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Lxs revolcaditxs en la Calle de la Amargura

 Luisa, g. Tolentino

¿Qué desafíos tenemos en América Latina para definir lo Queer? En caso que pudiera ser definido. Y ¿Qué tanto podemos rastrear en lo Queer para imaginar formas Otras para nombrarnos? En consideraciones desde lo local.

Nótese que lo Queer lo lían con la identidad, cuando la intención es más cercana a un sentir-se identificadx.

El propósito de este deshilachado, es un ejercicio para hacer atraer las nociones que le dieron origen a lo queer como nombre. Así, ¿cómo pensar desde los significados de la noción a principios del siglo xx? Con la intención de imaginar desde lo inmediato. Imaginar con las relaciones que ha establecido mi propio cuerpo, no sólo en las acepciones de práctica sexual, sino que además, comencemos por creer que somos capaces de expresiones Otras.

Ya Diego L. Sanromán (2007), había aportado al Diccionario Crítico de Ciencias Sociales que “en el inglés británico de comienzos del siglo pasado, lo queer se decía de alguien que pasaba por apuros financieros, que se encontraba en la Queer Street (en la calle Queer o en la Amargura, si se prefiere).”[1] Entonces, queer también es andar quebrado, no sólo a la alusión del quiebre en la cadera mientras caminas, o el quiebre en la caída de la mano cuando hablas, sino un quebranto de dinero. Bolsillos rotos o echados hacia fuera. Al revés.

En este tono, es curioso que conozca físicamente dos calles de la amargura. Una en Xalapa[2], Veracruz, a la que actualmente se le conoce como calle Revolución. Así, tal pareciera que ha habido una rara intención por jugarnos chueco en un simbolismo. Pues la instrucción es salir por “el costado” de la catedral (algo así como Adán y Eva), cruzar y leer su placa. Así, cuando bajas y doblas a la derecha, te lleva al palacio municipal de la ciudad, y a la izquierda te lleva al in-mueble del gobierno estatal. Entonces, se puede entender que la Calle de la Amargura está triangulada entre los dos niveles de gobierno (municipal y estatal) y el otro poder que es un catolicismo resignado más no re-significado.

Por si fuera poco, también nos encontramos que a su altura, en la siguiente calle (Clavijero)[3], está el Cabaret, como el sitio de encuentro entre la diferencia multicolor.

 

Si además sumamos que el Parque Juárez (se encuentra al frente), tiene muchas atracciones ya entrada la noche, pues el “Mirador” mira desde la rendija y “El Esclavo” del ágora[4] se libera de las cadenas para ser preso de sus deseos.

En esta geografía tan local, Xalapa, ofrece que sentir la noche, ahí, es diferente a la de cualquier ciudad, pues los pesos de simbolismo se contonean y hacen aún más turgentes sus subidas y bajadas. Por otro lado, si pienso en su leyenda, me hace considerarla con otra sugerencia; la cual data en épocas de la Revolución: Se cuenta del noviazgo de una muchacha con un profesor, éste siempre se desviaba de su camino a la escuela para pasar a verla, así fueron varios meses en los que ya imaginaban sus vidas unidas en matrimonio. Inicia la revuelta por derrocar a Porfirio Díaz y el joven se alista, pero ya no regresa. Ella; apesadumbrada, vestida de novia y llevando entre sus manos un ramo de jazmines, caminaba por la calle preguntando por su amado. Los niños hacían mofa de ella, así que su madre la resguardó entre los muros, allí murió prematuramente de amargura[5]; de ahí el nombre de la calle. El afecto también se vincula, y ante el amor mal o no correspondido, se alega que se anda cacheteando, de hocico o de nalgas en la calle de la amargura.

La otra Calle de la Amargura; está justo en mi pueblo, Acultzingo[6], también en Veracruz; esta calle lleva al panteón municipal. Así cuando lxs deudxs llevan a sus familiares en hombros, es precisamente para hacer transitar una calle de amargura hasta llegar al depositario final de otra vida más. La forma que ofrece esta calle con el conjunto que le rodea, ofrece el parecido con un escalón, un acento en la Avenida Unión, pues ese escalón forma un descanso para mirar entorno y recontinuar con la ligera pendiente, ya sea hacia arriba o hacia abajo.

En ambas calles, es despedir a quien ya no regresará, a quien se fue, a la misma ausencia, o mejor aún, aquello que no está y que se ha quedado de otras maneras; y que quizás quede… “la mala presencia”, “lo que no nos gusta”, “lo que no corresponde”. “Alguien que entró y salió despacio del silencio”. [7]

Si trato de atraer todas estas ideas a lo queer, son eso, intentos. Hilos en posibles tramas. En el repaso de la geografía que han conjurado esas leyendas, o bien, son esas leyendas las que han conjurado a la geografía. De ahí que he intentado este ejercicio, un rastreo desde la noción para atraerlo a mí, entre próximo y cercano, aquello con lo que también mi cuerpo ha dialogado.

Aquí pongo un acento, entre lo aquello que no está, destaca que lo queer no sólo es para figurar las prácticas sexuales, sino que lo queer transfigura y reconfigura sin contornos. Es liminal y abisal. Fronteras y profundidades. La posibilidad de imaginar desde y con lo mío, me es posible hacer materia. En estos llamamientos, también atraigo otra noción, la cual está en lo revolcadito. Aquí, pronto entiendo que de un estar, es a un ser, y luego a un hacer.

Lo revolcadito, es una categoría muy particular que Doña Mary[8] atribuye. Ella califica de revolcaditxs a quienes no están tan prietitos y que “pasan” (haciendo un ademán con su mano derecha confirmando un más o menos y que acompaña con la mirada en un ahí se van).

En ese mismo lado, pongo al revolcadito con el revolcón. Sí, en la práctica del tener, del ser y también del hacer. El revolcón de cama como práctica.

De y en estos modos, puedo apoyarme para pensar en idearios que me den sentido. Precisamente porque esos idearios están matizados a partir de referentes comunes.

Así, desde esos lugares e idearios, habiéndoles caminado, habiéndoles conocido, habiéndoles escuchado y sentido. Sólo puedo decirme como revolcaditx en la calle de la amargura.

[1] Diego L. Sanromán (2007) “Teoría Queer”: Entrada en el Diccionario Crítico de Ciencias Sociales (Coord.- Román Reyes), Tomo III. Editorial Plaza & Valdés (Madrid / México). ISBN: 978-84-96780-14-9; 84-96780-14-7.

http://colaboratorio1.wordpress.com/2007/10/06/queer-teoria/ Recuperado el viernes 12 de abril de 2013, a las 15:54 horas.

“Pero es también a lo largo del siglo XX cuando todos estos contenidos se organizan primariamente en torno al núcleo simbólico del sexo y el género, de los deseos y de los afectos.”

