olap/proyectos/bd/encuestas/hogares/enoe/2010_pe_ed15/pnea.asp?s=est&proy=enoe_pe_ed15_pnea&p=enoe_pe_ed15

[2]Glosario de Términos, INEGI.

[3]INEGI, Sistema de Cuentas Satélite, Cuenta Satélite de Trabajo No remunerado de los Hogares, 2017. Consultado en https://www.inegi.org.mx/temas/tnrh/default.html#Informacion_general

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Gabriela Rosas Salas. Es Lic. En Administración Turística por la Universidad Anáhuac del Norte, cursó la Maestría en Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Se ha desempeñado como docente en las áreas de Economía Turística, Turismo Sustentable, Microeconomía y Desarrollo Económico. Después de una pausa en su carrera profesional para dedicarse a la maternidad, retomó el estudio de la Economía desde la perspectiva Feminista con énfasis en el área de Economía de los Cuidados y su relación con el alcance de los objetivos del Desarrollo Sustentable. Es madre de 3 hijos, propietaria de «Creciendo Natural», microempresa dedicada a la producción de mermeladas y aderezos artesanales, bajo el principio de la economía solidaria, colabora como voluntaria en «Cihuatla, A.C.» y ha participado en diversos espacios para difundir la relevancia del Trabajo No Remunerado realizado por las mujeres y su relación con la violencia y desigualdad de género.

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Ilustración. A la izquierda una persona deprimida sentada en el suelo con las piernas flexionadas y abrazándolas. A la derecha un cofre del cual salen corazones hacia la persona en deprimida.

Caja de herramientas para acompañar a personas en crisis depresiva o colapso emocional I

Consejos desde la experiencia personal de estar en crisis

Por Ivelin Buenrostro

Con especial agradecimiento y amor al Partido Neurodivertido:
la Dom, KiKa, Selene, TriXia; a Mariana y Zaria por todas las
aportaciones hechas., y a Liz y Hegel por decir si era claro.

Esta caja de herramientas es una especie de “manual” desde mi propia experiencia como persona con un primer diagnóstico de depresión desde la adolescencia, y que ahora he ampliado al reconocerme dentro del espectro autista[1] y todo lo que ello conlleva. Así pues, no pretende ser una guía total, pues hay una serie de padecimientos o condiciones que no me afectan, por lo cual es necesario no tomarlo como única manera de apoyo hacia alguna persona que se encuentre en un cuadro depresivo o en crisis de ansiedad o alguna similar.

Lo he hecho porque me he encontrado con que hay cada vez más personas no sólo reconociendo sus condiciones mentales, o reconociéndose dentro de algún diagnóstico en torno a la salud mental, sino con que hay más personas dispuestas a acompañarnos o que externan su incapacidad de entender cómo apoyar. No obstante, el camino en ese acompañamiento es exhaustivo y difícil, tanto, que esas personas que nos acompañan suelen estar expuestas a su vez emocional y mentalmente debido a que no saben cómo apoyar o lidiar con nuestras crisis todo el tiempo. Necesitamos herramientas para que esas personas que nos cuidan o acompañan, se cuiden a su vez.

 

1. Sálvate tú I

Acompañar a una persona con algún “problema” psicológico o mental permanente o temporal, o alguna condición no neurotípica como el autismo, es siempre un “riesgo”. Sin embargo, siempre es “un riesgo” convivir con personas en general. Así que, seamos honestxs con nosotrxs mismos y seamos conscientes de qué tanto y hasta dónde podemos acompañar a alguien, sobre todo en un episodio o temporada de crisis. No obstante, si somos consideradxs con nuestro autocuidado, es mucho más fácil no arriesgarnos y saber cómo “no exponernos”. Digo “Sálvate tú”, no sólo porque es necesario tener consciencia del autocuidado, sino porque debemos ser conscientes que el acompañamiento no puede ser nunca una manera de pretender “salvar” a alguien. O “salvarnos” a través de alguien. Apoyar a alguien no tiene que ver con salvarle, sino con, justamente, acompañarle, hacerle saber que no está solx.

Para ello, he encontrado una herramienta muy sencilla, pero bastante honesta de lo que puede ser y se puede hacer en el acompañamiento: Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis. Se trata de un muy breve manual para reconocer diversas situaciones que pueden requerir acompañamiento, cómo hacerlo, cómo platicarlo con las demás personas del entorno cercano e, incluso, cómo cuidarnos si somos acompañantes. Esto es muy importante, porque al tener interiorizada la cultura del cuidado como una forma de sacrificio, quienes acompañan olvidan recurrentemente cuidarse. Esta guía es importante porque da pautas para ello, a la vez que da herramientas para detectar hasta dónde podemos dar cuidados, la honestidad y reconocimiento de hasta dónde podemos apoyar, entre otras cosas muy bellas. (Para descargar el libro, da clic en la imagen o en el título azul de arriba).

