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El cuidado colectivo, la respuesta desde abajo: estrategias y autodefensa feminista en torno a la violencia de género en la Ciudad de México

Por Paola Flores

Mural realizado por la comunidad estudiantil de la Prepa 9, 4 de Octubre 2019. Foto: Jota Ele Muñoz vía Colectivo Crea Ciudad

Tu cuerpo se acostumbra a estar tenso. Aprende a estar a la defensiva.

La Ciudad de México, es la entidad con el más alto índice de mujeres violentadas en el espacio público a nivel nacional[1]. Se estima que seis de cada 10 mujeres han sido agredidas de distintas formas en la calle, parques o transporte público[2]. Entre las agresiones más frecuentes se encuentran frases ofensivas de carácter sexual (74%) y el tocamiento inapropiado (58%)[3]. Esta situación ubica a la capital del país como uno de los entornos con mayor prevalencia de agresiones contra las mujeres en los ámbitos comunitarios[4].

Feminicidios, agresiones sexuales, secuestros y acoso no son solo palabras que se escuchan en medios y redes sociales; son situaciones comunes que enfrentan las mujeres y que repercuten en cómo usan, disfrutan y se trasladan en la ciudad.

Como respuesta gubernamental se cuenta con programas para erradicar la violencia contra las mujeres en los espacios urbanos, específicamente el Programa Ciudad Segura y Amigable para Mujeres y Niñas, vigente desde 2015 en la CDMX. Sin embargo es evidente que las acciones no han sido efectivas; al contrario, las mujeres revelan que la percepción de vulnerabilidad a ser atacadas persiste, así como la búsqueda e implementación de alternativas para enfrentar la grave situación[5].

Lo anterior, ha desarrollado una relación compleja con el espacio público de la ciudad, una relación que involucra el miedo y la precaución constante y que ante ello, desde sus propias condiciones socio-espaciales; las mujeres han adaptado estrategias de cuidado individuales o en grupo que involucran actividades y prácticas, desplazamientos y formas de actuar.

De manera paralela, se observa la emergencia de organizaciones de mujeres que apuestan activamente por la autodefensa feminista, apuestan actuar desde una perspectiva que integre la concientización, la organización y el cuidado colectivo como formas de generar seguridad y protección entre mujeres.

El presente ensayo explora la manera en la que desde diversos contextos, las mujeres generan alternativas de protección y cuidado ante el escenario de poca efectividad que ofrecen las políticas gubernamentales. Se toman de referente las iniciativas cotidianas en los espacios próximos así como aquellas que han surgido y consolidado a partir del activismo y militancia[6].

 

Andar en la ciudad: ¿Cómo se siente el miedo en el cuerpo de las mujeres? 

“Es algo que siento casi todos los días y que he sentido a lo largo de toda mi vida. La sensación inicia en mi estómago, siento burbujas que se van haciendo cada vez más grandes y me sobrepasan”.

Vivir en un contexto amenazante que es cada vez más cruel, tiene ya consecuencias importantes en la vida cotidiana de las mujeres. La sensación de miedo, ante la amenaza o bien la violencia misma, deja secuelas en lo memoria corporal, impactando en su dimensión física y emocional y en efecto en su relación socio espacial. La sensación de angustia es un continuo, se alimenta de otras violencias y hace frente a las nuevas formas de ejercerla, los  mecanismos y modus operandi que no cesan de cambiar. La experiencia de las mujeres en el espacio público incorpora de principio un miedo manifestado en la incertidumbre de vivir algún episodio de violencia.

“Antes sabías qué horarios o lugares no visitar, ahora te sientes vulnerable en todos los espacios y transportes, piensas que la siguiente serás tú”.

No sólo se siente el miedo a transitar o usar un espacio determinado, también el miedo como resultado de la desigualdad en las relaciones de poder, que construye a la mujer como un territorio que puede ser ultrajado de manera impune (y muchas veces aceptada) en el espacio público. Lo anterior reproduce la sensación de ausencia de libertad, las reacciones físicas que causa “asfixian”, “paralizan y mantienen inmóvil”.

“El miedo invade mis piernas y se empiezan a debilitar, la voz no logra salir”.

Vergüenza, frustración, desconfianza y enojo, eso es lo que sienten las mujeres después de haber sido atacadas, por el acto mismo y por la confusión de no saber qué hacer o no tener capacidad de hacerlo. El sentimiento de pérdida de libertad e imposibilidad de actuar; empeora con los actos seguidos del episodio violento. El cuerpo es agredido en todas sus dimensiones posibles.

 

Las respuestas desde abajo

El cuerpo no sólo resiente sino que reacciona a un escenario hostil en el que hay que estar en constante alerta. En este sentido, la relación con el espacio público de la CDMX, se compone de experiencias, percepciones e imaginarios, muchas veces en función de la precaución y la defensa. Las mujeres planean sus actividades a partir de sumar elementos a favor de su protección, crean estrategias para sentirse seguras en los espacios públicos, con la finalidad de pasar “desapercibidas” y evitar ser atacadas.

La concientización de estas violencias, a partir de sus experiencias propias -corporales- tiene implicaciones importantes al tomar decisiones respecto a sus actividades cotidianas. Estas estrategias o iniciativas populares, pueden estar articuladas de la siguiente manera:

Espontáneas sin largo alcance

Generadas después de algún caso sonado de violencia, se difunden mayoritariamente en las redes sociales. Su fugacidad e improvisación no permite impactar de manera importante. Aunque tienen un objetivo preciso, pocas veces son efectivas. No perduran en el tiempo. Un ejemplo es la invitación realizada en redes sociales a llevar un listón morado en la muñeca para identificar que pueden acercarse a pedirte ayuda. Asimismo, varios comercios comenzaron a ofrecer teléfono, traslado, y lugar seguro en caso de alguna situación de acoso o violencia cerca de su establecimiento.

Estrategias populares cotidianas (personales o en grupo) que se consolidan y replican

Son aquellas que se socializan e implementan en círculos cercanos, utilizando diferentes formas de transmisión, generalmente con mujeres de la familia, escuela, trabajo, amistades o vecinas. Es decir, su efectividad se caracteriza implementarse en grupos cerrados, en el que existe un vínculo, lo que permite que sea casi de manera orgánica el avisar “ya llegué”.

Son estrategias que se “vuelven hábito” y que se han ido perfeccionando. Aquí entran las iniciativas relacionadas con las herramientas de autodefensa (específicamente anillos, cuchillos, llaveros, botones de pánico, spray) o bien la utilización de objetos que traen en su bolsa habitualmente, para protegerse (llaves, lápices, perfumes). “Caminando de noche, uso las lleves en la mano dispuesta a defenderme si lo requiero”. Su socialización se ha extendido a las redes sociales trascendiendo a otros ámbitos socio espaciales.

Pensar en cómo vestir, compartir rutas, formas de transitar, hacer viajes compartidos con otras mujeres, formar parte de grupos virtuales de comunicación, planear el horario de visita de algún lugar, entrenarse, cargar objetos punzocortantes, son algunas de las estrategias que se han consolidado entre las mujeres para hacer frente a la situación. A continuación se muestra cómo se integran estas estrategias en el desplazamiento cotidiano:

 

 

Si desmenuzamos estas “técnicas de cuidado”, podemos observar un proceso complejo. Parece que surgen de forma espontánea, por inercia o por instinto; sin embargo, cuando se socializan, cuando se comparten o se transmiten generacionalmente, cuando se entrenan, repiten, mejoran, pueden detonar procesos de agencia y apropiación colectiva conformándose en mecanismos de autodefensa femenina popular.

“Me interesa más saber qué pasa y en función de ello las precauciones. Estamos más activas y más proactivas”.

Estrategias llevadas a cabo por grupos o colectivos de autodefensa feminista

La autodefensa feminista es un proceso que permite tener herramientas para poder enfrentar episodios de violencia, “o salir de situaciones de riesgo”, integra diversas dimensiones, desde la práctica física, la atención de lo psicológico y emocional, cuestiones legales o protocolarias, etc. Más allá de la transmisión, entrenamiento y práctica de estas estrategias; lo importante son los procesos mismos. La autodefensa feminista, da la posibilidad de crear espacios colectivos de cuidado en el que convergen distintas prácticas de transformación social. Es indispensable entonces, valorar y aprender de las alternativas feministas gestadas desde abajo, sobre su capacidad para comprender el problema, organizarse y construir respuestas y formas de hacer propias.

“Organizar la rabia”

Debido al contexto actual, la popularidad de entrenarse para auto defenderse se ha extendido, pueden observarse gimnasios, cursos, clases particulares que hacen uso de herramientas de diversas disciplinas (box, artes marciales…) para actuar en caso necesario. Sin embargo, desde la perspectiva feminista, es una propuesta integral, no se queda en un mero entrenamiento físico. Es decir, la autodefensa feminista es una plataforma de alternativas para hacer frente situaciones de violencia que viven las mujeres a partir de procesos de concientización y cuidado en comunidad, hay una construcción sobre lo que significa cuidarse-cuidarnos, manifestada en sus procesos empíricos.

Para Cuadrilla Violeta, colectiva en la CDMX, el proceso pedagógico que conlleva la autodefensa feminista requiere técnicas individuales de reconocimiento corporal, de sus memorias, sus límites, capacidades y potencialidades, técnicas colectivas que aportan al fortalecimiento y creación de redes de apoyo y técnicas multidisciplinarias que permitan abarcar los elementos del amplio abanico de violencias al que estamos expuestas.

Es importante no perder de vista la carga política y transformadora de estos espacios. El cuidado deja de ser una responsabilidad meramente individual, creencia que nos impone el sistema neoliberal en el que estamos inmersos. El cuidado es colectivo, se hace con otras mujeres, construyendo en comunidad, procurando la protección pero también la sanación y la acción. En estos pequeños espacios se entretejen nuevas formas de relacionarnos como mujeres; son ejercicios de construcción de autonomías, una autonomía ligada a la seguridad, pero también a las formas de organización, gestión y construcción de conocimiento. En estos espacios se construyen formas propias de cuidarse. Son un referente en el acompañamiento y en la re significación del miedo. El miedo ya no paraliza. Se supera el objetivo de bien reaccionar ante una situación de riesgo, y se camina hacia la apropiación del cuerpo como el territorio más nuestro y por ende, el derecho a vivir libres de violencia en la ciudad, siempre en comunidad, siempre con sororidad.

[1] Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (INEGI, 2016).

[2] Palabras de la presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Nashieli Ramírez Hernández en la firma de convenio entre Poder Judicial, INMUJERES CDMX y la Organización Equis Justicia para las Mujeres, 27 de febrero 2018.

[3] Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (INEGI, 2016).

[4] La Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia define violencia comunitaria como “los actos individuales o colectivos que transgreden derechos fundamentales de las mujeres y propician su denigración, discriminación, marginación y exclusión del ámbito público“. Como ejemplo se citan tocamientos, piropos, insinuaciones sexuales, comportamientos intimidatorios o agresivos y restricción de la participación de las mujeres en los procesos de su comunidad.

[5] Según la Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública[5] un 82% dicen sentirse inseguras de vivir y transitar en la capital (INEGI, 2018).

[6] El ensayo forma parte de un proyecto colaborativo de investigación sobre la violencia de género en los espacios públicos de la CDMX.  Además de estar fuertemente apoyado en un trabajo etnográfico, se integran los hallazgos del proceso de Investigación Acción Participativa implementado con un grupo de mujeres de diversas realidades; así como las voces y experiencia de Diva Ortiz del Colectivo Cuadrilla Violeta y Mariana Ramírez de Polifeminismo.

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Paola Flores (Ciudad de México 1982). Feminista, doctoranda en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana. Aficionada a lo que sucede en las calles. Estudia sobre los movimientos urbanos, la participación, la autogestión, espacio público, los feminismos y la subjetividad. Cree de manera ferviente en la producción colectiva del conocimiento. Ha realizado ejercicios de investigación acción en países como México, Haití, Jordania y Honduras. Ha tenido la fortuna de colaborar en proyectos de educación popular en medios rurales y urbanos. Forma parte del Colectivo Crea Ciudad, espacio de investigación creativa sobre temas urbanos.

