Soy puto
re puto
muy puto
increíblemente puto
no lo lamentes
no soy rosado
ni celestino
ni amarillo hepático
soy puto
bien puto
séptimo hijo
devenido en perra
gaucha gila
soy matriarca de mi selva
soy hombre suave de ciudad
tengo pelo en las tetas
y una vagina enorme
para penetrarte entera
pandilla
sin guerra
no lo lamentes
soy color tierra
soy la más leal
de las promiscuas
soy el que mariconea en tu vereda
la nena de bigotes
con pollera
goleador de primera
soy puto
re puto
muy puto
increíblemente puto
una bestia
la leche
en el ojo
la paja
ajena
el cacareo que te despierta
PUTO
¿O no te das cuenta
que en el tren no hacen falta más caballeros
sino más asientos?
Prostituta y maestra
soy madre de tus hijos
soy reina de tetera
cuatro de copas
pete de onda
soy puto
no lo lamentes
soy tu hermano
tu heladera
tu hijo
pa
SOY PUTO
¿O no te das cuenta
que preguntando por alguna novia
ponés un arma en mi cabeza?
Soy puto
NO
LO
LAMENTES.
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Patricio Ruiz. Director, dramaturgo, actor y poeta argentino. Ha dirigido en Uruguay, Argentina y México, siendo Potencialmente Haydée y Ceremonia sin flores, sus dramaturgias y direcciones más significativas. Entre sus libros de poesía y cuentos están Tyndall de relatos breves y el poemario Algo que crece.
He decidido cocinar todos los recuerdos, segmentos revueltos, empanizados de culpa, fecundados en el interior de mi vientre, he decidido expulsarlos por los dedos, ante pantalla blanca, ante puntero en negro, palpitante, anhelante de desenfreno. Deseo que todo el veneno se consuma en caldo, caldo tibio saliendo por el orificio vulvar, que salga, se vaya, quemo la parálisis facial del miedo, hago gestos, me revuelvo, estoy mezclando mi nueva yo con la del espejo. Me caliento, punto de ebullición para las culpas, los daños, miedos, las angustias por no ser talla 5, ni tener las nalgas de terciopelo. Abro la boca y mando una escupida total ante el “deber ser” de una mujer, ante el interés imperante por pertenecer.
Anuncio mi despedida ante la situación marchita de ser una mujer sumisa, bonita y chiquita para seguir con vida, renuncio a la depilación femenina, al esquema social que dice que debo usar crinolina, me introduzco los dedos sin temor, el flujo conecta perfecto con mis uñas y el movimiento que realizo, círculos sensoriales que me regalo con amor. Aún húmeda y suspirando voy dejando todo el veneno mental que se acumuló, lo veo salir como una cascada de vagina refrescando y anunciando mi decisión.
Voy recorriendo la cama con líquido del amor, liquido del placer. Personaje húmedo que no teme a ser. Mi sangre transforma la temperatura en algo más cercano a la sopa, sopa espumosa escurriendo entre piernas, voy cerrando los ojos, imagino que tomo un cuchillo, lo acerco a mis senos, los raspo, mis pechos como suaves manifestaciones de vida, ya no son envases de leche podrida, aún con el fragmento de carne imaginaria en la mano, anexo corteza de pezón al sustancial platillo.
¿Podrás imaginar la sensación tan deliciosa de sentir el dedo ahí mentido?, ¿la sensación de escurrir y liberar por todos tus sentidos?, me fascina la sensación de ser río y delirio. Todo mi dolor se transforma en gemido, se va agrupando en agua, flujo transparente con destino al olvido, con anhelo de ir haciendo camino, rumbo al mar, siguiendo todos mis latidos.
Tengo un pez viviendo entre mis piernas, se asoma cuando los dedos en circulo lo saludan, lo frecuentan, su pequeño ojo sale ante el encaje, anuncia palabras irreconocibles, es el idioma marino del éxtasis, va sonando muy fuerte, casi como un grito que salpica instantes de veneno, lo percibo haciendo ruido, quiere hablar de lo no podría hacer, por no tener nombre de niño. Me olvido, sigo frotando mi carne al compás del gemino, se abre un abismo en mi pecho, el placer es tanto que dejo escapar un suspiro.
Aún en la cama, cerca del peluche de vampiro, pienso en su orden social y su necesidad imperante de congelarme los sentidos. Me aprieto el cuello con la otra mano y empiezo a experimentar esa libertad reprimida que su asquerosa boca intentó suprimir. Libertad de tocarme, de aniquilar su asquerosa norma, su idea social de no venirse en la boca.
