Sergio Haro Alcaráz. Es Licenciado en Letras Hispánicas de la Universidad de Guadalajara. Profesor en el área de Comunicación en el Centro Universitario de Monterrey y Editor de Editorial Edhalca desde 2004.
Humedad en las paredes. Se expanden, se multiplican unas manchitas cenicientas, como ejércitos de piojos acampados en torno a cada leve montículo de moho verdoso. La habitación entera simula una clepsidra: una gotera lenta y constante marca los minutos, el polvillo fino de la pintura cae poco a poco.
Ha aprendido a prescindir del espacio y la luz de su casa inmensa, de salones y baños, de biblioteca, compañía… Salvo de las dos criadas que entran rápido a recoger la bacinilla, a arreglar la cama, traerle la comida… Calladas y exactas.
En esa habitación vive, en esa habitación recibe visitas, ve películas, aunque nadie entra ni hay pantalla ninguna; hace ya tiempo que lo descubrió: no existe gran diferencia entre contemplar la pared que se desmenuza y ver la televisión; es más, la pared ofrece la ventaja del silencio. Porque a fuerza de mirar obsesivamente, ha descubierto que es ella quien vive ahí, en esa superficie a la que asoman sucesivas capas de pintura, una geografía de recuerdos superpuestos, océanos con islas, continentes bruscamente mutilados. Memorias de lo verde, de lo azul, de alguna mañana amarilla.
No añora a nadie, vive tranquila sin historias ajenas, ha utilizado el último de sus libros para fabricar barquitos de papel que navegan en el barreño donde vierte la gotera.
Atrás quedaron las visitas, tan pesadas, “No te encierres. Huele mal. Abre las ventanas. Pareces una vieja. Arréglate. Arregla la casa”, “¡Anda que…! ¡Cuando arreglen el mundo, que da asco!”, les contestaba antes de echarlos. Demasiado sabe que no hay pintura capaz de remozar las paredes de su vida, de disimular las filtraciones que corroen los cimientos y aflojan los deseos. Ni tampoco arreglo para el mundo, ni alivio para quienes lo padecen, basta cualquier noticiero para comprobarlo. Felizmente, se libró de las noticias; todavía recuerda cuánto esfuerzo le costó “quitarse de la tele”, más que quitarse del tabaco, que ya es decir, pero se alegró igual. Ahora ve programas muy interesantes en la pared, sobre todo, en esa opuesta a la puerta. Desfilan majestuosas sus obsesiones y sus miedos y se dice que, si supiera pintar, dejaría chiquitas las pinturas negras de Goya.
Como películas mudas desfilan los recuerdos. Lástima, suspira, no haber vivido más con la gente, no haber corrido por las calles, no haber amado como una insensata, ahora tendría más que recordar. Pero se resigna, se concentra y mira, se distrae con el tapiz de figuras que actúan en escenas sin paisaje y sin palabras. Verdad que nunca salen de la pared, no cobran volumen, los colores no brillan, pero ella los prefiere así, grises, planos y mudos; obedientes al mando del televisor, que ha conservado y sigue usando, porque funciona a la perfección. Adora su teatro de sombras, los sucesos de su vida recompuestos como siempre los deseó, a los que se suman las visitas de antepasados que, de otro modo, si saliera de casa, nunca habría llegado a conocer. Sólo le molestan sus padres que, con creciente frecuencia, juntos o por separado, la miran con tristeza y la invitan a seguirles, “¡Cómo si la pared tuviera alguna entrada”, protesta ella. “¿Qué se creen, que voy a hacer la gilipollez del Harry Potter ese, lanzarme de cabeza contra el muro?”. Fue la última película que vio en una sala de cine y no se le olvida. Además, ellos, ¿precisamente ellos se lo piden? ¡Ellos que le inculcaron prudencia, miedo, desconfianza a todo! ¡Al mar, a las alturas, a los perros, a la selva, a los hombres!
La “tía rica”, la llaman en la familia, temerosos de que transcurran décadas antes de heredar. La “vieja”, dicen las criadas, aunque por carnets y papeles saben que no lo es.
Y, sin embargo, lo es, aunque no han sido los años sino el rechazo a la vida y el desamor al mundo los que han arrojado a la gran ensimismada a la ratonera de la peor vejez: la anticipada.
“Los cabellos que encanecen no se guardan, solo las frescas trenzas de una mujer joven o doncella. “
Margo Glantz
Delante de mí en la fila del super del barrio esta mi vecina Paty, compra sopas, aceite, huevo, jabón, papel y tinte para el cabello. Lleva el cabello recogido en un chongo que oculta un poco el crecimiento de las raíces, el tinte que se deslava es tono borgoña, es también el color que se agota primero en los anaqueles de la tienda.