Imagen: Portada del libro "Saldremos de esta" de Javier Erro. Muestra el dibujo de unas personas arriba y abajo de una barda, ayudando a subir a otra.
Portada del libro «Saldremos de esta» de Javier Erro.

2. Sálvate tú II

 Muchas veces, tenemos tan asumido que las labores de cuidado se dan de manera natural, que olvidamos cuidarnos por cuidar. Si eres el principal apoyo de una persona con depresión, ansiedad o autismo, también necesitarás apoyo para sacar lo que puedas estar sintiendo. Lo ideal, por ejemplo, sería ir a terapia (bueno, eso sería ideal para todas las personas). Sin embargo, sabemos lo cara que suele ser, es un privilegio que muy pocas personas se pueden dar. Hay terapias a muy bajo costo, pero los trámites suelen ser complejos. Si por el momento te es imposible hacerlo, mínimamente amplía tu red de apoyo. ¿Quién de tu familia y amigos podría escucharte en una crisis propia? ¿Con quién puedes compartir los cuidados o el apoyo de esa persona a quien amas? ¿Puedes, por lo menos, desahogarte con alguien? ¿Cómo puedes crear estrategias para reconocer que puedes estar rebasadx, hartx, cansadx, sin que se te juzgue o se te haga sentir como el malo de la película?

Ojo. Si bien es importante que reconozcas tu cansancio o crisis propias, sé precavido en cómo las comunicas a la persona a la que acompañas. Generalmente no solemos tener el procesamiento emocional tan fortalecido como las personas neurotípicas o con óptima salud mental, y es importante que lo tengas en mente para que consideres que no siempre es prudente externar tu hartazgo a esa persona. Lo que para ti es fácil decir en tu derecho genuino de reconocer que estás cansadx, a la persona en crisis puede caerle como una bomba: ya carga con la culpa de no ser tan productiva como debiera, con saber que la estás pasando mal, como para que además le digas de forma brusca que en efecto la pasas mal. No se trata de que ocultes tus necesidades, sino de tener el tacto mínimos para decir las cosas. ¿Qué tal si en vez de decir: «estoy hartx, estoy agotadx, me cansa estar contigo, etc.», dices que necesitas salir a despejarte un poco? Sé que lo digo de forma muy sencilla, pero un comentario de desagrado puede incentivar crisis más duras porque muchas veces nos sentimos una carga. En algún momento a mi pareja yo le comentaba que no podía darle contención de lo que pasa conmigo. Y es verdad. No es que no reconozca su interés genuino de cuidarme, y que reconozca que se cansa al verme en crisis, pero tenemos suficientes problemas emocionales como para cargar uno más. Y no tiene que ver con que no nos importe quien nos acompaña. Por eso es necesario hacerse de herramientas externas, pues el disgusto que a ti te puede llevar 10 minutos externar y una hora olvidar, a la persona en crisis le puede llevar dos o tras días procesarlo. Es una realidad dura, pero cierta.

Las personas que deciden cuidar, suelen hacerlo sin pensarlo mucho, las más de las veces porque no les queda de otra. No obstante, aunque lo hagan con todo el amor del mundo, pueden llegar a sentirse hartas, fastidiadas, perdidas, sin saber qué hacer, devastadas, cansadas. Creo aquí es importante recordar el: no puedes salvar a esa persona, pero puedes acompañarla. Y tú, eres también una persona, no un robot de acero sin emociones. A veces querrás gritar o salir huyendo. Y para que eso no pase, y puedas seguir siendo la persona coherente que quieres, es preciso solicitar ayuda cuando lo requieras. Necesitamos ampliar la idea de cuidados, necesitamos ampliar las redes de apoyo. El cuidado debe ser lo más colectivo posible. Normalicemos el pedir ayuda.

3. Yo te creo

 Debido a que la necesidad de gozar de una salud mental no está socializada, no solemos preocuparnos por lo que pasen emocional y mentalmente ni nosotros ni nuestras personas cercanas, respondemos al “¿cómo estás?” un “’¡muy bien!” en automático y sin chistar. Pero no siempre estamos bien. Y si estamos en un cuadro de depresión, ansiedad, angustia, en un proceso de duelo, etc., muchas veces no diremos que algo nos tiene tristes o desesperados, que algo nos incomoda.

