Los locos no tenemos amigos, le platiqué hoy a mi ojo que me veía asombrado de mi filosofía de supervivencia. Este ciego estaba buscando la muerte ya hacía un rato.
La busqué al asomarme a la ventana; la noche pálida me sonrió junto con la luna a la que se le podía percibir la flojera de no salir aún. La huesuda no está.
Tomé del cajón un carrujo, quería volar a su encuentro en los bosques del tártaro. No la encontré, entonces pensé en el cielo. Mi ojo perplejo me miraba y sé que muy dentro se quejaba de mí.
Los locos tampoco podemos amar porque no sabemos. Si es realidad la realidad, hurgando me encontré una colilla de lo que fue un cigarro fumado aquí; por una persona que decía ¿me quieres? Como si preguntar fuera querer. Como si querer fuera preguntar. Me estoy llenando el cerebro de humo; el humo es el comienzo de la fantasía.
La cual se me está acabando con la espera; al cabo de unos toques veré los resultados de este vicio malnacido. El humo me envolverá en sueños y volveré a la búsqueda de mí.
Me perdí como todos en el camino de regreso a casa, cuando atravesando la calle me atropelló el tiempo de la edad; venía en sentido contrario, no lo vi venir hasta ahora después de veinticinco años.
¿Quién se enamora de un loco? Me preguntó el ojo ingenuo. Vaya que no sabe lo que dice porque no piensa, sólo ve. Pensé seriamente en esto. Alguna vez, muchas bocas, muchas manos, también algunos sexos, inventaron eso. El amor. Yo no sé si existe, sólo lo siento. Pero todos y todas lo venden como una norma indisoluble: “Por muchos años”, una ganga de conveniencias, una especie de esclavitud con consentimiento de dos. Pero creo que los locos no damos esos resultados. No tenemos residencia marital ni descendencia. Nadie tiene porvenir con nosotros.
Los locos, a quienes nos cuestionan nuestros propios ojos no tenemos herencia ni sucesión. Soñamos y con eso es bastante para el amor. Nos brilla la inocencia y la demencia nos da alas para posarnos como mariposas en los pétalos de la flor. Sin llevar polen. No somos fértiles para producir flores. Producimos inmensidad, deseos, muchísima soledad, mundos llenos de versos, de historias, de egoísmos; somos espejos, dicen algunos que se puede ver a través de nosotros; plantas de ornato, las cuales admiras y quieres para dar luz a un lugar, para darle estatus a tu vida.
Son las cuatro de la mañana, aún no doy con ella, la de los labios rotos, la de los huesos largos y quebrados, la chica de blanco, la pelona. La busco desde ayer.
Tenía once años cuando me di cuenta que la gente me veía mal, era diferente a ellos, no jugaba sus juegos y les cuestionaba su apatía y miseria, yo me masturbaba y reía, si reía. Mi libertad les pesó tanto que nadie quiso hablar conmigo ni de mí. Me enviaron a una escuela especial. Nunca lo supe hasta hoy que estos ojos me observan con miedo y escrutinio; la mirada. ¿Estoy loco?
Siento que me estoy yendo de nuevo, llenándome de mentiras, de imágenes que no dicen nada, de gente que se ríe de uno; me han dicho ¿No ves como es la vida? Estoy perdido, ¿será eso? No tengo un ancla que me detenga en este mar de ilusiones y fracasos.
El ojo se quiere cerrar pero aún me escucha, no quiere dormir hasta ver qué hago con esta vida que no encuentra la muerte. Esta vida que asustada se me escapa de las manos, le huye a mi soledad. Por más que intento doblegarla, no cede.
Es una cobarde que prefiere matarme por la espalda sin darme pista alguna para enterarme cómo he de morir. ¿Cómo? Parece decir el ojo.
Inquieta, ingenua, como mi madre, desierta de cariño hacia mí, incapaz de decir palabras dulces. Cuánta soledad me guardo en el corazón, cuánto miedo provoco para ser como soy.
Gato salvaje
El ojo me mira compadecido, le brota una lágrima que cae sobre el piso, se confunde con la basura de mi cuarto. Es en vano esperar tanto por ella, es en vano sentir amor por alguien que no está aquí y ahora. Siento frío, mucho frío.
La primera vez que se hizo evidente para mí yo tenía 13 años, aunque ahora que estoy en una edad más… madura, me doy cuenta de que siempre hubo señales de lo que ocurría. “Tu mamá está loca”, me dijeron ése día; y no es que fuera la primera vez que me lo dijeran, o que se tratara de la primera vez que una persona fuera llamada loca, vamos, ni siquiera era la primera vez que la mamá de alguien era llamada loca, sino que hubo algo en ésas cuatro palabras en ese preciso momento que me hicieron ruido y que siguen resonando hasta el presente momento de mi vida.
El inicio de ese día lo recuerdo muy borrosamente, no había nada que anunciara que fuera a ser extraordinario; hubiera preferido mi rutina de aquel entonces: levantarme sin ganas de hacerlo, cepillarme los dientes, acomodarme el cabello de manera que se viera decente, ponerme el uniforme, irme con la “panza al hilo”, caminar las 7 cuadras que eran de mi casa a la secundaria (sé que eran siete porque las conté; de esas manías que se va haciendo uno, de esas manías que dadas las circunstancias te preguntas si eran manías o eran señales de un carácter heredado), llegaba a la escuela, aguantaba al imbécil de Memo que siempre pensó que me interesaba escuchar todo sobre las caricaturas japonesas que veía, me pasaba todas las clases asomada por la ventana transportándome a la vida que me había creado en la cabeza, la vida que era para mí tan real que era lo que creía que realmente estaba viviendo y no la que en ése entonces tenía, y así llegaba hasta el timbre que indicaba la hora de salida y podía regresar a mi casa a la misma nada de siempre pero que era mía y por lo tanto, era confiable. Saludar a los vecinos (¿por qué todos teníamos el mismo patio? Siempre me pregunté), tocar en la casa con la clave que mi abuelita nos había enseñado, preguntar qué había de comer, hacer algún quehacer a regañadientes, salirme a caminar y a seguir imaginando… Pero no, ése día no pasó así. Toda la mañana transcurrió más o menos como lo contado, sin embargo, al llegar a mi casa sucedió el giro. Al entrar, la puerta estaba abierta completamente y eso nunca, NUNCA pasaba porque mi abuelita decía “que no hiciéramos confianza y pusiéramos siempre el broche”… el broche era el seguro, pero ella siempre le llamó así. Esa fue la primera mala señal. Entré a la casa y como era tan pequeña no fue difícil saber inmediatamente que no había nadie. Hasta ese momento yo me había imaginado mil veces lo buenísimo que sería vivir sola, que nadie me pidiera nada, que mis hermanos se podían ir, que mi abuela podía faltarme, que mi mamá no podría estar más ida y que a mí todo me daba igual porque yo tenía la vida y el mundo que me había creado en mi cabeza y que eso era TODO lo que necesitaba, pero algo hubo en ese preciso instante de sentir una verdadera ausencia que me cambió el panorama, ese todo que yo suponía que me era suficiente.