Mi vulva sedienta y rebelde va escupiendo manchitas de dolor, de todo eso que dijeron, veo pedacitos de endometrio inherte, óvulo en descomposición, sangre fluyendo desde mi corazón hasta el campo sagrado del vello, coágulo de resistencia saliendo por mi cuerpo, expulso miedos, expulso venenos ajenos, expulso las veces en que caí en la trampa y sentí odio contra mí misma por no tener un buen trasero.
Tomo un poco de mi sopa de lepra, la saboreo con los dedos, la veo escurrir por mi camisa, la siento mojando mi mente revuelta, la sopa se concentra en mi pierna, la embarro con suavidad por las rodillas, la dejo ser libre y me tomo una siesta. En verdad ha sido una deliciosa tarde de orgasmos, agua y sopa de lepra. Merezco un descanso. Entonces lo entiendo: mi sopa de lepra es una manifestación sensorial interna, una recopilación de la entraña, una manera de hacerme visible, de ponerme contenta, mi sopa de lepra es un placer para mi imaginación alocada y violenta, es un regalo para mi nueva yo física e interna. Es juguito para la maceta, aguar para el mar de mi boca sedienta. Es libertad para caminar con una sonrisa inquieta.
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Elena Arreola Vilchis, a veces Doña Podrida Vilchis.
Concentración de células con ganas de expandirse, recrearse. Estudiante de Literatura Dramática y Teatro con tendencia a la actuación, a la dramaturgia. Segmento en construcción con ganas de reinventarse, recrearse, absorberse, desecharse, aplastarse, recuperarse, pegarse, morderse, vomitarse.
Con esta gota
de semen
cayendo
sobre mi lengua
te pensé
y floreció en mi boca
extrañarte
me has amamantado
putito lindo
has sido mi desmadre
poeta bendito
mordida y sangrecita
para dar carmín a los labios
contradicción y acción
sobre taquito doblado
culito roto
lavando vereda
trancurrir
como trascurren
las libélulas
cantar bajo la lluvia dorada
sirena frente al mar
pensando en volver
a casa
destilado fino
de leche amarga
crocante mentón
culeada aparición
en mantos pulguientos
pañoleta de turbante
marinera de todas las guerras
guarra bella
y torerito
teterona
y vieja bruja
señorita
grito pardo
a la cordillera
puño rojo
manifiesta
y desdentada
alas rotas
bien cortadas
a cuchillo
raspón suave
liberando gruñidos
petiso pijudo
culón
y algo bestia
me has amamantado
y has sido mi desmadre
en cada acabada
a puño limpio
cada pantalón
ajustado
por atrás
por adelante
por todos
los costados
en los besos al aire
tetas al viento
conchas peludas
pluma que se cae
y vuela
desde tus alas
a mi pecho
que relleno
con tu perdida
en mis chiqueros
en mis agujeros
los de las muelas
los de todo el cuerpo
en cada pelo
en cada basurita
en limpiarse la acabada
con la remera
en ponerse una pollera
en tragar
como tragan las perras
en esta gota
donde brota
la extrañeza
de extrañarte
como se extraña
cuando se piensa
que se está
lejos
en cada una
de estas letras
salud.
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Patricio Ruiz. Director, dramaturgo, actor y poeta argentino. Ha dirigido en Uruguay, Argentina y México, siendo Potencialmente Haydée y Ceremonia sin flores, sus dramaturgias y direcciones más significativas. Entre sus libros de poesía y cuentos están Tyndall de relatos breves y el poemario Algo que crece.
Algo que me encanta de Pilar es que siempre está dispuesta a todo. Apenas llevamos siete meses de apasionado noviazgo, y ya hemos hecho el amor de todas las formas y en todos los lugares que se nos ha ocurrido.