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De la serie Nosotras/ Jessica Morillo

Por Jessica Morillo
*Fotografía: Jorge Segovia

Hace poco inició en canal 101 un programa conducido por dos mujeres, dirigido a «las mujeres» llamado «Mamas de entrecasa«. El contenido del mismo es enseñar a limpiar copas, cómo se lava mejor la ropa, conquistar al «marido» y esperarlo con una limonada fresca ya que «él» viene del trabajo muy cansado; qué hacer para ser mimadas, queridas y que no nos abandonen.
Este contenido en el 2019 es prácticamente igual a la #Femirama, enciclopedia femenina del año 1962.
Me hace pensar que la apuesta a un programa con este tipo de contenido esconde la decisión política de reducir a las mujeres a ser la ama de casa que se queda en su hogar cuidando de «la familia».
Yo vivo en una provincia donde condenaron a la cárcel a Belén por un aborto espontáneo.
Asesinan a mujeres y personas trans.
Donde el gobierno obligó/torturó a una niña violada a parir en contra de su voluntad.
Donde Marita no aparece…
Donde Paulina aun no tiene justicia plena por su asesinato.
Donde desaparecen a mujeres cotidianamente.
Y en la tele nos quieren enseñar a lavar copas…
Repudio el contenido retrógrado de este programa y la linea facha de contenidos de canal 10.

#NingunaMujerNaceParaAmaDeCasa

  1. Canal argentino de televisión pública.

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 Jessica Morillo. Tucumana/Argentina. Artista/diseñadora/Militante. Me interesa recuperar la memoria de las prendas que nos atraviesan a diario, construir desde lo colaborativo y participativo con la voz de les otres personas,  a través de las mismas construir nuevos sentidos y denunciar las injusticias que vivimos las mujeres y la comunidad lgbti como parte de esta trama social/política/ patriarcal /capitalista/heteronormativa.
Tejer/bordar un discurso que me es propio pero atraviesa al conjunto de las mujeres y al colectivo lgbti, historias de sometimiento y domesticación que nos son comunes.
instagram: @ansiosa hormona
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El cuidado visto en el marco de las relaciones sociales y de género

Mtra. Makieze Medina Ortiz

El feminismo ha cuestionado que el cuidado se considere un monopolio atribuido exclusivamente a las mujeres.

Si se sigue fortaleciendo que el cuidado es naturalmente una característica de las mujeres, se corren riesgos de ofrecer alternativas de solución para que sean sólo las mujeres las que los resuelvan a través de sí mismas y las compatibilicen las actividades de mercado con las del hogar y de los cuidados, sin incorporar en el debate la obligación y responsabilidad que tiene el Estado de proveer pública y gratuitamente un conjunto de políticas públicas de cuidado. Y sin identificar la necesidad de que los hombres se responsabilicen o sin interesarse por las diferentes formas en las que actualmente los hombres lo realizan y lo perciben.

Más investigaciones cuanti y cualitativas deberían dar cuenta de una serie de actividades no tan comunes en la medición del cuidado y de otros elementos mucho más desagregados y refinados cuando se quiere reconocer cuál es el tipo de participación (y no sólo las actividades) que los padres tienen en el cuidado de sus hijos/hijas, quiénes cuidan ¿sólo mujeres/madres -y en menor medida- hombres/padres?; o ¿cuidan también abuelas, abuelos, hermanos y hermanas menores, otros parientes, vecinas, trabajadoras domésticas, niñeras?; ¿cuáles son los otros espacios de socialización fuera del hogar en los que los madres y padres pueden tener una participación significativa?.

Este tipo de información además de que favorecería para apreciar y registrar el cuidado que se da a través de diversas actividades, tiempos y dimensiones, revelaría si aún cuando haya aumentado el tiempo y la participación de los hombres en el cuidado de sus familiares, no lo hacen de la misma manera que el de la madre. En contraparte, sería interesante también, saber de manera detalladacuál es y cómo se provee el cuidado compartido, es decir, el que realizan juntos hombres y mujeres, cuáles son las principales diferencias que presentan para poder compararlas y posteriormente analizarlas a partir de las desigualdades del género y de poder.

Algunas de las investigaciones presentadas en la revisión que hicieron Barker & Verani (2008) evidencian las diferencias de tiempo, dedicación y esfuerzo de los padres al participar en el cuidado de actividades más ligeras o más relacionadas al juego y recreación. Estas diferencias ejemplifican bien lo que Connell (1997) denomina los dividendos del patriarcado, en los que los hombres aún cuando hayan comenzado a cuestionarse las nociones y prácticas de masculinidad socio-cultural e históricamente aprendidas, y hayan incursionado en la modificación de algunas prácticas y comportamientos de género, se niegan a desprenderse de otras conductas tradicionales privilegiándose de estructuras de poder al interior del hogar, la pareja y otros espacios.

Y también coinciden con lo que Bonino (1995) llama micromachismos “coercitivos” que en el marco de las relaciones e interacciones de poder que se dan en una relación de pareja, particularmente en la conyugalidad, los hombres los manifiestan al abusar de la capacidad femenina de cuidado y maternalización, de manera que apelan a preservar el rol tradicional y de cuidado de la mujer impidiendo su mayor autonomía y desarrollo personal.

Estos últimos elementos representan una importante dosis de realidad a la petición de una mayor participación del padre en el cuidado. Pugnar por la redistribución de cargas en la pareja, no necesariamente lleva a la modificación y redistribución de responsabilidades al interior de ésta, puesto que muchas de las actividades de cuidado a la que se incorporan los padres las siguen concibiendo como ayuda a la madre y no propiamente como su responsabilidad paterna (Bonino, 2000).

El no incorporar al estudio y análisis las características y condiciones que presentan las mujeres como madres, a la par de las que presentan los hombres como padres, se deja de lado el aspecto dinámico y explicativo de la construcción de las identidades genéricas de la femineidad y la maternidad y de la masculinidad y la paternidad, como productos históricos que expliquen y den sentido a prácticas genéricas actuales, pero que también vislumbren que varían por el género, de una cultura a otra, en diferentes contextos socioeconómicos y a lo largo del ciclo vital de las personas y de la historia.

La exclusión de uno de los dos géneros en el cuidado tiende a reforzar los estereotipos más comunes bajo los cuales se explican como una totalidad que la participación de la madre en el cuidado se debe al aprendizaje socio-cultural de su identidad de género sin presentar las tensiones en sus emociones y su vida cotidiana al no poder realizar ciertas elecciones y proyectos personales o de vida; por otra parte, la exclusión de los hombres refuerza el estereotipo socio-culturalmente aprendido que concibe a los hombres como seres lejanos de cualquiera de las actividades domésticas, de cuidado o de dimensiones emocionales por considerarlos no aptos para ello.

Al pensar el cuidado en el marco de las relaciones sociales y en las de género se deben reconocer como hechos estructurales las desigualdades existentes en las relaciones sociales y las desigualdades entre los sexos. Ambas ideas son de suma importancia puesto que ejercen una gran influencia en las posiciones y prácticas de género de hombres y mujeres, y por ende, en las que ejercerán las madres y padres en el cuidado.

Tal como lo plantea Izquierdo (1998) en el caso de la violencia que bien puede trasladarse al cuidado-, si no se considera la dimensión estructural de la desigualdad y de la dependencia en las relaciones hombre/mujer, el cuidado en el hogar tal como se ejerce en la actualidad, no se visualizará como derivación de esta dimensión (estructural), sino como una cuestión personal, privada, íntima, que le compete su resolución sólo a la mujer o a la pareja o a la familia, lo cual desvía la atención centrándose en las personas a las que se les encarga su resolución  y no en las condiciones estructurales que están provocando el problema.

Ver el cuidado en el marco de las relaciones sociales implica concebirlo como un tema y necesidad pública, que debe abrirse al debate y reflexión colectiva, y que requiere una resolución pública/estatal. Esta posición es antagónica a la visión actual del cuidado en la que se le concibe más como un tema y asunto privado, que requiere sólo una conciliación entre la pareja y que por tanto su resolución es privada/familiar.

El planteamiento de que los problemas y asuntos sociales se resuelvan en la familia aspirando sólo a un mejor acuerdo entre hombres y mujeres, ignora, por un lado, las propias expresiones en las que se manifiestan hechos y desigualdades estructurales, así como los impactos y estragos que han ocasionado a una gran parte de la sociedad, y por ende, a una buena parte de las familias y de las parejas.

Las dinámicas económicas tan desiguales de distribución del ingreso, de concentración de la riqueza, los persistentes y altos porcentajes de pobreza y de desigualdad que prevalecen, la desregulación del Estado en la economía, las inestabilidades económicas y crisis recurrentes, la reestructuración en las relaciones de trabajo que han derivado en precarización y flexibilización en el empleo, en el aumento e intermitencia del desempleo, en políticas de contención laboral y de erosión de derechos laborales vinculados sólo a un trabajo formal, entre otras, no son problemáticas coyunturales sino dinámicas estructurales del modo de organización y reproducción de las sociedades en las que el capitalismo se expresa bajo un régimen neoliberal.

La orientación neoliberal en lo social ha llevado a cambios y a reforzamientos en el paradigma de protección social trasladando la protección, seguridad y riesgos a las personas y a las familias, implementando medidas privatizadoras en los servicios sociales o una cada vez mayor desregulación y participación del Estado que resulta insuficiente para atender las necesidades básicas de las personas, y mucho más aún, aquellas como el cuidado que no han sido foco de atención y visibilización pública pero que resultan centrales para la reproducción social.

En estas condiciones que presentan las personas y las familias es sumamente importante cuestionar si se debe seguir pidiendo que el cuidado se resuelva casi en su totalidad por la familia, y principalmente, por las mujeres. Inclusive, aún pugnando por cargas de cuidado más equitativas en la pareja y una mayor participación del padre ¿Existe ánimo personal y social para poder y para continuar llevándolo a cabo en las estructuras de desigualdad que nos marcan?

Interesarse por el cuidado en el marco de las relaciones de género implica analizar y atender no sólo las interacciones de género sino los procesos por los que los hombres y mujeres se imbuyen en el género. Es decir, las posiciones y prácticas de género que asumen y se espera cumplan los padres y madres en el cuidado no sólo serían los ejes de análisis, sino también los procesos que les llevaron a introyectarlos y a aceptarlos social e individualmente, así como las relaciones que entre hombres y mujeres se dan en estos procesos e interacciones.

Estos elementos representarían un aporte a los estudios del cuidado puesto que demandaría un mayor nivel de investigación y análisis al incorporar los procesos por los cuales hombres y mujeres se infiltran en el género y se manifiestan posteriormente en las prácticas o configuraciones de género que se asumen en el cuidado.

Pero a la vez supondría atender elementos centrales del género que no en todos los casos se reconocen, ni son consideradas -mínima o suficientemente- en las medidas que intenten modificar el estatus quo en aras de una mayor equidad entre los progenitores.  En este sentido, el cuidado debe prestar atención a otra de las dimensiones simbólico-culturales que no son comúnmente incorporadas en su estudio pero que aportan sobre la constitución identitaria del género, tema sin duda central para entender, cuestionar, y deconstruir gradualmente algunas de las prácticas establecidas.

Abordar la construcción identitaria del género en la temática del cuidado implica alejarse de aquellas explicaciones que adjudiquen que la responsabilidad mayor o menor participación en el cuidado de las madres y de los padres se debe a las características naturales de las mujeres para ejercerlo o a la falta de características naturales de los hombres para no ejercerlo. Las posiciones que asumen los padres y madres en el cuidado deben explicarse más como característica de la construcción identitaria del género que como una característica natural de ellas y como una condición excepcional de ellos.

Otro elemento importante al analizar el cuidado en el marco de relaciones de género es que lejos de verlas como relaciones en las que se manifiestan diferentes intereses entre padres y madres que se encuentran en condiciones de igualdad, deben ser vistos los conflictos que se suscitan -no en una relación entre iguales- sino en relaciones de poder.

