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Las desveladas, las borracheras y las crudas no se sienten igual

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Masks. Elizabeth Ross

Por Madam Pink

Si hay algo que te pone a pensar en envejecer, es llegar al tercer piso – o sea los 30 –; de ahí en adelante, es casi inevitable no hacerte preguntas sobre el futuro y, cual libro de “elige tu aventura”, existen muchos escenarios posibles: si te juntas, si te casas, si no, si decides tener descendencia o sólo perros/gatos/plantas, si no, si te dedicas a tu carrera, si mejor “al hogar”, si tienes hermanes, si eres hije únique… Lo anterior sumado al pánico de la mayoría de les millenials, ¡el retiro!

Insisto, estas preguntas no llegaron a mi hasta que di mi primer paso al tercer piso. Es de esas cosas que no crees que te sucederán, casi como cuando te dicen que las desveladas, las borracheras y por ende las crudas, no se sienten igual a los treinta y como buena persona de veintitantos, piensas jactanciosamente “eso no me sucederá a mí”, pero SUCEDE …

Un día llegas a los treinta y quedarte despierta hasta las 2 am es casi como no haber dormido, te emborrachas con dos copas de vino tinto y la cruda te dura dos días; c’est la vie!

Sumado a lo anterior, no sé si les pasa igual que a mí, pero esta es una historia más de “como el feminismo me cagó la vida”…para bien, obvio, pero igual ya no hay vuelta atrás pues aunque aún quisiera morir calientita en mi cama a los noventa y pico de años después de una excelente vida tipo la viejita de Titanic, no puedo dejar de pensar en el sin fin de cosas que debemos remontar para envejecer y morir así. Por ejemplo, la paga desigual, las condiciones laborales, las semanas que cotizan las mujeres cuando dejan el trabajo “formal” por el cuidado de su familia, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, la continua violencia, el cambio climático…

Pero no quiero asustar a nadie con estas reflexiones, las cuales estoy segura que ya persiguen a varias personas; por el contrario, quiero compartir la fantasía sobre la viejita que quiero ser…

Como amante de la danza, espero ser una viejita que aún pueda subir la pierna a la cabeza – o mejor aún, espero lograrlo para “esa” edad—; definitivamente llevaré el cabello de algún color brillante: rosa, morado, turquesa o un balayage con la mezcla de esos tonos; tendré varios perros; seguiré escuchando rock y no me sentiré fuera de lugar porque no hago lo que las demás personas de mi edad hacen (sea lo que sea que hagan); utópicamente, espero no tener que seguir marchando para defender nuestros derechos, pero también sé que mientras sea necesario lo haré, porque nuestras batallas se dan y se ganan día a día. Quiero pensar que tendré nietes, propies o del tipo de quienes se van sumando a la familia que una hace, que les podré contar historias y que nos inspiraremos para seguir alzando la voz cuando sea necesario.

No me asustan las canas, ni las arrugas, ni la forma que tendrá mi cuerpo, mientras que me permita seguir viviendo la vida…

Gran parte de esta fantasía incluye una vivienda comunitaria con mis “compis”, en la que ningune esteremos soles, porque estamos todes; así que eso del olvido, del ignorarnos porque somos adultes mayores, de que nadie se interese por ti, de la falta de amor, pienso, estará “resuelto”. Tomaremos uno que otro “drink”, porque no nos van los convencionalismos y escucharemos a Juanga a todo volumen, porque sí. Seguiremos vives. Seguiremos viviendo. Seguiremos bailando.

¿Qué les digo?, ¡Ese es el sueño! Y en serio espero que al menos algo muy parecido sea mi destino; pero mientras acaricio a mi unicornio morado, tengo una vocecita molestando con preguntas: ¿cuánto estás ahorrando para tu retiro?, ¿cuánto te dijeron que es el rendimiento?, ¿si te das cuenta que por definición eres parte del trabajo informal?, no es por arruinarte la fantasía, pero… ¿y si te enfermas?, ¿de qué sabor quieres tu nieve?

Honestamente no sé si encontraré respuestas a todas esas preguntas antes del cuarto piso o de los que esperamos le sigan; tampoco sé si transitaré de la fantasía a la realidad. Lo que sí me queda un poco más claro, es la importancia de trabajar en estos escalones las redes de apoyo, de encontrarse con personas que enriquezcan la vida, que acompañen, que te quieran como eres, de quererte tal como eres, de no tenerte miedo, de apapacharte, de agradecerle al cuerpo por dejarte hacer tooodo lo que aún haces…porque de alguna manera pensamos en la vejez a los ochenta años y lo cierto es que cada día que pasa, estamos en ese proceso y el truco, diría Shirley Manson[1], es seguir respirando.

[1] Vocalista de Garbage desde 1994.

