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Eliminar la diferencia por altruismo

Por Juan Paulo Péreztejada

*ilustración: Omar González López

No necesitamos cambiar nuestra cultura, nuestra vestimenta, nuestra lengua, nuestra forma de rezar, nuestra forma de trabajar y respetar la tierra. Además, no podremos dejar de ser indígenas para ser reconocidos como mexicanos. No nos pueden quitar lo que somos, si somos morenos no nos pueden convertirnos en blancos. Porque nuestros abuelos resistieron más de 500 años el desprecio, la humillación y la explotación. Y seguimos resistiendo. Ya nunca nos podrán humillar ni acabar.

-Comandanta Esther, 9 de agosto de 2003

S    e denuncia constantemente la discriminación como expresión del odio, desde sus formas menos violentas -el insulto en la calle, la prohibición de la entrada a negocios por exhibir ciertos genotipos, etc.- hasta sus formas más extremas -la limpieza étnica, el asesinato selectivo. Sin embargo, otra forma de discriminación suele pasar desapercibida: la discriminación que pretende ser una política altruista.

     Con este tipo de discriminación, no me refiero a la llamada “discriminación positiva” que impone cuotas para garantizar la participación equitativa de la población, sino a la discriminación que pretende eliminar el elemento que se identifica como factor de la discriminación y de esta forma ayuda a la población discriminada.

     El ejemplo más caricaturizado es la clínica psiquiátrica o el grupo de oración que ayudará, ya sea con el poder de la ciencia médica o de Dios, a curar la homosexualidad. La Asociación Norteamericana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) aceptó, después de muchos años, que la homosexualidad no era una enfermedad mental y que las terapias para revertirla ocasionan más problemas -depresión, intentos suicidas- que beneficios para quienes se someten a ellas. A pesar de estas evidencias, las terapias para corregir la homosexualidad aún existen (v.gr. Curar la homosexualidad: Terapia reparativa).

     Sin embargo, este tipo de discriminación altruista se ha presentado de formas más sutiles, vista como un proceso natural en la conformación de las nacionalidades, y como una forma de permitir que los grupos marginados formen parte de la sociedad mayor en igualdad de oportunidades. Estas ideas en ocasiones sobrepasaron los discursos con pretensiones filantrópicas y se volvieron política de Estado.

     El indigenismo mexicano nos ofrece los ejemplos más ilustrativos de este tipo de discriminación. Se suele comentar que, a diferencia del vecino del norte, al menos en México no se segregó a la población indígena encerrándola en reservas, lejos de la sociedad principal. Sin embargo, el altruismo de la política indígena mexicana es cuestionable.

     Es cierto, en México nunca se ha pretendido segregar al indio, pero esto no quiere decir que su contraparte practicada sea más humanitaria: que el indio renuncie a su ser indio.

     En 1940, por iniciativa de varios políticos y científicos sociales mexicanos, se convoca a un Congreso en la ciudad de Pátzcuaro, donde se discutiría la cuestión indígena del continente. De este congreso nace el Instituto Indigenista Interamericano (III) cuyo propósito era investigar y sugerir soluciones para la población originaria del continente.

     Es llamativo lo que ven como problema la mayoría de estos investigadores en la población originaria.: su alimentación es deficiente porque casi no comen carne, huevos y leche; su lengua les impide participar como ciudadanos, porque no se escribe ni se habla en las Instituciones Oficiales; su sistema de impartición de justicia está lejos de fundamentarse en el derecho positivo; las mujeres paren en postura vertical, y con ayuda de matronas con dudosa preparación médica; sus enfermedades las curan con hierbas cuyas propiedades y usos se transmiten de forma oral, y no con medicamentos probados en laboratorios; sus fiestas son un despilfarro de recursos; su arte es pobre, hecho solo con los materiales que tienen en la mano, es pura artesanía; sus casas casi no tienen ventanas y están hechas de adobe. En resumen: hacen las cosas diferentes, y las hacen mal.

     Planteado de esta manera el problema, la solución lógica fue la eliminación de esos elementos que los hace diferentes. Así, como política de Estado se planteó incorporar las costumbres occidentales a su forma de vida: aumentar su consumo de alimentos de origen animal, cambiar el curandero por el médico, la partera por la enfermera, la hierba por la pastilla, su lengua por el español, el adobe por el ladrillo.

    Esta fue la idea de muchos quienes pretendían defender a la población indígena de México tras la revolución, como Manuel Gamio, José Vasconcelos, Moisés Sáenz. Algunos más radicales que otros en sus postulados. Mientras en Estados Unidos los mandaban en reservas y los dejaban ser, en México se enviaban grupos de trabajo, como misioneros, con el propósito de enseñarles a hacer bien las cosas, a que ya no fueran diferentes.

     Moisés Sáenz, pedagogo, subsecretario de la SEP y primer director del III, en un discurso pronunciado para un público norteamericano, destaca cómo Estados Unidos, a pesar de ser un país formado por gente de todas las nacionalidades, de Nueva Inglaterra hasta California se observa las mismas costumbres y hábitos. Expresa toda su admiración a esa cultura homogeneizada en que cada individuo parece provenir del mismo molde. Claro, los indígenas y los afroamericanos aún son la excepción, pero al menos no se observa, como en México, regionalismos tan marcados.

    Esas personas, que parecieran creadas en masa por obra y gracia de Ford y su sistema de producción -para hacer referencia a Huxley- son el ideal a importar por varios de los indigenistas mexicanos. No es casual que tanto Sáenz y Gamio hayan estudiado en la Universidad de Columbia, y que una de las imágenes de Gamio en Forjando Patria, sea el crisol -traducción acertada para melting pot-. Lo diferente podrá ser llamativo, vistoso, folklórico, y podremos guardarlo como una bisutería, si se quiere, pero para conformar una nación, hay que homogeneizarnos lo más posible. Y si son los otros y no nosotros, mejor.

    Entre los años 70 y 80, este discurso empezó a ser cuestionado fuertemente, como comenzaron a cuestionarse todo tratamiento contra lo diferente. Se le tildó, incluso, de etnocida. Sin embargo, ya sea por torpeza o ignorancia, hay quienes lo continúan reproduciendo.

“No hables así”, “Quítate esas perforaciones y no te tatúes si quieres un trabajo”, “No vistas de esa manera si quieres que te respeten”.

Nos sugieren eliminar nuestras diferencias como un consejo altruista. Nos discriminan “por nuestro bien”, para que nos integremos a la sociedad mayoritaria.

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Juan Paulo Péreztejada. Veracruz, Ver. 1988. Formó parte del Programa de Jóvenes hacia la Investigación en Ciencias PauloOutSociales de la UNAM. Estudió lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Se dedica a leer en voz alta y a redactar en silencio. Colabora y edita en De-veritas.com.

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¡Basta! ¡Déjame jugar tranquila!

 Elektra

Fake gamer girl (chica gamer falsa) son las palabras con las cuales muchos jugadores hombres se refieren a muchas mujeres que también disfrutan jugar. Básicamente, las acusan de no ser reales y asumen que tienen un objetivo de vida androcéntrico: vivir para la atracción de la atención masculina fingiendo ser algo que no son.

Para referirnos al machismo en los videojuegos, y al machismo de los gamers también, es necesario cuestionarnos y reformular conceptos. ¿Qué es un verdadero gamer? ¿Qué lo hace verdadero? ¿Y, entonces, qué lo hace falso? ¿Quién definió cuál es de verdad y cuál es de mentira? ¿Para qué querría una mujer ser gamer impostora? ¿Por qué tantos gamers hombres piensan que la mayor aspiración que puede tener una mujer en su vida es atraer su atención? ¿Por qué, siquiera, creen que una mujer desea su atención? ¿Cómo llegaron a esa conclusión?

Internet no es más que un fiel reflejo de la realidad. Los (mal llamados) trolls que asumen que no pude existir una gamer mujer, no son monstruos que se esconden bajo puentes a vomitar insultos con sus teclados sino, en su mayoría, simplemente hombres. La periodista estadounidense Zerlina Maxwell se encargó de redefinirlos de manera puntual: «No les llamen trolls. Son pendejos».

A pesar de parecer una simpleza, no lo es. Estamos acostumbrados a tratar a diario con ellos, pero llegamos al punto de deshumanizarlos y considerarlos bots o respuestas automáticas del sistema. No lo son. Son humanos tan reales como quien escribe esta nota y quien la está leyendo. Internet sólo evidencia la sociedad de la cual formamos parte. No es que antes no existieran, sino que ahora los conocemos y los vemos diariamente porque se exponen de manera impune.

La trolleada masiva de acoso y amenazas a Zoe Quinn (desarrolladora de videojuegos independientes) y Anita Sarkeesian (socióloga que produce una serie en su canal de YouTube de análisis crítico sobre el machismo en los videojuegos) bautizado por los usuarios anónimos de 4chan como «GamerGate» no era más que un desenlace imposible de evadir y absolutamente previsible. La respuesta de las empresas desarrolladoras fue de apoyo a las mujeres que, dicho sea de paso, superan a los hombres adolescentes en la demografía de los consumidores de videojuegos. ¿Era necesario que los machistas amenazaran y acosaran públicamente a feministas para que la industria reconociera la magnitud del monstruo que engendró?

