El cuidado visto en el marco de las relaciones sociales y de género

El cuidado visto en el marco de las relaciones sociales y de género

Mtra. Makieze Medina Ortiz

El feminismo ha cuestionado que el cuidado se considere un monopolio atribuido exclusivamente a las mujeres.

Si se sigue fortaleciendo que el cuidado es naturalmente una característica de las mujeres, se corren riesgos de ofrecer alternativas de solución para que sean sólo las mujeres las que los resuelvan a través de sí mismas y las compatibilicen las actividades de mercado con las del hogar y de los cuidados, sin incorporar en el debate la obligación y responsabilidad que tiene el Estado de proveer pública y gratuitamente un conjunto de políticas públicas de cuidado. Y sin identificar la necesidad de que los hombres se responsabilicen o sin interesarse por las diferentes formas en las que actualmente los hombres lo realizan y lo perciben.

Más investigaciones cuanti y cualitativas deberían dar cuenta de una serie de actividades no tan comunes en la medición del cuidado y de otros elementos mucho más desagregados y refinados cuando se quiere reconocer cuál es el tipo de participación (y no sólo las actividades) que los padres tienen en el cuidado de sus hijos/hijas, quiénes cuidan ¿sólo mujeres/madres -y en menor medida- hombres/padres?; o ¿cuidan también abuelas, abuelos, hermanos y hermanas menores, otros parientes, vecinas, trabajadoras domésticas, niñeras?; ¿cuáles son los otros espacios de socialización fuera del hogar en los que los madres y padres pueden tener una participación significativa?.

Este tipo de información además de que favorecería para apreciar y registrar el cuidado que se da a través de diversas actividades, tiempos y dimensiones, revelaría si aún cuando haya aumentado el tiempo y la participación de los hombres en el cuidado de sus familiares, no lo hacen de la misma manera que el de la madre. En contraparte, sería interesante también, saber de manera detalladacuál es y cómo se provee el cuidado compartido, es decir, el que realizan juntos hombres y mujeres, cuáles son las principales diferencias que presentan para poder compararlas y posteriormente analizarlas a partir de las desigualdades del género y de poder.

Algunas de las investigaciones presentadas en la revisión que hicieron Barker & Verani (2008) evidencian las diferencias de tiempo, dedicación y esfuerzo de los padres al participar en el cuidado de actividades más ligeras o más relacionadas al juego y recreación. Estas diferencias ejemplifican bien lo que Connell (1997) denomina los dividendos del patriarcado, en los que los hombres aún cuando hayan comenzado a cuestionarse las nociones y prácticas de masculinidad socio-cultural e históricamente aprendidas, y hayan incursionado en la modificación de algunas prácticas y comportamientos de género, se niegan a desprenderse de otras conductas tradicionales privilegiándose de estructuras de poder al interior del hogar, la pareja y otros espacios.

Y también coinciden con lo que Bonino (1995) llama micromachismos “coercitivos” que en el marco de las relaciones e interacciones de poder que se dan en una relación de pareja, particularmente en la conyugalidad, los hombres los manifiestan al abusar de la capacidad femenina de cuidado y maternalización, de manera que apelan a preservar el rol tradicional y de cuidado de la mujer impidiendo su mayor autonomía y desarrollo personal.

Estos últimos elementos representan una importante dosis de realidad a la petición de una mayor participación del padre en el cuidado. Pugnar por la redistribución de cargas en la pareja, no necesariamente lleva a la modificación y redistribución de responsabilidades al interior de ésta, puesto que muchas de las actividades de cuidado a la que se incorporan los padres las siguen concibiendo como ayuda a la madre y no propiamente como su responsabilidad paterna (Bonino, 2000).

El no incorporar al estudio y análisis las características y condiciones que presentan las mujeres como madres, a la par de las que presentan los hombres como padres, se deja de lado el aspecto dinámico y explicativo de la construcción de las identidades genéricas de la femineidad y la maternidad y de la masculinidad y la paternidad, como productos históricos que expliquen y den sentido a prácticas genéricas actuales, pero que también vislumbren que varían por el género, de una cultura a otra, en diferentes contextos socioeconómicos y a lo largo del ciclo vital de las personas y de la historia.

La exclusión de uno de los dos géneros en el cuidado tiende a reforzar los estereotipos más comunes bajo los cuales se explican como una totalidad que la participación de la madre en el cuidado se debe al aprendizaje socio-cultural de su identidad de género sin presentar las tensiones en sus emociones y su vida cotidiana al no poder realizar ciertas elecciones y proyectos personales o de vida; por otra parte, la exclusión de los hombres refuerza el estereotipo socio-culturalmente aprendido que concibe a los hombres como seres lejanos de cualquiera de las actividades domésticas, de cuidado o de dimensiones emocionales por considerarlos no aptos para ello.