Desde la primera noche en que comenzamos a salir, al bajar del auto, un beso llevó a otro beso más ardiente. Luego, otros besos cada vez más fogosos. Comenzaron, entonces, las múltiples y ávidas caricias. Primero, caricias sobre la ropa; luego, bajo la ropa y, finalmente, caricias sin ropa, que casi nos arrancamos. Empezamos contra una portezuela del auto, hasta abollarla. Seguimos en el cofre y abollamos el cofre. Entonces, nos arrojamos sobre el pasto, no sé si húmedo de nocturno rocío o por nuestros sudorosos cuerpos desnudos. Desnudos en la noche, nada menos que en el jardín de la casa de mis padres, hicimos el amor junto a la alberca y seguimos en la alberca. A partir de ese día no hemos dejado de experimentar nuevas formas de erotismo: aparte de las noches y los días memorables que hemos copulado como locos en nuestras respectivas casas o en mi oficina en todos los lugares posibles, también hemos aprovechado para fornicar lo mismo el baño del museo de ciencias en Acapantzingo que una sala de la Exposición Colectiva “Menú Visual” en los Talleres La Guayaba M33; a menudo, lo hacemos en La Casona de Spencer, El Manojo, La Maga y otros sitios públicos, en particular el cine. La primera vez fue en una sala medio vacía de la Cineteca Nacional, sentados en la última fila, desnudé a Pili por completo y la penetré por detrás mientras oprimía sus senos y los levantaba desafiantes hacia la pantalla donde indiferente se proyectaba “Los límites del control” de Jamrusch. Otro día, durante la exhibición de “La caída de la casa de Usher”, película muda musicalizada en vivo, en la sala llena del teatro Ocampo, sentados en la parte más alta, Pili me hizo sexo oral, mientras yo la penetraba con los dedos y, últimamente, durante los estrenos de películas comerciales lo mismo en Plaza Galerías que en Cinemex de Diana o Plaza Cuernavaca: acostumbramos masturbarnos en las filas de en medio, o hacemos el amor en el baño o en algún pasillo oscuro, donde a menudo nos descubren.
En los dos últimos meses, habíamos comenzado a experimentar incluso con el flashing en museos, iglesias, restaurantes y parques; también hemos probado, recientemente, diversas modalidades del sadomasoquismo y variedades nuevas de fetichismo. Por eso, anoche, después de haber bebido cerveza en abundancia, le propuse a Pili aprovechar para hacer una sesión de “lluvia dorada”. Como siempre, se mostró dispuesta. Así que, después de vendar sus ojos y propinarle unas buenas nalgadas, nos metimos desnudos a la ducha, ella de rodillas frente a mí, con las manos atadas a la espalda, y yo de pie, apuntando a sus senos con mi pene. Comenzó la descarga y una intensa onda de placer recorrió mi cuerpo, no sólo por el chorro caliente de orina que salía de manera particularmente abundante, acompañado por la clásica sensación de alivio, sino que la salida del dorado fluido me producía un leve cosquilleo que equivalía, sin duda, a un mini-orgasmo prolongado, que fue brutalmente interrumpido por una vigorosa sacudida y un grito angustiado de Pili que me decía: ¡Despierta, Juan! ¡Otra vez te orinaste en la cama!
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Juan Machín Ramírez nace en el DF hace más de medio siglo y desde hace muchos años vive anfibio entre las ciudades de México y Cuernavaca. Ha publicado diversos ensayos, trabajos de investigación, cuentos y poemas en libros y revistas de México y de Alemania, Argentina, Canadá, Colombia, Costa Rica, España y Uruguay, así como fotografías, dibujos y pinturas. Ha ganado algunos reconocimientos como el 3º lugar Concurso de Cuento Nacional de Humor Negro “En qué quedamos pelona”, en 1997; mención honorífica de 2º lugar en el Premio Nacional Efraín Huerta (categoría de cuento) en 1998 y el Premio Estatal de Literatura Morelos 2002 en el género de cuento. (Fotografía: Maricela Figueroa)
ilustración: Omar Hdz. García (Omar Matadamas). De la serie «Pálido Rosa»
A mi Paulo
“Chorrea”, me dijo la doctora cuando me habló del sexo sin protección. Él había decidido que era hora de amar sin barreras, así que me llevó a que me recetaran unas pastillas. Yo no entendía mucho de todo aquello. A esa edad la cabeza da muchas vueltas.
Aún recuerdo la cara de incredulidad de la doctora cuando le hablé de mis planes de salir corriendo al baño inmediatamente después de la eyaculación, para ganarle al medio litro de semen que seguramente se me iba a escapar de entre las piernas. Me dijo que no lo hiciera, pues corría el riesgo de arruinar un tal “momento especial” que en mi experiencia ciertamente no ubicaba, pero que tal parecía era muy importante. ¿Para quién?, no sé. Eso no me quedó claro entonces.
La primera vez que lo vi fuera de un preservativo me pareció escaso y falto de color. Tantas veces había escuchado que se refirieran a él como leche, que así es como esperaba verlo. Pero no. Más bien parecía engrudo. Y con respecto al olor, un profesor que tuve en la especialidad le atinó al decir que huele a cloro. “¡Es verdad!”, recuerdo haber pensado. Huele a cloro.
Y sabe a mocos. A mocos si el hombre es razonablemente saludable y a rayos si fuma.
