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Viejennials o lo que los abuelitos me enseñaron en la pandemia

Viejennials o lo que los abuelitos me enseñaron en la pandemia

por Ana Laura Torres Hernández

La cuarentena eterna en la que vivimos desde marzo de 2020 obligó a trasladar a plataformas digitales lo que antes fuera una rica interacción en los salones de clases, museos, cafeterías o cualquier otro lugar en el que nos reuniéramos para compartir y aprender. Aunque cotidianamente se asocia el estudio con la juventud, como seres sociales, nuestra posibilidad de ampliar fronteras físicas y mentales no se limita a los ciclos escolares establecidos por los sistemas educativos, ya que todo el tiempo estamos aprendiendo sea por el contacto que tenemos con otras personas, las cosas que vemos, leemos, conversamos o practicamos.

Sin embargo, el encierro prolongado interrumpió de forma indefinida muchas de las actividades que nos mantenían alerta y ocupadxs, entre éstas las clases formales. Una de las poblaciones con las que trabajo como docente y de la que más me he nutrido en estos meses de clausura son los adultos mayores. Personas de entre 55 y 80 años que todavía tienen la curiosidad despierta y ocupan su tiempo aprendiendo lengua italiana y arte. No preciso decir que, si bien la Covid 19 ha hecho cundir el pánico de forma global, en específico, entre los más ancianos se volvió una amenaza latente, por lo que conforme el tiempo pasaba el miedo y la frustración crecía entre lxs estudiantes.

La posibilidad de vernos pronto para seguir nuestros cursos era prácticamente nula y eso motivó a que la comunicación que había continuado vía chat se replanteara para dar cabida a formas más organizadas de concluir con el programa propuesto a inicios de 2020. La entereza de mis viejitxs no cesó a pesar de que ya tenía noticia de algunos contagios -de los cuales, por fortuna, salieron avante. La primera estrategia que empleamos para retomar nuestras clases a distancia se basó en breves videos en los que yo aparecía, apoyada de algunas imágenes, explicando los puntos más destacados de alguna corriente del arte moderno europeo o las bases gramaticales de algún tema del italiano, compartía el enlace del audiovisual con ellxs y ¡listo! Pudieron volver a verme y eso incentivó sus participaciones en el chat.

A falta de libros o materiales impresos para trabajar les pedía que recurrieran al internet, que bajaran aplicaciones, que grabaran sus respuestas en audio o se tomaran fotografías. Aunque para el promedio de lxs jóvenes con acceso a estas tecnologías esto es cosa fácil, si tenemos un adulto mayor en la familia, bien sabemos que para ellxs los teléfonos, tabletas o computadoras, son regularmente enemigos capaces de provocar un corto circuito nacional, de ahí el miedo que les provocan las teclas, botones y las ventanas emergentes. Si bien todxs tenían ya un celular y usaban mensajería por chat, la serie de innovaciones que aparecieron para multiplicar los recursos comunicativos, eran algo ajeno a su interés, pero con cada tarea entregada notaba cómo su seguridad crecía.

Fue por eso que, al adquirir algo de experiencia en plataformas de interacción sincrónica me propuse articular cursos para ellxs usando esa modalidad, y nuestro chat permanecería sólo como un soporte para compartir información, recordatorios o tareas. Alrededor de mayo del año pasado iniciamos con esta nueva aventura digital, para mí especialmente grata por todo lo que he aprendido.

Al tener experiencia docente con jóvenes de la UNAM sabía que las clases sincrónicas representan varias dificultades, desde el acceso a los equipos hasta la conexión de internet. Existen variables ajenas a lxs estudiantes que en ocasiones impiden que las sesiones sean accesibles. Con esta antesala me esperaba una respuesta similar, pero cuál fue mi sorpresa al comprobar que para mis viejitxs aprender a usar estas plataformas fue un acceso afectivo y no sólo escolar. Poder ver y escuchar a sus compañerxs constituía una manera de sentirse acompañadxs, de escapar de casa por un momento.

Si en las primeras sesiones la pelea con los micrófonos era constante, semana a semana hubo un mejor dominio de las características de la plataforma, en ocasiones, facilitado por el apoyo de hijos y nietos que llegaban a aparecer en cámara indicando a sus familiares cómo resolver un imprevisto. Las sesiones se sucedieron durante todo el año con ánimo y buen índice de asistencia lo que indicaba que aún con las dificultades, prácticamente, el 100% de mis estudiantes se familiarizó con las aplicaciones y participó con animosidad. Asomarme a sus hogares desde la computadora me dejaba verles preparadxs para su clase, bien vestidxs y atentxs. Su interés en cada sesión vía remota me inyectaba energía para preparar los próximos contenidos y perfilarlos hacia sus intereses, siempre con el propósito de despertar otras inquietudes que nos mantuvieran ávidxs de saber.

De mis viejitxs aprendí que nunca es tarde para ampliar nuestros marcos mentales y ajustarnos a las necesidades que se presenten, que a pesar de las dificultades tecnológicas, de salud física o mental, la actitud que demostremos ante las circunstancias dice mucho de nuestra capacidad de resiliencia, ésta es una estrategia personal para sortear dificultades, pero también tiene nexos con nuestro entorno, con la sociedad a la que pertenecemos, por lo que entrar en contacto nuevamente, aunque fuera mediante los portales de internet, nos fortaleció e hizo más empáticos al reconocer que todxs estábamos viviendo situaciones extraordinarias, preocupantes y de incertidumbre.

Aunque soy su profesora, en retrospectiva, pienso que ellxs me enseñaron más a mí, porque nunca se rindieron y a pesar de estar lejos construimos un vínculo de cariño basado en su respuesta confiada a mis ideas. Cada dinámica se enriquecía con sus experiencias, de éstas rescato la entereza con la que seguimos cultivando saberes en este arranque de 2021.

Semblanza de la autora:

Ana Laura Torres Hernández estudia el Doctorado en Artes (INBAL) y es maestra en Historia del Arte (Estudios Curatoriales) por la UNAM, cursó la licenciatura en Historia en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Como curadora participó en la exposición: La ciudad está allá afuera. Demolición, Ocupación, Utopía, exhibida en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco del 26 de noviembre 2016 al 2 de abril 2017 y en el Museo de Arte de Sinaloa de mayo a agosto de 2017. En la UNAM es profesora de la asignatura “Patrimonio, museos y divulgación del arte”, en el Colegio de Historia, FFyL, así como del “Seminario de Arte Moderno” y “Métodos de análisis de la obra de arte” en la Facultad de Artes y Diseño. También imparte cursos independientes de Lengua y cultura italiana e Historia del Arte, dirigidos para adultos mayores.

Contacto: anlatohe@hotmail.com

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