Concepto, vestuario y maquillaje: César Othón Hernández.
Fotografía: Christopher Navarro Delgado.
Concepto, vestuario y maquillaje: César Othón Hernández.
Fotografía: Christopher Navarro Delgado.

Por: Benjamín Martínez Castañeda
Santiago de Chile, lunes 13 de octubre de 2014. Son las 10 am, ya es tarde, me he perdido el desayuno otra vez; me es muy difícil acostumbrarme a las dos horas adelantadas aquí en Chile, ¿qué importa?, no tengo que ir a trabajar, ni tengo una cita pendiente. Lo de anoche no fue nada, ni el Venezolano, ni el Peruano pudieron con todo esto, me he quedado caliente, mira que jurarse activos…ni ellos se la creyeron. ¿Cómo será la vida godinesca en Chile? Abro la ventana de la habitación del hotel, y sólo veo pasar los buses y mucha gente empaquetada, así le dicen en Chile a los que visten tacuche; no es muy diferente a lo que posiblemente se puede apreciar en México. Sigo dando vueltas en la cama y mi cuerpo reclama adrenalina.
Tomo mi iPad y abro Scruff, ¿Qué? ¡Oso activo a menos de 100 metros! Se parece mucho al recepcionista del hotel, ¿será? Le escribo y no contesta, quizás me identifica como el chico de la habitación 310, aquel que anoche se despachó a dos hueones seguiditos. Sigo en busca de sexo, y nada, siempre es lo mismo: soy activo pero ando en busca de alguien que me culee. Sorry mano, ya somos dos en lo mismo, ¿te va uno a uno? Siempre contestan que no. ¿Por qué les da pena decir que son pasivos o come ñongas?, no tiene nada de malo. En la televisión comienza “El Chavo del 8”, pero qué horror, le cambio porque ni en mi país veo esa mierda.
Decidido a meterme a duchar, suena mi iPad, me han mandado un woof por Scruff, casi resbalo en el piso, tomo mi iPad y es un señor, envía un mensaje diciendo: Soy activo y busco culo aguantador. Pienso sobre que tan aguantador podría ser yo, no lo se. Le invito a que me visite en mi hotel, con el riesgo de quedar toda madreada como “La Fabiruchis”; me dice que no puede salir de su casa porque anda en silla de ruedas, me pregunto: ¿y cómo pretende que cojamos?…bueno, igual y se le para. Me da las indicaciones para llegar a su lugar, y sólo son 4 cuadras pasando el hotel donde estoy; al llegar, un hombre como de 50 años, 1.78 cm y erguido en dos pies me recibe en la puerta. Me quedé paralizado por un segundo, me toma del brazo y me dice: calma, no te lo dije al principio, pero…no tengo una pierna y uso prótesis y muletas; lleva mi mano a su pierna y siento lo duro de la extensión. Me da la opción de irme, pues el creyó que me incomodaba con su condición física.
La idea de coger con un “discapacitado” me excitó demasiado, pasamos a su recibidor y eso era un lugar lleno de reliquias de todas partes del mundo. Recibe una llamada, escucho que le da indicaciones contables a alguien, quizás sea su contador o alguien cercano… ¡Oh por Dior! ¡Se ha sacado la verga! Eso es muy grande y grueso, y aún no se le para, ¡Que miedo! La toma con la otra mano mientras atiende la llamada, juega con ella y la sacude viéndome a los ojo, inclina su cabeza indicándome que se la chupe. Trato de meter eso a mi boca y es muy difícil, no me cabe, al final encontramos el modo ya cuando eso estuvo erecto por completo, aún así era una verga saca flemas destapa gargantas. Terminó su llamada y me levanta para besarme en la boca, pasamos a su recámara y comienza a desvestirme, me aprieta las carnes, me da manazos, me lame las axilas, el cuello; él se desvistió, lo abrazo, lo beso y le acaricio su pierna de plástico, la toco, la beso, la huelo, la muerdo.
Mi cuero se eriza, los vellitos se levantan y se mueven como si un viento arrasador los quisiera arrancar de mi cuerpo; él me toma por los hombros, me vuelve a besar, me voltea y lentamente me empina dejándome sentir su gran verga entre mis nalgas. Lame mi trasero, con su lengua masajea mi ano…mmm ¡que rico! Lo dilata suavemente, me dice: ¡no puedo más!, se pone un condón y me la clava sin decir agua va. ¡Ahhhh! ¡No mames! La tenía como brazo de albañil, gorda y venosa, sentí que me sacaría los ojos, le pido que me la saque y se niega, fueron segundos muy intensos. Decidí hacer de mi dolor mi placer, me relajé, respiré hondo y pude sentir como su pene movía y masajeaba mi ano y recto; mi piel se puso de gallina nuevamente y me dieron unas ganas inmensas de mear, sentía un cosquilleo intenso en la panza, simplemente no podía saber de mí.
Recordé que un examante me dijo que no siempre el mejor sexo es el más limpio, así que decidí a dejarme llevar y si era necesario me mearía en el momento, pero la reacción fue diferente; comencé a sentir mi ano muy ardiente, cosquillas en todo el cuerpo, mis gemidos parecían sacados de cualquier comercial de Herbal esscences. ¡Ah…ah…ah..! Estoy a punto de acabar, fue lo que él dijo; su pelvis y parte de su prótesis me golpeaban muy fuerte, sentí como se hinchaba cada vez más su verga. Un calor invadió mi recto, mientras apretaba con el ano su verga para terminar de exprimir su leche, sentía una gran bolsa de líquido hirviendo, era una sensación desconocida.
Cuando saca su verga de mi cuerpo, un torrente caliente salía de mi ano. Pensé que sería sangre porque estaba desgarrado, o en el mejor de los casos caca aguada, pero no. Era un líquido traslúcido y aceitoso, recordé que un doctor hablaba en T.V. de que tanto el recto como el intestino están recubiertos por una capa cerosa; quizás esa fue la forma en que mi ano eyaculó, en que mi ano dio todo de sí. Mi ano recibió placer. Después de ese día mi ano ha vuelto a ser el mismo de antes.
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Benjamín Martínez Castañeda es productor visual mexicano, su investigación está encausada a la teoría queer y filosofía política.
http://benjamin-walpurgis.tumblr.com/
Ángel Amaro
En los últimos años se está estudiando y abordando de forma interdisciplinar el fenómeno escolar del bullying lgtbfóbico, denominándosele comúnmente bullying homofóbico. Estamos ante una agresión patriarcal múltiple que invisibiliza, cosifica y violenta en el ámbito escolar a las identidades de género no cisexuales (transexuales, transgéneros y travestis) y a las orientaciones afectivo-sexuales no heterosexuales (gays, lesbianas, bisexuales y pansexuales). Bullying LGTBfóbico se muestra como un término paraguas que -a priori- trata de aglutinar de forma interseccional todas las agresiones cisexistas, heterosexistas y monosexistas que sufre el estudiantado. Es en los centros educativos donde, con mucha más virulencia, azota la dictadura de la las expectativas, los roles y los estereotipos; contexto legitimado por una pedagogía esencialista que percibe al estudiantado como no-sexual, no-afectivo y no-expresivo. Obviamente, cuando se habla de LGTBfobia, hay que tener presente la doble vertiente que existe en esta compleja matriz patriarcal que abordamos: por un lado tenemos las violencias en el campo de las identidades de género y, por otro lado, las violencias en el campo de las orientaciones sexuales. Se conocen más las segundas violencias que las primeras, ¿por qué? Es muy sencillo: la sociedad es cisexista y, estructuralmente, niega las realidades de las personas trans* y los cuerpos/expresiones diversas. Muchas veces se conocen más las vivencias y realidades de la gayfobia que las peculiaridades de la transfobia (especificidad del bullying transfóbico). Esto no es azaroso, el binarismo cisexista permea hasta cómo se previene el bullying y tiende a invisibilizar los cuerpos que nunca nombra y siempre estigmatiza.
En una sociedad masculinista/masculinizada -y por tanto androcéntrica también en el activismo LGTBIQ- no es de extrañar que las violencias que sufren las mujeres lesbianas, bisexuales y trans* aún estén poco abordadas desde las agendas activistas; los patriarcalismos aún condicionan mucho la forma de abordar el bullying LGTBfóbico, buen ejemplo de ello es que las violencias patriarcales que sufren las mujeres LTBI aún no están en el centro del debate de forma interseccional.
