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Sagrario

Por Sagrario Silva y Nacho Guerrero

Sagrario Silva Vélez. (1966) Gestora, y promotora cultural, maestra, coreógrafa, bailarina, guionista y actriz chihuahuense. Congreso del Estado de Chihuahua, otorga el Reconocimiento en la categoría artística Aurora Reyes como Chihuahuense Destacada en marzo y Medalla Víctor Hugo Rascón Banda por Trayectoria Artística septiembre en 2017.

Nacho Guerrero. (1964) «Fotógrafo, intuye la luz, el escenario, capta la mirada, el sentimiento, visualiza las escenas con una simple ojeada, convierte a todos en modelos de su inspiración. Él recrea en corto tiempo lo que se hace eterno.» -Hector Jaramillo

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El cuento de la abuela

Paisaje por Elizabeth Ross
Paisaje. Elizabeth Ross

por Francesca Gargallo 

La abuela se puso mal tres semanas después de que el veterinario saliera del cobertizo en el fondo del estacionamiento del edificio. Con cara compungida les explicó a los niños que había debido poner a dormir a Pepa porque la vieja perra padecía dolores indecibles por una enfermedad de los riñones y era muy malo hacerla sufrir después de que les había brindado tantas alegrías. El veterinario ponía cara de perro y aullaba, los niños lloraban, pero también se reían porque el hombre ladraba, gruñía, se daba vuelta panza arriba en el piso de cemento manchado de aceite quemado y cuando se levantaba arrastraba una pata para explicarles todos los males padecidos por la perra. Cuando la niña le preguntó si al despertar Pepa ya no sufriría, el veterinario bufó y se enredó al explicar que poner a dormir a una perra quería decir haberla puesto a dormir para siempre, en fin, haber tenido que sacrificarla.

Sin Pepa la casa era más ordenada y también muy triste. Nadie los recibía al volver de la escuela. La abuela llevó a la mesa una caja repleta de viejas fotos y les mostró todos los perros que había tenido a lo largo de su vida: Carambolo, un enorme mastín de cuando todavía vivía en el campo, la más agraciada Grisú, de colochos sal y pimienta, y Cami, Flora, Vite, Lola, Rudo y Arturo. Todos habían muerto antes que ella porque así es la vida. Un hombre tres caballos, un caballo tres perros. La niña más chica hizo un rápido cálculo tras preguntar si la vida de un hombre y la de una mujer se equivalían. Abuela, nunca te vi un caballo, pero tú ya tuviste nueve perros, así que te vas a morir pronto.

Cuando la madre volvió a casa, su hijo mayor le anunció que la abuela moriría porque se habían acabado los perros de su vida. La madre buscó los ojos de la hija mediana, ella le sostuvo la mirada y se encogió de hombros. ¡Qué ocurrencias, muchacho!, dijo la madre antes de encerrarse a terminar el trabajo que se había traído de la oficina.

El tiempo después de la muerte de Pepa se ordenó en secuencia consabida: escuela, clases de natación, cine los sábados, domingos en el parque con los amigos. Si sobraban horas, la niña jugaba con sus legos, la hija de en medio pedía permiso para realizar experimentos de química con su amiga del segundo piso y el grande leía. La madre los llevaba a la escuela, regresaba con bolsas de comida del mercado y durante la merienda siempre hablaba con su madre de los problemas que tenía en el trabajo. Eran muy concretos, la empresa se iba a ir al carajo. Siendo la contadora, entraba en la oficina del patrón, le mostraba las cuentas y el hombre salía al pasillo. Miraba uno a uno a sus operarios y sacudía la cabeza. Ya no le alcanza siquiera para cubrirnos el seguro; le decía a su madre. No lo queremos joder, es buena gente, pero ¿qué va a pasarnos si alguien tiene un accidente en el trabajo?

Cuando la máquina del troquelado de lata para los adornos de zapatos, bolsos y cinturones se trabó, el patrón no permitió que ninguno de los trabajadores la arreglara. Los reunió y dijo: Voy a vender, muchachos. Pasen mañana por su liquidación. La madre pasó cinco días sin regresar a casa ni siquiera a la hora de la cena. Trabajó de sol a sol para calcular cuánto le correspondía al que había moldeado arandelas durante 24 años, al mecánico que reproducía tornillos milimétricos, a la acuñadora de medallas de alpaca, a los bañadores de cromo y a sí misma que entró a trabajar a la fábrica saliendo de la universidad y había tenido al patrón como testigo de boda y a su esposa como acompañante en las horas de espera en el hospital cuando su marido murió atropellado por un trolebús en contravía. Adiós señor, le dijo sin atreverse a abrazarlo cuando cerraron la puerta del galerón. Al hombre le pagaron su vieja maquinaria a precio de hierro viejo y se quedó sin casa, sin auto y a los cuatro días tuvo que enfrentar el suicidio de su esposa. La mujer ya no quiso lidiar con la depresión y se tiró de la ventana del comedor. Los obreros del marido habían sido como los hijos que no pudo gestar. Se sabía la fecha del cumpleaños de cada uno de ellos e invariablemente les llevaba pasteles caseros, interrumpiendo la rutina del trabajo con media hora de algarabía.  Había bautizado a un gran número de niños, pero no había preguntado por qué la contadora nunca le pidió ser su comadre. No todos son católicos en México, solía decir.

La madre, los niños, la abuela en efecto no profesaban religión alguna. No tenían memoria de rituales, sus emociones e invectivas no apelaban a ningún dios. No repintaban a la muerte con los colores de la esperanza ni pretendían separar lo verdadero de lo falso con una profesión de fe. Eran normales, sencillos, bastante justos en el trabajo, las compras y las relaciones con sus amigos. Fueron al funeral de la patrona y lloraron sinceramente sin arrodillarse, persignarse o suspirar por un futuro encuentro en un más allá improbable.

Cuando la abuela se enfermó de repente en la cocina tampoco pidieron que interviniera la buena voluntad de una fuerza espiritual. Llamaron a la ambulancia, maldijeron el tráfico porque se tardó cuarenta y cinco minutos en llegar y se angustiaron terriblemente al verla sacudir la cabeza contra el piso mientras su cuerpo saltaba cada veinte segundos, sacudido por unos espasmos que llegaron a percibir como muy dolorosos. Por un descuido del enfermero, los nietos y su hija subieron a la ambulancia. La sirena desplegada no les abría el paso, el tráfico prolongaba las sacudidas del cuerpo de la abuela. Un joven médico hizo a un lado al camillero. Amarró el brazo de la anciana a una barra de metal y le inyectó un sedante. Estoy durmiéndola, dijo sin esperarse que los niños se abalanzaran sobre él. No, gritaba la más chica, a mi abuela no le importa sufrir un poco. Suéltela, lo zarandeaba el mayor. La de en medio se abrazó al cuerpo de la vieja: No la toque, desgraciado asesino.