Esa sensación empezó en mi piel a modo de escalofrío y tomó más fuerza al llegar a mi garganta pues sentí como si se me hubiera metido una fuerte corriente de aire -y no era un aire cualquiera era uno que, de haberlo coloreado, hubiera elegido el color gris azulado, y si tuviera una emoción hubiera sido miedo. Eso era: era un miedo metiéndose por mi garganta y ocupando cada espacio libre en mi cuerpo. Como por impulso y sin pensarlo, salí y empecé a tocar frenéticamente en la puerta de la vecina. La vecina nunca era amable, mantenía un ceño fruncido, apenas me decía “buenas tardes” y alguna vez la escuché decir que yo “me estaba echando a perder”. Ése día, cuando me abrió la puerta, me dijo que entrara y su habitual gesto de enojo se había cambiado por una expresión como de lástima.
Pásale, m’hija… Tu abuela se ha tenido que llevar a tu mamá al doctor, tus hermanos andan con ella.
¿Qué pasó?- pregunté muy alterada. Lo que antes estaba sintiendo, en ese momento empezó a crecer, las piernas se me empezaron a hacer como hilachas y la temperatura de mi cuerpo empezó a bajar mucho.
“Pues es que… tu mamá está loca.”
Ahí ocurrió. Esas cuatro palabras hicieron eco por todo mi interior, se bajaron hasta mi estómago, rebotaron por mi pecho y ahí se quedaron haciendo que mi respiración se acelerara mucho. ¿Cómo entendí yo inmediatamente lo que la vecina que apenas nos dirigía la palabra me estaba diciendo? Como un flashazo me vinieron a la memoria los momentos en que mi mamá se había portado… rara. Algo dentro mío supo que eso era cierto, pero era una verdad dolorosa que además no quería lidiar con alguien que no era nadie para mí.
-¿Y a dónde se la llevó? ¿Cómo se la llevó? Quiero ir.
Curioso… en ese momento ya no tenía ganas de decirle a mi mamá que no la aguantaba, que se portara como una madre, y empecé a pensar que quizás era algo bueno que mi abuela y hermanos siempre estuvieran ahí.
-Pues al hospital de acá arriba, si quieres te acompaño…
-Pues vámonos, pero me va a seguir el paso. La señora volvió a fruncir el ceño. Me di cuenta por qué decía que yo me estaba echando a perder.
Al llegar al hospital yo no sabía ni a dónde ir, así que hice lo que me había parecido más lógico. Si había ocurrido algo de la nada, entonces estaban en urgencias. Me fui para allá y nada más sentía que atrás de mí venía muy apurada la vecina, que se llamaba Esperanza. Nada más entrar a la sala de urgencias vi a mi abuela sentada batallando con mi hermano menor, con una cara de angustia que nunca le había visto y con mi hermana al lado. Nada más me acerqué me empezó a contar todo, que mi mamá se había lastimado y había intentado lastimar a mi hermano diciendo que todo lo que tocaba se convertía en magia, y que quería un hijo mágico. Pasamos cuatro horas en la sala nada más esperando. No hablamos, no comimos, prácticamente no nos vimos y Esperanza, la vecina, se fue al cabo de un rato. Los cuatro que esperábamos a mamá estábamos inmersos en nuestra propia mente, nunca supe qué pensaban los demás, pero yo nada más estaba recordando todas ésas veces que mamá se había portado rara. Tengo que decir que algunas veces gritaba y sí podía soltar manazos, pero eso no me hacía pensar que estuviera loca, sólo pensaba que estaba enojada porque papá no estaba con nosotros. El hecho de que mi abuela la cuidara como niña tampoco me parecía extraño, hasta cierto punto me parecía tierno, e incluso tengo que admitir que muchas cosas de las que me hablaba tenían sentido para mí. También es cierto que muchas veces me desesperaba; me enojaba que nunca me hubiera llevado a la escuela, o que no me peinara o que no me pusiera lonche, también otras cosas que decía me hartaban, mentalmente la callaba y muchas veces me imaginé contestándole lo que me decía, pero vamos, nada se había salido de proporción para mí.
Al cabo de un rato se asomó por el pasillo un médico y preguntó por la familia de la señora Ernestina; esos éramos nosotros y nos pidió que pasáramos a su consultorio. Yo estaba demasiado inmersa en mí misma, pero me concentré mucho en escuchar lo que decía. Lo primero fue “enfermedad de Huntington”. ¿Eh?, pensé, pero continué escuchando sin preguntar. “Una especie de demencia”, dijo. “Cambios de humor”, “paranoia”, “movimientos anormales”. Yo siempre me creí muy atraída por el mundo raro e incomprensible, sin embargo, en ese momento en que esas palabras eran atribuidas a mi mamá, me hicieron sentir triste, para nada atraída. Otra vez el flashback perfecto de los momentos extraños de mamá, todo se acomodaba en perfecto orden cronológico, desde la primera vez que yo tenía 3 años y la vi moviéndose ansiosamente del baño a la cocina; moviéndose mucho el cabello hasta hacía dos semanas que estaba sentada moviendo la cabeza sin mover los ojos y hablando de cosas que no entendía. Yo sabía lo que demencia significaba, pero no lo que implicaba. Teníamos que dejarla internada en lo que sanaba el daño que se había hecho ese día, pero no había forma de tratar lo que en su interior estaba ocurriendo. Quizás se podría controlar, pero incluso darle medicinas iba a resultar difícil. Como esta advertencia, hubo varias más.
Todo se tornó muy raro. Por la forma de explicarnos del doctor empecé a sentir mucha compasión por mi madre. Entendí que había cosas que a mí me desesperaban pero que ella ni siquiera lograba entender y sin embargo, de alguna forma, tenían sentido para ella. Desde ese día, todo cambió, la unión de mi extraña familia se vio confeccionada por un mezclado sentimiento en común de compasión y desesperación. Las crisis fueron creciendo, se hicieron más frecuentes. Los momentos en que me imaginaba en otra vida ocurrieron cada vez menos, pero muchas veces mis ganas de en realidad estar en otra vida se hicieron más intensas. Hubo pocos días buenos, muchos malos y muchos más terribles. No sé cómo, pero mi apreciación por mi madre creció. No entendía nada, pero me metí de cabeza a su mundo y luego me volvía a asomar al mío sólo para hacer las cosas que tenía que hacer. Me hice experta en seguirle el juego, en ir un paso más adelante; hice de la demencia la de mancia. Era literalmente una locura, pero ¿qué iba a hacer, si era mi madre?
