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La primera cita con el bisturí

Por María Candelaria May Novelo

Imagen: Infografía de María Suero*

La mañana recibió al nuevo día bajo un alegre y cálido sol. Mariana estaba ese día ¡mucho más feliz! La fecha ya de por sí era festiva y anunciaba algo que ella llevaba meses esperando: era 15 de diciembre y con ello el cobro de su aguinaldo. El año pasado recibir su aguinaldo significó poder pagar sus estudios de posgrado.

Este año su aguinaldo tenía otro destino: pagar su primera cirugía plástica. En los primeros meses del 2017 y sin la centralidad de sus estudios de posgrado en su pensamiento, una buena mañana de febrero justo cuando estaba a punto de cumplir 48 años Mariana se vio frente el espejo y sobredimensionó las marcas del tiempo y su edad en su rostro. Desde ese día ya no tuvo la misma tranquilidad al hacer la misma acción: cada vez que se miraba al espejo las marcas de sus constantes sonrisas le recordaban en su rostro no las muchas alegrías vividas y disfrutadas, sino los surcos que como milpa incipiente estaban ahí para que a diferencia de la milpa, que al removerse la tierra para prepararla para el siguiente proceso de producción desaparecen, las marcas en el rostro de Mariana se harían más profundas cada vez y eso le agobiaba más.

El cobro del aguinaldo significó para Mariana contactar al cirujano, pasar por la primera cirugía, el periodo de recuperación y el proceso de culpa posterior por haber hecho tal acción: ahora se sentía conflictuada entre su ser feminista y haber sucumbido al deseo de querer recuperar una imagen más joven de la que por su edad ya tenía.

Mientras en su cama guardaba el reposo indicado por la cirugía que le realizaron, Mariana se decía a sí misma: “Quise sacudir de mi mente las presiones que ejercían esas marcas ya evidentes en mi rostro y mi mirada sancionadora cada vez que me miraba al espejo, más no pude”, y esa flaqueza le producía cierto malestar con el que ahora tendría que vivir.

Y así recibió e inició el siguiente año Mariana: entre la culpa generada por su atrevimiento de realizarse una cirugía y la confrontación con su formación feminista, Se veía ahora con mirada de reproche y se cuestionaba cómo podría abordar el tema del cuerpo como objeto ante este sistema patriarcal si en ella estaba la prueba de que el deseo de permanecer joven había sido tan fuerte que abonó a ese sistema que nos cosifica a las mujeres.

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candelariaMaría Candelaria May NoveloActivista por los derechos humanos: una vida libre de violencia para las mujeres, el respeto a la diversidad sexual, la lucha en contra del acoso callejero, un aborto libre de prejuicios y un alto al abuso sexual infantil le comprometen, por ello dentro de sus compromisos como activista feminista por los DDHH el tema de la niñez, adolescencia y las mujeres es importante.

Facebook: María Candelaria May Novelo.

Twitter: @florenciabonita

maría sueroMaría Suero. Suero nace en Huelva, AndalucÌa, España, en 1978. En 1998 se matricula en la única academia de Bellas Artes de la ciudad, al tiempo que empieza Magisterio. Años mas tarde, estudia Cerámica artística. Desde el año 2002 participa en exposiciones en salas dentro y fuera de Huelva, tanto individuales como colectivas, en las que se puede contemplar: dibujo, infografía, cerámica e instalaciones.

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Mirando nuestro envejecer

Donau. Elizabeth Ross
Donau. Elizabeth Ross

Por Esmeralda Vizcaíno

Cierro los ojos y floto en el agua. No hay dolor, no hay resistencia, el movimiento es suave, fácil, el cuerpo sigue a la mente y la alegría me hace sentir libre. No hay frontera, en el agua mi mente vuela como cuando mi cuerpo podía correr, doblarse sin saber lo que era el dolor, la contracción.

Mi cuerpo se ha arrugado, el deterioro de la carne, de los huesos, es implacable, pero ya no me perturba. Hace mucho que dejé de teñir mis canas, hace mucho que dejé de pasar frío para estar más guapa, hace mucho que la única coquetería que mantengo es pintar mis ojos con khol. Eso sí, cuando él llega a mi encuentro, en el palmeral donde nos encontramos por primera vez hace más de cuarenta años, me gusta que se zambulla en mi mirada y el khol resalta el verde de mis ojos que no han perdido la ilusión, a pesar de todas las lágrimas derramadas por las innumerables pérdidas que traen consigo las mareas de la vida.

Voy hasta el huerto y quito malas hierbas alrededor de las tomateras, preparo la tierra para las próximas semillas que acogerá y la tierra me susurra alguna historia que más tarde escribiré sentada en la terraza, bajo la sombra del jazmín, la parra y la pequeña rosaleda. Un nuevo cuaderno forrado de tela me llega desde la vieja Europa de una de mis amigas con su carta, una carta manuscrita que nos recuerda a nuestra juventud, cuando no existían los ordenadores y nos carteábamos. Me la llevo conmigo y la abro sentada bajo las palmeras, frente al riachuelo en el que las mujeres jóvenes lavan la alfombra sumergiéndola en el lecho y pisándola descalzas mientras danzan. El leve chapoteo y sus risas es el eco que le describiré cuando le conteste. Abro el sobre y lo acerco a la nariz, huele a incienso y a perfume. Saco el papel y veo como su letra sigue siendo clara, con un leve temblor, pero nítida, elegante, suave, la tinta se desliza por el papel como la tenue caricia de sus labios cuando nos encontramos frente a frente y tras reconocernos la una en la otra nos besamos y abrazamos fundiéndonos en un abrazo largo, firme y acogedor. Me alegra saber que este año vendrá dentro de tres semanas a visitarme. Leo y releo su carta hasta un par de veces. La meto en el sobre y huelo su perfume, cierro los ojos y la siento aquí al lado. La guardo para volver a leerla más tarde, en el silencio de la hora de la siesta, cuando me disponga a contestarle con mis lacres, papeles reciclados y mis dibujos trazados con henna.