El joven doctor quien hacía su práctica de primeros auxilios en la ambulancia especuló que eran fanáticos de alguna secta contraria a la disciplina médica. Intentó explicarles que no le haría ninguna trasfusión de sangre, pensando que era testigos de Jehová o alguna cosa parecida. También les dijo que el sedante era para que no tuviera que tolerar dolores inútiles. A ella no le importa, gritó aún más fuerte la chica. Es que para ponerle una sonda debo sedarla. La madre intentó calmar a sus hijos. Tú dejaste que mataran a Pepa, no te dejaremos asesinar a la abuela. La perra, intentó decir la madre, pero el camillero había caído sobre los hombros de cada uno de los miembros de la familia con una inyección de diazepam.

Cuando el patrón llegó para sacarlos del hospital, la calma se había restablecido con dificultad. El viejo patrón era un hombre sencillo, de palabras pausadas, explicó que la familia era buena, que no iba a ser necesario llamar a las asistentes sociales y que la madre de los muchachos había cursado estudios universitarios. En el hospital los veían como bárbaros. El camillero al llegar culpó a la madre de haberse subido a la ambulancia sin permiso, la madre defendía a sus hijos de la acusación de golpes e insultos, los hijos gritaban que el médico intentaba dormir para siempre a su abuela para que no sufriera. La policía llegó para dilucidar si en el hospital regional se practicaba por culpa de ideas contrarias a dios y a la moral la eutanasia que el código civil prohibía enfáticamente. La enfermera del turno de la tarde imputaba a los neoevangélicos una obtusa propaganda anticientífica.

La abuela se restableció lentamente. El patrón iba a visitarla cada día, porque del hospital pidieron que la madre cuidara de sus peligrosos vástagos y que no se acercara a las instalaciones. De regreso de la escuela, los niños le exigían que pasara frente al nosocomio para ver la ventana tras la cual se celaba su cama. La cuenta de la hospitalización era impagable, vendieron lo que había en casa y de todas formas el hospital no soltó a la anciana que ya se sentía bien y deambulaba por los pasillos con ganas de volver a casa. El patrón la ayudó con lo poco que le quedaba, pero aun así no era suficiente.  Una tarde traslúcida el veterinario pidió ver a la vieja. Tenía el pase para las visitas, era un amigo de familia. ¿Puedo llevarla a su casa?, preguntó. Es una morosa, señor; no puede salir de las instalaciones hospitalarias. El hombre entonces sacó del bolsillo unas jeringas enormes con un líquido azul y amenazó a las enfermeras sosteniendo que era veneno para dormir a los perros. Como asaltabancos, metieron las pocas pertenencias de la mujer en un bolso negro y huyeron por las escaleras. Nadie los persiguió.

Cuando bajaron del bus, miraron a diestra y siniestra por si alguien los había seguido. Dieron una vuelta por el barrio. Se detuvieron frente a una vitrina oscura para descifrar en el reflejo si estaban siendo espiados. Luego aullaron como perros bajo la ventana del cuarto de los niños que bajaron corriendo a la calle y abrazaron a su abuela. La madre y el veterinario intercambiaron una mirada cómplice.

Una vez instalados en la cocina, llegó el patrón. Había pasado por la perrera municipal y por una pastelería. Aquí está, dijo poniendo un largo strudel de manzanas en la mesa y jalando a una perrita negra y flaca de la correa. Está vacunada y esterilizada. Su abuela va a tener su décimo perro, porque la vida de una persona no depende de ningún dogma.

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Francesca Gargallo es una escritora, feminista y docente italiana que ha desarrollado su trabajo principalmente en México y el resto de América Latina desde 1979. Ha publicado su obra franprincipalmente en español. Ella se define como historiadora de las ideas.

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Atadura de años

 

Estas entrevistas pertenecen al corpus de Transvase Territorial, proyecto que aborda desde la emigración y el exilio a la vejez. Mi obra comienza siempre desde mi propia posición en la vida, para desde ahÌ explorar colectivamente con otras mujeres y visibilizar nuestra situación en el mundo.

El que mujeres como Ana Victoria Jiménez y Eli Bartra me hablaran de su experiencia vital con respecto a la vejez, a su vejez, inició un proceso de diálogos entre nosotras sobre la realidad soslayada que se vive y que con esta revista continúo.

Escúchenlas.

Elizabeth Ross

 

 

http://transvaseterritorial.wordpress.com

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A las cuarentonas y más viejas

Por Paola Nayeli Villa Rosado

Abro el chat de mis amigas de toda la vida y veo el meme del día: “Como cuando no te alcanza para el gimnasio y el psicólogo a la vez y tienes que decidir entre levantarte el autoestima o el culo”. Diariamente recibo a través de WhatsApp al menos un chiste sobre el cuerpo y/o la mente de las mujeres, sobre el cuerpo de una mujer gorda, vieja, pobre o fea o bien sobre actitudes como el neurotismo, la incapacidad de decidir, la avaricia y la frivolidad femeninas. Y me pregunto, ¿de qué se ríen?.

No es que, como mujeres, nos tenga que molestar, pero ¿qué es lo que causa gracia e invita a compartirlo con otras mujeres, a darle difusión y visibilizar estos mensajes?. De hecho no creo que de verdad estén riendo, pero aún así lo comparten como una gracia. Para que algo cause gracia, además de ser relativamente cierto y, por tanto, generalizable, debe contener también un tabú o rechazo. Nos estamos riendo de nosotras mismas o de otras al dar validez a una generalización y, así mismo, nos estamos rechazando como mujeres reales. Lo real es lo que de verdad hay.

Mis amigas dan por hecho que la decisión entre invertir en levantar el culo o el autoestima es imposible de tomar. Podrían decir que, en ese momento de su vida, su autoestima está fuerte y que por eso eligen mejorar el culo y seguir invirtiendo en su imagen física, como de hecho hacen. O podrían admitir que no pueden dejar que se les caiga el culo, como es normal con la edad, porque su autoestima no lo resistiría. Pero no lo confiesan. La lucha por rejuvenecer debe disimularse.

