La cocina

ilustración Alex Xavier Aceves Bernal

ilustración Alex Xavier Aceves Bernal

Por Brenda Raya

Durante más de 7 años cocinamos todas las noches para ellas, casi 60 mujeres cada día, de todos los colores de todas las latitudes, de casi todas las edades. Al principio fue difícil el trato, la gran mayoría eran altaneras, mandonas -trabajar en el “centro nocturno” más cotizado de la ciudad no debe ser cualquier cosa-, absolutamente todas generaban ingresos de mínimo 2 mil y hasta 50 mil pesos por noche. Eso era trabajar en el Cadillac, el mítico Table Dance que fue clausurado hace dos años.

     Nuestro trabajo era cocinar para ellas, a quienes respetuosamente todos llamábamos bailarinas, y para los trabajadores en general: meseros, boleteras, garroteros, bañeros, cigarreras, cajeros, barmans, sacaborrachos (seguridad)  dj´s  y valets. Toda esa red de personas vivíamos de ellas, de su baile, de sus servicios de su compañía para los cientos de clientes que cada noche acudían al lugar. Los clientes eran variados. Los había desde comerciantes pudientes, hasta funcionarios y políticos; eran frecuentes también los cantantes de moda, ¿Y quien más podría estar ahí? Si el trago más barato costaba 100 pesos y era un vaso de agua.

    Ahí llegamos gracias a mi tío, que entre sus únicas cualidades esta la de cargar borrachos y manejar con destreza las ganzúas. El recomendó a mi mamá para cocinera cuando la anterior había desistido por la excesiva carga de trabajo, entonces nos fuimos integrando los hijos y, ya después, cada uno fue encontrando su perfil. El lugar dejaba muchísimo dinero, era difícil resistirse, mi hermano se convirtió en dj y, mi hermana, al poco rato desertó. Yo continué en la cocina. Me gusta. Mis horarios eran pesados -de 4 de la tarde hasta las 6 o más de la mañana-, dependiendo de cómo se pusiera “el ambiente”; los días los alternaba con mi mamá. Eran días de tanto trabajo…

     Cualquier cocina en cualquier parte te da una intimidad única , la sensación de tranquilidad, de respiro, de desconectarte de tu trabajo, de disfrutar el alimento. Eso permite que la gente hable, que abra el corazón, que compart. Así fue como conocí cada historia y también fui viendo las generalidades de ese trabajo, por ejemplo: un 60% de las mujeres eran dominicanas, después le siguen las hondureñas y venezolanas, las colombianas y las cubanas; en todo ese tiempo nunca conocí, por decir algo, una boliviana o una chilena, sólo una argentina. Había también mujeres rusas, estonias, letonias, algunas gringas, pero eran las menos, el resto eran mexicanas y sobre todo del norte del país.

     Las dominicanas trabajaban en familia, o sea, la mamá, las hijas, las tías. Contaban la difícil situación de su país, muchas venían de vender cualquier cosa en las calles, de trabajar como empleadas con un salario bajísimo: “La putería  allá no deja. Es más, quieren que lo hagas gratis, allá nadie te paga por eso”. Esas morenas eran muy trabajadoras y también muy humildes en todo: en el trato, en su alimentación, eran felices comiendo plátano frito y huevo todos los días; les encantaba el arroz con frijoles y era una ofensa no darles aguacate en sus platos. Ellas hicieron una fortuna, pusieron negocios, construyeron casas y pagaron la educación de sus hijos, la familia de “Alicia” sabía muy bien cuál era su trabajo y desde allá se congratulaban que su hija por fin conociera la suerte en este país. Ella me enseñaba sus fotos muy contenta, no había día en que no hablara de ellos, de su pueblo, de su gente; vivía pensando cada día regresar allá, ahorraba cada peso que ganaba y vivía temerosa de perder el trabajo y por la migración.

     Su comida favorita eran los camarones y la sopa la pedía bien caliente. “Sofía”, una colombiana ingeniera naval, pequeñita de estatura a quienes todos llamábamos cariñosamente “Parce” había llegado ahí porque le habían dicho lo bien que se podía ganar en ese trabajo. Su sueño era pagar la fianza de su padre preso en Panamá, acusado de tráfico de drogas que le habían sido sembradas en un aeropuerto por su acento colombiano. La “Parce” lloraba cada vez que se pasaba de tragos, vivía con el dolor permanente, era la única hija y sentía el deber de sacarlo de ahí, nadie le creía que era ingeniera y un día nos llevo las viejas fotos de su graduación y de ella con su uniforme en un barcote con su equipo de compañeros en altamar. Nunca nadie la volvió a cuestionar, tampoco cuando aseguraba que hablaba cuatro lenguas.

