Sobre la muerte de la gran y grande Alina Barrera

Ilustración por Alex Xavier Aceves Bernal

Ilustración por Alex Xavier Aceves Bernal

por César Cortés Vega

1.- El encanto de Alina radicaba en un desparpajo de carnes desbordadas y frases inteligentes. Y podría haber llegado a ser muchas cosas, si su visceralidad no la hubiera traicionado una y mil veces. Se trataba de una mujer robusta, que asumía su condición mediante una abundancia contrariada. Así, mostraba sus tetas de la misma manera en las fotos de su perfil público, que en la vida tangible; bailaba borracha pintando violines hacia los cuatro puntos cardinales; pedía a gritos más whisky o más cocaína mientras se reía de alguna cosa que sólo ella entendía. Y en medio de ese desahogo y su comunicabilidad en el vacío pernicioso de nuestras conexiones neuronales, Alina y yo compartíamos ciertas miradas, una manera de entender la melancolía y de pitorrearnos de ella, sin eliminarla del todo. Nunca conocí a nadie que fuera capaz de guardar la tristeza y catalizarla hacia una extraña alegría destructiva, como ella lo hacía. En las celebraciones del caos que toda lírica citadina guarda, y de las que no todos salen bien librados, nos intoxicamos varias veces, atravesando la noche Mexicana hacia los bares más jodidos de la ciudad de la tranza. A veces la veía henchirse mientras hablaba, o al bailar moviendo su gordura como un astro de anillos iridiscentes, intentando ligarse a alguien, hasta que lo conseguía. Luego platicaba sus experiencias sexuales con lujo de detalle, intentando cachondear tu mente con las peores guarradas, lo cual siempre me hacía reír. Poco después, en un tono afable, lloraba sus desventuras, pidiendo consejo. Una energía de intensidad no modulada la invadía; sus obsesiones cíclicas enfilando hacia la locura, mientras su mente ágil encontraba alguna saeta con la cual proponer una queja en contra de algo, en el centro del desencanto, al lado de los rastros contagiosos de la política frustrante a la que estamos acostumbrados en estos lares.

Pero quiero decir antes de continuar que no me encantan los homenajes. Por el hecho de que la mayoría considere a tal o cual personaje trascendental, ya me producen sospecha. Y es que, por más que sea cierto que haya personas que afectan el pensamiento y la acción de una determinada mayoría, algo así desestima el potencial de lo aparentemente inacabado, que no recibe la atención de quienes están ocupados en la iteración de las mismas figuras, las mismas hazañas, o incluso de las mismas necedades. Una cultura evolucionada debería tener algo así como instancias que buscaran lo cierto en lo incierto, preocupadas incluso en revelar lo oscuro de los héroes o también en encontrar las virtudes de la abyección. Ya los inteligentes patafísicos se concentraban en los epifenómenos, que son aquellos que aparecen al lado de los fenómenos reconocidos, sin afectarlos. Y con ello, al clavar los ojos en lo particular rechazando lo general, se mofaban bastante bien de la metafísica que le ha dado cobijo a sus larvas, en el territorio de nuestros fracasos culturales más sonados.

Entonces, bajo la sospecha de que eso que todavía algunos llaman destino es una construcción hecha de casualidades de la más ridícula procedencia, es que a veces concentrarse en aquello que se olvidará, o que pasará desapercibido, puede darnos mejores pistas del lugar ocupado por los vivos –que por cierto está arriba de los espacios que luego servirán para enterrarlos. Porque son esas casualidades a las que, en todo caso, deberíamos rendirles homenaje. Esta es la razón por la que escribo esto, luego de haberme enterado hace poco a través del epitafio complejo que me parece ahora Facebook, de que Alina ha muerto. Por eso este brindis escrito de adiós para/con mi amiga.

2.- Poco antes de que Alina apareciera, yo prácticamente escapaba de todo contacto humano. Se acababa no sé qué año; uno de esos primeros luego de la gran pedota finisecular del 2000, que fueron una especie de cruda de mierda, con fracasos como resultado de endeudamientos emocionales causados por la esperanza de que el nuevo milenio nos había hecho escapar del tono apocalíptico, y que entonces algo muy bueno nos esperaría con los brazos abiertos. A mediados de la década siguiente, todos se habían dado cuenta de semejante idiotez. Así que por esas fechas, decidí huir de las fiestas decembrinas que también prometen, a pequeña escala, algo similar; una natividad de litopedia nonata, también de mierda. Por eso unos días antes de las primeras posadas, tomé una mochila para disponerme a ir a la terminal de Taxqueña y subirme al primer autobús hacia cualquier lado para escapar también de las uvas, el calzón rojo y, sobre todo, de las crudas infernales. Y ya salía hacia allá, cuando vi que junto a la puerta del edificio donde vivía, había pegado un papel amarillo convocando a escritores para acudir a un extraño grupo que emprendería un proyecto colectivo. ¿A quién carajo se le había ocurrido pegarlo ahí, espacio en el que nadie ponía nada nunca? No era un cartel, ni mucho menos. Era un impreso en tinta negra a texto corrido, sin la retórica rimbombante que suelen utilizar las escuelas para escritores con el fin de engatusar a incautos amateurs que se imaginan genios incomprendidos. Parecía algo más ingenuo, y justo por eso, más confiable. Sí era un laboratorio, sí había que pagar, pero parecía algo distinto. Y yo llevaba varios años sin escribir, luego de que me hartara de las grillas y la precariedad de los formatos tradicionales. Pero deseaba regresar a hacerlo, así que decidí apuntar el teléfono y hablar en ese mismo momento, antes de largarme a pasar el año nuevo a San Juan de la Chingada.