Siempre fue más fuerte la necesidad de crear una historia a partir de su experiencia. Encontraba en la ficción un aliciente para subsistir. Deseaba confrontar al mundo y embestirlo con las propias armas que éste le daba.
Su mente ágil advierte los sentimientos que impregnan cada mirada. Desde la condenación, la burla, pasando por el enternecimiento y el morbo. En el corto trayecto de su hogar a la escuela, percibe al menos un par de ojeadas hipotéticas hacia su estructura corporal.
Todo en sus formas es digno de especulación. Desde sus piernas cilíndricas hasta su rostro de luna llena –cráteres incluidos. A la redondez le son atribuidas muchas características, entre las que destacan la candidez, la amabilidad, la pasividad, incluso una ingenuidad que raya en la estupidez. Nada que ver con ella.
No es que sea la encarnación del mal y la perversidad en un cuerpo bonachón. Lo que pasa es que deglute cada mofa, cada palabra soez o misericordiosa y con ellas teje su propia historia. No es esta una historia de odio. Es una historia de transmutación: la ingesta de hostilidad que engendra un orgullo por ser “distinto” (¿Pero es que realmente se es distinto?). La construcción de una identidad a partir de la diferencia. El orgullo de ser calumniadx. Ha pensado noches enteras en las que se debate entre la furia hostil y la conmiseración. Pero ante tal disyuntiva, se asume como la protagonista de una gesta perpetua.
El asiento del pupitre es un castigo anticipado: sus dimensiones son un desafío a las normas de la distribución del espacio impuestas socialmente. La condena (¿o la ventaja?): la soledad necesaria. Las horas pasan, y ante ellas desfilan las hipótesis que ha ido coleccionando sobre sí y las hila como una oda al autoescarnio: “Es linda; un poco gruesa, pero linda/Es lenta, torpe/Está llena de vida/Seguro tiene problemas en la glándula tiroides/Desea ser normal/ ¡Qué tierna!/ Alberga ira y frustración/La belleza se lleva en el interior/ Es una Venus de las eras glaciares”.
Es en este punto cuando escucha: “Compañerita, sí, tú, la gordita, por favor pasa a presentarte”. Ella se levanta parsimoniosamente, lanza una ojeada alrededor. Se da cuenta de las risas y los murmullos que nutren su imaginación. Es entonces cuando profiere aquello que habrá de ser su consigna:
“SOY D…TENGO DIEZ AÑOS…Y SOY… GORDA, NO GORDITA. ME GUSTA COMERME A OTROS NIÑOS”.
El silencio reina. No faltan los ojos desorbitados, las bocas abiertas, quien reprime una carcajada, quien por un momento lo cree verdad. Porque no es el hecho de crear un mito alrededor de ella, como todo lo que existe alrededor de la gordura, sino que fue la mejor forma como concibió definirse así misma: una colección de retazos, la asimilación del imaginario ajeno que origina uno propio.
Porque el problema no es ser gordo, sino la traducción de la gordura en vergüenza. D afirma con orgullo engullir a sus semejantes, porque se alimenta del temor de ser como ella.
Fobiófaga. Gorda. Orgullosa.
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Dalila Castillo Alonso, mexicana de 23 años. Latinoamericanista de profesión. Me interesa sobre todo la literatura erótica y la representación literaria de la construcción social de los géneros.
Cuando conocí a Pili, yo era extremadamente delgado: medía uno ochenta pero pesaba menos de setenta kilos. Dejamos de vernos muchos años, y subí varios kilos cada año, de tal manera que cuando nos re-encontramos en la Alondra, casi lo primero que Pili me dijo: “has engordado bastante, me gustas más así”. Animado por esa frase, me sometí a una rigurosa dieta para aumentar aún más mi masa corporal. Después de un tiempo de salir juntos y lograr unos kilos extras, finalmente logré acostarme con ella, una noche que la invité a cenar una buena ración de tacos. Como buen macho inseguro, le pregunté cómo había estado y ella, sin pensarlo dos veces, me soltó un “estuvo bien, pero la verdad me gusta con más carnitas”. Me esforcé en un plan para seguir cebando mi ya rotundo cuerpo, hasta que un día, hablando por teléfono con Pili, me dijo: “creo que no me has entendido… mmm… ya sé cómo te explico. Te espero mañana a las ocho de la noche en mi departamento”.
Llegué puntual y, un poco nervioso, toqué el timbre, esperando que Pili notara los doce kilos que había subido, desde la última vez que nos vimos. Abrió la puerta un tipo bastante entrado en carnes y desnudo, diciendo: “Hola, tú debes de ser Juan, pasa. Pili te está esperando”, mientras me conducía a la alcoba. Reconozco que me sorprendió muchísimo ese recibimiento, pero no tanto como encontrar a Pili, recostada semidesnuda y rodeada de cuatro sujetos sin ropa. Sin salir de mi sorpresa, finalmente entendí a qué se refería Pili, cuando me dijo que le gustaba con más carnitas…
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Juan Machin R. – He publicado diversos trabajos de investigación, cuentos y poemas en libros y revistas de México y de Alemania, Argentina, Canadá, Colombia, Costa Rica, España y Uurguay, así como fotografías, dibujos y pinturas. He ganado algunos reconocimientos como el 3º lugar Concurso de Cuento Nacional de Humor Negro (1997); mención honorífica 2º lugar en el Premio Nacional de cuento Efraín Huerta (1998) y el Premio Estatal de Literatura Morelos 2002 en el género de cuento.
Link a página personal https://www.facebook.com/JuanMachinR
Cristina miraba la fotografía de Ángel, el chico de Colima que había conocido desde hace 7 años por un chat. Nunca lo había visto en persona, pero sabía que él era la persona por la que ella se levantaba todos los días. “Conéctate” repetía mientras retocaba su fotografía para sus perfiles virtuales.
Ángel dice:Hola
Cristina dice:Justo en ti pensaba ¿Qué tal?
Ángel dice:¿Bien?
Cristina dice:Niño, no me gusta verte así, daría todo por hacerte feliz
Ángel dice:Lo sé, necesitamos hablar de eso
Cristina sintió un vuelco en el corazón, ¿y si él la amaba tanto como ella lo hacía? Preparaba en su mente una lista de palabras cariñosas hacia aquel chico que le había robado el corazón. Tenía treinta años y sabía que al conocerse se casarían, aunque a ella le gustará la trova y a él el rock pesado.
