Entro al salón de clases, mis compañeros oscilan entre los veinte y veintiún años, somos treinta y dos alumnos, de los cuales veintiséis son mujeres; entre ellos, olvido que recién cumplí cincuenta y cinco años. Una de mis compañeras expone sobre los youtubers, así conozco sobre “Yuya” y sus 19 millones de seguidores, sobre Werever tu morro con sus 13 millones de suscriptores y sobre CaElike , mientras transcurre la exposición, siento un piquete intenso en la uretra, me doblo y siento que mi vejiga está a punto de estallar, me aflojo el cinturón, tengo muchas ganas de orinar, me aflojo el pantalón e inicio un conteo esperando que se me pase; sin embargo, la sensación es de que me estoy orinando, siento mucho ardor, y comienzo a gotearme la ropa, entonces, salgo corriendo rumbo al baño, antes de llegar tengo que apretar y una vez en el mingitorio grito —Yes, yes—, al pasar al lavabo respiro, me miro al espejo y marco una x en una lista imaginaria donde marco cada uno de los baños que he conocido, a la fecha conozco los veinticuatro baños que están en los mercados del sur de la ciudad, los baños que están cerca de las estaciones del metro, los que están cerca de la línea del tren ligero, los de las centrales camioneras, además de los de las clínicas del seguro social, los de Sanborns, los de las cocinas económicas y los terrenos baldíos. El problema de la incontinencia me limita la vida social y limita a mis familiares. Regreso al salón de clases y mis compañeras siguen con su exposición, oigo como desarrollan su tema, y pienso: Si me lanzara como youtuber, mi blog ¿Cómo se llamaría? ¿Quiénes serían mis competidores? ¿Quiénes se interesarían en el tema? ¿Cuáles serían mis palabras clave?
La incontinencia que padezco se llama “imperiosa” y se debe la mayor parte de las veces a que el que la padece está deprimido. El deprimido dicen que duerme mucho o no concilia el sueño, pierde el apetito sexual, y el interés en acicalarse; pero yo no tengo esos problemas físicos.
Las expositoras desarrollan su teoría acerca de la publicidad en los medios, y nos hablan de la relación entre la conversación filtrada en internet de un supuesto trío homosexual con Luis Gerardo Méndez y el estreno de la obra de teatro “Privacidad”, en ese momento volteo a mis lados y veo a mis compañeras — ¿Por qué será que no me han invitado a ninguna fiesta? y pienso, — Si un viejo actor famoso tuviera un ligue con una muchachita y las revistas de espectáculos lo filmaran gritando en la farmacia “Un viagra, un viagra”, ¿Eso sería suficiente para que el público volteara hacia los problemas de los viejos?
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Enrique Guerrero Pérez. Estudió Literatura dramática y teatro en la UNAM. Actualmente es director del colectivo Locomoción teatro, recibiendo con este tres reconocimientos PECDA.
Cuando te aparecen las primeras canas, pues no pasa nada, te ríes haciendo bromas como que por fin tienes para tirarlas al aire, pero con la primera cana en el coño, comienzan miles de conjeturas sobre el peso condenatorio de sentirse vieja como un deshecho en esta sociedad patriarcal, y te asaltan preguntas ¿debo aterrarme? ¿me la saco y hago como que nunca la vi? ¿Qué me da miedo de eso? ¿Realmente me asusta? ¿Me gusta, me das más matiz? ¿La presumo? Y bueno cuando ya van varias es definitivamente mejor presumirlas, sentirte y desearte más.
Hace varios años atrás en Bogotá dando una conferencia performanceada que hablaba sobre el amor romántico, la monogamia y otros males, en el momento de las preguntas, una mujer levantó la mano para que le contara como lo hacía con respecto a la edad cuando decidía ligar con alguien. Mi respuesta a ese cuestionamiento fue un poco parcial pues di por hecho que hablaba de ligar con menores de edad, y fui políticamente correcta en decir que lo hacía solo con mayores de 18 años. Aunque reconocí que ha habido ocasiones en las cuales me he enrollado sexualmente con personas de 18 años y un poco más, es decir, mucho menores que yo, y que me había causado conflicto al verles tan chicxs. Pero tras conocerles y si no son realmente pendejxs, en amplio sentido desde sur a norte, o sea infantil o imbécil, ya decidía si me apetecía coger o no. Sin embargo, ella no quedó satisfecha con mi respuesta, más bien quería saber otra cosa, que yo había dado por sentada, y volvió a preguntar ¿y qué pasa con las personas de juventud acumulada, como yo? Y me enamoré de esa mujer y de su concepto genial con respecto a los años que acrecentamos llenos de vida. A lo cual le respondí encantada, y que me había cambiado la visión del paso de los años con ese término, pero que no tenía problema con ello. A pesar de que tampoco tenía tanta experiencia con personas mucho mayor que yo, pero no me causaba para nada un conflicto, ni duda.
Pensé estúpidamente que me había ligado a esa increíble mujer, la busqué al final de la conferencia pero no la encontré. En cambio, y para mi sorpresa, después de que conversara con varias personas al final de la conferencia performanceada, se me acercó una chica muy guapa y que realmente se veía muy joven, que ya había notado que me miraba con insistencia. Me dice que le gustó mucho mi conferencia y me da un beso en la mejilla y deslizándose hacia mi oído, me comenta que es mayor de edad. La historia la dejo aquí para sus mentes retorcidas, pero cuento esto por la importancia del concepto que aportó esa mujer de juventud acumulada para la epistemología feminista que poco encara el paso de los años o encarnar lo viejx, que es también político.
Sin duda acumular la juventud le toma el peso y le pone el cuerpo a un envejecimiento activo. Mucho hemos hablado desde un feminismo con un axioma centrado en la experiencia, que se ha analizado principalmente desde la experiencia del aquí y ahora, pero no de la que se acumula en el cuerpo como otro punto neural del feminismo, lo digo como invitación a reflexionar sobre cómo vamos encarando no solo las canas, que nos encanta también tirarlas al aire en el sentido metafórico popular … sino también, nuestros pliegues rugosos o el cansancio a veces funesto de saberse en un mundo machista de mierda … y corporizar en el propio cuerpo a la vieja de mierda (muy bien representada en Violencia Rivas) y sacamos la autoridad del devenir Señora, así con mayúscula porque esa es autoridad para no dejarse atropellar. Sólido devenir enriquecido con la sabiduría de la experiencia, la terquedad y la zorroridad[1] feminista.
Acumular la juventud o experienciar la juventud acumulada es vivirte en la alegría de seguir creciendo cada día con iniciativas comprometidas contigo misma y tus compañerxs por un porvenir mejor que el que nos bancamos en la actualidad. Si bien el cuerpo ya no resplandece de lozanía juvenil, el vigor no se acaba con el paso de los años sino te lanza a atreverte siempre a más y en eso el feminismo es un gran aliado. Esto no es una mera reflexión optimista después de tomar la opción de seguir bancándote este jodido mundo heteropatriarcal, sino es una certeza que he visto en muchxs feministas de juventud acumulada que son lo máximo, como por ejemplo; Eva Izquierdo, Carena Pérez, Ana Victoria Jiménez, Dora Barrancos, Mónica Mayer y un gran número más de bakanas feministas.
Quien no se atreve a más con los años es que no ha aprendido a vivir libremente. Aún no ha podido tejer entre la teoría y la praxis feminista. Loquillas de jóvenes, más locas de viejas, atrevidas y brujas sabias, ese debería ser nuestros horizontes libertarios si nos pensamos en el devenir de los años. Acumular juventud, mantener un espíritu libre y sanamente acumular años que valen la pena y la alegría de vivirlos. Encarnecer con orgullo desde las sienes al coño, y esas no tirarlas al aire pues duelen mucho, jajjaa.