Por supuesto, no está mal que repudien la amenaza y el acoso sufrido por las mujeres que integran su clientela y/o analizan sus productos, pero es cuestionable que no asuman su evidente responsabilidad al haberse encargado de retratar a las mujeres durante décadas como princesas cuya única característica es la belleza (además de ser indefensas e inútiles que deben ser rescatadas), personas cuya única salida laboral es la prostitución, desafíos a cumplir y premios a obtener e incluso como objetos coleccionables por los que se entregan tarjetas al tener sexo virtual con ellas.

«¡Las feminazis nos van a quitar nuestros videojuegos!»

Muchos de los que pronuncian la palabra feminazi desconocen completamente su origen y la integran a su vocabulario por repetición (lo cual es potenciado aún más en Internet). Rush Limbaugh, presentador radial estadounidense, fue el nefasto creador de este apodo en los ’90s para referirse a las feministas. La periodista Gloria Steinem le cuestionó su trivialización del Holocausto y mezcla de conceptos incoherentes entre sí pero, lejos de retractarse, Limbaugh mantuvo su postura y hasta la calificó de precisa, e incluso culpó a las feminazis de que los penes se encogieran un 10% en los últimos 50 años.

Lejos de los prejuicios y la ignorancia, un reciente estudio de la Universidad de Chicago confirmó que la búsqueda de justicia está relacionada con el uso de la razón y no con las emociones desbordadas, lo cual contradice a los discursos infundados y abiertamente machistas de agrupaciones como A Voice for Men (Una Voz para los Hombres) que intentan validar y normalizar la misoginia de la mano de una fantasía auto-victimizadora basada en que las feminazis son malignas y monstruosas brujas misándricas que odian a los hombres, son inestables y desequilibradas a nivel emocional, y además abortan compulsivamente y se bañan en sangre de bebés. Algunos se lo creyeron.

Para los hombres gamers, las feminazis son partícipes de múltiples conspiraciones internacionales para quitarles sus videojuegos. Imaginando que una secta maléfica quisiera quitárselos¿a dónde se los llevarían? ¿A otro planeta? ¿Piensan que las feminazis conspiran para quebrar la industria de sus videojuegos? ¿Y con qué fin? ¿Acaso alguien los proclamó dueños exclusivos de productos de venta libre y que son pagados por todos sus consumidores por igual?

O, quizás, cuando hablan del peligro de quienes quieren quitarles esos videojuegos suyos tan sólo se están refiriendo a que quieren continuar consumiendo productos que reducen a sus representaciones femeninas al nivel de ornamentos y eventuales premios. No conformes con eso, tampoco quieren que las mujeres se permitan el lujo de quejarse por ser representadas de maneras tan mediocres.

 

Lo más lamentable es que no sólo subestiman a las mujeres sino que también a sí mismos al pensar que tener sexo con una mujer (o muchas) es lo máximo a lo que pueden aspirar en la vida. Ignoran por completo que el feminismo busca demostrarles que ellos también valen más que sus genitales, por más enamorados que estén con la idea simplista de reducirse sólo a eso y que el sexo con mujeres es sinónimo de éxito y hasta de ganar.

De alguna manera, puedo llegar a entender a las anti-feministas: creen que cuanto más maltraten a otras mujeres y las acusen de putas, ellas reducirán sus probabilidades de ser juzgadas de la misma manera y eventualmente también ser llamadas putas. Esto no es más que un autoengaño y mecanismo de defensa inefectivo ya que las reglas no son hechas ni ejecutadas por ellas y están predestinadas a perder por la simple ley de portación de genitales: a una mujer, tarde o temprano, alguien la llamará puta.

 

Para que el patriarcado continúe siendo funcional y retroalimentándose a sí mismo, es una regla básica e inquebrantable que las mujeres deben vivir con miedo a, especialmente, ser llamadas putas. En la lista le sigue gorda, una palabra que inspira terror en sí misma por el concepto que encierra: una gorda, para un patriarcado basado en el culto a la belleza, es lo más horrible que puede ser una mujer, algo que la despoja de todo rastro de humanidad y legitima que se le diga y haga cualquier cosa. ¿Cómo se atreve una mujer a no cumplir con las expectativas impuestas de los deseos masculinos condicionados por publicistas? ¿Para qué existe si no es para ser objeto de deseo y juicio masculino? La gordofobia es uno de los factores misóginos de mayor influencia sobre la imagen corporal femenina y, como tal, también está incluida en el machismo que las mujeres gamers padecen todos los días.

 

«¡Los videojuegos son arte! ¡Tómenlos en serio! Pero no cuando afecta mis intereses»

 

Gracias al constante desarrollo tecnológico, los videojuegos en general ya no son lineales ni simples. Muchos incluyen múltiples finales posibles, generalmente en base a las elecciones particulares que haga cada jugador, y mundos abiertos totalmente libres para satisfacer curiosidades. A esto se le suman bandas sonoras emocionantes, equipos de guionistas que crean y desarrollan personajes con los que podemos empatizar (o todo lo contrario), los actores que brindan su voz y su cuerpo para cada animación, y una elaboración argumental profunda que puede derivar en una mitología entera y la eventual publicación de libros. Ya no estamos hablando simplemente de gráficos agradables, sino de obras de arte complejas e integrales.

Como todo arte, contiene mensajes que a su vez provocan reacciones de todo tipo. Lo que diferencia a los videojuegos es que son obras interactivas y participativas. Aunque The Witcher 2: Assassins of Kings, ya no tenía representaciones femeninas coleccionables, el personaje principal mantuvo la posibilidad de gastar su escaso dinero en prostíbulos. Aunque las escenas cinemáticas podían saltearse, su inclusión forzada e irrelevante a nivel argumental me incomodó en la misma medida que las películas de Crepúsculo, donde el gran logro de la protagonista es casarse. Claro, los juegos de The Witcher están basados en una saga de libros del escritor polaco Andrzej Sapkowski que dista muchísimo de los de Stephenie Meyer pero, independientemente de los gustos y preferencias personales, ambas adaptaciones (a los videojuegos en un caso y al cine en el otro) son expresiones artísticas y, como tales, contienen mensajes que merecen ser analizados.

 

Como mujer, tengo derecho a sentirme ofendida por ser pésimamente representada (tal como en las telenovelas donde los personajes femeninos se obsesionan con sus contrapartes masculinas y son capaces de cualquier cosa para capturar su atención). También tengo derecho a que me moleste la inclusión de personajes femeninos secundarios que tienen como única finalidad morir y fundamentar el desarrollo argumental del protagonista masculino, tal como sucedió Ziio en Assassin’s Creed 3 (dos veces, porque en un contenido descargable la reviven y la matan nuevamente), Cristina en Assassin’s Creed Brotherhood, María en Assassin’s Creed Revelations y Mary Read/James Kidd en Assassin’s Creed Black Flag, franquicia sobre la cual uno de sus directores creativos (de la desarrolladora francesa Ubisoft) dijo que era demasiado trabajo animar un personaje femenino jugable para su última entrega.

Sólo queda ver si Élise, personaje femenino secundario que aparecerá en Assassin’s Creed Unity, también tendrá un destino similar al de sus predecesoras. Esta empresa fue la misma desarrolladora de Far Cry 3, un FPS (Disparador en Primera Persona) plagado de mensajes sobre lo que es ser un hombre de verdad que también incluía, a modo de remate, un posible final en el que el protagonista podía matar a todos sus amigos y tener sexo con una mujer (Citra) para después morir asesinado por ella misma.

 

Quizás, para mayor precisión, en casos como los de Far Cry 3 y The Witcher, se podría agregar un subgénero nuevo de videojuegos a la lista: porno digital interactivo para hombres cisgénero heterosexuales (o simplemente XXX).

 

Sobre todo esto, tenemos derecho a quejarnos y a exponer la misoginia como tal sin temer represalias, acosos, amenazas o acusaciones de ser conspiradoras nazis ni de ningún otro tipo. Como personas, independientemente de nuestra identidad sexual o gusto por los videojuegos, podemos hacer algo que no tiene nada que ver con la corrección política sino con la decencia. En palabras de Anita Sarkeesian: «Lo más radical que se puede hacer para apoyar a las mujeres acosadas en línea es creerles cuando hablan de sus experiencias».

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Rompiendo mis propias fronteras a partir de los antidepresivos, ansiolíticos e inductores para el sueño

por Erika Bülle

Cuando te levantas por la mañana y te miras tomando más de cinco pastillas, y al anochecer te hp_scanDS_70517111711duermes después de haber tomado esas mismas cinco pastillas o quizás un poco más, sabes que eres anormal. Antidepresivos e inductores del sueño me han acompañado durante ya casi dos décadas. La preocupación al asistir a una fiesta, una visita, en la que se haga muy tarde y deba quedarme a pernoctar, en muchas ocasiones me hace desistir de la idea de ir a divertirme, no dormir acompañada de las pastillas, o peor, amanecer sin ellas, es una posibilidad que no admito. ¡Claro!, soy una esclava de ellas.

Para mis amigos y familiares es incomprensible que yo prefiera viajar por carretera durante la madrugada, para llegar a casa, algunos piensan que hay algún tipo de represión externa que me hace tomar esa decisión, pero en realidad no es así. Eso lo decido yo.

¿Cómo comienza este juego de la locura, lo disfuncional y lo patológico?

La respuesta es sencilla, hacer arte que cuestiona.

Observar cadáveres “no es sano”, para Fromm[1] esto sería una perversión producto de la mente enferma llamada necrofilia. Para mí, es solamente un cuerpo sin vida el cual me sirve de herramienta para crear, que rompe mis fronteras visuales y que se incorpora a mi cartografía del conocimiento, mi manera de mirar el mundo, después de este necro-encuentro que para muchos es anormal.

