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Rumor negro: Sangre y Semen

Rumor negro med

Leones Toro

Tenía doce años cuándo sólo hacía falta un roce apresurado para erigir un poste de chicha en mi entrepierna. Como no eran más de dos sobadas las necesarias para llegar a la eyaculación, me di a la tarea de practicar todas las tardes la masturbación hasta dominarla. Aquel día desafortunado había tomado un autobús; en medio de la apretada población me había tocado sentado junto a un hombre de pantalones entallados que hacían resaltar un bulto sólido… en mi púber  y precoz imaginación  ya escuchaba tronar sus venas hinchadas al elevarse.

    Fue así que, urgido como maíz palomero abrazado a microondas, llegué a casa y fui directo  a mi habitación, en donde encontraría papel higiénico y una lustrosa vista a la calle llena de peatones que funcionarían como pretexto para empezar a tocarme y hacerme palomita.

    Desde mi ventana también alcazaba a ver mi patio y el de mis vecinos, primero observé a la sirvienta de mamá arrojando bolsas de basura a la calle (sus caderas inclinadas desaparecieron la flacidez de mi verga). Después detuve la mirada en un rechoncho vestido de blanco que fumaba recargado en un poste, y, apretando las nalgas, parecía invitarme a  vaciarme en él.

    En el patio de junto estaba el hijo de los vecinos portando el mismo uniforme de secundaria que yo, algo raro, pues nunca lo había visto en la escuela. Él había tomado un martillo para comenzar a golpear a las arañas pegadas en la pared mientras yo miraba su boca jadeante. Imaginé su lengua salida en mi miembro lampiño. Aunque él  había vuelto a entrar a su casa, yo seguía pensando en él, pues estaba a punto de venirme.

    Segundos antes de mi eyaculación, mi vecino uniformado volvió a salir, pero esta vez sosteniendo a su hermano pequeño del cuello, a quien le propinó incontables martillazos  a la par de mi orgasmo. La sangre salpicaba la pared a la misma velocidad que mi semen salpicaba el piso.

 El martillo

Después de ese día todo se volvió borroso, sólo recuerdo nuestra mudanza y un constante acoso por parte de la policía federal. Ellos habían recibido órdenes para desalojarnos por parte del padre de mi vecino asesino pues, convenientemente, en ese entonces era participante activo de la clase política del país.

    Luego entendí que bajo sus influencias logró encubrir la escena que marcó el resto de mi vida. Desde aquel hecho, mi sexualidad era una conjunción en un poema. A los 15 años, cuando pretendí tener mi primera relación sexual, me vi atrapado por el recuerdo de la sangre, no lograba tener una erección pues sólo sudaba frío. Intenté pensar en la sirvienta, en el enfermero, pero siempre llegué como perdido en círculos al mismo charco de sangre.

Hasta que pensé en el martillo.

    Imaginar la herramienta me llevó al desdoblamiento de mi carne, e imitando el movimiento de un pez, me excité sobre el cuerpo de mi amante. Más tarde ese día, me di cuenta que había descubierto el punto de fuga en el cuadro de mi erotización. Saqué dos martillos de la caja de herramientas y los bañé en alcohol para dejarlos estériles y lubricados.

    Mientras metía uno en mi ano, con el otro daba pequeños golpecitos en la cabecera de la cama. Para entonces mi pene estaba tan hinchado que sobresalía un color rojo de él, ese tono casi amoratado llegó a mis pezones, al espesor de mi barba, alcanzó mis nalgas, los brazos, partió mis testículos y erizó los vellos de mis orejas.

Todo terminó en una salpicadura de tremendo poder que alisó el yeso que colgaba como gotas de mi techo.

El mata cabezas

    En mi novata adultez, siendo estudiante de arte, salía de clase para abrir las calles con mi pavoneada imprudencia; caminaba erguido como sosteniendo el peso de las alas que usa el libertinaje para volar. Coqueteaba con algunos y a veces con ellas también, pero sólo le fui fiel a mi fetiche de ferretería. Para ese entonces, era del martillo donde brotaba el único placer que conocía, y a pesar de mi promiscuidad logré entablar relaciones en las que podía confiar lo excitante que me parecía el mango de un mazo.