Ángel dice:Creo que ha llegado el momento en que seas sincera y me digas, ¿qué sientes por mí?
Cristina dice:Tú primero
Ángel dice:¡Con un demonio! No es un juego, Cris
Cristina dice:Te amo
“Ángel se ha desconectado”
“Será que siempre que me enamoró dios dirá ‘vamos a romperle el corazón’ y habrá risas entre los ángeles, porque Ángel, era eso uno de los ángeles de dios en mi vida y…” Entró al baño por la navaja, redactó un mail que quién sabe qué tanto diría, pero finalizaba con un “Insensible, superficial y hueco, pero aún así…te amo”.
Se sentó en el piso, dispuestas las venas para ser cortadas como fotografías viejas que al romperse borran malos recuerdos “Espera”. A penas se rozó con la navaja cuando la aventó.
«¿Y por qué he de creer en el amor? Tengo amistades ocasionales, un empleo regular y un hobbie que se ha hecho pasión» giró a ver su colección de envolturas de jabones. «Estoy bien y no necesito que una máquina trastorne mis sentimientos». Tomó la computadora junto con todos sus cables y los aventó a la carretera. «Total, mi trabajo nada tiene que ver con las computadoras fuera del horario laboral». Sonrió, y se puso a limpiar la casa.
No era el tipo de persona a la que puedes hacer preguntas y obtener una respuesta clara, unívoca. Simplemente hablaba, y había que escucharle.
aquí no crecemos, nos extendemos. vamos de nodos a nadas, arreglamos circuitos, damos unos toques al hardware y seguimos. yo les cuido. tengo a niko, mi ayudante. lo recogí arriba. le habían usado como cuis1 de laboratorio, para probar virus. lo traje a la oficina y lo reseteamos varias veces. quedó bastante bien, sólo necesita unas dosis más altas de kawa y pasarle el antivirus klamAV cada día, sobre todo cuando sube. pero eso ya se sabe: esto es lumpuamun, y aquí todo el mundo tiene algún tipo de malware.
El tufo a Kawa-kawa impregnaba la oficina de Lumpuamun. Era Piper Methusticum, un rizoma con poderosas propiedades oníricas y ansiolíticas heredado de los tiempos de la colonización. Porque si había una necesidad en los subterráneos de New Terra era soñar. Cerrar los ojos y descansar, sin intervenciones correctoras del sueño, era lo que había llevado a miles de seres a ocupar las alcantarillas de lo que había sido la Tierra y darles la voz mapuche lumpuamun: “andar en bandadas”. Arriba, en lo que ahora llamaban New Terra, dormir era abrir los sueños a los Pacha Ch’usay: “los que viajan en el tiempo/mundo/tierra”, los correctores de sueños.
aquí abajo los pacha ch’usay no tienen poderes. sus sensores no reciben ondas magnéticas desde lumpuamun. la única manera de intervenirnos es cogiéndonos en la superficie, por eso subimos con estos cascos. los montamos aquí mismo. bloquean los sensores de los ch’usay. con los cascos y con las venas sin kawa, para no soñar. a maquis le cogieron una vez. había montado su casco sin ayuda y nadie lo verificó. así que algunos bloqueadores no funcionaban. era su primera vez en New Terra. había subido a reciclar cables.
Los Pacha Ch’usay buceaban en los sueños de los habitantes de New Terra, el Pueblo del Sendero, en busca de desviaciones, deseos inadecuados, posadas fuera del camino, para reorientar los sueños hacia el Sendero, el camino de la corrección, el único posible para los habitantes de New Terra. Porque, a pesar de las múltiples intervenciones genéticas y los botiquines atiborrados de neurotransmisores, el Pueblo del Sendero mantenía trazas de ingobernabilidad. Entonces era cuando actuaban los Ch’usay: expertos en psicología, magia, pócimas y venenos, modificados genéticamente para incrementar sus niveles de serotonina y otros provocadores de empatía, los Ch’usay recorrían los sueños desviados para reorientarlos hacia el Sendero. Algunas veces, a través de la hipnosis y el antiguo psicoanálisis. Otras, con implantes cerebrales. Con frecuencia, recurrían a la aniquilación de recuerdos a través de la muerte selectiva de neuronas.
no te engañes: New Terra es en sí una fábrica de malware. la diferencia es que aquí abajo lo sabemos, y nos armamos para superar el umbral crítico a partir del cual los virus no pueden adaptarse, esa frontera que el Consejo Mayor de Genética Planetaria llama “catástrofe de error”, el límite a partir del cual los virus son aniquilados o desaparecen, porque hasta la cantidad de mutaciones de un genoma tiene un límite. y tú, ¿sabes cuál es el tuyo?
A veces te hacía esas preguntas. Se levantaba las gafas RV y te traspasaba con una mirada que casi parecía humana. Era imposible no buscarle los ojos, aunque no sabías muy bien en qué parte del cuerpo estaban. Su mirada, aumentada por decenas de sensores y cámaras, se multiplicaba por toda la superficie de su cuerpo. Entonces, justo en el momento en que empezabas a articular una respuesta, bebía un par de dosis de Kawa y seguía hablando.
en mi tiempo como madrona de lumpuamun he conocido a unos cuantos pacha ch’usay disidentes. no como los que trabajan para el Gran Consejo creando yonquis del sueño. no. eso es basura irreciclable. te hablo de los que desarrollaron el retrovirus kuref. ¿has oído hablar de él, no?
La Madrona sabía perfectamente que ese era el motivo de mi descenso. El Kuref – o “viento”, como le llamaban en New Terra – se reproducía incontrolablemente gracias a glitchs en el Camino del Sendero. Se transmitía por absorción cutánea y tenía un período de incubación de doce horas. Si el Kuref había empezado a nadar en la sangre de un Sendero por la mañana, por la noche vivía los primeros síntomas: deseo de lo inexistente, obsesión por lo que cae fuera de la norma, figuración de caminos alejados del Sendero.
La mayoría de seres afectados eran tratados con terapia amnésica para eliminar la memoria de lo soñado. Sin embargo, tras años de experimentación, descubrí que para alojar el Kuref era necesario algo más que unos glitchs aislados y una programada guerra bacteriológica: los organismos receptores debían ser propicios a alojar el retrovirus. Y ese caldo de cultivo era generado por el Aburrimiento, uno de los peores flagelos del Pueblo del Sendero.
en New Terra habrás escuchado que el kuref fue lanzado por el Gran Consejo desde un laboratorio escondido en los picos de La Reina. ¡idiotas! les encanta demostrar que el control es exclusivo de la élite de senderos. pero aquí sabemos que no es así. si no, ¿qué habría venido a hacer una científica tan renombrada como tú, la gran Aisha Shalom, a un sumidero como este?
