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La violencia sexual como discapacitante y limitante

Imagen semi abstracta, muestra una especie de collage con algunas imágenes superpuestas. Se distinguen: Al fondo unas pierna con medias, liguero y tacón negro, algo que parece un pezón y unas texturas con algo parecido a una prenda color rojo.

Texto e imagen: Anónima Divina

El sexo, mi sexualidad, mis deseos y mis placeres nunca fueron un tema tabú para mí. Tuve una infancia preciosa en la que aprendí a conocer mi cuerpo, a amarlo; aprendí que mi placer es mío, que no era algo para avergonzarse. Desde pequeña supe que existían diferentes orientaciones sexuales, incluso aprendí que existían diferentes identidades de género, diferentes expresiones. La relación que tenía con mi cuerpo y con la sexualidad era natural, en mi casa fue un tema tan natural de hablar como los deportes que me gustaban o les amigues que tenía. También me hablaron claramente sobre los abusos sexuales, el consentimiento, el deseo e incluso temas como el trabajo sexual. Fui una niña libre de ser quien quise ser, libre de jugar futbol, de jugar con muñecas, de vestirme como quisiera, de revolcarme en el barro o de no llevar pendientes. Aún con todo esto, las circunstancias de este mundo actual me llevaron a callar frente al abuso, a ocultar el trauma sexual que cargaba desde muy pequeña.

Con apenas 12 años aprendí a curar mis heridas sin que nadie pudiera enterarse, aprendí a ocultar mis dolores, aprendí a callar. El silencio fue mi refugio, el silencio ayudaba a sobrellevar aquello que era imposible de sostener para una apenas adolescente, el silencio lo hacía invisible, el silencio me hacía “normal”. Pasaron más de seis años hasta que fui capaz de expresarle a una persona todo lo que estaba viviendo porque el miedo a represalias era algo que me sobrepasaba, mi sentimiento de culpabilidad era algo que jamás ponía en duda, la vergüenza de saber que finalmente me habían convertido en una esclava y que yo (sí, yo) no hacía nada para evitarlo. Hablar, expresar esa realidad presente y pasada para mí era aceptar, asumir que sí pasa, asumir que es real, hablarlo significa recordar cosas que tu mente simplemente intenta borrar de manera desesperada, es intentar contar y rellenar vacíos en los recuerdos, hablar es abrir heridas que no están sanadas pero si están tapadas, hablar es dudar de la propia realidad, es volver a juzgarte, es volver a una oscuridad interior. Pero hablar y expresar era tan necesario para mí como respirar; necesitaba, como se necesita al aire, que alguien entendiera, que alguien comprendiera que lo que me sucedía era algo limitante, discapacitante. Es un limitante intermitente, pasa el tiempo y nunca se va, pero hay temporadas menos difíciles que otras, cualquier cosa puede desencadenar una crisis: pensamientos intrusivos, un olor, una imagen, una película, las pesadillas constantes y, en muchas ocasiones, el sexo. El abuso sexual cambia la sexualidad, la manera de relacionarte, la manera de comunicarte, cambia la manera de existir, de ver y estar en el mundo, cambia la manera de caminar por la calle, cambia la relación con tu propio cuerpo. El abuso sexual, en mi caso prolongado durante años, cambia absolutamente todo en la vida, jamás vuelves a ser tú y jamás vuelves a sentirte segura, es vivir en un constante estado de vulnerabilidad escondido dentro de una coraza de “normalidad”. En mi caso no toleraba mi cuerpo, me sentía siempre sucia, siempre indigna, durante años me hicieron sentir que no tenía capacidad de nada, que mi valor estaba exclusivamente en el placer sexual de quienes me violaban, realmente creía que mi cuerpo era algo asqueroso de lo que debía avergonzarme, que mi cuerpo solo servía para ser utilizado por otros, realmente creía que yo no era más que eso.

La primera persona a quien le hablé de esto fue mi primera pareja. Evidentemente no supo reaccionar, supongo que no es fácil reaccionar correctamente a una historia así. De repente sentí esa mirada de asombro, de sorpresa, de tristeza, compasión y desconfianza. Y las primeras preguntas: “¿Por qué no denunciaste?, ¿qué enfermedades tienes?, ¿por qué permites algo así?”. Son cosas que en un momento de tal vulnerabilidad pueden arrastrarte hasta la más profunda oscuridad de tu ser. De todas las reacciones posibles, la simple comprensión y la empatía son las grandes ausentes y las únicas necesarias. Las relaciones de pareja después de “la confesión” de mi propia realidad se tornan complicadas. Yo soy una mujer que aprendió que para sobrevivir debía complacer en todo a la persona que tenía enfrente, aprendí a comunicarme y valorarme en función del sexo con otres, del deseo que otres tenían sobre mí. Ésto me hizo ser alguien con un temor intrínseco al conflicto, a decir que no, a llevar la contraria o a defenderme de un ataque de cualquier tipo, me hizo ser alguien que siempre callaba cuando no estaba de acuerdo, alguien que siempre aceptaba cualquier cosa de cualquier persona.

También me desarrollé de una manera hipersexualizada, cualquier relación interpersonal la sexualizaba, si no sentían deseo por mí sentía que no podría ofrecer nada más, el sexo era la manera en que me sentía yo misma, en el sexo “consensuado” encontraba mi poder, la confianza en que eso sí lo haría bien, encontraba la aceptación, en el sexo encontraba que podía ser valorada, aceptada e incluso querida. Todo esto es absolutamente complicado en la realidad. Por un lado está el sentir que no vales nada, que estás sucia, que eres indigna; por el otro tienes esa necesidad de aceptación, de amor, de que otras personas te quieran. En otra parte más está el no saber tener relaciones fuera de lo sexual, sentir el sexo como la única oportunidad de “integración” social. Finalmente, el conflicto sexual interno: sentir asco cuando te tocan, sentirte un objeto, los recuerdos que llegan sin previo aviso al comienzo o a la mitad del acto sexual, las épocas en que tener sexo es la única forma de escapar y las épocas en que una sola caricia te hace vomitar, así como la necesidad de explicar y explicar cómo te sientes, porqué lo sientes, repetir una y otra vez los momentos y las torturas, y no poder parar.