Vemos pues que no se trata sólo, aunque también, de enunciar y hablar del bullying LGBTfóbico sin más. Hay que tener presente el gaycentrismo que binariza nuestro discuros y nos lleva a invisibilizar -de forma consciente o no- el resto de violencias patriarcales que padece el estudiantado LGTBIQ. Sería insensato hablar de acoso escolar y no centrarse en las transfobias -que suele pasar por cierto-. Esto sería una práctica binarista que no se hace asumiendo plenamente la diversidad corporal, estética y expresiva de los cuerpos y sujetos que habitan nuestras aulas y patios. No podemos caer en ópticas transfóbicas que no visibilicen el cisexismo estructural que sostiene la pedagogía patriarcal.
No todo es homofobia y discriminación por motivo de orientación afectivo-sexual.
Debemos alejarnos de ópticas homocentristas. Un ejemplo de abordaje cisexista, carente de una óptica transfeminista, sería el hecho de afirmar que la plumofobia (discriminación de expresiones estético-expresivas) está enmarcada dentro del campo de la homofobia; un sesgo gaycéntrico que tiende a percibir la discriminación de las expresiones y estéticas desde una perspectiva canónica homocentrada. Se cae en este caso en una lógica transfóbica que emplea la discriminación de las expresiones/estéticas para ponerlas al servicio de la agenda de los deseos.
En vez de abordar la plumofobia desde la complejidad que muestra el cisexismo, se habla de bullying homofóbico, negándose así la diferenciación entre el ámbito del deseo afectivo-sexual y la identidad sexo-genérica. Esta maniobra gaycéntrica hace aguas, ya que gran parte de l*s niñ*s que sufren plumofobia no son homosexuales o bisexuales. Entonces, ¿por qué seguir empeñad*s en explicar desde posicionamientos del deseo afectivo-sexual las implicaciones de las violencias cisexistas que atraviesan los cuerpos de nuestr*s estudiantes? Es una pirueta compleja, homocéntrica y cisexista. En realidad, se niegan los discursos de los cuerpos y las violencias que los atravesan para legitimar cierta manera de prevenir el acoso LGTBfóbico. No se puede erradicar el bullying LGTBfóbico desde una óptica gay articulada en torno a las vivencias y especificidades que experimentan los niños y chicos jóvenes gays, blancos, urbanos y de clase media. El estudiantado LGTBIQ es diverso y, por tanto, diversas deberán ser las estrategias socioeducativas emancipatorias.
Pedagog*s, activistas no-binaristas y educador*s implicad*s debemos empaparnos de una coeducación transformadora que emancipe a los individuos, de una pedagogía queer que tenga presente la diversidad como una matriz interseccional repleta de posibilidades, realidades y vivencias. Entender, por tanto, los cuerpos y sus agenciamientos desde las complejidades que los articulan, y tener bien presente el transfeminismo y un necesario proceso deconstructitivsta en nuestros discursos, praxis y acciones sociopedagógicas. Esta coeducación emancipatoria se rearticulará desde la diversidad de los cuerpos, las estéticas y expresiones; desde lo complejo y poliédrico; desde la autocrítica y la interdisciplinariedad.
Asumamos entonces las múltiples dimensionalidades y puntos de fuga del bullying LGTBfóbico. Siempre desde una agenda transfeminista y emancipatoria; desde los intersticios, los entrecruzamientos, las posibilidades, las diásporas, los prismas liberadores y constructivistas, escenarios democráticos que nos permitirán abordar integralmente todas las violencias patriarcales que se (entre)cruzan en la realidad escolar. La pedagogía queer puede arrojar mucha luz en esta tarea de reubicar y de(re)construir. Un proceso poliédrico que, sin duda alguna, es tan complejo como ambicioso.

por Scarlet Álvarez
En México no es secreto que la diversidad sexual no es bien recibida, culturalmente somos educados para temerle no sólo a la diversidad sexual sino a la sexualidad por principio. Se nos enseña con avidez en la primaria que la educación sexual existe para evitar errores, nunca se nos explica que la sexualidad viene en diversas presentaciones y que no es motivo de vergüenza ni de espanto. Lo que tampoco se nos dice, y que muchos no llegan quizás nunca a descubrir es que la sexualidad tiene poco o nada que ver con el género y a su vez el género nada que ver con nuestra anatomía genital.
Lo que quiero traer a la luz, es algo que he notado recientemente y de lo que quiero hablar en este ensayo, el cómo la construcción de géneros es una construcción social de orden político y de control que se extiende hasta la comunidad LGTBQI y se ha traducido en la ciudad de México en la exclusión del lesbianismo, la transexualidad, los individuos transgénero, intergénero y la bisexualidad, es decir, todas aquellas categorías que no entran para empezar en el universo de la homosexualidad, en un segundo término, la homosexualidad masculina.
La encuesta nacional sobre discriminación en México (ENADIS)[1] tuvo su última edición en 2010, y en la liberación de resultados, específicamente de la encuesta de diversidad sexual se piden disculpas por no poder cuantificar ni cualificar la diversidad, respuesta social ni tolerancia hacia la comunidad Bisexual, Transexual, Transgénero ni Intersexual, por no tener las herramientas aún para poder cualificar estas comunidades. Hay más preocupaciones que sólo las de no poder incluir todo el espectro que simboliza la sexualidad y que se cierra en las comunidad gay y lesbiana, se encuentra una evidente diversidad de opiniones en torno hasta dónde se les permite a los homosexuales tener derechos, y es que no todos se les pueden concebir. El 65% de la población en el Distrito Federal no se opone a que dos personas del mismo sexo contraigan matrimonio, sin embargo, el 67% de la población del DF se encuentran muy en desacuerdo que una pareja homosexual (ya sea gay o lesbiana) se les permita adoptar a un niño.
Específicamente es el caso de las mujeres con preferencia diferente a la heterosexual las que tienen mayor problema para vivir abiertamente y sobre todo, encontrar aceptación. Según la encuesta “las mujeres con preferencia sexual distinta a la heterosexual comunican en menor porcentaje que los hombres, su orientación sexual a la madre y al padre (cuatro de cada diez no se lo han dicho a ninguno)”. Aunado a esto, se encuentra una constante en la intolerancia respecto al nivel socioeconómico. Los niveles muy bajos, bajos y medios tienen los mayores porcentajes de intolerancia, lo que no se traduce, claro está, es que es evidente que la intolerancia en los sectores más bajos no es porque las personas “así sean” sino porque así son educadas, y son educadas por el mismo estado que aparentemente está preocupado por la intolerancia.
En la ciudad de México hay un recorrido importante que centra a la diversidad sexual en las colonias como Zona Rosa, Roma norte y sur y La Condesa; de igual manera, es relevante señalar que estas colonias no sólo son de alto nivel socioeconómicos, sino que la “aceptación gay” ha sido su estandarte ya desde hace unos años. Pero esta aceptación realmente se traduce en la aceptación del capital que la comunidad LGTBQI tiene, pues los restaurantes, bares, tiendas departamentales e incluso karaokes se sitúan en esta ideología por el capital entrante, no por su real apertura a las diversidades sexuales y menos aún por su apoyo a las mismas. lo que nos lleva evidentemente a notar cómo es el capitalismo lo que mueve al mundo, una suerte de transacción pues los habitantes de estas zonas toleran a los anormales siempre y cuando su esfuerzo se traduzca en ingresos monetarios.
Como menciona Beatriz Preciado en las micropolíticas de género, es que la solución a los abusos a la comunidad LGTBQI no se pueden erradicar de otra manera que no sea la experimentación con la sociedad y la apertura de los espacios hasta ahora no sólo son reducidos, sino ni siquiera entendidos de la diversidad sexual. Además, menciona: “Es preciso transformar ese saber minoritario (hablando de las teorías queer y las filosofías contemporáneas de género) en experimentación colectiva” y es esta cita la que inmediatamente me hace pensar en Rancière[2] y su división de lo sensible, en donde se nos habla de que existe divisiones en el espectro sensible de la sociedad, y esas divisiones no son otra cosa que la política e ideología mayoritaria impuesta como un modo de vida superior (monetaria y moralmente) y esto afecta la experiencia de maneras indiscutibles. Es este mismo argumento el que retoma Helena Chávez[3] para hacer claro que el arte está inscrito en un circuito de campos de experiencia, y estos campos tienen la capacidad de ejercer cambios en la sensibilidad
¿Cómo se traduce todo esto en el discurso de este ensayo?