    A partir de la descripción a detalle de un martillo galponero, comenzaba a narrar la devoción por el objeto rompiendo el estupor de mis amantes con un martillazo en el piso, lograba que me metieran la cara redonda de una de mis herramientas, hacía que lo utilizaran para golpear mi pene mientras me masturbaban.

Una noche mientras tuiteaba, me sorprendí al leer en la lista de trending topic  la frase “El mata cabezas”, en cuyo contenido había un ruido social preocupado a causa de un nuevo asesino serial. La gente indignada escribía sobre un hombre que estaba acechando a la ciudad con un martillo: los sorprendía por detrás haciéndoles estallar el cráneo con golpes iracundos llenos de maldad. Sentí en sus acciones violentas un vínculo con mis acciones perversas. Aunque pensé en no hacerlo, terminé eyaculando pensando en el mata cabezas.

Rumor negro

 Al siguiente día fui a una ferretería del centro y me di a la tarea de buscar un martillo nuevo para mi colección. Toqué con religiosidad los martillos de bola, los de nylon, aquellos de uña larga para geólogos; siempre guiándome por el ancho de mi ano para ir descartando.

    Junto a mi había un hombre de mi edad. Mi mirada quedó fija en él a causa de un aire, qué digo aire, ¡de una ráfaga de familiaridad¡. Su nariz estaba pegada al mango embarnizado de un martillo de cota, parecía olerlo como revisando su edad, lo tocaba aún con más precisión que yo.

    A salir de la tienda, lo seguí hasta el anochecer. Llegó al primer cuadro de la ciudad hasta el callejón Rumor negro. Este lugar no me desconoció, pues es famoso por encuentros sexuales públicos y al aire libre, se usa como punto de encuentro para comprar piedra y es negro. Negro como mi carne caliente y oxidada, negro como mi ano usado y quemado.

    Aquel hombre se calentaba las barbas chupando el chocho de una darketa; yo aproveché para destaparme el culo con unas metiditas de dedo. Cuando terminó, continuó caminando por las calles más sosas, lo seguí esta vez sabiendo para qué lo hacía. Quería tenerlo en mi cama con su martillo nuevo.

    Al final de la calle vi con el filtro de una pesadilla, cómo azotaba la cabeza de una mujer con la punta metálica de su mazo mata cabezas. Ahí, en medio de la noche, confirmé quién era.

Lo alcancé y lo atrapé de la espalda. Aunque esperaba una reacción, no encontré nada más que mi reflejo en un aparador. En aquella refracción vi el diagnóstico de personalidades múltiples que me saludaba de nuevo.

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 Leones Toro es un anagrama de mi nombre con el que reafirmo mi teatralidad, soy artista plástico de selfieprofesión y escritor por vocación. Actualmente soy profesional independiente y emprendedor en el área de arte y diseño y escribo para coc4ine y demás publicaciones independientes.

Página: www.leonestoro.blogspot.com

FB de artista.www.facebook.com/leonestoro1

FB personal:www.facebook.com/leo.nestoro
twitter: @leonestoro

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Cómic por Ernest Graves

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autorretrato

 

 

Ernest Graves. Fanzines, performance, vídeo, tattoo… El do it yourself y el juego como base en un cuestionamiento constante.

http://ernestgraves.tumblr.com

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Conjuro tras un acto de cobardía

por Alex Xavier Aceves Bernal
por Alex Xavier Aceves Bernal

por Lizbeth Zavala Mondragón

Haz el amor con el odio.

Muérdele la verga y saborea su veneno.
Mete también un dedo en su ano,

y desgárralo.
Recuerda que ha traicionado en nombre del amor.
Chúpale sus testículos, duros y negros.
Ahora siéntate,

siéntate en la verga del odio.

Deslízate sobre ese frío y áspero miembro.

Cierra los ojos y siente los espasmos.

Date la vuelta, restriégate, y restriégate más.