No, no me animé a probarlo a la primera. Lo observé durante toda mi juventud, antes de tomar la decisión de investigar por mi misma cual de todas esas diversas respuestas recibidas ante la pregunta de: “¿a qué sabe?” era la correcta.
La visión de semen seco sobre la piel me remitió a mi infancia. En la escuela solía sentarme en la última fila porque me la pasaba jugando con mis amigas. Una de las cosas que hacíamos era untarnos pegamento blanco en los brazos, esperar a que se secara y después levarlo como si se tratara de una mascarilla. Las partes en las que la capa de pegamento nos había quedado más delgada, nos hacían sentir la piel tirante. Se rompían al tratar de levantarla, dejando ligeros pellejitos cuya lenta y meticulosa extracción constituía una tarea mucho más motivadora que la de prestar atención a la clase. El semen cuando se seca en la piel queda justo así, como aquellas capas delgadas de pegamento blanco de mis juegos escolares.
Previo a que me llegara el día de tragar completa la dosis de dos cucharaditas cafeteras que, en promedio, expulsa un hombre en una eyaculación, metí el dedo. Como quien comete la travesura de probar el betún del pastel antes de tener en el plato su rebanada. Antes de que se secara, mientras él corría a buscar una toalla húmeda para limpiarme los muslos y el abdomen, remojé el índice en uno de esos charquitos de engrudo que me habían quedado encima para después llevármelo a la boca. “¿Qué haces?” preguntó él, con cara de quien está seguro de conocer la respuesta. “Considerando la posibilidad de alimentarme con las consecuencias de tanto amor”, pensé. “Nada”, le respondí, mientras lo miraba limpiar mi piel apenado, como si en vez de eyacular me hubiera vomitado encima.
Me atrevería a decir que el semen es bienvenido en nuestras cavidades cuando nos enamoramos. Es en nombre de la pasión que se eliminan las barreras y el semen empieza a correr libremente por todos los orificios sin que plástico o coitus interruptus alguno pueda impedirlo. Así, libre, con su olor a cloro, su sabor a mocos y su cara de engrudo.
“¿Qué significa para ti?”, me preguntas, haciendo alusión a ésta, nuestra primera vez sin más protección anticonceptiva que mi muy efectiva “T” de cobre intrauterina.
Es estar más cerca, romper barreras, que les ocurra a nuestras humedades lo mismo que a nuestras almas y se mezclen llegando a ser uno, por esos breves instantes antes de que el aire las seque o las sábanas las absorban. Es decirte que estás invitado a ocupar espacios prohibidos y gozar de ellos. Es el deseo caníbal de conservar una parte de ti muy dentro de mí.
Que así como tu olor me viste el cuerpo desnudo mucho después de la despedida, que la consecuencia líquida de tus placeres me recorra la cara interior de los muslos. Silenciosa y cálida, como lo hacen tus manos con el resto de mi piel. Como lo hago yo contigo cuando te abrazo en sueños. Como lo hace tu recuerdo cuando me refugio en él mientras espero a que el deseo te obligue a volver a mí, como vuelven las olas a la orilla de la playa, a bañar de sal y espuma a la arena que le espera como siempre, caliente y ansiosa, sedienta de mar.
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Claudia Salinas Boldo. Licenciada en Psicología por el Centro Marista de Estudios Superiores; Especialista en Sexología Educativa y Maestra en Sexología Clínica por el Instituto Mexicano de Sexología; Maestra en Antropología Social por la Universidad Autónoma de Yucatán y egresada con honores del Doctorado en Antropología Social de la Universidad Nacional Autónoma de México. amplia experiencia como sexoterapeuta, docente a nivel universitario, conferencista e investigadora en torno a los temas de antropología y género. En su labor como investigadora y etnógrafa ha abarcado los temas de relación de pareja, sexualidad masculina, mujeres en prisión y salud sexual.
Ilustr.Omar Hernández García (Omar Matadamas) estudiante de la licenciatura en Artes Visuales (FAD 2013-) donde se esta desarrollando en el campo del arte contemporáneo y los medios múltiples.
“Me contó que usted se demoraba horas en la ducha,” así me confesó Madre cómo se convenció que lo que decía Hermetes era verdad. Él, representante de una comunidad Embera Katío del límite entre selva, altos pastos y montaña era además conocedor de prácticas que acercaban el futuro con el presente. “Le pregunté el porqué de semejante afirmación, pero solo respondió que así lo revelaban mis manos”. No fue la única razón, pero fue la que Madre decidió compartirme. El propósito de Hermetes no era leerle las manos a nadie. Leyó las de Madre en agradecimiento por la buena disposición y diligencia con que ella lo atendió y orientó a través de los procesos burocráticos a los que tantos son sometidos y pocos logran ver el fin, en medio del desaliento de los burócratas mal pagos y perdidos en el laberintico día dentro de instituciones que desbordan el entendimiento individual.