[1] La zorroriedad es la capacidad de sentirnos en la astucia y en el glamour. La zorroriedad es tener la convicción de hacernos más cabronas con los años. La zorroriedad, así como su prima la sororidad, parte del reconocimiento mutuo y la complicidad para todo, especialmente en la maldad feminista.
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Fotografía: Producciones y Milagros A.C.
Julia Antivilo. Historiadora y artivista performancera feminista (Huasco, Chile, 1974). Ha escrito Belén de Sárraga. Precursora del feminismo Hispanoamericano, junto a Luis Vitale (2000) y Entre lo sagrado y lo profano se tejen rebeldías. Arte feminista Latinoamericano (2015), así como artículos en revistas sobre estudios culturales, el papel social y cultural de las mujeres y arte, género y feminismos. Es doctora en Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile, hizo una investigación posdoctoral sobre Artivismo y disidencia sexual en América Latina (UAM). Colabora con los grupos de arte (y con sus archivos); La Pocha Nostra, Pinto mi Raya, y Producciones y Milagros Agrupación Feminista A.C.
De pequeños queremos ser mayores, y de mayores queremos ser pequeños. Queremos crecer muy rápido, vivir la vida sin detenernos, y cuanto más vivimos más renegamos del paso de la edad, porque cuando menos te lo esperas, te levantas un día y dices ver arrugas en tu rostro, canas en tu maravillosa cabellera, etc. Posiblemente aparecieron hace tiempo, pero tú estabas en otras historias que ni te diste cuenta ni te importó, y ahora de repente pasa a ser tu máxima preocupación.
Debemos de asimilar que somos humanos, parece que es algo que se olvida, y por eso surgen dilemas tipo Nicole Kidman, Rene Zellweger, o Uma Thurman, y se arma una revolución mediática mientras otra gente no tiene qué comer.
Realmente muchxs se obsesionan con ser jóvenes, pretenden quedarse en los 20 (algunos también mentalmente), o no pasar de los 40, empezar a ocultar la edad diciendo taitantos, y negar su naturaleza.
Las arrugas son huellas de vida, de sonrisas, de lágrimas, de trabajar, de cuidarse, de genética… de cumpleaños, de tiempo. Queremos vivir, no morir nunca, y no tener arrugas. Es un sinsentido, uno más del ser humano.
Escuché demasiadas veces si este retrato de la mirada de mi abuela era real, si de verdad tenía tantas arrugas. También la retraté cuando era más joven, cuándo aún no era abuela, y nadie me preguntó nada, sólo se limitaban a decir que qué guapa era. Con este zoom ampliado de su mirada todos se impresionan, porque no quieren ver la realidad tal como es.
Abuela 2004
Una muestra más de que a la sociedad le importa más lo de afuera, el qué dirán, lo que se ve, el cómo me verán. Alucino con la gente que se obsesiona con su piel, adicta a las cremas y los tratamientos milagrosos. Toda esa obsesión por algo que está a la vista, y que les hace olvidar cómo tienen el hígado, el riñón, el páncreas… y el corazón.
Marthazul, febrero 2015
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Marthazul. PINTORA con diabetes. Besadora de árboles y, a veces, casi fotógrafa.
La vejez es un más allá de mi vida, del que no tengo experiencia interior plena.
Simone de Beauvoir
Nacer, implica abandonar el reposo en el tibio vientre materno para salir e iniciar la lucha de ser en la vida, experimentando en ese desprendimiento una primera pérdida de las tantas que aparecen en el proceso de transformación del tesoro hecho cuerpo-mente, el cual se va renovando a cada paso. Así entre ser y dejar de ser, entre tener y abandonar se emprenderá un camino pleno de experiencias que conducirán inevitablemente hacia el final de la existencia. Desde el inicio la mente va configurando imágenes de sí, mediante la integración de las diferentes formas, funciones, impulsos, afectos, deseos del propio cuerpo, imágenes en las que vamos reconociendo lo que somos, lo que significamos para los otros y para nosotros.
El cuerpo-mente va recibiendo durante su camino mensajes del mundo exterior que hacen que las personas reformulen constantemente quienes son, donde están, que valores tienen, que son para los otros, cuales son los sentidos de la vida. Así el grupo cultural impone la diferencia del valor y sentido del ser según el sexo, la edad, el grupo étnico entre otras características.
En la construcción del imaginario social de ser mujer que se recibe en la mente, prevalece la idea de un ser delicado, débil, apacible, hermoso que por ello carece de capacidad para ejercer la autonomía y enfrentarse a la vida pública, entonces el sentido de vida de ser mujer se proyecta al cuidado de los otros y de su belleza para conquistar al hombre que la cuidará en el espacio privado, teniendo como valor principal la maternidad. Es en este punto donde se establece en el camino de las mujeres el inicio de uno de los tantos conflictos que pueden impulsar la fuerza interior para enfrentar y hacer las rupturas de lo establecido en cuanto género, raza, edad y reconfigurar valorando con la reflexión crítica la imagen y el significado de ser para sí y los otros.
En medio del conflicto por reconfigurar el significado de ser, se va descubriendo en el cuerpo-mente los cambios inesperados de la niñez a la pubertad, la adolescencia, la juventud, la madurez, la vejez, cambios a los que nos tenemos que ir reacomodando, con ello a la vez reorganizando nuestra identidad –pensar qué somos y para qué estamos- lo cual se cargará de afectos de aceptación o rechazo según respondamos a nuestras expectativas y a lo que los imaginarios de la cultura nos señalan.
Con esa identidad siempre en transformación organizamos acciones y lazos con el exterior del que formamos parte, con el que podemos chocar al resistir y revelarnos frente a la concepción hiriente de ser mujer bella, débil, sumisa, de esconder el cuerpo sexuado, envejecido, pecaminoso, que debe ocultar sus pechos, genitales, menstruación con vergüenza, al renunciar a la maternidad como sentido obligatorio para ser mujer, de repudiar los valores sociales de belleza en cada etapa, para defender la libertad de ser y no responder sumisamente a las determinaciones culturales de la tradición, aunque con ello se ponga en juego la aceptación afectiva que siempre buscamos a cambio de resignificarnos con el respeto y amor a nosotras mismas en cada etapa de nuestro ser.
Al paso del tiempo en el intento de convertirnos en lo que deseamos alcanzar y en el recorrido de esa transformación encontramos siempre un cruce de puentes entre el presente y el futuro con sus cambios ineludibles, donde suele resurgir el conflicto de abandonar la imagen que hemos construido para dar paso a nuevas formas de ser y seguir adelante. La dificultad aparece porque no es claro que buena parte de las experiencias alcanzadas en la lucha por ser libres, formarán parte del equipaje del cuerpo-mente que en mucho ayudarán para ir al encuentro y disfrute de lo nuevo.
Sin embargo cuando encontramos la apertura hacia cada nueva instancia de la vida y proyectamos los nuevos alcances personales, no se puede evitar como parte del proceso de desapego la añoranza de esa imagen de sí, especialmente la significación de ese cuerpo-psique al que hemos habitado y configurado desde el nacimiento. Ese pasaje de despedida para dejar de ser, ese dejar morir algo, resulta indispensable para poder renovarse y florecer con nuevas ilusiones.
En ocasiones en esa añoranza penosa se quisiera regresar a lo abandonado pero al mirar hacia atrás percatándose que el puente ha caído, ya no es posible el retorno y ante el dolor de lo irremediablemente perdido no queda más que reconocer esa verdad y tomar fuerza para seguir adelante, pero cuidando ahora de disfrutar intensa y amorosamente lo que se tiene porque se podrá perder y quizá no habrá más puentes, sino que se llegará el final del camino.
El puente más temido es el que conduce hacia la vejez, donde se presentan grandes resistencias para continuar a pesar de que el cuerpo-mente que ha transitado por el largo camino y el cual inició como un pequeño tesoro se ha cargado de grandes vivencias, múltiples experiencias, una gran historia de transformación y ha engrandecido su imagen y significado de ser, pero que a la vez en la lucha ha ido dejando en el camino su vitalidad inicial, la lozanía de la juventud, su inocencia.