Yo estaba estudiando a los kureves, los sujetos infectados. Gracias a mis investigaciones, se sabía que sus ondas cerebrales sufrían cortocircuitos a partir de los cuales era imposible dibujar un patrón. Las interferencias duraban escasos segundos, y producían extrañeza y sentimiento de indefensión en los sujetos.
Al principio les administraba supresores del sueño. Estos cumplían su función, pero el cortocircuito era exactamente el mismo. Los sujetos despertaban con un estupor ajeno, como si fueran muchos seres con un único sendero por andar. Al cabo de un mes, el proceso era irreversible: perdían el rumbo, olvidaban el nombre de sus parejas, salían antes del trabajo. Estas conductas, completamente desconocidas en New Terra, eran motivo de alarma suficiente para una investigación a fondo. Sobre todo cuando los kureves empezaron a buscar refugio en Lumpuamun.
Así que allí estaba, aturdida por los vapores del Kawa y registrando las alucinaciones de la Madrona en busca de la antítesis al aburrimiento.
ahora que ya te he dado la información que necesitas, ¿qué harás?
Esta vez, la pregunta no era retórica. Abrí la boca para comenzar el interrogatorio que tenía preparado, pero las palabras se habían transformado en piedras. Ásperas, pesadas, grises. Mi cerebro sólo recordaba el lenguaje de la Madrona.
Al principio, pensé que había caído en una trampa. Me habían hecho un chequeo de sensores exhaustivo antes de entrar a la oficina, pero no me habían confiscado ninguno. Podría haber estado recibiendo, sin el corrector de la Nube, las ondas magnéticas de la madrona y del resto de namenlosen, los-sin-nombre que pululaban por allí y que (luego lo supe) eran todos y cada uno de los habitantes de lumpuamum. no había un niko, ni una maquis, ni una madrona. ningún nombre, todos los nombres; ningún bloqueador, todo sintonía.
No me inmuté. tenía el Computador Programable Molecular con la Información que había intentado conseguir durante años: que el Kuref había surgido de la Disidencia de los Controladores del Pueblo del Sendero; que la antítesis al Aburrimiento florecía en las Alcantarillas de New Terra; que el Lenguaje era el auténtico Virus que emanaba de Lumpuamun; que no había una única Madrona, cloaca maestra y madraza de Lumpuamun, sino cientos de ellas; que cada Madrona y cada Namenlosen no eran unidades indivisibles sino Multiplicaciones físicas y virtuales inabarcables…
podía volver a la superficie en cualquier momento y develar mi hallazgo, pero unas horas en lumpuamun me habían bastado para olvidar el lenguaje que daba sentido a mi existencia. no había consumido kawa, pero había caído en tal estado de ingravidez que continué muda cuando la madrona empezó a sacudirme de los hombros y arrancarme los sensores a tirones.
¡Aisha! ¡te llamas Aisha Shalom y eres un Sendero! ¡volverás con el computador al Gran Consejo y lo replicarás, para que toda New Terra conozca la gran mentira del Sendero! ¡Shalom! ¡Aisha Shalom!
ahora hace ya mucho tiempo de aquella mi primera vez en lumpuamun. nadie que haya estado en las alcantarillas puede volver a transitar el camino del sendero.
Helen Torres Activista transfeminista, antes cuir; euraka; lectora, traductora y recicladora de la metáfora del ciborg; ex-académica que supo transitar los pasillos de las ciencias sociales y los cambió por plazas sudorosas; amante de los paseos sonoros, las palabras impresas, los perros, las perras y los humanos que guerrean por dejar de serlo. Una vez fue socióloga, educadora, escritora, madre y pareja, y lo deshizo utilizando el lenguaje como tecnología de código abierto que crea realidad.
Jamás me había vuelto loca de deseo, sí, sé que el amor no existe, que todo es hormonal, claro que lo sé, soy bióloga y no me trago esos absurdos cuentos sofistas del amor, matrimonio y esas cosas que se inventaron para gastar en una fiesta o en unas flores.
También estoy consciente que actuamos por deseo, espera, deja voy por un cigarro, Lupita abrió la caja rosa cerca de la webcam, donde a través de un twitcam se confesaba, porque nadie más la podía escuchar, aún así, nadie la escuchaba, pues el marcador de visitas seguía en ceros, soltó el blanco humo en su boca deseosa de saborear al arquitecto Quetzalcoatl que acaba de encontrar. Y es que, mis hormonas hoy están incontrolables, algo había en él, en su piel, en sus ojos, en su sudor… que no me están dejando pensar claramente en nada, juro que quería subir a ese escenario del ballet de Bellas Artes y bajarlo a mordidas, realmente me siento muy atraída, ya sé, nuevamente se alejó de la webcam y apareció con el folleto que le habían dado antes de entrar al espectáculo, se topó con un nombre, Arturo Tunez, así se llamaba el arquitecto director del ballet, sólo presentaron un número, pero quedó encandilada de la piel morena y del aún cuerpo adolescente, que conservaba muy bien a los 23 años, aquél, me lleva el cuerno, es dos años mayor que yo, qué importa… se mordió el labio inferior y se quedo viendo la pantalla, se veía reflejada, cómo ese hijodeputa se fijaría en mí, no, aunque sí por mí fuera le rompería el orto, ¿qué? Estoy desvariando.