Las condiciones estructurales de desigualdad privilegian y repercuten en hombres y mujeres de manera muy desigual, de manera que es la diferente posición estructural que ocupan en la sociedad, y las consecuencias psíquicas que esa desigualdad imprime, es la que debería considerarse en las relaciones de género y en el cuidado.

En un sistema patriarcal, en el marco de una economía capitalista y en un esquema de organización social como la familia, el hombre es el género de referencia, la posición de autoridad y de conocimiento (Seidler, 1997). Es por ello que no puede sostenerse que la relación entre ambos sexos en una pareja se da en condiciones de igualdad, ni aún en el seno de una familia en la que pueden compartir trayectorias y elementos comunes, ni mucho menos en aquellas donde la distancia, jerarquía y privilegios entre la pareja se vive de manera más contundente.

Por ello es injusto suponer que la resolución del cuidado pasa sólo por el acuerdo y la conciliación en la pareja y por la redistribución de cargas entre padre y madre. Y en el mejor de los casos hay que considerarla laredistribución de cargas teniendo en cuenta las relaciones de desigualdad y de poder que existen en las relaciones de género -y por ende en las relaciones de pareja-, para no obviarlas ni pasarlas por alto, sino para intentar enfrentarlas paralelamente.

Los hombres presentan una serie de ventajas que se desprenden de la división sexual del trabajo. El espacio fuera del hogar -en el que mayormente se desenvuelven- ayuda a que encarnan en mayor medida libertades, elecciones, tiempos libres, privacidad u otras actividades, que pese a las buenas y mejores intenciones de tener una mayor participación en los roles de pareja y en el cuidado y crianza de los hijos/hijas, se corre el riesgo de que los avances sean mínimos y sean en realidad padres participativos-ayudantes y no tanto igualitarios, como los denomina Bonino (2000). La noción es que ayudan pero no se responsabilizan, o sólo en emergencias, o no de las tareas materiales y emocionales más densas.

Si no se trabaja con modificar las estructuras, las tareas parecen descomunales para las personas. Además de que se puede suponer que deliberadamente se plantean este tipo de soluciones conociendo de antemano que la responsabilidad pública para normar y modificar lo público a través de normas, leyes, programas y políticas; y de normar también al mercado, adecuando paulatinamente otro tipo de estructuración en la economía en cuanto al sexo, abriendo brecha paralelamente para permitir la flexibilización y la compatibilidad laboral-familiar, son responsabilidades centrales que hasta el momento no se han constituido ni planteado a profundidad por parte de la sociedad ni del gobierno como parte principal de las alternativas de solución.

Bibliografía

Barker, Gary & Verani, Fabio (2008) La participación de los hombres como padre en la región de Latinoamérica y el Caribe: Una revisión de literatura crítica con consideraciones para políticas. Brasil, Promundo, Save de Children.

Bonino M., Luis (2000) Las nuevas paternidades. En Familias: diversidad de modelos y roles, Madrid: UNAF.

_____________ (1995) «Develando los micromachismos en la vida conyugal», en Jorge Corsi et al. Violencia masculina en la pareja. Paidós, Buenos Aires, pp. 191-208

Connell, Robert W. (1997) “La organización social de la masculinidad” en Masculinidad/es: poder y crisisValdes, Teresa y José Olavarría (edc.). Santiago, ISIS-FLACSO: Ediciones de las Mujeres N° 24. www.cholonautas.edu.pe / Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales.

Izquierdo, María Jesús (1998) “Los órdenes de la violencia: especie, sexo y género” en Vicenc Fisas (editor) El sexo de la violencia. Género y cultura de la violencia, Barcelona, ICARIA, editorial S.A

Seidler, Victor (1997) “Masculinidad, discurso y vida emocional” en Juan Guillermo Figueroa Perea y Regina Nava (editores). Memorias del seminariotaller “Identidad masculina, sexualidad y salud reproductivaColección de Documentos de Trabajo, No. 4. Programa de Salud Reproductiva y Sociedad, El Colegio de México. México, pp. 7-24.

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Makieze Medina Ortiz. Candidata a Doctora en Sociología por la UNAM. Realizó estancias de investigación en la Universidad de Sao Paulo, Brasil y en la Universidad de Estocolmo, Suecia, en esta última para investigar sobre su política de cuidado. En el servicio público ha trabajo en el diseño, operación y evaluación de políticas públicas de Igualdad de género, de prevención a la violencia contra las mujeres y de desarrollo social.  En organizaciones de la sociedad civil ha coordinado programas de cultura democrática, participación ciudadana y género. Fue profesora de licenciatura y maestría en la Universidad Iberoamericana (campus Puebla). Sus líneas actuales de investigación son sobre género, cuidados y Renta Básica. makiezemedina@gmail.com

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Niñas Anómalas

Somos niñas anómalas una colectiva integrada por niña hormonal, una niña invadida por hormonas sintéticas y artefactos que han dañado su cuerpo y Anomalía una niña que comparte su cuerpo con el virus del papiloma humano, ambas buscan entablar un diálogo con sus cuerpos intervenidos por las prácticas ginecológicas, a partir de ahí nos hemos cuestionado las implicaciones del “cuidado” desde esta práctica médica.

Vivir y compartir estas experiencias nos motivó a hacer algo al respecto, sacarlo de la burbuja médica que minimiza, estigmatiza y feminiza nuestros padecimientos, a través de nuestras prácticas artísticas es como hemos encontrado estas formas de socialización.

La ginecología es una rama de la medicina dedicada al cuidado y la prevención de enfermedades del a parato reproductor femenino (cabe aclarar que no estamos de acuerdo en que se nombre de esta manera nuestra genitalidad), nosotras acudimos a ella por eso para “cuidarnos”, para ser  responsables” con nuestros cuerpos, pero,como cualquier otra práctica médica, está atravesada por el discurso médico que es androcentrista y patriarcal.

Después de que cada  una fue tratada por la ginecología experimentamos una relación diferente con nuestros cuerpos. Al ser pacientes y exponerlos, pensamos que la ginecología es la rama de la medicina no se encarga exactamente del “cuidado” de la genitalidad “femenina” sino también de la REGULARIZACIÓN DE NUESTROS CUERPOS Y SEXUALIDAD.

Dentro de las prácticas ginecológicas la minimización de la experiencia de las pacientes ocurre junto con otros dos factores, el estigma y la feminización, los cuales forman parte del Discurso Médico, discurso que está impregnado en el imaginario social, y vuelven más difícil la socialización de las experiencias dentro de las prácticas ginecológicas.

A partir del estigma es como el sistema médico y social consigue silenciar estas experiencias generando un conflicto con las pacientes y su entorno por incumplir las normas sociales, específicamente de la sexualidad. Además desencadena una serie de emociones como miedo hacia el mismo cuerpo, vergüenza ante los demás y culpa.

Las emociones que experimentamos al exponer nuestros cuerpos, específicamente la parte genital, y al ser estas intervenidas durante las prácticas ginecológicas, deben ser socializadas para visibilizar que el sistema médico que dice cuidarnos nos regula e invisibiliza, además de utilizar el mecanismo del estigma para auto silenciar estas experiencias.

A partir del dibujo y el video encontramos una manera de Hablar/Denunciar/ nuestra experiencia como pacientes, reconocer nuestros cuerpos vulnerados, inmóviles y solitarios cuando estas prácticas nos atraviesan.

Los dibujos nos invitan a cuestionarnos, ¿por qué se pone al cuerpo a prueba? ¿qué tiene que probar un cuerpo? ¿cuales son los cuerpos que se intervienen?

Serie “ Aceptación” (2018): “anemia”, Samantha Velázquez /Serie “ aceptación” (2018): “CANSADA”, Samantha Velázquez.

Una visita al ginecólogx nos hace enfrentar más que unos minutos incómodos, es ser atravesada por el discurso médico. Cuando acudes a un consultorio tu cuerpo deja de ser tuyo, es más pasa a ser un completo desconocido porque el “experto” está del otro lado con su bata blanca.

Serie, Diagnóstico, ANOMALÍA, Dibujo digital, 2018.
Serie “Diagnósticos” (2018): «Algo anormal”, Samantha Velázquez, dibujo experimental, digital.
Serie “Diagnósticos” (2018): “Pérdidas”, Samantha Velázquez, dibujo experimental, 40x50cm.

¿De qué nos cuida la ginecología?

Pensar el cuidado más allá del sistema de salud, que no cuida, regula.

Serie “batallas” ANOMALÍA, dibujo digital,2019.

Los  videos son reflexiones a partir del tratamiento que cada una vivió, recuperando nuestra enunciación sobre esta experiencia y poniendo a nuestros cuerpos como los protagonistas de estas y no el discurso médico.

Los videos son una confrontación, no solo de nosotras con nuestra experiencia, sino de nuestros cuerpos con el sistema médico, una respuesta al “cuidado” que dice brindar.

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Instagram: @las.anomalas        correo: las.anomalas@gmail.com

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Sentipensar el cuidado ante la crisis socioambiental

Por Diana Lilia Trevilla Espinal

Ilustración: Rini Templeton

 

Nos encontramos en un momento crítico para la humanidad, que nos insta a crear alternativas para contrarrestar el conjunto de crisis que se han derivado de un modelo hegemónico que trastoca todas las esferas de la vida y que es visible tanto en el agotamiento de la energía, minerales, tierra y en los efectos del cambio climático, como en la precarización de la vida en la ciudad y en el campo. Dicho modelo se ha basado en la explotación de las personas y, particularmente de las vidas y cuerpos de las mujeres, en el despojo de los territorios y en la fragmentación de las tramas comunitarias, con el objetivo de asegurar la continuidad de la acumulación del capital, poniendo en riesgo la sostenibilidad de la vida.

La crisis socioambiental sobre nuestros cuerpos-territorios

Desde los movimientos y organizaciones de mujeres rurales, mestizas, urbanas e indígenas de Abya Yala se construyen los feminismos del Sur, situándonos desde nuestros pluriversales lugares de enunciación política, mirándonos, sintiéndonos, pensándonos desde nosotras para nosotras, con nosotras[1]. Nos afirmamos como sujetas económicas y políticas, que tenemos y generamos conocimientos a partir de las experiencias vividas, sentidas, dialogadas, tocadas, que estamos en una continua y permanente relación con el mundo[2], por ello resaltamos la importancia de sentipensar el cuidado desde lo común, lo colectivo y desde los cuerpos-territorios.

Hablamos desde el cuerpo-territorio, evidenciando que esta crisis la sentipensamos no solo desde el cuerpo individual, sino como cuerpo mediado por las relaciones de poder que existen en nuestros territorios diversos[3], que nos provocan dolor, que implica sentir la sobrecarga de trabajo en nuestras espaldas, enfrentarse a la precariedad y la contaminación, sentir nostalgia cuando tenemos que migrar para cuidar de alguien que no es de nuestra familia o comunidad, apretarnos el cinturón cuando suben los precios de los alimentos; pero también implica valorar y reconocer las múltiples formas que en colectivo generamos para fortalecer nuestras luchas y propuestas de transformación. Por ejemplo, a través de la creación de colectividades para el cuidado, de la resistencia para sembrar alimentos en el campo y en la ciudad, de la transmisión de conocimientos médicos ancestrales, de la articulación con las luchas por la defensa de la tierra, el agua, las semillas, con la lucha por la defensa de la reproducción social para construir otros mundos social y ambientalmente justos. Sentipensar el cuidado es relacionar lo que me pasa a mí y a las otras, en mi contexto y su relación con lo estructural. Además de nombrar el hecho de que el patriarcado ha delegado a las mujeres esta tarea, requiere nombrar la complicidad con el capitalismo neoliberal y con la colonización, que potencia las condiciones de precariedad, discriminación y despojo de nuestros cuerpos-territorios.

