Maldonada*, la leona

Maldonada*, la leona

Por Nerina Vallejo

*Still del video “La Madonada”, de Mara Carrión y Carla di Lorenzo:  https://goo.gl/asZsqF

Esa mañana caminaba desnuda con las costillas pegadas a la piel por el Buenos Aires de Mendoza plagado de muerte por la conquista. Había huido del lado de mis supuestos “compatriotas” en busca de comida, cansada de tanta violencia, muerte y viruela.

     Pocas ilusiones me quedaban de sobrevivir entre esos dos mundos que luchaban por el mismo suelo: Uno que ya no era más el mío por no identificarme con la sanguinaria muerte, violaciones y maldad que proclamaba, y otro, que por ser tan desconocido y diferente resultaba inaccesible para una mujer como yo. Era una don nadie en una tierra en disputa por ser de alguien.

     Abatida por el hambre y cansada de caminar decidí dejar de resistirme y entregarme a los brazos de la muerte, harta de sentirme desposeída de mí, perdida en un mundo enfermo donde me habían arrebatado el cuerpo más de mil veces, aquellos sucios y cobardes marineros, ladrones y asesinos…

     Moribunda quise sentir el calor de las piedras. Fue entonces cuando caí a las puertas de una cueva. Cerré los ojos y me dejé ir con una calidez inventada.

     De pronto, algo me devolvió a la oscuridad y frialdad de la cueva: Un rugido que hacía eco desde el fondo, algo que conmocionó mi alma y la atrajo de nuevo al estado de alerta. No todo había acabado para mí, todavía.

     Abrí los ojos despacio para darle una última oportunidad a mi vida y allí estaba ella.
Me miró fijamente y en sus ojos vi lo que miserablemente el mundo me había arrebatado.
Era fuerte, salvaje, desafiante y no tenía miedo. Nos miramos y ambas vimos nuestras cicatrices en el alma. Quizá las dos estábamos perdidas en aquel lugar, quizá no pertenecíamos a ningún suelo, a ninguna causa por la que luchar más que la de nuestros propios huesos… Oh, ¡Mis huesos! que la hicieron compadecerse para después darme calor junto a su pecho.

Pasados unos días pude levantarme. Salí de la cueva con la mirada distinta y con la cabeza erguida. Fui en busca de comida por aquella nada que me rodeaba sin expectativas pero con un andar diferente.

     Mientras caminaba escuché pasos y, repentinamente, alguien se abalanzó sobre mí por la espalda. Era un indio e iba acompañado de dos más. Me ataron y me llevaron a su poblado.

     Cuando llegué todos me miraban, aunque con menos maldad en los ojos que los de mis propios “hermanos”. Me tuvieron prisionera, me alimentaron y aunque nunca me sentí parte de la tribu, me hice más fuerte.

     A medida de que los días pasaban me acordaba más de mi salvadora, aquella que me hizo pertenecer a su tribu de la cual verdaderamente me sentí parte, la que me dio un abrigo en vez de golpes, me alimentó con sus senos en vez de ponerme cadenas.

     Una tarde me senté en una roca y me distraje con la paz del agua. De pronto, el reflejo empezó a borrarse y escuché gritos de hombres en español, el golpe de las armas y las botas chocando contra el suelo. Corrí lo que más pude hasta que me ardieron las piernas pero no bastó para escapar de ellos, sucios violadores, apestosas ratas cobardes. Volvieron a poner sus manos sobre mí pero esta vez no tuve miedo, sino que toda mi ira salió como un rugido violento y se convirtió en puñetazos, escupidas, patadas e insultos.

     Me golpearon en la cabeza y me ataron. Me llevaron al poblado para entregarme a Francisco Ruiz Galán quien me condenó por algo que los varones asesinos hacían todo el tiempo: tener contacto con los “nativos”.

     El “piadoso” enviado de su católica majestad ordenó que me desnudasen y me atasen a un árbol a orillas del arroyo Maldonado para que me devoraran las fieras.

     Otra vez estaba herida, violentada y humillada… pero no me dolió. Tampoco tuve miedo de que las fieras vinieran ya que nada peor podía pasarle a mi cuerpo, ni ser devorado por éstas lo lastimaría, sus mordiscos jamás llegarían a ser tan crueles como lo fueron aquellos hombres conmigo, con los indígenas, con la vida.

     Esperando sin miedo mi muerte cerré los ojos y dormí, deseando que ese sueño se convirtiera en el calor que me faltaba, en el que me había dado la leona que una vez también fui.

En el medio de la misma noche, bajo el cantar de los grillos y los sonidos de animales que desconozco, escuché unos pasos que no eran ni de indios ni de españoles. Abrí los ojos y ahí estaban los suyos penetrando la densidad y espesor de la noche con toda su luz.
Se echó a mis pies y me protegió toda la noche.

     A la mañana siguiente desperté en el medio del bosque acostada en la hierba. Confundida bajé la mirada buscando mis pies, que de pronto, eran patas, a mis manos que tenían garras y corriendo hacia la orilla del río busqué mi alma que sentía tampoco ser mía. Me asomé y reconocí sus enormes y salvajes ojos. Allí estaba, tan salvaje, la eterna mirada de la leona.

*Basada en la leyenda contada por Ruy Díaz de Guzmán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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