Para Achille Mbembe “La relación entre la modernidad y el terror provienen de fuentes múltiples. Algunas son identificables en las prácticas políticas del Antiguo

Régimen. Desde esta perspectiva, resulta crucial la tensión entre la pasión del público por la sangre y las nociones de justicia y venganza”[2].

Esto explica que el gusto por observar a un cadáver se considere anormal, enfermo, patológico, una línea que no debe traspasarse de manera individual, sin embargo los debates entre la biopolítica y la necropolítica, nos dan la posibilidad de analizar el cuerpo muerto desde las fronteras del arte, de la filosofía, de la sociología.

El problema comienza cuando lo personal se vuelve políticamente algo indebido, incómodo, algo que no conviene a los intereses de los otros, así que lo mejor es suprimirlo, mediante la sugerencia de aplicar el sistema clínico de la psiquiatría.

¿Qué pasa cuando la noción de Foucault de biopoder se impone ante una mente anormal?, ¿qué sucede a la vista de todos con los efectos secundarios del remedio clínico?

La desconexión del cerebro ante la vida cotidiana, causada por los fármacos, no es precisamente lo que se llama una cura. Ver los acontecimientos diarios como una ficción que no te permite tener un juicio emocional, muchas veces resulta más perturbador que convivir con la muerte misma. El hecho es que estos medicamentos “reguladores” de la psique, paran tu proceso creativo la mayoría de las ocasiones, ya que lo miras como un agente externo, y no como el artista mismo. El decidir sobre tu propio arte y la manera en que lo realizas no debe ser tomado como una cuestión enferma, ni anormal, tener un discurso cuestionador debe estar presente en las sociedades actuales, no importa que tan obsceno, violento, o voraz nos parezca. Otro punto a tomar en cuenta cuando modificamos esta visión con algún psicotrópico es que nos encontramos con los efectos secundarios; sedentarismo, mal funcionamiento del metabolismo, extrema flojera y exceso de distracción. Reflejados ante los demás en obesidad, temblores corporales y las ganas de no hacer nada. Ahora resultas ser doblemente anormal, ya que antes, no solo tu comportamiento lo parecía, si no que, ahora tu cuerpo también es un punto de tensión para los demás. Una conducta considerada anormal a la vista de muchos desencadena, ahora un cuerpo “anormal”, es decir lo que no entra en los estándares de peso marcados por las instituciones de salud, resulta un trastorno patológico al que se le denomina obesidad mórbida; somos tan incómodos pacientes que cargamos con la palabra que indica morboso: que muestra atracción por las cosas desagradables, crueles, prohibidas o que va contra la moral, PROHIBIDOS PARA LA VISTA DE LOS DEMÁS. Y peor aún, si piensas en que el arte que produces, no solo implica ver cadáveres, sino, hacer performance.

Usar el cuerpo como un instrumento de expresión, siendo este cuerpo, ofensivo para la sociedad resulta complicado, pero exhibirlo desnudo, nuevamente acrecenta la cadena de anormalidades en las que un sujeto puede estar inmiscuido. “¿Cómo se atreve?”, seguido de un “¡qué asco!, no es normal”.

Pero la cadena no para ahí, ya que cada uno de estas anormalidades puede ser tratada clínicamente con más medicamentos, que generan más efectos secundarios. Así que optas por llevar orgullosamente las etiquetas.

“Como anormal te conviertes en la gorda loca, farmacodependiente, que pinta muertos y se encuera en algo llamado performance”. ¿Tú lo crees?

[1]Fromm Erich. El corazón del hombre, Fondo de Cultura Económica, segunda edición. México, 1983.

[2]Mbembe Achille. Necropolítica. Seguido de Sobre el gobierno privado indirecto. Melussina, España, 2006

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Erika Bülle. Nace el 9 de junio de 1969, en la ciudad de México. Realizó sus estudios de licenciatura en artes visuales, en La Escuela Nacional de Artes Plásticashp_scanDS_7051711282843 (1) (ENAP), UNAM. Y posteriormente la maestría en la división de estudios de posgrado, de la ENAP, UNAM. Actualmente realiza el doctorado en artes y diseño en FAD, UNAM. En la labor de producción plástica, cuenta con más de 10 exposiciones individuales, y varias colectivas. En el campo de investigación del performance y el arte del cuerpo fue miembro del colectivo SEMEFO a partir de 1990, participando en PAREDON, edificio Rule, Centro Histórico, ECLIPSE para el museo Rufino Tamayo a cargo de Juan José Gurrola, PANDEMONIUM, ENAP, EL CANTO DEL CHIVO, canal 22, Sótano de la facultad de arquitectura. Posteriormente deja al colectivo para integrarse a otros colectivos de arte acción presentándose en XTERESA, Academia de San Carlos, entre otros lugares del interior de la república.

Blog personal:

http://bulleartedelcuerpo.blogspot.mx/

 

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Vivir para narrar: crítica al texto de Emeequis sobre el feminicida Javier Méndez

Cordelia Rizzo

A la familia de Imelda Virgen,

asesinada brutalmente hace 2 años por el hombre que presumía amarla

El desafortunado texto de Alejandro Sánchez sobre el feminicida Javier Méndez publicado en Emeequis el 23 de septiembre pasado, es muy apto para establecer una vigente conversación sobre ética periodística. Llega oportunamente pues hay un fenómeno de victimización importante en el México del presente. Demuestra, más que un impasse del autor, a qué niveles está enquistada la misoginia más tradicional y tolerada.

Para quienes no conocen el texto se titula: “El joven que tocaba el piano (y descuartizó a su novia)”. El resultado de lo que argumentan editores y autor fue una serie de malas decisiones sobre el texto y no tener la versión de la familia de la víctima, Sandra Camacho, da como resultado una apología del prejuicio misógino y del crimen.

El estilo de la crónica recuerda las máximas nietzscheanas y schopenhauerianas sobre las mujeres. La falsa mística o factor insidioso que incita a la agresión. Soy lectora de Nietzsche y Schopenhauer está en el trasfondo de mucho de lo que me gusta leer. Pero debe uno ser capaz de distinguir el pensamiento relevante, de los prejuicios de su tiempo y la manera en la que inclusive experiencias negativas con mujeres colorearon su filosofía.

Como feminista de toda la vida no ando esperando encontrarme en el camino con mentes masculinas iluminadas al por mayor (aunque lo deseo y me da gusto cuando así es). Pero sí espero que medios que han arriesgado el pellejo y concentran mentes y plumas diestras dentro de su staff y colaboradores como Emeequis pudieran no caer en el prejuicio más básico de “ella lo provocó”. Catalina Ruiz-Nava lo llamó un ‘feminicidio de libro’, un caso típico de una muerte violenta provocada por un hombre a una mujer.

Tal vez ignoren, o desestimen, que si ahora se puede juzgar al chico como feminicida, inclusive como asesino, es porque detrás hay años de lucha –de mujeres y de algunos hombres- para lograr que las agresiones a mujeres fueran sancionadas por la ley. Vidas de lucha. A estos logros constantemente los amenazan grupos de poder que no reconocen, o minimizan la importancia, de garantizar derechos a las mujeres.

Cuando una como mujer sabe de esto, o lo intuye, y lee un texto como el de Sánchez siente que le han raspado una capa de su piel y que no tiene derecho a llorar.

Narrar para vivir, vivir para narrar

Susan J. Brison escribió un conmovedor libro que relata su experiencia como sobreviviente de una violación, Postrimerías: la violencia y la reconstrucción del Yo. Su agresor la dejó de golpear y la abandonó porque creyó que la había matado. En el libro cuenta su recuperación (física y emocional) y experiencia como víctima tanto en Francia como en el norte de Estados Unidos, de donde es originaria.

Brison, siendo filósofa, se detiene valientemente a explicar por qué es tan infrecuente la identificación con una víctima cuando leemos novelas o historias de no ficción. Es importante para ella a nivel personal, pero nos ofrece desde lo personal una razón por la cual periodistas como Sánchez y sus editores sucumben ante la fascinación por el asesino: la incapacidad de aceptarse a una misma como débil, mortal, susceptible de ser ultrajada. En esto coincide con una tesis de Martha Nussbaum en su libro Hiding from Humanity: rechazamos a personas con discapacidad por la incapacidad de vernos frágiles en lo más íntimo de nuestra corporeidad. Los ideales de fortaleza y suficiencia humana que se consagran en las leyes y principios morales de tradiciones legales y normativas como la nuestra obstruyen un proceso tan humano y necesario como el de aceptar las contingencias latentes de la vida.

Siendo fuerte, sagaz y hombre, se puede devenir víctima en un instante, ¿acaso el gremio periodístico en México no está en un proceso de reconocimiento de su propia vulnerabilidad?

El ataque que sufrió Brison sucedió a principios de los 90’s en el sur de Francia, el juicio que terminó por condenar a su atacante fue justo y ella confió en el aparato de justicia (a diferencia del grueso de los procesos mexicanos). Algo destaca de su narración, y es que dado que no conocía a su atacante y éste la asaltó en la calle sorpresivamente, la defensa trató de argumentar que el agresor no estaba en sus cabales cuando la atacó.

