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Mercedes

Por Claudia Carolina Sandoval Meza

Fotografía: Diego Moreno

Mercedes soñaba con su juventud; cintura chiquita, senos bien puestos, redondos y firmes, piernas contorneadas como si hubieran calculado cada centímetro y un delicioso moreno chocolate coloreando la piel. Detrás de ella apareció Augusto, le lamió un hombro, ella se estremeció.

El sueño erótico de Mercedes acabó demasiado pronto, apenas había sentido a Augusto dentro y despertó agitada, furiosa porque ni su subconsciente podía dejarla tener una buena cogida.

A Mercedes solían encantarle sus sueños eróticos porque despertaba húmeda, lista para divertirse un rato y tener unos cuantos orgasmos antes del desayuno, pero ahora, sólo le frustraba descubrirse seca al despertar. Seca, sola, marchita.

Enojada dejó la cama y se metió a bañar, pasó el espejo de largo, desde hacía años no se atrevía a verse desnuda. Lavó su cuerpo sintiendo una repugnancia no admitida ¿A dónde se había llevado el tiempo su cuerpo? Quería que le devolviera las curvas, la firmeza, el bienestar, el deleite de sentirse suya. Mercedes dejó que las lágrimas se confundieran con las gotas de agua que escurrían por su cara. Cerró la llave, se envolvió en la toalla, volvió a pasar frente al espejo, pero esta vez se detuvo, se miró, ahí estaba su cara desgastada, a esa sí podía verla y enfrentarla, pero sin ropa encima Mercedes se sentía vulnerable, a punto de romperse. Esta vez quería sentirse valiente, experimentar con ella, quitárselo todo y verse real, el corazón le palpitó acelerado, poco a poco fue deshaciéndose de la toalla hasta quedar desnuda. Ya no había retroceso, ahí estaba toda su piel, sus músculos, las curvas extras, la grasa de más, las arrugas, las estrías, la barriga, el vientre flácido que un día había albergado un feto que abortó y fue la razón por la que sus padres dejaron de reconocerla. Augusto también había querido hijos, pero Mercedes siempre se negó: – ¿Tú sólo quieres divertirte como una puta o qué? – le había preguntado antes de marcharse. Quizá él tenía razón, sólo quería divertirse como una puta y el tiempo le cobró sus pecados llevándose su cuerpo ¿así era como se pagaba la determinación de pertenecerse, sentirse dueña de su cuerpo y hacer lo que quisiera con él? ¿eso era ser una puta?

Mercedes sólo quiso disfrutarse sin que nadie le reprimiera nada, sin que nadie le quitara nada, pero se olvidó del tiempo, el factor silencioso que le arrebataba su juventud a pedazos, el color de los labios, la firmeza de su piel, ahora todo sobraba, cada parte estirada colgaba como sus senos, antes alabados y comparados con frutas suculentas… “pero las manzanas también cuelgan ¿o no?” pensó “y las naranjas y las uvas…” su visión comenzó a iluminarse, de pronto vio en sus senos un par de racimos jugosos, las estrías se movían en su piel como ramas, su pelo marchito era un otoño resplandeciente y las arrugas endurecían su tronco.

Se miró guapa, firme, frondosa. Con su mano tímida comenzó a repasarse, poros olvidados agradecían el contacto repentino, un paso tras otro sobre la piel le agitaban el corazón, palpitante y fuerte encendiendo las luces de su cuerpo.

Las yemas de sus dedos reencontraron el pubis, la suavidad oculta de los labios y el clítoris, la vulva antes sedienta ahora gozaba del rocío sutil de una excitación pedida. Un orgasmo, el suyo, el de su cuerpo, el de la plenitud de Mercedes; ella lo acogió, lo disfrutó, lo abrazó y sonrió tranquila, quizá después volvería a perderse entre las telarañas angustiantes de su pasado, pero por lo menos ahora ya sabía que nunca fue el tiempo quien le quitó su cuerpo.

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Claudia Carolina Sandoval Meza. Originaria del sur de la ciudad de México. Al terminar sus estudios de Administración de Empresas en la Universidad del Valle de México, decidió dedicarse a una de sus pasiones más grandes: la escritura. Ha tomado cursos y talleres que la han ayudado en su formación literaria y ha ganado un concurso de la Editorial Paraíso Perdido en marzo del 2017. Actualmente se encuentra administrando su propio negocio y desarrollando un proyecto de fanzines dentro del colectivo artístico: “Colectivo Nopalitos”.

Redes: facebook.com/claudiameza91

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Llena eres de gracia

Por Demandruina Ascabulon

Ilustración: Sue Williams

En las mañanas cuando el sol entra por la ventana y acaricia sus parpados, ella se levanta. Pone ambos pies fuera de la cama y comienza a sentir la tibieza de la madera, es entonces cuando su pie izquierdo comienza a buscar torpe la tibieza de las pantuflas, las encuentra y junto con el derecho se hunden en ellas. Ambos descubren que no hay mejor lugar en una mañana fría que ser acariciados por un cálido forro de algodón.

Ya reconfortados, deciden que es hora de elevar el resto del cuerpo. Uno a uno de sus músculos se apoderan con firmeza del suelo y en un movimiento brusco logran que María se ponga de pie. Luego, como si ya conocieran el camino, la conducen directamente al espejo a observar y a buscar como todos los días alguna novedad en ese rostro que lleva más de 40 años mirando.

María pasa lista a sus imperfecciones, reconoce sin agrado nuevos surcos en su cara que el botox ya no es capaz de cubrir. Mira detenidamente sus labios y recuerda lo bellos que alguna vez fueron, se le viene a la mente un viejo amante que una noche mencionó que su boca era bella porque no tenía arrugas; ella en aquel momento no entendió, ahora frente al espejo sabía perfectamente lo que significaba.

Encontró todo igual, recibió con indiferencia el cepillo entre toda la dentadura que la acompañaba desde la infancia, era lo único que permanecía intacto y joven, puro, brillante y limpio. Después de un lavado profundo y de escupir con todas sus fuerzas el enjuague bucal, como queriendo sacar en ese acto todo lo amargo de su vida, descubrió que era imposible. Decidió pues cambiar, ya no podía seguir como autómata por la vida embarrándose de la mierda que día a día el destino le regalaba envuelta en los más atractivos placeres. Ya no iba a ser posible continuar, había descubierto que a la mañana siguiente continuaría odiándose de la misma forma que el día anterior; que la noche y el sueño no iban a poder lavarle tanta tristeza acumulada a lo largo de su vida.

