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Enferma del alma

POESÍA TRAVESTI

 

Se cree que lo diferente es grotesco y monstruoso. He sido tan odiada que tengo razones para escribir. Nunca fui una esperanza para nadie. Junto las letras y escribo mediocremente sobre este vacío. Escribo porque no he sido la única. Con mis amigas travestis hemos sido rechazadas porque el cuerpo es sagrado y con él no se juega. Por eso escribo, por todas las travestis que no alcanzaron a saber que estaban vivas, por la culpa y la vergüenza de no ser cuerpos para ser amados y murieron jóvenes antes de ser felices. Murieron sin haber escrito ni una carta de amor.

Las travestis somos iguales que las mapuches, igual que las mujeres antiguas que aprenden de las abuelas cómo se amasa el pan. Nosotras aprendemos hablando con las viejas a pensar lo que tiene que ver con el cuerpo, sobre el deseo, que es lo mismo que aprender a ver. Ver por ejemplo que en el campo, las lechugas también tienen deseo, deseo del sol y lo persiguen hasta que logran que las bese. Las travestis somos igual que las mapuches que no necesitábamos ni leer, ni saber escribir para entender el mundo. Nos bastó con nuestra imaginación hasta que comenzaron las matanzas.

Otra vez en las noticias dijeron que un temblor fulminante y triste desarmó las casas y armó otros paisajes. Lo recuerdo, fue ese tironeo lo que me despojó de los brazos de mi madre y de una vez tuve que soportar mi propio peso. Sobre unos ensordecedores desajustes subterráneos tuve que aprender a mantenerme paraa. ¡Mamá el mundo se retuerce bajo nosotras! Nunca pensé que el mar estuviera aquí, bajo nosotras. ¡Mamá nacimos en un mundo que no nos quiere!

Dicen que no sé contar historias porque desde la niñez poseo una salud que esquiva la costumbre, que me hace desaparecer de las ideas tradicionales. Mi problema de salud es la agobiante persecución de las palabras y los ojos, y es que no me alcanzan las letras unidas para decir que la ciudad se mueve, que nunca nada fue igual en las mismas calles. Se presume que mi trastorno es negarme a ser niño y querer ser hija de mi madre. La psiquiatra dice que si no hubiera sido hija, sería un niño alegre y fuerte y las palabras hubieran sido otras, y la forma de mirar, resistente. Se dice que la pequeñez íntima que conservo me debe excluir del mundo y determinar infeliz por cobarde y débil, por llorona. Soy la hija travesti de una madre analfabeta.

Desde un principio, una cree tener la razón de que lo sólido nunca podría ser relativo y nos hacemos de una seguridad imposible, falsa, porque lo incierto sabe mostrarse a sí mismo, fulminantemente, para caer sobre todas nosotras, en venganza. Es algo que presiento desde niña. Una cree tener la razón de una fijeza, porque siempre es posible negar aunque ésta se demuestre súbita. Desde un fatal principio, la ciudad miente y se toma toda voluntad y nos hace creer en la seguridad de la rutina, en la solidez del ahora, de lo irrelevante de los movimientos del mar presente debajo de todas y que podría venir a abrazarnos, fulminantemente, en venganza. Dicen que no sé contar historias, pero no hay nada que contar porque dicen que estoy enferma y desde que me diagnosticaron me dejaron sin nada que decir. Enmudecieron la ciudad que llevo dentro.

¿Quién dijo que las mujeres no se tiran peos? Una vez cuando desperté a su lado ella se peó con la fuerza del resoplido de una ballena de las más grande, ppppppffffuuuuuuuuuuaaaaaaaa y aperfumó toda la casa con olor a pastel de choclo, un olorcito que empezaba con aceitunas y que al finaaaaaaaaaal era más dulce que las humitas. Cuando la vi dormir así me dio pena porque se movía insistentemente para tocarme y decirme sin despertar, en murmullos: te quiero mi niñe, porque algo sabía. La pobre, ni cuando dormía me olvidaba. Me da pena, porque hasta dormida sigue trabajando. La pobre me alimenta hasta cuando ya no tengo hambre. Vive todo el tiempo preocupada de poner el sol, de sacar el sol, de tantas cosas que llegan a ser sobrenaturales, del viento y de las estrellas. Cuando la vi dormir se movía igual que cuando lava, rascando toda suciedad posible, revolviendo el sofrito pa que no se queme y dando wuelta el pan pa’ que quede tierno y nutra la cuerpo. Parece que sólo cuando duerme se queja un poco, porque de día no se queja de ná’ y eso es lo que me da pena. Ella no es consciente de que tiene razones de sobra pa’ decir que algo le duele, por las entrañas, por el interior de sus tripas. Yo no me guardo los peos. Ella sólo cuando duerme protesta, suspira y llora como dicen que cantan las ballenas. Me gustaría decirle que deje de sufrir y que cuando estemos solas, juntitas, nos tiremos todos los peos del mundo.

Ahora me maquillo y me depilo porque me gusta que me digan m’ijita. Cuando me pongo triste bailo sola y me drogo porque las cosas son como son. Bailo borracha y sola. Los hombres me ofrecen coca y me ensucian con sus besos porque me odian. Llego a mi casa cuando amanece y me quedo feliz dormida y sucia, lamida por desconocidos, penetrada por hombres que no querrán volver a verme, que durante días trabajaran en olvidarme y le mentirán de su deseo por mí a sus mujeres.

Claudia Rodríguez

Inicia su activismo en 1991 una vez terminado el régimen militar que afectó a Chile en la primera organización homosexual donde se forma como activista. En el 2007 toma el Diplomado de Género en la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile para posteriormente iniciar la carrera de Trabajo Social en la Universidad Academia de Humanismo Cristiano en el 2008, misma fecha en la que ingresa a la Colectiva Lésbica Travesti Feminista Paila Marina, colectiva con la cual desarrolla foros públicos y performance en marchas nacionales por la despenalización de la píldora del día después, del orgullo lésbico travesti y por la transformación de la Educación Pública en Chile. Además en el 2007 toma talleres de escritura con el Poeta Diego Ramírez, publica su primer fanzine de poesía “Dramas Pobres” y postula a los Fondos Nacionales del Libro (FONDART) beca para escritores emergentes el año 2010. Hoy su principal interés es problematizar la lectoescritura y la producción de arte como estrategia política del movimiento travesti.