 

[2] https://www.google.com.mx/maps/@19.527408,-96.923127,3a,15.8y,254.54h,77.12t/data=!3m4!1e1!3m2!1suckRUnL7quvYiDlAEGh8Vw!2e0

 

[3] https://www.google.com.mx/maps/@19.5274234,-96.924518,3a,75y,81.18h,82.6t/data=!3m4!1e1!3m2!1sX4Xhz3aWC-L2Zws5iL04zA!2e0

 

[4] https://www.google.com.mx/maps/place/Teatro+-+Galeria+%C3%81gora+de+la+Ciudad/@19.526139,-96.924016,2a,90y,90t/data=!3m5!1e2!3m3!1s-cD-zdR0jIZ4%2FT-0GKJ24OHI%2FAAAAAAAAABw%2FysrDXj073ps!2e4!3e12!4m2!3m1!1s0x85db2dfed0a39829:0xac326678309d67f5!6m1!1e1

 

[5] http://www.xalapaveracruz.mx/la-calle-de-la-amargura-revolucion/

 

[6]https://www.google.com.mx/maps/place/C+de+La+Amargura,+Parque+Nacional+Ca%C3%B1%C3%B3n+del+R%C3%ADo+Blanco,+Acultzingo,+VER/@18.7230739,-97.3098985,3a,90y,162h,90t/data=!3m4!1e1!3m2!1sNn4gJvqmzkWcpCHDP-3AhQ!2e0!4m2!3m1!1s0x85c50902c17d5127:0x9a51ee706663c7d5!6m1!1e1

 

[7] Manifiesto gordx, de Constanza Álvarez. http://missogina.perrogordo.cl/manifiesto-gordx/

 

[8] Ella es una viejecita de Yolomécatl, Oaxaca y cuenta con 86 años de edad.

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El hombre femenino

por Juan Paulo Péreztejada

*ilustración: Franca Ramos

Fui travesti. Me ponía tacones y me pintaba los labios. Con las sábanas, intentaba hacerme el mejor vestido posible cuando no se sabe corte y confección. Tenía cuatro años y no veía nada malo en eso. Era un juego. Si jugaba a ser doctor, a ser director de orquesta o a ser detective privado ¿por qué no podía jugar a ser una diva?

    Mi madre no lo vio tan normal. Creyó que mi comportamiento se debía a la ausencia de una figura paterna a quién imitar —yo que sé si tenía razón o se equivocaba. No me prohibió el juego, pero a la hora del baño, ella jugaba a que tenía una gran barba de jabón y se rasuraba. Me gustaba cómo se veía mi mamá con esa gran barba blanca. Me gustaba cómo me veía yo con esa gran barba blanca, así que empecé a jugar con el jabón en cada baño, como mi mamá me había mostrado, un juego que mantuve hasta la pubertad, cuando me empezó a brotar el vello facial.

    No creo que haya sido por esa sutil intervención materna que dejé de ser travesti. Simplemente, el juego me aburrió, como me aburrió jugar al doctor o al director de orquesta o al detective privado. Pero cada que me preguntan por qué no soy normal, recuerdo que fui travesti, y que nunca me pareció eso extraño.

    Nunca he podido entender en qué consiste su normalidad y en qué consiste mi rareza, ni me he podido percatar de qué es lo que hago para suscitar su extrañeza.

    No me comporto como hombre —aunque ya no sea travestí—. No sé cómo debe comportarse un hombre, pero sé que, en ocasiones, no me comporto como esperan que se comporte un hombre. En más de una ocasión alguien me ha dicho, sorprendido, que juraba que yo era gay. Si les pregunto por qué, suelen mencionar mis movimientos, mi forma de hablar y otros elementos que yo no puedo observar en mí. No soy extraño para ellos por tener gustos sexuales distintos a la mayoría, sino por no tenerlos y no actuar acorde a ello, acorde a como se supone que debe actuar un hombre.

    No me molesta, me divierte. Me entretiene confundir a la gente, ver su reacción al ver sus prejuicios confrontados. Aunque no siempre es tan divertido. Muchas personas —afortunadamente, he conocido pocas— suelen reaccionar violentamente ante el comportamiento que se sale de sus concepciones. Pueden expresarlo en el molesto sermón, señalándote cómo debería comportarse alguien de tu edad y género, pero también pueden expresarlo con menos sutileza.

    El hombre femino puede encontrarse en formas más peculiares. Un amigo me comentaba sobre una chica gamer que conoció en los foros de Macintosh y le llamó la atención porque daba las mejores respuestas a las preguntas de los usuarios. Para su desilusión, era lesbiana.

—Bueno, no estoy seguro de que sea lesbiana —me comenta.

—¿Bisexual? —le pregunto.

—No, le gustan exclusivamente las mujeres, pero no estoy seguro de llamarla “lesbiana».

Su amiga se había sometido a tratamientos hormonales desde hacía varias años atrás. Biológicamente, es un hombre heterosexual. Culturalmente, provoca paradojas lógicas definir… ¿lo, la?

[divider]PauloOut

Juan Paulo Péreztejada, Veracruz, Ver. 1988. Formó parte del Programa de Jóvenes hacia la Investigación en Ciencias Sociales de la UNAM. Estudió lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se dedica a leer en voz alta y a redactar en silencio. Colabora y edita en De-veritas.com.

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Normal delirar

por Ollinca Torres
por Ollinca Torres

por el.laLulú Gübre

Me persigue un hombre blanco heterosexual, lleva una chamarra y unas botas negras de piel; por su elocuencia y su automóvil sospecho que es de clase alta.

 Tras haberme negado a continuar el tratamiento por más de media década vuelvo a estar en su sillón ergonómico. Comienzo a hablar:

Uno de los encuentros

 –Es omnipresente, ya no hay duda. Ayer de regreso a casa, el hambre contaminaba todas las esquinas de mi cuerpa enferma, decido comprar unos esquites, y de nuevo aparece. Esta vez tenía nuevo rostro, y mientras me respondía, sus manos seleccionaban un elote grande para intercambiarlo por dinero a cualquier trans.eunte. Me dijo de forma clara –cocino los esquites con sustancia de pollo, ese es mi secretico… por eso tienen tan buen sabor. Fue inevitable reconocerlo en esa cuerpa, con esa tranqulidad para nombrar el sufrimiento. Agarré mi bici y di pedales tan rápido, con tanto miedo, suplicando una vez más que el caos me ahogara, otra vez me había sorprendido, miré para atrás para asegurarme que estaba fuera de peligro. No estaba fuera de peligro, me perseguía en su coche derrochando dióxido de carbono, podía sentir el olor de su chamarra y sus botas, la piel huele tanto cuando el dolor es su origen.

 De nuevo me encerré en casa, no tengo más opción que inhalar gluten de trigo mientras todo acaba.

 Desde la otra parte del sillón me interpela– ¿tomaste la medicina que te formulé?

–No la puedo tomar me vuelve tontx, me pone débil prefiero la Valeriana.

Un encuentro más antiguo.

 –Piensa un poco en tu infancia, ¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que lo viste?

