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Existir sin afectos: un testimonio

Ilustración de Maria Leubro
Ilustración de Maria Leubro

Para Guillermo y Ernesto

Fue a mis 21 cuando por primera vez me pregunté, ¿será que soy como mi hermanito?

     Unos años antes, me había mudado sola a un país extranjero por estudios. Allá, para los demás yo era “rara”. Podía hablar HORAS sobre la princesa Diana, me desaparecía por semanas por no quería salir de la cama, botaba la basura los jueves exactito a las 4.30am, tarareaba en la biblioteca solita y no me daba cuenta de qué hacían los otros alumnos… lo cual no era muy bueno porque trabajaba ahí. Mis compañerxs de estudios extrañaban a sus familias, exploraban la ciudad donde vivíamos, tenían novixs. Los acompañaba a fiestas; sólo luego de un año (a punta de alcohol barato y mucho merengue) es que me sentí cómoda yendo. Ellos me contaban de sus miedos, de los estudios, de sus futuros. Poco a poco, captaban chistes en el idioma local, formaban amistades, construían hogares adoptivos.

     En este ambiente, y aunque llegué a conectar mucho con un par de personas, yo paraba sola. Ante la volcadura de emociones que vienen acompañados de un momento tan liminal como el inicio de los estudios superiores, yo me mantuve estoica. No tenía nostalgia. Mi respuesta ante esto fue siempre muy racional: “no entiendo, si para venir acá estudié”. Cuando me cuestionaban si ocultaba estar triste, preguntaba el porqué. Nunca entendí.

      A los 23, tomé un examen con la doctora de mi hermano menor, quien fue diagnosticado dentro del trastorno del espectro autista desde chiquito. Presentaba rasgos de lo que se conoce como Síndrome de Asperger. Desde ese tiempo he asumido que hay muchas cosas que no comprenderé jamás. De niña debí aprender a serlo. Caminaba raro, hablaba “como robotito”. Era rápida al responder, mi lengua no lo era tanto como mi mente así que me trababa. Mi forma de hacer las tareas era otra. Toda yo, era otra. No sabía entender a los demás. Aquella misteriosa cualidad llamada empatía me resultaba ajena. Sólo lograba generar un mínimo lazo emocional si veía en alguien más algo de mí. Bueno, no algo, MUCHO de mí. Lo demás lo fingí para no hacerlos sentir mal. No me interesaban los demás. Después del examen, me cuestioné si realmente había conseguido preocuparme por alguien. Sentir afecto. ¿Qué es eso? ¿Lo he aprendido? ¿Se puede aprender?

     Muchas mujeres con TEA van acomodándose socialmente, y algo similar me pasó. Me obligué a descubrir lo que generaba afecto en mí. Quizá era que me ofrecieran cariño y cuidado sin pedir nada a cambio. O quizá era ver algo tan opuesto a mi forma de ser que me intrigaba y no quería que “eso” se fuese, para seguir estudiándolo. Estudiar a las personas. Formalmente, sólo empecé a hacerlo cuando me gradué de antropóloga. Sin embargo, siento que toda mi vida lo hecho. Para el mundo, dejé de ser “rarita”. Pasé a ser algo peor. “Crees que eres el centro del mundo”. “Pues cada uno lo es, en su propia mente”. Nunca entendieron.

     A los 31, me he mudado sola a un país extranjero por estudios. Por eso, me dicen egoísta. Que no pienso en la familia, que no quiero tener hijos. Yo, la que se pone como prioridad. Y no le veo nada de malo. Lo que me achacan es, más bien, el quiebre de obligaciones por ser hija, mujer, hembra. Haber roto relaciones de parentesco es algo imperdonable. Tú te debes a tus mayores. Callar porque los adultos hablan. No hablar mal de los muertos. Honrar el apellido. Nada de esto hago. Mi existencia será un hueco negro en el árbol genealógico, sin antes ni después.

     En parte, me alejé por no recibir ayuda cuando mi salud mental no era la mejor. Siempre estudié. Era una niña calladita y obediente. Sabía que “pasaba”. No tengo el rostro de los que salen en cine como “autistas” superdotados. No soy hombre. No soy blanca. No tengo tics evidentes. No me tratan de pobrecita como a mi hermano. Peor aún, al llegar mi pubertad tempranísimo, me volví deseable. Ser una chica con tetas, poto, con una chucha que lubrica, no encaja con la imagen social de “autismo” ni de “discapacidad”. Ante la falta de diagnóstico y con mierdas que la vida pone en el camino, mi historia psicológica contiene episodios de paranoia con alucinaciones, depresiones durísimas, desórdenes alimenticios, autoagresiones y estrés post-traumático, entre otras perlas.

     En mi cuerpo no se lee, e igual la siento cuando aplaudo fuerte si me emociono. Tira de mis párpados cuando me obligo a mirar a los ojos a los demás. Me hace reír solita al revisar mi colección de boletos de bus. Explica por qué he hecho todo lo que hice. Mi hermano y mi esposo me enseñaron la más valiosa lección. Yo pude entrar en sus mundos, y ellos en el mío. Aprendí que soy parte de la gran variedad de lo que somos en lo más primario, en lo que pensamos que nos hace humanos. Hay una lógica en lo que se presenta como indescifrable, en lo emocional. No estoy del todo sola.

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Nombre: Andrea Gómez

Bio: Soy antropóloga y peruana, actualmente estudiante de doctorado en Ciudad de México. Feminista, con experiencia activista en salud sexual y reproductiva. He realizado investigación sobre género, cuerpo y antropología urbana.