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MadamePinkMadam Pink (Daniela Rangel E.) Feminista, escritora amateur, bailarina ocasional, amante de los perros, bióloga de corazón, maestra en comercio exterior en papel, entusiasta de los disfraces y los colores, de hecho, si fuera un color sería fuchsia para que nadie sepa como pronunciarlo ni escribirlo, tiene una Lisa Simpson interna que aprende a vivir de ensalada. Desde que se puso las “gafas” moradas, tiene muchas historias de cómo el feminismo le arruinó la vida para bien y ahora se dedica a hacer lo mismo por las demás personas, con o sin gafas.

@SoyMadamPink

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Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad

Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad  Acrílico sobre papel/ Augusto Metztli
Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad
Acrílico sobre papel/ Augusto Metztli

Por Augusto Meztli

Una de mis tías usa guantes cuando conduce su coche. Le pregunté el motivo, y me contó que lo hacía para que no se le mancharan las manos por el sol. Entonces, le pregunté por qué no quería que se le mancharan sus manos, y me respondió que no le gustaban. Entonces yo le dije que a mí me gusta todo aquello que queda en el cuerpo como vestigio del paso del tiempo. Cuestión de gustos.

Le conté que las estrías me resultan fascinantes, o que me gustan las barrigas redondas, las que caen y parecen una “U” enorme. También me gustan las barrigas que se intuyen, o las que no existen. Me gustan las barrigas sin aspiraciones. Me gustan los cuerpos que registran el paso del tiempo, me gustan los cuerpos donde puedes hacer estudios geológicos. Los que tienen pelo porque en su sabia geografía debe de tener ahí un bosque espeso. Me gusta lo que es, en el tiempo que le toca ser. También me gusta lo contrario pero con conciencia plena del dueño o dueña del cuerpo, no por mandato frívolo de terceros.

Me gustan las señoras en la playa que hacen topless y se pasean por la arena como seres maravillosas, redondas, arrugadas, con estrías, peludas, con sus tetas cediendo a la gravedad. Varadas como sirenas dignísimas. Me gustan las mujeres y los hombres flotando en el agua como islas con geografías particulares, a la merced del tiempo, registrando los acontecimientos del paso de los años, sin complejos, sin dejarse modificar por la tala y minería de las grandes empresas depiladoras, dietéticas o textiles.

No me gustan las operaciones bikinis, ni el exterminio masivo de los pelos.

Me gustan los cuerpos que brillan en su propio esplendor, flotando como islas por descubrir.

fotoaugustoAugusto Metztli.Pintor e ilustrador mexicano que vive en Galicia. Cree que una ilustración “es” por todo lo demás que no ves en ella.

Galería con mi obra

Ilustración/augustometztli

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La tercera pregunta

¿Qué sigue? - por Sue Williams
¿Qué sigue? – por Sue Williams

Por Araceli Zúñiga Vázquez

La vejez femenina. La considero una de las mejores etapas de nuestra vida. Corría el año de 2004, era el Congreso de Semiótica y Cultura de Masas, en Monterrey. Le correspondía dar su conferencia a una mujer de cierta edad, con esto quiero decir más de 70 años… ¿cuántos más? Pues no lo sé, entre 70 y 80. Esposa y compañera de un filósofo alemán muy prestigiado cuyo nombre no recuerdo. Ella iba en representación de este hombre y de ella misma, filósofa también, por supuesto. La traducción sería al inglés y al español, pues ella únicamente hablaba alemán. Subió, pues, al estrado con un manojo grueso de hojas. Se notaba algo rígida y nerviosa: estaba en otro país, con personas diferentes que hablábamos otros idiomas y el tema de la charla era muy complejo. Lo comprendimos. Estaba muy lejos de casa. Por fin se hizo un silencio precursor para escucharla. Ella se acomodó mejor, carraspeó un poco y, en un movimiento involuntario, salieron todas las hojas volando, liberadas como palomas blancas por todo el recinto. Imposible recuperarlas en el orden establecido. La situación se tornó incómoda pues la conferencia estaba, por lógica, arruinada. Ella se levantó, hizo un breve movimiento de cabeza como despedida y se retiró a su habitación del hotel. ¿Qué hacer? Me llamaron de inmediato para subir a su habitación y ver cómo estaba. La encontré sentada en la cama, sin zapatos, los cuales señalaba de manera obsesiva. Balbuceaba. Yo solicité de urgencia la presencia del médico del hotel. Ella no estaba bien. Traté de acercarme y abrazarla pero no me lo permitió. Lo único que quería eran sus zapatos. Llegó el doctor y, en inglés, le pregunto tres cosas: su nombre, país donde se encontraba y su edad. Ella respondió, pero al llegar a la tercera pregunta, con énfasis dijo: 35 años. Regresó a Alemania de inmediato, con una acompañante, y no supe más de ella. ¿En qué momento, me pregunto, yo responderé a esa tercera pregunta? No lo sé, pero cuando llegue, espero comportarme con decoro, con mis 35 años de vida, asumidos con dignidad.

