Abrir publicación

Encanecer desde las sienes al coño

foto-de-Kani-ArkadaWEB
Fotografía Kani Arcada

Por Julia Antivilo

Cuando te aparecen las primeras canas, pues no pasa nada, te ríes haciendo bromas como que por fin tienes para tirarlas al aire, pero con la primera cana en el coño, comienzan miles de conjeturas sobre el peso condenatorio de sentirse vieja como un deshecho en esta sociedad patriarcal, y te asaltan preguntas ¿debo aterrarme? ¿me la saco y hago como que nunca la vi? ¿Qué me da miedo de eso? ¿Realmente me asusta? ¿Me gusta, me das más matiz? ¿La presumo? Y bueno cuando ya van varias es definitivamente mejor presumirlas, sentirte y desearte más.

     Hace varios años atrás en Bogotá dando una conferencia performanceada que hablaba sobre el amor romántico, la monogamia y otros males, en el momento de las preguntas, una mujer levantó la mano para que le contara como lo hacía con respecto a la edad cuando decidía ligar con alguien. Mi respuesta a ese cuestionamiento fue un poco parcial pues di por hecho que hablaba de ligar con menores de edad, y fui políticamente correcta en decir que lo hacía solo con mayores de 18 años. Aunque reconocí que ha habido ocasiones en las cuales me he enrollado sexualmente con personas de 18 años y un poco más, es decir, mucho menores que yo, y que me había causado conflicto al verles tan chicxs. Pero tras conocerles y si no son realmente pendejxs, en amplio sentido desde sur a norte, o sea infantil o imbécil, ya decidía si me apetecía coger o no. Sin embargo, ella no quedó satisfecha con mi respuesta, más bien quería saber otra cosa, que yo había dado por sentada, y volvió a preguntar ¿y qué pasa con las personas de juventud acumulada, como yo? Y me enamoré de esa mujer y de su concepto genial con respecto a los años que acrecentamos llenos de vida. A lo cual le respondí encantada, y que me había cambiado la visión del paso de los años con ese término, pero que no tenía problema con ello. A pesar de que tampoco tenía tanta experiencia con personas mucho mayor que yo, pero no me causaba para nada un conflicto, ni duda.

      Pensé estúpidamente que me había ligado a esa increíble mujer, la busqué al final de la conferencia pero no la encontré. En cambio, y para mi sorpresa, después de que conversara con varias personas al final de la conferencia performanceada, se me acercó una chica muy guapa y que realmente se veía muy joven, que ya había notado que me miraba con insistencia. Me dice que le gustó mucho mi conferencia y me da un beso en la mejilla y deslizándose hacia mi oído, me comenta que es mayor de edad. La historia la dejo aquí para sus mentes retorcidas, pero cuento esto por la importancia del concepto que aportó esa mujer de juventud acumulada para la epistemología feminista que poco encara el paso de los años o encarnar lo viejx, que es también político.

     Sin duda acumular la juventud le toma el peso y le pone el cuerpo a un envejecimiento activo. Mucho hemos hablado desde un feminismo con un axioma centrado en la experiencia, que se ha analizado principalmente desde la experiencia del aquí y ahora, pero no de la que se acumula en el cuerpo como otro punto neural del feminismo, lo digo como invitación a reflexionar sobre cómo vamos encarando no solo las canas, que nos encanta también tirarlas al aire en el sentido metafórico popular … sino también, nuestros pliegues rugosos o el cansancio a veces funesto de saberse en un mundo machista de mierda … y corporizar en el propio cuerpo a la vieja de mierda (muy bien representada en Violencia Rivas) y sacamos la autoridad del devenir Señora, así con mayúscula porque esa es autoridad para no dejarse atropellar. Sólido devenir enriquecido con la sabiduría de la experiencia, la terquedad y la zorroridad[1] feminista.

     Acumular la juventud o experienciar la juventud acumulada es vivirte en la alegría de seguir creciendo cada día con iniciativas comprometidas contigo misma y tus compañerxs por un porvenir mejor que el que nos bancamos en la actualidad. Si bien el cuerpo ya no resplandece de lozanía juvenil, el vigor no se acaba con el paso de los años sino te lanza a atreverte siempre a más y en eso el feminismo es un gran aliado. Esto no es una mera reflexión optimista después de tomar la opción de seguir bancándote este jodido mundo heteropatriarcal, sino es una certeza que he visto en muchxs feministas de juventud acumulada que son lo máximo, como por ejemplo; Eva Izquierdo, Carena Pérez, Ana Victoria Jiménez, Dora Barrancos, Mónica Mayer y un gran número más de bakanas feministas.