Mi amiga Luz, estudiante universitaria de menos de treinta años, destina una parte de sus gastos mensuales en comprar el tinte por mayoreo, porque así ahorra un poco y además previene que no se quede sin el producto antes de que las raíces aparezcan de nuevo. Ella tiñe su cabello cada 15 días, para asegurar que no se note el crecimiento, su cabello brilla y conserva el color intenso. En ocasiones si levanta su peinado, es posible notar también las manchas del tinte en su cuello.
La viejita de casi 80 años que labora haciendo el aseo en casa de unos compañeros, pinta cada uno o dos meses su poco cabello, y aunque es evidente que su cabello ya es totalmente blanco, es simplemente un habito que no puede ni quiere dejar, le aflige mucho que se den cuenta que “ya tiene canas”.
En México aun en tiempos de fuertes crisis económicas, hay una industria que no disminuye sus ventas: la industria cosmética. El consumo de productos de belleza está considerado dentro de la canasta básica, este país es uno de los grandes consumidores de tinte para el cabello, y no solo eso, también es donde se producen para consumo mundial, la empresa L’Oreal líder en la industria de tintes para cabello decidió colocar en el año 2012 su mayor planta de producción mundial en San Luis Potosí.
En todos los estratos sociales se consumen productos que ayuden a “vernos y sentirnos mejor”. La obligación de ser bella y joven esta tan presente en nuestra realidad, que incluso las personas que habitan en las calles llegan a consumir algún producto de belleza o higiene personal, al menos en las grandes ciudades.
Ser bella es simplemente no envejecer
La belleza como construcción social dicta los parámetros que debemos seguir, para ser exitosas, atractivas y hasta socialmente funcionales y productivas. Uno de los primeros atributos que se nos adjudican a las mujeres es tener un cabello hermoso. Desde la infancia las mujeres tendrán que marcar la diferencia con los hombres a través del cabello, llevándolo más largo que ellos.
El estereotipo seguirá toda la vida: cabello, largo, sedoso, brillante, bien cuidado y por supuesto sin canas, el modelo universal a seguir es el cabello liso y de preferencia rubio o castaño. Los rizos tampoco están permitidos, la mayoría de las mujeres afros que salen de sus lugares de origen, lo primero que buscan es desvanecer la marca que se los recuerde, el cabello rizado no figura entre los modelos hegemónicos a seguir, salvo en momentos de efímera tendencia. El estilo dominante del cabello es el largo cabello rubio.
El cabello –lo mismo que el cuerpo- nunca debe envejecer, las canas como manifestación del irreversible paso del tiempo, son enemigas naturales de muchas mujeres. Campañas enteras se han impulsado para combatirlas, las marcas de tintes mas vendidos son aquellos que aseguran desaparecerlas por mas tiempo, lapsos que máximo llega a 20 días. En el caso del “deber ser mujer” hay una sobrevaloración de la juventud y de la esbeltez contrario al ser masculino donde encanecer es símbolo de poder y hasta de fetichismo sexual.
Si bien, encanecer es una consecuencia del desgaste de las células que pigmentan el cabello, no es un proceso aceptado o reconocido por la sociedad. Es quizá el más denostado, el más negado. Una especie de fracaso estético o una forma de anular el erotismo.Todos los procesos que tienen que ver con el envejecimiento están prohibidos y mal vistos, pero encanecer –y más aun si eres joven- es el peor que te puede pasar, asumirlo es todavía más catastrófico.
Detesto el aroma del amoniaco
Descubrí mis primeras canas a los 22. Eran tan pocas que un simple corte de cabello las ocultaba, luego se multiplicaron rápidamente, probé un tinte para ocultarlas. Funcionó bien, permanecían discretas por un tiempo aceptable. Luego fueron más frecuentes y evidentes. El tinte seguía funcionando, me daba el lujo de probar tonos y marcas, el gasto era eventual y hasta parecía divertido. Al paso de los años, el ejercicio se hizo más frecuente, lo más desagradable de teñirlo era el aroma. El amoniaco no se va fácilmente del ambiente, a veces hasta cinco días para dejar de percibirlo.