Se miró, sonrió al espejo y cerró los ojos. Sus pies como los más compasivos de los seres la llevaron despacio por la habitación, pasaron por las fotos de la familia, tropezaron con su carnet que se encontraba en el suelo junto con un par de billetes de 200 pesos, se desplazaron tranquilos hasta el balcón y ahí en el séptimo piso de la Gran Vía numero 356 decidieron elevar a María hasta el mismo cielo. Nunca antes un ser había caído con tanta gracia desde las alturas.

 

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Demandruina Ascabulon. Norteña nacida en los ochentas. Niña precoz, desde pequeña me gustó el contacto corporal. Estudié por curiosidad y terminé una carrera que nada tiene que ver con lo que escribo. He escrito en algunas revistas impresas y electrónicas, algunas bajo el nombre de Faviola Esquivel, también apareció un cuento que escribí en Antología de Relatos Marranos.

https://www.facebook.com/DEMANDRUINA.ASCABULON

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Póstumo cero uno

por Issac Osorio

-En mí las canciones pasan de moda,
mientras las estaciones se mudan de continente
y anticuados se vuelven los modales.-

Me he mirado derribado en ojeras solo,
(columpios de óxido morado que noto al amanecer),
cuando el reflejo de las únicas flores amarillas que te di,
le reclaman en silencio a mis manos inquietas.

-Hablo solo y al pasar de una letra, una década recae en mis acentos-

Viejo me he hecho cada que espero un mensaje tuyo de buenos días,
y mientras te escribo de vuelta, más viejo me tiendo.

Me he visto cansado de andar glorietas y camellones,
amenazado por un colorado coyote que aun con el alma muda, aúlla.

-Conquisto mi pasado desde la abismal incertidumbre de mi presente-

Y es que segundo a segundo estoy cambiando a mí mismo por una versión más anciana de
mí,
más engreída en sus letras,
más descarada en sus fantasías, las que ha reservado sólo para tus ojos marrones.

Me estoy haciendo viejo cerrando los ojos,
parpadeando mientras sacudo mis tatuajes del sol húmedo,
mientras me vierto centenares de vidas en letras sobre el pulso,
cada que suspiro recordando el nombre de alguna inspiración que no haya agotado aún.

Paseo a diario con mis aretes que son portales dispuestos para que las balas besen mis sienes,
aguardando sin conocer el exacto instante donde un asesino de poetas fracasados me
señale,
me castigue con el juicio de una mirada virtual,
con el fulgor de labios ensalivados y con un ojo que puede a detalle capturarme sin pedir
permiso.

-Temeroso siempre de reconocerme en medio de pláticas donde nunca logro recordarme –

Soy los dedos marchitándose que hacen que el lápiz yerga cuando te descuidas,
el paso arrastrado de las pláticas sobre la cáscara de un edificio…

-No me queda más entonces que hacer,
que las paces con el mercurio de mí no habitada casa
y contemplarme así un par de cientos de miles de años,
sobreviviendo aun de mi existencia bajo el riesgo de escribirle diario a una mujer que ni
siquiera sé si existe.-

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Issac-OsorioperfilErnesto Issac Osorio Hernández.  Actor y director escénico nacido en la ciudad de México con
más de dieciocho años de experiencia comprobable en el quehacer artístico. Incursionando en el cine, música, circo, radio, televisión y medios digitales. Desde 2016 es director del Proyecto bla, bla, bla y etcéteras, proyecto con el cual ha estado promoviendo las intervenciones de diversos artistas en espacios ‘no convencionales’ para la re significación de los espacios públicos.

 

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Moscas

Por Citlally Villarejo

Las malditas moscas zumban alrededor, abro la ventana y entran aún más… malditas moscas, odio las malditas moscas ¡siempre las he odiado! ¿Qué nadie en tantos años las ha eliminado? Sólo una cosa no ha cambiado desde que era niña, es el odio por las malditas moscas… El amor fue, vino, hizo, deshizo y se fue, el dinero se iba y venía, se quedaba y se volvía a ir, regresa y se va. Pero mi odio por las malditas moscas continúa. La suerte, necia, se iba y regresaba, aunque estaba presente en esa lista de cosas que nunca volteaba a ver, el éxito, sigue a las masas, el trabajo cambiaba y se estacionaba. Pero mi odio por las moscas y el tenerlas que matar toda la vida no se ha ido… Hoy cumplo 82 años, no creí llegar tan lejos, y sí, sigo odiando a las moscas. ¿Qué cosa es más fuerte? ¿Qué cosa no se irá? ¿Y en que pensarás en el momento de tu muerte? ¡En las malditas moscas!.

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Citlally Villarejo Gómez. Autora de Nogiedra, es Egresada de la Licenciatura en ComunicaciónCitla
de la Universidad Autónoma del Estado de México.
Página personal: nogiedrablog.blogspot.mx
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Unsex me here – parte 2

por Adriana González Mateos

Esas escenas serán el centro de mi obra. Lady Macbeth es muy joven en ese momento y va vestida de colores claros, casi una novia, aunque cargada de responsabilidades que dan dignidad a su figura. Con esa compostura de ama de casa abre la carta y pasa velozmente sobre los saludos: sabe que a las efusiones amorosas no tardará en seguir una lista de instrucciones. Los espectadores se van a sentir incómodos sin saber por qué: más de uno sentirá una bestia emboscada en sus gestos, un rugir apenas domesticado. Parece una dama, pero viene de una selva anterior al castillo a donde está a punto de llegar Duncan, de ceremonias en grutas cubiertas de pinturas y plegarias a los árboles. Nada la prepara para encontrar, a mitad de la página, un mensaje dirigido a todo lo que se ha acostumbrado a suprimir. Al leer las palabras de las brujas, la señora de Glamis mira por encima de su castillo, de su vida conyugal, de su feminidad aprisionada en ese mundo de soldados. Su respuesta truena como un relámpago: unsex me here!

Toda mi experiencia, mis años de oficio van a ser desafiados para encarnarla, porque al avanzar en ese parlamento voy a ir envejeciendo por instantes, arrastrada por el tumulto de palabras enfebrecidas, hasta que al final tenga el aspecto, la voz de las brujas. El traje blanco se habrá teñido de un verde serpentino, el color de una esperanza letal. El de los bosques sublevados para destruir este mundo y afirmar que otro es posible.