“Ningún culo satisface sin suficiente autoestima”, les digo sin querer agredir ni sermonear, pero varias de ellas reaccionan inesperadamente. “Y con el culo caído se te cae el autoestima”, “tampoco demasiada autoestima que luego andan todas desaliñadas y descuidadas”, “lo dices porque no tienes un culo enorme”, se defienden. ¿Qué ganamos pagando el costo de parecer más jóvenes a través de cuerpos adelgazados, caras paralizadas sin arrugas y formas corporales ideales? ¿Y cuál es el precio?

Sin duda ganamos validación del contexto y con ello, una especie de poder que reside en someternos para obtener beneficios (económicos, morales y sociales) de los lineamientos a los que nos somentemos. Cedemos poder ser para obtener poder tener. No es un cambio justo ¿Nadie se da cuenta? ¿Dónde está nuestro entorno amoroso? ¿Por qué nuestras familias, amistades y parejas no nos dicen que no necesitamos someternos a una lucha contra nosotras mismas para salir adelante, para valer y ser amadas? Somos todos cómplices.

“Lo hago para sentirme mejor conmigo misma, para verme mejor” dicen mis amigas cuando sienten custionada su lucha por mantener una apariencia más joven que incluye ser más delgadas y con una piel y rasgos mejorados. Es verdad que cuando nos queremos cuidamos nuestra salud y procuramos una cierta imagen agradable para nosotras mismas. Sin embargo, las intervenciones estéticas que buscan prolongar la belleza de la juventud se basan, al contrario del auto-cuidado que brota de la auto-aceptación, en el auto-rechazo.

El auto-cuidado se distingue del auto-rechazo enmascarado como “sentirse bien con una misma” por que el auto-rechazo oculta a la persona en pro de fingir juventud. ¿Para sentirme bien conmigo misma es necesario verme más joven? Las intervenciones estéticas que tienen como finalidad rejuvenecer a la persona implican dejar de ver a la persona que envejece, convirtiendo el envejecimiento en un tabú.

¿Se puede tener demasiado amor por una misma? Mis amigas le temen a un autoestima elevado porque creen que les hará aceptarse viejas, gordas y feas, imperfectas. “Esa tiene que tener demasiada autoestima para atreverse a vivir así” ¡Pero somos cuarentonas! Para conservarnos como quiceañeras hay que gastar tres veces el tiempo, dinero y esfuerzo que tendría que invertir una adolescente. Y cuando tengamos cincuenta aún más. Es una carrera que se gana a la mala, es decir, agrediendo al cuerpo y dejándo de vernos Sí, dejando de reconocer en el espejo a la mujer somos, que envejece, a la mujer viva.

Un culo firme y una cara sin arrugas no atentan contra el amor propio en la medida en que lograrlo no implique una riesgosa búsqueda de ser quien no se es. Es decir, en la medida en que sigamos viendo y amando al ser vivo que envejece, el ser que somos. Si, por otro lado, al mirarnos solo vemos lo “perfectible” en el culo, la cara o en cualquier parte de nosotras mismas, entonces hemos caído desde la auto-aceptación y cuidado al auto-rechazo y negación de nosotras mismas.

Las cuarentonas debemos ser flacas y sexys, rejuvenecidas y poderosas, perfectas y amorosas, todo a la vez aunque estas mancuernas sean incompatibles. Estar por debajo de nuestro peso nos hace perder deseo y por tanto voluptuosidad, la búsqueda constante de la perfección va en contra de la aceptación de lo que hay y luego de poder crear a partir de lo que sí hay. La luchar contra el envejecimiento nos enfrenta contra nosotras misma y en ello abdicamos a nuestro poder de ser quien realmente somos y podemos ser.

El tabú del envejecimiento promueve tanto el adelgazamiento como el perfeccionamiento de los cuerpos, ya que a cierta edad, la unica forma de evitar la flacidez y el cambio de los rasgos físicos propios del envejecimiento, es adelgazando y combatiendo los signos de la edad. Al esconder el envejecimiento lo volvemos un tabú, algo que da risa en el chiste, pero que se convierte en un cimiento putrefacto para erigir encima la vanidad de personas que creen ser la del espejo, dejando de verse a sí mismas.

Una cultura que convierte la muerte y su signo más patente, el envejecer, en un tabú, es una cultura que desea paralizar la vida, que desea matar el impulso vital para hacerlo cosa y venderlo. Lo compraremos si hemos cedido nuestro poder, ese que nace de ver y aceptar lo que somos: vida que está muriendo. Las canas, los párpados caídos, las arrugas y la flacidez nos dicen que estamos aquí y ahora, que somos todo lo que hay, sin necesidad de consumir nada más que a una misma porque estar vivas-envejeciendo, es todo lo realmente necesario para poder ser lo que queramos.

Amigas cuarentonas, no tenemos nada que ocultar, nuestro envejecimiento no apesta, las mujeres no apestamos, no tenemos porque escondernos y dejarnos podrir. Vernos envejecer nos da la sabiduría, el poder y el amor hacia nosotras mismas que la búsqueda de la juventud nos quiere arrebatar. ¿Qué ganaríamos sacrificando todo esto? Nada, literalmente. Renunciar a envejecer es renunciar a nuestro poder. Ceder el poder de crear lo que somos a cambio del poder de tener -status, cosas, parejas, aceptación externa- nos pone es un estado de precariedad, de absoluta necesidad y carencia, nos vacía.

¿Se han imaginado como habría sido nuestra experiencia si en la juventud hubieramos gozado de la seguridad que tenemos ahora? Entonces sí que habríamos valorado nuestro cuerpo de ese entonces sin tanto complejo. Paradójicamente, rejuvenecer y prefeccionar un cuerpo de cuarenta evaporara la seguridad y el autoestima con las que quisieramos haber disfrutado ese cuerpo juvenil. Parece una mala broma de la vida, pero tiene su sentido.

Alrededor de los cuarenta, tenemos la oportunidad única de ver al cuerpo tal cual es, es patente que el cuerpo es un ser vivo que, por lo tanto, está muriendo. Vemos ese cuerpo que somos con mayor claridad que nunca porque podemos observar su innegable mortalidad. Absolutamente todo lo que está viviendo está así, muriendo. Vivir implica inherentemente consumirse, un ir siendo porque va dejando de ser. Nuestros cuerpos envejecen en todo momento y eso es la más hermosa y fascinante prueba de su poderosa vitalidad.

Envejecer no es un vestido, es la imagen de quienes realmente somos, seres vivos muriendo y por tanto vulnerables. Podemos vernos a nosotras mismas a los ojos cuando podemos ver mi propia mortalidad y abrazarla para celebrar nuestra vida, que es movimiento. Así nos damos cuenta de que cada decisión es una balanza delicada entre crear y descartar, de que los procesos hay que vivirlos como lo único que hay porque no existe un lugar al que llegar, no existe el ideal y si dejamos de movernos, para prolongar la juventud, estamos muertas en vida, ese es el precio.

