Cuerpos sin patrones: una revuelta contra la policía de la normalidad corporal

gorda zine

Por Laura Contrera *

You’re the one for me, fatty. Morrissey

Olvidémonos de crear una definición universal o monodimensional, que siempre dejará a alguien allá afuera en el frío, y mejor continuemos haciendo un movimiento de indómita y bella diversidad. Charlotte Cooper

Más allá de la “operación bikini” propia del verano o del arrepentimiento masivo tras la comilona por las Fiestas, la obsesión por la delgadez y el consiguiente rechazo de la gordura son cosa diaria en los medios y en la calle. En este sistema hetero-capitalista se vive a régimen, se quiera o no. Porque quien se descuida se pierde en su propia falta de voluntad. Ya no se gestiona adecuadamente, es un mal patrón de sí mismo y, a la vez, un mal producto. Como otrora el renuente al trabajo duro y digno, quien no sigue felizmente el paso acompasado del cuidado de sí, es vagx, perezosx y perniciosx para el resto de la sociedad. En estas sociedades de control (Deleuze) o seguridad (Foucault) hay un imperativo de la vida saludable que obliga a cuidarse, mejorarse y ejercitarse para encajar (eso significa el fitness). Todo en pos de una presencia digna de ser vista, elogiada y apreciada en términos del mercado. El sujeto consumidor de estas sociedades vive a régimen del mismo modo que vive en un estado de deuda permanente. El alma ya no es fuente de preocupaciones: según Foucault, por lo menos desde el pasado siglo, las redes del poder pasan por el cuerpo y la salud1.

     Si bien no resulta históricamente novedoso el menosprecio social de los cuerpos gordos –con sus marcas de género, edad, clase, raza, condición social o capacidad–, el volumen corporal es percibido hoy como exceso (de carne y grasa) y falta (de cuidado o voluntad). La misma caracterización le cabe al sistema económico actual. En palabras de Sibilia, el capitalismo ciertamente es, al mismo tiempo, una fabulosa máquina de producción de exceso y falta que permite que el fantasma del hambre y el fantasma de la gordura horroricen a los sujetos contemporáneos, aunque “de modos bastante diferentes e inclusive contradictorios (y, tal vez, probablemente complementarios)”2. La gordura -hoy definida como una epidemia de alcance mundial con contornos bien especificados- es un punto nodal del cruce entre el imperativo de salud y las técnicas de perfeccionamiento del cuerpo o cuidado de sí (ejercicio, dieta, tratamientos estéticos, cosméticos y quirúrgicos, etc.). Pero la gordura no es como cualquier otra enfermedad que pueda contraerse: se la asocia tanto al consumo excesivo de alimentos como al deficiente (una cuestión de clase y de pobreza) pero también al modo de vida nocivo de seres sin voluntad que eligen, por defecto, el sedentarismo y la mala calidad nutricional. Asimismo, la presencia o ausencia de grasa habilita el pase al equipo de los cuerpos patológicos/indeseables o normales/deseables3, cosa que no es un dato menor.

     En los discursos dominantes, la gordura es una tara del cuerpo y un índice de falta de autocontrol (un valor del mercado como la eficiencia, competitividad, alto desempeño, rentabilidad, etc.), por eso se la asocia al fracaso social. Otro discurso propio del dispositivo de corporalidad actual4 es el de la obesidad: el poder/saber médico ha patologizado la gordura del mismo modo que lo ha hecho con otras diversidades corporales. Así, se considera todo tipo de gordura como un riesgo médico en sí mismo cuando hay evidencia científica de que no es tan simple la ecuación5 y se ha limitado la discusión a una cuestión de exceso de comida y falta de ejercicio, olvidando estratégicamente los peligros inherentes en los tratamientos de adelgazamiento con los que se enriquecen las corporaciones farmacéuticas, médicas y estéticas. Tratamientos que siempre fracasan, en el mediano y largo plazo, hay que decirlo. En el cruce entre fitness/cuidado de síe industria de la dieta vemos cómo la salud -y la apariencia saludable- son deseo individual y lucro empresarial a la vez.

     En las últimas décadas del pasado siglo algunas feministas y teóricas afines se han ocupado de la distorsión de la imagen corporal o los trastornos alimentarios, pero lo han hecho afincadas en el privilegio de ciertas corporalidades femeninas (blancas, cisexuales, heterosexuales, capaces, de clase media), dejando de lado la especificidad de la experiencia de discriminación que sufren las personas con alto peso corporal. Y desconociendo que, desde finales de los años ’60, activistas en el mundo angloparlante (muchxs de ellxs feministas y lesbianas radicales, luego queer) han denunciado la estigmatización de las personas gordas y la complicidad de la industria de la dieta con la difusión de la obesidad como un peligro social per se. Este activismo ha recuperado la potencia de la palabra gordx para autonombrarse, mutando el insulto en resistencia tal como lo han hecho otras minorías (lesbianas y maricas, personas queer, cripple, etc). Y si bien, como dice Jennifer Lee, el activismo de la gordura no resuelve necesariamente la compleja relación que los individuos tienen con sus cuerpos, ha contribuido a crear una comunidad y una narrativa alternativa en una sociedad bombardeada con “la epidemia de la obesidad”6.