     Quien no se atreve a más con los años es que no ha aprendido a vivir libremente. Aún no ha podido tejer entre la teoría y la praxis feminista. Loquillas de jóvenes, más locas de viejas, atrevidas y brujas sabias, ese debería ser nuestros horizontes libertarios si nos pensamos en el devenir de los años. Acumular juventud, mantener un espíritu libre y sanamente acumular años que valen la pena y la alegría de vivirlos. Encarnecer con orgullo desde las sienes al coño, y esas no tirarlas al aire pues duelen mucho, jajjaa.

[1] La zorroriedad es la capacidad de sentirnos en la astucia y en el glamour. La zorroriedad es tener la convicción de hacernos más cabronas con los años. La zorroriedad, así como su prima la sororidad, parte del reconocimiento mutuo y la complicidad para todo, especialmente en la maldad feminista.

[divider]

Fotografía: Producciones y Milagros A.C.
Fotografía: Producciones y Milagros A.C.

Julia Antivilo. Historiadora y artivista performancera feminista (Huasco, Chile, 1974). Ha escrito Belén de Sárraga. Precursora del feminismo Hispanoamericano, junto a Luis Vitale (2000) y Entre lo sagrado y lo profano se tejen rebeldías. Arte feminista Latinoamericano (2015), así como artículos en revistas sobre estudios culturales, el papel social y cultural de las mujeres y arte, género y feminismos. Es doctora en Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad de Chile, hizo una investigación posdoctoral sobre Artivismo y disidencia sexual en América Latina (UAM). Colabora con los grupos de arte (y con sus archivos); La Pocha Nostra, Pinto mi Raya, y Producciones y Milagros Agrupación Feminista A.C.

Abrir publicación

Yo, hoy

por Rosa Borrás

Esta es una serie de fotografías digitales de un cuaderno de apuntes que inicié en 2007 y en el que he dibujado intermitentemente a través de los años, hasta el 29 de diciembre de 2017.

Los dibujos son autorretratos que narran mis cambios físicos y estados de ánimo. Son hechos a tinta (de pluma fuente o plumilla y tinta china). El cuaderno (cerrado) mide 16 x 11 cm .

[divider]

rosaBorras

Rosa Borrás. Ciudad de México, 1963. Estudió diseño gráfico en la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, EDINBA (l981-86) y artes plásticas en el Massachusetts College of Art (1989-94). Cursó el diplomado en Gestión Cultural Ibero Puebla (2008). Ha dirigido proyectos independientes como Estudios abiertos Puebla-Cholula y la réplica de Bordando por la Paz en Puebla. Actualmente se dedica a la gráfica y el bordado con temas políticos y sociales contra la violencia, por la paz y la memoria.

Sitio web: http://www.museodemujeres.com/es/artistas/index/21-borras-rosa

Abrir publicación

El paso del tiempo

Fotografía Louise Bourgueois
Fotografía Louise Bourgueois

Por Magaly Cid

 

Abrió las puertas sin preguntar nada…

Me acosté con un latido radiante,

desperté sola sin contemplarme frente a él.

 

Solía sentarme en el sofá,

mirar mi silueta, simular sus manos:

abrazarme pensando en todo.

 

Rompí la luz para evitar las sombras,

para borrar figuras,

para no ver, no sentir.

 

El eco de sus palabras al emigrar

traspasaron mi caparazón,

rompiendo cada parte de mi alma.

 

En su comportamiento absurdo,

me llenó de dudas, de temor,

sin darme cuenta que aquel error no era mío.

 

Llegué a aborrecer mi piel,

mi rostro, mi vientre…

A sentirme ajena de cualquier muestra de amor.

 

Esa fotografía, esa imagen me perseguían,

mi inseguridad crecía al compararme,

me odié por el tiempo en mí.

 

Me acosté con un latido lento… fatigado.

Soñé con mar, con dulces,

con el vestido blanco que me quedaba bien.

 

Desperté…

Reaccioné…

Miré mis ojos, esos que ya no podía ver.

 

Soy yo, es mi ser.

Permanezco viva sin sus golpes,

sin los látigos verbales… sin él.

 

Al fin me miro,

estoy frente al espejo.

Todo es mejor:

todo está bien.

[divider]

MagalyMagaly Cid. Humano mujer… https://www.facebook.com/MaGaLy.CiD

 

Abrir publicación

Inner Beauty

[divider]

Helinä Hukkataival (1941 Helsinki, Finlandia) es una artista visual, performancera, profesora de arte.

La vida ordinaria, especialmente la cotidianeidad de las mujeres, sus acciones y objetos han sido la inspiración de mi obra, en la cual abordo principalmente el tratar de encontrar la universalidad dentro de experiencias personales.

