Luto autoimpuesto

negro (1)

por Carmelina Jardón Rodrigo

por M Yolanda García Ares

Aquella noche murió mi abuela. Según mi madre, se quedó dormida en la cama y no hubo grandes dramas ni llantos. Mi abuela llevaba la cabeza perdida con un Alzheimer sin diagnosticar durante varios años y mi madre llevaba tantos días rezándole a Dios y a todos los santos que un día se la llevara para acabar con aquel sufrimiento que en forma de vegetal pululaba del sillón a la cama y de la cama al sillón durante todos los largos días de aquellos imposibles años. No hubo larga noche de tanatorio, el médico se opuso frontalmente a la administración del seguro y dijo que la agonía de aquella mujer ya había durado bastante y pidió el enterramiento inmediato. A la mañana siguiente, mi abuela ya descansaba bajo tierra.

     Mi madre insistió en ponerse seis meses de luto, y se hizo un pichi negro. Lo peor no fueron los meses, sino la actitud de descanso eterno que asumió ésta mirando al infinito desde aquel sillón. Luego murió su hermano y casi seguido el otro. Un buen día, se levantó del sillón. Dijo que ya no llevaría más luto. Recuerdo que yo tenía trece años y que agradecí sobremanera el que mi madre acabara con aquella actitud de muerte personal autoimpuesta que se había alargado tres años infinitos.

    En mis luchas rebeldes de adolescencia siempre había una firma física de aquel negro, un lazo de terciopelo en el cuello, un brazalete de raso en el brazo, un cinturón que robaba a mis hermanos o alguna gorra del Che Guevara. El negro significaba para mí el derecho a aquel silencio depresivo del dolor digno de mi madre. Mi abuela paterna que había intentado conquistar sin éxito el lugar de mi abuela materna. Al verme salir, protestaba criticando mi look, increpándome que a dónde iba de luto. Yo escapaba ante la complicidad callada de mi madre, que le decía a media voz “deje a la niña que vista como quiera”.  Con los años, el negro se fue haciendo dueño de mi armario. Al principio estilizaba, luego disimulaba, más tarde invisibilizaba y ahora, a los años pasar, completa un vestuario cómodo y funcional. El negro no me silencia al día de hoy, es como la parte inherente a mi historia personal, más bien, la grita. Se ha vuelto un refugio cómodo y un look acertado. No me siento triste, ni elegante, ni estilizada, ni romántica, ni subrayada ni ninguna de esas acepciones por vestir de negro de forma asidua. Me siento cómoda, me siento identificada con ese color en su neutralidad como la comodidad del sillón desde el cual puedo dejar perderse en la distancia la vista y por fin, descansar.

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