Por otro lado, cuando llegamos a decirlo, nos arriesgamos a comentarios del tipo: “todo va a estar bien” (cuya carga no es precisamente negativa), hasta el: “no exageres, hay gente en peores condiciones”, o “es que eres muy intensx”. Hay una cuestión básica en el acompañamiento a personas en crisis y es: su dolor es válido. Su dolor, sea lo que sea, sea por lo que sea, es válido. Y hay que hacerle saber eso. Y hay que reconocer eso. Recuerdo una persona muy querida diciéndome que mi estar en el hoyo era una condición de actitud ante la vida. Y es muy mierda que te digan eso: levantarte de la cama puede ser tan difícil como intentar levantarte con 200 kg encima. Los músculos no responden, la voluntad no responde. No es necesario que le recuerdes a la persona que hay gente en “peores condiciones”, pues esa persona todos los días es casi seguro que sienta el remordimiento y la impotencia de no llevar una vida productiva.

Si tu intención es acompañar a alguien, pero sientes que “exagera” en lo que le hace sentir mal, calla ese pensamiento o, de no poder, vete. Es mejor así. Porque algo que muchas veces no comprendemos es que el dolor emocional o el dolor causado por una condición mental no neurotípica también nos incapacita. En mis peores momentos de depresión, simplemente deseaba la muerte, sólo quieres suicidarte para que el dolor pare, para que dejes de sentir esa emoción horrible que, por muy pasajera, se te inserta en el alma, en la mente y en la voluntad. Puedes ser incapaz de levantarte de la cama por semanas por un dolor así, de ducharte, de comer. Y es que hay que entender que un dolor de ese tipo, si bien puede empezar por un desorden emocional, tiene consecuencias fisiológicas en nuestro cerebro. Puedes investigar acerca de los procesos fisiológicos vinculados al duelo o la depresión y verás que no “todo está en la mente”, en abstracto, así, como en una nube ajena. Hay procesos complejos en el cerebro y en todo nuestro organismo que necesitan más que fuerza de voluntad de la persona deprimida o con ansiedad; a veces requieren un poquito de ayuda química para empezar a regular de nuevo sus procesos y “volver a la vida”. Mientras eso pasa, y si tienes ánimo, tú puedes acompañar a esa persona.

 

4. Lo más básico puede ser un apoyo tremendo

 Una de las principales cuestiones para acompañar a las personas en crisis es ayudar a acercarle lo más básico para sobrevivir. En principio, acompañarle ya sea físicamente o de forma virtual, puede ser una gran ayuda. Recuerdo que en mis crisis más fuertes, uno de mis apoyos fue un amigo que me preguntaba todos los días cómo estaba. Yo estaba mal en general, pero de alguna manera agradecí que esa irrupción momentánea en mi vida, me recordara al mundo exterior y no me permitiera seguir cayendo en el hoyo profundo de la introspección y el ensimismamiento.

Con otra amistad tuve la confianza de pedir apoyo para salir a comer, pues la depresión y los ataques de pánico, no me permitían ni acercarme a la puerta. De alguna manera empecé a tener la conciencia de que, si no solicitaba ese apoyo, no comería en tres o cuatro días más. Mi amistad iba cuando le era posible, me hacía salir de la casa y me acompañaba a comer. Yo, apenada, le solicitaba que no me hiciera preguntas de ningún tipo, a lo cual accedía sin problema. Después, era yo la que acababa hablando de lo mal que me sentía, me regresaba a mi casa y listo. Tuve más personas lindas que me acompañaron, pero estas son el ejemplo puntual de que algo muy sencillo puede ser vital para fortalecernos.

Hay detalles muy pequeños que podemos hacer con esas personas que pasan por una crisis crónica, y es recordarles que no están solas a pesar de todo. Saber que alguien está ahí al pendiente, hace que no perdamos el contacto con “la realidad” todo el tiempo. Y eso es muchísmo.

Cuando tengas la idea de algo que pueda ayudar a la persona, es mejor que le preguntes si puedes o no puedes hacer lo que piensas. Por ejemplo, hay veces que al ver una persona en crisis y llorando, lo primero que queremos es abrazarle muy fuerte. Pero cuidado, eso puede ser contraproducente para determinada gente. Muchas veces es mejor preguntarle si puedes hacerlo, o simplemente decirle que estarás a su lado por si necesita algo. Es difícil entender que no siempre lo mejor es intentar dar palabras de consuelo sino simplemente estar ahí y no irse. Y, aunque no siempre la persona en crisis sabrá qué es lo que necesita, es probable que si le preguntas, pueda responderte, o le ayudes a activar ese mecanismo que permita que empiece a buscar en sí misma para poder responder. Es como ayudarle a entender sus propias emociones y necesidades.