Si nosotras paramos, se para el mundo

Alrededor del mundo se habla de cuidados y de sus múltiples dimensiones. Algunas veces para evidenciar que actualmente en todos los países del mundo la carga global de trabajo, es decir remunerado y no remunerado que incluye el doméstico y de cuidados[4], recae en las mujeres como resultado de un régimen patriarcal que requiere de la división sexual del trabajo y la heteronormatividad. Esto implica que las mujeres destinen mucho más tiempo para el cuidado que los hombres, limitándolas, entre otras cosas, a participar en otros ámbitos de la vida política y social.

También se resalta que el ocultamiento y desvaloración del cuidado es condición para el mantenimiento del sistema económico patriarcal y capitalista, dado que cubre distintos aspectos que requieren una complejidad de relaciones, condiciones materiales, habilidades y procesos. El cuidado directo, por ejemplo, implica una dedicación cuerpo a cuerpo para que las personas puedan ser vestidas, bañadas, alimentadas, trasladadas, asistidas, etcétera. Mientras que, el cuidado indirecto implica realizar un conjunto de actividades para proporcionar y asegurar las bases materiales para el cuidado: aprovisionar, administrar, gestionar, planificar, entre otras[5].

Por otro lado, el cuidado y la reproducción social, se articulan con demandas a favor de colocar el tema en la agenda internacional con el objetivo de que los estados asignen recursos públicos y se implementen políticas públicas que garanticen la protección social en términos de infraestructura pública y servicios para el cuidado como salud, educación, alimentación; restablecimiento de derechos laborales; pensiones dignas; inversión estatal para promover el cambio cultural hacia una organización más justa que promueva el involucramiento de todos los géneros, generaciones y comunidades; reducción de las brechas salariales entre mujeres y hombres; impulso de medidas concretas como: los permisos de paternidad y maternidad, reducción de horarios laborales, horarios escolares flexibles; inversión para investigación sobre el aporte económico que representa el trabajo de cuidados para cada país, así como para evidenciar aspectos cualitativos ligados a las desigualdades; y más recientemente, la creación de sistemas nacionales de cuidados.

La garantía de la reproducción social está ligada al trabajo de cuidados que actualmente es realizado por mujeres y en los hogares principalmente. Cada vez más, crece la demanda para asegurar la reproducción social en otros hogares, provocando una cadena global de cuidados, en la que existen grandes contingentes de mujeres que migran de sur a norte, del campo a la ciudad, o de sociedades más empobrecidas que otras, para resolver dichas necesidades.

Alternativas colectivas para el cuidado y la buena vida

Si bien es cierto que las medias impulsadas para la conciliación laboral con la familiar son necesarias dado que, el neoliberalismo se ha encargado de desmantelar los sistemas de protección social. También es cierto, que muchas veces limitan las posibilidades de pensar en alternativas a largo plazo, desde otros posicionamientos epistémicos y políticos que apuntan no a mejorar el modelo dominante, sino a transformarlo. Por ello, es preciso sentipensar el cuidado yendo más allá, imaginando alternativas que pongan al centro la vida y no la acumulación del capital, romper con la visión patriarcal de la economía, con la supremacía de la monetarización y cuestionar todo el estilo de vida, las formas de producción y de organización social que nos han llevado a este colapso civilizatorio[6].

Más allá del feminismo liberal e institucional, desde el feminismo del sur, instamos a problematizar cómo estas medidas siguen siendo para un tipo de mujeres: blancas, urbanas, clase media y alta, a costa de la reproducción de opresiones sobre otras mujeres. Regularmente son/somos mujeres del sur global, quienes partimos de territorios despojados, contaminados, empobrecidos y/o en donde la ruptura del tejido social origina una situación de violencia en la que no estamos seguras ni nosotras ni, nuestras familias, de manera que tenemos que buscar opciones para garantizar la reproducción social, delegando el cuidado a otras mujeres que se quedan. La mayoría de las veces nos insertamos al trabajo doméstico y de cuidados en condiciones de precariedad laboral con bajos salarios y horarios prolongados, exponiéndonos a otros entornos violentos y/o discriminatorios pues también somos racializadas.

Hemos necesitado sentipensar-nos, problematizar-nos sobre cuáles son nuestras condiciones, posiciones y propuestas como mujeres trabajadoras, campesinas, indígenas, niñas, ancianas, empobrecidas, racializadas, migrantes, desplazadas, lesbianas, trans, para crear otras formas de vivir-nos. Abriendo caminos a la construcción de alternativas desde un enfoque capaz de desfamiliarizar y desprivatizar el cuidado, es decir, politizándolo y colectivizándolo.

A su vez, la genealogía de nuestros movimientos y de nuestras historias, nos ha ayudado a recordar y reconocer que somos parte de la naturaleza, que estamos conectadas con la tierra y el territorio, que ni la economía, ni la política, ni la organización del cuidado pueden existir sin el respeto a los ciclos naturales y sin justicia social. El modelo actual es insostenible e injusto, sobre nuestros cuerpos-territorios como mujeres del sur, sentimos el reflejo de las consecuencias irremediables que hacen cada vez más difícil mantener la vida. Las mujeres y las niñas ya sea en las zonas rurales o en las colonias marginadas de las urbes se ven obligadas a incrementar su trabajo, por ejemplo, haciendo mayores esfuerzos por conseguir agua potable, ocupando más horas en lavar a mano para ahorrar energía eléctrica, dedicando más horas al cuidado de familiares enfermos que ya no atiende el servicio de salud pública, atendiendo a las personas que se enferman como consecuencia de trabajos precarizados, explotadores o que los exponen a contaminación, como en los campos de agroindustria, las minas, etc.

Sentipensar el cuidado implica destacar que son las resistencias locales y comunitarias las que en su diversidad están generando cambios al modelo capitalista, colonial y patriarcal, desde una visión de integralidad en la que los seres humanos somos parte de un sistema natural finito. Las acciones colectivas a favor de la defensa del agua, de las semillas, del territorio, así como de la creación de redes de cuidado y afecto, son ejemplos del cuidado entendido como una red de vida. En ese sentido fortalecer lo común, es un eje prioritario para crear entornos de apoyo para diluir la carga del neoliberalismo y del individualismo, para gestionar los cuidados en colectivo y romper con el orden de dominio y explotación, por lo tanto, implica acciones desde un claro posicionamiento antipatriarcal, anticapitalista, antirracista y orientado hacia la dimensión colectiva y popular.

Asimismo, implica no romantizarlo, sino discutir en nuestros espacios y colectividades que el cuidado muchas veces se extiende más allá del espacio doméstico, que también se reproducen las inequidades en las organizaciones y comunidades, a través de roles feminizados o de delegación a las mujeres de los trabajos de gestión, motivación, logística, administración, abastecimiento y planificación, es decir, hay una división sexual del trabajo en las organizaciones de base[7], que, regularmente tampoco son valorados y se invisibilizan, debido a que las estructuras patriarcales se reproducen en distintos ámbitos[8].

Por ello, debemos pensar nuestras luchas vinculadas al cuidado, a la sostenibilidad de la vida, al reconocimiento de quienes defienden las condiciones materiales que se requieren para ello, la tierra, el agua, el aire, los alimentos, a sumarnos a cada lucha por poner fin a la violencia estructural contra los cuerpos-territorios de las mujeres.

En suma, sentipensar el cuidado más allá de un problema aparentemente individual, sino como una situación común que se experimenta particularmente en los cuerpos feminizados, que reclama atención y reconocimiento, empezando por conectar al cuerpo de cada una como primer territorio de defensa y, a reclamar la autonomía de cada territorio donde habitan estos cuerpos.

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Diana Lilia Trevilla Espinal. Militante ecofeminista.  Maestra en Ciencias y Desarrollo Rural por El Colegio de la Frontera Sur, licenciada en sociología por la Universidad Nacional Autónoma de México. Consultora independiente, colaboradora en proyectos feministas como la Red de creadoras, investigadoras y activistas sociales, Red de cuidados en México y Alianza de Mujeres en Agroecología AMA-AWA. Actualmente realizando el Doctorado en Ciencias en Ecología y Desarrollo Sustentable con la investigación: La importancia del trabajo de cuidados para la agroecología. Contacto diana.trevilla@gmail.com,  https://recias.wordpress.com/

[1]Cruz, H. D. T. 2019, Colectivo Miradas Críticas al Territorio. https://territorioyfeminismos.org, https://www.youtube.com/watch?v=ttoX3oJnaIE&feature=youtu.be

[2]Marcos, S. 2014. “Feminismo en camino descolonial”, en Más allá del feminismo: caminos para andar Márgara Millán (Coordinadora) -1ª ed. – México, D. F.: Red de Feminismos Descoloniales, p.p. 15-34

[3]Cabnal, L. 2010. Acercamiento a la construcción de la propuesta de pensamiento epistémico de las mujeres indígenas feministas comunitarias de Abya Yala. https://porunavidavivible.files.wordpress.com/2012/09/feminismos-comunitario-lorena-cabnal.pdf

[4]Tanto a personas en situación de dependencia como infantes, adultxs mayores, personas con discapacidad y/o enfermedades temporales, crónico-degenerativas, etc. como a personas independientes.

[5]Duran, M. A. 2018. “Alternativas metodológicas en la investigación sobre el cuidado”, en ONU Mujeres. El trabajo de cuidados: una cuestión de derechos humanos y políticas públicas. CDMX, México. Pp. 24-42

[6]Pérez Orozco, A. 2014. El conflicto capital-vida.

[7]García, G. E. 2014. El feminismo campesino y popular de las mujeres de la Coordinadora Latinoamericana de Organizaciones del Campo. En, Siliprandi E. y Zuluaga G.P. (Coords). 2014. Género, agroecología y soberanía alimentaria. Perspectivas ecofeministas. Icaria. Barcelona, (4):93-112

[8]Busconi, A. 2017. Agroecología y soberanía alimentaria: hacia el empoderamiento del trabajo de las mujeres en América Latina. Anuario en Relaciones Internacionales 2017 / (Publicación digital) ISSN: 1668-639X. Disponible en: http://www.iri.edu.ar/wp-content/uploads/2017/09/A2017medambArtBusconi.pdf

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El Desmantelamiento del discurso Hegemónico-heterocapitalista de los cuidados

Por Aquetzalli López

*Ilustración del libro Maleus Maleficarum (Alemania, 1487).

La teoría sólo sirve para darle un argumento narrativo a lo cotidiano, como en un principio fue problematizar lo cotidiano para teorizar el sentido de la vida.

En el recorrido del libro Calibán y la bruja de Silvia Federicci, focaliza un panorama histórico del desarrollo del capitalismo, desde una visión femenina, que logra el desmantelamiento a la desvalorización del rol femenino, tanto como género, raza y la división sexual del trabajo Heterocapitalista de los Cuidados, sobre todo para visibilizar los mecanismos ocultos de dominación y explotación que en un inicio la política sexual se  implementó desde la edad media, y para nada está lejos de la actualidad. Me parece muy interesante plantear el orden de violencia de los dispositivos de poder como la Iglesia y el Estado que han venido trabajando genealógicamente en conjunto, bajo intereses de desvalorización del cuerpo femenino para la acumulación del capital, como recurso natural explotable. Se convierte en una forma de regular la procreación y la sexualidad, es decir, la privatización del cuerpo femenino como forma de control del Estado y la Iglesia. Comienza a formarse de este modo el símbolo ideológico de la figura femenina, ultrajando el control de su propio cuerpo.

 “El trabajo no pagado de las mujeres en el hogar, fue el pilar sobre el cual
se construyó la explotación de los trabajadores asalariados” (Federicci, 2004)

Regular la procreación como forma de “reproducción social” se convierte al servicio de la acumulación capitalista, por ello se coloca dentro de lo privado, se invisibiliza, formando roles femeninos dentro del hogar como: esposas, madres, hijas, viudas y trabajadoras sexuales al servicio de los hombres. Termina por transformar la manera de percibir a las mujeres como un “bien común” entre hombres, sobre sus cuerpos y su trabajo. En la Génesis de la “degradación” de la mujer es obligatorio puntualizar que no siempre ha sido el sexo oprimido; (sin romantizar la época primitiva). En el colectivismo tribal se mantenían a la par de los hombres y su labor social estaba reconocido como tal, el proceso de destrucción del clan comunitario y la implementación de los siguientes regímenes sociales de iniciación del heterocapitalismo, con la sustitución por una sociedad clasista, racista, junto sus instituciones como la familia patriarcal (Familia nuclear-monogámica), la propiedad privada y el estado, genera una sociedad socioeconómica jerárquica-opresiva.