Por la tarde iré a dar un paseo hasta el zoco a ver con qué me sorprende hoy, quizás encuentre un olor que me guie hasta el regalo perfecto para mi amiga. O puede que simplemente me siente en la terraza del café a tomar té y charlar con los hombres para los que sigo siendo la extranjera que se vino a vivir aquí la vejez. O quién sabe, puede que acabe encerrada en una Madrasa o en el hamman con otras mujeres disfrutando de un buen baño, con un masaje que alivie un poco el dolor de mi espalda.

Cada día me tomo un té contemplando la luz irse en el horizonte y enciendo una vela con barritas de incienso en el pequeño altar donde ofrezco a la energía creadora ofrendas de flores, olores para que mis seres queridos encuentren descanso y luz.

Ahora voy más despacio, pero llego a tiempo, no me dejo arrastrar por preocupaciones, tendrá que ocurrir lo que tenga que ocurrir, hoy por fin siento que cada día es una vida entera.

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EsmeraldaVizcainookEsmeralda Vizcaíno. Oviedo (Asturias. España 1970). De profesión maestra y de vocación escritora, viajera y fotógrafa. Ha publicado en diferentes revistas españolas, en Miami y participó en Encuentros por Ciudad Juárez y mantiene los blogs http://jardinesdeariadna.blogspot.com y http://esmeraldavizcaino.blogspot.com

 

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Bailarina

bailarina

Por Josefina Martos Peregrín

-¡Mamá, se ha ido! Me juró que bailaría siempre para mí y se ha ido.

–Bueno, no te apenes, ya se veía gastada.

Sí, con los años la luz de su piel se había apagado, pero en cambio se encendió su alma y ensayando, como un preso en la noche, aprendió a abrir la tapa para salir y explorar los alrededores.

–¡Es que me gustaba! Giraba lentita, pero con tanta gracia… Bailaba mejor que nunca. Ahora la música se siente sola sin nadie que la baile. Y el pedestal redondo, qué soso, con las marcas de sus pies chiquitos.

Verdad que vencer el pegamento que la ataba al redondel de terciopelo fue lo más costoso, aunque a fuerza de ansiar la libertad, tirón tras tirón, a lo largo de los años, consiguió despegar las zapatillas, primero una, luego la otra, hasta andar pasito a paso cuando no la veían.

–Pues tendrás que acostumbrarte, hijo. Además, estaba encorvada, ¡si hasta el tutú se le caía!

Y qué poco llegó a importarle la ropa, si le realzaba la figura o si era la adecuada a su tipo o no. En sus exploraciones secretas descubrió otras cajas, todas cerradas, y otras muñecas, siempre quietas, y se dijo que no valía la pena escapar por allí, por el mundo exterior.

Ya no era tan bonita como al principio, cuando estaba nueva, es verdad, pero me juró amor eterno, fidelidad, obediencia, ¿o no te acuerdas cómo asintió cuando le leí el poema ese de la tapa, el que viene escrito entre guirnaldas de rosas?

No sé, hace tanto tiempo… Me parece que últimamente ya no podía agachar la cabeza, seguro que tenía el mecanismo estropeado. Por eso se habrá perdido, se habrá caído por cualquier rincón.

Esas palabras del poema… Al principio le gustaban, hasta que llegó a entenderlas. Entonces les tomó odio y no quiso acatarlas nunca más. De todos los versos sólo dos le interesaban, sólo dos guardó en la memoria.

–Sí, estaba averiada, seguro, porque a veces se quedaba atascada frente a los espejos, en esa línea que une a uno con otro y había que empujarla para que siguiera. Pero en cuanto me descuidaba, otro atasco, y vuelta a lo mismo.

Lo había espiado cuidadosamente, era cierto: otro mundo se desplegaba al otro lado del espejo, un mundo sólo asequible a viejas bailarinas rebeldes que han decidido escapar.

 

 (Poema entre guirnaldas:

Bailaré.

Cuando levantes la tapa

y comience la música,

bailaré para ti.

 

Como una muñeca leve

esconderé mis dolores,

maquillaré mis heridas

y mi alma

escapará por los espejos.

 

Feliz como si no supiera,

aparentando no enterarme,

alimentada de esencias

y terciopelos rojos.

 

Aunque se acabe la cuerda,

aunque se detengan los engranajes,

aunque me desangre,

bailaré

para ti.)

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JosefinaNacida y crecida en Madrid, reside en Granada. Josefina Martos es una mujer que desarrolla su trabajo artístico en soledad y lucha permanente contra sus propios fantasmas. Ella siempre necesita escribir pero también jugar con imágenes.

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PANGEA

por Mary Pacheco

ilustración por Liz Misterio
ilustración por Liz Misterio

Cielo/Tierra Día/Noche Sol/Luna Blanco/Negro Ying/Yang Vida/Muerte Luz/Sombra

Estoy consciente de la dualidad pero creo que siempre se tiene un lado favorito, por ejemplo, si dividiera mi cuerpo en izquierda-derecha y tendría que elegir una mitad, elegiría sin pensarlo la derecha.