Madre, entusiasmada, compartió detalles del encuentro con toda la familia y con aire iluminado. Yo no era una excepción. Aprovechando la estadía de Hermetes en Capital, las manos de la familia entera serían leídas bajo el patronazgo del taita embera katío. En ocasiones previas me habían leído las líneas de mis palmas y no esperaba algo distinto a quiromancia gitana de misticismo Hollywoodense que yo había interiorizado gracias a las películas de domingo en la tarde que compraban los canales locales. Cuando Hermetes me pidió que dibujara el trazo de mi mano izquierda sobre una hoja blanca tamaño carta con mi mano derecha me sorprendí un poco. Lo mismo haría con menos destreza intercambiando posición y función.
Hermetes tomó ambas hojas de papel e intentó interpretar alguna cosa. Como en otras ocasiones terminé desilusionado. Mi mano izquierda había dibujado el borde de la diestra con tres interrupciones. El resultado, dictamina el perito, tres amores. ¿Quién? ¿David, Camilo, Nicolás? Tal vez Esteban, David y Camilo. David era seguro, pero no los demás. Me vaticinó un aborto. ¿Pero cómo iba a abortar yo, desprovisto de órganos que posibilitaran imaginación semejante, además sin intención de acercar mi reproductibilidad a vulvas, úteros u óvulos? “De alguna novia presente o a venir” me respondió. Si alguien me hubiese propuesto ser padre sin duda habría aconsejado la adopción. ¿Tal vez alguna amiga quedaría embarazada de alguien más y yo como amigo consagrado tendría que velar por el proceso? Pero eso ya había ocurrido en un par de ocasiones, aborto incluido, sin mayor conmoción en nuestras relaciones.
Con aire sombrío y desilusionado Hermetes miró a través de una ventana antes de dirigírseme una última vez. Diagnosticó que yo era reservado e introvertido. Era cierto. Pero esa me pareció una conclusión fácil. Yo no había pronunciado palabra alguna, no para proporcionar un camino simple para describir mi carácter sino porque yo estaba renuente a permitir que mis palabras influenciaran de alguna forma este arte adivinatorio.
Pasaron los días con sus noches y nunca durante ese año nadie a mi alrededor me notificó de algún procedimiento abortivo. Mis prácticas sexuales permanecieron lejanas a cualquier cosa que pudiera insinuar reproducción humana. Tal vez Hermetes miró más de cinco años en el futuro cuando tomaría mi primera Profilaxis Ex Post para reducir las probabilidades de contraer el virus de inmunodeficiencia adquirida; un intento por terminar conscientemente la posible reproducción de ese virus en mi cuerpo. No obstante, Thierry y Yohan no lo habían contraído para cuando tuvimos sexo por horas y sin siquiera intentar eludir el contagio. Tal vez la comodificación del arte adivinatorio hizo desvanecer su pertinencia, esa diferencia de intención entre el agradecimiento y la venta de un servicio; tal vez fue mi incredulidad lo que previno la materialización de esa ventana al futuro.
Al amor, para entonces, solo me lo había cruzado en dos ocasiones. Los demás novios fueron más el resultado de mis ganas por intentar sostener una relación con alguien que producto del despliegue invasivo de emotividad y afectividad con la que asocio ese estado de ánimo. Muchos más amores vendrían, pero en aquel momento la motricidad de mi mano izquierda señalaba en otras direcciones que tal vez nunca averiguaré, ya enterradas en los esquivos mapas que fijan el recuerdo de lo que era entonces mi vida. Me sigue gustando leer mi historia con palabras mágicas y místicas, pero prefiero formas más sutiles que aquellas que la narran con determinación y fatalismo.
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AndersAnderen se interesa por la producción de subjetividades asociadas a la alimentación. En sus ratos libres camina, monta en bici, ve películas, escribe textos cortos y no posee una página personal.
El guante se coló seco sobre su nariz ya inflamada tres centímetros desde el comienzo del cuarto round. Aletargado. intentó cubrirse el rostro y soltar con fuerza la zurda que no encontró los cincuenta y cinco kilos que pesaba la humanidad de la Perra Solís, quien se ensañaba con sus costillas. La campana sonó, la Perra volvió a su esquina. Se veía entero, en forma y, sobre todo, seguro de partirle la madre al Pantera que se agachaba con esfuerzo en el banquillo de su esquina.