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AraceliZAraceli Zúñiga Vázquez. Investigadora/Guionista de radio y televisión educativa y cultural. Escritora. Poeta visual. Apasionada de la escatología y del boxeo, mismo que practica con un instructor que la califica como una fajadora. Editada varias veces por la UNAM y la SOGEM. Prepara un libro sobre Poesía Visual y otras insolencias.

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Los cuidados de Higinia

Por Izeguanita Pitumayo

Ayer fue el cumpleaños de mi abuela y no fui a verla, ni el año pasado. No voy por varias razones: porque me duele verla, porque me duele ver la casa de mi infancia que tanto amor me dió toda desvencijada y llena del odio de todas mis tías. Es bien duro ver destruído algo que te sostuvo tanto. No solo la casa, también mi abuela, que no está destruída pero sí desconectada. Hace dos años decidió ir perdiendo la memoria paulatinamente. Estoy segura que muchas de las enfermedades mentales son enfermedades del alma. Mi abuela decidió irse poco a poco. ¿Cuándo tomas la decisión de desdibujar los recuerdos? ¿Qué tan agobiante debe ser el dolor para destruirl la percepción del tiempo y el espacio?. Y claro, también están las cosas tangibles: La vejez, el cerebro que necesita ejercicio o va perdiendo forma. Mi abuela es un roble: grande y prolija. A los 16 años se fue de su pueblo y se vino solita a la ciudad.En su primera juventud vivió en casas de varias señoras que la acunaban a cambio de su trabajo. Conocía el centro historico muy bien y tiene una astucia para los negocios que nadie en la familia ha podido emular. A los 26 años tenía su propio negocio: una cremería en la que ella era la administradora principal. Tuvo a su primera hija a los 25 años. Siempre me llamó la atención el hecho de que en relación a la época mi abuela se casó muy grande. Siempre tuvo negocios mi abuela: la cremería, vendía colchas y hasta cosméticos, luego tuvo una fonda y solía comprar terrenos para revenderlos, construir casas para venderlas o rentarlas. No le gustaba maquillarse ni era vanidosa. Odiaba las fotos o los videos. Yo la recuerdo desde niña con el cabello corto o semicorto, la cara limpia y el olor a manteca o cebolla. Mi abuela siempre olía a guisos. Sin embargo le apasionaba muchísimo todo lo que tenia que ver con la construcción: siempre andaba mandando albañiles y proyectando espacios. Le apasionaban los negocios: siempre se imaginaba lo que podía vender y como podía hacerlo. Ella administrando el dinero de mi abuelo construyó todos los bienes que disfrutaron sus hijos , hijas , nietos y nietas. También amaba la cocina, muchísimo. Tenía una sazon muy original que no he vuelto a encontrar: sabores fuertes y rotundos. Su arroz era mi favorito, pero la gente amaba su mole de olla, la cochinita pibil y su mole verde. Yo no cocino pero lo sé hacer porque ella me enseñó y me dejó el buen sazon. Me enseñó muchas cosas mi abuela: a coser, a lavar los calzones con jabon y dejarlos al sol, a medir los insumos de la cocinada y practicar el sazón. A ser fuerte y mandona, a ser «abusada» y andar en todo, a tener el control de mis «dominios. Pero creo que lo que más me transmitió fue el mandato y don de cuidar a los demás, a las demás, cuidar a mis hermanas, hermanos, amigas,madres . CUIDAR.Mi abuela me enseñó a practicar el cuidado, porque además ella me cuidó. Le marqué y me dio tristeza escucharla, no sé si me reconoció pero me dijo que estaban sufriendo , que a que hora iba a ir por ella/ ellos. Creo que no puedo rescartarla, ni siquiera devolverle los cuidados que ella me dió, pero su herencia vive en mí, y de alguna forma yo cuido a otras personas.También me ha enseñado una lección permanente de confianza en las capacidades: Si ella que no tenía nada, una mujer rural con muy poca educación pudo tener varias familias, construir bienes, viajar a distintos países y dejar un legado,aprovechando su enorme astucia y su gran inteligencia. ¿Por qué yo o cualquiera de nosotras no podría hacerlo?

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ItzeItzel Arcos. Nació en la ciudad de México en agosto de 1988, standupera, actriz y escritora, se dedica a impulsar las artes escénicas y narrativas a partir de la autobiografía.

https://www.facebook.com/mecortounachichi/

https://www.facebook.com/Guanitumayo-Producciones-569839656435223/

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Devenir vieja

Por Erika Bülle

Los estados y etapas del cuerpo en muchas de las ocasiones son pasadas por alto o nos empeñamos en poner atención a solo una de ellas.