Como la hoja del árbol que se torna dorada y quebradiza en el otoño, el cuerpo-mente cruza con dificultad el puente hacia la vejez, aunque va enriquecido en experiencias no puede evitar reconocer su nueva apariencia, observa sus arrugas, sus deterioros, sus debilidades, sus pérdidas, su fealdad, signos de las batallas que enfrentó en su largo camino. Tal transformación resulta casi siempre dolorosamente inaceptable colocando ante un doble reto a las mujeres que tienen que aceptar la pérdida de la juventud y la belleza para asumir con valor el cuerpo envejecido. De primera instancia se lucha por retener el sueño de fuerza, juventud y belleza como centro de aceptación, todo eso que el imaginario de la sociedad pondera como valores imperdibles de lo femenino, para seguir siendo valoradas e incluidas en el clan social.
Es por eso que al transitar ese puente hacia la vejez, ese ineludible paso del proceso de la vida, se requiere un gran trabajo de la mente para asumir el esfuerzo de un nuevo duelo y despedir con dignidad todo lo que se va perdiendo, para curar las múltiples heridas que han quedado en el camino, para abandonar las culpas y reproches por lo no alcanzado, para asumirse como persona diferente y prepararse a recibir la nueva imagen y significado de ser, para ser libre de las determinaciones provocadas por los imaginarios sociales que desprecian la vejez.
Será entonces que se podrá reconocer como en las hojas doradas del otoño, la belleza de lo vivido, la grandeza de lo sembrado y cosechado, de esa manera recuperar con toda la potencia del corazón y la creación una nueva mirada de sí que pueda asimilar el valor de los cambios obtenidos con el paso del tiempo. Para disfrutar esta nueva transformación como mujer en la vejez, cuidarse y amarse en un cuerpo-mente diferente, que pueda empoderarse al renovarse desde lo atesorado en el camino, continuando su lucha con toda la fuerza, agradeciendo el estar viva, disfrutando cada paso, aliento, nuevo día, nuevo logro para seguir construyendo y sembrando amorosamente. Sabiendo que la belleza de la vejez es una creación propia del amor para sí, en comunión con la naturaleza de la cual se es una pequeña parte.
Así, como la hoja se desprende del árbol y cae deslizándose en una danza cadenciosa, el cuerpo-psique llegará a su último respiro para dejar de caminar y volver a reposar tranquilamente sabiendo que ha sembrado semillas que darán nuevos frutos de amor y nueva vida.
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Gloria Luz Rascón Martínez. Licenciatura y maestría en Psicología clínica en la UNAM, especialidad en Psicoanálisis en el círculo Psicoanalítico Mexicano. Psicoanalista e Investigadora en historia oral sobre procesos de mujeres y de la lucha social. Bailarina de Butoh.
“Los cabellos que encanecen no se guardan, solo las frescas trenzas de una mujer joven o doncella. “
Margo Glantz
Delante de mí en la fila del super del barrio esta mi vecina Paty, compra sopas, aceite, huevo, jabón, papel y tinte para el cabello. Lleva el cabello recogido en un chongo que oculta un poco el crecimiento de las raíces, el tinte que se deslava es tono borgoña, es también el color que se agota primero en los anaqueles de la tienda.
Mi amiga Luz, estudiante universitaria de menos de treinta años, destina una parte de sus gastos mensuales en comprar el tinte por mayoreo, porque así ahorra un poco y además previene que no se quede sin el producto antes de que las raíces aparezcan de nuevo. Ella tiñe su cabello cada 15 días, para asegurar que no se note el crecimiento, su cabello brilla y conserva el color intenso. En ocasiones si levanta su peinado, es posible notar también las manchas del tinte en su cuello.
La viejita de casi 80 años que labora haciendo el aseo en casa de unos compañeros, pinta cada uno o dos meses su poco cabello, y aunque es evidente que su cabello ya es totalmente blanco, es simplemente un habito que no puede ni quiere dejar, le aflige mucho que se den cuenta que “ya tiene canas”.
En México aun en tiempos de fuertes crisis económicas, hay una industria que no disminuye sus ventas: la industria cosmética. El consumo de productos de belleza está considerado dentro de la canasta básica, este país es uno de los grandes consumidores de tinte para el cabello, y no solo eso, también es donde se producen para consumo mundial, la empresa L’Oreal líder en la industria de tintes para cabello decidió colocar en el año 2012 su mayor planta de producción mundial en San Luis Potosí.
En todos los estratos sociales se consumen productos que ayuden a “vernos y sentirnos mejor”. La obligación de ser bella y joven esta tan presente en nuestra realidad, que incluso las personas que habitan en las calles llegan a consumir algún producto de belleza o higiene personal, al menos en las grandes ciudades.
Ser bella es simplemente no envejecer
La belleza como construcción social dicta los parámetros que debemos seguir, para ser exitosas, atractivas y hasta socialmente funcionales y productivas. Uno de los primeros atributos que se nos adjudican a las mujeres es tener un cabello hermoso. Desde la infancia las mujeres tendrán que marcar la diferencia con los hombres a través del cabello, llevándolo más largo que ellos.
El estereotipo seguirá toda la vida: cabello, largo, sedoso, brillante, bien cuidado y por supuesto sin canas, el modelo universal a seguir es el cabello liso y de preferencia rubio o castaño. Los rizos tampoco están permitidos, la mayoría de las mujeres afros que salen de sus lugares de origen, lo primero que buscan es desvanecer la marca que se los recuerde, el cabello rizado no figura entre los modelos hegemónicos a seguir, salvo en momentos de efímera tendencia. El estilo dominante del cabello es el largo cabello rubio.
El cabello –lo mismo que el cuerpo- nunca debe envejecer, las canas como manifestación del irreversible paso del tiempo, son enemigas naturales de muchas mujeres. Campañas enteras se han impulsado para combatirlas, las marcas de tintes mas vendidos son aquellos que aseguran desaparecerlas por mas tiempo, lapsos que máximo llega a 20 días. En el caso del “deber ser mujer” hay una sobrevaloración de la juventud y de la esbeltez contrario al ser masculino donde encanecer es símbolo de poder y hasta de fetichismo sexual.
Si bien, encanecer es una consecuencia del desgaste de las células que pigmentan el cabello, no es un proceso aceptado o reconocido por la sociedad. Es quizá el más denostado, el más negado. Una especie de fracaso estético o una forma de anular el erotismo.Todos los procesos que tienen que ver con el envejecimiento están prohibidos y mal vistos, pero encanecer –y más aun si eres joven- es el peor que te puede pasar, asumirlo es todavía más catastrófico.
Detesto el aroma del amoniaco
Descubrí mis primeras canas a los 22. Eran tan pocas que un simple corte de cabello las ocultaba, luego se multiplicaron rápidamente, probé un tinte para ocultarlas. Funcionó bien, permanecían discretas por un tiempo aceptable. Luego fueron más frecuentes y evidentes. El tinte seguía funcionando, me daba el lujo de probar tonos y marcas, el gasto era eventual y hasta parecía divertido. Al paso de los años, el ejercicio se hizo más frecuente, lo más desagradable de teñirlo era el aroma. El amoniaco no se va fácilmente del ambiente, a veces hasta cinco días para dejar de percibirlo.
Luego vino la angustia de las inevitables raíces, el cabello crecía muy rápido y cada vez era necesario teñirlo más seguido para ocultarlas. Era un cuento de nunca acabar, el día de teñirlo era felicidad por el color y desagrado por el aroma, imposible pasar desapercibido en cualquier sitio cerrado. Cuando el aroma por fin se difuminaba las raíces eran demasiado visibles para disimularlas y entonces había que volver a empezar, el tortuoso ritual se repetía. Pasaba de la tensión a la angustia, evitando las miradas directas a la cabeza, una sensación me perseguía: la de saber que todo el mundo lo notaria en algún momento. Era inútil, la gente lo sabía.