 

Abrir publicación

Unsex me here – parte 2

por Adriana González Mateos

Esas escenas serán el centro de mi obra. Lady Macbeth es muy joven en ese momento y va vestida de colores claros, casi una novia, aunque cargada de responsabilidades que dan dignidad a su figura. Con esa compostura de ama de casa abre la carta y pasa velozmente sobre los saludos: sabe que a las efusiones amorosas no tardará en seguir una lista de instrucciones. Los espectadores se van a sentir incómodos sin saber por qué: más de uno sentirá una bestia emboscada en sus gestos, un rugir apenas domesticado. Parece una dama, pero viene de una selva anterior al castillo a donde está a punto de llegar Duncan, de ceremonias en grutas cubiertas de pinturas y plegarias a los árboles. Nada la prepara para encontrar, a mitad de la página, un mensaje dirigido a todo lo que se ha acostumbrado a suprimir. Al leer las palabras de las brujas, la señora de Glamis mira por encima de su castillo, de su vida conyugal, de su feminidad aprisionada en ese mundo de soldados. Su respuesta truena como un relámpago: unsex me here!

Toda mi experiencia, mis años de oficio van a ser desafiados para encarnarla, porque al avanzar en ese parlamento voy a ir envejeciendo por instantes, arrastrada por el tumulto de palabras enfebrecidas, hasta que al final tenga el aspecto, la voz de las brujas. El traje blanco se habrá teñido de un verde serpentino, el color de una esperanza letal. El de los bosques sublevados para destruir este mundo y afirmar que otro es posible.

En la cara de Roberto vi lo que quiero sentir en el público. Levantó su copa para obligarme a hacer una pausa. Bebí sin dejar de pensar en la invocación.

El calor del vino me calmó un poco. Traté de explicarme: a través de siglos muy convencionales se ha leído unsex me como una petición ortodoxa y para todo público: el natural femenino de lady Macbeth, inclinado a la compasión y a la culpa, ha de ser reemplazado por la crueldad indispensable a quien ha de asesinar a Duncan, alguien que según este pasaje ya no será mujer pero tampoco necesariamente hombre, sino un ser (unsexed) convocado por la magia. Que esta transformación no será sólo espiritual, sino física, se establece cuando suplica que la leche de sus pechos se convierta en hiel. Dos líneas antes la señora de Cawdor se refiere a la sangre: make thick my blood puede ser aplaudido por cualquier espectador del Globe como una metáfora más o menos obvia de la insensibilidad moral. Pero la sangre se hace más espesa cuando se acerca la menopausia: se llena de coágulos, fluye más lenta y más impredecible, más escasa. Lady Macbeth se aproxima a las brujas, empieza a parecerse a ellas a medida que describe este cuerpo post-sexual. La súplica adquiere un sentido más corpóreo:

make thick my blood,

Stop up the access and passage to remorse,

That no compunctious visitings of nature

Shake my fell purpose,

Cómo se notan aquí las tachaduras de Will, el agregado del remordimiento y la compunción a estas visitas de la naturaleza, potencialmente debilitadoras, que deben interrumpirse si la sangre se hace más espesa, si se bloquea el acceso y el pasaje del sexo y el nacimiento, este canal que atraviesan los nacidos de mujer pero jamás fue cruzado por el vengador Macduff, cuya figura empieza a insinuarse desde aquí. Lady Macbeth cambia su cuerpo femenino por otro capaz de moldear al destino. Ya no será esposa de un thane ni le dará hijos: es emisaria del mundo gestado en el caldero de las videntes.

La próxima escena seguirá enriqueciéndose en cada función. Estoy segura. Roberto empezó a añadir detalles, imaginando su caracterización del asesino. La muerte de Duncan no será un vulgar crimen por ambición, sino un ritual para marcar el pasaje del ama de casa a la guerrera. El marido cumple aquí funciones indispensables, pero secundarias. Es Lady Macbeth quien planea, decide y se obstina para no desistir; que él obedece designios superiores es evidente cuando trata de asir una daga alucinatoria, una flecha que señala la dirección de sus pasos: su destino. Deberías parir sólo varones, dirá más tarde. Roberto y yo imaginamos la ironía de Judith, las correcciones bien intencionadas o vanidosas de Will, escenas en que ese comentario sonaría patético o amargo, descripciones de la soberana. Todo irá anudándose hasta que ella o yo nos alcemos en el centro del escenario y me despoje de la ropa que me ha atado a funciones subalternas; al embadurnarme con la sangre del rey anuncio que esa mujer no volverá a menstruar. ¿Tachó Will el momento en que ella se ceñía la corona frente a las brujas, antes de ponerse un vestido negro? ¿Con qué gestos saludaban esa consagración; qué parlamentos se han perdido?