“La reproducción social es una condición de fondo indispensable para la posibilidad de la producción económica en una sociedad capitalista” (Fraser, 2015)

La contradicción del capitalismo recae en que las mujeres han estado siempre condicionadas por sus funciones reproductoras, ya que es una de las condiciones que posibilitan la acumulación del capital. Parte fundamental para la acumulación del capital es indispensable la división sexual del trabajo, con un trabajo no asalariado en actividades como procrear, el cuidado de los niños, ancianos, amigos, pareja y la administración de los hogares. Es decir, el trabajo doméstico genealógicamente se ha construido como una categoría “instintiva femenina“, naturalizando los cuidados con categorías simplista y biologicistas, cubriendo una atroz realidad de esclavitud y sometimiento sociocultural para las mujeres, deslindando al principal causante histórico, el heterocapitalismo; por lo que, al no ser siempre una actividad remunerada esta es pagada con “amor” y  virtud”.

“En dicho caso, la lógica de la producción económica se antepone a la de la reproducción social, desestabilizando los mismos procesos de los que depende el capital, y haciendo peligrar las capacidades sociales, tanto domésticas como públicas, necesarias para sostener la acumulación a largo plazo” (Fraser, 2015)

Al ser alejadas en un limitado acceso a la producción capitalista (lugar que en un inicio sólo ocupaban los hombres) tiende a desestabilizar los procesos mismos de reproducción social sobre los cuales se orienta, es decir, por un lado invisibiliza y hace uso desmedido de los cuidados como recurso natural explotable sobre toda la reproducción social, mientras que por otro lado hay una doble explotación con el argumento ciudadanista de la “liberación femenina” para tener acceso a la producción social, tomando el rol de trabajadora/obrera/explotada, pero no disociada del “rol femenino” heterocapitalista, dejándole sin seguridad social, reconocimiento y una retribución económica justa, manteniéndola en la precariedad salarial y social; sometida a su misma desvalorización, invisibilización y poca aceptabilidad. De esta manera se fundamenta la base del heterocapitalismo-extractivista, de tiempo, cuerpo y subjetividad.

“La prostitución ha sido siempre un mal muy extendido, si bien la humanidad no se preocupa demasiado por ella ya que ante los últimos sufrimientos y las angustias de sus víctimas sólo siente una perfecta indiferencia. La misma indiferencia que siempre ha sentido ante nuestro sistema industrial o la prostitución económica” (Goldman, 2017)

Muchas de la mujer en la actualidad se encuentran inmersas dentro de la precarización e invisbilización de los cuidados, entre ellos también es necesario politizar el trabajo sexual como elemento genealógicamente construidos para asistencia masculina y de acumulación del capitalismo, ya que existe un doble discurso que emana la discusión cuando se habla del “trabajo sexual” (dependerá bajo la interseccionalidad de cada una de ellas para comprender el lugar que ocupan dentro de estos espacios); el debate se sustenta en el abolición del trabajo sexual con argumentos simplistas y moralistas que recaen nuevamente en el juicio, señalando únicamente la sexualidad femenina, sin señalar el consumo de cuerpos femeninos por parte de los hombre;  más bien, considero que la cuestión consiste en desmantelar los aspectos socio-políticos-económicos-culturales que implicaron la existencia y la estigmatización del “trabajo sexual” dentro del aspecto ideológico capitalista/patriarcal; claro que sin antes cuestionar y aceptar que existen otras maneras de prostituir el cuerpo en el arduo ejercicio del capitalismo para una sociedad que está construida para desvalorizar, expropiar y explotar la fuerza de trabajo para poder vivirla y habitarla.

 ¿Si se pide abolir el trabajo sexual, porque no se pide abolir toda forma de explotación laboral degradante?

¿Cuál es la causa real de este comercio de mujeres? No solamente se comercia con la raza blanca, sino con la amarilla y las negras. La explotación. El Moloch sin misericordia del capitalismo que engorda a costa del trabajo mal pagado, que conduce, así, a millones de mujeres y jóvenes a la prostitución. Estas muchachas piensan, como la señora Warren: “¡Por que perder la vida trabajando por unos centavos a la semana en una trastienda, dieciocho horas al día?”] (Goldman, 2017)

Sin embargo, nada se dice de todas esas mujeres que dentro de lo admisible se encuentran esclavas del hogar, por cierta seguridad social ejercida por el marido a cambio de los favores sexuales, cuidar a sus hijos, administrar y mantener el hogar para asegurar el confort del hombre y socializar a las nuevas generaciones que le darán sustento al hereocapitalismo por medio de la producción social; al final un doble discurso moralista. Este aspecto económico surge como una forma de empoderamiento del hombre, de sumisión y dependencia económica por parte de las mujeres. Las mujeres que, por seguridad social y basadas en aspectos culturales tradicionales, se ven sometidas al trabajo no remunerado y poco valorizado de sus hogares, sometidas a los cuidados de la familia e invisibilizadas como reproductoras sociales, para la producción económica y de sostén del capitalismo. Con ello la prohibición del trabajo sexual trae graves consecuencias, tanto por el uso desmedido de las violencias ejercidas por las propias instituciones; como son los dispositivos de poder policiaco; tanto como los aspectos culturales y económicos dentro de la estructura social tradicional, concentrada en reprimir un trabajo que al final pretende una autonomía económica “capitalizando el cuerpo” (como se hace con cualquier otra forma de trabajo) así evitando emplearse en una oficina, de costurera, de limpia pisos, o del sometimiento del trabajo doméstico pagado y no pagado, donde se capitaliza y precariza el cuerpo de cualquier modo.

Es necesario pensar estratégicamente el sitio que a los cuerpos feminizados históricamente se les ha colocado en este sistema de muerte heterocapitalista, hacer uso estratégico del rol impuesto, para sacar beneficio, potenciar y procurar darle la vuelta las veces que sea posible, y eso siempre será un acto revolucionario.

“La caza de brujas ahondó las divisiones entre mujeres y hombres, inculco a los hombres el miedo y el poder de las mujeres y destruyó un universo de prácticas, creencias y sujetos sociales cuya existencia era incompatible con la disciplina del trabajo capitalista” (Federicci, 2004)

La caza de brujas fue una iniciativa política para la acumulación originaria del capitalismo y el surgimiento del patriarcado. El uso estratégico fue mediante campañas misóginas, como elemento esencial para la transición al capitalismo y la destrucción de la vida comunal. Se desarrollaron relaciones jerárquicas entre mujeres y hombres junto con el desarrollo del proletario moderno (reproducción y producción social); además no solo se instauraba como modelo político, sino también en una estructura familiar-heteromonogamica que fabricaba todo un “sistema de valores” que le hace funcional para reproducir y producir al sistema.

Por lo tanto, la desacreditación de la figura simbólica femenina, tiene un peso genealógico, que se caracteriza por el homicidio (poco nombrado) que trajo la caza de brujas y que permitió aniquilar el poder sobre sí mismas tanto en lo privado como en lo púbico, se les expropio de la voluntad de sus cuerpas con el pecado original; varando y encerrándole en los privado y ahora también precarizándoles en lo público; se les acuso de pactar con el diablo; porque la fuerza no podía venir de otro lado, más que de una fuerza superior simbólica: haciéndoles creer que no les pertenecía esa fuerza y ni esa voluntad. Todo este charloteo para centralizar el poder no sólo en un sistema capitalista si no también en el falo, el heterocapitlismo. Se utilizaron prácticas violentas, entre masacres y juicios de valor como ejercicio de poder de dos sistemas de alianzas entre el Estado y la Iglesia, convirtiéndolo en un modelo político que se sigue rostrificando, nombrando y matizando en diferentes contextos socio-biopolíticos.

La caza de brujas surge como constructo social de orden patriarcal, en que los cuerpos femeninos, tanto en lo reproductivo y sexual se ponen en disposición del estado como recursos económicos.  Se rompe con el orden comunal, desempoderando los espacios de convivencia de mujeres, y así es como se han construido la figura femenina, con una subjetividad hegemónica eurocéntrica-heterocapitalista como sustento de este sistema atroz, devorador de tiempo, espacio y cuerpas

Si la palabra “Bruja”, es un análogo a la palabra “Feminazi” que ha sido utilizada para desacreditar y romper con un imaginario popular desde abajo, es necesario que también comience una reapropiación del término, ya que, es un reflejo del proceso histórico y de transición de un régimen político a otro; la edad media es un proceso similar/vivencial que no podemos permitir dejarlo pasar desapercibido, ya que permitirá entender porque aún en un contexto de violencia  de género que rige la cotidianidad, nadie hace nada, cuando se vive una guerra declarada hacia las mujeres, sustentado por números estadísticos en feminicidios.

Necesitamos hacer de las narrativas de la vida cotidiana y de sentires algo político, construyendo espacios desde intereses particulares, aglutinando y descubriendo que también es y ha sido un hecho colectivo, fragmentado y atravesado a todas. Toca construir un tejido social en comunidad para un devenir político feminista, cuestionando la naturalización de las violencias, para desmantelar un hecho normalizado/naturalizado y legitimado para la desarticulación patriarcal, ya que el feminismo cumple con un desorden patriarcal que pone en duda un sistema heterocapitalista que mantuvo un dominio durante décadas hacia los cuerpos femeninos y que ahora se rebelan. Existe una deuda histórica que atraviesa las cuerpas, por lo que exigir no es, ni será la única medida que nos debemos; nos debemos recuperar, reapropiarnos y crear nuevos espacios de descanso, por lo que es necesario retomar y desinstitucionalizar los cuidados, pero ahora para orientarlos a la deuda histórica de reconciliación, de amistad, sororidad, hermandad, sobre nuestros mismos cuerpos violentados, aliando los cuidados para y hacia nosotras como un devenir político femenino.

“La protesta más anti-capitalista es cuidar a otros y cuidarse a uno mismo. Adoptar la práctica históricamente femenina y por tanto invisible, de cuidar, atender, nutrir. Tomarse en serio las vulnerabilidades y fragilidades y precariedades de cada uno, y apoyarlas, honrarlas, empoderarlas. Protegernos, promulgar y practicar comunidad. Una afinidad radical, una socialización interdependiente, políticas de cuidado” (Hedva, 2015).

“Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar.”

Bibliografía:

  • Federici, Silvia. 2004. Calibán y la bruja; Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Madrid: Traficantes de Sueños
  • Fraser, Nancy. 2015. Las contradicciones del capital y los cuidados. Madrid Traficantes de sueños
  • Goldman, Emma. 2017. La mujer más peligrosa del mundo. Textos feministas. La congregación [Anarquismo en pdf]
  • Hedva, Johanna. 2015. La teoría de la mujer enferma. EEUU. Wommen´s Center for Creative work at Human Resources

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Aquetzalli López López. Anarcofemenista, estudiante de sociologia en UAM-I. Durante dos años estuve en el el circulo de estudios Menos Foucautl, Mas Shakira y ahora formo parte de CIPEI Menos Foucautl, Mas Shakira
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Economía de los cuidados: hacer visible lo invisibilizado

Por Gabriela Rosas

Llevo un rato trabajando frente a la computadora, me levanto por agua, veo de reojo que las plantas también tienen sed, me desvío por una jarra, ellas no pueden cuidar de sí mismas, estando en casa necesitan quien haga el trabajo que la naturaleza haría fuera, así que debo suplirla y fingir que llueve. Ya está, la tierra esta húmeda y ellas podrán seguir creciendo, algunas hojas están por caer, las arranco, remuevo la tierra. Recuerdo que yo estaba haciendo otra cosa, me estoy retrasando y esto me ha distraído, sigo removiendo la tierra y retirando yerbas, me pregunto para que, por qué me preocupo, podría sacarlas al jardín y que la naturaleza se encargue, pero los humanos somos egoístas y queremos que nuestro entorno se vea bello, agradable, así que lo embellecemos; entonces me cuestiono, ¿esto también es parte de cuidar? El gusto por embellecer la casa con plantas y flores lo heredé de mi abuelita y de mi mamá, de ellas aprendí desde muy chica que cuidamos las plantas interiores para cuidar de nosotros mismos, porque nos gusta como adornan nuestro entorno, así que las queremos bellas para embellecer, cuido de ellas para cuidar de mí y de mis hijos, a ellos también les gustan.