-Sí. Bueno, no sé si haya sido la primera vez, pero recuerdo muy bien su forma. Yo regresaba de casa con mi primer arete, mi hermoso arete, y al pasar por el abarrotes de la esquina, Don Ernesto parece enfadado conmigo, me detiene y con su voz gruesa (esa misma voz con la que insulta al cielo cuando su esposa Doña Jacinta no le sirve la cena a la hora debida) me dijo: “Esa maricada que traes colgando de la oreja es sólo para las niñas, no vas a querer que piensen que eres un maricón”. Entre mis vagos recuerdos esa fue la primera vez que lo vi, de igual manera no le presté mucha atención, él siempre me decía cosas similares. Dice mi mamá que es porque siempre quiso tener un varón pero sus dos hijas fueron niñas. Que no le ponga cuidado a lo que me dice.

Varios encuentros

 Ojalá todos los encuentros hubieran sido como el primero, pero él me comenzó a perseguir cada vez más, se puso violento, la otra vez me arrojó botellas por besar a un chico, el otro día me llevo a prisión por mi inconformidad frente al Banco Mundial. Se ha vuelto insoportable y definitivamente sus medicinas no me ayudan.

Una historia de amor

 Definitivamente debía comérmelx, hace ya tiempo que no le presto atención a la forma de sus genitales ni al tono de su voz, me he enamorado. El otro día con su ímpetu indomable me desgarró los tejidos de mi ano.rmalidad, me hizo temblar, el llanto de mi rareza cobró sentido junto a su piel mulata, junto a la negrura de sus labios. Se detuvo justo en mi ombligo mientras las sórdidas melodías de sus consignas anacrónicas contra el bombardeo de Gaza bloquearon el paso de mi delirio, y me susurró tan exactamente mis deseos, que sentí cómo los cuervos eyaculaban en mi conciencia.

    El.la, suena igual que mi madre aconsejándome que no le ponga cuidado a Don Ernesto. Tengo coitxs con todes los cuerpas donde la entiendo, yo intento seguirle, espero no sienta que le persigo, carecería de sentido mi rastro. Si no fuera por el.la, el hombre blanco ya me hubiera violado.

No hay conclusión

 Con el gesto del médico recuerdo la razón por la que había suspendido mi tratamiento. Su gesto trataba de escribir de forma legible las nuevas medicinas. –Nada de lo que estás hablando tiene sentido, necesitas regresar a la n o r m a l i d a d, y estos medicamentos te ayudarán, recuerda que es peligroso que materialices todo lo que estás pensando, no te va a llevar a nada bueno. Y por último deja de justificar todos tus actos como si fueran una acción política, nada de esas noches con peluca, ni tu abstinencia de lácteos, ni mucho menos tu desprecio injustificable al dinero van a ayudar a que mejores. No es tan difícil, mira a tu alrededor, la gente normal no es así.

[divider]

Semblanza: el.laLulú Gübre realiza mamarrachxs contrasexuales en el proyecto incuirables, es la titiritera de Analquismo y actriz principal de la realizadora audiovisual Eunuca.

http://inqueerables.tumblr.com/

http://analquismo.wix.com/caossexual

http://eunuca.tumblr.com/

 

 

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Bailar con la gorda

por Citlally Villarejo

¿Por qué asociamos lo gordo con lo malo y lo feo?

¿Por qué los bailarines no pueden pesar cien kilos?

Tengo 23 años, peso 99 kilogramos, y mido 1.59 metros. Según la nutrióloga que visité a petición de mi madre debería pesar 53, mientras que según la tabla de peso coreana debería pesar 43 kilogramos. Estoy – y estaba-, aún lejos de dicho peso.

¿Debería sentirme avergonzada y ocultar mi cuerpo? ¿Debería de ser una “gordita simpática”? ¿Ser “linda, tierna” y todas esas actitudes que el patriarcado exige maximizar en alguien que pesa más de lo que una revista de modas pide? No, esos adjetivos no califican conmigo. Me considero una persona transgresora, mi no-orientación sexual (asexualidad), mi no-orientación romántica (a-rómantica), y mi capacidad, contradictoria, de sentirme atraída estética e intelectualmente por personas de todos los sexos, géneros y preferencias (panfectiva)… y transgresora del cuerpo, porque siempre he sido obesa según la calificación del sector salud. A partir de mis ocho años se presentó en mi vida mi eterna amiga: la distimia. La comida se volvió mi medicamento, pero la gordofobia me hundió más en ella y me llevó a otros consuelos.

¿Debería de dejar ir a fiestas? ¿Debería de dejar de besarme con todxs en una fiesta solo porque es divertido haber besado a múltiples personas, aunque no sienta atracción en ningún nivel por ellas? ¿Debería ser recatada porque soy gorda? Sencillamente los kilogramos que marquen la báscula no importan; cuando la gente descubre que mi gastritis se la debo a mis periodos de bulimia y anorexia que viví desde los nueve años hasta los veinte, se cagan de la risa ¿cómo una obesa pudo ser anoréxica por tanto tiempo? Bueno, esto iba y venía: pasé de pesar 96 kilogramos a pesar 81 en menos de un mes, de 81 a 74 en una semana, bien, estaba tan jodida que me desmayaba todo el día…¡Basta! Las palabras de los demás hieren cuando se busca aprobación, pero, ¿por qué habría de aprobarme alguien más que no fuera yo? Siempre he sido muy consciente de que somos nosotros quienes formamos nuestra propia felicidad… Así que, mandé al carajo todo.

Estuve en una compañía de teatro toda mi infancia y jamás me alejé del arte, continué en la literatura; además de trabajar en radio, ser vlogger, decidí que era hora de hacer algo que también me apasionaba: ¡bailar!

En ese momento, mi universidad impartía cursos de danza árabe. Debo admitir que iban chicas esperando tornear un abdomen y tenerlo como se lo exigen las carnívoras ideas machistas, pero cuando conocieron a la maestra desistieron. Y así, entraban y salían una tras otra, me quedé por aprender, pero hubo un momento donde decidieron que no me vería bien con un top decorado, y una falda transparente…

Al demonio con todo ¡seguiré bailando! Un accidente me llevó a sustituir la terapia física por la danza contemporánea, con un mentor –porque no solo fue un maestro- sorprendido por mi capacidad elástica, mis 108 kilogramos –con los que comencé a bailar-, podía hacer piruetas, moverme con toda gracilidad ¿quién dijo que tenía que estar en los huesos para crear arte con mis piernas? ¿quién dijo que tenía que pesar menos para poder girar sobre mí misma, tirarme al piso, levantarme y seguir saltando? Tuve un público sorprendido, al igual que otros bailarines, maestros, maestras, que no vieron una limitante en mi peso, es más, ni siquiera les importó, me impulsaron a continuar en algo que hoy se ha vuelto parte de mí.

Te tocó bailar con la más gorda”. Pues sí, bailar con la más gorda es sabrosear más, porque no hay huesos que se te entierren, soy como una nube en el viento, formando, haciendo a todos imaginar, soy el color, llenado toooodooo, con mi tamaño penetro en todos lados, mis movimientos pueden ser amplios, soy como una montaña, cuando me muevo ¡todo tiembla! Y tiembla con toda mi belleza desbordante.