 

https://www.facebook.com/Claudiaanaisrodriguezsilva

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Tráfico marica: Notas sobre una falsa cacería del sexo

por Sergio Castellanos a.k.a Sok
por Sergio Castellanos a.k.a Sok

Por Putonésimo Alfaro

A los 16 comencé mi vida sexual. Recuerdo que la dinámica del “encuentro” era en fiestas de amigos y yo siempre iba a la caza de los hombres que me gustaran mucho: chacales, mayates, tira jotos

Esperaba mi turno cuando no había chavas “disponibles” al final de la fiesta o cuando las amigas se iban y no tenían con quién descargar su atención. Yo estaba ahí, atento para escenificar el encuadre de la seducción.

Así fueron muchas noches, en este juego al que parecía adecuarme muy bien; el papel de puñal que debería estar agradecido de probar la verga que le bombearía una y otra vez su terminal intestinal, hasta drenarle un poco de sangre mezclada con semen en una poesía de espasmos de dolor y contoneos de placer.

Una vez leí un texto antropológico de Gayle Rubín, feminista- lésbica- radical que, según Wikipedia, fue catalogada como una de las profesoras más peligrosas de Norteamérica, titulado El tráfico de mujeres (…) en el cual apunta que los cuerpos femeninos han sido objeto y mercancía de intercambio desde tiempos in-me-mo-ria-bles, siempre para los fines del hombre y su supremacía.

Pienso una y otra vez que en este ritual, al cual llamé “de triunfo”, el cazador no era precisamente yo, sino que ésta era ya una tradición consolidada de los hombres heterosexuales para el mantenimiento de su poder sobre el universo y el cuerpo de lo femenino. El cuerpo de lo femenino que se desplaza y yuxtapone casi imperceptible en el cuerpo del maricón, del puñal, del jotito de pluma; un símbolo de lo femenino que transita para circular en esa mercancía de cambio entre los hombres: caballeros, chacales y uno que otro chaval moderno y hipster.

Entonces, ¿quién cazaba a quién?

Me doy cuenta que las experiencias de estos intercambios, que establecieron el inicio de mi vida sexual, estuvieron marcadas por agresiones y abusos de estos tiraputos, y que mi caso no es aislado, pues también lo he escuchado hasta en las historias calientes de muchos amigos.

No es que me esté victimizando o que victimice a otros, sólo es para considerar que quizá el homofóbico no siempre estará esperándonos en las calles para agredirnos: a menudo llegará muy sigiloso a lamernos el cuello, escudriñando en nuestro ano con su lengua o su verga bien parada para luego desecharnos avergonzándose de nosotros, burlándose con sus amigos de cómo gemíamos, poniéndonos en evidencia con su sarcasmo homofóbico, denigrándonos como basura, pero cuando nos ven solos nos piden otro encuentro carnal, o nunca se oponen cuando uno les seduce o los toca.

Todo se acomoda como si cada uno supiera muy bien su papel: el macho y el aplastado. Pero uno nunca logra verlo así hasta que se redirecciona a mirar el suceso con los lentes prestados de un feminismo- lésbico- radical que, de igual forma, podría servir para una lectura de nuestro cotidiano marica y puñal.

Y así pasa, a veces uno se encuentra joven, maricón, y con el verdugo entre las piernas.

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PUTONESIMO ALFARO (México D.F.) Estudié la carrera de Pedagogía con preespecialidad Onesimo_yolandaen Pedagogía Social por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán, donde formé parte del grupo de jóvenes CDiverisA enfocado al reconocimiento de las personas LGBT. A su vez incursioné en mi formación de los estudios de género y teorías cuirs por los Diplomados del Programa Universitario de Estudios de Género UNAM y del Programa de Estudios en Disidencia Sexual de la UACM además de distintos cursos y seminarios sobre la materia. Participé en coloquios, conferencias y encuentros académicos locales, nacionales e internacionales para poner sobre la mesa temas tan fundamentales y de debate como la desigualdad y los nuevos paradigmas cuir en la educación. Actualmente me desempeño en la investigación sobre la discriminación de lxs jóvenes LGBT en el espacio universitario, además de reflexionar sobre mi cuerpo y mi sexualidad como un espacio político y deconstrucción continua.

Contacto:

onesimo.alfaro@gmail.com

https://www.facebook.com/onesimo.alfaro

 

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La Bogue… and the Beast

Enrique Landgrave

En el verano del 2009, durante el regreso de un viaje a la ciudad de Morelia, Michoacán; recibí una llamada de Alejandra Bogue (comediante; actriz, bailarina, cantante, profesional… en puntas) concediéndome tomarle unas cuantas fotografías en mi casa; ya que unas semanas antes le había enviado un correo pidiéndole que posara para mí. Coordinamos el día y la hora, y cuando llegó la esperada cita, su agente la dejó a 4 cuadras de mi casa, en la esquina de anillo periférico a un paso de la entrada al Hermanos Vázquez de Cuemanco. Recibí su llamada de auxilio pues estaba perdida; fui a recogerla en mi auto y la encontré en la esquina, paradita, muy mona, con sus lentes de sol, divina, cual gran profesional del sexo.

    Mis roomies de ese entonces y yo preparamos algunos canapés / botanas, y bebidas refrescantes / chelas, para deleitar a la luminaria de la T.V. Armando, uno de ellos, la maquilló y peinó a la usanza tradicional acapulqueña (tierra natal de la Bogue). Después de unas risas, unas cepilladas y unos cuantos jales a mi hiter empezamos la sesión; dinámica, sencilla, divertida. Sólo ella, sin una gran producción, frente al lente, haciendo lo que mejor sabe hacer: ser Alejandra Bogue.

   Al terminar le agradecí su confianza y el permitirme retratarla. Sabiendo que ella había sido musa de Joel-Peter Witkin, le mostré la edición descontinuada del libro Witkin donde aparece la foto que le fue tomada en 1990, posando desnuda junto a un perro chihuahua.
 Muy emocionada nos contó cómo se había dado la sesión con él: un amigo de ella, quien conocía al asistente del norteamericano, y quien sabía que el artista buscaba una transexual femenina antes de su reasignación sexual, la contactó con el afamado fotógrafo, quien entusiasmado y agradecido le pagó la suma de 50dls por aquella sesión y se enamoró de ella. Esto lo hizo regresar dos años después a México y buscarla para realizar una segunda sesión, esta vez junto a dos transexuales más. Una semana después, Witkin intentaría cortejarla, recibiendo sólo la negativa de Alejandra.

Me quedé muy sorprendido al descubrir que la fotografía que me inspiró a buscar y retratar a Alejandra Bogue encerraba tan bella anécdota…y que ahora es parte de mi historia con ella.