El Charly le gritaba eufórico como de costumbre: “¡Levanta las manos hijo. Cúbrete la cara, ya se está cansando! ¡Este es tu round, el decisivo!” El decisivo, pensó y se dibujó una sonrisa entre toda esa masa amorfa en la que se había convertido su cara. El Pantera se sintió exhausto. Pensó en su casa, en la renta, en su madre, en sus hermanas y en Julián. Muchas cosas atravesaron su apaleada cabeza hasta que la campana sonó de nuevo exigiendo su presencia en el cuadrilátero. Observó la figura de su contrincante abalanzándose sobre él y lo supo: le romperían su puta madre de nuevo. Ya no sentía los guantes como una extensión de su propio cuerpo. En ese instante tan solo se sentía como un simple saco de entrenamiento a punto de vomitar la arena de su interior.
Lo sabía, se estaba desinflando. No ahora, no en esta pelea. Ésta era la temible debacle, la dolorosa caída. A sus treinta y cinco años pasaría de ser un boxeador marica a solo ser un pinche puto. La Perra lo llevó a la esquina y lo tundió como lo hacía su padre en la infancia. “¡Salte de ahí!” le gritaba Charly desde la seguridad de su asiento. Intentó abrazar el cuerpo de Solís pero este se lo impedía alejándolo con una combinación de Jabs. Finalmente logró aferrarse a él. Por un momento, sentir el tronco desnudo, sudoroso y agitado de Solís llevó de nuevo su mente hasta Julián. Deseó con todas sus fuerzas las manos de Julián acariciándole las marcas de su cara. El público empezó a chiflar mientras la Perra luchaba por liberarse. Cuando estuvo a punto de conseguirlo, el Pantera giró la cabeza y la impactó contra su sien. El réferi los separó. La eliminación era más honrosa que la putiza que estaba sufriendo.
El réferi inspeccionó el golpe y decretó que aquellos dos brutos podían seguir golpeándose hasta que uno de los dos cayese. La campana, caprichosa sonó. “Ya te cargó la verga, maricón”, le dijo la Perra antes de volver a su esquina.
En un principio se liaba a golpes cada que sorprendía a alguien llamándolo La pantera rosa. Hasta que comprendió que el respeto se lo ganaría arriba del ring; rompiéndole la madre a todo el que le pusieran enfrente. Eso no sucedió. Se acostumbró a que lo llamasen así de cariño en los vestidores. Era mejor que encontrar pintas en su casillero o que lo violaran en la ducha. Inclusive los muchachos acudían a la estética de Julián y le gastaban bromas. “Se equivocaron. Tú sí tienes manos de boxeador y el Pantera de peluquera”. El Pantera llegó a ocho peleas ganadas, cuatro empates y doce perdidas. Nadie quiere que un puñal le patee el culo.
El sexto Round arrancó con el Pantera retrocediendo. Esquivando uno de cada cinco golpes que se estrellaban en su cuerpo. Dos noches antes había discutido con Julián. Lo recordaba llorando en la mesa de la cocina. No entendía la insistencia del Pantera por no colgar los guantes.
Si con lo de la estética alcanza.
– ¡Me caga que me mantengas!
– Puedes buscar otra cosa.
– ¡Ya estoy viejo para otra cosa!
La disputa concluyó con un portazo seco, un cristal roto y el Pantera pasando la noche en el Gym. La Perra se sentía Rocky, amasando a golpes un trozo de carne.
Eusebio, la Pantera Torres, odió con profundo esmero a Julián Martínez, un sábado de febrero a las nueve de la noche en la arena Tlalnepantla, durante la mitad del sexto round de la que sabía sería su última pelea. Lo odió por reducirlo a eso, un homosexual de 33 años incapaz de defenderse. Lo maldijo por domesticarlo, por acostumbrarlo a la docilidad de un hogar, de sus manos, de su cama, de su verga.
La Perra soltó una combinación tras otra, empujado por la euforia del público alcoholizado que demandaba la cabeza del más débil. El Pantera intentó cubrirse de la lluvia que caía sobre de él. Fue en ese momento donde, como si se tratase de un reflejo activado, soltó la derecha en un recto que hizo que La Perra Solís se tambaleara. Porque hasta los pésimos boxeadores tienen alguna vez un chispazo de suerte. “¡Ya lo tienes, cabrón. Es tuyo, ya lo tienes!” gritó el Charly quien se desgarraba la garganta al observar lo que hasta ese momento parecía imposible: El triunfo del Pantera.