Roberto me interrumpió: cómo no pensar en la reina virgen, muerta poco antes sin haber parido un heredero. Todo este drama en torno a la maternidad negada y al poder debe haber sido muy actual. Nos miramos sobre las tazas de café, imaginando una nueva lectura, una Judith hasta entonces desconocida. Las manos ensangrentadas de Lady Macbeth podrían haberse convertido en un panfleto o en una denuncia inconveniente. ¿De verdad Judith suprimía las escenas sobre la posteridad de Banquo por ignorancia de la política, o bien denunciaba conspiraciones y asesinatos recientes? ¿Hablaba por un partido opositor? La hipótesis de su suicidio para evadir un embarazo nos pareció limitada, casi humillante. Qué poco sabemos de su vida, qué huellas ha dejado por ahí, cuántos mensajes leídos a medias.

Espera, le supliqué. Déjame seguir contándote. Fíjate cómo desde esa escena suprimida de la coronación frente a las brujas la sangre sigue corriendo y va inundándolo todo: ya no limitada por las mensuales visitings of nature, se desborda hasta invadir todo el espacio escénico, hasta que Macbeth se describe inmerso en sangre, ya incapaz de salir de ese fluir descomunal:

I am in blood

Stepp´d in so far that, should I wade no more,

Returning were as tedious as go o’er

A ella, en cambio, la sangre se le concentra en las manos: miembros para empuñar las armas, el cetro o la pluma, como si la escritora se complaciera en ese mínimo reflejo aunque la reina la usara sólo para firmar una sentencia. Quizá el rojo es el color de la decisión. ¿Garabateó Judith la escena del remordimiento, el inútil intento de lavarlas, o se la debemos a Will? ¿Suprimió por ahí algún monólogo sobre la razón de estado y la voluntad de poder? ¿Lady Macduff es sacrificada porque se niega a abandonar su vocación maternal o porque es incapaz de hacerlo? ¿O tal vez para perfeccionar la función mágica de Macduff, quien no nació de mujer ni tiene ya hijos?

Seguimos hasta muy tarde con preguntas así, con escenas, vestuarios y utilerías imaginadas, llevados en parte por el vino, en parte por la alegría de imaginar cada vez mejor el espectáculo. Vi cómo Roberto se acababa su copa y por unos instantes me sentí incapaz de añadir nada. Le sonreí para reiterar el gusto que me da seguir trabajando con él, colaborando tantos años después. A la distancia, nuestro romance parece tan poco importante en comparación con el diálogo de ahora.

Ya sé: si se lo digo va a mover la cabeza y va a hacer un comentario halagador. Puede ponerse muy serio, hasta decir que me negué a ser feliz con él, jamás ha dejado de añorarme ni encontró a nadie como yo. Nunca le creo, quizá porque a las pocas semanas de terminar conmigo ya andaba con otra. De todas maneras, en las miradas de ambos, en los saludos, acechamos todavía el minúsculo gesto para reiterar que todavía nos gustamos. De repente sentí todo eso como un traje pasado de moda. Shakespeare no lo dice, pero es obvio: como yo, lady Macbeth se estaba acercando a un cierto crepúsculo. He sido una mujer muy atractiva: ahora soy la apariencia de una mujer atractiva, el cascarón, el andamiaje, las instalaciones ya desocupadas y en proceso de desmantelamiento. Él está arrugado: sus ojos siempre fueron espléndidos, pero ahora brillan como la última señal del hombre que recuerdo. Según acaba de contarme, su hija está embarazada: éste va a ser su primer nieto.

Al despedirme comprobé qué alivio es no querer quedarme, no sentir ya esa ansia de roce, esa hambre de su piel ni de ninguna otra. Me gusta conversar con él, divertirnos, llamarlo y recibirlo sin las ansiedades que sentía cuando estuvimos enamorados. Quizá siempre sigamos diciéndonos requiebros: esas pequeñas cortesías endulzan el trato de los viejos. Pero algo en mí ha desaparecido y ni siquiera se despidió con las tramoyas del teatro isabelino.

Empezamos los ensayos dentro de una semana. Todavía hay mucho que hacer, muchos preparativos, pero la obra saldrá bien. Ni siquiera me acordaré de que afuera del teatro hay otra vida, aunque en algún momento bajaremos del escenario y retomaré otros parlamentos.

¿Y si hubiera alguien más en mí cuando acabe esta mudanza, si unsex me fuera como abrir una puerta?

[divider]

Adriana González Mateos da clases en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha recibido varios premios por su trabajo literario:Foto-4 ha publicado traducciones de poesía, cuentos, crónicas, artículos académicos, ensayos y las novelas El lenguaje de las orquídeas (Tusquets 2007) y Otra máscara de Esperanza (Océano 2014).