Amigas, vernos al espejo todos los días, envejeciendo, nos ayuda a mantener despierta la conciencia de nuestra vulnerabilidad o, como diría Heiddegger, la conciencia de muerte que abre todas las posibilidades. Además de que la conciencia de estar vivas-muriendo nos hace palpable el hecho de que mientras estemos vivas todo es posible, nos hace poderosas, esta conciencia de vulnerabilidad nos permite vernos como algo sensible hacia lo cual hemos de ser generosas y gentiles. De ahí se nutre el autoestima, al sabernos vulnerables sentimos la necesidad de cuidarnos, de nutrirnos, de ser amables con nosotras mismas, de aceptarnos y tratarnos con respeto y amor.

Al desgastarnos por cubrir las evidencias del envejecimiento que evidencia el hecho de que estamos pasmosamente vivas, comenzamos a sospechar del proceso de envejecer, de estar vivas y del poder que deviene de estarlo. Comenzaremos a ver el envejecimiento como algo asqueroso y maloliente, como algo podrido que debe ser escondido. Comenzaremos a rechazarlo, a rechazarnos como personas en proceso. Si hacemos que el espejo nos devuelva una imagen de una mujer joven que no somos, nos perderemos y perdernos significa abdicar. Vernos envejecer es aceptar el poder innegable que hay en estar vivas.

Queridas amigas, ningún poder que venga de lo que no somos merece que nos aniquilemos y cedamos el poder que deviene de sabernos vivas, envejeciendo y en proceso. Aún si esto nos gana un estilo de vida opulente o seguro porque al final del día, el rechazo a nosotras mismas cavará cada día más hondo y se convertirá en la más dolorosa insatisfacción imposible de saciar. Entre más evitemos vernos como lo que somos, seres vivos, en proceso, que envejecemos, más rechazamos nuestro poder de crearnos a partir de lo que si hay y más nos sacrificamos por un ideal.

Lo ideal puede ser motivador mientras no usurpe el centro de lo que somos. El ideal no debe ser encarnado por nuestros cuerpos porque un ideal es lo que no somos. En nuestro centro siempre debe estar lo que sí somos, un ser vivo en proceso de morir, un ser con posibilidades. Vernos y aceptarnos así, tal como somos, envejeciendo, es la única forma de amarnos y de poder amar, de valorarnos y de poder valorar, de encontrar lo que podemos ser y acompañar a otros a encontrar lo que pueden ser sin castrarles. No hay otro camino a la plenitud que el de seguir lo que nosotras mismas somos.

¿Por qué procuramos prepetuar el tabú del envejecimiento viralizándolo? Además de los beneficios canjeados por el poder que cedemos en la búsqueda de una apriencia más joven, las mujeres hemos fincado demasiado sobre esta negación. Tememos perder la imagen que refleja el espejo porque la hemos reforzado tanto que no confiamos en que exista alguien que no sea esa imagen más o menos ideal. Por eso nos mentimos diciendo que luchamos contra la vejez para sentirnos mejor, porque no nos reconocemos en lo presente. De ea forma, estamos perdidas en la casa de los espejos.

Perdernos es querer sentirnos mejor con nosostras mismas, luchando por ser las que ya no somos. Mientras las mujeres queramos reconocernos y valorarnos en lo que ya no somos, nuestro empoderamiento no será real. Por eso, entre amigas, dejemos de alabar nuestra imagen en relación a un ideal y comencemos a reflejarnos más allás de nuestra belleza idealizada. Recordémonos lo que realmente vemos unas en las otras, el poder que emana de nuestro estar vivas y en proceso. Son otras mujeres quienes me nos hacen descubrir quienes somos y nuestro valor. Entre nosotras podemos empujarnos para lorgrar reconocernos en el proceso de envejecer, es decir, en la vida y no en la negación de ésta. ¡Vivas nos queremos! En el más amplio de los sentidos.

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Paola

Paola Nayeli Villa Rosado. Mujer de 42 años, en proceso, madre, pareja, amiga, familiar, compañera de otras mujeres en procesos. Comunicóloga y humanista. He trabajado como catedrática de filosofía y ética en la Universidad Iberoamericana Puebla, México durante 5 años y posteriormente como gestora de proyectos de voluntariado ciudadano y corporativo en la fundación Hazloposible en Madrid, España durante 7 años.

 

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Aging Pride

Por Inari Virmakoski

Ocean-Woman.  Inari Virmakoski. Foto: Anita Hillestadt
Ocean-Woman. Inari Virmakoski. Foto: Anita Hillestadt

OCEAN WOMAN

Soy parte de la naturaleza y el agua es el elemento que me interesa. El océano conecta todos los continentes del mundo. En esta foto estoy conectada con mi elemento favorite, el agua, en el Océano Ártico. La foto es de Anita Hillestadt.

 

 

Fotografía: Elizabeth Ross
Fotografía: Elizabeth Ross

 

Inari Virmakoski. Finlandia. He trabajado como artista del performance alrededor del mundo, en África, Asia, Europa, USA, South America, Rusia y Mexico durante los últimos 23 años.

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Las desveladas, las borracheras y las crudas no se sienten igual

masks
Masks. Elizabeth Ross

Por Madam Pink

Si hay algo que te pone a pensar en envejecer, es llegar al tercer piso – o sea los 30 –; de ahí en adelante, es casi inevitable no hacerte preguntas sobre el futuro y, cual libro de “elige tu aventura”, existen muchos escenarios posibles: si te juntas, si te casas, si no, si decides tener descendencia o sólo perros/gatos/plantas, si no, si te dedicas a tu carrera, si mejor “al hogar”, si tienes hermanes, si eres hije únique… Lo anterior sumado al pánico de la mayoría de les millenials, ¡el retiro!

Insisto, estas preguntas no llegaron a mi hasta que di mi primer paso al tercer piso. Es de esas cosas que no crees que te sucederán, casi como cuando te dicen que las desveladas, las borracheras y por ende las crudas, no se sienten igual a los treinta y como buena persona de veintitantos, piensas jactanciosamente “eso no me sucederá a mí”, pero SUCEDE …

Un día llegas a los treinta y quedarte despierta hasta las 2 am es casi como no haber dormido, te emborrachas con dos copas de vino tinto y la cruda te dura dos días; c’est la vie!