Deja nacer la rabia entre tus caderas.
Deja que tu vulva estalle de palpitaciones,
que sangre tu clítoris.
Y llega.
Y llora, llora,
porque el odio duele.
Y grita, grita, grita muy alto,
deja que el viento oiga que el orgasmo lo has gozado.

Se derramará su fétido semen por tu vulva.
Arde, la cobardía arde.
Déjala correr entre tus piernas.

Siente cómo palpita su verga.

Abre los ojos. Contémplalo.

Míralo jadear con desesperanza.
Es negro. Está muerto.

Liberaste tu dolor en gozo.
Límpiate y lárgate de ahí.

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«Lizbeth es escritora de clóset, pero de vez en cuando asoma el dedo gordo del pie.»

Twitter: @diotimabeth

 

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Manual para apuñalar un corazón

 por Ingrid Bringas

por Alex Xavier Aceves Bernal
por Alex Xavier Aceves Bernal

Te levantaste con los senos hinchados

era culpa del amor, lo saben todos

doncella enmohecida

era el reptil veloz del amor

era la mañana o tu culo como el sol negro que nos abrazaba

así es esto dicen todos

tejer la sed de a poco

vendrá otro monstruo del desierto sexo cal

meneamos la risa

nuestras caderas

hablemos de ti mientras me devoras

el ritual del amor siempre acaba peor que Vietnam

en la morgue también se canta

lo saben todos, los olvidados

el niño estrella

la palidez de la duda, hay que entregarle todo a la duda

las instrucciones no sirven para nada

joderte en pequeños universos

el mar no es el mismo abismo turquesa del que te hablo

los ríos de eucalipto entre las piernas

poco a poco reconocerás el ritmo de la muerte

hay que prestarle atención al amor para explicar la masacre

porque tiene el sollozo de un toro herido y el llanto de una anciana

el amor triunfa sobre los muertos decías con el pecho hinchado.

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Ingrid Bringas (Monterrey,N.L,1985)Ingrid Bringas

Poeta Bárbara del norte, escribe poesía para evitar el psiquiátrico, colabora con poesía en diversas revistas impresas y digitales, así como en el periódico La Jiribilla, de Veracruz, parte de su obra ha sido publicada en editoriales cartoneras en Sudamérica, España y Francia .

Es creadora del fanzine Cosmonauta.

Blog: http://epifaniasdifusas.blogspot.mx/

https://www.tumblr.com/blog/ladydilemma

 

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Alex. Ser o no ser gay

por Alex Xavier Aceves Bernal
por Alex Xavier Aceves Bernal

por Fernando Zarco

Estoy sorprendido. Pasar una temporada en Togo me ha hecho pensar cómo he cambiado con el tiempo. Hasta he tenido sueños en los que he recordado mi infancia, sobre todo la relación con mi padre. De alguna manera, resurgió un asunto pendiente que creí haber dejado en el pasado a raíz de su muerte. No fue así, me equivoqué.

    Me explico. De pequeño me sentía diferente porque me gustaban los chicos, aunque para mí era sólo un juego, tocarnos con otros niños y conocer nuestros cuerpos. No dejaba de ser algo excitante y también, como pronto aprendí, incorrecto, sobre todo en una familia que varias generaciones atrás había sido muy católica y bien acomodada. A través del tiempo, las fracturas entre la religión y el Estado se habían encargado de reubicarla en la clase media: media burguesa, media pobre, media urbana, media provinciana, medio abierta, medio cerrada… todo a medias, con una ambigüedad que rayaba en la doble moral.

    Luego entré a la adolescencia y, con ella, tuve la primera novia. Y la segunda, y la tercera… sin que por ello me dejara de sentir atraído por los chicos, lo cual empezó a preocuparme al cumplir la mayoría de edad, justo en el momento en que me planteé qué sería de mi vida como adulto. Pero la verdadera crisis comenzó cuando la intimidad con mi mejor amigo llegó demasiado lejos; la culpa siguió al placer, junto con la intriga de en qué me convertía este hecho.