En la cara de Roberto vi lo que quiero sentir en el público. Levantó su copa para obligarme a hacer una pausa. Bebí sin dejar de pensar en la invocación.

El calor del vino me calmó un poco. Traté de explicarme: a través de siglos muy convencionales se ha leído unsex me como una petición ortodoxa y para todo público: el natural femenino de lady Macbeth, inclinado a la compasión y a la culpa, ha de ser reemplazado por la crueldad indispensable a quien ha de asesinar a Duncan, alguien que según este pasaje ya no será mujer pero tampoco necesariamente hombre, sino un ser (unsexed) convocado por la magia. Que esta transformación no será sólo espiritual, sino física, se establece cuando suplica que la leche de sus pechos se convierta en hiel. Dos líneas antes la señora de Cawdor se refiere a la sangre: make thick my blood puede ser aplaudido por cualquier espectador del Globe como una metáfora más o menos obvia de la insensibilidad moral. Pero la sangre se hace más espesa cuando se acerca la menopausia: se llena de coágulos, fluye más lenta y más impredecible, más escasa. Lady Macbeth se aproxima a las brujas, empieza a parecerse a ellas a medida que describe este cuerpo post-sexual. La súplica adquiere un sentido más corpóreo:

make thick my blood,

Stop up the access and passage to remorse,

That no compunctious visitings of nature

Shake my fell purpose,

Cómo se notan aquí las tachaduras de Will, el agregado del remordimiento y la compunción a estas visitas de la naturaleza, potencialmente debilitadoras, que deben interrumpirse si la sangre se hace más espesa, si se bloquea el acceso y el pasaje del sexo y el nacimiento, este canal que atraviesan los nacidos de mujer pero jamás fue cruzado por el vengador Macduff, cuya figura empieza a insinuarse desde aquí. Lady Macbeth cambia su cuerpo femenino por otro capaz de moldear al destino. Ya no será esposa de un thane ni le dará hijos: es emisaria del mundo gestado en el caldero de las videntes.

La próxima escena seguirá enriqueciéndose en cada función. Estoy segura. Roberto empezó a añadir detalles, imaginando su caracterización del asesino. La muerte de Duncan no será un vulgar crimen por ambición, sino un ritual para marcar el pasaje del ama de casa a la guerrera. El marido cumple aquí funciones indispensables, pero secundarias. Es Lady Macbeth quien planea, decide y se obstina para no desistir; que él obedece designios superiores es evidente cuando trata de asir una daga alucinatoria, una flecha que señala la dirección de sus pasos: su destino. Deberías parir sólo varones, dirá más tarde. Roberto y yo imaginamos la ironía de Judith, las correcciones bien intencionadas o vanidosas de Will, escenas en que ese comentario sonaría patético o amargo, descripciones de la soberana. Todo irá anudándose hasta que ella o yo nos alcemos en el centro del escenario y me despoje de la ropa que me ha atado a funciones subalternas; al embadurnarme con la sangre del rey anuncio que esa mujer no volverá a menstruar. ¿Tachó Will el momento en que ella se ceñía la corona frente a las brujas, antes de ponerse un vestido negro? ¿Con qué gestos saludaban esa consagración; qué parlamentos se han perdido?

Roberto me interrumpió: cómo no pensar en la reina virgen, muerta poco antes sin haber parido un heredero. Todo este drama en torno a la maternidad negada y al poder debe haber sido muy actual. Nos miramos sobre las tazas de café, imaginando una nueva lectura, una Judith hasta entonces desconocida. Las manos ensangrentadas de Lady Macbeth podrían haberse convertido en un panfleto o en una denuncia inconveniente. ¿De verdad Judith suprimía las escenas sobre la posteridad de Banquo por ignorancia de la política, o bien denunciaba conspiraciones y asesinatos recientes? ¿Hablaba por un partido opositor? La hipótesis de su suicidio para evadir un embarazo nos pareció limitada, casi humillante. Qué poco sabemos de su vida, qué huellas ha dejado por ahí, cuántos mensajes leídos a medias.

Espera, le supliqué. Déjame seguir contándote. Fíjate cómo desde esa escena suprimida de la coronación frente a las brujas la sangre sigue corriendo y va inundándolo todo: ya no limitada por las mensuales visitings of nature, se desborda hasta invadir todo el espacio escénico, hasta que Macbeth se describe inmerso en sangre, ya incapaz de salir de ese fluir descomunal:

I am in blood

Stepp´d in so far that, should I wade no more,

Returning were as tedious as go o’er

A ella, en cambio, la sangre se le concentra en las manos: miembros para empuñar las armas, el cetro o la pluma, como si la escritora se complaciera en ese mínimo reflejo aunque la reina la usara sólo para firmar una sentencia. Quizá el rojo es el color de la decisión. ¿Garabateó Judith la escena del remordimiento, el inútil intento de lavarlas, o se la debemos a Will? ¿Suprimió por ahí algún monólogo sobre la razón de estado y la voluntad de poder? ¿Lady Macduff es sacrificada porque se niega a abandonar su vocación maternal o porque es incapaz de hacerlo? ¿O tal vez para perfeccionar la función mágica de Macduff, quien no nació de mujer ni tiene ya hijos?

Seguimos hasta muy tarde con preguntas así, con escenas, vestuarios y utilerías imaginadas, llevados en parte por el vino, en parte por la alegría de imaginar cada vez mejor el espectáculo. Vi cómo Roberto se acababa su copa y por unos instantes me sentí incapaz de añadir nada. Le sonreí para reiterar el gusto que me da seguir trabajando con él, colaborando tantos años después. A la distancia, nuestro romance parece tan poco importante en comparación con el diálogo de ahora.

Ya sé: si se lo digo va a mover la cabeza y va a hacer un comentario halagador. Puede ponerse muy serio, hasta decir que me negué a ser feliz con él, jamás ha dejado de añorarme ni encontró a nadie como yo. Nunca le creo, quizá porque a las pocas semanas de terminar conmigo ya andaba con otra. De todas maneras, en las miradas de ambos, en los saludos, acechamos todavía el minúsculo gesto para reiterar que todavía nos gustamos. De repente sentí todo eso como un traje pasado de moda. Shakespeare no lo dice, pero es obvio: como yo, lady Macbeth se estaba acercando a un cierto crepúsculo. He sido una mujer muy atractiva: ahora soy la apariencia de una mujer atractiva, el cascarón, el andamiaje, las instalaciones ya desocupadas y en proceso de desmantelamiento. Él está arrugado: sus ojos siempre fueron espléndidos, pero ahora brillan como la última señal del hombre que recuerdo. Según acaba de contarme, su hija está embarazada: éste va a ser su primer nieto.