     La hermosísima cubana “Sandra” había sido interceptada en un lugar de baile del sur de la ciudad, esa persona le dijo: “oye, tú puedes ganar un dineral, te voy a decir dónde”, y la llevó. Ella probó unos días y se quedó. Ella, al contrario de la “Parce” o de “Alicia”, deseaba nunca regresar a su país , y esperaba un día poderse traer a su madre. “Sandra” había llegado al país a dar un curso de pedagogía de las matemáticas en cierta universidad. Como buena cubana no solo tenía una maestría, contaba además con varias especialidades, pero ella decía: “No mami, de loca me regreso a la academia”. Vivía feliz haciendo su pequeña riqueza, a ella la quise mucho, era muy entrañable, muy simpática, me gustaría saber qué ha sido de su vida y de sus sueños.

     Conocí a muchas, madres de familia, profesionistas, mujeres casadas que buscaban ganar algo extra para sus hijos, jovencitas a las que les encantaba la fiesta, mujeres que lo hacían por aburrimiento en sus casas o por pura diversión. Muchos casos, muchas historias todas convencidas y consientes de lo que hacían.

    Cuando el operativo cayó esa noche, las autoridades abusaron como suelen hacerlo: golpearon, se robaron el dinero, las manosearon y las agredieron; aunque en las noticias dijeron que había sido un “rescate” de más de 40 mujeres por el delito de trata, las subieron semidesnudas a las camionetas, con sus minúsculos atuendos en el frío de la noche. Algunas alcanzaron a jalar un mantel y con eso se cubrieron el cuerpo, así llegaron hasta el búnker.

     Las que peor la vivieron fueron las extranjeras: humilladas por su origen, fueron deportadas y cuando ellas decían que estaban ahí por su voluntad, entonces ¡se les quería acusar de ser ellas mismas las que se explotaban! Un absurdo total, muchas ya ni se defendieron, sabían lo que les esperaba, estaban  muy tristes y también aterradas.

     Hubo 14 personas encarceladas y hasta ahora 10 continúan ahí, todos hombres y mujeres trabajadores, cabezas de familia, acusados de trata con condenas de más de 8 años. Algunas bailarinas continuaron testificando para probar que ellas hacían su trabajo por decisión propia, y que sus compañeros eran inocentes, el dueño del lugar nunca apareció, las corruptas autoridades jamás lo buscaron. Ahora nadie se acuerda de ellos, y mucho menos de ellas, quién sabe en dónde estén, si sigan trabajando en lo mismo, no se sabe nada. El cierre del Cadillac fue la cereza del pastel para la campaña contra la trata que en ese momento estaba en auge y que obviamente fue capitalizada por algunos partidos políticos y activistas contra la trata. Sobre el tema se escribieron cantidad de artículos, unos exageradísimos, relatan casos de verdadero horror, de mujeres que habían sido enganchadas en otras ciudades y que vivían encerradas sin ver la luz del sol y comían sólo pan y agua una vez al día, se difundieron tantas cosas….

     No trato de hacer apología de este lugar, creo que es difícil que las mujeres tengan que vivir de ésto habiendo procurado antes otras posibilidades laborales que no las beneficiaron como hubiera sido justo. Yo conocí a todas y cada una porque les cociné lo que más les gustaba todos esos años, escuché sus historias y sabía en dónde vivían algunas, sus vidas eran como las de cualquier otra mujer trabajadora, también conocí los detalles de la vida de los demás trabajadores, hicimos amistad, fuimos compañeros como en cualquier trabajo, había apoyo y solidaridad cuando sabíamos que alguien tenía un familiar enfermo o un problema… ¿será porque gran parte de los que trabajan en esos círculos vienen de la miseria, “de los residuos de la sociedad”, mucha gente sin estudios, ex-convictos, madres solteras que a nadie le indignó esos presos? al contrario, los medios hicieron bien su trabajo de desprestigio y la sociedad aplaudió el trabajo de la autoridad.

     He encontrado a algunos compañeros, nadie ha podido superarlo, pero sobre todo nadie ha podido con la impotencia de que el único dueño y en todo caso responsable ande por ahí, gastándose sus millones, mientras nuestros compañeros están en la cárcel. Ahora lo escribo si de algo sirve mi testimonio, y en memoria de todas ellas que ojalá estén bien y cumpliendo sus sueños.

Brenda Raya, (1985) WOMAN
Estudiante de Geografia en la UNAM, artesana y tallerista con niños en situación de riesgo, promotora de los derechos de las poblaciones callejeras,ha participado en proyectos de cartografía social en la ciudad de mexico con artistas internacionales,colaboradora del estudio taller selenium taller de cine y fotografia,actualmente atiende un comedor para indigentes en la colonia guerrero. No tiene blog

 

 

 

 

 

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