Los niños no están, regresan en unos días, se fueron a pasar su semana de vacaciones con su padre, él casi siempre se niega, “no puedo, se me complica, mi trabajo, mi vida”, frecuentemente tengo que buscar la forma de arreglármelas para que cumpla con lo que acordamos en visitas y pensión, siempre insistiendo, presionando, exigiendo algo que debería hacer por gusto, esto es ridículo y me hace pensar en cómo para nosotras, cuidar es una obligación y para muchos de ellos es una opción. El 95% del cuidado que requieren mis hijos lo he provisto yo desde hace 10 años, al principio él cooperaba más, cambiaba pañales, iba por el mayor a la escuela, en fin, después crecieron y parece que perdió el interés; ahora aquí estoy, cuidando también de las plantas, no tengo porque hacerlo, pero lo hago, podría dejarlas que mueran, nadie me juzgaría por ello, pero las cuido…

Algo me hace estornudar, una, dos, tres, cuatro, cinco, “¡Ya, siete estornudos al hilo! No puede ser, no quiero enfermar ¿Quién cuidaría de mí? Pues yo misma, ¿quién más?” Suspiro, voy por el agua que no he tomado porque primero regué las plantas, las limpié y removí su tierra, como casi siempre, otros antes que yo. En terapia me repetirían “El día que pienses y hagas primero por ti antes que por cualquier otro, sabrás que has avanzado, no es ser egoísta, eso sería si solo pensaras en ti y en nada ni nadie más”. Para el padre de mis hijos, instarlo a cuidar de ellos estos días fue un acto egoísta de mi parte “solo piensas en ti, es todo, solo lo que a ti te acomoda”, usar la culpa para que yo cambie de opinión siempre fue su deporte favorito.

Su postura me parece contradictoria, incumple con el pago de la pensión y me dice que yo debería aportar más, siendo que quien cuida casi todo el tiempo soy yo y aporto además la gran parte de mis ingresos a la manutención de los niños, me da la impresión que para él mi trabajo con los ellos no tiene valor, pero cuando es él quien tiene que cuidar se exalta, dice que es suficiente con dedicarles unas horas a la semana. Por unos segundos permito que me afecte, recobro el centro y me digo que no es egoísta querer que su padre también les cuide, que viva el día a día de la crianza, el cansancio, la frustración; son 3 niños que discuten, lloran, pelean, se enojan, gritan, piden, necesitan, yo también merezco un descanso y su padre debe enfrentar este caos, además son vacaciones, ni siquiera tendrá que hacerse cargo, como no lo ha hecho en años, del ajetreo de los días de escuela.

Regreso a la computadora, continúo buscando estadísticas de empleo, ocupación, desocupación, ingreso… me detengo a pensar en mi abuelita quien siempre ha sido registrada como NO económicamente “ACTIVA”. Durante los 7 años que me dediqué exclusivamente al cuidado de mi familia y el hogar, yo también lo fui, mi mamá otro tanto más, también mi hermano y su esposa durante el tiempo que acompañaron el tratamiento de mi sobrino en el hospital y así podríamos pensar en cada persona que cuida: 37.6 millones de personas[1], mujeres en su mayoría (el 73%), jóvenes, mayores, casadas, solteras, rurales, urbanas, contamos en algún momento o toda la vida, como económicamente INACTIVAS, de éstas, casi 22 millones se dedican a tareas del hogar.

Entonces repaso mi mañana entera: mis hijos no han estado en casa desde hace unos días, aun así, lavé ropa que dejaron sucia, saqué la basura que se acumuló desde antes que se fueran, fui a hacer pagos de servicios que ellos usaron y usarán al regresar, escribí un correo a la directora de su escuela, ordené la despensa de alimentos que ellos comerán, seguí cuidando de ellos a lo lejos, ni que decir de la cantidad de trabajo que realizo cuando están en casa o el que realizaba cuando eran más pequeños. Vuelvo a pensar en ellas, en mi abuela que me cuenta cómo tallaba con un cepillo y arrodillada el piso de su primer departamento, me viene a la cabeza la imagen de mi mamá sentada frente a su máquina de coser haciendo el vestuario para alguno de nuestros festivales escolares, sin embargo, cada una en su momento, hemos sido registradas como NO económicamente ACTIVAS. Me detuve ahí, en ese pequeño detalle.

-Población No Económicamente Activa. Población de 15 y más años que no realizó actividades para la producción o elaboración de algún producto o para la prestación de algún servicio por ser estudiante, dedicarse a los quehaceres del hogar, ser jubilado o pensionado, estar incapacitado permanentemente para trabajar, entre otros. Personas que durante el periodo de referencia no realizaron ni tuvieron una actividad económica, ni buscaron desempeñar una.

-Actividad Económica: Conjunto de acciones que tienen por objeto la producción, distribución y consumo de bienes y servicios generados para satisfacer las necesidades materiales y sociales[2]

“Para satisfacer las necesidades”, proveer cuidados persigue justamente ese objetivo, satisfacer necesidades; quienes cuidamos de otras y otros estamos, de hecho, “produciendo bienes y servicios”. El lenguaje construye, lo que no se nombra no existe o lo que se nombra sesgadamente, se interpreta y aplica sesgadamente.

¿Qué sigue entonces? ¿Cómo pretendemos que la sociedad en su conjunto y, desde su unidad básica, la familia, se reconozca y valore los cuidados, si las estadísticas nacionales le asignan un nombre que da a entender que no tiene valor económico? Si quien se dedica a cuidar es una persona no económicamente activa, estamos implicando que no produce satisfactores, cuando en realidad, produce los satisfactores indispensables de toda economía, aquellos que sostienen la vida desde su nacimiento y hasta su muerte.

Quienes nos dedicamos a cuidar alimentamos, limpiamos, acompañamos, escuchamos, facilitamos, coordinamos, enseñamos, supervisamos, trasladamos, planeamos, es una larga lista de acciones a través de las cuales sostenemos la vida de otras y otros. Sin esas vidas, sin ese sostén, el resto de las actividades económicas no serían posibles y, sin embargo, los registros estadísticos no nos contabilizan dentro de la producción nacional (somos parte de una Cuenta Satélite) y además nos nombra y clasifica como INACTIVOS, como población que no aporta valor económico.

Desde hace ya un tiempo se trabaja en la valoración económica de los cuidados, incluso en asignarle un precio o en equilibrar el reparto de su provisión. Alrededor del mundo se han propuesto e implementado salarios rosas, salarios básicos universales, sistemas de cuidados, guarderías, becas, salas de lactancia, licencias de cuidados, ampliación de licencias de paternidad; el debate también se ha orientado a definir qué es cuidar, qué actividades abarca, cuáles son sus alcances. Los organismos públicos nacionales e internacionales han avanzado en la elaboración de cuentas satélites y, con el fin de contabilizar esta aportación, han intentado aproximar su valor clasificando las actividades más comunes que realiza quien cuida y, aunque evidentemente habrá aspectos que nunca será posible valorar, esto significa un gran avance. Aún falta.

Una de las múltiples luchas feministas ha sido el lenguaje inclusivo, el exigir ser nombradas en todos los ámbitos donde participamos, porque es una forma de hacernos visibles. El lenguaje inclusivo implica también el cómo conceptualizamos, las palabras que usamos y come estas se interpretan en la mente de quien lee o escucha. Podemos debatir que es cuidar, como lo contabilizamos, como aproximamos su valor, pero en el camino debemos tener muy claro que cuidar en ningún momento es INACTIVIDAD, en ningún sentido y menos en el económico.

No puede olvidarse que todo el trabajo doméstico que se realiza en los hogares complementa el trabajo de cuidado: cuidar no solo es alimentar al bebe con papillas, pues el trabajo previo forma parte del satisfactor final; lavar la ropa, limpiar, organizar, todo busca satisfacer las necesidades propias pero también de otros a quienes cuidamos En nuestro país, quienes cuidamos y realizamos trabajo del hogar, producimos el equivalente a 5.1 billones de pesos anuales[3], producimos y aportamos valor a la economía más que cualquier otra actividad económica, que nos sigan nombrando como no económicamente activas, es por decir lo menos, invisibilizar nuestro trabajo. Si algo no ha sido nunca mi abuela, con sus más de 80 años de trabajo de cuidados o mi madre con sus más de 60 años cuidando, es población no económicamente activa.

Seguiré debatiendo en mi cabeza, volveré a mi investigación, mis hijos regresarán y quizá nadie se entere que calmé la sed de las plantas antes que la mía, pero también continuaré ideando como cambiar las cosas, cómo lograr que se haga visible lo invisibilizado, para que no sigan igual…

[1]INEGI. Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo. Indicadores estratégicos. Consultado el 18 de Agosto del 2019, en https://www.inegi.org.mx/sistemas/olap/proyectos/bd/encuestas/hogares/enoe/2010_pe_ed15/pnea.asp?s=est&proy=enoe_pe_ed15_pnea&p=enoe_pe_ed15

[2]Glosario de Términos, INEGI.

[3]INEGI, Sistema de Cuentas Satélite, Cuenta Satélite de Trabajo No remunerado de los Hogares, 2017. Consultado en https://www.inegi.org.mx/temas/tnrh/default.html#Informacion_general

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Gabriela Rosas Salas. Es Lic. En Administración Turística por la Universidad Anáhuac del Norte, cursó la Maestría en Economía en el Instituto Tecnológico Autónomo de México. Se ha desempeñado como docente en las áreas de Economía Turística, Turismo Sustentable, Microeconomía y Desarrollo Económico. Después de una pausa en su carrera profesional para dedicarse a la maternidad, retomó el estudio de la Economía desde la perspectiva Feminista con énfasis en el área de Economía de los Cuidados y su relación con el alcance de los objetivos del Desarrollo Sustentable. Es madre de 3 hijos, propietaria de «Creciendo Natural», microempresa dedicada a la producción de mermeladas y aderezos artesanales, bajo el principio de la economía solidaria, colabora como voluntaria en «Cihuatla, A.C.» y ha participado en diversos espacios para difundir la relevancia del Trabajo No Remunerado realizado por las mujeres y su relación con la violencia y desigualdad de género.

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¿Quién me cuida a mi? Escucha y soledad activas

por Julia Amigo

ilustración: Ollinca Torres. Instagram: @ollincatorres

A la gente le gusta contarme sus cosas. Desde que era una niña, me he ido convirtiendo en esa persona en la que todes confían. Me dicen que es muy fácil hablar conmigo, que escucho muy bien. La escucha es una tarea ingente que es erróneamente considerada sencilla. Escuchar a alguien, con las orejas y el cerebro abiertos, es algo muy complicado.

Ahora, que soy una emigrante lejos de casa, soy aún más consciente de esto. La gente me confía sus secretos y preocupaciones en idiomas que no son el español. Me transmiten sus dolores y alegrías en inglés y en italiano, a veces incluso en portugués. Y yo estoy ahí, disfrazada de Babel, absorbiendo miles de pequeños acontecimientos vitales, y compartiendo el peso.

Escuchar es cuidar. Mi escucha es muy activa. Se cuando interrumpir el relato para introducir una pregunta que reconduzca el torrente. Se cuando mostrar estupefacción para que esa parte, que me interesa especialmente, se alargue. Se incluso cómo transmitir, con palabras mullidas y cariñosas, que lo que se está diciendo en una absoluta gilipollez.