Bien, pues si no hay campos de experiencia fuera de la comunidad y sus colonias delimitadas ya designadas, no habrá transformaciones en la sensibilidad de sus habitantes, lo que se traduce en que no habrá un incremento en el entendimiento de la diversidad sexual, ni de los agentes que la practican y subsecuentemente no habrá un cambio dentro de las políticas de aparición que permitan el desarrollo o incluso gestión del respeto por la comunidad.
Volviendo a Beatriz preciado “No se trata de escoger un sujeto oposicional de la historia”[4], es decir, no se trata de levantar un estandarte y declarar a los transexuales, los bisexuales, intergénero, etc. como víctimas ni de hacer encuestas como la ENADIS en donde acaso valoran su situación de vulnerabilidad. Lo que se necesita es que existan políticas de aparición, políticas que abran el campo de experiencia dentro de la sociedad para poder entender el respeto a todas las personas y es así como Beatriz llega al principio de autocobaya y cito: “Este principio autocobaya como modo de producción de saber y transformación política, expulsado de las narrativas dominantes”. El principio lo que hace es subvertir las regulaciones de una ficción colectiva como lo es el género y la sexualidad predominante y producir una política desde la subjetividad.
Combatir política con política como lo propone Paco Vidarte[5], “educar una ética que contribuya a nuestra felicidad” y cuestionar incluso si la comunidad LGTBQI debe o no seguir vigente como comunidad, segregando dentro de sí misma lo que fue segregado ya por la sociedad. Haciendo no sólo política sino siendo uno mismo político, siendo críticos y aplicando como dice él “no es sálvese quien pueda sino sálvese quien quiera” dando a entender que todos tenemos la posibilidad y derecho no sólo de salvarnos sino de salvar-nos a nosotros, a los todos.
En última instancia quisiera decir que la lucha por los derechos humanos (dentro de los cuales están los derechos sexuales) se quedan cortos para proteger el espectro que el humano contempla ante su diversidad sexual y que es necesario que no se terminen los grupos de resistencia que ponen en duda el saber y hacer políticamente correcto y socialmente aceptado que olvida que todos tenemos el derecho a vivir la vida bajo los términos, gustos y decisiones sexuales de nuestra elección.
Biblografía:
Testo Yonqui. Beatriz Preciado. 2da edición. Barcelona, España. 2008.
Ética Marica. Paco Vidarte. Ed. Gay y Lesbiana, Egales. 2010
La división de lo sensible. Estética y Política. Jaques Rancière. Salamanca 2002.
Las políticas de la aparición. Helena Chávez Mac Gregor. Publicado en Academia.edu
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Semblanza
Scarlet Álvarez. Licenciada en Psicología Educativa, cuenta con una carrera técnica en Asistencia Educativa y actualmente es pasante de la licenciatura en Artes Visuales en la Facultad de Artes y Diseño. En la Facultad de Artes y Diseño, co-funda y coordina el programa de Investigación-Producción Transversal, primer grupo de investigación para alumnos avalado por el Centro de Investigación-Producción y Estudios de la Imagen (CIPEI).
En 2013 coordina la comisión de relaciones públicas del primer Simposio Violencia y Poder , reflexiones estéticas e interdisciplinarias, que contó con la participación de Helena Chávez, Pedro Ortiz-Antoranz, Teatro Ojo, Cráter Invertido, entre otros; actualmente se encuentra coordinando la edición de las memorias del mismo.
Sus investigaciones abordan el problema de la educación a la luz de las estructuras políticas y discursivas operativas en los procesos sociales.
Página web personal:
www.scarletalvarez.wordpress.com
[1] ENADIS 2010. Censos sobre Diversidad Sexual, obtenido digitalmente gracias a la plataforma del CONAPRED.
[2] “La división de lo sensible. Estética y Política” Jaques Rancière
[3] “Políticas de la aparición.” Helena Chávez Mac Gregor, publicado en Academia.edu
[4] “Testo Yonqui”. Cap. 12, Micropolíticas de género. Beatriz Preciado.
[5] Ética Marica. Proclamas libertarias para una militancia LGTBQ

por Citlalli Villarejo
El heteropatriarcado sexualizado trabaja con binomios, con dialécticas, con solo dos polos, el todo y la nada, sin dar posibilidad a grises, también, cerrando la imaginación a que algo pueda no ser ni negro ni blanco, simplemente no ser, pero a la vez existir.
El patriarcado exige la reproducción, el acto sexual, la genitalidad, lo coital para demostrar sentimientos, ya sea desde la atracción física hasta la atracción romántica; enseña, que el punto máximo es el matrimonio consumado, y mejor aún, si es que hay resultado de la cópula, que, sumando a la religión católica dominante, sólo sirve para reproducción.
¿Qué pasa con las personas que no sienten deseos de tener un acto sexual para demostrar estas atracciones? ¿Qué pasa si el sexo no resulta ser el punto máximo para expresar amor, fascinación o encanto? Enseguida viene la sexualidad dominante a tachar de enfermo a todo aquel que no sienta la atracción sexual en cantidades brutales, a todo aquel que no se sienta dominado por sus necesidades sexuales, a todo aquel que piense que cualquier alimento es más placentero y gozoso que tener actividad sexual con la persona especial.
La asexualidad se define como aquella orientación donde la atracción sexual no juega, conformada por un gran espectro, principalmente otros dos grupos, demisexualidad, donde la atracción juega siempre y cuando existan vínculos emocionales que la creen, y grisexualidad, donde a veces aparece, pero normalmente no se haya presente.
Las personas asexuales son perfectamente capaces de sentir diferentes niveles de atracción y de crear relaciones tan íntimas como las personas alosexuales (es decir, quienes sienten atracción sexual por otras personas). No confundir con antisexuales o célibes, la gente asexual puede llevar a cabo actos sexuales, pero no provienen de una atracción sexual tal como la que alguien alosexual siente.
Ser parte del espectro asexual, es ser el raro de la comunidad LGBTTTIIPQ, es ser la A que no en todos lados se acepta sumar. Un ejemplo es el documental (A)sexual (Angela Tucker, 2011), donde un activista homosexual está en contra de esta orientación, pues piensa que la asexualidad resta a la lucha por los derechos al sexo libre, con quien se le plazca.
De igual manera se busca anular esta orientación sexual diciendo que nadie puede ser asexual porque todos tenemos genitales, tenemos algún género o no-género. Vista de esta manera, reduciendo la sexualidad al aspecto físico, se tendrían que eliminar muchas otras orientaciones. Pero, si se habla de sexualidad, como orientaciones y no sólo como una parte de distinguir hembras, intersexuales y machos, encontramos una gran gama de colores, entre ellos el negro, gris, blanco y morado, bandera de la comunidad asexual. Otro flanco de discriminación que ataca a este grupo, son profesionales de la salud (sicólogos, sexólogos y algunos médicos) que califican a esta orientación sexual como un padecimiento o una etapa, les diagnostican daños que no existen. ¿Por qué? porque el patriarcado les enseñó que es deseable tener sexo en cantidades industriales, que quien no siente atracción sexual es porque está enfermo, peor aún, si no se siente atracción romántica, es porque se es inhumano.
El miedo del patriarcado es perder la dominación a través de la familia tradicional, a lo que el espectro asexual arromántico les pone un gran reto: sin atracción romántica y sin atracción sexual ¿qué le queda al patriarcado para dominar? Las personas son libres, de sentirse atraídas y tener prácticas sexuales con quien se les antoje, pero también son libres de no sentir atracción ni romántica ni sexual, de tener sexo o no tenerlo, pero no son dignas de vivir encerradas en una etiqueta de enfermedad, de invisibilidad o de anulación, tanto existen orientaciones en un espectro amplio alosexual, como existen orientaciones dentro de otro espectro asexual.