Página web: http://andreagomez.pe/

TW: @andreacarolina

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Parto en casa de Isabella

por Natalia Clementina Tangerina

Hacía semanas traía la angustia de dónde y cómo parir.
Primero, había sido elegido el parto en casa, fácil, la partera increíble, la casa puesta, yo animada. Luego todo empezó a moverse, la casa cambió, la partera me pareció que vivía del otro lado del mundo y yo, me asusté.
Decidimos irnos al hospital y la confianza de tener un seguro de gastos médicos que pagara todo nos relajó por un buen rato.
El día que cumplía 38 semanas y, según yo, a punto de parir, llegaron a la ciudad mi mamá y su pareja, Adriana, y de pronto me sentí segura, sentí que mi nido estaba listo para recibir a esta bebé. La fuerza y el orden que trajeron a mi casa (a la cual me acababa de mudar 3 meses atrás), me dieron un sentido de pertenencia; también ayudaron todos los proyectos DIY que trajeron y que en una semana dejaron la casa tan bonita que daba gusto entrar.
Después de muchas idas y venidas, se ajustó todo, estaba de 39 semanas y lista para parir. Asustada por el hospital, decidí que lo que mi corazón realmente quería era parir en casa, así que con su apoyo decidimos que el parto en casa podría ser la mejor opción para mi.
Decidimos no decirle a nadie, no quería comentarios negativos, no quería miedos que no eran míos, las pocas personas que supieron que iba a pasar me llamaron valiente, y yo por dentro me sentía la más cobarde. «Si paro en casa es porque me aterroriza el hospital», pensaba yo. Recordaba mi primer parto, tan intervenido, el comentario del pediatra: «que buen show nos diste» mientras soltaba la carcajada. Eso fui para ellos: un chiste, un show. Con mi segundo embarazo me preparé tanto para un parto en casa que al terminar en una cesárea completamente innecesaria y violenta me sentí rota, destruida y al final, completamente incapaz de parir.
Pensábamosque no tendríamos más hijes, estábamos tan seguros que seríamos solo cuatro, que al enterarnos de la bebé nos quedamos en shock. Pero al mismo tiempo sentí que llegaba el tiempo de reconciliarme conmigo, con mi cuerpo y con la vida/muerte que hacía tan solo un año se había llevado a mi papá.
Tenía mucho miedo del parto, tenía terror de no ser capaz de dilatar, pero sobretodo tenía terror del expulsivo, de pujar, de hacerme responsable, de mi, de mi cuerpo, de el proceso y de mi bebé. Tenía miedo pues sabía que el parto era un proceso inevitable y, como la muerte, iba más allá de mi y de toda conciencia o control. Tenía que dejarme llevar, confiar y pasar a través del miedo.
Cumplí 40 semanas, llegó mi fecha probable de parto y se fue. Pasaron los días y cada hora se hacía más larga, mi cuerpo no parecía mío. Me sentía cansada, emocional y con ganas de estar encerrada en mí 24/7 pero tenía muchas cosas que hacer, así que ni la bebé ni mi cuerpo sentían que estaba lista para parir.
Llegué a la semana 41 y no había un solo signo de parto. Desesperada y cansada de sentirme presionada por el mundo, decidí llevar a cabo todo lo que pensé podía ayudar a la bebé a nacer. Caminé, nadé, comí chocolate 90% cacao, caminé otro poco y nadé mucho más.
Amanecí el domingo 30 de junio sintiendo que algo era diferente, no quería caminar, ni moverme, no quería mas que estar a oscuras, acostada en cama, abrazando a mi ex esposo, me sentía diferente pero no creí que fuera a parir todavía.
Aproximadamente a las 8 de la noche empezaron las primeras contracciones de parto, sentía una presión más fuerte que con las contracciones de Braxton Hicks, y al ir al baño me di cuenta que estaba perdiendo por fin el tapón mucoso. No me quise emocionar porque con mi segunda hija perdí el tapón mucoso y aún así nunca entré en trabajo de parto.
Llamé a mi partera, Sabrina, y le pedí que viniera a mi casa. Con ella viviendo a tantas horas de distancia (casi 4) me preocupaba no llegara y, aunque pensé que podía ser falsa alarma, ella decidió llegar a mi casa y quedarse a dormir por si el parto progresaba.
A las 12:30 de la mañana llegó. Las contracciones se habían espaciado mucho porque estaba estresada de si llegaba o no llegaba, estaba tan nerviosa que logré distanciarlas.
Al llegar le pedí me revisara para saber si era trabajo de parto y si tantas semanas con Braxton Hicks habían servido para algo, pero en realidad tenía miedo de no estar ni borrada, ni dilatada como me había pasado en mi parto anterior, tenía mucho miedo de que mi cuerpo estuviera roto. «Tienes 3 cm y 50% de borramiento» me dijo y me decepcioné, no era nada y no significaba nada, había pedido un tacto a lo menso, me enojé conmigo misma y me prometí en secreto no pedir más tactos durante todo el parto para no decepcionarme o emocionarme de más.
Nos acostamos a dormir para tratar de descansar algo, las contracciones agarraron ritmo de nuevo y mientras dormía, sentía con total claridad cada una de ellas, estaba en un estado de conciencia que nunca había experimentado. Era muy parecido a una meditación profunda, no estaba dormida, pero no estaba despierta, y con cada contracción junto con el dolor llegaban imágenes que me hacían sentir mejor. Los sueños se mezclaban con la realidad, me sentía dentro de una oscuridad aterciopelada que se llenaba de colores con cada contracción. Fueron momentos muy profundos, intensos y aunque quiero recordar las imágenes que llegaban a mí con cada contracción, no he podido lograrlo.
Alrededor de las 4 a.m. el dolor se intensifico tanto que tuve que levantarme de la cama. Me senté en la pelota de partos y Jorge, el papá de mis hijas y quien fuera mi pareja en ese momento, se sentó frente a mi, me tomó la mano y empezó la siguiente fase del parto.
En algún momento entre las contracciones escuché a Sabrina moverse por la casa, me preparó un té, su presencia era tan suave que me sentía protegida pero además jamás sentí que mi espacio hubiera sido invadido, me sentía respetada. Cuando sentí que el dolor era mucho me pusieron el banco de partos en la regadera a sentir como el agua hirviendo aliviaba mi dolor. Lo único malo fue que empecé a sentir que se me subía la presión por el calor así que me tuve que salir.
Al momento de cerrar el agua sentí, supe, que estaba entrando en transición, la parte más dolorosa del parto.
En cuatro patas me acomodé sobre la cama y pude manejar el dolor por un rato, pero a cada momento se hacía más difícil, intentaba respirar según había leído en hypnobirthing, intentaba recordar técnicas de relajación, de meditación, de cualquier cosa que me pudiera ayudar y poco a poco las herramientas con las que contaba dejaban de ser útiles, de funcionar; nada me ayudaba. Recuerdo que en ese momento empecé a rogarle internamente a todos mis familiares que han muerto que regresaran a ayudarme, sobretodo pensaba en mi papá, le rogaba, «papá, ayúdame a tener unos minutos para descansar, no puedo manejar el dolor». Y así sentada en el banco de partos, recargada en Jorge, agarrada de la hamaca, con Sabrina sentada frente a mi fue que pasamos no sé cuanto tiempo los tres durmiendo y descansando un poco. Las contracciones no dolieron tanto, pude relajarme de verdad.
Pero no podía descansar para siempre, las contracciones regresaron a su intensidad y ritmo y pensé, «ahora si, ya no hay vuelta atrás». El tiempo no tenía sentido, con cada contracción se hacía eterno, cada segundo parecía un año, entre contracciones el tiempo se movía tan rápido que no me daba tiempo de respirar. A lo lejos escuchaba cómo la mañana empezaba para mis hijas, mi mamá y Adriana; escuchaba cómo desayunaban, se bañaban, jugaban, reían; oía como en otro mundo, sus vidas eran iguales y a la vez estaban cambiando para siempre.
De repente entraron al cuarto, se acomodaron todas y el mundo parecía que se acomodaba en su lugar. No recuerdo mucho de esa parte, veo los videos y me parece irreal, nada se ve como yo lo veía, para mí los colores eran más brillantes, los segundos más largos, las palabras mas poderosas, pero cuando llegaban las contracciones, no existía nada más que el dolor. En esos momentos sentí que me rendía, gritaba, gemía, me retorcía, quería escapar, estaba desesperada, quería que se acabara ya, sentía que faltaba mucho, no sabía si me había equivocado, ¿y si esta no es la etapa de transición y todavía faltan horas? preguntaba desesperada en cada descanso. No me dejaba revisar la dilatación, tenía terror de que me dijeran que estaba muy lejos, no quería queme desanimaran, Sabrina me contenía, Jorge me sostenía y las abuelas junto con las nietas me protegían. Aquí solo recuerdo dolor, dolor, dolor, gritos, dolor, sentía a mi cuerpo quebrarse y entre contracciones entendía que el dolor era necesario porque necesitaba romperme para vivir.
No se trataba de parir, se trataba de vivir.
Pero durante las contracciones no aguantaba nada, protestaba si me tocaban, parecía que iba a morder. ¡Cállate! … le gritaba al mundo, no soportaba un sonido, no toleraba a nadie.
¡Duele, duele! gritaba con sorpresa en cada contracción, ¡duele más que la anterior! Tomaba las manos de Jorge y me levantaba con cada una, me ponía de puntillas y levantaba la cadera del banco de parto, no sentía la cabeza de Isabella y me preocupaba que siguiera arriba y faltara mucho para que naciera. Fue la parte más difícil y aún ahí temía el momento del expulsivo, pensaba que sería peor. Pero ya no tenía miedo de pujar, sólo quería que todo terminara, no importaba cuánto doliera, ya no podía más. Veía las caras de todas mis mujeres, estaban frente a mi, Sabrina adelante, a su lado mis hijas, luego mi mamá junto a Adriana, por momentos ponían cara de que ya veían algo, tal vez la cabeza, pero por momentos ponían cara de desilusión, veía la preocupación en la cara de mi mamá, y la de curiosidad de mis hijas, me sentía rara, pronto serían sus vidas completamente distintas.
A las 10 a.m. Sabrina me hizo un tacto porque todos morían por saber como íbamos. Me dijo que se sentía todavía arriba y que parecía la detenía el estar todavía en la bolsa de líquido amniótico.
«¿Quieres pujar?» me preguntó Sabrina «No», contesté desilusionada. Sentía que faltaba mucho y con cada contracción me desesperaba más.
Las buelas y las nietas salieron del cuarto silenciosamente y sin que nadie se los pidiera, de pronto ya no las vi.
Me concentré entonces, no sé si hubo un cambio o no, no registré nada, pero de pronto la cabeza de Isabella bajó, sentí ganas de empujar y la fuente se rompió, todo al mismo tiempo.
Las ganas de pujar eran imperantes, mi cuerpo y el de Isabella se empezaron a separar, sentí su cabeza por salir y creí que se resbalaría y caería, salió su cabeza, y con ese mismo pujido salió el resto de su cuerpo. Sentí dolor, sentí que me rompía pero no fue tan difícil, fue increíble, de pronto todo había terminado, lo había logrado, me sentía como una guerrera. Había parido a mi bebé. Mientras salía había gritado para que entraran la demás mujeres de mi vida, entraron corriendo y fue maravilloso ver a las grandes conocer a la pequeña.
Mientras todo sucedía yo seguía sintiendo las contracciones, dolían casi tanto como antes y me sorprendió, en mi primer parto, fue nacer mi hija y acabarse todo el dolor, así que mientras la ponía al pecho empecé a pujar para sacar la placenta. Por fin salió y el dolor cedió. Pedí ayuda para acomodarme, tenía una bebé en el pecho, dos hijas impactadas a lado, dos madres increíbles y una partera mágica. Y yo me sentía como la persona más afortunada del mundo, la más fuerte y la más empoderada.
A las 10:20 a.m. parí una bebé de 4.100 kg, 55 cm; a las 10:27 alumbré una placenta velamentosa y grande.
Sólo me rasgué medio centímetro y no hubo ningún problema; Isabella se pegó al pecho como una campeona, siempre he tenido suerte con mis lactancias, tengo hijas sabias.
Me tomé un licuado de placenta con uvas, sabía como a uvas moradas con mucha sal…no me dio asco, pero tampoco se me antojaba, no tenía hambre ni sed, quería encerrarme de nuevo en mí misma mientras intentaba registrar qué había sucedido.
Fue un parteaguas en mi vida parir en casa, sé que nunca seré la misma. Aprendí muchísimo de mí, me enamoré más de mi familia; mi mamá me hizo sentir querida; Adriana me cuidó como nadie, me hizo sentir segura por completo; mis hijas me hicieron sentir agradecida y Sabrina me contuvo lo suficiente para dejarme actuar.
Hoy sólo me siento afortunada, agradecida y profundamente conmovida. Con el paso del tiempo sé que captaré diferentes cosas, este parto no ha terminado de enseñarme cosas.
Mientras tanto seguiré derritiendo de amor por mis hijas.