Con una precisión desmesurada, el reloj biológico de mi cuerpo marcó a los 45 años cambios notables, mi piel flácida y gorda, ahora con todos sus pliegues, también mostraba resequedad; ligeras escamas se desprendían de mis brazos, la comezón intensa me provocaba laceraciones por el rasquido de mis uñas al dormir, nunca había usado crema corporal, ahora es un hábito.

Al llegar a los 48 años, esa resequedad se apropió de mis entrañas, una vagina sin lubricación, ante la respuesta de la ginecóloga: “está joven aún, pero por sus antecedentes familiares podemos anunciar la premenopausia”. Pensé que esto solo se refería a la próxima ausencia de la menstruación, lo cual confieso me entusiasma. No más sangrados abundantes, no más problemas con el mioma que tengo desde hace años, no más preocupaciones por manchar un sillón ajeno o un pantalón claro. Sin embargo no solo se trata de la ausencia de la menstruación, sino que junto con las irregularidades vino la pérdida de algunos recuerdos, acontecimientos y personas que vivían en mi mente de forma nítida: ahora las olvido con facilidad. Extraños sentimientos de ansiedad llegan por momentos, deseo gritar, caminar, hacer las cosas más rápido. Me gusta lavarme las manos y los dientes con extremada frecuencia, mis articulaciones rechinan un poco, y esa gran ola de calor que aparece sin avisar, me quema y hace evidente que algo pasa con mi cuerpo. Pero las ganas de amar y ser amada no han desaparecido.

Me emociono con facilidad y lloro constantemente, atravieso depresiones sin justificación y las disfruto, disfruto de los momentos de madurez que la cercanía con la vejez me han dado, disfruto de mis canas plateadas que cubren casi toda mi cabeza, disfruto de las nuevas arrugas que aparecen en mi rostro, de cada lágrima que me sale por la felicidad o la tristeza de de alguna noticia que me conmueve.

Aún así no dejo de pensar, en unos pocos años ¿qué va a pasar conmigo?, cuando tenga 60 años y no solo el cuerpo anuncie mi vejez, sino también el rechazo social con el que tendré que enfrentarme. A diario debo ganar una batalla contra la discriminación a mi cuerpo gordo, ¿ahora vendrá una segunda batalla?, me es imposible no pensar en la cantidad de viejos con los que me encuentro cuando voy al supermercado, aquellos que deberían estar gozando de una pensión que el sistema les negó, ¿serán profesionistas? ¿a cuántas personas habrán cuidado? ¿qué experiencias valiosas tendrán por compartir? ¿serán empacadores para “sentirse útiles”? como si la palabra vejez fuera sinónimo de inutilidad, han quedado desatendidos y el sistema los ha dejado a la mano de la sociedad civil. Nuestros pesos son su sueldo, el supermercado no les ofrece ningún tipo de prestación, no hay seguro médico, ni aguinaldo, ni vacaciones pagadas; el despiadado capitalismo en el que vivimos ha decidido explotar a estos cuerpos, mano de obra gratuita, mano de obra de desecho. ¿A cuántos viejos exitosos conozco? Afortunadamente a muchos, sin embargo no son suficientes.

Sí, es verdad, parece una visión fatalista de la realidad, pero cuál será mi destino, el destino de mi pareja, el destino de mis amigos, en una sociedad donde el ser viejo no es sinónimo de sabiduría, ni de maestría sino por el contrario, la vejez es experimentada en nuestro país como un proceso del cuerpo que nunca debió suceder, aunque portemos el orgullo de serlo.

Erika Bülle. Nació el 9 de junio de 1969 en la Ciudad de México. Actualmente estudia en la UNAM, Doctorado en Artes y Diseño en el área de performance. Trabaja sobre la problemática de los cuerpos gordos, obesos y con sobre peso en México, y la discriminación hacia esta disidencia. Tiene 25 años de experiencia en el arte de performance. Fue miembro del grupo SEMEFO desde 1990.

Link de página personal: http://erikabulleperformer.blogspot.mx

Ajena

Por Claudia Carolina Sandoval Meza

Sacudirme cada mala palabra que ha recibido mi piel, arrastrar de ella todos los residuos de miradas juiciosas, despegar cada uno de los estereotipos que no cabe en ella y sólo lastiman, hacer un lavado entero para que quede limpia de lo que la ha deteriorado, que no ha sido ni el sol ni el viento, han sido palabras y prejuicios.

     Menear mi pelo para que crezca, para que se escapen las partículas de malos deseos que he adoptado, que dejen de esconderse mis indicios de belleza y vuelva el brillo, que mi cabello se despoje de los cortes críticos, que baile sólo con el deseo de ser libre y disfrutar el calor entre los rayos de luz.