 

 

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Paraíso acuático

Ilustración por Nooz
Ilustración por Nooz

Magdalena Piñeiro

Si me dieran un céntimo por cada vez que conseguí alguna nueva dieta, nutricionista, trucos hipocalóricos, ejercicios quemagrasa y toda diversidad de caminos posibles para bajar de peso, sería más rica que los mandamases de Wall Street. De mis actuales 27 años, los últimos 19 he dedicado cada noche a imaginarme cómo sería mi cuerpo delgado, cómo sería mi vida si yo fuera delgada y cómo conseguir ser delgada. E inevitablemente, he dedicado la misma cantidad de tiempo a torturarme por mi fracaso.

    Ya de pequeña soñaba cada verano con adelgazar muchos kilos, para que así, al siguiente inicio de clase, mis compañerxs vieran lo delgada y hermosa que estaba, y todxs empezaran a admirarme y brindarme ese respeto que nunca me tuvieron. Sí, lo soñaba desde pequeña, porque tenía solamente 8 años cuando comencé a tomar conciencia de que era la gorda de la clase, la gorda del grupo, la gorda del barrio, y de que algo andaba (muy) mal con mi cuerpo. Y empecé, poco a poco, a odiarlo; a odiar mi cuerpo.

    Respecto a esto último debo hacer una aclaración: hay cierta ilusión de lejanía entre cuerpo y mente cuando odias tu cuerpo. Pero en realidad, comenzar a odiar tu cuerpo es comenzar a odiarte entera, desde dentro hacia afuera, y viceversa.

    Miro las fotos de aquella época y lo recuerdo todo perfectamente. Me recuerdo perfectamente.

    Desde la adultez, hoy reconozco el punto de inflexión (el antes-y-después) en las vacaciones de verano que pasé con mi familia en un parque acuático al norte de mi país. Era la primera vez que veía una piscina: cualquier niña hubiera salido corriendo como una loca al tobogán o a meterse de cabeza al agua. Así lo hizo mi hermana. Pero yo no. Yo me senté en un banco que encontré entre unos árboles y le dije a mi madre que no me apetecía, que no quería bañarme en la piscina. Era mentira. Lo que no quería era desnudarme. Sentía vergüenza de mi cuerpo. Era la primera vez que veía una piscina y también la primera vez que sentía vergüenza de mi desnudez. Y repito: tenía solamente 8 años. Hoy miro las fotos y no creo que estuviera gorda. Pero esa yo no importa. Importa el lastre de los hechos.

    Mi madre me miraba atónita. No entendía nada. Creo que a día de hoy sigue sin entenderlo. Siempre fue esbelta, delgada y muy bella, y sólo engordó de mayor, cuando ya no le importaba un carajo nada. Ser la niña gorda es otra cosa. Otra historia. Las palabras, los insultos y las humillaciones se te enredan en la cabeza desde la infancia y ya no puedes destejerlas nunca más. Soy capaz de recordar con la misma claridad lo feliz que era en los columpios del patio de mi casa, tanto así como la primera vez que mi mejor amigo me dijo «te pediría que fueras mi novia si no fueras gorda» (tenía 12 años).

    Y allí estaba yo sentada entre los árboles. Seria. Resistiéndome a la desnudez y a la piscina. Mi madre no entendía nada, así que me gritó, me obligó a desvestirme y a meterme en la piscina con mi hermana. Tengo varias fotos de ese día. La cara triste sentada en el banco. La cara triste (escondida en un rincón cerca de la escalera) cuando mi madre me obligó a meterme a la piscina. Y la cara de felicidad después de la primer media hora en el agua, cuando ya me había olvidado de mi cuerpo y de la vergüenza que me producía, y sólo era una niña de 8 años disfrutando de la piscina, jugando y chapoteando con mi hermana.

    Cuando cayó la tarde mi madre nos llamó: teníamos que irnos. Nos dijo que saliéramos para secarnos y vestirnos. Y me puse a llorar.

Hoy sigo siendo la última en desnudarse y meterse al agua. Y también la última en salir.

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Magdalena Piñeyro.
Licenciada en Filosofía, militante feminista y bloggera.
Administradora de la página Stop Gordofobia.
Blog personal:
ladobleefe.blogspot.com.es

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Sobre la muerte de la gran y grande Alina Barrera

Ilustración por Alex Xavier Aceves Bernal
Ilustración por Alex Xavier Aceves Bernal

por César Cortés Vega

1.- El encanto de Alina radicaba en un desparpajo de carnes desbordadas y frases inteligentes. Y podría haber llegado a ser muchas cosas, si su visceralidad no la hubiera traicionado una y mil veces. Se trataba de una mujer robusta, que asumía su condición mediante una abundancia contrariada. Así, mostraba sus tetas de la misma manera en las fotos de su perfil público, que en la vida tangible; bailaba borracha pintando violines hacia los cuatro puntos cardinales; pedía a gritos más whisky o más cocaína mientras se reía de alguna cosa que sólo ella entendía. Y en medio de ese desahogo y su comunicabilidad en el vacío pernicioso de nuestras conexiones neuronales, Alina y yo compartíamos ciertas miradas, una manera de entender la melancolía y de pitorrearnos de ella, sin eliminarla del todo. Nunca conocí a nadie que fuera capaz de guardar la tristeza y catalizarla hacia una extraña alegría destructiva, como ella lo hacía. En las celebraciones del caos que toda lírica citadina guarda, y de las que no todos salen bien librados, nos intoxicamos varias veces, atravesando la noche Mexicana hacia los bares más jodidos de la ciudad de la tranza. A veces la veía henchirse mientras hablaba, o al bailar moviendo su gordura como un astro de anillos iridiscentes, intentando ligarse a alguien, hasta que lo conseguía. Luego platicaba sus experiencias sexuales con lujo de detalle, intentando cachondear tu mente con las peores guarradas, lo cual siempre me hacía reír. Poco después, en un tono afable, lloraba sus desventuras, pidiendo consejo. Una energía de intensidad no modulada la invadía; sus obsesiones cíclicas enfilando hacia la locura, mientras su mente ágil encontraba alguna saeta con la cual proponer una queja en contra de algo, en el centro del desencanto, al lado de los rastros contagiosos de la política frustrante a la que estamos acostumbrados en estos lares.

Pero quiero decir antes de continuar que no me encantan los homenajes. Por el hecho de que la mayoría considere a tal o cual personaje trascendental, ya me producen sospecha. Y es que, por más que sea cierto que haya personas que afectan el pensamiento y la acción de una determinada mayoría, algo así desestima el potencial de lo aparentemente inacabado, que no recibe la atención de quienes están ocupados en la iteración de las mismas figuras, las mismas hazañas, o incluso de las mismas necedades. Una cultura evolucionada debería tener algo así como instancias que buscaran lo cierto en lo incierto, preocupadas incluso en revelar lo oscuro de los héroes o también en encontrar las virtudes de la abyección. Ya los inteligentes patafísicos se concentraban en los epifenómenos, que son aquellos que aparecen al lado de los fenómenos reconocidos, sin afectarlos. Y con ello, al clavar los ojos en lo particular rechazando lo general, se mofaban bastante bien de la metafísica que le ha dado cobijo a sus larvas, en el territorio de nuestros fracasos culturales más sonados.