Luego vino la angustia de las inevitables raíces, el cabello crecía muy rápido y cada vez era necesario teñirlo más seguido para ocultarlas. Era un cuento de nunca acabar, el día de teñirlo era felicidad por el color y desagrado por el aroma, imposible pasar desapercibido en cualquier sitio cerrado. Cuando el aroma por fin se difuminaba las raíces eran demasiado visibles para disimularlas y entonces había que volver a empezar, el tortuoso ritual se repetía. Pasaba de la tensión a la angustia, evitando las miradas directas a la cabeza, una sensación me perseguía: la de saber que todo el mundo lo notaria en algún momento. Era inútil, la gente lo sabía.
Casi una década de teñido continuo, angustia, gasto monetario, productos q tóxicos de aromas penetrantes aplicados directo a la piel, los estragos son: la resequedad en el cuero cabelludo y la pérdida paulatina del cabello que puede llegar hasta la calvicie.
Lo intenté varias veces en periodos cortos de tiempo. He cumplido casi dos años sin teñir, asumiendo mi condición genética, o mi envejecimiento que al final es lo mismo, un proceso. He vivido esta transición de mil maneras, desde la alegría hasta el llanto inesperado. Mi mayor nostalgia no es por tener el cabello gris, sino por haberlo tenido negro. Tuve que cortarlo tres veces para hacer desaparecer el resto de producto químico que mantenía en el. Mi cabello ha vuelto a recuperar su forma y su textura natural, mis rizos casi extintos han vuelto a aparecer, pero ahora son grises.
Mi decisión personal me ha encontrado en buen momento. El cabello gris esta de moda, el hashtag #grayheir es tendencia en varios países, existen infinitas galerías virtuales mostrando los mejores tonos grises, los salones de belleza ofrecen como novedad logar el color plata en tan solo dos decoloraciones, es un tono de moda entre las celebridades pop. Triste paradoja: el cabello gris teñido es aplaudido, pero si el color es natural hay una desaprobación. Porque no negar las canas es sinónimo de descuido y abandono personal, aunque ciertamente implique todo lo contrario: fuerza y valentía.
En este camino he recibido muchas críticas, agresiones y “recomendaciones”, en México incluso hay un dicho popular que disfraza la burla: “las canas son de ganas”, se asocian a la insatisfacción sexual, a la depresión y a la pobreza: ¿que no te alcanza para un tinte?. En el extremo están quienes lo aplauden pero reviste de un toque mágico el hecho: “tus canas son de bruja”, “es que eres muy sabia”, “tienes más sex appeal” ,“ es la madurez”, y un sin fin de lugares comunes y argucias para no de reconocer la naturalidad del cuerpo y sus procesos, pero sobre todo, las decisiones personales, la autonomía.
En este camino encontré grupos de autoayuda en Facebook, como si tener canas fuera sinónimo de ser adicta o alcohólica, mujeres de todas partes del mundo han creado sus espacios virtuales de esperanza y acompañamiento, para un momento de la vida en que se vuelve decisivo consolidar el carácter y enfrentar al mundo.
En medio de las ganancias millonarias que arroja la industria del tinte en este país, el mas terrible costo no es de salud o el económico, es el emocional, que arrebata a las mujeres –de todas las edades y clases sociales- su tranquilidad. Los hombres no se quedan atrás de estas normas sociales, jóvenes y viejos también acuden a “la bondad” del color efímero que da el tinte, sin embargo, son la minoría, no hay comparación con las mujeres en relación al consumo, aunque sí a la angustia. Conozco hombres inteligentes y talentosos preocupados por sus canas, como mi querido maestro anarquista que a sus mas de 60 años pretende un negro lustroso en su escasa pero larga cabellera.
La tortura del amoniaco es una realidad para muchas mujeres en todo el mundo, tendremos siempre otra opción: mirar en el espejo nuestra nueva naturaleza, dar la bienvenida a la otra edad y aprender a amar el brillo de lo eterno.
BrendaRaya (1985) Geógrafa de banqueta, artista de vidrio y papel. Fotografa aficionada y ciclista nocturna.
Cronista urbana en desarrollo. Defensora y promotora de los derechos humanos de las poblaciones callejeras,
ejecuta un proyecto educativo y de alimentación para indigentes en las calles del centro del DF.
Espiral Creativa. Colectivo formado en 2012 por la fotógrafa Mónica Zenizo, México, D.F. 1962, y la productora audiovisual Claudia Reyes “Topeiro”, Veracruz, Ver. 1976. Los proyectos del colectivo se enfocan en la recuperación de la historia oral, obteniendo en 2013 una beca del PACMYC para realizar “Entre Arrugas el Olvido, Memorias para hoy y siempre”. Actualmente trabajan con medios propios el proyecto “Voces del Puerto, letras y sueños lanzados a la mar”.