Al año siguiente, ya era yo parte del grupo donde conocí a Alina. Y ahí fue donde leí fragmentos de una novela que estaba escribiendo; un conflicto de calle, drogas y vértigo emocional bastante bueno. Lo que me cayó bien de ella, fue que cuando leía en voz alta para el grupo, lo hacía en plan ñero, sin fingir, articulando palabras tipo, panocha y vergota así, sin titubear ni un momento, como si formaran parte de un vocabulario funcional para referirse a cualquier cosa. Vulgar, sería una palabra casi justa para describir una primera sensación al escucharla. Sin embargo, ella no había llegado a ese punto de valemadrismo que espera con sus actos la tribulación en el otro. En todo caso, su vulgaridad era natural e iluminada, lo que dejaba claro que había vivido la calle, y que conocía bien al tipo de gente que describía en sus textos. Había en ella algo pantagruélico, su ser rollizo apuntaba hacia todos lados, una especie de ofrenda surgida quizá del dolor, pero entregándose hacia las infinitas posibilidades del espacio y sus deseos subsecuentes.

Sin embargo, mi hosquedad natural se había incrementado en aquella travesía por ningún lugar del año anterior, así que me seguía sacando ronchas el roce humano, por lo que luego de las sesiones sabatinas, siempre salía de inmediato del lugar de reunión, para irme a caminar por horas con rumbo, de nuevo, hacia donde fuera. Y un día Alina salió tras de mí, y me preguntó que qué pedo conmigo. Güey –me dijo– estás bien raro. ¿Qué haces, a dónde vas, por qué ni te despides de nadie? Le expliqué que estaba medio frito, y que justo por eso me largaba a caminar hasta lograr una especie de embriaguez medio en onda caminata de poder, medio en onda Santiago de Compostela. Sí, estás muy pinche raro –me contestó. Asentí, y no sé por qué la invité luego a venir conmigo. Quizá lo hice con la esperanza de que la conversación se terminara después de que me dijera que no. Pero para mi sorpresa, aceptó. Me encogí de hombros y comencé a caminar entonces. Y así estuvimos horas deambulando y hablando pendejadas, hasta que me contó que ella era la que pegaba los papeles amarillos por toda la ciudad para que la becaran, porque no tenía dinero suficiente para pagar el total del curso.

Uno busca ese tipo de coincidencias para adelantar los resultados de la esperanza, que suele reprobar a la mayoría. Una dádiva que se cuela en nuestra percepción en el momento justo, resulta ser lo que nos salva. Porque gracias a ese papel pegado junto a mi puerta, yo regresé a hacer algo que se ha convertido ahora en una de mis vocaciones. Por eso, ese día decidí que Alina sería mi amiga; la primera que habría conseguido en mucho tiempo.

3.- Decir undeground es no decir nada. Eso es lo mejor, quizá, de algunas palabras de uso ambiguo: que se mantienen alejadas de la referencia inmediata haciendo que las imágenes evocadas por quien las usa, sean muy diversas, e incluso contradictorias. Yo, cuando escucho la palabra, imagino algo así como “el reino de lo inacabado”. Pero también recuerdo aquella frase de aquel colectivo Luther Blissett: en el fresco, soy una de las figuras del fondo. Quizá los momentos libres que la precariedad ciudadana nos brinda quiero decir, los momentos de verdad, en los que la vida se pone en juego, más allá del control ocurren en lo oscuro. Si hay algo convencional ahí, son los residuos sentimentales de la superficie. Lo demás se reinventa. Y digo ahora que esos son los gordos momentos, báquicos por excelencia, en los que el derroche no se controla, en los que todo se excede gracias a que aquellas morales de la superficie deben ahí renegociarse.

Si Alina sufría, era gracias a lo duro que resulta la renuncia a un modelo. Ella lo sabía, y juntos nos reíamos de ello. Porque lo que hacía en lo oscuro, es decir, lo que no cuadraba con el modelo, era su modelo. Y yo sé que eso sí lo disfrutaba, como ninguna de las otras personas que conocí gracias a ella en el territorio underground que habitaba. Porque Alina guardaba historias muy duras que no platicaré acá. Entonces aquella fuerza expansiva, de atasque emocional y de sustancias, habría sido una congregación erótica de muerte imparable. O no. Yo no lo sé. Lo que sé es que aunque la gente la quería, muchos fueron alejándose de ella. Yo mismo, no pude seguir el ritmo que llevaba. Mi doble moral no era igual a la suya. Ahí no coincidíamos, porque yo quería operar desde la ambigüedad en el mundo como estrategia, y ella sabía que no podía. O que no quería.

Uno de los consejos que le di, y que menos atendió, fue que tenía que seguir escribiendo, porque poseía la mirada necesaria y la justa furia para ello. Yo imaginaba toda esa fuerza y esa gula, preparando buenas bacanales ficticias en los territorios de la literatura. Pero quizá eso era justo lo que no podía hacer; sentarse a sopesar mediante un régimen clasificatorio los debidos argumentos. Eso, al fin y al cabo, también tiene su buena dosis de moral auto-regulatoria. Ella, en todo caso, estaba para ser lo que fue; excedente remolineo; gasto de energía en el vértigo de estos tiempos de penumbra; la gran y grande Alina del vehemente amor, que nadie pudo recibir del todo.

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