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Que nadie sepa mi sufrir

por Andrea Barragán
por Andrea Barragán

por Andrea Barragán

“Amor de mis amores, reinx mía que me hiciste que no puedo conformarme sin poderte contemplar…”

 Esta foto es de las últimas que logré capturar de mi papá; es el resultado de un hábito cotidiano en el que quería registrar sus últimos respiros de mortal. Un acto fotográfico que relataba una obsesión ritual, con la cual utilicé la cámara como una extensión de mi cuerpo, y la convertí en una prótesis de la memoria para elaborar un archivo personal como quien quiere abrazarse a la presencia, y en el cerrar de un parpadeo, al unísono con el obturador, pretende aprehender la inmortalidad para fijarla en esta memoria que tiende a olvidar involuntariamente. Esta acción salvaguardaba la oportunidad de poder verle de nuevo, por lo tanto, me transformé en una coleccionista de recuerdos y cristalicé el acto presente de observarle, postergando su último adiós con un hasta pronto, un  hasta que vuelva a sacar tu fotografía para poder redibujar tu presencia y con ello la materialidad de tus gestos, la voluptuosidad de tu cuerpo vivo que te permitía habitar este mundo.

    La imagen tomada/robada fue totalmente producto del azar, por esos días yo tomaba fotos con mi primera cámara análoga réflex y no tenía idea alguna que traían consigo un exposímetro, este descuido neófito hizo que no le pusiera las pilas correspondientes para llevar a cabo su funcionamiento por lo que en ningún momento me percaté de su ausencia. Desprovista de tal herramienta para medir la luz, sin saber que esto era lo que definía todo el proceso fotográfico estuve tomando fotos al azar, de manera intuitiva por más de un año.

    El día de esta captura, yo estaba en mi habitación que quedaba en frente de la de mis padres y le vi bañado por un chorro de luz: tan puestecito, tan ensimismado, tan imponente deviniendo presencia a través de la luz, que corrí por la cámara e hice clic para seguir sumando retazos en el collage del recuerdo.

    Cuando revelé el rollo, descubrí toda esta cruel premonición producto del azar, anunciando el principio del fin, esbozando la poética manifestación del destino sellando sus pasos, que iba enlazándose precipitadamente rumbo a su desaparición, marcando de una vez por todas la distancia negra e inmaterial que describe esta foto, dando forma al espacio negativo de quien no podrá aproximarse nunca más al sujeto amado, esa longitud entre dos cuerpos que no se volverán a sentir,  esbozaba la extraña fantasmagoría de la ausencia pretérita.

 

Amor eterno, amor eterno e inolvidable…

Producto del azar también fue el día de su muerte, – ¿o no? –  pues falleció el Día del padre hace doce años, cuando yo tenía 18. A pesar de lo insólito de la fecha, para mi resultó una estruendosa marca del destino, que apaciguando el dolor y renunciando a la opción de darle lo que iba a ser su última serenata, logré comprender su excéntrica despedida, gesto ineludible para una persona que dedicó su vida a la juerga, el azar, el placer y los excesos.

    No podría existir otra forma de despedirse que le garantizara el recuerdo de un padre ausente, la firma indeleble de un tahúr que en la tirada final avienta su mejor truco, el As de picas (el corazón negro e invertido) bajo la manga, que le llevaría a ganar el pozo completo; una maniobra del “todo por el todo” que compensó el suceso irrevocable de haberle perdido por siempre.

    Apuesta imposible de perder cuando en vida repetía constantemente que le daría mucha tristeza ser suprimido de la memoria al morir, ese temor le llevó a visitar la tumba de sus amigos para dejarles flores, deseando que tal desgracia nunca le sucediera a él. Tenía muy claro que la muerte no sería enterrar su cuerpo, si no ser condenado al olvido en el frío odioso del silencio de los cementerios.

    Por esta razón y muchas más, cada día del padre yo aparto un momento de soledad para cantarle Amor eterno, e invocar su presencia. Me abandono a la remembranza y le doy respuesta a su apuesta, la duplico para retar al destino que cronometra el paso del tiempo encargándose de empolvar los segundos muertos con prolija meticulosidad y así encubrir el pasado con sus reminiscencias. Yo sonrío desafiante con el As bajo mi corazón, el que me hace vencer cada año al tiempo, ganando la fortuna de enriquecerme cada aniversario con su vívido recuerdo, intacto como una reliquia que atesora este corazón de oro forjado con tanto amor.

     Él quería ser enterrado en el cementerio del sur, el cual nunca he visto, pero sé por sus palabras que su superficie es en arena y no como el tradicional pastal que suele resguardar los féretros, por lo que infiero que su añoranza consistía en concebir la muerte no como un renacer celestial, sino, más bien, como el cierre de ese ciclo anunciado en ese: “polvo eres y en polvo te convertirás”.

    Esa fugaz materialidad encarnada en el vuelo del ave fénix de las palomas negras, hizo que se entregara a la vida en un vaivén de borrachera, con la belleza hedonista de quien celebra la vida viviendo, esa irreductible determinación hacia que se consumiera ante el fervor de reconocerse mundano entre los mortales, y es por lo que aseguro con vehemencia que fue la forma que encontró de honrar la vida, mi querida almita vagabunda que se declaró huérfana a los 8 años cuando se fugó de la casa materna. Con el vértigo condensado en la panza, se aventuró al azar del futuro incierto.

 

«Paloma negra, ¿dónde, dónde andarás?»

Le cantaba yo meses antes de su muerte, elogiando sus desbordes, adulando su alma cantinera que derramó el elixir de la vida en cada brindis, y lo mantuvo inmerso en la laguna indescifrable que lo hacia resistirse a dormir, desvelado por no poder calmar esa excitación apasionada que le inspiraba el estar vivo.

    Duraba días enteros despierto sin poderse parar de la mesa de juego en la cual depositaba toda esa ansiedad que le quemaba por dentro y se dedicaba a apostarla noche a noche con su fé de errata; jugaba con tanto fervor como sí allí escondiera su piedra filosofal, al haber descubierto en la temeraria certeza de abandonarse a su suerte la fortuna de apostarse la vida.

    Enaltecía la existencia a punta de derroche, puedo asegurar que fue la persona que reía con la devoción con la que lloraba Chavela Vargas, sus carcajadas llenaban salones enteros y en la picardía que hacia brillar sus ojos se condensaban historias interminables que él se encargaba de narrar con tanta emoción como si le acabaran de pasar. Lo hacía de manera particular, por lo general dejaba el mejor detalle para el final a modo de acertijo para que uno dedujera con asombro la magnitud de lo que había vivido; la otra modalidad de contar sus aventuras era dejar un chiste para el final que por supuesto no echaba de manera explícita, se quedaba callado sonriendo para que uno después del silencio se echara a reír.

    Cada vez que pasábamos por una carretera particular, sonreía y decía: “Yo sé en donde hay una mina de oro escondida por aquí”. Conocía muy bien las rutas de Colombia, había caminado buen parte del territorio en otros tiempos cuando no existían estas carreteras que extendían los recorridos que él había acortado a pie.