     Sonreír para que se marquen las arrugas que no deberían existir, para que se despierten mis dientes deteriorados y disfruten la vista, para que mi cara se estire y se oculten los restos de ansiedad que dejan las construcciones obligadas, para que mis cejas se arqueen y espanten a los fantasmas que susurran reglas que nadie inventó, sonreír para que el rostro se transforme en un abanico diverso de las infinitas expresiones y matices que tiene mí vida.

     Llorar para que mis ojos se limpien de las imágenes falsas, para que las pestañas no se atoren entre las imposiciones comerciales, para que salgan todas las frustraciones por querer un cuerpo perfecto y tener, en cambio, un cuerpo vivo, para que los pulmones exhalen todo el humo de las fabricas artificiales, para que el corazón tenga oxígeno y el cuerpo exista.

     Hacerlo todo, explotar cada célula del cuerpo, sentir en los huesos el peso, estirar los músculos, acariciar la piel, jugar con cada incógnita nueva, pensar en aquello que no se ve, saltar, correr hasta cansarse, descubrir el placer en los rincones ocultos, desaparecer en un orgasmo, jugar con las ideas y mirarse, voltear a ver cada rincón de este cuerpo que se extiende a lo largo de mi existencia, hacerlo todo para descubrirlo, asumirlo, abrazarlo, dejar de simplemente aceptarlo y comenzar a amarlo, porque esto es mío, esto soy yo, porque estoy viva si mi cuerpo respira, estoy viva si mi cuerpo siente, si mi pelo se agita, si mis ojos lloran; estoy viva y existo si me encuentro el cuerpo entre la montaña de construcciones ajenas, estoy viva si comienzo a apoderarme de mi cuerpo y dejo de sentirme ajena.

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claudiaMezaClaudia C. Sandoval Meza. Originaria del sur de la ciudad de México. Al terminar sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad del Valle de México, decidió dedicarse a una de sus pasiones más grandes: la escritura. Ha tomado cursos y talleres que la han ayudado en su formación literaria y ha ganado un concurso de la Editorial Paraíso Perdido en marzo del 2017. Actualmente se encuentra administrando su propio negocio y desarrollando dos proyectos colaborativos relacionados con la literatura y el arte visual.

Redes: facebook.com/claudiameza91

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La guapa

Itzeguanita Pitumayo

*Imagen: Mariel Clayton

Guapa, la guapa. Nunca me sentí guapa de guapas y quise, he querido serlo. Mi fantasía oculta es ser del trip María Felix: que las miradas se congelen al echarme ojo, que no puedan creer la existencia de una belleza como la mía y en seguida se rindan a campo de pleitesía servicial frente a mi inusitada belleza…. pero NO… no ha pasado, y siempre he tenido amigas a quienes sí les ha tocado: » que guapa eres , como las guapas de …» » esos ojos tan grandes que… » » tú eres de las de allá, donde son guapas…» les dicen… Más de una vez me ha pasado ser testiga fidedigna de los ojos en la belleza de mis amigas.. a mi no, rara vez me ven de primer ojo. Yo una voyeurista pendiente, soy aficionada a ver sin que me vean, me gusta observar las miradas, y tengo cierta la costumbre de que en campo de «belleza» no soy el foco. Desde niña acostumbrada a ese extraño desprecio social de no ser bella, bellísima. El que me gustaba en cuarto de primaria se le declaró a fulanina «la guapa» en el momento en el que se me congelaban las palabras para declararmele… igual que el otro que me habló a escondidas para decirme ,» oye este … yo quiero decirte que me tienes muy nervioso, porque lo que quiero decirte … es que me presentes a tu amiga….» Hace poco un amantito me dijo de mi cara que «tenía cierto misterio» y me sentí tan desahuciada como cuando alguna vez me dijeron » que bella mirada tienes» y yo entendí que claro, como no tenía los ojos grandes, lo que me quedaba era mi mirada y ese aquel que sólo quería coger no supo que más decirme…. pocas veces me he sentido guapa de guapas. Guapa para quién me pregunto ahora? guapa de qué o de donde? mi cara es rara : de abundantes cachetes, ojos caídos, labios medianos y nariz pequeña boluda…. no es guapa de las guapas, y tampoco sé que hace falta para ser de esas. Una vez me sentí bellísima y en esa época me sacaban a bailar. Triste heteronormada han de decir las de «avance» y yo les contesto que en el círculo de juego de botella lesboalternativo no era de las elegidas bellas, ni lesbiana guapa me tocaba siquiera, por si andan con el pendiente: hubo dos que a todas les gustaban y con esas se besaban porque eran «antiguapas» con sus propias convenciones, y ahi tampoco estaba yo. La guapeza es tan subjetiva y necesaria, digan lo que digan, desde la más heterosexual hasta la más posporno, sé que tienen sus bellas y no soy yo en ningún estereotipo convencional o anarquista. A veces me entristezco… otras me dejo ser. Yo escribo bien, eso enamoró a quienes me amaron…. y lo sigue haciendo, sin embargo tambien mis cachetes hacen su función, a la par de mis ojos ojerosos. Son eróticos, como erótica es la noción de la sinbelleza. Tenemos tantas capas, cual cebollas alternativas…. y a veces, como hoy, hace falta desmenuzarlas para entender que de la guapeza se sabe muy poco en realidad…. me busco para encontrarme la guapa que soy con mis ojitos caídos que le gritan a la otredad que de vez en cuando y cada vez, me gusto más, a ver si comparten también conmigo … el gusto del gusto de ser guapa sin guapeza y nada más.