Casi una década de teñido continuo, angustia, gasto monetario, productos q tóxicos de aromas penetrantes aplicados directo a la piel, los estragos son: la resequedad en el cuero cabelludo y la pérdida paulatina del cabello que puede llegar hasta la calvicie.
Lo intenté varias veces en periodos cortos de tiempo. He cumplido casi dos años sin teñir, asumiendo mi condición genética, o mi envejecimiento que al final es lo mismo, un proceso. He vivido esta transición de mil maneras, desde la alegría hasta el llanto inesperado. Mi mayor nostalgia no es por tener el cabello gris, sino por haberlo tenido negro. Tuve que cortarlo tres veces para hacer desaparecer el resto de producto químico que mantenía en el. Mi cabello ha vuelto a recuperar su forma y su textura natural, mis rizos casi extintos han vuelto a aparecer, pero ahora son grises.
Mi decisión personal me ha encontrado en buen momento. El cabello gris esta de moda, el hashtag #grayheir es tendencia en varios países, existen infinitas galerías virtuales mostrando los mejores tonos grises, los salones de belleza ofrecen como novedad logar el color plata en tan solo dos decoloraciones, es un tono de moda entre las celebridades pop. Triste paradoja: el cabello gris teñido es aplaudido, pero si el color es natural hay una desaprobación. Porque no negar las canas es sinónimo de descuido y abandono personal, aunque ciertamente implique todo lo contrario: fuerza y valentía.
En este camino he recibido muchas críticas, agresiones y “recomendaciones”, en México incluso hay un dicho popular que disfraza la burla: “las canas son de ganas”, se asocian a la insatisfacción sexual, a la depresión y a la pobreza: ¿que no te alcanza para un tinte?. En el extremo están quienes lo aplauden pero reviste de un toque mágico el hecho: “tus canas son de bruja”, “es que eres muy sabia”, “tienes más sex appeal” ,“ es la madurez”, y un sin fin de lugares comunes y argucias para no de reconocer la naturalidad del cuerpo y sus procesos, pero sobre todo, las decisiones personales, la autonomía.
En este camino encontré grupos de autoayuda en Facebook, como si tener canas fuera sinónimo de ser adicta o alcohólica, mujeres de todas partes del mundo han creado sus espacios virtuales de esperanza y acompañamiento, para un momento de la vida en que se vuelve decisivo consolidar el carácter y enfrentar al mundo.
En medio de las ganancias millonarias que arroja la industria del tinte en este país, el mas terrible costo no es de salud o el económico, es el emocional, que arrebata a las mujeres –de todas las edades y clases sociales- su tranquilidad. Los hombres no se quedan atrás de estas normas sociales, jóvenes y viejos también acuden a “la bondad” del color efímero que da el tinte, sin embargo, son la minoría, no hay comparación con las mujeres en relación al consumo, aunque sí a la angustia. Conozco hombres inteligentes y talentosos preocupados por sus canas, como mi querido maestro anarquista que a sus mas de 60 años pretende un negro lustroso en su escasa pero larga cabellera.
La tortura del amoniaco es una realidad para muchas mujeres en todo el mundo, tendremos siempre otra opción: mirar en el espejo nuestra nueva naturaleza, dar la bienvenida a la otra edad y aprender a amar el brillo de lo eterno.
BrendaRaya (1985) Geógrafa de banqueta, artista de vidrio y papel. Fotografa aficionada y ciclista nocturna.
Cronista urbana en desarrollo. Defensora y promotora de los derechos humanos de las poblaciones callejeras,
ejecuta un proyecto educativo y de alimentación para indigentes en las calles del centro del DF.
“Habría que atravesar el universo lírico Como se atraviesa un cuerpo que se ha amado mucho Habrá que despertar las potencias oprimidas La sed de eternidad, equívoca y patética” Michel Houellebecq
¿Cómo envejecemos con plenitud en una sociedad que celebra la juventud como la única etapa valiosa de la vida y que se sueña eterna? Especialmente cuando se acompaña de mandatos de belleza estereotipadas para las mujeres. ¿Cómo nos damos cuenta de que estamos envejeciendo? ¿Envejeciendo para qué, quienes y en qué sentido? ¿Envejece el cuerpo o las ideas también? ¿Dejamos de ser atractivas/os en todo lo amplio de esa palabra? ¿Todas las personas y sociedades experimentan el envejecimiento del mismo modo? ¿Es una experiencia que se vive universalmente?
Interrogantes que no podría agotar en este ensayo, donde pretendo humildemente aproximar ideas, reflexiones en voz alta.
Cada cultura y cada persona vive su cuerpo de manera diversa, da significados distintos a sus experiencias, que en ocasiones no puede ser puestas en palabras. Empero, el discurso hegemónico insiste en uniformar cuerpos, emociones, deseos y nuestra relación con la propia subjetividad corporal. Esta pedagogía del desconocimiento, de la negación de la pluralidad de las maneras de ser y habitar el mundo, oculta que envejecer es un proceso valorado de múltiples maneras en cada cultura, por ejemplo, en comunidades indígenas de México como algunas Oaxaqueñas, es simbolizada como sabiduría y otorga una posición de reconocimiento y de poder en aspectos que conciernen a la comunidad. Al contrario de nuestras sociedades culturalmente occidentales, donde la vejez es una paria, considerada el menoscabo de capacidades, la pérdida de productividad y relevancia socioeconómica. Envejecer es una carga económica para el capitalismo, porque ya no puedes emplearte, si no produces, no vales.
Personalmente, rumiar sobre el asunto de envejecer tomó preminencia cuando cumplí 30 años, con las primeras canas en mi pelo oscuro y las primeras arrugas en mis ojos, marcas de que estoy viviendo. También suelo pensar en ello con frecuencia cuando observo mi panza, después de haber parido hace tres años, casi cuatro, a mi primer y único hijo. La piel que sobra se asoma por sobre el elástico del pantalón, suave, blanda, esparcida, flácida y cómodamente en un único pliegue. Es una huella, un indicio de que mi vientre estuvo habitado durante 9 meses, un recuerdo y, por tanto, una imagen, un espejo donde mirar el pasado desde el ahora de mi cuerpo. Por lo cual, también es presente y es futuro, particularmente cuando veo crecer a mí hijo, recuerdo que mi piel carece de temporalidades exactas. Mi piel-huella me conmueve, me habla de maternar, de cuidar, de ceder y aprender, de sembrar futuro en otra vida, en quien continuará después de mí.
En ese sentido, para la estética dominante de occidente, un vientre como el mío, que refleja la experiencia de un embarazo, no se considera bello ni deseable. De este modo, se sostiene y reproduce todo un negocio de cirugías estéticas y tratamientos para borrar cualquier vestigio de flacidez, de gordura, de dolor y de vida. El vientre modelo es el vientre plano, joven, sin huellas de cambios o del paso del tiempo, aunque el mandato de la maternidad siempre se encuentra a la orden del día y el acceso a cirugías reconstructivas, a tratamientos de belleza, tengan costos altísimos al que solo un grupo social privilegiado pueda acceder. Mecanismos psicológicos perversos al que apelan el capitalismo y el Heteropatriarcado articulados meticulosamente, para mantenernos consumiendo ideales inalcanzables de modo constante.