    Busqué respuestas en el internet, con una cantidad de información sobre el tema, desde lugares para divertirse y hacer amigos hasta grupos de familias de gays y lesbianas. Me sorprendió ver todo lo que estaba conociendo y me identifiqué. Al principio me consideraba bisexual y después me dije ‘soy gay’, aunque no es algo que vaya pregonando por todas partes.

    En ese momento yo me fui a vivir a la ciudad, estaba un poco agobiado del pueblo y además quería vivir de cerca y conocer el ambiente gay. Después de algunos años, puedo reconocer esa combinación de asombro y valor en la mirada de quienes llegan por primera vez. Aunque supuestamente estaba en el mismo país, me resultaba difícil comprender algunas palabras y expresiones locales. Pero esto no fue un problema para que estuviera feliz, porque estaba cumpliendo mi sueño de vivir en la ciudad. Y vaya ciudad, con mucha fiesta, bares, clubes…

    Trabajaba como camarero, gracias a un amigo con cuya familia estuve viviendo al principio, pero al poco tiempo me mudé a un piso compartido, por el que habían pasado muchos compañeros de piso, entre estudiantes, aventureros y valientes dispuestos a triunfar.
Pero cuando murió mi padre tuve otra crisis que cambió mi vida, ya que a él no le había hecho mucha gracia que yo fuera gay, sentí que había fallado a su ideal de hijo varón. Y volví a tener novia.

    Por tal motivo mi madre se preocupó y me preguntó si quería ir al psicólogo. Ahora me río al recordarlo pero en ese momento estaba muy confundido, así que decidí probar.
En una de las sesiones con el terapeuta, escuché algo que me ayudó mucho, mencionó que en un lugar lejano, creo que en África hay un ritual de iniciación para los hombres, en el que los adultos daban su semen a los jóvenes iniciados[1]. En ese momento sentí una liberación porque caí en la cuenta de que no hay una forma universal de ser hombre, que estaba sufriendo por algo que me había sido impuesto. Para corroborar si había entendido su mensaje, respondí que si el mundo fuera homosexual, yo sería heterosexual. Toda una revelación.

    Han pasado varios años desde aquel suceso y la verdad que no lo tenía mucho en cuenta, lo recordé hasta ahora que estuve en Togo. Incluso podría asegurar que en parte fue lo que me marcó para ser voluntario en una ONG africana, ya sea por gratitud por aquella enseñanza, por solidaridad porque también he sido marginado, por las ganas de aprender del viaje, o yo qué sé. Aún después de la experiencia como voluntario en la ONG seguí viajando por mi cuenta.

    Es paradójico que haya tenido que ir tan lejos para re-descubrir mi pasado. Es paradójico también haber visto chicos que van de la mano en señal de amistad en lugares que podríamos llamar atrasados en cuanto a la homosexualidad, donde no es aceptada, e incluso es castigada. Ya había escuchado que esto ocurría en algunos países africanos, lo leí también en una guía turística de un país árabe, en la que se previene de no interpretar este acto como prueba de homosexualidad sino como signo de amistad[2]. Me gustó esa forma de relación cercana entre hombres, así que decidí probarla y fui aceptado entre el grupo de amigos sin ningún problema, lo que me sorprendió fue que, cuando quise hacer lo mismo con un chico que se asumía como gay, no aceptó porque, según dijo, “nos podían ver”.