Al pensar el cuidado en el marco de las relaciones sociales y en las de género se deben reconocer como hechos estructurales las desigualdades existentes en las relaciones sociales y las desigualdades entre los sexos. Ambas ideas son de suma importancia puesto que ejercen una gran influencia en las posiciones y prácticas de género de hombres y mujeres, y por ende, en las que ejercerán las madres y padres en el cuidado.

Tal como lo plantea Izquierdo (1998) en el caso de la violencia que bien puede trasladarse al cuidado-, si no se considera la dimensión estructural de la desigualdad y de la dependencia en las relaciones hombre/mujer, el cuidado en el hogar tal como se ejerce en la actualidad, no se visualizará como derivación de esta dimensión (estructural), sino como una cuestión personal, privada, íntima, que le compete su resolución sólo a la mujer o a la pareja o a la familia, lo cual desvía la atención centrándose en las personas a las que se les encarga su resolución  y no en las condiciones estructurales que están provocando el problema.

Ver el cuidado en el marco de las relaciones sociales implica concebirlo como un tema y necesidad pública, que debe abrirse al debate y reflexión colectiva, y que requiere una resolución pública/estatal. Esta posición es antagónica a la visión actual del cuidado en la que se le concibe más como un tema y asunto privado, que requiere sólo una conciliación entre la pareja y que por tanto su resolución es privada/familiar.

El planteamiento de que los problemas y asuntos sociales se resuelvan en la familia aspirando sólo a un mejor acuerdo entre hombres y mujeres, ignora, por un lado, las propias expresiones en las que se manifiestan hechos y desigualdades estructurales, así como los impactos y estragos que han ocasionado a una gran parte de la sociedad, y por ende, a una buena parte de las familias y de las parejas.

Las dinámicas económicas tan desiguales de distribución del ingreso, de concentración de la riqueza, los persistentes y altos porcentajes de pobreza y de desigualdad que prevalecen, la desregulación del Estado en la economía, las inestabilidades económicas y crisis recurrentes, la reestructuración en las relaciones de trabajo que han derivado en precarización y flexibilización en el empleo, en el aumento e intermitencia del desempleo, en políticas de contención laboral y de erosión de derechos laborales vinculados sólo a un trabajo formal, entre otras, no son problemáticas coyunturales sino dinámicas estructurales del modo de organización y reproducción de las sociedades en las que el capitalismo se expresa bajo un régimen neoliberal.

La orientación neoliberal en lo social ha llevado a cambios y a reforzamientos en el paradigma de protección social trasladando la protección, seguridad y riesgos a las personas y a las familias, implementando medidas privatizadoras en los servicios sociales o una cada vez mayor desregulación y participación del Estado que resulta insuficiente para atender las necesidades básicas de las personas, y mucho más aún, aquellas como el cuidado que no han sido foco de atención y visibilización pública pero que resultan centrales para la reproducción social.

En estas condiciones que presentan las personas y las familias es sumamente importante cuestionar si se debe seguir pidiendo que el cuidado se resuelva casi en su totalidad por la familia, y principalmente, por las mujeres. Inclusive, aún pugnando por cargas de cuidado más equitativas en la pareja y una mayor participación del padre ¿Existe ánimo personal y social para poder y para continuar llevándolo a cabo en las estructuras de desigualdad que nos marcan?

Interesarse por el cuidado en el marco de las relaciones de género implica analizar y atender no sólo las interacciones de género sino los procesos por los que los hombres y mujeres se imbuyen en el género. Es decir, las posiciones y prácticas de género que asumen y se espera cumplan los padres y madres en el cuidado no sólo serían los ejes de análisis, sino también los procesos que les llevaron a introyectarlos y a aceptarlos social e individualmente, así como las relaciones que entre hombres y mujeres se dan en estos procesos e interacciones.

Estos elementos representarían un aporte a los estudios del cuidado puesto que demandaría un mayor nivel de investigación y análisis al incorporar los procesos por los cuales hombres y mujeres se infiltran en el género y se manifiestan posteriormente en las prácticas o configuraciones de género que se asumen en el cuidado.

Pero a la vez supondría atender elementos centrales del género que no en todos los casos se reconocen, ni son consideradas -mínima o suficientemente- en las medidas que intenten modificar el estatus quo en aras de una mayor equidad entre los progenitores.  En este sentido, el cuidado debe prestar atención a otra de las dimensiones simbólico-culturales que no son comúnmente incorporadas en su estudio pero que aportan sobre la constitución identitaria del género, tema sin duda central para entender, cuestionar, y deconstruir gradualmente algunas de las prácticas establecidas.

Abordar la construcción identitaria del género en la temática del cuidado implica alejarse de aquellas explicaciones que adjudiquen que la responsabilidad mayor o menor participación en el cuidado de las madres y de los padres se debe a las características naturales de las mujeres para ejercerlo o a la falta de características naturales de los hombres para no ejercerlo. Las posiciones que asumen los padres y madres en el cuidado deben explicarse más como característica de la construcción identitaria del género que como una característica natural de ellas y como una condición excepcional de ellos.