    Nació en 1921. Como buen hijo de la modernidad, los autos y la tecnología lo volvían loco; cuando mi madre lo conoció, manejaba un Mercedes Benz verde oliva descapotado que yo sólo conocí en fotos porque luego le fue hurtado; tampoco lo vi conducir porque sus desmanes no lo dejaron invicto, tuvo la enfermedad de Parkinson durante más de 20 años, sin contar las otras enfermedades que llegaron por el lujo de sus excesos.

     Su pasión por la velocidad y los extralímites también lo dejaron cojo de la pierna derecha, definiendo su único agüero, que a mi me resultaba extremadamente particular: lo espantaban los perros negros, pues cuando se accidentó el día en que quedó cojo fue porque un perro azabache se le atravesó mientras conducía y casi lo hace morir en Caracas, Venezuela; además de dejarlo postrado en una cama por un mes recuperándose.

    A pesar de haber escuchado atentamente sus historias nunca supe a ciencia cierta mucho de él. No le gustaba hablar de sí mismo y lo que sentía, era emotivo pero impenetrable, jamás le vi llorar, por ejemplo. De él solo sé que había huido de casa y que tenía sólo un apellido: el de su madre, que heredé yo también, quien además era indígena, razón por la cual lo apodaron el indio . Su pasión por las cartas y el azar la acogió siendo muy pequeño cuando se dedicaba a la minería para ganarse la vida, allí un señor al que le decían el tuerto lo había adoptado por su evidente inteligencia para que apostara con los otros trabajadores las góticas de oro que habían sacado en la jornada minera; el timo era obvio, aún así los señores se aglomeraban para vaciar los bolsillos del chiquitín, sin saber que los que saldrían despojados de sus piedritas doradas serían ellos, pues el pequeño Efraín los abatía hasta el final en compañía de su suerte implacable que desde esos días nunca lo abandonó en toda su trayectoria de tahúr.

¿Por qué no me enseñaste cómo se vive sin ti?

El acertijo con el que cerraba sus historias, es el que ahora yo trato de descifrar para alcanzar a comprender quién fue; como le perdí siendo joven aún, no le pregunté todo lo que habría querido saber de él. Con el transcurrir del tiempo cuando yo crecía y él envejecía nos fuimos distanciando, la forma de relacionarnos se tornaba difusa, de esta manera le fui perdiendo. Él se estaba volviendo cada vez más hermético pues la vida se le estaba escapando, aquella pulsión que en otra época se había encargado de avivarlo frenéticamente ahora lo estaba extinguiendo hasta hacerlo perder su semblanza. Eso sí, lo que no dejó de hacer fue jugar cartas, aunque este placer también le fue arrebatado cuando el cáncer lo condenó a la inmovilidad.

    Al final de sus días una metástasis que le invadió por completo el cuerpo le selló la voz, sólo hablaba cuando era estrictamente necesario. Lo último que me dijo fue que me quería mucho. Siempre se había esmerado por hacérmelo saber, aún cuando no hablábamos mucho, lo hacía, se acercaba, me besaba la frente y me decía la misma frase que balbuceó aquella vez que me regaló sus últimas palabras. Creo que lo hizo continuamente porque sabía que al fin de cuentas el amor es lo único que queda.

    Antes de morir, quiso buscar a su familia de la que había perdido el rastro hacía muchísimo tiempo, me imagino que quería resolver su propio enigma. Por mi lado, yo sigo resolviendo el mío; he inventado un relato con el cual imagino o trato de desentrañar cómo habría sido su vida, por lo tanto mi proceso de duelo no ha sido vaciar su presencia de mi memoria, al contrario, he hecho de su recuerdo un tributo diario, un ritual cotidiano con el que conmemoro lo que fue su existencia junto a la mía para compensar el vacío que dejó su ausencia; así he ido incorporando su aura con lo que soy ahora; he adoptado sus gestos, sus corbatas, sus carcajadas, la arruguita que le daba picardía a su mirada, su amor desinteresado… en fin, innumerables micropresencias que me calaron hondo, que ahora cuando me miro al espejo embriagan y despistan esa sensación de haber quedado huérfana.

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Luto autoimpuesto

negro (1)
por Carmelina Jardón Rodrigo

por M Yolanda García Ares

Aquella noche murió mi abuela. Según mi madre, se quedó dormida en la cama y no hubo grandes dramas ni llantos. Mi abuela llevaba la cabeza perdida con un Alzheimer sin diagnosticar durante varios años y mi madre llevaba tantos días rezándole a Dios y a todos los santos que un día se la llevara para acabar con aquel sufrimiento que en forma de vegetal pululaba del sillón a la cama y de la cama al sillón durante todos los largos días de aquellos imposibles años. No hubo larga noche de tanatorio, el médico se opuso frontalmente a la administración del seguro y dijo que la agonía de aquella mujer ya había durado bastante y pidió el enterramiento inmediato. A la mañana siguiente, mi abuela ya descansaba bajo tierra.

     Mi madre insistió en ponerse seis meses de luto, y se hizo un pichi negro. Lo peor no fueron los meses, sino la actitud de descanso eterno que asumió ésta mirando al infinito desde aquel sillón. Luego murió su hermano y casi seguido el otro. Un buen día, se levantó del sillón. Dijo que ya no llevaría más luto. Recuerdo que yo tenía trece años y que agradecí sobremanera el que mi madre acabara con aquella actitud de muerte personal autoimpuesta que se había alargado tres años infinitos.

    En mis luchas rebeldes de adolescencia siempre había una firma física de aquel negro, un lazo de terciopelo en el cuello, un brazalete de raso en el brazo, un cinturón que robaba a mis hermanos o alguna gorra del Che Guevara. El negro significaba para mí el derecho a aquel silencio depresivo del dolor digno de mi madre. Mi abuela paterna que había intentado conquistar sin éxito el lugar de mi abuela materna. Al verme salir, protestaba criticando mi look, increpándome que a dónde iba de luto. Yo escapaba ante la complicidad callada de mi madre, que le decía a media voz “deje a la niña que vista como quiera”.  Con los años, el negro se fue haciendo dueño de mi armario. Al principio estilizaba, luego disimulaba, más tarde invisibilizaba y ahora, a los años pasar, completa un vestuario cómodo y funcional. El negro no me silencia al día de hoy, es como la parte inherente a mi historia personal, más bien, la grita. Se ha vuelto un refugio cómodo y un look acertado. No me siento triste, ni elegante, ni estilizada, ni romántica, ni subrayada ni ninguna de esas acepciones por vestir de negro de forma asidua. Me siento cómoda, me siento identificada con ese color en su neutralidad como la comodidad del sillón desde el cual puedo dejar perderse en la distancia la vista y por fin, descansar.