Soy un cofre lleno de tesoros, secretos de unos y de otras, cosas que “no quiero que nadie sepa”, historia que “nunca compartí con nadie antes”. Soy como un río que a su paso por la tierra va recogiendo culturas y tradiciones, empapándose de nuevos significados, de palabras desconocidas, de extrañas coincidencias.

Desde que soy pequeña la gente me confía sus historias, sus dudas, sus miedos. Pero, ¿quién me escucha a mi? Aunque en mi casa, en la tierra que me vio nacer y entre mi familia (no solo de sangre), cuento con orejas atentas y amorosas que reciben mis propias pesadumbres y felicidades, en el extranjero no tengo esta suerte. Quizás mi lengua se ha congelado porque aquí no tiene la posibilidad de expresarse libremente, quizás los otros idiomas que hablo no son capaces de ser pronunciados por mi corazón.

Es por ello que estoy tendiendo a refugiarme en una soledad activa que, como mi escucha, es algo natural en mi, que vino conmigo cuando abrí los ojos al mundo. Es esa capacidad para buscar espacios temporales y territoriales para cultivar una relación pausada conmigo misma.

La soledad activa, en mi caso, se basa en un cuidado íntimo de mi esfera personal. Va desde una mirada calma a mi cuerpo hasta una tarde escuchando música mientras arreglo mi habitación. Desde un plato de pasta a mi gusto hasta un paseo sin rumbo.

En medio de estas dos realidades, la de la escucha atenta y la soledad buscada, hay ahora mismo un vacío, una falta de compañía. Porque la vida es un triángulo, y me falta uno de sus ángulos. El del compartir, el hablar, el reír. Ser escuchada se ha convertido para mi en una actividad del pasado. Y para convertirla en una realidad presente se que he de volver a mis raíces, a mi ciudad, a mi pueblo, a mi abuela, a mi madre, a mi hermana, a mis amigues.

Y en este camino he aprendido así a apreciar los cuidados circulares, los que conectan todas las esquinas del triángulo, los que crean una red fuerte pero mullida de conexiones, historias y escuchas.

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Julia Amigo. Nacida en Granada, España, en 1988. Actualmente resido en Reykjavík, Islandia, y mi ser migrante comparte aquí unas reflexiones en torno a la escucha, la soledad y la necesidad de compañía. Colaboro con algunas publicaciones online centradas en el feminismo y la diversidad, y escribo regularmente en un blog propio sobre cuerpos, sexualidad, vivencias, precariedad…

Estudié muchas cosas, pero la que más me impactó fue sin duda el feminismo (los feminismos), que cambiaron para siempre mi escritura y me ayudaron a encontrar mi voz.

El enlace a mi blog personal: https://ursulauniverso.blog

y a mi perfil de instagram: https://www.instagram.com, donde hay algunas fotos donde aparezco yo misma.

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Ilustración. A la izquierda una persona deprimida sentada en el suelo con las piernas flexionadas y abrazándolas. A la derecha un cofre del cual salen corazones hacia la persona en deprimida.

Caja de herramientas para acompañar a personas en crisis depresiva o colapso emocional I

Consejos desde la experiencia personal de estar en crisis

Por Ivelin Buenrostro

Con especial agradecimiento y amor al Partido Neurodivertido:
la Dom, KiKa, Selene, TriXia; a Mariana y Zaria por todas las
aportaciones hechas., y a Liz y Hegel por decir si era claro.

Esta caja de herramientas es una especie de “manual” desde mi propia experiencia como persona con un primer diagnóstico de depresión desde la adolescencia, y que ahora he ampliado al reconocerme dentro del espectro autista[1] y todo lo que ello conlleva. Así pues, no pretende ser una guía total, pues hay una serie de padecimientos o condiciones que no me afectan, por lo cual es necesario no tomarlo como única manera de apoyo hacia alguna persona que se encuentre en un cuadro depresivo o en crisis de ansiedad o alguna similar.

Lo he hecho porque me he encontrado con que hay cada vez más personas no sólo reconociendo sus condiciones mentales, o reconociéndose dentro de algún diagnóstico en torno a la salud mental, sino con que hay más personas dispuestas a acompañarnos o que externan su incapacidad de entender cómo apoyar. No obstante, el camino en ese acompañamiento es exhaustivo y difícil, tanto, que esas personas que nos acompañan suelen estar expuestas a su vez emocional y mentalmente debido a que no saben cómo apoyar o lidiar con nuestras crisis todo el tiempo. Necesitamos herramientas para que esas personas que nos cuidan o acompañan, se cuiden a su vez.

 

1. Sálvate tú I

Acompañar a una persona con algún “problema” psicológico o mental permanente o temporal, o alguna condición no neurotípica como el autismo, es siempre un “riesgo”. Sin embargo, siempre es “un riesgo” convivir con personas en general. Así que, seamos honestxs con nosotrxs mismos y seamos conscientes de qué tanto y hasta dónde podemos acompañar a alguien, sobre todo en un episodio o temporada de crisis. No obstante, si somos consideradxs con nuestro autocuidado, es mucho más fácil no arriesgarnos y saber cómo “no exponernos”. Digo “Sálvate tú”, no sólo porque es necesario tener consciencia del autocuidado, sino porque debemos ser conscientes que el acompañamiento no puede ser nunca una manera de pretender “salvar” a alguien. O “salvarnos” a través de alguien. Apoyar a alguien no tiene que ver con salvarle, sino con, justamente, acompañarle, hacerle saber que no está solx.

Para ello, he encontrado una herramienta muy sencilla, pero bastante honesta de lo que puede ser y se puede hacer en el acompañamiento: Saldremos de esta. Guía de salud mental para el entorno de la persona en crisis. Se trata de un muy breve manual para reconocer diversas situaciones que pueden requerir acompañamiento, cómo hacerlo, cómo platicarlo con las demás personas del entorno cercano e, incluso, cómo cuidarnos si somos acompañantes. Esto es muy importante, porque al tener interiorizada la cultura del cuidado como una forma de sacrificio, quienes acompañan olvidan recurrentemente cuidarse. Esta guía es importante porque da pautas para ello, a la vez que da herramientas para detectar hasta dónde podemos dar cuidados, la honestidad y reconocimiento de hasta dónde podemos apoyar, entre otras cosas muy bellas. (Para descargar el libro, da clic en la imagen o en el título azul de arriba).

Imagen: Portada del libro "Saldremos de esta" de Javier Erro. Muestra el dibujo de unas personas arriba y abajo de una barda, ayudando a subir a otra.
Portada del libro «Saldremos de esta» de Javier Erro.

2. Sálvate tú II

 Muchas veces, tenemos tan asumido que las labores de cuidado se dan de manera natural, que olvidamos cuidarnos por cuidar. Si eres el principal apoyo de una persona con depresión, ansiedad o autismo, también necesitarás apoyo para sacar lo que puedas estar sintiendo. Lo ideal, por ejemplo, sería ir a terapia (bueno, eso sería ideal para todas las personas). Sin embargo, sabemos lo cara que suele ser, es un privilegio que muy pocas personas se pueden dar. Hay terapias a muy bajo costo, pero los trámites suelen ser complejos. Si por el momento te es imposible hacerlo, mínimamente amplía tu red de apoyo. ¿Quién de tu familia y amigos podría escucharte en una crisis propia? ¿Con quién puedes compartir los cuidados o el apoyo de esa persona a quien amas? ¿Puedes, por lo menos, desahogarte con alguien? ¿Cómo puedes crear estrategias para reconocer que puedes estar rebasadx, hartx, cansadx, sin que se te juzgue o se te haga sentir como el malo de la película?

Ojo. Si bien es importante que reconozcas tu cansancio o crisis propias, sé precavido en cómo las comunicas a la persona a la que acompañas. Generalmente no solemos tener el procesamiento emocional tan fortalecido como las personas neurotípicas o con óptima salud mental, y es importante que lo tengas en mente para que consideres que no siempre es prudente externar tu hartazgo a esa persona. Lo que para ti es fácil decir en tu derecho genuino de reconocer que estás cansadx, a la persona en crisis puede caerle como una bomba: ya carga con la culpa de no ser tan productiva como debiera, con saber que la estás pasando mal, como para que además le digas de forma brusca que en efecto la pasas mal. No se trata de que ocultes tus necesidades, sino de tener el tacto mínimos para decir las cosas. ¿Qué tal si en vez de decir: «estoy hartx, estoy agotadx, me cansa estar contigo, etc.», dices que necesitas salir a despejarte un poco? Sé que lo digo de forma muy sencilla, pero un comentario de desagrado puede incentivar crisis más duras porque muchas veces nos sentimos una carga. En algún momento a mi pareja yo le comentaba que no podía darle contención de lo que pasa conmigo. Y es verdad. No es que no reconozca su interés genuino de cuidarme, y que reconozca que se cansa al verme en crisis, pero tenemos suficientes problemas emocionales como para cargar uno más. Y no tiene que ver con que no nos importe quien nos acompaña. Por eso es necesario hacerse de herramientas externas, pues el disgusto que a ti te puede llevar 10 minutos externar y una hora olvidar, a la persona en crisis le puede llevar dos o tras días procesarlo. Es una realidad dura, pero cierta.

Las personas que deciden cuidar, suelen hacerlo sin pensarlo mucho, las más de las veces porque no les queda de otra. No obstante, aunque lo hagan con todo el amor del mundo, pueden llegar a sentirse hartas, fastidiadas, perdidas, sin saber qué hacer, devastadas, cansadas. Creo aquí es importante recordar el: no puedes salvar a esa persona, pero puedes acompañarla. Y tú, eres también una persona, no un robot de acero sin emociones. A veces querrás gritar o salir huyendo. Y para que eso no pase, y puedas seguir siendo la persona coherente que quieres, es preciso solicitar ayuda cuando lo requieras. Necesitamos ampliar la idea de cuidados, necesitamos ampliar las redes de apoyo. El cuidado debe ser lo más colectivo posible. Normalicemos el pedir ayuda.

3. Yo te creo

 Debido a que la necesidad de gozar de una salud mental no está socializada, no solemos preocuparnos por lo que pasen emocional y mentalmente ni nosotros ni nuestras personas cercanas, respondemos al “¿cómo estás?” un “’¡muy bien!” en automático y sin chistar. Pero no siempre estamos bien. Y si estamos en un cuadro de depresión, ansiedad, angustia, en un proceso de duelo, etc., muchas veces no diremos que algo nos tiene tristes o desesperados, que algo nos incomoda.

Por otro lado, cuando llegamos a decirlo, nos arriesgamos a comentarios del tipo: “todo va a estar bien” (cuya carga no es precisamente negativa), hasta el: “no exageres, hay gente en peores condiciones”, o “es que eres muy intensx”. Hay una cuestión básica en el acompañamiento a personas en crisis y es: su dolor es válido. Su dolor, sea lo que sea, sea por lo que sea, es válido. Y hay que hacerle saber eso. Y hay que reconocer eso. Recuerdo una persona muy querida diciéndome que mi estar en el hoyo era una condición de actitud ante la vida. Y es muy mierda que te digan eso: levantarte de la cama puede ser tan difícil como intentar levantarte con 200 kg encima. Los músculos no responden, la voluntad no responde. No es necesario que le recuerdes a la persona que hay gente en “peores condiciones”, pues esa persona todos los días es casi seguro que sienta el remordimiento y la impotencia de no llevar una vida productiva.