Sin embargo, por mucho dinero que invirtamos o esmero que pongamos en negar o en ocultar huellas de envejecimiento, el cuerpo habla, el cuerpo narra el paso del tiempo y la sociedad juzga estos procesos, según parámetros hegemónicos de lo valorable o no. En esa valoración, el envejecer se presenta como el deterioro constante de la belleza, de ese cuerpo fibroso, delgado, blanco, occidentalmente performado, al que todas/os debiéramos aspirar. La piscología social explica que envejecer se encuentra relacionado hegemónicamente con la pérdida, con el deterioro de las aptitudes físicas o mentales; con la ausencia de la belleza, del deseo y del goce sexual; como un resto del tiempo que queda por vivir, es decir, como el extravío de la vida misma. Es habitual que, para muchas personas, envejecer sea el indicio de que la muerte se encuentra cercana. El miedo a envejecer es el miedo a la muerte y esta, en nuestras sociedades occidentales, goza de muy poca estima.
La muerte tan enfáticamente negada por el capitalismo, que nos vende inmortalidad en comprimidos, belleza como sinónimo de salud y juventud, blanquitud y perfección, es una maquinaria despiadada de producir insatisfacción en relación con nuestro cuerpo. Nos condiciona y hostiga para que consumamos y otorguemos enormes ganancias a las empresas dedicadas a los cosméticos, al mercado estético y médico. Se venden cremas antiarrugas, tratamientos para la celulitis, dietas que se dicen saludables, pero son carentes de nutrientes y grasas necesarias; entrenamientos de alta intensidad en gimnasios, cirugías estéticas para combatir el paso del tiempo o lo que la estética dominante señala como defectos. El horizonte es la belleza para siempre, la llamada “eterna juventud” con el consecuente efecto “Peter Pan”[1].
Entre algunas de los emergentes de estos condicionamientos, existe un aumento de la cirugía estética en las clases medias-altas, sobre todo de países imperialistas como EEUU, donde según un informe acrítico de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética (ISAPS)[2], el bótox es el tratamiento más demandado del mundo. Este, es un líquido paralizante que actúa localmente para evitar los impulsos nerviosos que controlan los movimientos musculares. De esta manera el rostro no se arrugará, aunque quieras reír o fruncir el ceño, el resultado es una cara que no acusa la vivencia de emociones. Podemos hablar entonces, de que envejecer es realmente un tabú para nuestra sociedad capitalista occidental.
Podemos definir un tabú como una práctica o discurso moralmente inaceptable por una sociedad en particular, espacio político, cultural o religioso. Es la prohibición de lo considerado negativo o extraño, cuya ruptura es terriblemente castigada en algunas tradiciones culturales, mientras otros tabúes son más volátiles y responden a momentos históricos y políticos. De allí que se sostenga desde la historia y la antropología, que son el antecedente inmediato del sistema de leyes con el que se “imparte justicia” en nuestras sociedades organizadas por sistemas de distribución del poder político.
El tabú de envejecer es evidentemente mayor en las mujeres, la discriminación que pesa sobre el paso del tiempo y la apariencia en nosotras, las reglas que se imponen para vestir, para hablar o para trabajar, son cada vez más rígidas con el aumento de la edad. Simón de Beauvoir (1970/2016) decía que a los varones se les permitía envejecer, ya que socialmente no se les pide frescura, dulzura, ni gracia alguna; por el contrario, se les exigía virilidad e inteligencia y la vejez no contradice dichas cualidades. Esto es fácilmente observable en las películas comerciales, las mujeres de más de 30 años no pueden ocupar papeles principales de seducción, mientras que los hombres sí, porque “maduros” (y no viejos) son considerados “interesantes y atractivos”.
Pensemos en nuestras propias vivencias al cumplir 3 décadas de vida, la manera en que nos exige ser madres, tener pareja estable y heterosexual, formar familias monogámicas, entre otros mandatos. Desde el discurso social, en nuestras familias patriarcales, se considera síntomas de problemas psicológicos no realizar ninguna de las acciones anteriores. Si eres una treintañera y no estas casada te condenan con la palabra despectiva de “solterona”, porque ya estas fuera del mercado de mujeres atractivas para los varones. Pareciera que el reloj biológico social se acelera a partir de que las mujeres cumplimos 30 años. Incluso las revistas de moda gastan páginas enteras en hablar de los beneficios que supondría ser treintañera si sigues algunos “tips” para no aumentar de peso, conservar un cuerpo fibroso, conseguir pareja, entre otros “consejos” de especialistas de dudosa procedencia científica.
Mientras nos distraen y atormentan con este mandato de juventud eterna y el tabú del envejecimiento, olvidamos que el bienestar y la salud reales, se dirimen en otros escenarios. El contexto de opresión en el que vivimos las mujeres a diario, donde nuestra vida está en riesgo permanente de poder apagarse en manos de un feminicida, solo basta mirar las estadísticas de México o de Argentina[3] para aterrarse. Las violencias contra las mujeres son múltiples, desde la violencia física y simbólica, hasta la feminización de la pobreza, el racismo, la injusticia erótica; el escaso conocimiento de nuestros procesos corporales, de nuestra sexualidad, el control médico-farmacéutico de la sexualidad y del envejecimiento, entre otros problemas que afectan nuestro bienestar real. Debemos abrir los ojos urgentemente, no es el paso del tiempo lo que nos afecta sino su patologización, su desmerecimiento social y la discriminación permanente, así como la violencia simbólica y física por parte del capitalismo Heteropatriarcal.
Asique estimadas/os lectores/as, antes que perseguir estereotipos de bellezas inalcanzables, invertir tiempo, energía física y síquica en modelos de juventud inalcanzables, nos esmeremos en buscar nuestro propio camino de realización, que solo es posible de manera colectiva. Las mujeres y las sexualidades disidentes necesitamos agruparnos para desafiar esta sociedad sexista y desigual, que nos atormenta con modelos heteronormativos de amar, que nos controla a través del androcentrismo en todas las instituciones por las que transcurrimos. Luchar por nuestro derecho a ser diversos/as, orgullosos/as de nuestro cuerpo y sexualidad, bregar por una vida sin violencias e imposiciones normativas y combatiendo que el paso del tiempo sea considerado una patología.
Finalmente, el problema no es envejecer, no existe algo como una pérdida de belleza objetiva, sino fantasmas que se reproducen desde el sistema de mercado para plagar nuestra vida de insatisfacciones y consumos, para perseguir modelos de belleza insalubres y opresivos que sólo pueden condenarnos a la tristeza y a la pérdida de soberanía sobre nuestro cuerpo y goce. Por eso, más que temer a la vejez, debiéramos lamentar que distraernos en mandatos irrealizables, genere que llegado el momento donde paremos con la productividad constante a las que nos condena el sistema, nos miremos, nos enfrentemos al espejo, y descubramos que ya es tarde para hacer todo lo que te perdiste mientras penabas envejecer. Como dice Saramago y espero las mujeres podamos también algún día gritarlo: “Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos. ¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa! Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento”.
[1] El psicólogo Dan Kiley describió por vez primera la actitud “Peter Pan” como la actitud de negarse a crecer, madurar y asumir compromisos con la propia vida. Un deseo de niñez y juventud eterna.
[3] En Argentina, durante el año 2014 hubo 225 femicidios, un asesinato de mujer cada 39 horas. La cifra trepó en 2015 a 235; una muerte cada 37 horas. Y en el año 2016, los casos fueron 254. El vínculo entre el feminicida y la víctima es mayormente pareja o ex pareja. En 37 de las muertes participó algún familiar; en 31, alguien conocido, y sólo en 23 no hubo vínculo previo (Cifras de la Casa del Encuentro, ONG Argentina). La franja etaria de mayor vulnerabilidad se encuentra entre los 21 y 40 años, tanto para las víctimas (49%) como para los feminicidas (58%). En lo que va del año 2018, específicamente hablamos de sólo una semana, 57 mujeres fueron asesinadas por su condición de género.