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Violentada por los batas blancas, una historia de violencia obstétrica

imágen por Jessie Jack
imágen por Jessie Jack

por Jessie Jack 

En lo que me dieron diferentes números, me califiqué enferma, sin síntomas. Embarazada.

El globo se puso dentro de la vagina, pero sin fiesta, sus métodos no funcionaban.

Un día, dos días, tres días, cuatro.

Píldoras en el coño. Me reventaron. Cinco días.

Una enfermera, otra enfermera, tercera enfermera, cuatro.

Solo llegaban en cambios de turnos. Nunca me he sentido tan abandonada.

 

El tiempo iba tan lento, pero cambié rápidamente mis oxitoxinas por adrenalina. Me olvidé del niño, del parto.

En mi cabeza, solo se trataba de escapar el hospital, sobrevivir, salir de esa cárcel.

 

¿Porqué estaba ahi? ¡Alerta! Siempre me respondían con miedo. ¨Dar a luz es lo más peligroso que una mujer puede hacer¨

¿Qué tal si no sale el niño? ¿Si mi cuerpo rechaza al feto? ¿Si se cae la matriz? Voluntaria se queda.

Tras 2 años estoy saliendo del trauma que me creó la hospital.

Ese hospital nunca tuvo fe en mi capacidad de sacar mi bebé sola, en mi fuerza divina femenina.

Si el a prioiri de toda filosofia es la vida, el parto ¿es lo que compartimos todos? ¿Porqué se trata al parto como una enfermedad, y un producto en vez de un acto sagrado, una bendición- lo más alto de la existencia?

Después de haber reventado mi coño pretendiendo provocar un parto con píldoras químicas, por fin me pidieron participar.

¿Quería yo ya una cesárea directamente? ¿O quería que reventaran la bolsa para provocar el parto?

Sexto día y Yo, sumamente destruida, muerta de cansancio, de temor, pedí una cesaria de una vez porque no sentí responsable exponer mi cuerpo ya más a sus métodos que no funcionan. Quería cacería.

Bueno, la doctora solo iba a averiguar el cervix antes. Pero en eso, reventó ella la bolsa con una aguja mega súper ultra larga. Sin permiso.

Ya no había vuelta atras. Empezó la carrera. Contracciones ya había tenido 5 días, pero entonces llegaron las verdaderas.

«¡A ver, 1, 2, 3; empezamos a contar. Le damos 2 horas!»

¿Parir en dos horas? ave maría bendita budda, ¿de dónde sacan estas teorías? ¡Claro que no!

Bueno entonces, 2 horas fueron y oxitocina sintética. Enchufado. Hazme lo que quieras.

Las contracciones no son nada, son casi placenteras a comparación de este exorcismo que me dieron, una fuerza diabólica que entró a mi cuerpo, algo incontrolable, una droga infernal.

Pero no, pues claro que no, luchando con la vida misma, una mujer no va a parir, ni va a cantar, ni amar, ni meditar, solo pedir, pedir, pedir al cielo y la tierra la fortuna de salir viva de ese horrible pesadilla.

Aunque no quería, al final, me pusieron epidural. Pero obviamente, y como me había imaginado, y la razón porque no la quería, los contracciones se fueron por completo. Como no, si no tienes contacto con el parto mismo- no sientes nada.

10 horas después de que me pidieron elegir, acabó en cesárea emergente. Cinco doctores encima en una luz tremenda, les pedí calmarse, respetarme, los expliqué que tenia un chingo de miedo.

«¡No, jajajaja, esto hacemos varias veces al día. jaja! ¿No les gustan los vacunas? ¡jaja, qué conviccion es esa!»

Cero respeto al paciente.

Y para cerrar todo, me sobredrogaron y durante la operación estaba temblando incontrolablemente como si tuviera un ataque, epiléptica.

Niño, nació, adiós.

A mi me llevaron a un cuarto de observación. Y no tuve a mi bebé en mis brazos hasta quién sabe cuánto tiempo después.

No sé qué sucedió en ese tiempo, nunca he estado tan drogada.

Todo fue al revés. Ese día que iba a nacer mi futuro, algo en mí murió.

No tengo nada más que decir. Este es mi testimonio.

Ya lo superé, creo, esas violaciones que tantas mujeres me hicieron al meterme sus dedos en la forma más brusca.

Ya tiene tiempo que no me da un ataque de ansiedad. Ahora puedo tener una relación sexual sin que aparezcan las caras de las enfermeras.

Mi testimonio es éste. Pero faltan los suyos, y esas voces silenciosas, que sólo obedece un sistema cruel, esas mujeres que se olvidan de su sexo, de su hermana y de su empatía.

No basta pintar de blanco la sangre. No basta acortar el tiempo para hacer vivir. No basta observarte en un monitor desde otro cuarto.

Seguramente sacamos fuerza de esto, también.

Mientras tanto, se los comparto.

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Jessie Jack Mayo, 2014

www.jessiejack.tumblr.com

 

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IMPERIAL BEACH

por Marcia Santos 

Caminábamos por las playas de San Diego, y to be honest I hated him.

Me resultaba patético su existir.
Panza redonda de miedo, transparent yellow skin, arrugada, llena de lunares, estaba allí para llenarme de qué?

Pedí el breakfast más caro del restaurant -como venganza-.
Bacon Hamburger.
Comí pensando en cualquier cosa, ignoring the smiley shadow besides me, desdeñando lo que había acontecido esa mañana.

Yo era la nice hooker, morena, mexa, pobre, veinteañera, broken english.

Pasamos un monumento que para mi significaba la conquista del petróleo en el mundo: juegos de plástico y goma moldeable para los niños que visitaban la veteran beach. Beautifull place que les habían otorgado a cambio de muertes de guerras anteriores.

-This rubber used to make these games is super toxic but nobody says anything, children play anyways.  Me dijo.

Tocando la arena con los pies me confesó:
– In war everybody get sick.

Some time ago I was on a mission in an African country. I was asked to hunt down a group of slavers who kidnapped civilians and sold to transnational corporations for forced labor.

We were on the trail through northern Africa, almost snapping at tracks, until one day we catch them near beach.
We torture them.
Then a machine used to dig in the sand made many holes, depth of a body to the neck.
We buried them.
And another machine step over them and cut off their head.
Several of my colleagues took decapitated heads from hair and took selfies.
War ill.

Sound of waves, gaviotas y la gente laughing a nuestro alrededor aderezaba la narración, suddenly i saw a child contemplating his own childhood. Por un instante sentí un amargor que emanaba de algún lugar que no era físico.

Emboscada, castigada, vigilada.
I was there, con la brisa salada pegada a la skin, judging me with the hardest weapon.
¿En qué momento decidí ser my propio victimario?

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marciaMarcia Santos (Cd. Juárez, 1990) Bruja marginal fronteriza
Website:

Proletari-ano

Yosjuan Piña Narváez

-Me gustan los besos, el morreo y las pajas. Luego lo que surja. Llega puntual. Te agradezco discreción.

-Ok. voy en camino -le contesté- (Doble checking en whatsapps me generó angustia). Salí con miedo de casa, con cuter en la cartuchera junto a mis lápices de dibujo -Contrato sexual aceptado. Ya no había escapatoria.

– Hola – me dijo, con un tono de calma-  pasa. ¿Eres Latino, no?

-Soy de Sudamérica- contesté, sin querer dar detalles-.

– ¿De México o de Brasil? -insistía en geolocalizarme-.