    Todo esto me hizo preguntarme ¿de qué me liberaba ser gay? ¿qué fue lo que me hizo sentir libre al ir de la mano con otro chico, sin tener la necesidad de justificarlo, sin etiquetas ni banderas, sin pedirle permiso a nadie?
La misma confusión me ocurrió cuando, estando sentado sobre una piedra en un pequeño pueblo, muchos niños pequeños se acercaron a mí probablemente motivados por la curiosidad de ver una persona de distinto color de piel, lo cual ya me habían dicho que ocurría a menudo. Incluso supe del caso de un niño pequeño que no paraba de llorar de miedo y asombro cuando vio a un colega que había hecho un viaje similar hace algunos años. En mi caso, los niños no lloraron sino me rodearon, mientras algunos me tocaban extrañados los vellos de los brazos, cuando uno de ellos se sentó en mis piernas sentí un pudor impresionante acrecentado por la frustración de no saber qué hacer en esa situación. Me imaginaba que me estaba metiendo en problemas si nos viera alguna persona adulta, sin embargo, no fue así. Frente a nosotros pasó una señora del pueblo y no dijo ni media palabra. Más tarde lo comenté con uno de los miembros de la organización en la que era voluntario y me dijo que era una cultura muy diferente, que él había vivido en un país occidental y había conocido el caso de un padre de familia nigeriano que había sido enviado a prisión acusado de pedofilia por sentar a su hijo sobre sus piernas. En fin, estas cuestiones son para volverse loco. Al menos es una locura bienvenida, que incluso se agradece. El otro día estaba en casa de un amigo al que yo juzgaba un poco loco porque es muy místico, quiero decir que cree en los espíritus, la energía y esas cosas. Pero esta vez lo escuché con atención, quizá por haber estado en contacto con el vudú y la gente que lo vive en el día a día como lo más normal del mundo. Él me decía que notaba una luz a mi alrededor, como si alguien rezara mucho por mí. Inmediatamente pensé en mi madre, que reza mucho, y se lo dije. Él asintió y replicó que era algo como un espíritu. Entonces pensé en mi padre, y le conté esta historia. Él me dijo que mi padre estaba bien, que estaba en paz conmigo. Me sentí tranquilo al escucharlo. Aunque no pude evitar reírme por imaginar a mi padre ahí presente, ¡mientras mi amigo y yo estábamos desnudos en la cama!

    Yo ya no sé qué pensar. Es todo tan confuso. Por si fuera poco, mi regreso de Togo ha coincidido con el movimiento del 15-M, cuyas consignas me han hecho reflexionar sobre este viaje, por ejemplo “La frontera es el lugar donde terminan las manías de unos y comienzan las de otros”. Uno de los grupos acampando en Plaza Cataluña tenía un cartel que decía: “No somos gays, somos maricas planeando una revolución”. Y sentí que me identificaba con su mensaje. Ahora, si me preguntaran si soy gay no sabría qué responder.

    De lo que estoy seguro es que hay un mundo más allá de lo que conocía, que me ha hecho replantearme las cosas que daba por sentado. Por eso digo que estoy sorprendido.

 

[1] Este ritual es investigado por Gilbert Herdt (1984) entre los Sambia de Melanesia.

[2] ‘No toméis el hecho de que dos hombres jóvenes se paseen tomados de la mano (o, mejor dicho, con un dedo tomado de mano) como prueba de homosexualidad; es un signo de amistad’ (Trotamundo, 2009: 48).

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Fernando Zarco Hernández
. Doctor en psicología social por la Universidad Autónoma de Barcelona, licenciado en Psicología por la UMNSH, ingeniero en sistemas computacionales por el Instituto Tecnológico de Morelia y ex- seminarista. Después de múltiples y constantes crisis, ahora quiere ser artista de la literatura y el performance. Pésimo activista, busca resignificar el pasivismo y aplicarlo contra la homofobia, el racismo, el sexismo y la privatización del espacio público. Actualmente se desempeña como aprendiz de amo de casa, de campesino y de músico, promotor de la bici como medio de transporte y profesor. http://fernandozarco.wordpress.com

 

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Muertos de felicidad

por Daniel Benítez
por Daniel Benítez

Por ele ene

    Érase que se era y mira que se era: un mono vestido de novia y un chango al que le apestan las patas, y eran felices, requete felices con sus dosis de infelicidad: felices jugaban, se acariciaban sus partes, se rozaban sus pies aquellos monos chimpancés. Se dormían juntitos, acurrucados en cualquier rincón calientito de aquella fría y extraña selva-ciudad.

     Despertaban heridos de frío-soledad, se calentaban con calor-sinceridad; no importaba nada de nada. No importaban aquellos habitantes de la selva con sus miradas-fusiles, sus caras hostiles y su palabrería inerte que viene y que va.

     No importaban tampoco aquellos de su especie que, por el vestido y el horrible olor a patas, los expulsaron de su clan. No importaba nada ni nadie; sólo importaban los hijos que no tendrían y que dirían frases como: “qué bonita te ves papá”.