En México la situación para las mujeres no es mejor. De acuerdo con informes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), del año 2000 al 2015 se cometieron 28 mil 710 feminicidios contra mujeres, es decir cinco por día. Las cifras reflejan un aumento de 85%, al pasar de mil 284 asesinatos ocurridos en el año 2000; a dos mil 383, en el año 2015. En 2015, la Secretaría de Gobernación (Segob), a través de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), emitió la declaratoria de Alerta de Violencia de Género (AVG) para 11 municipios del Estado de México: Chalco, Chimalhuacán, Cuautitlán Izcalli, Ecatepec de Morelos, Ixtapaluca, Naucalpan de Juárez, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla de Baz, Toluca, Tultitlán y Valle de Chalco Solidaridad, los cuales concentran los mayores índices de violencia feminicida. Según esta misma dependencia, de enero de 2014 a septiembre de 2015 se registraron 504 asesinatos de mujeres y en 2016, 236 feminicidios. La coordinadora del Observatorio Mexiquense de Feminicidios, Desapariciones y Violencia de Género, Yuridia Hernández, dijo que documentaron 236 casos de feminicidio en 2016. A su vez, el procurador Alejandro Jaime Gómez Sánchez informó que del 1 de enero al 18 de noviembre del año pasado se registraron 61 casos de feminicidio en la entidad.
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Gabriela Bard Wigdor. Investigadora Asistente del Consejo Nacional de Investigación en Ciencia y Técnica de la Argentina (CONICET), Docente de la Facultad de Cs Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Doctora en Estudios de Género, Magíster y Licenciada en Trabajo Social por la UNC. Militante feminista.
Abro el chat de mis amigas de toda la vida y veo el meme del día: “Como cuando no te alcanza para el gimnasio y el psicólogo a la vez y tienes que decidir entre levantarte el autoestima o el culo”. Diariamente recibo a través de WhatsApp al menos un chiste sobre el cuerpo y/o la mente de las mujeres, sobre el cuerpo de una mujer gorda, vieja, pobre o fea o bien sobre actitudes como el neurotismo, la incapacidad de decidir, la avaricia y la frivolidad femeninas. Y me pregunto, ¿de qué se ríen?.
No es que, como mujeres, nos tenga que molestar, pero ¿qué es lo que causa gracia e invita a compartirlo con otras mujeres, a darle difusión y visibilizar estos mensajes?. De hecho no creo que de verdad estén riendo, pero aún así lo comparten como una gracia. Para que algo cause gracia, además de ser relativamente cierto y, por tanto, generalizable, debe contener también un tabú o rechazo. Nos estamos riendo de nosotras mismas o de otras al dar validez a una generalización y, así mismo, nos estamos rechazando como mujeres reales. Lo real es lo que de verdad hay.
Mis amigas dan por hecho que la decisión entre invertir en levantar el culo o el autoestima es imposible de tomar. Podrían decir que, en ese momento de su vida, su autoestima está fuerte y que por eso eligen mejorar el culo y seguir invirtiendo en su imagen física, como de hecho hacen. O podrían admitir que no pueden dejar que se les caiga el culo, como es normal con la edad, porque su autoestima no lo resistiría. Pero no lo confiesan. La lucha por rejuvenecer debe disimularse.
“Ningún culo satisface sin suficiente autoestima”, les digo sin querer agredir ni sermonear, pero varias de ellas reaccionan inesperadamente. “Y con el culo caído se te cae el autoestima”, “tampoco demasiada autoestima que luego andan todas desaliñadas y descuidadas”, “lo dices porque no tienes un culo enorme”, se defienden. ¿Qué ganamos pagando el costo de parecer más jóvenes a través de cuerpos adelgazados, caras paralizadas sin arrugas y formas corporales ideales? ¿Y cuál es el precio?
Sin duda ganamos validación del contexto y con ello, una especie de poder que reside en someternos para obtener beneficios (económicos, morales y sociales) de los lineamientos a los que nos somentemos. Cedemos poder ser para obtener poder tener. No es un cambio justo ¿Nadie se da cuenta? ¿Dónde está nuestro entorno amoroso? ¿Por qué nuestras familias, amistades y parejas no nos dicen que no necesitamos someternos a una lucha contra nosotras mismas para salir adelante, para valer y ser amadas? Somos todos cómplices.
“Lo hago para sentirme mejor conmigo misma, para verme mejor” dicen mis amigas cuando sienten custionada su lucha por mantener una apariencia más joven que incluye ser más delgadas y con una piel y rasgos mejorados. Es verdad que cuando nos queremos cuidamos nuestra salud y procuramos una cierta imagen agradable para nosotras mismas. Sin embargo, las intervenciones estéticas que buscan prolongar la belleza de la juventud se basan, al contrario del auto-cuidado que brota de la auto-aceptación, en el auto-rechazo.
El auto-cuidado se distingue del auto-rechazo enmascarado como “sentirse bien con una misma” por que el auto-rechazo oculta a la persona en pro de fingir juventud. ¿Para sentirme bien conmigo misma es necesario verme más joven? Las intervenciones estéticas que tienen como finalidad rejuvenecer a la persona implican dejar de ver a la persona que envejece, convirtiendo el envejecimiento en un tabú.
¿Se puede tener demasiado amor por una misma? Mis amigas le temen a un autoestima elevado porque creen que les hará aceptarse viejas, gordas y feas, imperfectas. “Esa tiene que tener demasiada autoestima para atreverse a vivir así” ¡Pero somos cuarentonas! Para conservarnos como quiceañeras hay que gastar tres veces el tiempo, dinero y esfuerzo que tendría que invertir una adolescente. Y cuando tengamos cincuenta aún más. Es una carrera que se gana a la mala, es decir, agrediendo al cuerpo y dejándo de vernos Sí, dejando de reconocer en el espejo a la mujer somos, que envejece, a la mujer viva.
Un culo firme y una cara sin arrugas no atentan contra el amor propio en la medida en que lograrlo no implique una riesgosa búsqueda de ser quien no se es. Es decir, en la medida en que sigamos viendo y amando al ser vivo que envejece, el ser que somos. Si, por otro lado, al mirarnos solo vemos lo “perfectible” en el culo, la cara o en cualquier parte de nosotras mismas, entonces hemos caído desde la auto-aceptación y cuidado al auto-rechazo y negación de nosotras mismas.
Las cuarentonas debemos ser flacas y sexys, rejuvenecidas y poderosas, perfectas y amorosas, todo a la vez aunque estas mancuernas sean incompatibles. Estar por debajo de nuestro peso nos hace perder deseo y por tanto voluptuosidad, la búsqueda constante de la perfección va en contra de la aceptación de lo que hay y luego de poder crear a partir de lo que sí hay. La luchar contra el envejecimiento nos enfrenta contra nosotras misma y en ello abdicamos a nuestro poder de ser quien realmente somos y podemos ser.
El tabú del envejecimiento promueve tanto el adelgazamiento como el perfeccionamiento de los cuerpos, ya que a cierta edad, la unica forma de evitar la flacidez y el cambio de los rasgos físicos propios del envejecimiento, es adelgazando y combatiendo los signos de la edad. Al esconder el envejecimiento lo volvemos un tabú, algo que da risa en el chiste, pero que se convierte en un cimiento putrefacto para erigir encima la vanidad de personas que creen ser la del espejo, dejando de verse a sí mismas.
Una cultura que convierte la muerte y su signo más patente, el envejecer, en un tabú, es una cultura que desea paralizar la vida, que desea matar el impulso vital para hacerlo cosa y venderlo. Lo compraremos si hemos cedido nuestro poder, ese que nace de ver y aceptar lo que somos: vida que está muriendo. Las canas, los párpados caídos, las arrugas y la flacidez nos dicen que estamos aquí y ahora, que somos todo lo que hay, sin necesidad de consumir nada más que a una misma porque estar vivas-envejeciendo, es todo lo realmente necesario para poder ser lo que queramos.