No quise colocar en tela de juicio el escaner en su pupila que me clasificó de acuerdo al nivel de melanina en mi piel, rasgos fenotipos, pronunciación y acentuación del “castellano”. Daba igual qué lugar dijera y si correspondía con el lugar escrito en mi pasaporte o no.  Esa persona sólo quería un cuerpo foráneo, para satisfacer sus fetiches.  Más aún cuándo su gramática de racialización entró en sintonía con estereotipos burdos.

-¡Desnúdate y dúchate! . Me dijo.

-No podía ver bien su rostro. Había esa iluminación de escena romántica de bajo presupuesto. En la casa, un olor a incienso y su cuerpo hedía a muestras gratis de perfumes que dan en el Corte Inglés. Era working class, indudable. Subjetividad, blanca, europea, que paga por sexo. No hubo más palabras. Entré a la ducha y la persona que pagaba no quería más nada. Por ahora. Sólo ver. Encendió  la tele y subió el volumen. Escuchaba el noticiero de medio día. Escándalo en el Estado Español por las llamadas “Visas black”.

-Sal del baño, ven-  me dijo.

Fin del contrato sexual.

#BlackBitchLivesAlsoMatter

No podía pasar de 15 euros por los servicios. Esa era la tarifa más baja en el mercadeo de cuerpos. Comparé con otros servicios del precariado/precariano sudaka en Europa que pone el cuerpo para que otros cuerpos con privilegios consuman comida, gaseosas, marihuana, cocaína, o sexo.  La negra Fati, migrante, trabajaba en una cocina y ganaba 5 euros por hora, era la tarifa de lo que implica trabajar “en el negro”. Harold, otro amigo negro, migrante ganaba 5 euros la hora en esos famosos coffee shop. Obviamente también trabajaba “en el negro”.  Yo también acepté trabajar “en el negro”[1], al entrar en la llamada “guerra estética planetaria”:  mercadearme de acuerdo al índice de masa corporal, etnicidad y responder a cuestionarios anatomopolíticos de clientes obsesivxs con el cuerpo del “otherness racializadx” ¿Eres de la india o de Latinoamérica? ¿eres circuncindadx? ¿cuánto mide tu pene? ¿cuánto calzas? Es la lógica  enterprise de “mi propio yo”, de “mi propia” carne. Hablar de “propia carne”, es asumir la neoliberalización de este cuerpo que escribe, que se sumergió  en una especie de marketing barato de un narcisismo mal fotochopiado y 2.0. Con toda la lógica del heterocapitalismo, el homocapitalismo o el tan resistentemente blanco capitalismo queer.

La oferta de servicio: exotismo, esencialismos estratégicos y puristas. Metaperformatividad racializada, cisnormada o crossdress. Una producción de mí mismx a partir de la imagen fetichizada de lxs clientes. Es una gestión del “quién soy”, del cuerpo y de la subjetividad a partir de los deseos y fantasías de subjetividades amamantadas en el mundo blanco-colonial-europeo. Acepto mi poca destreza para gestionar la sexualización racializada del cuerpo que habito y cómo es leído: cuerpo “foráneo”. Para ellxs: un cuerpo más, que llegó a Europa a dar placer sexual a quien pague. La demanda: cuerpos blancos, con pasaporte de libre circulación en la euro-zona schengen, con aparente carencia afectiva y víctimas del contrato heterosexual monogámico y de los relatos de la pornografía: categoría interraciales. Entro en juego: Cuerpo-valor, cuerpo-función, cuerpo-gramática racial y cuerpo-mercancía-dinero. Ésta última, fórmula básica para al menos completar el alquiler del piso en el Raval.

-Hola, te estoy llamando por el anuncio -. Me  habló alguien con un castellano con acento italiano.

-¿Eres latino?

-No, soy de Sudamérica.

– Es lo mismo- me dijo, haciendo gala de su sabiduría y de mi supuesta ignorancia-. Vivo por la Sagrada Familia. Te ruego discreción, sólo puedo una hora. Porque mi hija está por venir. Tengo 66 años ¿no te importa?- Me preguntó con vergüenza.

-No. -Le respondí mintiendo.

Llegué . Me miraba, me observaba. Tocaba como quien toca un aguacate en la frutería. Nunca he hecho el ejercicio de antropomorfizar el aguacate y saber qué piensa cuando es tocado. Desde ese momento, lo he hecho.

#FindelContratoSexuaal

     Era un trabajo más y , al mismo tiempo, el trabajo de otras tantas personas que desfilaban por la pasarela hedónica del mercado sexual do it your self. El dispositivo neoliberal está hecho para que nos peleemos como hienas por trozos de carne, euros, estudios en Europa y ropa de descuentos de H&M. Es un continuo: cuerpos racionalizados, seguimos siendo el lubricante para el funcionamiento del engranaje del capital Europeo. Europa sigue funcionando por la colonialidad y la colonización de nuestros cuerpos manchados y bastardos. La diversión y el placer que disfrutan olas de turistas en Barcelona-Catalunya es a costa del precariado y mas aún el necroprecariado migrante, racializado, sin papeles.

-¿Vamos a la manifestación del primero de Mayo? me dijo la Luisa, otra perra sudaka migrante.

-Vamos y hagamos una pancarta-. Contesté.

¡Las putas migrantes también somos trabajadoras! fue lo que escribimos para caminar junto a compañerxs del Espacio del Inmigrante. Luego, en horas de la tarde fuimos a otra concentración . En el camino muchas miradas con rareza leían la pancarta. Un señor que pedía dinero cerca de la Rambla de Catalunya nos detuvo y dijo: “Estáis llevando una pancarta mal escrita”. Si, señor, las putas migrantes, tampoco sabemos escribir – le contestamos. Seguimos caminando a la manifestación del primero de Mayo que convocaba grupos anarquistas y la izquierda “progre”, mayoritariamente blanca, del “rollo” Barcelona. Una chica en la mani, se nos acercó y nos preguntó: -¿Ustedes vienen por las putas del Raval?

-No. Nosotrxs no venimos “por” ellas. Somos putas y del Raval. Fin de la conversación. Seguimos caminando y gritando. Caminando e incorporándole melanina ideológica a las consignas despigmentadas del  activismo blanco europeo: “¡Antifascista, anticapitalista!”. Gritaban. Nosotrxs agregábamos: antiracistas, anticapitalistas. Y no son consignas vacías. Implicaba hacer visible el privilegio blanco, incluso en el precariado y la fuerza de trabajo que sostiene parte de la economía Europea: «C.I.E[2], putas, farlopa, redadas y fronteras, así se construye la riqueza europea”. Y colectivizar la rabia era necesario, al menos que saliera del cuerpo.

“Nadie sabe lo que puede un cuerpo”. Nadie sabe lo que puede un cuerpo negrx/indix, bastardo e infecto y más cuando en la necropolítica “hay cuerpos que importan”, y otros que no. Unxs seguimos en nomadismo, otrxs mueren, otros cuerpos y subjetividades viven, agencian se organizan y resistes desde el comercio de sus anatomías para los placeres. Sólo hablé desde mi corto recorrido vital y las experiencias asumidas dentro del precariado sexual. Sólo hablé desde mi cuerpo-textual y cuerpo sexual, cuerpo hipertextualizado, cuerpo desobediente- cuerpo que se niega a ser borradx, blanqueadx. Sólo mostré tímidamente fragmentos del uso del inmediatismo carnal desbordado para la sobrevivencia que devino en una especie de re-pensar y re sentir los deseo e intentar colocarlos en palabras, algunas más pretenciosas que otras, algunas más próximas a lo que siento que otras.

     No pretendo de estos relatos y momentos de agenciamiento de mi cuerpo como indx/negrx, disidente sexual, y perrx-nomádica, hacer un hecho virtuoso con plus para el mundo de la academia pop. No pretendo hiper valorar el vivir al riesgo y  muchas veces en el borderline. No. Tampoco quiero sobredimensionar una realidad encarnada, por un lapso de mi crono-política-vital, donde entré y no sé si salí. Porque no puedo dejar de ser putx. Porque cada vez que vendo mi fuerza laboral estoy poniendo el cuerpo y “mis” ideas como putx, tanto como cuando pongo los genitales, fluidos y el orificio excretor.

[1] “Estamos acostumbradas a de manera racista llamar de trabajo en negro, la actividad en la cual el acuerdo laboral es oscuro y ilegal. Así repetimos la asociación entre negro y precario, entre negro y esclavo”. Negro como el olvido inquieto, negro como el azabache que brilla. Negro y oscuro como el hachís transportado en el culo del proletari-ano/precari-ano. Negro como cuando cierro los ojos mientras cogemos/tiramos/follamos (sin placer). // Intervención poética: Plaza del Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba 2015). Lectura de manifiesto público contra la censura y el trabajo “en negro en el Macba”. Luisa Escher Furtado. Yosjuan Piña Narváez

[2] Centro de Internamientos para Extranjeros. Cárceles para migrantes en Europa.