Al despedirme comprobé qué alivio es no querer quedarme, no sentir ya esa ansia de roce, esa hambre de su piel ni de ninguna otra. Me gusta conversar con él, divertirnos, llamarlo y recibirlo sin las ansiedades que sentía cuando estuvimos enamorados. Quizá siempre sigamos diciéndonos requiebros: esas pequeñas cortesías endulzan el trato de los viejos. Pero algo en mí ha desaparecido y ni siquiera se despidió con las tramoyas del teatro isabelino.

Empezamos los ensayos dentro de una semana. Todavía hay mucho que hacer, muchos preparativos, pero la obra saldrá bien. Ni siquiera me acordaré de que afuera del teatro hay otra vida, aunque en algún momento bajaremos del escenario y retomaré otros parlamentos.

¿Y si hubiera alguien más en mí cuando acabe esta mudanza, si unsex me fuera como abrir una puerta?

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Adriana González Mateos da clases en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha recibido varios premios por su trabajo literario:Foto-4 ha publicado traducciones de poesía, cuentos, crónicas, artículos académicos, ensayos y las novelas El lenguaje de las orquídeas (Tusquets 2007) y Otra máscara de Esperanza (Océano 2014).

 

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La peor vejez

Foto--Josefina-MartosWEb

Por Josefina Martos Peregrín

Humedad en las paredes. Se expanden, se multiplican unas manchitas cenicientas, como ejércitos de piojos acampados en torno a cada leve montículo de moho verdoso. La habitación entera simula una clepsidra: una gotera lenta y constante marca los minutos, el polvillo fino de la pintura cae poco a poco.

Ha aprendido a prescindir del espacio y la luz de su casa inmensa, de salones y baños, de biblioteca, compañía… Salvo de las dos criadas que entran rápido a recoger la bacinilla, a arreglar la cama, traerle la comida… Calladas y exactas.

En esa habitación vive, en esa habitación recibe visitas, ve películas, aunque nadie entra ni hay pantalla ninguna; hace ya tiempo que lo descubrió: no existe gran diferencia entre contemplar la pared que se desmenuza y ver la televisión; es más, la pared ofrece la ventaja del silencio. Porque a fuerza de mirar obsesivamente, ha descubierto que es ella quien vive ahí, en esa superficie a la que asoman sucesivas capas de pintura, una geografía de recuerdos superpuestos, océanos con islas, continentes bruscamente mutilados. Memorias de lo verde, de lo azul, de alguna mañana amarilla.

No añora a nadie, vive tranquila sin historias ajenas, ha utilizado el último de sus libros para fabricar barquitos de papel que navegan en el barreño donde vierte la gotera.

Atrás quedaron las visitas, tan pesadas, “No te encierres. Huele mal. Abre las ventanas. Pareces una vieja. Arréglate. Arregla la casa”, “¡Anda que…! ¡Cuando arreglen el mundo, que da asco!”, les contestaba antes de echarlos. Demasiado sabe que no hay pintura capaz de remozar las paredes de su vida, de disimular las filtraciones que corroen los cimientos y aflojan los deseos. Ni tampoco arreglo para el mundo, ni alivio para quienes lo padecen, basta cualquier noticiero para comprobarlo. Felizmente, se libró de las noticias; todavía recuerda cuánto esfuerzo le costó “quitarse de la tele”, más que quitarse del tabaco, que ya es decir, pero se alegró igual. Ahora ve programas muy interesantes en la pared, sobre todo, en esa opuesta a la puerta. Desfilan majestuosas sus obsesiones y sus miedos y se dice que, si supiera pintar, dejaría chiquitas las pinturas negras de Goya.

Como películas mudas desfilan los recuerdos. Lástima, suspira, no haber vivido más con la gente, no haber corrido por las calles, no haber amado como una insensata, ahora tendría más que recordar. Pero se resigna, se concentra y mira, se distrae con el tapiz de figuras que actúan en escenas sin paisaje y sin palabras. Verdad que nunca salen de la pared, no cobran volumen, los colores no brillan, pero ella los prefiere así, grises, planos y mudos; obedientes al mando del televisor, que ha conservado y sigue usando, porque funciona a la perfección. Adora su teatro de sombras, los sucesos de su vida recompuestos como siempre los deseó, a los que se suman las visitas de antepasados que, de otro modo, si saliera de casa, nunca habría llegado a conocer. Sólo le molestan sus padres que, con creciente frecuencia, juntos o por separado, la miran con tristeza y la invitan a seguirles, “¡Cómo si la pared tuviera alguna entrada”, protesta ella. “¿Qué se creen, que voy a hacer la gilipollez del Harry Potter ese, lanzarme de cabeza contra el muro?”. Fue la última película que vio en una sala de cine y no se le olvida. Además, ellos, ¿precisamente ellos se lo piden? ¡Ellos que le inculcaron prudencia, miedo, desconfianza a todo! ¡Al mar, a las alturas, a los perros, a la selva, a los hombres!

La “tía rica”, la llaman en la familia, temerosos de que transcurran décadas antes de heredar. La “vieja”, dicen las criadas, aunque por carnets y papeles saben que no lo es.

Y, sin embargo, lo es, aunque no han sido los años sino el rechazo a la vida y el desamor al mundo los que han arrojado a la gran ensimismada a la ratonera de la peor vejez: la anticipada.

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El cuento de la abuela

Paisaje por Elizabeth Ross
Paisaje. Elizabeth Ross

por Francesca Gargallo 

La abuela se puso mal tres semanas después de que el veterinario saliera del cobertizo en el fondo del estacionamiento del edificio. Con cara compungida les explicó a los niños que había debido poner a dormir a Pepa porque la vieja perra padecía dolores indecibles por una enfermedad de los riñones y era muy malo hacerla sufrir después de que les había brindado tantas alegrías. El veterinario ponía cara de perro y aullaba, los niños lloraban, pero también se reían porque el hombre ladraba, gruñía, se daba vuelta panza arriba en el piso de cemento manchado de aceite quemado y cuando se levantaba arrastraba una pata para explicarles todos los males padecidos por la perra. Cuando la niña le preguntó si al despertar Pepa ya no sufriría, el veterinario bufó y se enredó al explicar que poner a dormir a una perra quería decir haberla puesto a dormir para siempre, en fin, haber tenido que sacrificarla.