Brison es experta en temas legales y de derechos humanos. Su texto también conforma una indagatoria sobre la importancia de la narrativa a la hora de contar historias de trauma, y su poder curativo. Entonces mientras ella trata de narrar para sanarse, reflexiona en su relato constantemente sobre los hechos y cómo fueron contados por la parte acusadora y la defensa en el juicio.

En el sistema legal estadounidense, que implica juicios orales y la construcción de argumentación jurídica a partir de una teoría del caso, la manera en la que se narran los hechos es crucial. México está en una transición hacia un sistema de juicios orales y una reformulación de la argumentación jurídica. Por ende los temas narratológicos deberán adquirir importancia (esta es otra historia). Esto viene a colación porque si no sabemos narrar, podemos condenarnos (o condenar) en la esfera pública o en un tribunal.

Para Oscar Wilde en De profundis, el juicio en el tribunal tiene un significado íntimo, es el juicio por la vida de uno. Este texto lo escribió mientras purgaba una condena de trabajos forzados por el delito de ser homosexual (sodomita). Quien lo condenó fue el padre de su amante en turno, con el afán de vengarse de su hijo.

Cuando alguien está siendo juzgado, como el protagonista de la crónica de Alejandro Sánchez, y cuando se es una víctima en el espacio público, como Sandra Camacho y su familia, se expone a una afectación profunda a partir de los mensajes de la prensa.

Aprendizajes

El habitus del periodista está en constante revisión por personas preocupadas por la trascendencia de las coberturas de hechos noticiosos. Del lado de las víctimas sé por primera mano que encuentran muchas decepciones en los informadores. Estas suceden principalmente cuando un periodista tergiversa la historia en perjuicio de un testimonio que a la víctima le cuesta trabajo contar.

La mayoría de las personas que son víctimas (en el sentido legal del término) no eran personas públicas previas al hecho victimizante, o al menos no en el sentido que lo son ahora. Quien publica sus historias sí es persona pública en su dimensión como escritora o escritor. Cuando la cobertura noticiosa refuerza un estigma social a las víctimas (eran personas susceptibles de ser criminales, ser agredidas, envueltas en negocios riesgosos) en vez de cuestionarlo o subvertirlo, afecta directamente un proceso de duelo, de exigencia de derechos y de búsqueda de resarcir con los recursos disponibles vidas rotas.

El otro lado es una buena cobertura: meticulosa, respetuosa de las personas que ofrecen testimonios para que otros trabajen para recibir remuneración por sus productos, anima la lucha y fortalece el vínculo entre las fuentes y las y los periodistas. No significa tomar partido, ni perder ‘objetividad’, sólo reconocer la dimensión de lo que estamos estudiando o informando. Eso sería indicador de que hemos recorrido bien el terreno que narramos, y actuamos acorde con el significado y peso que nosotros reconocemos que tiene. A mi juicio, produce mejores narraciones, con marcas en la memoria que nos hacen volver al texto, recordarlo y reconocer a quien lo narra.

Conclusión

Quise aportar algo más allá de lo que otras y otros han dicho sobre este escándalo de medios. María Teresa Priego y Catalina Ruiz-Nava han hecho un trabajo espléndido. La mayoría de las críticas al texto han sido pertinentes. Sin embargo, al igual que otros amigos periodistas, creo que la crítica al texto es una ocasión para reflexionar sobre el entorno que permite que un prejuicio de género tan normalizado domine un texto.

Que se publiquen notas y coberturas que abonan a normalizar la violencia, sobre todo la feminicida, es desafortunadamente norma. Esperaríamos más de Emeequis y de Sánchez que está en la terna de este año para el premio de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano.

Hannah Arendt expresó, tras su cobertura del juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén para la New Yorker, que escribía para entender. Fue duramente criticada por juzgar a Eichmann como un personaje ordinario y revelar así signo perturbador de los malhechores. Querer entender al Otro implica hurgar en nosotros mismos. Empatizar con estos personajes problemáticos es la norma en esto de trabajar con testimonios.

Dejar que se cuele el prejuicio por partida doble, escritor y editor, en un espacio de no ficción solo es posible si de entrada no se notó que era un prejuicio.

En principio investigamos porque tenemos dudas. A veces no nos alcanza la fecha límite para aclararlas. La máxima socrática dignifica el hecho de expresar lo que no se sabe, o no se cubrió en el tiempo disponible. La habilidad narrativa nos permite decir eso sin exponernos o parecer flojos. Nuestro quehacer como informadores y analistas de la realidad nos pide ser exigentes, pero no saber todo, ni ser moralmente perfectos. Pero resolver boquetes de información y de reflexión con un prejuicio sí es problemático.

Mucho de lo que sabemos y pensamos está implícito ya sea porque se expresa de formas extrañas (para nosotros) o porque nos movemos en un ámbito en el que es como una segunda piel. Pero si escribimos, si nos hemos identificado como personas que cuestionan las representaciones ordinarias de la realidad (periodistas, académicos, escritores), tendríamos que tener cercanía con nuestros prejuicios. Si no vamos a transformarlos, sí tener clarísimo cuando se apersonan en un texto que sí es público. Si no, creo que es justo admitir que somos voceros de la versión oficialista de los hechos, también eso es un trabajo.

P.D. Alejandro Sánchez ha publicado ya una disculpa pública que reproduzco íntegra. La hace desde su muro de Facebook. No la discutiré en este espacio.

A la familia Camacho y a los lectores que se hayan sentido ofendidos por la publicación de un texto mío sobre el asesinato de Sandra Camacho:

Ofrezco una disculpa por el texto de mi autoría publicado en la revista Emeequis.El día que leí sobre la captura de Javier Méndez como responsable del asesinato de Sandra, pensé en contarle a la sociedad cómo ese joven se había convertido en homicida, cómo alguien capaz de asesinar puede llevar una vida aparentemente normal.

Aposté por un ángulo distinto para abordar el fenómeno de la violencia contra las mujeres. Quise entender la manera en que Javier ve al mundo, para encontrar una posible explicación sobre el crimen en contra de Sandra, pero nunca para justificarlo ni exculparlo de su responsabilidad. Javier debe pagar por lo que hizo.

Yo no soy juez ni ministerio público, sólo soy un reportero que, en este caso, cometió un error: Lo que escribí es lo que piensa él y cómo él recuerda los hechos. Las expresiones acerca de Sandra no son mías ni tampoco una interpretación. Es lo que el homicida contó a los investigadores y declaró en el expediente judicial y a los especialistas que hicieron su perfil sicológico. No son mis palabras ni las avalo. No justifico ni juzgo a Javier. Reconozco mi error. Debí haber dejado claro que fueron las palabras de Javier. El texto no es una apología al feminicidio. No insinúo que la vida de Sandra debió terminar así. Enmendaré las equivocaciones. Sandra no merece quedar en el olvido de ningún sector de la sociedad.

Cometí otro error: no hice explícito que buscamos a la familia y le pedimos hablar, pero no deseó hacerlo. Respetamos esa decisión, pero al no decirlo en el texto generé la impresión de que despreciamos la vida de Sandra. No es así. El texto tenía el propósito adicional de mostrar cómo es que se puede cometer un crimen tan irracional.

Finalmente, a la familia de Sandra deseo expresar de manera especial mi total empatía y mis disculpas.

Respetuosamente: Alejandro Sánchez

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Cordelia Rizzo (DF 1982). Escritora y académica. Investiga temas relacionados con los derechos humanos y el simbolismo que da sentido y peso a hitos vitales como la mortalidad y otros tipos de procesos y transiciones. Escribe poesía. Actualmente investiga cómo se construye la memoria histórica en el fenómeno de bordado por la paz en México. Colabora con la plataforma de paz Nuestra Aparente Rendición y con Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, así como de la revista de periodismo narrativo Spleen! Journal. Ha sido profesora universitaria y capacitadora en temas de derechos humanos y es aficionada a la danza clásica desde que tiene uso de razón.

http://cordeliarizzo.tumblr.com/

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Máscaras

Ilustración por NooZ
Ilustración por NooZ

por Magda Piñeyro

Hubo un interés económico detrás de la abolición de la esclavitud en EEUU.
Hubo un interés económico en la conquista de América Latina.
Hubo un interés económico en las guerras mundiales y en la creación de la ONU.
Hubo un interés económico en las dictaduras militares de los países del Sur.

Hay un interés económico detrás del genocidio de Gaza.
Hay un interés económico detrás de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental.
Hay interés económico detrás de la difusión del odio a lxs inmigrantes.
Hay interés económico detrás de la difusión del odio a lo islámico.

Y hay un interés económico detrás de la difusión del odio x nuestros cuerpos.
La gordofobia sirve al capitalismo. Amarte es revolucionario.