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por Liz Misterio

Identifico al negro con…

por Liz Misterio
por Liz Misterio

por Abril Díaz

I

En un inicio no me interesaba mantener una relación con él, la verdad sólo me dejaba guiar por la atracción que me producía, por más de mil razones no lo consideraba posible ni adecuado. Por mucho tiempo dejamos que las cosas se dieran como se fueron dando, y como avanzaron bien, llegó el momento de que creciera un poco más.

Me encanta entregarme a él por completo, por más difícil que sea, si me lo pide adecuadamente me dejo tomar sin restricciones. Me produce una sensación muy intensa desde el interior de mi ser de completa satisfacción.

Desde la primera vez fue un coqueteo contante que se fue incrementando hasta llegar a puntos y lugares desconocidos. Siempre ha sido un juego de placer, conjugando——-continuamente—caricias, miradas, palabras—.

No iba a depender de él, a enamorarme por completo, a hacerlo parte de mi vida. Pero me fue conquistando, poco a poco, presionando mi cuerpo en los momentos y lugares precisos.

Él sabía que no sería suya completamente, no podía prometer lo que no podía dar. Cuando me amaba, lo era, pero si no nos veíamos no podía prometer no salir con alguien más.

Recuerdo bien los momentos que cambié de opinión, podía sentirlo por completo en mí, sabía que nos pertenecíamos. No podía negar lo que sentía.

II

Por ese tiempo inicié una nueva vida como vedette, exhibiendo parte de mí. Sabía que me encantaría, a pesar/o por ser tan difícil. La parte más afín a quien yo sabía que era y se me daba con más facilidad era la creatividad en accesorios y vestimenta. Mas nunca fue la parte escénica y teatral que fui cultivando con años de todo tipo/variedad de presentaciones.

Todavía me sigue causando una actitud y sensación de apenarme. No puedo evitarlo. Me sonrojo y a veces me paraliza un poco, la experiencia vivida me permite seguir moviéndome tratando de no pensar y racionalizar todo lo que pasa. Solo bailar, recordar lo ensayado, fluir y dar lo mejor de mí. Si el público ayuda y participa, permite fluir/jugar mejor y construir una experiencia en conjunto.

Todavía recuerdo la primera fiesta en la casa de la viga. Fue genialmente caótica e invaluable por tantos detalles. El público masivo en una casa increíble, todos los números ensayados, el elenco, las bandas, la música en vivo y la recepción/participación de los asistentes, todo hacía un rush intenso y especial. Único.

III

Identifico al negro con la sombra, la cual apareció en un momento de mi vida en la forma de una chica, una mujer desconocida para mí pero que atraía de alguna manera a mi novio.

Ese tipo de sombra desconocida se alimenta de todo y, como no lograba iluminarla en el ángulo correcto, crecía, proyectándose más allá de mi percepción. Consumía todo, devorando todo en su camino.

En ese entonces me consumía y no lograba tener una visión clara de la situación, me devoró creando un hambre insaciable en mi ser, en mi alma.

Me perdí, cometiendo errores constantemente. La situación fue empeorando al justificarme con todas las razones incorrectas.

Perdí tanto, perdí todo.

Me perdí a mi misma y con ello lo que más amaba, a quien más quería tener a mi lado.

Fue caótico, fue devastador.

Ha pasado tiempo y he logrado sanar algunas heridas, aún me sorprende todo lo que pasó. A penas ahora, después de más dos años he podido iluminar un poco esa sombra. Todavía no cambia su naturaleza por completo, pero el acercarme un poco más me ha permitido detener todo lo negativo que yo proyectaba en ella. Me doy cuenta con qué facilidad mis más profundos sentimientos y temores eran proyectados en alguien desconocido que para mí representaba una sombra que amenazaba lo que más amaba y deseaba en mi vida.

El manejo de la situación no fue adecuado y todos los errores cometidos nos cobraron un precio muy alto.

Todavía no hay conclusión o claridad, pero sé que di lo mejor de mí en ese primer paso. Con toda la certeza ahora sé que para eliminar esas sombras lo mejor que uno puede hacer es acercarse, tender un lazo, un puente, una invitación. La mejor estrategia, para mí, consiste en construir, crecer, iluminar, proyectar luz y todo lo mejor que pueda nacer de mi.

Ya caí en la trampa de separar, dudar, vivir con miedo, ver a mi oposición como mi enemigo, como una amenaza. Vivir así, no es vida, conduce a más pérdida, más dolor, mucha más duda e insatisfacción.

Finalmente estamos a prueba en los momentos más difíciles, los que más nos retan en la vida, porque siempre nos conducen a aprendizajes y lugares desconocidos.

No puedo adelantarme y predecir un final perfecto para todos los involucrados, solo puedo hablar por mí misma, por mi experiencia de destrucción y reconstrucción, de pasar de proyectar miedos a hablar directo, hablar con la verdad y de acercarme a lo que más miedo me da. Enfrentarme a mi miedo, verla directamente a los ojos y decirle todo lo que me costó en el pasado, en ese momento de descenso continuo, de perderme, perder la noción, orientación y la certeza. No queda en mí, porque al seguir adelante y al salir del lío que yo misma ayudé a crear, he aprendido mucho y no soy la misma que hace años.

Creo que voy por buen camino y que las decisiones que he tomado me llevarán lejos a ser una persona confiable, coherente y responsable de mis acciones que son las que nos definen.

Evocación de lo negro

por Ale Collado

 

La elección política de la negritud

es sólo otra forma de ver la luz, lo blanco, lo bueno.

 

Me puse a evocar mis negritudes, así que este es un texto negro. Negro como el agujero que me trajo al mundo, con la fuente rota, prematura. Como las resacas de mi padre, como su abandono y como las grietas en las paredes de nuestros miles de cuartos alquilados. Nómadas, rodantes; madre e hijas en la oscuridad del no lugar, constante en mi familia de matriarcas, de viudas negras temerarias, medusas.

    Negro como el pecado de mis 8 años. Me gustaba que él me tocara, pero no estaba bien. No a esa edad, no con ese parentesco. Negro como mi deseo a partir de entonces: despertó la oscuridad del sexo en mí y teñí mi sexualidad de negro. Y me enamoré de la penumbra, me aferré a ella. No fue una mancha voraz consumiéndome, sino que yo fui la mancha de la oscuridad, la hice mía. Y luego los demás pecados, el deseo por el mismo sexo, secreto, precoz, insano, incestuoso, con los cuerpos prematuros. Y las diferencias encarnadas en la piel, la segregación, la inadaptación, la exclusión voluntaria. Disidencia.