     Y como no importaba nadie, un día desaparecieron y se empezó a rumorar. Hay muchedumbre de selva que cuenta que murieron de felicidad. Muchos dicen que se los comieron los tigres-prejuicios, otros cuentan que se fueron al fondo del mar, allá donde los hipocampos no preguntan si eres chango, si usas vestido o te gusta bailar; allá donde no les importa si te apestan las patas, te besas con alguien tus partes o te mueres de felicidad.

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eleEneeL eNe. (Pachuca, México, 1986). Sociólogo de profesión, ociólogo por vocación; poeta y chorero por voluntad propia, fundador de la editorial Nuestro Grito Cartonero, en Hidalgo, y actual editor en Catarsis Cartonera, en Guadalajara. Ha publicado Utópico, Poemeando y De lugar ninguno, reconociéndose por su estilo desenfadado y directo.

Contacto: facebook.com/EneFistofeles

 

Perfect-timing

 

Luen Aguilar 

El mes que conocí a Silverio Fuentes fue el más extraño. Empezó por mi elección del momento menos apropiado para salir del clóset. Ya conozco mi perfect-timing para quedar como pendejo. Al menos estoy seguro de que pocos elegirían su cumpleaños para hacerlo, con tanta gente esperando nada más que gratitud de mi parte. Qué esperaban, llevaba pisteando desde las seis y nunca he destacado por ser propio cuando ando pedo. En plena euforia y borrachera intenté besar a Ricardo, él dio un paso atrás y yo quedé como mosquito chupasangre. Gracias a la cantidad ingente de alcohol que consumí el resto de la noche, no le di mayor importancia, ni a eso ni al caudal de pendejadas que cometí, y que ahora intento rescatar del olvido.

         A la siguiente mañana me despertaron los lengüetazos de mi perro. Eran las dos de la tarde, mi casa estaba hecha un desmadre, yo estaba tirado en el baño mojado en mi propia orina y con la cabeza recargada en los residuos de vómito que no pude atinar. Mi pie estaba más gordo de lo normal y me dolía cada que lo apoyaba. Me arrastré a la cocina en busca de un toque de mota o alguna cerveza olvidada que me hicieran el infierno más estable. Encontré las dos y a las dos les di. No funcionó. Me seguía doliendo la cabeza y me sentía más baboso que cuando desperté. En general, la cruda siguió así por casi dos días. En cierto momento recordé que había brincado la barda hecha con puritita mentira hacía nueve veranos atrás cuando caí en cuenta que lo mío eran los pitos.

            El domingo me sirvió para recapacitar y buscar la manera de darle vuelta al asunto. No me aculonaría para regresar a la trinchera donde me cubría la mierda hasta la cabeza. Mi familia no sabía y mejor lidiar con ellos cuando regresara a casa en algún período vacacional. Mejor, seguía sin importar cuán escabrosa estuviera la pista. A sabiendas de que no era la mejor opción, renuncié al trabajo. Traía un cerote en la cabeza que me decía: ¡el cambio debe ser radical y completo!

Sobre la tarde del lunes me llegó un mensaje. El número estaba registrado bajo el nombre de “Lunarcito”, supuse que era alguien que había conocido la noche de mi confesión. El mensaje decía que nos viéramos en el café Caligari a las cinco de la tarde del martes y al final agregaba un posdata: conseguí el número de Silverio.

Invertí algunas horas en tratar de recordar quién chingados eran Silverio y Lunarcito. No rescaté nada, pero me aferré hasta horas antes de mi encuentro del martes; quería evitarme la dependencia de una memoria ajena para saber cuánta pirueta había hecho. Aún así, llegué sin algún recuerdo útil, decidido a confesar que no sabía absolutamente nada de lo que había hecho la noche de mi cumpleaños.

