La sed de la eternidad: Desafiar el tabú del envejecimiento

karina

Ilustración: Karina Pampo

Por Gabriela Bard Wigdor

“Habría que atravesar el universo lírico
Como se atraviesa un cuerpo que se ha amado mucho
Habrá que despertar las potencias oprimidas
La sed de eternidad, equívoca y patética”
Michel Houellebecq

¿Cómo envejecemos con plenitud en una sociedad que celebra la juventud como la única etapa valiosa de la vida y que se sueña eterna? Especialmente cuando se acompaña de mandatos de belleza estereotipadas para las mujeres. ¿Cómo nos damos cuenta de que estamos envejeciendo? ¿Envejeciendo para qué, quienes y en qué sentido? ¿Envejece el cuerpo o las ideas también? ¿Dejamos de ser atractivas/os en todo lo amplio de esa palabra? ¿Todas las personas y sociedades experimentan el envejecimiento del mismo modo? ¿Es una experiencia que se vive universalmente?

Interrogantes que no podría agotar en este ensayo, donde pretendo humildemente aproximar ideas, reflexiones en voz alta.

Cada cultura y cada persona vive su cuerpo de manera diversa, da significados distintos a sus experiencias, que en ocasiones no puede ser puestas en palabras. Empero, el discurso hegemónico insiste en uniformar cuerpos, emociones, deseos y nuestra relación con la propia subjetividad corporal. Esta pedagogía del desconocimiento, de la negación de la pluralidad de las maneras de ser y habitar el mundo, oculta que envejecer es un proceso valorado de múltiples maneras en cada cultura, por ejemplo, en comunidades indígenas de México como algunas Oaxaqueñas, es simbolizada como sabiduría y otorga una posición de reconocimiento y de poder en aspectos que conciernen a la comunidad. Al contrario de nuestras sociedades culturalmente occidentales, donde la vejez es una paria, considerada el menoscabo de capacidades, la pérdida de productividad y relevancia socioeconómica. Envejecer es una carga económica para el capitalismo, porque ya no puedes emplearte, si no produces, no vales.

Personalmente, rumiar sobre el asunto de envejecer tomó preminencia cuando cumplí 30 años, con las primeras canas en mi pelo oscuro y las primeras arrugas en mis ojos, marcas de que estoy viviendo. También suelo pensar en ello con frecuencia cuando observo mi panza, después de haber parido hace tres años, casi cuatro, a mi primer y único hijo. La piel que sobra se asoma por sobre el elástico del pantalón, suave, blanda, esparcida, flácida y cómodamente en un único pliegue. Es una huella, un indicio de que mi vientre estuvo habitado durante 9 meses, un recuerdo y, por tanto, una imagen, un espejo donde mirar el pasado desde el ahora de mi cuerpo. Por lo cual, también es presente y es futuro, particularmente cuando veo crecer a mí hijo, recuerdo que mi piel carece de temporalidades exactas. Mi piel-huella me conmueve, me habla de maternar, de cuidar, de ceder y aprender, de sembrar futuro en otra vida, en quien continuará después de mí.

En ese sentido, para la estética dominante de occidente, un vientre como el mío, que refleja la experiencia de un embarazo, no se considera bello ni deseable. De este modo, se sostiene y reproduce todo un negocio de cirugías estéticas y tratamientos para borrar cualquier vestigio de flacidez, de gordura, de dolor y de vida. El vientre modelo es el vientre plano, joven, sin huellas de cambios o del paso del tiempo, aunque el mandato de la maternidad siempre se encuentra a la orden del día y el acceso a cirugías reconstructivas, a tratamientos de belleza, tengan costos altísimos al que solo un grupo social privilegiado pueda acceder. Mecanismos psicológicos perversos al que apelan el capitalismo y el Heteropatriarcado articulados meticulosamente, para mantenernos consumiendo ideales inalcanzables de modo constante.

Sin embargo, por mucho dinero que invirtamos o esmero que pongamos en negar o en ocultar huellas de envejecimiento, el cuerpo habla, el cuerpo narra el paso del tiempo y la sociedad juzga estos procesos, según parámetros hegemónicos de lo valorable o no. En esa valoración, el envejecer se presenta como el deterioro constante de la belleza, de ese cuerpo fibroso, delgado, blanco, occidentalmente performado, al que todas/os debiéramos aspirar. La piscología social explica que envejecer se encuentra relacionado hegemónicamente con la pérdida, con el deterioro de las aptitudes físicas o mentales; con la ausencia de la belleza, del deseo y del goce sexual; como un resto del tiempo que queda por vivir, es decir, como el extravío de la vida misma. Es habitual que, para muchas personas, envejecer sea el indicio de que la muerte se encuentra cercana. El miedo a envejecer es el miedo a la muerte y esta, en nuestras sociedades occidentales, goza de muy poca estima.