Sumado a lo anterior, no sé si les pasa igual que a mí, pero esta es una historia más de “como el feminismo me cagó la vida”…para bien, obvio, pero igual ya no hay vuelta atrás pues aunque aún quisiera morir calientita en mi cama a los noventa y pico de años después de una excelente vida tipo la viejita de Titanic, no puedo dejar de pensar en el sin fin de cosas que debemos remontar para envejecer y morir así. Por ejemplo, la paga desigual, las condiciones laborales, las semanas que cotizan las mujeres cuando dejan el trabajo “formal” por el cuidado de su familia, el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, la continua violencia, el cambio climático…

Pero no quiero asustar a nadie con estas reflexiones, las cuales estoy segura que ya persiguen a varias personas; por el contrario, quiero compartir la fantasía sobre la viejita que quiero ser…

Como amante de la danza, espero ser una viejita que aún pueda subir la pierna a la cabeza – o mejor aún, espero lograrlo para “esa” edad—; definitivamente llevaré el cabello de algún color brillante: rosa, morado, turquesa o un balayage con la mezcla de esos tonos; tendré varios perros; seguiré escuchando rock y no me sentiré fuera de lugar porque no hago lo que las demás personas de mi edad hacen (sea lo que sea que hagan); utópicamente, espero no tener que seguir marchando para defender nuestros derechos, pero también sé que mientras sea necesario lo haré, porque nuestras batallas se dan y se ganan día a día. Quiero pensar que tendré nietes, propies o del tipo de quienes se van sumando a la familia que una hace, que les podré contar historias y que nos inspiraremos para seguir alzando la voz cuando sea necesario.

No me asustan las canas, ni las arrugas, ni la forma que tendrá mi cuerpo, mientras que me permita seguir viviendo la vida…

Gran parte de esta fantasía incluye una vivienda comunitaria con mis “compis”, en la que ningune esteremos soles, porque estamos todes; así que eso del olvido, del ignorarnos porque somos adultes mayores, de que nadie se interese por ti, de la falta de amor, pienso, estará “resuelto”. Tomaremos uno que otro “drink”, porque no nos van los convencionalismos y escucharemos a Juanga a todo volumen, porque sí. Seguiremos vives. Seguiremos viviendo. Seguiremos bailando.

¿Qué les digo?, ¡Ese es el sueño! Y en serio espero que al menos algo muy parecido sea mi destino; pero mientras acaricio a mi unicornio morado, tengo una vocecita molestando con preguntas: ¿cuánto estás ahorrando para tu retiro?, ¿cuánto te dijeron que es el rendimiento?, ¿si te das cuenta que por definición eres parte del trabajo informal?, no es por arruinarte la fantasía, pero… ¿y si te enfermas?, ¿de qué sabor quieres tu nieve?

Honestamente no sé si encontraré respuestas a todas esas preguntas antes del cuarto piso o de los que esperamos le sigan; tampoco sé si transitaré de la fantasía a la realidad. Lo que sí me queda un poco más claro, es la importancia de trabajar en estos escalones las redes de apoyo, de encontrarse con personas que enriquezcan la vida, que acompañen, que te quieran como eres, de quererte tal como eres, de no tenerte miedo, de apapacharte, de agradecerle al cuerpo por dejarte hacer tooodo lo que aún haces…porque de alguna manera pensamos en la vejez a los ochenta años y lo cierto es que cada día que pasa, estamos en ese proceso y el truco, diría Shirley Manson[1], es seguir respirando.

[1] Vocalista de Garbage desde 1994.

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MadamePinkMadam Pink (Daniela Rangel E.) Feminista, escritora amateur, bailarina ocasional, amante de los perros, bióloga de corazón, maestra en comercio exterior en papel, entusiasta de los disfraces y los colores, de hecho, si fuera un color sería fuchsia para que nadie sepa como pronunciarlo ni escribirlo, tiene una Lisa Simpson interna que aprende a vivir de ensalada. Desde que se puso las “gafas” moradas, tiene muchas historias de cómo el feminismo le arruinó la vida para bien y ahora se dedica a hacer lo mismo por las demás personas, con o sin gafas.

@SoyMadamPink

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El abandonado


La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier
La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier

Por AuraSabina

“Los voluntarios misioneros del pubis y el brassiere,
peregrinos de princesas sin castillo”
Anidando liendres, E. Bunbury

A Mariana no le conocí novio, amante o mano astuta que quisiera propasarse. El esposo quizá habría muerto o estaba a cientos de kilómetros de nuestro hogar. Me volví un adicto al calor y sudor de ella. Nunca encontré a los chicos que conmigo viajaron, mas cualquier indicio de soledad se curaba cuando Mariana volvía a utilizarme.

La acompañaba a sus comidas con las amigas, al teatro con su hijo o a andar en bicicleta. Leía poesía cuando se sentía sola; no se percataba que yo le hacía compañía. Mientras a los chicos blancos los usaba un día, a mí me requería hasta tres a la semana. Y por eso me buscó: yo era magnético y delicado a la vez: piel satinada, bien hechecito, joven y, por supuesto, negro. Dispuesto a enamorar sin enamorarme. Muchas mujeres, diariamente, me habían acariciado; algunas me pegaban a sus senos y me permitían sentir su cuerpo, aunque fuese sobre las ropas. Pieles firmes; otras más, flácidas; el chiste es que me encantaban, aunque quizá resultaba muy pretencioso y las chicas no llenaban mis requerimientos.

—Está genial, pero necesito un treinta y seis. Éste es muy grande.

Era la frase más escuchada. A la vez que me envidiaban, herían mi ego al despreciarme y llevarse al compañero de menor expectativa. Vi desaparecer a casi todos los que habíamos viajado desde el centro hasta aquí en la misma camioneta, mismo lote, pero el añejo era yo. Si en dos meses no me elegían, me trasladarían.

Era afecta al escote; esto me permitía, ocasionalmente, asomarme por encima de sus blusas para contemplar el panorama que le agradaba. Éramos uno solo; yo resaltaba y enmarcaba su belleza. Sus cabellos rizados y teñidos cada semana caían sobre mí. Solo yo sabía de las canas rebeldes que relucían, de las cremas que usaba antes de dormir y las proteínas que después del desayuno consumía. Señora mía, fruta madura de fragancia exquisita, qué dichoso siervo fui.

Todo comenzó una tarde de jueves, cuando llegó Mariana a recorrer absolutamente todas las texturas de mis compañeros. Nada la satisfacía, ni siquiera la de aquel cortesanillo de encaje, tan afortunado. La expresión altiva de ella, su voz ronca y el arrebato con que nos tocó, me conmovió. Me miró con simpatía, como se mira a los viejos amigos, y al acariciarme me dieron cosquillas. Me tomó con el más grande desenfado; pagó y me llevó, envuelto en papel china con el logo de la tienda.