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Itzel Arcos. Nació en la ciudad de México en agosto de 1988, standupera, actriz y escritora, se dedica a impulsar las artes escénicas y narrativas a partir de la autobiografía con enfoque feminista.

https://www.facebook.com/mecortounachichi/

https://www.facebook.com/Guanitumayo-Producciones-569839656435223/

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Mi cuerpa es femenina

fotografía por Sandra Toledano Kolteniuk
fotografía por Sandra Toledano Kolteniuk

Oscar Jauregui

Nada en mi cuerpa es masculino. Mi barba, mis bellos, son un plumaje de pájara loca que decora, alegre, la redonda superficie de mi gordura maricona. Mi cuerpa es femenina, es una oda carnal a los requiebres, a la suavidad, es una ola de grasa y piel que es coqueta, que es danzarina. Cuando me miro desnuda al espejo no contemplo más que a una Diosa, en mi contundencia cetácea soy Deméter belluda, soy Coatlicoe con pelos, soy Hator con las ubres repletas. Soy belluda porque soy bella, no velluda, porque no soy viril. Cuando me contemplo desnuda, en mi cuerpa nada es masculino, mi cuerpa no es el de un hombre. Me arrobo, asombrada, como quien mira un paisaje, y en el fértil bosque de mi feminidad no hay ningún sobresalto machuno, ninguna imperfección por la que se asome un girón de la pretendida dureza hombruna.

     Y es que ni mis hombros anchos, ni mis caderas estrechas, ni mi pene ni mi voz son los de un hombre. En ese espejo que resplandece cuando mi cuerpa lo engalana, cuando mi cuerpa se sumerge en él y lo desborda, como hipopótama que se tira al estanque, cuando me embeleso con las esculturas adiposas de mi belluda feminidad, no hay ni rastro de un hombre, de ese hombre que dejé de buscar en estos ojos desde hace mucho, de ese hombre que nunca tuvo lugar en estas carnes morenas, generosas, mariconas.

     Y es que soy una maravilla. Cuando bailo desnuda siento como si trajera en mi cabeza una corona de rosas, como si mis bellos fueron gardenias y tréboles que crecieran con alegría en los bastos montes de mis pechos, de mi vientre, de mis piernas y mis nalgas, plantitas que celebran, contoneándose, el placer de dar al mundo su feminidad. Y desnuda me vuelvo Diosa, Diosa que gira y hace gravitar a su alrededor a muchas lunas, que arrastra con la fuerza volcánica de su núcleo a quienes se le atraviesan. Desnuda soy un huracán, una inevitable celebración maricona que arrasa con dolores y barricadas, que tras su paso deja en la playa una confusión de mariscos y bisutería.

     Soy inabarcable, infinita, más antigua que el mundo. En mi desnudez belluda y gorda descifro el camino a mis poderes velados, a esa feminidad nutritiva y fértil que me estaba prohibida. Me acurruco en mi interior, a través de mis manos y de mi lengua, de mis ojos y de mis latidos voy entrando en mí, penetro en mi misma y descubro mi interior vibrante, volcánico y acogedor, descubro las semillas que dormitan en mi carne. Entre orgasmos y risas las hago florecer, empujo a la superficie de mi piel una cosecha sagrada. En mi cuerpa me encuentro y me sé Diosa.

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12115504_1043517775679684_5804940353451092731_n-1Oscar Jauregui. (Ciudad de México, 1993). De formación historiadorx por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, de corazón estuche de monerías. Estoy interesadx en investigar, en la práctica y la teoría, las corporalidades disidentes y las posibilidades de las relaciones afectivas. Ilustradxr de sueños y música tropical. Criatura marina de tiempo completo.

https://www.facebook.com/wheniruninthedark

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Cuerpxs piratas

imágen por Eva Rinaldi
imágen por Eva Rinaldi

Por Jorge Arroyo

El cuerpo se me desbordó cuando me diagnosticaron con VIH. El primer movimiento que rompió su frontera fue el que sentí con las palabras del médico, cayendo pesadas por dentro hasta hacer un agujero debajo de mí. Luego otro, por donde chorrearon mis planes a futuro, mis expectativas de la sexualidad y del amor, la imagen vieja de mí. Afortunadamente esa fuga duró poco.