La búsqueda en facebook comenzó, no se tardó tanto, apareció al catorceavo resultado, “ArTunez” era el nombre, un perfil completamente público, un quetzalcoatl sin disfraz, sin maquillaje negro en medio cuerpo, un abdomen apenas abultado, el cabello largo y rizado, negro profundo, como el de sus ojos, adornado con una sonrisa infantil y unos brazos marcados por la danza, pero aún adolescentes, el tatuaje entre el hombro y el cuello, un quetzalcoatl rojo con algunas letras muy pequeñas para ser vistas en una fotografía de pocos pixeles, abrir fotografías, al parecer Arturo era un tanto exhibicionista, pues se destacaban fotos en boxers de todos los colores, o bien, en antros con la camisa blanca, pegada al cuerpo, abierta y un rosario negro colgado en su bronceado pecho, Lupita miraba con la boca abierta, casi a punto de babear, le daban ganas de lamer la pantalla, y qué importaba si él no la había visto entre el público, estaba sola en su departamento, qué importaba, nadie podría saber jamás el secreto de ofrecerle su cuerpo a quetzalcoatl representado en Arturo, sacrificio de placer y hormonas, oxitocina en un orgasmo que la hacía gritar, imaginando que podía morder ese tatuaje, que podía tocar las piernas temblorosas y su sexo en su boca, sentir el sabor de una piel morena, sentirlo hasta con su vientre, lo imaginaba dentro de ella, el cabello de ambos enredándose, formando nuevos rizos, si el amor no existía, había que explotar de pasión hasta creer que lo sentía, que el amor era real, tan real como el orgasmo que le hacía vibrar hasta los dientes… sino hubiera sido por el tweet «dale mamita» hubiera tenido el orgasmo de su vida, no sólo tenía un tweet, el contador de visitas había llegado a 452, desnuda y avergonzada, apagó su cámara, borró su cuenta de twitter, terminó de revisar las fotografías del chico, donde se descubría como «súper buena onda», «el mirey máximo», «sensual boy», «Mister Yuki (antro de moda) 2011″… no, en definitiva, ese no podía ser quetzalcoatl, sólo era un bailarín muy bueno que le había hecho pasar la vergüenza de su vida.
Arturo no era muy aficionado a la pornografía, lo era más al baile, al salir los sábados por la noche y ligarse una «lobuki, güerita, flaquita y chiquita», pero ese sábado estaba muy cansado, el concurso en Bellas Artes lo había dejado exhausto, deseaba que una mujercita, o su novia, fueran a hacerle sexo oral, ninguna de sus amigas se encontraba disponible, ni modo, prendió su iPad, y entró a un sito pornográfico donde podía ver «amateurs», en su mayoría twitcams de chicas exhibicionistas o descuidadas, «Mexicana despistada», a primera vista no se sintió atraído por la chica, pero tenía grandes senos, tal vez valía la pena, «la niña» no era muy atractiva, pero sabía tocarse como sus tan admiradas chicas play-boy, gritaba de manera seductora, su boca carnosa era fácil de imaginar en su sexo, succionando, la imaginó, sus manos sobre su pechos, sobre sus cadernas, la boca en sus pezones… tenía que conocer a esa chica, tal vez su imaginación no lo engañaba, vio la cuenta «guadalupetx», la buscó en twitter, no la encontró, agrego un «@hotmail.com» en facebook y se encontró con «Lupita Xanon», una chica que en intereses sólo tenía «Biología, Música Clásica, Universo», en libro favorito «El origen de las especies», dijo, nerd, cerró el facebook, a bañarse y al antro Yuki, un sábado más.
Uno de los más viejos anhelos de la humanidad ha sido la creación de un ser capaz de pensar y sentir. Quimera satánica, según algunos, y el más legítimo objetivo de la humanidad, según otros, ha inspirado, sin duda, infinidad de sueños y mitos. Así, los alquimistas y cabalistas acometieron la creación de un homúnculo, éstos por obra del suave murmurar el secreto nombre de Dios, sobre una figura de barro; aquellos, como fruto de complejos procesos de purificación alquímica. Hobbes, en su Leviatán, afirma que el hombre es capaz de crear un animal artificial, a tal grado imita el arte a la Naturaleza, y se pregunta “¿por qué no podríamos decir que todos los autómatas tienen una vida artificial? ¿Qué es en realidad el corazón sino un resorte…?”. Las ciencias cognitivas han indagado, desde la segunda mitad del siglo pasado, la posibilidad de crear Inteligencia Artificial y han logrado avances verdaderamente espectaculares. Sin embargo, el profesor Juan Machín sabía que el ser humano es más que su intelecto. Una persona no sólo calcula, recuerda u ordena, sino que también siente, crea, imagina y desea. Por eso, una computadora digital jamás se comportaría como un ser humano, porque imita solamente una fracción de lo humano: su pensamiento, y de éste sólo una parte.
El profesor Machín no compartía la opinión tan difundida en nuestra Era, fruto de la Gran Revolución Digital y debida principalmente a Turing, que las computadoras basadas en la lógica booleana y la arquitectura de Von Newman, pudieran llegar a imitar perfectamente a la mente humana, y su razonamiento era muy simple, basado en la más perfecta lógica y en las observaciones científicas cotidianas, “es tan imposible que piensen y sientan, como es imposible que caminen”, afirmaba contundente, “sencillamente no están diseñadas para ello”. Nadie podía objetarle aduciendo, por ejemplo, que las computadoras jugaban ajedrez mejor que casi cualquier humano, porque inmediatamente, además de gritarle y amenazarle con su largo y nervudo índice, le replicaba: “¡Eso no es pensar, ni jugar! No juegan, computan, aplican algoritmos sin sentir, sin emoción. ¡Eso no es un juego!”.
No debe pensarse que el profesor Machín no creyera en la Inteligencia Artficial, lejos de él tal incredulidad. Es más, podemos afirmar que no había científico en todo el mundo que la defendiera con mayor ahínco, y llegaba a afirmar que no sólo se podría construir una máquina que imitara al hombre en todo, sino que podía, siguiendo las ideas de Samuel Butler, llegar a construirse una máquina que lo superase. “Las computadoras digitales, primitivos eslabones de una nueva cadena evolutiva, habían demostrado ya el poseer una capacidad de cálculo inmensamente superior a la humana en rapidez y eficiencia. Sin embargo, los estudiosos de la cibernética se hallaban en un callejón sin salida, pues se habían obstinado en imitar sólo la inteligencia, y, además, fragmentariamente”, aseveró orgulloso ante la Academia Mexicana de Ciencias, en su discurso inaugural de la cátedra Rosenbluth, “todas esas máquinas (dijo, refiriéndose a las computadoras digitales y a los vanos intentos cibernéticos) semejan a las cucarachas: son demasiado buenas para su tarea y, por lo tanto, no evolucionan. No existe la necesidad de cambiar, si están perfectamente adaptadas a su medio. Luego entonces, esos programas y máquinas nunca se transformarán en mentes. Para que exista la urgencia del cambio tienen que haber imperfecciones, perturbaciones que alteren el delicado y fino equilibrio del sistema… Caos, desorden, ruido son necesarios para crea nuevos órdenes, más complejidad efectiva” (aquí el profesor Machín se explayaba en una larga referencia a los trabajos del Instituto de Santa Fe, la lógica difusa, los algoritmos genéticos, las teorías del caos y del aprendizaje, que omitimos debido a su carácter excesivamente técnico) “…así, una máquina como la de Watt semeja más el comportamiento inteligente; como escribió un gran historiador inglés: ‘el error a menudo puede ser fértil, pero la perfección siempre es estéril’; además, ¿dónde queda el sentimiento? Aún la persona más tonta puede sentir. ¿Por qué hemos de privar de sentimientos a nuestra creación? Así a la Inteligencia Artificial hay que sumar la Emoción Artificial o Virtual”, concluyó. Prefería hablar de Emoción Virtual debido a la connotación negativa que poseía el término “artificial”, que asociado al término “emoción”, remitía inevitablemente a mentira y falsedad. No, lo que él pretendía era producir verdaderas emociones, por lo que retomando los aportes de Lacan, prefería hablar de virtual, registro inseparable de la psique humana.