Ya en su habitación, pude verla desnuda. Me dejó tirado sobre la cama mientras ella se duchaba. Su cuerpo ciertamente no tenía la lozanía de una adolescente: la zona abdominal tenía grasa acumulada, había ciertos pliegues en sus brazos que revelaban su edad; los senos pendían como gotas casi derramadas; me pareció hermosa. Después de secarse y untarse un bálsamo de leche y miel, me tomó con delicadeza y sonrió. Su aroma era sutil, y su voz se volvía dulce; incluso se atrevió a tararear una canción. Me apretó contra su cuerpo y entonces me estremecí. A medida que abrochaba mis ganchillos y adentraba sus senos en mis cavidades, comprendí la dicha de trabajar sosteniendo dos fragmentos sebosos y suavísimos de cuerpo femenino. Anonadado por la sensación de comunión con aquel cuerpo, hasta entonces, desconocido. Pronto se cubrió el pubis con un complemento de encaje, del que sentí celos porque el sí se impregnaba de su real esencia y yo sólo de su perfume.

Estábamos de viaje breve en Tepoztlan, en una cabaña rústica. Se había ido la luz y al poco rato la noche cayó irrevocablemente. Mariana se desprendió de mí, se puso el camisón y se introdujo en las cobijas; tan grande era su cansancio que me dejó tirado sobre la madera. Al amanecer se levantó excitada al contemplar el majestuoso paisaje verde con caminos y colores brillantes y, sin bañarse, acomodó su maleta y salió prácticamente corriendo; me dejó arrinconado, perdido y sin su calor. Imaginé que volvería o que reclamaría mi presencia. Nada. Después de varios días hicieron limpieza en ese lugar; me metieron a una bolsa negra de plástico. Aún estoy en ella y he caído en diversos contenedores de basura. El olor es insoportable. Perros y ratas a menudo rollen mi nueva habitación. Qué corta es la felicidad y que largo el olvido como diría un poema de Neruda que cada noche leía.

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aurachicaAura Sabina. Poeta y periodista de a pie. Nació en el telúrico 85, bajo el signo del cangrejo. Jura que la Luna es su doble astral.  Estudió Ciencias de la Comunicación y se dizque especializó en Literatura Mexicana del Siglo XX.  Activista autónoma, indignada. Tiene complejo de fotógrafa, doctora corazón y antropófaga. No, no, quise decir, antropóloga.  Cree que los sueños son tan importantes como lo que se supone tangible. Como nunca puede estar quieta, escribe para varias revistas entre las que se encuentra Mujeresnet.

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Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad

Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad  Acrílico sobre papel/ Augusto Metztli
Estrías, barrigas y pelos. Divina trinidad
Acrílico sobre papel/ Augusto Metztli

Por Augusto Meztli

Una de mis tías usa guantes cuando conduce su coche. Le pregunté el motivo, y me contó que lo hacía para que no se le mancharan las manos por el sol. Entonces, le pregunté por qué no quería que se le mancharan sus manos, y me respondió que no le gustaban. Entonces yo le dije que a mí me gusta todo aquello que queda en el cuerpo como vestigio del paso del tiempo. Cuestión de gustos.

Le conté que las estrías me resultan fascinantes, o que me gustan las barrigas redondas, las que caen y parecen una “U” enorme. También me gustan las barrigas que se intuyen, o las que no existen. Me gustan las barrigas sin aspiraciones. Me gustan los cuerpos que registran el paso del tiempo, me gustan los cuerpos donde puedes hacer estudios geológicos. Los que tienen pelo porque en su sabia geografía debe de tener ahí un bosque espeso. Me gusta lo que es, en el tiempo que le toca ser. También me gusta lo contrario pero con conciencia plena del dueño o dueña del cuerpo, no por mandato frívolo de terceros.

Me gustan las señoras en la playa que hacen topless y se pasean por la arena como seres maravillosas, redondas, arrugadas, con estrías, peludas, con sus tetas cediendo a la gravedad. Varadas como sirenas dignísimas. Me gustan las mujeres y los hombres flotando en el agua como islas con geografías particulares, a la merced del tiempo, registrando los acontecimientos del paso de los años, sin complejos, sin dejarse modificar por la tala y minería de las grandes empresas depiladoras, dietéticas o textiles.

No me gustan las operaciones bikinis, ni el exterminio masivo de los pelos.

Me gustan los cuerpos que brillan en su propio esplendor, flotando como islas por descubrir.

fotoaugustoAugusto Metztli.Pintor e ilustrador mexicano que vive en Galicia. Cree que una ilustración “es” por todo lo demás que no ves en ella.

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Preludios y fugas a la elasticidad del género

Por Alfonso J. Venegas

La realidad es una construcción que pertenece al mundo físico y se aleja de la fantasía. Hace unos años, por ejemplo, se consideraba una realidad que sólo existieran dos géneros: Hombre y mujer. Los cuales se mostraban en su juventud y plenitud, censurando los demás tipos de cuerpos existentes. Más allá de ellos, todo lo que no pertenecía a esta categorización binaria, blanca y hegemónica se consideraba anormal, era como una enfermedad que debía censurarse porque se salía de toda regla moral, alejándose de la función reproductiva que se nos asignó como especie. Poco a poco desde la academia, el arte, el activismo, las ciencias exactas y las sociales, de la mano de planes de política pública en varias ciudades del mundo, se ha permitido por medio de acciones pedagógicas que se compruebe una elasticidad en este binarismo. Al igual que un elástico cuando se extiende, la sexualidad y el género no solo poseen dos extremos: estos convergen en tantos como personas hay en el mundo y el afán de categorizar la diversidad sexual y de género, consiste esencialmente en demostrar ciertas verdades que en el pasado se podían deducir, pero nadie las nombraba. Ahora que ya hay algunas siglas (LGBTIQ+), se evidencia la existencia de una diversidad sexual. El artista Alfonso J. Venegas, con su obra: “Fugas a la elasticidad del género” realiza una serie de ejercicios estéticos para manifestar esta categorización de lo gris en el sexo y el género porque considera que cada extremo es un lado del caucho que se estira y, tanto en la sexualidad como en el género no hay héroes ni villanos. Solo hay una búsqueda de la identidad.