Mi mitad derecha es la más asimétrica, la imperfecta, la de la teta más grande, la de los dientes chuecos, la de perfil para las fotos, la del ojo con más miopía, a la que le confío mi peso, la que no encaja, la que más me gusta y con la que me siento cómoda. Cabe decir también que el lado derecho se relaciona con lo racional (y vaya que a veces soy odiosamente racional), confiándole todo a mi cerebro. El lado derecho también me recuerda  el orden,  lo establecido, el socialcristiano; quién diría que después de todo resulté ser una mujer derechita, tal como mi madre y mi padre lo hubieran deseado. A lo mejor sólo asocio la palabra derecho con recto, con lo normativo… ¿desde cuándo? Paradójicamente mi fijación con el lado derecho es torcida, porque en vez de encontrar mi centro me apoyo en una mitad de mi cuerpo.

También está mi lado izquierdo, el lado b de mi ser al que no le confío mucho, el casi armonioso, el olvidado y abandonado, el que no me gusta, el que no se manejar, el del dolor, el del silencio, el de la vergüenza, el de las heridas. En ese hemisferio deposito todo lo que quiero ignorar, lo que no puedo traducir; desafortunadamente o  tal vez convenientemente también es el lado de mi corazón y simboliza mis emociones.

Me parto.

Lado derecho e izquierdo se sientan en distintas sillas, yo estoy en medio y los observo.

  • Lo siento lado izquierdo, jamás fue mi intención relegarte a un baúl olvidado, a un álbum de fotos sin dueño, a una tumba sin flores. Te amo pero jamás he podido entenderte, por eso te distraigo o en su defecto te ignoro lo mejor que puedo para que dejes de preguntarme cosas que no quiero responder. Ahora tienes la oportunidad de decirme lo que quieras.

Mi lado izquierdo sigue en absoluto silencio, lo miro y me mira. Sé que está a punto de decir algo pero se rinde, abandona sus ideas y se suspende en su mutismo de siempre. Lo miro con ternura porque sé que no es su culpa no poder hablar, no poder encontrar alguna forma de expresarse. Jamás le enseñé eso.

  • Perdóname. Le digo. – Perdóname también lado derecho por poner toda la carga sobre ti.

Al terminar de decir esto nos desintegramos (mis lados y yo) en milésimas de segundo,  somos partículas flotando en el aire, bailando en medio de una explosión. Somos libres. Alegría in crescendo. Nos mezclamos hasta no poder diferenciarnos, formamos una gran masa, una gran Pangea que despacito va tomando forma humana. Unidad.

Desde ahora no podré dividirme jamás.

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Mary Pacheco, 24 años, Ecuatorianamaryp

Irrumpo la solemnidad con suma gracia, lloro y río en lugares inapropiados.

Hago muchas cosas pero mi favorita sigue siendo el teatro.

https://www.facebook.com/mary.pacheco.338

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Zambullida

swimm1

por Salome Wolosky

Se me escaparon las primeras gotas. Los últimos pasos los hice con la mano presionándome. Abrí la puerta con tanta fuerza que dejé marcado el golpe del picaporte contra la pared. Entré corriendo a la zona de los baños, me frenó la mujer que estaba sentada tomando mate escuchando radio Colonia y haciendo mini rollitos de papel higiénico y me dijo: eu eu eu este es el baño de mujeres, ¿andás muy apurado hoy? La miré y no dije nada, sin embargo pensé: que se dé cuenta que soy una nena, que se dé cuenta que soy una nena.

Tenía siete años, ante cualquier pregunta que me hacía un adulto, no respondía y bajaba la cabeza. Estaba en una estación de servicio y mi papá me esperaba en el auto. Frente a mi quietud y el silencio, la señora me dijo agresivamente: es el baño de mujeres, volá. Salí apurada y me olvidé de que me estaba meando, pero mi cuerpo que se aflojaba no y me hice encima. Disfruté de no tener que aguantarme más y del pis caliente en pleno julio, mientras separaba las piernas resignada y sentía que se me iban mojando desde la bombacha, hasta las medias y las zapatillas. Volví al auto llorando, me esforcé, si aparecía sin una lagrima, mi papá me iba a retar peor, pensé. Abrí la puerta, me miró los pantalones y me dijo: pero la puta madre, ¿qué pasó? Exageré el llanto y le expliqué que no llegué. Me miró con odio y cuando me iba a sentar me dijo, pará pará. Y salió del auto pegando un portazo. Lo seguí con la mirada y vi que apoyaba la palma de la mano sobre su frente, como resignado. Buscaba algo en el baúl del Fiat 1500 de color verde militar y trajo un nylon que en su momento servía para tapar unos tachos de pintura y ahora iba a proteger al asiento de mí. Me lo recriminó durante el resto del viaje, dijo que no soy un bebé, que era muy grave a mi edad andar haciéndome encima, que él no tenía plata para mandarme a la psicóloga, así que mejor que comenzara a hacer las cosas bien.

Tengo el pelo corto desde chica, al igual que mi hermano. En eso mi papá nunca hizo diferencia, nos compraba los mismos zapatos, remeras o el jogging. Tampoco me retaba si jugaba a la pelota, subía a los camiones o me juntaba con los varones. Pero ya desde primer grado me llamaban varonera, machona, o Raulito, a veces me decían que era anormal o hermafrodita. Las peores de todas eran las madres, que no dejaban que sus hijas se juntaran conmigo. Desde muy chica lo naturalicé tanto que no podría decir que sufría. Era la alumna de peor comportamiento del colegio, esa fama generó que la mayoría me tuviera miedo. Sí alguien me decía Marimacho, tarde o temprano, iba a cruzarse conmigo y una mano se comía seguro.
En el colegio, le hicieron creer a mi papá que la culpa era suya por no haberme criado con una presencia femenina, como le dijo muy segura la psicóloga especialista del gabinete. Desde chica me daba cuenta de que no encajaba y lo sabía porque me lo marcaban en cada corrección sobre cómo debía sentarme, jugar, vestirme, sentir o siquiera hablar; en cada ocasión en la que tuvieron oportunidad de decirme que no estaba bien cómo era yo y que tenía que cambiar.