Entonces, bajo la sospecha de que eso que todavía algunos llaman destino es una construcción hecha de casualidades de la más ridícula procedencia, es que a veces concentrarse en aquello que se olvidará, o que pasará desapercibido, puede darnos mejores pistas del lugar ocupado por los vivos –que por cierto está arriba de los espacios que luego servirán para enterrarlos. Porque son esas casualidades a las que, en todo caso, deberíamos rendirles homenaje. Esta es la razón por la que escribo esto, luego de haberme enterado hace poco a través del epitafio complejo que me parece ahora Facebook, de que Alina ha muerto. Por eso este brindis escrito de adiós para/con mi amiga.

2.- Poco antes de que Alina apareciera, yo prácticamente escapaba de todo contacto humano. Se acababa no sé qué año; uno de esos primeros luego de la gran pedota finisecular del 2000, que fueron una especie de cruda de mierda, con fracasos como resultado de endeudamientos emocionales causados por la esperanza de que el nuevo milenio nos había hecho escapar del tono apocalíptico, y que entonces algo muy bueno nos esperaría con los brazos abiertos. A mediados de la década siguiente, todos se habían dado cuenta de semejante idiotez. Así que por esas fechas, decidí huir de las fiestas decembrinas que también prometen, a pequeña escala, algo similar; una natividad de litopedia nonata, también de mierda. Por eso unos días antes de las primeras posadas, tomé una mochila para disponerme a ir a la terminal de Taxqueña y subirme al primer autobús hacia cualquier lado para escapar también de las uvas, el calzón rojo y, sobre todo, de las crudas infernales. Y ya salía hacia allá, cuando vi que junto a la puerta del edificio donde vivía, había pegado un papel amarillo convocando a escritores para acudir a un extraño grupo que emprendería un proyecto colectivo. ¿A quién carajo se le había ocurrido pegarlo ahí, espacio en el que nadie ponía nada nunca? No era un cartel, ni mucho menos. Era un impreso en tinta negra a texto corrido, sin la retórica rimbombante que suelen utilizar las escuelas para escritores con el fin de engatusar a incautos amateurs que se imaginan genios incomprendidos. Parecía algo más ingenuo, y justo por eso, más confiable. Sí era un laboratorio, sí había que pagar, pero parecía algo distinto. Y yo llevaba varios años sin escribir, luego de que me hartara de las grillas y la precariedad de los formatos tradicionales. Pero deseaba regresar a hacerlo, así que decidí apuntar el teléfono y hablar en ese mismo momento, antes de largarme a pasar el año nuevo a San Juan de la Chingada.

Al año siguiente, ya era yo parte del grupo donde conocí a Alina. Y ahí fue donde leí fragmentos de una novela que estaba escribiendo; un conflicto de calle, drogas y vértigo emocional bastante bueno. Lo que me cayó bien de ella, fue que cuando leía en voz alta para el grupo, lo hacía en plan ñero, sin fingir, articulando palabras tipo, panocha y vergota así, sin titubear ni un momento, como si formaran parte de un vocabulario funcional para referirse a cualquier cosa. Vulgar, sería una palabra casi justa para describir una primera sensación al escucharla. Sin embargo, ella no había llegado a ese punto de valemadrismo que espera con sus actos la tribulación en el otro. En todo caso, su vulgaridad era natural e iluminada, lo que dejaba claro que había vivido la calle, y que conocía bien al tipo de gente que describía en sus textos. Había en ella algo pantagruélico, su ser rollizo apuntaba hacia todos lados, una especie de ofrenda surgida quizá del dolor, pero entregándose hacia las infinitas posibilidades del espacio y sus deseos subsecuentes.

Sin embargo, mi hosquedad natural se había incrementado en aquella travesía por ningún lugar del año anterior, así que me seguía sacando ronchas el roce humano, por lo que luego de las sesiones sabatinas, siempre salía de inmediato del lugar de reunión, para irme a caminar por horas con rumbo, de nuevo, hacia donde fuera. Y un día Alina salió tras de mí, y me preguntó que qué pedo conmigo. Güey –me dijo– estás bien raro. ¿Qué haces, a dónde vas, por qué ni te despides de nadie? Le expliqué que estaba medio frito, y que justo por eso me largaba a caminar hasta lograr una especie de embriaguez medio en onda caminata de poder, medio en onda Santiago de Compostela. Sí, estás muy pinche raro –me contestó. Asentí, y no sé por qué la invité luego a venir conmigo. Quizá lo hice con la esperanza de que la conversación se terminara después de que me dijera que no. Pero para mi sorpresa, aceptó. Me encogí de hombros y comencé a caminar entonces. Y así estuvimos horas deambulando y hablando pendejadas, hasta que me contó que ella era la que pegaba los papeles amarillos por toda la ciudad para que la becaran, porque no tenía dinero suficiente para pagar el total del curso.

Uno busca ese tipo de coincidencias para adelantar los resultados de la esperanza, que suele reprobar a la mayoría. Una dádiva que se cuela en nuestra percepción en el momento justo, resulta ser lo que nos salva. Porque gracias a ese papel pegado junto a mi puerta, yo regresé a hacer algo que se ha convertido ahora en una de mis vocaciones. Por eso, ese día decidí que Alina sería mi amiga; la primera que habría conseguido en mucho tiempo.

3.- Decir undeground es no decir nada. Eso es lo mejor, quizá, de algunas palabras de uso ambiguo: que se mantienen alejadas de la referencia inmediata haciendo que las imágenes evocadas por quien las usa, sean muy diversas, e incluso contradictorias. Yo, cuando escucho la palabra, imagino algo así como “el reino de lo inacabado”. Pero también recuerdo aquella frase de aquel colectivo Luther Blissett: en el fresco, soy una de las figuras del fondo. Quizá los momentos libres que la precariedad ciudadana nos brinda quiero decir, los momentos de verdad, en los que la vida se pone en juego, más allá del control ocurren en lo oscuro. Si hay algo convencional ahí, son los residuos sentimentales de la superficie. Lo demás se reinventa. Y digo ahora que esos son los gordos momentos, báquicos por excelencia, en los que el derroche no se controla, en los que todo se excede gracias a que aquellas morales de la superficie deben ahí renegociarse.

Si Alina sufría, era gracias a lo duro que resulta la renuncia a un modelo. Ella lo sabía, y juntos nos reíamos de ello. Porque lo que hacía en lo oscuro, es decir, lo que no cuadraba con el modelo, era su modelo. Y yo sé que eso sí lo disfrutaba, como ninguna de las otras personas que conocí gracias a ella en el territorio underground que habitaba. Porque Alina guardaba historias muy duras que no platicaré acá. Entonces aquella fuerza expansiva, de atasque emocional y de sustancias, habría sido una congregación erótica de muerte imparable. O no. Yo no lo sé. Lo que sé es que aunque la gente la quería, muchos fueron alejándose de ella. Yo mismo, no pude seguir el ritmo que llevaba. Mi doble moral no era igual a la suya. Ahí no coincidíamos, porque yo quería operar desde la ambigüedad en el mundo como estrategia, y ella sabía que no podía. O que no quería.