Citlally Villarejo Gómez. Autora de Nogiedra, es Egresada de la Licenciatura en Comunicación de la Universidad Autónoma del Estado de México.Juan M. Fernández Chico
Introducción. La ciudad que se cierra
Podríamos empezar con la reflexión que hacía Robert Musil de una humanidad condenada al encierro: nace en una clínica y muere en un hospital. Se refugia en el encierro cuando tiene miedo, cuando debe ser castigado, formado o curado. Pero la reflexión de Musil no se limita ahí: ¿debería también vivir en una clínica? El encierro es la práctica de la construcción urbana de la ciudad. Pero este encierro no se manifestará siempre de la misma manera, es decir, el claustro del cuerpo y el alma, como proponía Michel Foucault cuando recurría a la imagen del panóptico para explicar los sistemas de control en Vigilar y castigar (Foucault, 2005). La ciudad, ese fenómeno social complejo, múltiple, que propone miles de lecturas diversas, como reflexiona Sassen (Sassen, 2003), crea otras dinámicas de encierro. Podríamos arriesgar la expresión y decir que es un encierro abierto. En sus múltiples transfiguraciones, encierra a sus ciudadanos en espacios dentro de si misma que, a pesar de no estar cerrados, enclaustran a los cuerpos. Es un encierro ciudadano que tiene que ver con la posibilidad de acceso, de traslado, de uso de recursos y espacios, de limitación política y de infraestructura.
La idea de encierro, por lo menos como la retrató el mismo Focault, termina revertida en una ciudad que dibuja su encierro a través de la marginación y la periferización. La forma de metaforizar estos encierros nos lo da Jorge Luis Borges en el cuento Los dos reyes y los dos laberintos. Dos reyes enfrentan la imposibilidad de salida de sus laberintos: el primero recurre al laberinto convencional, cerrado, confuso, con enromes y fuertes paredes que impiden la visibilidad y el camino; el segundo, a un laberinto abierto, libre, extenso, proyectado en el desierto. El encierro de la ciudad es como el segundo: no hay una imposibilidad de entrar y salir, sino una restricción a los códigos de acceso: socioeconómicos, étnicos, de género, raciales, de status migratorio. Las paredes no son visibles, pero existen.
Esto, que en otros momentos he llamado la periferización de la ciudad, está relacionado con las formas en que la ciudad excluye y margina a ciertos ciudadanos llevándolos a un encierro periférico que se observa en dinámica de restricción a la vida activa política y económicamente de las ciudad localizada en los centros de éstas. Esto que Abramo llama las súper-periferias: espacios más allá de la ciudad en donde se concentra el mayor número de marginación, pobreza y violencia, pero que, además, está total o parcialmente incomunicada, alejada de los centros neurálgicos del dinamismo económico de la ciudad que normalmente es situado en el o los centros de la ciudad (Abramo, 2013: 49).
La periferización o la anormalidad de la ciudad
El análisis no debería bastar en entender la existencia de estos lugares de marginación ciudadana, sino ampliar la interpretación al cómo estas dinámicas de periferización producen y reproducen tipos de ciudadanos anormales, una anormalidad que Foucault identifica en el proceso de industrialización del mundo europeo, en donde no sólo se creaba la distinción de lo funcional frente a lo que no lo era, sino que se genera todo un sistema punitivo que lo debía castigar (Foucault, 1979). Justo ese momento histórico en donde surgen las formas de las ciudades contemporáneas.
Es decir, hay una asociación indisociable entre el hábitat y el habitante. La relación de estas periferias no se limita a la posición geopolítica a la que pertenece en la ciudad, sino a la forma en que estas ideas asociada al espacio urbano periférico también recae en estigmas contra sus habitantes. Matute hace un ejercicio interesante al encontrar que los habitantes del barrio de La limonada, en Guatemala, eran recurrentemente estigmatizados por el resto de la ciudad al asociar su residencia y vida a una colonia con tan altos índices de violencia (Matute, 2013). ¿No pasa lo mismo en estos espacios periféricos, en donde se crea una asociación inmediata entre el lugar y la definición de ciudadanía de quienes habitan ese lugar? La reflexión va en el sentido que al surgir estas periferias altamente marginales e incomunicadas, se está dando un mensaje sobre cómo se construye y se mantiene una ciudadanía: eres en donde vives. No solamente un habitante sin acceso a servicios básicos, como agua corriente o electricidad, sino que desarrollas una ciudadanía anormal que le impide tener acceso a los centros políticos de la ciudad (como oficinas de gobierno, de pago o de acceso a programas públicos), como de servicios esenciales (como educación y saludad), de entretenimiento (centros nocturnos, restaurantes o parques) o de traslado (acceso al transporte público o calles pavimentadas).
Los ciudadanos anormales y el lugar que habitan en la ciudad
Esta construcción informal, porque no está regulada en las formas de establecer valores que permitan identificar una ciudadanía, genera una condición de anormalidad que se vive a partir del acceso a los derechos de la ciudad[1]. Esto que yo he llamado el rechazo a la ciudad, lo traduzco como las formas en que se establecen dinámicas de restricción de comunicación y acceso a ciertos elementos esenciales de la vida ciudadana. Esto lo podemos nombrar como la construcción de una ciudadanía anormal. No entendida solamente como el sujeto excéntrico o disfuncional que debía ser encerrado para no cruzarlo en la calle, sino eso que Fernando Carrión Mena llamó el miedo al otro a causa de un tránsito intersectorial, es decir, a saber que ese otro habitan en nuestra ciudad, pero en una geografía diferente, y que en cualquier momento nos lo habremos de encontrar (Oybin, 2013).
Esta condición de ciudadanía anormal no sobrepasa las condiciones de marginación históricas: los cuerpos sexuados, la etnicidad, la raza, la salud o la condición de clase. Las ciudades son paisajes asociativos, y cada pequeño elemento que la integra es relaciona con un valor, dinámica o condición. Esto que Reguillo hace cuando reflexiona que, por ejemplo, la pobreza siempre es vinculada con un paisaje o un lugar, normalmente justificado en términos de seguridad (Reguillo, 2009: 7).
La ciudadanía anormal es, entonces, asociada con un paisaje, con un lugar, con una geografía específica. Es ese lugar otro que existe dentro de la muralla de seguridad. En ese recorrido histórico de la otredad, Todorov nos lo propone como el resultado de un extraño que nacía y vivía fuera de nuestros países y ciudades siempre amenazando con entrar (Todorov, 2003), hoy la ciudad, convertida en un monstruo de dimensiones abrasadoras, también establece estas barreras de distinción, pero con mecanismos más sutiles: sin medios de transporte necesarios o eficientes para comunicar a la periferia de los centros de la ciudad, permitiendo residencias en zonas inestables y alejadas de todo servicio básico, creando centros industriales que establecen dinámicas de alejamiento como parte de una política de contratación. Es decir, crea un ciudadano anormalizado, excluido, que no entra en las lógicas y dinámicas de la ciudad.
Bibliografía.
Foucault, M. (1979). Microfísica del poder. España: Las ediciones de la Piqueta.
— (2005). Vigilar y castigar. México: siglo Veintiuno editores.
Matute, N. (2013). “Ciudad de Guatemala: centralidad urbana y exclusión social, el caso del asentamiento La Limonada”. En Bolívar, T. y J. Erazo, Los lugares del hábitat y la inclusión (pp. 433-446), Ecuador: FLACSO-CLACSO-MIDUVI.
Oybin, M. Fernando Carrión Mena: “Ahora, el principal miedo es el otro”. Revista Ñ [en línea]. 4 de julio de 2013. [fecha de consulta: 4 de julio de 2013]. Disponible en: http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/Ahora-principal-miedo_0_946705352.html
Reguillo, R. (2009). “Retóricas de la seguridad: escenificaciones y geopolítica del miedo”. En Conexiones, volumen 1, número 2 (pp. 5-18), Puerto Rico: Universidad de Puerto Rico.
Sassen, Saskia. (2003). Contrageografías de la globalización. Género y ciudadanía en los circuitos transfronterizos. España: Traficantes de sueños.
Todorov, Tzventan. (2003). Nosotros y los otros. México: Siglo XXI.
[1] Debo en gran medida esta reflexión a Luis Alfonso Herrera, quien está trabajando actualmente los derechos de la ciudad como la última batería de derechos a los que podemos tener acceso, los cuales se traducen básicamente al acceso y disfrute de la ciudad. De su idea desprendo una propia: más que discutir los derechos de la ciudad, deberíamos reflexionar las dinámicas de rechazo a la ciudad, de lo cual este trabajo es un esbozo.
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Juan M. Fernández Chico. Nació en Ciudad Juárez, México. Estudio sociología y una maestría en ciencias sociales por la Universidad de Guadalajara. Es parte de Colectivo Vagón, un grupo multidisciplinario de artes enfocado al trabajo cinematográfico. Actualmente es profesor por cátedra en el programa de sociología en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez.