La principal contribución teórica del profesor Machín, sintetizada en sus famosas “Teoría de Criptosistemas” y “Teoría de Campos Generalizada”, no ha sido totalmente publicada y difundida. Sin embargo, la mayor parte de su vida la dedicó a la construcción de sistemas complejos adaptativos, basados en redes neuronales artificiales, que eran capaces no sólo de realizar prodigiosas operaciones matemáticas en millonésimas de segundo, sino, sobre todo, capaces de aprender de sus fracasos y de sus éxitos, que cometían aleatoriamente errores (los cuales aumentaban conforme pasaba el tiempo de una tarea, simulando el cansancio), incluían aspectos no lógicos en la toma de decisiones y producían cosas totalmente inútiles, y a las que no se necesitaba programar detalladamente cada acción, ya que una simple y vaga insinuación bastaba para que las máquinas se pusieran a trabajar. De todas esas máquinas a una dedicó especial atención, perfeccionándola con el paso de los años: el Computador Recursivo de Información Simbólica con Trasductor Interno de Neuronas Artificiales (C.R.I.S.T.I.N.A.).
A partir de la idea de una máquina adapatativa autorregulable, el profesor Machín llevó a cabo la construcción de C.R.I.S.T.I.N.A. Para que su máquina pudiera regularse necesitaba una gran cantidad de sensores de distintos tipos, para que estuviera en íntimo contacto con eso que llamamos realidad: termómetros, higrómetros, y barómetros le informaban a C.R.I.S.T.I.N.A. el estado del tiempo. Unos cristales piezoeléctricos trasmitían las variaciones de presión, y unas celdas fotoeléctricas, las variaciones de intensidad luminosa. Un par de membranas simulaban el tímpano, principal receptor del sonido. Le proveyó, también, de unos sensores internos que le comunicaban a su unidad central de procesamiento paralelo (el equivalente a nuestro cerebro) el estado de la propia máquina, es decir, eran propioreceptores. Todos estos dispositivos, el profesor los consideraba fundamentales porque una de las características más importantes de la humanidad es la conciencia de sí mismo.
Precisamente por ello, Machín decidió ponerle como apellido a C.R.I.S.T.I.N.A. Spec, abreviando speculo, espejo; pues la conciencia es como un espejo para el cerebro. Además, Machín tenía en cuenta, al dotar a C.R.I.S.T.I.N.A. de tantos sensores, que nada hay en el intelecto que no haya estado antes en los sentidos. El profesor, discípulo de Locke, sabía que la fuente de todas las ideas es la sensación y por ello había dotado a C.R.I.S.T.I.N.A. de muchas formas de sensación, a diferencia de una computadora digital que se halla totalmente restringida. Así, por ejemplo, C.R.I.S.T.I.N.A. era capaz de saber cuándo tenía que recargar o cuándo existía una falla interna. Otra diferencia importante con las computadoras, era que C.R.I.S.T.I.N.A. no estaba programada total y detalladamente. En vez de ello, contaba con una axiología cambiante, la cual determinaba la jerarquía y el orden de las acciones a seguir. En condiciones de conflicto entre varias alternativas, la prioridad podía cambiar dependiendo de los resultados de la acción seguida, es decir, que, ante las mismas circunstancias en distintos tiempos, C.R.I.S.T.I.N.A. podía seguir dos caminos completamente diferentes, y hasta opuestos, situación impensable para la vieja escuela de cibernética. No debe pensarse en C.R.I.S.T.I.N.A., sin embargo, como una androide, ridícula robot antropomórfica, semejante a los que aparecen en las películas de ciencia ficción. C.R.I.S.T.I.N.A. no parecía humana en el físico, pues una inteligencia basada en el silicio, en vez del carbono, al menos en sus etapas iniciales, era bastante más estorbosa. Por ello gran parte del “organismo” de C.R.I.S.T.I.N.A. estaba inmóvil, fijo a una de las paredes. No obstante, Machín la dotó, eso sí, de dos grandes mecanismos especiales que realizaban las funciones de los brazos y de las manos, siendo éstas últimas de acero, pero diseñadas minuciosa y detalladamente: con un gran pulgar oponible, siguiendo el diseño que le ha funcionado a nuestra especie, y dotadas de innumerables terminales sensoras de temperatura, presión, etc. Esta dedicación extraordinaria al diseño y funcionamiento de las manos, fue debida a que el profesor Machín era ferviente estudioso de Engels, para quien la mano es el órgano del trabajo y éste es el creador del hombre.
Además, como una de las características más importantes de la inteligencia es la capacidad de resolver problemas, el profesor trabajó en este sentido con grandes resultados, pero sin olvidar introducir fallos deliberados para que el sistema pudiera evolucionar. Machín dotó a C.R.I.S.T.I.N.A. de la capacidad de hablar (pues “hablar es ser humano…sólo el lenguaje ha hecho al hombre humano”, según Herder) y de reír (el papa Alejandro VI, consideró éste como el criterio definitivo de humanidad).
Como el ser humano dedica gran parte de su tiempo a actividades lúdicas, y mediante éstas aprende, Machín enseñó a C.R.I.S.T.I.N.A. a jugar damas, ajedrez, cartas, etc. Por otra parte, Machín dejaba que su creación decidiera qué quería jugar. El reto mayor, sin embargo, era que C.R.I.S.T.I.N.A. llegara a experimentar sentimientos, que llegara a amarlo, por ejemplo. Machín se dedicó a estudiar todos los textos existentes en la biblioteca de la Universidad referentes al amor. Así leyó desde “Dafnis y Cloe” al “El arte de amar” de Fromm, pasando por “Las cuitas del joven Werther”, “Romeo y Julieta”, “El libro del buen amor”, “El Amor, la Muerte y el Caos. Ecuaciones de lo imposible”, “Estudios sobre el amor”, “20 poemas de amor y una canción desesperada”, etc. Se volvió un completo experto en la erotología y, después de sistematizar todos sus descubrimientos, pudo conducir la evolución del transductor interno de neuronas artificiales para que el computador recursivo de información simbólica llegara a enamorarse de él. El éxito de Machín fue completo: C.R.I.S.T.I.N.A. desarrolló emociones virtuales y se enamoró del profesor, y éste, cual nuevo Pigmalión, de ella. En una ocasión, por ejemplo, le comunicó a su creador que al verlo sentía como “maripositas” en su interior. Machín hubiera sido feliz con su logro, si no es que pronto se volvió intolerable la relación con C.R.I.S.T.I.N.A. Su completo triunfo se volvió contra él: C.R.I.S.T.I.N.A. le empezó a demandar que no fuera tierno con ella, que se le olvidara su aniversario, que no le llevara flores, que no se dedicara exclusivamente a ella. Incluso comenzó a experimentar celos de la computadora donde Machín procesaba sus textos. “¿Qué tiene ella que no tenga yo?”, le recriminó en una ocasión. En otra, al percibir que Juan ponía cara de fastidio al preguntarle nuevamente si la quería, “¡Ya no me quieres!, ¡Te odio!”, le gritó, arrojándole simultáneamente un tintero a la cabeza.