Sin Pepa la casa era más ordenada y también muy triste. Nadie los recibía al volver de la escuela. La abuela llevó a la mesa una caja repleta de viejas fotos y les mostró todos los perros que había tenido a lo largo de su vida: Carambolo, un enorme mastín de cuando todavía vivía en el campo, la más agraciada Grisú, de colochos sal y pimienta, y Cami, Flora, Vite, Lola, Rudo y Arturo. Todos habían muerto antes que ella porque así es la vida. Un hombre tres caballos, un caballo tres perros. La niña más chica hizo un rápido cálculo tras preguntar si la vida de un hombre y la de una mujer se equivalían. Abuela, nunca te vi un caballo, pero tú ya tuviste nueve perros, así que te vas a morir pronto.

Cuando la madre volvió a casa, su hijo mayor le anunció que la abuela moriría porque se habían acabado los perros de su vida. La madre buscó los ojos de la hija mediana, ella le sostuvo la mirada y se encogió de hombros. ¡Qué ocurrencias, muchacho!, dijo la madre antes de encerrarse a terminar el trabajo que se había traído de la oficina.

El tiempo después de la muerte de Pepa se ordenó en secuencia consabida: escuela, clases de natación, cine los sábados, domingos en el parque con los amigos. Si sobraban horas, la niña jugaba con sus legos, la hija de en medio pedía permiso para realizar experimentos de química con su amiga del segundo piso y el grande leía. La madre los llevaba a la escuela, regresaba con bolsas de comida del mercado y durante la merienda siempre hablaba con su madre de los problemas que tenía en el trabajo. Eran muy concretos, la empresa se iba a ir al carajo. Siendo la contadora, entraba en la oficina del patrón, le mostraba las cuentas y el hombre salía al pasillo. Miraba uno a uno a sus operarios y sacudía la cabeza. Ya no le alcanza siquiera para cubrirnos el seguro; le decía a su madre. No lo queremos joder, es buena gente, pero ¿qué va a pasarnos si alguien tiene un accidente en el trabajo?

Cuando la máquina del troquelado de lata para los adornos de zapatos, bolsos y cinturones se trabó, el patrón no permitió que ninguno de los trabajadores la arreglara. Los reunió y dijo: Voy a vender, muchachos. Pasen mañana por su liquidación. La madre pasó cinco días sin regresar a casa ni siquiera a la hora de la cena. Trabajó de sol a sol para calcular cuánto le correspondía al que había moldeado arandelas durante 24 años, al mecánico que reproducía tornillos milimétricos, a la acuñadora de medallas de alpaca, a los bañadores de cromo y a sí misma que entró a trabajar a la fábrica saliendo de la universidad y había tenido al patrón como testigo de boda y a su esposa como acompañante en las horas de espera en el hospital cuando su marido murió atropellado por un trolebús en contravía. Adiós señor, le dijo sin atreverse a abrazarlo cuando cerraron la puerta del galerón. Al hombre le pagaron su vieja maquinaria a precio de hierro viejo y se quedó sin casa, sin auto y a los cuatro días tuvo que enfrentar el suicidio de su esposa. La mujer ya no quiso lidiar con la depresión y se tiró de la ventana del comedor. Los obreros del marido habían sido como los hijos que no pudo gestar. Se sabía la fecha del cumpleaños de cada uno de ellos e invariablemente les llevaba pasteles caseros, interrumpiendo la rutina del trabajo con media hora de algarabía.  Había bautizado a un gran número de niños, pero no había preguntado por qué la contadora nunca le pidió ser su comadre. No todos son católicos en México, solía decir.

La madre, los niños, la abuela en efecto no profesaban religión alguna. No tenían memoria de rituales, sus emociones e invectivas no apelaban a ningún dios. No repintaban a la muerte con los colores de la esperanza ni pretendían separar lo verdadero de lo falso con una profesión de fe. Eran normales, sencillos, bastante justos en el trabajo, las compras y las relaciones con sus amigos. Fueron al funeral de la patrona y lloraron sinceramente sin arrodillarse, persignarse o suspirar por un futuro encuentro en un más allá improbable.

Cuando la abuela se enfermó de repente en la cocina tampoco pidieron que interviniera la buena voluntad de una fuerza espiritual. Llamaron a la ambulancia, maldijeron el tráfico porque se tardó cuarenta y cinco minutos en llegar y se angustiaron terriblemente al verla sacudir la cabeza contra el piso mientras su cuerpo saltaba cada veinte segundos, sacudido por unos espasmos que llegaron a percibir como muy dolorosos. Por un descuido del enfermero, los nietos y su hija subieron a la ambulancia. La sirena desplegada no les abría el paso, el tráfico prolongaba las sacudidas del cuerpo de la abuela. Un joven médico hizo a un lado al camillero. Amarró el brazo de la anciana a una barra de metal y le inyectó un sedante. Estoy durmiéndola, dijo sin esperarse que los niños se abalanzaran sobre él. No, gritaba la más chica, a mi abuela no le importa sufrir un poco. Suéltela, lo zarandeaba el mayor. La de en medio se abrazó al cuerpo de la vieja: No la toque, desgraciado asesino.

El joven doctor quien hacía su práctica de primeros auxilios en la ambulancia especuló que eran fanáticos de alguna secta contraria a la disciplina médica. Intentó explicarles que no le haría ninguna trasfusión de sangre, pensando que era testigos de Jehová o alguna cosa parecida. También les dijo que el sedante era para que no tuviera que tolerar dolores inútiles. A ella no le importa, gritó aún más fuerte la chica. Es que para ponerle una sonda debo sedarla. La madre intentó calmar a sus hijos. Tú dejaste que mataran a Pepa, no te dejaremos asesinar a la abuela. La perra, intentó decir la madre, pero el camillero había caído sobre los hombros de cada uno de los miembros de la familia con una inyección de diazepam.

Cuando el patrón llegó para sacarlos del hospital, la calma se había restablecido con dificultad. El viejo patrón era un hombre sencillo, de palabras pausadas, explicó que la familia era buena, que no iba a ser necesario llamar a las asistentes sociales y que la madre de los muchachos había cursado estudios universitarios. En el hospital los veían como bárbaros. El camillero al llegar culpó a la madre de haberse subido a la ambulancia sin permiso, la madre defendía a sus hijos de la acusación de golpes e insultos, los hijos gritaban que el médico intentaba dormir para siempre a su abuela para que no sufriera. La policía llegó para dilucidar si en el hospital regional se practicaba por culpa de ideas contrarias a dios y a la moral la eutanasia que el código civil prohibía enfáticamente. La enfermera del turno de la tarde imputaba a los neoevangélicos una obtusa propaganda anticientífica.