Uno de los consejos que le di, y que menos atendió, fue que tenía que seguir escribiendo, porque poseía la mirada necesaria y la justa furia para ello. Yo imaginaba toda esa fuerza y esa gula, preparando buenas bacanales ficticias en los territorios de la literatura. Pero quizá eso era justo lo que no podía hacer; sentarse a sopesar mediante un régimen clasificatorio los debidos argumentos. Eso, al fin y al cabo, también tiene su buena dosis de moral auto-regulatoria. Ella, en todo caso, estaba para ser lo que fue; excedente remolineo; gasto de energía en el vértigo de estos tiempos de penumbra; la gran y grande Alina del vehemente amor, que nadie pudo recibir del todo.

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La Tecnología es el Nuevo Fetiche- María Llopis

por María Llopis

 Son las 3 de la mañana. Acabo de llegar a casa. Estoy borracha y cansada, pero no tengo ganas de dormir. Esta noche no he ligado y me apetece sexo. Me meto con mi ordenador en la cama y me lo pongo entre las piernas. Tecleo en la barra del navegador chatroulette.com (una web para chatear en la que se tiene sexo on line con desconocidos) y me aparece una ventana advirtiéndome de que mi imagen puede ser grabada. Acepto.

   A mí me da igual que me graben y que utilicen mi imagen para lo que sea. Porque considero que mi dignidad va más allá de la imagen de mi cuerpo desnudo y abierto de piernas en la red. Es más, considero que esa es mi dignidad. Trabajo en torno a la sexualidad, la postpornografía y los nuevos feminismos, así que mi cuerpo es mi campo de batalla. Aunque en la sociedad en la que vivimos el hecho de mostrarme es considerado una humillación. Un hombre no tendrá muchos problemas, a no ser de que muestre prácticas tales como homosexualidad, transexualidad, fetiches y otras prácticas fuera de la heteronormatividad.

   Pero los viejos tabues en torno a la sexualidad de la mujer persisten y somos consideradas unas guarras si nos negamos a mantener nuestras piernas cerradas en el espacio público.

   Nosotras reivindicamos esa guarrería. Putas, guarras y orgullosas. Y cuando digo nosotras me refiero al movimiento postporno. Me refiero a Diana Pornoterrorista, a las Post Op, a la Quimera Rosa, a Helen la Zorra Suprema, a Itziar Ziga, a Klau Kinky y a tantas otras. Y también a todos esos hombres fuera y dentro del movimiento que se muestran penetrados por dildos imposibles, que reniegan de una masculinidad hecha de roles de género normativos. Hombres que deciden plantear una nueva masculinidad donde se alían feminidades y feminismos.

   En otras sociedades, lejanas y remotas, la exhibición de la vulva era una muestra de fuerza y de honor. Ana Suromai se llama. Mujeres que exponen sus genitales y con ello aplacan la ira de monstruos y dragones, mujeres que enseñan sus coños abiertos al mar para que este no se enfurezca y les traiga a sus maridos marineros de vuelta. “La mar es posa bona cuan veu el con d´una dona”, reza un antiguo dicho catalán. Qué lejos nos quedan ahora esos dichos, esas esculturas, esos dibujos y esas estatuas de mujeres mostrándose.

   En la sociedad en la que vivo, las mujeres exponen sus vulvas en primerísimos primeros planos en la pornografía o en la silla de la clínica ginecológica.

   Llena de orgullo contemplo mi coño abierto en la pantalla de mi mac. Tengo la máquina entre las piernas, sujeta firmemente, de modo que la web cam graba mis genitales. En chat roulette puedes chatear con cámara con desconocidos. Vas apretando la tecla de next hasta que te encuentras con alguien que te seduce y con quien te apetece pasar un rato. Es azaroso con quién te vas a encontrar, sólo puedes darle al siguiente y rara vez repites partenaire. Sobre todo, te encuentras con pollas en erección, y sí, hay pocas chicas. Con lo divertido que es. Y muy práctico. Llegas a casa tarde y cansada y sin haber ligado y tienes ahí a tu disposición a un montón de carne sólo para ti.

   Voy a por faena. Empiezo a pasar ventanas y me encuentro con un grupo de chicos. Me quedo. Hi. Hi. Me encantan los grupos, son muy divertidos. Jugamos. Haz esto, haz lo otro. De repente me preguntan si soy un hombre y la pregunta me desconcierta porque la obviedad de mi desnudo integral se muestra clara y concisa. Insisten. Me preguntan si me he operado. Si me he puesto tetas, si me he quitado la polla y me he construído un coño. La sangre fluye ahora en dirección opuesta. De mis genitales a mi cabeza. Me pongo a pensar y dejo de pajearme. ¿Por qué estos chavales me están preguntando esto? Creo que lo sé. Hoy estoy obvia, sin preliminares, directa, quiero sexo y punto. No estoy tímida ni discreta ni pasiva. Es el comportamiento que la sociedad asocia a la masculinidad, así que estos machitos heteros no pueden asumir que una persona con un coño entre las piernas pueda salirse del rol de género femenino clásico y navegar con un rol activo. Tiene que ser un hombre.

   A veces me dicen que soy muy masculina, pero quien me dice algo así sólo está mostrando sus prejuicios con respecto a lo que debe ser un hombre en contrapartida a una mujer. La feminidad versus masculinidad. Como si el género no fuera algo que fluye y que navega y que cambia y que nunca se mantiene estático. Qué cansancio ser siempre agresiva dominante. Estoy segura de que todos esos machos heteros no lo aguantan tampoco y que se mueren de ganas de jugar con su feminidad. Si todos hiciéramos un poquito más lo que nos viene en gana y un poquito menos lo que creemos que tenemos que hacer.

   Hago click en el botón de next y busco un nuevo partenaire en el chat roulette. Chicos, ahí os quedaís. Ni me despido de los chavales que están convencidos de mi transexualidad. Next. Next. Next. Me encuentro a un chaval que parece interesado en lo mismo que yo, una paja a dos para aliviar la tensión de la noche. Nos ponemos, chateamos un poco y comenzamos a masturbarnos. El teclado está pegajoso. Esto es lo que tiene el cyber sexo, que es imposible no dejar el ordenador hecho un asco, porque estás con las manos en la masa, pero la interacciones a través de tu hardware y no vas a estar limpiándote las manos ante la urgencia del deseo. A veces tengo la sensación de que me follo a mi mac, sosteniéndolo entre mis piernas que tiemblan por el orgasmo inminente, con el teclado impregnado de mi flujo. Y la verdad es que me erotiza. Mi mac, siempre ahí para mí, todo mío, una puerta abierta a un mundo infinito de deseos a través de internet. Mi herramienta de trabajo, mi herramienta de ocio, mi herramienta de placer. La tecnología convertida en fetiche.