La muerte tan enfáticamente negada por el capitalismo, que nos vende inmortalidad en comprimidos, belleza como sinónimo de salud y juventud, blanquitud y perfección, es una maquinaria despiadada de producir insatisfacción en relación con nuestro cuerpo. Nos condiciona y hostiga para que consumamos y otorguemos enormes ganancias a las empresas dedicadas a los cosméticos, al mercado estético y médico. Se venden cremas antiarrugas, tratamientos para la celulitis, dietas que se dicen saludables, pero son carentes de nutrientes y grasas necesarias; entrenamientos de alta intensidad en gimnasios, cirugías estéticas para combatir el paso del tiempo o lo que la estética dominante señala como defectos. El horizonte es la belleza para siempre, la llamada “eterna juventud” con el consecuente efecto “Peter Pan”[1].

Entre algunas de los emergentes de estos condicionamientos, existe un aumento de la cirugía estética en las clases medias-altas, sobre todo de países imperialistas como EEUU, donde según un informe acrítico de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética (ISAPS)[2], el bótox es el tratamiento más demandado del mundo. Este, es un líquido paralizante que actúa localmente para evitar los impulsos nerviosos que controlan los movimientos musculares. De esta manera el rostro no se arrugará, aunque quieras reír o fruncir el ceño, el resultado es una cara que no acusa la vivencia de emociones. Podemos hablar entonces, de que envejecer es realmente un tabú para nuestra sociedad capitalista occidental.

Podemos definir un tabú como una práctica o discurso moralmente inaceptable por una sociedad en particular, espacio político, cultural o religioso. Es la prohibición de lo considerado negativo o extraño, cuya ruptura es terriblemente castigada en algunas tradiciones culturales, mientras otros tabúes son más volátiles y responden a momentos históricos y políticos. De allí que se sostenga desde la historia y la antropología, que son el antecedente inmediato del sistema de leyes con el que se “imparte justicia” en nuestras sociedades organizadas por sistemas de distribución del poder político.

El tabú de envejecer es evidentemente mayor en las mujeres, la discriminación que pesa sobre el paso del tiempo y la apariencia en nosotras, las reglas que se imponen para vestir, para hablar o para trabajar, son cada vez más rígidas con el aumento de la edad. Simón de Beauvoir (1970/2016) decía que a los varones se les permitía envejecer, ya que socialmente no se les pide frescura, dulzura, ni gracia alguna; por el contrario, se les exigía virilidad e inteligencia y la vejez no contradice dichas cualidades. Esto es fácilmente observable en las películas comerciales, las mujeres de más de 30 años no pueden ocupar papeles principales de seducción, mientras que los hombres sí, porque “maduros” (y no viejos) son considerados “interesantes y atractivos”.

Pensemos en nuestras propias vivencias al cumplir 3 décadas de vida, la manera en que nos exige ser madres, tener pareja estable y heterosexual, formar familias monogámicas, entre otros mandatos. Desde el discurso social, en nuestras familias patriarcales, se considera síntomas de problemas psicológicos no realizar ninguna de las acciones anteriores. Si eres una treintañera y no estas casada te condenan con la palabra despectiva de “solterona”, porque ya estas fuera del mercado de mujeres atractivas para los varones. Pareciera que el reloj biológico social se acelera a partir de que las mujeres cumplimos 30 años. Incluso las revistas de moda gastan páginas enteras en hablar de los beneficios que supondría ser treintañera si sigues algunos “tips” para no aumentar de peso, conservar un cuerpo fibroso, conseguir pareja, entre otros “consejos” de especialistas de dudosa procedencia científica.

Mientras nos distraen y atormentan con este mandato de juventud eterna y el tabú del envejecimiento, olvidamos que el bienestar y la salud reales, se dirimen en otros escenarios. El contexto de opresión en el que vivimos las mujeres a diario, donde nuestra vida está en riesgo permanente de poder apagarse en manos de un feminicida, solo basta mirar las estadísticas de México o de Argentina[3] para aterrarse. Las violencias contra las mujeres son múltiples, desde la violencia física y simbólica, hasta la feminización de la pobreza, el racismo, la injusticia erótica; el escaso conocimiento de nuestros procesos corporales, de nuestra sexualidad, el control médico-farmacéutico de la sexualidad y del envejecimiento, entre otros problemas que afectan nuestro bienestar real. Debemos abrir los ojos urgentemente, no es el paso del tiempo lo que nos afecta sino su patologización, su desmerecimiento social y la discriminación permanente, así como la violencia simbólica y física por parte del capitalismo Heteropatriarcal.