            Cuando llegué, Lunarcito me recibió efusivamente con una abrazo y un beso en la boca. Tiré por la borda mi plan de confesión y opté por rescatar cuanto pudiera de mi conversación con él. Primero me recordó algunos actos vergonzosos, luego me contó que me había notado después de verme sacar a madrazos a Ricardo de mi casa, pero que se enamoró justo después, cuando regresé para poner rolas de The Smiths y bailar en media sala. Yo no hablé mucho por las punzadas del pie lastimado que me llegaban al culo. Antes de que acabara nuestro encuentro, recordó el pendiente con Silverio y me pasó una tarjeta la cual añadía solo un apellido y un número de teléfono. Lunarcito dijo que ya había hablado con él, que me había mencionado y que Silverio estaba interesado.

            Llegué a casa con la fuerte intención de acabar con mi incertidumbre. Marqué el número, sonó varias veces y nadie contestó. Intenté de nuevo y nada. Azoté el celular en la mesita de café de mi sala y prendí la tele. En poco tiempo me quedé dormido.

            Desperté dos horas después con la sensación de extravío que causa dormir de día y despertar de noche. Recordé el asunto con Silverio y mientras me despabilaba me puse a armar mi celular. En cuanto lo prendí, recibió un mensaje de un número privado que indicaba una hora y una dirección. No decía el día, quería verme esa misma noche. Faltaba poco para que llegara la hora, así que tomé el bastón viejo de mi abuelo y me fui a la estación del tren. Bajé y anduve en mis tres patas hasta llegar al punto establecido. Afuera decía Alfredo’s con luces de neón y había dos guaruras en la entrada. Me interrogaron y cuando mencioné a Silverio sus cejas se asomaron por el borde de los lentes oscuros. Sin más preguntas me dejaron pasar con todo e indicaciones exactas de cómo dar a su oficina.

            Al entrar recorrí un largo pasillo obscuro forrado con alfombra negra y espejos. Mi reflejo me hizo pensar las cosas dos veces, pero el trayecto solo alcanzó para mi indecisión. Tras el pasillo, la sala se extendía con butacas y mesas; en medio atravesaba un templete que topaba con en el fondo de una pared hasta perderse tras cortinas. Me apresuré. Uno de los guaruras esperaba a que me dirigiera a donde había dicho.

            Toqué tres veces la puerta y entré. Silverio veía el piso como buscando algo, me dijo pásale y cierra la puerta. Caí en cuenta de su carácter aprehensible porque entré viendo el suelo, buscando lo que sea. Hablamos bastante tiempo, de alguna manera supo maniobrar mi ánimo y convencerme. Terminó por responder algunas dudas existenciales y me mandó a casa con el taxi pagado para que me alivianara del pie y pensara bien las cosas.

            Había buscado un cambio. Tenía miedo de hablar con quien pudiera retrasar mi evolución, además en nadie confiaba lo suficiente. Pasé los días de mi recuperación kinestésica en constantes debates, pero al final la balanza se inclinaba al cambio. Cuando le hablé a Silverio para aceptar la propuesta, me acarreó a firmar un papeleo y a presentarme al resto de los miembros.

            El lunes comenzará el taller de baile. Lo que antes desconocía, ahora me interesa y saca de mí toda esa mierda positivista que encuentro innovadora. No me acostumbro aún a los excesos en maquillaje y aditamentos, pero no están tan mal, quizá con tiempo termine imponiendo un estilo más austero. La atención de alguna u otra manera le he tenido más apego, no hace falta mucho para que baile frente a todos. El mes está por acabar, y tanto vuelco me dificulta recordar cómo es que vivía con el miedo a perder el control que nunca tuve. De alguna manera las cosas se acoplaron. Al menos eso espero.

 

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 Luen Aguilar. Tengo 22 años, vivo en la ciudad de Guadalajara y soy estudiante de letras. No arrastro aún una página personal ni algún otro proyecto público, solamente los espacios ambientados con mis relatos y algunos poemas.

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Los ojos también cuentan

 

por Miranda Uribe
por Miranda Uribe

Los locos no tenemos amigos, le platiqué hoy a mi ojo que me veía asombrado de mi filosofía de supervivencia. Este ciego estaba buscando la muerte ya hacía un rato.