La abuela se restableció lentamente. El patrón iba a visitarla cada día, porque del hospital pidieron que la madre cuidara de sus peligrosos vástagos y que no se acercara a las instalaciones. De regreso de la escuela, los niños le exigían que pasara frente al nosocomio para ver la ventana tras la cual se celaba su cama. La cuenta de la hospitalización era impagable, vendieron lo que había en casa y de todas formas el hospital no soltó a la anciana que ya se sentía bien y deambulaba por los pasillos con ganas de volver a casa. El patrón la ayudó con lo poco que le quedaba, pero aun así no era suficiente.  Una tarde traslúcida el veterinario pidió ver a la vieja. Tenía el pase para las visitas, era un amigo de familia. ¿Puedo llevarla a su casa?, preguntó. Es una morosa, señor; no puede salir de las instalaciones hospitalarias. El hombre entonces sacó del bolsillo unas jeringas enormes con un líquido azul y amenazó a las enfermeras sosteniendo que era veneno para dormir a los perros. Como asaltabancos, metieron las pocas pertenencias de la mujer en un bolso negro y huyeron por las escaleras. Nadie los persiguió.

Cuando bajaron del bus, miraron a diestra y siniestra por si alguien los había seguido. Dieron una vuelta por el barrio. Se detuvieron frente a una vitrina oscura para descifrar en el reflejo si estaban siendo espiados. Luego aullaron como perros bajo la ventana del cuarto de los niños que bajaron corriendo a la calle y abrazaron a su abuela. La madre y el veterinario intercambiaron una mirada cómplice.

Una vez instalados en la cocina, llegó el patrón. Había pasado por la perrera municipal y por una pastelería. Aquí está, dijo poniendo un largo strudel de manzanas en la mesa y jalando a una perrita negra y flaca de la correa. Está vacunada y esterilizada. Su abuela va a tener su décimo perro, porque la vida de una persona no depende de ningún dogma.

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Francesca Gargallo es una escritora, feminista y docente italiana que ha desarrollado su trabajo principalmente en México y el resto de América Latina desde 1979. Ha publicado su obra franprincipalmente en español. Ella se define como historiadora de las ideas.

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El abandonado


La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier
La modelo Daphne Selfe en un diseño de Jean Paul Gautier

Por AuraSabina

“Los voluntarios misioneros del pubis y el brassiere,
peregrinos de princesas sin castillo”
Anidando liendres, E. Bunbury

A Mariana no le conocí novio, amante o mano astuta que quisiera propasarse. El esposo quizá habría muerto o estaba a cientos de kilómetros de nuestro hogar. Me volví un adicto al calor y sudor de ella. Nunca encontré a los chicos que conmigo viajaron, mas cualquier indicio de soledad se curaba cuando Mariana volvía a utilizarme.

La acompañaba a sus comidas con las amigas, al teatro con su hijo o a andar en bicicleta. Leía poesía cuando se sentía sola; no se percataba que yo le hacía compañía. Mientras a los chicos blancos los usaba un día, a mí me requería hasta tres a la semana. Y por eso me buscó: yo era magnético y delicado a la vez: piel satinada, bien hechecito, joven y, por supuesto, negro. Dispuesto a enamorar sin enamorarme. Muchas mujeres, diariamente, me habían acariciado; algunas me pegaban a sus senos y me permitían sentir su cuerpo, aunque fuese sobre las ropas. Pieles firmes; otras más, flácidas; el chiste es que me encantaban, aunque quizá resultaba muy pretencioso y las chicas no llenaban mis requerimientos.

—Está genial, pero necesito un treinta y seis. Éste es muy grande.

Era la frase más escuchada. A la vez que me envidiaban, herían mi ego al despreciarme y llevarse al compañero de menor expectativa. Vi desaparecer a casi todos los que habíamos viajado desde el centro hasta aquí en la misma camioneta, mismo lote, pero el añejo era yo. Si en dos meses no me elegían, me trasladarían.

Era afecta al escote; esto me permitía, ocasionalmente, asomarme por encima de sus blusas para contemplar el panorama que le agradaba. Éramos uno solo; yo resaltaba y enmarcaba su belleza. Sus cabellos rizados y teñidos cada semana caían sobre mí. Solo yo sabía de las canas rebeldes que relucían, de las cremas que usaba antes de dormir y las proteínas que después del desayuno consumía. Señora mía, fruta madura de fragancia exquisita, qué dichoso siervo fui.

Todo comenzó una tarde de jueves, cuando llegó Mariana a recorrer absolutamente todas las texturas de mis compañeros. Nada la satisfacía, ni siquiera la de aquel cortesanillo de encaje, tan afortunado. La expresión altiva de ella, su voz ronca y el arrebato con que nos tocó, me conmovió. Me miró con simpatía, como se mira a los viejos amigos, y al acariciarme me dieron cosquillas. Me tomó con el más grande desenfado; pagó y me llevó, envuelto en papel china con el logo de la tienda.

Ya en su habitación, pude verla desnuda. Me dejó tirado sobre la cama mientras ella se duchaba. Su cuerpo ciertamente no tenía la lozanía de una adolescente: la zona abdominal tenía grasa acumulada, había ciertos pliegues en sus brazos que revelaban su edad; los senos pendían como gotas casi derramadas; me pareció hermosa. Después de secarse y untarse un bálsamo de leche y miel, me tomó con delicadeza y sonrió. Su aroma era sutil, y su voz se volvía dulce; incluso se atrevió a tararear una canción. Me apretó contra su cuerpo y entonces me estremecí. A medida que abrochaba mis ganchillos y adentraba sus senos en mis cavidades, comprendí la dicha de trabajar sosteniendo dos fragmentos sebosos y suavísimos de cuerpo femenino. Anonadado por la sensación de comunión con aquel cuerpo, hasta entonces, desconocido. Pronto se cubrió el pubis con un complemento de encaje, del que sentí celos porque el sí se impregnaba de su real esencia y yo sólo de su perfume.