A los doce años, me propuse hacer natación en el club Villa Crespo, el primer día entré al vestuario y mientras me desvestía, un grupo de chicas comenzó a mirarme y a murmurar algo que yo no llegaba a escuchar, pero por mi experiencia sabía de qué se trataba. Debatían acerca de si yo era mujer o varón, hasta que una fue a avisarle a alguien de afuera y llegó una señora que me increpó, preguntándome, para que le confirmara qué era yo y por qué estaba en un baño de mujeres intentando ponerme una malla. Se armó tanto alboroto que me vestí llorando, me fui a mi casa y durante mucho tiempo no intenté nadar, pese a que me encanta.

A partir de ese y de otros momentos parecidos, me limité drásticamente. Evitaba ir a los baños públicos, y si ocurría, por extrema necesidad, muchas veces experimentaba situaciones que me confirmaban que era preferible no entrar, que mi presencia intranquilizaba. Otra alternativa era usar el baño de varones aunque no me gustaba. Pese a los varios impedimentos, volví a tener ganas de nadar y me propuse hacerlo. No me voy a esconder más, pensé. Decidí buscar un club cerca de casa. Fui a averiguar y no les presté atención a las miradas, ni a los murmullos que a veces son constantes. Busqué una malla que me entrara, eso me tomó tiempo porque además de no tener un género definido para los demás, también soy gorda. Si no se me excluye por una cosa, se lo hace por la otra.
Me gustaría no tener que usar el típico traje de baño de mujer, nunca me sentí a gusto, pero eso ya es demasiado pedir. Al final encontré una bastante deportiva, negra, que tiene en la parte de abajo un short. Cuando me la pongo me siento ridícula, no me gusta para nada, pero creo que tiene que ver con lo que me enseñaron a pensar acerca de mí. Mientras la uso, hago un gran esfuerzo por sentirme bien, muy pocas veces puedo, la mayoría finjo.

Hoy fui por primera vez a la pileta después de diez años. Soporté a la doctora que me hizo la revisión médica con cara de asco. Intento no darme por aludida respecto de eso, ni del gorda, fea, pobre, varón, mujer, triste, raro y varios de los calificativos que escuché desde que salí de casa hasta que por fin empujé la puerta del vestuario que conecta con la pileta.

No bien entré, pensé en sentarme en el borde y dejarme caer. Aprendí a hacerlo así para no salpicar, evitar llamar la atención o que se rieran. Pero cambié de opinión, subí a una de las tarimas a donde están los trampolines de cinco metros y me tiré de cabeza.

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Destino. Minificción de Jorge Meneses

imágen por José María Pérez Nuñez
imágen por José María Pérez Nuñez

El hombre ha bebido todo su café. Se dispone a leer su destino en el fondo del vaso. Se alarma: Hay un barquito y unas voces que suplican ayuda divina.

Los del barquito gritan de júbilo. Han visto el rostro de Dios y saben que Él les ayudará.

El hombre tira el vaso en donde corresponde: Basura inorgánica.

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Jorge Meneses (D.F, 1991), cursa la carrera de Diseño de la comunicación gráfica en la Universidad Autónoma Metropolitana. Ha sido publicado en las antologías Hacerle al cuento (Amarillo Editores, 2015), y en Después del viento: 13 homenajes a Jesús Gardea (Aldea Global/ENEJ, 2015). Actualmente colabora en la revistas Los Heraldos Negros, Des/linde y en Palapronta.

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Tinta Roja

"Tricéfala", Ilustración de Itziar Markiegi
«Tricéfala», Ilustración de Itziar Markiegi

por Iván Landázuri

– Creo que mañana me baja – Pronunció Rebeca mientras se subía las pantaletas.

Fernando no dijo nada.  La miró vestirse a un costado de la cama. Siguió recostado, el tema recién le comenzaba a angustiar, pero no lo suficiente. A pesar de encontrarse en la etapa de retractación, su libido no disminuía. Hasta cierto punto, ver el cuerpo esbelto y juvenil de Rebeca le devolvía cierta vitalidad oxidada. La observó abrocharse el brassier y cómo desaparecían sus costillas bajo la blusa escolar.

– Vístete que me tienes que ir a dejar – Dijo planchando con la mano la falda beige del uniforme.

– Te dejo cerca de tu casa, así nos da tiempo quedarnos otro rato.

    Pero ella, hizo caso omiso al ofrecimiento. Se encontraba casi por completo vestida, a excepción de una calceta que se esforzaba por encontrar. Fernando se levantó con pesadez. Entonces apareció la media enrollada entre las sábanas del mismo color merengue. Se sintió ridículo siendo el único que aún permanecía desnudo. Se vistió con lentitud mientras ella entraba al baño. La cama quedó sin tender. Afuera era la rutina pactada de siempre. El salía primero y tras encender el motor ella lo alcanzaba con rapidez cerrando el zaguán oscuro tras de sí. El trayecto en auto era por lo regular en silencio. Encendían la radio y en cada semáforo él le tocaba la rodilla mientras ella sonreía en señal de aprobación. La dejaba en un cruce próximo a la preparatoria a la que ella asistía. En el mismo sitio, donde la había recogido la primera vez que se vieron en persona. Bajó del auto rápidamente. Fernando seguía mudo, Rebeca intuía el porqué. Arrancó el auto y se perdió entre el tráfico de la hora pico. Ella cruzó la calle y en lugar de doblar en la calle acostumbrada, siguió de largo por dos cuadras más. Tragó un poco de saliva y entró a la farmacia.