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marcyMagda Piñeyro.
Licenciada en Filosofía, militante feminista y bloggera.
Administradora de la página Stop Gordofobia.
Blog personal:
ladobleefe.blogspot.com.es

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Cuerpos sin patrones: una revuelta contra la policía de la normalidad corporal

gorda zine

Por Laura Contrera *

You’re the one for me, fatty. Morrissey

Olvidémonos de crear una definición universal o monodimensional, que siempre dejará a alguien allá afuera en el frío, y mejor continuemos haciendo un movimiento de indómita y bella diversidad. Charlotte Cooper

Más allá de la “operación bikini” propia del verano o del arrepentimiento masivo tras la comilona por las Fiestas, la obsesión por la delgadez y el consiguiente rechazo de la gordura son cosa diaria en los medios y en la calle. En este sistema hetero-capitalista se vive a régimen, se quiera o no. Porque quien se descuida se pierde en su propia falta de voluntad. Ya no se gestiona adecuadamente, es un mal patrón de sí mismo y, a la vez, un mal producto. Como otrora el renuente al trabajo duro y digno, quien no sigue felizmente el paso acompasado del cuidado de sí, es vagx, perezosx y perniciosx para el resto de la sociedad. En estas sociedades de control (Deleuze) o seguridad (Foucault) hay un imperativo de la vida saludable que obliga a cuidarse, mejorarse y ejercitarse para encajar (eso significa el fitness). Todo en pos de una presencia digna de ser vista, elogiada y apreciada en términos del mercado. El sujeto consumidor de estas sociedades vive a régimen del mismo modo que vive en un estado de deuda permanente. El alma ya no es fuente de preocupaciones: según Foucault, por lo menos desde el pasado siglo, las redes del poder pasan por el cuerpo y la salud1.

     Si bien no resulta históricamente novedoso el menosprecio social de los cuerpos gordos –con sus marcas de género, edad, clase, raza, condición social o capacidad–, el volumen corporal es percibido hoy como exceso (de carne y grasa) y falta (de cuidado o voluntad). La misma caracterización le cabe al sistema económico actual. En palabras de Sibilia, el capitalismo ciertamente es, al mismo tiempo, una fabulosa máquina de producción de exceso y falta que permite que el fantasma del hambre y el fantasma de la gordura horroricen a los sujetos contemporáneos, aunque “de modos bastante diferentes e inclusive contradictorios (y, tal vez, probablemente complementarios)”2. La gordura -hoy definida como una epidemia de alcance mundial con contornos bien especificados- es un punto nodal del cruce entre el imperativo de salud y las técnicas de perfeccionamiento del cuerpo o cuidado de sí (ejercicio, dieta, tratamientos estéticos, cosméticos y quirúrgicos, etc.). Pero la gordura no es como cualquier otra enfermedad que pueda contraerse: se la asocia tanto al consumo excesivo de alimentos como al deficiente (una cuestión de clase y de pobreza) pero también al modo de vida nocivo de seres sin voluntad que eligen, por defecto, el sedentarismo y la mala calidad nutricional. Asimismo, la presencia o ausencia de grasa habilita el pase al equipo de los cuerpos patológicos/indeseables o normales/deseables3, cosa que no es un dato menor.

     En los discursos dominantes, la gordura es una tara del cuerpo y un índice de falta de autocontrol (un valor del mercado como la eficiencia, competitividad, alto desempeño, rentabilidad, etc.), por eso se la asocia al fracaso social. Otro discurso propio del dispositivo de corporalidad actual4 es el de la obesidad: el poder/saber médico ha patologizado la gordura del mismo modo que lo ha hecho con otras diversidades corporales. Así, se considera todo tipo de gordura como un riesgo médico en sí mismo cuando hay evidencia científica de que no es tan simple la ecuación5 y se ha limitado la discusión a una cuestión de exceso de comida y falta de ejercicio, olvidando estratégicamente los peligros inherentes en los tratamientos de adelgazamiento con los que se enriquecen las corporaciones farmacéuticas, médicas y estéticas. Tratamientos que siempre fracasan, en el mediano y largo plazo, hay que decirlo. En el cruce entre fitness/cuidado de síe industria de la dieta vemos cómo la salud -y la apariencia saludable- son deseo individual y lucro empresarial a la vez.

     En las últimas décadas del pasado siglo algunas feministas y teóricas afines se han ocupado de la distorsión de la imagen corporal o los trastornos alimentarios, pero lo han hecho afincadas en el privilegio de ciertas corporalidades femeninas (blancas, cisexuales, heterosexuales, capaces, de clase media), dejando de lado la especificidad de la experiencia de discriminación que sufren las personas con alto peso corporal. Y desconociendo que, desde finales de los años ’60, activistas en el mundo angloparlante (muchxs de ellxs feministas y lesbianas radicales, luego queer) han denunciado la estigmatización de las personas gordas y la complicidad de la industria de la dieta con la difusión de la obesidad como un peligro social per se. Este activismo ha recuperado la potencia de la palabra gordx para autonombrarse, mutando el insulto en resistencia tal como lo han hecho otras minorías (lesbianas y maricas, personas queer, cripple, etc). Y si bien, como dice Jennifer Lee, el activismo de la gordura no resuelve necesariamente la compleja relación que los individuos tienen con sus cuerpos, ha contribuido a crear una comunidad y una narrativa alternativa en una sociedad bombardeada con “la epidemia de la obesidad”6.

     El dispositivo de control corporal que nos sujeta a todxs reduce a los cuerpos gordos a objetos de injuria, estigmatización o transformación. Porque, nos guste o no, gordx no es un adjetivo calificativo más sino que es un insulto, así como también acusación de dejadez, diagnóstico de enfermedad actual o potencial y sentencia de muerte física o social. Pero si algo han dejado en claro el activismo y la teoría sobre gordura es que el peso o talla de una persona poco dicen sobre su estado de salud, sus hábitos alimentarios o su modo de vida: sólo el prejuicio y la gordofobia leen esos cuerpos de una manera unívoca. Una ficción médico-política naturalizada hace presumir que la delgadez es saludable y que la gordura en todas sus expresiones es índice de enfermedad. En palabras de la activista Marilyn Wann, “[l]a única cosa que alguien puede diagnosticar con algo de certeza al mirar una persona gorda es su propio nivel de estereotipos y prejuicio en contra de la gente gorda»7. Como dice Charlotte Cooper, cuarenta años de activismo gordo han demostrado que hay otras formas de promover la salud para las personas con alto peso corporal que poco y nada tienen que ver con regímenes hipocalóricos, cirugías extremas8 o prácticas vergonzantes e degradantes.

    En nuestra región, lxs activistas de la gordura estamos produciendo un incipiente movimiento, articulándonos con el feminismo, transfeminismo, lo queer, el activismo de la diversidad funcional, trans e intersex. Y más que una mera reivindicación de las redondeces o la grasa, nos preguntamos por la necesidad social de cuerpos-patrones, mensura y mesura que nos producen constantemente como corporalidades menos aptas o indeseables incluso para el mercado de los valores y afectos. Si bien no hay una única experiencia de la gordura que produzca una identidad gorda homogénea –según Samantha Murray, las maneras de vivir un cuerpo gordo son siempre múltiples, contradictorias y eminentemente ambiguas9–, lxs activistas de la gordura postulamos nuevos modos de encarnar los cuerpos impropios10 y sus afectos. Y más que identidades satisfechas con su peso o talla (la retórica de la aceptación y el orgullo tiene sus límites) o la postulación de una jerarquía “en reversa” –lo gordo por sobre lo flaco-, habrá que inventar nuevos modos de vida para nuestros cuerpos sin patrones. Modos de vida que permitan encarnaciones desafiantes a los valores del mercado que impregnan el dispositivo de corporalidad actual. Es hora de celebrar la diversidad corporal además de la sexual. Necesitamos una revuelta furiosa contra la policía de los cuerpos y sus estándares microfascistas de normalidad.

1 Foucault, Michel: “Encierro, psiquiatría y prisión” en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Alianza Editorial, Madrid, 2005, pág. 121.

2 Sibilia, Paula: “Pureza y sacrificio. Nuevos ascetismos por el “cuerpo perfecto””. Artefacto 6 [Pensamientos sobre la técnica], Buenos Aires, 2007. Pág.41.

3 En estas sociedades de control/seguridad la opresión no opera simplemente a través de actos abiertos de prohibición, sino que lo hace subrepticiamente, como agente encubierto productor de “sujetos viables e inviables” (Butler, Judith:“Imitación e insubordinación de género” en Allouch, Jean y otros: Grafías de Eros. Historia, género e identidades sexuales. Edelp, Buenos Aires, 2000. Pág. 97).

4 La expresión la tomo de Flavia Costa, quien se inspira en Foucault: “el dispositivo de corporalidad crea cuerpos dispuestos a ingresar a regímenes de control y autocontrol permanentes y ponerse en situación de disponibilidad con respecto al poder político, médico y espectacular” (Costa, Flavia:El dispositivo fitness en la modernidad biológica. Democracia estética, just- in- time, crímenes de fealdad y contagio. [En línea]. Jornadas de Cuerpo y Cultura de la UNLP, 15 al 17 de mayo de 2008, La Plata. Disponible en Memoria Académica: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.647/ev.647.pdf).

5 La gordura es más a menudo un síntoma que una causa de la enfermedad (cfr. Lupton, Deborah: Fat Politics: Collected writings. 2013. [En línea]. Disponible en http://ses.library.usyd.edu.au/bitstream/2123/9021/2/Fat%20politics.pdf ).

6 Lee, Jennifer: “A big fat fight: the case for fat activism”, Overland Journal 207.

7 Wann, Marilyn: “Fat Studies. An invitation to revolution” en Rothblum, Esther y Solovay, Sondra (ed.): The Fat Studies Reader. New York University Press, New York, 2009.

8 Cooper, Charlotte: “There’s no need for this obesity epidemic hysteria”, The Guardian, 18/02/201.3

9 Murray, Samantha: “Doing politics or selling out? Living the fat body” en Women’s studies, Vol. 34, Issue 3-4, p.265-277.