No puedo detenerme en la contemplación de la lenta transformación de mi cuerpo. La apariencia física a los 68 años no es algo que me asuste. Los dolores en cambio indican otros deterioros más internos , menos visibles que la piel. Preocupan porque dificultan los desplazamientos y la danza ya no me invita tan asiduamente. Saltar, correr, se vuelven micro acciones del cuerpo, puntuales. A veces imagino que aún es posible una danza suave, lenta sensual, como la caricia de una brisa, entre árboles o al borde del mar. Disfruto mucho mirando videos de danza contemporánea; aprecio la danza butoh en particular. Es el tiempo de permitirme descansos placenteros, como los que experimento en la hamaca en verano, balanceándome sin culpa. Volverme cada vez más lenta me permite degustar más intensamente de las cosas bellas, imperceptibles casi que cuando andamos de prisa, propulsadas por la desbordante energía de nuestros jóvenes cuerpos.
Sí, el cuerpo, mi cuerpo lo asumo; no me produce tristeza, gozo de todo lo que es aún posible de disfrutar y hacer con él. Pienso mucho en algunos maestros de Yoga, que enseñan a cuidar el cuerpo, en lo que comemos y como lo tratamos a lo largo de nuestras vidas.
El jazmín en flor tiene un aroma intenso, su flor es de un blanco muy puro, pero se desvanece en poco tiempo. A pesar de ello guardamos en nuestra memoria su perfume y su belleza es aún más conmovedora cuando sus pétalos comienzan a tomar un color té hasta quedar completamente marrones. Muchas veces me he preguntado si las flores sienten dolor cuando se van marchitando, ¿cómo ven ellas nuestros cuerpos?
Piel
cáscara
nervio
manto
pétalo del alma
paisaje
piel escritos de la existencia
mapa de nuestras intinerancias
Puedo mirar con envidia los vientres de jóvenes mujeres, pero también admiro las monumentales mamás africanas, como diosas, ondulando sus cuerpos en el andar.
Envejecer, llegar al fin de un ciclo de vida
envejecer
enlentecer nuestros pasos
volvernos suaves deseosos de afectos
Entrar en el desapego para trascender
Nota: El texto es autoreferencial sobre cómo vivo en mi cuerpo y mi mente la etapa de la vejez. Las fotografías son instantáneas que me permiten ver más en detalle los pliegues de la piel; todos los acontecimientos de nuestras existencias están impresos en ella. En cierto momento pinté mis labios y me cubrí de flores. Me sentí chamana y lo gocé mucho.
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Sandra Petrovich. Artista plástica y visual, poeta, activista, nace y vive en Uruguay. Desarrolló una intensa actividad artística y cultural en Bélgica. Participa de múltiples exposiciones individuales y colectivas . Su creación se expande en colaboraciones con otros artistas, participando en proyectos colaborativos, siendo los más destacados : Eyeseverywhere//ojosportodoslados , la colaboración con Sishima Kamikija/Minako y 2 tintas 4 manos con la artista Anahid Hagobian.
“Habría que atravesar el universo lírico Como se atraviesa un cuerpo que se ha amado mucho Habrá que despertar las potencias oprimidas La sed de eternidad, equívoca y patética” Michel Houellebecq
¿Cómo envejecemos con plenitud en una sociedad que celebra la juventud como la única etapa valiosa de la vida y que se sueña eterna? Especialmente cuando se acompaña de mandatos de belleza estereotipadas para las mujeres. ¿Cómo nos damos cuenta de que estamos envejeciendo? ¿Envejeciendo para qué, quienes y en qué sentido? ¿Envejece el cuerpo o las ideas también? ¿Dejamos de ser atractivas/os en todo lo amplio de esa palabra? ¿Todas las personas y sociedades experimentan el envejecimiento del mismo modo? ¿Es una experiencia que se vive universalmente?
Interrogantes que no podría agotar en este ensayo, donde pretendo humildemente aproximar ideas, reflexiones en voz alta.