   Me masturbo contemplando cómo se la menea el individuo que tengo en pantalla. Me excita el real time, el hecho de que esto esté sucediendo en algún lugar del mundo ahora, ni idea dónde, lo importante es que hay dos personas que quieren sexo ahora, y a las que les pone que otra persona también lo quiera en este preciso momento. Y nos da igual quién sea el otro, ni qué es el otro, lo único que importa es que nos pone vernos, ver la carne del otro, ver el deseo del otro. A penas hemos empezado, pero veo cómo el semen se derrama. Qué rápido, pienso. Me vuelco sobre el teclado para preguntarle por su rápido orgasmo pero sin más contemplaciones el chaval me pasa, es decir, ha apretado la tecla de next se ha desconectado, es decir, me ha dejado plantada y a medias.

Me enfado.

   Igualito que en la realidad no virtual, el típico o la típica que se corre y se levanta y ni se preocupa de por donde andas tú. Falta de modales y falta de educación que tiene la gente. A veces las cosas son lo mismo en todas partes, da igual que estés echando un polvo en el baño, en tu cama o en chat roulette. Yo, cuando me corro y veo que la otra persona todavía no ha llegado, me quedo abierta de piernas un rato, para que el otro pueda acabar. Tengo modales. Chat roulette es una cama más en la que meternos a follar, y el sexo es sexo en todos lados.

   Acabo mi accidentada paja con el primero que me encuentro y coloco la web cam apuntando a la pared. Dudo de si debería seguir. Son las 4 de la mañana pero sigo sin tener sueño. Me cuesta salir del chat roulette. Estoy enganchada, lo reconozco. Me conecto cada día, por la mañana, por la noche y durante el día en cada hueco que tengo. Tengo ganas de conectarme ahora mismo mientras escribo este texto. Ayer llegué tarde a la cita con mi editora porque faltaban 20 minutos para tener que salir de casa y aproveché para conectarme, y claro, me encontré con un tío encantador de Lisboa, y tuve que desnudarme con él y pajearme y correrme y volverme a vestir y lavarme la cara y quitarme la expresión de idiota que se me queda después de tener un orgasmo y salir a la calle y entrar en el mundo real. Porque estos mundos son otros mundos, aunque esas persona existen y se pajean y se corren como yo, de alguna forma pertenecen a mi fantasía, no existen más que en mi deseo y cuando mi deseo es saciado y mis normas de cortesía aplicadas, apago la pantalla de mi ordenador y estoy yo sola. Sola.

   Me da miedo este sexo higiénico y seguro que supone tener sexo on line. No hay riesgos, no me puedo quedar embarazada, no puedo coger una enfermedad de transmisión sexual, no me pueden comer la cabeza. Porque cuando yo quiero, desconecto la pantalla y se acabó, estoy en el silencio de mi cuarto, en la soledad de mi mundo, en la otra realidad, la de este lado del teclado.

   Sigo. Sigo y me encuentro con un señor mayor que me cae simpático, así que me quedo. El señor quiere un primer plano de mi coño y yo se lo doy, soy muy complaciente en el chat roulette, tengo alma de sumisa. Pero de repente la imagen se mueve, la web cam del señor está desplazándose y me pregunto donde va. “Look, I am touching your pussy”. Y veo como su dedo acaricia la imagen de mi coño abierto en la pantalla de su ordenador, porque le ha dado la vuelta a la web cam y enfoca su propia pantalla. Menuda superposición de capas de realidad, pienso. Y me río.

Next.

   El siguiente lleva puesta una máscara de una calavera. Me pone follarme de forma simbólica a la muerte. “Nice mask”, le digo. “Show me your pussy”, me contesta. Me corro alegremente y me voy a dormir, porque son las 5 de la mañana y estoy satisfecha.

Barcelona, 6 de julio de 2010.

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María Llopis (Valencia, 1975) Artista, activista, queer, postputafotofacebook-pornógrafa, autora del libro El Postporno era Eso. Actualmente se encuentra en el proceso de producir su segundo libro  Maternidades Subversivas.

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La –muy- breve historia del niñx cyborg

Imágenes y texto por Cyan

Está lloviendo sobre Tlalpan, estoy en un camión hacia Xochimilco y espero pasar la próxima hora aquí dentro pensando en escribir mi acercamiento y fetiche al imaginario cyborg (como sea que lo entiendo y lo vivo).  Se sube un niño de unos 5 años, sólo alcanzo a ver que lleva dentro de su pequeña mochila negra una patineta de madera bastante usada con llantas azules y pienso mientras sonrío “que padre que está bien morrito y ya le da a la patineta”. Entonces, lo más interesante: pasa entre la gente para encontrar un lugar para sentarse y me doy cuenta que su brazo y mano izquierda es una prótesis; a lo que sonrío mucho más y cruzo  mirada con un señor mayor que me descubre con mi expresión de fascinación (y empatía) hacia el niñx.

    Probablemente ahí empezó, a mis 6 años. Con 14 años, la primera vez que le dije a un amante que durante 6 o 7 años había tenido una relación lésbica-incestuosa-infantil, me dijo que todas las familias tenían secretos. Ya no era para mí un secreto, si no ¿cómo lidiar con mi condición cyborg cuando mi familia creía –y sigue creyendo- que me violó repetidamente una adolescente?

    Pasaron al menos 5 años para ir habitando mi cuerpo cyborg, que se construye, destruye y re(de)construye, con prótesis genitales intercambiables, un mecanismo de deconstrucción de los patrones corporales, un cuerpo que habita otros cuerpos, otras cuerpas, con implantes de extremidades masturbadoras. Un cuerpo que comparte y goza de sus transformaciones. Gozosa en el imaginario cyborg.

    Pronto me di cuenta que, al habitarlo, lo fetichizaba. ¿Por qué me calentaba tanto coger otrxs cyborgs? Lo interesante y gozoso está en la variabilidad de caracteres y transformaciónes -magníficos profilácticos orgánicos contra la heteronormatividad-. ¿Qué tanto había en la fetichización de la máscara de gas, el coger con la máquina, el ritmo repetitivo-penetrativo industrial, los cuerpos andróginos, las prótesis genitales? Quizá Haraway me estaría diciendo que no estoy entendiendo nada, que mi imaginario cyborg no se acerca nada a su manifiesto y que lo estoy viviendo y habitando como la cultura nos enseña a visualizar la ciencia ficción. En parte es muy cierto.  Mi imaginario se cuenta así como resultado de todas las experiencias que puedo recordar desde que tengo memoria.

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[El cyborg se sitúa decididamente del lado de la parcialidad, de la ironía, de la intimidad y de la perversidad. Es opositivo, utópico y en ninguna manera inocente. No está estructurado por la polaridad de lo público y lo privado. El imaginario cyborg no se identifica con raíces, culturas anteriores o identidades previas, porque no las tiene. Un cyborg es un organismo que mezcla lo orgánico y lo inorgánico en una unidad nueva, que pierde identidad sexual o de especie humana. Esa mezcla puede renovarse siempre que se desee; por lo tanto no hay una identidad estable y definida, sino una posibilidad permanente de cambio.]

