Demancia

Demancia

por Carmelina Jardón Rodrigo

por Carmelina Jardón Rodrigo

Anaid Fornelli

La primera vez que se hizo evidente para mí yo tenía 13 años, aunque ahora que estoy en una edad más… madura, me doy cuenta de que siempre hubo señales de lo que ocurría. “Tu mamá está loca”, me dijeron ése día; y no es que fuera la primera vez que me lo dijeran, o que se tratara de la primera vez que una persona fuera llamada loca, vamos, ni siquiera era la primera vez que la mamá de alguien era llamada loca, sino que hubo algo en ésas cuatro palabras en ese preciso momento que me hicieron ruido y que siguen resonando hasta el presente momento de mi vida.

    El inicio de ese día lo recuerdo muy borrosamente, no había nada que anunciara que fuera a ser extraordinario; hubiera preferido mi rutina de aquel entonces: levantarme sin ganas de hacerlo, cepillarme los dientes, acomodarme el cabello de manera que se viera decente, ponerme el uniforme, irme con la “panza al hilo”, caminar las 7 cuadras que eran de mi casa a la secundaria (sé que eran siete porque las conté; de esas manías que se va haciendo uno, de esas manías que dadas las circunstancias te preguntas si eran manías o eran señales de un carácter heredado), llegaba a la escuela, aguantaba al imbécil de Memo que siempre pensó que me interesaba escuchar todo sobre las caricaturas japonesas que veía, me pasaba todas las clases asomada por la ventana transportándome a la vida que me había creado en la cabeza, la vida que era para mí tan real que era lo que creía que realmente estaba viviendo y no la que en ése entonces tenía, y así llegaba hasta el timbre que indicaba la hora de salida y podía regresar a mi casa a la misma nada de siempre pero que era mía y por lo tanto, era confiable. Saludar a los vecinos (¿por qué todos teníamos el mismo patio? Siempre me pregunté), tocar en la casa con la clave que mi abuelita nos había enseñado, preguntar qué había de comer, hacer algún quehacer a regañadientes, salirme a caminar y a seguir imaginando… Pero no, ése día no pasó así. Toda la mañana transcurrió más o menos como lo contado, sin embargo, al llegar a mi casa sucedió el giro. Al entrar, la puerta estaba abierta completamente y eso nunca, NUNCA pasaba porque mi abuelita decía “que no hiciéramos confianza y pusiéramos siempre el broche”… el broche era el seguro, pero ella siempre le llamó así. Esa fue la primera mala señal. Entré a la casa y como era tan pequeña no fue difícil saber inmediatamente que no había nadie. Hasta ese momento yo me había imaginado mil veces lo buenísimo que sería vivir sola, que nadie me pidiera nada, que mis hermanos se podían ir, que mi abuela podía faltarme, que mi mamá no podría estar más ida y que a mí todo me daba igual porque yo tenía la vida y el mundo que me había creado en mi cabeza y que eso era TODO lo que necesitaba, pero algo hubo en ese preciso instante de sentir una verdadera ausencia que me cambió el panorama, ese todo que yo suponía que me era suficiente.

    Esa sensación empezó en mi piel a modo de escalofrío y tomó más fuerza al llegar a mi garganta pues sentí como si se me hubiera metido una fuerte corriente de aire -y no era un aire cualquiera era uno que, de haberlo coloreado, hubiera elegido el color gris azulado, y si tuviera una emoción hubiera sido miedo. Eso era: era un miedo metiéndose por mi garganta y ocupando cada espacio libre en mi cuerpo. Como por impulso y sin pensarlo, salí y empecé a tocar frenéticamente en la puerta de la vecina. La vecina nunca era amable, mantenía un ceño fruncido, apenas me decía “buenas tardes” y alguna vez la escuché decir que yo “me estaba echando a perder”. Ése día, cuando me abrió la puerta, me dijo que entrara y su habitual gesto de enojo se había cambiado por una expresión como de lástima.

  • Pásale, m’hija… Tu abuela se ha tenido que llevar a tu mamá al doctor, tus hermanos andan con ella.
  • ¿Qué pasó?- pregunté muy alterada. Lo que antes estaba sintiendo, en ese momento empezó a crecer, las piernas se me empezaron a hacer como hilachas y la temperatura de mi cuerpo empezó a bajar mucho.
  • “Pues es que… tu mamá está loca.”

    Ahí ocurrió. Esas cuatro palabras hicieron eco por todo mi interior, se bajaron hasta mi estómago, rebotaron por mi pecho y ahí se quedaron haciendo que mi respiración se acelerara mucho. ¿Cómo entendí yo inmediatamente lo que la vecina que apenas nos dirigía la palabra me estaba diciendo? Como un flashazo me vinieron a la memoria los momentos en que mi mamá se había portado… rara. Algo dentro mío supo que eso era cierto, pero era una verdad dolorosa que además no quería lidiar con alguien que no era nadie para mí.