Las personas, las parejas, las amigas -incluso las más feministas- no quieren tener ese tipo de conversaciones, no quieren tener las cicatrices físicas y emocionales cerca. En poco tiempo sólo eres una pesada que no quiere superar su propia realidad y que, además, no hace nada para terminarla. Las parejas quieren poder tener sexo sin preocuparse de que la otra persona esté pasando por un infierno en ese momento, les es demasiado complicado saber que una caricia puede transportar a una pesadilla a quien la recibe. Nadie quiere tener que aguantar largas épocas donde eres incapaz de expresar nada, que eres incapaz de un mínimo contacto físico y tampoco pueden entender que de repente necesites ese mismo contacto de maneras tan exageradas. Encontré finalmente y después de muchísimos años una persona que “me aguantó” mis cambios emocionales y sexuales, que tuvo la paciencia de esperar sin presionar durante semanas, que me despertaba en la mitad de la noche cuando yo temblaba por las pesadillas, que me dejó llorar sin preguntarme más de aquello que en el momento pude contar. Y aún así me pidió silencio porque no fue capaz de soportar mi realidad conmigo. La última vez que me atreví a contarle algo simplemente me dijo: “Yo me suicidaría antes que vivir así”. Y quizás es cierto. Más tarde se disculpó y yo realmente no la culpo a ella porque vivir con el abuso no es para nada sencillo. Finalmente, una se encuentra sola, rodeada de personas que “te quieren” pero incapaces de hablar o de acompañar. La opción más usual es la del silencio, ya lo saben, ya se habló y después simplemente quieren seguir con su vida normal, hacer como que nada sucede, obviar lo evidente: “para qué hablar más sobre el mismo tema”, “sigue adelante y olvida”.

Aún si todo el abuso ya no existiera me pregunto cómo olvidar, cómo hacer como si nada pasara. Para mí es imposible vivir sin tener presente mi realidad porque mi realidad está marcada en mi cuerpo, está marcada en mis emociones y en mi manera de existir, y ciertamente, nadie tiene que vivirlo como yo, pero creo que hace falta más comprensión, más educación emocional, más empatía, incluso más educación sexual. Escucho mucho frases como “hermana, no estás sola”, “hermana, aquí esta tu manada”, “si tocan a una, nos tocan a todas” o “es necesario hablar y visibilizar las violencias”.

Me muevo en ambientes feministas rodeada de mujeres con conocimientos profundos sobre feminismo, rodeada de activistas de Derechos Humanos, mujeres que luchan en su día a día por erradicar las violencias, pero en la realidad sólo hablo con mi psicóloga; a la hora de la verdad no hay una sola de ellas con la que pueda hablar de lo que me sucede. Quizás al principio sí puedo, pero un poco porque el tema incomoda, aburre o simplemente no pueden soportar la verdad. Me dicen continuamente: “¿Por qué cuando conoces a alguien le tienes que contar tu vida?”. Pues bien, hay muchas respuestas a esa pregunta: primero, porque tengo la necesidad de hablar una y otra y otra vez, porque quisiera gritarlo y que todo el mundo sepa qué es lo que sucede, qué fue lo que me hicieron, qué es lo que me hacen, qué es lo que pasa, lo que pasó y cómo eso me destruye cada día. Segundo, porque no es algo evidente, porque me limita en muchos aspectos, porque si no lo digo yo, ellas no pueden saberlo. Tercero, porque es lo que soy o parte de lo que soy, pero es algo importante que además no solo me afecta a mí, le puede afectar a cualquier persona con la que mantenga cualquier tipo de relación personal, mucho más si hay un vínculo sexual, y yo casi siento la obligación de advertirle: “ojo, puede ser que cuando estemos follando me vuelva loca. No te preocupes, no es tu culpa, soy yo”. Éste es un camino largo y doloroso. La violencia sexual dificulta las relaciones personales y dificulta mucho las relaciones sexuales. Las personas que pasamos o hemos pasado por violencia sexual estamos marcadas y estigmatizadas, pero también estamos solas y necesitamos hablar, necesitamos hablar mucho y necesitamos encontrar comprensión y, sobre todo, paciencia por parte de les otres. Necesitamos hablar de lo que nos pasa, de lo que pasó, de cómo nos sentimos, de cómo lo llevamos, de cómo lo afrontamos; necesitamos compartir nuestros pequeños logros diarios, quizás las heridas emocionales nunca cicatricen del todo, estamos rotas, pero también nos superamos día a día sin que nadie se de cuenta del esfuerzo titánico que puede ser tan solo levantarse de la cama cada mañana. Así que amigas, amigues y aliados feministas, les digo: las palabras están bien, las frases hechas están bien, los “slogans” están bien, pero hace falta que comprendan que no todas las personas estamos enteras, que algunas tenemos limitantes, que hacen falta hechos, acompañamiento real, aguante, porque no es nuestra culpa, porque sobrevivir es una lucha diaria que no se puede ganar sola, porque necesitamos todo ese movimiento feminista en lo real, en el día a día, no solo en los discursos y en las pancartas del 8M, porque no es cierto que si tocan a una nos tocan a todas, pero sí puede ser cierto que si tocan a una, todas estemos para sostenerla.

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