 

Abrir publicación

El Arte de Envejecer

Evelin Stermitz The Art of Aging 2011
Evelin Stermitz
The Art of Aging
2011

*Video fotograma cortesía de la artista

Este video revela el uso irracional de productos anti-edad en tiempos de una cultura obsesionada con la juventud y su envejecimiento. Incluso los sofisticados nombres de los cosméticos son oscuros y describen promesas fuera de la realidad. El mercado de productos anti-edad se mantiene boyante por la creciente necesidad de cosméticos para mejorar la apariencia y vencer los signos de la edad entre la población, de acuerdo con un reporte de Global Industry Analysts. Los cambios en los estilos de vida de las consumidoras que quieren incrementar sus esperanzas de longevidad con prácticas en su arreglo personal, resultan en más tiempo y dinero gastado en arreglos superficiales para minimizar los efectos de la edad.

A pesar de la gran demanda, muchos de esos productos y tratamientos no han probado tener efectos positivos mayores o duraderos. Se ha descubierto que los productos de más alta gama suavizan algunas de las líneas y arrugas más finas en menos de un 10 por ciento tras su uso por 12 semanas, lo que es difícilmente visible para el ojo humano.

http://artfem.tv/id;23/action;showpage/page_type;video/page_id;The_Art_of_Aging_by_Evelin_Stermitz_flv/

El Arte de Envejecer
video performance
DV PAL/NTSC 2011
3’ 29
Performance, sonido y video de Evelin Stermitz.

Evelin Stermitz. Nacida en Austria, trabaja en el campo del video, performance y net art, enfocada en arte feminista post-estructuralista. Es la creadora de ArtFem.TV, archivo web de videos feministas, y de El Mundo de los avatares femeninos, web que busca abrir el debate sobre los cuerpos en la red.

http://world-of-female-avatars.net

http://evelinstermitz.net/

http://artfem.tv/

Abrir publicación

Arrugas en el corazón

Abuelo 2005-2005
Abuelo
2005-2005

Por Marthazul

De pequeños queremos ser mayores, y de mayores queremos ser pequeños. Queremos crecer muy rápido, vivir la vida sin detenernos, y cuanto más vivimos más renegamos del paso de la edad, porque cuando menos te lo esperas, te levantas un día y dices ver arrugas en tu rostro, canas en tu maravillosa cabellera, etc. Posiblemente aparecieron hace tiempo, pero tú estabas en otras historias que ni te diste cuenta ni te importó, y ahora de repente pasa a ser tu máxima preocupación.

Debemos de asimilar que somos humanos, parece que es algo que se olvida, y por eso surgen dilemas tipo Nicole Kidman, Rene Zellweger, o Uma Thurman, y se arma una revolución mediática mientras otra gente no tiene qué comer.

Realmente muchxs se obsesionan con ser jóvenes, pretenden quedarse en los 20 (algunos también mentalmente), o no pasar de los 40, empezar a ocultar la edad diciendo taitantos, y negar su naturaleza.

Las arrugas son huellas de vida, de sonrisas, de lágrimas, de trabajar, de cuidarse, de genética… de cumpleaños, de tiempo. Queremos vivir, no morir nunca, y no tener arrugas. Es un sinsentido, uno más del ser humano.

Escuché demasiadas veces si este retrato de la mirada de mi abuela era real, si de verdad tenía tantas arrugas. También la retraté cuando era más joven, cuándo aún no era abuela, y nadie me preguntó nada, sólo se limitaban a decir que qué guapa era. Con este zoom ampliado de su mirada todos se impresionan, porque no quieren ver la realidad tal como es.

AbuelaMarthazul,-2004Web
Abuela 2004

Una muestra más de que a la sociedad le importa más lo de afuera, el qué dirán, lo que se ve, el cómo me verán. Alucino con la gente que se obsesiona con su piel, adicta a las cremas y los tratamientos milagrosos. Toda esa obsesión por algo que está a la vista, y que les hace olvidar cómo tienen el hígado, el riñón, el páncreas… y el corazón.

Marthazul, febrero 2015

[divider]

Marthazul. PINTORA con diabetes. Besadora de árboles y, a veces, casi fotógrafa.

Web: https://marthazul.wordpress.com/

Abrir publicación

Amar el cuerpo que envejece

Por Gloria Luz Rascón Martínez

 

 La vejez es un más allá de mi vida, del que no tengo experiencia interior plena.