10 Cfr. Preciado, Beatriz: Resumen del Seminario “Cuerpo impropio. Guía de modelos somatopolíticos y de sus posibles usos desviados”. [En línea] Seminario realizado en UNIA, 2 al 4 de noviembre de 2011, Sevilla. Disponible en http://ayp.unia.es/index.php?option=com_content&task=view&id=703

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* Laura Contrera: Activista gorda y de la diversidad corporal.Estudió Filosofía y Derecho. Vive en Buenos Aires, Argentina, donde hace el fanzine femme-inista queer punk Gorda! y da clases en la Universidad Nacional de La Matanza, entre otras cosas. http://www.gordazine.com.ar/

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Pliegues que desbordan, gruñidos que retumban

Por † Les Marranas †

Somos el reflejo ensanchado en el espejo.

   Carnes profusas que vibran y se bambolean, que se crispan y se regodean en la ostentación de su blandura, en la exuberancia de sus formas. En nosotrxs habitan todas las criaturas, nuestra sangre fluye con la violencia de un río que desborda su cauce, hemos aprendido a rebosar las orillas, a deshacerlas, descubrimos que somos amalgama de formas, texturas frondosas que van deshojándose para mudar de pelo, cambiar de piel, hacerse costra, pliegues rugosos y garras al aire repentinamente.

   Antaño habitamos los bosques, el rugido del viento nos sirvió de arrullo y las madrigueras de lxs conejxs nos brindaron cobijo. Pero llegaron aquellos entes borrosos con su maquinaria, que nos fue cercando, nos vimos arrojadxs a pretender que vestíamos sus moldes y calzábamos sus frágiles y encogidos zapatos, disimulando nuestro caminar fuerte y la arrobadora potencia de nuestra presencia, que pugna por expandirse.

   Somos juntxs el exceso del bacanal, el jugueteo desbordante de la orgía y la magia turbadora del aquelarre, asimismo croamos, ladramos, aullamos, mugimos y estamos en capacidad de absorberlo todo, de contenerlo todo, pues estas carnes mullidas son generosas en espacio y no tienen reparo en acoger o agitarse ferozmente.

   Somos el cuerpo expandido, ensanchado, que ha decidido no comer cadáveres de otrxs animales, somos el exceso de carnes, la ausencia de recato, lxs que se carcajean estridentemente, las enfermas sanas, la antítesis de la gorda bonachona.

   Con el tiempo hemos aprendido a encontrar grietas en las que introducirnos, resquicios en los que aún puede escucharse la caída estrepitosa del agua, el gruñido de un zorro, el rugido del viento, recordándonos que somos cuerpos indómitos que ni siquiera la ropa puede contener, que las tallas son unidades de medida insuficientes para determinarnos o definirnos. ¿Qué son la armonía y el equilibrio sino excusas para implantar un orden?

   Damos la bienvenida al desequilibrio, el bullicio y los pliegues, alejadxs estamos de la lividez y la pulcritud, sinónimos de pureza y moderación. Somos exceso palpitante, fluídos reptantes, carnes flácidas por la desidia que nos produce su actuar, su pensar, su medir.

   Somos las carnes desobedientes que rompen los moldes de lo correcto corporal, sin buscar parecernos a nada(ie) sino deleitándonos en el tacto y la visión de las formas prominentes.

   Ahora no habitamos los bosques, poblamos ciudades plagadas de cemento y asfalto, el viento ya no parece soplar con tanta fuerza, a las ciudades llega como un susurro, enredándose penosamente en las puntas de los rascacielos o en las cornisas de los edificios. Sin embargo el latido y la exuberancia arrolladora del bosque laten en nuestros cuerpos, que con sus formas múltiples y sus carnes desbordantes nos recuerdan el río impetuoso, el gruñido de lxs animales, el rugido violento del viento y la suavidad y blandura del musgo.

Les Marranas †

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La gordura, la autopercepción y la respuesta social

Ilustración por Carmelina Jardón Rodrigo
Ilustración por Carmelina Jardón Rodrigo

Por el equipo de Cuerpos empoderados

Como activistas gordas y feministas intentamos leer y estar al día de lo que publican nuestras compañeras. La gordofobia se refiere al temor, odio o rechazo a la gente gorda, es una práctica individual y colectiva, ya que podemos detectar actitudes gordófobas concretas en nosotras mismas, a la vez que podemos diagnosticar la salud de la sociedad en la que vivimos como gordófoba. La lucha contra la gordofobia está cada vez más presente en las redes sociales y en los últimos meses han surgido en la red varias discusiones a partir de estas historias.

    Somos varios colectivos los que trabajamos para cuestionar el modelo normativo corporal dominante. Para ello publicamos los relatos y las historias de gente que tiene relación con la gordofobia. A raíz de estas publicaciones se ha generado un debate que nos parece necesario afrontar.

   Introduciremos ahora brevemente la situación para abrir un espacio a la reflexión: el primer caso surgió con una entrada de blog en el que una chica contaba cómo ella ligaba y follaba pese a estar gorda. Dejando a un lado el tono poco acertado para valorar a sus conquistas y sin entrar a valorar lo problemático de mostrar sus relaciones como conquistas, el textos pretendía ser un llamado al empoderamiento de las chicas gordas animándolas a transgredir las normas sociales que les dicen que por estar gordas no pueden ligar y lanzarse al maravilloso mundo del ligoteo y el sexo. Al principio de la narración indicaba su peso (84 kilos si no recuerdo mal) para evitar las dudas que pudieran surgir sobre su gordura, ya que si la chica hubiese estado flaca la hazaña no hubiera tenido ningún mérito. Además, adjuntaba una foto suya despejando así cualquier posible comentario. Sin embargo y a pesar a los esfuerzos de la protagonista pronto aparecieron comentarios que apelaban a la poca validez del texto ya que la chica no estaba gorda. Meses después una compañera nuestra publicaba en su muro un texto sobre su experiencia. La historia se repetía, en los comentarios se le reprochaba (con tacto y cariño) definirse como gorda cuando según los interlocutores no lo estaba. En este caso la protagonista respondía que no era una cuestión de que ella se definiera gorda o no, sino que a ella le habían llamado y tratado como gorda toda la vida.

    A partir de estas historias volvió a parecer entre nosotras un debate que ya tuvimos cuando nos planteamos la investigación. En definitiva, nos cuestionamos desde ese momento uno de la investigación, es decir, cuando aún ni siquiera sabíamos que definitivamente la realizaríamos, qué narices es ser gord@. ¿Quién da el carnet de gordx? ¿Cuál es la medida? ¿Cómo entendemos la gordura? Y hasta hoy no tenemos respuesta a estas y otras mil interrogantes más. Es por ello que queremos tratar de aportar a través de un debate a dos voces a algo que consideramos todo un interrogante sin resolver dentro del movimiento/activismo gordx, que está surgiendo [o creciendo exponencialmente] en el Estado español (al menos en Madrid) y cuyos planteamientos principales (cuestiones como la gordura en relación a los privilegios, la discriminación, los roles, la sociedad) tienen cada vez una mayor presencia en los debates (sobre corporalidad, feministas…) y creciente representación, de forma crítica en las diversas redes sociales y blogs.

   Es interesante aclarar que no partimos de cero. El primer paso que dimos al iniciar nuestra investigación fue intentar dar forma a la pregunta ¿Qué es ser/estar gorda? y a partir de una encuesta abierta en la que había además otras muchas preguntas, obtuvimos unas 500 respuestas de diversas personas que definían la gordura en términos de salud (según el IMC o el propio bienestar corporal.), fisiología (pesar un determinado peso, tener x kilogramos de más según escalas médicas diversas).

    Pero, tras las entrevistas realizadas, los textos leídos, las trayectorias corporales analizadas, seguimos sin tenerlo claro. ¿Qué es entonces ser gorda? ¿Qué se supone que hay que hacer/decir/sentir cuando un grupo de mujeres gordas (según ellas mismas se denominan) le dicen a otra que tiene unos cuantos kilos menos (no de forma acusatoria, simplemente sintiéndolo verdaderamente así) que no, que ella no está gorda, que no se equivoque? Pero… ¿A ninguna nos ha pasado eso de odiar a nuestra amiga delgada cuando decía que le sobraban kilos? ¿Y ahora qué hacemos? ¿Es la gordura subjetiva? ¿Es de algún modo medible/ comprobable? ¿Está construida (e impuesta) socioculturalmente? ¿Quién está dentro y quién fuera? ¿Es necesario, en el activismo gordo, entender por separado las diversas corporalidades y, por tanto, los grados de privilegio y los niveles de discriminación?

    Personalmente considero que este dilema al que nos enfrentamos representa un doble problema. Considero que una chica con una talla 42 o 44 no está gorda, lo sostengo desde el punto de vista de la de salud, pero también del de la medida imperante, es lo más cercano a la normalidad, o sea, a la norma. Sucede sin embargo que la norma estética nos dice que lo sano y normal es una 36/38. Y aquí está la causa de la confusión que ronda por las redes. Una chica que pesa 80 kilos no tiene un problema de obesidad, sin embargo ella se siente gorda, es más, la sociedad la considera gorda.

    Claro que la gordura es subjetiva, si no, ¿cómo puede una chica que pesa 50 kilos sentirse gorda? los trastornos de alimentación lo corroboran. Ahora bien, me parece imprescindible superar la idea de cuantificar y cualificar la gordura, la gordura está construida. La obesidad y la extrema delgadez son “problemas de salud” muy recientes, no tienen más de cien años. Es producto de un modo de producción concreto y de una forma de entender (y lo más importante, de imponer) la belleza propio del último siglo.