Otra cuestión básica es revisar cuáles son las condiciones de la persona. Muchas crisis pueden disminuir notablemente con un vaso de agua (deshidratación) o con un poco de descanso. Y, si bien todo eso es relativo, no está de más indagar si la persona ha tenido las cosas más básicas de supervivencia a su alcance, o si por ejemplo ha tenido un cambio brusco en su rutina. Cuestiones tan básicas y en apariencia obvias (comer, orinar, beber agua) pueden ser muy difíciles de procurar o entender en personas que, por ejemplo, pasen por un cuadro depresivo fuerte. Eso también puede ayudar para personas con una crisis de ansiedad, procurar recordarle principios muy básicos de “automantenimiento”. Dejo acá una tablita que me encontré en internet, y creo que es una guía muy buena para incluso imprimirla y tenerla a la mano siempre. En ella hay cuestiones básicas para considerar en caso de que la persona esté a punto de tirar la toalla. Ojo: todo lo que comparto acá está a discusión, y no a todas las personas les funciona lo mismo. Sin embargo, lo que comparto puede ser el punto de partida para empezar a entender que todo, absolutamente todo puede ser de vital importancia. Y que podemos hacer las tablitas propias que se vayan adecuando a las necesidades de nuestra persona querida.

Imagen: Todo está saliendo mal y ya no puedo más. Algunas preguntas por si estás pensando en rendirte.

5. Lo más básico puede ser un apoyo tremendo II

Cuando hay una persona en crisis severa, puede llegar a un punto en que su voluntad se vea comprometida, con lo cual, su salud física y bienestar general está en riesgo. Cuestiones tan básicas como lavarse los dientes, asearse, comer, respirar profundo, levantarse de la cama, pueden ser tareas tremendamente difíciles de realizar. Incluso si está de pie, un momento de confusión mental puede hacer que las tareas cotidianas más sencillas no puedan ser realizadas con facilidad. Para apoyar en ello, hay cosas muy básicas en las que puedes apoyar:

 

  1. Acercarle un termo con agua a su cama, en general, tenerle a la mano agua para facilitar su hidratación.
  2. Llevarle alimentos de fácil consumo pero que sean duraderos, como ciertas frutas y semillas.
  3. Alentarlo a comer o, de ser posible, hacerle salir de su cama y de su casa, de forma amorosa, con mucho cuidado y preguntando por sus deseos.
  4. Apoyarle en alguna tarea. Hay personas que a su vez tienen el cuidado de otras personas y pueden estar en crisis (por ejemplo, una amiga que esté maternando y se sienta rebasada por las labores domésticas y de cuidados). Puedes apoyarla preguntando qué es lo que más le preocupa y ayudarla a realizar esa labor. Incluso algo tan simple como lavar trastes puede ser de gran apoyo. Otro ejemplo puede ser apoyándole en alguna cuestión laboral. Me acaba de pasar que, por ejemplo, era incapaz de hacer algo tan fácil como copiar y pegar un texto para publicarlo. Mi pareja me apoyó a hacerlo y con eso abrió un mundo de posibilidades para volver a comprender de qué manera realizarlo yo sola. Parece una estupidez, pero no lo es. Pequeños detalles que parecen insignificantes pueden ser vitales en estos momentos, y al no estar acostumbradxs a aceptar la propia vulnerabilidad muchas veces somos incapaces de pedir ayuda por vergüenza o, simplemente, porque la mente no da para reconocer qué necesitamos. Es por eso que es mejor preguntar a la persona qué podemos hacer por ella en vez de hacerlo sin más, pues decidir por ellas puede ser invasivo y hasta violento. Apelemos a preguntar para que tengan el ímpetu de reconocer qué requieren y qué es importante para ellxs. Eso puede ser fundamental incluso para ejercitar su autoconocimiento. Ser funcional puede ser un proceso muy complejo.
  5. No perder el contacto. Como comentaba arriba, muchas veces una simple llamada o mensaje preguntando ¿cómo estás? puede ser fundamental para que la persona siga teniendo vínculo con el mundo exterior. No perderla de vista puede ser muy benéfico, incluso si te contactas solamente por unos minutos.

Por ahora es todo. Pronto la segunda parte sobre acompañamiento en crisis de ansiedad y cómo fortalecer el entendimiento de lo que le sucede a una persona en un colapso emocional o sensorial.

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[1]  Condición del Espectro Autista (CEA) 1, considerarlo al leer esta caja de herramientas.

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