La busqué al asomarme a la ventana; la noche pálida me sonrió junto con la luna a la que se le podía percibir la flojera de no salir aún. La huesuda no está.

Tomé del cajón un carrujo, quería volar a su encuentro en los bosques del tártaro. No la encontré, entonces pensé en el cielo. Mi ojo perplejo me miraba y sé que muy dentro se quejaba de mí.

Los locos tampoco podemos amar porque no sabemos. Si es realidad la realidad, hurgando me encontré una colilla de lo que fue un cigarro fumado aquí; por una persona que decía ¿me quieres? Como si preguntar fuera querer. Como si querer fuera preguntar. Me estoy llenando el cerebro de humo; el humo es el comienzo de la fantasía.

La cual se me está acabando con la espera; al cabo de unos toques veré los resultados de este vicio malnacido. El humo me envolverá en sueños y volveré a la búsqueda de mí.

Me perdí como todos en el camino de regreso a casa, cuando atravesando la calle me atropelló el tiempo de la edad; venía en sentido contrario, no lo vi venir hasta ahora después de veinticinco años.

¿Quién se enamora de un loco? Me preguntó el ojo ingenuo. Vaya que no sabe lo que dice porque no piensa, sólo ve. Pensé seriamente en esto. Alguna vez, muchas bocas, muchas manos, también algunos sexos, inventaron eso. El amor. Yo no sé si existe, sólo lo siento. Pero todos y todas lo venden como una norma indisoluble: “Por muchos años”, una ganga de conveniencias, una especie de esclavitud con consentimiento de dos. Pero creo que los locos no damos esos resultados. No tenemos residencia marital ni descendencia. Nadie tiene porvenir con nosotros.

Los locos, a quienes nos cuestionan nuestros propios ojos no tenemos herencia ni sucesión. Soñamos y con eso es bastante para el amor. Nos brilla la inocencia y la demencia nos da alas para posarnos como mariposas en los pétalos de la flor. Sin llevar polen. No somos fértiles para producir flores. Producimos inmensidad, deseos, muchísima soledad, mundos llenos de versos, de historias, de egoísmos; somos espejos, dicen algunos que se puede ver a través de nosotros; plantas de ornato, las cuales admiras y quieres para dar luz a un lugar, para darle estatus a tu vida.

Son las cuatro de la mañana, aún no doy con ella, la de los labios rotos, la de los huesos largos y quebrados, la chica de blanco, la pelona. La busco desde ayer.

Tenía once años cuando me di cuenta que la gente me veía mal, era diferente a ellos, no jugaba sus juegos y les cuestionaba su apatía y miseria, yo me masturbaba y reía, si reía. Mi libertad les pesó tanto que nadie quiso hablar conmigo ni de mí. Me enviaron a una escuela especial. Nunca lo supe hasta hoy que estos ojos me observan con miedo y escrutinio; la mirada. ¿Estoy loco?

Siento que me estoy yendo de nuevo, llenándome de mentiras, de imágenes que no dicen nada, de gente que se ríe de uno; me han dicho ¿No ves como es la vida? Estoy perdido, ¿será eso? No tengo un ancla que me detenga en este mar de ilusiones y fracasos.

El ojo se quiere cerrar pero aún me escucha, no quiere dormir hasta ver qué hago con esta vida que no encuentra la muerte. Esta vida que asustada se me escapa de las manos, le huye a mi soledad. Por más que intento doblegarla, no cede.

Es una cobarde que prefiere matarme por la espalda sin darme pista alguna para enterarme cómo he de morir. ¿Cómo? Parece decir el ojo.

Inquieta, ingenua, como mi madre, desierta de cariño hacia mí, incapaz de decir palabras dulces. Cuánta soledad me guardo en el corazón, cuánto miedo provoco para ser como soy.

Gato salvaje

El ojo me mira compadecido, le brota una lágrima que cae sobre el piso, se confunde con la basura de mi cuarto. Es en vano esperar tanto por ella, es en vano sentir amor por alguien que no está aquí y ahora. Siento frío, mucho frío.

Me ronda la cordura nuevamente.

 

El ojo lentamente se cierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

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