    Negro como su piel, como la luz que se fue extinguiendo en sus ojos a causa del V.I.H. y el bolígrafo negro de nuestras cartas de muerte. Negro como su ataúd y como mi llanto secándome, como las mentiras que había que decir para evitar la negra ignominia: “tiene cáncer” decíamos, para evitar las suposiciones de las ennegrecidas prácticas sexuales: besos negros, sexo negro, vibradores negros, como la ciega penumbra que vivimos el día del eclipse total de sol.

    Negro como el catolicismo de mis colegios de monjas: violencia con hábito, explotación en el nombre de dios, abandono en el nombre del bien. Cada tarea realizada para alcanzar el paraíso, mientras la realidad de mi género, de mi clase, de mi piel me condenaba desde el principio al quemado infierno. Así también fui la parte negra de jehová, de la virgen maría, de todos los santos y las santas sufrientes de las iglesias. Las hostias se volvían negras al entrar en mi boca. He pecado padre, he pecado, he nacido con vagina, he nacido pobre, me he besado con niñas padre, me gusta que me masturben, me masturbo todo el tiempo. Confieso que he vuelto a nacer al coger, que he vuelto a nacer al tatuarme, que he profanado mi templo padre, que yo nazco cada vez que me acerco más a lo que ustedes llaman infierno. Odio a dios padre, me odio a veces también.

    Estas letras son negras también como el yang que soy, que siempre he sido. Negras como mi afición a los hombres mayores, al sexo indiscriminado, como mis trece años sin virginidad, como mis abortos llenos de culpa y descaro a la vez; como las violaciones conscientes e inconscientes de amigos de borracheras o de un desconocido en la calle; negras como el efecto físico y emocional de las drogas y el alcohol, como mis resacas de recuerdos negros. Negrura, negrura. Eso sí que es la constante de mi vida. Mis textos negros, mi negra música hundiéndome en el paraíso de mi penumbra, soledad, adicción, la negrura de mi imagen, mi ropa, mi cabello y mi barniz. Las rendijas negras de mis cicatrices, como coladeras que llevan a las tinieblas. Como mi enfermedad de maniaco-depresión, le decían, y ahora negra bipolaridad, negra ansiedad, negra esta personalidad límite, negra mi asocialidad y los abismos de cada sesión de psicoanálisis.

    Este es sólo un texto negro, negro también como el yang que soy, que siempre he sido. Negro como mi corrosión, como mi rabia y mi permanente disidencia, negro como mi ego, como todos mis deseos y como estas confesiones.

[divider]

Ale Collado. 31 años (32 el 11 de enero), Ciudad de México.

«Comunico-loca, poeta, narradora, libre y loca. Abyecta por naturaleza, agnóstica (excepto cuando se habla de diosas) y riot por convicción; con serias debilidades por las cosas enfermas, proscritas y rotas. Transgresora, militante del TLC (Todo Lo Contrario), suicida social que se la pasa ardiendo (no vaya a ser que se extinga). Renegada, promotora cultural underground, master on women’s studies, ca-uamera, ciborg y varias anormalidades más…»

http://letrasmalviajesydebrayes.blogspot.com/

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Las sensaciones del ano – Cuando lo anormal se hace sensible.

por Miranda Uribe
por Miranda Uribe

 

Por: Benjamín Martínez Castañeda

 

Santiago de Chile, lunes 13 de octubre de 2014. Son las 10 am, ya es tarde, me he perdido el desayuno otra vez; me es muy difícil acostumbrarme a las dos horas adelantadas aquí en Chile, ¿qué importa?, no tengo que ir a trabajar, ni tengo una cita pendiente. Lo de anoche no fue nada, ni el Venezolano, ni el Peruano pudieron con todo esto, me he quedado caliente, mira que jurarse activos…ni ellos se la creyeron. ¿Cómo será la vida godinesca en Chile? Abro la ventana de la habitación del hotel, y sólo veo pasar los buses y mucha gente empaquetada, así le dicen en Chile a los que visten tacuche; no es muy diferente a lo que posiblemente se puede apreciar en México. Sigo dando vueltas en la cama y mi cuerpo reclama adrenalina.

Tomo mi iPad y abro  Scruff, ¿Qué? ¡Oso activo a menos de 100 metros! Se parece mucho al recepcionista del hotel, ¿será? Le escribo y no contesta, quizás me identifica como el chico de la habitación 310, aquel que anoche se despachó a dos hueones seguiditos. Sigo en busca de sexo, y nada, siempre es lo mismo: soy activo pero ando en busca de alguien que me culee. Sorry mano, ya somos dos en lo mismo, ¿te va uno a uno? Siempre contestan que no. ¿Por qué les da pena decir que son pasivos o come ñongas?, no tiene nada de malo. En la televisión comienza “El Chavo del 8”, pero qué horror, le cambio porque ni en mi país veo esa mierda.

Decidido a meterme a duchar, suena mi iPad, me han mandado un woof por Scruff, casi resbalo en el piso, tomo mi iPad y es un señor, envía un mensaje diciendo: Soy activo y busco culo aguantador. Pienso sobre que tan aguantador podría ser yo, no lo se. Le invito a que me visite en mi hotel, con el riesgo de quedar toda madreada como “La Fabiruchis”; me dice que no puede salir de su casa porque anda en silla de ruedas, me pregunto: ¿y cómo pretende que cojamos?…bueno, igual y se le para. Me da las indicaciones para llegar a su lugar, y sólo son 4 cuadras pasando el hotel donde estoy; al llegar, un hombre como de 50 años, 1.78 cm y erguido en dos pies me recibe en la puerta. Me quedé paralizado por un segundo, me toma del brazo y me dice: calma, no te lo dije al principio, pero…no tengo una pierna y uso prótesis y muletas; lleva mi mano a su pierna y siento lo duro de la extensión. Me da la opción de irme, pues el creyó que me incomodaba con su condición física.

La idea de coger con un “discapacitado” me excitó demasiado, pasamos a su recibidor y eso era un lugar lleno de reliquias de todas partes del mundo. Recibe una llamada, escucho que le da indicaciones contables a alguien, quizás sea su contador o alguien cercano… ¡Oh por Dior! ¡Se ha sacado la verga! Eso es muy grande y grueso, y aún no se le para, ¡Que miedo! La toma con la otra mano mientras atiende la llamada, juega con ella y la sacude viéndome a los ojo, inclina su cabeza indicándome que se la chupe. Trato de meter eso a mi boca y es muy difícil, no me cabe, al final encontramos el modo ya cuando eso estuvo erecto por completo, aún así era una verga saca flemas destapa gargantas. Terminó su llamada y me levanta para besarme en la boca, pasamos a su recámara y comienza a desvestirme, me aprieta las carnes, me da manazos, me lame las axilas, el cuello; él se desvistió, lo abrazo, lo beso y le acaricio su pierna de plástico, la toco, la beso, la huelo, la muerdo.