Venegas se aleja de la artificialidad de la pose haciendo que cada modelo que participó interviniera su propio cuerpo y el espacio íntimo establecido por el artista, con el fin de mostrar lo que para ellos es dignificable de sí mismos y que a su vez, se aleja de la normatividad expresada en los medios de comunicación mainstream. Para ello, los modelos utilizaron maquillaje, reorganizaron la habitación en donde se realizaron las fotografías y escogieron cada uno, una hora distinta del día y un esquema de iluminación específicos para realizar sus imágenes y registrar una pequeña entrevista. Así quedaron las fotografías de Gabriela y Germán. Gabriela, pansexual queer, es mujer de casi 50 años, no le gustan los patrones patriarcales de la belleza femenina y protesta contra eso. Ella manifiesta características masculinas tanto físicas como comportamentales sin necesidad de inscribirse dentro de una identidad:

“Ser Queer es ser yo. No ser pública, social y políticamente hombre o mujer, sino ser yo. […] Cuando se reivindica lo privado es una actitud contestataria, es una rebeldía total para que no haya más intrusión en la vida íntima. El género me importa un culo, este existe o no existe, si a uno se le da la gana de que sea binario pues bien pueda, si a otro le parece otra cosa que piense lo que quiera. ¿A mí qué me importa? Eso es privado, es personal”. Gabriela García de La Torre.

Germán, es un hombre gay, abogado LGBT, pionero en derechos humanos en Bogotá, ronda los 60 años, activista reconocido y también opina que la igualdad es compromiso de todos. Apoya causas locales como el matrimonio igualitario, fue el primer abogado en apoyar la trieja como modelo de familia ante la corte y es modelo a seguir en el medio del activismo colombiano.

«Son más de 1.400 tutelas en forma directa, de ellas el 98 por ciento ganadas», afirma. Otras tantas (más de 20.000, dice), asesoradas. Cuando comenzó, su oficina llevaba casos de manera gratuita, ahora, se cobra una tarifa económica, hay descuentos para enfermos que vienen de una organización de pacientes, pero si es un caso de VIH, se le pide que haga un trabajo, así sea organizando el archivo en la oficina. German Humberto Rincón Perfetti, El hombre de las tutelas. Diario El Tiempo, 20 de noviembre de 2009
Venegas en esta serie establece que las clasificaciones de género son exógenas: Se basan en lo que “los demás creen” de una persona. (Parece lesbiana, Parece gay, Es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre, etc.). Y tienden además a hacerse binarias, debido al reduccionismo, la ignorancia y al prejuicio interpuesto por dogmas religiosos, políticos y morales. Por lo tanto, se piensa también que las personas que tienen este tipo de identidades están enfermas y se debe censurar su existencia. La búsqueda de la individualidad se convierte en una cacería de brujas. En el caso de Gabriela y German, este binarismo se diluye debido a que no tienen prejuicios y su mente está abierta al deseo y búsqueda de identidad. Ellos han sido víctimas directa o indirectamente de discriminación por prejuicios hacia su identidad sexual o de género ya que quedan en grises y, por ser tan ambiguos, se salen de la imitación. De esta manera, las personas que no los entienden, los convierten en indeseables y, después de ser perseguidos y aniquilados, se transforman en chivos expiatorios, acorde con la teoría mimética de René Girard.

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foto-autorAlfonso J. Venegas (Bogotá, Colombia- 1988). Explora a través del sonido, la fotografía y el performance la transgresión del soma al reconstruir la concepción de igualdad para evidenciar el conflicto humano frente a ella y su posición frente a la sociedad. Gusta de romper las máscaras utilizadas para ocultar lo que para su entorno se considera “anormal” utilizando como temática la sexualidad, el crimen de odio y la doble moral, explorando la mnemofobia característica de su país de origen y su temporalidad.