Ana Mª Herrero Cervera
Hace poco me llamó la atención un documental que vi y trataba el tema de la eugenesia[1]. Este concepto responde a una filosofía social que defiende la mejora de los rasgos hereditarios humanos mediante diversas formas de intervención manipulada y métodos selectivos. El origen de la eugenesia está fuertemente arraigado al surgimiento del darwinismo social a finales del siglo XIX. El eugenismo, pretendería el aumento de personas más fuertes, sanas, inteligentes de determinada etnia o grupo social para lo que promueve directa o indirectamente la no procreación de aquellos que no poseen esas cualidades, llegando a considerar su aplicación como una ventaja en el ahorro de recursos económicos para los países.
Si hacemos un símil, esto hace recordar el exterminio nazi y a su ideología de supremacía de la raza aria; en este sentido, esta práctica estaría relacionada con el malthusianismo, el natalismo selectivo y el nacionalismo. En EE.UU también practicaron este método con las clases más desfavorecidas: los pobres[2] y los negros. Se les hacía esta práctica a personas con problemas socioeconómicos, buscaban a familias con problemas de delincuencia, alcoholismo y prostitución, etc. Los métodos del eugenismo del siglo XIX y XX incluían la esterilización forzada, hasta el genocidio. Esta barbarie no ha sido reconocida oficialmente en la mayoría de los países en que se realizó.

Documental, Higiene Racial. Guillaume Dreyfus, 2012.
Inevitablemente estos casos me hacen recordar de alguna forma, lo que está sucediendo hoy en día en los medios, entre ellos, la TV, y con los modos de representación social y mediáticas que intervienen en el género, la sexualidad, la clase y la raza. Hay un vacío sistémico en la televisión donde hay un exclusivo modelo de representación (origen blanco, de clase social media-alta y heterosexual), excluyendo otros modos de ser.
Es poco común ver en la pantalla pequeña a personas de otro origen y diversidad racial, si comparamos el bajo porcentaje étnico que hay respecto al blanco. Lamentablemente existe un problema racial en el discurso de las metanarrativas visuales en los medios mexicanos. Si analizamos el modelo de representación femenina que se ha impuesto en la Televisión, observaremos que los modos de representación están influidos fuertemente por las narrativas dominantes occidentales.
También podemos apreciar claramente cómo no sólo afecta a las personas no blancas, también se margina a las personas con alguna discapacidad física o psíquica (vaya, la palabra discapacidad no me agrada pues una persona vidente, sorda, etc., es igual de capaz que otra persona, salvo que es la sociedad quien las incapacita). Los medios, especialmente la TV, invisibiliza a estas personas, no las vemos en los informativos o noticiarios, en los comerciales, en las series, en los programas, en las telenovelas…, ¿por qué?
A esta ausencia de representaciones visuales o imágenes, María Acaso la denomina asesinato visual, que “consiste en hacer desaparecer un hecho a través de la ausencia explícita de imágenes sobre él.”[3]
No hay visibilidad sobre aquello que no se representa, es decir, la ausencia de mujeres con sobrepreso, sin pelo, la ausencia de personas con alguna enfermedad, pobres, etc.
La autora hace una exhausta clasificación sobre los terrores visuales a los que nos someten los medios, industria, Estado, etc., donde agrupa una excelente tipología sobre los siguientes terrores: terrores corporales, sociales, culturales, políticos, de clase, que hay detrás de las imágenes.
Los mensajes detrás de las imágenes publicitarias nos dejan entrever el terror a envejecer, el terror a no ser la mujer perfecta. Estás imágenes contienen un miedo instaurado por nuestra sociedad que es el terror al cuerpo y tiene que ver con lo físico y con el concepto de belleza, con lo aceptado o no en nuestro entorno. Los terrores son todos aquellos miedos que objetivan nuestra imagen y nuestro estatus social y que podríamos enumerar como:
Es en la televisión y en la publicidad donde se suelen mostrar mayoritariamente estos terrores, concretamente los del cuerpo, que están más arraigados en nuestra sociedad occidental. El terror a envejecer es el que mayor impacto tiene, ya que es algo inevitable en el ser humano. De hecho, el consumo de productos para evitar el avance progresivo del envejecimiento no deja de proliferar. Pero este miedo, está impuesto por una serie de creencias ligadas al éxito y al sistema de producción. El terror a estar gorda y ser fea es otro de los mensajes más retransmitidos por la cultura occidental y este miedo se ha difundido como un efecto viral, expandiéndose y convirtiéndose en un miedo atávico que podríamos calificar de pandémico a nivel global.
El ideal de belleza que nos transmiten consiste en tener un cuerpo delgado y armónico con unos pechos exuberantes, un cabello largo y suave, de ser posible rubio, una piel elástica, radiante y joven, sin imperfecciones y blanca.
La visión androcéntrica, occidental y blanca de gran parte del hemisferio norte, quiere resaltar la idea de la supremacía blanca para controlar y someter a otras razas. Hay muchas mujeres de otras razas que se someten a cirugías para conseguir unos párpados occidentales. También hay maquillajes que blanquean la piel –en América Latina muy usado-, y así podríamos seguir con muchos más ejemplos de cómo se pretende homogenizar y eliminar las subjetividades de las identidades.
Constatamos que hay una ausencia explicita de la gran mayoría de la sociedad o humanidad y que excluye a otras razas, a otras identidades sexuales, a otros cuerpos, etc. Por ejemplo, en el caso de México, hay una limpieza racial y sistémica en la televisión, ¿donde están las personas morenas e indígenas que representan la mayoría del país? Lo mismo podemos decir de las personas con algún tipo de disfunción, las personas ancianas o las personas que no cumplen con los cánones estéticos imperantes; la mujer barbuda, el torso humano, etc.
Tod Browing quería rodar una película donde la idea de monstruosidad o aberración quedase en entredicho y sacudiese la moral de la época. La película, es una parábola donde los freaks se comportan de forma más humana y los normales son perversos y malvados.

Dir. Tod Browning. Freaks, 1932.
Se excluyen en el límite de la otredad lo que representa lo exótico, lo monstruoso, lo feo, lo caduco, lo viejo, lo extraño, lo raro, lo anormal. Se repite todo el tiempo una atrocidad social, los medios, la industria cultural, hacen su propia selección natural de la especie humana. La existencia de la dominación racial, de clase y de género obstaculizan la posibilidad de una construcción sobre la idealización de una humanidad diversa y democrática. Es urgente cuestionar y desmontar la construcción de significados por los medios de comunicación y demás producciones culturales para visibilizar las condiciones estructurales que favorecen las relaciones de dominación y opresión.
[1] Higiene Racial, Eugenesia. Guillaume Dreyfus. Documentos TVE2.
[2] Ver un interesante artículo escrito por el profesor y catedrático, Emilio Martínez Navarro, donde trata la fobia a los pobres. El término «aporofobia» no figura en el diccionario de la Real Academia. Fue impuesto en 1996 por Adela Cortina, profesora española que publicó un artículo periodístico refiriéndose a uno de los males de esta época: el rechazo y el odio hacia las personas pobres.
[3] María Acaso, Esto no son las Torres Gemelas, (Madrid: Catarata, 2006), 41.
[4] María Acaso, Esto no son las Torres Gemelas,52.
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Ana Mª Herrero Cervera. Artista visual e investigadora en un doctorado de producción e investigación artística en la Facultad de Bellas Artes de la UPV (España). Es artista invitada en la plataforma web, Arte contra la violencia de género, Valencia 2011. Ha sido becaria por la SRE de México para realizar una estancia de creación artística en la Academia de San Carlos en el 2012, ENAP/UNAM.
Ha realizado varias publicaciones, entre ellas, CIMUAT que tuvo lugar en la facultad de Bellas Artes de Valencia, 2010: La deconstrucción del estereotipo de mujer erótico, sexual y estético en el audiovisual. También ha publicado para la revista online Cuadrivio.net, 2013: La representación de la mujer en la televisión mexicana.
Ha realizado varias exposiciones colectivas e individuales a nivel nacional como internacional entre las que destacan: MUARTECH: Acciones híbridas desde el género, “porque yo lo valgo”, Espacio Menosuno, Madrid 2011. Metáforas visuales sobre la construcción femenina. Academia San Carlos, México D.F. 2012. Exposición colectiva, Videoapropiaciones: HECHO EN MÉXICO. Audiencias críticas. Academia San Carlos (FAD-UNAM) México D.F. 2014.