Mi cuero se eriza, los vellitos se levantan y se mueven como si un viento arrasador los quisiera arrancar de mi cuerpo; él me toma por los hombros, me vuelve a besar, me voltea y lentamente me empina dejándome sentir su gran verga entre mis nalgas. Lame mi trasero, con su lengua masajea mi ano…mmm ¡que rico! Lo dilata suavemente, me dice: ¡no puedo más!, se pone un condón y me la clava sin decir agua va. ¡Ahhhh! ¡No mames! La tenía como brazo de albañil, gorda y venosa, sentí que me sacaría los ojos, le pido que me la saque y se niega, fueron segundos muy intensos. Decidí hacer de mi dolor mi placer, me relajé, respiré hondo y pude sentir como su pene movía y masajeaba mi ano y recto; mi piel se puso de gallina nuevamente y me dieron unas ganas inmensas de mear, sentía un cosquilleo intenso en la panza, simplemente no podía saber de mí.

Recordé que un examante me dijo que no siempre el mejor sexo es el más limpio, así que decidí a dejarme llevar y si era necesario me mearía en el momento, pero la reacción fue diferente; comencé a sentir mi ano muy ardiente, cosquillas en todo el cuerpo, mis gemidos parecían sacados de cualquier comercial de Herbal esscences. ¡Ah…ah…ah..! Estoy a punto de acabar, fue lo que él dijo; su pelvis y parte de su prótesis me golpeaban muy fuerte, sentí como se hinchaba cada vez más su verga. Un calor invadió mi recto, mientras apretaba con el ano su verga para terminar de exprimir su leche, sentía una gran bolsa de líquido hirviendo, era una sensación desconocida.

Cuando saca su verga de mi cuerpo, un torrente caliente salía de mi ano. Pensé que sería sangre porque estaba desgarrado, o en el mejor de los casos caca aguada, pero no. Era un líquido traslúcido y aceitoso, recordé que un doctor hablaba en T.V. de que tanto el recto como el intestino están recubiertos por una capa cerosa; quizás esa fue la forma en que mi ano eyaculó, en que mi ano dio todo de sí. Mi ano recibió placer. Después de ese día mi ano ha vuelto a ser el mismo de antes.

[divider]benja

Benjamín Martínez Castañeda es productor visual mexicano, su investigación está encausada a la teoría queer y filosofía política.

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Putos Locos

Por María Guadalupe Quezada Martínez

«Habrá de un lado la comunidad de sanos y del otro la de los enfermos”.

-TIQQUN

 

 

No son pocas las veces que, al pararme en la puerta de entrada de la clínica psiquiátrica, escucho los gritos que desde dentro se producen… ¿cómo no gritar los horrores del manicomio?, ¿cómo no gritarlos a cada momento que se pasa ahí aún y en contra de la pretendida estabilidad que procura ofrecer esa y todas las instituciones de “salud mental”? Trabajo como voluntaria con lxs usuarixs en una de estas clínicas y el otro día, en la misma puerta que atravieso una o dos veces por semana me encontré con un pequeño rayón, casi imperceptible a pesar de la blanca pintura que cubre dicha puerta, escrito con tinta azul y formas temblorosas en sus letras pero con el mensaje bien firme: encontré la frase que ha dado nombre a este escrito “Putos Locos” Sólo así, sin más a su alrededor que permitiese identificar razones de tal posicionamiento y rápidamente me di cuenta que ese mensaje único y aislado en realidad tenía muy poco de aislamiento.

El letrero que los vecinos del lugar plasmaron en la puerta deja entrever la identificación comunal de la locura con figuras disidentes como los y las putxs, lo cual denota un proceso social de aceptación/rechazo en función del acoplamiento a las regulaciones, enmiendas y contratos. Pero no son sólo lxs locxs y no son sólo lxs putxs, cualquier forma del cuerpo o la mente que implique un punto de fuga debe ser -y será- condenado. “El orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones”, expresó Foucault[1] (1964) Y para que se justifique la desaparición social de lxs locxs tras muros, rejas y puertas con candado se requiere entonces la intervención y codificación psíquica de éstos desórdenes, validando primero la clasificación como enfermedad y segundo, la peligrosidad de dicha condición.

Sí, los espacios hablan, en esta ocasión una puerta. Es particularmente llamativo ese acto, el no atreverse a entrar para expresarlo, el escribirlo justo en el limbo entre el lugar para el sano -el afuera- y el lugar para el enfermo. Y sí, lo primero que experimenté cuando me topé de frente con aquél pequeño pero efectivo letrerito fue furia –furia que no desparece pero reconduzco–, y en un arranque no reflexivo lo primero que escapó de mi boca fue un “¡puto el sistema psiquiátrico!”; sólo para después darme cuenta que nombrarles putxs a ellos, era un elogio que no merecían, que para ser nombrado como putx uno se lo tiene que ganar a base de fuerza disidente.

Cruzar ese límite, no una puerta física (aunque en este caso sí) es abandonarse a toda posibilidad de razón moderna, esa razón intolerante a la diferencia. Entrar a un manicomio significa entrar a un mundo de sin-razón. No, no me mal entiendan, no estoy hablando de la sin-razón de la locura, sino de los modos organizativos imperantes y dominantes que allí operan. Al principio de este escrito me permití retomar una cita de la publicación francesa Tiquun que ahora quiero completar:

«Habrá de un lado la comunidad de “sanos” y del otro la de los “enfermos”. Prestando atención al Nietzsche más dudoso, la primera huirá de la segunda como de la peste. La vida de los sanos estará constelada por los plazos de un ineludible calendario de prevención, pero los sanos serán los sumisos, los pacientes eternos que llevarán una vida de enfermos para no serlo. Los enfermos, por su parte, serán “los que lo habrán querido”.»

Porque existe un espacio para cuerdos y uno para no-cuerdos[2], espacios de segregación fundamentados por la siempre imperante lógica separatista y clasificatoria de la ciencia. Hace no mucho leí un artículo[3] de esos que gustan nombrarse a sí mismos como científicos en donde declaraban haber encontrado el gen que explicaría la locura, curiosamente el lugar de encuentro es un espacio que en biología se denomina locus. Comencé a indagar al respecto y lo primero que me pregunté es ¿Qué es un gen? Pues bien, sin ánimos de proclamarme como experta en biología y mucho menos en etimología, me topé con que en griego, gen tiene que ver con generación y como verbo con devenir. En latín se encuentran algunas acepciones que apuntan hacia engendrar o nacer. Sí, todas ellas apuntan a un algo común y que deseo puntualizar bien. Si ellxs dicen haber encontrado el gen de la locura, entonces bien, engendremos disidencia, devengamos putxs y locxs, o en su combinatoria, nazcamos putos locos. Atravesemos esa puerta, dejemos a la locura ser locura, y que de este lado de la reja o de aquél, da igual, entendamos que el derecho a la diferencia se defiende, se lucha y se conquista.