Cada cultura y cada persona vive su cuerpo de manera diversa, da significados distintos a sus experiencias, que en ocasiones no puede ser puestas en palabras. Empero, el discurso hegemónico insiste en uniformar cuerpos, emociones, deseos y nuestra relación con la propia subjetividad corporal. Esta pedagogía del desconocimiento, de la negación de la pluralidad de las maneras de ser y habitar el mundo, oculta que envejecer es un proceso valorado de múltiples maneras en cada cultura, por ejemplo, en comunidades indígenas de México como algunas Oaxaqueñas, es simbolizada como sabiduría y otorga una posición de reconocimiento y de poder en aspectos que conciernen a la comunidad. Al contrario de nuestras sociedades culturalmente occidentales, donde la vejez es una paria, considerada el menoscabo de capacidades, la pérdida de productividad y relevancia socioeconómica. Envejecer es una carga económica para el capitalismo, porque ya no puedes emplearte, si no produces, no vales.
Personalmente, rumiar sobre el asunto de envejecer tomó preminencia cuando cumplí 30 años, con las primeras canas en mi pelo oscuro y las primeras arrugas en mis ojos, marcas de que estoy viviendo. También suelo pensar en ello con frecuencia cuando observo mi panza, después de haber parido hace tres años, casi cuatro, a mi primer y único hijo. La piel que sobra se asoma por sobre el elástico del pantalón, suave, blanda, esparcida, flácida y cómodamente en un único pliegue. Es una huella, un indicio de que mi vientre estuvo habitado durante 9 meses, un recuerdo y, por tanto, una imagen, un espejo donde mirar el pasado desde el ahora de mi cuerpo. Por lo cual, también es presente y es futuro, particularmente cuando veo crecer a mí hijo, recuerdo que mi piel carece de temporalidades exactas. Mi piel-huella me conmueve, me habla de maternar, de cuidar, de ceder y aprender, de sembrar futuro en otra vida, en quien continuará después de mí.
En ese sentido, para la estética dominante de occidente, un vientre como el mío, que refleja la experiencia de un embarazo, no se considera bello ni deseable. De este modo, se sostiene y reproduce todo un negocio de cirugías estéticas y tratamientos para borrar cualquier vestigio de flacidez, de gordura, de dolor y de vida. El vientre modelo es el vientre plano, joven, sin huellas de cambios o del paso del tiempo, aunque el mandato de la maternidad siempre se encuentra a la orden del día y el acceso a cirugías reconstructivas, a tratamientos de belleza, tengan costos altísimos al que solo un grupo social privilegiado pueda acceder. Mecanismos psicológicos perversos al que apelan el capitalismo y el Heteropatriarcado articulados meticulosamente, para mantenernos consumiendo ideales inalcanzables de modo constante.
Sin embargo, por mucho dinero que invirtamos o esmero que pongamos en negar o en ocultar huellas de envejecimiento, el cuerpo habla, el cuerpo narra el paso del tiempo y la sociedad juzga estos procesos, según parámetros hegemónicos de lo valorable o no. En esa valoración, el envejecer se presenta como el deterioro constante de la belleza, de ese cuerpo fibroso, delgado, blanco, occidentalmente performado, al que todas/os debiéramos aspirar. La piscología social explica que envejecer se encuentra relacionado hegemónicamente con la pérdida, con el deterioro de las aptitudes físicas o mentales; con la ausencia de la belleza, del deseo y del goce sexual; como un resto del tiempo que queda por vivir, es decir, como el extravío de la vida misma. Es habitual que, para muchas personas, envejecer sea el indicio de que la muerte se encuentra cercana. El miedo a envejecer es el miedo a la muerte y esta, en nuestras sociedades occidentales, goza de muy poca estima.
La muerte tan enfáticamente negada por el capitalismo, que nos vende inmortalidad en comprimidos, belleza como sinónimo de salud y juventud, blanquitud y perfección, es una maquinaria despiadada de producir insatisfacción en relación con nuestro cuerpo. Nos condiciona y hostiga para que consumamos y otorguemos enormes ganancias a las empresas dedicadas a los cosméticos, al mercado estético y médico. Se venden cremas antiarrugas, tratamientos para la celulitis, dietas que se dicen saludables, pero son carentes de nutrientes y grasas necesarias; entrenamientos de alta intensidad en gimnasios, cirugías estéticas para combatir el paso del tiempo o lo que la estética dominante señala como defectos. El horizonte es la belleza para siempre, la llamada “eterna juventud” con el consecuente efecto “Peter Pan”[1].
Entre algunas de los emergentes de estos condicionamientos, existe un aumento de la cirugía estética en las clases medias-altas, sobre todo de países imperialistas como EEUU, donde según un informe acrítico de la Sociedad Internacional de Cirugía Plástica y Estética (ISAPS)[2], el bótox es el tratamiento más demandado del mundo. Este, es un líquido paralizante que actúa localmente para evitar los impulsos nerviosos que controlan los movimientos musculares. De esta manera el rostro no se arrugará, aunque quieras reír o fruncir el ceño, el resultado es una cara que no acusa la vivencia de emociones. Podemos hablar entonces, de que envejecer es realmente un tabú para nuestra sociedad capitalista occidental.
