Bolsa Negra, Bolsa Roja/ Celeste Aída

Imagen por ive.chula: dibujo de un camisón con un cargador por cinturón. El dibujo es en línea blanca sobre fondo rojo.

Por Celeste Aída

He oído decir que en otros países, en cuanto los hijos cumplen la mayoría de edad se espera que agarren sus cositas y se salgan de la casa. ¿Quién lo espera con más ansias, los jóvenes listos para lanzarse a la adultez, o los padres satisfechos por haber cumplido cabalmente con la crianza y manutención de sus crías? No lo sé. Lo que sí sé, es que para bien o para mal en México a menudo no es así. Menos cuando una pertenece al sexo femenino, y menos aún, cuando se cuenta con una discapacidad visual, como es el caso de quien por aquí escribe. Les ruego no me pregunten mi edad. Basta con decir que rebaso por mucho los 18 años, y por lo tanto no es de sorprender que tenga, o haya tenido pareja, novio, encuentros casuales y periodos de abstinencia íntima, voluntaria o circunstancial.
¿Cómo se las arregla una mujer (ceguera o no), para sostener dichas relaciones cuando aún vive con sus padres?. Simple, en cualquier lugar menos en su casa. Y si se trata de pasar la noche bajo techo ajeno, hay que ponerse creativa con las excusas, y sobre todo, nunca guardar las antenitas para que no te cachen en la mentira. Lo que a continuación narro, data de mi última relación estable con un chico. ¿Qué clase de chico? De esos sonrientes y perfumados que suelen agradar a las abuelas.
Román mi novio, me llevó a casa de mi abuela para leer. Con toda puntualidad, tocamos a su puerta y al llegar intercambiamos saludos corteses, pues Román y ella apenas se conocen.
– “¿No me vas a dar un beso? – “Si, abue”. Quizá un poco apenada, saludé a mi abuela de la manera acostumbrada, tras lo cual Román se despide con la misma cortesía con la que llegó, diciendo que volverá por mí un par de horas más tarde. Hasta aquí, todo en orden.
Cuelgo mi chamarra y mi mochila negra en el perchero ansiosa por entrar al baño, pero entonces caigo en cuenta que mi celular está sin batería y el cargador se quedó en el carro, precisamente en la maletita roja que contiene lo que necesité la noche anterior para pasarla en casa de Román. Así que le marco para que vuelva.
– «Se va a tardar», dice mi abuela, mientras ambas esperamos en la entrada. – «Tiene que dar vuelta para no meterse en sentido contrario por esta calle.»

Mi vejiga amenaza con estallar, pero quiero estar en la entrada cuando llegue Román para extraer rápidamente mi cargador, pues me preocupa que mi abuela vea la maletita, y sospeche que he pasado la noche con un hombre.
No aguanto más y entro al baño. Pero casi de inmediato me arrepiento, pues desde adentro oigo las voces de Román y de mi abuela intercambiando frase tras frase. No entiendo lo que dicen, pero el tono fluído de su conversación denota interés, y ya se han tomado más tiempo del que requeriría la simple entrega de una maleta. Evidentemente soy una esclava de la maldita tecnología, incapaz de sobrevivir sin mi celular durante dos horas un domingo en la tarde.
Casi puedo oír su conversación: – «Aquí está la bolsa de Margarita. No sé dónde guardó lo que busca. A ver… camisón, cepillo de dientes…» (Tal vez entonces mi galán se de cuenta de su error pero ya será tarde) – «Ponla en el sillón», dirá mi abuela. – «Mejor esperemos a que salga». (Y una vez yo allí) – «Veo que no estabas en el cumpleaños de una amiga como nos dijiste a todos. – «Sí, estuve con ella primero y luego…», pero sonará sospechoso. Poco convincente. Estoy segura que Román no habrá pensado en buscar él mismo el cargador, ni en dárselo en la mano a mi abuela, cosa que nos ahorraría todo este embrollo. Si tan solo no hubiera yo entrado al baño en ese momento…
Salgo dispuesta a enfrentar la situación, que debe ser peor de lo que creí, pues mi abuela y Román ya no conversan, sino que están en silencio. – «Nunca había visto fotos tuyas de niña», dice Román. -«Si,», responde mi abuela. -«Esa foto se la tomaron en unas vacaciones. ¿Cuántos años tenías entonces?” – «12.», respondí. – «Te ves hermosa», agrega mi chico. – «Me siento algo pederasta al decirlo.» (¡Vaya, Solo falta que mencione que hemos estado leyendo al marqués de Sade! Dicho sea de paso, la voz de Román es bastante sensual).
– «Bueno. ¿Vamos al carro por tu cargador?». Al oír esto el corazón se me llena de alivio, lo acompaño a paso veloz.
Pero al llegar al carro resulta que el cargador no está. No está en ningún rincón de mi maletita roja. Me disculpo con Román dándole muchos besos. Él no parece nervioso ni ofuscado en absoluto, al contrario, me sorprende con un beso en la boca justo en la puerta delante de mi abuela. Ya no tiene muy buena vista (pienso). Ojalá no se haya dado cuenta.

Mi abuela y yo subimos las escaleras hasta su cuarto y nos acomodamos sobre su cama repartiéndonos una multitud de cojines. Ella se pone los lentes, y abre la novela histórica que hemos estado leyendo: El Muchacho Persa, de Mary Renault.
– “¡No creas que se me escapó el beso que te dio ese niño antes de irse!”. Exclama mi abuela en tono… ¿cómplice? ¿acusatorio?. El silencio que sigue lo lleno diciendo: – “Si Abue. ¿Cómo se te hace? ¿Está guapo?”. – “Si, si. Muy guapito.”. Con esto pone fin a la conversación, se aclara la garganta y da inicio a la lectura:

– “Por un beso yo haría mucho más que eso. Mataré a este hombre por ti. Ya es hora. Concédeme tu autorización.”
– “¿Eso harías?, me preguntó, más pensativo que ansioso.
– “Pues claro que sí. Cada vez que vas a la guerra tus amigos matan a tus enemigos. Jamás he matado a nadie por ti. Permíteme hacerlo ahora.”
– “Gracias, Bagoas.”¹

Quiero suponer que existen otras personas de mi edad que gustan de hacer resonar sus voces para deleite y compañía de sus padres o abuelos ancianos. En la sala de su casa o quizá en algún asilo donde el disfrute sea grupal. En mi caso es al revés; mi abuela me lee desde que tengo memoria, con su entonación melodiosa y pausada que es un bálsamo para el alma. Pero hoy apenas la escucho, más bien me dejo acariciar por su voz y mientras tanto, con la mano navego las profundidades de mi mochila negra, para toparme con la figura esbelta y enredada del cargador furtivo, quien por fin se digna hacer su aparición. Con el cable ondulando entre mis dedos me transporto a la antigua Macedonia mientras pienso en Román. Es un muchacho divino. Tan discreto y educado. Me lo imagino sirviendo vino en la corte de Alejandro Magno.

¹ Cita: “El Muchacho Persa” de Mary Renault. pág. 206. Traducción de María Antonia Menini. 2da edición en Debolsillo.

Celeste Aída. Lectora ferviente desde niña. Amante y exploradora de las artes en especial la literatura, el cine y la música. Cuando contaba con 10 años de edad formó parte del equipo creativo de un programa de radio infantil. Posteriormente se ha desempeñado como cuentacuentos en un museo interactivo, cantante, maestra de canto, maestra de idiomas y guía en una exhibición inmersiva que tuvo como propósito la sensibilización sensorial y concientización ante la diferencia de todos los concurrentes.

Scroll To Top