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Unsex me here

por Adriana González Mateos

*Imagen: Shakespeares-women

~Primera de dos partes~

Quiero pararme en medio del escenario bañada en sangre. Que trace caminos en mi piel, que me dibuje surcos y signos. Quiero sentir su olor ferroso. Sí, sangre de verdad, no sólo un efecto destinado al público. Por lo menos el día del estreno: claro que me importa la crueldad hacia los animales.
Todo lo demás se va a ir definiendo en torno a esa imagen. Primero pensé en la calidad estética de Erzebeth, en tantas posibilidades visuales que distan de estar agotadas: con unas cuatro o cinco actrices de apoyo puedo mostrar contrastes muy provocativos. Está a punto de cumplir cincuenta años; su belleza, que durante tantas décadas dominó cualquier situación, empieza a eclipsarse. A medida que deja de menstruar, se obsesiona con la sangre de las adolescentes. El contraste entre su cuerpo ataviado y la desnudez de ellas: los bordados, las joyas, los encajes, todo eso que la hace cada vez más elaborada, más esculpida, más oculta. Tiene miedo de la luz: por eso todo sucede en un sótano, en un útero.
Su séquito de hechiceras: las podría convertir en guardianas de un mundo que aún resistía al cristianismo. Pero a pesar de la perfección de algunas escenas, Erzebeth no me basta. Se aferra a los conjuros y a los talismanes y se sumerge en la sangre porque no quiere ver algo que debería ser más evidente a cada minuto de la obra: se parece menos a las prisioneras y más a las brujas. Su historia sólo puede ser el relato de un fracaso, y yo no quiero eso. No quiero poner en escena esa historia que invoca cirujanos plásticos y bótox. No quiero que su risa suene amarga.
Podría hacer una Erzebeth cómica y punto, pensé durante algunos días, sin acabar de convencerme. Y de repente se me apareció (sí, saltó frente a mí mientras hablaba por teléfono con Roberto y dibujaba garabatos para distraerme) un personaje mucho más interesante, quizá una nieta, una biznieta de Erzebeth pero nutrida por aires irreverentes. Sin esa seriedad de lápida.
Lady Macbeth. Un rápido paseo por YouTube me dejó fascinada por sus manos tintas en sangre, por los goterones en la cara, por la variedad de guantes y trajes rojos usados por las actrices. Los cineastas se han esmerado en variantes inapreciables: Lady Macbeth a la luz del crepúsculo, iluminada por los rayos del amanecer, bebiendo líquidos redundantes en copas de cristal. No le pide nada a Erzebeth y además se mueve. Habla.
Corrí al espejo a maquillarme, a ponerme y quitarme chales, zapatos y collares, en una euforia de hallazgo. Recité pasajes, frases. Saqué del librero mis Obras completas, casi temiendo que se evaporaran mis intuiciones y esas palabras pertenecieran a otra obra. Pero ahí estaban, condensando mi espectáculo: Unsex me here.
Leí y releí la obra, subrayé, consulté un poco de crítica, discutí con Roberto. Hay un enigma en Macbeth, decidimos después de estudiarlo varios días. Algo falta en esa obra.
Sí: el texto sobreviviente parece ser una especie de guión para alguien que trabajaba en la puesta en escena. Y aun así. Es un texto incompleto.
Me pareció evidente la respuesta. Volví a llamar a Roberto, hicimos una cita. Era urgente empezar a aterrizar aspectos concretos del trabajo.
Durante siglos hemos leído una versión censurada, le dije mirando el menú, dejándolo ordenar el vino. Es el resultado de tachones y adiciones hechos por William a un texto de su hermana, la malograda Judith. Mi puesta en escena incluirá escenas para narrar esa historia: cómo Judith se ahorcó y Will apenas pudo salvar sus papeles, que lo sacaron de una crisis. Tenía deudas, un estreno inminente en la corte y muy pocas ideas. El embarazo de su hermana, su relación con un dramaturgo rival en cuyo último estreno le parecieron evidentes la mano, la voz de ella, las peleas, el suicidio: todo en esas semanas parecía calculado para hundirlo. Y de repente, después de vender los pocos cachivaches de ella que valían un céntimo, se encontró con esas páginas, la letra impetuosa y un poco despeinada, las tachaduras, uno que otro dibujo apresurado: The Tragedy of Lady Macbeth.
Apenas el día anterior la había enterrado en la encrucijada. Tal vez eso le permitió reconocer la fuerza, la poesía, la originalidad que siempre le había disputado. Estaba loca, cómo negarlo si esas ideas acabaron por matarla. Pero ahora ya no lo perseguían sus reclamos y pudo verlo por primera vez: su hermana había sido un genio.
No era de los que se dejan anular por la culpa. Judith estaba muerta y no había manera de deshacer los últimos meses, ni toda una vida de peleas. Pero tenía en sus manos la solución de sus problemas inmediatos. Siguió leyendo, ya con su grupo de actores en mente, con las fechas. Iba en la tercera página cuando se levantó por una pluma y un frasco de tinta. Si él y su hermana hubieran sido capaces de descubrir antes la posibilidad de trabajar juntos.
Roberto me escuchaba con atención. Fruncía el ceño, a veces hacía preguntas, quizá suprimía críticas. Confío mucho en él, aunque no siempre estamos de acuerdo. Nos conocimos hace muchísimos años, cuando protagonizamos una comedia romántica bastante regularcita; nos reuníamos a repasar los diálogos y a criticar al autor. En una de esas, Roberto se lanzó a decir uno de los textos de Romeo y Julieta; no se imaginaba que le iba a contestar con exactitud. Por supuesto caímos en la tentación de creer que ningún actor anterior a nosotros había sentido de manera tan genuina esos personajes. Ensayábamos en su casa, leyendo las escenas entre las sábanas, desayunando aprisa, interrumpiéndonos para improvisar, pero nos separamos mucho antes de planear ningún suicidio. Desde entonces hemos vuelto a colaborar muchas veces, cada uno ha tenido varias parejas y divorcios, hemos pasado por muchas etapas de nuestros respectivos trabajos y procesos creativos. Alguna vez me ha parecido muy desgastante trabajar con él, sobrellevar sus críticas y sus arranques de mal humor, pero desde hace mucho me acostumbré a contarle mis proyectos. Anoche fue el oyente ideal. Sabe respaldarme, sugerirme posibilidades, protegerme si empiezo a divagar. A veces hablamos de Shakespeare y es bueno saber cuánto cariño hay en las acotaciones de esos diálogos.
Le conté los pensamientos de Will mientras compartíamos la ensalada. La tragedia de su hermana era irrepresentable; había que quitarle, ponerle, adaptarle. Judith por ejemplo dejaba pasar un detalle que le daría relevancia política, pues se deshacía muy pronto de Banquo, como si no se percatara de la leyenda que lo convertía en ancestro del rey actual. Así había sido siempre: desdeñaba cálculos indispensables. Escribió de un jalón la escena de los descendientes de Banquo reflejándose en espejos infinitos y se sintió feliz. De alguna manera, su hermanita vivía en el calor con que su mano acariciaba las páginas. La recordó muy niña, cuando ninguno de los dos sabía escribir y corrían por los campos cercanos a Stratford o se refugiaban de la lluvia y jugaban a disfrazarse.
Ese papel lo va a hacer una actriz imperfectamente travestida, aunque al principio nadie en el público se dé cuenta. Will va a hacer pausas en su escritura para acariciarse los cabellos, para ajustarse un corpiño apenas disfrazado bajo la camisola. En algún momento se va a quitar el bigote para sentirse más a gusto. Sólo así podrá acometer los pasajes de las brujas, ellas sí barbudas. Su pluma se va a detener un instante sobre el papel mientras contiene la respiración y las ve ocupar el escenario, a la vez encarnación de las entrañas de la tierra y hechas de aire, de fuego.
Esos pasajes nunca han sido completamente descifrados por la crítica. Se dice que Will copió hechizos verdaderos, robados a las curanderas que Judith buscó para abortar. Tal vez lo engañaron haciendo pasar versos sin sentido por palabras de poder, o viceversa. Quizá leemos consejas incalculablemente antiguas, tal vez encontramos la escritura de Judith sin ninguna alteración. Las oigo magnificadas por el maquillaje, por los efectos de luz. Pero no puedo dejar de anotarlo: tal vez ahí es donde Will fue más severo y sacrificó páginas enteras que su juicio de experimentado dramaturgo no hubiera dejado llegar al público en ese tiempo atravesado por tensiones religiosas. Ritos, profecías, toda una trama sumergida.
Su versión conserva huellas elocuentes, como los restos de una ciudad usados en edificios posteriores, todavía tartamudeando en un lenguaje que ya no entendemos pero no deja de invitarnos a descifrarlo. Las brujas están ahí con su idioma de adivinanzas, pero se quedan a medias. Ahí se articulaba un mundo paralelo, mucho más poderoso que el de las luchas dinásticas entre Macbeth y los sucesores de Duncan, una esfera que los predice y los manipula pero cuyas razones están excluidas del escenario. En la versión de Will sobreviven los intentos de Macbeth por interrogar a esos poderes desdeñosos, que en cambio escuchan los ruegos de su esposa.

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Adriana González Mateos da clases en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha recibido varios premios por su trabajo literario:Foto-4 ha publicado traducciones de poesía, cuentos, crónicas, artículos académicos, ensayos y las novelas El lenguaje de las orquídeas (Tusquets 2007) y Otra máscara de Esperanza (Océano 2014).

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