Simone de Beauvoir

 

Nacer, implica abandonar el reposo en el tibio vientre materno para salir e iniciar la lucha de ser en la vida, experimentando en ese desprendimiento una primera pérdida de las tantas que aparecen en el proceso de transformación del tesoro hecho cuerpo-mente, el cual se va renovando a cada paso. Así entre ser y dejar de ser, entre tener y abandonar se emprenderá un camino pleno de experiencias que conducirán inevitablemente hacia el final de la existencia. Desde el inicio la mente va configurando imágenes de sí, mediante la integración de las diferentes formas, funciones, impulsos, afectos, deseos del propio cuerpo, imágenes en las que vamos reconociendo lo que somos, lo que significamos para los otros y para nosotros.

El cuerpo-mente va recibiendo durante su camino mensajes del mundo exterior que hacen que las personas reformulen constantemente quienes son, donde están, que valores tienen, que son para los otros, cuales son los sentidos de la vida. Así el grupo cultural impone la diferencia del valor y sentido del ser según el sexo, la edad, el grupo étnico entre otras características.

En la construcción del imaginario social de ser mujer que se recibe en la mente, prevalece la idea de un ser delicado, débil, apacible, hermoso que por ello carece de capacidad para ejercer la autonomía y enfrentarse a la vida pública, entonces el sentido de vida de ser mujer se proyecta al cuidado de los otros y de su belleza para conquistar al hombre que la cuidará en el espacio privado, teniendo como valor principal la maternidad. Es en este punto donde se establece en el camino de las mujeres el inicio de uno de los tantos conflictos que pueden impulsar la fuerza interior para enfrentar y hacer las rupturas de lo establecido en cuanto género, raza, edad y reconfigurar valorando con la reflexión crítica la imagen y el significado de ser para sí y los otros.

En medio del conflicto por reconfigurar el significado de ser, se va descubriendo en el cuerpo-mente los cambios inesperados de la niñez a la pubertad, la adolescencia, la juventud, la madurez, la vejez, cambios a los que nos tenemos que ir reacomodando, con ello a la vez reorganizando nuestra identidad –pensar qué somos y para qué estamos- lo cual se cargará de afectos de aceptación o rechazo según respondamos a nuestras expectativas y a lo que los imaginarios de la cultura nos señalan.

Con esa identidad siempre en transformación organizamos acciones y lazos con el exterior del que formamos parte, con el que podemos chocar al resistir y revelarnos frente a la concepción hiriente de ser mujer bella, débil, sumisa, de esconder el cuerpo sexuado, envejecido, pecaminoso, que debe ocultar sus pechos, genitales, menstruación con vergüenza, al renunciar a la maternidad como sentido obligatorio para ser mujer, de repudiar los valores sociales de belleza en cada etapa, para defender la libertad de ser y no responder sumisamente a las determinaciones culturales de la tradición, aunque con ello se ponga en juego la aceptación afectiva que siempre buscamos a cambio de resignificarnos con el respeto y amor a nosotras mismas en cada etapa de nuestro ser.

Al paso del tiempo en el intento de convertirnos en lo que deseamos alcanzar y en el recorrido de esa transformación encontramos siempre un cruce de puentes entre el presente y el futuro con sus cambios ineludibles, donde suele resurgir el conflicto de abandonar la imagen que hemos construido para dar paso a nuevas formas de ser y seguir adelante. La dificultad aparece porque no es claro que buena parte de las experiencias alcanzadas en la lucha por ser libres, formarán parte del equipaje del cuerpo-mente que en mucho ayudarán para ir al encuentro y disfrute de lo nuevo.

Sin embargo cuando encontramos la apertura hacia cada nueva instancia de la vida y proyectamos los nuevos alcances personales, no se puede evitar como parte del proceso de desapego la añoranza de esa imagen de sí, especialmente la significación de ese cuerpo-psique al que hemos habitado y configurado desde el nacimiento. Ese pasaje de despedida para dejar de ser, ese dejar morir algo, resulta indispensable para poder renovarse y florecer con nuevas ilusiones.

En ocasiones en esa añoranza penosa se quisiera regresar a lo abandonado pero al mirar hacia atrás percatándose que el puente ha caído, ya no es posible el retorno y ante el dolor de lo irremediablemente perdido no queda más que reconocer esa verdad y tomar fuerza para seguir adelante, pero cuidando ahora de disfrutar intensa y amorosamente lo que se tiene porque se podrá perder y quizá no habrá más puentes, sino que se llegará el final del camino.

El puente más temido es el que conduce hacia la vejez, donde se presentan grandes resistencias para continuar a pesar de que el cuerpo-mente que ha transitado por el largo camino y el cual inició como un pequeño tesoro se ha cargado de grandes vivencias, múltiples experiencias, una gran historia de transformación y ha engrandecido su imagen y significado de ser, pero que a la vez en la lucha ha ido dejando en el camino su vitalidad inicial, la lozanía de la juventud, su inocencia.