“**”

    Esa mañana Andrea amaneció con ciertos dolores debajo y a un costado del ombligo. Fue a la escuela con una sensación extraña en el cuerpo, la mañana le parecía más calurosa de lo habitual. Las clases de Matemáticas y Geografía fueron largas y extenuantes. Fue hasta el tercer módulo, con el profesor de Civismo que se animó a pedir permiso de salir a los baños. Algo extraño pasaba en ella, pues de ser posible evitaba acudir a ellos, sobre todo sola y durante clases. Atravesó el patio. Los del segundo F ocupaban gran parte del espacio, se encontraban en Educación Física. En los baños un par de alumnas se acomodaban el cabello frente al espejo. Vieron como Andrea se metía en el último cubículo. Las escuchó parlotear un rato más antes de que se marcharan y ella quedara sola. Con vergüenza se bajó la falda temiendo haber tenido un accidente. Palideció y tuvo que apoyarse bien para no desvanecerse ante la impresión de ver su calzón cubierto de sanguaza. La ansiedad incrementó al percatarse que aquellos puntos habían atravesado la tela y manchado la falda. Todavía sentía las punzadas en su vientre como si un alacrán la pinchara por dentro. Permaneció largo tiempo allí, sentada en el retrete con los calzones entre las rodillas, que no se percató del sonido de la campana anunciando el receso. Afuera toda una jungla de adolescentes corría, se empujaba y depredaba sin reparar en la ausencia de Andrea.

    Fue Tania quien casi en la recta final de la hora, asomó sus narices por el baño en busca de su amiga. Andrea estuvo tentada a no contestar ante el llamado de su compinche, pero no deseaba permanecer en el último cubículo del baño pese a lo vergonzoso que le resultaba su condición. A pesar de sus esfuerzos de explicarle lo ocurrido a Tania, no hubo forma en que Andrea articulara un enunciado completo y coherente que revelara lo acontecido.

– ¿Qué pasa Andrea? Ya toca clases con la de Inglés.

– ¿No hay nadie afuera?

– No

    Y dicho esto, la chica corrió el pasador de la puerta metálica. –Entra y cierra rápido– Lo primero que vio Tania fueron los calzones enrojecidos de su amiga a mitad ya de sus muslos. Hubo poco que decir. Por suerte para Andrea, a su amiga le habían explicado en casa el hecho de menstruar. –Es normal, es algo que…– Se detuvo al reflexionar lo ridículo que sería dar una explicación en ese momento.

    Andrea lloraba más por la vergüenza que por los cólicos. El plan era simple. Regresar al salón,  sacar disimuladamente las toallas sanitarias de su mochila, junto con la sudadera de su amiga, para que ésta tapara las manchas de la falda. Ambas estuvieron de acuerdo. Y quizá el plan hubiese resultado exitoso si la profesora de Matemáticas no hubiese entrado a los sanitarios tan silenciosa como un roedor y observando dos pares de piececillos en el último cubículo, situación que de inmediato reportó a la directora, quien a su vez se dirigió al lugar junto con la testigo y la prefecta en un tono casi inquisidor.

“**”

– ¿Dónde estabas? ¡Te he dicho que te vengas directo de la escuela! – Le recriminó su madre al llegar a casa.

Rebeca guardó silencio.

– ¿¡Eh!? ¿¡En dónde estabas!? – Volvió a preguntar.

Respondió con el mismo silencio.

– Ponte a limpiar la cocina.

    La manera hostil en la que fue recibida le indicó que más valía andarse con cuidado y pasar desapercibida por el radar materno lo que restara de la tarde. Fue a la recámara a quitarse el uniforme. Allí encontró a su hermana tendida boca abajo sobre la cama sollozando. Ambas compartían habitación. Asoció el hecho al humor de su madre. Otra disputa en la que ella pagaba los platos rotos de Andrea. Se cambió en silencio. Casi a hurtadillas lavó los trastes, trapeó el piso y acomodó la despensa. Al mismo tiempo su madre pegaba gritos en el patio trasero. Miró por la ventana cómo colgaba el uniforme de su hermana en el tendedero.  En el cuarto, aún lloraba Andrea. Nunca fueron muy unidas. En realidad, la mayor parte del tiempo su presencia le era intolerable. Pero sentía pena por ella. Se recostó en su cama.

    Quiso enviarle un mensaje a Fernando, pero no logró encontrar su página en Facebook. Reinició el móvil pero el resultado era el mismo. Marcó su número, pero una grabación le indicaba que el número no se hallaba disponible o se encontraba fuera del área de servicio. Sintió urgencia por salir a buscarlo. Temía que éste se evaporase como un fantasma. En realidad lo que conocía de Fernando era aquello que éste le había dicho sobre sí mismo. Lo que en resumidas cuentas era nada. Le entraron ganas de llorar. Sacó el pequeño empaque de su mochila cuidando que Andrea no se percatase. Ella seguía hundida en un hondo llanto. Lo escondió entre las mangas de suéter y salió del cuarto.

    Los pasos eran sencillos pero el nerviosismo le impedía concentrarse.  Tuvo que volver a leer el instructivo nuevamente. Desenvolvió la varilla de la envoltura. Notó que su mano temblaba. Se sentó en el inodoro y orinó sobre el extremo absorbente de la varilla. Lo más difícil era la espera que seguía. Los minutos parecían tardar horas en morir con una agonía que Rebeca experimentaba en carne propia. Un par de gotas se estrellaron sobre su pierna. Tardó en comprender que lloraba. Notó que el cesto de basura se encontraba lleno de papeles ensangrentados. Su mente jugó con ella por un momento, como si se encontrara ahí, no por un retraso de dos meses.