Para más información se puede consultar su trabajo en:
http://anamariaherrero.blogspot.com/
http://www.artecontraviolenciadegenero.org/
Ulises Pineda
Entendiendo la estructura
Durante una largo –larguísimo- periodo en la historia de occidente, parecía que había una triangulación unívoca en la sexualidad del ser humano. Si eras mujer tenías que ser femenina y heterosexual; si eras hombre, tu camino era la heterosexualidad y el comportamiento masculino; pero estos conceptos que pareciera dan cuenta de lo natural y de lo normal han sido envestidos por otras formas de relacionarnos con nuestros pares y para con nosotros mismos. Entonces, nos vamos dando cuenta de que el ser mujer no implica ser heterosexual ni femenina, y que un hombre no tiene que ser masculino ni heterosexual, porque estas combinaciones mujer-heterosexual-masculina, mujer-femenina-homosexual, hombre-masculino-homosexual, hombre-femenino-heterosexual, entre otras, han ido cuestionando esto que se nos muestra o impone como normal y/o natural. Lo masculino y lo femenino no son exclusivos de un sexo u otro, son características del ser humano.
Pero es justamente en este punto de lo normal y lo natural donde hay que poner atención, cuestionar esas reglas, ideas o conceptos que se nos presentan como ya dados, y que tendríamos que –según ciertas miradas- seguir al pie de la letra. Es entonces cuando nos preguntamos sobre el papel que jugamos en la sociedad y la forma en la que queremos –o no- llevar nuestra vida, muchas veces partiendo de una heteronormatividad que no nos da herramientas para pensar de otra forma nuestra identidad.
La heteronormatividad en palabras de Beatriz Gimeno (2004) es un término que “oculta de manera casi perfecta el armazón ideológico sobre el que se construye; cuanto menos evidentes sean los andamios sobre lo que se levanta cualquier construcción ideológica más natural nos parece y, por tanto, más difícil nos resulta enfrentarnos a ella. El objetivo de esta construcción ideológica tiene como fin mantener un sistema de sometimiento de las mujeres, las lesbianas, los gays, las razas no blancas, las clases sociales, etc., es precisamente, parecer natural.”
Nos parece natural y/o normal el matrimonio, la monogamia, la rigidez identitaria al asumirnos como heterosexuales, homosexuales o bisexuales; el que los hombres deban de ser el sustento de la casa, así como la parte fuerte y elemental de la familia o la pareja, que las mujeres hagan las labores domésticas, que sean el lado emocional y comprensivo de la relación, o que su realización máxima sea el de ser madres; pero, ¿es esto cierto? ¿hasta donde realmente funcionan todas estas categorías y formas de relacionarnos para con los demás que han colonizado todas las esferas de nuestra vida? Lo natural o normal no existe, y estas categorías devienen en norma, concepto acunado por Judith Butler (2004) “Una norma no es lo mismo que una regla, y tampoco lo mismo que una ley. Una norma opera dentro de las prácticas sociales como el estándar implícito de la normalización(…)Las normas pueden ser explícitas; sin embargo, cuando funcionan como el principio normalizador de la práctica social a menudo permanecen implícitas y son difíciles de leer(…)
Estas normas intervienen en todas las prácticas sociales y culturales de nuestra vida, pero también, al darnos cuenta de lo que nos atraviesa como individuos estaríamos teniendo una agencia que es la que nos permitirá visibilizar estas normasestructurantes de nuestra vida social, ya que a partir de la cultura y la estructura es como podemos explicar y encontrar respuestas a esta normalización de nuestras ideas, nuestros cuerpos, sexualidades, identidades.
No somos únicamente una esfera de nuestra vida. Por ejemplo, la biología nos resuelve ciertos cuestionamientos, pero tampoco determina nuestra relación para con los demás, ni la forma en la que abordamos nuestra vida o el devenir de nuestra identidad como seres humanos. Es entonces cuando hay otros campos como el amor, lo social, las prácticas sexuales, lo psicológico y lo político que se muestran como otros constituyentes de nuestra identidad, reafirmando poco a poco las diferencias que hemos ido constituyendo en nuestra historia, siendo un elemento esencial la reivindicación de la diferencia como eje de una equidad en lo que también a derechos humanos y ciudadanos concierne.
Estamos de acuerdo en que es la esfera política y legal la que debería de garantizar esos derechos, pero nosotros también tenemos responsabilidades en la vida cotidiana, que es donde también se establecen jerarquías, prejuicios, paradigmas y estructuras que llevamos al trabajo, a la escuela; vamos, que somos testigos de cómo se van constituyendo ciertas prácticas de respeto, de amor, de igualdad, equidad, pero también prácticas de intolerancia, de odio, de desigualdad y discriminación. Es por eso que –de nuevo- hay que poner atención en lo que se nos presenta como natural y/o normal.
Debemos tener una postura frente a lo que nos concierne como personas y ciudadanos, que la sexualidad es un acto político, esto entendido no como lo partidista, sino como esas prácticas que se llevan a cabo desde la cotidianidad y que tienen que ver con la forma en la que nos posicionamos en el mundo. Pareciera que en México, esencialmente habiéndose aprobado los matrimonios entre personas del mismo sexo, se resuelve una serie de deficiencias en el ámbito jurídico, pero no es así, la lucha por darle una continuidad a nuestros derechos es larga, pues en todo el país aún no se pueden garantizar los derechos y beneficios del cónyuge, no nos garantizan la eliminación de los actos discriminatorios en todas las esferas de lo social, y el negar nuestra condición como seres humanos diferentes y distintos nos lleva a estancarnos en un discurso pobre, un discurso mentiroso, excluyente y que no nos hace pensar en la amplitud de la sexualidad humana, en la potenciación de nuestras identidades, y mucho menos, en la autorrealización amorosa, amistosa y sexual con nosotros mismos y para con los demás.
Nos acercaríamos a más realidades cuando pensemos en la pluralidad de mundos, construyendo relaciones sexo-afectivas basadas en equidad, comprensión y respeto, donde la violencia tenga la menos cabida posible y el Otro no nos parezca ajeno, amenazador.
Desestabilizando el esquema binario
Javier Flores en el libro Homofobia. El laberinto de la ignorancia, cuestiona la forma en la que se han construido determinadas identidades, la manera en la que concebimos nuestro cuerpo y nuestras prácticas sexuales; a su vez, propone plantear otras categorías que pudieran explicar de forma más convincente la amplia gama de combinaciones sexuales que se producen en los seres humanos, para abarcar tanto los datos surgidos de la investigación biomédica, como los provenientes de las áreas sociales y psicológicas.
Flores nos acerca a las evidencias de que no hay hombres absolutos ni mujeres absolutas, esto, hablándonos desde la biología, ya que creemos que los órganos sexuales visibles o externos son lo que más importa y se le da una relevancia que los sobrevalora frente a otras características físicas; empero que, una parte es lo que podemos apreciar a simple vista y que no constituye determinantemente lo que es un hombre y una mujer, y por otra, la construcción de un género que deviene a lo largo de nuestra vida. No podemos negar la biología o la genética, pero eso no nos determina.
Los estudios de los que nos habla Steinach, por ejemplo, se abordan desde una sexualidad humana más amplia, que biológicamente no somos tan diferentes como nos lo han planteado y que los órganos sexuales externos no determinan lo que significa ser un hombre o una mujer, mucho menos, una orientación sexual o una identidad de género, y lo más importante es que podemos ver rasgos de lo femenino y masculino en ambos sexos, por un lado como construcciones culturales, pero también como un abordaje desde la biología o la genética.
Un ejemplo reduccionista, es la reasignación de sexo a través de la intervención quirúrgica, misma que tiene varias fisuras y sesgos, la principal, es que en años más tarde después de haber intervenido quirúrgicamente, estas personas comenzaron a identificarse con su sexo-género contrario al asignado. En la última investigación de John/Joan, Diamond y Sigmunds, observaron que más de la mitad de los casos estudiados de infantes intersexuales, estas personas transitaron a varones a pesar de haber sido criados y sometidos a cirugías de asignación del sexo femenino. Esto prueba y reafirma que la concepción de la sexualidad humana no únicamente es binaria, sino también sesgada, esto implica que se le niegue a las personas –sobre todo intersexuales- una amplia gama y rica de posibilidades de realización personal.