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Yosjuan Piña Narváez. Sociólogx-activista-militante Universidad Central de Venezuela (UCV) // Programa de yosjuanEstudios Independientes (P.E.I) Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba). Investigadxr nomádicx  en resistencia. Trabajo temas relacionados con necropolítica,  procesos de racialización, colonialidad de los cuerpos/subjetividades, critical whiteness, disidencias sexuales y de géneros. Ilustradxr de garabatos, viñetas, comics, fanzines. Asmáticx. Actualmente vivo en Buenos Aires,  Argentina.

Twitter:  @erchos // https://twitter.com/erchos

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La cocina

ilustración Alex Xavier Aceves Bernal
ilustración Alex Xavier Aceves Bernal

Por Brenda Raya

Durante más de 7 años cocinamos todas las noches para ellas, casi 60 mujeres cada día, de todos los colores de todas las latitudes, de casi todas las edades. Al principio fue difícil el trato, la gran mayoría eran altaneras, mandonas -trabajar en el “centro nocturno” más cotizado de la ciudad no debe ser cualquier cosa-, absolutamente todas generaban ingresos de mínimo 2 mil y hasta 50 mil pesos por noche. Eso era trabajar en el Cadillac, el mítico Table Dance que fue clausurado hace dos años.

     Nuestro trabajo era cocinar para ellas, a quienes respetuosamente todos llamábamos bailarinas, y para los trabajadores en general: meseros, boleteras, garroteros, bañeros, cigarreras, cajeros, barmans, sacaborrachos (seguridad)  dj´s  y valets. Toda esa red de personas vivíamos de ellas, de su baile, de sus servicios de su compañía para los cientos de clientes que cada noche acudían al lugar. Los clientes eran variados. Los había desde comerciantes pudientes, hasta funcionarios y políticos; eran frecuentes también los cantantes de moda, ¿Y quien más podría estar ahí? Si el trago más barato costaba 100 pesos y era un vaso de agua.

    Ahí llegamos gracias a mi tío, que entre sus únicas cualidades esta la de cargar borrachos y manejar con destreza las ganzúas. El recomendó a mi mamá para cocinera cuando la anterior había desistido por la excesiva carga de trabajo, entonces nos fuimos integrando los hijos y, ya después, cada uno fue encontrando su perfil. El lugar dejaba muchísimo dinero, era difícil resistirse, mi hermano se convirtió en dj y, mi hermana, al poco rato desertó. Yo continué en la cocina. Me gusta. Mis horarios eran pesados -de 4 de la tarde hasta las 6 o más de la mañana-, dependiendo de cómo se pusiera “el ambiente”; los días los alternaba con mi mamá. Eran días de tanto trabajo…

     Cualquier cocina en cualquier parte te da una intimidad única , la sensación de tranquilidad, de respiro, de desconectarte de tu trabajo, de disfrutar el alimento. Eso permite que la gente hable, que abra el corazón, que compart. Así fue como conocí cada historia y también fui viendo las generalidades de ese trabajo, por ejemplo: un 60% de las mujeres eran dominicanas, después le siguen las hondureñas y venezolanas, las colombianas y las cubanas; en todo ese tiempo nunca conocí, por decir algo, una boliviana o una chilena, sólo una argentina. Había también mujeres rusas, estonias, letonias, algunas gringas, pero eran las menos, el resto eran mexicanas y sobre todo del norte del país.

     Las dominicanas trabajaban en familia, o sea, la mamá, las hijas, las tías. Contaban la difícil situación de su país, muchas venían de vender cualquier cosa en las calles, de trabajar como empleadas con un salario bajísimo: “La putería  allá no deja. Es más, quieren que lo hagas gratis, allá nadie te paga por eso”. Esas morenas eran muy trabajadoras y también muy humildes en todo: en el trato, en su alimentación, eran felices comiendo plátano frito y huevo todos los días; les encantaba el arroz con frijoles y era una ofensa no darles aguacate en sus platos. Ellas hicieron una fortuna, pusieron negocios, construyeron casas y pagaron la educación de sus hijos, la familia de “Alicia” sabía muy bien cuál era su trabajo y desde allá se congratulaban que su hija por fin conociera la suerte en este país. Ella me enseñaba sus fotos muy contenta, no había día en que no hablara de ellos, de su pueblo, de su gente; vivía pensando cada día regresar allá, ahorraba cada peso que ganaba y vivía temerosa de perder el trabajo y por la migración.

     Su comida favorita eran los camarones y la sopa la pedía bien caliente. “Sofía”, una colombiana ingeniera naval, pequeñita de estatura a quienes todos llamábamos cariñosamente “Parce” había llegado ahí porque le habían dicho lo bien que se podía ganar en ese trabajo. Su sueño era pagar la fianza de su padre preso en Panamá, acusado de tráfico de drogas que le habían sido sembradas en un aeropuerto por su acento colombiano. La «Parce» lloraba cada vez que se pasaba de tragos, vivía con el dolor permanente, era la única hija y sentía el deber de sacarlo de ahí, nadie le creía que era ingeniera y un día nos llevo las viejas fotos de su graduación y de ella con su uniforme en un barcote con su equipo de compañeros en altamar. Nunca nadie la volvió a cuestionar, tampoco cuando aseguraba que hablaba cuatro lenguas.

     La hermosísima cubana “Sandra” había sido interceptada en un lugar de baile del sur de la ciudad, esa persona le dijo: «oye, tú puedes ganar un dineral, te voy a decir dónde», y la llevó. Ella probó unos días y se quedó. Ella, al contrario de la «Parce» o de «Alicia», deseaba nunca regresar a su país , y esperaba un día poderse traer a su madre. «Sandra» había llegado al país a dar un curso de pedagogía de las matemáticas en cierta universidad. Como buena cubana no solo tenía una maestría, contaba además con varias especialidades, pero ella decía: “No mami, de loca me regreso a la academia”. Vivía feliz haciendo su pequeña riqueza, a ella la quise mucho, era muy entrañable, muy simpática, me gustaría saber qué ha sido de su vida y de sus sueños.

     Conocí a muchas, madres de familia, profesionistas, mujeres casadas que buscaban ganar algo extra para sus hijos, jovencitas a las que les encantaba la fiesta, mujeres que lo hacían por aburrimiento en sus casas o por pura diversión. Muchos casos, muchas historias todas convencidas y consientes de lo que hacían.

    Cuando el operativo cayó esa noche, las autoridades abusaron como suelen hacerlo: golpearon, se robaron el dinero, las manosearon y las agredieron; aunque en las noticias dijeron que había sido un “rescate” de más de 40 mujeres por el delito de trata, las subieron semidesnudas a las camionetas, con sus minúsculos atuendos en el frío de la noche. Algunas alcanzaron a jalar un mantel y con eso se cubrieron el cuerpo, así llegaron hasta el búnker.

     Las que peor la vivieron fueron las extranjeras: humilladas por su origen, fueron deportadas y cuando ellas decían que estaban ahí por su voluntad, entonces ¡se les quería acusar de ser ellas mismas las que se explotaban! Un absurdo total, muchas ya ni se defendieron, sabían lo que les esperaba, estaban  muy tristes y también aterradas.

     Hubo 14 personas encarceladas y hasta ahora 10 continúan ahí, todos hombres y mujeres trabajadores, cabezas de familia, acusados de trata con condenas de más de 8 años. Algunas bailarinas continuaron testificando para probar que ellas hacían su trabajo por decisión propia, y que sus compañeros eran inocentes, el dueño del lugar nunca apareció, las corruptas autoridades jamás lo buscaron. Ahora nadie se acuerda de ellos, y mucho menos de ellas, quién sabe en dónde estén, si sigan trabajando en lo mismo, no se sabe nada. El cierre del Cadillac fue la cereza del pastel para la campaña contra la trata que en ese momento estaba en auge y que obviamente fue capitalizada por algunos partidos políticos y activistas contra la trata. Sobre el tema se escribieron cantidad de artículos, unos exageradísimos, relatan casos de verdadero horror, de mujeres que habían sido enganchadas en otras ciudades y que vivían encerradas sin ver la luz del sol y comían sólo pan y agua una vez al día, se difundieron tantas cosas….