Otro elemento importante al analizar el cuidado en el marco de relaciones de género es que lejos de verlas como relaciones en las que se manifiestan diferentes intereses entre padres y madres que se encuentran en condiciones de igualdad, deben ser vistos los conflictos que se suscitan -no en una relación entre iguales- sino en relaciones de poder.

Las condiciones estructurales de desigualdad privilegian y repercuten en hombres y mujeres de manera muy desigual, de manera que es la diferente posición estructural que ocupan en la sociedad, y las consecuencias psíquicas que esa desigualdad imprime, es la que debería considerarse en las relaciones de género y en el cuidado.

En un sistema patriarcal, en el marco de una economía capitalista y en un esquema de organización social como la familia, el hombre es el género de referencia, la posición de autoridad y de conocimiento (Seidler, 1997). Es por ello que no puede sostenerse que la relación entre ambos sexos en una pareja se da en condiciones de igualdad, ni aún en el seno de una familia en la que pueden compartir trayectorias y elementos comunes, ni mucho menos en aquellas donde la distancia, jerarquía y privilegios entre la pareja se vive de manera más contundente.

Por ello es injusto suponer que la resolución del cuidado pasa sólo por el acuerdo y la conciliación en la pareja y por la redistribución de cargas entre padre y madre. Y en el mejor de los casos hay que considerarla laredistribución de cargas teniendo en cuenta las relaciones de desigualdad y de poder que existen en las relaciones de género -y por ende en las relaciones de pareja-, para no obviarlas ni pasarlas por alto, sino para intentar enfrentarlas paralelamente.

Los hombres presentan una serie de ventajas que se desprenden de la división sexual del trabajo. El espacio fuera del hogar -en el que mayormente se desenvuelven- ayuda a que encarnan en mayor medida libertades, elecciones, tiempos libres, privacidad u otras actividades, que pese a las buenas y mejores intenciones de tener una mayor participación en los roles de pareja y en el cuidado y crianza de los hijos/hijas, se corre el riesgo de que los avances sean mínimos y sean en realidad padres participativos-ayudantes y no tanto igualitarios, como los denomina Bonino (2000). La noción es que ayudan pero no se responsabilizan, o sólo en emergencias, o no de las tareas materiales y emocionales más densas.

Si no se trabaja con modificar las estructuras, las tareas parecen descomunales para las personas. Además de que se puede suponer que deliberadamente se plantean este tipo de soluciones conociendo de antemano que la responsabilidad pública para normar y modificar lo público a través de normas, leyes, programas y políticas; y de normar también al mercado, adecuando paulatinamente otro tipo de estructuración en la economía en cuanto al sexo, abriendo brecha paralelamente para permitir la flexibilización y la compatibilidad laboral-familiar, son responsabilidades centrales que hasta el momento no se han constituido ni planteado a profundidad por parte de la sociedad ni del gobierno como parte principal de las alternativas de solución.

Bibliografía

Barker, Gary & Verani, Fabio (2008) La participación de los hombres como padre en la región de Latinoamérica y el Caribe: Una revisión de literatura crítica con consideraciones para políticas. Brasil, Promundo, Save de Children.

Bonino M., Luis (2000) Las nuevas paternidades. En Familias: diversidad de modelos y roles, Madrid: UNAF.

_____________ (1995) «Develando los micromachismos en la vida conyugal», en Jorge Corsi et al. Violencia masculina en la pareja. Paidós, Buenos Aires, pp. 191-208

Connell, Robert W. (1997) “La organización social de la masculinidad” en Masculinidad/es: poder y crisisValdes, Teresa y José Olavarría (edc.). Santiago, ISIS-FLACSO: Ediciones de las Mujeres N° 24. www.cholonautas.edu.pe / Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales.

Izquierdo, María Jesús (1998) “Los órdenes de la violencia: especie, sexo y género” en Vicenc Fisas (editor) El sexo de la violencia. Género y cultura de la violencia, Barcelona, ICARIA, editorial S.A

Seidler, Victor (1997) “Masculinidad, discurso y vida emocional” en Juan Guillermo Figueroa Perea y Regina Nava (editores). Memorias del seminariotaller “Identidad masculina, sexualidad y salud reproductivaColección de Documentos de Trabajo, No. 4. Programa de Salud Reproductiva y Sociedad, El Colegio de México. México, pp. 7-24.

Makieze Medina Ortiz. Candidata a Doctora en Sociología por la UNAM. Realizó estancias de investigación en la Universidad de Sao Paulo, Brasil y en la Universidad de Estocolmo, Suecia, en esta última para investigar sobre su política de cuidado. En el servicio público ha trabajo en el diseño, operación y evaluación de políticas públicas de Igualdad de género, de prevención a la violencia contra las mujeres y de desarrollo social.  En organizaciones de la sociedad civil ha coordinado programas de cultura democrática, participación ciudadana y género. Fue profesora de licenciatura y maestría en la Universidad Iberoamericana (campus Puebla). Sus líneas actuales de investigación son sobre género, cuidados y Renta Básica. makiezemedina@gmail.com

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