Asique estimadas/os lectores/as, antes que perseguir estereotipos de bellezas inalcanzables, invertir tiempo, energía física y síquica en modelos de juventud inalcanzables, nos esmeremos en buscar nuestro propio camino de realización, que solo es posible de manera colectiva. Las mujeres y las sexualidades disidentes necesitamos agruparnos para desafiar esta sociedad sexista y desigual, que nos atormenta con modelos heteronormativos de amar, que nos controla a través del androcentrismo en todas las instituciones por las que transcurrimos. Luchar por nuestro derecho a ser diversos/as, orgullosos/as de nuestro cuerpo y sexualidad, bregar por una vida sin violencias e imposiciones normativas y combatiendo que el paso del tiempo sea considerado una patología.

Finalmente, el problema no es envejecer, no existe algo como una pérdida de belleza objetiva, sino fantasmas que se reproducen desde el sistema de mercado para plagar nuestra vida de insatisfacciones y consumos, para perseguir modelos de belleza insalubres y opresivos que sólo pueden condenarnos a la tristeza y a la pérdida de soberanía sobre nuestro cuerpo y goce. Por eso, más que temer a la vejez, debiéramos lamentar que distraernos en mandatos irrealizables, genere que llegado el momento donde paremos con la productividad constante a las que nos condena el sistema, nos miremos, nos enfrentemos al espejo, y descubramos que ya es tarde para hacer todo lo que te perdiste mientras penabas envejecer. Como dice Saramago y espero las mujeres podamos también algún día gritarlo: “Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos. ¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa! Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento”.

[1] El psicólogo Dan Kiley describió por vez primera la actitud “Peter Pan” como la actitud de negarse a crecer, madurar y asumir compromisos con la propia vida. Un deseo de niñez y juventud eterna.

[2] Para más información visita el siguiente link: https://globenewswire.com/news-release/2016/07/26/858809/0/es/La-encuesta-mundial-publicada-por-la-ISAPS-informa-un-aumento-de-m%C3%A1s-de-un-mill%C3%B3n-en-los-procedimientos-cosm%C3%A9ticos-y-est%C3%A9ticos-que-se-realizaron-durante-2015.html

[3] En Argentina, durante el año 2014 hubo 225 femicidios, un asesinato de mujer cada 39 horas. La cifra trepó en 2015 a 235; una muerte cada 37 horas. Y en el año 2016, los casos fueron 254. El vínculo entre el feminicida y la víctima es mayormente pareja o ex pareja. En 37 de las muertes participó algún familiar; en 31, alguien conocido, y sólo en 23 no hubo vínculo previo (Cifras de la Casa del Encuentro, ONG Argentina). La franja etaria de mayor vulnerabilidad se encuentra entre los 21 y 40 años, tanto para las víctimas (49%) como para los feminicidas (58%). En lo que va del año 2018, específicamente hablamos de sólo una semana, 57 mujeres fueron asesinadas por su condición de género.

En México la situación para las mujeres no es mejor. De acuerdo con informes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), del año 2000 al 2015 se cometieron 28 mil 710 feminicidios contra mujeres, es decir cinco por día. Las cifras reflejan un aumento de 85%, al pasar de mil 284 asesinatos ocurridos en el año 2000; a dos mil 383, en el año 2015. En 2015, la Secretaría de Gobernación (Segob), a través de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), emitió la declaratoria de Alerta de Violencia de Género (AVG) para 11 municipios del Estado de México: Chalco, Chimalhuacán, Cuautitlán Izcalli, Ecatepec de Morelos, Ixtapaluca, Naucalpan de Juárez, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla de Baz, Toluca, Tultitlán y Valle de Chalco Solidaridad, los cuales concentran los mayores índices de violencia feminicida. Según esta misma dependencia, de enero de 2014 a septiembre de 2015 se registraron 504 asesinatos de mujeres y en 2016, 236 feminicidios. La coordinadora del Observatorio Mexiquense de Feminicidios, Desapariciones y Violencia de Género, Yuridia Hernández, dijo que documentaron 236 casos de feminicidio en 2016. A su vez, el procurador Alejandro Jaime Gómez Sánchez informó que del 1 de enero al 18 de noviembre del año pasado se registraron 61 casos de feminicidio en la entidad.

GabrielaGabriela Bard Wigdor. Investigadora Asistente del Consejo Nacional de Investigación en Ciencia y Técnica de la Argentina (CONICET), Docente de la Facultad de Cs Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Doctora en Estudios de Género, Magíster y Licenciada en Trabajo Social por la UNC. Militante feminista.

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