     No trato de hacer apología de este lugar, creo que es difícil que las mujeres tengan que vivir de ésto habiendo procurado antes otras posibilidades laborales que no las beneficiaron como hubiera sido justo. Yo conocí a todas y cada una porque les cociné lo que más les gustaba todos esos años, escuché sus historias y sabía en dónde vivían algunas, sus vidas eran como las de cualquier otra mujer trabajadora, también conocí los detalles de la vida de los demás trabajadores, hicimos amistad, fuimos compañeros como en cualquier trabajo, había apoyo y solidaridad cuando sabíamos que alguien tenía un familiar enfermo o un problema… ¿será porque gran parte de los que trabajan en esos círculos vienen de la miseria, «de los residuos de la sociedad», mucha gente sin estudios, ex-convictos, madres solteras que a nadie le indignó esos presos? al contrario, los medios hicieron bien su trabajo de desprestigio y la sociedad aplaudió el trabajo de la autoridad.

     He encontrado a algunos compañeros, nadie ha podido superarlo, pero sobre todo nadie ha podido con la impotencia de que el único dueño y en todo caso responsable ande por ahí, gastándose sus millones, mientras nuestros compañeros están en la cárcel. Ahora lo escribo si de algo sirve mi testimonio, y en memoria de todas ellas que ojalá estén bien y cumpliendo sus sueños.

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Brenda Raya, (1985) WOMAN
Estudiante de Geografia en la UNAM, artesana y tallerista con niños en situación de riesgo, promotora de los derechos de las poblaciones callejeras,ha participado en proyectos de cartografía social en la ciudad de mexico con artistas internacionales,colaboradora del estudio taller selenium taller de cine y fotografia,actualmente atiende un comedor para indigentes en la colonia guerrero. No tiene blog

 

 

 

 

 

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Laura

 

Estuve trabajando como webcammer durante un año. Aunque siempre tuve fascinación hacia el trabajo sexual, empecé en él como salida hacia una situación difícil. Soy española, y desde el comienzo de la crisis han sido muchas las personas que se han visto obligadas a migrar. Despues de estar un año sin trabajo y sin ninguna perspectiva de futuro, decidí que migrar al Reino Unido era la mejor opción que tenía. Me fui de au pair, un trabajo que en teoría consiste en cuidar a los niños de una familia a cambio de un pequeño salario mas el alojamiento que te ofrece la familia en la propia vivienda. Nadamás llegar mi trabajo era el de una empleada doméstica interna, sin ningún tipo de cobertura legal a cargo de todas las tareas domésticas y de cuidados en una familia adinerada con tres menores y una casa enorme. El salario era de setenta libras semanales. Al poco de llevar más de dos semanas, en mi día libre llegué a la noche con más de dos copas de más y me echaron. Yo estaba sola, en otro país, sin saber inglés y sin dinero; y esa misma noche pensé que el trabajo sexual sería la mejor opción. Me asustaba el cómo poder negociar con los clientes o con los empresarios del sexo debido a mi bajo nivel de inglés, así que pensé en hacer webcam con una productora porno española.

Antes de trabajar como webcamer, tenía una visión bastante simplista sobre el trabajo sexual, reduciéndolo a la premisa neoliberal de la libre elección. Desde que empecé en el trabajo sexual me di cuenta de que las cosas no son ni blancas ni negras y debe haber un acercamiento entre el regulacionismo  y el abolicionismo. La industria del sexo a día de hoy es un pilar fundamental para el capitalismo y el patriarcado, creo que eso no se puede negar. Por otro lado, el trabajo sexual es una opción que suele tomarse en situaciones delicadas y creo que es ante todo una decisión valiente. Esta experiencia a mi no me traumatizó, como mucha gente puede pensar, pero sí que me dejó una huella emocional. También he de decir, que ha sido en este trabajo donde más he disfrutado, me he sentido realizada y valorada en comparación a otros trabajos que he tenido.

Hay muchas cosas que me gustaban de este trabajo. Siempre he sido muy exhibicionista y abierta a nuevas experiencias sexuales, disfrutaba sexualmente con muchos de mis clientes. Pero más allá de lo puramente físico, también había una conexión emocional. Aprendí mucho de mis clientes, me sirvió para tener un mejor entendimiento de la masculinidad, de los deseos y los miedos de los hombres. Sin embargo también tenía sus cosas negativas. Eran muchos los clientes que podías llegar a tener a lo largo de un día, muchas veces incluso varios a la vez. Terminaba desgastada aguantando a decenas de hombres al día, muchos de ellos tratándote muy mal. La gran mayoría te mandaban continuamente, diciéndo qué tenías que hacer en cada momento. Eran pocos los que te daban vía libre en tu performance o los que querían hablar. Hay muchos clientes a los que les guardo cariño y aunque pase el tiempo me seguiré acordando de ellos, pero también ha habido otros que te han querido humillar y hacerte pedazos. Otro aspecto negativo era el dinero y no tener ninguna cobertura. No ganaba gran cosa, algo más que haciendo un trabajo de baja cualificación pero tampoco los ingresos eran demasiado. Yo ganaba alrededor de 1.000 euros por trabajar unas veinticinco horas semanales, obviamente sin cotizar, sin bajas laborales y sin vacaciones. La productora se quedaba con la gran parte de lo que yo generaba. Si un cliente pagaba 60 euros por estar conmigo una hora, yo sólo recibía 12.6 euros.

El estigma especialmente al principio fue muy duro de llevar. Yo nunca he tenido prejuicios respecto al trabajo sexual, sin embargo al empezar en ello, me entraban miedos y vergüenza, mentía a casi todo el mundo, y me resultaba muy angustioso llevar esa doble vida. Pero con el paso de los meses lo fui aceptando, mi círculo cercano lo sabía y lo contaba sin problema si estaba con la persona o en el momento oportuno.

Durante el tiempo que estuve trabajando, mi sexualidad se vio afectada. La masturbación dejó de ser algo íntimo a producción de capital. Era rara la vez que me masturbaba sin estar trabajando, mis energías sexuales iban a la webcam. Cuando terminé de trabajar con la webcam, me costaba masturbarme por mi cuenta. Necesitaba encender el ordenador y verme en la pantalla, era sólo a través de mi propia imagen repitiendo los mismos guiones que hacía con mis clientes como podía excitarme y tener orgasmos. Pero a las pocas semanas fui recuperando mi sexualidad y volví a poder masturbarme como lo hacía anteriormente de trabajar en esto.

Ante todo fue una experiencia de la cual me siento muy orgullosa ya que me permitió poder seguir adelante sola en otro país, y conocer de primera mano las fantasías sexuales, los demonios y la ternura de miles de hombres.

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Laura es una mujer española de 26 años, migrante en Reino Unido, feminista y licenciada en Sociología. Siempre ha tenido un profundo interés en la sexualidad, las relaciones afectivas, la industria del sexo y la violencia sexual. http://bajaspasionesudores.blogspot.com/

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Escribo de memoria…de lo que me contaron y de lo que vi

Bertha

por Adriana Raggi Lucio

Escribo este texto de memoria, de la memoria de lo que me contaron y lo que vi de mi abuela, quien murió una semana antes de cumplir los 100 años. Siempre que pienso en ella, pienso en una mujer fuerte e interesante. Bertha Gómez Maqueo Olivera fue una de las primeras mujeres en estudiar en la Facultad de Filosofía y Letras.  Se graduó como Maestra en Letras en 1937 con la tesis La forma y el contenido en la novela de Pérez de Ayala. En alguna ocasión me contó que en su facultad las únicas mujeres eran ella y una monja. Bertha era apasionada del idioma, por eso estudió letras. El inglés y el español eran sus dos idiomas, los manejaba ambos como lengua materna.

     Aun recuerdo la foto de su papá vestido de marino, mi bisabuelo, que ella guardaba con gran cariño y admiración en su cómoda. Mi abuela fue educada de una forma estricta, con una madre fuerte y desde mi punto de vista muy fría. Claro yo era muy pequeña cuando mi bisabuela Bertha Olivera era ya una señora muy grande, ella murió a los 92 años, y siempre fue, para mi infancia, una figura central y misteriosa de la vida en la casa de mi abuela. No recuerdo nunca haber cruzado una palabra con ella.

     Mi bisabuela estaba casada con el Capitán Antonio Gómez Maqueo –quien era su primo– y que luchó contra la invasión estadounidense a México en 1914, para después unirse a las filas del General Francisco Villa. En 1915, decidió retirarse de la vida militar y se fue a trabajar como marino mercante. El destino lo llevó a vivir en Estados Unidos. Para finalmente regresar a México en 1932 y trabajar duramente por la fundación de una escuela náutica en Mazatlán, para lo cual tuvo que negociar con el presidente Cárdenas y la clase política de ese momento, y la que ahora lleva su nombre Escuela Náutica de Mazatlán “Cap. Alt. Antonio Gómez Maqueo”.[1] Mi abuela nació en Estados Unidos, y renunció a su nacionalidad gringa cuando regresó a México. Un poco antes de morir, me pidió que pusiera música de fox-trot y entonces me platicó, con gran emoción, cuánto disfrutaba bailarlo cuando llegó a México en su juventud, por supuesto lo aprendió en los Estados Unidos. Yo nunca la vi bailar.