26731320_2033853456839487_3457893616660174415_n

Como la hoja del árbol que se torna dorada y quebradiza en el otoño, el cuerpo-mente cruza con dificultad el puente hacia la vejez, aunque va enriquecido en experiencias no puede evitar reconocer su nueva apariencia, observa sus arrugas, sus deterioros, sus debilidades, sus pérdidas, su fealdad, signos de las batallas que enfrentó en su largo camino. Tal transformación resulta casi siempre dolorosamente inaceptable colocando ante un doble reto a las mujeres que tienen que aceptar la pérdida de la juventud y la belleza para asumir con valor el cuerpo envejecido. De primera instancia se lucha por retener el sueño de fuerza, juventud y belleza como centro de aceptación, todo eso que el imaginario de la sociedad pondera como valores imperdibles de lo femenino, para seguir siendo valoradas e incluidas en el clan social.

Es por eso que al transitar ese puente hacia la vejez, ese ineludible paso del proceso de la vida, se requiere un gran trabajo de la mente para asumir el esfuerzo de un nuevo duelo y despedir con dignidad todo lo que se va perdiendo, para curar las múltiples heridas que han quedado en el camino, para abandonar las culpas y reproches por lo no alcanzado, para asumirse como persona diferente y prepararse a recibir la nueva imagen y significado de ser, para ser libre de las determinaciones provocadas por los imaginarios sociales que desprecian la vejez.

Será entonces que se podrá reconocer como en las hojas doradas del otoño, la belleza de lo vivido, la grandeza de lo sembrado y cosechado, de esa manera recuperar con toda la potencia del corazón y la creación una nueva mirada de sí que pueda asimilar el valor de los cambios obtenidos con el paso del tiempo. Para disfrutar esta nueva transformación como mujer en la vejez, cuidarse y amarse en un cuerpo-mente diferente, que pueda empoderarse al renovarse desde lo atesorado en el camino, continuando su lucha con toda la fuerza, agradeciendo el estar viva, disfrutando cada paso, aliento, nuevo día, nuevo logro para seguir construyendo y sembrando amorosamente. Sabiendo que la belleza de la vejez es una creación propia del amor para sí, en comunión con la naturaleza de la cual se es una pequeña parte.

Así, como la hoja se desprende del árbol y cae deslizándose en una danza cadenciosa, el cuerpo-psique llegará a su último respiro para dejar de caminar y volver a reposar tranquilamente sabiendo que ha sembrado semillas que darán nuevos frutos de amor y nueva vida.

[divider]

GloriaperfilGloria Luz Rascón Martínez. Licenciatura y maestría  en Psicología clínica en la UNAM, especialidad en Psicoanálisis en el círculo Psicoanalítico Mexicano. Psicoanalista   e Investigadora en historia oral sobre procesos de mujeres y de la lucha social.  Bailarina de Butoh.

correo : lambdinyeco@gmail.com

FB :  Gloria Olin Butoh.

 

Abrir publicación

El tiquete ya comprado

Fotografía Elizabeth Ross
Fotografía Elizabeth Ross

Por Felipe Parra

Dentro de nuestros huesos –cuenta la leyenda- habitamos como dentro de un castillo,
y vivimos eras geológicas enteras desde que nacemos y empezamos a desarrollarnos.
Y es emocionante y amplio pero algún día
hay que abrir la puerta para dejar salir lo que somos. Para nunca volver.

Envejecer a todo esto se enlaza y le compete,
uno aterrado de la urgencia no de visitar o llegar sino de pagar, endeudarse, comer, repetir,
cuando cada línea y cada mancha o golpe en la piel es mi derecho,
mi contrato –por así decirlo- con el planeta que me da mangos y memes de perritos y loros narrando deportes y Twitter y Steven Universe y los Thundercats.

Yo, en cambio, le subarriendo a organismos más pequeños mi pérdida de tiempo y ellos me cuidan de lo antiséptico.

Hacer panza y peso por todo,
luego ser sequedad cuando haya que pensionarse.
Es un visto en Whatsapp de tu hijo porque tu nieta está enferma, eso es envejecer sin el sabor a ser, pero empuñando el debo.
No viéndose bien el cómo saber hacer dinero, o valerse por sí mismo frente a un jefe, o haber vivido buenos orgasmos.

Como si uno saliera de un cuarto oscuro y, para ir a la calle, tuvieran que caminar los pasos bajo un cielo de luz violeta fría
y el corazón gruñe al estirarse porque hace ruiditos para que sepas que registró tensiones,
porque la vejez también llega con amar a personas con enfermedades terminales,
y que tu voz se vuelva como un telón de fondo en el que eres un árbol desarrollado pero no totalmente libre,

como un bonsái, uno que sostiene sobre sus ramas la grabadora del podcast con que entretienes a otros anormales,
a otros enamorados de gente que fallece a cuotas.