Estábamos de viaje breve en Tepoztlan, en una cabaña rústica. Se había ido la luz y al poco rato la noche cayó irrevocablemente. Mariana se desprendió de mí, se puso el camisón y se introdujo en las cobijas; tan grande era su cansancio que me dejó tirado sobre la madera. Al amanecer se levantó excitada al contemplar el majestuoso paisaje verde con caminos y colores brillantes y, sin bañarse, acomodó su maleta y salió prácticamente corriendo; me dejó arrinconado, perdido y sin su calor. Imaginé que volvería o que reclamaría mi presencia. Nada. Después de varios días hicieron limpieza en ese lugar; me metieron a una bolsa negra de plástico. Aún estoy en ella y he caído en diversos contenedores de basura. El olor es insoportable. Perros y ratas a menudo rollen mi nueva habitación. Qué corta es la felicidad y que largo el olvido como diría un poema de Neruda que cada noche leía.

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aurachicaAura Sabina. Poeta y periodista de a pie. Nació en el telúrico 85, bajo el signo del cangrejo. Jura que la Luna es su doble astral.  Estudió Ciencias de la Comunicación y se dizque especializó en Literatura Mexicana del Siglo XX.  Activista autónoma, indignada. Tiene complejo de fotógrafa, doctora corazón y antropófaga. No, no, quise decir, antropóloga.  Cree que los sueños son tan importantes como lo que se supone tangible. Como nunca puede estar quieta, escribe para varias revistas entre las que se encuentra Mujeresnet.

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Unsex me here

por Adriana González Mateos

*Imagen: Shakespeares-women

~Primera de dos partes~

Quiero pararme en medio del escenario bañada en sangre. Que trace caminos en mi piel, que me dibuje surcos y signos. Quiero sentir su olor ferroso. Sí, sangre de verdad, no sólo un efecto destinado al público. Por lo menos el día del estreno: claro que me importa la crueldad hacia los animales.
Todo lo demás se va a ir definiendo en torno a esa imagen. Primero pensé en la calidad estética de Erzebeth, en tantas posibilidades visuales que distan de estar agotadas: con unas cuatro o cinco actrices de apoyo puedo mostrar contrastes muy provocativos. Está a punto de cumplir cincuenta años; su belleza, que durante tantas décadas dominó cualquier situación, empieza a eclipsarse. A medida que deja de menstruar, se obsesiona con la sangre de las adolescentes. El contraste entre su cuerpo ataviado y la desnudez de ellas: los bordados, las joyas, los encajes, todo eso que la hace cada vez más elaborada, más esculpida, más oculta. Tiene miedo de la luz: por eso todo sucede en un sótano, en un útero.
Su séquito de hechiceras: las podría convertir en guardianas de un mundo que aún resistía al cristianismo. Pero a pesar de la perfección de algunas escenas, Erzebeth no me basta. Se aferra a los conjuros y a los talismanes y se sumerge en la sangre porque no quiere ver algo que debería ser más evidente a cada minuto de la obra: se parece menos a las prisioneras y más a las brujas. Su historia sólo puede ser el relato de un fracaso, y yo no quiero eso. No quiero poner en escena esa historia que invoca cirujanos plásticos y bótox. No quiero que su risa suene amarga.
Podría hacer una Erzebeth cómica y punto, pensé durante algunos días, sin acabar de convencerme. Y de repente se me apareció (sí, saltó frente a mí mientras hablaba por teléfono con Roberto y dibujaba garabatos para distraerme) un personaje mucho más interesante, quizá una nieta, una biznieta de Erzebeth pero nutrida por aires irreverentes. Sin esa seriedad de lápida.
Lady Macbeth. Un rápido paseo por YouTube me dejó fascinada por sus manos tintas en sangre, por los goterones en la cara, por la variedad de guantes y trajes rojos usados por las actrices. Los cineastas se han esmerado en variantes inapreciables: Lady Macbeth a la luz del crepúsculo, iluminada por los rayos del amanecer, bebiendo líquidos redundantes en copas de cristal. No le pide nada a Erzebeth y además se mueve. Habla.
Corrí al espejo a maquillarme, a ponerme y quitarme chales, zapatos y collares, en una euforia de hallazgo. Recité pasajes, frases. Saqué del librero mis Obras completas, casi temiendo que se evaporaran mis intuiciones y esas palabras pertenecieran a otra obra. Pero ahí estaban, condensando mi espectáculo: Unsex me here.
Leí y releí la obra, subrayé, consulté un poco de crítica, discutí con Roberto. Hay un enigma en Macbeth, decidimos después de estudiarlo varios días. Algo falta en esa obra.
Sí: el texto sobreviviente parece ser una especie de guión para alguien que trabajaba en la puesta en escena. Y aun así. Es un texto incompleto.
Me pareció evidente la respuesta. Volví a llamar a Roberto, hicimos una cita. Era urgente empezar a aterrizar aspectos concretos del trabajo.
Durante siglos hemos leído una versión censurada, le dije mirando el menú, dejándolo ordenar el vino. Es el resultado de tachones y adiciones hechos por William a un texto de su hermana, la malograda Judith. Mi puesta en escena incluirá escenas para narrar esa historia: cómo Judith se ahorcó y Will apenas pudo salvar sus papeles, que lo sacaron de una crisis. Tenía deudas, un estreno inminente en la corte y muy pocas ideas. El embarazo de su hermana, su relación con un dramaturgo rival en cuyo último estreno le parecieron evidentes la mano, la voz de ella, las peleas, el suicidio: todo en esas semanas parecía calculado para hundirlo. Y de repente, después de vender los pocos cachivaches de ella que valían un céntimo, se encontró con esas páginas, la letra impetuosa y un poco despeinada, las tachaduras, uno que otro dibujo apresurado: The Tragedy of Lady Macbeth.
Apenas el día anterior la había enterrado en la encrucijada. Tal vez eso le permitió reconocer la fuerza, la poesía, la originalidad que siempre le había disputado. Estaba loca, cómo negarlo si esas ideas acabaron por matarla. Pero ahora ya no lo perseguían sus reclamos y pudo verlo por primera vez: su hermana había sido un genio.
No era de los que se dejan anular por la culpa. Judith estaba muerta y no había manera de deshacer los últimos meses, ni toda una vida de peleas. Pero tenía en sus manos la solución de sus problemas inmediatos. Siguió leyendo, ya con su grupo de actores en mente, con las fechas. Iba en la tercera página cuando se levantó por una pluma y un frasco de tinta. Si él y su hermana hubieran sido capaces de descubrir antes la posibilidad de trabajar juntos.
Roberto me escuchaba con atención. Fruncía el ceño, a veces hacía preguntas, quizá suprimía críticas. Confío mucho en él, aunque no siempre estamos de acuerdo. Nos conocimos hace muchísimos años, cuando protagonizamos una comedia romántica bastante regularcita; nos reuníamos a repasar los diálogos y a criticar al autor. En una de esas, Roberto se lanzó a decir uno de los textos de Romeo y Julieta; no se imaginaba que le iba a contestar con exactitud. Por supuesto caímos en la tentación de creer que ningún actor anterior a nosotros había sentido de manera tan genuina esos personajes. Ensayábamos en su casa, leyendo las escenas entre las sábanas, desayunando aprisa, interrumpiéndonos para improvisar, pero nos separamos mucho antes de planear ningún suicidio. Desde entonces hemos vuelto a colaborar muchas veces, cada uno ha tenido varias parejas y divorcios, hemos pasado por muchas etapas de nuestros respectivos trabajos y procesos creativos. Alguna vez me ha parecido muy desgastante trabajar con él, sobrellevar sus críticas y sus arranques de mal humor, pero desde hace mucho me acostumbré a contarle mis proyectos. Anoche fue el oyente ideal. Sabe respaldarme, sugerirme posibilidades, protegerme si empiezo a divagar. A veces hablamos de Shakespeare y es bueno saber cuánto cariño hay en las acotaciones de esos diálogos.
Le conté los pensamientos de Will mientras compartíamos la ensalada. La tragedia de su hermana era irrepresentable; había que quitarle, ponerle, adaptarle. Judith por ejemplo dejaba pasar un detalle que le daría relevancia política, pues se deshacía muy pronto de Banquo, como si no se percatara de la leyenda que lo convertía en ancestro del rey actual. Así había sido siempre: desdeñaba cálculos indispensables. Escribió de un jalón la escena de los descendientes de Banquo reflejándose en espejos infinitos y se sintió feliz. De alguna manera, su hermanita vivía en el calor con que su mano acariciaba las páginas. La recordó muy niña, cuando ninguno de los dos sabía escribir y corrían por los campos cercanos a Stratford o se refugiaban de la lluvia y jugaban a disfrazarse.
Ese papel lo va a hacer una actriz imperfectamente travestida, aunque al principio nadie en el público se dé cuenta. Will va a hacer pausas en su escritura para acariciarse los cabellos, para ajustarse un corpiño apenas disfrazado bajo la camisola. En algún momento se va a quitar el bigote para sentirse más a gusto. Sólo así podrá acometer los pasajes de las brujas, ellas sí barbudas. Su pluma se va a detener un instante sobre el papel mientras contiene la respiración y las ve ocupar el escenario, a la vez encarnación de las entrañas de la tierra y hechas de aire, de fuego.
Esos pasajes nunca han sido completamente descifrados por la crítica. Se dice que Will copió hechizos verdaderos, robados a las curanderas que Judith buscó para abortar. Tal vez lo engañaron haciendo pasar versos sin sentido por palabras de poder, o viceversa. Quizá leemos consejas incalculablemente antiguas, tal vez encontramos la escritura de Judith sin ninguna alteración. Las oigo magnificadas por el maquillaje, por los efectos de luz. Pero no puedo dejar de anotarlo: tal vez ahí es donde Will fue más severo y sacrificó páginas enteras que su juicio de experimentado dramaturgo no hubiera dejado llegar al público en ese tiempo atravesado por tensiones religiosas. Ritos, profecías, toda una trama sumergida.
Su versión conserva huellas elocuentes, como los restos de una ciudad usados en edificios posteriores, todavía tartamudeando en un lenguaje que ya no entendemos pero no deja de invitarnos a descifrarlo. Las brujas están ahí con su idioma de adivinanzas, pero se quedan a medias. Ahí se articulaba un mundo paralelo, mucho más poderoso que el de las luchas dinásticas entre Macbeth y los sucesores de Duncan, una esfera que los predice y los manipula pero cuyas razones están excluidas del escenario. En la versión de Will sobreviven los intentos de Macbeth por interrogar a esos poderes desdeñosos, que en cambio escuchan los ruegos de su esposa.