     Al contrario, me encontré con materia nueva que antes no formaba parte de mi contenido. Una miriada de entes ni vivos ni muertos medrando a mi costa, y toda una serie de químicos inertes apuntalando un equilibrio precario. Lo que me contiene es ahora una especie de cyborg poblado de artilugios nanotecnológicos que se ríen de la idea de naturaleza, de organismo, de lo que sea que signifique estar vivo. Si le llamo cuerpo es por conveniencia, cada segundo de su mecánica niega la misma noción de qué puede ser un cuerpo. El conjunto es un prodigio de la era farmacopornográfica, sinergia que está más atada que nunca al mecanismo de sujeción que le permite continuar en existencia. Llevo ya casi cuatro años aprendiendo de los movimientos de ese espacio dinámico que antes era un organismo bien portado, normalizado, gobernable.

     También se me desdibujó el límite del individuo, del cuerpo no compartido al tener en herencia común una condición fisiológica compartida con millones de personas y cuerpxs. Cuerpxs que viven poco y se enteran tarde de la pugna en su interior; y cuerpxs que hicieron oídos sordos. Cuerpxs que buscan el suicidio con una muerte hedonista, con una muerte light. Cuerpos que se avergüenzan de sí y mandan a las cuerpas de sus parejas por los medicamentos que, por su causa, ambos deben de tomar. Cuerpxs que buscaron un estatus virológico como postura política. Cuerpxs precarizadxs, en pobreza extrema, desechables; o cuerpxs ricxs famosxs que compran antirretrovirales en el mercado negro, para no caer en el escarnio público. Cuerpxs que huyen a la culpa y la religión, o bien al carpe diem. Cuerpxs vírgenes, cuerpxs libidinales, cuerpxs donde ningún sexo o género ha sido escrito aún. El mio, aunque contenido en una forma finita y catalogada como hombre, ha tendido miles de hilos entre muchxs otrxs cuerpxs y vidas y depende de ellos. La infinidad por dentro y por fuera, he devenido muchxs seres en mi carne.

     No sólo mi cuerpo vivido es diferente. Las muchas imágenes que socialmente ya tenía se han multiplicado al entrecruzarse con la carga ideológica de la seropositividad. Como si el hueco por donde ha entrado el virus (boca, vagina, ano, cordón umbilical o el pequeñísimo orificio de una aguja) fuera una ventana a nuestra forma moral, a nuestras costumbres y deseos, a nuestra valía. Las huellas de un estigma. Mis amigxs y familiares ahora se asoman por ese agujero y ven algo lastimero, o “valiente”, o frágil, dependiendo del día y de su estado de ánimo o qué sé yo. Me asumen conocedor del catálogo de enfermedades venéreas del animal humano, y me piden tratamiento. Incluso creen poder ver mi fecha de caducidad, el umbral en el que el movimiento de mis componentes cambie su sentido y empiece el decaimiento llamado muerte. Peor aún, por esa mirilla no sólo entran las miradas, sino salen las pestes, y debemos de ser contenidxs, vigiladxs, sometidxs necesariamente a una prescripción espacial (aunque se nos levantaran otras trabas por nuestra interseccionalidad, aún no podríamos habitar cualquier espacio), médico-biológica, política. Reconozco que como varón homosexual no me ha tocado la peor parte, pero ese campo social conlleva otros prejuicios e ideologías, desde el rechazo hasta el ser fetichizado. Por algo el VIH suele ser una condición que muchxs deciden vivir de forma privada.

     Con suerte, en una inversión de las circunstancias abrir mis fugas las ha resanado; al mismo tiempo me he vuelto todo fuga. Sobre todo, lo que hago fluir al escribir esto es un testimonio, uno entre tantos que pasan desapercibidos entre todas las personas que vivimos con VIH. Si bien respeto la decisión de cada persona de cómo vivir su condición serológica, la mía es el hacerlo de forma abierta. Hay una diferencia entre lo secreto y lo privado, y para mí el vivir con el virus es parte de lo segundo. Pero el hacer que ese aspecto también se desborde puede servir para tender aún más lazos que los que subrepticiamente me conectan con otrxs. Me permite luchar por la defensa de mi persona, de los derechos de acceder a la salud, a un empleo y una vida digna sin ser discriminado, y si puedo hacerlo por mí mismo entonces puedo hacerlo por lxs demás., y ellxs por mí. Coordinar el nosotros oculto en mi forma con los que van por caudales paralelos. En la corriente social me he vuelto barco cargado de polizones, cuerpo pirata, múltiple y caótico. Es hora de hacer armada.