     Desde que yo recuerdo mi abuela y mi abuelo, Fernando Lucio, no vivían juntos. Mi abuelo era un hombre guapo y sumamente mujeriego, tuvo muchos hijos y muchas esposas y parejas. Lo de guapo lo supongo, porque a mí de daba miedo el abuelo Chango, nunca he sabido porqué le decían Chango, me saludaba de mano, con una mano inmensa. La hermana menor de mi abuela, Margarita, me comentó, en una ocasión que mi abuela estaba enferma, y la cuidábamos ella y yo en el hospital: “cuando tu abuela se casó con Fernando, lo hizo a sabiendas de quién era él, pero eso no le importaba, estaba enamorada y sobre todo, se divertía muchísimo con él. Que no te digan que su vida juntos fue puro sufrimiento”.

      Mi abuela tuvo cuatro hijas, Bertha, Emilia, Lupe y María Fernanda. Trabajó como profesora en la SEP por muchos años, escribió libros para estudiar inglés. El que más recuerdo se llama English alive: an English course for Mexican secundaria schools, publicado en 1975. Fue fundadora, en 1973, de la Asociación Mexicana de Maestros de Inglés, MEXTESOL. La enseñanza era su forma de vida. Recuerdo que cuando tenía 80 años le comentó a mi papá que ya no era la misma de antes, que después de dar cuatro horas seguidas de clases se cansaba. Aun recuerdo a mi papá sorprendido diciéndole que cualquiera se cansa después de dar cuatro horas de clase.

     A sus ochenta años daba clases y viajaba en metro a su trabajo. En algún momento trabajó en la SEP, en la certificación de locutores de radio y televisión, haciendo los exámenes de inglés. Ella contaba sus experiencias ahí, le gustaba conocer a los actores que iban a hacer sus exámenes. La jubilación no la trató nada bien, en algún momento su sueldo era de 2,000 pesos que no le servían para nada. Pero ella siguió trabajando desde su casa, hacía traducciones y cada año asistía a las reuniones de la MEXTESOL.

     Durante un tiempo, en mi infancia, no la vi porque se fue a estudiar a Inglaterra, no recuerdo que edad teníamos ninguna de las dos, pero a mí me parecía genial que la abuela estudiara. Esa es una de las cosas que más tengo presente de ella, su sentido de búsqueda de soluciones ante la vida. Y ya casi a sus cien años, su absoluta desesperación por no poder ser independiente, su cuerpo no se lo permitía, a pesar de su lucidez y su buena memoria.

     Mi abuela no fue especialmente cariñosa, aun recuerdo con cierto horror que ella mi mamá se saludaban de mano. Pero su lejanía física se compensaba con su cercanía mental, siempre se preocupaba y sabía que hacía cada una de sus hijas, sus nietos, bisnietos y, casi al morir, su tataranieta. Tenía en la mente las cosas que nos gustaban y nos interesaban a todos. En su lecho de muerte me dijo: “recuerdo mucho las cartas que me escribías cuando te fuiste a estudiar fuera de México, las recibía con mucho cariño”, entre otras cosas que quedarán entre ella y yo. Pero ahora que he escrito esta breve memoria de mi abuela, lo hago con el mismo cariño con el que le escribí esas cartas. Simplemente para recordarla, porque su vida merece ser contada.

[1]Al respecto se puede consultar Julio Alfonso Ruíz Ramírez Escuela Náutica de Mazatlán “Cap. Alt. Antonio Gómez Maqueo” La historia. Bloomington: Palibrio, 2012.

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Relato histérico: los mecanismos de control médico sobre el embarazo

Por Sara Neria Ordaz

Los primeros días de febrero de 2013 sentí el cuerpo diferente. No tenía duda, estaba embarazada. Un par de semanas después un análisis clínico lo confirmó y, como es habitual, comencé la búsqueda de un médico con quién atenderme durante el embarazo. En ese momento no reflexioné respecto a la decisión, es normal que una mujer embarazada busque apoyo médico, sin embargo a la distancia me parece importante la interrogación del hecho, dado que el embarazo como bien sabemos es un proceso fisiológico y propio de toda mujer, es decir, la naturaleza de nuestro organismo se hace cargo del proceso de principio a fin, entonces ¿por qué se ha naturalizado la intervención del médico? Es evidente que el papel de la medicina es fundamental para el propio desarrollo de la sociedad, no es posible negar que gracias a los avances científicos y tecnológicos en torno a la medicina, se salvan vidas y que en el caso de la obstetricia se aumentan las posibilidades de nacimientos de niñas y niños sanos cuando hay problemas durante el embarazo, evitando también la mortalidad materna, pero en mi caso, como en el de la mayoría de las mujeres con quienes conviví en las salas de espera para consulta y estudios, no era ese.

     ¿Entonces porqué acudir al médico? Creo que la respuesta es: por prevención. Desde mi perspectiva, la prevención es un eje fundamental en el ejercicio de la medicina contemporánea y no tocar a sus puertas puede provocar ser tachada de irresponsable, más aún cuando de un embarazo se trata, porque todo el cuerpo social se adjudica el derecho de opinar por el bien del futuro hijo o hija, descalificando la capacidad de las mujeres y sus cuerpos para hacerse cargo, dando por sentado que no tenemos la capacidad racional y emocional para llevar nuestro embarazos de forma apropiada y autónoma. Por eso creo que acudimos al médico, aún sin tener síntomas ajenos a los del propio embarazo (sueño, nauseas, gripes, etc.)

    Inicié la búsqueda de una homeópata, suponiendo que encontraría un acompañamiento distinto al de la medicina alópata. Sin embargo, desde la primera cita inició el permanente discurso del riesgo y la prevención, que se mantuvo durante los siguientes ocho meses, e instaló una especie de angustia y temor por la salud de mi bebé. Recuerdo que la médico me dijo que por las fechas que le daba respecto a la última menstruación, era casi seguro que no hubiera embrión, sólo un saco embrional y me dio una orden para un ultrasonido transvaginal. Si se confirmaba la ausencia de embrión, tendría que hacerme un legrado para retirar el saco.

      No diré que me sentí mal, pero sí agredida por la seguridad del diagnóstico sin estudio previo y el nulo tacto para decir algo así. Ante la noticia de tal posibilidad, mi madre sabiamente dijo: “qué estudio ni que ocho cuartos, dale tiempo al tiempo, espera y verás que todo está bien, déjate de estudios” y con esas palabras también inició un acompañamiento entre mujeres, mismo que se enriqueció entre charlas coloquiales e intercambios de experiencia con otras madres, que por cierto fueron muchísimo más certeras y cálidas en sus diagnósticos y consejos que los y las expertas, sobre todo por la gran capacidad y sensibilidad que tuvieron todas ellas para calmar mi angustia. No está de más decir que como estrategia, considero que una embarazada debiera siempre hacerse acompañar por otras mujeres que ya han vivido la experiencia del embarazo y maternidad.

     El estudio finalmente reveló que había un embrión de aproximadamente 5 semanas de gestación, tras lo cual la médico del Instituto Nacional de Homeopatía decidió que debía usar progesterona, no por algún síntoma en específico, si no por si las dudas ¿dudas de qué? Como es común, no hubo mayor explicación o información respecto a lo recetado, quizá los médicos consideren que ante sus decisiones profesionales no debe cuestionárseles, finalmente el saber médico los faculta para decidir sobre el cuerpo de esos otros que debemos ser los pacientes, lo que también reafirma, desde mi perspectiva, la enajenación del propio cuerpo, porque aunque los reglamentos de los hospitales indiquen que el médico debe dar explicación al paciente sobre los padecimientos, tratamientos y sus consecuencias, sabemos que esto no ocurre y aunque haya excepciones, el lenguaje técnico del médico también se vuelve una barrera, incluso reflejado en la escritura de las incomprensibles recetas.

     Entonces decidí que no usaría la progesterona ¿por qué? Primero porque consideré que sin tener por lo menos un síntoma de alerta, era innecesario y después porque asumí que el embarazo es un proceso que implica un posicionamiento de género y que entregarlo a las decisiones médicas, es ceder en el territorio de los derechos, de lo que es propio y corresponde a las mujeres y con ello me refiero a que hay límites de comprensión por la simple diferencia biológica, así como las mujeres estamos imposibilitadas para sentir un dolor de testículo y jamás tendremos referencia de ello, un hombre vive en la imposibilidad de vivir la experiencia de la menstruación o el embarazo, porque son propios del otro sexo, así es que considero que un médico, sobre todo hombre, debería manejarse con respeto ante un proceso que, de entrada, le representa cierto límite de comprensión física. Aunque la petición de respeto no es exclusiva para los médicos hombres, pues aunque fui atendida por varias mujeres, su actitud no era menos insensible e indiferente, se imponía la profesión al género.