Podemos definir un tabú como una práctica o discurso moralmente inaceptable por una sociedad en particular, espacio político, cultural o religioso. Es la prohibición de lo considerado negativo o extraño, cuya ruptura es terriblemente castigada en algunas tradiciones culturales, mientras otros tabúes son más volátiles y responden a momentos históricos y políticos. De allí que se sostenga desde la historia y la antropología, que son el antecedente inmediato del sistema de leyes con el que se “imparte justicia” en nuestras sociedades organizadas por sistemas de distribución del poder político.
El tabú de envejecer es evidentemente mayor en las mujeres, la discriminación que pesa sobre el paso del tiempo y la apariencia en nosotras, las reglas que se imponen para vestir, para hablar o para trabajar, son cada vez más rígidas con el aumento de la edad. Simón de Beauvoir (1970/2016) decía que a los varones se les permitía envejecer, ya que socialmente no se les pide frescura, dulzura, ni gracia alguna; por el contrario, se les exigía virilidad e inteligencia y la vejez no contradice dichas cualidades. Esto es fácilmente observable en las películas comerciales, las mujeres de más de 30 años no pueden ocupar papeles principales de seducción, mientras que los hombres sí, porque “maduros” (y no viejos) son considerados “interesantes y atractivos”.
Pensemos en nuestras propias vivencias al cumplir 3 décadas de vida, la manera en que nos exige ser madres, tener pareja estable y heterosexual, formar familias monogámicas, entre otros mandatos. Desde el discurso social, en nuestras familias patriarcales, se considera síntomas de problemas psicológicos no realizar ninguna de las acciones anteriores. Si eres una treintañera y no estas casada te condenan con la palabra despectiva de “solterona”, porque ya estas fuera del mercado de mujeres atractivas para los varones. Pareciera que el reloj biológico social se acelera a partir de que las mujeres cumplimos 30 años. Incluso las revistas de moda gastan páginas enteras en hablar de los beneficios que supondría ser treintañera si sigues algunos “tips” para no aumentar de peso, conservar un cuerpo fibroso, conseguir pareja, entre otros “consejos” de especialistas de dudosa procedencia científica.
Mientras nos distraen y atormentan con este mandato de juventud eterna y el tabú del envejecimiento, olvidamos que el bienestar y la salud reales, se dirimen en otros escenarios. El contexto de opresión en el que vivimos las mujeres a diario, donde nuestra vida está en riesgo permanente de poder apagarse en manos de un feminicida, solo basta mirar las estadísticas de México o de Argentina[3] para aterrarse. Las violencias contra las mujeres son múltiples, desde la violencia física y simbólica, hasta la feminización de la pobreza, el racismo, la injusticia erótica; el escaso conocimiento de nuestros procesos corporales, de nuestra sexualidad, el control médico-farmacéutico de la sexualidad y del envejecimiento, entre otros problemas que afectan nuestro bienestar real. Debemos abrir los ojos urgentemente, no es el paso del tiempo lo que nos afecta sino su patologización, su desmerecimiento social y la discriminación permanente, así como la violencia simbólica y física por parte del capitalismo Heteropatriarcal.
Asique estimadas/os lectores/as, antes que perseguir estereotipos de bellezas inalcanzables, invertir tiempo, energía física y síquica en modelos de juventud inalcanzables, nos esmeremos en buscar nuestro propio camino de realización, que solo es posible de manera colectiva. Las mujeres y las sexualidades disidentes necesitamos agruparnos para desafiar esta sociedad sexista y desigual, que nos atormenta con modelos heteronormativos de amar, que nos controla a través del androcentrismo en todas las instituciones por las que transcurrimos. Luchar por nuestro derecho a ser diversos/as, orgullosos/as de nuestro cuerpo y sexualidad, bregar por una vida sin violencias e imposiciones normativas y combatiendo que el paso del tiempo sea considerado una patología.
Finalmente, el problema no es envejecer, no existe algo como una pérdida de belleza objetiva, sino fantasmas que se reproducen desde el sistema de mercado para plagar nuestra vida de insatisfacciones y consumos, para perseguir modelos de belleza insalubres y opresivos que sólo pueden condenarnos a la tristeza y a la pérdida de soberanía sobre nuestro cuerpo y goce. Por eso, más que temer a la vejez, debiéramos lamentar que distraernos en mandatos irrealizables, genere que llegado el momento donde paremos con la productividad constante a las que nos condena el sistema, nos miremos, nos enfrentemos al espejo, y descubramos que ya es tarde para hacer todo lo que te perdiste mientras penabas envejecer. Como dice Saramago y espero las mujeres podamos también algún día gritarlo: “Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos. ¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa! Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento”.