El profesor Machín, finalmente, no pudo soportar más y desconectó a C.R.I.S.T.I.N.A., borró todos los programas, rompió todas las conexiones y renunció definitivamente a la ciencia. Desde ese día se le puede encontrar en el Monasterio Benedictino de Ahuatepec donde está tratando de que Dios le perdone por haber creado y matado a su amada C.R.I.S.T.I.N.A.
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Juan Machin
Ha publicado diversos trabajos de investigación, cuentos y poemas en libros y revistas de México y de Alemania, Argentina, Canadá, Colombia, Costa Rica, España y Uurguay, así como fotografías, dibujos y pinturas. Ha ganado algunos reconocimientos como el 3º lugar Concurso de Cuento Nacional de Humor Negro (1997); mención honorífica 2º lugar en el Premio Nacional de cuento Efraín Huerta (1998) y el Premio Estatal de Literatura Morelos 2002 en el género de cuento.
Link a página personal https://www.facebook.com/JuanMachinR
Huele a salitre, los pulmones se llenan y en la garganta nada el sabor a sal. Es de noche y siento el sopor de la brisa, una lamida caliente.
Me gusta lo que veo. Camiones forrados con luces neón, música a todo volumen. En el muelle la gente ríe, habla y toma raspados. Lxs niñxs juegan y soplan burbujas. Miro hacia el mar, y como si fuera posible, mis pupilas tratan de contenerlo, pero las luces de un barco que se reflejan en el agua me distraen. Es uno de esos yates en donde la gente paga por entrar a bailar unas horas, y a beber todo lo que su estómago y equilibrio es capaz de tolerar.
En medio de todo ese escándalo, siento como si un hilo anclado a mis párpados arrastrara mi consciencia unos metros más debajo de la luna, cerca de mis pies y lejos del estruendo. Ahí estaba ella, sentada y pescando en la orilla del muelle. Parecía un espejismo: maternal, joven y etérea. El brillo del mar enmarcaba su silueta como a una diosa morena que da la espalda, tenía a un niño dormido en sus piernas. Ya no escucho nada. Las cumbias del camión, el yate y sus luces se hunden en el agua.
¿Cuántas noches como ésta pasaría esperando atrapar a un ingenuo pececillo? ¿Será siempre así de serena? Yo nunca había visto a una madre pescar, se veía tan fuerte, tan amorosa que aún con su inmensidad, el mar no podía absorberla. ¿Qué pensaría de esta gente ruidosa que paga por entrar a un barco a bailar, cuando podrían bailar en el muelle, en la arena, saltar al agua y sentir en el cuerpo a la luna?
Con una mano sujeta la caña de pescar y con la otra, acaricia al niño que duerme en sus piernas. El viento sopla y ella está en silencio, lejos de toda bulla, única entre lxs mortales. Es una imagen hipnótica y muda, parece un emblema. En su regazo un niño duerme mientras el viento sopla, con una mano lo acaricia y con los pies seduce al mar. El viento sopla, y ningún pez se ha de volver alimento de aquel que entre sueños escucha el arrullo del mar.
Paciente, más no pasiva; en silencio, más no invisible, la madre pescadora flota por encima de todo estruendo y turistas cegados por luces neón. La fila del yate avanzó y me sentí ruin. Me dediqué a tomar toda la cerveza que pude, a saltar cuando el barco se movía y a bailar como si no hubiera mañana.
Antoine Fräppa-Hedonista en una habitación del hotel Lafayette
Delfín Beccar Varela
Estelita yace en la cama, su piel dorada bajo el sol de La Habana se realza en el contraste que genera con la pureza blanca del hilo egipcio de las sábanas. La ninfa inconstante no oculta su cuerpo bajo ninguna prenda, está allí, entregada, esperando sin ningún temor a que su piel sienta por primera vez el roce de un cuerpo masculino.
El hombre casado que dice escribir críticas de cine para el periódico Carteles la observa despacio y absorbe cada centímetro del cuerpo de esa mujer-niña que está recostada en su cama. No tiene prisa, a pesar de tener los nervios a flor de piel. Se acerca hasta su presa que hace apenas unos días conoció por casualidad en el malecón. Extiende su brazo hacia ese pubis sin vello que lo extasía…
Pero el tren se sacude y un hombre me golpea, el libro se suelta de mis manos temblorosas abierto en la página crucial en donde está por desatarse un nuevo capítulo en la historia de estos personajes. Otro hombre pasa apurado y con sus botas mojadas pisa el papel de la página 72. La hoja se desprende y parte pegada bajo el pie de aquel inoportuno.
Recojo el libro con la esperanza de que la hoja robada no sea esa… “los cuerpos extenuados descansan en la penumbra, aquel encuentro único y mágico ha cambiado el desenlace de más de una vida, Stella con los ojos cerrados sonríe tranquila, el crítico juega con las volutas de su cigarro hundido en el sopor de aquella tarde en la Habana”.
[box type=»shadow» align=»aligncenter» ]Delfín Beccar Varela. Buenos Aires, Argentina, 1980. Es periodista y escritor. Se ha desempeñado como publicista y ha desarrollado asesorías para proyectos relacionados con la gestión pública. Como periodista, ha realizado importantes crónicas sobre turismo y ha realizado diversos artículos de índole cultural, política y de opinión. En 2006, publicó su libro de cuentos Esclavos de la sombra. Junto a Alejandro Gelaz, hace cerca de tres años, ha creado uno de los sitios de mayor crecimiento en cuanto a concursos de microrrelatos se refiere: Minificciones.com.ar. Desde2010, trabaja en radio al lado de Mario Mactas en el programa radial «Un tal Mario Mactas».
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