Amigas cuarentonas, no tenemos nada que ocultar, nuestro envejecimiento no apesta, las mujeres no apestamos, no tenemos porque escondernos y dejarnos podrir. Vernos envejecer nos da la sabiduría, el poder y el amor hacia nosotras mismas que la búsqueda de la juventud nos quiere arrebatar. ¿Qué ganaríamos sacrificando todo esto? Nada, literalmente. Renunciar a envejecer es renunciar a nuestro poder. Ceder el poder de crear lo que somos a cambio del poder de tener -status, cosas, parejas, aceptación externa- nos pone es un estado de precariedad, de absoluta necesidad y carencia, nos vacía.
¿Se han imaginado como habría sido nuestra experiencia si en la juventud hubieramos gozado de la seguridad que tenemos ahora? Entonces sí que habríamos valorado nuestro cuerpo de ese entonces sin tanto complejo. Paradójicamente, rejuvenecer y prefeccionar un cuerpo de cuarenta evaporara la seguridad y el autoestima con las que quisieramos haber disfrutado ese cuerpo juvenil. Parece una mala broma de la vida, pero tiene su sentido.
Alrededor de los cuarenta, tenemos la oportunidad única de ver al cuerpo tal cual es, es patente que el cuerpo es un ser vivo que, por lo tanto, está muriendo. Vemos ese cuerpo que somos con mayor claridad que nunca porque podemos observar su innegable mortalidad. Absolutamente todo lo que está viviendo está así, muriendo. Vivir implica inherentemente consumirse, un ir siendo porque va dejando de ser. Nuestros cuerpos envejecen en todo momento y eso es la más hermosa y fascinante prueba de su poderosa vitalidad.
Envejecer no es un vestido, es la imagen de quienes realmente somos, seres vivos muriendo y por tanto vulnerables. Podemos vernos a nosotras mismas a los ojos cuando podemos ver mi propia mortalidad y abrazarla para celebrar nuestra vida, que es movimiento. Así nos damos cuenta de que cada decisión es una balanza delicada entre crear y descartar, de que los procesos hay que vivirlos como lo único que hay porque no existe un lugar al que llegar, no existe el ideal y si dejamos de movernos, para prolongar la juventud, estamos muertas en vida, ese es el precio.
Amigas, vernos al espejo todos los días, envejeciendo, nos ayuda a mantener despierta la conciencia de nuestra vulnerabilidad o, como diría Heiddegger, la conciencia de muerte que abre todas las posibilidades. Además de que la conciencia de estar vivas-muriendo nos hace palpable el hecho de que mientras estemos vivas todo es posible, nos hace poderosas, esta conciencia de vulnerabilidad nos permite vernos como algo sensible hacia lo cual hemos de ser generosas y gentiles. De ahí se nutre el autoestima, al sabernos vulnerables sentimos la necesidad de cuidarnos, de nutrirnos, de ser amables con nosotras mismas, de aceptarnos y tratarnos con respeto y amor.
Al desgastarnos por cubrir las evidencias del envejecimiento que evidencia el hecho de que estamos pasmosamente vivas, comenzamos a sospechar del proceso de envejecer, de estar vivas y del poder que deviene de estarlo. Comenzaremos a ver el envejecimiento como algo asqueroso y maloliente, como algo podrido que debe ser escondido. Comenzaremos a rechazarlo, a rechazarnos como personas en proceso. Si hacemos que el espejo nos devuelva una imagen de una mujer joven que no somos, nos perderemos y perdernos significa abdicar. Vernos envejecer es aceptar el poder innegable que hay en estar vivas.
Queridas amigas, ningún poder que venga de lo que no somos merece que nos aniquilemos y cedamos el poder que deviene de sabernos vivas, envejeciendo y en proceso. Aún si esto nos gana un estilo de vida opulente o seguro porque al final del día, el rechazo a nosotras mismas cavará cada día más hondo y se convertirá en la más dolorosa insatisfacción imposible de saciar. Entre más evitemos vernos como lo que somos, seres vivos, en proceso, que envejecemos, más rechazamos nuestro poder de crearnos a partir de lo que si hay y más nos sacrificamos por un ideal.
Lo ideal puede ser motivador mientras no usurpe el centro de lo que somos. El ideal no debe ser encarnado por nuestros cuerpos porque un ideal es lo que no somos. En nuestro centro siempre debe estar lo que sí somos, un ser vivo en proceso de morir, un ser con posibilidades. Vernos y aceptarnos así, tal como somos, envejeciendo, es la única forma de amarnos y de poder amar, de valorarnos y de poder valorar, de encontrar lo que podemos ser y acompañar a otros a encontrar lo que pueden ser sin castrarles. No hay otro camino a la plenitud que el de seguir lo que nosotras mismas somos.
¿Por qué procuramos prepetuar el tabú del envejecimiento viralizándolo? Además de los beneficios canjeados por el poder que cedemos en la búsqueda de una apriencia más joven, las mujeres hemos fincado demasiado sobre esta negación. Tememos perder la imagen que refleja el espejo porque la hemos reforzado tanto que no confiamos en que exista alguien que no sea esa imagen más o menos ideal. Por eso nos mentimos diciendo que luchamos contra la vejez para sentirnos mejor, porque no nos reconocemos en lo presente. De ea forma, estamos perdidas en la casa de los espejos.
Perdernos es querer sentirnos mejor con nosostras mismas, luchando por ser las que ya no somos. Mientras las mujeres queramos reconocernos y valorarnos en lo que ya no somos, nuestro empoderamiento no será real. Por eso, entre amigas, dejemos de alabar nuestra imagen en relación a un ideal y comencemos a reflejarnos más allás de nuestra belleza idealizada. Recordémonos lo que realmente vemos unas en las otras, el poder que emana de nuestro estar vivas y en proceso. Son otras mujeres quienes me nos hacen descubrir quienes somos y nuestro valor. Entre nosotras podemos empujarnos para lorgrar reconocernos en el proceso de envejecer, es decir, en la vida y no en la negación de ésta. ¡Vivas nos queremos! En el más amplio de los sentidos.
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Paola Nayeli Villa Rosado. Mujer de 42 años, en proceso, madre, pareja, amiga, familiar, compañera de otras mujeres en procesos. Comunicóloga y humanista. He trabajado como catedrática de filosofía y ética en la Universidad Iberoamericana Puebla, México durante 5 años y posteriormente como gestora de proyectos de voluntariado ciudadano y corporativo en la fundación Hazloposible en Madrid, España durante 7 años.
Si hay algo que te pone a pensar en envejecer, es llegar al tercer piso – o sea los 30 –; de ahí en adelante, es casi inevitable no hacerte preguntas sobre el futuro y, cual libro de “elige tu aventura”, existen muchos escenarios posibles: si te juntas, si te casas, si no, si decides tener descendencia o sólo perros/gatos/plantas, si no, si te dedicas a tu carrera, si mejor “al hogar”, si tienes hermanes, si eres hije únique… Lo anterior sumado al pánico de la mayoría de les millenials, ¡el retiro!
Insisto, estas preguntas no llegaron a mi hasta que di mi primer paso al tercer piso. Es de esas cosas que no crees que te sucederán, casi como cuando te dicen que las desveladas, las borracheras y por ende las crudas, no se sienten igual a los treinta y como buena persona de veintitantos, piensas jactanciosamente “eso no me sucederá a mí”, pero SUCEDE …
Un día llegas a los treinta y quedarte despierta hasta las 2 am es casi como no haber dormido, te emborrachas con dos copas de vino tinto y la cruda te dura dos días; c’est la vie!