     No obstante mi decisión, opté por mantener un espacio médico de revisión, con la intención de no ser negligente conmigo y mi bebé. Acudí entonces al Instituto Nacional de Perinatología, donde fui admitida dados mis 36 años de edad o lo que los especialistas consideran ser una “mujer añosa”, condición que determina un “embarazo de alto riesgo”. Nuevamente salí alarmada de la primera consulta porque me recetaron 5 medicamentos preventivos: aspirina para preeclampsia, progesterona, un multivitamínico, ácido fólico y ranitidina para las posibles agruras después de tanto medicamento. Enojada pero segura de ser yo quien decidiría respecto a seguir o no las disposiciones médicas, opté por el multivitamínico y una amplia documentación respecto a las etapas que íbamos viviendo mi bebe y yo, opté por escuchar al cuerpo, por profundizar en lo que sentía y observaba, por reflexionar; lo que en conjunto produjo en mí una sensación de bienestar, no he vivido jamás una etapa tan placentera respecto a mi cuerpo y de empoderamiento como mujer ante el cuerpo social.

     No daré pormenores de lo que fue el recorrido entre consultas y estudios porque podría resultar tedioso. Solo mencionaré dos eventos por considerarlos característicos y porque ejemplifican claramente lo que me parece alarmante.

     Hoy es común realizar en el primer trimestre de embarazo un ultrasonido estructural para determinar la salud del bebé, mismo que me realicé con resultado satisfactorio: mi bebé estaba bien, pero la médico me comentó que si yo quería mayor certeza podía pedir un análisis de líquido amniótico, así sabríamos a ciencia cierta si el bebé no tenía algún problema. Para ello, debía firmar un documento donde se dejara al médico sin responsabilidad alguna, porque el estudio implicaba un alto porcentaje de riesgo de aborto. Obviamente me negué y molesté, porque entendí que cuando los procedimientos médicos no implican riesgo debemos obedecerlos al pie de la letra, sin duda o explicación mediante y su omisión implicaría irresponsabilidad de nuestra parte; pero cuando el procedimiento implica alto riesgo, debemos asumirlo nosotros como pacientes, dejando sin responsabilidad alguna al médico. Así, en ambos casos, estamos en desventaja; me resulta paradójico porque no hablamos de un objeto ajeno, sino de nuestros cuerpos, cuya responsabilidad es siempre nuestra, incluidas las decisiones, pero al entrar a un consultorio pareciera que el médico se apropia de nuestro cuerpo y efectivamente lo vuelve objeto, enajenándonos de lo que decide sobre él, o sea de lo decide sobre nosotras.

     Respecto al segundo ejemplo describiré otro procedimiento: como parte de las revisiones de rutina se mide el diámetro del cérvix, una apertura anatómica que se dilata al momento del parto para facilitar la salida del bebé, cuyo diámetro es variado aunque existen ciertos estándares. Pues bien, mi cérvix en el octavo mes de embarazo estaba, según el médico que me hizo el estudio, con una medida de riesgo y había que aumentar la cantidad de progesterona (misma que como ya he dicho, no estaba administrándome). Opté por no dar explicaciones al respecto y en cada revisión (que por cierto hacía un médico diferente siempre), las medidas de mi cérvix variaban, a veces más amplio, a veces menos, pero invariablemente me decían que iba bien con la progesterona. En la última revisión pregunté al médico si no era posible que variara el tamaño del cérvix, según la estatura y complexión de cada mujer, siendo normal que el mío estuviera un poco más dilatado, a lo que tuvo a bien responder que en realidad, el estudio daba resultados no tan precisos y que cada médico podía dar medidas distintas, pero que en mi caso el uso adecuado de la progesterona había prevenido cualquier problemita ¡¡¿Qué??!! Salí de ahí convencida de que mi decisión de no administrarme la progesterona había sido lo más adecuado y me sorprendió que el especialista pudier dar semejante respuesta.

     Finalmente, con 35 semanas de embarazo, en la última revisión (donde a esas alturas no esperaba que me propusieran un parto natural), el médico que me atendía sentenció que si para la semana 39 no había indicios de contracciones, él indicaría la cesárea o aceleraría el parto por medio de oxitocina, porque a él no le gustaba que los embarazos pasaran de la semana 39. Quiero pensar que en realidad tenía razones médicas para tal decisión y que no sólo se trataba de un gusto personal, pero obviamente no opté por quedarme a averiguarlo. Anticipadamente busqué y encontré un espacio para el nacimiento de mi hija, pero eso corresponde a otro relato.

     Y, bueno, ante la arbitrariedad ¿por qué decidí permanecer bajo revisión médica cuando tanta desconfianza me provoca? Respondo lo siguiente: me parece que teniendo los avances científicos de hoy en día, sería absurdo no acceder a ellos habiendo posibilidades. En la ciudad tenemos servicios que ciertamente anhelan en otras regiones del país, en donde es lamentable que haya casos de mortalidad materna e infantil, por partos mal atendidos o no atendidos a falta de médicos, hospitales e instrumental básico, pero habría que contextualizar, reflexionar y dimensionar al respecto. No es lo mismo una valoración médica del embarazo para conocer la salud del bebé y la madre e intervenir en caso de ser necesario, que asumir el embarazo como un proceso de riesgo materno-infantil y sin signos o síntomas de alarma, prevenir cualquier situación que el médico piense que pueda ocurrir, porque de por medio se establece un mecanismo de control que refuerza de manera importante el discurso patriarcal, que ahora se desliza a la figura del médico; sin dejar de lado la cuantiosa ganancia que generan los tratamientos preventivos para la industria farmacéutica.

     Concluyo comentando que pese a mi diagnóstico de embarazo de alto riesgo y a la omisión de los medicamentos que por prevención debía tomar, me mantuve nadando hasta el octavo mes de embarazo, actividad que suspendí por precaución ante la cercanía del parto, pero que me mantuvo en un perfecto estado de salud física y emocional; realicé todas las actividades que me hacían sentir plena, lo que incluyó bailar y acudir a una que otra marcha como corresponde a una activista.

     Hoy mi hija rebasa los dos años de edad, es saludable, hermosa e inquieta. ¿Que si hubo riesgos? Por supuesto, primero por las propias disposiciones médicas, después porque el riesgo es algo constante y permanente en nuestra condición de seres vivientes, no solo en el caso de embarazo, pero creo que ver el riesgo como una oportunidad y no como posibilidad de control vale la pena para así poder decidir sobre nuestros cuerpos y embarazos aunque nos digan necias e irracionales. Porque algo es cierto: lo emocional juega un papel fundamental durante el embarazo, nuestra sensibilidad es una herramienta de autocuidado y protección de nuestros bebés, lo que no se contrapone con lo racional, por el contrario, se complementa. Creo que para escuchar al propio cuerpo, para volver a él, es necesario restarle valor a la palabra del médico, ubicarlo como un apoyo junto con el cuerpo social, que debería ser acompañante de nuestro embarazos, pero con base en el respeto más que con la permanente insistencia del control y dirección de lo que nos es propio, sin imponer procedimientos violentos como las cesáreas, cuyo número es alarmante en el país, contraviniendo incluso sugerencias de organismos internacionales, y en el mismo tenor se encuentran otros procedimiento de rutina como la episiotomía (corte quirúrgico del periné al ano), el rasurado del área genital o la anestesia, a los que, sin ser necesario, se somete a las mujeres que llegan a los hospitales ya en trabajo de parto.

     Pareciera ocioso hacer énfasis en lo anterior, pero a nivel psico-emocional es sumamente importante, porque el impacto que generan los procedimientos, el instrumental médico, la amenaza de posible cesárea, establecen un ambiente poco propicio para un momento en el que las mujeres tenemos una sensibilidad excepcional y debemos conectarnos con nuestro bebés para crear juntas y juntos el extraordinario evento del nacimiento. Que se requiere del apoyo de otras y otros es cierto, definitivamente, pero como siempre, la cualidad y calidad del acompañamiento requiere de un vínculo afectivo que genere confianza y seguridad, no de procedimientos de rutina que cosifiquen el cuerpo de la madre y el bebé.

     Lamentablemente el embarazo es objeto de control del cuerpo de las mujeres y por lo tanto un ejercicio de violencia naturalizado culturalmente, que se ejerce inconscientemente como tantos otros mecanismos de control y que consolidan la estructura social cotidiana, que reproducimos sin reflexionar en su sentido y objetivos.

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