Los gritos de los espectadores se unificaron en júbilo y éxtasis. El cine mainstream les había enseñado a amar a los héroes reivindicados que surgían en el último momento. Los papeles se habían invertido. Ahora, la Perra luchaba por abrazarse a su contrincante. Por un segundo, la Pantera pareció bailar entre nubes. Ágil, rejuvenecido y con ímpetu en los guantes que proyectaba hacia su oponente. La campana sonó tres golpes antes de que la Pantera noqueara a Solís.
El público permaneció de pie como no lo hacían desde sus primeras peleas cuando los periódicos lo consideraban una promesa del boxeo azteca. En aquellos años, la Pantera soñó con batirse en las Vegas con algún negro, comprarle una casa a su madre y ponerles un negocio a sus hermanas. Se sentó en el banquillo. El aire regresaba a sus pulmones. Se imaginó la cara de Julián al verlo cruzar el umbral de su puerta. El retorno del campeón, se dijo.
La campana sonó. Este es el round… El decisivo. pensó. Vio a la Perra acercarse, hacer una finta y lanzar un recto que lo mandó a la lona. El conteo fue apenas audible por los aullidos en la tribuna. La campana anunció el final. ¡Estaba jodido! En el vestidor, Charly le ayudó a quitarse los guantes. “Ya no llore, no sea puto, si no es pa´ tanto. Ándele váyase al gimnasio a descansar” Al día siguiente los muchachos hablarían de la putiza que le acomodaron a La pantera rosa, pero esa noche le restaba un último Round…El decisivo.
Tocó sin fuerza a la puerta. El hueco del cristal había sido cubierto por un pedazo de cartón. La puerta se abrió. Antes de decir una palabra, las manos de Julián le acariciaron sus pómulos hinchados. Ese suave roce le dolió más que cualquier golpe de la Perra. En un sitio ajeno a toda corporeidad. Quizá tenían razón, quizá ambos se habían equivocado de ocupación.
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SEMBLANZA
Iván Landázuri Oaxaca Oax. 1990
Psicólogo y aspirante a escritor. (Cuentista) Ha colaborado para las revistas Registromx, Scifi-Terror, Penumbria, Yerba Fanzine, Monolito, Errr Fanzine, Sincope entre otras.
El cubículo estaba precariamente iluminado por la luz que lanzaba la pantalla en la pared. No había forma de apagarla, sólo había un botón que permitía cambiar el vídeo que se transmitía probablemente desde un ordenador central que controlaba el tipo calvo, cómodo en la caja del sex shop que funcionaba como fachada del recinto. También el volumen estaba prefijado, manteniendo un bajo nivel que daba al lugar un suave cántico de suspiros y quejidos masculinos. Presionaba el botón y se sucedían militares follando en el barro, twinks lamiéndose sus frágiles cuerpos, una orgía de aire ochentero con hombres velludos y de poblados bigotes, marineros de brazos tatuados sometiendo a un grumete, imponentes hombres negros resoplando al ritmo de la penetración exorbitante, un daddy chupando los pies de un joven dominatrix. Eché de menos a los latinos, y en general, una mayor calidad de los vídeos. Resultaba gracioso pensar que en pleno siglo XXI las pantallas de los cuartos oscuros aún transmitiesen vídeos con esa aura irremediablemente vintage. Y es que en realidad, todo en ese lugar, la dinámica del aire viciado, los gemidos entrecortados en la penumbra de los cubículos, las miradas que buscaban sus pares ansiosos, tenían un aspecto de repasado, de resabida actividad.
Había un glory hole en la pared. Haciendo gala de curiosidad provinciana, me agaché a su altura y primero presté atención al ruido en el cubículo contiguo. Un cinturón se abría con prisa, y el sonido de un jeans bajando me llegó claro. Una mano se apoyó pesada sobre la pared. Jadeos que se deslizaban morbosos por el agujero. No había forma de saber quién estaba del otro lado, y la idea de encontrar a un pobre padre de familia abandonado a la oscura suerte de estos cubículos me generó rechazo.
Me levanté y apoyándome en la pared, me quedé viendo unos segundos la pantalla. No prestaba atención ya a las nalgadas furiosas que daban los marineros al grumete, sino que me abstraje en todo lo que era ese cubículo en aquel momento. Sus paredes grasosas de tantas manos sudadas, la capa de indeterminadas manchas que cubría el piso. Había algo atrapante allí, algo que ni toda la música pop, y el baile del apareamiento, con sus tragos sofisticados y sus cervecitas light en la barra, podían ofrecer. Había un sabor que ni todo el flirteo en las luces encandilantes de la calle podía igualar. Todo el desenfreno de los personajes que afuera festinaban su noche de anonimato, contrastaba con esta parsimonia culpable que adornaba los gestos de estos hombres sombríos que, a la sombra de los cubículos, se entregaban a la escucha de sus ruegos carnales.