Si tu intención es acompañar a alguien, pero sientes que “exagera” en lo que le hace sentir mal, calla ese pensamiento o, de no poder, vete. Es mejor así. Porque algo que muchas veces no comprendemos es que el dolor emocional o el dolor causado por una condición mental no neurotípica también nos incapacita. En mis peores momentos de depresión, simplemente deseaba la muerte, sólo quieres suicidarte para que el dolor pare, para que dejes de sentir esa emoción horrible que, por muy pasajera, se te inserta en el alma, en la mente y en la voluntad. Puedes ser incapaz de levantarte de la cama por semanas por un dolor así, de ducharte, de comer. Y es que hay que entender que un dolor de ese tipo, si bien puede empezar por un desorden emocional, tiene consecuencias fisiológicas en nuestro cerebro. Puedes investigar acerca de los procesos fisiológicos vinculados al duelo o la depresión y verás que no “todo está en la mente”, en abstracto, así, como en una nube ajena. Hay procesos complejos en el cerebro y en todo nuestro organismo que necesitan más que fuerza de voluntad de la persona deprimida o con ansiedad; a veces requieren un poquito de ayuda química para empezar a regular de nuevo sus procesos y “volver a la vida”. Mientras eso pasa, y si tienes ánimo, tú puedes acompañar a esa persona.

 

4. Lo más básico puede ser un apoyo tremendo

 Una de las principales cuestiones para acompañar a las personas en crisis es ayudar a acercarle lo más básico para sobrevivir. En principio, acompañarle ya sea físicamente o de forma virtual, puede ser una gran ayuda. Recuerdo que en mis crisis más fuertes, uno de mis apoyos fue un amigo que me preguntaba todos los días cómo estaba. Yo estaba mal en general, pero de alguna manera agradecí que esa irrupción momentánea en mi vida, me recordara al mundo exterior y no me permitiera seguir cayendo en el hoyo profundo de la introspección y el ensimismamiento.

Con otra amistad tuve la confianza de pedir apoyo para salir a comer, pues la depresión y los ataques de pánico, no me permitían ni acercarme a la puerta. De alguna manera empecé a tener la conciencia de que, si no solicitaba ese apoyo, no comería en tres o cuatro días más. Mi amistad iba cuando le era posible, me hacía salir de la casa y me acompañaba a comer. Yo, apenada, le solicitaba que no me hiciera preguntas de ningún tipo, a lo cual accedía sin problema. Después, era yo la que acababa hablando de lo mal que me sentía, me regresaba a mi casa y listo. Tuve más personas lindas que me acompañaron, pero estas son el ejemplo puntual de que algo muy sencillo puede ser vital para fortalecernos.

Hay detalles muy pequeños que podemos hacer con esas personas que pasan por una crisis crónica, y es recordarles que no están solas a pesar de todo. Saber que alguien está ahí al pendiente, hace que no perdamos el contacto con “la realidad” todo el tiempo. Y eso es muchísmo.

Cuando tengas la idea de algo que pueda ayudar a la persona, es mejor que le preguntes si puedes o no puedes hacer lo que piensas. Por ejemplo, hay veces que al ver una persona en crisis y llorando, lo primero que queremos es abrazarle muy fuerte. Pero cuidado, eso puede ser contraproducente para determinada gente. Muchas veces es mejor preguntarle si puedes hacerlo, o simplemente decirle que estarás a su lado por si necesita algo. Es difícil entender que no siempre lo mejor es intentar dar palabras de consuelo sino simplemente estar ahí y no irse. Y, aunque no siempre la persona en crisis sabrá qué es lo que necesita, es probable que si le preguntas, pueda responderte, o le ayudes a activar ese mecanismo que permita que empiece a buscar en sí misma para poder responder. Es como ayudarle a entender sus propias emociones y necesidades.

Otra cuestión básica es revisar cuáles son las condiciones de la persona. Muchas crisis pueden disminuir notablemente con un vaso de agua (deshidratación) o con un poco de descanso. Y, si bien todo eso es relativo, no está de más indagar si la persona ha tenido las cosas más básicas de supervivencia a su alcance, o si por ejemplo ha tenido un cambio brusco en su rutina. Cuestiones tan básicas y en apariencia obvias (comer, orinar, beber agua) pueden ser muy difíciles de procurar o entender en personas que, por ejemplo, pasen por un cuadro depresivo fuerte. Eso también puede ayudar para personas con una crisis de ansiedad, procurar recordarle principios muy básicos de “automantenimiento”. Dejo acá una tablita que me encontré en internet, y creo que es una guía muy buena para incluso imprimirla y tenerla a la mano siempre. En ella hay cuestiones básicas para considerar en caso de que la persona esté a punto de tirar la toalla. Ojo: todo lo que comparto acá está a discusión, y no a todas las personas les funciona lo mismo. Sin embargo, lo que comparto puede ser el punto de partida para empezar a entender que todo, absolutamente todo puede ser de vital importancia. Y que podemos hacer las tablitas propias que se vayan adecuando a las necesidades de nuestra persona querida.

Imagen: Todo está saliendo mal y ya no puedo más. Algunas preguntas por si estás pensando en rendirte.

5. Lo más básico puede ser un apoyo tremendo II

Cuando hay una persona en crisis severa, puede llegar a un punto en que su voluntad se vea comprometida, con lo cual, su salud física y bienestar general está en riesgo. Cuestiones tan básicas como lavarse los dientes, asearse, comer, respirar profundo, levantarse de la cama, pueden ser tareas tremendamente difíciles de realizar. Incluso si está de pie, un momento de confusión mental puede hacer que las tareas cotidianas más sencillas no puedan ser realizadas con facilidad. Para apoyar en ello, hay cosas muy básicas en las que puedes apoyar:

 

  1. Acercarle un termo con agua a su cama, en general, tenerle a la mano agua para facilitar su hidratación.
  2. Llevarle alimentos de fácil consumo pero que sean duraderos, como ciertas frutas y semillas.
  3. Alentarlo a comer o, de ser posible, hacerle salir de su cama y de su casa, de forma amorosa, con mucho cuidado y preguntando por sus deseos.
  4. Apoyarle en alguna tarea. Hay personas que a su vez tienen el cuidado de otras personas y pueden estar en crisis (por ejemplo, una amiga que esté maternando y se sienta rebasada por las labores domésticas y de cuidados). Puedes apoyarla preguntando qué es lo que más le preocupa y ayudarla a realizar esa labor. Incluso algo tan simple como lavar trastes puede ser de gran apoyo. Otro ejemplo puede ser apoyándole en alguna cuestión laboral. Me acaba de pasar que, por ejemplo, era incapaz de hacer algo tan fácil como copiar y pegar un texto para publicarlo. Mi pareja me apoyó a hacerlo y con eso abrió un mundo de posibilidades para volver a comprender de qué manera realizarlo yo sola. Parece una estupidez, pero no lo es. Pequeños detalles que parecen insignificantes pueden ser vitales en estos momentos, y al no estar acostumbradxs a aceptar la propia vulnerabilidad muchas veces somos incapaces de pedir ayuda por vergüenza o, simplemente, porque la mente no da para reconocer qué necesitamos. Es por eso que es mejor preguntar a la persona qué podemos hacer por ella en vez de hacerlo sin más, pues decidir por ellas puede ser invasivo y hasta violento. Apelemos a preguntar para que tengan el ímpetu de reconocer qué requieren y qué es importante para ellxs. Eso puede ser fundamental incluso para ejercitar su autoconocimiento. Ser funcional puede ser un proceso muy complejo.
  5. No perder el contacto. Como comentaba arriba, muchas veces una simple llamada o mensaje preguntando ¿cómo estás? puede ser fundamental para que la persona siga teniendo vínculo con el mundo exterior. No perderla de vista puede ser muy benéfico, incluso si te contactas solamente por unos minutos.

Por ahora es todo. Pronto la segunda parte sobre acompañamiento en crisis de ansiedad y cómo fortalecer el entendimiento de lo que le sucede a una persona en un colapso emocional o sensorial.

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[1]  Condición del Espectro Autista (CEA) 1, considerarlo al leer esta caja de herramientas.

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Editorial #30 «Cuidados»

portada por Alex XAB

“En un contexto patriarcal, el cuidado es una ética femenina;

en un contexto democrático, el cuidado es una ética humana.”

Carol Gilligan

 

EDITORIAL

 

¿Qué es el cuidado? ¿Quién cuida a quien cuida? En este número, Hysteria! pone sobre la mesa el tema de los cuidados para hacerlo visible, dignificarlo y revalorarlo; darle el lugar y la importancia que históricamente no ha tenido, al tiempo que propone ver su concepción desde múltiples voces, perspectivas, estilos, necesidades y experiencias.

Los cuidados son un trabajo tan cotidiano que se ha invisibilizado, insensibilizado y normalizado en todos los niveles; asociados casi inevitablemente con las tareas domésticas, son imprescindibles para la vida: alimentarse, mantener una higiene personal, tener ropa limpia y un espacio aseado permiten el desarrollo de cualquier persona:, la falta de ellos pone en desequilibrio cualquier tipo de actividad de la esfera pública. Su aportación es tan significativa, que si fuera remunerado económicamente supondría casi una cuarta parte del Producto Interno Bruto (PIB) de nuestro país.

Como vemos, los cuidados son la base y mantenimiento del bienestar social; sin embargo, a pesar de su importancia es un trabajo desapercibido, infravalorado, que se circunscribe a lo familiar, cuando en realidad se trata de un asunto público.

Existe una “tradición” histórica de cuidados que indica, como obligación tácita, que debe ser  ejercido por mujeres y por extensión, personas leídas «en femenino»; envueltos en valores y cargas emocionales, han generado una concepción cultural de que ellas deben ser las principales responsables del cuidado y asistencia de las personas al interior del hogar, incluso, extendido a la racialización de quienes suelen ser las trabajadoras domésticas en las casas de personas con poder adquisitivo. Este rol de género impuesto en las mujeres ha servido para aislarlas de la esfera pública, la política, la cultura e incluso de la historia y anclarlas al ámbito familiar y privado.

La lucha histórica de las mujeres por su emancipación y por ejercer sus derechos con libertad avanza, sin que cambien aún la labores del mantenimiento cotidiano de la vida. Por ejemplo, con la incorporación de la mujer al mundo laboral debió ocurrir algo similar a la inversa, la integración del hombre a las labores domésticas. Los derechos que las mujeres han conseguido no han sido traducidos en una escala de igualdad de actividades, sino en el incremento de sus jornadas dentro y fuera de casa.

Es necesario reflexionar sobre la importancia del cuidado y diluir la idea de que es una competencia exclusivamente femenina: ser conscientes de que se trata de una capacidad común y necesaria a todos los seres humanos que nada tiene que ver con el sexo – definición de género, por lo que es imperante cambiar el pensamiento de lo masculino/femenino, lo público/privado y modificar la percepción cultural de que los cuidados y los trabajos domésticos se dan por obligación o que corresponde ejercerlos a determinado tipo de personas.

 Los cuidados no solo se circunscriben a la crianza y cuidado de enfermos/as o personas dependientes, existen muchos tipos de cuidado, y se realizan de múltiples maneras, abarcando una enorme gama de tonalidades, como los cuidados afectivos y las, ahora tan urgentes y necesarias redes de apoyo entre mujeres, personas trans, personas con discapacidad, etc. Necesitamos seguir tejiendo entre nosotrxs, busquemos y multipliquemos esos cuidados positivos, cuidemos los afectos, los cuerpos, los deseos. Diluyamos las fronteras entre unx mismx y la/el otrx para relacionarnos a través de los cuidados recíprocos. Consideremos el cuidado como una necesidad mutua más allá de jerarquizaciones de género para promover la igualdad de oportunidades y obligaciones y visibilizar el cuidado como lo que es: la base para la producción/reproducción/disfrute de la vida con dignidad.

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Editora invitada:

Alejandra Buenrostro(Ciudad de México). Egresada de la carrera de Comunicación por la UNAM, FCPyS-SUA. Ha trabajado como periodista independiente, como creadora de contenidos para educación y actualmente realiza la investigación con el tema, “La otra cara de la enfermedad: Mujeres cuidadoras, preservación del rol femenino”.

Le gusta pensar que los grandes cambios se realizan a través de pequeñas acciones que llama micro-revoluciones. Así como micro-revolucionaria intenta, incansablemente, ser constante y congruente.

*Número editado con el apoyo de Fundación Jumex Arte Contemporáneo.

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