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Adriana González Mateos da clases en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México. Ha recibido varios premios por su trabajo literario:Foto-4 ha publicado traducciones de poesía, cuentos, crónicas, artículos académicos, ensayos y las novelas El lenguaje de las orquídeas (Tusquets 2007) y Otra máscara de Esperanza (Océano 2014).

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La mascota de mi hijo

Waiting for love. Sue Williams
Waiting for love. Sue Williams

Por Rocío Prieto Valdivia

El día que Rulo llegó a nuestro hogar mi hijo de tres años lo veía con recelo porque en un dos por tres esa bola peluda se había apoderado de su rincón favorito, dejando pelos por donde pasaba. Hasta tenía un plato especial, cosa que a mi pequeño hombre del espacio no le hacía ninguna gracia; el día que Rulo mordió su astronauta favorito fue el acabose. El pobre perro asustado se fue a esconder bajo las faldas de mamá Chanita, y ella, gustosa, se imaginó que papá Pantaleón le acariciaba las piernas. Aquel roce le recordó el día en el río, cuándo él la hizo suya por vez primera; sus grandes enaguas se teñían de carmesí, sus pechitos rosados se abrieron cual capullitos de alelíes en primavera; el abuelo ya le había puesto el ojo esa tarde de mayo en la placeta del centro artesanal, donde mi abuela vendía sus servilletas bordadas, algunas con canastas de frutas otras con pajarillos de colores. Ella con sus grandes ojos color topacio era la sensación del lugar, y todos los mozuelos estaban locos por la hembra más linda del pueblo; pero fue aquel soldado que parecía salido del ejército trigarante quién con su uniforme impecable y su caballerosidad conquistaría a la abuela.

Mi hijo dio un grito: Rulo has masticado a mi astronauta. Y un balde de agua fría hizo que mamá Chanita despertará del letargo en el cual estaba inmersa. A paso lento se levantó de la silla; caminó un par de pasos, cogió la fotografía de mi abuelo, y se sentó en la buhardilla de la casa. Corrí para sentarme a su lado, me gustaba escuchar las historias de mi abuelo Pantaleón.

Mi hijo terminó por aceptar a Rulo. Años más tarde mamá Chanita se durmió, y no despertó más; dejó una carta en la que pidió disculpas a papá Pantaleón por haber gozado las lamidas de Rulo en su muslo izquierdo.

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RocioRocío Prieto Valdivia. Mexicali, B.C., 1974, Promotora de Lectura.

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