Así, el corazón es convertido en un tejido pluricelular de excusas, palpitar es una lección de biología sobre la anatomía de la célula:
amar a medida que envejeces es engolfar el corazón de otra persona y fagocitarles las respuestas con tu ausencia.
Entonces va pasando el tiempo y haces ping-pong energético con la muerte. Poc, poc, poc (bola con efecto), poc (elevación), poc (ganaste el punto), poc…

Para. Piensa. Que también es envejecer el querer un aplauso por salir del agujero que cavaste por el peso de tantas manos sobre ti: tu clavícula es tuya,
y tuya nada más para hacer fiesta o morgue.
Envejecer es también sentenciarla a ella y regañarlo a él
mientras les dices a ambos que hay una sola hora para explorar: trap y hip-hop y rock en el hipocampo mientras ves cómo se brinca de labio en labia y venosas en venosas. Sin mente. ¿Y gratis, preferiblemente?
Son músculos y articulaciones hablándote de las mentiras que negaste antes…
todos esos fines de años y cumpleaños opacos.
Vejez es añadirle decimales más profundos a la raza, lo que deseas después del beso, las velas que quemas y la diosa a la que ofrendas tu cerveza y tu meditación
o al dios que le ofreces esas decisiones que te darán fruto.
Es que no quiero conocer mis enfermedades, porque quiero morir y hacerlo recuperando mi terrón cúbico de azúcar, como si mi voluntad de desconectar fueran hormigas que, cuando mi sincronía limpia, puedo hacer que muevan con sus patitas todos esos trocitos de mi dulce cerebro desordenado sobre la mesa del comedor…

 

Estoy. Voy. Soy.
Cruel y magnífico, podado pero voy condensando mi verde en un mínimo espacio sobre la mesa de un detallista monstruo galáctico,
uno que me sigue dando vida pero de a gotitas, de a golpes de rociador y dejándome el mínimo de mullido conocido,
la vitalidad al mismo tiempo me va abandonando y me va ayudando a trazar mi trocito de nebulosa a salvo de la muerte
condensada la vida nueva de los que quedarán y que ahora son pequeñitos
pero sabrán ser árbol gigante. Y ojalá, uno desea, que sean bosque.

 

Pensé que las arrugas eran mis propios tatuajes especiales, pero estas sólo ensalzan la fuerza que emana de la propia memoria sobre una piel. Me toco las orejas –que nunca paran de crecer, de hacerme humanamente vulnerable- y me saco suavemente los aretes.
Metal, cilindro y puntas.
Ser otra cosa.
Sé que se maldice envejecer también porque se prohíbe estar triste de no ser una mujer cuando al fin llega el tiempo de añejarse.
Porque envejecer es ser feliz aprendiendo vía anime qué es el mundo
y que los demás te regañen por no ser un comprador compulsivo de bocadillos
y que te digan que hasta las almendras son de citadino
pero aún así,
saber que en tu pecho hay aliento para patear el televisor a la hora del almuerzo.
Esto es y será extrañar la frescura de depredar y, por un momento,

poder ser un vampiro hermoso.

Como se me prometió que sería por crecer.

[divider]

FeliperfilFelipe Parra. Estudió Artes Plásticas en Bogotá y un poco en el IUNA en Buenos Aires y quiere el énfasis de Dibujo en Técnica Mixta para estos años. Trabajó varios años con la Editorial El Pauro SRL en Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) como Asesor Estético: revisando libros y coordinando imágenes con contenido. Le gustaría levantarse y ver que su trabajo pueda hablar con todo tipo de mentes. Le gusta el té, Paramore tanto como Diamante Eléctrico, y conocer todo el trabajo Latinx de esta era global.

Escritos:
https://aguaynotas.wordpress.com/
Dibujos (en construcción):
https://www.flickr.com/photos/jalule y en https://mutantoide.tumblr.com/

 

Abrir publicación

Vernissage

Por Aleha Solano

[divider]

aleAleha Solano (Bogotá 1980). Es investigadora, artista de performance, productora y promotora de experiencias culturales de América Latina para el mundo. En su trabajo busca dar vida a la imaginería que ha prolongado la tradición y el status quo de los habitantes de la ciudad para construir un retrato de una sociedad y su época. Sus más recientes proyectos son GNothi Seauton (Efhemeral Performance Art Ensemble) y DJ Aloha.

Navegación de entradas

1 2 3 37 38 39 40 41 42 43 116 117 118
Volver arriba