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Jorge Arroyo. Estudiante de lingüística. Le interesa el lenguaje en lo apelativo y expresivo tanto como al referir de las cosas de este mundo; ya que también le gusta pensar en otrxs mundxs lee ciencia ficción. A veces también hace poesía.
https://www.facebook.com/maqlishi

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Abrázame fuerte, que el mundo es un lugar hostil para mi sentir

Por Dulce Daniela Chaves (Argentina)

imágen por Oscar Jauregui
imagen por Oscar Jauregui

Para mi valiente amigo,

ejemplo e inspiración.

 

Miguel es una de esas personas que, sin conocerla demasiado, me llevaba a presentir que su sola incorporación a mi vida produciría un cambio cualitativo en mi cotidianidad. Algo me decía que con él tenía la libertad de mostrarme como soy, con toda mi vulnerabilidad y mi montoncito de contradicciones. No sabría cómo describir esta sensación, pero siempre supe que era especial. Y no me equivoqué.

Tras una invitación vía whatssap donde le expresaba sin tapujos mi deseo de verlo, conversar con él, -y corriendo el riesgo de que creyera que le insinuaba una cita romántica-, una noche vino a mi departamento de Narvarte a cenar. La conversación nos embargó tanto que la carne que preparaba al horno con cebollas al estilo argentino, se (me) quemó. Evidentemente, ése no sería el día para alardear sobre mis habilidades culinarias; aunque intenté salir airosa de la cocina invitándolo con un buen tinto.

En algún momento del encuentro, entre la pelea de nuestras dentaduras con esa carne recontra-pasada-de-cocción y los duraznos con dulce de leche que serví de postre, hablamos de amor. Más concretamente, de la ausencia de él o de lo duro que se siente creer que a veces este sentimiento no es suficiente para estar con quien anhelamos; con quien nos hace vibrar, dentro y fuera de la cama.

Miguel me cuenta su historia y llora: después de un breve paso por el seminario de la Orden de Agustinos Recoletos, en Querétaro, donde compartió diez meses con Hugo; se descubrió deseándolo y fue comprendiendo que no sólo de mujeres o de alguna deidad se podía enamorar. El amor con su entonces compañero de piso fue correspondido, pero silenciado; pues Hugo no pudo enfrentarse con lo que le pasaba.

El temor a tener que asumir una identidad sexual no hegemónica, desaprobada por una cultura patriarcal que oprime y amedrenta a quienes pretendan correrse de las etiquetas de “buen ciudadano/a”, fue decisivo. ¿Qué dirían los vecinos de su pueblito, en su Chihuahua natal? ¿Cómo reaccionarían sus padres, conservadores, al enterarse que su hijo ama a otro varón? No lo sabemos, pues para Hugo fue un riesgo demasiado alto para afrontar.

¿Cómo se llama el amor que, existiendo de forma bidireccional, no se permite ser?, ¿amor cobarde? La cobardía, a mi juicio, es el lado más repudiable del miedo. Pero el de esta historia es un miedo diferente porque se germinó a partir de los prejuicios que pululan por los imaginarios sociales que, con una supuesta base autorizada en principios religiosos y/o éticos adoptados por ciertos sectores, sentencian cada día qué tipo de amor, sexualidad, pa/maternidad, es aceptado/a. Señalan con su dedito moralista “esto sí, aquello no”; “esto es natural, aquello es una aberración”, “éstos irán al cielo, aquellos (pecadores) al infierno”.

En medio de su angustia, Migue me dice que si él hubiera nacido mujer, podría estar con Hugo. Su cuerpo masculino lo aleja de aquél que quiere, pero no puede. Yo me quedo sin palabras, casi sin reacción. Segundos después, lo abrazo fuerte, como queriendo reconstruir un poco de lo que esta experiencia que me narra arrasó en su cuerpo lánguido de filósofo foucaultiano.

Es curioso porque fue justo de él de quien supe hace poco que los japoneses reparan la cerámica rota rellenando las grietas con oro; que es una forma de enaltecer lo dañado. Ellos creen que ese objeto quebrado y con historia, se vuelve más hermoso y fuerte. Yo realizo mentalmente una analogía con las personas que sufrieron (sufrimos), y también lo creo. Se vuelven más valiosas y únicas.

“¡Pinches prejuicios!”, pienso; y enseguida me doy cuenta que terminaré escribiendo sobre ese momento tan especial e íntimo porque no podré guardarme tantas preguntas y emociones que me atraviesan en lo hondo. Debo dejarlas salir a la superficie, para que muchxs las lean, las sientan y empecemos a cuestionarlas. Le digo a Migue que lo haré, que lo necesito sacar de acá adentro, donde se me acumulan las injusticias. Él asiente. La verdad, estoy orgullosa de que sea mi amigo.

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Dulce Chávez.

contacto: dulchaves@yahoo.com.ar

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