-¿Y a dónde se la llevó? ¿Cómo se la llevó? Quiero ir.

Curioso… en ese momento ya no tenía ganas de decirle a mi mamá que no la aguantaba, que se portara como una madre, y empecé a pensar que quizás era algo bueno que mi abuela y hermanos siempre estuvieran ahí.

-Pues al hospital de acá arriba, si quieres te acompaño…

-Pues vámonos, pero me va a seguir el paso. La señora volvió a fruncir el ceño. Me di cuenta por qué decía que yo me estaba echando a perder.

    Al llegar al hospital yo no sabía ni a dónde ir, así que hice lo que me había parecido más lógico. Si había ocurrido algo de la nada, entonces estaban en urgencias. Me fui para allá y nada más sentía que atrás de mí venía muy apurada la vecina, que se llamaba Esperanza. Nada más entrar a la sala de urgencias vi a mi abuela sentada batallando con mi hermano menor, con una cara de angustia que nunca le había visto y con mi hermana al lado. Nada más me acerqué me empezó a contar todo, que mi mamá se había lastimado y había intentado lastimar a mi hermano diciendo que todo lo que tocaba se convertía en magia, y que quería un hijo mágico. Pasamos cuatro horas en la sala nada más esperando. No hablamos, no comimos, prácticamente no nos vimos y Esperanza, la vecina, se fue al cabo de un rato. Los cuatro que esperábamos a mamá estábamos inmersos en nuestra propia mente, nunca supe qué pensaban los demás, pero yo nada más estaba recordando todas ésas veces que mamá se había portado rara. Tengo que decir que algunas veces gritaba y sí podía soltar manazos, pero eso no me hacía pensar que estuviera loca, sólo pensaba que estaba enojada porque papá no estaba con nosotros. El hecho de que mi abuela la cuidara como niña tampoco me parecía extraño, hasta cierto punto me parecía tierno, e incluso tengo que admitir que muchas cosas de las que me hablaba tenían sentido para mí. También es cierto que muchas veces me desesperaba; me enojaba que nunca me hubiera llevado a la escuela, o que no me peinara o que no me pusiera lonche, también otras cosas que decía me hartaban, mentalmente la callaba y muchas veces me imaginé contestándole lo que me decía, pero vamos, nada se había salido de proporción para mí.

    Al cabo de un rato se asomó por el pasillo un médico y preguntó por la familia de la señora Ernestina; esos éramos nosotros y nos pidió que pasáramos a su consultorio. Yo estaba demasiado inmersa en mí misma, pero me concentré mucho en escuchar lo que decía. Lo primero fue “enfermedad de Huntington”. ¿Eh?, pensé, pero continué escuchando sin preguntar. “Una especie de demencia”, dijo. “Cambios de humor”, “paranoia”, “movimientos anormales”. Yo siempre me creí muy atraída por el mundo raro e incomprensible, sin embargo, en ese momento en que esas palabras eran atribuidas a mi mamá, me hicieron sentir triste, para nada atraída. Otra vez el flashback perfecto de los momentos extraños de mamá, todo se acomodaba en perfecto orden cronológico, desde la primera vez que yo tenía 3 años y la vi moviéndose ansiosamente del baño a la cocina; moviéndose mucho el cabello hasta hacía dos semanas que estaba sentada moviendo la cabeza sin mover los ojos y hablando de cosas que no entendía. Yo sabía lo que demencia significaba, pero no lo que implicaba. Teníamos que dejarla internada en lo que sanaba el daño que se había hecho ese día, pero no había forma de tratar lo que en su interior estaba ocurriendo. Quizás se podría controlar, pero incluso darle medicinas iba a resultar difícil. Como esta advertencia, hubo varias más.

    Todo se tornó muy raro. Por la forma de explicarnos del doctor empecé a sentir mucha compasión por mi madre. Entendí que había cosas que a mí me desesperaban pero que ella ni siquiera lograba entender y sin embargo, de alguna forma, tenían sentido para ella. Desde ese día, todo cambió, la unión de mi extraña familia se vio confeccionada por un mezclado sentimiento en común de compasión y desesperación. Las crisis fueron creciendo, se hicieron más frecuentes. Los momentos en que me imaginaba en otra vida ocurrieron cada vez menos, pero muchas veces mis ganas de en realidad estar en otra vida se hicieron más intensas. Hubo pocos días buenos, muchos malos y muchos más terribles. No sé cómo, pero mi apreciación por mi madre creció. No entendía nada, pero me metí de cabeza a su mundo y luego me volvía a asomar al mío sólo para hacer las cosas que tenía que hacer. Me hice experta en seguirle el juego, en ir un paso más adelante; hice de la demencia la de mancia. Era literalmente una locura, pero ¿qué iba a hacer, si era mi madre?

Anaid Fornelli, 25 años, de Ciudad Juárezanafosa

www.twitter.com/anafosa

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