Sumado a lo anterior, no sé si les pasa igual que a mí, pero esta es una historia más de “como el feminismo me cagó la vida”…para bien, obvio, pero igual ya no hay vuelta atrás pues aunque aún quisiera morir calientita en mi cama a los noventa y pico de años después de una excelente vida tipo la viejita de Titanic, no puedo dejar de pensar en el sin fin de cosas que debemos remontar para envejecer y morir así. Por ejemplo, la paga desigual, las condiciones laborales, las semanas que cotizan las mujeres cuando dejan el trabajo “formal” por el cuidado de su familia, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, la continua violencia, el cambio climático…
Pero no quiero asustar a nadie con estas reflexiones, las cuales estoy segura que ya persiguen a varias personas; por el contrario, quiero compartir la fantasía sobre la viejita que quiero ser…
Como amante de la danza, espero ser una viejita que aún pueda subir la pierna a la cabeza – o mejor aún, espero lograrlo para “esa” edad—; definitivamente llevaré el cabello de algún color brillante: rosa, morado, turquesa o un balayage con la mezcla de esos tonos; tendré varios perros; seguiré escuchando rock y no me sentiré fuera de lugar porque no hago lo que las demás personas de mi edad hacen (sea lo que sea que hagan); utópicamente, espero no tener que seguir marchando para defender nuestros derechos, pero también sé que mientras sea necesario lo haré, porque nuestras batallas se dan y se ganan día a día. Quiero pensar que tendré nietes, propies o del tipo de quienes se van sumando a la familia que una hace, que les podré contar historias y que nos inspiraremos para seguir alzando la voz cuando sea necesario.
No me asustan las canas, ni las arrugas, ni la forma que tendrá mi cuerpo, mientras que me permita seguir viviendo la vida…
Gran parte de esta fantasía incluye una vivienda comunitaria con mis “compis”, en la que ningune esteremos soles, porque estamos todes; así que eso del olvido, del ignorarnos porque somos adultes mayores, de que nadie se interese por ti, de la falta de amor, pienso, estará “resuelto”. Tomaremos uno que otro “drink”, porque no nos van los convencionalismos y escucharemos a Juanga a todo volumen, porque sí. Seguiremos vives. Seguiremos viviendo. Seguiremos bailando.
¿Qué les digo?, ¡Ese es el sueño! Y en serio espero que al menos algo muy parecido sea mi destino; pero mientras acaricio a mi unicornio morado, tengo una vocecita molestando con preguntas: ¿cuánto estás ahorrando para tu retiro?, ¿cuánto te dijeron que es el rendimiento?, ¿si te das cuenta que por definición eres parte del trabajo informal?, no es por arruinarte la fantasía, pero… ¿y si te enfermas?, ¿de qué sabor quieres tu nieve?
Honestamente no sé si encontraré respuestas a todas esas preguntas antes del cuarto piso o de los que esperamos le sigan; tampoco sé si transitaré de la fantasía a la realidad. Lo que sí me queda un poco más claro, es la importancia de trabajar en estos escalones las redes de apoyo, de encontrarse con personas que enriquezcan la vida, que acompañen, que te quieran como eres, de quererte tal como eres, de no tenerte miedo, de apapacharte, de agradecerle al cuerpo por dejarte hacer tooodo lo que aún haces…porque de alguna manera pensamos en la vejez a los ochenta años y lo cierto es que cada día que pasa, estamos en ese proceso y el truco, diría Shirley Manson[1], es seguir respirando.
Madam Pink (Daniela Rangel E.) Feminista, escritora amateur, bailarina ocasional, amante de los perros, bióloga de corazón, maestra en comercio exterior en papel, entusiasta de los disfraces y los colores, de hecho, si fuera un color sería fuchsia para que nadie sepa como pronunciarlo ni escribirlo, tiene una Lisa Simpson interna que aprende a vivir de ensalada. Desde que se puso las “gafas” moradas, tiene muchas historias de cómo el feminismo le arruinó la vida para bien y ahora se dedica a hacer lo mismo por las demás personas, con o sin gafas.
Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad Acrílico sobre papel/ Augusto Metztli
Por Augusto Meztli
Una de mis tías usa guantes cuando conduce su coche. Le pregunté el motivo, y me contó que lo hacía para que no se le mancharan las manos por el sol. Entonces, le pregunté por qué no quería que se le mancharan sus manos, y me respondió que no le gustaban. Entonces yo le dije que a mí me gusta todo aquello que queda en el cuerpo como vestigio del paso del tiempo. Cuestión de gustos.
Le conté que las estrías me resultan fascinantes, o que me gustan las barrigas redondas, las que caen y parecen una “U” enorme. También me gustan las barrigas que se intuyen, o las que no existen. Me gustan las barrigas sin aspiraciones. Me gustan los cuerpos que registran el paso del tiempo, me gustan los cuerpos donde puedes hacer estudios geológicos. Los que tienen pelo porque en su sabia geografía debe de tener ahí un bosque espeso. Me gusta lo que es, en el tiempo que le toca ser. También me gusta lo contrario pero con conciencia plena del dueño o dueña del cuerpo, no por mandato frívolo de terceros.
Me gustan las señoras en la playa que hacen topless y se pasean por la arena como seres maravillosas, redondas, arrugadas, con estrías, peludas, con sus tetas cediendo a la gravedad. Varadas como sirenas dignísimas. Me gustan las mujeres y los hombres flotando en el agua como islas con geografías particulares, a la merced del tiempo, registrando los acontecimientos del paso de los años, sin complejos, sin dejarse modificar por la tala y minería de las grandes empresas depiladoras, dietéticas o textiles.
No me gustan las operaciones bikinis, ni el exterminio masivo de los pelos.
Me gustan los cuerpos que brillan en su propio esplendor, flotando como islas por descubrir.
Augusto Metztli.Pintor e ilustrador mexicano que vive en Galicia. Cree que una ilustración “es” por todo lo demás que no ves en ella.
La vejez femenina. La considero una de las mejores etapas de nuestra vida. Corría el año de 2004, era el Congreso de Semiótica y Cultura de Masas, en Monterrey. Le correspondía dar su conferencia a una mujer de cierta edad, con esto quiero decir más de 70 años… ¿cuántos más? Pues no lo sé, entre 70 y 80. Esposa y compañera de un filósofo alemán muy prestigiado cuyo nombre no recuerdo. Ella iba en representación de este hombre y de ella misma, filósofa también, por supuesto. La traducción sería al inglés y al español, pues ella únicamente hablaba alemán. Subió, pues, al estrado con un manojo grueso de hojas. Se notaba algo rígida y nerviosa: estaba en otro país, con personas diferentes que hablábamos otros idiomas y el tema de la charla era muy complejo. Lo comprendimos. Estaba muy lejos de casa. Por fin se hizo un silencio precursor para escucharla. Ella se acomodó mejor, carraspeó un poco y, en un movimiento involuntario, salieron todas las hojas volando, liberadas como palomas blancas por todo el recinto. Imposible recuperarlas en el orden establecido. La situación se tornó incómoda pues la conferencia estaba, por lógica, arruinada. Ella se levantó, hizo un breve movimiento de cabeza como despedida y se retiró a su habitación del hotel. ¿Qué hacer? Me llamaron de inmediato para subir a su habitación y ver cómo estaba. La encontré sentada en la cama, sin zapatos, los cuales señalaba de manera obsesiva. Balbuceaba. Yo solicité de urgencia la presencia del médico del hotel. Ella no estaba bien. Traté de acercarme y abrazarla pero no me lo permitió. Lo único que quería eran sus zapatos. Llegó el doctor y, en inglés, le pregunto tres cosas: su nombre, país donde se encontraba y su edad. Ella respondió, pero al llegar a la tercera pregunta, con énfasis dijo: 35 años. Regresó a Alemania de inmediato, con una acompañante, y no supe más de ella. ¿En qué momento, me pregunto, yo responderé a esa tercera pregunta? No lo sé, pero cuando llegue, espero comportarme con decoro, con mis 35 años de vida, asumidos con dignidad.
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Araceli Zúñiga Vázquez. Investigadora/Guionista de radio y televisión educativa y cultural. Escritora. Poeta visual. Apasionada de la escatología y del boxeo, mismo que practica con un instructor que la califica como una fajadora. Editada varias veces por la UNAM y la SOGEM. Prepara un libro sobre Poesía Visual y otras insolencias.