“*”

    Las pastillas que tomaba Su hermana no parecían surtir el mismo efecto que en ella. El dolor seguía allí y por si no bastara sabía que su padre la reprendería al llegar a casa. El citatorio con el que había llegado tenía un carácter de urgente y lo citaba como su responsable a compadecer frente a la directora. “Actos indebidos dentro de la institución” decía en letras grandes y subrayadas en tinta roja. Sin duda esta había sido hasta ahora el peor día de su vida. El escándalo suscitado por la tarde le carcomía además la mente. El regreso a su salón escoltado por las tres brujas de Macbeth, ante la mirada y cuchicheo de los del segundo F. El interrogatorio de la directora a ella y Tania. Las amenazas de expulsión. Además era seguro que mañana ya todos sabrían de lo ocurrido. Le parecía una carga difícil de llevar por los dos años restantes.

– ¡Andrea! –Gritó su madre llamándola desde la sala.

    Se levantó en silencio. Escuchó los resortes de la cama crujir con el peso de su cuerpo. Deseaba estar en una tumba y no en la recámara. Le resultaba tan incómodo portar la toalla entre las piernas. Una sensación de la que sabía debía habituarse en adelante. No reparó en que su hermana ya no estaba en la habitación.

Su madre veía un tele-drama recostada en el sillón. –Junta toda la basura y la echas en el contenedor–

    Andrea sacó una bolsa negra de las gavetas y vacío en ella el cesto de la cocina. Se dirigió al baño para hacer lo mismo. No podía apartar de su mente lo que le esperaba al día siguiente en la escuela. También pensaba en Tania. Esperaba no haberla metido en problemas aunque sabía que su madre era más comprensiva. Temía perder su amistad. Quizá le habría mandado ya un mensaje: “Lo siento Andrea, no podemos seguir siendo amigas o todos pensarán que sí somos lesbianas” pero su teléfono estaba decomisado como castigo. Tendría que esperar hasta mañana para saberlo y eso la consumía todavía más. Empujó la puerta del baño. Se sorprendió al ver a Rebeca llorando con las pantaletas en las rodillas y sosteniendo en la mano un extraño objeto. La escena le resultó genuinamente familiar.

-¡Cierra la puta puerta! ¡Salte!

– ¿Qué pasa allí? Gritó su madre desde la sala.

Andrea se quedó inmóvil en el umbral de la puerta sosteniendo una bolsa oscura.

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Sueños húmedos

 Por Juan Machin

Algo que me encanta de Pilar es que siempre está dispuesta a todo. Apenas llevamos siete meses de apasionado noviazgo, y ya hemos hecho el amor de todas las formas y en todos los lugares que se nos ha ocurrido.

    Desde la primera noche en que comenzamos a salir, al bajar del auto, un beso llevó a otro beso más ardiente. Luego, otros besos cada vez más fogosos. Comenzaron, entonces, las múltiples y ávidas caricias. Primero, caricias sobre la ropa; luego, bajo la ropa y, finalmente, caricias sin ropa, que casi nos arrancamos. Empezamos contra una portezuela del auto, hasta abollarla. Seguimos en el cofre y abollamos el cofre. Entonces, nos arrojamos sobre el pasto, no sé si húmedo de nocturno rocío o por nuestros sudorosos cuerpos desnudos. Desnudos en la noche, nada menos que en el jardín de la casa de mis padres, hicimos el amor junto a la alberca y seguimos en la alberca. A partir de ese día no hemos dejado de experimentar nuevas formas de erotismo: aparte de las noches y los días memorables que hemos copulado como locos en nuestras respectivas casas o en mi oficina en todos los lugares posibles, también hemos aprovechado para fornicar lo mismo el baño del museo de ciencias en Acapantzingo que una sala de la Exposición Colectiva “Menú Visual” en los Talleres La Guayaba M33; a menudo, lo hacemos en La Casona de Spencer, El Manojo, La Maga y otros sitios públicos, en particular el cine. La primera vez fue en una sala medio vacía de la Cineteca Nacional, sentados en la última fila, desnudé a Pili por completo y la penetré por detrás mientras oprimía sus senos y los levantaba desafiantes hacia la pantalla donde indiferente se proyectaba “Los límites del control” de Jamrusch. Otro día, durante la exhibición de “La caída de la casa de Usher”, película muda musicalizada en vivo, en la sala llena del teatro Ocampo, sentados en la parte más alta, Pili me hizo sexo oral, mientras yo la penetraba con los dedos y, últimamente, durante los estrenos de películas comerciales lo mismo en Plaza Galerías que en Cinemex de Diana o Plaza Cuernavaca: acostumbramos masturbarnos en las filas de en medio, o hacemos el amor en el baño o en algún pasillo oscuro, donde a menudo nos descubren.

    En los dos últimos meses, habíamos comenzado a experimentar incluso con el flashing en museos, iglesias, restaurantes y parques; también hemos probado, recientemente, diversas modalidades del sadomasoquismo y variedades nuevas de fetichismo. Por eso, anoche, después de haber bebido cerveza en abundancia, le propuse a Pili aprovechar para hacer una sesión de “lluvia dorada”. Como siempre, se mostró dispuesta. Así que, después de vendar sus ojos y propinarle unas buenas nalgadas, nos metimos desnudos a la ducha, ella de rodillas frente a mí, con las manos atadas a la espalda, y yo de pie, apuntando a sus senos con mi pene. Comenzó la descarga y una intensa onda de placer recorrió mi cuerpo, no sólo por el chorro caliente de orina que salía de manera particularmente abundante, acompañado por la clásica sensación de alivio, sino que la salida del dorado fluido me producía un leve cosquilleo que equivalía, sin duda, a un mini-orgasmo prolongado, que fue brutalmente interrumpido por una vigorosa sacudida y un grito angustiado de Pili que me decía: ¡Despierta, Juan! ¡Otra vez te orinaste en la cama!