[1] El psicólogo Dan Kiley describió por vez primera la actitud “Peter Pan” como la actitud de negarse a crecer, madurar y asumir compromisos con la propia vida. Un deseo de niñez y juventud eterna.
[3] En Argentina, durante el año 2014 hubo 225 femicidios, un asesinato de mujer cada 39 horas. La cifra trepó en 2015 a 235; una muerte cada 37 horas. Y en el año 2016, los casos fueron 254. El vínculo entre el feminicida y la víctima es mayormente pareja o ex pareja. En 37 de las muertes participó algún familiar; en 31, alguien conocido, y sólo en 23 no hubo vínculo previo (Cifras de la Casa del Encuentro, ONG Argentina). La franja etaria de mayor vulnerabilidad se encuentra entre los 21 y 40 años, tanto para las víctimas (49%) como para los feminicidas (58%). En lo que va del año 2018, específicamente hablamos de sólo una semana, 57 mujeres fueron asesinadas por su condición de género.
En México la situación para las mujeres no es mejor. De acuerdo con informes del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), del año 2000 al 2015 se cometieron 28 mil 710 feminicidios contra mujeres, es decir cinco por día. Las cifras reflejan un aumento de 85%, al pasar de mil 284 asesinatos ocurridos en el año 2000; a dos mil 383, en el año 2015. En 2015, la Secretaría de Gobernación (Segob), a través de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), emitió la declaratoria de Alerta de Violencia de Género (AVG) para 11 municipios del Estado de México: Chalco, Chimalhuacán, Cuautitlán Izcalli, Ecatepec de Morelos, Ixtapaluca, Naucalpan de Juárez, Nezahualcóyotl, Tlalnepantla de Baz, Toluca, Tultitlán y Valle de Chalco Solidaridad, los cuales concentran los mayores índices de violencia feminicida. Según esta misma dependencia, de enero de 2014 a septiembre de 2015 se registraron 504 asesinatos de mujeres y en 2016, 236 feminicidios. La coordinadora del Observatorio Mexiquense de Feminicidios, Desapariciones y Violencia de Género, Yuridia Hernández, dijo que documentaron 236 casos de feminicidio en 2016. A su vez, el procurador Alejandro Jaime Gómez Sánchez informó que del 1 de enero al 18 de noviembre del año pasado se registraron 61 casos de feminicidio en la entidad.
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Gabriela Bard Wigdor. Investigadora Asistente del Consejo Nacional de Investigación en Ciencia y Técnica de la Argentina (CONICET), Docente de la Facultad de Cs Sociales de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), Doctora en Estudios de Género, Magíster y Licenciada en Trabajo Social por la UNC. Militante feminista.
‘Juventud, ¡me vas a escuchar! – Ya sé que tienes la tendencia a irte sin decir nada – y yo, por mi parte, no te dejaré partir tan fácilmente y me aferraré a ti como una muerte sombría’.
‘Youth, listen to me! – I know you have a tendency to leave without saying anything – I for one won’t let you get away with it so easily and I’ll be hanging on to you like grim death’.
‘Según las encuestas, los especímenes humanos que somos no experimentaremos orgasmos en los últimos años, sino que comenzaremos a escribir blogs, a cuidar el jardín y a cocinar – ¿quién dijo?’
‘According to surveys we mature specimens of humanity won’t be experiencing orgasms in later years and we will need to start blogging, gardening or cooking – who said?!’
Deja de hablar como si la edad no te escuchara
¿Qué sigue?
Llueven hombres. Tres hurras para las chicas de Ibiza
La revelación de la edad
Estoy perdiendo la voluntad
Esperando el amor
Bolsillos de soledad. La fragilidad de mi corazón
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Sue Williams (Nomorepink/Nomásrosa), nace en Cornwall pero vive en Gales, donde ha desarrollado su carrera. Con un reconocible cuerpo de obra y un historial de exposiciones en los 5 continentes, el trabajo de Sue es de un dibujo crudo, poderoso, desafiante y cargado que habla sobre la sexualización de la sociedad occidental, el feminismo, el género y la cultura de un mundo complejo y frágil.