   Como mujeres es muy fácil que nos sintamos gordas, es más, me parece casi imposible que no suceda. Las referencias corporales a las que estamos expuestas permanentemente son inalcanzables, todas somos gordas según el modelo imperante. Ahora bien, considero necesario un ejercicio de observación y de contacto con el propio cuerpo, un ejercicio de conciencia que nos haga superar la imagen externa que tenemos de nosotras. Construir una relación con nuestro cuerpo que vaya más allá de lo que “el mundo” nos devuelve y de la forma en que lo entendemos.

    De hecho, la mayoría de respuestas que obtuvimos en la investigación apuntaban a la gordura como constructo social relacionado, en la mayoría de los casos, con el discurso médico y los medidores de masa corporal:

Aunque en principio se supone que el concepto de gordo/a depende de una ratio peso /altura ajustada por la cantidad de grasa vs músculo en el cuerpo, yo creo que estar gordo/a en nuestra sociedad es otra cosa. Ya no sé exactamente qué significa estar gordo/a, pero sé de múltiples situaciones en las que piensas que lo estás: “Estás gorda cuando vas a las tiendas y los pantalones no te van bien porque están pensados para chicas con muslos sutiles y sin barriga. Estás gorda cuando te da vergüenza decir lo que pesas porque es más de lo “habitual”. (¿Cuál? ¿Las modelos? ¿Tus amigas? No sé, pero esa idea está allí). Estás gorda cuando comes con ganas y te dice que eres una comelona o que comes como hombre. Estás gorda cada vez que te miras al espejo y piensas que lo estás. La gordura para mí no es un solo un estado físico, también mental, reflejo de las estructuras sociales. Y, sobretodo, es algo que sentimos como negativo porque ha pasado de ser un estado del cuerpo a representar algo un valor negativo.

Mujer, 35 años. (Respuesta extraida de las encuestas que realizamos)

    Sin embargo, ante la pregunta ¿te consideras una persona gorda? el 68 % de las mujeres contestaba que sí. Evidentemente desconocemos el peso, altura, color, densidad ósea, etc. de esas mujeres como para analizar correctamente el dato. Aún así no dista mucho de la realidad que me encuentro día a día: compañeras que se ven gordas y dedican más tiempo del que parece saludable en no estarlo. Pero este es un problema diferente, esas chicas no saben lo que es estar gorda de verdad, lo que es pesar 100 kilos y dedicar gran parte de tu tiempo no en estar delgada, sino en pasar desapercibida (no todas las personas gordas lo viven así, hablo desde la experiencia personal). Por eso entiendo a la perfección a todas aquellas que enarbolan su bandera gorda, porque precisamente el hecho de que alguien no gordo se identifique como tal es un reflejo del pánico social a la gordura real. Y la gordura y la obesidad están ahí, son muchos los cuerpos que no caben (literalmente) en las formas que impone la cotidianidad. Y estas personas viven acusadas y criminalizadas, por eso no quieren compartir su problema con el resto, porque no es el mismo.

   Ahora bien, ¿quiere decir esto que no debamos escuchar esas voces que reclaman no ser discriminadas por no tener el cuerpo modelo (pese a no ser gordo en el sentido estricto)? En absoluto, el caso de estas dos chicas nos demuestra que vivimos en una sociedad enferma, que nos obliga a una lucha diaria para coincidir con la normalidad impuesta. Sin embargo, sabemos que esa normalidad es una herramienta de opresión, es una forma de tener el control de nuestros cuerpos (el de las mujeres de una forma más aberrante, pero también el de los hombres). Por eso me encantaría que no participásemos de ese juego. Yo sé que socialmente estoy gorda, pero me encantaría que esa idea no penetrase tan hondo dentro de mí como lo ha hecho siempre. Quiero sentirme gorda cuando realmente el cuerpo me lo diga. Porque yo ahora no estoy gorda, no lo siento así, pero voy a comprar y no me cierran los pantalones y estoy en un bar y no hablo con nadie porque sé que no le voy a resultar atractiva. No puede ser que yo misma sea la que ejecute la herramienta más sutil que tiene el sistema para controlar mi vida.

    Me gustaría rescatar el interrogante de una compañera durante la investigación: ¿en qué medida somos todos reproductores de poder, y el empoderamiento debe ser colectivo? Está en nuestra mano jugar otro juego distinto, un juego no violento, de amor y cariño hacia nosotras mismas.

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Reviven Ley Antiaborto en Nuevo León

"Origen" Susana del Rosario
«Origen» Susana del Rosario

Cordelia Rizzo

Monterrey.- Ahora que comenzó la defensa de la inclusión del derecho a la vida desde la concepción en el Congreso del Estado de Nuevo León, se criminaliza a las mujeres que no tienen recursos para practicarse un aborto en McAllen o en el Distrito Federal.

Hace aproximadamente cuatro años supimos que en Guanajuato habían encarcelado a seis mujeres –de escasos recursos y escasa formación educativa– que habían tenido abortos espontáneos, culpabilizándolas de haberse practicado legrados deliberadamente. Varias llevaban más de cinco años en prisión cuando estalló el escándalo a nivel internacional. Esto era consecuencia de la praxis antiaborto más severa y cruel del país.

El hecho fue que los médicos que atendieron a estas mujeres denunciaron ante su percepción del riesgo de ser denunciados y encarcelados ellos por practicar abortos. Se instituyó una norma penal que tuvo como efecto poner en práctica una superstición e histeria legitimadas que hizo de seis mujeres un ejemplo. A las mujeres se les juzgó culpables del delito de homicidio en razón de parentesco y se repartieron sentencias de hasta 35 años en prisión.

   Supuestamente la modificación que sugieren Carolina Garza y Francisco Treviño, diputados locales del PAN, no tiene el fin de criminalizar a las mujeres sino de sancionar a los médicos. Ojalá revisen el caso de Guanajuato y lo que el pánico de los médicos ocasionó en las vidas de estas mujeres y de sus familias. El hecho de que en la práctica se firme un cheque en blanco para criminalizar a las mujeres, y sus implicaciones, debe ser abordado.

   Sobra (tal vez no sobra) decir que el costo de encarcelar a una mujer para su familia es altísimo. Las mujeres siguen siendo pilares de la organización familiar y encerrar a una mujer cinco años en prisión, actualmente, es someter a sus hijos a una niñez muy ingrata. Son el tipo de infancias que los vuelven susceptibles de tener conductas criminógenas, dado lo que implica tener a un familiar en la cárcel social más allá de la ausencia y por el costo económico.

   Piensen en las cárceles de hoy, saturadas y dominadas por el crimen organizado. Las cárceles son a su vez incubadoras del crimen y sitios en su mayoría horrendos. Las cárceles de mujeres, suelen ser improvisadas alas de las prisiones para hombres.

   Hasta ahora no he apelado a la laicidad, ni al derecho a decidir, como herramientas de crítica de la legislación que en la práctica endurece las penas por abortar. No lo haré y me reservaré mi postura sobre estos temas en este escrito.

    Ese experimento en Guanajuato (el de encarcelar a mujeres que ‘disque’ abortaron) fue tan excesivo y eventualmente impopular que el gobernador Juan Manuel Oliva Ramírez dio marcha atrás a la ley cuando le estalló el escándalo en la cara. Parecía una política de las tinieblas, porque tradicionalmente estos exabruptos de la derecha suelen ganar popularidad porque se ven como reivindicaciones de valores básicos e irrenunciables olvidados en la tibieza de los discursos políticos moderados. El gobernador de Guanajuato tuvo que hacer una reforma exprés al código penal para contener el escándalo internacional tras la cual liberó, mas no exoneró, a las mujeres encarceladas.

   Dicho escándalo también reveló que el Instituto Estatal de la Mujer de Guanajuato estaba siendo operado de manera contraria al propósito que lo creó. Esta realidad es común a muchos otros institutos de la mujer. Tanto los órganos estatales como el mismo Instituto Nacional de las Mujeres son organismos que tienen estándares muy concretos que cumplir en términos de promoción de políticas públicas con perspectiva de género y operación de centros de gestión legal, de salud en casos de violencia de género. Estas directrices están emanadas de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer de la Organización de las Naciones Unidas, firmado por México en 1980.

   El argumento expuesto a los medios para incluir la protección de la vida desde la concepción es tautológico. No le da una interpretación a lo que es la dignidad de la persona, más allá del hecho de que la vida es sagrada en virtud de que ‘es sagrada porque es sagrada’. Lo que arguye Treviño es completamente falaz, ya que para que un embrión fecundado se geste a término intervienen muchísimos factores.

   Esta interpretación de lo que implica la protección del derecho a la vida es una de tantas, y es limitada, pues no toma en cuenta todos los riesgos de salud materno-fetal en los que se incurre cuando se niega un aborto seguro y aséptico a una mujer. No incorpora las dimensiones psicológica, económica y social de la vida, marcadores importantes del destino de un ser humano que están presentes desde el momento previo a la concepción.

   Para declarar vencedora esa interpretación del derecho a la vida sobre los derechos a decidir sobre el propio cuerpo, a planear el número y espaciamiento de los hijos y el derecho a la salud faltaría mucho.