La idea de una sexualidad continuada requiere pensar los fenómenos de la realidad fuera de la lógica de la dicotomía: orden o desorden, real o verdadero, hombre o mujer, normal o anormal/ambiguo. Por el contrario, debe estudiarse la complejidad que se establece en los procesos, tomando “proceso” aquí, como una serie de hechos que llevan a otra serie de acontecimientos, y así sucesivamente. Es como si no existiera ni comienzo, ni fin y sí un continuum. Bajo esta mirada, el objetivo consiste en desarrollar la habilidad para pensar fuera de la simplicidad y el reduccionismo que genera la lógica binaria.
Este continuum también se relaciona con la concepción de identidad que tiene Butler, misma a la que se refiere como un proceso inacabado, movible y con distintas tensiones a lo largo de nuestra vida, donde, si bien nos podemos identificar en una determinada orientación sexual o identidad de género, ésta, muchísimas veces no es tan rígida, es por eso que en determinados momentos de nuestra vida nos sentimos atraídas o atraídos por personas de nuestro mismo sexo, o del sexo opuesto. Ya nos había advertido Simone de Beauvoir hace unas décadas: “La heterosexualidad es igual de limitada que la homosexualidad”.
Si el discurso médico es importante en general para la condición humana, en la identidad transexual e intersexual se agudiza y toma preponderancia, no tanto como una solución ante estas identidades no hegemónicas, sino, como una herramienta más para regular, violentar y normalizar los cuerpos. Sigue habiendo un gran esfuerzo en negar voz o agencia a quienes tendrían por antonomasia las decisiones no sobre lo que son, sino, sobre quienes son, pero sobre todo, se le sigue negando voz a la infancia, a quienes desde temprana edad se les veda de cualquier decisión sobre ellxs mismxs, y esto representa no sólo un sesgo metodológico para el encasillamiento como niñas, niños, pubertos, jóvenes, adolescentes, etc., sino también, por las contradicciones, paradojas, ironías y disensos que se generan en las personas ante un proceso post quirúrgico.
Las categorías y conceptos con las que referimos al mundo, son también con las que nos pensamos a nosotros mismos y a nuestras relaciones para con los demás. Es preciso ampliar la idea no solamente de hombre o mujer, sino también, en la forma de construir parejas, de entablar prácticas sexuales, de reconocer afectos y motivos, esto, desde los límites también de cualquier violencia; no quiero decir que nos solucione todo, pero considerar alternativas puede que sea un paso a consolidar individual y colectivamente prácticas menos instauradas en un poder instrumental y normativo.
No estamos exentos de categorizar o encasillar identidades, pero si reconocemos que somos objeto y sujetos de violencia, de amor, de estudio y autorrealización, comenzaremos a pensar nuestras prácticas como un camino paralelo entre la vida íntima y social, sus repercusiones en nuestros círculos más cercanos y con los que erróneamente consideramos como ajenos; insisto, esto como un primer paso para la apertura y consideración sobre otras identidades o cuerpos, así como la socialización y prácticas sexo-afectivas.
Bibliografía
Sitios WEB
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Ulises Pineda. Egresado de la UAM Xochimilco en Comunicación Social, pasante de maestría en Comunicación por la UNAM. Últimamente, ha cursado el diplomado “Representaciones Culturales de las Sexualidades” por la Universidad Autónoma de Barcelona y el curso: “Teoría de la Imagen”, impartido por Iván Ruiz en el Centro de la Imagen.
Cursó el “Programa de formación de Promotores de los Derechos Humanos de las personas de la Disidencia Sexogenérica” por ASILEGAL (Asistencia legal por los Derechos Humanos) en México Distrito Federal.
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Facebook: https://www.facebook.com/uritzen
Web: http://uritzen.blogspot.mx/
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Por María Guadalupe Quezada Martínez
«Habrá de un lado la comunidad de sanos y del otro la de los enfermos”.
-TIQQUN
No son pocas las veces que, al pararme en la puerta de entrada de la clínica psiquiátrica, escucho los gritos que desde dentro se producen… ¿cómo no gritar los horrores del manicomio?, ¿cómo no gritarlos a cada momento que se pasa ahí aún y en contra de la pretendida estabilidad que procura ofrecer esa y todas las instituciones de “salud mental”? Trabajo como voluntaria con lxs usuarixs en una de estas clínicas y el otro día, en la misma puerta que atravieso una o dos veces por semana me encontré con un pequeño rayón, casi imperceptible a pesar de la blanca pintura que cubre dicha puerta, escrito con tinta azul y formas temblorosas en sus letras pero con el mensaje bien firme: encontré la frase que ha dado nombre a este escrito “Putos Locos” Sólo así, sin más a su alrededor que permitiese identificar razones de tal posicionamiento y rápidamente me di cuenta que ese mensaje único y aislado en realidad tenía muy poco de aislamiento.
El letrero que los vecinos del lugar plasmaron en la puerta deja entrever la identificación comunal de la locura con figuras disidentes como los y las putxs, lo cual denota un proceso social de aceptación/rechazo en función del acoplamiento a las regulaciones, enmiendas y contratos. Pero no son sólo lxs locxs y no son sólo lxs putxs, cualquier forma del cuerpo o la mente que implique un punto de fuga debe ser -y será- condenado. “El orden de los Estados no tolera ya el desorden de los corazones”, expresó Foucault[1] (1964) Y para que se justifique la desaparición social de lxs locxs tras muros, rejas y puertas con candado se requiere entonces la intervención y codificación psíquica de éstos desórdenes, validando primero la clasificación como enfermedad y segundo, la peligrosidad de dicha condición.
Sí, los espacios hablan, en esta ocasión una puerta. Es particularmente llamativo ese acto, el no atreverse a entrar para expresarlo, el escribirlo justo en el limbo entre el lugar para el sano -el afuera- y el lugar para el enfermo. Y sí, lo primero que experimenté cuando me topé de frente con aquél pequeño pero efectivo letrerito fue furia –furia que no desparece pero reconduzco–, y en un arranque no reflexivo lo primero que escapó de mi boca fue un “¡puto el sistema psiquiátrico!”; sólo para después darme cuenta que nombrarles putxs a ellos, era un elogio que no merecían, que para ser nombrado como putx uno se lo tiene que ganar a base de fuerza disidente.
Cruzar ese límite, no una puerta física (aunque en este caso sí) es abandonarse a toda posibilidad de razón moderna, esa razón intolerante a la diferencia. Entrar a un manicomio significa entrar a un mundo de sin-razón. No, no me mal entiendan, no estoy hablando de la sin-razón de la locura, sino de los modos organizativos imperantes y dominantes que allí operan. Al principio de este escrito me permití retomar una cita de la publicación francesa Tiquun que ahora quiero completar:
«Habrá de un lado la comunidad de “sanos” y del otro la de los “enfermos”. Prestando atención al Nietzsche más dudoso, la primera huirá de la segunda como de la peste. La vida de los sanos estará constelada por los plazos de un ineludible calendario de prevención, pero los sanos serán los sumisos, los pacientes eternos que llevarán una vida de enfermos para no serlo. Los enfermos, por su parte, serán “los que lo habrán querido”.»
Porque existe un espacio para cuerdos y uno para no-cuerdos[2], espacios de segregación fundamentados por la siempre imperante lógica separatista y clasificatoria de la ciencia. Hace no mucho leí un artículo[3] de esos que gustan nombrarse a sí mismos como científicos en donde declaraban haber encontrado el gen que explicaría la locura, curiosamente el lugar de encuentro es un espacio que en biología se denomina locus. Comencé a indagar al respecto y lo primero que me pregunté es ¿Qué es un gen? Pues bien, sin ánimos de proclamarme como experta en biología y mucho menos en etimología, me topé con que en griego, gen tiene que ver con generación y como verbo con devenir. En latín se encuentran algunas acepciones que apuntan hacia engendrar o nacer. Sí, todas ellas apuntan a un algo común y que deseo puntualizar bien. Si ellxs dicen haber encontrado el gen de la locura, entonces bien, engendremos disidencia, devengamos putxs y locxs, o en su combinatoria, nazcamos putos locos. Atravesemos esa puerta, dejemos a la locura ser locura, y que de este lado de la reja o de aquél, da igual, entendamos que el derecho a la diferencia se defiende, se lucha y se conquista.