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¿Y ustedes pa’ cuándo?

Ilustración Iurhi Peña
Ilustración Iurhi Peña

Por Karla Patricia Gómez Sotelo 

Mi pareja y yo tenemos una relación desde hace casi 6 años y como seres humanos, hemos tenido conflictos, situaciones de alegría, retos, silencios y momentos incómodos como cuando algunas personas, ya sea familiares, amigos y conocidos nos comenzaron a preguntar: ¿no tienen hijos?,  ¿cuándo piensan tener hijos?, ¿quieren tenerlos?

La cosa aquí es que antes de ello nunca nos lo preguntamos, ni si quiera era algo que nos afectara o beneficiara, pues nuestra relación tiene como frutos el conocernos, disfrutar y amarnos.

 Una vez mi suegra extendió con más énfasis al respecto de los vástagos, frases como: “Que no le dé miedo a Karlita”, “un hijo es ninguno” salieron de su boca y entraron a mi oído como la muestra de que para muchas personas la experiencia de procrear no es algo de qué preocuparse; sin embargo, ¿cuál fue mi postura? creo resolví en dos, una individual y la otra en relación con mi pareja. La primera resultó, después de muchas meditaciones, conflictos emocionales y chaquetas mentales, que sí, quiero ser mamá algún día; tengo ganas de experimentar la sensación de alegría al sentirlo crecer dentro de mí, reconocer que el amor que le he prodigado a este ser masculino ha resultado en un punto de común acuerdo con las leyes de reproducción que dictan este universo, donde somos animales. Me fascina la idea de hablarle, de enseñarle todo lo que me parece maravilloso y genuino en este mundo, acompañarlo en su dolor y contribuir a su crecimiento, creo que me derretiría al momento de conocerlo, de sentir su peso fuera de mi cuerpo. Concluí que de manera subjetiva me encanta la idea, aún y cuando  existan toda serie de cambios no tan positivos, como despertar en la madrugada con horarios fijos para darle de comer, un aumento considerable de stress por la preocupación del sistema económico y las relaciones sociales violentas. Como bien dicen por ahí toda alegría conlleva dolor y ¡esta sería una inmensa alegría!

 Por otra parte, considerando que elegí a mi pareja al cien por ciento y ahora tenemos una comunicación más estable, pensé que juntos seriamos buenos padres, etiqueta que llevan las nociones de amar incondicionalmente y aprender en el camino a ser, pero cuando platiqué con él acerca de la concepción me desanimó su respuesta: él no quería tener hijos. Yo no soporté el hecho de que no quisiera un producto bellísimo de nuestro amor, así que intenté convencerlo de que la idea era más que linda, divina, pero él insistió  «si a duras penas puedo conmigo, además la sociedad esta muy difícil en estos tiempos», mientras yo contesté «entonces no estás agradecido por tu vida, ni tampoco crees que el mundo está colmado de cosas que valen la pena». No obstante, no me sentía bien con esa posición de defensora de la gravidez, donde me sentía casi como una víctima, así que asumí mi responsabilidad emocional y comprendí que independientemente de mi opinión, él también tiene derecho a crear la suya y no sólo en este caso sino siempre, me liberé y sentí que no importa si no estamos de acuerdo en ser papás, ya lo haremos cuando ambos sintamos la misma necesidad, o incluso si mi deseo fuera tan grande, entonces llevaría a la práctica el amor propio y seguiría mi camino hasta encontrar lo que llene a mi persona y sin rencores. Esta decisión me devolvió la paz.

Con el tiempo, también hemos tenido la oportunidad de explorar más información a través de las diferentes situaciones de vida, por ejemplo, nos hemos interesado por convivir de cerca con los niños para saber más sobre la infancia, algo de lo que no me arrepiento ni un instante y les aseguro que Jorge (así se llama mi pareja) tampoco. Otro ejemplo es el día en que creí estar embarazada, sentí tanto miedo e inseguridad que pensé en el aborto, entonces la frase popular de “del dicho al hecho hay un buen trecho” tuvo mucho significado para mí, por lo que yo ya no soy tan tajante al expresar la decisión de querer ser madre. Así que en resumen no tengo una postura ideológica o una elección al cien por ciento definida, tan sólo tengo una imaginación que me gusta y un hombre con quién reproducirme, ya solamente queda, como casi todo en la vida, la parte por descubrir del azar y de la naturaleza.

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"Refugio" por Susana del Rosario

Mi cicatriz en el vientre

Por Sat Trejo

Mi cicatriz en el vientre. Diez centímetros de piel cortada y remendada, muerta. Tenía 17 años, dijeron que se vería como una cesárea, pero lo que me quitaron fue un quiste y parte del ovario izquierdo. Diez años después empezaba la maestría y regresé al quirófano para que sacaran otro quiste. Aun anestesiada y algo aturdida, escuchaba que había sido peor de lo que se imaginaban, si quería tener hijos necesitaba apurarme, sería difícil…tendrían que inducir con inyecciones la menopausia, y condenarme a tomar una pastilla cada día para mantenerla.

A un año y medio de ese momento, lejos del día en que pueda plantearme si quiero o no ser madre, me revelo. Yo. Sin pastillas, sin hijos. Me rehúso a obligar a mi cuerpo a vivir una menopausia adelantada. La primera vez que decidieron parar mi menstruación tenía 14 años, fue una imposición. Mi cuerpo no paraba de sangrar…un año entero me mantuvieron con hormonas para obligarlo. Nadie se molestó en compartir, en ese momento, que me habría podido cambiar la voz. Mi cuerpo no era mi cuerpo, las decisiones las tomaban otros. La justificación, evitar un posible problema, parar algo que no saben como arreglar, minimizando las consecuencias desfavorables que se pueden producir.

A la mejor no podré tener hijos, a lo mejor volverán los quistes, pero me prometí no tomar decisiones basadas en miedo. El miedo con el que arropan cuerpos adoloridos o que no funcionan como los demás. Ser mujer joven significó someter mi cuerpo a las decisiones de expertos y familiares. Luchar contra las expectativas sociales, re-pensar mi identidad de mujer que sangra y que no sangra, hacer las paces con un cuerpo fragmentado, pedirle perdón por abandonarlo a las decisiones de quienes lo alejaron de mi.

Cuando le comenté a mi mamá que quería empezar el doctorado dijo “entonces, ¿cuándo vas a tener hijos?’ A lo largo del camino me han hecho ese tipo de preguntas y comentarios. Me refiero a preguntas que asumen mi cuerpo es fértil o que yo quiero ser madre algún día. Eso no lo sé. Lo que sé, es que este proceso me ha confrontado con la necesidad de re-pensar, crear y aceptar mi propio significado de lo que es ser mujer. Lograr ser honesta conmigo para elegir vivir como yo quiero. Sobre todo reconciliarme con este cuerpo que poco a poco se ha ido sacudiendo expectativas ajenas. Reconstruyendo esquemas donde sólo quedaban cicatrices.

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