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juanMarJuan Machín Ramírez nace en el DF hace más de medio siglo y desde hace muchos años vive anfibio entre las ciudades de México y Cuernavaca. Ha publicado diversos ensayos, trabajos de investigación, cuentos y poemas en libros y revistas de México y de Alemania, Argentina, Canadá, Colombia, Costa Rica, España y Uruguay, así como fotografías, dibujos y pinturas. Ha ganado algunos reconocimientos como el 3º lugar Concurso de Cuento Nacional de Humor Negro “En qué quedamos pelona”, en 1997; mención honorífica de 2º lugar en el Premio Nacional Efraín Huerta (categoría de cuento) en 1998 y el Premio Estatal de Literatura Morelos 2002 en el género de cuento. (Fotografía: Maricela Figueroa)

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De cloro y engrudo

por Omar Matadamas "Paělido rosa I"

por Claudia Salinas Boldo

ilustración: Omar Hdz. García (Omar Matadamas). De la serie «Pálido Rosa»

A mi Paulo

“Chorrea”, me dijo la doctora cuando me habló del sexo sin protección. Él había decidido que era hora de amar sin barreras, así que me llevó a que me recetaran unas pastillas. Yo no entendía mucho de todo aquello. A esa edad la cabeza da muchas vueltas.

    Aún recuerdo la cara de incredulidad de la doctora cuando le hablé de mis planes de salir corriendo al baño inmediatamente después de la eyaculación, para ganarle al medio litro de semen que seguramente se me iba a escapar de entre las piernas. Me dijo que no lo hiciera, pues corría el riesgo de arruinar un tal “momento especial” que en mi experiencia ciertamente no ubicaba, pero que tal parecía era muy importante. ¿Para quién?, no sé. Eso no me quedó claro entonces.

    La primera vez que lo vi fuera de un preservativo me pareció escaso y falto de color. Tantas veces había escuchado que se refirieran a él como leche, que así es como esperaba verlo. Pero no. Más bien parecía engrudo. Y con respecto al olor, un profesor que tuve en la especialidad le atinó al decir que huele a cloro. “¡Es verdad!”, recuerdo haber pensado. Huele a cloro.

    Y sabe a mocos. A mocos si el hombre es razonablemente saludable y a rayos si fuma.

    No, no me animé a probarlo a la primera. Lo observé durante toda mi juventud, antes de tomar la decisión de investigar por mi misma cual de todas esas diversas respuestas recibidas ante la pregunta de: “¿a qué sabe?” era la correcta.

     La visión de semen seco sobre la piel me remitió a mi infancia. En la escuela solía sentarme en la última fila porque me la pasaba jugando con mis amigas. Una de las cosas que hacíamos era untarnos pegamento blanco en los brazos, esperar a que se secara y después levarlo como si se tratara de una mascarilla. Las partes en las que la capa de pegamento nos había quedado más delgada, nos hacían sentir la piel tirante. Se rompían al tratar de levantarla, dejando ligeros pellejitos cuya lenta y meticulosa extracción constituía una tarea mucho más motivadora que la de  prestar atención a la clase. El semen cuando se seca en la piel queda justo así, como aquellas capas delgadas de pegamento blanco de mis juegos escolares.

    Previo a que me llegara el día de tragar completa la dosis de dos cucharaditas cafeteras que, en promedio, expulsa un hombre en una eyaculación, metí el dedo. Como quien comete la travesura de probar el betún del pastel antes de tener en el plato su rebanada. Antes de que se secara, mientras él corría a buscar una toalla húmeda para limpiarme los muslos y el abdomen, remojé el índice en uno de  esos charquitos de engrudo que me habían quedado encima para después llevármelo a la boca. “¿Qué haces?” preguntó él, con cara de quien está seguro de conocer la respuesta. “Considerando la posibilidad de alimentarme con las consecuencias de tanto amor”, pensé. “Nada”, le respondí, mientras lo miraba limpiar mi piel apenado, como si en vez de eyacular me hubiera vomitado encima.

    Me atrevería a decir que el semen es bienvenido en nuestras cavidades cuando nos enamoramos. Es en nombre de la pasión que se eliminan las barreras y el semen empieza a correr libremente por todos los orificios sin que plástico o coitus interruptus alguno pueda impedirlo. Así, libre, con su olor a cloro, su sabor a mocos y su cara de engrudo.

    “¿Qué significa para ti?”, me preguntas, haciendo alusión a ésta, nuestra primera vez sin más protección anticonceptiva que mi muy efectiva “T” de cobre intrauterina.

     Es estar más cerca, romper barreras, que les ocurra a nuestras humedades lo mismo que a nuestras almas y se mezclen llegando a ser uno, por esos breves instantes antes de que el aire las seque o las sábanas las absorban. Es decirte que estás invitado a ocupar espacios prohibidos y gozar de ellos. Es el deseo caníbal de conservar una parte de ti muy dentro de mí.

    Que así como tu olor me viste el cuerpo desnudo mucho después de la despedida, que la consecuencia líquida de tus placeres me recorra la cara interior de los muslos. Silenciosa y cálida, como lo hacen tus manos con el resto de mi piel. Como lo hago yo contigo cuando te abrazo en sueños. Como lo hace tu recuerdo cuando me refugio en él mientras espero a que el deseo te obligue a volver a mí, como vuelven las olas a la orilla de la playa, a bañar de sal y espuma a la arena que le espera como siempre, caliente y ansiosa, sedienta de mar.