[1] “Historia de la Locura en la época clásica. Vol. I”
[2] Recomiendo ampliamente revisar al respecto la experiencia de los años setenta de David Rosenhan, mejor conocida como “estar sano en lugares insanos”
[3] http://www.elmundo.es/salud/2014/07/22/53ccee5622601d2f548b4582.html
Andrea Barragán
Para esta edición de Hysteria!, quise recopilar 4 trabajos en video que tengo sobre el tema “Los anormales” . Son ejercicios visuales que intentan reflexionar, hacer catarsis, redefinir, resistir, esquivar, dibujar, desdibujar mi experiencia en el paso por los psiquiátricos y la continua clasificación en la etiqueta anormal como lugar común, que no es tan reciente como mi diagnóstico, y me remite a esa inextricable sensación de sentir que: “No soy de aquí ni soy de allá”.
Este ejercicio de escritura, como el de la ejecución de las piezas audiovisuales, son un deseo de recuperar y empoderar la voz frente a estos sucesos que por su violencia me han reducido el aliento y la fuerza. Son además una deuda que tengo con mi locura y la de mis otros locos con los que he compartido en estos lugares, en donde miles de veces me he dicho a mi misma que un activismo de la locura es urgente.
Esa niña es rara, la categoría de lo inefable:
¿Qué es ser rarx? Es una categoría de alerta frente a una persona que excede la norma y deja sin palabras a quien intenta dar sentido a lo que ve, pero sobre todo busca disciplinar al/la raretx.
Para mí, no ha sido una gran proeza terminar siendo una rareza, no porque me sienta muy excéntrica, sino porque siento que la rigidez de las normas sociales es tan ridícula que lo más fácil es ser anormal y ser la excepción a la norma es de lo más convencional; de ahí el dicho popular que dice: “Normal es el ciclo de la lavadora”.
En sí lo que resulta insoportable de devenir raretx es la regulación, segregación y formas de disciplinamiento, por lo tanto, planear la fuga y resistir el adoctrinamiento resulta necesario, para quitarle el valor negativo del señalamiento, del estigma, para convertirlo en un lugar de gozo y así celebrar la insurrección frente a la normalidad reclamando la locura tan necesaria para inventar otros mundos posibles.
“Sáquennos de aquí, van a hacer jabón con nosotros:”
La primera vez que yo llegué a un psiquiátrico o manicomio, como se les dice vulgarmente, coincidió con haber empezado a leer a Foucault juiciosamente para la tesis. No quiero decir con ello que por leer a Foucault enloquecí (risas), sino que tornó más difícil y confusa mi estancia allí.
La visión de los psiquiátricos desde fuera son las imágenes del terror, como en “Asylum” la temporada que más me ha gustado de American horror story, en donde me gustaría preguntar ¿qué puede ser tan espeluznante de prescindir de la razón o perderla? Una paranoia estrepitosa y aterrorizante de una cultura en donde la razón como logos es uno de los pilares de este mundo occidentalizado del que hago parte.
Pero en los psiquiátricos no hay camisas de fuerza ni aislamientos en cuartos con paredes acolchadas, más bien, como dice Marissa Wagner: “cada sociedad tiene el hospicio que se merece”, de esta manera estos lugares son un punto ciego, un no lugar de la razón, la esquina del ojo en donde lo que se ve no se entiende y como es un estado inteligible debe estudiarse con lupa y vigilarlo con estos panópticos extremos de paredes blancas y cámaras ocultas.
No hay camisas de fuerza, pero hay encierro y extrema vigilancia: un estudio 24 horas por una módica suma de 500 dólares al día que pagan los seguros médicos por una residencia mínima de 15 días en un hotel sin ventanas en donde se hace un sorteo de diagnósticos para dividir a los grupos de personas que allí están por actividades, y minimizar la claustrofobia y el adormecimiento de los sedantes.
En realidad, no he visto locos como los de las películas y series; he visto personas enredadas con sus vidas que en realidad no deberían estar encerradas, sino aguzando la vida para rehacer los pasos y seguir; los psiquiátricos son un recinto para esconder las impurezas de occidente, no porque considere que los locos somos un residuo humano que deba esconderse, eso es lo que piensan los psiquiatras, sino más bien considero que los diagnosticados locos somos uno de los nudos ciegos de los que esta sociedad no ha querido encargarse, la excepción a la regla de la razón como característica de los seres humanos.
Algo está mal planteado desde el inicio. La razón, no es la medida de los mal llamados humanos, y la medicina psiquiátrica es un fiasco como “ciencia que se encarga del estudio del alma”. Si es que existe el alma, yo prescindiría de ella si es lo que significa en términos médicos, mi alma enferma se rebosa. Según mi diagnóstico, hay una forma correcta de sentir, que a mí me excede y devengo loca en sus términos que por supuesto no son los mismos míos, porque como a cualquier paciente se le cura de manera velada, excusando la soberbia médica que impide explicar los diagnósticos a los pacientes y menos explicárselo a una loca.
“Sáquennos de aquí, van a hacer jabón con nosotros” gritaba don Álvaro en la UCI (Unidad de Cuidados Intensivos) el lugar a donde llegas cuando te encierran cuando llegas allí. El señor no estaba muy equivocado con respecto a sus percepciones; era claro que no estábamos en un horno del régimen nazi, pero sí en lo más parecido a un campo de concentración, el aislamiento necesario en nombre de la normalidad.
Creo que una sociedad en donde existan profesionales que cobren por escuchar y estandarizar el sentir debe estar muy mal, señores con bata blanca que creen que pueden reconocer la línea invisible entre lo normal y lo que no lo es, posicionándose como intermediarios en la relación con una misma, en vez de facilitar la distancia entre el espejo y una.
No necesito a alguien que me indique o aconseje cómo vivir, que señale cómo se debe vivir de manera estándar, cuando esas no son las normas para una vida fuera de las reglas; no siento que la vida se me salga de las manos por llegar allí, considero que la vida se me sale de las manos cuando alguien decide por mí lo que considera que está bien para mi, como cuando deciden que debo estar encerrada por x tiempo, porque en teoría no soy alguien apta para estar fuera de allí, y al estar enferma mentalmente pierdo cualquier potestad sobre mi misma que me impide decidir por mi y para mi.
“Ya sé que estoy piantao”:
Ahora que estoy diagnosticada, no me siento más cuerda, siento que tengo más problemas que cuando entré y no porque yo sea un mayor desastre, sino porque siento que se me ha expropiado de mí misma, como habitáculo de disciplinamiento funciona muy bien, me recuerda a los castigos de infancia que buscan crear tanto terror como promesa de no volverlo a hacer.
Las enfermedades psiquiátricas son incurables según la medicina, lo cual garantiza una dependencia a las medicinas o drogas lícitas y un pronto regreso a los psiquiátricos; 6 años de diagnóstico y sigo sin entender mi enfermedad, porque creo que la enfermedad no existe, pues no creo que exista una forma de sentir cercada a 2 únicos polos, binarismo inevitable para occidente. Por otro lado, las pastillas complejizan la existencia y su garantía de consumo consiste en su adicción en donde su ausencia en el cuerpo implica una desestabilización total que agita la mente y clínicamente induce al paciente a la crisis.
De resto mis espejos se opacaron ante la incongruencia de ser algo con lo que no me identifico y me sigo resistiendo al sonambulismo dócil de la psiquiatría, en donde se me enseñó a desconfiar de mí y creer u obedecerle a la ciencia, desvirtuarme a mí misma frente a mi entorno cercano, un sujeto peligroso que necesita del aislamiento para convivir. Y sí, estoy loca, pero todxs cabemos en el DSM (el manual de los diagnósticos psiquiátricos), finalmente alguien tiene que pagar la cuota de las farmacéuticas y los sujetos dóciles siempre son más fáciles de manejar.
¿Por qué no eres femenina? ¿O es que quieres ser hombre?
Reconstruyendo los pasos y reflexionando sobre mi devenir anormal, lo que siempre ha sido más visible frente al deber ser ha sido mi rechazo a lo femenino, que aprovechando esta edición decidí trabajar sobre esto y explorar cómo se nos enseña a ser mujeres y cuáles son sus implicaciones socioculturales.
En resultado expongo una feminidad monstruosa que pretende su huida y animar la desobediencia, pues si enuncio las etiquetas que me excluyen de la norma, la feminidad es sólo el inicio, por lo tanto propongo la anormalidad como una resistencia activa, que en el devenir otro fuera de la norma se convierta una estrategia subversiva para imaginar y construir otras posibilidades que inviertan los límites de lo mal llamado normal.
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Andrea Barragán (Colombia) 
Artista visual y co-editora de la Revista Vozal. gusanandrea@gmail.com