     El dispositivo de control corporal que nos sujeta a todxs reduce a los cuerpos gordos a objetos de injuria, estigmatización o transformación. Porque, nos guste o no, gordx no es un adjetivo calificativo más sino que es un insulto, así como también acusación de dejadez, diagnóstico de enfermedad actual o potencial y sentencia de muerte física o social. Pero si algo han dejado en claro el activismo y la teoría sobre gordura es que el peso o talla de una persona poco dicen sobre su estado de salud, sus hábitos alimentarios o su modo de vida: sólo el prejuicio y la gordofobia leen esos cuerpos de una manera unívoca. Una ficción médico-política naturalizada hace presumir que la delgadez es saludable y que la gordura en todas sus expresiones es índice de enfermedad. En palabras de la activista Marilyn Wann, “[l]a única cosa que alguien puede diagnosticar con algo de certeza al mirar una persona gorda es su propio nivel de estereotipos y prejuicio en contra de la gente gorda”7. Como dice Charlotte Cooper, cuarenta años de activismo gordo han demostrado que hay otras formas de promover la salud para las personas con alto peso corporal que poco y nada tienen que ver con regímenes hipocalóricos, cirugías extremas8 o prácticas vergonzantes e degradantes.

    En nuestra región, lxs activistas de la gordura estamos produciendo un incipiente movimiento, articulándonos con el feminismo, transfeminismo, lo queer, el activismo de la diversidad funcional, trans e intersex. Y más que una mera reivindicación de las redondeces o la grasa, nos preguntamos por la necesidad social de cuerpos-patrones, mensura y mesura que nos producen constantemente como corporalidades menos aptas o indeseables incluso para el mercado de los valores y afectos. Si bien no hay una única experiencia de la gordura que produzca una identidad gorda homogénea –según Samantha Murray, las maneras de vivir un cuerpo gordo son siempre múltiples, contradictorias y eminentemente ambiguas9–, lxs activistas de la gordura postulamos nuevos modos de encarnar los cuerpos impropios10 y sus afectos. Y más que identidades satisfechas con su peso o talla (la retórica de la aceptación y el orgullo tiene sus límites) o la postulación de una jerarquía “en reversa” –lo gordo por sobre lo flaco-, habrá que inventar nuevos modos de vida para nuestros cuerpos sin patrones. Modos de vida que permitan encarnaciones desafiantes a los valores del mercado que impregnan el dispositivo de corporalidad actual. Es hora de celebrar la diversidad corporal además de la sexual. Necesitamos una revuelta furiosa contra la policía de los cuerpos y sus estándares microfascistas de normalidad.

1 Foucault, Michel: “Encierro, psiquiatría y prisión” en Un diálogo sobre el poder y otras conversaciones. Alianza Editorial, Madrid, 2005, pág. 121.

2 Sibilia, Paula: “Pureza y sacrificio. Nuevos ascetismos por el “cuerpo perfecto””. Artefacto 6 [Pensamientos sobre la técnica], Buenos Aires, 2007. Pág.41.

3 En estas sociedades de control/seguridad la opresión no opera simplemente a través de actos abiertos de prohibición, sino que lo hace subrepticiamente, como agente encubierto productor de “sujetos viables e inviables” (Butler, Judith:“Imitación e insubordinación de género” en Allouch, Jean y otros: Grafías de Eros. Historia, género e identidades sexuales. Edelp, Buenos Aires, 2000. Pág. 97).

4 La expresión la tomo de Flavia Costa, quien se inspira en Foucault: “el dispositivo de corporalidad crea cuerpos dispuestos a ingresar a regímenes de control y autocontrol permanentes y ponerse en situación de disponibilidad con respecto al poder político, médico y espectacular” (Costa, Flavia:El dispositivo fitness en la modernidad biológica. Democracia estética, just- in- time, crímenes de fealdad y contagio. [En línea]. Jornadas de Cuerpo y Cultura de la UNLP, 15 al 17 de mayo de 2008, La Plata. Disponible en Memoria Académica: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.647/ev.647.pdf).

5 La gordura es más a menudo un síntoma que una causa de la enfermedad (cfr. Lupton, Deborah: Fat Politics: Collected writings. 2013. [En línea]. Disponible en http://ses.library.usyd.edu.au/bitstream/2123/9021/2/Fat%20politics.pdf ).

6 Lee, Jennifer: “A big fat fight: the case for fat activism”, Overland Journal 207.

7 Wann, Marilyn: “Fat Studies. An invitation to revolution” en Rothblum, Esther y Solovay, Sondra (ed.): The Fat Studies Reader. New York University Press, New York, 2009.

8 Cooper, Charlotte: “There’s no need for this obesity epidemic hysteria”, The Guardian, 18/02/201.3

9 Murray, Samantha: “Doing politics or selling out? Living the fat body” en Women’s studies, Vol. 34, Issue 3-4, p.265-277.

10 Cfr. Preciado, Beatriz: Resumen del Seminario “Cuerpo impropio. Guía de modelos somatopolíticos y de sus posibles usos desviados”. [En línea] Seminario realizado en UNIA, 2 al 4 de noviembre de 2011, Sevilla. Disponible en http://ayp.unia.es/index.php?option=com_content&task=view&id=703

* Laura Contrera: Activista gorda y de la diversidad corporal.Estudió Filosofía y Derecho. Vive en Buenos Aires, Argentina, donde hace el fanzine femme-inista queer punk Gorda! y da clases en la Universidad Nacional de La Matanza, entre otras cosas. http://www.gordazine.com.ar/

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