En el video-performance Entre-telas, vemos el tiempo esculpido entre el cambio y la permanencia. En la sucesión de las imágenes vemos a la artista, su madre y sus dos hijas apareciendo en la pantalla a medida que el balance de la silla las avanza o las retrocede. Entran y salen de la pantalla. El momento. Implacable. En la pantalla aparecen fragmentos de cuerpos de frente uno al otro. El tiempo no es recto. Tenso entre la identificación, simetría, diferenciación, armonía. El ruido del movimiento de las sillas es el fondo de la forma producida por el encuentro en movimiento. Hay caos. Pero también hay cosmos. El vídeo se presenta en una instalación, delante del cual está colocada una mecedora estrechísima en la que nadie puede sentarse. Las mujeres de la imagen no caben en la silla en cuerpo real. Hay algo de inadecuación y de muerte. Pero también hay algo de desbordamiento y de supervivencia en las imágenes que entrelazan a las generaciones.
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Beth Moysés. Nace en Sao Paulo, Brasil, en 1960. Su poética autoral, ya sea a través del soporte fotográfico, vídeo, objeto, instalación, performance o dibujo, se enfoca en la situación real de la mujer y sus relaciones afectivas, especialmente las que se desarrollan en contextos de violencia. Activa desde 1990, en 2000 comienza a realizar performances públicas con colectivos de mujeres en diferentes partes del mundo.
Suzy Lake, Belleza a una distancia prudente /Cantando,#1-China (2001-2002/2017); Derechos: Suzy Lake; cortesía de la artista y Georgia Scherman Projects.
Por Yan Zhou [curadora]
Suzy Lake nació el año 1947 en Detroit, Michigan, USA. En 1968 emigra a Canadá a causa de la situación socio-política en Los Estados Unidos de los años 60.
Una de las primeras artistas en Canadá en adoptar tanto el performance como el video y la foto para explorar las políticas de género, el cuerpo y la identidad que ha influenciado generaciones de artistas y de público.
Lake aborda la relación entre las fuerxas sociales y la representación para revelar sus constreuctos culturales .“Ella comenzó a explorar la naturaleza de lo femenino y la identidad antes que Cindy Sherman se pusiera una peluca o dientes falsos (Kustanczy, 2015).” Sus comentarios políticos y sociales son a la vez poderosos y sutiles.
Susy Lake
En el mundo hiperreal de las sociedades contemporáneas descrito por Jean Baudrillard, la gente vive con y en imágenes, espectáculos y signos que son más reales que la realidad. El sujeto contemporáneo existe en una esquizofrenia, fragmentado y perdido. Adictos al éxtasis de la comunicación, los sujetos en están demasiado próximos a la información e imágenes instantáneas en un mundo transparente y sobreexpuesto. Unx “se convierte en pantalla pura, en una superficie de absorción y re-absorción pura de las influyentes redes” (Kellner, 2007).
En la actualidad las redes sociales son tan predominantes que se han convertido en una parte importante de nuestras vidas. En este mundo la representación de las mujeres está dominada por la nueva tendencia a la apariencia construida individual y colectivamente a través de filtros y del encanto de los “likes” característicamente jóvenes, suaves y brillantes. Los verdaderos seres detrás de estas imágenes presentadas y representadas, y sus diferencias como individuas, se borran. No hay resistencia alguna ante esta hiper realidad, ni halo, ni aura.
Lake ha investigado cuestiones sobre la vejez, la belleza y los efectos de la moda y la cultura pop en las mujeres. Sus autorretratos son una postura de discreta resistencia ante la destrucción de la persona, desafiando la imagen fabricada por esta sociedad hiper realista. En estos retratos, Lake ocupa un espacio donde la vida se posiciona sólidamente con su total experiencia y canta decidida la riqueza y plenitud de la belleza saturada de vida.
Belleza a una distancia prudente /Cantando es un enorme tríptico que muestra acercamientos de la boca de Susy Lake mientras canta. La boca abierta, los labios rojos, las arrugas y el vello que la rodea desafía a quien la observa: “ ¿te atreves a mirarme sin sentirte abrumadx por la verdad, la belleza y la edad?”
Su obra reciente toma cada vez más un aire de serenidad, “un empoderamiento callado”, según sus propias palabras, en el que celebra el envejecimiento, la madurez y la experiencia. Esta obra da una voz a la resistencia.
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Zhou Yan ( Xi’an, China). Es curadora independiente, escritora sobre arte y literatura, traductora de poesía del inglés y el mandarín. Vive en Toronto, Canadá.