No sé cuánto tiempo permanecí allí, capturado por esa melodía pecaminosa que se elevaba por los cuartos oscuros y se comunicaba a través de los glory hole, cuando de pronto ya no estaba solo en aquel cubículo. Un motoquero robusto, típico cabrón en sus tardíos cuarenta, con el águila americana en su chaqueta, cerraba la puerta del cuartito a sus espaldas. Sus pupilas temblaban sobre sus ojeras, relamiéndose sin asco sobre la expectativa de mi cuerpo acorralado intencionalmente en ese rincón de paredes grasosas.
– Fresh meat…-dijo ansioso, como pensando en voz alta. Hice un ademán de moverme hacia la puerta, de huir de sus manos que acariciaban torpemente mis brazos.
– Don’t be scared, I won’t be so rough, you’ll see. –prometía mientras bloqueaba mi paso y suavemente bajaba la chaqueta de mis hombros.
Me vi bajo el lógico desenlace de una cadena de decisiones atrapantes, con ese hombre que leía toda mi angustia facial, y se excitaba ante la creciente resignación de un encuentro donde él podía interpretar un papel protagónico, la deliciosa captura de un borrego nervioso del cual suponía el pleno consentimiento para ese juego huraño apenas iluminado por la pantalla en la pared.
– We’re gonna play a little bit, don’t be scared… -seguía susurrando sobre mi cara, con su aliento de bourbon y cigarros rojos.
– I’m not scared. I’m never scared –le dije con mi acento tosco, volviendo a colocarme la chaqueta sobre los hombros.- I just don’t fuck old people.
Lo miré fijamente con una expresión hostil, de forma que no quedara duda sobre mis palabras dichas con un exagerado tono de autosuficiencia, y lo dejé solo en ese cubículo.
En los pasillos ensombrecidos del complejo, los hombres rondaban lentamente a la caza de quien les invitase a observar las pantallas de porno vintage. El humo se atrapaba en el techo y las colillas iluminaban por segundos los rostros ansiosos, impacientes.
Caminé por los pasillos, buscando al amigo con quien había ingresado. Seguramente ya estaría en un cubículo, o se habría cansado de tanto diálogo estereotipado en las puertas de las cabinas. Estaba solo allí adentro. Quería salir, respirar aire fresco y fumar un cigarro en la cuneta de esa calle rebosante de brillo, tacones y luces multicolores. Camino a la puerta principal, había un cubículo entreabierto. En la puerta del cubículo, con un pie adentro y el otro afuera, un chiquillo de piel oscura miraba hacia afuera, hacia el pasillo. Su cabeza estaba apoyada en el respaldo de la puerta, y su espalda se arqueaba en posición de relajo, de espera. Sus ojos negros iluminados por el cigarro que se llevaba a la boca, me detuvieron. Unos dientes blanquísimos sonrieron ante mi huida abortada. Alguien ponía música en el jukebox que el dueño había dejado cerca de la entrada, por si la melodía constante del jadeo desesperaba a quienes rondaban los pasillos. El chiquillo se siguió sonriendo e ingresó al cubículo, y el humo de su cigarro se elevaba por fuera de la puerta. Mis piernas titubearon, y en ese momento, la puerta eléctrica que servía de camuflada entrada desde el sex shop hasta el complejo de cuartos oscuros, se abrió, y dos hombres negros entraron parloteando alegremente. Se oyeron las risas que llegaban desde la calle, y la brisa nocturna mezclada con el aroma de los hot dogs que vendían en la esquina fuera del sex shop, se deslizaba dentro, haciendo promesas de un exterior más alegre, más afable.
Sonó una voz grave acompañada de un bum bum bum electrónico en el jukebox, y los parlantes ocultos dispuestos por los pasillos dieron un nuevo ritmo a los aires cansados de los hombres en éstos. Vi la puerta eléctrica cerrarse despacio, y el humo del cigarro desvanecerse en la puerta del cubículo. Nuevos ojos se encontraban con los míos en esos segundos, y pasaban a mi lado, haciendo invitaciones de buscar otros cubículos vacíos. La puerta del cubículo que tenía enfrente seguía entreabierta. Las bocinas de los autos se oían desde la calle, y las carcajadas explotaban en el aire de la noche borracha, sedienta de más noche.
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Mi nombre es TomasPiñones, soy profundamente coquimbano y ligeramente chileno. Estudio, trabajo, milito y escribo. Abajo el patriarcado, arriba la cumbia.