[1] “Historia de la Locura en la época clásica. Vol. I”

[2] Recomiendo ampliamente revisar al respecto la experiencia de los años setenta de David Rosenhan, mejor conocida como “estar sano en lugares insanos”

[3] http://www.elmundo.es/salud/2014/07/22/53ccee5622601d2f548b4582.html

Las sensaciones del ano. Cuando lo anormal se hace sensible

Por Benjamín Martínez Castañeda

 

Santiago de Chile, lunes 13 de octubre de 2014. Son las 10 am, ya es tarde, me he perdido el desayuno otra vez; me es muy difícil acostumbrarme a las dos horas adelantadas aquí en Chile, ¿qué importa?, no tengo que ir a trabajar, ni tengo una cita pendiente. Lo de anoche no fue nada, ni el Venezolano, ni el Peruano pudieron con todo esto, me he quedado caliente, mira que jurarse activos…ni ellos se la creyeron. ¿Cómo será la vida godinesca en Chile? Abro la ventana de la habitación del hotel, y sólo veo pasar los buses y mucha gente empaquetada, así le dicen en Chile a los que visten tacuche; no es muy diferente a lo que posiblemente se puede apreciar en México. Sigo dando vueltas en la cama y mi cuerpo reclama adrenalina.

Tomo mi iPad y abro Scruff, ¿Qué? ¡Oso activo a menos de 100 metros! Se parece mucho al recepcionista del hotel, ¿será? Le escribo y no contesta, quizás me identifica como el chico de la habitación 310, aquel que anoche se despachó a dos hueones seguiditos. Sigo en busca de sexo, y nada, siempre es lo mismo: soy activo pero ando en busca de alguien que me culée. Sorry mano, ya somos dos en lo mismo, ¿te va uno a uno? Siempre contestan que no. ¿Por qué les da pena decir que son pasivos o come ñongas?, no tiene nada de malo. En la televisión comienza “El Chavo del 8”, pero qué horror, le cambio porque ni en mi país veo esa mierda.

Decidido a meterme a duchar, suena mi iPad, me han mandado un woof por Scruff, casi resbalo en el piso, tomo mi iPad y es un señor, envía un mensaje diciendo: Soy activo y busco culo aguantador. Pienso sobre qué tan aguantador podría ser yo, no lo sé. Le invito a que me visite en mi hotel, con el riesgo de quedar toda madreada como La Fabiruchis; me dice que no puede salir de su casa porque anda en silla de ruedas. Me da las indicaciones para llegar a su lugar, y sólo son 4 cuadras pasando el hotel donde estoy; al llegar, un hombre como de 50 años, 1.78 cm y erguido en dos pies me recibe en la puerta. Me quedé paralizado por un segundo, me toma del brazo y me dice: calma, no te lo dije al principio, pero…no tengo una pierna y uso prótesis y muletas; lleva mi mano a su pierna y siento lo duro de la extensión. Me da la opción de irme, pues el creyó que me incomodaba con su condición física.

La idea de coger con un discapacitado me excitó muchísimo, pasamos a su recibidor y eso era un lugar lleno de reliquias de todas partes del mundo. Recibe una llamada, escucho que le da indicaciones contables a alguien, quizás sea su contador o alguien cercano… ¡Oh por Dior! ¡Se ha sacado la verga! Eso es muy grande y grueso, y aún no se le para, ¡Que miedo! La toma con la otra mano mientras atiende la llamada, juega con ella y la sacude viéndome a los ojo, inclina su cabeza indicándome que se la chupe. Trato de meter eso a mi boca y es muy difícil, no me cabe, al final encontramos el modo ya cuando eso estuvo erecto por completo, aún así era una verga saca flemas destapa gargantas. Terminó su llamada y me levanta para besarme en la boca, pasamos a su recámara y comienza a desvestirme, me aprieta las carnes, me da manazos, me lame las axilas, el cuello; él se desvistió, lo abrazo, lo beso y le acaricio su pierna de plástico, la toco, la beso, la huelo, la muerdo.

Mi cuero se eriza, los vellitos se levantan y se mueven como si un viento arrasador los quisiera arrancar de mi cuerpo; él me toma por los hombros, me vuelve a besar, me voltea y lentamente me empina dejándome sentir su gran verga entre mis nalgas. Lame mi trasero, con su lengua masajea mi ano…mmm ¡que rico! Lo dilata suavemente, me dice: ¡no puedo más!, se pone un condón y me la clava sin decir agua va. ¡Ahhhh! ¡No mames! La tenía como brazo de albañil, gorda y venosa, sentí que me sacaría los ojos, le pido que me la saque y se niega, fueron segundos muy intensos. Decidí hacer de mi dolor mi placer, me relajé, respiré hondo y pude sentir como su pene movía y masajeaba mi ano y recto; mi piel se puso de gallina nuevamente y me dieron unas ganas inmensas de mear, sentía un cosquilleo intenso en la panza, simplemente no podía saber de mí.

Recordé que un examante me dijo que no siempre el mejor sexo es el más limpio, así que decidí a dejarme llevar y si era necesario me mearía en el momento, pero la reacción fue diferente; comencé a sentir mi ano muy ardiente, cosquillas en todo el cuerpo, mis gemidos parecían sacados de cualquier comercial de Herbal essences. ¡Ah…ah…ah..! Estoy a punto de acabar, fue lo que él dijo; su pelvis y parte de su prótesis me golpeaban muy fuerte, sentí como se hinchaba cada vez más su verga. Un calor invadió mi recto, mientras apretaba con el ano su verga para terminar de exprimir su leche, sentía una gran bolsa de líquido hirviendo, era una sensación desconocida.

Cuando saca su verga de mi cuerpo, un torrente caliente salía de mi ano. Pensé que sería sangre porque estaba desgarrado, o en el mejor de los casos caca aguada, pero no. Era un líquido traslúcido y aceitoso, recordé que un doctor hablaba en T.V. de que tanto el recto como el intestino están recubiertos por una capa cerosa; quizás esa fue la forma en que mi ano eyaculó, en que mi ano dio todo de sí. Mi ano recibió placer. Después de ese día mi ano ha vuelto a ser el mismo de antes.

Benjamín Martínez Castañeda es productor visual mexicano, su investigación está encausada a la teoría queer y filosofía política.

 

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