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ClaudiaClaudia Salinas Boldo. Licenciada en Psicología por el Centro Marista de Estudios Superiores;  Especialista en Sexología Educativa y Maestra en Sexología Clínica por el Instituto Mexicano de Sexología;  Maestra en Antropología Social por la Universidad Autónoma de Yucatán y egresada con honores del Doctorado en Antropología Social de la Universidad Nacional Autónoma de México. amplia experiencia como sexoterapeuta, docente a nivel universitario, conferencista e investigadora en torno a los temas de antropología y género. En su labor como investigadora y etnógrafa ha abarcado los temas de relación de pareja, sexualidad masculina, mujeres en prisión y salud sexual.

OmarIlustrIlustr.  Omar Hernández García (Omar Matadamas) estudiante de la licenciatura en Artes Visuales (FAD 2013-) donde se esta desarrollando en el campo del arte contemporáneo y los medios múltiples.

Sitio web: https://www.facebook.com/matadamasart

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El futuro

Por Anders Anderen

“Me contó que usted se demoraba horas en la ducha,” así me confesó Madre cómo se convenció que lo que decía Hermetes era verdad. Él, representante de una comunidad Embera Katío del límite entre selva, altos pastos y montaña era además conocedor de prácticas que acercaban el futuro con el presente. “Le pregunté el porqué de semejante afirmación, pero solo respondió que así lo revelaban mis manos”. No fue la única razón, pero fue la que Madre decidió compartirme. El propósito de Hermetes no era leerle las manos a nadie. Leyó las de Madre en agradecimiento por la buena disposición y diligencia con que ella lo atendió y orientó a través de los procesos burocráticos a los que tantos son sometidos y pocos logran ver el fin, en medio del desaliento de los burócratas mal pagos y perdidos en el laberintico día dentro de instituciones que desbordan el entendimiento individual.

    Madre, entusiasmada, compartió detalles del encuentro con toda la familia y con aire iluminado. Yo no era una excepción. Aprovechando la estadía de Hermetes en Capital, las manos de la familia entera serían leídas bajo el patronazgo del taita embera katío. En ocasiones previas me habían leído las líneas de mis palmas y no esperaba algo distinto a quiromancia gitana de misticismo Hollywoodense que yo había interiorizado gracias a las películas de domingo en la tarde que compraban los canales locales. Cuando Hermetes me pidió que dibujara el trazo de mi mano izquierda sobre una hoja blanca tamaño carta con mi mano derecha me sorprendí un poco. Lo mismo haría con menos destreza intercambiando posición y función.

    Hermetes tomó ambas hojas de papel e intentó interpretar alguna cosa. Como en otras ocasiones terminé desilusionado. Mi mano izquierda había dibujado el borde de la diestra con tres interrupciones. El resultado, dictamina el perito, tres amores. ¿Quién? ¿David, Camilo, Nicolás? Tal vez Esteban, David y Camilo. David era seguro, pero no los demás. Me vaticinó un aborto. ¿Pero cómo iba a abortar yo, desprovisto de órganos que posibilitaran imaginación semejante, además sin intención de acercar mi reproductibilidad a vulvas, úteros u óvulos? “De alguna novia presente o a venir” me respondió. Si alguien me hubiese propuesto ser padre sin duda habría aconsejado la adopción. ¿Tal vez alguna amiga quedaría embarazada de alguien más y yo como amigo consagrado tendría que velar por el proceso? Pero eso ya había ocurrido en un par de ocasiones, aborto incluido, sin mayor conmoción en nuestras relaciones.

    Con aire sombrío y desilusionado Hermetes miró a través de una ventana antes de dirigírseme una última vez. Diagnosticó que yo era reservado e introvertido. Era cierto. Pero esa me pareció una conclusión fácil. Yo no había pronunciado palabra alguna, no para proporcionar un camino simple para describir mi carácter sino porque yo estaba renuente a permitir que mis palabras influenciaran de alguna forma este arte adivinatorio.

    Pasaron los días con sus noches y nunca durante ese año nadie a mi alrededor me notificó de algún procedimiento abortivo. Mis prácticas sexuales permanecieron lejanas a cualquier cosa que pudiera insinuar reproducción humana. Tal vez Hermetes miró más de cinco años en el futuro cuando tomaría mi primera Profilaxis Ex Post para reducir las probabilidades de contraer el virus de inmunodeficiencia adquirida; un intento por terminar conscientemente la posible reproducción de ese virus en mi cuerpo. No obstante, Thierry y Yohan no lo habían contraído para cuando tuvimos sexo por horas y sin siquiera intentar eludir el contagio. Tal vez la comodificación del arte adivinatorio hizo desvanecer su pertinencia, esa diferencia de intención entre el agradecimiento y la venta de un servicio; tal vez fue mi incredulidad lo que previno la materialización de esa ventana al futuro.

    Al amor, para entonces, solo me lo había cruzado en dos ocasiones. Los demás novios fueron más el resultado de mis ganas por intentar sostener una relación con alguien que producto del despliegue invasivo de emotividad y afectividad con la que asocio ese estado de ánimo. Muchos más amores vendrían, pero en aquel momento la motricidad de mi mano izquierda señalaba en otras direcciones que tal vez nunca averiguaré, ya enterradas en los esquivos mapas que fijan el recuerdo de lo que era entonces mi vida. Me sigue gustando leer mi historia con palabras mágicas y místicas, pero prefiero formas más sutiles que aquellas que la narran con determinación y fatalismo.

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Anders Anderen se interesa por la producción de subjetividades asociadas a la alimentación. En sus ratos libres camina, monta en bici, ve películas, escribe textos cortos y no posee una página personal.

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