   Esta propuesta de modificación legislativa manifiesta un odio hacia los cuerpos femeninos, porque ignora o aborrece sus procesos. Estadísticamente, un 25 por ciento de los óvulos de una mujer no llegan a término por designio genético solamente. El embarazo adolescente-infantil se ha triplicado en Nuevo León, estado que está a la cabeza en indicadores de educación formal.

   Decenas de hombres cada año deciden asesinar con brutal violencia a sus parejas por no soportar su femineidad. Los cuerpos femeninos están vulnerables, expuestos y poco comprendidos. La verdad, los cuerpos masculinos también, y prácticamente todas las maneras de corporalidad.

   Ignora, la propuesta de reforma constitucional, que un niño que es abandonado por sus padres ya sea dado en adopción, o abandonado de facto, sufre. Los hospicios y casas cuna son una respuesta limitada y frecuentemente altamente nociva; recordemos el caso de abuso sistemático a niños en Casitas del Sur y CAIFAC, en años recientes.

   El niño o niña que es abandonado carga una falta de estructura amorosa que lo castra en vida. Lo hace también susceptible de volverse una mercancía atractiva para una red de tratantes laborales o sexuales de menores. O sea, un objeto (¿escucharon, legisladores y legisladoras?).

   En suma, la propuesta de revivir ese hito panista que en algún momento fueron los valores y la familia vía esta reforma a la constitución local, que son lo poco que le queda de capital ideológico a un partido que ha emulado lo que más criticó del PRI, demuestra que la militancia del partido no tiene idea, o aborrece, lo que significa, ni material ni espiritualmente, vivir y crecer.

   No olvidemos, asimismo, que estas reformas en Baja California, Guanajuato y Veracruz, no las aprobaron sólo legisladoras y legisladores del PAN.

Originalmente publicado en:

http://www.15diario.com/hemeroteca/15diario/hemeroteca/2014-05-26/rizzo26.html

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Cordelia Rizzo (DF 1982) Escritora y académica. Investiga temas relacionados con los derechos humanos y el simbolismo que da sentido y peso a hitos vitales como la mortalidad y otros tipos de procesos y transiciones. Escribe poesía. Actualmente investiga cómo se construye la memoria histórica en el fenómeno de bordado por la paz en México. Colabora con la plataforma de paz Nuestra Aparente Rendición y con Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, así como de la revista de periodismo narrativo Spleen! Journal. Ha sido profesora universitaria y capacitadora en temas de derechos humanos y es aficionada a la danza clásica desde que tiene uso de razón.

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Maya Angelou y los sin voz

por Cordelia Rizzo

Monterrey.- A los catorce años, la prosa de Maya Angelou me abrió los ojos a la necesidad humana de lidiar con el sufrimiento. Antes de eso sufrir era para mí un concepto ambiguo, era una prerrogativa de los pobres o de mi abuela abnegada. Probablemente gracias a su primera autobiografía novelada (Sé por qué el pájaro enjaulado canta) comencé a entender que todos sufrimos.

Ese ser humano ‘entero’ que llegó a la adolescencia o a la vida adulta se balancea sobre un equilibrio precario. Esa mujer. De un día al otro, se muere, sufre un trauma o se desarma el entramado que le daba sentido a su vida.

Angelou no disfraza la emoción ni es la heroína victoriosa de la novela. Su ejemplo ha demostrado a lo largo de los años que la batalla por la vida y la dignidad se gana al ver el sufrimiento en la cara. Con apoyos y muchísima tenacidad, ella, como una joven adolescente negra, comienza a transformar el dolor en una especie de plano de piso de la existencia que se seguirá elaborando.

La politización del dolor lo cubre de significados y se comienza a tejer una trama nueva; eso lo supe después que me familiaricé con el activismo de Angelou. Mucho después tomé conciencia de que ella había sido una pieza fundamental en el movimiento en pro de los derechos civiles en Estados Unidos, liderado por Malcolm X y Martin Luther King Jr., del que no dejo de aprender.

Recoger agua de la noria del sufrimiento es una hazaña. En ese momento en el que un sufrimiento se comprende y transforma en alegría se puede hablar de un renacimiento. No todas las historias de víctimas (como en el caso de Angelou, de una violación) comunican la necesidad de seguir un impulso creativo para salir de la noria. Pero la suya sí, y es un testimonio valiosísimo sobre el contexto de marginación que habitaron los negros en Estados Unidos y su resiliencia como comunidad.

Todavía recuerdo la escena en la que es violada la protagonista y cómo esa penetración forzada comunica perfectamente el abuso y el trasfondo social de éste.

Gracias a la Maya Angelou personaje pude iniciar un profundo diálogo con mi femineidad, lleno de atavismos, planicies y baches. Creo que son estas historias de mujeres que se tuvieron que levantar y con mucha gracia retaron siempre al molde las que nos enseñan a ser mujeres, no el princesismo.

Sufrimiento innecesario legislado

El pasado 28 de mayo se aprobó en primera ronda una reforma a la constitución de Nuevo León que criminaliza a las mujeres. Sobre todo a las que han sido pobres en lo económico y en su educación para la sexualidad y deciden tener un aborto. En Estados Unidos éstas son las mujeres negras e hispanas, en México, las indígenas.

En ese mismo día en que me enteré del fallecimiento de Maya Angelou, a quien no volví a leer en novela pero sí en poesía y en filme, me vino el recuerdo insistentemente de todas las mujeres de mi vida: las que nacieron privilegiadas y las que han remado contracorriente. Las que tuvieron hijos que no querían, las que descubrieron en sus hijos su fortaleza, las que decidieron tomar la decisión más difícil de sus vidas al abortar.

Recuerdo todas las veces que se me retuerce la tripa al descubrir que la asimetría de un sueldo, la exclusión de ciertos grupos de poder, el acoso callejero, los exabruptos misóginos, todos tienen que ver sólo con el hecho de ser mujer.

Las mujeres de Nuevo León serán golpeadas si la reforma se aprueba. Aun las que creen en la reforma. No hay que olvidar que si se aprueba en septiembre en la segunda ronda, el país está más cerca de cambiar la constitución nacional en esta dirección tan nociva.

Si el autogolpe le produce placer a alguien y a su clica, no es motivo suficiente para convertir su experiencia personal en una ley general. La voz que busca proteger la decisión de una mujer de practicarse o no un aborto (ojo, que no es equivalente a estar en contra de la vida, o una afrenta contra quienes pugnan por el estatuto vital del embrión y el feto) no está presente en el dictamen de reforma que se busca aprobar.

Quien lidera la defensa de la reforma en la sociedad civil, una organización pro vida ad hoc sostenida por ex Legionarios de Cristo llamada Yo soy voz (a la que se le privilegió el acceso al congreso), expresa una serie de falacias éticas y científicas como sustento de su postura en su página web. Demuestra un conocimiento pobre de la biología reproductiva, los principios que rigen los derechos humanos, y una falta de ponderación absoluta a los argumentos en contra de sus posturas. Según ellos se basan en argumentos científicos (no hay una sola cita a estudios de publicaciones arbitradas médicas o de biología), y su discurso no deja de estar formulado en términos de un decreto de conciencia cuya naturaleza ni siquiera se explora adecuadamente.

Razonar implica comprender que los argumentos que esgrime una son susceptibles de ser discutidos. Aquí no hay razonamiento. ¿Existen criterios de validez?

El filósofo Bernard Williams bien dice que uno de los grandes vacíos de la ética racionalista es que no se plantea que los seres humanos deben vivir con sus decisiones. Pero bueno, los postulados pro vida en este caso no apelan a una cuestión bioética sino a un intento de secularización de interpretación teológica endeble.

Las mujeres que abortan, todas, deben vivir con su decisión, indistintamente de su manera de pensar o creencia religiosa. Así lo hacen inclusive quienes se practicaron un aborto creyendo que el producto no era un ser vivo. Se ha trivializado mucho –de ambos lados– el proceso deliberativo por el que atraviesa una mujer que decide interrumpir su embarazo.

Las legisladoras y los legisladores pro vida muestran demasiada frialdad respecto a los efectos de la legislación que quieren pasar. Me pregunto si no serán sociópatas, o si hay algo que ocultan que los motiva a ese nivel de obediencia.

Maya Angelou sabía usar su vida para mostrar la columna vertebral de una lucha que va más allá de ella y a favor de todos aquellos que no tenían voz y cuyas victorias están amenazadas constantemente. Recordemos el racismo que justificó el asesinato de Trayvon Martin, un adolescente negro, ante la corte de Florida el año pasado.

La decisión de la reforma al artículo 1 de la constitución de Nuevo León para incorporar la protección al ‘concebido’ como gran victoria moral, no llega a discusión ética, lamentablemente, y sí le da al traste a una lucha honesta e histórica por el reconocimiento a los derechos de las que no tenían voz: las mujeres.

Originalmente publicado en:

http://www.15diario.com/hemeroteca/15diario/hemeroteca/2014-05-29/rizzo29.html

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Cordelia Rizzo (DF 1982) Escritora y académica. Investiga temas relacionados con los derechos humanos y el simbolismo que da sentido y peso a hitos vitales como la mortalidad y otros tipos de procesos y transiciones. Escribe poesía. Actualmente investiga cómo se construye la memoria histórica en el fenómeno de bordado por la paz en México. Colabora con la plataforma de paz Nuestra Aparente Rendición y con Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos en Nuevo León, así como de la revista de periodismo narrativo Spleen! Journal. Ha sido profesora universitaria y capacitadora en temas de derechos humanos y es aficionada a la danza clásica desde que tiene uso de razón.

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